• No se han encontrado resultados

Somosierra: análisis geomorfológico

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Somosierra: análisis geomorfológico"

Copied!
1627
0
0

Texto completo

(1)

UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

FACULTAD DE GEOGRAFÍA E HISTORIA

TESIS DOCTORAL

Somosierra: análisis geomorfológico

MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR

PRESENTADA POR

Antonio Guerra Zaballos

Director

Juan José Sanz Donaire

Madrid, 2016

(2)

I-II

UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

Somosierra: análisis geomorfológico

Autor: ANTONIO MANUEL GUERRA ZABALLOS

Director: Prof. Dr. D. JUAN JOSÉ SANZ DONAIRE

(3)
(4)
(5)
(6)
(7)

AGRADECIMIENTOS

A mi familia, que ha soportado una actividad que parecía no tener fin. A mi mujer,

Margarita, por su paciencia y dedicación ilimitadas; a mis hijos, José Antonio, Santiago y

Margarita; a mis padres, Antonio y Carmela, que, quizás sin saberlo o pretenderlo, me

convirtieron en geógrafo.

A mis maestros de la Universidad, que, a lo largo de mis años de formación y de

desarrollo profesional, han cimentado, primero, y, luego, han consolidado mi vocación, cada vez

más firme, de geógrafo. A ellos les debo mucho, casi todo, de lo poco que soy.

A mis amigos y compañeros de los Departamentos de Geografía de la Facultad de

Geografía e Historia, quienes, con ánimos y reproches y a lo largo de tantos años,

creyeron contra

toda esperanza

. Mi agradecimiento por su inexplicable confianza en mí y, sobre todo, por un

permanente acto de fe, que, por lo que se ve, ha llegado a conmover una montaña, la de

Somosierra.

Al Dr. D. Juan Carlos García Palomares, a cuya sabia destreza y generosidad a raudales se

debe la edición final de la cartografía geomorfológica. Suyas son, sin duda, las principales

cualidades que pueda ésta tener.

A los Dres. Alcolea Moratilla, Tanarro García, Vázquez Hohene y, por supuesto, al

Director de esta Memoria, Juan José Sanz Donaire, quienes tantas veces me acompañaron en mis

campañas geológico-geomorfológicas. Las impresiones que intercambiábamos y los densos

silencios ocasionales, producto de la reflexión, forman ya parte de mi bagaje académico y

humano.

Al personal de las Bibliotecas de las Facultades de Geografía e Historia y Ciencias

Geológicas, por su trato amable, su profesionalidad y su permanente disponibilidad en adquirir

para este trabajo las más extrañas peticiones. Su labor ha hecho posible la mía.

Por último, mi especial agradecimiento al Director de esta Memoria, el Dr. D. Juan José

Sanz Donaire, también por su inagotable paciencia, confianza y, sobre todo, por un magisterio

científico, humano y vital, en el campo y en el gabinete, que se trasluce, aun sin probablemente

buscarlo, en las siguientes páginas y que me acompañará, sin duda, el resto de mi vida. La suya

seguirá siendo para mí un verdadero ejemplo, en lo académico y en lo personal.

(8)
(9)

ÍNDICE

VOLUMEN I

pág.

Introducción General

...

... 1

PRIMERA PARTE

El bastidor geológico. El descubrimiento de un espacio

Capítulo I.- Introducción general a la geología

... 15

Las formaciones paleozoicas y anteriores ... 16

Los materiales mesozoicos ... 73

El problemático y discutido extremo oriental del Sistema Central ... 78

Sobre la denominación de la

Sierra de Guadarrama

... 124

La escasa tectonización de las formaciones mesozoicas... 264

Las formaciones terciarias y cuaternarias ... 272

Caracterización estructural del área de trabajo ... 403

Capítulo II.- Los precursores. La cartografía base

... 435

La Comisión del Mapa Geológico de España. Los fundamentos de la cartografía

geológica en España ... 438

Esbozo histórico y sociológico de los estudios sobre Geología en España durante

el siglo XIX ... 633

La aportación de los autores extranjeros al conocimiento geológico de España ... 684

Las

aportaciones de Edward Suess y Emile Argand. Su influencia en España ... 704

La cartografía geológica posterior a los trabajos de la

Comisión del Mapa Geológico

de España

... 723

Capítulo III.- Los procesos geológicos pre-mesozoicos

.

... 732

(10)

pág.

Las formaciones glandulares ... 768

Aspectos generales ... 768

Los afloramientos gneísicos... 776

La

Formación Hiendelaencina

y similares ... 780

El marco estructural ... 784

Los

afloramientos gneísicos en el ámbito del área de trabajo ... 788

Las formaciones metasedimentarias... 796

Aspectos generales ... 796

Cámbrico ... 810

Generalidades ... 810

Área de estudio ... 818

Ordovícico ... 825

Aspectos generales ... 825

Área de estudio ... 832

Silúrico ... 848

Aspectos generales ... 848

Área de estudio ... 852

Devónico ... 859

Aspectos generales ... 859

Área de estudio ... 866

El metamorfismo hercínico ... 873

Aspectos generales ... 873

Área de estudio ... 881

Las fases de deformación ... 888

Aspectos generales ... 888

El Sistema Central ... 897

(11)

pág.

La posición estructural del área de Somosierra ... 911

La Falla de Berzosa ... 924

Los conjuntos morfoestructurales ... 931

Las estructuras hercínicas ... 934

VOLUMEN II

pág.

Capítulo IV.- Los procesos geológicos alpinos

... 944

Introducción general ... 946

Rasgos estructurales generales ... 947

Pérmico ... 978

Aspectos generales ... 978

Área de estudio ... 996

Los

procesos geológicos mesozoicos. Planteamientos generales ... 1003

Introducción ... 1003

Los afloramientos mesozoicos en el ámbito del área de trabajo --- 1009

Triásico ... 1012

Aspectos generales ... 1012

Área de estudio ... 1035

Los procesos geológicos jurásicos ... 1082

Área de estudio ... 1092

Los procesos geológicos cretácicos ... 1107

Área de estudio ... 1147

Los procesos geológicos cenozoicos .Planteamientos generales ... 1188

Introducción. El marco geológico general ... 1188

El marco geológico regional. La evolución estructural alpina ... 1194

(12)

pág.

