Phillips, Christopher - Sócrates Enamorado

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Christopher Phillips

Sócrates

enamorado

Filosofía para un corazón apasionado

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C h r i s t o p h e r Ph il l ip s

SÓCRATES E N A M O R A D O

C h ris to p h e r P h illip s a c u d e al c o ra z ó n d e la filo s o fía y de l d is c u rs o s o c rá tic o p a ra d e s c u b rir lo q u e to d o s b u s c a m o s : el tip o d e a m o r q u e h ace q u e la v id a m e re z c a la pena. En esta obra, no se d e fin e el a m o r só lo c o m o eros, sino en to d a s sus v a ria n te s clá sica s: d e s d e s to rg é , a m o r fa m ilia r y xenía, a m o r d e l d e s c o n o c id o , hasta philía, a m o r c o m u n a l y b a sa d o en la a m is ta d o a gápe, a m o r a b n e g a d o y s a c rific a d o . A m o r al p ró jim o , a la p a tria , a D ios, a la v id a y a la s a b id u ría ... P h illip s los a c la ra y les da v id a en sus d iá lo g o s s o c rá tic o s c o n g e n te d e to d a clase y c o n d ic ió n .

Las in d a g a c io n e s d e l a u to r nos lle v a n d e s d e el c a rn a v a l d e Nueva O rle a n s y los casinos de Las V egas hasta el ú ltim o renacer evangélico. Phillips habla co n p adres y m adres acerca d e l « a m o r d e p a d re s » , c o n los in te rn o s d e una c á rc e l de m á x im a s e g u rid a d s o b re el « a m o r in c o n d ic io n a l» , co n unos re fu g ia d o s d e l h u ra c á n K a trin a y la fa m ilia q u e los a c o g ió , y c o n n iñ o s y a n c ia n o s ja p o n e s e s en el P a rq u e d e la Paz de H iro sh im a .

A lo la rg o d e to d o el lib ro , P h illip s e n riq u e c e los d iá lo g o s c o n c o m e n ta rio s so b re los g ra n d e s filó s o fo s del a m o r d e sd e la A n tig ü e d a d .

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Es el fu n d a d o r y d ire c to r de la Sociedad para la Investigación Filosófica (www.philosopher.org). Vive entre Virginia (Estados Unidos) y México, y ha publica d o Sócrates Café: un soplo fresco de filosofía y Seis preguntas de Sócrates (Taurus, 2 00 5).

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S

ó c r a t e s

e n a m o r a d o

F

il o s o f í a

pa r a

UN CORAZÓN APASIONADO

Traducción de Miguel Martínez-Lage

TAURUS

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© C h risto p h er Phillips, 2007

© De la traducción: M iguel M artinez-Lage © De esta edición:

Santillana Ediciones G enerales, S. L., 2007 T orrelaguna, 60. 28043 M adrid

T eléfono 91 744 90 60 Telefax 91 744 92 24 m w .tau ru s.san tillan a.es

Diseño de cubierta: C arrió /S á n ch e z /L ac a sta

ISBN: 978-84-306-0646-7 Dep. Legal: M-29759-2007

P rin ted in Spain - Im preso en E spaña

Q u e d a pro h ib id a, salvo excepción prevista e n la ley, cu alq u ier form a de re p ro d u c c ió n , distribución,

co m u n icació n p ú b lica y transform ación de esta o b ra sin co n ta r con la autorización de los titulares de la p ro p ie d a d intelectual. La in fracción de los d erech o s m en cionados p u e d e ser constitutiva d e delito

c o n tra la p ro p ie d a d in telectu al (arts. 270 y sgts. d el C ódigo Penal).

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la mia principessa y para Caliope Alexis, la mia piccola principessa

Y para Margaret A n n Phillips

Alexander Phillips Michael Phillips, mi madre, mi padre y mi hermano

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In t r o d u c c i ó n... 11 Pr im e r ap a r t e. Eros ... 21 S e g u n d a p a r t e . St o r g é... 8 9 T e r c e r a p a r t e . Xenía ... 1 5 7 C u a r t a p a r t e . Ph e j a... 1 9 7 Q u i n t a p a r t e . Ag á p e... 2 5 1 Se x t ap a r t e. Am o r So c r á t ic o ... 3 2 5 Ag r a d e c i m i e n t o s... 347 Le c t u r a sr e c o m e n d a d a s ... 3 5 1

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¿ Dó n d e e s t áe la m o r?

«Vergüenza m e da reco n o cer que n o sólo las conozco bien a las dos, sino que son dos de mis parejas de baile preferidas», me dice A lexandras, de o ch en ta y u n años de edad. Las dos personas a las que se refiere son dos m ujeres de ed ad avanzada, que se h an en ­ zarzado en u n a acalorada discusión. U na tom a parte en u n a m ani­ festación a favor del d erech o al aborto libre y gratuito, convocada después de que el presidente G eorge W. Bush hiciera su prim era designación al Tribunal Suprem o de Estados Unidos; la otra form a parte de la contram anifestación de turno. Al final, la m anifestante proabortista dice a su adversaria, en térm inos que no adm iten lugar a dudas, que es en el fondo un saco de ya se sabe qué. Por toda ré­ plica, su adversaria, m anifestante antiabortista, le dedica un gesto que en el m und o entero se entiende com o lo m enos parecido a un cumplido.

A lexandras m en ea la cabeza y suspira. «Hoy en día existe un m uro invisible que separa a las personas. La escena m e recuerda aquella canción de Sim on y G arfunkel que decía... “La gente oye sin escuchar”. —Y añade— : Lo que ya no tiene tanta gracia es que en u n a cita que tuve con u n a de esas dos señoras, la otra noche, se estuvo quejando de que los jóvenes de hoy en d ía ya no p o n en en práctica los valores q u é nosotros, los viejos, tenem os en más alta es­ tima. Viéndolas, hay que d ar gracias al cielo de que no sea así».

A lexandras contem pla la estatua de bronce de Sócrates, u n a de las contadas representaciones de cuerpo en tero que se conservan

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del filósofo del siglo v a.C., y le dice a la estatua, o en todo caso dice sin dirigirse a nadie en particular: «¿Dónde está el amor?».

Estamos sentados en un banco en el parq u e de A thens Square, cerca de Astoria, en la zona noroeste del barrio neoyorquino de Q ueens. A pesar del calor sofocante de esta tarde de verano, nadie parece haberse abstenido de salir a reunirse con los demás en el p ar­ que, para disfrutar de la libertad dem ocrática que supone el d ere­ cho de re u n ió n y de expresión, o p ara estar u n rato solo, o p ara disfrutar de u n espacio am plio y propicio p ara las excursiones fa­ miliares y otras agradables reuniones sociales. La p rim era vez que fui a Astoria, cuando era niño, fue para visitar a unos familiares. El griego era entonces la lengua p red o m in an te en el barrio, más in­ cluso que el inglés, y el barrio sigue siendo residencia de más ciuda­ danos de origen griego que n in g u n a otra com unidad de Estados Unidos. A hora, en cambio, tam bién se oyen h ab lar otras 150 len ­ guas en este distrito com puesto p o r cincuenta y ocho barrios en total, que es u n a de las zonas con mayor diversidad cultural de Es­ tados Unidos.

A lexandras fija la atención en u n a m ujer que rep arte algo de com er en tre los sin techo, m uchos de los cuales la saludan con abrazos cariñosos. «Ah, el lenguaje del amor», com enta.

Es u n lenguaje en el que él mismo tiene notable fluidez, au n cuando tam bién h a tenido su ración de tragedia y desconsuelo. Hijo único, A lexandras llegó a Estados Unidos p ro ced en te de Gre­ cia cuando era u n adolescente, poco más que un chiquillo, en los años cuarenta. Lo enviaron aquí sus padres cuando se libraba en Grecia la guerra civil, u n conflicto encarnizado que enfrentó a los com unistas con la población griega. H abitualm ente, los niños y adolescentes, sobre todo de las regiones m ontañosas del n o rte de Grecia, eran secuestrados y enviados p o r los insurgentes com unis­ tas a los cam pam entos situados en países del otro lado del telón de acero, o bien reclutados a la fuerza para que prestaran servicio en su ejército. Los padres de A lexandras se gastaron todos sus ahorros p ara que él fuese sacado clandestinam ente de Grecia y pu d iera em ­ p re n d e r u n a nueva vida en u n país de prom esas ilimitadas.

Tras o b ten er la ciudadanía estadounidense, A lexandras m intió al decir la edad que ten ía y se alistó enseguida com o voluntario en el ejército. Com batió en el conflicto de Corea. N unca h a hablado

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m ucho, y m enos aún ha hech o alarde de los actos de valentía que llevó a cabo bajo el fuego enem igo, así com o tam poco se ha queja­ do de las heridas que sufrió en la guerra. A finales de los años cin­ cu en ta se instaló en W ashington, D.C. Em pezó siendo pinche de cocina, luego fue cocinero y llegó a ser d u eñ o de un bu en restau­ rante. Este negocio, que ten ía sin asegurar, se incendió d urante los disturbios que se p ro d u jero n tras el asesinato de M artin L u th er King en 1968. «Si los reveses y los contratiem pos no acaban conti­ go —le gusta decir— , te h arán más fuerte».

