Rousseau, J.J. - Escritos Polémicos

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Escritos polémicos

Jean-Jacques Rousseau

Estudio preliminar de José Rubio Carracedo Traducción y notas de Quintín Calle Carabias

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Rousseau fue, ante todo, un polifacético y genial escritor que cultivó casi todos los géneros literarios, con resultados casi siempre

tan brillantes como revolucionarios. Y escribió sobre las cuestiones que más preocupaban a sus coetáneos con planteamientos y soluciones originales y, frecuentemente, desconcertantes para todos, ilustrados o conservadores. No puede extrañar, pues, verlo inmerso en frecuentes y sonadas polémicas con sus colegas (Voltaire, Diderot, D ’Alembert, Hume, Grimm), protectores (Malesherbes, Mirabeau) o adversarios (Beaumont, Tronchin).

Sin embargo, los comentaristas no suelen tener en cuenta los caracteres propios de este género literario: puesta en escena teatral, énfasis, hipérboles, paradojas y todos los recursos de la retórica. El talento de Rousseau como polemista es formidable: es el género literario que mejor cuadraba a su carácter.

La selección que presentamos ofrece cuatro muestras significativas de su genio polémico: habilidad frente a Voltaire, credibilidad frente a Malesherbes, contraargumentación forense frente a Beaumont (su pieza maestra del género), y manifiesta pérdida de facultades frente

a Mirabeau. Estos escritos resultan indispensables para entender el pensamiento de Rousseau, especialmente en cuestiones como la religión natural y la política.

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Jean-Jacques Rousseau

Escritos polémicos

Carta a Voltaire

Cartas a Malesherbes

Carta a Beaumont

Carta a Mirabeau

Estudio prelim inar de JO SÉ RUBIO CA RRA CED O

Traducción y notas de QUIN TÍN C A LLE CARABJAS.

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Diseño y realización de cubierta:

Rafael Celda y Joaquín Gallego

Impresión de cubierta:

Gráficas Molina

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en los artículos 534 bis a) y siguientes del Código Penal vigente, podrán ser casti­ gados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria,

artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte.

© Estudio preliminar, José Rubio Carraceoo, 1994 © Notas, Quintín Calle Carabias. 1994

© EDITORIAL TECNOS. S.A.. 1994 Juan Ignacio Lúea de Tena, 15 - 28027 Madrid

ISBN: 84-309-2455-8 Depósito Legal: M -4069-1994

Printed in Spain. Impreso en Espafia por Grafiris. Impresores.

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ÍNDICE

ESTUDIO PRELIMINAR... Pág. IX I. Carta a Voltaire... XII

1. Circunstancias de la carta... XII 2. Contenido de la carta... XIV 3. Publicación y reacciones... XVII II. Cartas a Maíesherbes... XX ID. Carta a Charles de Beaumont... XXVI IV . Carta al Marqués de Mirabeau...X X X V Fu e n t e syb ib l io g r a f ía________________________________ X L I NotaA LA PRESENTE EDICIÓN... XLV

ESCRITOS POLÉMICOS

Cartade J.-J. Rousseaua lseñor Voltaire... 3

Cu a t r oc a r t a sa ls e ñ o rp r e s id e n t e Ma l e s h e r b e sc o n t e­

n ie n d o LA DESCRIPCIÓN REAL DE MI CARÁCTER Y LOS VER­ DADEROS MOTIVOS DE TODA MI CONDUCTA... 25 Jean-Jacques Rousseau, ciudadanode Ginebra, a Chris

tophed e Beaum ont, Arzobispod e París, Duq uede

San Clodqaldo, Parde Francia, ComendadordelaOr-

dende Espíritu Santo, Directordela Sorbona, etc... 49 Rousseaua Víctor Riquetti, Marquésde Mirabeau .... 155

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ESTUDIO PRELIMINAR

por José Rubio Carracedo

Rousseau fue, ante todo, un escritor, un polifacéti­ co y genial escritor que cultivó casi todos los géneros literarios, casi siempre con resultados tan brillantes como revolucionarios: ensayo, tratado, novela, teatro, ópera, autobiografía, epistolario... Sólo la poesía le fue vedada. Asimismo, se ocupó de las cuestiones que preocupaban a sus coetáneos con planteamientos y soluciones originales y, con frecuencia, desconcertan­ tes para todos, ilustrados o tradicionalistas. No puede extrañar, pues, verle inmerso en numerosas polémicas, provocadas unas, inducidas otras, pero nunca rehui­ das. Cuestiones de enfoque o de énfasis, divergencias profundas, afinidades o desencuentros personales, buena o mala fe: de todo hay un poco en los numero­ sos — y, con frecuencia, sonados— debates que man­ tuvo con sus colegas (Voltaire, Diderot, D’Alembert, Hume, Grimm), protectores (Malesherbes y Mirabe- au) o adversarios (Franquierés, Beaumont, Tronchin).

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X JOSÉ RUBIO CARRACEDO

La polémica, como género literario, se constituye estructuralmente sobre esa mixtura de variables.

Y, sin embargo, no suele tenerse suficientemente en cuenta el carácter polémico de la mayor parte de los escritos de Rousseau, que se impone —frecuente u oca­ sionalmente— a la vertiente ensayística o autobiográfi­ ca (sólo la tratadista parece quedar al margen, y no enteramente), y es responsable de las violentas hipérbo­ les y de los desarrollos paradójicos que tanto descon­ certaron —y apasionaron— a sus lectores de entonces y de ahora. Esta sola consideración permite por sí sola aclarar algunos equívocos o malentendidos. Aunque no las paradojas, que traducen más bien el carácter biva­ lente de la realidad humana individual y social (todo el ámbito de la filosofía práctica: moral, política, teoría social, educación) cuando se intenta la necesaria, aun­ que quizá imposible, conciliación o síntesis que permita superar la unilateralidad o la esquizofrenia. La paradoja es un indicador fiable de la provisionalidad y de la pre­ cariedad de nuestras soluciones, a la vez que un acicate permanente para buscar sin desmayo nuevas propues­ tas, aun a sabiendas de que finalmente no escaparemos al sino de Sísifo.

Pero resulta oportuno agrupar en un volumen los escritos específicamente polémicos de Rousseau, esto es, los redactados expresamente con esta intención y que, consiguientem ente, se atienen a la estructura específica del género literario denominado «Polémi­ ca». Ello tiene una doble ventaja: por una parte, per­ mite apreciar en toda su pureza el genio polemista de Rousseau; por la otra, permite diferenciarlos de otros que tienen un carácter mixto y de los que están redac­ tados como tratados (Emilio, Contrato social), lo que puede resultar decisivo a la hora de matizar con mayor exactitud el alcance o el sentido preciso de ciertas fra­

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ESTUDIO PRELIMINAR XI ses —muchas de ellas profusamente citadas— en su contexto de polémica personal.

Nuestra selección de los más significativos incluye los siguientes (algunos de ellos de difícil acceso, al no haberse incluido en las ediciones de obras completas):

Lettre á Voltaire, Lettre á Charles de Beaumont, Lettres á Malesherbes y Lettre au Manquis de Mirabeau (obvia­

mente, la Lettre á D ’Alembert y las Lettres de la Mon-

tagne, debido a su ex tensión , requieren sendos

volúmenes). Todas ellas reflejan las características pro­ pias del género, aunque muy atenuadas en el caso de las

Lettres a Malesherbes, que tienen tanto o más de inten­

ción exculpadora. Rousseau construye, ante todo, una pieza oratoria, con la escenografía correspondiente. Los argumentos se cargan con acentos pasionales, intencio­ nes segundas, circunstancias biográficas, recursos teatra­ les, búsqueda de frases rotundas; todo ello escrito con rapidez, aunque luego sea insistentemente corregido. Sería erróneo pretender interpretar estos escritos polémi­ cos como si fueran textos filosóficos (puramente reflexi­ vos) o tratados sistemáticos (académicos). Ello puede parecer obvio, pero no siempre los comentaristas lo tie­ nen en cuenta a la hora de aducir los textos en que se apoyan, procedentes de los diversos géneros cultivados por el ginebrino. Claro es que aquí tocamos otro punto sensible: a Rousseau se le cita más que se le estudia, se le utiliza para defender o ilustrar posiciones ya tomadas más que para interpretarle como un pensamiento unita­ rio, pese a sus aparentes —e incluso reales— dislocacio­ nes. Pero no es éste el momento para profundizar en tales consideraciones. Nos parece preferible presentar, con el mínimo detalle, los caracteres particulares de cada uno de los escritos que ofrecemos al lector en una nueva traducción, a la vez rigurosa y actualizada, reali­ zada por un experto en filología francesa.

