Tu ropa en mi armario
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Bibiana Camacho
Tu ropa en mi armario
CO N T E M P O R Á N E O S Tu ropa en mi armario 17/5/10 12:06 Página 4
Espejos
Alguien tenía que hablar con los dueños del edificio por la falta de mantenimiento y la molesta escasez de agua. Los vecinos decidieron que yo era la indicada para hacerlo en nombre de todos y nadie quiso acom- pañarme.
Llamé varias veces durante una semana pero no atendieron el teléfono. Entonces decidí cambiar la estrategia: me aventuré un sábado a medio día. La casa de los dueños, en un barrio viejo al norte de la ciudad, era pequeña y modesta. Toqué el timbre varias veces antes de que una mujer malencarada abriera la puerta.
—Busco a los Katerinov.
—Pase.
Me condujo a través de un pasillo largo y angosto, cuyos muros estaban tapizado de espejos sobrepues- tos. Nuestros reflejos distorsionados se confundían y parecíamos una misma persona hecha de retazos.
Dimos vuelta en un lugar donde no distinguí ninguna puerta. Llegamos a una sala amplia con piso de made- ra. Había varios sillones de terciopelo rojo estilo Luis XVI, un par de mesas con superficie de vidrio y nin- gún adorno. Las paredes, también cubiertas por espe- jos, parecían no delimitar el espacio.
La sirvienta me condujo del brazo y me sentó en un taburete pequeño e incómodo entre dos sofás.
PRIMERA EDICIÓN, 2010
© Bibiana Camacho
D. R. © 2010 Editorial Jus, S. A. de C. V.
Donceles 66, Centro Histórico 06010 México, D. F.
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sin el permiso previo y por escrito del editor.
DISEÑO DE PORTADA:
FORMACIÓN Y CUIDADO EDITORIAL: Gregorio Cervantes / Antonio Ramos ISBN: 978-607-412-078-3
IMPRESO ENMÉXICO/ PRINTED INMEXICO
Camacho, Bibiana
Tu ropa en m i armario / Bibiana Camacho — México: Jus, 2010.
88 p. ; 23 cm.
Serie: CONTEMPORÁNEOS
ISBN: 978-607-412-078-3 1. t.
M863.44 CAM.t. Biblioteca Nacional de México Tu ropa en mi armario 17/5/10 12:06 Página 6
hablara del edificio si mi esposo está ausente.
¡Katerin! —gritó tan fuerte que los espejos se estre- mecieron.
La casera me escrutaba de arriba abajo, como si yo fuera un fenómeno de circo. ¿Qué tanto me veía esa bruja de nariz aguileña, labios delgados y ojos peque- ños?
—Tienen muchos espejos.
—Mhmm, son lindos, ¿no crees? Así nunca olvida- mos quiénes somos.
—Sí, no lo había pensado de ese modo.
—¿Cómo te llamas?
—Erika.
—¿Qué departamento ocupas?
—El G.
Entonces se levantó, dijo que iba a buscar a su marido y desapareció entre los espejos. Me acerqué al sitio por el que se marchó y, mientras empujaba los cristales en busca de una puerta que no hallé; un hom- brecillo pequeño, delgado y canoso, que no supe de dónde salió, me tendió la mano:
—Así que usted es Erika. ¿No le gustó la comida?
—dijo mientras miraba la charola debajo de la mesa.
—No tengo hambre, gracias.
—Ahora viene la señora para que podamos hablar.
Me sonreía cordial y parecía más accesible. Igualito que su mujer; la única diferencia perceptible era el cabello corto y las orejas grandes y puntiagudas.
Estaba espantada, los habitantes de la casa parecí- an moverse con soltura a través de los espejos donde yo no encontraba puertas u orificios. Pregunté cual- quier cosa para distraer mis temores.
—Nunca había escuchado el apellido Katerinov,
¿es de origen ruso?
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Desapareció atrás de mí. En su ausencia escuché gol- peteo de trastes. La cocina debía estar cerca, pero yo sólo veía espejos y mi reflejo en ellos.
Poco después regresó con una charola en la que había fruta picada, carne seca, un vaso de leche y pan.
—Sírvete. Los señores no tardan —dijo mientras señalaba la charola que depositó sobre el suelo, como si fuera para un animal. Cuando quise reclamar, la criada había desapareció por otro muro de la habitación donde tampoco distinguí ninguna abertura. Permanecí quieta en espera de ruidos: el rechinido de una puerta, voces o pasos. Como no escuché nada me levanté y recorrí la sala. No encontré el lugar por donde entramos, ni por donde la sirvienta iba y venía. Rodeé la habitación aca- riciando los espejos con mis dedos, tratando de hallar una salida. De pronto me pareció percibir un movi- miento que se desvaneció casi de inmediato. Di la vuel- ta y miré en todas direcciones sin encontrar otra cosa que no fuera mi reflejo distorsionado.
Me senté en un sofá al lado del taburete y, con el pie, empujé la charola debajo de una mesa. Cuando levanté la vista tenía enfrente a una mujer pequeña y canosa que me tendía la mano:
—Buenos días. ¿Cómo estás? ¿No te gustó la comida?
—No tengo hambre, gracias.
Y aunque la tuviera no me comería esa porquería, pensé; mientras buscaba en los muros el lugar por el que habría entrado.
—Yo soy la señora Katerinov. Usted es una de nuestras inquilinas, ¿verdad?
—Sí. Siento mucho molestarla, pero tenemos algu- nos problemas. La limp…
—Perdone que la interrumpa, pero no quisiera que
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—No, no. Tú no lo conoces, tengo que ir por él.
Ahora vuelvo.
Ya no me importaba exponer los problemas del edificio; sólo quería irme, pero no sabía cómo salir de ese laberinto de espejos y resonancias por el cual los Katerinov aparecían y se esfumaban.
El reflejo del reflejo causaba un espejismo, como si la habitación donde me encontraba no tuviera límites.
De pronto los espejos empezaron a tintinear. A lo lejos escuchaba las voces de los Katerinov que discutían, pero el timbre de sus voces era tan parecido que ape- nas lograba distinguir quién decía qué cosa: ven viejo inútil, tú tampoco sirves para nada, no voy a hacer lo que dices sólo porque tú lo dices, ya ensuciaste los pantalones otra vez, son míos y hago con ellos lo que quiero, viejo puerco, vieja amargada, como si no fuera suficiente haber vivido toda mi vida contigo, me dejas solo con todos esos espejos, eres cruel, no voy a salir, haz lo que quieras…
Los gritos cesaron. Alguien lloraba. El tintineo se apaciguó. Volví a recorrer la habitación en busca de alguna salida. De pronto apareció la señora Katerinov.
—Lo siento querida. Veré que se resuelva lo del edificio —dijo mientras se atoraba un mechón de pelo atrás de una gran oreja puntiaguda. Iba a preguntarle si efectivamente conocía los problemas del edificio cuando se marchó sin despedirse.
La criada me condujo a través de un muro donde según yo no había puertas ni orificios. Nos encamina- mos por un pasillo que parecía diferente al anterior, más largo y estrecho. La malhumorada mujer empujó un espejo y salí a la calle, antes de que se cerrara la puerta escuché un adiós cantarín y cuando miré den- tro vi al señor Katerinov reflejado en los espejos, des-
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—Sí, efectivamente. Nacimos en un pueblo cerca- no a Moscú, pero no tiene caso que le diga el nombre;
seguramente ni siquiera sabe dónde se encuentra.
Pues no, con toda seguridad no lo sabía, pero eso no era motivo para que no me lo dijera. Me revolví en el sillón tratando de disimular la incomodidad y esbo- cé una mueca en un intento por sonreír.
—Supongo que esperaremos a su esposa para plati- car del edificio.
—Sin duda. Siempre tomamos las decisiones entre los dos.
—Espero que no tarde.
—¡Katerina! —gritó tan fuerte que me lastimó los oídos —siempre me hace lo mismo cuando tenemos que hablar de algo importante, se larga. Voy a buscar- la, está sorda, ¿sabe?
Desapareció. Y esta vez no me esforcé por identifi- car el lugar por donde se había ido. Escuché sus gritos cada vez más lejanos y apagados, como si la casa fuera inmensa. Ya casi eran las dos de la tarde y ni siquiera había tenido oportunidad de exponer el motivo de mi visita. Recogí mi cabello con ambas manos y lo sostuve un momento en la nuca. Paciencia, ya estás aquí, pensé.
