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La Ley de La Madre [Geneviève Morel]

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Academic year: 2021

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Traducido del francés por ESTEBAN RADISZCZ

con la colaboración de DANILO SANHUEZA

GENEVIEVE MOREL

LA LEY DE LA MADRE

Ensayo sobre el

sinthome

sexual

[ti

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Distribución mundial para lengua española

Primera edición, FCE Chile, 2012

More!, Genevieve

La ley de la madre. Ensayo sobre el sinthome sexual/ Genevieve More)/ Traducido del francés por Esteban Radiszcz con la colaboración de Danilo Sanhueza

Chile: FCE, 2012

350 p. ; 13,5 x 21 cm (Colee. Psicología, Psiquiatría y Psicoanálisis) ISBN 978-956-289-103-5

La presente publicación ha sido financiada por el Magister de Psicología Clínica de Adultos del Departamento de Psicología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, y con el apoyo del Programa Regional de Ayuda a la Pub li-cación de la Cooperación Regional Francesa en América del Sur dependiente del Ministerio francés de Asuntos Exteriores.

©Fondo de Cultura Económica

Av. Picacho Ajusco 227; Colonia Bosques del Pedregal; 14200 México, D.F.

©Fondo de Cultura Económica Chile S.A. Paseo Bulnes 152, Santiago, Chile

Registro de Propiedad Intelectual Nº 221.336 ISBN 978-956-289-103-5

Coordinación editorial: Fondo de Cultura Económica Chile S.A. Diseño de portada: Fondo de Cultura Económica Chile S.A.

Fotograíía de portada: Medea, por Eugene Delacroix, 1862. Colección Musée des Beaux-Arts, Francia

Diagramación: Gloria Barrios A.

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra -incluido el diseño tipográ-fico y de portada-, sea cual f1.1era el medio, electrónico o mecánico, sin el conse nti-miento por escrito de los editores.

Impreso en Chile -Printed in Chile

INTRODUCCIÓN

Sofwba que nuestro viejo cura iba a tirarme de los bucles, lo que había sido el terror, la dura ley de mi infancia. La caída de Cronos, el descubrimiento de Prometeo, el nacimiento de Cristo no habían podido librar del peso del cielo a la humanidad hasta enton-ces humillada, como lo había hecho el corte de mis bucles, que se había llevado consigo para siempre la aterradora aprensión. En realidad, llegaron otras penas y otros miedos, pero el eje del mundo había cambiado de centro. Al dormir volvía a entrar con facilidad en aquel mundo de la antigua ley, y no me desperlaba hasta que, habiendo intentado escapar en vano al pobre cura, muerto desde hacía tanlos años, sentía que me tiraban con fuerza de los bucles por detrds. Y antes de reanudar el suefio, haciéndo-me bien presente que el cura había muerto y que yo tenía el cabello corto, ponía sin embargo buen cui-dado de conslruirme con la almohada, la manta, mi paiiuelo y la pared un nido protector, anles de regr

e-sar al mundo fantdstico en el que a pesar de todo vivía el cura, y yo tenía bucles.

MARCEL PROUST1

¡Un mundo bastante ambiguo es el que el narrador de En busca del tiempo perdido aspira a reencontrar en su sueño intranquilo! Por cierto, el soñante recuperará ahí sus rizos de niño, pero como sabe por experiencia propia que puede perderlos, su terror seguirá vivo. Angustia de castración harto banal, dirá el hastiado. Pero no, no es banal en modo alguno. Y hay también algo más en este pasaje: Ja nostalgia del goce perdido para siempre, que se vuelve mítico y que es buscado a costa de revivir la horrible aprehensión experimentada por el corte de los bucles. Trágica compulsión de repetición, por lo tanto. Antes de la "dura Ley" del padre, el niño ha vivido en

1 Proust, M. Esquisse III, A la recherche du temps perdu, I, Paris, Gallimard, La Pléiade, 1987, p. 645.

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8 INTRODUCCIÓN

un mundo del cual padece una nostalgia dolorosa: el mundo de la antigua ley, comparada aquí a con la "humanidad "hasta entonces humillada", el reino de la madre. Luego de la muerte de esta, Proust escribe en una carta desgarradora.

Toda nuestra vida no había sido más que un entrena-miento en el que me enseñaba a no requerir de ella, en vista del día en que me dejaría; y ello desde mi infancia, cuando rechazaba diez veces venir a decirme buenas noches antes de salir, cuando yo veía al tren llevársela cuando me dejaba en el campo, cuando más tarde, en Fontainebleau y en aquel mismo verano en el que ella había ido a Saint-Cloud, le llamaba por teléfono a cada hora usando cualquier pretexto. Esas ansiedades que terminaban mediante algunas palabras dichas por te-léfono, o su visita a París, o un beso, con cuanta f-t1erza las siento yo ahora que sé que nada las podrá calmar

, 2 mas.

¿Se trata en verdad de un arrastre o más bien de la repeli-ción infinita de una separarepeli-ción frustrada a causa de su impo-sibilidad? En efecto, conocemos la escena del beso nocturno con la inmersión en "el horrible e indefinible sufrimienlo que poco a poco se volvía inmenso, como la soledad, el silencio y la noche".3

¿Cómo un niflo escapa a esa angustia? Se responderá, aunque no sin automatismo, que mediante la asunción del complejo de castración que permite disolver el complejo de Edipo. Pero esta respuesta, clásica y normativa, no es siempre valedera, y claramente no lo es en el caso del joven Marcel. Afortunadamente, existen otras soluciones.

En este libro me interesa estudiar cómo un niño puede separarse de otro modo de su madre y sustraerse a su ley, aquella que lo encadena a veces de por vida y que, en todo caso, lo marca decisivamente. Mi primera hipótesis es que el sinthome,4 última y sofisticada definición del síntoma 2 Carta a Barres, enero de 1906, citada en J. Tadié, Marcel Proust, Pai-is, Gallimard, Folio, 1999, p. 95.

3 Proust, M., lean Santeuil, Paris, Gallimard, La Pléiade, J 972, p. 205. 4 Se ha decidido conservar la escritura en francés de esta noción avan

-zada por Lacan en su seminario sobre Joyce, en la medida en que no existe ninguna escritura en español que le sea comparable. Sinthome correspon

-de a la manera en que, en francés antiguo, se escribía la palabra síntoma

INTRODUCCIÓN 9

elaborada por Lacan,5 puede separar al niño de su madre, eventualmente sin la participación del padre, y a veces mejor que él. El eje del mundo se encuentra entonces desplazado, como dice Proust. Así, la teoría del sinthome substituiría o, al menos, ampliaría la teoría freudiana del Edipo.

La ley de la madre -lo mostraré a través de varios ejemplos clínicos- está hecha de palabras anudadas al placer y al sufri-miento, es decir al goce materno, que se transmiten al niño desde su edad más temprana y que se imprimen para siempre en su inconsciente, modelando fantasías6 y síntomas. Esta ley está constituida de equívocos, como la lengua materna (lale-gua, según la expresión de Lacan), que constituyen el lecho de una cierta ambigüedad sexual, bien presente en Proust. El sinthome, del cual !alengua es su materia primera, sumerge (symptóme). Lacan recupera esta grafía para distinguir su noción de la

noción de síntoma, sin por ello divorciar completamente Jos dos términos. A su vez, la vieja escritura francesa le permite formular algunas homo-nimias de relevancia para sus desarrollos conceptuales como, por e jem-plo, Saint Homme (Santo Hombre) o sinthome madaquin (Saint Thomas d'Aquin). (N. de los T.)

5 El sinthome es lo que anuda y permite mantener reunidos lo real (el goce, es decir la distribución del placer-en el cue1-po), lo imaginario (las

imágenes, el sentido) y lo simbólico (el lenguaje, la palabra), sosteniendo así Ja realidad.

