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"Trilogía"_ Paul Claudel

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Academic year: 2021

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(1)

PAUL CLAUDEL

TRILOGIA

EL REHEN

EL PAN DURO

(2)

E

L

R

EHÉN

DRAMA EN TRES ACTOS

PERSONAJES

EL PAPA PIO

EL CURA BADILON EL REY DE FRANCIA

EL VIZCONDE ULISES AGENOR JORGE DE COÛFONTAINE Y DORMANT

EL BARON, LUEGO CONDE TOUSSAINT TURELURE, PREFECTO DEL MARNE Y DESPUES DEL SENA SYGNE DE COÛFONTAINE

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ACTO PRIMERO ESCENA 1.

La abadía de los monjes cistercienses de Coûfontaine, comprada por Sygne.

La biblioteca se encuentra en el primer piso: es una sala amplia y alta que recibe luz por cuatro ventanas sin cortinas, de pequeños vidrios verduzcos. Al fondo, entre dos puertas altas, sobre la pared blanqueada con cal, se alza una gran cruz de madera con un crucifijo de bronce de aspecto hosco y mutilado. En el otro extremo, sobre la cabeza de Sygne, cae un jirón de una regia tapicería de seda, sobre la cual se ve entre el follaje, en medio de una pastoral destrozada, el escudo de Coûfontaine, dividido en una cabeza de oro con una fe de gules (dos manos unidas) de punta azul, y una espada de plata situada como un poste entre el sol y la luna; el grito y divisa en el siguiente: COÛFONTAINE ADSUM!

El piso sumamente limpio y está formado por tablas amplias y desiguales, clavadas con clavos gruesos y brillantes. Sygne está sentada en una esquina, frente a un escritorio pequeño y bonito cubierto del todo por registros y legajos bien ordenados. Algo más lejos, una mesita con pan, vino y lo necesario para una merienda. De un extremo a otro del salón se hallan alineados grandes muebles rígidos, sillas y sillones, de aspecto austero y abandonado. En el suelo, un cañizo sobre el cual se secan unas ciruelas.

Al levantarse el telón no se vislumbra nada de todo esto. Es de noche. Los postigos están cerrados, y solo un velón colocado sobre la mesa ilumina la habitación. Tormenta afuera.

Se abre una puerta sin que se vea a nadie; el viento silba; la llama del velón vacila y Sygne la protege con la mano.

SYGNE: (Mirando hacia el fondo de la pieza): ¡Jorge!

COÛFONTAINE: ¡Buenas noches, Sygne! ¡Buenos días, mejor dicho! (Ella se lleva la mano al corazón, como quien siente una emoción demasiado fuerte. El aparece en la zona semi-iluminada. Es un hombre de estatura atlética y apostura erguida).

SYGNE: Vuestra pieza está lista.

COÛFONTAINE: Luego; no tengo tiempo para dormir. Tengo que conversar mucho con vos. No nos vemos desde hace un tiempo entrañablemente largo, prima mía. (Ella vuelve a sentarse). SYGNE: Cuando queráis. Aquí están todas mis cuentas: claras y puras. No me he acostado una

sola noche sin poner mis registros al día antes de rezar. Aquellos, para la policía; este, pequeñito, para vos. De día como de noche. ¡Pueden venir! Encontrareis todo claro y en orden.

COÛFONTAINE: ¡Las cuentas! ¡Estas cuentas son siempre vuestro primer grito! ¡Os encuentro igual que siempre, Sygne! Nuestra vieja Susana ha formado una buena discípula. Nadie como quien no sabe leer para enseñar a escribir. No tengo que pediros cuenta alguna. Todo es vuestro.

SYGNE: Para vos, señor. Sois el jefe y yo la pobre sibila que cuida el fuego. COÛFONTAINE: Esta luz no me agrada.

SYGNE: Los postigos están cerrados por dentro y por fuera. No se puede ver nada. Yo misma apenas si os distingo.

COÛFONTAINE: (Con voz más baja, levantando un dedo): ¿Él está aquí?

SYGNE: (Id): Ha llegado hace dos horas. Justino lo trajo montado sobre el burro, a través de los bosques.

COÛFONTAINE: ¿Qué hizo?

SYGNE: Se sentó con las dos manos sobre las rodillas y respiro fuerte, como un hombre que va a morir. Pidió un sacerdote para confesarse. Envié a buscar al abate Badilon. (Gesto de Coûfontaine). ¿Estáis descontento?

COÛFONTAINE: Continuad.

SYGNE: No pude negárselo. Me lo pidió de un modo tan amable… y me miraba con sus grandes ojos negros. Y hablaba de su corazón, a la manera eclesiástica, “el peso que tenía sobre el

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corazón”; ¿Qué peso? Se confesó y dijo en seguida su misa. Yo asistí a ella. ¡Ah! ¡Ya no era el mismo hombre ante el altar! ¡Tampoco aquel magro despojo! ¡Pero si un ángel de gran vehemencia y dulzura que cumplía un acto inestimable, el pontífice que habla con letras de oro! ¿Quién es, Jorge?

COÛFONTAINE: ¿Está descansando?

SYGNE: Descansa. El abate está con él. Oficiará la misa aquí. (Ráfagas de viento afuera). COÛFONTAINE: Ya era tiempo de ponernos a salvo. Reconozco el viento de mi país.

SYGNE: ¡Que lástima! ¡Los manzanos estaban tan hermosos! No quedará una semilla sobre el árbol.

COÛFONTAINE: La tormenta nos protege. ¡Estoy en gran peligro, Sygne! He osado algo inaudito.

SYGNE: ¡Oh! ¡Cualquiera sea el peligro, conmigo os encontrareis seguro!

COÛFONTAINE: Aquí nunca me han molestado. Por esta razón os traje mi presa y agradezco por XXXXX(Pag.4) los ojos malos de nuestro hermano Toussaint, con quien sé os halláis en buenas relaciones (Pag.4)

SYGNE: Soy un hombre de negocios, primo mío, y no elijo mis relaciones.

COÛFONTAINE: Debéis desposarlo. Sus armas, embadurnadas en las nuestras, alegrarían esta vieja tapicería pintarrajeada. (Señala la tapicería).

SYGNE: No os burléis así.

COÛFONTAINE: ¡Estoy bromeando, Sygne! ¡Ay de mí! ¡Ya llora! Sois tan buena… Pero es más fuerte que mi voluntad: necesito causaros pena. Es mi manera de quereros. ¡Qué juventud la vuestra, pobre prima mía! Juntando y juntando los trozos dispersos de esta tierra, las viñas, los prados y los bosques, los arenales y las tierras de labranza. Como un encaje antiguo y gastado, cuyos hilos se recogen uno a uno.

SYGNE: Susana y yo rehicimos vuestro bien.

COÛFONTAINE: ¡Buen trabajo, tejedora! Nuestras madres se divertían deshilando con sus dedos ociosos. Descosían bordados y galones y separaban los hilos, uno por uno. Vos volvéis a hacer lo que ellas deshicieron. ¡Tengo a mi prima Sygne, que para mí es mucho más que el oro y la plata! ¿Qué decir de las flores de lis que no hilan? ¡Ah! Si cada uno de sus blancos hermanos de Francia, prima mía, si todas las hijas de noble linaje hubiesen obrado tan bien, el Rey podría volver. No habría un solo agujero en la vieja bandera. ¡Con un hilo que cede, cuántas mallas que saltan!

SYGNE: (Toma con ambas manos una miniatura que hay sobre la mesa y la mira): ¡Aquí están! Son mis dos bienamados, para quienes es menester que me dé un poco de trabajo. Hijos tuyos, Jorge, y míos también, ¿no es cierto? Es preciso que la tía feérica, la tía arácnea, les rehaga una casa en Francia gracias a su arte mágico. Porque nosotros que estamos tomados entre los recuerdos y el deber, vos y yo, no trabajamos para nosotros. ¿Cuándo los veré, Jorge? ¡Niños adorables! El caballero con su pequeña fusta, ya tiene vuestros rasgos y el mismo aspecto picardo y ese aire de mando y consideración. ¿Y la niñita? ¡Qué buena es! La madre se quejaba de ellos en su última carta. ¿Es posible?

COÛFONTAINE: Es una carta vieja. Ahora son Buenos y no le dan ningún trabajo.

SYGNE: ¡Y qué bella es la madre cuando los tiene entre sus dos brazos desnudos! ¡Oh, Jorge! ¡Cuando regreséis de la guerra qué tonto será besar una rosa fresca tan hermosa en la que brillan seis ojos tan bellos! Comprendo muy bien qué os ha gustado en ella: es ese aspecto indefenso y de una candidez arrogante, el labio grueso y la frente estrecha. Trabajamos juntas, y a veces la miro con el corazón contento. Tiene los ojos hermosos de quien entregara su corazón, como un ser joven tiernísimo que os mira si lo queréis. ¡Qué valor el vuestro al dejarla, para errar siempre, lejos de ella!

COÛFONTAINE: Ambos estamos al servicio del rey. SYGNE: ¿Siempre os escucha?

COÛFONTAINE: Temo haber perdido algo de mi crédito. SYGNE: ¿La habréis ofendido?

COÛFONTAINE: No estaba en mi poder hacer que mi esposa viviera siempre. (Un silencio). SYGNE: ¡No entiendo, Jorge! ¿Qué palabra horriblemente envenenada me dirigís?

COÛFONTAINE: ¿No sabíais que mi esposa era la querida del Delfin? Todo el mundo envidiaba mi dicha. Yo solo, estúpido de mí, nada sabía. La muerte descubrió todo.

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SYGNE: ¿Así que ha muerto? COÛFONTAINE: Dadme ese retrato.

SYGNE: (Tomándolo con presteza): ¡No le hagáis daño alguno! Querida mía, aquí al menos te encuentras en seguridad… contra mi corazón.