De pronto la vieja apareció frente a mí, como si siem- pre hubiera estado en la sala. Me levanté del susto.
—¿En dónde se metió el bueno para nada de mi marido?
—Fue a buscarla. De hecho la llamó, pero…
—Y te dijo que soy sorda. El muy tarado —mira- ba las paredes como si pudiera encontrarlo en los espe- jos.
—Siéntate. Voy a buscarlo.
—No se vaya, mejor lo esperamos aquí, no debe tardar.
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La ventana
Armanda abrió los ojos cuando la luz del día aún era una promesa en el cielo. Como todas las mañanas buscó la ventana. Observó las paredes de su cuarto en busca de los amplios cristales que le permitían obser- var el exterior. Finalmente posó la vista en el muro frente a la cama. Qué raro, pensó, la ventana estaba del lado izquierdo o del derecho, pero no enfrente.
Además había reducido su tamaño; era mucho más pequeña, rodeada por un marco de madera que no recordaba haber visto.
Apretó los ojos y se cubrió la cabeza con las cobi- jas, segura de que soñaba. Deseó que la ventana estu- viera en el lugar y con el aspecto con que la recorda- ba. Esperó para que el deseo tuviera tiempo de con- vertirse en realidad y aventó las cobijas. Se levantó y, sin mirar hacia el frente, se dirigió a la pared del cos- tado derecho. La ventana no estaba allí. Rodeó la cama y se fue hacia la izquierda, donde había una penumbra aún más profunda. Armanda no tuvo más remedio que dirigirse hacia la ventana que creyó ver en sueños, la de enfrente, angosta, larga, con marco de madera.
Miró a través de ella; todo estaba borroso. Se sor- prendió porque en el amanecer, la luz definía los objetos pidiéndose con la mano.
Ya en la calle, caminé hacia la derecha y luego regresé hacia la izquierda. No reconocí la calle, ni la fachada de la casa de los viejos. Mareada y con dolor de cabeza creía ver espejos por todos lados. De pron- to escuché un estruendo de cristales rotos que duró varios segundos. Me alejé lentamente, como si mi des- orientación hubiera ocasionado el desastre e intentara huir sin levantar sospechas. Cuando creí estar lo sufi- cientemente lejos eché a correr sin mirar atrás.
A los pocos días los problemas del edificio se resol- vieron. Y aunque los vecinos me nombraron emisaria si surgía otro inconveniente, nunca regresé con los Katerinov.
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abiertos. Armanda encontró un rostro sereno, de facciones regulares con arrugas profundas en la comi- sura de los labios y al lado de los ojos. Trató de ima- ginarla más joven; pero no pudo.
El cabello rizado y oscuro parecía querer escapar- se; gruesos mechones se enroscaban en todas direccio- nes y cubrían las orejas y parte de la frente de aquella extraña, que no dejaba de mirarla con curiosidad y temor. De pronto escuchó el picaporte de la puerta y apareció una mujer diminuta y nerviosa.
—¡Arriba como siempre!, ¿qué haces desnuda y a oscuras?, te vas a enfermar, ¿ya viste el espejo que te traje?, bonito, ¿no? Así vas a poder arreglarte de cuer- po entero —dijo mientras encendía la luz.
Armanda escuchaba sin entender una sola palabra.
—Ven que te ayudo a vestirte porque si te dejo sola, vas a tardar horas. No me veas así, abuela, apoco ya no te acuerdas de mí, si nos vemos todos los días
—se notaba hartazgo, pero Armanda parecía no escu- charla y se dejó vestir dócilmente.
—Mañana te toca baño, te lo advierto para que luego no hagas berrinche. Uy abuela, lo siento, olvidé abrir las cortinas después de que te acostaste. No esta- rás enojada por eso, ¿verdad? Contéstame. Hoy estás imposible, al menos regáñame como todas las maña- nas.
La mujer le ató los cordones de los zapatos y salió precipitadamente porque, según dijo, había olvidado apagar la estufa. Minutos después volvió y encontró a Armanda en el mismo lugar y posición en que la había dejado. Abrió las cortinas y la recámara se iluminó.
Armanda se había perdido el amanecer y lamentaba no haber sido testigo, como todas las mañanas, del naci- miento de la luz que lentamente vencía a la oscuridad.
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y las personas con una precisión absoluta que después, a lo largo del día, desaparecía paulatinamente y no regresaba hasta la mañana siguiente.
Armanda pensó que su peor pesadilla se había materializado: la luz agonizaba. Los objetos perdían definición, sus contornos se borraban. Armanda, muda testigo desde la ventana, veía desaparecer los edificios, la gente, los automóviles, los perros, los pos- tes, la basura, todo. Entonces despertaba agitada y nerviosa, se dirigía a la ventana para cerciorarse de que nada hubiera cambiado.
Después de algunos minutos se acostumbró a la oscuridad y pudo ver, del otro lado de la ventana, a una mujer que la miraba con ojos grandes y espanta- dos, muy erguida y completamente desnuda. No se movía; estaba como petrificada. Armanda sintió curio- sidad por aquella mujer tan cercana. Observó sus pies grandes y fuertes, con uñas cortas y amarillentas. Sus pantorrillas firmes de piel reseca con vellos muy finos;
las rodillas prominentes; los muslos aguados. Armanda miró las amplias caderas y el abundante vello púbico que crecía en desorden. Estiró la mano para tocar a la mujer pero, espantada, la retiró de inmediato, al ver que también la otra intentaba tocarla.
El vientre de la mujer era abundante y flácido, una buena cantidad de piel tristemente colgada, como muerta. El ombligo era pequeño, rodeado de pelos lar- gos y agresivos como alambres. Los pechos caían sobre el estómago. La piel de los senos tenía tenues estrías;
los hombros, en cambio, eran firmes y fuertes con un aspecto terso y delicado. El cuello arrugado era alto y delgado. Las manos grandes, los dedos delgados y lar- gos con uñas pintadas de rojo quemado.
La desconocida la observaba con los ojos muy
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El sótano
Luego de varias negativas y “nosotros le llamamos”, ya casi resignada a permanecer desempleada por mucho tiempo, una amiga me ofreció hacerme cargo de su puesto callejero en un tianguis dominical.
Acepté de inmediato, no parecía difícil y me permiti- ría sobrevivir mientras encontraba algo más seguro.
Mi amiga me explicó el funcionamiento del tian- guis: pagas una cuota semanal, no faltas sin avisar, saludas con respeto al líder (un viejo calvo, panzón y mofletudo; que usa botas de charol, camisas de seda y pantalones ajustados), tratas de llevarte lo mejor posi- ble con los compañeros y mantienes un perfil bajo.
Escuché con atención, sin duda sus recomendaciones me serían necesarias, pero creí que exageraba. Era sólo un puesto dominical en un corredor de chácharas, ubicado en un barrio de clase media; nadie podía aspi- rar a un mostrar un perfil alto. Por si las dudas seguí las indicaciones al pie de la letra. Al mes ya me sentía cómoda y parte del gremio. Los compañeros me salu- daban con amabilidad y el líder ignoraba mi humilde saludo; pensé que era la mejor señal de que todo mar- chaba sobre ruedas.
Dedicaba un par de días por semana a comprar las mercancías que ofrecería los domingos: ranas, borre- gos, budas, unicornios, herraduras, velas aromáticas,
—Ahorita te llamo para desayunar.
Una vez sola se dirigió hacia la ventana, llena de curiosidad. Sabía que el mundo era distinto, la luz nunca era la misma y ahora tendría que adivinar los cambios, incapaz de predecir cualquier variación, pues no había sido testigo de su nacimiento. Abrió la ven- tana, recargó los codos en el marco y el mentón sobre las manos entrelazadas.
Minutos después escuchó el grito de su nieta que la llamaba para desayunar. Antes de salir, vio su ima- gen en el espejo frente de la cama. Le pareció que necesitaba un peine, un poco de colorete y de rimel.
De pronto algo le hizo recordar a la mujer que había observado en la mañana, muy temprano, antes del nacimiento de la luz. Pensó que tal vez no tendría qué comer y decidió que si volvía a verla, la invitaría a des- ayunar y quizá le regalaría un poco de ropa.
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la puerta estaba abierta, toqué el timbre y esperé en la calle mientras los comerciantes entraban con sus mer- cancías y desaparecían al final de un pasillo. Las cons- trucciones viejas me fascinaban y, en ese caso particu- lar, me hubiera gustado conocer la distribución inte- rior del espacio, aunque por lo poco que alcanzaba a ver, era casi seguro que dentro sólo se ocuparan un par de habitaciones, un baño y quizá la cocina, el resto no eran más que ruinas.