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XII JOSÉ RUBIO CARRACEDO

I. CARTA A VOLTAIRE

1. Circunstanciasdelacarta

No es éste su primer escrito del género polémico, aunque sí el primero sonado. La publicación del D is­

curso sobre las artes y las ciencias, primero, y del D iscurso sobre el origen y fundam entos de la desi­ gualdad, después, le habían situado en el centro de un

debate interminable, en el que terciaron numerosos personajes de los medios ilustrados, pero también de ios tradicionalistas; en efecto, la postura de Rousseau, sobre todo la del segundo Discurso, había desconcer­ tado a todos o, al menos, no había satisfecho a nadie, con independencia de que fuera correctamente inter­ pretado en Francia, y en contraste con la recepción de sus dos discursos en Alemania (Schiller, Lessing, Kant), donde fueron leídos con igual pasión y mejor entendimiento.

Precisamente, la publicación del Discurso sobre la

desigualdad marca el primer tropiezo serio con Voltai-

re. En realidad, sus relaciones hasta entonces habían sido discretas, incluso amables, y llenas de admiración por parte de Rousseau (admiración, sobre todo, del autor teatral de mayor éxito en su tiempo). De algún modo, el ginebrino había aceptado de buen grado su papel de «jefe» indiscutido de los nuevos filósofos ilustrados, pero de ningún modo se sentía en su radio de influencia. Mientras Rousseau —de vuelta en París tras una breve estancia en su ciudad natal— estaba preocupado por la fría recepción de su libro en Gine­ bra, pese a su cálida y un tanto solemne «Dedicatoria» (todos habían entendido que se trataba de una ideali­ zación excesiva), le llegó una misiva de Voltaire (esta­ blecido desde 1755 en una finca a las afueras de la

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ESTUDIO PRELIMINAR XIII ciudad) escrita con su característica mezcla de cáusti­ ca ironía y destemplanza amable:

He recibido su nuevo libro contra el género humano, lo que le agradezco Nunca se ha desplegado tanta inteligencia en un esfuerzo para hacemos bestias. Tras leer su libro, se tiene el deseo de ponerse a cuatro patas, pero, como he perdido el hábito hace ya más de sesenta años, temo que no podré recuperarlo*.

No obstante, seguidamente se lim ita a plantear amablemente algunas objeciones que se dirigían más bien al primer Discurso, y le invita a residir en Gine­ bra, con su ambiente más sano para su salud. La res­ p u esta de R ousseau e s tá lle n a ú n ic am en te de expresiones cálidas y halagadoras.

Sin embargo, por complejos motivos, Rousseau pre­ ferirá retirarse en abril de 1756 a vivir en el valle de Montmorency, no lejos de París, y más en concreto en la casa L’Hermitage, que le cedió su protectora de entonces, Madame D’Epinay. Y durante el verano, mientras cumplía con su compromiso de preparar un resumen de los escritos del abate Saint-Pierre apto para difundir sus ideas sobre la «Paz Perpetua» y las necesa­ rias reformas económico-políticas en Francia, recibió la copia que le enviaba Voltaire por medio de Duelos de su Poémes sur le Désastre de Lisbonne et sur la Loi

naturelle avec des Préfaces, des N otes..., que había

publicado poco antes en Ginebra. El terremoto de Lis­ boa, que causó decenas de miles de muertos y la des­ trucción de la ciudad en 1755, le ofrecía un buen motivo para burlarse del providencialismo cristiano, en especial tal como lo había difundido Alexander Pope en su conocidísimo poema The Essay on Man, a la vez que 1

1 J.-J. Rousseau, Correspondance compléte, ed. de Leigh, Ginebra/Oxford, 1967,111, p. 317 (pp. 136-158). En adelante, C.C.

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XIV JOSÉ RUBIO CARRACEDO

se confirmaba en su deísmo, aunque insistía en que «no me levanto contra la Providencia», pero es preciso aceptar «que el Mal domina en la tierra»2 .

Rousseau pensó de inmediato que Voltaire había ido demasiado lejos y se sintió ofendido en su «reli­ gión natural», basada justamente en el amor y en la providencia divina. Dado que el poema de Voltaire incluía notas filosóficas y comentarios, el desafío esta­ ba servido y Rousseau se sintió obligado a refutar su argumentación en un escrito público. Pero, dado que temía la reacción del «gran hombre», comenzó por enviarle una copia manuscrita al médico Tronchin, amigo de Voltaire y también suyo por entonces, para tantear el terreno. El médico, aunque se mostró escép­ tico respecto a los resultados, no vio problema en pasarle la carta a Voltaire.

2. Contenidodel ac a r t a

La Carta a Voltaire es un escrito breve, pero lleno de calor humano y de convicción serena en los argu­ mentos. Tras escudarse en los elogios iniciales, Rousse­ au desmonta paso a paso la argumentación de Voltaire, que se adivina más que se expresa en sus ironías y sar­ casmos. El eje de la demostración lo establece desde el principio: si Leibniz y Pope han desconsiderado «nues­ tros males» y han asegurado que «todo está bien», Vol­ taire se ha pasado al otro extremo para concluir que «todo está mal». Rousseau va a situarse en una posición casi intermedia, defendiendo a la providencia divina de

2 Voltaire, Oeuvres complétes, ed. de L. Moland, París, 1987, IX. pp. 469 y 474.

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ESTUDIO PRELIMINAR XV las acusaciones de Voltaire, pero sin asumir el optimis­ mo providencialista (o providencialismo ingenuo) de Pope, que siempre le había disgustado, como demuestra una carta de fecha tan temprana como 1742\ sin duda a causa de su fácil recurso a los «grandes encadenamien­ tos de las cosas», incluyendo los no perceptibles, de modo que la mano de Dios apareciera siempre solícita tras cualquier acontecimiento. Tal providencialismo ingenuo ofrecía un fácil blanco para el talento satírico de Voltaire, a propósito del cataclismo lisboeta, quien situó al providencialismo ante un dilema: ¿qué hacía entonces el Ser Supremo, se había ido a dormir o había dejado la dirección del universo a algún ángel caído? Pero esta argumentación no se sostenía ante un provi­ dencialismo moderado, y Rousseau no tuvo dificultad en darle la vuelta a la argumentación: ¿por qué culpar a la providencia de las imprevisiones humanas? ¿Qué orgullo insensato pretende que la naturaleza se someta a la legislación humana? Si se examinan los sucesos con cuidado, siempre aparece el hombre como el único res­ ponsable de los sufrimientos humanos. Ésta será la ter­ cera gran verdad del Vicario Saboyano en el Emilio: el hombre es libre y, como tal, es responsable de los males cuya autoría atribuye al azar o a la providencia.

Pero Rousseau va todavía más lejos: la gran reper­ cusión del terremoto de Lisboa se debe al elevado número de víctimas que ha producido en una gran ciu­ dad («con casas de siete pisos»); si el terremoto hubie­ ra tenido lugar en el desierto, con pocas víctimas humanas y animales, seguramente habría pasado desa­ percibido. Y lo que se considera una muerte terrible 3

3 J.-J. Rousseau. Oeuvres complétes, ed. de B. Gagnebin y M. Raymond, Gallimard. París, IV, pp. 1773-1774. En adelante, O.C.