6 Pese a que la tradición de orientación lacaniana acostumbra a traducir el francés fantasme por el español fantasma, nosotros hemos preferido el término fantasía. Sin duda, las tres palabras derivan de la misma raíz latina phantasma, pero los usos de la lengua orientan a con-siderar el vocablo fantasma como indicando la aparición, el espectro, al igual que el francés phantóme. Dicho significado se encuentra com

-pletamente ausente en el uso ele los términos fantasme y fantasía, los

cuales no sólo expresan denotaciones semejantes, sino que asimismo comparten una connotación erótica que no se encuentra en las pala-bras fantasrna y phanlóme. Las razones esgrimidas por dicha tradición

concernientes a resguardar una especial particularidad del concepto en Lacan, nos pa1-ecen completamente insuficientes. En ella se pierde la

articulación conceptual e histórica evidente que, pese a sus diferencias,

vincula el fantasme lacaniano con la phantasie freudiana y con Ja fantasy kleiniana. A decir verdad, la tradición parece responder más a

cues-tiones históricas referidas a las pugnas entre lacanianos y kJeinianos en Argentina, así como a aspiraciones de hegemonía sobre la obra de Lacan por parte de algunas instituciones lacanianas. Para un panorama pormenorizado sobre este asunto, véase Sampson, A., La fantasía no

es un fantasma, Artefacto, Nº 3, 1992, pp. 189-199; Betteo, M., Entre fantasme y 'fantasma', hay un océano, Opacidades, Nº 2, Bs. Aires, 2002, 93-108. (N. de los T.)

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10 INTRODUCCIÓN

sus raíces en esta "civilización minoico-micénica" donde rei-na la ley de la madre, de la cual hablaba Freud a propósito de la sexualidad enigmática de la niña pequeña (la del niño varón no lo es menos, según la nueva perspectiva que propon-go). En efecto, las interpretaciones inciertas que el niño hace de la oscura ley materna llenan de ambigüedad sus síntomas sexuales primarios, formando la matriz del futuro sinthome. De ahí que el sinthome -esta segunda hipótesis se articula a la anterior-sería una respuesta posible a la ambigüedad sexual, si esta se formula como una pregunta subjetiva en un análisis, incluso una solución estable y suficiente cuando, invasora, se vuelve un problema muy real. Esa es una de las razones de mi subtítulo: "Ensayo sobre el sinthome sexual".

Se trata, en efecto, de saber si es posible (y de qué modo) salir de esta sujeción, tanto a la ley materna como a la am-bigüedad sexual que en revancha esta secreta, para alcanzar lo que se denomina identidad sexual -expresión compleja en psicoanálisis, sobre la cual volveré más adelante.

En un libro anterior, Ambiguedades sexuales, 7 desarrollé

una teoría de la sexuación, es decir, de la manera por la cual se deviene, o no, hombre o mujer, en tres tiempos, tres mo-mentos lógicos donde cada uno de ellos tiene su importancia.

Al lado de lo que es impuesto, la anatomía por una parte (pri-mer tiempo), y por otra el lugar del niño en el discurso que lo ha precedido en el mundo, del cual hace parte también la asignación del sexo en el estado civil (segundo momento),8 es necesario asignar un lugar esencial a la elección inconsciente del sujeto, enraizada en sus modalidades de goce y ligada a síntomas (tercer tiempo).

Un pasaje de La bastarda, de Violette Leduc, demuestra

la exigencia de dicha elección. Ella habla ahí de su relación devastadora con su madre.

Ella me ofrecía cada mañana un regalo terrible: la

desconfianza y Ja sospecha. Todos los hombres serían cabrones, todos los hombres no tendrían sentimientos. Ella fijaba su mirada con tanta intensidad durante su

7 More!, G., Ambiguetes sexuelles. Sexuation etpsychose, Paris, Anthro-pos, 2000 (existe una traducción al español: More!, G., Ambiguedades sexuales: sexuación y psicosis, Buenos Aires, Manantial, 2002).

8 Es, en su parte consciente, el objeto de estudio del constructivismo

social y de las teorías de género.

INTRODUCCIÓN 11

declaración que yo me preguntaba si yo no sería un hombre.9

¡He ahí, desde la segunda frase, la enunciación de una ley de la madre que parece no tener apelación! Y, sin embargo, como todo lo que surge del lenguaje, tal enunciación perma-nece equívoca e induce la mayor ambigüedad. Prisionera del discurso materno, Violette debe elegir entre dos posiciones: ser la víctima potencial de los hombres que abusan de las mu-jeres (posición asumida por su madre) u otra, más improba-ble, que no obstante ella adopta frente a la intensa mirada de su madre: la del torturador masculino. Se trata ciertamente de una posición, de un juicio o de una elección que se puede considerar como forzada, debido a que las dos posiciones po-sibles están estrictamente enmarcadas por la interpretación que el sujeto realiza del deseo materno, y que parece no admi-tir una tercera vía. Una de las preguntas que se plantean es, evidentemente, saber lo que, en una elección forzada como la de Violette, por ejemplo, es modificable con posterioridad, eventualmente en un psicoanálisis. Estudié este problema con anterioridad, específicamente a propósito de sujetos llamados transexuales que querían cambiar de sexo, pero también en otros casos en los cuales el sujeto era el objeto de un "empuje-a-la-mujer".1º Extiendo aquí, entonces, a las otras estructuras clínicas -neurosis y perversiones- esta investigación empren-dida primero respecto de las psicosis.

Freud alude a esta "elección" del sujeto en 1905, en sus Tres ensayos, cuando rehúsa con justicia zanjar la discusión en torno a los caracteres innatos o adquiridos de la inversión (querella que volvemos a encontrar en el debate contempo-ráneo sobre la homosexualidad entre los constructivistas y los partidarios de la entera determinación biológica; querella que, incluso y por tristes razones, también se encuentra en el debate político reciente). Es necesario, afirma Freud, que algo en el individuo venga a sostener lo que aparece como ad-quirido debido a múltiples influencias accidentales. 11 Por lo

9 Leduc, V., La Batarde, Paris, Gallimard/L'Imaginaire, 1999, p. 39. 1

°

CF. More!, G., Ambiguités sexuelles, op. cit., cap. 7; en particular los casos de Ven y de Yves, p. 200 sq., además de otros casos clínicos en los capítulos 8 y 9.

11 Fl-eud, S. (1905), Tres ensayos de teoría sexual, en Obras

Comple-tas (trad. esp. J. L. Etcheverry), Buenos Aires, Amorro1-tu, 1992, vol. VII, pp. 127-128.

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12 INTRODUCCIÓN

tanto, resulta difícil seguir a Michel Foucault cuando afirma que el sexo es un elemento ideal, especulativo o imaginario fijado por el dispositivo de la sexualidad.12 Desde el punto de

vista del psicoanálisis, el sexo es más bien el lugar real donde alguien se debate con opciones de goce y de síntomas que, contrariamente a lo que es impuesto por los diversos dispo -sitivos, comportan una parte de decisión y, por lo tanto, de responsabilidad. Es precisamente este real el que intenté pre-cisar teórica y clínicamente en la continuación de este libro recurriendo a la noción de sinthome sexual.

En la primera parte se realiza un rápido recorrido por la clínica y la teoría con el fin de dar al lector una primera aproximación, muy concreta, de los alcances de este libro. Asumo la constatación de que el niño debe necesariamente separarse de su madre para sobrevivir psíquicamente. Pero esta sustracción a la "ley de la madre" -que yo explicito-no se realiza siempre bajo el modelo del Edipo freudiano. En cier-tos casos de psicosis, pero también de neurosis, un síntoma es el agente de esta separación y se emparenta con lo que La-can, reviniendo a los primeros años de su enseñanza sobre su teoría del Nombre-del-Padre de 1958, llamó el sinthome. Además, este síntoma, anudado a un equívoco materno, y a menudo teñido de ambigüedad sexual, es el vector de una cuestión vital sobre la posición sexuada del sujeto. Interrogo también la pertinencia de la "fantasía fundamental" en rela -ción al sinthome, a partir del análisis de una mujer.