COÛFONTAINE: Es la única imagen que me queda de ellos. (Ella lo mira como si no comprendiera). Todo lo que tenéis en vuestras manos ya no existe.

SYGNE: ¡Jorge!

COÛFONTAINE: ¿No me comprendéis? Los dos niños…

SYGNE: ¡Basta! ¡No habléis! ¡Oh! ¡Eso no! ¡Esta cosa horrible, no!

COÛFONTAINE: …han muerto. Casi al mismo tiempo, de la perniciosa fiebre inglesa, mientras yo estaba en Francia.

SYGNE: ¡Dios se apiade de nosotros! (Queda inmóvil durante un tiempo, con los ojos cerrados y como desvanecida; luego agita lentamente la cabeza, como si negara). Supongo que no puedo deciros nada, Jorge.

COÛFONTAINE: Nada. (Una pausa).

SYGNE: Venid y tomad este papel que hay sobre la mesa para vos. (Él se acerca a la mesa y cuando extiende la mano, Sygne la toma entre las de ella y solloza con el rostro contra la mano. Coûfontaine le acaricia la cabeza en silencio).

COÛFONTAINE: No hay que llorar, pequeña Sygne. Nuestro nombre ha terminado y sólo quedamos nosotros dos. Pero con nosotros terminan también una infinidad de cosas mucho más hermosas. Todo el mundo no ha nacido para ser feliz. Le gustó otro hombre. No se puede nada contra esto. Creo haberla querido como se debe. En cuanto a los niños, un soldado no los necesita… Es un gran alivio.

SYGNE: (Con cierta ironía): Sois duro, Jorge.

COÛFONTAINE: Hago lo que todos. Lo demás no interesa a nadie.

SYGNE: ¡Perdonadla, en nombre de estos dos inocentes! ¡Pensad qué joven era y el sufrimiento que trae el morir! ¡Ah! ¡Ser mujer joven y hermosa es algo más embriagador que el vino! Decidme que la perdonáis.

COÛFONTAINE: Ya no pienso en eso. SYGNE: Pero decid que la habéis perdonado.

COÛFONTAINE: El que ama mucho no perdona fácilmente. SYGNE: Mi corazón está deshecho de compasión hacia vos.

COÛFONTAINE: Pasar solo la noche es malo, pero uno termina siempre por dormirse cuando está cansado.

SYGNE: ¿Y si han muerto los tres?

COÛFONTAINE: Compadeceos de mí, Sygne mía, y procurad tener más calma. SYGNE: ¡Dios mío! Cuanto hice ha sido vano y se ha perdido.

COÛFONTAINE: Palabra sobre toda cosa es la última. Sin embargo, la dirigís a Dios.

SYGNE: “Mi generación ha quedado envuelta y alejada de mí como la carpa del pastor.” Antaño vi a mi padre y a mi madre, y a vuestros padres también, ir juntos al cadalso. ¡Cuatro figuras santas, maniatadas, que nos miraban como víctimas! ¡Mis cuatro padres y madres abatidos por la cuchilla, uno después de otro! Cuando le llegó el turno a mi madre, el verdugo enrolló alrededor de su puño la trenza de pelo canoso y puso la cabeza bajo la cuchilla. Estábamos en primera fila y vos me teníais de la mano; la sangre nos salpicó. Vi todo y no me desvanecí; luego, regresamos a casa a pie. Los hombres han segado el tallo, y ahora Dios piensa en nosotros y nos quita nuestro fruto, ¡Dios mío, prestasteis atención a esta pobre cosa que aun teníamos! ¡Qué se haga vuestra voluntad! Que vuestra amarga voluntad, que vuestra amarga voluntad… Vos y yo quedamos solos, Jorge. Vos y yo, que somos cada vez más una sola persona. La vida, por sí sola, se aleja de nosotros en un mundo en el que hemos dejado de ser parte importante.

COÛFONTAINE: Debéis separaros de mí y hallar vuestra propia dicha.

SYGNE: Ahora soy yo quien os tiene de la mano, como vos me teníais la mía aquella mañana de Pradial.

COÛFONTAINE: Sois joven y rica, y la vida se os presenta hermosa. SYGNE: Así cantaban las campanas el día de vuestra boda.

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SYGNE: Sé que recibisteis el sacramento sin fe.

COÛFONTAINE: No creía. Lo sabía todo de antemano. Pero era un prisionero, como quien no puede actuar de otra manera.

SYGNE: La pobre niña también os quería

COÛFONTAINE: Me sentía como el minero que sale un rato de su Cueva y advierte que sin embargo es abril… ¡De pronto, se apoderó de mí un hambre de dicha tan idiota!

SYGNE: Tuvisteis vuestra hora.

COÛFONTAINE: No la tuve. No me tomó por otro. SYGNE: ¿Pero quién os separaba?

COÛFONTAINE: La sangre de mi padre sobre mi rostro. SYGNE: ¡Y también la sangre de vuestras manos! COÛFONTAINE: ¿Os horroriza?

SYGNE: ¡Ah! ¡Dios me perdone, no me horroriza!

COÛFONTAINE: Sin embargo, es la sangre de muchos inocentes. ¿Recordáis lo de la calle San Nicasio?

SYGNE: ¿No lo pagasteis con lo vuestro?

COÛFONTAINE: Es verdad. ¡Oh, mi esposa y mis pobres hijos! SYGNE: Aun quedo yo.

COÛFONTAINE: Como una niña cuyo apellido cambiará un día. SYGNE: Pero han vuelto a imponerme el mío en otro bautismo. COÛFONTAINE: Participé con vos de ese sacramento.

SYGNE: Pero esta vez dignamente. ¡Oh, Jorge! Aquel día, nuestra raza entera fue subyugada. COÛFONTAINE: ¡Oh, vino sagrado nacido de este cuádruple corazón!

SYGNE: La sangre de ese cuádruple corazón fue sembrada sobre la mía. COÛFONTAINE: Pero el viejo plantío ya no nos da su savia.

SYGNE: ¡Queda un vino puro! ¡Nuestro nombre permanece vivo!

COÛFONTAINE: Qué alma esta, que me ha nacido completamente igual. ¡Qué extraño mellizo! Vos comprendéis aquellas cosas. Así como la tierra nos da su nombre, yo le doy mi humanidad. En ella no estamos desprovistos de raíces; en mí, por la gracia de Dios, no está desprovista de su fruto, del que soy el señor. Por esta razón, precedido del de, soy el hombre que lleva su nombre por excelencia. Mi feudo es en mi reinado como una Francia pequeña. La tierra, en mí y en mi linaje, se torna gentil y noble como algo que no puede comprarse. La miel, o las flores, o el vino que producen se reconocen entre todos, y también el venado o el ganado. Y así, entre muchas plantas precarias, el Árbol Durmiente, la gran encina genealógica que se erguía en el patio del castillo, y cuyas raíces, como pudo verse el día que fue arrancada, estaban más enredadas que las de aquellas higueras que vi en Coromandel y que las venas de un pecho lleno de leche. Estaban hundidas a medias en el cemento oscuro de las catacumbas romanas. A medias, a través de la arcilla compacta del banco nativo del pedernal color flor de castaño. Y así como el vino de Bouzy no es el de Esscaune, yo he nacido Coûfontaine por hecho de la naturaleza contra el que no pueden nada los Derechos del Hombre. Así que la nación no tenía por qué fabricar a sus jefes y sus leyes, defendida contra sus ensueños. Pero en toda Francia la naturaleza le daba a la nación otros productos más, buenos o malos, desde el rey hasta el juez. A la vuelta de cada calle, en el flanco de cada colina, cada uno a su turno, volvía a florecer, como las flores y frutos en su variedad.

SYGNE (Alza la cabeza y lo mira con firmeza): ¿Y todo eso qué importa, Jorge? COÛFONTAINE: ¿Qué importa?

SYGNE: Dios lo quiso. Está bien. No es culpa nuestra. ¿De qué sirve manifestar enfado y pelear? COÛFONTAINE: Ni el mismo Dios puede quitarme lo que es mío.

SYGNE: Nada es nuestro. Todo es de Él, que es el Señor eminente. Y es verdadero que nada puede quitarnos, pero puede desligarnos de este puesto, que nos había confiado.

COÛFONTAINE: ¿Qué soy yo sin este lugar, que me da su nombre? SYGNE: El único a quien ya nada puede serle quitado.

COÛFONTAINE: Yo, al menos, tengo algo que no vuelvo a tomar una vez que lo he dado. SYGNE: ¿Qué, Jorge? -

COÛFONTAINE: (Le tiende la mano): Mi mano derecha. SYGNE (Le da la de ella): Ni yo la que te doy, hermano mío.

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COÛFONTAINE: El mundo se ha achicado, pero ambos subsistimos. SYGNE (En voz baja): Coûfontaine adsum.

COÛFONTAINE: Eres mi tierra y mi feudo, mi partido y mi herencia; existes y eres verdadera en lugar de esa mujer falsa, que murió, y de sus hijos y de la tierra.

SYGNE: Sólo Dios es verdadero.

COÛFONTAINE (Con tono ambiguo): Ya lo veremos. SYGNE: No vayas contra Su voluntad.

COÛFONTAINE: ¿Qué sabemos de ella? Si el único medio para nosotros es contradecirla. SYGNE: ¡Jorge, hermano mío! ¡Palabras dignas de vos!

COÛFONTAINE: Tanto como para ser condenado. Tanto como para estar seguro de la verdad. Y no opines contra mí.

SYGNE: ¿Qué pretendes hacer?

COÛFONTAINE: ¡Obligar a tu Dios a contestarme con claridad y a que diga por fin con quién está!