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XVI JOSÉ RUBIO CARRACEDO

¿puede compararse con la muerte en el hospital «mar­ tirizado con inútiles cuidados, a quien los notarios y los herederos impiden respirar, los médicos asesinan a placer en su cama y bárbaros sacerdotes hábilmente le hacen saborear la muerte»? Una vez más, es nuestra civilización, urbanita y cargada de necesidades artifi­ ciales, la única responsable de nuestros sufrimientos, no los seres naturales, aunque ninguno tenga «figura geométrica» (como reprochaba Voltaire, siguiendo a un físico llamado Crousaz4, quien había intentado desautorizar a Pope con argumentos científicos).

Por lo demás, el ginebrino no deja de concederle que ha propinado un «correctivo muy justo al sistema de Pope», pero le señala a continuación que es preciso distinguir con claridad entre «el mal particular» y «el mal general»; el primero es notorio, mientras que el segundo no se puede probar. Por eso hay que corregir también la aseveración de Pope «todo está bien» por «el todo está bien» o quizá «todo está bien para el todo». Y también es preciso distinguir entre el «orden físico» y el «orden moral». Pero, finalmente, concluye que la argumentación racional no resulta decisiva para inclinarse a favor o en contra de la providencia, sino que hay que apelar a «la prueba del sentimiento»; y su sentimiento profundo le asegura que Dios existe, lue­ go es perfecto, luego es justo. Otra cuestión son las supersticiones de los devotos y la tiranía de los gober­ nantes; ahí comparte plenamente la libertad de las conciencias y la tolerancia reclamadas por Voltaire y vanamente justificadas por «el sofista Hobbes». Inclu­

4 Jean-Pierre de Crousaz (no Crouzas, como dice Rousseau) había publicado dos libros contra Pope. Rousseau lo refutará tam­ bién en La nouvetle Héloise. Ver O.C., IV, pp. 1777.

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ESTUDIO PRELIMINAR XVII so adelanta un esbozo de lo que será el capítulo sobre la religión civil en el Contrato social.

Para terminar, Rousseau enlaza hábilmente con el segundo poema de Voltaire publicado conjuntamente («Poema sobre la religión natural»), del que se sentía mucho más próximo. Y ofrece un cambio de tercio hala­ gador para el «jefe» de las Luces: dado que en este poe­ ma nos ha escrito «el catecismo del hombre», ahora sólo resta que complete la tarea con «el catecismo del ciuda­ dano», aunque sin duda ello le llevará mucho tiempo y haya de ser quizá su último libro. Rousseau extrapola aquí su propio designio: por entonces preparaba ya su doble catecismo: del hombre (Emilio) y del ciudadano

(Contrato social). Y termina excusándose nuevamente

por el correctivo que le propina, pero ha tocado su ner­ vio más sensible: no quiere ofenderle, pero se trata de

la causa de la Providencia, de quien espero todo Ya he sufrido demasiado en esta vida como para no esperar otra. Todas las sutile­ zas de la metafísica no me harán dudar ni por un momento de la inmortalidad del alma y de una providencia benevolente. La siento, la creo, la quiero, la espeto, la defenderé hasta mi último aliento. 3 *

3. Publicaciónyreacciones

Todo parece indicar que, desde el primer momento. Rousseau pensaba en publicar la carta. No obstante, dado que por entonces su relación con Voltaire era toda­ vía genéricamente amistosa, tuvo la cortesía y el cuida­ do de enviársela a finales de agosto de 1736 con la mediación de su médico Tronchin, como antes quedó indicado. El ginebrino había previsto que Voltaire res­ pondería a su escrito con otro en el que revisaría su posi­ ción. Pero, como Tronchin había pronosticado, no fue así: el «jefe» se sintió incómodo y molesto ante aquella

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XVIII JOSÉ RUBIO CARRACEDO

polémica, por lo que prefirió no seguirla. Así respondió con una breve misiva a la vez displicente y afectuosa:

Mi querido Filósofo: Usted y yo podemos discutir en verso y en prosa en ios intervalos que nos dejan nuestras dolencias, pero en este momento me habrá de perdonar si dejo de lado esas discusio­ nes metafísicas, que son sólo pasatiempos. Su cana es muy her­ m osa, pero en este m om ento ten g o conm igo a una de m is sobrinas, que está gravemente enferma. Así que estoy de enferme­ ro y yo mismo estoy enfermo5.

Pero termina invitándole a residir en Ginebra y asegurándole su afecto.

Rousseau se sintió decepcionado, sin duda, pero no quiso abandonar su proyecto de hacer pública la carta. Para ello intentó obtener el permiso expreso de Voltai- re, quien rehusó dárselo, como le reprochará el gine- brino en una carta de 17606. Pero Rousseau había hecho tres copias y las había enviado a diferentes interlocutores, aunque siempre con la prevención de que las mantuvieran en secreto. Era casi inevitable, pues, que las copias se multiplicaran y escapasen a su control. Lo cierto es que en 1959 apareció una edición clandestina en Alemania (obra de Grimm, probable­ mente), con muchos errores. Al año siguiente Formey la incluyó en su panfleto titulado Lettres sur l ’état

présent des Sciences et des moeurs. Un corresponsal

advirtió a Rousseau, quien se apresuró a escribir a Voltaire para asegurarle su inocencia, a la vez que le reprocha el daño que le ha causado en Ginebra y pone fin a su relación. En 1761 se imprimía otra edición clandestina en Ginebra; advertido por su fiel amigo Moultou, consiguió impedir su publicación. El mismo

5 C.C., IV, 437, pp. 102-103. ‘ C .C.V II, 1019, pp. 135-136.

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ESTUDIO PRELIMINAR XIX Rousseau tomó algunas iniciativas para publicarla, que no tuvieron éxito. Pese a todo, las ediciones incontroladas se sucedieron, por lo que Rousseau autorizó finalmente la edición de Duchesne de 1764 en París y en Ginebra, que se considera la versión ofi­ cial. R. A. Leigh7 ha publicado una edición crítica de una copia de la carta original que Rousseau envió a Voltaire en 1756, realizada por el secretario de éste, que revela algunas modificaciones menores introduci­ das por Rousseau en la edición de 1764.

El resentimiento de Rousseau por la que consideraba su frustrada polémica con Voltaire se refleja en una carta del mismo año: Voltaire no quiso responder directamente a su escrito, sino que prefirió responderle subrepticia­ mente con su novela Candide: «yo quería filosofar con Voltaire; en cambio, él se burló de mí»8. Para colmo, Vol­ taire había publicado en 1761, bajo seudónimo, una feroz crítica en su escrito titulado Lettres á M. de Voltaire sur

La nouvelle Héloise. Sin embaigo, como piensa Crans-

ton, la crítica era tan apasionada y personal que hizo más daño al propio Voltaire que a Rousseau. Todo indica que, una vez más, Voltaire había perdido los papeles. El mis­ mo D’Alembert se lo reprochó en duros términos. En su respuesta, Voltaire se intenta justificar halagándole y adu­ ciendo la extrema torpeza del «architonto» de «tu Juan- Jacobo», que le había enviado «la carta más impertinente que un fánatico haya malescrito nunca». Pero D’Alem­ bert, cuyo talante humano fue siempre de gran dignidad, insistió en su queja: * *

7 R. A. Leigh, «Rousseau’s Letter to Voltaire on optimism», en

Studies on Voltaire and the Eighteentk Century, vol. XXX, 1964.

pp. 247-309 (reproducida en C.C., IV, 1967, pp. 37-71).

* C.C., XIX, 3174 (cit por M. Cranston, The Noble Savage. Jean-

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XX JO SÉ RUBIO CARRACEDO

Jean-Jacques es un hombre enfermo con gran capacidad intelec­ tual. pero que ejerce tal capacidad sólo cuando su mente se infla­ ma; no se debe intentar ni curarle ni abusar de él9.