A lexandros llegó a la zona de Tidewater, estado de Virginia, y allí com enzó u n a nueva vida. Con el tiem po llegó a ser propietario de u n restaurante económ ico, que yo frecu en té bastante d u ran te mis tiem pos de estudiante universitario en el College de William an d Mary, en la cercana localidad de Williamsburg. Si A lexandros dorm ía alguna vez, yo al m enos no llegué a enterarm e. Muchas n o ­ ches, tras la h o ra de cierre, venía al colegio m ayor en el que yo resi­ día y m e despertaba p ara llevarme a su club n o ctu rn o preferido, d o n d e p o d ría «aprender a bailar com o u n griego de verdad». No se llegó a casar nunca. H abía dejado en su tierra al am or de su vida cuando vino a Estados Unidos. «No creo yo en esa idiotez de que sea posible en co n trar a m uchas com pañeras del alm a — me dijo A lexandros la n o che en que cum plió cincuenta y cinco años, des­

pués de haberse tom ado unas cuantas copas de más, cosa nada co­ rrien te en él— . Si u n o tiene la suerte de recibir la gracia de Dios, en cu en tra a su verdadero am or u n a vez, pero sólo u n a vez. Yo e n ­ contré el mío, y p o r eso m e siento dichoso y agradecido».

A unque n o haya pasado A lexandros su vida adulta con su am or verdadero, h a vivido todos y cada un o de sus m om entos con u n a pasión desenfrenada, con u n a energía ilim itada, con u n a curiosi­ dad insaciable y con atención y cariño p o r los demás, ya sea con su labor de am o r en el restaurante, que es u n ho g ar lejos del ho g ar para u n grupo variopinto, p ara personas de toda clase y condición, o bien aprendiendo nuevas lenguas, que es uno de sus pasatiempos preferidos, e incluso siendo u n o de los elem entos perm anentes en el consejo m unicipal de su localidad, d o n d e hace sus m odestas aportaciones, y haciendo las veces de filántropo, aunque él hab ría rechazado este calificativo. Si b ien tiene verdadera debilidad p o r cualquier causa que sirva p ara ayudar a los necesitados o para p e r­

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p e tu ar la dem ocracia, cree que ese «tributo» que entrega, y que ro n d a la m itad de sus ganancias, debería ser lo m ínim o que debe­ ría d ar toda p erso n a que «goce de la bendición de vivir en u n a gran democracia».

Alexandras dejaba abierto de m adrugada su restaurante siem pre que tuve que hincar los codos para p rep arar u n exam en, y tam bién cuando mis com pañeros de clase y yo, aveces con u n o o dos profeso­ res, íbamos allí a continuar los enriquecedores diálogos que había­ mos iniciado en las aulas. Con gran deleite, vi que los otros asiduos del local a m enudo se nos sumaban en nuestras conversaciones y ex­ pon ían sus diversos puntos de vista sobre cuestiones tales como «¿Qué es u n bu en ciudadano?», «¿Están todos los seres hum anos do­ tados de derechos inalienables?», e incluso «¿Qué es el amor?».

D espués de que m e licenciara en 1981, al p rin cip io nos m an ­ tuvimos m uy en contacto, p e ro éste dism inuyó con el tiem po, al verm e yo inm erso en el bullicio de la vida cotidiana. Q uince años después, en 1996, tuvimos u n feliz reen cu en tro . A lexandras vivía entonces ju bilad o (aunque en realidad era más activo y estaba más dedicado que n u nca a m uchas causas) con unos parientes, en Asto­ ria, d o nd e les echaba u n a m an o con su p ro p io restaurante. Poco antes, yo m e había m udado al n o rte de Nuevajersey, y él aceptó mi invitación p ara asistir a u n o de los prim eros diálogos del Café Só­ crates que organicé yo. Este h om bre, p o r lo g eneral tan locuaz, no dijo ni u n a palabra d u ran te el diálogo. «Estaba dem asiado ocupa­ do en p ensar — dijo después, y añadió— : además, pensar que todo esto com enzó en mi hum ilde restaurante...».

A lexandras y yo hem os m an ten id o desde entonces reu n io n es frecuentes, sobre todo en verano, cuando Cecilia y yo aprovecha­ mos que los alquileres en M anhattan resultan relativam ente accesi­ bles y organizam os proyectos filosóficos de cierto alcance con gru­ pos de m arginados e n la región triestatal. E n el últim o en cu en tro que hem os tenido, el de hoy, A lexandras frunce el ceño, pero este gesto es tan contrario a su naturaleza jovial que da la im presión de que sus músculos faciales ni siquiera saben cóm o p o n e r m ala cara. Se lanza a u n apasionado lam ento.

«Ronald Reagan, u n o de mis actores preferidos, dijo que Esta­ dos Unidos es “u na ciudad resplandeciente en la cima de u n m onte”, la luz de cuyo faro “guía a los pueblos am antes del am or en cual­

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quier lugar del m u n d o ” — dice A lexandros— . Cada u n o de los ciu­ dadanos h a de ser presuntam ente u n rayo de esa luz. Para eso hace falta algo más que u n a simple dem ostración de apasionam iento y del propio derecho que u n o tiene a expresarse. Es preciso dem os­ trar con la misma pasión que u n o es capaz de apreciar y defender el derecho que los dem ás tien en a hacer eso mismo. P ara ello, hay que d errib ar los m uros que nos separan de los dem ás y construir p uentes de amor».

Sus palabras prácticam ente resultan inaudibles debido a las dos antagonistas, que h an re an u d ad o el griterío en su confrontación. A lexandros las m ira y dice: «Incluso la p rim era dam a del país se ha ap u n tad o a la intolerancia. E n u n acto electoral celebrado en Nuevajersey, antes de las últimas elecciones presidenciales, el servi­ cio de seguridad de la señora Bush esposó a u n a mujer, y la desalo­ jó a la fuerza, p o r haberse puesto a gritar que había p erd id o a su

hijo en la guerra de Irak. Esa mujer, con todo su dolor, en vez de re­ cibir u n abrazo y u n a m uestra de condolencia, fue objeto de u n a rep rim en d a hum illante. La señora Bush dijo al público presente en el m itin que esa m ujer no h abía entendido el dolor de aquellos que p erd iero n la vida el 11 de septiem bre, que n o había entendido el sacrificio necesario para preservar la libertad de nuestro país. Lo cierto es que nadie había e n ten d id o ese sacrificio m ejor que esa mujer, a pesar de lo cual la señora Bush no fue capaz de abrirle su corazón».

Alexandros señala la escultura en bronce de Sócrates. «La socie­ dad en que vivió no se h u n d ió bajo el peso de u n a agresión exter­ na. Se vino abajo desde d en tro , debido a la com pleta ru p tu ra de toda com unicación en tre los ciudadanos, a la ru p tu ra del senti­ m iento de afecto, de amor, de los unos p o r los otros. Llegaron in­ cluso a desdeñar a todo el que no viera las cosas exactam ente igual que ellos. F orm aron u n a b an d a violenta y se lib raro n del propio Sócrates, p o rq u e era u n incóm odo reco rd ato rio de los tiem pos gloriosos de la antigua Atenas, del im perio de la demokratía — “el p o d e r del p u eb lo ”— , cuando los ciudadanos se esforzaban en p ro del bien com ún. Resumió m uy b ien la realidad de que uno h a de estar abierto a todos los puntos de vista, a todas las experiencias h u ­ manas, po rqu e de ese m odo u n o ah o n d a su am or p o r las personas y p o r la sabiduría. Aquel h o m b re asom broso sacrificó la vida en

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nom b re de los valores de la Atenas clásica, en nom b re de la exce­ lencia, el honor, la com pasión, para que u n día, más adelante, esos valores siguieran vivos. Y han pervivido precisam ente aquí, en N or­ team érica, duran te más de dos siglos. Me preocupa, la verdad, que mi am ada N orteam érica se esté volviendo tan ajena al am or como la antigua Atenas en su época de declive».

A lexandros vuelve a m irar a Sócrates y luego m e m ira y dice: «Constantino Kavafis, el llam ado p o eta de la diáspora griega, hizo lo mismo que tus abuelos. Como ellos, Kavafis se m archó de Grecia en busca de la prom esa ilim itada que rep resen tab a Estados U ni­ dos. Kavafis se lam entó de este m odo: “Sin la m en o r consideración [...] construyeron altos m uros a mi alred ed o r [...]. A hora aquí estoy, y desespero”».