Estaba a punto de marcharme cuando un hombre alto, flaco y maltrecho, de ojos diminutos enmarcados en lentes de fondo de botella, cargó las mochilas, que había depositado en el suelo mientras esperaba, y entró a la casona. Tenía largas uñas curvadas y amari- llentas, parecía un topo gigante.
—Oiga ¿usted quién es? —supuse que era el cha- lán y como no respondió fui tras él. Dimos vuelta a la izquierda al final del pasillo, ahí encontramos a un enano que vigilaba la entrada del sótano. Recibía dine- ro de los comerciantes y luego palomeaba una hoja amarillenta y quebradiza.
—¿Y ésta? —dijo el enano señalándome con la cabezota. Los pantalones cortos acentuaban sus pier- nas gordas; y la voz, grave y autoritaria, contrastaba con la cara de anciano prematuro y bondadoso. El topo alzó los hombros, dejó caer mis mochilas y dijo:
—Es la nueva, se llama Abelina, tiene un puesto pequeño y quiere que le guardemos sus cosas —el enano me miró de arriba abajo. Entonces dijo que ya no había espacio.
—¿Cómo que ya no hay espacio?
—No para ti.
—Entonces, ¿para qué meten mis cosas? —dije mientras me colgaba las mochilas.
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cuarzos y cualquier objeto que simbolizara la buena suerte. Mi amiga me heredó una nutrida cartera de clientes supersticiosos e inocentes. Conmigo aumentó casi al doble, inventé un ritual para cada objeto que modificaba según el caso y garantizaba su funciona- miento si obedecían mis instrucciones al pie de la letra. Era sorprendente la facilidad con que caían en mis embustes. Al segundo mes, mi puesto ya era uno de los más concurridos y las ventas superaban mis expectativas. Entonces hubo un cambio en la actitud de mis vecinos, ya no me saludaban con tanta amabi- lidad y de vez en cuando los sorprendía cuchicheando y señalándome. Un día encontré en mi espacio granos de sal; otro, hierbas quemadas; y otro más, cera negra derretida. Por desgracia para los responsables, mis ventas aumentaron. Supongo que precisamente vender más que los demás, sobre todo recién llegada, repre- sentaba un alto perfil; pero no me importó, ni siquie- ra cuando los compañeros me retiraron definitivamen- te el saludo.
Al poco tiempo tuve que aumentar el volumen de mercancía y se me dificultaba llegar al tianguis con las mochilas repletas, la mesa y la silla para montar el puesto. Entonces la vecina de enfrente, flaca de ras- gos toscos y olor a sudor que vendía juguetes viejos, me recomendó una bodega donde la mayoría de los comerciantes guardaba sus productos. Supuse que se habría apiadado de mí y no desconfié.
Recogí el puesto al atardecer y me dirigí a la direc- ción indicada. Se trataba de una casona con amplios balcones de piedra, a dos cuadras del tianguis que ya había llamado mi atención. Varias veces me había detenido a observarla, me parecía siniestra y majestuo- sa, y me provocaba una especia de nostalgia. Aunque
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intercedían por él, pero nadie lo hizo por mí.
El lunes siguiente recibí una llamada de una ofici- na en la que me habían dicho “nosotros le llamamos”, me ofrecían un puesto de auxiliar administrativa y lo acepté de inmediato. Decidí dejar el tianguis por un tiempo, al menos mientras me adaptaba a la rutina laboral.
Un par de domingos antes de abandonar el tian- guis, mientras sacaba la mercancía del sótano, la mujer que me recomendó la bodega me pidió que le ayudara con sus bultos, pues tenía lastimada una rodilla. Los saqué de un rincón y los puse en la entrada del sóta- no. Regresé por mis cosas, pero cuando estaba por salir las luces se apagaron. Grité para que las encen- dieran y me precipité hacia la salida. Antes de llegar me resbalé. La puerta estaba cerrada; la golpeé varias veces y pedí ayuda. Nadie abrió.
La humedad y el frío aumentaron con la puerta cerrada. Mientras me incorporaba, me dolieron y rechinaron los huesos como si estuvieran a punto de oxidarse. Se sentían corrientes de aire en todas direc- ciones y la lógica no me alcanzó para explicar por dónde se filtraba tanto viento en un lugar subterráneo sin ventilación. De pronto sentí una mirada clavada en mis piernas. Gotas de sudor nacieron de mis corvas y se deslizaron a través de las pantorrillas. Pensé que el topo estaría dentro y, ya acostumbrada a la oscuridad, lo busqué con la mirada. No lo encontré. De pronto escuché sollozos. Creí que alguien más se habría que- dado atrapado. Me adentré arrastrando los pies y tan- teando las paredes. Conforme me acercaba al fondo del sótano, los sollozos se escuchaban más fuerte; y de pronto, se apagaron completamente. Retrocedí, asustada, un par de pasos y sentí una lamida en la
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—Bueno, puede que sí —el tono cantarín del enano me pareció insultante.
—¿Sí o no?
—Pues sí.
El topo, babeando y sin despegar la mirada de mis piernas, me condujo al fondo del sótano que apestaba a humedad y a animal muerto. Ya no había nadie y la tenue luz deformaba nuestras sombras. Acomodé las cosas en el lugar indicado; mientras el topo me espe- raba sin apartar la mirada de mis piernas. Cuando sali- mos, el enano cobró la cuota del día y anotó mi nom- bre en la hoja amarillenta. Regresé a casa ligera pero con la sensación de no haber hecho lo correcto.
Al mes ya estaba acostumbrada a la bodega. El topo vigilaba los movimientos de los comerciantes y mis piernas, mientras el enano cobraba las cuotas y palomeaba la hoja amarillenta. Entraba y salía de la bodega lo más rápido posible, ignoraba las miradas del topo y pagaba las cuotas a tiempo. Hasta que un día no encontré una de mis mochilas. El enano, el topo y yo discutimos a grito pelado, yo los hacía responsables de mis pertenencias y ellos aseguraban que era impo- sible que se perdiera algo, porque siempre estaban atentos y cerraban el sótano con candado durante la semana. Luego de varios minutos de discusión, la mochila apareció de la nada en las escaleras del sóta- no. Llegué tarde a mi lugar y el panzón del líder ya no me dejó montar el puesto: la puntualidad era un requi- sito indispensable.
Creí percibir una mueca de satisfacción en mi veci- no de al lado, un viejo que vendía plumas y armazones para lentes; precisamente él había sido uno de los últi- mos en entrar y salir del sótano. Si alguien llegaba tarde y el panzón no lo dejaba ponerse, los compañeros
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Un ligero olor a gas
Estoy postrado en cama. Desde aquí escucho el traji- nar de la gente que habita esta casa. Puedo distinguir a cada miembro de la familia por el ruido que hace al caminar y por sus rutinas. Son tan predecibles.
Creo que hoy es domingo. Espero los gritos de Magda, el zumbido de la televisión y los preparativos para mi baño. Trato de no dar lata; me mantengo silen- cioso y distante. Después de tanto tiempo, aún siento vergüenza de que mi hija limpie cada centímetro de mi cuerpo. Aguardo mientras observo la bombilla de la lámpara en el techo, vacío mi cerebro de todas las imá- genes posibles, excepto la luz. No siento nada, pero el recuerdo de placeres pasados me devuelve un deseo incontenible. Trato de mantenerme indiferente, no sé lo que pensaría Magda si se diera cuenta.
Un ambiente sombrío impregna mi recámara.
Cuando estoy solo y en silencio, el tiempo se adhiere al aire que respiro y permanece inmóvil. Mi mujer se mece en la habitación contigua y a veces habla conmi- go; su voz es tan débil que no entiendo lo que dice, poco a poco los susurros me adormecen y revivo nues- tros momentos juntos. Mi hija dice que no hay mece- dora en casa desde que murió su madre.
Otras veces una niña de ojos llorosos y coletas se queja de algo, pero no entiendo todo lo que dice y es pantorrilla. Levanté los pies varias veces, lancé pata-
das al aire y recorrí la oscuridad con mis manos.