No obstante el rencor de Voltaire persistió hasta el final. El «gran hombre», teorizador de la tolerancia, no toleraba discrepancias públicas de un recién llega­ do. Cierto que Rousseau era un colaborador y un ami­ go de p siq u e tan co m p lica d a que resu ltab a tan entrañable como insoportable. Pero Voltaire no se detuvo ante nada en su persecución del ginebrino sin, además, dar casi nunca la cara. Los escritos políticos de Rousseau tuvieron la virtud de contrariarle espe­ cialmente. A finales de 1764 apareció en Ginebra su libelo Sentim ent des citoyens, donde denuncia que Rousseau, el ciudadano ejemplar, había entregado sus hijos al orfelinato. Y en abril de 1766, mientras Rous­ seau se encontraba en su exilio en Wooton (Gran Bre­ taña), busca la confrontación total en su Lettre de M.

de Voltaire au Dr. J. J. Pansophe. AI parecer, él era el

único con derecho a escribir de cualquier asunto. El ginebrino, esta vez con buen juicio, dio la callada por respuesta ante estos ataques. O, mejor dicho, respon­ dió con sus Confesiones, a Voltaire y al mundo entero.

II. CARTAS A MALESHERBES

Chrétien-Guillaume de Lamoignon de Malesherbes (quien más tarde llegará a ser secretario de Estado con Luis XVI y como tal defendió al rey ante la Conven­ ción y fue g u illo tin ad o en 1794) fue nom brado «Director de Publicaciones» (equivalente a ministro

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ESTUDIO PRELIMINAR XXI de Información) en 1755, cuando sólo tenía treinta y cuatro años, favorecido — sin duda— por la circuns­ tancia de que su padre (Guillaume de Lamoignon de Malesherbes) era canciller del reino, pero dotado de notables cualidades humanas (honestidad, inteligencia y habilidad), que le permitieron ser el protector de los enciclopedistas a la vez que mantenía su lealtad al rey y al gobierno, en un difícil equilibrio que duró toda su vida hasta que el vendaval jacobino se lo llevó por delante. Rousseau, desde luego, fue uno de los autores más beneficiados por la comprensión de Malesherbes, quien se sintió especialmente atraído por su peripecia vital e intelectual, como se aprecia cumplidamente en la correspondencia conservada. No resulta extraño, pues, que Rousseau, inmerso en la espinosa tarea de conseguir su autorización para la publicación en Fran­ cia de Emilio y para la venta en el país del Contrato

social, editado en Amsterdam, le dirigiera cuatro car­

tas mucho más apologéticas que polémicas, puesto que no dejaba de apreciar la delicada posición del director de publicaciones.

Es más, el mismo Rousseau había llevado con él un doble juego, hasta cierto punto al menos. En efecto, le había tenido al corriente de la génesis y del contenido del Emilio (cuyo título original era Tratado de educa­

ción), mientras que le había ocultado todo lo referente

al Contrato social (también concebido como tratado o

Principios de derecho político, que persistió como sub­

título), sin duda por no comprometerle en demasía, pero a la vez para no tentar demasiado su suerte, ya que intuía que su disgusto podría acarrear la prohibición de ambos libros, que el ginebrino consideraba con buen criterio la culminación de su carrera de escritor.

De hecho, Malesherbes se implicó de algún modo en la publicación del Em ilio por el editor parisino

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XXII JOSÉ RUBIO CARRACEDO

Duchesne (aunque tuvo la precaución de no autorizar­ la nunca por escrito), y la apoyó hasta el punto de hacer una visita a Rousseau en su retiro de Montmo- rency para calmar sus temores y para convencerle de que la publicación de los libros IV y V (donde se incluía «La profesión de fe del vicario saboyano», con su vehemente propuesta de la «religión natural» en lugar de la eclesial) debía realizarse por el mismo edi­ tor y no por el holandés M. Rey, el editor del Contrato

social y de casi todos los escritos de Rousseau, como

éste deseaba al prever el fuerte impacto que tal «profe­ sión de fe» podía causar en Francia (aunque nunca pudo sospechar que sería tanto). En realidad, ambos siguieron adelante con su ju eg o, pues finalm ente Néaulme — socio de Duchesne— hizo en Amsterdam una edición paralela de tales libros. Aunque tanta tác­ tica y tanta precaución sirvieron, a la postre, de poco.

¿Qué pretendió, pues, Rousseau con las cuatro car­ tas que le dirigió en enero de 1761? Ante todo, una apología de su persona y de su obra. De hecho, tales cartas constituyen el nervio central sobre el que escri­ birá más tarde sus Confesiones. El ginebrino era cons­ ciente, sin duda, de que la simpatía que le profesaba Malesherbes tenía mucho que ver con la imagen de infortunio y de incurable melancolía que sus amigos ilustrados — empezando por Diderot— habían difun­ dido de él en los ambientes parisinos. Y no estaba muy equivocado, puesto que en una carta a la Sra. de Luxemburgo (su protectora, jun to con su m arido, durante aquellos años) M alesherbes le muestra su comprensión por el «infortunado Jean-Jacques» (sus amigos más próximos le llamaban siempre «Jean-Jac­ ques», mientras que otros preferían ironizar con su obstinación en firmar exclusivamente como «Ciuda­ dano» de Ginebra) en cuya agitación veía una mezcla

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ESTUDIO PRELIMINAR XXIII de «honestidad, nobleza, melancolía y éxtasis ocasio­ nal que es el tormento de su vida, pero también la fuente de su obra»10 11, apreciación por cierto muy seme­ jante a la que D’Alembert trasmite a Voltaire.

Rousseau intentaba, ante todo, pues, ofrecerle a M alesherbes su propia versión sobre su persona y sobre su obra, ambas tan vinculadas entre sí. Y, para ello, había de comenzar por destruir la falsa imagen de misantrópica melancolía —que se había convertido ya en un estereotipo, incluso bien intencionado— sobre su persona, compartido por casi todos, fuera de su círculo más íntimo. Por eso en su primera carta prima el inten­ to de hacerle comprender a Malesherbes la verdadera naturaleza de su gusto por la soledad: había nacido con un «deseo natural de soledad» que le hacía sentirse a gusto sólo con las criaturas de su fantasía. Su verdade­ ro período de melancolía había sido la época de su estancia parisina, motivada por «su disgusto por la vida social». Y el motivo profundo de todo era su «indomable espíritu de libertad». Por lo mismo apre­ ciaba sobremanera el círculo íntimo de amistad, «don­ de no existen deberes, sino que uno simplemente sigue los impulsos de su corazón». El ginebrino insiste en la sinceridad descamada de su relato: va a «pintarse a sí mismo sin engaño y sin modestia». Eso sí, le pide que queme sus cartas tras leerlas11, aunque «no porque tema ser visto como es», ya que, aun siendo consciente

10 Citado por M. Cranston, op. cií., p. 321. a quien debo algu­ nos datos de esta pane del «Estudio preliminar».

11 Por fortuna, Malesherbes entendió su deseo real y no siguió su recomendación, conservando las cartas. De hecho, poco tiempo después, el mismo Rousseau se las pidió, sin duda para utilizarlas en la redacción de las C onfesiones. Malesherbes le devolvió copias, pero retuvo el original.

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XXIV JOSÉ RUBIO CARRACEDO

de sus errores, está seguro de «no haber conocido en mi vida ningún hombre mejor que yo».

En la segunda carta la autodesvelación se centra en aclarar los rasgos aparentemente contradictorios de su temperamento, a la vez indolente e intenso. Para ello rememora su niñez inflamada con las lecturas de Plutar­ co, quien disparó su fantasía creadora. Y seguidamente narra el famoso episodio de la revelación de Vincennes, en el verano de 1749, cuando se dirigía a visitar a Dide- rot en la cárcel. Al abrir el periódico M ercure de

France se fijó de inmediato en el anuncio del premio al

ensayo que mejor respondiera a la cuestión de si el pro­ greso en las ciencias y en las artes había mejorado o no las costumbres. Como describe Rousseau,

si alguna vez hubo algo parecido a una inspiración súbita, ésa fue la conmoción que sentí al leerla. De repente mi mente se deslum­ bra con mil luces; multitud de ideas vivas surgen a la vez con tal fuerza y confusión que dan conmigo en una turbación indescripti­ ble!... |. Si alguna vez pudiera escribir la cuarta parte de lo que vi y senil bajo aquel árbol, con cuánta claridad habría m ostrado todas las contradicciones del sistema social, con qué fuerza habría expuesto todos los abusos de las instituciones, con qué sencillez habría demostrado que el hombre es bueno por naturaleza y que sólo por esas instituciones se hace malo.

