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EL EMPERADOR Y LAS SEMILLAS DE FLORES

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Academic year: 2022

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EL EMPERADOR Y LAS SEMILLAS DE FLORES

En un remoto reino, hace muchos años, la guerra había desangrado el país y la última batalla acabó con la vida del emperador. La población quería una vida de paz y exigió al Consejo del Reino, que elevaran al Trono a alguien verdaderamente amante de la vida.

En el Consejo estuvieron pensando y pensando ¿cómo hacer esta selección tan delicada? Decidieron convocar al pueblo para que seleccionaran una persona joven y de buena salud, que consideraran la mejor para ocupar el Trono.

A los pocos días, cientos de jóvenes fueron llegando al palacio real. En un pueblito lejano de las montañas se encontraba Isabel, una joven pastora que ese pueblo había seleccionado. Isabel, a punto de partir, dijo a sus padres:

-Yo no quiero ser la futura emperatriz, ¿qué haré yo como emperatriz?

-Hija, nuestro pueblo cree que tú nos conducirás a una vida de paz -respondió su madre-. Pero la decisión, de ir o no ir, la tienes que tomar tú.

Y así lo hizo. Ya que Isabel amaba mucho a la gente, decidió aceptar el pedido de su pueblo y viajar a la corte. Entonces emprendió un largo y peligroso viaje, atravesando ríos y bosques, hasta que llegó al palacio real. Una vez allí, no se encontró sola.

Estaban ya miles de muchachos y muchachas de todo el reino, reunidos en el gran Salón del Trono.

El Consejo del Reino les dio la bienvenida y su portavoz les dijo:

- Cada cual va a recibir una semilla. La plantará y la cuidará con su propia mano en la tierra de su pueblo natal, y cuando venga la primavera, nos reuniremos de nuevo aquí, cada cual con su planta crecida en una maceta. Quien tenga la planta con la flor más hermosa, será quien ocupe el Trono.

Muchachos y muchachas formaron filas ante cada integrante del Consejo, que fue repartiendo a cada cual la semilla que tenía que plantar. Isabel tomó su semilla y con mucho cuidado se la guardó y emprendió el camino de vuelta a casa.

Una vez en su pueblo, Isabel plantó la semilla en una maceta con la mejor tierra de sus montañas y la regó. Los días pasaban, pero en esa maceta nada aparecía. La regó y esperó, pero los meses pasaban y nada sucedía allí. Añadió nueva tierra, la abonó y

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regó, la cambió de lugar, le cantó y animó, pero nada. No brotaba nada. Isabel ya no sabía qué más hacer, y la semilla no respondía.

Cuando por fin llegó la primavera, ella sabía que era hora de realizar de nuevo el largo viaje hacia el palacio real. Pero también sabía que no valía la pena ir, porque de su maceta no había brotado ni una sola flor. Por una parte, se alegraba, porque ella no tenía deseos de cambiar su vida sencilla por la de una Emperatriz. Pero estaba a la vez con pena porque temía dejar en mal lugar a su pueblo natal. Decidió consultar a su

pueblo, mostrándole su maceta:

- Querido pueblo, la vez pasada acepté su nombramiento por el amor y respeto que les tengo, para dar a conocer todo lo bello y bueno que el país tiene en ustedes y en estas hermosas tierras. Y fui a palacio, a pesar de que no quería cambiar mi vida entre ustedes por la vida de Emperatriz. Pero esta vez ¿qué sentido tiene ir? Vean mi maceta: no tiene ni siquiera una flor. Si voy, les dejaré en mal lugar.

El pueblo inmediatamente hizo corrillos para discutir entre ellos qué responder a Isabel. Luego empezaron a expresar sus conclusiones:

- No tengas vergüenza en ir, querida Isabel. Nuestro pueblo nunca ha pretendido ser mejor que otro. Sólo somos un pueblo hermano de otros pueblos que quiere compartir con ellos su búsqueda de paz, no quedarse al margen - dijo una anciana.

- Debes ir, Isabel. El cielo querrá que sigas viviendo en nuestra aldea, pero faltar a la cita nos dejaría en peor lugar que llegar con la maceta sin florecer -dijo Fernando, un adolescente que sentía un gran cariño por Isabel. En todo caso, la decisión es tuya.

