El monasterio de Óvila se encuentra situado en la orilla derecha del río Tajo, dentro del tér-mino municipal de Trillo, a unos 80 km de Guadalajara. Se accede a través de la autovía A-2, tomando la salida que va a Cifuentes (N-204) y en dirección a Trillo; una vez allí, a la entrada al municipio encontraremos la indicación que nos llevará hacia Óvila. Los restos del antiguo monasterio se encuentran dentro de una finca privada, junto a la vega del Tajo, a unos 5 km de Trillo.
TRILLO
L
OS ORÍGENES DE ESTE CENOBIOse remontan al últimocuarto del siglo XII. Para Fray Ángel Manrique la
fecha de fundación tuvo lugar en 1175, aunque no fue hasta el 12 de agosto de 1181 cuando el rey Alfonso VIII junto a su esposa doña Leonor Plantagenet convinie-ron con el obispo de Sigüenza, don Aderico, el cambio de
territorios para que el rey edificase un monasterio cister-ciense. El monarca había reconquistado la plaza de Cuen-ca en 1177 y en su expansión hacia tierras musulmanas debía cerciorarse de que la repoblación se llevaría a cabo, para ello facilitó el asentamiento de la nueva orden mona-cal, la cual atrajo gran cantidad de repobladores venidos
Monasterio de Santa María de Óvila
del Norte, ilusionados por las nuevas oportunidades de la tierra recuperada
En el documento consta que Alfonso VIII recibió “la casa de Murel con todos sus términos y sus pertenencias, a saber: Morillejo, Alcamaraz, Azañon y la heredad de Soto-dosos, a excepción de la iglesia de Santa María Magdale-na de Berralcalde de MediMagdale-na y las demás que pertenezcan a Murel y a la referida Iglesia de Santa María, para edificar una abadía en el supradicho emplazamiento de Murel o en otra de sus pertenencias bajo el espicopado seguntino, con sus entradas y salidas con sus tierras y sus viñas, cultivadas y sin cultivar, riachuelos y demás aguas, con pesquerías y aceñas, con molinos y sus caminos para mí y toda mi suce-sión por juro de heredad y para tenerla y poseerla, libre y pacíficamente...”.
Por bula dada en Verona el 3 de diciembre de 1182 el Papa Lucio III, también de origen cisterciense, acogió al monasterio de Santa María de Murel respondiendo así a los monjes blancos que se lo habían pedido, con su abad Pedro a la cabeza. A su vez concedió al monasterio la facultad de ser colegio o noviciado. No sabemos exacta-mente de donde procedía el abad Pedro pero suponemos que vendría del monasterio de Bolbona, en la diócesis de Tolosa.
Pero muy pronto cambió de emplazamiento esta fun-dación cisterciense y de esta primitiva sede se trasladaron, ya en 1186, al lugar de Óvila, donde el rey les estaba cons-truyendo la verdadera abadía. No hay datos concluyentes para creer que en el emplazamiento anterior se construye-se nada que no fueconstruye-se provisional. Este planteamiento no significa que el monasterio estuviera acabado sino que las dependencias básicas estaban acondicionadas para la vida monacal.
Es en este momento del cambio de emplazamiento cuando Alfonso VIII realizó abundantes donaciones y otorgó varios privilegios al nuevo cenobio. En 1186 con-cedió a los monjes el derecho para utilizar bosques, aguas y crear una dehesa, señalando los mojones de ésta. En estos años no tardaron en surgir roces entre el monasterio y el obispo de Sigüenza, del que el cenobio era depen-diente. Era obispo de Sigüenza Martín de Hinojosa, anti-guo abad del monasterio de Santa María de Huerta, y pre-tendía éste que el monasterio pagara los censos con que estaban grabadas Santa María de Venecalde, así como una heredad de Huetos, exigiéndoles también el pago de los diezmos. Alegaban los monjes que al ceder el cabildo las propiedades a Óvila, en el cambio con el rey, se entendía también que quedaban éstos exentos de pagar los derechos que se tuvieran sobre ellas, a lo que el prelado segontino contestaba que había cedido los territorios mas no las
car-gas que estas propiedades llevasen consigo. El rey hubo de mediar en estos pleitos que finalizaron con un acta de con-cordia, firmada en Sigüenza el 18 de agosto de 1191, por la cual el cabildo renunciaba a todos los censos y diezmos de las propiedades presentes y futuras del monasterio en la diócesis a cambio de los cuatro áureos que debían pagar los monjes cada año.