De Jo anterior se deduce la necesidad de explorar minu-ciosamente -este es el objetivo de la segunda parte-Ja difí -cil teoría del sinthome y su inserción tardía en Ja enseñanza de Lacan. Esta teoría presenta diferencias profundas con la del Edipo freudiano y con la primera teoría de lo simbólico y del Nombre-del-Padre, así como con la segunda etapa de la obra de Lacan, marcada por la insistencia sobre la fantasía y el objeto a. Se impone entonces un recorrido detallado por el arte de Joyce, que Lacan formuló como el paradigma del sinthome.

Surgen de aquí, en la tercera parte, ciertos elementos para una clínica del sinthome: el niño prolonga el síntoma de sus padres, encontrando así una vía alternativa a su identificación con estos, de donde resulta un medio de transmisión entre 12 Foucault, M., La volonté de savoir, Paris, Gallimard/NRF, 1978, p. 205.

INTRODUCCIÓN 13

las generaciones, en la familia, pero también en el psicoaná-lisis; el síntoma es un saber-hacer con la repetición; constitu-ye una respuesta a la nominación equívoca del goce del niño por parte de la madre; funciona como separación; implica la reinvención de una nueva relación al Otro; es, finalmente, una creación.

Releyendo ·a Freud, interrogo, en la cuarta parte, la contro-vertida noción de perversión. Su frecuencia clínica es, como sabemos, atestiguada en el hombre, y dejo para un próximo libro el estudio detallado del sinthome femenino, iniciado en este libro mediante el estudio de algunos casos. Del sinthome como creación, Gide y sus tristes Schaudern transformados en energía dionisíaca ofrecen un ejemplo eminente. Bajo las máscaras tornasoladas del deseo, el escritor muestra la pre-sencia de un síntoma donde la creación literaria se anuda a la ambigüedad sexual, a la amistad y a la búsqueda de Dios. Esta última parte finaliza con tres casos de hombres analiza-dos, con elecciones de objeto diversas -heterosexual, homo-sexual e indecidable-, que escogí debido a la predominancia de la ambigüedad sexual. Estos casos confirman el interés del concepto de sinthome en la neurosis y en la perversión, para suministrar un punto de apoyo ahí donde la relación al falo, profundamente intrincado en estos casos con Ja voluntad ma-terna y con su ley, no basta para subsumir, ni el destino clínico del sujeto, ni Ja salida de la cura.

El alcance de mi trabajo es también político. Primero, porque el hecho de interrogar ya no la identidad sino la am-bigüedad sexual considerada como un fenómeno "normal", reitera el gesto freudiano de poner en continuidad lo normal y lo patológico. Por lo demás, el sinthome lacaniano es una estructura que se sitúa en el cruce de lo universal y de lo sin-gular. Por una parte, es universal en la medida en que todo ser hablante acusa recepción de su encuentro traumático con el lenguaje, 13 produciendo un síntoma que envuelve su goce

y su sufrimiento. De este síntoma él podrá, con algunos apor-tes suplementarios, hacer su sinthome, de modo que no existe sujeto sin sinthome potencial. Por otra parte, el sinthome es singular porque su forma es tributaria de la contingencia del trauma sexual y de la historia de cada quien, insertado en el deseo de sus padres.

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14 INTRODUCCIÓN

Con el sinthome, Lacan quería "recubrir" su

Nombre-del-Padre, entendido como un significante trascendente y norma-tivo referido a la neurosis que, heredero del Edipo freudiano, había situado en su encuentro con el estructuralismo y que debía orientar durablemente la reflexión abierta por el cam-po psicoanalítico. Con la difusión de la doctrina lacaniana, el Nombre-del-Padre se volvió una norma para la familia, la diferencia de sexos y la salud menta]: se ha pretendido que con este único significante, y con la significación fálica que lo acompaña, sería posible caracterizar definitivamente a Ja psicosis en su diferencia con la neurosis, distinguir los "ver-daderos" hombres y las "verdaderas" mujeres, además de, finalmente, formular cuáles serían las formas psicoanalítica-mente aceptables de familia y de matrimonio. "Expertos" de la doctrina psicoanalítica han propuesto sus servicios en este sentido legislador. Una gran incertidumbre se ha manifesta-do en el campo del psicoanálisis contemporáneo respecto de cuestiones de identidad sexual y de homoparentalidad.14 Este abanderamiento ha dado lugar a diversos discursos militantes o ideológicos que, por muy útiles que sean para el debate de-mocrático, no resuelven el vacío conceptual y clínico que ahí se pone de manifiesto. Ahora bien, el psicoanálisis tiene los medios para sostener otro discurso, resultante de su práctica, la cual está, por la vía de los analizantes en sufrimiento, en relación directa con los grandes problemas de la actualidad y abierta sobre Jo que Freud llamaba el Malestar en la Cultura.

De ahí la importancia del giro lacaniano en los años seten -ta: desde el Nombre-del-Padre hacia el sinthome.

Lacan sustituye entonces a un significante trascenden-te y universal una estructura del ser hablante, ciertamente

14 En un artículo que intenta interpretar el debate contemporáneo en Francia, Eric Fassin distingue tres "posturas". La primera sería la de Michel Tort, que cuestionaría "el orden simbólico"; la segunda sería la de Michel Schneider que anuncia el reino de las madres y la pérdida del padre; la tercera, aquella de Elisabeth Roudinesco que, dice él, querría banal izar el cuestionamiento del psicoanálisis por parte de los movimien -tos homosexuales y presentar a Lacan como un extremista. Para Fassin, existe una inversión contemporánea de la cuestión homosexual: es ella

la que cuestiona ahora al psicoanálisis y ya no más a la inversa. Es tam-bién la posición de Jean Allouch. Aun cuando sea políticamente exacto, aquello ¿no debería incitar a los psicoanalistas a repensar de nuevo la sexualidad, teniendo en cuenta los cambios sociohistóricos de la clínica? Cf. Fassin, E., Linversion de la question homosexuelle, Revue francaise de psychanalyse, Homosexualités, Livre LXVII, 1/2003, PUF, pp. 263-284.

INTRODUCCIÓN 15

universal, pero que ya no tiene ninguna trascendencia ni nin-guna connotación religiosa, y que sólo es abordable en el caso a caso, singularmente. Desde ahí, la tesis del sinthome sexual se articula a la pregunta crucial de saber si el psicoanálisis puede proponer a la reflexión contemporánea, para pensar la filiación y el sexo, una alternativa seria a la referencia al Nombre-del-Padre.

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CAPÍTULO I

LA LEY DE LA MADRE Y EL SÍNTOMA SEPARADOR

La ley de la rnaclre es, bien entendido, el hecho de que la madre es un ser hablante, y ello es suficiente como para legitimar que yo diga la ley de la madre. Sin embargo, esta ley es, por así decirlo, una ley in-controlada.

JACQUES LACAN1

En Gangs of New York,2 las bandas rivales de la ciudad se

agrupan y realizan un motín sanguinario contra la policía, pues rechazan que los pobres sean reclutados para la gue-rra de Secesión, donde seguramente morirán en un combate cuyo beneficio sólo irá en provecho de la clase dominante. En ese instante, Amsterdam, el héroe, busca al "carnicero", Will Cunning, quién asesinó a su padre, frente a sus ojos, cuando era niño. El "carnicero" también mutiló gravemente a Am-sterdam, pero no es eso lo que anima su venganza: "salda las cuentas de su padre". He aquí un ejemplo de patología de la ley: desviarse de los problemas de la ciudad, de lo político, para consagrarse a la ley heredada de su familia, de su linaje materno o paterno. Es lo que nos muestran las tragedias grie-gas. Freud habría visto en este repliegue heroico una victoria, a la escala del individuo, de Thanatos sobre Eros, enfrentados en su incierto combate donde la civilización es aquello que está en juego.