Estaba convencida de que era el topo. Respiraba agitadamente y con frecuencia sentía una presencia a mis espaldas. Me acerqué a la puerta y de nuevo la gol- peé y grité lo más fuerte que pude. Sudaba y un cos- quilleo recorría mis piernas. Me senté en los escalones del sótano y busqué en las mochilas algo que pudiera servirme como arma. Por más que gritaba nadie venía en mi auxilio, no me quedaba más remedio que espe- rar a que los comerciantes regresaran a guardar sus cosas. Escuchaba sollozos y murmullos de conversacio- nes provenientes del fondo del sótano. De vez en cuando sentía un suspiro en mi oído y lengüetazos en las piernas, entonces manoteaba, gritaba y pateaba desesperada hacia la nada. Con frecuencia imaginaba al topo acercándose y justo cuando estaba a punto de atacarlo se esfumaba entre las sombras.
No se cuánto tiempo pasé dentro, quizá cinco o seis horas. Cuando abrieron las puertas, salté hacia afuera. Aterrorizada, abandoné la mercancía. Vagué varias horas sin rumbo y cuando, al fin llegué a casa, me metí largo rato a la regadera para eliminar la sali- va que creía tener embarrada.
Tomé el empleo y abandoné los planes de regresar al tianguis, sin embargo el recuerdo del topo no se ha ido, cuando estoy sola, percibo una mirada lasciva y una sensación húmeda en las piernas, entonces acaricio un cuarzo de los que solía vender y me siento segura.
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Cierro los ojos y aprieto los párpados. Quisiera que con la falta de visión se fuera el silencio, la fuga de gas, el miedo.
Alguien arrastra una silla en la cocina y luego cami- na cautelosamente a través de la sala. Abro los ojos de golpe. No logro identificar el ritmo de los pasos. No es nadie conocido. Las puertas de las alacenas, de los muebles de la sala y del comedor se abren y se cierran.
Tengo hambre.
Alguien que pesa mucho sube las escaleras, la madera rechina. Esculca los cajones de la habitación de mi hija. Otra persona ha subido corriendo y está en el cuarto de los niños. Cajones y puertas se abren y cierran. ¿Qué estarán buscando?
Quisiera dormir un poco, pero ya no tengo sueño y sólo pienso en comer. Ojalá Magda no tarde mucho.
Siento un escalofrío en la entrepierna, seguramente ya estoy orinado.
Mientras espero, caigo en la cuenta de que hace mucho tiempo que no veo mi imagen reflejada en un espejo. A veces, cuando Magda me limpia y permanez- co con la mirada en el techo, alcanzo a ver mis brazos delgados y pálidos, las uñas amarillentas y las venas azulosas que se transparentan a través de la piel. Le voy a pedir un espejo; ya no recuerdo cómo soy y qui- siera ver el color de mis ojos y de mi pelo, las arrugas y la expresión de mis labios.
Observo el techo, donde las manchas de humedad cambian constantemente, en busca de algún rasgo mío; dicen que los objetos terminan pareciéndose a quien los posee, o ¿al revés? De cualquier modo esta casa ya no es mía. Pero he pasado tanto tiempo mirando al techo que tal vez algún día aparezca mi reflejo.
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demasiado pequeña para acercarse más a mi oído. Si no fuera porque mi hija es madre de dos niños pensa- ría que es ella: se parecen tanto. Tampoco puede ser mi nieta, es mayor y más alta. Dicen que imagino cosas. Si no me dejaran solo sabrían que no imagino nada.
Tengo hambre, nadie viene a verme. Raro: la casa está callada. Los domingos nunca salen y el murmullo de la televisión es constante. Quizá me equivoco de día. Aguzo el oído y escucho un siseo. Aspiro profun- damente y ahí está, otra vez ese olor a gas. Si grito alertando de la fuga, mi hija se impacienta, piensa que sólo quiero llamar la atención. Lo que no le digo es que creo que la fuga viene de mi propio cuerpo: quizá es la vida que me abandona. Después de unos momen- tos el olor a gas desaparece por completo, como si nunca hubiera estado, como si lo que olí hubiera sido el recuerdo, sólo eso, el recuerdo.
Trato de dormir. En cuanto cierro los ojos, escu- cho pasos apresurados de gente que deambula descal- za. Si en verdad no sucede nada, todo volverá a la nor- malidad y Magda entrará en cualquier momento con la comida. Tengo hambre. Me parece que ha pasado mucho tiempo desde que alguien vino a verme.
Recurro al sueño para evadirme.
Despierto. Parece que amanece de nuevo. Si hoy es lunes, no tardaré en escuchar las peleas por ganar el baño, el choque de tazas y vasos, los gritos de Mariana cuando la peinan y las carreras de Fernando en busca de la mochila. El olor a café. Luego el motor del carro de mi yerno que lleva a los niños a la escuela. Cuando se haga el silencio, Magda vendrá con mi desayuno.
Estoy ansioso: los ruidos y olores familiares no apare- cen.
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El encuentro
Atractivo no era, pero no podía quitarle la vista de encima. Creía conocerlo de algún lado. Cuando nues- tras miradas se encontraron esbozó una sonrisa y se acercó. Luego de un fuerte abrazo y un beso en la mejilla, dijo:
—Qué gusto verte después de tanto tiempo.
Me limité a sonreír tratando de identificarlo. Sabía que lo conocía, pero no recordaba de dónde, de cuán- do y mucho menos su nombre.
—Tenemos que tomar un café, Consuelo. ¿Tienes tiempo?
Sin esperar repuesta, me tomó del brazo y nos diri- gimos a un café cercano. No sólo su cara me era cono- cida; había algo familiar en el modo de andar y en el tono de su voz. Cuando me abrazó y besó, el olor de la loción mezclado con su humor me estremeció, me recor- daba algo aunque no supe identificar exactamente qué.
No tenía nada que hacer, así que me dejé llevar dócilmente. Confiaba en que pronto recordaría de quién se trataba sin necesidad de preguntárselo.
—Qué suerte tuve de encontrarte por aquí. Vamos por un buen café a un lugar que te gusta mucho.
Entramos, y antes de que yo viera la carta pidió por los dos. Para él un té frío y para mí un expresso doble cargado.
El picaporte de mi habitación gira y la puerta se abre con lentitud. Ahí hay alguien que no se anima a entrar, pero tampoco se va; me observa desde el marco. Poco a poco camina hacia mí. No reconozco su olor ni su andar. Debe ser alguien pesado; sus pasos cimbran el piso. Me quedo quieto, con los ojos fijos en el techo; como si estuviera muerto.
Está a mi lado. Acerca su rostro al mío y percibo su aliento apestoso. Da un par de pasos hacia atrás y se detiene un momento. Levanta mi nuca con delica- deza y saca la almohada suavemente, como si no qui- siera molestarme. Me observa con detenimiento y luego sonríe; entonces pone la almohada sobre mi ros- tro y aprieta con fuerza. Aunque ya casi no puedo res- pirar, alcanzo a percibir un ligero olor a gas.
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difícil y con los años me he vuelto más exigente. Dudo encontrar a alguien que me aguante.
¿Yo predije? No recordaba haber predicho nada en absoluto, menos que alguien se iba a quedar sin pare- ja. Estaba resignada a no recordar quién era el sujeto frente a mí y tampoco me animaba a preguntárselo, ya había pasado mucho rato y temía ofenderlo: disculpa pero ¿tú quién eres? te me haces conocido. No, no podía.
—Oye, lamento mucho lo de Leo. Hubiera queri- do estar contigo, pero no hubo oportunidad. Pensé que te ibas a quedar en Italia. Tardaste casi dos años en volver.
Mierda. ¿Sabía en verdad de lo que estaba hablan- do? Leo y yo nos instalamos en Nápoles, en el barrio Español. Después de algunos meses yo dominaba ya el italiano, sobre todo el napolitano. Al año conseguí tra- bajo, como asistente en una tienda de antigüedades.
Leo era un excelente compañero. Nuestra vida era de lo más convencional. Trabajábamos tiempo completo y los fines de semana íbamos de fiesta o paseo.
Después de tres años de luna de miel, Leo desapare- ció.
—¿Ya te instalaste? Porque te puedo ofrecer mi casa. Recordarás que es muy grande…
—No, gracias, ya estoy instalada.
No recordaba su casa y cuando me hizo la propues- ta noté un breve cambio en su mirada que me resultó desagradable y familiar. Me molestaba que supiera tantas cosas mías y que me hablara con tanta confian- za. Entonces tuve el presentimiento de que, efectiva- mente, no lo conocía.
—No quiero parecer grosera pero ¿cómo sabes tan- tas cosas de mí? ¿Qué sabes de Leo?
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—Es tu favorito, ¿a poco no?