«Yo no m e desespero, todavía no —se apresura a asegurarm e A lexandros— . Pero cada un o de nosotros h a de hacer todo lo posi­ ble p o r re cu p erar el amor. —Dicho esto, se p o n e en pie— . Va sien­ do h o ra de que cum pla el papel que m e toca».

Acude a in terp o n erse en tre las dos m ujeres que siguen gritán­ dose. Al principio, m e da la sensación de que ambas p u ed en hacer causa com ún y le van a dejar fu era de com bate p o r h a b er tenido la osadía de intervenir. No alcanzo a o ír lo que les dice, p ero al cabo de u n rato h a conseguido que se rían y se d en u n abrazo. Me m ira y m e guiña el ojo. Miro la estatua de Sócrates.

SÓCRATES ENAMORADO

Sócrates fue «el p rim er teórico del am or», com o h a dicho Eva Cantarella, destacada estudiosa de la A ntigüedad en Grecia y en Roma, adem ás de profesora en la Universidad de Milán. Como el pro p io Sócrates aclara en el Simposio de Jen o fo n te, «no recu erd a u n solo instante de su vida en el que no estuviera enam orado». A Só­ crates n o le satisfacía el m ero esculpir, el refin ar m ediante el p e n ­ sam iento las form as existentes del amor. Aspiraba a crear nuevos caminos, posibilidades, encarnaciones, n ad a m enos que en u n a época en la que sus congéneres, los atenienses, tras su decisiva de­ rro ta en la segunda guerra del Peloponeso, habían term inado p o r desdeñar todas las form as de amor, salvo las más narcisistas.

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Sócrates puso a p rueba los límites del am or concebido de m ane­ ra convencional en su in ten to p o r descubrir algo más sobre la p ro ­ pia naturaleza del amor, su funcionam iento, sus objetivos y objetos. En Sócrates, la fuente del am or se explica de m an era característi­ ca p o r pro ced er de u n m anantial único, eros, o el am or erótico-ro- m ántico. No obstante, al igual que la mayoría de sus congéneres, los atenienses —hasta que la polis en tró en u n perio d o de declive irreversible, ya en sus años de m adurez— , Sócrates se inform a y se inspira en cinco tipos de amor: eros; storgé (el am or de tipo fam i­ liar) ; xenía («am or del desconocido»); philía (am or com unal y ba­ sado en la amistad) y agápe (am or abnegado, sacrificado e incluso incondicional). Sócrates dem ostró que n o existían líneas divisorias nítidas en tre estas formas de amor; su actuación en el m undo parte de la prem isa de que no era posible que u n o se rehiciera, que re h i­ ciera su sociedad o su universo, si no aprovechaba al m áxim o los cinco tipos de am or de u n a m an era concertada.

El m u n d o e n f o r m ad ec o r a z ó n

¿Dónde está el amor?

¿Cuál es el estado del am o r en el m u n d o en que hoy vivimos? ¿Se en cu en tra en u n a situación tan desesperada como en tiempos de Sócrates, a p u n to de iniciar otro descenso en espiral den tro de la civilización de los hom bres? ¿Es posible que los griegos de los tiem pos idñicos, de la antigua Atenas, y en particular Sócrates, el más grande de los defensores del am or en el m u n d o occidental, nos m uestren el cam ino para que hagam os hoy de nuestro m undo u n lugar más p reñ ado de amor?

U na form a sin d u d a p ro m eted o ra de esclarecer la filosofía de Sócrates sobre el amor, y su m an era de ab o rd a r el conocim iento de los misteriosos cam inos que tom a el amor, así com o de aplicar lo que aprendió, no es la que obtendrem os tan sólo de indagar el pasado en general, y ni siquiera su pasado en particular, aun cuan­ do ambos sean aspectos vitales en la em presa. Tam poco puede tra­ tarse solam ente de u n ejercicio de erudición, aunque tam bién éste es ingrediente crítico y prim ordial de u n a investigación así. Si se as­ pira a la obtención de conocim ientos fructíferos sobre el am or a la

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m an era socrática, es preciso hacer lo mismo que hizo Sócrates: in ­ dagar sobre el amor, experim entar con el am or en teoría y en la práctica, y buscar el am or en m uchos lugares, desde los más previ­ sibles hasta los m enos familiares.1

Con los cinco tipos tradicionales de am or griego com o tram po­ lín de mis investigaciones, m e em barqué en algo así com o un a bús­ q u eda global del amor, entrelazando de h ech o m i corazón y m i m ente con los de personas que encontré en lugares tales com o u n tugurio dedicado al ju eg o en Las Vegas cuando se celebraba el cen­ tenario de la ciudad; u n p arque dedicado a la paz en H iroshim a; u n a casa de La H abana en la que se estaba celebrando u n a reu n ió n fam iliar muy especial; la R epública C heca cuando el país estaba a p u n to de ingresar en la U nión Europea; Soweto y Pretoria, en Su- dáfrica, d u ra n te los vertiginosos días de celebración del décim o aniversario de la libertad y el fin del apartheid; un restau ran te de Belfast, Irlanda del N orte, el D om ingo de Pascua; u n a Celebración de la Diversidad que tuvo lugar en la zona de la bahía de San Fran­ cisco, en California; el m o n u m en to en recu erd o de W ounded Knee, en la Reserva Sioux de Pine Ridge, estado de Dakota del Sur; u n parq u e de Greenwich Village m ientras se estaba pro d u cien d o el m ayor apagón en la historia de Estados Unidos; u n a reu n ió n es­ pecial de confraternización en tre cristianos evangélicos, ju d ío s y sijs, que tuvo lugar con el últim o revival d e Billy Graham , el célebre líd er espiritual evangelista.

A prendí aún más a propósito del am or haciendo indagaciones en tre niños y adultos sin techo en diversos lugares de Estados U ni­

1 T am bién es preciso h acer lo que hizo Platón, esto es, ensam blar los discursos so­ cráticos sobre el am or y reflexionar sobre ellos. Al igual que Platón, a veces em pleo ciertas licencias en la configuración de los diálogos aquí adaptados a p artir de los diá­ logos reales en los que tom é parte, con el objeto de reflejar de u n a m an era más fiel tanto el tono com o el te n o r y la sustancia d e lo que en ellos se dijo. P or consiguiente, los diálogos que realm ente se d iero n p u e d e n m ejor considerarse u n b o rra d o r a p artir del cual se estructure y se com ponga el diálogo tal com o q u ed a escrito. Además, quie­ ro creer que el h echo de encuadrar las cuestiones filosóficas den tro de u n m arco tem ­ poral concreto n o las ancla de m anera irrem isible en u n m om ento histórico, de m odo que n o p ierd en valor; ese m arco más b ien nos debería ayudar a e n ten d e r cóm o surgen determ inados patrones universales, determ inadas lecciones, que nos p erm iten aplicar­ las m ejor al envolverlas en nuestro ánim o, en nuestra propia m entalidad, y ab o rd ar de ese m odo los enigm as más inquietantes, más acuciantes, del hoy y del m añana.

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dos; entre estudiantes m usulm anes, incluidos m usulm anes sufíes, así como con algunos budistas de Toronto; entre soldados norteam e­ ricanos y veteranos de guerra cubanos; entre los m iem bros de u n a familia de la fro n tera en tre Estados Unidos y México que prestan ayuda a los inmigrantes. Entre mis exploraciones hubo diálogos con internos en u n a prisión de m áxim a seguridad, con supervivientes del Katrina, con personas que celebraban el M ardi Gras en Nueva Orleans, con jóvenes de u n a peligrosa zona del este de Los Angeles en la que ab u n d an las bandas, con m adres y padres en u n barrio del extrarradio de u n a ciudad de Texas, con personas del m u n d o en tero d u ran te u n diálogo realizado a tiem po real p o r In tern et, y con niños en ed ad de asistir a la escuela prim aria en las escaleras del Capitolio.

H e cambiado impresiones y opiniones sobre el am or con m uchí­ simas personas de las llamadas «normales y corrientes», que llevan vidas de u n gran corazón. Sus apreciaciones y profundizaciones en el am or — que em anan de sus obras, de sus actos de pasión y de com pasión, de su co n tin u ad o cultivo de u n a m en te que siente y de u n corazón que piensa— h an hecho de mis pesquisas u na conti­ n u a revelación. Gracias a todo ellos, he descubierto tradiciones y prácticas culturales, espirituales y filosóficas del am or que funcio­ nan como antídotos persuasivos y llenos de esperanza contra la obs­ tinación de los que se em peñan de u n a m an era infernal en hacer de nuestro m und o u n lugar de m iedo y de odio. Teóricos y prácti­ cos del am or sin duda sobresalientes p o r derecho propio, todos ellos habrían hecho que Sócrates se sintiera orgulloso.