SEGUNDA PARTE

La construcción de las nuevas teorías

Capítulo V.- El

Actualismo

en el pensamiento geológico

... 1302

Capítulo VI.- La pugna de las ideas. El

Actualismo

en España

... 1358

TERCERA PARTE

La cartografía geomorfológica

Capítulo VII.- La aplicación del método Enschede a la vertiente septentrional de

Somosierra

... 1472

Los fundamentos de la cartografía geomorfológica de Enschede ... 1475

La leyenda de la cartografía geomorfológica de Enschede ... 1476

Las distintas modificaciones introducidas en la elaboración de nuestros mapas

geomorfológicos ... 1483

Conclusiones

.

... 1500

BIBLIOGRAFÍA

Bibliografía General

... 1506

Bibliografía Complementaria

... 1564

Índice de figuras

pág. Fig. 1 ...7 Fig. 2 ...8 Fig. 3 ...9 Fig. 4 ... 10 Fig. 5 ... 11 Fig. 6 ... 12

(13)

Índice de tablas

pág. Tabla 1 ... 1486 Tabla 2 ... 1494 Tabla 3 ... 1495 Tabla 4 ... 1496 Tabla 5 ... 1497 Tabla 6 ... 1498 Tabla 7 ... 1499

(14)

RESUMEN

En este estudio, hemos pretendido obtener dos objetivos fundamentales. Por una parte,

establecer los rasgos geológicos fundamentales de un espacio geográficamente singular y que

presenta el interés añadido de constituir el gozne entre dos dominios estructurales diferentes y

que se interpenetran, dando como resultado un espacio de muy atractiva complejidad, geológica

y geomorfológica. En este sentido, hemos cotejado cómo el acercamiento a la geología de nuestro

espacio por parte de los geólogos españoles y extranjeros no es, sino un trasunto del progreso

realizado por las Ciencias de la Naturaleza a lo largo del siglo XIX y primeras décadas del XX,

pasados ya los primeros, aunque apasionantes, tanteos de los naturalistas

ilustrados

. Por ello y a

tenor de cómo aquellos naturalistas abordaban la naturaleza de sus observaciones, nos

centramos en el estudio de las grandes corrientes que, en Geología, se habían lanzado en la

primera de estas centurias y cómo éstas habían tenido eco en nuestro país, primero, a través de la

Escuela de Minas de Friburgo, que sentaría las bases científicas de nuestros primeros ingenieros,

sustituida luego o, mejor, complementada por las tendencias imperantes en las siguientes

décadas en la Francia y Gran Bretaña del momento. Así,

Catastrofismo

,

Diluvialismo

y, quizás de

forma especial,

Actualismo

impregnarán la mente y la producción científica de nuestros

Ingenieros de Minas y de las primeras promociones de geólogos. Paralelamente, se ha

comprobado que se iba gestando en nuestro país el tejido científico, a tenor de los intereses

económicos del Estado Liberal, pero también al vaivén de las siempre difíciles circunstancias

políticas de nuestra desgraciada centuria. Junto a estas consideraciones, de naturaleza

estrictamente geológica, epistemológica y de Historia de la Ciencia, se ha aportado, igualmente y

a partir del conocimiento de las culturas protohistóricas e históricas que poblaron estas regiones,

un estudio sobre la toponimia,

mayor

y

menor

, de nuestro territorio y con el que hemos creído

demostrar la pervivencia en el mismo de nombres, y por tanto y quizás, también de hombres, de

forma prácticamente ininterrumpida.

Nuestro segundo objetivo se ha centrado en el análisis geomorfológico de nuestro

espacio, sirviéndonos, de un lado, del análisis fotogeológico y la posterior fotointerpretación de

las formas de relieve, así como de un trabajo de campo en el que nos hemos empeñado a lo largo

de varias campañas. Este trabajo ha sido reflejado en cuatro hojas geomorfológicas a escala

1:50.000 realizadas sobre la base de nuestro Mapa Topográfico Nacional (404, 405, 432, 433, 459,

460. 485, 486). Se trata éste de un ensayo cartográfico, escasamente empleado en nuestro país,

consistente en aplicar a nuestro espacio de trabajo el método Enschede y comprobar, a esta

escala, su validez y posibilidades de modificación. Los resultados cartográficos que se presentan

son, a nuestro juicio, adecuados, habiéndose introducido en el trabajo una serie de

modificaciones que se consideraron adecuadas para la escala empleada. Éstas han consistido en

tres propuestas fundamentales: la primera de ellas, insertar una capa de lineaciones tectónicas

que aportara una mayor comprensión de un espacio estructuralmente complejo; la segunda,

ampliar la leyenda original, de las cuarentayuna unidades que se deberían haber, en principio,

consignado, hasta las cientocuarentaytres resultantes, ofreciendo, por tanto, una cartografía

mucho más detallada y acorde con la complejidad morfológica del territorio, aunque, quizás,

algo excesiva. La tercera, consecuencia en parte de la anterior, hacer lo propio con los colores, de

los únicamente cinco inicialmente previstos a dotar a los representados por cada una de las

unidades o, siempre en función de éste, trama que los diferenciara.