A las donaciones y privilegios otorgados por la reale-za se sumaron los beneficios dados por diferentes nobles que tomaron a esta casa bajo su protección. Es el caso de don Gil, que en junio de 1205 donó las heredades que tenía en Cennia y Torriziela, a orillas del Henares.
La dotación del monasterio continuó tras la muerte del rey Alfonso VIII, y en 1218 Fernando III ratificó los privilegios concedidos por aquél. El mismo monarca donó a la comunidad cincuenta eras de las salinas de Medinace-li para el consumo propio de los monjes aunque sin dere-cho a comerciar con ellas.
Hasta el siglo XV el monasterio se mantuvo con no
pocas donaciones, pero las continuas turbulencias de este siglo hicieron que muchos pueblos anejos a Óvila queda-sen despoblados, lo que provocó un abandono de las tie-rras y una disminución de las rentas. Aunque el problema se logró enmendar, en parte gracias a algunos pactos con los vecinos, la situación no mejoró mucho y el declive de la comunidad se hizo cada vez más patente.
No disponemos de mucha información de los siglos posteriores, pues en el siglo XVIIse incendió el archivo del
monasterio. En cualquier caso, parece que no acontecie-ron sucesos importantes hasta la centuria siguiente. En 1835, cuando sólo quedaban entre sus muros el abad, cua-tro monjes y el lego Clemente, el decreto desamortizador de Mendizábal supuso el colapso definitivo de Óvila y su paso al Estado. Tras la Desamortización, el cenobio quedó abandonado y parte de las joyas artísticas que guardaba en su interior se trasladaron a las parroquias de los pue-blos cercanos, como Rugilla, Carrascosa o Sotoca. Las obras literarias de la biblioteca o los documentos relativos a su historia fueron a parar a otras manos, como su Cartu-larioy Abadologioque en la actualidad se encuentran en la Universidad de Oviedo y en el monasterio de Osera (Orense).
El declive máximo llegó con su venta en 1931 a Fer-nando Beloso Ruiz, por la cantidad de 3.130 pesetas. Este personaje se lo malvendió a su vez al multimillonario ame-ricano William Randolph Hearst que pretendía trasladarlo a su rancho de San Simeón, en la costa oeste de Estados Unidos. Uno a uno salieron los sillares de la sala capitular, así como cubierta de la galería norte del claustro, el dor-mitorio de novicios, la iglesia y el refectorio.
Iglesia monástica. Vista del exterior desde la cabecera
Galerías oriental y septentrional del claustro
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T R I L L OPlanta
Planta
0 5 10 m
Debido a las grandes bancarrotas que el magnate sufrió, el monasterio no pudo ser reinstalado en su man-sión de Mountolive, en las colinas de San Simeón en Cali-fornia, y vagaron durante años por diversos lugares, como el puerto de Cádiz o el Golden Gate Park de San Francis-co donde estuvieron abandonadas. En la actualidad la comunidad de monjes cistercienses está llevando a cabo la labor de reconstrucción de lo que queda de la sala capitu-lar en la abadía New Clairvaux, en Vina (California). Las vicisitudes relativas a su venta y traslado han sido amplia-mente estudiadas y documentadas por José Miguel Merino de Cáceres.
El esquema arquitectónico de Santa María de Óvila es, en esencia, semejante al reproducido en Buenafuente del Sistal, otro ejemplo próximo de monasterio cistercien-se. Según Layna Serrano el claustro se encontraba situado al sur de la iglesia, como es habitual. Esta última debió de
tener en su traza primigenia un cuerpo de tres naves, con crucero saliente de notables dimensiones y cinco capillas coronando su cabecera: una central, de mayores dimensio-nes, orientada al exterior, y planteada como un hemiciclo, junto a la cual se disponían simétrica y escalonadamente las capillas laterales, rematadas en testero recto, y de dimensiones más reducidas. La hipótesis certera de estas primitivas trazas vienen corroboradas por el testimonio de un viajero anónimo del siglo XVIque la describía así:
Sun-tuosísima, de tres naves y cinco capillas, mucho más suntuosas que agora es.