La mayoría respaldó estas conclusiones e Isabel se pasó la noche reflexionando. Al amanecer, decidió coger la maceta e ir a la cita en el palacio.

¡Qué maravillosa escena había cuando llegó al gran Salón del Trono! Los muchachos y muchachas estaban otra vez allí, frente al Consejo del Reino, pero ahora con sus macetas repletas de hermosas flores. Si una flor era bella, la otra aún lo era más.

El Consejo se desplazó por el salón para examinar las macetas, una a una, y tomar su decisión. Cada integrante iba alabando a los muchachos y muchachas que saludaba, por las hermosas flores de sus macetas. Así pasaron horas y horas en ese gran salón resplandeciente de flores y de la emoción de los corazones juveniles con la expectativa del trono.

Isabel casi ni se veía entre todos, triste porque su maceta no estaba florida. Las consejeras y consejeros iban terminando su recorrido y se reunían para conversar entre sí.

Uno de los sabios llegó al final de su recorrido a divisar la maceta de Isabel, quien cabizbaja, ni le vio regresar en silencio a reunirse con los demás. Seguía con los ojos

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bajos cuando el sabio regresó de nuevo, esta vez seguido de todo el Consejo, y le dijo:

- Amada niña, tú vas a ser nuestra Emperatriz.

Isabel levantó la vista para ver a quién habían elegido y vio que el Consejo en pleno la rodeaba a ella, y en sus rostros brillaban sonrisas de afecto y dicha.

Pero, si mi maceta no ha florecido, y el Consejo dijo que el Trono lo ocuparía quien tuviera la flor más hermosa - dijo suavemente Isabel.

Así fue, como dices -respondió el sabio -. Pero todas las semillas que repartimos estaban tostadas y ninguna podía florecer. Queríamos asegurarnos que el Trono lo ocupara una persona honesta, y por tu honestidad el reino te necesita como

Emperatriz.

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EL PLATO DE MADERA”

Ocurrió hace mucho tiempo en un remoto lugar, aunque me consta que la historia se repitió en distintos lugares y en distintos tiempos, ¡si es que hay hechos que no cambiarán nunca!

A la hora de comer se sentaban en la mesa, abuelo padre de padre, hija nieta de abuelo, y nuera madre de hija, esposa de padre. El abuelo en su categoría adquirida hacía ya algunos años cumplía con la edad, y como no, con los síntomas que estas edades suelen regalar independientemente de los méritos obtenidos. Al abuelo le temblaban las manos permanentemente lo que dificultaba sobre manera el poder comer, lo que conllevaba la caída de comida y no pocas veces la del plato con el resultado que nos podemos imaginar.

El hijo siempre se estaba quejando de la comida que al padre se le caía, de los platos que rompía, que esto no podía ser, que mira el viejo que poco cuidado tiene, que, Qué se piensa, esto no puede ser, pero a esto le pongo yo solución, Comentaba a su esposa constantemente, ella callaba y asentía con un gesto entre irónico y socarrón, que él nunca supo ver.

El hijo era un hombre versado en buscar soluciones de ingenio fácil y sopesando que era mucho el peso de algún plato roto, se dispuso a buscar un remedio estrujando la viscosidad que el tenía por cerebro. La viscosidad siguió haciendo lo de todos los días, dormir, y él creyó dar con la idea adecuada, y se puso manos a la obra.

Cogió un buen pedazo de madera y comenzó a darle forma, tampoco era cuestión de hacerlo de cualquier manera pues un padre es un padre. En un par de horas la gran obra estaba terminada, estaba todo orgulloso pues había puesto solución a un problema, con gran ingenio, -¡si es qué cuando uno se pone a pensar el mundo gira!

Al abuelo seguía cayéndosele la comida, pues el tembleque no tenía remedio, también seguía cayéndosele el plato, pero eso si ya tenía arreglo pues un plato de madera no rompe al caer. –Ahora ya tengo el problema solucionado, se acabaron los platos rotos. - Problemas a mí…, si cuando me pongo... ¡va a ver el viejo! ¡tiene un hijo que es la ostia!

La hija, viendo lo que hizo el padre le dio que pensar y comenzó a ver como en unos segundos el tiempo transcurría ante sus ojos a velocidad de vértigo, y vio el futuro, por lo que decidió adelantarse a los acontecimientos venideros. La madre que le había adivinado la intención la animó a llevar acabo su propósito.