Asentí sorprendida. Parecía conocerme bastante bien, y yo no lograba ubicarlo. Luego de un año de haber regresado a la ciudad, después de cinco de ausencia, ya había localizado a las personas con las que mantuve comunicación a través del correo elec- trónico. Varios estaban muy cambiados pero, a dife- rencia de mi acompañante, pude reconocerlos sin problemas.
—Y cuéntame, ¿cómo te fue en Nápoles?
—Bien, muy bien.
Le platiqué generalidades de la ciudad y a lo que me había dedicado sin mencionar a Leo. Hacía pre- guntas y no perdía detalle de lo que le decía.
—¿Por qué regresaste?
Era la primer persona que me hacía una pregunta tan directa. Mis amigos y familiares se conformaron con lo que les platicaba y sus tímidas preguntas eran tan ambiguas que pude esquivarlas.
Años atrás conocí a Leo en la fiesta de una amiga.
Era un italiano parlanchín y amistoso con el que me entendí de inmediato. Al mes ya vivíamos juntos. Un día me dijo que la empresa para la cual trabajaba le ofrecía trasladarlo de regreso a Italia. Tenía ganas de volver a su tierra y me invitaba. No lo pensé dos veces. Renuncié a mi trabajo, vendí y repartí los mue- bles y objetos del departamento, e hice las maletas.
—Esa es una pregunta difícil. Mejor cuéntame de ti, ¿qué has hecho, cómo te ha ido?
—Pues lo de siempre. Sigo trabajando en el mismo lugar y todavía vivo en casa de mis padres. Cuando murieron pensé en mudarme, pero no me animo a ven- derla y mucho menos a rentarla. De ahí en fuera todo sigue igual. Sin pareja, como bien predijiste. Soy
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a suponer que sabía lo que yo necesitaba? Lo miré expectante.
—Contesta —insistí, pero hizo otra pregunta.
—¿Por qué regresaste? —algo en su tono me hizo sentir nostalgia. Desvié la mirada hacia la calle y recordé lo sucedido.
Poco antes de que Leo desapareciera cerré un trato con un cliente que deseaba vender varias antigüedades familiares. Nos gustamos desde el principio y cuando, en su casa, tomó la iniciativa mientras examinábamos algunas piezas, no hice nada por rechazarlo. No pen- saba dejar a Leo; no teníamos problemas. Disfrutaba coger con mi cliente y me aficioné a nuestros encuen- tros furtivos. Nos veíamos una vez por semana y aun- que al principio intenté limitar la charla a lo mínimo indispensable, siempre terminábamos platicando ani- madamente y cada vez me costaba más trabajo despe- dirme. Creo que Leo me descubrió. Noté un cambio radical en su conducta días antes de la desaparición.
Me miraba fijamente, como si me quisiera decir algo con los ojos. Lo notaba triste y distante. Varias veces le pregunté si le ocurría algo, pero no respondía. No le conté a nadie de su cambio de actitud y mucho menos de mi aventura. Tampoco mencioné el recado que yo dejé sobre la mesa del comedor y que desapa- reció mientras lo buscaba en la calle.
Dejé de ver a mi cliente y esperé a Leo. Estaba segura de que no le había ocurrido nada y que quizá regresaría. Me sentía culpable. Pero luego de mucho tiempo sin saber de él, empecé a creer que no lo vería más. Un sábado, al despertar, después de una noche de juerga, encontré el recado que yo dejé tiempo atrás sobre el buró. Tenía marcas de que había estado
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—Sólo lo que tú me has contado. Si te molesta que hablemos de Italia y de Leo está bien. Te prometo no tocar el tema.
Me sonrió y llamó al mesero. Pidió otro té, otro café y un panqué de nata. De hecho, sí estábamos uno de mis lugares favoritos, y siempre pedía un expresso doble cargado y un panqué de nata; pero no recorda- ba haber venido con el hombre que tenía enfrente y estaba segura de no haberle contado a nadie lo de Leo.
Al menos no todo.
Una mañana de domingo Leo salió a comprar pan.
Tardaba demasiado y pensé que se habría quedado a platicar con algún conocido. Luego de casi dos horas lo llamé a su celular que sonó dentro del departamen- to. Había olvidado la cartera y el teléfono.
Seguramente se había llevado sólo las llaves y un poco de dinero. Dejé un recado en la mesa del comedor y salí a buscarlo. Nunca llegó a la panadería donde solí- amos comprar el pan. Cuando regresé, el recado había desaparecido, era lo único que faltaba. La policía, los familiares y amigos lo buscamos vivo y luego muerto, sin éxito. Nadie se explicaba lo ocurrido.
—Entonces, ¿vienes a casa?
—No, gracias.
—Pues la invitación está abierta cuando quieras.
Quizá te haría falta cambiar de aires. Supongo que no vives en un barrio tranquilo, en Italia tampoco; así que te vendría bien estar en un lugar más acogedor.
Incluso sería bueno que dejaras de trabajar un tiempo.
Yo me ocuparía de todo.
—¿Qué te hace pensar que no me he sentido bien donde he vivido o que necesito que se ocupen de mí?
Estaba indignada y sorprendida. ¿Cómo se atrevía
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El juego mudo
Rosario cerró de un portazo; llevaba la charola con los trastes sucios. Desde la cocina, agazapada entre la puerta y el muro, María trataba de atisbar el interior de la habitación al final del pasillo.
Una tensión silenciosa inundaba el ambiente.
Rosario tenía que salir a arreglar algunos asuntos y no volvería hasta entrada la tarde. No había quien se hiciera cargo de María y del hombre que vivía ence- rrado en la habitación al fondo del pasillo. Rosario fin- gía tranquilidad mientras le daba recomendaciones a su hija: cuídate mucho, no le abras a nadie. Ve la tele o dibuja en tus cuadernos. Si tienes hambre comes lo que te dejo en la mesa.
María adivinaba desazón en la mirada evasiva de su madre. Quería que se marchara lo más pronto posible.
Era la primera vez que se quedaría sola en casa.
Ignoraba el aspecto del hombre que vivía encerrado en la habitación al fondo del pasillo. Conocía los tonos, matices y hasta el color de su voz; pero no su lenguaje, no entendía una sola palabra. Creía que siempre decía algo distinto, no recordaba haber escuchado un sonido exactamente igual a otro. La curiosidad y la emoción hicieron que el momento de la partida de su madre fuera eterno, quien por si fuera poco no terminaba de dar consejos con voz temblorosa. Al fin, Rosario partió.
cuidadosamente doblado. Entonces tuve el presenti- miento de que Leo regresaría pronto.
Ese mismo fin de semana hice mis maletas y des- monté el departamento, si efectivamente Leo regresa- ba, no quería enfrentarlo ni saber las razones por las cuales había desaparecido. Estuve a punto de tirar el recado a la basura, pero a última hora lo dejé sobre el piso de la recámara. Compré un boleto de regreso y me despedí.
Entonces le contesté al desconocido.
—Regresé por Leo.
Me levanté y caminé hacia la salida sin despedir- me. Aún quería a Leo y me sentía culpable por lo suce- dido sin estar segura de que, en realidad, se hubiera enterado de mi relación con el cliente. De ser así, habría preferido una escena con gritos y llanto.
Mientras me alejaba, un viento ligero me trajo el recuerdo de un olor parecido a la loción que usaba Leo en ocasiones especiales. Regresé al café, con la idea de que el desconocido era quien usaba esa fragancia, pero ya no estaba. Lo busqué en los alrededores sin encon- trarlo.
Reflexionando un poco caí en la cuenta de que el desconocido tenía algunos gestos parecidos a los de Leo, pero su rostro era diferente. La loción no olía exactamente igual que en mis recuerdos, ni estaba segura de que el aroma proviniera del desconocido.
No, no podía ser él. De cualquier modo hice lo posi- ble por no regresar a casa de inmediato: temía encon- trar el viejo recado con viejas marcas de dobleces, sobre alguna mesa dentro de mi departamento.
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triste y que nadie las visitaba nunca. Le dijo que la vida de su madre y de ella era más difícil que la de él, que no tenía que salir a la calle ni enterarse de nada.
María aumentó el volumen de su voz a medida que hablaba, hasta que se espantó de sus propios gritos y se tapó la boca. Del otro lado sólo se escuchaba la res- piración agitada de quien ha hecho un gran esfuerzo físico.