A su entender, sus obras —en especial los dos Dis­

cursos y el Emilio, «que constituyen un todo»— reco­

gen y expresan lo esencial de aquella revelación por la que se convirtió en escritor «casi a su pesar», pues se sentía depositario de una misión: difundir aquella ver­ dad. Pero existe, además, otra razón para explicar su copiosa producción literaria: aquejado como estaba de un mal incurable desde su niñez (retención de orina), estaba seguro de que no iba a vivir mucho tiempo; por lo mismo le urgía terminar de escribir lo que tenía que decir. Con el Emilio y el Contrato consideraba com­

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ESTUDIO PRELIMINAR XXV pletada su obra. Al mismo tiempo, eran sus dos obras mayores; de ahí su impaciencia por verlas publicadas: significaban la culminación feliz de su misión. Como dice a M alesherbes, después podrá «decir adiós al público» y sólo entonces «será libre como ningún hombre lo ha sido jamás». De ahí también su derrum­ bamiento posterior al comprobar cómo ambos libros eran prohibidos y quemados públicamente en París y en Ginebra — los dos lugares en lo que más hubiera deseado su aprecio— y al verse él mismo como prófu­ go ante sucesivas órdenes de arresto o expulsión.

En la tercera carta, fechada el 24 de enero, se esfuer­ za por explicar la felicidad que ha experimentado en su retiio del valle de Montmorency, pese al agravamiento de sus padecimientos físicos. Incluso afirma enfática­ mente que «sólo empecé a vivir el 9 de abril de 1756» (la fecha de su salida de París). Su felicidad se basa en la soledad y en la libertad que ésta le proporciona: paseos solitarios o acampañado por Teresa, «su querido perro, su viejo gato, los pájaros del campo y los venados del bosque, con toda la N aturaleza y su inconcebible Autor». Y su meditación más frecuente se dirigía al «incomprensible Ser que lo abarca todo» hasta gritar en ocasiones «¡Oh, gran Ser, oh, gran Ser!».

Finalmente, la última carta la dedica a defenderse ante Malesherbes de la acusación que le habían hecho sus colegas parisinos de abandonar sus obligaciones sociales retirándose al campo. Se siente tan incompren­ dido por los «intrigantes» de París, como se complace en el trato directo de los campesinos del valle. Por lo demás, el Director de Publicaciones sabe muy bien que su soledad ha sido muy productiva: ha defendido a su patria desde allí mejor que si hubiera vivido en Ginebra. Bien es cierto que ha contado con la ayuda de algunos protectores, en especial de los Síes, de Luxembuigo, sin

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XXVI JOSÉ RUBIO CARRACEDO

cuya comprensión «es casi seguro que hubiera muerto de melancolía». Ante ellos ha tenido que vencer su aver­ sión innata por la aristocracia, como también le ha ocu­ rrido con el mismo Malesherbes. Con ellos ha tenido que rendirse a la evidencia de su afecto desinteresado y de su amigable compañía de igual a igual. Llega a decir incluso que está considerando su recomendación para abandonar ya su soledad. Resulta muy significativa esta confesión de Rousseau y la paradoja de sentirse mejor comprendido por una nobleza de la que todo parecía separarle, empezando por sus arraigados prejuicios con­ tra la misma, que por sus colegas literarios y sus conciu­ dadanos de Ginebra.

No se conserva la respuesta de Malesherbes, pero no cabe dudar de su buena acogida al escrito, ya que el tono de la correspondencia subsiguiente de Rousse­ au así lo presupone. Las Cartas a M alesherbes consti­ tuyen un documento precioso para conocer el sentido de la vida y la obra de Rousseau; representan proba­ blemente el testimonio más ajustado a la realidad, antes de que las amargas experiencias del secuestro y condenación de sus libros, y de su propia persecución, agravaran irremediablemente sus tendencias paranoi- des, que se manifiestan ya con claridad en la puesta en escena de las Confesiones, y que se acentuarán toda­ vía más en sus últimos escritos. III.

III. CARTA A CHARLES DE BEAUMONT

Finalmente, tras laboriosas gestiones en el caso del

Emilio con el editor Duchesne, en París, y sin mayores

complicaciones en el caso del Contrato social, con el editor Rey, en Amstendam, ambos libros aparecieron casi simultáneamente (en mayo y abril de 1762), con disgusto

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ESTUDIO PRELIMINAR XXVII de Rousseau porque el retraso en la edición del primero había provocado su coincidencia con la publicación del segundo, que él había querido evitar precisamente. Pero tue enseguida una cuestión insignificante ante la persecu­ ción que se desató de inmediato contra ambos.

En realidad, las peripecias en la edición del Emilio habían facilitado que se filtrasen algunos de sus conteni­ dos, en especial la famosa «profesión de fe del vicario saboyano», que había suscitado grandes reservas y temores en cuantos la habían conocido, incluyendo al mismo Malesherbes; todos le habían insistido a Rousse­ au en que debía dulcificar sus expresiones o, al menos, retirar su nombre de la portada, según una práctica muy habitual entonces (a la que se había acogido el mismo Montesquieu). Pero Rousseau se mantuvo inconmovible en su postura de no aceptar recorte alguno de la censura y de no publicar el libro anónimamente, aun tratándose de un anonimato más aparente que real. Malesherbes intentó convencerle hasta el último momento, pero final­ mente, como mal menor, se convino en publicar los últi­ mos libros en París, pero figurando en portada los nombres de Néaulme y Amsterdam (donde efectivamen­ te se hacía simultáneamente otra edición). Rousseau había dado inicialmente su conformidad, pero se arre­ pintió enseguida, no tanto porque era una falsedad como porque era una falsedad que no iba a engañar a nadie. Pero personalmente no era consciente del peligro y repetía a todos que no había nada que temen los france­ ses eran naturalmente comprensivos y no iban a perse­ guir a un simple escritor extranjero, como lo demostraba el caso de Helvecio12.

12 Helvecio provocó un gran escándalo con la publicación en I7S8 de su De Vesprit, que fue condenado, aunque no se persiguió

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XXVIII JO SÉ RUBIO CARRACEDO

El caso del Contrato era distinto, dada su incidencia sobre la política absolutista. Por eso siempre pensó en editarlo fuera, en la tolerante Amsterdam, aunque pensan­ do —con su editor— que su venta en Francia no tendría mayores problemas. Pese a todo, Rousseau le había ocul­ tado siempre a Malesherbes este proyecto, pero contaba con su comprensión ante los hechos consumados, así como con la de sus protectores de la nobleza, en especial el Mariscal de Luxemburgo, e incluso el ministro de Esta­ do Choiseul, a quien dedica una excepción al referirse a los ministros despóticos, excepción que, sin embargo, no fue entendida o aceptada por Choiseul y que probable­ mente estuvo en el origen de la implacable actuación con­ tra Rousseau. Una carta de un aduanero —siguiendo, sin duda, indicaciones de Malesherbes— le previno a través de Rey de que no se iba a permitir la venta del libro en Francia y que debía suprimir su nombre de la portada para evitar «la ruina del autor». El director de publicacio­ nes se había dado cuenta, ciertamente, de lo delicado de la situación, tanto para Rousseau como para él mismo, y decidió parar el golpe ordenando el secuestro del Emilio, tras avisar a Duchesne. Afortunadamente para él, nunca había autorizado por escrito la edición, ya que Rousseau no había querido someterse a la censura. Él consiguió sal­ var su puesto (con la ayuda de su padre, todavía canciller del reino), pero para el ginebrino era ya demasiado tarde. Pronto le llegaron avisos para que abandonase el país de inmediato. Mas Rousseau estaba dispuesto a dar la cara, pensando que saldría airoso si fuera llamado a un debate ante el «parlamento». ¡Al fin, ambos libros habían sido

al autor. Malesherbes, que había autorizado la edición, salvó su puesto entonces porque la responsabilidad fue desviada a uno de sus secretarios.

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ESTUDIO PRELIMINAR XXIX publicados legalmente por un autor extranjero en un país extranjero!