(15)

SUMMARY

In this work, our aim has been to fulfil two main goals. On one hand, to set the main

geological set of a very singular territory from a geographical and geological side; this adds the

interest of being this area the structural intercalation of two great structural domains of regional

importance, resulting from this an area of a quite attractive geological and geomorphologic

complexity. In this sense, we have verified how the approach of Spanish and foreigners

geologists to Geology is anything but the image of Natural Sciences progress along the XIX and

first decades of the next XIX century, before the previous and thrilling tentative of the

enlightened naturalists of XVIII century. That's why we centred our attention on the main trends

in Geology and how these trends had been incorporated to our country and to our naturalists,

first of all trough Freiburg Mine School, which established de scientific basis of our first

engineer's intellectual foundations, further on substituted or complemented, in the fallowing

decades, by scientific trends held out in France and Great Britain. So,

Catastrophism

,

Diluvialism

and, perhaps in an special way,

Actualism

will pervade the mind and scientific production of our

Mining Engineers and the first promotions of geologists. Comparably, it can be verified that

scientific background was developing in our country accordingly to the economic interest of the

Liberal State, but also to the evolving political circumstances of this disgraceful century. Together

with all these strictly geological, epistemological and of Science History considerations, we have

incorporated, from the existing knowledge of proto-historic and historic cultures, a study about

mayor

and

minor

toponomy of our territory with which we think have demonstrated the survival

of names, and thus of population in these areas in a continuous way.

Our second aim has cantered on the geomorphic analysis of our territory trough photo

geological analysis and further photo interpretation of landscape morphology, as well as in

different field work held during some campaigns. This task is exhibited in four maps 1:50.000

drawn out over the basis of our National Topographic Map (404, 405, 432, 433, 459, 460. 485, 486).

This is a cartographical essay, little held in our country, consisting on the application of Enschede

Method and to verify, in this scale, its validity as well as possible modifications. The final

cartographical results are, from our point of view, adequate enough, as well as the modifications

of the method we have carried out, given the scale we have used. These modifications consisted,

first of all, on drawing a layer of structural lineations which could make clearer an area of great

structural complexity; secondly, to increase the original map key, from the 41 units which should

have been shown to 143 we offer, exhibiting a more detailed cartography, in accordance to the

great complexity of the territory, although it is perhaps somehow excessive for the reader. The

third one, consequence of the later; thirdly and correspondingly with the later, has been the

increasing of the amount of colours, from the considered original five, to give each unit a specific

colour or, when necessary, a particular shade.

(16)

13

PRIMERA PARTE

(17)
(18)

15

Capítulo I

(19)

16

De riaza a ayllon ay III leguas vase por barahona

queda a la mano yzquierda yanguas y a la mano

derecha es todo syerra

” (Hernando de Colón,

1517-23).

"...y luego viene la cuesta de Atienza, que es el

confin de las dos Castillas

" (

Guillermo

Bowles,

1775).

Desde un punto de vista geológico, el espacio objeto de estudio se articula en tres

unidades fundamentales que definen un área estructuralmente compleja y litológicamente

variada. Estas unidades corresponden, al menos, a dos procesos orogénicos sucesivos: el

hercínico, más antiguo, al que pertenecen los extensos afloramientos paleozoicos que integran

las Sierras de Ayllón, Riaza y Alto Rey, de origen predominantemente marino y, en menor

medida, costero, ampliamente representados en el Sur del área, y, más reciente, el alpino, en el

que se integran las dos restantes. Éstas últimas están constituidas, respectivamente, por las

series mesozoicas, de naturaleza continental o marina, estructuralmente apoyadas sobre la

unidad anterior, y las terciarias, enteramente continentales y dispuestas alternativamente

sobre cualquiera de las dos anteriores. A estas tres unidades fundamentales, pueden añadirse

los reducidos, en lo que a extensión se refiere, depósitos cuaternarios, muy poco

representativos del área de trabajo - como, en general y a excepción de los coluviones y restos

glaciáricos, de la mayor parte de las regiones montañosas-, salvo en el margen septentrional

de la misma, donde aparecen unas formaciones aluviales relativamente bien desarrolladas y

pertenecientes ya al propio Duero, colector éste que avena la mayor parte de la superficie que

integra nuestra área.

Las formaciones paleozoicas y anteriores

La primera de estas tres unidades que acaban de mencionarse corresponde a las

formaciones paleozoicas, extensamente representadas en los sectores meridionales y entre las

que se intercalan retazos gneísicos, sin duda más antiguos y de controvertida adscripción

cronoestratigráfica. Básicamente, se trata de un gran apilamiento de materiales

metasedimentarios areno-arcillosos, que abarcan, al menos, desde el Ordovícico inferior e,

(20)

17

incluso, el Cámbrico o Precámbrico, hasta el techo del Silúrico; Series éstas dispuestas

discordantemente,

l.s.

, sobre el sustrato preordovícico. Estas, por lo general poco variadas,

litologías, de carácter casi exclusivamente detrítico, más o menos fino y procedencia marina o,

cuando menos, de interfase, se sitúan sobre distintas formaciones gneísicas ocelares que,

aunque mínimamente y con escasísima representatividad geomorfológica, llegan a aflorar en

el sector suroccidental de nuestra área de trabajo, así como en las inmediaciones de la misma.

Estas más o menos monótonas series paleozoicas se extienden, desde la Falla de Berzosa o de

Torrelaguna, su límite litológico occidental, a Poniente del área de trabajo, hacia Levante,

interrumpiéndose bruscamente en la por nosotros denominada Falla de Cantalojas, también

designada por otros autores como de Grado del Pico (I.T.G.M.E., 1995) o, como figura en el

Libro de la Montería

de Alfonso XI (ALFONSO XI, s. XIV) y así debe de ser denominación

tradicional, del Collado de Cabras - así lo reproducen algunos autores, como, por ejemplo,

García de la Vega (GARCÍA DE LA VEGA, A., 2001)-, otro importante accidente tectónico,

que pone mecánicamente en contacto el Paleozoico inferior con las series mesozoicas

correspondientes a la depresión de los Condemios y la Sierra de Pela

1

. En esta última Sierra se

1.- Sierra de Pela, como leemos en el Diccionario Geográfico de Sebastián Miñano (MIÑANO Y BEDOYA, S.,