María dio un golpe en la puerta con el puño cerra- do y se alejó con una furia comprimida en el pecho que no supo de dónde vino. Regresó a la cocina y se puso los zapatos. Ya no le importaba hacer ruido. Es más, ahora necesitaba hacer bullicio. Se dirigió hacia la sala con fuertes pisadas, encendió la televisión y subió el volumen al máximo. Poco después, apagó el aparato de un golpe al control remoto y se quedó tumbada en el sillón, viendo hacia el techo.
Del otro lado de la puerta surgió un sonido extra- ño, como de alguien que se arrastra por el piso. María no sabía qué aspecto tenía la habitación, jamás había estado dentro; desde que tenía memoria, la puerta estaba siempre cerrada y no se le permitía ni siquiera asomarse. No sabía si había muebles, una cama, una silla, algún cuadro. Se concentró en el ruido que salía de la habitación. Sí, no había la menor duda, el hom- bre caminaba a cuatro patas sobre el piso que con toda seguridad era de madera como en el resto de la casa.
María se aproximó a la puerta y escuchó suspiros entrecortados acompañados de risitas frescas, casi infantiles. No sabía si el hombre era alto o bajo, no sabía qué tanto podía moverse por una habitación que tampoco podía ser muy grande. Imaginó que el hom- bre caminaba en círculos con pies y manos, y que algu- nas veces daba saltitos. Ella también quiso probar,
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María permaneció largo rato sin moverse. Con oídos atentos, trataba de captar los sonidos dentro y fuera de casa; quería estar segura de que su madre no volvería repentinamente. Al final del pasillo, del otro lado de la puerta, había silencio; quizá el hombre tam- bién permanecía inmóvil, expectante. María se quitó los zapatos tratando de hacer el menor ruido posible.
Caminó arrastrando los pies. Llegó hasta la puerta cerrada que tanta curiosidad le causaba. Acercó las yemas de los dedos a la madera, como si quisiera reci- bir algún tipo de energía. Después, con más seguridad, recargó las palmas de las manos y la oreja. No escucha- ba nada. Los latidos de su corazón le rebotaban en el cerebro como una pelota de goma. Poco a poco, las palpitaciones se sosegaron. Del otro lado, percibía la presencia de alguien que no se movía y que quizá tam- bién estaba pegado a la puerta tratando de advertir algo.
Minutos después, María escuchó sollozos ahogados que aumentaban y disminuían regularmente. Palpó la madera como si acariciara al hombre que sollozaba;
quiso estar cerca de él y abrazarlo, consolarlo.
Entonces empezó a hablar, sin estar muy segura de que el hombre entendiera o siquiera escuchara sus palabras. Le dijo que lo quería y que no llorara, aun- que no estaba muy segura de que lo primero fuera cier- to. Le platicó de la escuela, le dijo que no tenía clases porque la maestra estaba enferma y no había sustitu- ta; que la escuela no le gustaba para nada y que los compañeros se burlaban de ella porque corría el rumor de que su padre estaba chiflado; que a veces se queda- ba dormida en clase con los ojos abiertos y que, cuan- do despertaba, la maestra la regañaba y los compañe- ros se burlaban. Le dijo que su madre siempre estaba
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agua, pájaros trinando, osos gruñendo y vientos soplando y silbando. Cuando el hombre terminó su monólogo, María cerró los ojos mientras las imágenes se desvanecían en su mente.
Minutos después se levantó del suelo para encender la grabadora, sintonizó la estación de moda, subió el volumen y bailó al ritmo monótono y soso de la can- cioncilla que se escuchaba por todas partes. Brincaba y se zangoloteaba, tratando de imitar las coreografías de sus artistas favoritos. Aprovechó el corte comercial para comprobar lo que ya sabía: el hombre había adivinado el baile frenético y, sin conocer los movimientos, tam- bién se había zangoloteado y contorsionado; prueba de esto eran los jadeos que traspasaban la puerta.
Cuando Rosario volvió a casa, la radio transmitía las noticias de la tarde, María estaba dormida sobre un sillón y, del otro lado de la puerta, sólo se escuchaba el silencio. Apagó la radio y preparó la cena. Antes de despertar a su hija, entró a la habitación con la comi- da servida y salió con la bacinica sucia.
Cenaron en silencio. María dijo buenas noches dos veces, una más fuerte que la otra y se levantó de la mesa. Entonces se escuchó el trinar de un gorrión.
Rosario buscó con la vista hasta que se topó con la habitación al fondo del pasillo, mientras María cerra- ba la puerta de su cuarto.
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arrastró algunas sillas y una pequeña mesa esquinera, hasta obtener un espacio libre. Se echó al piso de panza y caminó dando círculos ayudada por pies y manos. Caminar a cuatro patas le causó cierto alivio, se sentía ligera y no pudo evitar que se le escapara una risita divertida.
Agotada, dejó de impulsarse y se dirigió hacia la puerta. Escuchó la respiración jadeante del hombre demasiado cerca; él también espiaba. Ninguno de los dos se animaba a alejarse; esperaban algo del otro, pero no sabían qué. Después de un rato María fue a su cuarto y regresó con un libro, se le ocurrió que sería buena idea leer algunas líneas del texto de la única clase de la escuela que le gustaba: Lectura Dirigida. El libro era El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha en una versión para niños. Aunque en su salón ya habían adelantado varias páginas, empezó la lectura desde el principio. Leía en voz alta y trataba de dramatizar cada situación; no pretendía pasar por la buena estudiante que no era; sólo quería compartir algo que le agradaba. A veces hacía pequeñas pausas que aprovechaba para tomar aire, pero cuyo objetivo real era tratar de adivinar, por medio del sonido o del silencio, la reacción del hombre ante las palabras.
Varias páginas adelante se detuvo. Nunca había leído tanto de corrido. Le dolía la garganta y se sentía can- sada. Del otro lado, había un silencio expectante.
Se hallaba sentada en el piso, con la espalda recar- gada en la puerta, cuando el hombre empezó a emitir sonidos extraños. Parecía que hablaba una lengua extranjera saturada de consonantes. María escuchó cuidadosamente. No lograba comprender; ni siquiera distinguía una palabra de otra porque no había pausas.
Sin embargo, en su mente imaginaba corrientes de
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Ni vivo ni muerto
La única posibilidad era el turno nocturno, de once a siete de la mañana. No dudé, llevaba dos meses des- empleado y de todos modos casi no dormía. Empecé el mismo día que me contrataron. Llegué una hora antes para que el empleado del turno anterior me explicara el funcionamiento de las máquinas.
Pasé la primer noche sin moverme del mostrador que daba a la calle, lo más despabilado posible. Se supone que llegarían estudiantes y profesores por una o varias fotocopias urgentes. Pasó una semana sin que se presentara un solo cliente. Estaba aburrido, los libros que llevé para aprovechar los momentos de ocio no lograron captar mi atención. Intenté dormir un par de veces pero mi naturaleza insomne me lo impidió.
Después de un mes, me aventuré por la enorme papelería. Las luces para ahorrar energía proporciona- ban una luz tenue y lúgubre. Pronto me familiaricé con el lugar. Solía deambular por los pasillos; mis pre- feridos eran donde se hallaban el material y herra- mientas para artistas. Me entretenía observando los objetos e imaginando su utilidad.
No me gustaba el trabajo, no había clientes, no hacía nada. El sueldo no era malo, pero si de por sí me resultaba difícil dormir en las noches, durante el día era más difícil. Las primeras semanas logré conciliar el
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Cada vez me sentía más débil, me punzaba la cabe- za y se me adormecían los músculos. No dormía y tam- poco estaba completamente despierto. Una noche, el angustioso estado de duermevela me hizo pensar que permanecería el resto de mis días como un zombi, ni vivo ni muerto. Desesperado, dejé mi puesto de traba- jo y deambulé por los pasillos, como si el movimiento confirmara mi existencia. La luz cambiaba de intensi- dad, a veces brillante; y otras, opaca y débil, no veía con claridad. Caminé lentamente y aunque sentía que mis pies no tocaban el piso, el suelo retumbaba a cada paso. Al principio identifiqué los productos de la papelería en los anaqueles, pero después sólo veía botellas de leche que, a diferencia de la vez anterior, estaban vacías. Perdí la orientación y vagué varios minutos por túneles blancos, hasta que me topé con un muro, caminé a lo largo de éste tanteándolo para no perderlo, estaba húmedo y esponjoso. Cuando encontré el mostrador, varios minutos después, sud- aba y tenía las palmas de las manos blancas y pegajo- sas.