Sin embargo, como resultaba obvio en pleno régimen despótico, el «parlamento» actuó rápidamente por su cuenta, condenó el Emilio y ordenó el arresto del autor. Rousseau hubo de huir inmediatamente (más por la presión de sus protectores y del príncipe de Conti, que por propia voluntad) en el carruaje de la Sra. de Luxem- burgo a Iverdon, en el cantón de Berna, donde le habían dado garantías. El 9 de junio tuvo lugar la ceremonia solemne de condena del libro bajo los cargos de subver­ sivo de la religión, la moral y las costumbres; sedicioso, impío y sacrilego. La quema pública fue dos días des­ pués. Claro que La Sorbona se había adelantado en la condena del libro dos días antes bajo el juicio «científi­ co» de que el autor era «un gran maestro de conrupción y error». En Ginebra fue todavía peor: no sólo el Emilio, por su impiedad, sino también el Contrato social, «por la extrema libertad» que preconiza —como reza el infor­ me oficial de Tronchin—, son condenados públicamente el 19 de junio, mientras se prohíbe la residencia del autor en la ciudad bajo pena de arresto.

Rousseau recibe las noticias sin comprender nada. En su correspondencia insiste una y otra vez en que sus dos libros mayores no son más atrevidos que sus obras prece­ dentes; y, en particular, la «profesión de fe del vicario saboyano» es sólo una explicitación de la profesión de fe de Julia (La nueva Eloísa), que fue leída sin problemas por multitud de lectores. Sólo puede entenderlo a través de sus tendencias paranoides: ¡el mundo entero se confa­ bula contra Jean-Jacques Rousseau! Algunos colegas ilustrados le tienden la mano: Duelos le envía dinero; D’Alembert le ofrece sus buenos oficios. Y cuenta con el incondicional Moultou en Ginebra. La condesa de Bouf- flers insiste en ofrecerle un refugio en Inglaterra. Pero

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XXX JO SÉ RUBIO CARRACEDO

otros callaban y se desentendían. Para colmo es expulsa­ do del cantón de Berna y ha de buscar refugio en Motiers, en el cantón de Neuchátel (entonces principado de Prusia), desde el 10 de julio. Allí se le reunió Teresa, su criada-amante-enfermera. El rey de Prusia, a través de su representante local Milord Mariscal, le ofrece su com­ prensión y su ayuda. Pero Rousseau no se siente cómodo bajo su protección. Mientras, le siguen llegando noticias de más condenas sobre sus libros.

Pero a finales de agosto le llega una condena que le hiere especialmente y le confirma en su idea de que se ha organizado una «caza al hombre» contra él: es una carta pastoral del arzobispo de París, Charles de Beau- mont, la que parece colmar el vaso de su paciencia. Por otra parte, el escrito del arzobispo que le desauto­ rizaba como seudofilósofo lleno de contradicciones, que corrompía cuanto tocaba, le ofrecía un blanco demasiado apetitoso para sus dotes polémicas: le brin­ daba la ocasión para hacerse oír por todos, católicos o protestantes, y darles una lección definitiva. ¿Cómo se atrevía aquel prelado a dirigirse a él como si fuese su feligrés? ¿Es que no sabía que era un protestante gine- brino? Ante esta perspectiva le vemos rehacerse de inmediato para tomar la pluma con su brillantez habi­ tual. Se le ofrece una victoria no sólo sobre Beau- mont, sino sobre todos cuantos han malentendido o condenado «su religión natural». El borrador muestra una vez más una escritura que avanza rápidamente, con pocas correcciones, aunque luego el texto se reor­ dene en la versión definitiva13. * IV.

13 Puede verse el detallado estudio del borrador, y su compara­ ción con la versión definitiva, realizado por H. Gouhier, O.C., v. IV. pp. CLXXI ss.

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ESTUDIO PRELIMINAR XXXI El comienzo es directo y patético, con una retórica demoledora: ¡Qué extraño sino el suyo, realmente úni­ co en su siglo! Escritor tardío y casi circunstancial, se ha visto obligado a llevar una carrera vertiginosa y sus escritos han tenido siempre una repercusión excesiva para bien o para mal. Y eso que siempre ha mantenido los mismos principios y sólo ha intentado servir a la verdad. Pero ahora se ha llegado a lo inexplicable: el parlamento de París ordena quemar, pasando por alto todos los procedimientos, un libro que un ginebrino había publicado legalmente en Holanda. Y eso tratán­ dose de un libro que sólo habla de paz y de virtud. Incluso «el ateo Spinoza» pudo vivir tranquilamente y con honor, mientras que él se ve perseguido por todos. Y ahora, una vez que se ha «librado de los verdugos», ha venido a «caer en manos de los sacerdotes», como lo muestra la pastoral de Beaumont.

Para colmo, el origen de todo han sido dos equívo­ cos, como podría demostrar con dos anécdotas que está tentado a contar..., aunque finalmente no lo hace (es casi seguro que Rousseau está pensando en el malen­ tendido de Choiseul y en la denuncia que le han hecho los jansenistas, combatidos hasta entonces por el arzo­ bispo, pero que ahora han conseguido meterlo en su juego). ¡Extraño celo el que muestra Beaumont en este asunto! Pero juega a favor de corriente: ¿habría escrito la pastoral contra sus dos últimos libros si el parlamento no los hubiese condenado? ¿Por qué no había escrito contra sus libros precedentes, dónete se expone básica­ mente lo mismo? Y, sobre todo, ¿por qué escribe una pastoral contra mi persona más que contra mis libros? «Conmigo no ha sido usted ni humano ni generoso.»

Seguidamente resume sus ideas esenciales sobre la bondad originaria del hombre y su corrupción por la sociedad, según las tesis del Discurso sobre la desi­

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XXXII JOSÉ RUBIO CARRACEDO

gualdad, y enseguida se centra en su aplicación al

concepto de educación negativa defendido en el Emi­

lio, aunque ello choque con la doctrina católica sobre

el pecado original. Aquí Rousseau reafirma sus obser­ vaciones de psicología evolutiva, totalmente ignoradas por sus opositores. Justamente, sólo él está en condi­ ciones de dar una explicación satisfactoria al «miste­ rio de nuestro propio corazón », al que se h ab ía referido Beaumont.

A partir de este momento comienza la refutación propiamente dicha de la pastoral de Beaumont, que recoge casi punto por punto, reservando otras conside­ raciones más personales para el final. La estrategia es siempre la misma: el arzobispo juzga la profesión de fe del vicario saboyano desde su ortodoxia católica por lo que está condenado a no entender nada o a malentenderle. Otras veces le hace imputaciones ine­ xistentes por el placer de rebatirlas. Y, sobre todo, pre­ tende que su «religión natural» implica la negación de la revelación. En primer lugar, su «religión natural» es un sumario de las verdades religiosas más importantes que, de hecho, comparten todas las grandes religiones; el arzobispo, en cambio, tiende a identificar revela­ ción con cristianismo y, más en concreto, iglesia cató­ lica, sin darse cuenta de que las diferencias son lo menos significativo. Desde este punto de vista, no duda en pensar que su libro es el escrito más impor­ tante del siglo. En segundo lugar, como protestante mantiene su opción al libre examen de la Escritura con la ayuda de su razón, sin intermediarios.

En realidad, es portavoz de la religiosidad más sin­ cera, de las creencias más puras del cristianismo. No ha defendido «más que la causa de Dios y de la humani­ dad». De ahí procede su persecución. Si hubiese sido ateo, le habrían dejado en paz. Tampoco puede aceptar

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ESTUDIO PRELIMINAR XXXIII que se quede sus dudas para sí: «ha visto en la religión la misma falsedad que en la política»; por lo mismo, no puede callarse, aunque se le pague con la incompren­ sión. La acusación de ser hipócrita se cae por su propio peso: si fuera hipócrita sería el mayor tonto del mundo, pues sólo acumula sufrimientos. Al contrarío, se siente «el único autor sincero de su siglo».