SYGNE: ¡Oh, Jorge! ¿Hay algo más claro que un ladrón? ¿Qué más quieres saber? Feliz aquel que tiene algo que dar, porque a quien no tiene nada le quitarán aun lo que tiene. Feliz aquel que fue despojado injustamente porque ya no tiene nada que temer de la justicia. Aquel que no aceptó el mal, ¿cómo recibirá el bien? ¡Así os veo, pobre hermano, sin nada! Y porque yo acepté todo, todo me fue devuelto.

COÛFONTAINE: Mi causa no es mía. ¡Perezca Coûfontaine, si con ello se restaura al rey junto con Francia!

SYGNE: Tantas penas, tantos sacrificios, tantos peligros, tanta intriga, tanto espíritu, tanto dinero y tanta sangre vertida, la vuestra y la de muchos... y todo en vano... Y yo por mi parle, con mi obra terminada y la tierra rehecha, y todo esto es nada entre mis manos...

COÛFONTAINE: De nada sirve desesperar.

SYGNE: No me desespera, me encanta. Oh, Dios mío, me encantan amargamente su grandeza y mi inutilidad, y que se extiendan hasta mí tantos propósitos que sobrepasan todo sentido. Soy viuda y huérfana, y soy virgen; vos me quitáis mis hijos y os burláis de mí al dejarme sola en medio de los bienes que he conquistado. ¿Qué podía hacer yo, sin embargo? ¿Debía cruzarme de brazos? Era una mujer y veía lo más cercano y procuraba obrar bien para con quienes estaban cerca de mí. Y no tengo espíritu para imaginar nada mejor, pero procuré retener y consolidar lo bueno que conocí. Primero, tantas penas y privaciones; la miseria, el temor, la soledad y la severidad de la anciana Susana para conmigo...

COÛFONTAINE: ¡Pobre Sygne!

SYGNE: El valor avariciosamente conocido de cada moneda, el sueldo, el franco, el escudo y el hermoso doble Luis de oro; las cuentas pasadas en limpio, noche tras noche, sin manchas ni raspaduras; el valor de cada tierra, de cada rincón de tierra, y el precio del trigo y del vino, de la piedra de construcción y del yeso, y de la leña y del jornal de mujer y hombre. Toda la fortuna estudiada de memoria, como pudo hacerlo antaño nuestro abuelo en una noche de juego de naipes. Las ventas recorridas, las jornadas a caballo o en carricoche, bajo un sol de fuego o una lluvia fría, envuelta en mi gran abrigo de pastora. Las largas horas de batalla con los escribanos, con quienes hay que luchar cubiertos y con el rostro sonriente. Como antaño mis antepasados de visera y con el escudo ceñido al cuerpo. ¡Yo, pobre muchacha, entre tantos hombres de ley como Juana de Arco entre la gente de guerra! Las visitas al prefecto y las discusiones con chacareros y contratistas... El espíritu vigilante, la mirada alta, y el corazón inflexible y firme. Y por último, todo recuperado y reajustado, salvo nuestro castillo destruido, aun la vajilla y los libros con nuestras armas; todo vuelto a comprar, pieza por pieza. ¡Y todo se rehace y vuelve a quedar muerto como un cadáver destrozado, cuyos miembros se reajustan!

COÛFONTAINE: Pero todo aquello preparó el escondrijo donde hoy me refugio con mi presa. SYGNE: Nuestro castillo fue destruido, pero quedó en pie la casa de Dios. Desapareció la pared,

quedó colmada la zanja y desarraigado el Árbol Durmiente. Fue profanado el foso y la torre cayó de un solo golpe, como un hombre que cae de frente, y se abrieron y derrumbaron las entrañas de la casa familiar, ¡Y de todo lo antiguo sólo quedan una pared y el sótano, refugio del zorro y del erizo! Pero me retiré con Dios a la casa antigua, levantada del suelo gracias a la fe; la vivienda mística cuya simiente es la hostia, y que nadie había elegido,

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¡Yo, débil criatura, sola bajo los amplios arcos de la bóveda, débil suspiro ligero en vez del gruñido poderoso de los cien varones de Dios que cantaban!

COÛFONTAINE (Mirando la cruz): No es la cruz capitular.

SYGNE: ¿No la reconocéis? Es el crucifijo de bronce que donó nuestro antepasado Agenor V. el Liguista, para reemplazar la cruz de piedra vetusta que habían derrumbado los heréticos. Los republicanos volvieron a desarraigar la cruz extranjera que había en la encrucijada de los caminos reales de Rheims y Soissons, y cortaron todo el calvario de un solo golpe. La cruz y los cuatro tilos viejos que le daban sombra y eran el único abrigo para los segadores. Y plantaron en su lugar el débil árbol de la Libertad, al que una sola estación secó como un sarmiento. El hombre de bronce fue destrozado a pedazos, pero no lo fundieron en cañón alguno ni monetizaron en sueldos grandes. Y en todas partes se encontraron miembros dispersos, como cuenta Plutarco de Isis y Osiris. Las piernas quebradas, como las del ladrón; el pecho, de yunque en la herrería; los brazos, conservados por dos solteronas piadosas, y la cabeza en el fondo de un horno de panadería. Y Susana conmigo, descalzas, caminando toda una noche. Orando, trajimos de nuevo en nuestros brazos la cabeza sagrada. Y ahora, el gran buen Dios, comido por el sol y la lluvia, el supliciado, vuelve a ser escandaloso. Aquí está entre estas paredes, con nosotros, disimulado para los hombres, y recomenzamos con El, como desterrados. Que vuelvan a edificar un hogar con dos brasas en cruz.

COÛFONTAINE (Con los ojos puestos sobre la cruz): ¿Con qué madera ha sido hecha esta cruz, que deja ver destrozos del fuego?

SYGNE: La hice con vigas de nuestra casa.

COÛFONTAINE: El palo es de encina y la horca de castaño, esencia que ha desaparecido ahora de nuestra casa. Sin embargo, el maderamen de todas nuestras antiguas chacras y el de la catedral de Rheims están hechos con ella.

SYGNE: Nunca faltará esta madera, con la cual ha sido hecha la cruz.

COÛFONTAINE: Dichoso árbol que lleva sobre sí el peso de un Dios, o aunque sólo fuera un hombre. Y esto es todo lo que encuentro de mi casa al regresar. La viga mayor en cruz con la viga menor, pero esto es vuestro y no puede ser de dos. Y yo también soy una cruz en vez de un hombre proscrito. Han caído de mí todos mis bienes como un abrigo, y me encuentro solo dentro de una vestimenta que mi cuerpo y mi espíritu no pueden abandonar. ¡Despojado, reducido, inflexible, infructuoso! Y cuando regreso al país, corno el Hijo pródigo a casa del padre que le ha dado el sustento, no hay nadie que se cuelgue de mi cuello, padre o madre, hijo o esposa, porque todo ha caído de mí.

SYGNE: ¡Pero quedo yo al menos, Jorge; al menos quedo yo!

COÛFONTAINE: (Mirándola): ¿Querríais desposaros conmigo, prima mía? SYGNE: ¡Ah, ya soy bastante vuestra sin eso!

COÛFONTAINE: Es cierto; somos demasiado iguales y nada nuevo puede salir de nosotros. SYGNE: ¿Quién perpetuará la raza?

COÛFONTAINE: Sois joven y rica. Guardad los bienes que habéis Xhoja 9X y XXXX serán de provecho para un proscrito. Alguien vendrá.

SYGNE: ¡No os burléis de mí!

COÛFONTAINE: Algún hermoso cazador de barba roja, algún joven aturdido lleno de guerra, y tomará de la mano a esta perdida Judith de ojos verdes. ¡La virgen bien templada, cuya sonrisa modesta no llega a las comisuras de los labios! ¡Y forma tres arrugas, como si las hubiera trazado el lápiz más fino! Y se llevará para siempre a mi prima a los bosques de Francia, al laurel de Dormant, la “virgo admirabilis”.

SYGNE; ¡No pensé que me hubierais mirado tanto, Jorge!

COÛFONTAINE: Es cierto. Pero nada más que lo que uno se mira o escucha así mismo. Vos no estabais afuera. ¿Qué conozco de vos, Sygne, fuera de vuestra manecilla valiente dentro de la mía el día de San Juan? Más tarde, un rostro claro y desdibujado como un plano de iglesia bien calculado, con regla y compás. Y luego, vuestra mano sobre mi frente en las noches de fiebre, cuando estaba herido y enfermo y me perseguían. Y después, vuestra frente bajo la lámpara, cuando se cierran los despachos con lacre y se cuentan las pilas de luises.

(9)

COÛFONTAINE: ¡Ah! Sois una Coûfontaine de pies a cabeza, y no puedo conversar con vos ni ver uno solo de vuestros rasgos sin comprenderos. Y os basta volver la cabeza y veo tantas imágenes de nosotros mismos en vos, como en los retratos de antaño de la galería del castillo. SYGNE: No llevaré a otro, pues, lo que es solamente de Coûfontaine.

COÛFONTAINE: Sólo son mías las cosas muertas, vencidas e imposibles. SYGNE: ¡Pero yo no he muerto y no estoy vencida y no soy imposible!

COÛFONTAINE: Hay algo distinto; vos tenéis menos de treinta años y yo más de cuarenta. No somos del mismo siglo. Soy un tronco sin copa y sin ramas, y veo en vuestros ojos pardos el verde de las hojas nuevas. No producimos nuestra sombra del mismo lado; vos lleváis la vuestra, pero la mía queda adherida a mis talones y no veo nada de mí delante de mí.