Merino de Cáceres atisba la posibilidad de un diseño tradicional de la cubierta principal, que abarcaría tanto a la nave central y el crucero, como a la totalidad de la cabe-cera, con bóveda de cañón apuntada, sustentada sobre arcos fajones. En las naves laterales, en lugar de utilizar la habitual bóveda de arista que solía cubrir las colaterales en
las más tempranas iglesias cistercienses, nos toparíamos con una interesante y novedosa bóveda de crucería.
Dicha disposición inicial tendría su origen a finales del siglo XIIe inicios del siglo XIII; según Layna se trataría de
una “primitiva iglesia románico-ojival, construida en tiem-pos de Enrique I, hijo del fundador”. La fecha señalada de la fundación resulta coincidir con la opinión generalizada que existía en la comarca, como atestiguaban ya en el siglo
XVI, de manera imprecisa, las autoridades de la vecina
Soto-ca de Tajo: que tenemos noticia de haber oído á nuestros antepasados fue ganado por el Rey d.nAlonso, y tenemos que él fue el fundador
por-que fundó un Monesterio de Fraysles Bernardos, por-questá media legua de este lugar… y por estas razones, y por oirlo á nuestros antepasados, y no sabemos quándo se fundó, creemos es antiguo.
La traza original se vería posteriormente transforma-da, entrado ya el siglo XVI. Fray Ángel Manrique apunta en
sus Anales Cistercienses: “El edificio comenzado, pero no aca-bado, con posesiones vendidas o disminuidas, permanece
hasta hoy y ninguno de los aumentos y mejoras pudo ser hecho para responder a los principios con que comenzó a construirle”. A este mismo fundamento apela Layna para exponer que, “después del desbarajuste administrativo del siglo XVy la subsiguiente venta a bajo precio de
propieda-des y otros bienes hechas por abapropieda-des que tan sólo de su provecho se preocupaban, acometiéronse grandes obras y debió ser entonces cuando la iglesia románico-ojival fue demolida, construyéndose la que ha subsistido hasta prin-cipios de 1931, y de la que sólo quedan las paredes de mampostería”. Durante el desarrollo de dichas obras, gran-des y prolongados litigios se gran-desencadenaron con los pue-blos circundantes por la posesión de las fincas cuya titula-ridad pertenecía al monasterio, como así demuestran las numerosas fuentes documentales conservadas.
Las obras de reforma debieron de quedar finalizadas, culminándose la traza actual, a fines del siglo XVI. De la
iglesia anteriormente descrita, las tres naves precedentes 846
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T R I L L Oquedaron reducidas a una sola, dispuesta en cruz latina, con un crucero caracterizado por sus “cortos brazos”, más reducido que el anterior. El conjunto se remató con un ábside poligonal, “poco profundo”, conservando dos capi-llas cuadradas en comunicación con el crucero. Las origi-nales capillas absidales, de planta cuadrada, se transforma-ron en altura en una estructura octogonal, gracias a unas trompas o pechinas colocadas en los ángulos, semejantes a conchas, para albergar la bóveda de crucería estrellada.
A sus pies se situó sobre un arco rebajado un coro alto, cubierto con bóveda de crucería casi plana. El coro se encontraba inscrito en uno de los tres tramos en que se articulaba la nave mayor, dividida por medias columnas adosadas, de fuste liso y capitel moldurado.
A través de este último tramo de la iglesia se accede-ría al templo por su nueva portada principal, de traza sen-cilla y austera. Constaba de dos cuerpos, un cuerpo infe-rior definido por un arco de medio punto sencillamente
moldurado, flanqueado por columnas corintias de alto basamento, y un cuerpo superior, compuesto por un fron-tón triangular, con hornacina flanqueada por columnas y rematada con una venera que albergó la imagen de San Bernardo.