1826-29), o Sierrapela, tal como aparece consignado este orónimo – videat infra- en el de Madoz (MADOZ, P., 1845-50), las dos referencias, ambas sintagmáticas, aunque Pela ostenta un étimo monorrémico, más antiguas que hemos encontrado del mismo. El primero de ellos, no obstante, no llega a citarla como entrada independiente, si bien se refiere a la misma en varias ocasiones. Nombre éste de Pela que se ve igualmente reflejado por Francisco Coello en el Anuario Estadístico de España de1858 (COELLO, F., 1859), así como por Antonio Pérez Rioja en su crónica de la provincia de Soria (PÉREZ RIOJA, A., 1867), entre otros lugares. Por su parte, Manuel Blasco Jiménez, en su Nomenclátor de Soria, al que habremos de recurrir con frecuencia, opta, bajo la de Sierra Pela, por la primera, ya entonces tradicional, de estas formas (BLASCO JIMÉNEZ, M., 1880). A título de simple curiosidad, Cayetano Rosell, en la crónica de la provincia de Madrid, adopta, sin duda por error, probablemente tipográfico, el nombre de Pelada (ROSELL, C., 1864).

El Cantar de Mío Cid (circa 1140) – manejamos la conocida y ya clásica edición de 1940, debida a D. Ramón Menéndez Pidal y publicada por la editorial Austral- se refiere, no obstante y dentro, tanto del Cantar del

Destierro – “A la sierra de Miedes ellos ivan posar,/ de diestro ‘Atiença’ las torres que moros las han”-, como al del de

Corpes – “...a ssiniestro dexan Atiença, una peña muy fuort,/ la sierra de Miedes passáronla estoz,..”-, a esta misma

Sierra de Miedes, haciendo evidentemente referencia a la por nosotros llamada del Bulejo, prolongación, a su

vez y hacia Levante y Mediodía, de ésta de Pela; paso o puerto éste de Miedes que, controlado por la fortaleza de Atienza, debió de tener, durante la Antigüedad y la Edad Media, una más que notable importancia en el tránsito entre el Alto Duero y el valle del Henares, esto es, entre las dos submesetas y en plena Meseta Hespérica oHespéridade Lautensach y Mayer (LAUTENSACH, H. y MEYER, E., 1961). Sin embargo, en el Libro

de la Montería, donde, al aludir a la que nos ocupa, no se menciona su nombre, se consigna, en el sector

extremeño de los Montes de Toledo, la existencia de otra Sierra de Pela – con esta misma y precisa grafía, conforme a la cuidada edición de la Universidad de Granada, desgraciadamente no empleada por Gregorio de Andrés en su meritorio y más que interesante trabajo sobre las cacerías en la provincia de Madrid en el siglo XIV (ANDRÉS, G. DE, 1979-90 en ANDRÉS, G. DE, 2000), que hemos empleado en el presente trabajo-, “...muy

rreal monte de osso en yuerno, et algunas vezes en verano”, asi como de una Pela la Menor y otra la mayor

(ALFONSO XI, s. XIV), cuya localización correspondería, respectivamente, a una Sierra de Pela o de Orellana, como aparece en el citado Anuario Estadístico de España de 1858 (COELLO, F., 1859), situada en la actual provincia de Badajoz, cerca ya de la de Cáceres y al Norte del Embalse de Orellana, en el mismo Guadiana, así como a la que se extiende por las proximidades de la también pacense Navalvillar de Pela, cerca, precisamente, de la antigua población vettona de Laconimurgi (RUBÉN JIMÉNEZ, J., 2004), localizada, al parecer, en torno al cacereño Cañamero (en CARRASCO, J. B., 1861) y célebre por las pinturas rupestres existentes en sus cercanías. Consignemos igualmente, aunque sólo como ejemplos de lugar mayor, un Pelahustán, al Sur de la Sierra de la Higuera, en la provincia de Toledo, cuyo primer término Jiménez de

(21)

18

Gregorio plantea una sincopación de los antropónimos Pelay, Páez o Pelayo (JIMÉNEZ DE GREGORIO, F., 1997-2008), Peladera, en la de Segovia, un Pela, en las de Orense y La Coruña, un Peliquín, en, nuevamente, Orense, Pelamio, en la de Lugo, Pelete, en la de Pontevedra, Peluca - ¿relacionado acaso con el céltico *ualos, esto es,

lobo (RUBÉN JIMÉNEZ, J., 2004), en esta ocasión en su sentido zoo- o, incluso y como apelativo,

antroponímico?-, Pelame, Pelamantas y Pelabraga – significativo maridaje con la conocida raíz céltica *braga o

*braca, posteriormente analizada- en la de Oviedo, dos Pelilla, ya ambas despobladas y derivada, según recoge

Riesco Chueca, del sustantivo pila, con sentido de hoyo o pozo o, incluso, un antiguo sepulcro (JIMÉNEZ DE GREGORIO, F., 1997-2008, RIESCO CHUECA, P., 2000), y un Pelarrodríguez, Pela Bravo, Pelaibravo en un documento del siglo XIII (LLORENTE MALDONADO DE GUEVARA, A., 1969), Pelay Brabo en el Censo de

Población de la Corona de Castilla (1594) o Pelabravo, Pelagarcía y Pela-Rodríguez o San Pelayo Pela Rodrigo o

Elarrodrigo (en RIESCO CHUECA, P., 2006) como alónimo, tal como se comprueba en un documento de

principios del siglo XIII, estudiado por Julio González (GONZÁLEZ, J., 1943)-, en la de Salamanca – los dos últimos vinculados, sin duda y como bien evidentes antropónimos, a la repoblación astur-leonesa (idem, ibid.), y un Pela-Mojados, despoblado de la misma provincia, figurando como tal en el Nomenclátor de Floridablanca

(1789) y en el Diccionario de Madoz (MADOZ, P., 1845-50), un Pelagalls Y Sisteró, “... en la provincia de