SYGNE: ¡Déjame renunciar al porvenir! ¡Déjame prestar juramento, como un nuevo caballero! ¡Oh, señor mío! ¡Oh, mi mayor! ¡Déjame jurar entre tus manos como una monja que profesa! ¡Oh, hombre de mi raza! ¡Resto y principio de mi pueblo! ¡No te dejaré sin testimonio! Nos falta la tierra, nos suprimen la fuerza, pero quedan la fe de hombre a hombre y el alma pura que encuentra a su jefe y reconoce sus colores. ¡Soy tuya, Coûfontaine! ¡Tómame y haz de mí lo que quieras! Sea como esposa, o más allá de la vida, donde ya no sirve el cuerpo, nuestras almas se unen sin mezcla.

COÛFONTAINE: He vuelto a encontrar a Sygne. No me engañé. ¿Habrá para mí, al fin, algo mío, sólido, fuera de mi propia voluntad? Porque apenas dejé esta tierra, niño aún, no tuve sino el mar bajo mis pies. El mar del agua marina y el mar hecho por los hombres, y una cosa falsa entre mis brazos, como un elemento, ¡Todo pasó! El señor d’Ajac, que era novicio junto conmigo en el Espíritu Santo... ¡Cómo conversábamos en la noche oscura del dormitorio, en tanto nuestras hamacas jugaban contra la resaca! Vi cómo una bala de cañón lo partió en dos. Y luego le tocó el turno a lo más santo para mí... mi padre y mi madre, junto con los vuestros, Sygne. Los vi matar como a animales. Recibí su sangre sobre mi rostro y respiré su vaho. El rey, que era mi rey; el derecho, que era mi derecho; esa mujer, que era mi derecho; esos niños, que eran míos; el mismo nombre que llevo, y la tierra y el feudo: todo me mintió, todo huyó, y ya no existe siquiera el lugar en donde todo se hallaba. Y ahora llevo esta vida de fiera acorralada, sin un escondite seguro, huyendo siempre, peligroso y perseguido, amenazante o amenazador. Y recuerdo que los monjes hindúes decían que toda esta vida mala es una apariencia vana y permanece en nosotros porque nos movemos con ella, pero que bastará que nos sentemos y permanezcamos inmóviles para que salga de nosotros. Pero son tentaciones viles; yo, al menos, soy el mismo, y mi deber y mi honor siguen siendo los mismos en medio de este derrumbe total. Pero tú debes pensar en lo que dices, Sygne. No vayas a faltar como los demás, en esta hora en que toco a mi fin. No me engañes, que tengo hambre y sed verdaderos de tu corazón, de la lealtad de tu corazón. Y no de algo que sea seguro, sino de algo que sea infalible.

COÛFONTAINE: ¡Todavía Dios! Déjalo donde está. Más tarde sabremos también qué es lo cierto de él. Si quiere permanecer escondido a tal punto, que no nos deje ningún rehén.

SYGNE: No comprendo lo que decís. (Se escucha el débil repiqueteo de una campanilla). COÛFONTAINE: ¿Qué es eso?

SYGNE: El señor cura, que dice misa, como lo ha prometido.

COÛFONTAINE: Habéis hecho mal en mezclarlo en nuestros asuntos.

SYGNE: ¡Que el Dios que él ofrece en este momento sobre el altar escuche nuestras palabras! El, que se entrega en el pan ázimo y no sabe recobrarse, nos dió ese sacramento de dar y no recobrar. ¡Acepto!; vuelve a tomar contigo todo lo que es de tu raza y de tu nombre. Y que en Coûfontaine al menos no falte Coûfontaine.

COÛFONTAINE: Acepto que te agregues a la partida que juego, Sygne. Comprométete como quieras, última mujer de mi raza, y recibe de tu señor la fe según la forma antigua. Toma mi guante. (Le da el guante).

SYGNE: Lo acepto y no me lo volverás a tomar. (Pausa).

COÛFONTAINE (Alzando el dedo): Todo va a quedar decidido. Nuestra suerte se está jugando en todo el mundo. La violencia llega a su fin, y la masa y el hombre de la tierra vuelven a encontrar su peso y su momento.

SYGNE: Nada sé de política. Me han dicho que el Papa ya no está en Roma. COÛFONTAINE: ¿Sabéis dónde está?

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SYGNE: No lo sé.

COÛFONTAINE: Está aquí, bajo este mismo techo y detrás de esta pared. (Gesto de emoción). César está de un lado, pero he tomado al hombre de Dios para nosotros. Déjanos ahora, pues tenemos que hablar. (Ella sale).

ESCENA II

Un sirviente ha abierto los postigos y se distingue ahora toda la pieza. El alba. Hay un ventarrón afuera, y diluvia. La lluvia pega con fuerza y chorrea sobre los vidrios. Los árboles, muy altos, cuyas ramas tocan casi las ventanas, oscurecen la pieza. Se escucha pausadamente el ruido áspero de una veleta herrumbrosa. Un perro de pelo duro está acostado delante de la puerta de entrada. Repentinamente, se abre un panel de la biblioteca y descubre durante un instante la abertura de una puerta secreta. Al fondo se ve la llama de un cirio y se entrevé un altar cubierto con el mantel y el misal. Entra un anciano de sotana negra, con la cabeza tocada con un gorro blanco.

EL PAPA PIO: Hijo mío, que la paz esté con vos. Soy yo. (Coûfontaine, que estaba de pie, pensativo, frente a una de las ventanas, se da vuelta con rapidez y se hinca ante el anciano que le da su mano a besar).

COÛFONTAINE: (Nuevamente de pie): Comed y bebed, Santo Padre, ya que el camino ha sido largo y penoso, y esta misa matutina interrumpió vuestro corto descanso.

EL PAPA PIO: ¿Qué pan es éste que me dais de comer?

COÛFONTAINE: Un pan hecho con harina leal. Os abriga una casa cristiana. EL PAPA PIO: Reconocí un bien eclesiástico.

COÛFONTAINE: Esta es la abadía de los cistercienses de Coûfontaine, que fundaron sostuvieron mis padres. Mi prima Sygne la compró bajo dispensa cuando Dormant y el castillo fueron incendiados, para sustraerla a la destrucción y que permaneciera así en manos legítimas. EL PAPA PIO: ¿Es esa señora joven y piadosa que comulgó anoche?

COÛFONTAINE: Y yo soy el vizconde Ulises Agenor Jorge de Coûfontaine y Dormant, teniente del rey Luis de Francia para Champagne y Lorena.

EL PAPA PIO: ¿Por qué este acto violento? ¿Por qué me habéis sacado de mi prisión?

COÛFONTAINE: (Saca un papel del bolsillo): Orden firmada por el Emperador. Me be encargado de ejecutarla. El portador estaba impedido; la cosa se hizo como corresponde. Moscú está lejos, ¿y quién no honraría firma semejante? Es un verdadero giro en blanco sobre todo el Imperio. Me obedecieron como a un ángel del cielo. (Alcanza el papel al Papa, que lo lee en silencio y se lo devuelve). Así que yo, sólo, liberé a Pedro de su cautiverio. EL PAPA PIO: Os lo agradezco, hijo mío.

COÛFONTAINE: Aquí estáis seguro. ¿Quién vendrá a buscaros a este rincón del Marne? Esta es una vivienda antigua y apartada, llena de salidas secretas hacia los bosques, tres rutas y dos valles; y también llena de escondites. Las utilicé muchas veces en esta guerra que hago. EL PAPA PIO: ¿Y ahora Somos vuestro prisionero?

COÛFONTAINE: Es cierto, padre mío. Sois prisionero de vuestro hijo. Y os diré, como Jacob cuando tenía tan apretado al ángel; no os dejaré sin que me hayáis bendecido antes.

EL PAPA PIO: ¡Pobre niño! Ya veis que Somos una presa difícil. COÛFONTAINE: Dios mismo os da al rey de Francia.

EL PAPA PIO: (Tornándose con gravedad hacia el crucifijo). Ave, Dominis, Jesu.

COÛFONTAINE: Es Nuestro Señor de Rheims, y el rey se descubría ante él cuando iba a hacerse consagrar.

EL PAPA PIO: ¿Qué noticias hay del mundo? Ningún ruido llegaba hasta Nuestra cárcel.

COÛFONTAINE: El Usurpador está en Moscú. No hay otro ruido sobre la tierra que no sea el del paso de sus ejércitos, que corren hacia Oriente. Dicen que ocurrió no sé qué cosa. Ciudades de madera que arden, una victoria muy vaga. Europa está vacía y nadie habla sobre la tierra. Sólo existe la espera del mundo, como un hombre desmontado y sobrecargado.

EL PAPA PIO: ¿Y desde Moscú el Emperador halló tiempo para pensar en Nosotros, anciano? COÛFONTAINE: Vos Sois el rechazo de Dios en el silencio de todos los hombres.

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EL PAPA PIO: ¿Qué fuerte es el de Joux que menciona en la carta? COÛFONTAINE: Una casamata en la nieve de la que no se vuelve a salir. EL. PAPA PIO: Le plugo a Dios sacarnos de mano enemiga.

COÛFONTAINE: Luego, algún cónclave reunido en medio de las bayonetas, haría papa y Capellán del Gran Emperador a algún cardenal Fesch o Maury, como hizo reyes a sus hermanos.