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El m ito de Eros que p ro p o n e Sócrates en el Banquete de Platón es cronológicam ente el últim o de u n a larga lista de mitos forjados p o r los griegos, tan dados a la m itología. H esíodo, p o eta griego e historiador de la m itología que vivió en torno al año 700 a.C., rela­ ta en su Teogonia, u «Origen de los dioses», que en sus encarnacio­ nes iniciales Eros com parte el rep arto en pie de igualdad con otros dioses presentes en el nacim iento del m undo. Pisándoles los talo­ nes a los dioses Caos (el aire) y Gea (la tierra), Eros em erge de las tinieblas prim ordiales y se suma a ellos siendo los prim eros «inmor­ tales que ascienden a las niveas cumbres del Olimpo». Eros era u n a fuerza que alentaba tras el nacim iento de todas las cosas del univer­ so. Con el tiem po, Eros tuvo que enfrentarse a Eris, la diosa d e la discordia. Así com o Eros se esforzaba p o r dar a luz todas las e n ti­ dades que h an de llenar el lienzo del universo, Eris estaba resuelta a deshacer todas sus creaciones. En los mitos de Eros que se confi­ guran con posterioridad, la naturaleza y los objetivos de Eros se tor­ nan más nebulosos: el propio Eros podía ser tam bién fuente de la discordia, deshaciendo a veces sus propias creaciones, de m odo que se pudo prescindir de Eris.

Eros pronto se transformó, dejando de ser u n a deidad prim ordial y amorfa para ser deidad dotada de rasgos distintivos. Pasa a ser «el más herm oso de los dioses inmortales», el más subyugante, el que floja los miembros, se apodera de la m ente, y aconseja con sabidu-I ia a todos los dioses y a todos los hom bres en su interior». Eros pasa de ese m odo a ser el dios que engendra un a lujuria y u n anhelo

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in-controlables, la pasión, el deseo, el ansia sensual. Ni siquiera los más sabios son inm unes a sus poderes.

En estos relatos, Eros deja de ser un o de los dioses originales y pasa a form ar parte de los Erotes, o «dioses del amor», cada un o de los cuales poseía el p o d er de provocar a su antojo el deseo en los seres hum anos y, en algunos casos, tam bién en otros dioses. Entre los Erotes, Eros es el prim ero en tre iguales, el más herm oso, el de mayor poder. Diversas fuentes describen a Eros unas veces como u n niño, otras com o u n adolescente, otras com o u n hom bre; unas veces tiene herm anos, otras es hijo único. Siem pre se halla en el centro de los «em parejam ientos po r deseo», unos para bien —e in­ cluso conducentes a inconfundibles orgías de carácter sexual entre los dioses— , pero otros de u n sesgo sum am ente destructivo, causan­ tes de la aniquilación de alguien.

Por último, Eros term ina p o r ser el hijo de Afrodita, la diosa grie­ ga de la belleza, del am or y del deseo. En función de cuál sea la fuen­ te a la que se recurra, Eros es vástago de toda u n a legión de padres, aunque su m adre es en todos los casos Afrodita, que es la única que goza de cierto predicam ento sobre él; m uchos de sus actos, que avi­ van las pasiones de los seres hum anos y de los dioses, están realizados p o r deseo expreso de su madre.

En todos los relatos posteriores, Eros resulta encantador, de u n a herm osura irresistible, astuto, m añoso, m anipulador, caprichoso y travieso, y en ocasiones avieso e incluso manifiestamente cruel. Siem­ pre sabe acicatear al más sensato y llevarle a com eter la mayor de las insensateces sin que m edie otra motivación que su propio poder, y esto es algo característico, así como el hecho de que obtiene u n gran placer con estas m anipulaciones. En un o de los relatos, Eros ni si­ quiera es inm une a sus propios poderes: a instancias de Afrodita, que estaba celosa de u n a bella m ortal llamada Psyche, Eros lanza u na fle­ cha con la que le alcanza en el corazón, y de ese m odo ocasiona que se enam ore del más feo de los m ortales que pisan la faz de la tierra. Pero Eros quedó parcialm ente afectado p o r su pro p ia flecha, y él mismo cae rendido, em belesado p o r la belleza de Psyche, consumi­ do además p o r el deseo que ella le inspira. En la única ocasión en que desafía y desobedece a su m adre, en contra de su m andato ex­ preso, rapta a Psyche y se la lleva a u n lugar oculto antes de que nada malo pueda sobrevenirle. Tras u n desgarrador rom ance, Zeus, sumo

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legislador de los dioses y los hom bres, les perm ite contraer m atrim o­ nio, y la propia Psyche se convierte en diosa.

E r o s y l a a u t é n t i c a a r e t é

Los orígenes de Eros, tal como los describe el Sócrates de Platón, suponen u na m arcada variación sobre las versiones tradicionales del mito de Eros, aun cuando Platón presta al dios u n aura de familiari­ dad para expresar m ejor de ese m odo algunos conceptos radical­ m ente diferentes de los objetivos y capacidades que se atribuían al dios. Sócrates dio a en ten d er que Eros no intervenía directam ente en los asuntos de los hom bres, ya que era en verdad u n interm edia­ rio. A unque Eros, en efecto, sem brara en los seres hum anos las semi­ llas del deseo sensual, o bien ese eros con minúscula, según relata Só­ crates, precisam ente ahí term inaba toda su intervención. Con posterioridad a esa injerencia, a los hom bres correspondía el deter­ m inar el m odo de n u trir espiritualm ente o satisfacer el eros que nos hubiera sido legado.

Como dice Sócrates, eros «es la fuente de nuestro deseo de am ar­ nos los unos a los otros». Sin em bargo, los seres hum anos determ i­ n an entonces cómo actuar sobre esa misma fuente. Sócrates disipó la idea de que eros controlara la voluntad de los hom bres, de que fu era capaz de subvertirlos e incluso pervertirlos a su antojo. Más bien sucede que cada un o es capaz de elegir si pasar la vida sacian­ do a eros de u n a m an era baja y soez, o si alim entarlo de un m odo que sea conducente a u n a elevación del p ropio yo y de los benefi­ cios sociales que de ello se sigan.

Sócrates relata que el día en que nació Afrodita, el dios m endi­ cante de la Pobreza se aprovechó de la Plenitud, que se en co n tra­ ba em briagada, tendida en el ja rd ín de Zeus, y en g en d ró una cria­ tu ra en ella. La criatura así concebida fue Eros, a quien Sócrates caracteriza como «am ante n atu ral de la belleza», adem ás de seña­ lar que «no es de los que aspiran a la sabiduría, ya que es sabio con anterio rid ad a toda búsqueda». Con todo, los seres hum anos d ota­ dos de eros no son sabios de form a innata, no son am antes de lo bello de form a innata. Al contrario que Eros, nosotros .«hem os de

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buscar y aspirar a ello. Como dice Sócrates, ser «como Eros» debie­ ra ser la finalidad de la búsqueda de todo ser hum ano, po rq u e «la sabiduría es lo más bello, y el am or p erten ece a los bellos».

Dicho de otro m odo: lo más bello que p u ed e u n o amar, según Sócrates, es la sabiduría. H acem os gala de este bellísim o am or en nuestros esfuerzos p o r llegar a ser sabios, lo cual es equivalente al in ten to p o r descubrir y hacer realidad la naturaleza y el p otencial de la arete, o excelencia h u m an a en general. Se trata del «amor de la belleza» en acción. En este em peño que tanta dedicación requie­ re, com petim os con los inm ortales.

Laa u t é n t i c a a r e t e

E n el Banquete, Sócrates dice que su diálogo con Diotim a con­ cluye con esta apreciación perspicaz:

¿Y si el hombre tuviera ojos para ver la belleza? [...] Sólo en co­ munión con ella, contemplando la belleza con el ojo de la mente, será capaz de expresar no sólo imágenes de la belleza, sino también realidades, y nutrir de ese modo la auténtica arete con el fin de [...] ser inmortal.

A m edida que u n o cultiva la capacidad de ver la belleza verdade­ ra con el ojo de la m ente, llega a desear más que n ad a la expresión de esa belleza p o r m edio de sus obras y sus actos. Esto es algo que p u ed e hacerse en g en d ran d o u n a criatura con el ser que u n o más am a en el m undo, creando u n a obra de arte tal com o p u ede ser u n a novela, u n cuadro, u n a obra de teatro, haciendo cam paña p o r el cambio social, com prom etiéndose en la indagación filosófica en to rn o a la excelencia hum ana, aspirando a descubrir las elegantes leyes físicas que rigen el universo o form ando instituciones políti­ cas que sean pioneras, siem pre con la finalidad de alim entar la au­ téntica areté.