Introduciré en este capítulo un cierto número de funcio-nes del síntoma que conciernen a la ley y a la separación de la madre, así como una primera aproximación clínica al nudo 1 Lacan, J., Le seminaire, livre V. Les formations de l'inconscient ( 1957

-1958), Paris, Le Seuil, 1998, p. 188 (en adelante, las refe1·encias a este seminario serán abreviadas SS).

2 Film de Martin Scorcese (Estados Unidos, 2003) con Leonardo di Caprio y Daniel Day Lewis.

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20 EL SÍNTOMA, LA FANTASÍA Y LAS PATOLOGÍAS DE LA LEY de la ambigüedad sexual y del síntoma. Daré, también, una primera panorámica concreta de la noción de sinthome que será precisado teóricamente en los capítulos siguientes.

Mi tesis es la siguiente: aun infans,3 estamos confrontados al goce de nuestra madre. Para no quedar atrapados, debe-mos separarnos de aquello que se nos impone con la fuerza de una ley; de una ley singular y loca que hace de nosotros unos "asujetos".4 De esta primera sujeción, nuestro inconsciente guardará, para toda nuestra vida, las huellas. Pero separar -se de "Ja ley de la madre" tiene costos: fabricamos síntomas separadores que son, de hecho, el envoltorio de la única ley universal que reconoce el psicoanálisis, la interdicción del in-cesto. Si no separarse de su madre constituye, ciertamente, una patología gravísima de la ley, el síntoma que nos separa de ella también es una patología de la ley, aunque necesaria e inevitable.

Las patologías de la ley son engendradas por la primera confrontación del sujeto con la ley. No hablo aquí de las l e-yes en un sentido institucional y jurídico, sino que de Ja exis -tencia de una ley primordial ligada al lenguaje. Acaso ¿es, necesariamente, la ley del padre? No, es primero aquella de la madre o de su sustituto y será a veces la única. En efec-to, estamos sumergidos en el lenguaje mucho anles de venir al mundo. Es por ello que Lacan nos llamaba "hablanseres",5 es decü~ ante todo seres "hablados" por los deseos de aque-llos que nos engendraron. Sin embargo, también somos seres parlantes y aprendemos a hablar en nuestra lengua malerna.6

3 lnfans es la raíz latina, tanto para el francés enfánt, como para el español infánte, donde se indica a aquel que aún no accede al habla. (N.

ele los T.)

4 Se traduce el neologismo francés assujet püt- el neologismo, esta vez en español, asujeto. El término en francés es avanzado por Lacan para destacar el origen alienante del sujeto que nace assujelli (sometido, suje-tado) al Otro. Del mismo modo, se subraya la relación fundamental del sujeto al objeto designado por Lacan por la minúscula a; objeto que, lejos de ser la producción de un sujeto previamente constituido, tiene al sujeto por uno de los efectos de su constitución. (N. de los T.)

5 Lacan, J., Le séminaire, livre XXIII. Le sinthome ( 1975-1976), Paris, Le Seuil, 2005, p. 56 (en adelante, las referencias a este seminario serán abreviadas S23). [Lacan utiliza el neologismo parletre que, producido por la condensación de los términos parler (hablar} y etre (ser}, traducimos aquí como hablanser. (N. de los T.))

6 El "ser" hablante "sostiene su ser de la palabra" (Lacan, J. ( 1973), Introduction a 1'édition allemande eles Écrits, en Autres écrils, Paris, Le

Seuil, 2001, p. 554).

LA LEY DE LA MADRE Y EL SÍNTOMA SEPARADOR 21 Pero ¿cómo, en su banalidad universal, este hecho puede ser concebido como una ley que se recibe o que se impone? Es que, formados sin saberlo por este baño de lenguaje, al mismo tiempo que nuestra madre nos hablaba (y que nosotros le ha-blábamos, desde que teníamos edad para hacerlo), habíamos sumergido las raíces de nuestro deseo en el suyo. Toda nuestra vida portamos, hasta en nuestra manera de hablar, en nuestro estilo, la marca de su deseo y los estigmas de su goce. Esas huellas pueden, desde entonces y por sí solas, condicionar una vida entera e, incluso, comandar el destino. Si tales huellas no son relevadas por algún otro principio, ellas constituyen la suerte de ley singular de la cual quiero hablar aquí.7

LA CAUSA DE UN INFANTICIDIO: LA CITACIÓN MATERNA EN ACTO

Ciertos casos ponen en evidencia la medida en que el recién nacido es un objeto, despreciado, amado, indiferente o, in-cluso, odiado. Lacan le asigna un operador lógico, el objeto a. El bebé es al principio un objeto en el deseo de sus padres. Del objeto real que fue para ellos, él no sabe nada y ellos tam-poco mucho. Pero de aquel saber no sabido subsisten hue-llas: el objeto deja marcas en lo inconsciente. Luego, el niño construye una fantasía alrededor de la red de interpretaciones inconscientes que él teje en torno de este objeto real. El obje-to a de Lacan es una escritura que, según el contexto, puede designar uno u otro de aquellos objetos, el objeto del deseo de los padres o el objeto causa del deseo en la fantasía del sujeto. Ahora bien, la transformación del objeto real del deseo de los padres en objeto de la fantasía del sujeto no puede tener lugar sin una delimitación y una separación previas de este objeto primordial y del cuerpo de la madre (o de su sustituto). A ve-ces, esta primera separación no se realiza y es por un paso al acto que el sujetó intenta recuperar sobre el cuerpo del otro este objeto, al cual él equivale en el deseo materno.

7 Lacan, J., Le séminaire, livre XVJJ. L'envers de la psychanalyse ( J 970-1971), Paris, Le Seuil, 1991, p. 89 (en adelante, las referencias a este semi -nario serán abreviadas Sl 7). Lacan había ya teorizado esta ley primordial

a la cual está sometido [assujetti} el niño mediante el concepto de deman-da. Cf. SS, p. 342.

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22 EL SÍNTOMA, LA FANTASÍA Y LAS PATOLOGÍAS DE LA LEY

El infanticidio ¿no es, acaso, aquello que pone mejor en evidencia el oscuro estatus del "niño-objeto"8 en el deseo ma-terno? Encontré a la Señora M. en el hospital psiquiátrico. Veinte años antes, ella había intentado suicidarse luego de haber hecho consumir tóxicos a sus dos gemelas de dos años y medio, y a su tercera hija, N., una bebé de seis meses. Las cuatro, gravemente intoxicadas, se salvaron por poco. Parti-cularmente comprometida, N. debió ser sometida a una larga reanimación. Los psiquiatras que en aquella época examina-ron a la Sra. M., decidieron no derivar el asunto a la justicia. Se la envió a su casa con un tratamiento psicofarmacológico y un control psiquiátrico, los cuales no impidieron recaídas delirantes que necesitaron de hospitalización. Un diagnóstico un tanto precipitado de histeria había sido avanzado enton-ces, ya que la Sra. M. se quejaba de la impotencia de su mari-do alcohólico y deseaba el nacimiento de un hijo varón. Ella había, según decía, envenenado a sus hijas después de una disputa conyugal para que eslas no vivieran sin protección, libradas a un padre tan alcohólico como el suyo.