EL PAPA PIO: (Levantando el dedo). Había sobre los caminos de Judea, poseídos que apenas veían a Nuestro Señor se echaban ante El llorando y gritando. Y en tanto lo perseguían con injurias y pedradas, no dejaban de repetir: Jesús de Nazaret, ¿por qué nos persigues? Durante todos los siglos, así han sido los hombres impíos desde que apareció El entre ellos como una persona indefensa. Concluyen pequeños pactos que llaman leyes, sociedades, constituciones, estados, reinos, según el poder que les concede por un día y que es bueno y bendito en sí. Y piensan que han detenido la marcha del mundo al disponer toda cosa para siempre con su voluntad particular. Y porque no saben qué parte es la de Él, se enojan contra Dios, que no quiere parte. (Se torna con gravedad hacia el Cristo). Está desnudo, sin cosa alguna que le pertenezca. (Un silencio). Y quisieron detenerlo y apresarlo con reglas y barreras, libertades y concordatos. Y nuestro deber es prestarnos a la fantasía de los hombres, así como un pescador en el medio del mar se arregla con cualquier tiempo porque no le queda otro remedio. Para el bien de las almas, hasta el punto permitido... Y este Emperador es como un niño mimado al que contrarían. Parece dueño y no es sino uno de mis pobres hijos, como todos los demás. Se dice vencedor de hombres y ved como quiere obligar a Dios a ponerse de su parte tomando a su vicario como rehén. No puede comprender por qué ha querido el Todopoderoso hacerse representar por lo más débil que existe en el mundo. Este anciano, que se alimenta con un poco de miel y de pescado, este pobre sacerdote tonto que nada sabe fuera de su catecismo. Y porque no sabe qué darnos, he aquí que nos toma hasta lo que Nosotros tenernos, los Bienes de nuestro cargo, la vid de Naboth, el patrimonio de Pedro y hasta el mismo anillo del Pescador de Nuestro dedo. De modo que Nuestro Señor está de nuevo sin lugar sobre la tierra, como en los días de Galilea, y en su propia casa es un cautivo y una persona tolerada. Y Nuestra vida, como si viviera aquel que está sepultado con el Cristo. (El violento ventarrón sacude la casa. En las cuatro ventanas chorrea el agua. Silbidos y mugidos. El papa tirita y se arrebuja en su abrigo; luego mira con susto alrededor de él).

COÛFONTAINE: No es el sol de Tívoli ni la brisa de los montes Sabinos. EL PAPA PIO: Una vivienda salvaje para que la habite una mujer sola.

COÛFONTAINE: Tiene un techo y este país es su país. No veo que más podría pedir. ¡Pluguiera al cielo estuviese yo siempre seco de noche y tuviera la buena tierra de mi país a mis plantas! Este es nuestro gran chaparrón de septiembre, que barre la cosecha y ablanda la tierra para la labranza. (Otro golpe de viento).

EL PAPA PIO: (En voz baja). Orad para que vuestra huida no se realice en invierno o en sábado. COÛFONTAINE: (Soñador). Recuerdo los tiempos pasados, el fuerte monzón de Pondichery que

nos llevaba las fragatas inglesas.

EL PAPA PIO: ¿Dónde están los antiguos dueños de esta vivienda?

COÛFONTAINE: No la han dejado, no han violado su enclaustramiento. Están uno al lado del otro, en buen orden, con los pies juntos, en el jardín del convento: los seis sacerdotes, los ocho novicios y los doce conversos. El Abate en el medio, con el Prior a la derecha, y los demás según el tiempo de su profesión. Por los cuidados de mi hermano de crianza y su antiguo novicio, que manejó la ejecución el año de gracia de mil setecientos noventa y tres, Toussaint Turelure, hijo del leñador y brujo Turelure, hoy barón del Imperio y prefecto del Marne.

EL PAPA PIO: Iremos a orar sobre los despojos de esos mártires. (El perro alza la cabeza y se acerca a una de las ventanas).

COÛFONTAINE: ¡Quieto, quieto, Sila! ¿Qué te pasa? ¿El nombre de mi hermano Toussaint te hace mostrar los dientes en silencio? ¿Quién podrá ser con semejante tormenta? (Escucha. El perro se echa. Coûfontaine muestra la mesa servida). Comed, Santo Padre. (El papa se sienta a la mesa. Coûfontaine se mantiene de pie a su lado, respetuosamente, y lo sirve. El perro se ha ¡do a acostar a un rincón). El animal está de mal humor y no se debe jugar con él. Fui yo quien le enseñó a no hablar. Pasamos juntos muchas horas, muchos días y hasta un largo

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tiempo sin luz (el mismo reloj había callado su ruido). Acurrucados en cualquier escondite, en cualquier rincón. Mi único amigo era este cuerpo de animal y su pobre fidelidad oscura, y yo me volví un poco perro y él se hizo un poco aristócrata. (Una pausa). Ya sabemos que es el peligro continuo. (Sueña). Allí comprendí bien a los antepasados y a los señores dispersos de nuestros fueros y nuestras villas merovingias. Vivían de la magra tierra, llena de gusanos, destrozada por los conejos y los jabalíes; del pedazo de tierra negra y llena de tocones, que se sembraban aun calientes, como la masa de fuego que la había limpiado. Como el pez de presa en un hoyo de agua, como la araña en su tela pegajosa. Pasaban el día y la noche escuchando, sensibles al hombre y al venado, emboscados bajo la fresca verdura temblorosa, llena de bruma, que les comunicaba los olores y los ruidos como si fuera una agua sutil.

EL PAPA PIO: (Ha terminado de comer, se levanta y se persigna). Deo Gratias! Os agradezco esta comida, hijo mío.

COÛFONTAINE: ¡Rudo recibimiento para el rey más grande de la tierra! Al menos, estáis lejos del señor conde de Charol y del noble Borghese y del cristiano Portalis. Vuestra Santidad tendrá paz durante unos cuantos días.

EL PAPA PIO: ¿Dónde queréis llevarme?

COÛFONTAINE: A Inglaterra, donde se halla el rey de Francia.

EL PAPA PIO: Hijo mío, no Nos hagáis el daño de ponernos en manos de heréticos.

COÛFONTAINE: Estáis aquí por ellos, y os negáis a permanecer encerrado en su provecho. EL PAPA PIO: Es cierto. ¿Cómo, pues, podré dejar que mis propios hijos me consideren incapaz? COÚFONTAMNE: ¿No os separará la cárcel de ellos?

EL PAPA PIO: Donde está la Cruz, está la Iglesia. COÛFONTAINE: Venid y sed libre.

EL PAPA PIO: No quiero estar libre entre los muertos. COÛFONTAINE: ¿Dónde conduciros que César no esté?

EL PAPA PIO: Donde está Pedro, sobre cuyos huesos soy Pedro a mi vez. COÛFONTAINE: ¿A Roma? En vuestro lugar hay un prefecto.

EL PAPA PIO: Sobre la tierra, pero no debajo, donde espero. ¡Que las Catacumbas reciban de nuevo el saludo de todos los hombres! La espera de la Iglesia duró tres siglos, ¿y no puedo yo esperar tres días con el Cristo?

COÛFONTAINE: Dejad Roma y volved a encontrar el Universo. EL PAPA PIO: Donde está el fundamento, allí está Pedro.

COÛFONTAINE: En su vejez, Pedro tuvo las manos ligadas y fue llevado donde no quería ir. EL PAPA PIO: Tomad Nuestras manos, hijo mío, y bendito sea aquel que viene en nombre del

Señor.

COÛFONTAINE: ¿Por qué queréis obedecer únicamente a la fuerza puesto que os llama el amor? EL PAPA PIO: Otra voluntad me mantiene en esta Iglesia, de quien soy esposo indisoluble. COÛFONTAINE: ¿La piedra del mundo no servirá sino para confirmar a César?

EL PAPA PIO: Aún existe aquella contra la que se lastimó el pie el ídolo heterogéneo. COÛFONTAINE: Santo Padre, ¿estáis con nosotros o contra nosotros?

EL PAPA PIO: Pregunta que escuché a menudo en Savona.

COÛFONTAINE: Pero nosotros somos los hijos que mantuvimos nuestra fidelidad. ¿Cuál es el premio a nuestra obediencia?

EL PAPA PIO: ¿Qué daros, hijo mayor? El Hijo Pródigo ya Nos tomó todo.

COÛFONTAINE: Por cierto que vuestra vista debe ser corta a causa de vuestra edad, anciano. Puesto que distéis vuestra bendición al chivo en vez de la oveja.

EL PAPA PIO: ¿No podía yo ungir esa frente cuando Jesús mismo había besado los pies de Judas?

COÛFONTAINE: Santo Padre, dejadme hablar. Expliquémonos, ya que estáis aquí y os tengo conmigo, vicario de Dios. Tengo mucho que deciros, como un joven que habla con su padre confesor una vez al año. ¿Y no lo Sois de todos nosotros, acaso? Y una sola oveja os da lo mismo que todas las demás juntas. ¿Decir que me confieso a diario? ¡No! La vida que llevo no es la de una monjita. Pero cuando haya vuelto el rey, nos pondremos una camisa blanca. ¿Por qué nos escandalizáis como Dios? Rebaja a los buenos y eleva a los malos. Estos son sus designios y nada se Le puede decir. Pero vos Sois un hombre, un hombre capaz de hablar. ¿No tenéis nada que contestarnos? ¿A quién habremos de interrogar? ¿Lo que es el bien o el

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mal para nosotros no lo es también para el Papa? ¿Establece el éxito alguna diferencia? ¿Está bien que un hombre se apodere de lo que no es de él? ¿El mismo bandido que os tomó Roma no le tomó ya Francia a su rey?

EL PAPA PIO: El mundo puede vivir sin un rey pero no sin un Papa.

COÛFONTAINE: ¿Puede irse más allá del derecho? ¿El derecho consiste para el hombre en lo que posee o en lo que no posee?

EL PAPA PIO: Nada tiene el hombre si no lo tiene de Dios.

COÛFONTAINE: ¡Qué sagrado es entonces su haber! Ser y tener son los dos primeros verbos y sobre ellos se levantan todos los demás. Lo que se tiene se llama el bien. Nada tiene el hombre si no lo tiene de Dios y no dispone enteramente de ese bien según el modo del donante. Dios no ha hecho nada sin un nombre para que lo termine y conserve, de manera que para Él no es ser no ser de Él. Y cuando alguien no sabe conservar su bien, quiero que otro se lo tome. Como ocupó Luis el sitio de Carlos y de Clodoveo; y esto no me ofende. EL PAPA PIO: Y como vino este hombre nuevo a sentarse en el lugar vacante.