La areté, como explica H. D. F. Kitto, estudioso de la A ntigüedad griega, es la aspiración de sobresalir en todo, de llegar a ser alguien con «respeto p o r la in teg rid ad o la unicidad de la vida», con la com prensión de que alcanzar la arm onía no es «algo que se dé en

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u n determ inado aspecto de la vida, sino en la totalidad misma de la vida». Para los griegos, esta in teg rid ad era u n tipo específico de o rd en y arm onía entre el yo y la sociedad, en el que cada un a de las obras em prendidas p o r u n m iem bro de la ciudadanía ateniense se llevaba a cabo con un a exquisita atención del im pacto que hubiera de ten er en todos los demás, y con u n claro reconocim iento de que era inviable alcanzar u n a gran excelencia personal sin allanar al tiem po el cam ino p ara que cualquier otro de los m iem bros d e la sociedad tam bién la alcanzara.

«¿Sería ésa u na vida innoble?», pregunta retóricam ente Diotima a Sócrates a propósito de esta aspiración. Muy p o r el contrario, se trata de la vía que el hom bre tiene abierta hacia la inmortalidad.

El d e s e oyl ab e l l e z a

En el Banquete, Sócrates nos recalca qué clase de fuerza avasalla­ dora constituye el deseo en nuestras vidas, de qué m odo posee el po ­ tencial de llevarnos po r caminos en los que echemos a perd er la vida entera en persecución de u n tipo de deseo erróneo y desaconseja­ ble, o cómo puede llevarnos p o r u n a vereda que nos ponga en con­ tacto directo con lo divino.

Tal com o escribe con gran elocuencia Stringfellow Barr, em i­ n e n te estudioso de las hum anidades, en su historia de los griegos, Sócrates p lan tea en el Banquete que eros, si se aprovechara y se ex­ plotara como es debido,

podría conducir al hombre y llevarlo a ascender por una suerte de es­ cala que pasa de la percepción y del amor de una forma bella y llega al amor de todas las formas bellas, para proseguir por la belleza de las instituciones y las leyes, la belleza de las diversas ciencias y llegar a una ciencia de la belleza omnipresente, hasta que ese hombre pudiera contemplar la belleza en sí misma, la belleza despojada de adornos, la belleza sin especificar, simple, duradera.

P ero el proceso mismo p ó r el cual percibim os y amam os h a de ser u n proceso de belleza; h a de e n tra ñ ar u n m étodo, un hábito del descubrim iento, que nos enseñe cóm o percibir m ejor y am ar

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m ejor lo que es bello tanto en u n sentido particu lar com o en u n plano abstracto. Desprovisto de esto, todo progreso en nuestra ca­ pacidad de ver form as bellas, y más aún de crearlas, está fuera de nuestro alcance.

Además, Sócrates de hecho indica que con cada paso que dem os en esa escala, percibir u n a form a particular y percibir la be­ lleza en su esencia son dos procesos que encajan com o anillo al dedo. A m edida que un o asciende p o r la escala, más capaz es de ver la belleza tanto universal com o particular, y de ver aú n el m odo en que se en tretejen a cada paso. El ascenso p o r la «escala del eros» es equivalente al desarrollo de la p ro p ia capacidad de ver la belleza abstracta en los objetos particulares, y de ver de form a concom itan­ te en cada objeto particular u n a manifestación del eros en su senti­ do más etéreo y abstracto.

¿Cuáles son los ingredientes de esta escala? Todas las form as fundacionales del am or griego, que h an de nutrirse ju n ta s p ara crear las condiciones necesarias p ara que eros surta su magia. Eros

n u n ca p o d rá ser todo lo que p u ed e ser si se divorcia del n u trien te espiritual com plem entario de xenía, storgé, philía y agápe.

Así pues, en sus más elevadas m anifestaciones, eros no es equiva­ lente a la conquista de u n a especie de cim a de m o n tañ a desde la cual p u ed a u n o otear la «belleza en sí misma», descorporeizada de quien la contem pla y de lo que se contem pla. El verdadero eros no es u n concepto estático, e q u iv a le n t a u n p u n to fijo y final desde el que contem plam os la esencia inm utable de la belleza. Por el con­ trario, es el cultivo con tin u ad o de n u estra capacidad de percibir, crear, p o n e r en práctica form as más novedosas y más divinas de la belleza. P o r consiguiente, Sócrates n u n ca estaría de acuerdo en que la belleza nacida de eros sea u n a simple esencia en sí misma: antes bien, a su e n te n d e r es la parte más integral del proceso ele­ gante, si bien com plejo, de la percepción, la invención, la creación hum ana.

L a s m o d a l i d a d e s d e e r o s

Eros no es sólo aquello que n os perm ite visualizar o escribir u n poem a, o c o m p o n er u n a sinfonía, o p ro d u c ir u n a ob ra estética

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original. Antes bien, es la capacidad de p ro d u cir algo que abre nu estra m ente a nuevas perspectivas, a nuevas dim ensiones del ser hum ano. Lo mismo sucede cuando u n o hace u n a aportación en u n a disciplina de estudio, cuando p lan tea el m arco de u n a nueva ley en el terreno jurídico, cuando funda u n nuevo tipo de ciencia o actúa com o catalizador en la form ación de u n a nueva institución social o de u n nuevo sistema político. No todas estas empresas son equivalentes a eros en acción. Para Sócrates, sólo aquellas que am ­ plían nuestras m odalidades de m irar y de ser en el m undo, aquellas que avanzan en el cam ino de la auténtica areté, son equivalentes a las form as bellas y funcionales. C on la finalidad de crear tales fo r­ mas, un o debe desarrollar u n a capacidad imaginativa a la p ar que su inteligencia racional, y debe fom entar sim ultáneam ente la con­ ciencia social y la autonom ía.

Al decir que eros es u n a suerte de am or adquisitivo y posesivo, Só­ crates no quiso dism inuir su entidad, sino tan sólo clarificar su natu­ raleza, de m odo que sea posible reconocerla, aprovecharla, conducir­ la debidam ente. Con esa finalidad, uno debe aprender lo que vale la p ena adquirir y poseer. Esto a su vez requiere u n a indagación cons­ tante, una experimentación continua, u na perpetua prueba con la di­ versidad de los otros, con la finalidad com partida que es la puesta en práctica de las formas de la belleza estética (profesional, humanista, espiritual), que nos hacen avanzar más aún en el camino hacia la au­ téntica areté.

Re u n i ó n c o r d i a l

En griego, symposium es u n térm ino que designa u n a «reunión cordial, en la que los participantes beben y conversan». La indaga­ ción de Sócrates, su pregunta sobre la naturaleza de eros, tiene lugar durante u n simposio en com pañía de amigos y conocidos. H an be­ bido con generosidad, se han dedicado a las chanzas, a las procaci­ dades, a las diversiones, a lo largo de toda la noche. Sin em bargo, a ninguno de ellos, y m enos aún a Sócrates, le parece incongruente que en semejante am biente se lleve a efecto u n a indagación filosó­ fica seria. De hecho, ninguno de los asistentes po d ría im aginar que semejante indagación se pro d u jera en otro am biente que no fuera

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ése, que está en el terreno de lo lúdico, lo apasionado y lo erótico. Si u n o va a hablar de asuntos del corazón de u n a m an era que rinda fruto, no debe buscar el en to rn o estéril, así com o no debe lim itar­ se sim plem ente a intelectualizar sus reflexiones.

Para descubrir la visión que Sócrates p ro p o n e de eros, es p reci­ so tom ar en consideración n o sólo el diálogo form al que recoge Platón, sino tam bién la reu n ió n cordial en sí misma, los intercam ­ bios de pareceres, las brom as, los apartes en tre los participantes, la tensión sexual y la atracción que hay en tre unos y otros, y en tre todos ellos y Sócrates. Es frecuente que en de las brom as de carác­ ter sexual los participantes revelen m ucho más acerca de sus nocio­ nes de eros que en el transcurso de u n a exposición filosófica form al. E ntonces p u ed e u n o apreciar de qué m odo, en el transcurso del diálogo, los participantes avanzan en su conocim iento de eros y en su capacidad de desarrollarlo en nom bre de la arete.

Lav á l v u l a d e e s c a p e d e e r o s

U na persona que se encuentra en el trance de eros se ve impulsa­ da p o r u n espíritu y u n a fuerza —lo que los griegos de la A ntigüe­ dad llam aban u n daimon— tendentes a colm ar u n vacío interior. En las sociedades griegas más antiguas se creía que u n o necesitaba de vez en cuando la oportunidad de «dar salida» a ese daim on. M ucho antes de que naciera Sócrates se celebraban festividades en h o n o r de Dioniso, dios griego del que E. R. Dodds, buen conocedor de la A ntigüedad clásica, dice que es la representación mítica de las «ma­ reas misteriosas e incontrolables» de las compulsiones y las pasiones hum anas, que «vienen y van» en nuestro interior.