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El padre llegó a casa a la hora de costumbre, con el cansancio de costumbre y la costumbre de costumbre, acostumbrando a ver que es lo que estaba haciendo su hija pues siempre estaba haciendo algún tipo de trabajo manual, era una niña muy creativa y eso a su padre lo tenía maravillado.

Como no podía ser menos, estaba trabajando sobre un trozo de madera el cual parece que estaba recibiendo cierta forma, de momento no muy perceptible, el padre se acerca y pregunta; Qué estas tallando, Es una sorpresa y de momento no te lo puedo decir, Pero puedes darme una pista, Papá por favor, una sorpresa es una sorpresa, y no hay pistas que se puedan dar, eso me lo has enseñado tú, Tienes razón, perdona, al menos dime si tardarás mucho en terminarlo, No, no lo creo, tengo que fijarme un poco en el abuelo y con su ayuda esta semana lo termino, Ah, tiene también participación el abuelo, y yo no puedo saberlo, Papá, no te pongas celoso tú ahora, el abuelo me ayuda porque el también quiere poner su parte y porque es algo para ti, ¡hala! ya está, ya me has hecho decir algo que no debía, y ahora ¡vete! y déjame trabajar, antes de que meta más la pata y deje de ser sorpresa., Vale , vale, ya me voy, que carácter tiene esta niña, con solo ocho años, cómo se parece a su madre.

Transcurrió la semana entre el colegio y la talla de la madera, y el sábado por la tarde estaba terminada. Con la ayuda del abuelo buscaron una caja donde poder guardar el regalo y se dispusieron a envolverlo para darle más emoción cuando se lo entregaran al padre. La niña pensaba que al padre le haría mucha ilusión recibir un regalo así, pues él había hecho lo mismo con el suyo; y la niña creía que esto debía ser una tradición familiar y que el padre de alguna manera le había insinuado que ella debía hacer lo mismo, y ella decidió no esperar tanto y adelantarse a los acontecimientos haciéndolo ahora, antes de que su padre fuese tan viejo como el abuelo, así podría disfrutarlo más tiempo.

El domingo después de comer, con el postre, la niña hace entrega al padre del regalo, el padre todo emocionado se dispone a abrir el paquete, creyendo que debe ser alguna figura; caballo, jugador de fútbol, perro, pájaro, moto, etc., etc. Cuando levanta la tapa y observa lo que hay dentro, (un plato de madera, como el que le hice a mi padre…) los ojos se le quieren salir de las órbitas, la cara se le desencaja y una cierta palidez aflora inesperadamente y se instala en su rostro sin previo aviso. –Papá, te gusta, pregunta la niña toda emocionada. Con un sonido sordo salen muy dificultosamente las palabras. –Sí… sí…es…muy…bonito, no me lo esperaba…-Como tú le regalaste uno al abuelo, yo te regalo uno a ti, lo puedes usar ahora o cuando tengas la edad del abuelo, eso como tú quieras.

Entonces y por primera vez en mucho tiempo comenzó a comprender algunas cosas que tenía olvidadas o que no se había parado a pensar en ellas. Cogió los platos de madera y los rompió, desde entonces miró a su padre de otra manera, era el ser que le había

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dado parte de la vida y sus enseñanzas y ahí estaba luchando día a día con los avatares y el deterioro del tiempo que no perdona, sin otra elección que arañarle un poco de dignidad a los días que transcurrían tan lentos y penosos.

Él se preocupó todos los días de dar de comer a su padre, de limpiar los restos de comida, de recoger los pedazos de los platos rotos. En la mirada de su mujer se podía leer con toda claridad, la moraleja y el asentimiento de que rectificar es de sabios aunque se tarde mucho en darse cuenta. –Si mujer ya lo sé, tenías toda la razón, y que lección me ha dado tú hija con tan solo ocho años, ¡caray!, lo que no quieras para ti no lo quieras para nadie.

La moraleja que se podría aplicar aquí, es tan vieja como el mundo aunque como los orígenes del mundo, también ha sido olvidada.