Prologándose por el brazo occidental del crucero, y a través de un pequeño zaguán de acceso, rematado con una puerta de medio punto, con dovelas y jambas sin moldu-rar, nos encontramos con la sacristía. Estancia de estructu-ra cuadestructu-rangular, articulada interiormente con dos pilastestructu-ras adosadas a la pared, que la dividía en tres sectores, mediante arcos ciegos laterales y arcos fajones superiores para reforzar la bóveda de medio cañón, Layna la definió como una “pieza cuadrilátera de buenas proporciones, de gusto clásico y buena iluminación, gracias al amplio ven-tanal del fondo”. La vieja sacristía también se vio notable-mente afectada por las reformas del siglo XVI, en el
trans-curso de las cuales quedaría aislada del resto del complejo,
produciéndose no sólo una notable transformación de su fisonomía sino también de su función, ya que se convirtió en biblioteca.
En el espacio contiguo se situaba la escalera de acce-so a la planta superior. Dicha escalera venía configurada por una suave rampa, que deambulaba en torno al zaguán, cubierta por bóveda de crucería. Su objetivo era facilitar el acceso al dormitorio de novicios de la planta superior, el claustro alto y el campanario.
En la planta superior, subiendo por las escaleras de la sacristía se encontraba una amplia estancia destinada a dormitorio de novicios. Ocupaba la mayor parte de la planta una gran nave cuya techumbre estaba sostenida por cuatro arcos apuntados desprovistos de ornamentación y apoyados en fuertes muros. La cubierta de madera del gran dormitorio se encontraba horadada por cinco grandes ven-tanas a saliente y otras cinco que daban al claustro, que garantizaban su adecuada iluminación. En las fases finales de la ocupación monástica, habida cuenta de la precarie-dad de novicios disponibles, la gran sala cambió su fun-ción, pasando a ser biblioteca.
Al Oeste se hallaban las habitaciones del abad, con-formando una de las principales modificaciones que se produjeron tras la reforma de finales del siglo XVI. Era una
dependencia que contaba con doble acceso. De la antigua morada abadenga sólo quedan los muros exteriores y redu-cidos restos decorativos de las yeserías renacentistas con algún hueco sin guarnición de piedra. El testimonio apor-tado por el “Inventario”, permitió a Layna asegurar que su distribución interna se componía de antesala, salón, celda y oratorio, reconociendo que en la situación de deterioro en que entonces se encontraba era absolutamente imposi-ble discernir sobre su distribución.
Junto al zaguán que da acceso a la sacristía, en la plan-ta inferior, a la que se accede por una puerplan-ta de medio punto, existe una estancia cuadrangular con bóveda apun-tada de sillares que Layna propone que pudiera tratarse de la sacristía de la iglesia románica primitiva, dado su tama-ño, iluminación y aislamiento respecto a las restantes estancias con las que no se comunica. Posteriormente sería utilizada como cárcel o eventual archivo.
A continuación se encontraba una de las dependencias más relevantes del complejo monacal, la gran Sala Capitu-lar. Según Layna Serrano “fue comenzada en tiempos de Alfonso VIII y consta que se terminó en el reinado de su hijo Enrique, lo mismo que el refectorio y bodega, corres-pondiendo, por tanto, a finales del siglo XII y comienzos
del siguiente”.
El edificio dispondría de un cuerpo central rectangu-lar, dividido en seis tramos y jalonado en sus muros
latera-les por una estructura escalonada, en graderío de piedra, que permitiría a los monjes una cómoda disposición para celebrar Capítulo. Amplia dependencia que disfrutaría de una salida al claustro a través de tres grandes arcos apun-tados. Cada uno de estos arcos estaba a su vez compuesto por“dos arquitos unidos en el centro sobre otra columni-lla parecida que oficiaba de parteluz, dejando sobre ellos un tímpano adornado por dentellado y moldurado rose-tón”. En el interior la estancia se dividía en seis tramos cubiertos por bóvedas de crucería cuyos nervios y arcos apoyaban en ménsulas adosadas a los muros y dos colum-nas centrales rematadas en capiteles de temática vegetal.
A continuación de la sala capitular, y atravesando un arco de medio punto, se apreciaba el arranque de la primi-tiva escalera, que conducía al dormitorio de novicios y al campanario, en principio, y con posterioridad también a las habitaciones del abad. Layna Serrano planteaba la hipótesis de que allí se hubiera instalado tras la reforma la celda del padre cillerero y del criado, respaldando dicha suposición en la información aportada por el inventario hecho en 1835, que obraba en su poder, y que publicó íntegro como Apéndicede su monografía. Según este docu-mento “el muro que da a la huerta conventual presenta las perforaciones de una puertecilla de medio punto, una ven-tana apuntada y un óculo con dentellones”, que el autor entendió como correspondientes a dos habitaciones abo-vedadas que aún perduran y que consideró destinados a dicha función. Merino de Cáceres lo ha denominado locu-torio. Se cerraba este ala norte con las dependencias que Ruiz Montejo ha denominado auditorio del Prior y Sala de Monjes.