Según la m itología griega antigua, Dioniso era quien ocasional­ m en te espoleaba a los griegos p ara que cedieran y se entregasen con total abandono a sus impulsos irracionales. El truco estaba en en co n trar el equilibrio preciso: quien no da periódicam ente salida a sus impulsos más bajos, en despliegues orgiásticos de m ayor o m en o r frenesí, term ina p o r ser u n a persona reprim ida, asfixiada, ahogada de u n a m an era que p u ede d ar lugar a estallidos bruscos, incluso violentos, según m antenían los griegos. Sin em bargo, si un o se excede en esta clase de impulsos term ina p o r ser cautivo de ellos.

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Las sociedades griegas más antiguas sostienen que el p u n to de equilibrio ideal, aquel en el que un o ap ren d e a descargar y canali­ zar los deseos sexuales en la m edida idónea y con la finalidad ap ro ­ piada, puede llevarnos a ser más adeptos al descubrim iento, la con­ tem plación y la configuración de la belleza en sus form as más elevadas. Puede llevarnos al cultivo de u n a serie de impulsos racio­ nales, constructivos, creadores, que nos p erm itan el desarrollo de talentos de u n m odo tal que dé p o r resultado u n a aportación ópti­ m a a la sociedad.

Si a t it e h a c ef e l iz

«Eros es “el am or libre” —nos dice April— . Se trata de amor, y no de sexo, que es libre y gratuito y es para todos».

Ju n to con unas cuantas personas más, m e encuentro en u n a ta­ b ern a de B ourbon Street, en plena ciudad de Nueva Orleans, en m edio de los ruidosos festejos del Mardi Gras. Desde hace más de u n a d o cen a de años acudo al M ardi Gras, u n a tradición gen u in a de Nueva Orleans, muy acorde con el espíritu de la ciudad, que tiene sus comienzos en la década de 1870. Como es natural, en esos m om entos ninguno de nosotros tiene ni la más rem ota idea de que durante el próxim o otoño u n huracán de fuerza 4 devastará toda la región y dejará gran parte de la misma en situación inhabitable. H abía conocido a April, que se dedica a la horticultura de pro d u c­ tos orgánicos y al diseño de joyas, y a m uchos de los otros que en esos m om entos se e ncontraban apiñados a mi alrededor, a lo largo de los años que viví en Hattiesburg, estado de Misisipi, ganándom e la vida com o escritor de artículos y reportajes p ara revistas. M ien­ tras observamos a los que se en cu en tran fuera de la taberna, enzar­ zados en u n a alegre p u g n a p o r cazar las golosinas y regalos que arrojan desde u n a de las vistosas carrozas que pasan p o r la calle, in­ cluida u n a de la C om parsa de Eros, hem os iniciado el análisis de esta pregunta: «¿Qué es eros?».

«El “am or lib re” era la filosofía de n u estra generación, de los

flower children de la década de los sesenta — sigue diciendo April— . La contracultura fue algo que consistió en explorar y experim entar con el sexo, las drogas, los anticonceptivos y el rock and roll, en n o m ­

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bre de u n am or más liberador, en nom bre de eros. No era algo que tuviera que ver sólo, n i de u n m odo prim ordial, con la libertad in ­ dividual, sino con la em ancipación del ser hum ano. Parte de ello consistía en celebrar y en no avergonzarse de la diversidad de las disposiciones existentes hacia el sexo, y en p ro testar contra las se­ veras limitaciones im puestas sobre el eros p o r p arte de u n establish­

ment p u rita n o e hipócrita».

Tommie, u n reflexólogo, comenta: «Yo nunca llegué hasta el ex­ tremo de Alfred Kinsey [científico dedicado a investigar la sexualidad h u m an a], quien dijo que “el único acto sexual antinatural es aquel que no puede uno llevar a cabo”. En mi opinión, la experim entación sexual debía practicarse siem pre en aras del descubrim iento de u n am or más universal. Si ése no era el objetivo, no había verdadero eros

en lo que se buscaba».

«Tommie y yo vivimos ju n to s en u n a com una d u ran te u n a tem ­ p o rad a — explica April— . Todos nosotros com partíam os los mis­ mos valores. Com partíam os todo lo que teníam os, incluidos nues­ tros cuerpos. Eram os íntim os en nuestro am or de los unos p o r los otros, no tan to en la prom iscuidad. Esa era n u estra justificación p ara h ab er optado p o r la vida en común».

C larence, d entista y a veces nudista, dice: «El eros d esinhibido está lejos de ser lo m ismo qu e el sexo desinhibido, que es en rea­ lid ad u n a banalización del eros, p o rq u e p u ed e ser algo ajeno p o r com pleto al amor. El eros desinhibido significa que el sexo es u n a más en tre las herram ientas que form an el arsenal de la em ancipa­ ción. La revolución sexual h a de estar u n id a a la revolución p o lí­ tica, espiritual, económ ica, es decir, al in te n to p o r co n stru ir u n m u n d o de amor, n o de guerra, u n m u n d o en el que to d o lo qué hagam os, to d o lo que produzcam os, sea u n a fo rm a de expresión orientada hacia u n a em ancipación mayor. En aquel entonces creía­ mos que el “am or libre” no era algo carente de valor, sino que era lo más valioso. Todo lo que u n o hace, todo lo que dice, ten d ría que ser u n a expresión creativa del am or libre, ten d ría que ser u n rega­ lo que hace a los dem ás y que da desde el fondo de su ser, sin coer­ ción de n in g u n a clase. Eso es eros».

Vemos a u n grupo de personas que se desnudan en u n balcón, al otro lado de la calle, jaleados p o r los espectadores que se h a n agrupado abajo.

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—En Estados Unidos, hoy en día todo es u n espectáculo sexual g ratuito — dice Tom m ie— . Todo gira en to rn o al sexo gratuito, al sexo com pletam ente desmitifxcado, devaluado, dism inuido. C uando oigo a los jóvenes h ab lar del sexo me sonrojo, y eso que yo soy de la generación de los sesenta. H ablan de sus en cu en tro s sexuales y de las posturas como quien com para distintas marcas de pasta dentífrica. No se h abla de eros, no parece que n adie lo expe­ rim ente. Eros n u n ca p u ede significar que u n o «valore» al otro sólo como m ero objeto sexual, com o personas que sirven p ara que u n o se lo m onte.

Charles, amigo de C larence y m iem bro de u n a b anda de blues,

dice que «esas orgías inacabables y esa lascivia que se ve p o r todas partes son u n falso eros. Toda esa historia de los rollos que d u ran u n a sola noche, cuando u n o está tan borracho que apenas se tiene en pie, y enseña sus partes púdicas desde un balcón, es más bien todo lo contrario de eros».

No tarda en seguir hablando. «Eros a veces se expresa m ucho mejor por cauces que no tienen nada que ver con el sexo puro y duro. A veces, uno le da su más plena expresión cuando ya no m antiene una intimidad sexual con la persona a la que ama. Es como los mejo­ res temas del blues, que a m enudo son los que tratan de u n am or ro ­ mántico que se h a perdido, de u n a antigua am ante que ahora sale con otro. Son u n a “válvula de escape estética” p o r la que rezuma u n

eros que de lo contrario habría quedado embotellado en el interior de uno mismo, donde habría muerto».

—Yo disfruto m ucho el M ardi Gras — dice C larence—-. Pero es algo que, al contrario de la creencia popular, no tiene n ada que ver con el eros. Es algo relacionado con el exceso, lisa y llanam ente: se trata de d ar salida al lado salvaje que un o tiene dentro. No es algo de lo que haya que avergonzarse, pero tam poco hay que darle u n a dim ensión mayor de la que tiene, así com o tam poco hay p o r qué disminuirlo.

—Bueno, pues p ara m í el M ardi Gras sí es eros— dice Hank, ca­ m arero, que hoy lleva la calva pin tad a con los colores del arco iris, con unos vistosos bíceps con tatuajes de mujeres desnudas en varias posturas com p ro m eted o ras— . Eros consiste en saciar los deseos más profundos, no im porta lo bajos que puedan ser esos deseos.

— ¿No im porta lo bajos que p u ed an ser? —pregunto.

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H ank se para a pensar a fondo.

—La «bajeza» está en el ojo de quien mira. Los que han hablado hasta ahora creen que los deseos de sus padres eran bajas pasiones, y sus padres pensaban lo mismo acerca de los deseos de estos «radi­ cales del am or libre». Yo no creo que nadie en todo el planeta consi­ deraría nunca bajos sus propios y más íntimos deseos.

— Eros es lo que u n o codicia tanto que term ina p o r ser su escla­ vo — dice H ank al cabo— . Es aquello de lo que un o no se h arta nunca, da igual con qué frecuencia se m eta u n chute. Es algo que a u n o le deja en u n estado de euforia, de éxtasis, que p o r desgracia es pasajero, de m odo que u n o siem pre quiere más de lo mismo. Puede ser el chocolate, la política, el sexo, las drogas y el rock and roll; p u ed e ser ju g a r al billar o ponerse m orado com iendo en u n bufé a bordo de u n crucero. Puede ser cualquier cosa que a u n o le ponga. P ara mí, es u n vicio m uy de Nueva O rleans: es la celebra­ ción sin vergüenza y sin complejos de lo hedonista, lo orgiástico, lo pornográfico.