“Cuando tengas cuarenta años no debes olvidar que has tenido quince años, y que tienes posibilidades de llegar a los ochenta”

“Hijo eres, padre serás, como hagas, así te harán”

Si ya me lo decía mi abuela, la tontería no tiene edad rapaz, da igual que tengas veinte “cá” cuarenta, el tonto es eterno e imperecedero. Es como el enamorarse, o con quince o con ochenta, se cometen las mismas tonterías, la tontería no tiene edad, ya me lo decía mi abuela (carallo, qué razón tiña)…

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LA NIÑA INVISIBLE

Había una vez una niña que se llamaba Marta. Vivía en una casita situada en un valle, a la derecha encima de una montaña estaba el pueblo blanco (le llamaban así porque la mayoría del tiempo estaba cubierto de nieve) y al otro lado, sobre una colina, se encontraba el pueblo verde (estaba siempre lleno de césped).

Los niños del pueblo verde lo pasaban muy bien. Los que peor lo pasaban eran sus animales, porque los molestaban continuamente.

Los del pueblo blanco también vivían muy contentos, pero sus plantas tenían dificultad de salir por el frío que hacía y los niños las pisaban y cortaban continuamente.

Los niños de estos dos pueblos no eran amigos. Marta vivía en medio, era amiga de los animales y las plantas y también quería ser amiga de los niños de sus pueblos vecinos, pero ellos no la querían porque no pertenecía a sus pueblos. Marta lo había intentado todo, pero nada le daba resultado, se sentía cada vez más sola y un buen día de tanto llorar se convirtió en invisible.

Como era invisible, tanto los niños del pueblo blanco como los del pueblo verde no se daban cuenta de su presencia, y Marta estaba con ellos y les estropeaba las trampas que preparaban para cazar a los animales y protegía el crecimiento de las plantas.

Marta también pasaba muchos ratos con los niños del pueblo blanco, y sin que se dieran cuenta les desviaba todos los misiles y armas que tenían preparadas para atacar al pueblo verde.

Puesto que Marta conseguía todas las trampas de los niños del pueblo verde, éstos tuvieron que inventarse otros juegos para distraerse. Marta procuraba que los nuevos juegos no fuesen tan salvajes y así empezaron a jugar con los animales y a cuidarlos.

Los del pueblo blanco por no aburrirse inventaron otras actividades y así fue como empezaron a cuidar las plantas.

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Después de algún tiempo empezaron a interesarse por los juegos de los demás;

pensaron que quizás jugar con ellos sería más divertido que pelearse y así fue como que las niñas y niños del pueblo verde y del pueblo blanco se hicieron amigos y jugaron juntos en el valle.

Aquel mismo día Marta dejó de ser invisible y estuvo muy contenta porque tenía muchos amigos y a nadie le importó que no fuera de su pueblo.

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El traje nuevo del Emperador [Cuento infantil. Texto completo]

Hans Christian Andersen

Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.

No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: “Está en el Consejo”, de nuestro hombre se decía: “El Emperador está en el vestuario”.

La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.

-¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela-. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.

Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.

«Me gustaría saber si avanzan con la tela»-, pensó el Emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.

«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es

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un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él».

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas-.

¡Pero si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.

Los dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».

-¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido? -preguntó uno de los tejedores.

-¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.

-Nos da una buena alegría -respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.

Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.

-¿Verdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.

«Yo no soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel

soberbio dibujo.

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-¡Es digno de admiración! -dijo al Emperador.

Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar.

Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los

pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.

-¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados dignatarios-. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos -y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.

«¡Cómo! -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto?

¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».

-¡Oh, sí, es muy bonita! -dijo-. Me gusta, la apruebo-. Y con un gesto de agrado miraba el telar vacío; no quería confesar que no veía nada.

Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: -¡oh, qué bonito!-, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión que debía celebrarse próximamente. -¡Es preciosa,

elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.

El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.

Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano.

Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: -¡Por fin, el vestido está listo!

Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

-Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. -Aquí tienen el manto... Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo,

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mas precisamente esto es lo bueno de la tela.

-¡Sí! -asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.

-¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?

Quitose el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo.

-¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos-. ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso!

-El palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante la procesión, aguarda ya en la calle - anunció el maestro de Ceremonias.

-Muy bien, estoy a punto -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? - y volviose una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decía:

-¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!

Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.

-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

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-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.

Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.

FIN

Referencias

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