Cancelé definitivamente los recorridos. De frente a la calle, con los codos en el mostrador y la cabeza sobre las manos entrelazadas, esperaba el amanecer, con un libro abierto. A veces sentía que la distancia entre mi cuerpo y la puerta que daba a los pasillos se acortaba; percibía cambios de luz y un vacío viscoso me envolvía. Entonces sacudía la cabeza para despabi- larme aunque aumentaran las punzadas.
Una noche escuché flujo de agua a mis espaldas.
Cuando giré para ver de qué se trataba, un líquido blanco inundó mi lugar de trabajo. Pensé que las bote- llas de leche se habrían roto. El nivel aumentaba a cada momento y ya alcanzaba mis pantorrillas. Tomé
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sueño de cuatro a cinco horas, sin embargo poco a poco disminuyeron hasta convertirse en dos o tres repartidas entre la cama y el transporte público.
Las ojeras se pronunciaron en mi rostro. Vivía como un autómata. Agotado, no lograba concentrarme y sufría de lagunas mentales. Casi diario regresaba a casa luego de caminar algunas calles, con la angustia de haber olvidado apagar la estufa o la luz; nunca las encontré encendidas.
En el trabajo procuraba estar alerta sin conseguir- lo. Cuando permanecía largo rato mirando la calle, las luces de los escasos autos que transitaban permanecí- an largo rato en mi campo visual y se difuminaban, poco a poco, como si fueran rehiletes de colores.
Una noche, cuando quise regresar al mostrador después de mi habitual recorrido por la papelería, no supe qué dirección tomar. Me pareció que los pasillos se alargaban y que los anaqueles tenían el mismo pro- ducto: botellas de leche. Deambulé varios minutos hasta que, sin darme cuenta, regresé al mostrador.
Tomé un libro para distraerme, pero las letras brinco- teaban y lo dejé. Me senté en el suelo junto a una de las fotocopiadoras. Con la cabeza entre las rodillas y las manos entrelazadas en la nuca, aspiraba aire por la nariz y lo soltaba por la boca.
Suspendí los recorridos por miedo a perderme en los pasillos, que yo recordaba como túneles blancos, tapizados de botellas de leche. Hice todo lo posible por dormir durante el día, tomaba tés, puse una manta negra en la ventana para evitar la luz y permanecí largo rato en la cama con los ojos cerrados. Cuando lograba conciliar el sueño, la angustia de estar atrapa- do dentro de un líquido blancuzco y viscoso me des- pertaba.
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La gotera
Raymundo y yo dimos fin a nuestra relación en los mejores términos. Vivimos juntos por el simple hecho de ser buenos camaradas, pero sin amor. Después de la separación nos seguimos viendo con cierta regulari- dad. Poco a poco nuestros encuentros se espaciaron hasta que perdimos el contacto.
Un día, después de casi dos años de no saber nada de él, recibí un correo electrónico en el cual me pedía que cuidara su departamento durante tres meses, pues pensaba hacer un viaje largo. Acepté de inmediato; el tono suplicante de su mensaje no dejaba lugar a nin- gún tipo de negativa. Además pensé que sería una buena oportunidad para reanudar nuestra amistad. El departamento se hallaba muy cerca de mi trabajo, de modo que no tendría mayor dificultad en pasar una vez por semana a la hora de la comida.
No nos vimos antes de su partida. Me envió por correo electrónico las instrucciones precisas de lo que debía hacer, acompañadas de fotografías del departa- mento marcadas con líneas y puntos rojos para indicar- me dónde se hallaba lo que necesitaría.
Una mañana encontré las llaves sobre mi escritorio en un sobre cerrado sin mensaje. Supuse que Raymundo las habría llevado.
La primera vez que fui me sentí como en mi casa.
el teléfono para pedir ayuda, pero no dio línea.
Cuando intenté saltar hacia el exterior me topé con la cortina metálica.
Entonces alguien sacudió mi hombro. Me incorpo- ré y limpié la baba del cachete. No había nadie alre- dedor y la luz indicaba que los empleados del siguien- te turno no tardarían en llegar. Mientras me despabi- laba, vi huellas blancas por todos lados, eran de mis tenis. Las palmas de mis manos también estaban blan- cas. Me asomé a los pasillos de la papelería y descubrí botes y tubos de pintura, óleos y acuarelas de color blanco abiertos y chorreando. Entonces tomé mis cosas y brinqué sobre el mostrador hacia la calle.
Mi trabajo actual también es por la noche. Duermo cada vez menos, pero ya no sueño con leche ni túne- les blancos. Ahora me despierta el calor del fuego que envuelve mi nuca; por si las dudas, me amarro un extinguidor al tobillo.
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vez que visitaba el departamento; era como una gote- ra, pero por más que busqué alguna fuga de agua, no encontré nada.
La primer semana del segundo mes, mientras rega- ba las plantas, un aparatoso accidente de tránsito justo frente al edificio llamó mi atención. Me entretuve en la ventana, observando los carros abollados y la discu- sión que se desató entre los dos conductores, sin más consecuencias que algunos aventones y un acuerdo con el seguro para cubrir los gastos. Un par de veces, mientras miraba la calle, sentí como si alguien se moviera a mis espaldas, pero cuando voltee no vi nada y tampoco le di importancia.
A la semana siguiente encontré el papel tapiz de la sala hecho jirones, pero el resto del departamento seguía tan impecable como siempre. No me lo explica- ba y me preocupó que Raymundo supusiera que yo había sido la causante. Me apresuré a realizar las tare- as de siempre, mientras pensaba en la mejor forma de resolver el problema. Al final arranqué un pedazo de tapiz con el propósito de conseguirlo y volver a colo- carlo. Raymundo no tendría porqué enterarse.
Cuando salía del edificio caí en la cuenta de que había olvidado regar una de las plantas. Me dio pere- za regresar y confié en que la maceta tendría suficien- te agua hasta mi próxima visita.
Dediqué el fin de semana a buscar el tapiz, pero no pude hallarlo. Al parecer se trataba de un papel des- continuado. No quería ni imaginar la reacción que tendría Raymundo y tampoco podía encontrar una explicación convincente.
La semana siguiente regresé con miedo; no sabía lo que me esperaba. Un olor nauseabundo me recibió en el pasillo. Aceleré el paso mientras maldecía a la
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Conocía el espacio de memoria gracias a las fotos. El departamento, impecable, parecía la maqueta promo- cional de una inmobiliaria. No había nada personal a la vista: ni fotos, ni objetos, ni detalles que pudieran darme una idea del tipo de persona que para entonces podría ser Raymundo. Después de tanto tiempo de no saber de él, me parecía que ya no lo conocía y el depar- tamento no ayudaba. Habíamos acordado los detalles mediante el correo electrónico, pero este medio nos había distanciado aún más de lo que ya estábamos.
Pensé hurgar en los cajones y repisas en busca de indi- cios que me dijeran cómo llevaba su vida. Al final no lo hice; sentí cierto pudor ridículo y me concentré en lo que Raymundo me había pedido.
Cumplí el encargo sin contratiempos. Encontré cubetas y bandejas exactamente donde y como indicó que las encontraría. Dejé las ventanas abiertas mien- tras regaba las plantas y quitaba las hojas secas. Pasé un trapo húmedo sobre los muebles y aspiré los tape- tes. Guardé los utensilios en su lugar, cerré las venta- nas, me cercioré de que todo estuviera en orden y salí.
Durante un mes, de los tres que Raymundo perma- necería fuera, visité el departamento una vez por semana y repetí la rutina del primer día, sin atrever- me a hacer otra cosa. Entraba y salía lo más rápido posible. No se me antojaba permanecer más tiempo del estrictamente necesario. Raymundo me había dado total libertad: podrías ver una película, cocinar o dor- mir si te apetece, siempre y cuando dejes todo en su sitio antes de marcharte, escribió en su último correo.
El lugar era muy lindo, pero tanto orden me agobiaba y todo el tiempo que estaba dentro me sentía como una intrusa a punto de ser descubierta. Además, un ruido regular y persistente resonaba en mis sienes cada
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de pudores necios. Necesitaba estar segura de que me hacía cargo del departamento de alguien conocido y de que mi estupor por el tapiz y mi pesar por la planta, valían la pena. El ruido de gotera y el mal olor no tení- an razón de ser con alguien tan ordenado como Raymundo.
La siguiente visita llevé un repuesto para la difun- ta. Compré una planta que se le parecía; a decir ver- dad, me sentí totalmente incapaz de recordar su aspec- to con exactitud. Cuando introduje la llave en la cerra- dura estuve a punto de largarme. No había ningún olor, pero tenía la sospecha de que me esperaba otra sorpresa poco agradable y no tenía ganas de enfrentar- me a un departamento impersonal, cuyo propietario era un fantasma.