COÛFONTAINE: ¡Sentado, no! ¡Preocupado y de pie! No os vengo a pedir castigo contra un hombre, Santo Padre, pero sí contra todo este nuevo derecho, ya que el derecho para el hombre es lo que tiene o lo que no tiene. Escuchasteis esta doctrina con horror: cada cual tiene el mismo derecho, semejante, por naturaleza propia. De modo que el de los demás es un perjuicio que se le hace. Así nada queda por dar, y he aquí que ya no hay nada gratuito entre los hombres. ¿Dios aprueba este modo de ser?

EL PAPA PIO: ¿Os echáis sobre este pobre anciano como un águila, para interrogarlo?

COÛFONTAINE: Contentad quien tiene autoridad, porque duele cumplir el deber en la noche. EL PAPA PIO: El deber es de esas cosas cercanas sobre las cuales no hay duda.

COÛFONTAINE: ¿Habrá algo más cerca de mí, en la noche, que mis propios pensamientos? Un hombre perseguido que piensa solo todo una noche, tirado en una zanja. Toda una noche pensando bajo la lluvia.

EL PAPA PIO: Debe rezarse el rosario cuando no se duerme, y no agregar la noche al día, que ya tiene bastante con su propia malicia.

COÛFONTAINE: Tengo un rosario en mi corazón para rezar cuando no duermo, cuenta a cuenta... Las cabezas cortadas de mi padre y de mi madre, y las de todos los míos... Sólo sobrevivimos Sygne y yo.

EL PAPA PIO: ¿Qué noche es ésa, pues, que tiene para vos tantas luces brillantes? COÛFONTAINE: Nos señalan el término y no el camino.

EL PAPA PIO: No os apenéis por muchas cosas cuando os basta con una. Considerad las hermosas lises del cielo, que no trabajan ni hilan.

COÛFONTAINE: Las de la tierra están marchitas para siempre. EL PAPA PIO: La tierra sabe quién conserva la cebolleta.

COÛFONTAINE: Pero mientras viva tengo que trabajar e hilar mi hilo; y pierdo mi tierra si pierdo el mundo al cual pertenezco, que me había transmitido la misión de los míos: servir mandando. Miro a mi alrededor, y ya no existe sociedad entre los hombres, sino únicamente la “ley”, como dicen, y el texto impreso a máquina y la voluntad unánime como ídolo estúpido. Ya no hay cariño allí donde existe el derecho. La ley de Dios era dura y de ella nos salvó Jesucristo. ¿Cuál será la ley de los hombres? ¿Qué sociedad aquélla en la que cada cual cree depender solamente de su libertad, y en la que la fuerza no puede reemplazar al sacrificio? Como veis que sucede con ese hombre, que apenas loma algo se ve obligado a tomar todo lo demás y a conquistar el mundo a cada instante para asegurar uno solo de sus pasos.

EL PAPA PIO: No tenemos aquí una habitación perenne.

COÛFONTAINE: ¿Pero acaso no tenemos el deber de buscar y conservar lo mejor de todo? ¿No está escrito que todo poder emana de Dios? Por lo tanto, no emana de los hombres. No lo comparo a una espada, sino a un bálsamo. Nuestros reyes se consagraban como obispos de Francia, consagrados en la frente con los óleos de los obispos, mientras comulgaban bajo las dos especies, ungidos sobre los hombros y el repliegue del brazo, ordenados para el mando, que es fuerza dentro de suavidad. ¿Ya no tiene confirmación en esto la ampolla sagrada? EL PAPA PIO: Lo sabréis vos, que visteis morir a ese santo rey.

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EL PAPA PIO: Pero un santo vale más ante los ojos de Dios que muchos reyes y reinados. COÛFONTAINE: ¿No hay en el Pater una oración que dice que el reino llega cada día? EL PAPA PÍO: Pues no ha llegado.

COÛFONTAINE: ¿Todas las cosas no llegan a nosotros como figuras? EL PAPA PIO: Las figuras de este mundo pasan.

COÛFONTAINE: ¿Pero pasará la figura de Dios? EL PAPA PIO: No, mientras subsista la cruz.

COÛFONTAINE: ¡Padre, padre! Han terminado ya los tiempos de la fe, de la fe en Dios, de la fe en el rey, imagen de Dios, de la fe del vasallo. Ahora vuelven los tiempos de la servidumbre de hombre a hombre por la fuerza y la ley, como en los tiempos de Tiberio; y a esto le llaman libertad.

EL PAPA PIO: La imagen de Dios que se ha retirado hacia Dios y que de Dios se retira no es sino un simulacro pagano.

COÛFONTAINE: Sin embargo, un rey es un hombre; pero el ídolo puro es la idea, el tirano solidificado eternamente, la cosa hecha no nacida. ¡Estas gentes de leyes que creen que todo se arregla con contratos!

EL PAPA PIO: (A media voz). Volviendo al antiguo quirógrafo, que estuvo pegado a la cruz. COÛFONTAINE: ¿Qué decís? No os entiendo.

EL PAPA PIO: Y Nosotros apenas os vemos. Esta biblioteca está oscura. Somos ancianos, hijo mío, y Nuestra vista es débil. Vos, para vos, sois joven y libre, puesto que no tenéis mujer ni hijos. Estáis acostumbrado a los horizontes libres, y el pie os lleva con osadía hacia donde ven vuestros ojos. Pero Nosotros, sacerdote supremo, que llevamos a todos los pueblos sobre Nuestro corazón, día y noche, como las piedras del antiguo pectoral, no podemos dar el paso más rápido; no nos guía la luz del espíritu sino la de la conciencia, cuyo fuego es débil y su lumbre paciente, que no nos muestra lo que nos conviene sino lo necesario, y no el futuro sino lo inmediato.

COÛFONTAINE: Venid conmigo. Vaciad al mundo de Vuestra presencia. Devolved a César, por un tiempo, este mundo cobarde que acepta el rincón de César.

EL PAPA PIO: No puedo excomulgarme del universo. COÛFONTAINE: Desligadnos de nuestro cautiverio. EL PAPA PIO: No puedo sino absolver.

COÛFONTAINE: ¿No habéis recibido todo poder para ligar y desligar?

EL PAPA PIO: Pedro mismo no pudo desligarse y fue llamado eminentemente “El Ligado”. COÛFONTAINE: ¿Se halla en Vos esa luz que dice “No”?

EL PAPA PIO: Estoy donde está Pedro. El Papa no debe vagar. COÛFONTAINE: Pero en Roma volveréis a encontrar la mano fuerte. EL PAPA PIO: La fuerza sólo me absuelve de la necesidad.

COÛFONTAINE: ¿Tendré que emplearla yo primero?

EL PAPA PIO: Está escrito: “Honrarás a tu padre y a tu madre”.

COÛFONTAINE: ¿O me retraeré? (El Papa calla. Ruido de lluvia. El sueña). El agua cae, y borra con la misma paciencia el año que lo trajo a su punto, y prepara la tierra como una sepultura para el amortajamiento inmenso de las semillas. Y para nosotros, por más que hagamos, cuanto debe ser se acomoda. (En voz alta). Santo Padre, comprended que se trata ante todo de vuestra causa. Para nosotros, lo que acabo de hacer es suficiente. Ha quedado de manifiesto la violencia que se os ha hecho y nuestra propia buena voluntad. Que ahora estéis salvado o nuevamente cautivo representa ventaja para ambas partes. (El Papa calla, como si no entendiera). ¿Me escucháis?

EL PAPA PIO: ¿No decíais que nos dejaríais aquí durante unos pocos días? COÛFONTAINE: No sé cuántos; debo pensar y ver.

EL PAPA PIO: Dejad que Dios nos aconseje.

COÛFONTAINE: ¿Vuestra Santidad se siente tan cansado?

EL PAPA PIO: ¡Cansancio del cuerpo y mayor aún, del alma! Dejadnos estos cuantos días de reposo, hijo mío. Es duro para un pobre monje preferir su propia voluntad. Non incam Domine. No la mía, Señor, no la mía, sino la Vuestra. (Habla con lentitud, como distraído y absorto). Ut quid persequimini me sicut Deus vos saltem amici mei? ¿Por qué me perseguís, obispos hermanos míos? Cardenales, consejeros del Vicario de Dios, ¿os he abierto la boca

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para esto? ¿Veis que no está en Nuestro poder obrar de otra manera? (Un silencio. El Papa inclina poco a poco la cabeza sobre el pedio y se duerme).

COÛFONTAINE: (Mirando hacia el crucifijo). Señor Dios, si existís por ventura, como lo asegura mi hermana Sygne, Os traigo a este inocente que se duerme en Vuestros brazos. No es posible permanecer escondido; Os obligué a que os mostrarais. El Corso ya no tiene a este rehén entre sus manos. He restablecido la igualdad en los platillos de la balanza. Decidid, pues, en Vuestra libertad. Puesto en claro, todo está bien. Todo será un espectáculo para los hombres y para los ángeles. Yo he tomado mis seguridades, hagáis lo que hagáis. Cuando no aceptan mi mano, la retiro. Si el anciano se escapa, fui yo quien lo salvé. Y si el ogro vuelve a apoderarse de El, el escándalo será público entonces. ¡Pues que se sujete esta piedra al cuello! (Sale).

Telón.

ACTO SEGUNDO

ESCENA I

El mismo decorado, la tarde del mismo día. El sol entra alegremente en la pieza.

Sygne y Turelure. Este es un hombre alto, ligeramente cojo; la nariz, estrecha y muy ganchuda, nace directamente en la frente, un poco a la manera de los carneros.

Sobre una mesita han servido el café.