¿Cómo la Sra. M. había llegado a un gesto tan Lrágico? Nuestra única entrevista retomaba casi idénticamente los tér-minos de la entrevista que, veinte años antes, había sido rea-lizada justo después del acto, y de la que pude leer su Lrans-cripción. La Sra. M. cita varias veces las palabras de su madre en el momento de su di (ícil nacimiento junto con un hermano gemelo. Ella adhería completamente a aquellas frases y se te-nía la impresión de que, de haberlas tenido que escribü~ las habría escrito sin comillas: "no se la esperaba", "no estaba prevista", "no debería haber estado ahí", "no debería haber vivido", había dicho la madre. Esta última frase es equívoca, pues no se sabe si el "no debería haber" es una simple consta-tación ligada a las circunstancias peligrosas de su nacimiento o, más bien, un terrible anhelo de muerte por parte de lama-dre. Esta frase selló el destino de la Sra. M. Al menos ella le dio esta función al interpretar aquella frase en actos durante su vida. Es visiblemente esta segunda significación, la de una condena a muerte por parte de la madre, la que prevaleció por sobre la primera significación, más factual, de la frase.

Cuando la Sra. M. tenía 3 años, nació una hermanita: "ella cayó de su pedestal", comentó entonces su madre. En efecto,

8

Cf. Savoirs el Chinique. Revue de psychanalyse, Er-es, Nº l, marzo 2002 (dedicada a ''l'enfant objet").

LA LEY DE LA MADRE Y EL SÍNTOMA SEPARADOR 23

el padre la reemplazó por aquella linda hermana. A los 12 años perdió al único ser que amaba: su madrina. Ella se re-cuperó mal: "mater dolorosa", la llamaba burlonamente su madre. Tenía 14 años cuando su madre la sacó del colegio para instalarla en su propia casa como doméstica, perdiendo Loda su vida social y quedando a merced de la persecución materna que le impedía tener algún enamorado. A los 17 años encontró a su futuro marido. Su matrimonio fue, inmediata-mente, un fracaso, se queja. Un mes antes había sido operada de una apendicitis, luego de la cual comenzó a engordar: ha-bía devenido bulímica. Reemplazando a la madre de la Sra. M y haciendo alianza con el marido de esta para hostigarla, la suegra se convirtió en su nueva perseguidora. La Sra. M. los odiaba a ambos. Su primer embarazo, gemelai~ fue difícil y estuvo seguido de una depresión severa, mientras que un año después daba a luz a N. Entonces, recuerda haber tenido pen-samientos vengativos dignos de una Medea: ¡que la pequeña muriera para hacer sufrir a su marido! Este nacimiento, que repetía el nacimiento de su hermana menor -dada a luz luego del nacimiento de dos gemelos, uno de los cuales era ella mis-ma-, fue la causa desencadenante del paso al acto: seis meses después sucedía el suicidio-infanticidio. ¿No cumplió en ese momento, acaso, con sus propias hijas, el anhelo materno que había acompañado su propio nacimiento: ellas no deberían haber vivido? ¿No se acomodó, entonces, al nombre antaño dado por su madre, mater dolorosa? Es, en efecto, el personaje que, en lo sucesivo, encarnaba, replegada en su dolor, aquella a quien sus vecinos y su familia trataban de envenenadora.

Como su madre, la pequeña N. parece estar identificada a las palabras proféticas de su abuela materna: desde el mo-mento en que aprendió a caminar, incluso antes de hablar, se lanzaba repetitivamente por las escaleras hacia abajo, cayen-do -también ella-de su pedestal y repitiendo ciegamente, en un nuevo gesto suicida, el deseo mortal que la había tan pre-cozmente alcanzado. Así, la palabra equívoca de una madre rebotaba de madre en hija sobre las dos generaciones siguien-Les y se realizaba como una maldición mortal. El objeto a, aquello que el niño es en el deseo del Otro (la Sra. M. para su madre, luego N. para la Sra. M.), es la significación encarnada en lo real por esta frase mortal. El agente del acto es este obje-to a. Incluso veinte años después, no había ningún sujeto para asumir este paso al acto: la Sra M. no tenía nada más para de-cir sobre él. Ella había quedado como "asujeto": sobrepasada

(13)

24 EL SÍNTOMA, LA FANTASÍA Y LAS PATOLOGÍAS DE LA LEY por un destino que no divisaba, alienada por un delirio de persecución, sólo podía citar a su madre, aun y siempre.

Pero su paso al acto era -lo hemos visto- la realización retroactiva de una palabra ambigua de su madre que, profe-rida al momento de su nacimiento, ella citaba siempre, veinte años después del acto, y que tenía fuerza de ley: "no debería haber nacido". Ella había interpretado el equívoco del deseo materno en su detrimento y, madre a su turno, perpetuó la maldición mortal sobre la generación siguiente.

INSATISFACCIÓN DE LA MADRE, NEUROSIS DE LA HIJA

Mi segundo ejemplo, más breve, muestra cómo la neurosis materna tiene, sobre el sujeto, un efecto precoz que puede te-ner fuerza de ley para el avenir. Lo elegí porque, en este caso, el efecto de destino está ligado al aprendizaje de Ja palabra. Es bastante menos dramático que aquel de la Sra. M. y proviene de una analizante neurótica que me contó cómo su madre le había enseñado a hablar (es, evidentemente, de esta última que la paciente había recibido el relato). Su madre, a quien un matrimonio precoz le había impedido seguir estudios litera-rios y a quien la acogida circunspecta por parte de la familia de su marido la habían vuelto depresiva, se encerraba todos los días en la despensa con mi paciente cuando aún era un bebé y, así, aislada del mundo junto a su hija, le nombraba los alimentos allí guardados uno por uno. La joven mujer atri-buía a esta singular entrada en el lenguaje los graves proble-mas de bulimia que sufrió más tarde, así como la difícil vida de escritora que había escogido para sí.

Se podría objetar que no se trata allí de aquello que, en psicoanálisis, se denomina "la ley". De hecho, no son sólo pa-labras lo que, de cierta manera, el sujeto bebió con la leche materna y que, luego, le alienan produciendo reglas de vida o deviniendo una fantasía alojada en un síntoma apremian-te. En efecto. Pero lo que quisiera sostener aquí es que, jus-tamente, no existe, en lo inconsciente, algo universal que se pueda llamar "la ley"; que sólo ha habido palabras legislativas de las cuales algunas se inscribieron para dar forma a un sín-toma. No obstante, esto exige precisar lo que se entiende por síntoma y la relación que este último mantiene con la ley.

LA LEY DE LA MADRE Y EL SÍNTOMA SEPARADOR 25

SÍNTOMA Y LEY

La doctrina analítica pone al Edipo en el centro de la realidad psíquica. Para Freud se trataba de postular el asesinato

míti-co del padre gozador como principio de la ley. Pero, si segui-mos a Lacan, el Edipo no es más que un encuadre mítico de referencia para instalar los límites de la operación analítica,9 a saber, el rol que juegan un cierto número de conceptos:

el padre, la madre, Ja división del sujeto, el objeto causa de deseo, etc. Es cuestión de un punto de vista estructuralista respecto de la experiencia y no de una norma moral que los psicoanalistas, transformados en justicieros o en misioneros, deben reinstalar mediante la cura o en Ja sociedad cuando juzgan que algo no está conforme.

La evolución de la lectura del Edipo por Lacan indica un descentramiento respecto de Freud.