Aspiré aire y me dispuse a realizar mis actividades semanales: abrir ventanas, regar plantas, arrancar y tirar hojas muertas, limpiar muebles y aspirar tapetes.
Al final, planté la nueva mata en la maceta vacía, con la seguridad de que no sobreviviría.
Luego me precipité a la recámara y abrí todos los cajones. Todo estaba vacío. No había ropa, ni papeles ni objetos personales: nada. Mi párpado izquierdo temblaba con insistencia: me sentía en un abismo, en el vacío, en un lugar inexistente. Salí de la habitación y cerré las ventanas.
Mientras guardaba la aspiradora sentí un cosqui- lleo en la oreja, como si alguien hubiera suspirado, ahí, a mis espaldas. Una gota de sudor frío recorrió mi espalda. El párpado dejó de temblar. El miedo me paralizó un momento; me costó trabajo comprobar que estaba sola y que las ventanas cerradas impedían el paso del viento. El ruido de la gotera se hizo más insis- tente, como si hubiera crecido.
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vecina, una viejecilla de aspecto descuidado que vivía sola y que siempre estaba ávida de conversar con alguien; pensé que ella era la causante del hedor.
Cuando abrí la puerta, el olor me golpeó de frente.
Me tapé boca y nariz con la manga del suéter y entré con el codo por delante como si alguien o algo me impidiera el paso. Abrí las ventanas de par en par y busqué la causa sin encontrarla. Mientras la peste se iba, me dispuse a regar las plantas con la firme con- vicción de largarme lo antes posible. Pensé que el tufo sería igual que la gotera que escuché desde el primer día: imaginación mía o un hecho sin explica- ción por el cual no valía la pena perder el tiempo.
Entonces me di cuenta que el tapiz se encontraba en perfecto estado, pero el diseño era distinto.
Mientras pensaba en una explicación, me percaté de que la planta que había olvidado regar estaba muer- ta. Removí la tierra y las raíces se hicieron polvo en mis manos. Enterré los restos de la planta en la misma maceta y terminé mis tareas sintiéndome cul- pable.
Maldije la hora en que acepté la petición de Raymundo, pues cuando me buscó los años y la dis- tancia habían eliminado cualquier tipo de compro- miso.
En el camino a casa pensé que podría no ser su departamento. No había nada que me lo recordara; no había visto a Raymundo ni hablado con él. El servidor me rebotaba los mensajes indicándome que la direc- ción de correo electrónico, con la que mantuvimos comunicación antes de su partida, ya no existía. El inci- dente del tapiz despertó mi suspicacia, pero el de la planta me puso paranoica. Tomé la decisión de registrar el lugar en busca de algún rastro de mi expareja. Nada
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escondites posibles sin encontrar nada. Salí decidida a no regresar. Tiré las llaves en una jardinera cerca de la oficina y traté de no pensar.
Después me arrepentí. La primer semana del últi- mo mes que Raymundo estaría fuera, salí del trabajo a medio día. Introduje las manos en la jardinera y lo pri- mero que tocaron mis dedos fue el frío metal de las llaves.
Todas las ventanas estaban abiertas. No se perci- bía ningún olor ni sonido extraño. La planta nueva lucía esplendorosa. Las paredes y los muebles tenían el impecable aspecto de mis primeras visitas. La sensa- ción de otra presencia se acrecentó con ruidos que pro- venían de la recámara y la cocina, donde no había nadie.
El miedo se convirtió en un terror paralizante. Me quité los zapatos y me recosté en el sillón más grande de la sala. Ignoré los ruidos que de pronto provenían de todos los rincones, como si hubiera gente murmu- rando. Traté de tranquilizarme; todo debía ser pro- ducto de mi imaginación.
Me quedé dormida. Un eco constante me desper- tó. En el departamento inundado, varios objetos que no recordaba haber visto, flotaban en el agua que alcanzaba no menos de 30 centímetros. Me levanté y busqué la fuente de la inundación. Los grifos estaban cerrados, no había fuga visible. Las coladeras del baño y la cocina parecían tapadas. La puerta de entrada estaba atorada, ni siquiera podía mover el picaporte.
Me costaba trabajo respirar, los párpados me tembla- ban y la vista se me nublaba. Regresé chapoteando al sillón y traté de tranquilizarme. Pensé que alguien derribaría la puerta en cualquier momento, la inunda- ción tendría que ser evidente para los vecinos.
TU ROPA EN MI ARMARIO
Regresé a la oficina y le dije a Raymundo en un correo electrónico que lo sentía mucho pero que no podía seguir cuidando su departamento, debido a una carga abrumadora de trabajo y porque me deprimía entrar a un lugar que parecía no haber estado habita- do nunca. No le comenté nada de las extrañas expe- riencias; eran poco creíbles. Esperé la respuesta en vano. Si al principio dudaba de la identidad del dueño del departamento, ahora dudaba de mi cordura.
Aunque cumplí con mi palabra, continuamente jugaba con las llaves. Cuando llegó el día de la visita semanal traté de ignorarla y fui a comer con los com- pañeros del trabajo. Inútil: no pude dormir durante toda la noche, era más fuerte mi curiosidad que el miedo y el fastidio. Sabía que el departamento de Raymundo había cambiado de algún modo y quería verlo. A la mañana siguiente me levanté temprano y fui directo ahí. En cuanto la cerradura cedió, empujé la puerta con el pie y entré con los ojos cerrados. Al abrirlos, descubría que las sillas y los sillones estaban despanzurrados. Lo demás parecía estar en orden. No percibí ningún olor ni sonido.
Abrí las ventanas, regué las macetas, corté y tiré las hojas muertas, limpié los muebles y aspiré los tape- tes. La planta nueva estaba radiante pero era total- mente diferente a la anterior.
La luz de la mañana le daba al departamento un aspecto más acogedor. Cómoda y relajada, me dejé caer en uno de los sillones despanzurrados y cerré los ojos. La sensación de que alguien pasaba corriendo frente a mí, me hizo abrirlos. No había escuchado nin- gún ruido, pero la impresión de que no estaba sola era tan clara que se me erizó el cabello de la nuca. Me levanté y busqué en todas las habitaciones y en los
BIBIANACAMACHO
Tu ropa en mi armario 17/5/10 12:06 Página 48
Regreso a casa
Aminoró la carrera cuando vio la larga fila para abor- dar el autobús. El conductor esperaría con el motor encendido hasta atiborrar su destartalado vehículo, para ponerse en marcha.
Al fin, Regina se acomodó en un rincón, sujetán- dose del tubo que apenas alcanzaba. Su compañera de viaje, una mujer obesa y malencarada, miraba con reproche al par de jóvenes sentados delante de ellas.
El autobús, repleto de gente con el rostro borrado por el cansancio y sin disposición alguna para estrechar el cuerpo y facilitar el flujo de pasajeros, avanzaba a vuelta de rueda.
Regina sentía que la extremidad se le desprendía del hombro y tenía que alternar los brazos para sujetarse del tubo. Los cómodos zapatos que calzó en la mañana, ahora eran demasiado estrechos para sus pies hinchados.
Había perdido la esperanza de acomodarse en algún lugar, cuando dos jóvenes se levantaron y descendieron.
Se sentó junto a la ventana y su desbordante compañe- ra al lado del pasillo, con media nalga encima de ella; no protestó, estaba acostumbrada al contacto físico cercano.
Quiso desabrocharse los zapatos para liberar un poco sus pies cansados, pero el espacio reducido y su desparramada compañera la hicieron desistir antes de intentarlo.
Minutos después me levanté. Las ventanas habían desaparecido de los muros. Las puertas de las demás habitaciones estaban cerradas y no pude abrirlas.
Traté de gritar pidiendo auxilio, pero mi voz era sólo un susurro.
He decidido esperar a Raymundo. Paso la mayor parte del tiempo al acecho de los ruidos que siempre son diferentes. Cada vez que despierto hay algo flo- tando que no había visto antes: un carrete de hilo, una pluma, un sombrero. El nivel del agua permanece invariable. A veces es turbia y otras es tan transparen- te que puedo identificar los detalles del suelo.
Casi siempre me sobresalto con el chapotear de alguien que no está aquí. He perdido la cuenta de los días, ojala que Raymundo llegue pronto.
BIBIANACAMACHO
Tu ropa en mi armario 17/5/10 12:06 Página 50