EL BARON DE TURELURE: Este buen café no ha crecido sobre una encina, y este pícaro azúcar es demasiado blanco para no haber venido del país de los negros.

SYGNE: Disculpadme. Me habéis tomado de sorpresa. No tuve tiempo de conseguir melaza y achicoria.

EL BARON DE TURELURE: (Bebiendo su café). ¡Estáis disculpada!

(Pensativo, pone a calentar una copita de aguardiente en el hueco de una mano ancha. De tiempo en tiempo huele el aguardiente y no lo bebe. Beberá un solo sorbo de café). Feliz término de una comida exquisita. ¿Cómo me habláis de una recepción improvisada? ¡Caramba! ¡Es lo diario en este país perdido! Mi madre dejo discípulos honorables para vuestras hormillas. ¡Pobre mujer! Hacía mucho tiempo que no probaba su cocina.

SYGNE: ¡Querida Susana!

EL BARON DE TURELURE; ¿Me disculparéis por no enternecerme? La santa mujer había volcado sobre mi todo el odio que sentía por su marido. Yo soy general, prefecto y barón, pero nada de esto la encandilaba gran cosa. Tenía que terminar mal este matrimonio entre la hija de un guardia de caza y un cazador furtivo apenas hubiera pasado el primer fuego. Llegado el momento, cada uno de nosotros tomó por su lado. Y aquí estoy, manteniendo al mismo tiempo el amor al orden y el instinto de precaución. (Aspira ligeramente el aire). Con el olfato del perro de caza que reconoce su caza mayor.

SYGNE: Señor prefecto, ¿venís a mi casa en misión de policía?

EL BARON DE TURELURE: ¡Qué horror! ¿Acaso se oye algo molesto en Coûfontaine? Todo está quieto en nuestros bosques, como en la época de los monjes. No hay ninguna diligencia volcada ni historia alguna de refractarios que contar. Pareciera que vuestra presencia fuera

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una protección para el país. (Guiña un ojo). Esta gira es Un pretexto, evidentemente. No es posible ocultaros nada. Pero lo que tengo que deciros es atrozmente quisquilloso. Dadme tiempo. ¿Cómo decirlo? Vengo a pediros algo como un consejo, vuelvo a ver siempre con los mismos sentimientos estos lugares de mi niñez.

SYGNE: ¡Señor prefecto! Ya no os reconozco como monje, con las manos en las mangas y la cabeza dentro de la capucha.

EL BARON DE TURELURE: Es un traje cómodo. Aun me veo recitando maitines una noche, con un gran demonio de liebre que acaba de caer en la trampa y estaba todo caliente bajo mi escapulario. Así cambiaba el ayuno claustral. ¡Cuántas cacerías hermosas hice de noche por estos bosques, al acecho, fusil al hombro! No me engañarán. Conozco todos los pasos. Sí, el maestro de novicios era viejo, y yo tenía una voz de clarín y mucha gracia en el facistol. Sin embargo, más de una vez, aquí mismo, confesé mis culpas a los pies del señor abate.

SYGNE: Susana nunca me habló de vos.

EL BARON DE TURELURE: A ella se le ocurrió que yo fuese monje. No sé qué cosa tenía yo que hacerme perdonar. Mi padre la asustaba con sus modales de viejo lobo blanco, de “animal falso”, como dice la gente, y su manera de curar los pies recalcados, trazando sobre ellos una cruz con el pulgar del pie izquierdo. El señor Badilon debe acordarse de él. En aquel tiempo, los curas no decían misa sin pasar antes la mano sobre el mantel para asegurarse de que nadie había puesto debajo un libro mágico cualquiera. Hace un rato lo encontré y me alegré mucho. Es un buen compañero, y cuando llega el caso una buena botella no lo asusta. Sé que lo veis a menudo aunque la curia queda lejos de aquí. No ha cambiado nada. Lo habéis hecho arreglar todo otra vez como antes, hasta los libros viejos. Sólo este Cristo es feo. Habéis hecho una buena adquisición al precio que me dijeron. ¡Jeje! Los bienes nacionales son buenos.

SYGNE: (Con intención). Os lo debo.

EL BARON DE TURELURE: Entiendo lo que queréis decir. Y sé cuánto se dijo de mí, pero es falso. Basta con lo que es cierto. ¡Los luce matar por amor a la patria y con el entusiasmo más puro de mi corazón! Entonces era joven e inocente, y me sostenían dos piernas fuertes. Hay que comprender para juzgar. ¡Ah, yo tenía sangre en las venas! No un pálido jugo de zapallos, sino aguardiente hirviendo, tal cual sale del alambique, y pólvora de cañón ¡Estaba lleno de ira, lleno de ideas, y tenía el corazón seco como una yesca! Y el fusil vizcaíno que me rompió la pierna me hizo comprender muchas cosas. ¡Esos buenos monjes! A fe que no les guardo rencor. Ahora, gracias a mí, entran en la gloria y en el almanaque. Más o menos como San Eloy y San Stapino, que cura el dolor de barriga, y cuyas estampas pueden verse en lo del herrero o el zapatero, iluminadas de pronto por la llama que salta del fuelle o por el fuego de una pipa que se prende con un poco de leña. Vale más que preparar tontamente la salvación comiendo espinacas aderezadas con aceite de nuez (¡qué asco!). Y aun veo a nuestro preceptor cuando subía el facistol. Tenía el cetro en el puño, chorreando oro, como el dios Apolo, y caminaba con su misma majestad. Y yo tendré mi lugar en la leyenda, como el prefecto Olibrius. Así es. Ahora descansan todos a lo largo del muro, entre los zapallos y los alcauciles de Jerusalén.

SYGNE: Me causáis horror.

EL BARON DE TURELURE: Ya lo sé. Nuestra amistad se basa sobre dicho sentimiento. SYGNE: No hay tal amistad.

EL BARON DE TURELURE: Pero sí un interés recíproco. SYGNE: Vos Sois la imagen de lo que odio.

EL BARON DE TURELURE: ¡Una imagen patética y herida! SYGNE: Podéis ocultarme al menos vuestra alma.

EL BARON DE TURELURE: ¿Cómo la curaríais, entonces?

SYGNE: El hueso está roto, y mis hierbas medicinales no serán capaces de reunir sus fragmentos. EL BARON DE TURELURE: Vuestro deber es tratarme bien, sin embargo.

SYGNE: ¿Mi deber hacia vos?

EL BARON DE TURELURE: ¿Qué es una generación? ¿No nací siervo vuestro, e hijo de vuestra sirvienta? ¿Cuánto tiempo hace que mi sangre sirve a la vuestra? ¿Y vos no haríais nada por mí?

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ELBARON DETURELURE: Soy el prefecto y cumplo con mi deber de prefecto. Pero también soy de esos malos lisiados que nada quieren entender.

SYGNE: Es justo que seáis desdichado y lisiado.

EL BARON DE TURELURE: Ya no es justo desde que estáis aquí. SYGNE: ¿Cuál es mi deber con vos?

EL BARON DE TURELURE: El de toda vuestra raza para con la mía. SYGNE: ¿Fuimos nosotros quienes deshicimos el lazo?

EL BARON DE TURELURE: Fuisteis vos, fuimos nosotros. Os servíamos y no servíais ya para nada.

SYGNE: ¿Y qué tenéis que pedirme, pues?

ELBARON DETURELURE: Soy el hijo de vuestra madre Susana. ¡No seáis tan dura conmigo! Vuelvo a mi lote de tierra como un tejón, con la pierna rota y demás “animales falsos”. Hay otras relaciones entre los hombres, fuera de procurar cada cual conseguir lo mejor y pagar sus impuestos. Ya que las cosas de la naturaleza se prestan ayuda, y ciertas plantas tienen determinada virtud medicinal para ciertos seres, ¿por qué no guardarán los hombres un orden natural entre sí? ¿No es una de vuestras ideas? Veis que sé escuchar.

SYGNE: Un poco más y sois realista.

EL BARON DE TURELURE: ¡Ea! Pienso en muchas cosas. El emperador se juega su suerte. Todo aquello no es sano ni razonable. El Imperio que creó es un botín sin forma, medida ni sentido. ¡Y ahora está en Rusia! Y decreta sobre la Comedia Francesa desde lo alto de la Montaña de los Gorriones. ¿Sabéis que el Papa se ha fugado?

SYGNE: ¿Qué queréis que sepa aquí, en estos bosques?

EL BARON DE TURELURE: Ha sido raptado. Es un asunto claro. Robado como un beso, como una niña por un dragón. Es un golpe impúdico. Ha actuado cierta mano que reconozco. ¡Qué me importa! La gente de París está enloquecida. ¡Que se arreglen! El anciano no pudo refugiarse en mi casa, no.

SYGNE: ¡Pueda el Santo Padre escapar a sus enemigos!

EL BARON DE TURELURE: ¡Amén! Pero di algunas ordenes menores, por las dudas. SYGNE: No caerá en vuestras manos.

EL BARON DE TURELURE: Tanto peor para él. SYGNE: ¿Os gusta hacer de policía?

EL BARON DE TURELURE: No, pero debe hacerse lo que se hace.

SYGNE: Os creéis fuerte y fino, porque tomáis el viento y la corriente. Pero sólo tiene solidez lo que descansa sobre lo permanente.

EL BARON DE TURELURE: ¿Y qué hay de más permanente que el cambio? SYGNE: En el cambio fundamos nuestra esperanza.

EL BARON DE TURELURE: Lo que ha muerto... SYGNE: ...crea la vida.

EL BARON DE TURELURE: Pero la vida no volverá a la vida. SYGNE: No muere el deber que tienen los hombres entre sí.

EL BARON DE TURELURE: ¿No es lo que llamamos “fraternidad”? SYGNE: Un pueblo sólo puede ser uno en un solo hombre.