Cataluña...” (MIÑANO Y BEDOYA, S., 1826-29), éste último, por cierto, de nombre casi idéntico al que nos

ocupa y posteriormente consignado por el citado Madoz como Pelacals – Pelacálls (sic.), conforme al ya reciente Nomenclátor comercial de los pueblos de España (14ª. edición, 1992)-, en la entonces recién constituida provincia de Gerona (MADOZ, P., 1845-50), todos ellos citados por Miñano y Madoz (MIÑANO Y BEDOYA, S., 1826-29, MADOZ, P., 1845-50). Podría también acaso incorporarse un Pelechaneta, en la provincia de Castellón, e, incluso, los dos Peleas, de Abajo y de Arriba, en la de Zamora, así como un Pelogra en la de Oviedo, éstos últimos, sin embargo, de hermanamiento menos seguro con el orónimo que nos ocupa. De otro lado, el aludido Pelahustán o Pela Hustán toledano, situado al Oeste de Escalona y no citado por Sabio González en su catálogo de nombres de lugar en la Hispania romana (2008), parece corresponder, según señalara Julio González, a un simple antropónimo (GONZÁLEZ, J., 1975), cuyo particular y oscuro origen, no obstante, no llega el autor a aclarar. En todo caso, también el citado Madoz duplica el nombre de Pela en cuestión, situándolo, esta vez, en los confines de la Sierra de Guadarrama, a Poniente de la misma o ya en los inicios de la de Gredos (MADOZ, P., 1845-50). En esta última Sierra, además, se halla una Cuerda de Pelillos que, muy posiblemente, se encuentra emparentada con la voz que nos ocupa. Podemos también aportar, aunque ya con mayores reservas debido a la trasmutación de la primera vocal, los ejemplos de la Sierra de las Pilas, dentro de la de Gata, el puerto de las Pilas, la murciana Sierra de la Pila, así como el pequeño cordal de Pilo Limoso, en la provincia de Zamora. De igual manera y en la provincia de Ávila, encontramos según recoge López Navarro, un Pelacodillos y un arroyo de Pelacudillos y otro de Palacuillos, situados los tres en el municipio de Navalacruz (LÓPEZ NAVARRO, Mª. A., 1979). En el término toledano de Aldeanueva de Barbarroya, Miguel de la Vega ha consignado la presencia del paraje de Las Pilas, cuya naturaleza, sin embargo, desconocemos, así como los de La Pila y Las Pilillas, en el de La Estrella, dentro de la misma provincia (DE LA VEGA JIMENO, M., 1999-200). También en la de Toledo, reaparece el mismo nombre de Las Pilas, así como el de la Fuente homónima y el del Valle de los Pilarejos, situados, según refiere Miguel de la Vega Jimeno, en los términos, respectivamente, de Navamorcuende, Parrillas y La Pueblanueva (DE LA VEGA JIMENO, M., 1999-200). En cambio, no incluimos en esta relación el nombre del actual despoblado de Castilpelayo, que, habiendo probablemente desaparecido la población con las pestes del siglo XIV, no figura ya, ni en el Censo de

Población de la Corona de Castilla (1594), ni, por supuesto, en el Nomenclátor de Floridablanca (1789), localizado a

poca distancia de Gascueña de Bornova, cerca de nuestra área de trabajo, cuyo segundo término presenta un claro carácter antroponímico, vinculado, como resulta evidente, a la repoblación cristiana.

W. –D. Elcock (1949), por su parte, incorpora un pelapitèus, sin aclarar su significado, en el término oscense de Biescas, dentro de su repertorio de toponimia menor en el Alto Aragón, si bien lo incluye dentro de

las partidas y campos de este municipio; en el de Torla, incorpora, dentro de este mismo apartado, un faǧa de

peláḽ, así como, en el de Bielsa, un bien representativo la péla, en el de Laspuña, un peláḽre, en el de

Espuéndolas y como casa, un peláire y, en el de Gésera, un san peláḽ, aun cuando éste último parece constituir un, acaso falso, hagiotopónimo, cuando no un simple antropónimo relacionado con Pelayo. Lamentablemente, nada indica el autor sobre la antigüedad de estos topónimos, ni tampoco lleva a cabo sobre los mismos análisis alguno; su mera constatación, sin embargo, no deja de resultar, al menos para nosotros, de indudable utilidad. Por último, Manuel García Blanco (1949) recoge, dentro de los documentos reales pinatenses de Sancho

Ramírez, el topónimo Graznuepela, en un documento fechado en 1069, y que luego se trasmutaría en Graçanueple

(22)

19

podría relacionarse con el que nos ocupa, aun cuando el autor atribuye para el mismo, sin llegar a explicar la razón, un, a nuestro juicio un tanto extraño, origen arábigo, toda vez que no son precisamente los semíticos los más abundantes en este ámbito geográfico pirenaico. Como puede comprobarse, esta raíz, caso de tratarse de una única, no resulta precisamente extraña dentro de nuestra toponimia, tanto en los lugares mayores, como

menores.