En efecto, su lectura del Edipo durante los años cincuenta -que comúnmente es la única conocida por sus detractores más perezosos -es la de una sustitución, llamada "metáfo-ra paterna": 10 la subrogación de un significante llamado "el Deseo de la Madre" por olro significante, el significante del "Nombre-del-Padre" (que representa la ley en lo inconsciente c:;Lructurado corno un lenguaje). El Deseo de la Madre, el pri-mer término de la simbolización por el niño, es producido por la ausencia de la madre: de alguna manera, cuando ella va y viene, dejando a su hijo solo por un momento, eJla le significa que desea, en otro lugar, otra cosa que él. Así, Lacan relee de una manera estructuralista la alternancia de la ausencia y de la presencia de la madre, escandida por la oposición fonemá-Lica fort-da, puesta en evidencia por Freud en su nieto.11 La

9 "¿Por qué los psicoanalistas jamás han formulado que el Edipo sólo es un mito gracias al cual instalan los límites de su operación?". Lacan, J. (1967-68), L'acle psychanalytique, inédito, sesión del 21febrero1968 (en adelante, las referencias a este seminario serán abreviadas SlS).

10 "[L]a metáfora del Nombre-del-Padre, es decir, la metáfora que sustituye este Nombre al lugar primeramente simbolizado por la ope-ración de la ausencia de la madre ... ". En esta fórmula, Lacan escribe el significante del Nombre-del-Padre con guiones, lo que .yo no haré siste-máticamente en lo que sigue del texto. Lacan, J. (1958), D'une question préliminare a tout traiment possible de la psychose, en Écrits, Pai-is, Le Seuil, 1966, p. 557.

11 Cf. Freucl, S. (1920), Más allá del principio del placer, en Obras completas, op. cit., vol. XVIII, pp. 14-15.

(14)

26 EL SÍNTOMA, LA FANTASÍA Y LAS PATOLOGÍAS DE LA LEY sustitución reviste al Deseo de la Madre de la significación fálica: "era entonces eso lo que le interesaba fuera de mí".

El significante del Deseo de la Madre, significante de una ausencia que devendrá una falta, debe ser entonces distingui

-do de aquellas palabras maternas con fuerza de ley, las cuales dan más bien testimonio de una presencia excesiva, como en el caso de la madre infanticida. Estas palabras, huellas me

-morizadas de la omnipotencia de la madre sobre el niño o de su goce, guardan un estatus real: no son simbolizadas, sino más bien citadas por el sujeto. Por lo demás, a veces se trata de interpretaciones del sujeto que no necesariamente reen

-vían a enunciaciones efectivas de su madre (es evidentemente inverificable), sino que a un "discurso sin palabra"12 elocuen -te, en ocasiones sonorizado, advertido en la literatura analíti-ca, particularmente kleiniana, como el superyó materno. En esta primera parte he escogido más bien ejemplos donde la "ley de la madre" toma el aspecto de palabras citadas por el sujeto, ya que se observan mejor las líneas de fuerza, apemás de ser casos que, en mi opinión, son paradigmáticos de la ley de la madre (la madre infanticida y en el capítulo 2, la Sra. P.).

En numerosos casos, en particular de neurosis, el significante del Deseo de la Madre -a distinguir, entonces, de la ley de la madre- se mantiene inconsciente y debe ser reencontrado a partir del desciframiento de un material reprimido, por lo co-mún, profundamente enterrado.

El Nombre-del-Padre se presta a veces al contrasentido.

Algunos hacen de él un principio trascendente a lo simbólico que, de cierta manera, descendería del cielo para inscribirse en lo inconsciente del sujeto.13 Ciertamente, no es falso prestar 12 Cf. S7, p. 11; y Klein, M. (1933), El desarrollo temprano de la conciencia en el niño, en Obras completas (trad. esp. H. Friedenthal, A. Aberastury y A. Negrotto), Barcelona, Paiclós, 1990, vol. 1, p. 253.

13 Así, hacndolo equivaler al "principio ele la Razón, Pierre Lege n-clre establece el Nombre-del-Padre como la referencia necesaria, absoluta y fundadora del orden jurídico, otorgándole ele esta manera una c ier-ta coloración b.íblica. Esta posición no es sin consecuencias políticas y sociales, pues conduce a este jurista, que se reclama ele una "an tropo-logía dogmática", a excluir toda forma ele familia o ele pareja no trad i-cional (Cf. Legendre, P., Le crime du caporal Lortie. Traté sur le pere, Pa-ris, Champs Flammarion, 2000, p. 149 en particular). Se encuentra la misma afirmación ele la trascendencia del Nombre-del-Padre, aunque esta vez bajo una forma crítica, en otros autores que, contrariamente a Legendre, se oponen a toda utilización normativa del concepto. No obs-tante, ellos atribuyen dicho uso del Nombre-del-Padre a Lacan, un poco

LA LEY DE LA MADRE Y EL SÍNTOMA SEPARADOR 27 al Nombre-del-Padre de 1958 una cierta trascendencia en re -lación a lo inconsciente, en la medida en que Lacan hace de él

el significante que condensa la esencia de la ley en el incons

-ciente y que sería una suerte de "Otro del Otro"14 - lo que el mismo Lacan recusará desde 1960. Esta trascendencia es, sin embargo, interna a lo inconsciente; ella no es el efecto de im -pregnación sobre el individuo de un orden universal preexis -lente, "el orden simbólico", que sería él mismo patrocinado por una suerte de principio divino. Ello se observa en el hecho de que estos significantes, el Nombre-del-Padre y el Deseo de la Madre, son singulares en cada caso y sólo se obtienen por

el desciframiento de lo inconsciente.

Por otra parte, esta ley del Nombre-del-Padre, considerada mediadora y pacificadora, tiene un reverso patógeno: Lacan inventa su fórmula de la metáfora paterna a partir del caso del pequeño Hans, quien sufre de una fobia a los caballos por-gue, precisamente, no puede simbolizar el principio que debe separarlo de su madre. La metáfora paterna, de hecho, sólo es el croquis teórico del síntoma del pequeño Hans, es decir, de la respuesta neurótica del niño aproblemado con la interdic -ción del incesto.15 En esta época, Lacan hace del síntoma una metáfora y describe la fobia de Hans como una metáfora.16 precipitadamente me parece: ¿no habría que considerar acaso la evolu -ción de su ensefianza, en Ja que desconstruye el Nombre-del-Padre? (Cf. Tort, M., Quelques conséquences de la différence "psychanalytique" des sexes, Les Temps modernes, Nº 609, juin-juillet-aoüt 2000, pp. 176-215).

14 Lacan, J. (1958), D'une question préliminaire

a

tout traitement possible de la psychose, op. cit., p. 578; ver también citación Infra (p. 35): "[N]o hay Otro del Otro" (Lacan, J. (1962), Subversion du sujet et clialectique clu désir clans l'inconscient freuclien, en Ecrits, op. cit., p. 813. 15 Basta mirar las fechas. La metáfora paterna figura en "De un~ cuestión preliminar ... ", escrito en la Navidad de 1957 y donde retoma el comentario ele Schreber realizado dos años antes en el Seminario III sobre las psicosis. Algunos meses antes, Lacan había comentado el caso ele! pequefio Hans y la metáfora de su fobia en el Seminario IV sobre La relación de objeto (Cf. Lacan, J., Le seminaire, livre IV. La relation d'objet (1956-1957), Paris, Le Seuil, 1994, p. 379; en adelante, las referencias a este seminario serán abreviadas S4). Es en esta ocasión, en junio de 1957, que Lacan introduce la metáfora paterna luego de ya haber caracterizado el síntoma como una metáfora, en mayo de 1957, en "La instancia de la letra".

16 "Ya que el síntoma es una metáfora, queramos o no decírnoslo, como el deseo es una metonimia, aun si el hombre se burla de ello" (Lacan, J. (1957), Lintance de la lettre dans l'inconscient ou la raison clepuis Freud, en Ecrits, op. cit., pp. 518 y 528).