El problema religioso y las guerras de religión son responsabilidad de los teólogos y las iglesias. «San Pablo confiesa que sólo ve oscuramente y que no conoce sino en parte», pero «los teólogos están mucho más avanzados: lo ven todo, lo saben todo [...] el Espíritu Santo no habría podido explicarse claramente sin ellos». Menos teología y más «religión humana y social». Tal es el sentido de la profesión de fe del vicario saboyano y tal ha sido su objetivo. No espera ya que le comprendan, pero la persecución «cesará finalmente y mis escritos permanecerán a vuestro pesar y para vergüenza vues­ tra». Mientras tanto se publican libros que invitan a la intolerancia y justifican las guerras de religión; es más, se realizan persecuciones y muertes de inocentes como la de Calas en Toulouse, y el arzobispo no dice nada; pero todos cuantos piensan y dudan le parecen «convul­ sionarios». Además, dudar no es negar. Ni cree en los milagros ni deja de creer, pues éstos nada podrían probar contra la razón. En definitiva, se atiene al Evangelio.

Le irrita especialm ente el afán de Beaumont en pillarle en contradicciones, incluso con la fe protestan­ te; son intentos forzados, desleales. Más vale el escepti­ cismo moderado del vicario saboyano que la soberbia huera de los teólogos y clérigos. Y le preocupa, sobre todo, que nadie parezca haber reparado en la parte pri­ mera, la más importante y extensa, del discurso, que es una refutación en toda regla del materialismo moderno. Todos se han fijado, en cambio, en la segunda parte,

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XXXIV JOSÉ RUBIO CARRACEDO

donde expone sus dudas razonables contra los integris- mos religiosos. De ahí que se vea obligado a dudar de que le lean de buena fe. Le desconcierta el énfasis del arzobispo en la ortodoxia católica y el abuso con que invoca la infalibilidad de la iglesia y de los clérigos, por una parte, y la connivencia que muestra con los poderes despóticos, tanto que

si no existiera el tratado del Contrato social y hubiera que probar de nuevo las grandes verdades que en él desarrolló, los cum plidos q u e a m is ex p en sas h ace u sted a los poderes se rla uno d e tos hechos que yo citaría com o prueba, y la suerte del autor, otro más sorprendente todavía [...] mi ejem plo por sf solo ya lo dice todo.

En conclusión, las acusaciones de Beaumont han quedado puntualmente desmentidas, por lo que sus insultos revierten sobre él. Por su parte, sólo ha fomen­ tado la paz, tanto que, si hubiera «un gobierno ilustra­ do», «habría rendido públicamente honores al autor del

Emilio y le habría levantado estatuas». Y Rousseau ter­

m ina con un eficacísim o final en el que com enta irónicamente el retrato moral (no exento de vigor, por lo demás) que le había dedicado el arzobispo al comienzo de su pastoral. ¿Quién ha sido, pues, el temerario, el impío, el impostor? Y concluye con cierto patetismo:

¡Qué a gusto discuten ustedes, los erigidos en dignidades! No reconociendo más derechos que los suyos ni más leyes que las que ustedes dictan. lejos de imponerse el deber de ser justos, ni siquiera se creen obligados a ser humanos. Aplastan altivamente al débil sin responder ante nadie de sus iniquidades [...]. Monse­ ñor, usted me ha insultado públicamente. Acabo de demostrar que me ha calumniado. Si fuera un individuo como yo. de modo que pudiera llevarle ante un tribunal equitativo, y compareciéramos los dos. yo con mi libro y usted con su pastoral, lo más seguro es que le declararan culpable y te condenaran a darme tan pública satisfacción como lo fuera su falta. Pero usted tiene un rango que le dispensa de ser justo, mientras que yo no soy nada.

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ESTUDIO PRELIMINAR XXXV A mediados de noviembre la respuesta estaba lista para la imprenta. Tardó, sin embargo, algún tiempo en decidirse a publicar la carta. Mas, finalmente, la envió a Rey el 1 de enero de 1763. Las refutaciones del vicario saboyano se multiplicaban. El pastor Vemes, amigo de Voltaire, le exigía una retractación pública de la profesión de fe del vicario saboyano. Pero no hizo caso de ninguna. En marzo apareció publicada la carta a Beaumont y se vendió rápidamente en Gine­ bra. Esperó algún tiempo para ver el efecto. Pero no hubo gesto alguno de reconocimiento, sino que se prohibió reimprimir el escrito allí. Perdida su última esperanza, el 12 de mayo Rousseau escribió al síndico renunciando públicamente a su ciudadanía en Ginebra (él, que había renunciado a otra firma que no fuera la de «ciudadano de Ginebra»). Pensaba olvidarla para siempre, pero pronto tuvo que volver a ocuparse de Ginebra y con más intensidad que nunca. Ahora toca­ ba el tumo al Contrato social. Sus amigos quisieron aplicarlo allí mismo, donde había sido inspirado; pero el procurador general, su antiguo corresponsal el médico Tronchin, quien ya había llevado la iniciativa en su condena, publicó una refutación completa del tratado con el título Lettres de la Campagne. No había más remedio que responder y la nueva polémica se titulará (¿cómo no?) Lettres de la Montagne. Ahora, más que defenderse, atacará. IV.

IV. CARTA AL MARQUÉS DE MIRABEAU

El Contrato social pasó relativamente desapercibi­ do en Francia. Las iras se centraron en el Emilio, bási­ camente en la propuesta de la «religión natural» (en Ginebra fueron ambos libros, aunque quizá más el

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XXXVI JOSÉ RUBIO CARRACEDO

C ontrato). Pero hubo una excepción que fue, sin

embargo, determinante de todo el proceso general contra Rousseau. Y lo curioso del caso es que se debió, probablemente, a un malentendido. Se trató del ministro de Estado, el Duque de Choiseul, a quien el «ciudadano» había conocido personalmente en casa de su protector el Mariscal de Luxemburgo. Al redactar Rousseau el capítulo VI del libro III del Contrato

social, al argumentar sobre las ventajas del gobierno

republicano sobre el monárquico, afirma:

Un defecto esencial e inevitable, que siempre pondrá al gobierno de la monarquía por debajo del republicano, es que en éste la voz pública eleva casi siempre a los primeros puestos a hombres ilus­ trados y capaces, que los ocupan con honor. Los que ascienden en las monarquías, por el contrario, con frecuencia no son más que pequeños liantes, pequeños granujas, pequeños intrigantes, a quie­ nes sus pequeños talentos, que en las cortes les hacen ocupar los grandes puestos, solamente sirven para mostrar al público su inep­ titud en cuanto triunfan. En esta elección, el pueblo se equivoca mucho menos que el príncipe; y un hombre de verdadero mérito es casi tan raro en un ministerio com o un tonto presidiendo un gobierno republicano.

Llegado a este punto, Rousseau pensó que no era justo con Choiseul, de quien tenía un buen concepto, y

añadió:

Asf. cuando por un venturoso azar, toma el timón de los asuntos un hombre nacido para gobernar, aunque sea en una monarquía casi hundida por aquella caterva de gobernantes, encuentra recur­ sos sorprendentes y hace época en su país |O.C., 111, p. 410).

Para su desgracia, Choiseul debió de ser advertido por uno de aquellos incompetentes... o, simplemente, no supo captar la excepción que le era dedicada, o la entendió como irónica (como le sugirió Voltaire), o no quiso aceptarla. Rousseau alude varias veces al malen­

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ESTUDIO PRELIMINAR XXXVII tendido, sin expresarlo nunca abiertamente. Pero refiere que el Sr. de Luxemburgo le preguntaba insistentemen­ te si había escrito algo «contra Choiseul».

Poco después murió su protector, pero Rousseau mantuvo mucho tiempo la esperanza de encontrar a alguien que pudiese explicar a Choiseul su error. El príncipe de Conti, a quien tantos favores debía, había negociado con los altos dignatarios el que tolerasen las idas y venidas de Rousseau hacia sus diferentes exilios. Pero la orden de arresto se mantuvo siempre vigente por lo que cualquier procurador podía detenerlo. De ahí sus continuas reconvenciones a la máxima discreción.