Asimismo y como orónimo, Castaño Fernández, en sus Estudios de Toponimia Extremeña (2004), aun trabajando tan sólo sobre los topónimos mayores, aduce para Pela una posible derivación del verbo pelar, en alusión, en este caso y como fitónimo, a la falta de arbolado; fenómeno éste que no deja de resultar relevante, toda vez que las áreas montañosas peninsulares suelen caracterizarse por poseer una mayor densidad de fitotopónimos derivados de especies naturales respecto de las regiones agrícolas (CARRILLO LÓPEZ, A. F. et al., 2010), en las que la vegetación espontánea adquiere, como es lógico, una menor relevancia. Éste sería, sin duda, un rasgo distintivo que, al menos en principio, parecería convenir a nuestra Sierra, significativamente omitida, por su escaso valor cinegético, en el aludido Libro de la Montería (ALFONSO XI, s. XIV), así como por su evidente contraste con los tradicionalmente bien poblados pinares de pino albar (Pinus sylvestris) – en la provincia de Segovia, sin embargo, recibe esta denominación el piñonero (Pinus pinea) (SANZ ELORZA, M. y GONZÁLEZ BERNARDO, F., 2006)- que se extienden, como lo hacían antaño – de hecho y en el piso oromediterráneo, estas masas pinariegas de las sierras de Guadarrama y Ayllón suelen considerarse como autóctonas y de carácter climácico, si bien desde hace años se ha acometido un intenso proceso de repoblaciones en toda esta comarca-, inmediatamente al Sur de Galve de Sorbe y, por tanto, también al Sur de esta misma Sierra de Pela – El Pinar de Galue, como se lee en el texto alfonsí (idem, ibid.) y que bien podría expresar, en estos lugares, el carácter, efectivamente, climácico de esta asociación-, más apetecibles, sin duda, para la actividad venatoria que nuestra áspera y, en este tipo de recursos, bien escasa Pela. En ésta, los relativamente escasos pinares se muestran, al menos en la actualidad, menos abundantes y, sobre todo, mucho menos densos que los que se extienden en el inmediato sector de Galve, aun cuando el citado Pérez Rioja, en su crónica de la provincia de Soria, señala, adentrándose en la de Guadalajara, su presencia en la sierra en cuestión (PÉREZ RIOJA, A., 1867). Todo ello, a pesar de que el pinar, con un sotobosque genéricamente ralo y exiguo, sobre todo cuando constituye un estadio ya evolucionado y no superpuesto a otro anterior, no suele ofrecer precisamente una riqueza cinegética especialmente variada. Sin embargo, el participio adjetivado

Pelada, relativamente frecuente en nuestra toponimia y aplicado, en femenino y masculino, tanto, por ejemplo,

a Sierra, Cerro, Pico y Montaña, como a Ribera, habría sido, a nuestro juicio, la opción oronímica más natural y convincente, es decir y en el caso que se aceptara esta procedencia, la que debería haberse mantenido; toda vez que la preposición de que acompaña al orónimo, cuando menos desde los tiempos de Miñano, parece impedir una derivación directa del participio en cuestión. Opción ésta que, conforme a Ranz Yubero y López de los Mozos, es con la que actualmente se interpreta nuestro orónimo (RANZ YUBERO, J. A. y LÓPEZ DE LOS MOZOS, J, R., 2000-2002), si bien no remite a trabajo alguno que lo confirme.

Entendemos, por tanto, que el origen de este peculiar orónimo ha de presentar una naturaleza bien diferente y, por el momento y en lo que a nosotros se refiere, desconocida, aun cuando pueden aportarse diferentes posibilidades, si bien ninguna de ellas suficientemente concluyentes. De otro lado, debe descartarse, sin más, una muy poco probable relación con el latino *pila o *pilula, con los en este caso bien poco convincentes significados de ovillo, pelota y, por extensión, esfera – en los Glosarios Latino-Españoles

recopilados por Américo Castro (1936), esto es, los de El Escorial, Palacio y Toledo, probablemente de los siglos XIV y XV, se aporta el igualmente desechable de taverna (sic.), acaso con sentido bajolatino de choza-, toda vez que esta Sierra no estuvo precisamente en el centro de atención de los geógrafos griegos o los historiadores romanos – videat infra-. Sustantivo latino éste de *pila que habría pasado, según la segunda edición del Tentative Dictionary of Medieval Spanish (2001), elaborado por Kasten y Cody, al castellano pella, aquí con una inexistente doble l y manteniendo el significado originario; sin embargo, ni Oelschläger (1940), ni el Léxico hispánico primitivo (2003) lo incluyen en su respectivos repertorios. Por su parte, el Glossarium

Mediae et Infimae Latinitatis de Du Cange (1720), así como el Mediae Latinitatis Lexicon Minus (2004) parecen

ignorar esta particular acepción de *pella, a la que, como *perula, *perna y *perla, hacen simplemente equivalente a la joya de este último nombre; por su parte, los mencionados Glosarios de Américo Castro (1936) no llegan a incluir – nada sorprendente, por otra parte- este particular término. Sin embargo, el mencionado Du Cange (1720) recoge el término *pela, incorporado al latín medieval,como equivalente a *castellum, dentro de una acepción, en principio, bien posible y acaso referida a la antigua fortaleza de Galve de Sorbe – videat

infra-, situada en las proximidades de este conjunto orográfico, cuando no a la propia Atienza; raíz ésta que

(23)

20

Rohlfs (1935), con significado de montón de piedras - ¿el mencionado *castellum o más bien las formaciones detríticas miocénicas de la parte culminante de la sierra?-. En todo caso, ni pela ni pielo figuran en el mencionado Léxico hispánico primitivo (2003). Podríamos igualmente referirnos a la raíz prerromana *pal-le-a o

*pal-, aquí con trasmutación vocálica o metátesis – de *pal-le-a a *pel-la-a y de ahí a *pella y, finalmente, a *pela-,

a la que se refiere García Sánchez (GARCÍA SÁNCHEZ, J. J., 2007) y de la que García Pérez propone el significado, también ausente en el citado Léxico (MENÉNDEZ-PIDAL, R. dir., 2003), de puerto (GARCÍA PÉREZ, G., 2003), en posible alusión al que discurre en las inmediaciones de Pico del Grado y al que más adelante habremos de referirnos. Victor R. B. Oelschläger, por su parte y en su clásica A Medieval Spanish Word List

(OELSCHLÄGER, V. R. B., 1940), a la que habremos de referirnos en múltiples ocasiones, reconoce igualmente el vocablo pela, recogiendo, además, los términos pelaza, con el, para nosotros inaplicable, significado de momento de peligro, y pelaco, una de cuyas acepciones es una extensión dilatada de tierra, que podría perfectamente acoplarse a nuestro orónimo, si bien no parece posible, por razones estrictamente lingüísticas, una derivación al mismo. Tampoco parece suficientemente convincente la relación con el sustantivo pelao, recogido por Tomás Sanz Casarrubios (2007) en su léxico del Alto Jarama y con el significado

de piedra de buen tamaño, de contornos lisos y romos, toda vez que éste se refiere, como es evidente, más a

bloques pétreos, presumiblemente frescos o poco alterados y no a accidentes topográficos de mayor entidad, como éste que nos ocupa. Asimismo, la relación con el vasco-ibérico *bula o *pula, con sentido de terrón y en la que se habría producido la trasmutación de la u en e,no resulta, por su falta de aplicabilidad a un orónimo como éste, suficientemente aceptable. Algo más plausible sería, quizás, una derivación del también vasco