—Así pues, p ara ti... ¿no tiene p o r qué im plicar el amor? — p re ­ gunto.

—No el am or rom ántico — responde H ank— , o no al m enos tal como algunos de los presentes han planteado ese térm ino. Sí que implica un cierto rom ance, algo que entraña la satisfacción de aque­ llo que nos produce personalm ente el mayor contento, el mayor su- bidón. No tiene p o r qué te n er ninguna relación con la intim idad erótica con otro o con otros, sino con aquel objeto o actividad que a uno le produce el mayor éxtasis.

—Traducido del francés, Mardi Gras significa «martes graso», es decir, u n día de festines, de com er literalm ente hasta hartarse —dice Paul, el amigo de H ank— . Eso es eros en acción.

Paul sigue diciéndonos que «el M ardi Gras tiene orígenes paga­ nos. Incluso según los criterios extraordinariam ente permisivos de los griegos en los tiem pos prehelenos, esa celebración se conside­ raba salvaje. Con el paso del tiem po se fue inco rp o ran d o a la Igle­ sia cristiana, au n q u e n u n ca perd ió del todo su naturaleza lasciva. La religión institucionalizada reconoció la necesidad de satisfacer los deseos primitivos de vez en cuando, no los llamados “bajos” de­ seos, sino los deseos primitivos que todos tenem os y que todos, en lo más profundo de nosotros mismos, necesitamos satisfacer. El eros

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es la satisfacción de esos deseos, lo cual produce u n tipo de placer atávico».

Charles añade, al cabo de u n b u en rato:

—Algunos deseos son irreconciliables. Desde que me casé, hace ya más de diez años, el mayor de mis deseos h a sido ser un marido aman- tísimo dentro de un a relación monógama. Pero a veces tengo un deseo, llamémoslo primitivo, llamémoslo prim ario, de estar con otras, de «hacer el salvaje» con ellas. Procuro convencerme de que... eh, chaval, tienes el 50 p o r ciento de los genes de tu padre, que era todo u n bala perdida en cuestiones de sexo, de m odo que es n a tu ­ ral que tengas esos deseos. Pero el otro 50 p o r ciento de mis genes no provienen de él. Y au n q u e todos mis genes proviniesen de él, yo no soy él: soy yo.

»Lo que in ten to decir es que m i deseo de estar con otras perso­ nas en tra en conflicto con la im agen de la persona que deseo ser en mi condición de esposo y padre. Si cediera a ese deseo de «hacerlo» con otras mujeres, con las que ni siquiera tengo p o r qué tener nin ­ guna relación emocional, m e alejaría m ucho de ser la persona que «deseo aspirar» a ser.

»Mi m ujer n u nca ten d ría u n desliz. Ni siquiera se le pasaría p o r la cabeza. A m í m e fastidia que en efecto se m e ocurra. Sé tam bién que ella m e quiere tanto que si yo cediera a ese deseo y ella lo descu­ briese, m e perdonaría. Pero ya n u n ca volvería a verm e del mismo modo. Yo tam poco volvería a verm e del mismo m odo.

»Eros—sigue diciendo Charles— es saber lo que uno debe desear, y actuar de m anera que u no luche consigo mismo para im ponerse a todos esos otros deseos que tiene y que están en conflicto con ése, a fin de acercarse más a la realización de su «más alto deseo». —Sus­ pira— . Por eso sigo com batiendo contra esos bajos deseos que tengo. Espero que d en tro de veinte años todo esto sigan siendo fantasías, y que siga siendo tan fiel com o siem pre h e sido a mi mujer. Todas estas fantasías no m e h an convertido en u n p e o r am ante con m i mujer, eso lo aseguro.

— ¿Cómo sabe u n o qué es lo que debe desear? —p reg u n to al grupo.

—A ver si pu ed o resp o n d er de este m odo: cuando u n o cum ple u n deseo, a pesar de lo cual después se queda con u n a sensación de vacío, o de vergüenza, no ha cum plido la aspiración del eros. U n

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deseo «más elevado» sólo p u ede ser aquel que a u n o le haga feliz y que haga más felices a todos aquellos con quienes u n o cum ple su deseo —responde Tommie.

—Todos los que vivíamos en la com una deseábamos en aquel en­ tonces una suerte de utopía —sigue diciendo April tras u na pausa—, u n m undo en el que no hubiera trampas, no existieran el adulterio ni la hipocresía. Pero pasado u n tiempo tanto los otros como yo nos dimos cuenta de que lo que deseábamos en realidad era encontrar un alma gemela, u n a persona con la cual com partir la vida. Me llevó tiempo darm e cuenta de que m e había querido rebelar contra la ge­ neración anterior a la mía, u na generación que había abaratado y desvirtuado todo el concepto de estar sólo con un a persona, pues era u n a generación de mujeriegos. Llegué poco a poco a darm e cuenta de que lo que deseaba era u n a pareja que fuese genuinam ente igual que yo, u n a persona con la cual pudiese ten er u n a relación íntima, con la cual tuviera u n verdadero sentim iento de liberar el am or den­ tro de u na relación monógam a, cosa que la mayor parte de la gene­ ración de mis padres no pudo disfrutar, porque los hom bres y las mujeres de entonces no gozaban de igualdad. Nuestro movimiento del am or libre posibilitó que los hom bres y m ujeres entablasen rela­ ciones monógamas con verdadera igualdad entre unos y otros. El au­ téntico eros empezó entonces a ser posible.

—Me fui de la com una al cabo de u n año. Tommie se m archó n o

m ucho después que yo. Al final, se desmanteló —dice April ahora— . A pesar de todas las drogas que consum íam os para liberarnos de nuestras inhibiciones, el sexo con los dem ás en el m ejor de los casos m e parecía poca cosa. No creo que llegásemos muy lejos en el in ten to de lograr la intim idad a la que aspirábamos. Yo sin em bar­ go sigo considerando que en cierto m odo fue un éxito, po rq u e fue u n noble experim ento, em p ren d id o con u n a in ten ció n am orosa, p o r em ancipar el am or de los grilletes patriarcales que lo ten ían aprisionado.

April continúa:

-—He pasado más d e dos décadas felizm ente casada con u n h o m b re q ue es tan am oroso y com prensivo que, p o r au tén tico

eros, se en treg a con devoción a ayudarm e en la satisfacción de mis deseos. El verdadero eros sólo p u ed e existir d en tro de esa clase de in tim id ad en tre iguales, en tre dos personas que desean colm arse

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el u n o a otro con el placer y el éxtasis en todas las iniciativas que e m p ren d en en la vida, no sólo en las p u ram en te sexuales.

— ¿Es posible que esa noción de lo que constituye específica­ m ente «eros en acción» y del m odo en que sería preciso satisfacer­ lo cambie considerablem ente con el paso del tiempo? — pregunto.

—Es posible, y en efecto cam bia — responde April— . Sincera­ m ente, yo no quisiera que mis hijos conocieran todos los detalles de cómo h e practicado y explorado el eros en mi juventud, y no p o r vergüenza, sino porque ése ya no es el cam ino que yo creo que u n a persona debe em p ren d er para satisfacer sus más elevados deseos. Sin em bargo, los elem entos de los que se com pone el verdadero

eros no cambian: el juego, la creatividad, el deseo, el com prom iso, la inventiva, la plenitud sexual...

Qu e l o s t a b ú e ss e x u a l e s s e a n t a b ú

A B ertrand Russell (1872-1970), quien hizo no pocas aportacio­ nes seminales en la lógica formal, las matemáticas y la filosofía ana­ lítica, se le demonizó en su tiem po p o r afirmar que los tabúes socia­ les que rodean el sexo eran casi siempre «totalmente irracionales y muy nocivos» (por ejemplo, el cuento absolutam ente infundado y p u e ­ blerino de que la masturbación produce dem encia o ceguera). A un­ que a Russell se le acusó de ser u n libertino sexual, un estudioso de Russell como Al Seckel señala que en realidad era un rom ántico en materia de sexo y de amor: Russell no entendía que hubiera ningún conflicto entre racionalismo y am or rom ántico; creía, al igual que Sócrates, que la indagación racional reforzaba e instigaba el descu­ brim iento y la elevación de la intim idad y la creatividad románticas. Según la opinión de Russell, sólo cuando uno pu ede considerar y cultivar una ética sexual con «toda libertad y sin tem or a nada» puede predicar costumbres sexuales de tipo racional:

La doctrina que deseo difundir [...] implica prácticamente tanto control de uno mismo como el que entraña la doctrina convencional... La doctrina de que existe algo [inherentemente] pecaminoso en el sexo ha provocado daños indecibles en el carácter individual. [...] Man­

teniendo el amor sexual en una cárcel, la moralidad convencional ha

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hecho mucho por encarcelar todas las formas del sentimiento amistoso. [...] Sea cual fuere la ética sexual definitavamente adoptada, ésta debe estar libre de supersticiones y contar con argumentos a su favor recono­ cibles y demostables.