Su última esperanza, seguramente, la depositó en el Marqués de Mirabeau14 —que gustaba de llamarse «el amigo de los hombres»— , quien le había escrito a su exilio de Gran Bretaña ofreciéndole una de sus numerosas residencias en Francia. Rousseau le contes­ tó que no podía aceptar su ofrecimiento mientras que el parlamento de París o Choiseul le mantuvieran su desconfianza. Era casi una invitación a que hiciese las oportunas gestiones. Pero Mirabeau no lo entendió así, o, más probablemente, no podía hacer nada. De hecho, Rousseau no podrá establecerse libremente en Francia hasta el relevo de Choiseul en 1770.

Mientras tanto, su exilio inglés, pese a la pensión anual de cien libras esterlinas que le había concedido el gobierno, le resultaba ya insoportable. Llegó a pen­ sar en la existencia de una confabulación para retener­ le en Wooton. Así que su regreso al continente tuvo más de huida que de viaje. Se detuvo en Amiens unos

14 Víctor Riquetti, marqués de Mirabeau, y padre de Honorato- Gabriel Mirabeau, el famoso político y orador. El corresponsal de Rousseau se dio a conocer por sus estudios de economía, que se encuadran en la teoría fisiocrática de Quesnay.

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XXXVIII JOSÉ RUBIO CARRACEDO

días mientras le llegaban instrucciones de sus protec­ tores. El príncipe de Conti le envió recado para su cas­ tillo de Trye; pero Mirabeau se le había adelantado, de modo que pasó dos sem anas en su residencia de Fleury-sous-Meudon, antes de fijar su residencia en Trye a partir del 19 de junio de 1767, aunque hubo de aceptar la sugerencia de Conti para cambiar su nom­ bre por el de J. J. Renou.

Mirabeau le escribía insistentemente para intere­ sarle en sus publicaciones de teoría económica. Sin embargo, Rousseau no estaba de humor para nada. Su salud había empeorado y no dejaba de referirse a su «aniquilamiento mental». Precisamente por eso Mira­ beau intenta estimularle con sus cartas llenas de pre­ guntas. Únicamente la botánica le interesaba y se había convertido en herbolario. Ello le trajo nuevos problem as con la servidum bre de Conti. En estas penosas circunstancias le llegó una nueva carta de M irabeau, con un libro de Le M ercier15 titulado

L'ordre naturel et essentiel des sociétés potinques, en

la que le apremiaba para que diese su opinión sobre el «despotismo legal» defendido por su colega y por el mismo Mirabeau (Philosophie rurale) como el mejor sistema político, basado en el derecho natural. Rous­ seau se tomó unos días para responder, con sólo unas chispas de su estilo, a una cuestión que le resultaba harto enojosa, tanto por su propia experiencia como por el asunto planteado. Pese a todo, el escrito tiene mucho interés para comprobar si mantiene o no su

15 Pedro P. Le Mercier de la Riviére, 1719-1801. La obra cita­ da en el texto, publicada en 1767, le dio fama hasta el punto de ser recomendado por Diderot a Catalina II de Rusia, quien quedó pronto decepcionada tras tenerle unos meses en San Petesburgo.

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ESTUDIO PRELIMINAR XXXIX posición del Contrato social, aunque el rechazo del «despotismo legal» parezca llevarle por un momento a preferir «el despotismo arbitrario»1*. Esta «salida» del ginebrino ha confundido a muchos, por lo que habrá que tener muy en cuenta el contexto de su afirmación.

Rousseau comienza por desvincularse de la tradi­ ción iusnaturalista: el capítulo menos evidente del libro de Le Mercier es el que trata de las pretendidas evidencias del derecho natural. En la misma línea, rechaza la tesis de que la razón humana se perfecciona más y más en el tiempo. En definitiva, la evidencia en las «leyes naturales y políticas» sólo se da al conside­ rarlas abstractam ente. Y tal tratamiento abstracto, sobre todo en los casos de grandes peligros o calami­ dades, no sirve para detener al déspota, que invoca la razón de estado o de necesidad.

Es más, «supongamos toda esta teoría de las leyes naturales siempre perfectamente evidentes, incluso en sus aplicaciones»: de poco sirve, dado que los hombres se rigen mucho más por sus pasiones que por su razón. Es fácil probar que «el verdadero interés del déspota es gobernar legalmente». Pero ¿quién se rige por sus «ver­ daderos intereses», excepto el sabio? Casi todos los hombres los conocen, pero «¿de qué sirve que la razón nos guíe cuando es la pasión la que nos rige?». Lo mis­ mo hará el «déspota legal». Y es que «dais demasiado peso a vuestros cálculos, y demasiado poco a las incli­ naciones del corazón humano, y al juego de las pasio­ nes». Por lo mismo, vuestro sistema vale para «las gentes de Utopía», pero no «para los hijos de Adán».

Seguidamente Rousseau confirma su planteamiento

16 Correspondance com pléte de J. J. Rousseau, ed. cit.,

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XL JOSÉ RUBIO CARRACEDO

de la política en el Contrato social: hay que resolver la cuestión crucial, a saber, «encontrar una form a de

gobierno que sitúe la ley p o r encim a del hombre»,

compatible con la dignidad del ciudadano, esto es, con su autonomía. Éste es el gran problema de la política y, sin embargo, Mirabeau y Le Mercier pretendían tener una respuesta «evidente». Sucede, en realidad, «que prueban dem asiado». Si fuera evidente, todos los gobiernos se encuadrarían en el despotismo legal. El ginebrino apuesta ahora por el escepticismo: «creo que no se puede resolver» tal problema; por consiguiente, le parece preferible decantarse por el «despotismo arbitra­ rio»: hay que situarse en el otro extremo y «poner al hombre por encima de la ley tanto como pueda estar­ lo». Pero precisa: «quisiera que el déspota pudiera ser Dios». En definitiva, no cree que pueda encontrarse un punto medio válido «entre la más austera democracia y el más perfecto hobbismo», porque tal punto medio sería «el conflicto de los hombres y de las leyes», que es el peor estado posible. Claro que el «despotismo arbitrario» da paso a «los Calígulas, Nerones, Tibe­ rios», etc.; entonces quiere «echarse por tierra y gemir por ser hombre». Nótese que la conclusión profimda es la paradoja, o la aporía, no la opción por el hobbismo.

Por lo demás, le confiesa a Mirabeau que le parece insuficiente su tratamiento de las leyes; y que está de acuerdo con su crítica del «despotismo electivo», pero le advierte que el despotismo «hereditario es peor». Habría que encontrar en el «despotismo arbitrario» una forma de sucesión que evitara los inconvenientes de la electiva y de la hereditaria, a fin de evitar a los Nerones... Pero él no está dispuesto a ocuparse más de semejante cuestión. Y expresa con cierta brutalidad su situación mental: no le interesa el «despotismo legal» ni quiere volver a oír hablar de él: le parece una contradicción en los términos

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ESTUDIO PRELIMINAR XLI y basta. Tampoco está de acuerdo con el «principio de población» planteado por Mirabeau. Su sistema econó­ mico le parece admirable, pero demasiado generalizado. Mas, en definitiva, quiere que «el amigo de los hom­ bres» deje en paz su «cabeza moribunda». Tampoco quiere que le envíe libros. Ya le da todo igual.

En realidad, el verdadero valor de esta carta es su fuerza testimonial de la profunda crisis física, psíquica e intelectual que atravesaba Rousseau en aquellos meses. Parecía próximo al colapso total. Esta situación se pro­ longa hasta noviembre de 1769, cuando se siente con fuerzas para continuar la redacción de sus Confesiones. En junio de 1770 vuelve a instalarse en París y puede dedicar el otoño-invierno de 1771 a escribir las Consi­

deraciones sobre el gobierno de Polonia, obra que ter­

mina en abril de 1772, y que confirma que mantiene los principios políticos defendidos en el Contrato social, aunque adaptados a la realidad de Polonia, lo que le obliga a admitir como legítima una forma de representa­ ción directa, aunque en condiciones muy estrictas. La opción por el «despotismo arbitrario» había sido mera­ mente provocativa y circunstancial.

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

FUENTES

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XLII JOSÉ RUBIO CARRACEDO

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