*piltza, con significado de pobre y que, por la escasez de vegetación de esta sierra, bien podría aplicarse a

nuestro orónimo, aun cuando la derivación de esta antigua raíz a la forma final no resulta precisamente fácil. Sin embargo, debe mencionarse, acaso como la opción más plausible para Pela, una derivación de la raíz preindoeuropea *pal o *pel, con significado de altura o de ladera escarpada, que, conforme a Llorente Maldonado De Guevara (1978), se encuentra presente en el Monte Pelio asturiano, así citado en 857, así como en Liébana y en Portugal, siendo trasmutado, conforme señala Javier García Martínez (GARCÍA MARTÍNEZ, J., 1994), en el nombre de la población leonesa de Los Espejos de la Reina – Illos Pelios, cultísticamente transcrito en un documento de 1089, y Los Peios en otro de 1195, ambos recogidos por el mismo autor (idem,

ibid.)-; opción ésta presumiblemente más adecuada que el *speculum latino, con significado de atalaya

(LAPESA, R., 1972, HERRERO INGELMO, J. L., 1996, GARCÍA SÁNCHEZ, J. J., 2007) - videat infra-. Destaquemos asimismo que el carácter escarpado de nuestra sierra es sólo aplicable en su ladera septentrional, correspondiente al labio de la Falla de Somolinos – videat infra-, con lo que la atribución oronímica en cuestión debió de efectuarse sólo desde este lado, precisamente en el que la presencia celtibérica era más significativa y de mayor resalte el accidente. Indiquemos igualmente cómo una antigua voz, prerromana y posiblemente precéltica o ligur o, si se prefiere, Alteuropäisch (en TOVAR, A., 1987) o sorotáptico, habría dado nombre a uno de los segmentos montañosos con que, a Levante, principia el Sistema Central y a una de las sierras más destacadas de nuestro mismo entorno regional. Con todo, la antes citada opción de

*castellum y, sobre todo, la que acaba de mencionarse nos parecen, de entre todas las aquí consignadas y

siempre dentro de la imprecisión semántica que genera este bien poco transparente orónimo, las más aceptables.

Con todo y sea cual fuese su significado, aparece éste duplicado, en ambos casos como prefijo, en el pequeño cerro Cabeza del Pelario (1127 m), situado en la margen izquierda del Talegones, relativamente cerca de su nacimiento - ¿una posible Cabeza del Castillo, en relación al relativamente cercano de Atienza, situado a pocos kilómetros al Sur de éste o, más bien, una fácilmente acomodable Cabeza de la Ladera?-, así como en el Arroyo Pelagallinas, con este mismo nombre consignado por Madoz (MADOZ, P., 1845-50), no así por Miñano (1826-29), e igualmente reflejado en las sucesivas ediciones del Mapa Topográfico Nacional1:50.000, afluente del Bornova y que discurre inmediatamente al Norte de la Sierra de Alto Rey, paralelamente a ésta en sus tramos más altos; no así en el Mapa de Guadalajara de Chías (CHÍAS I CARBÓ, B., dir., 1905), de otro lado tan parco en hidronimia, frente a una apreciable generosidad en orónimos. También lo observamos en el paraje de El Pelado, al Norte de Valderromán y en el pequeño cerro del mismo nombre (1036 m), al Suroeste de Recuerda, así como en el paraje correspondiente a Los Pelaos, situado al Este de Liceras, aun cuando, en estos casos, bien pudiera presentar éste de Pela, en el sentido de ausencia de vegetación, un origen puramente fitonímico. La relativa abundancia, en nuestro caso, de topónimos que contienen la raíz en cuestión nos mueven a no considerarla como un fenómeno casual. Por su parte, Mª. Carmen Yago Andrés, en su repertorio

de nombres geograficos de Guadalajara (YAGO ANDRÉS, Mª. C., 1974), incorpora igualmente, en el término de

(24)

21

abundancial (HERRERO ALONSO, A., 1977), cuando no y como derivación también del vasco, un simple castellanisno-, que, mejor que el sólo aparente y siempre discutible ginecónimo, bien podría compartir el origen del orónimo en cuestión; en el municipio de Tordellego – nombre éste constituido, por cierto, a partir de la raíz indoeuropea de carácter hidronímico *teu/r-, a la que más adelante aludiremos-, se consigna también un Peladillo y, en el de Almoguera, siempre dentro de la misma provincia, un Pelagatos (idem, ibid.), que quizás pudieran derivarse de esta Pela y a la que se acopla un curioso y siempre problemático gato videat

infra-, dotado aquí acaso de un sentido odonímico. En la Comunidad de Villa y Tierra de Curiel y en el término

de Valdearcos de la Vega, encontramos el despoblado, junto con el arroyo homónimo, de Valdepilas (MARTÍNEZ DÍEZ, G. S.I., 1983) y, en la de Cuéllar, el de Pililla, documentado ya en 1210 (idem, ibid.) - ninguno de los dos figura ya, ni en el Censo de Población de la Corona de Castilla (1594), ni en el Nomenclátor de

Floridablanca (1789)-, al que podríamos también incorporar el casi idéntico arroyo de Pilillas, que, en la

provincia de Segovia, engrosa el caudal del río Moros – podemos remitimos aquí a esta antigua raíz geonímica *mor- o *mur-, de la que, más adelante y con suficiente extensión, se tratará, aun cuando Siguero Llorente identifica, de manera un tanto cuestionable, este hidrónimo más bien con moradas o despoblados