EL BARON DE TURELURE: El hijo mayor de edad deja de estar sometido al padre. SYGNE: Pero la esposa siempre queda sometida al esposo.

EL BARON DETURELURE:, Ya no reconocemos votos eternos. SYGNE: ¡Triste libertad que se ve privada de su derecho real! EL BARON DE TURELURE: ¿A qué llamáis real?

SYGNE: Al derecho de hacer un rey, renunciando a sí mismo.

EL BARON DE TURELURE: ¿Qué valor dais a todos nuestros plebiscitos? SYGNE: Me horroriza ese sí falso.

EL BARON DE TURELURE: ¿Los muertos sujetarán eternamente a los vivos? SYGNE: No se nace sino obligado por alguna forma segura.

EL BARON DE TURELURE: Pensamos que el hombre con vida es dueño de sí mismo, y con poder permanente sobre su propia persona.

SYGNE: El hombre sin fe no es capaz de nada eterno.

(18)

SYGNE: Ese juramento aún tiene vigencia, ya que lo hemos prestado ante el Obispo de Francia. EL BARON DE TURELURE: No lo reconocemos.

SYGNE: Quién no es esposo, será esclavo; quién no quiere consentir, será obligado; quién no es miembro de la Iglesia, será siervo de la ley.

EL BARON DE TURELURE: La ley es la razón escrita. SYGNE: La razón de quienes la han escrito.

EL BARON DE TURELURE: Hemos proclamado el derecho del hombre a comprender. SYGNE: ¿Quién lo comprenderá a él mismo?

EL BARON DE TURELURE: ¿Qué queréis decir? SYGNE: ¿Quién unirá a los hombres?

EL BARON DE TURELURE: El interés.

SYGNE: Los propósitos de la naturaleza son más amplios.

EL BARON DE TURELURE: ¡Otra vez la naturaleza! ¡También la tormenta de anoche es la naturaleza! ¡La cosa marchita que no puede vivir ya no es necesaria! La casualidad no es la naturaleza.

SYGNE: Aun lo es menos vuestra razón.

EL BARON DE TURELURE: Un hombre no es una planta. ¡Son comparaciones insulsas! La razón es nuestra propia naturaleza, que es una orden superior. ¡Comprendedme un poco! ¡Comprended al menos antes de despreciar! ¡Dejad que diga lo que tengo que decir!

SYGNE: Decid.

EL BARON DE TURELURE: Estoy seguro de interesaros. ¡Bien sé que no os haré cambiar de idea, pero comprendedme al menos antes de juzgarme! ¿Quién sabe si no estoy dispuesto a convertirme? Agotemos el punto; además, será mejor lema de conversación que todos estos chismes de burros y perros. El perro de vuestro primo, según parece. Un burro con una anciana montada o un sacerdote. Aquello no tiene sentido común, todo el mundo sabe que Jorge está en Inglaterra. ¡Tanto mejor para él! ¿La revolución se hizo contra el rey, contra Dios, contra los nobles y los monjes y los parlamentos y todos esos cuerpos raros? Oídnos ¡Esta es una revolución contra la casualidad! Cuando un hombre quiere restablecer su fortuna arruinada, no se estorba supersticiosamente con el uso y la tradición, ni sigue haciendo lo mismo que hacía; se preocupa de cosas más antiguas, como el sol y la tierra y (19) se fía a su propia razón. ¿Cuál es el error de haber querido establecer el orden y la lógica en la república, en esta vivienda tan abarrotada? Hicimos un balance general, un estado de todas las necesidades orgánicas, una declaración de los derechos de los miembros de la comunidad. ¿Este capital no es evidente para todos?

SYGNE: Todo quedará reducido, pues, al interés.

EL BARON DE TURELURE: El interés es lo que acerca a los hombres. SYGNE: Pero no lo que los une.

EL BARON DE TURELURE: ¿Y qué los unirá? SYGNE: Sólo el amor, que los ha creado.

EL BARON DE TURELURE: ¡Gran amor el que sentían por nosotros los reyes y los nobles! SYGNE: El árbol muerto puede servir todavía para una buena armazón.

EL BARON DE TURELURE: ¡No es posible dominaros! Habláis como Pallas misma, en los días del ave sabihonda que la toca. Y soy yo quien hace mal en hablar de razón. No se hablaba solamente de razón en el hermoso sol de aquel verano hermoso del año uno... Eran tan bellas las ciruelas “reina Claudia” ese año... Bastaba con recogerlas. Y hacía un calor... ¡Señor! ¡Éramos tan jóvenes entonces, y el mundo no alcanzaba para nosotros! ¡Íbamos a derribar todo lo viejo y a construir algo mucho más hermoso! Pensábamos abrir todo, dormir todos juntos y pasear sin reglamento y sin calzas en medio de un universo regenerado, ¡Íbamos a ponernos en marcha por una tierra libre de dioses y tiranos! ¡Tienen la culpa también todos estos vejestorios que no eran bastante fuertes, y era demasiada tentación poder sacudirlos un poco para ver qué pasaba! ¿Es nuestra culpa si todo nos cae sobre la espalda? Por mi parte, no siento nada. ¡Como ese gordo de Luis XVI! No tenía la cabeza bien sujeta. ¡Quantun potes, tantum aude! Es la divisa de los franceses. ¡Y mientras haya franceses, no les quitareis el viejo entusiasmo, el viejo espíritu de aventura e invención!

(19)

EL BARON DE TURELURE: ¡Por cierto! Y me entona para deciros en seguida lo que vine a deciros.

SYGNE: No me interesa escucharos.

EL BARON DE TURELURE: Sin embargo, lo escuchareis. Señorita Sygne de Coûfontaine, os amo y tengo el honor de pediros vuestra mano.

SYGNE: Me honráis, señor prefecto.

EL BARON DE TURELURE: ¡Qué diablos! ¡No hay por qué palidecer así, como si os hubiera pegado en el rostro!

SYGNE: Podéis decirme todo. No tengo defensor, y debo escuchar.

EL BARON DE TURELURE: Soy yo quien está en vuestro poder. ¿Qué podéis temer de es te pobre lisiado?

SYGNE. No temo a nadie en el mundo.

EL BARON DE TURELURE: Ya lo sé. ¡Sois tan atrayente con esos ojos que brillan y la boca apretada, que sonríe como si os armarais en silencio! Ah, ya sé que no conseguiré nada de vos y que todo está guardado. Sois la frialdad misma, la razón misma, y eso justamente es lo que enardece mi sangre, lo que me atrae y desespera. ¡Ese rostro perfecto y ese corazón compuesto: el ángel ovalado! Estáis segura y os sentís triunfal; todo está en un lugar y no puede hallarse en otro; todo está listo y determinado. ¿No habrá un defecto en este corazón político? No sois quien para salvarlo. ¡Os inclinaríais sobre el condenado a muerte y lo tomaríais en vuestros brazos! ¡Mi cuerpo está destrozado, mi alma en tinieblas, y dirijo hacia vos mi rostro lleno de crímenes y desesperación!

SYGNE: ¿Cómo os atrevéis a hablarme de ese modo?

EL BARON DE TURELURE: Me atreví a cosas mayores. Si solo se atreviera uno a ser razonable, aun se hallaría el rey sobre su trono. ¡Aquí estoy como el pueblo de París, cuando se volcaba con furor contra las rejas de Versalles llamando al rey y a la reina!

SYGNE: ¿No os basta la sangre de ellos y la nuestra?

EL BARON DE TURELURE: ¡Quiero doblegar vuestra alma! ¡Quiero tener todavía un ejército penetrante, quiero ver en nuestros ojos hermosos y severos el pánico de un ejército que cede! SYGNE: No veréis nada de eso.

EL BARON DE TURELURE: ¡No lo sé! Esto tiene que terminar. Hace diez años que vivimos frente a frente, y debo confesar que habéis hecho el mejor papel. Leéis en mis ojos y jamás he encontrado vuestra mirada en error. Conseguís todo de mí y yo nada de vos. ¡Ah! ¡La antigua esclavitud de mi madre continúa! Tenía que hablaros. No os hagáis la asombrada. SYGNE: Es cierto, señor barón. Siempre he encontrado en vos un hombre benevolente y cortés. EL BARON DE TURELURE: Hice lo que pude.

SYGNE: Vuestros consejos me fueron preciosos, vuestro patrocinio inestimable. Me reprocho haber abusado de vos.

EL BARON DE TURELURE: El provecho fue mutuo.

SYGNE: ¿Por qué destruir lo que es posible entre ambos? Dejemos las cosas como están. ¿Acaso está en mi poder ser vuestra?

EL BARON DE TURELURE: ¿Acaso está en mi poder no desearlo? SYGNE: Sólo debe desearse lo razonable.

EL BARON DE TURELURE: Lo razonable es arreglarse con los hechos en la medida de lo posible. Y el hecho es que os amo y nada puedo hacer por evitarlo. La naturaleza es más sabia que vos y que yo. Y si os amo, es porque a pesar de todo hay algo en vos capaz de ser amado por mí. Iré hacia vos, pues, directamente. Cuando hablan tan poderosamente los instintos, sólo queda a un hombre tomar el mando y ponerse a la cabeza.

SYGNE: ¿Pero qué razones tenéis para hablarme hoy así? EL BARON DE TURELURE: Fuertes.

SYGNE: Dadme tiempo para pensarlo.

EL BARON DE TURELURE: Lo siento, pero no es posible. Tenéis que contestarme de inmediato. No procuréis ser más lista que yo.

SYGNE: Sabéis que deciros que no os amo es poco.

EL BARON DE TURELURE: Señorita, es demasiado difícil saber qué os agrada. Cuando derribábamos a los Kaiserliks con la bayoneta, tampoco les agradaba.

Referencias

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