(15)

28 EL SÍNTOMA, LA FANTASÍA Y LAS PATOLOGÍAS DE LA LEY

Retoma, así, la formulación freudiana según la cual el rasgo que caracteriza la neurosis del niño es la sustitución del padre por el caballo.17 Es, por lo tanto, falso pensar el Nombre -del-Padre como un puro significante de la ley: él es inseparable de su reverso sintomático y, en consecuencia, patológico. Esta lectura del caso de Hans por Lacan puede ser considerada como el paradigma de la neurosis en la cual el síntoma es el envoltorio del Nombre-del-Padre, mientras que el caso del Presidente Schreber es el paradigma de la psicosis, caracte-rizada por el rechazo (o "forclusión") del Nombre-del-Padre que deja al sujeto abierto a las intervenciones legisladoras de la palabra materna. Desde un punto de vista estructural, neurosis y psicosis se oponen entonces término por término: Nombre-del-Padre y metáfora paterna para Ja primera, for-clusión y metáfora delirante para la segunda.

Apuntando siempre más lejos en el sentido de una crítica de la función del padre (y, en consecuencia, de la función del Edipo) en la doctrina freudiana, Lacan llegó, hacia el final de su enseñanza, a un vuelco completo de la perspectiva entre el Nombre-del-Padre y el síntoma, que detallaré en la segunda parte: su tesis no es que hay síntomas pese a la "buena" ley del Nombre-del-Padre, sino que el mismísimo Nombre-del-Padre sólo es un síntoma posible entre otros, aquel del neurótico

en la ocasión.18 El psicoanálisis, inventado por Freud a partir de las mujeres histéricas, descubrió en un comienzo el tipo neurótico del síntoma, fabricado con el Nombre-del-Padre, pero no tiene ninguna razón de limitarse a él. En efecto, en la psicosis que nos enseña particularmente por este hecho, el sujeto intenta instalar otros tipos de síntomas para separarse de la madre. El síntoma puede, incluso, impedirle de devenir "loco" en el sentido de que se activaría su psicosis. En esta nueva concepción, el síntoma, aun si el sujeto se queja, de-viene un soporte necesario para separarse del goce materno. La cura psicoanalítica reduce su lado patológico y demasiado apremiante; lo modifica, pero no lo suprime en su función necesaria de sostén del sujeto -incluso, en el caso en que el su-jeto no lo haya logrado antes, la cura busca abrirle la vía para que invente uno. Lacan bautizó "sinthome", particularmente a partir del caso de Joyce, esta nueva función del síntoma.

17

Freud, S. (1926), Inhibición, síntoma y angustia, en Obras

comple-tas, op. cit., vol. XX, pp. 98-99. 18 S23, pp. 19 y 22.

LA LEY DE LA MADRE Y EL SÍNTOMA SEPARADOR 29

Así, el caso que sigue pone en evidencia la dificultad de la psicosis para instalar un síntoma separador de la madre,

aunque también revela su invención.

EL REHÉN DE SU MADRE

Con 29 años, Paul me vino a ver porque sufría de ataques de

pánico y de angustias hipocondríacas: luego de cada relación

sexual, temía haberse contagiado de sida; con cada herida,

pensaba tener cáncer. Atribuía la emergencia de sus

trastor-nos a una ruptura amorosa sobrevenida un año antes, pero

se trataba más bien de una recrudescencia, pues sus crisis de

pánico databan de su primera infancia y sus angustias

cor-porales no lo habían dejado desde su primera relación sexual

:t los 19 años. Paul había sido criado en el extranjero, en un país en guerra, hasta que vino a hacer sus estudios en Francia.

Desde los 3 y hasta los 17 años, vivió cotidianamente bajo las

bombas. Cuando tenía 3 años, su tía cayó muerta en el patio

del colegio donde enseñaba y sus primeros recuerdos son

sen-1i111 ientos de terror ante cada separación de sus padres.

Es, en consecuencia, a Jos horrores de la guerra que Paul

nlribuye sus crisis de pánico: serían sus secuelas. Sin

embar-go, y sin que ello signifique de ninguna manera subestimar el

pavor de la guerra, podemos preguntarnos si acaso esta no le sl'rvía también de metáfora para nombrar otro terror.

Retomemos algunos elementos de su historia. Sus padres SL' casaron luego de su retorno de África, adonde ellos habían l'inigrado. Su matrimonio fue arreglado por las familias y,

se-l't'1n Paul, su madre sólo Jo aceptó para escapar del yugo de

~tts padres. Ella jamás amó a su marido. Tuvieron tres hijos, < lt• los cuales Paul fue el último. El mayor fue "masacrado"

por el padre, dice Paul. Quería ser atleta, pero el padre lo

lor:t.6 a seguir estudios de ingeniería, deviniendo alcohólico

y solitario. El segundo, respetado por el padre, hizo carrera

y 1·cpresentó un modelo para Paul. En cuanto a él, su madre

dl'\.:idió protegerlo del padre, a quien ella juzgaba un fracasa

-do. Su leitmotiv, el cual resuena siempre en la cabeza de Paul,

1•1·:1: "¡No como tu padre!". Sufriendo de terrores nocturnos,

dl' 1liño dormía entre sus padres hasta la edad de 10 años. El

p:idre, deprimido, se quedaba acostado todas las tardes frente

1 1:1 televisión, mientras que, llegando del colegio, Paul se reu -11 fn con su padre en el lecho conyugal donde era regularmente

(16)

30 EL SÍNTOMA, LA FANTASÍA Y LAS PATOLOGÍAS DE LA LEY

castigado por una u otra razón. Sin embargo, era tan próximo a su madre que esta lo hizo su confidente.

A los 10 años intentó estrangularse en el balcón luego de un episodio decisivo que llama "la transformación". Su pa-dre lo había llevado a comprarse zapatos y no pudo escoger aquellos que le agradaban, pues su padre le impuso otros. Entonces, resintió una transformación mental: en lo suce-sivo, no podía impedirse adherir a los gustos paternos que, no obstante, le eran ajenos. Llamaba a este fenómeno tener "ideas autoimpuestas". A su vez, comenzó a sentirse atraído por los jóvenes. Así, según su expresión, estaba "hendido": de un lado estaba la consigna "¡no como tu padre!" proferida por su madre y a la cual él aspiraba con todas sus fuerzas; del otro lado estaba la impresión de una intrusión mental de su padre y de la cual él no se podía escapar. Pero, pese a todo, subsistía un dominio propio: su gusto secreto por "jóvenes venidos de otro lugar", imberbes y de piel morena. El aná-lisis mostró que aquel rasgo tenía por origen una atracción fantaseada por la adolescencia de su padre en África, la cual no reposaba sobre nada preciso, pues su padre se mostra-ba completamente mudo sobre aquel período de su vida. Del episodio de los zapatos-ideas impuestos le quedó asimismo la pasión por aquellos objetos que atesoraba en una colec-ción extraordinaria y que aparecían siempre en sus sueños como el emblema del deseo.

Recuerda una escena de horror a los 13 años que me pa-rece paradigmática de su posición. Sus padres, indiferentes, jamás iban a Jos refugios durante los bombardeos. A su vez, lo único que, según él, temía su madre, era perder un hijo; ninguna otra cosa contaba para ella. Paul, aterrorizado por los bombardeos, recuerda haber llevado aquel día a su madre al hall sin ventanas del departamento y haberse quedado es-trechamente abrazado a ella durante horas, mientras que su padre permanecía en la cama. Finalmente, así lo esperaba en aquella época, su madre Je habría protegido de las bombas como de su padre, cubriéndolo con su cuerpo. Su terror asocia en una misma serie inconsciente la violencia paterna y aque-lla de la guerra. El pavor de la guerra devino una metáfora del terror frente al padre. Contra este terror sólo había el escudo, por desgracia ineficaz, de la madre y de su "¡no como tu padre!". Hacia los 16 años, al momento de la partida del hermano que le servía de modelo y en una fase de rebelión contra su madre, escuchó voces que, durante un examen, murmuraban

LA LEY DE LA MADRE Y EL SíNTOMA SEPARADOR 31

en el aire como "espíritus". Después de este fenómeno ele-mental inquietante que se reprodujo, sus ataques de pánico se intensificaron.