En el ala meridional del claustro se situaban el refecto-rio, el calefactorio y la cocina. Al primero se accedía por un arco de medio punto apoyado en columnillas rematadas con un sencillo capitel decorado con volutas y hojas de acanto. Dicha estancia constituía un espacio relativamente aislado en el centro de la panda sur del claustro, levantado con un grueso aparejo de piedra de sillería que conforma gruesos muros en cuyo espesor se ubicaba el acceso al púl-pito del lector. Layna Serrano estimaba que junto a la sala capitular y la bodega, el refectorio era “lo más venerable del viejo cenobio, lo más interesante para el soñador o el artis-ta, y desde luego lo mejor conservado”. Era una nave de unos siete metros de altura, por dieciséis de longitud y algo más de seis de anchura. Dos gruesos arcos torales, que des-cansaban sobre un sistema de repisas laterales decoradas esquemáticamente con hojas y situadas a mitad de altura de los muros, la dividían en tres sectores o pandas. Los arcos cruceros, formados por gruesos baquetones, tenían también en dichas repisas su punto de partida.
Una pequeña puerta abierta a la derecha, en el primer tramo, comunicaba con la antecocina. A través de ésta se accedía a un habitáculo situado junto al calefactorio que albergaría una pequeña escalera de subida a lo que en prin-cipio constituían una serie de edificaciones de pobre factu-ra. Junto a esta sala, al lado opuesto al refectorio, encontra-mos la cocina, la despensa y el hogar. Endebles estructuras de las cuales en 1931 apenas se reconocían algunos derrum-bados paredones. A continuación debió de estar situada la hospedería, de la cual no se ha conservado nada.
Por último, en el ala occidental encontramos la bode-ga, que actualmente se conserva milagrosamente en su emplazamiento original, aunque en un determinado momento llegó a formar parte también de los recintos que eventualmente iban a ser desmantelados. Se trata de una estancia rectangular cubierta con bóve da de cañón apun-tado. Es una sobria edificación que Layna Serrano situaba entre las integrantes de la traza original del monasterio. En la planta baja se hallaba el cocedero o lagar, en una nave de unos veinte metros de larga por unos siete de ancha, cubierta por bóveda apuntada, también de sillería, dis-puesta en un bloque uniforme, exenta de arcos y nervadu-ras. En el muro de poniente, todavía en la actualidad se pueden observar las improntas de los antiguos arcos cie-gos, erigidos sin duda para garantizar el frágil equilibrio de
esta bóveda. En la planta superior se debió de localizar el llamado convento de los legos o celdas de los profesos, cubierto en principio con techumbre de madera sobre arcos diafragma, que tendría comunicación directa al tem-plo y al claustro por sendas escaleras. La disposición de estas dependencias ha llevado a vislumbrar la hipotética existencia del “callejón de los conversos”.
Por último, el claustro era el principal elemento articu-lador del conjunto monacal, alrededor del cual se agrupa-ban y organizaagrupa-ban el conjunto de las dependencias que lo integraban. El actual, que perdura tras la demolición “ aun-que sin las hiladas superiores de sillares”, corresponde en principio a la traza ejecutada desde fines del siglo XVIhasta,
presumiblemente 1617, según atestigua la fecha recogida por uno de los escudos situados en el lado norte de la gale-ría alta.
Del proyecto global tan sólo se llegaron a concluir los dos pisos de las galerías norte y este, así como una panda del lado de las bodegas y otra en el lado del refectorio. La estética del conjunto es sobria, característica del modelo herreriano, articulado en dos niveles con arcos de medio punto, sobre cuatro pilastras que soportan una austera mol-dura corrida y una reducida cornisa.
Texto y fotos: ABFM/EJM/VMRR - Planos: J. M. Merino de Cáceres
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