Russell tam bién tuvo que hacer frente al oprobio social p o r haber afirmado que la institución del m atrim onio se hallaba muy disminui­ da debido a las constricciones puritanas existentes. Por abogar p o r el sexo prem atrim onial, po r m antener que la infidelidad no era auto­ m áticam ente motivo para proceder al divorcio, Russell se convirtió a su pesar en u n paria tanto a uno como a otro lado del Atlántico. Los puritanos de la alta sociedad de M anhattan, supuestam ente tan cos­ mopolitas, llevaron a cabo u n a cam paña que tuvo éxito al im pedirle que pudiera aceptar u n puesto de profesor en Nueva York.

Esta es la visión «radical» que proponía:

El amor es lo que da valor intrínseco a un matrimonio [...], es uno de los supremos objetos que hacen que la vida humana sea digna de preservarse y vivirse. Pero si bien no existe un buen matrimonio sin amor, los mejores matrimonios tienen un propósito que va más allá del amor [...], [un propósito] infinito, dotado de la infinidad del em­ peño humano [...] [de] esa honda intimidad, física y mental y espiri­ tual, que hace del amor serio entre un hombre y una mujer la más fructífera de las experiencias humanas.

Al Seckel señala que «la rebelión de Russell no pudo derrocar todas las ideas opresivas de su tiempo, y recientem ente, con el tre­ m endo resurgir del fundam entalism o religioso, se h a producido u na especie de restablecimiento de aquellas antiguas convenciones».

Ela t r a c t iv o s e x u a l

La feminista y filósofa existencialista francesa Simone de Beauvoir (1908-1986), siguiendo a Sócrates y a Diotima, llamó al eros el portal hacia lo divino, es decir, aquello que hace que «el sentido y el objeti­ vo aparezcan en el m undo», aquello que a uno le lleva a descubrir las «razones de la existencia». Beauvoir cree que aquellos segmentos de

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la sociedad que reprim en u oprim en a u n género, a u n a clase, en efecto se reprim en a sí mismos, porque el auténtico «oí sólo se puede experim entar entre iguales.

La escritora norteam ericana de origen francés Anais Nin, con­ tem poránea de Simone de Beauvoir y famosa p o r lo explícito de sus escritos eróticos, ño pensaba que las mujeres fuesen iguales a los hombres, pues creía que eran mejores. Nin afirmó que en las muje­ res el eros aún existe en su estado puro —en el cual am or y sensuali­ dad se hallan imbricados el uno en el otro— , mientras que en el caso de los hom bres estos dos elem entos fundam entales del eros hace ya m ucho tiem po que em prendieron caminos separados. Por ello, todo lo que les queda a los hom bres es el em peño p o r satisfacer sus más bajas y aprem iantes pulsiones.

El otro resultado lam entable, según dijo Nin, es que las mujeres que se han com prom etido en sus relaciones con los hom bres no po ­ drán evolucionar plenam ente en sus eros. Sin embargo, antes que re­ nunciar del todo a los hom bres, creía que las mujeres debían «dejar de enum erar sus motivos de queja contra los hombres» y concentrar­ se en cambio en reeducarlos a propósito de las verdaderas modalida­ des de eros, de m odo que p uedan rean u d ar ese esfuerzo m utuo que am plía cada vez más las fronteras del descubrim iento erótico. En todos los casos, al m argen de con quiénes tengan relaciones, Nin afirma que las mujeres h an de asum ir la tarea de ser guías y abrir el camino en «la vinculación del erotismo con el amor, con la emoción, con la elección de un a persona determ inada», porque las mujeres son el único género que sigue estando en contacto pleno con el ver­ dadero eros.

La auténtica liberación del erotismo radica en aceptar que con­ siste en millones de facetas [...], hay millones de objetos en él, millones de situaciones, ambientes y variaciones. Hemos [...] de prescindir de la culpa que tiñe su expansión, y luego permanecer abiertos a sus sor­ presas, a sus muy diversas expresiones...

Sin embargo, creía que su «máxima potencia sólo puede fundirse con el am or individual y la pasión p o r un ser hum ano en particular». Para Beauvoir y Nin, com o p ara Sócrates y Diotima, toda bús­ queda basada en el principio del placer en trañ a que nunca vea u n o

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a los demás —lo m ismo da que los «demás» sean o tra persona, la sociedad en que u n o vive, el universo mism o— sólo com o u n m edio para la p ro p ia satisfacción, sino que adem ás los vea com o u n a finalidad en sí misma. Sócrates creía que sólo m ediante el cum plim iento del m andato de am or de Diotima podría un o crecer de u n m odo m últiple, que le perm ita «ver la verdadera belleza [...] y n u trir de ese m odo la auténtica areté, con el objeto de convertir­ se en amigo de Dios y ser inmortal».

Fr u t a p r o h i b i d a

M artha Nussbaum , distinguida fem inista y filósofa, adem ás de activista social que participa en las facultades de filosofía, derecho, teología y estudios sobre la A ntigüedad clásica de la Universidad de Chicago, señala el papel fundam ental que desem peñan las costum­ bres sociales en la determ inación de aquellos objetos que desea­ mos en el in ten to de saciar nuestro eros sexual.

Esto se ve rápidamente en la tremenda variedad de lo que se en­ cuentra eróticamente atractivo en las distintas sociedades y, como es natural, en los distintos individuos de las distintas sociedades: distintos atributos en la forma corporal, en el semblante y en el gesto, en la ves­ timenta o en el propio comportamiento sexual.

Lo que esto viene realm ente a subrayar es el papel fundam ental que tiene la sociedad en el dictado de lo que deberíamos desear. Pero esto tam bién p u ede estar en conflicto con aquello o aquellos que de hecho y en verdad deseamos. C uando se da este caso, el deseo se convierte en fruta prohibida p o r así decir, y podem os llegar a sentir u n a profunda insatisfacción si ese deseo queda sin satisfacer, o u n a pro fu n d a vergüenza si se colma.

U n estudioso com o K J. Dover escribe que la cultura de la anti­ gua Atenas d u ran te u n tiem po gozó de «la libertad de seleccionar, de adaptar, de desarrollar y, sobre todo, de innovar». No sólo es cuestión de que hubiese límites difusos en tre las diversas orienta­ ciones, sino que de en trad a ni siquiera había límites que desdibu­ jar, debido al planteam iento holístico que se tenía sobre estas cues­

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tiones. Lo que les im portaba es que la «orientación» de la satisfac­ ción erótica partiera de unos principios, es decir, que al m argen de cómo quisiera u n o ver hechos realidad sus deseos eróticos lo hicie­ ra de tal m odo que aquellas personas im plicadas se considerasen m utuam ente y ante todo como u n a finalidad en sí mismas. Así pues, se hallaban más orientados hacia los «sentidos y objetivos» de que hablaba Sim one de Beauvoir y hacia la recom endación de Anais N in sobre la «verdadera liberación del erotismo», cosas ambas que a u n o lo acercan aú n más a la areté.

C uando Atenas entró en u n pro fundo declive, ya en los últimos años de la vida de Sócrates, tam bién en tró en decadencia la muy extendida práctica de esta n o rm a y form a de la realización erótica.

Am o r l o c o

Sócrates dice en el diálogo titulado Fedro que el eros sin limitacio­ nes ni cortapisas haría enloquecer a cualquiera. Lejos de p ro p o n er que el eros debiera suprimirse, quiso decir que es preciso en ten d er­ lo debidam ente si se p reten d e explotar su potencial con un b e n e ­ ficio m áximo. C uando es esto lo que sucede, dice, «eros puede ser u n a de las mayores bendiciones de la vida». En el Fedro, Sócrates y Fedro —quienes dan a e n ten d er que sienten u n a m u tu a atracción erótica— se enzarzan en u n discurso sobre cóm o resolver «el p ro ­ blem a del eros». Sócrates dice a Fedro que «dentro de cada un o de nosotros hay dos clases de principios rectores, o de guías. [...] U no es el deseo in n ato del placer, y el otro es u n a capacidad de ju icio adquirido que nos dirige hacia lo mejor...». Eros, para Sócrates, es la fusión del juicio adquirido con nuestro deseo instintivo del pla­ cer. Eros no es ni razón ni instinto, sino ambos elem entos entrelaza­ dos al servicio de la areté, para asegurarnos de q ue los placeres a los que aspiramos se basen en sólidos principios.

La g r a ne v a s ió n

«Este lugar m e alim enta pasiones que ningún otro lugar podría satisfacer jam ás — dice Denny, u n o de esos jugadores que hacen

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Referencias

  1. (www.philosopher.org)
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