Adulto, Paul realizó al pie de la letra los ideales profesio-nales de su madre y, aun cuando vive lejos de ella, se siente permanentemente bajo su mirada, además de escuchar su voz proferir en eco "¡no como tu padre!", cada vez que tiene que tomar una decisión.

Luego de una interpretación mediante la cual yo le indica-ba que su padre le había aterrorizado tanto como Ja guerra, él

1 uvo una serie de sueños. En uno de ellos "Está con un actor francés cómico, Louis de Funes, uno de sus antiguos ídolos, pero este tiene un aspecto desagradable y decrépito. A su al-rededor, otros jóvenes saben tirar con un arma y él no. Ni si-quiera tiene el derecho ele probar el arma y siente sus zapatos pegados a los pies".

Asocia a Louis de Funes con su padre. Pero también se puede deducir del sueño que desprecia a su padre, que jamás ha creído en él y que nunca ha esperado nada de él, proba-hk:rnente a causa del juicio negativo de su madre. El precio de su rechazo es de estar excluido del mundo de los hombres

":1rrnados" y de ser perseguido por su padre.

El siguiente sueño es una doble pesadilla: "Primero, su 111nc.lre está en la cocina y percibe al lado de ella una enorme hu rala que se aproxima hacia él; sin poder evitarlo, Je aplasta vi L'Stómago de donde salen huevos sangrientos. Un olor pes-1 l k11le se difunde y, sin embargo, su madre no se da cuenta

di' 11ada". Asocia esta parte del suef10 al escaso pudor de la 111:1d re que a veces "olvidaba" cerrar la puerta del baño. En la -.1·guncla parte del sueño, masca algo extraño: bolitas de carne l111111ana que le invaden la boca. Comenta brevemente: "Hasta d1ora, sólo he sido una extensión ele mi madre". Esta doble ¡ll'sndilla muestra el horror ante la proximidad incestuosa.

El padre de Paul no pudo ser la matriz de un síntoma que 111 ... vpare de la madre, pues su intrusión y su palabra no

tuvie-11111 el valor de una ley separadora. Puede ser que el rechazo

il1· ~11 padre por parte de Paul, esté ahí por algo. De hecho, l 1111 il permaneció como el rehén de la ley materna al precio

il1• 1111 horror permanente, lo cual no Je evitó el terror de la l11l 111sión paterna. Esta ley reposa sobre palabras escuchadas

il1• 111 inadre -el famoso "¡no como tu padre!"-, pero también

11l11'v el conjunto de aquel contexto corporal casi incestuoso 1•11 d t:ual fue criado, bajo la excusa del temor a la guerra. En

(17)

32 EL SÍNTOMA, LA FANTASÍA Y LAS PATOLOGíAS DE LA LEY esto consiste para él la patología de la ley. Retroactivamente, habla de la guerra -en función de la cual no pudo hacer una fobia que le hubiese evitado la psicosis- como de la compa-ñera de todos los instantes de su infancia, como de una pro-tección contra lo peor, contra otro terror, más familiar, más unheimlich. A veces extraña el temor cotidiano de las bombas que le hace falta como un camarada perdido. Sus crisis de pánico reemplazaron la ausencia de la guerra.

En un caso así, la dirección de la cura no consiste en hacer la ley, ni en hacer al padre, para suplir aquello que no logró existir. Se trata más bien de ofrecer al sujeto el apoyo de la transferencia (es decir, una otra mirada que Paul ha sustituido a la de la madre) para extender el espacio que él ha logrado resguardar de la invasión parental. Vemos perfilarse el contor-no en su homosexualidad donde el rasgo dominante es, por su parte, extraído de aquello que, de manera nostálgica, imagina de la juventud del padre. Esta vecindad entre la homosexua-lidad y su padre fue confirmada por un sueño en el que Paul tenía una relación sexual con un joven, mientras su padre es-taba a su lado. Ya había tenido este sueño varias veces desde su adolescencia.

LA HOMOSEXUALIDAD COMO SINTHOME

Su homosexualidad favorece lazos sociales en el medio gay y se acompaña de una sublimación artística que Paul quiere a todo precio mantener a un lado de los ideales socio-pro-fesionales impuestos por su madre. Su homosexualidad po-dría entonces tener la función de un síntoma separador de la madre, menos costoso y más eficaz que el temor a Ja guerra reemplazado por las crisis de pánico, podría incluso devenir un sinthome. Es remarcable que, en este caso de psicosis don-de el Nombre-don-del-Padre se encuentra forcluido, aquel esbozo sintomático se realice, no obstante, apoyándose sobre trazos que provienen imaginariamente del padre. Sin embargo, era también el caso de Joyce, aunque en este último el centro de su síntoma no era una orientación sexual, sino "palabras impuestas" que, habiendo sido precozmente escuchadas en boca de su padre, formaron la materia prima e inicial de su sinthome.19 El rol esencial que, en el caso de Paul, juega la

19 Cf. Jn(ra, V -El joven sin ego, p. 123.

LA LEY DE LA MADRE Y EL SÍNTOMA SEPARADOR 33

l 1omosexualidad, se comprende mejor con el concepto de si11thome que con la teoría lacaniana de 1958, y ello a causa del lugar diferente que ocupa el padre en relación a la ley. De ahí l'I interés respecto del viraje de esta teoría entre 1958 y 1975, ni menos si procuramos leerlo como una serie de respuestas di í e rentes a un mismo problema: aquel que concierne a la necesaria separación de la imposición de la ley materna sobre d niño al momento en que este deviene sujeto del lenguaje.

En efecto, como lo hemos visto, la teoría de Ja metáfora paterna de 19 58 supone que el niño haya primero simboliza-do el deseo de la madre gracias a la alternancia de su presen-l·ia y de su ausencia, además de que el significante del padre y de su ley le hayan sido presentados en el discurso materno. 1 ~I neurótico acepta simbólicamente el Nombre-del-Padre al precio de un síntoma que envuelve este significante como en

In í obia del pequeño Hans. La metáfora tiene un efecto de sig-11 i ficación correlacionada a la sustitución del deseo de lama-dre por el Nombre-del-Padre: el falo deviene el equivalente de aquello que la madre deseó más allá del niño. Por el contrario, d psicótico forcluye el Nombre-del-Padre y el falo, debiendo sin estos apoyos simbólicos- construirse un delirio que lo si-l úe de manera diferente en el deseo de la madre. Lacan eleva,

:ntonces, la solución schreberiana al rango de paradigma, es decir, una sustitución llamada metáfora delirante: en lugar de ser el falo que falta a su madre, Schreber será la mujer que falta a Dios.20

Ahora bien, hay condiciones previas a la forclusión psicó-1 ica, de las cuales tres fueron entonces enunciadas. Primero, no se trata de la carencia de padre, como se desprende del empleo teórico que hacen otros analistas y que representa una burla a lo planteado por Lacan; ni tampoco consiste en que, necesariamente, Ja madre idealice al padre: "no es sólo de la manera en que la madre se aviene a la persona del padre de lo que convendría ocuparse, sino del caso que hace de su palabra, digamos el término, de su autoridad, dicho de otra manera del lugar que ella reserva al Nombre-del-Padre en la promoción de la ley".

Una segunda condición es "la relación del padre con esta ley", la cual puede por sí misma provocar una exclusión sim-bólica del significante, particularmente en los casos en los que

20 Lacan, J., De une question préliminaire

a

tout traitement possible de la psychose, op. cit., pp. 566-567, 579 y 581, respectivamente.

Referencias

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