(SIGUERO LLORENTE, P. L., 2009), sin especificar a cuáles se refiere, mientras que Gregorio de Andrés le atribuye un posible y bastante razonable origen arábigo, acaso mozárabe o del árabe andalusí, de la voz

*morox, con significado de prado (ANDRÉS, G. DE, 1979-90 en ANDRÉS, G. DE, 2000)-, afluente del Eresma y

relacionados, sin duda, con esta misma raíz. Sea como fuere, añadamos también, en esta misma provincia de Segovia, La Pelaria, La Peladera o Pelechera (GONZÁLEZ VELASCO, C., 1982) – éste último acaso con el acoplamiento del tan característico vasco *eche, *echea, es decir, casa, tan recurrente en la toponimia vasco-pirenaica y, en general, en la vasco-ibérica-, que acaso se encuentren, más o menos lejanamente, emparentados con nuestra Sierra de Pela.

Potamónimo éste, igualmente sintagmático, de Pelagallinas, a su vez, también de oscuro significado y que parece guardar más relación con este orónimo de Pela, combinado acaso con una galiana – ésta, a pesar de lo sugerido por el Padre Guadix (1593) para la antigua población homónima manchega emplazada cerca de Daimiel, de imposible filiación arábiga y, conforme a Sabio González de sólo posible origen antroponímico,

*Gallius o *Gallianus en concreto (SABIO GONZÁLEZ, R., 2008)-, galliana, galiena, gallena o galliena, ésta última

en terminación *–en, *-ena relativamente frecuente, como bien advirtieran Ramón Menéndez Pidal (1940, 1968)

(v.gr., en LAPESA, R., 1972, en HERRERO ALONSO, A., 1977, en GARCÍA SÁNCHEZ, J. J., 2001, en SABIO

GONZÁLEZ, R., 2008, en SABIO GONZÁLEZ, R., 2008) y Rafael Lapesa (1942, edición de 1981) (LAPESA, R., 1972), en nuestra misma toponimia – existe, según el Nomenclátor comercial de los pueblos de España (14ª. edición, 1992) y siempre dentro de la toponimia mayor, un Galián en la provinciade Oviedo y dos Galiana, en las de Pontevedra y Almería, sin contar con el río Galián, posiblemente el actual Francolí, del que nos habla al-Rāzī (AL-RĀZĪ, s. X, en ALEMANY BOLUFER, J., 1909-22)-, cuando no y como mera tentativa, de gallillo, en un sentido próximo al de garganta, ya recogido, en su Tesoro, por Sebastián de Covarrubias (1611) – el Diccionario

de Autoridades (1726-39), germen del de la Real Academia Española, reserva este término únicamente para la úvula o

campanilla del paladar, abandonando aparentemente la antigua acepción de altura o de ladera escarpada, debiendo

nosotros mencionar, igualmente y como diminutivo de galio, una hierba homónima, acaso correspondiente a la herbácea asturiana gallines, comúnmente empleada para cuajar la leche- y que habría derivado, por simple asimilación popular, mera eufonía o, si se prefiere, transmutación paronímica, hasta el actual gallinas. En el caso de proceder de la antedicha galiana, su significado de cañada, constatable en el D.R.A.E., aunque ausente, con este significado, en Covarrubias (1611),bien podría avenirse a alguno de los pasos de la Sierra, acaso el de Torreplazo o el de Galve de Sorbe – videat infra lo referente al trazado viario en estos lugares-.

De mayor consistencia, por razones estrictamente geográficas, se nos antoja la posibilidad de que guardase este hidrónimo más bien relación, tal como plantea Galmés De Fuentes (1986) para los gallos de la región asturiana, con el celta *kanto o *kal(l)io (v.gr., COROMINAS, J., 1961 en COROMINAS, J., 1972, GALMÉS DE FUENTES, Á., 1986 en RANZ YUBERO, J. A. y LÓPEZ DE LOS MOZOS, J, R., 2000-2002, GARCÍA MARTÍNEZ, J., 1994, GALMÉS DE FUENTES, Á., 1996, GALMÉS DE FUENTES, Á., 1996 en JIMÉNEZ DE GREGORIO, F., 1997-2008, GARCÍA SÁNCHEZ, J. J., 2007), esto es, piedra – de ahí, probablemente y al existir, según recoge Corominas (edición de 1980-83), un *caio galo, en el sentido de muro, el *cantus latino (en

JIMÉNEZ DE GREGORIO, F., 1997-2008), el cayo castellano, recogido en el Diccionario de voces españolas

geográficas (REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA, 1799), aunque el D.R.A.E. le reserva, con y y no con ll, un

origen antillano-, o, quizás mejor y según recoge Ranz Yubero para el topónimo gallo, el ibérico *kalinar, con significado de cumbre dentada (ROMÁN DEL CERRO, J. L., 1990 en RANZ YUBERO, J. A. y LÓPEZ DE LOS MOZOS, J, R., 2000-2002, en RANZ YUBERO, J. A., 2007), referida acaso, mejor, a la mucho más aserrada de

(25)

22

Alto Rey. Encontramos, con esta misma raíz, con y y según el referido Nomenclátor, nombres de poblaciones en las provincias de Oviedo, La Coruña, Burgos y Almería. Resulta aquí evidente el hermanamiento semántico de esta raíz céltica o, como sugerimos, más probablemente, ibérica con la antedicha preindoeuropea *pal o *pel, con significado de altura o de ladera escarpada.

Sustantivo éste, a su vez, claramente emparentado con los vascos *gargaite, esto es, cumbre en forma de

mazo (MASCARAY SIN, B., 2002) o, simplemente y sin entrar en mayores descripciones, cumbre, y *gaillur, esto

es, como el también vasco *kal o *cal y en su acepción más conveniente de la primera de estas formas, cresta

montañosa, nuevamente cima o, simplemente, punta (GARCÍA PÉREZ, G., 1988 en RANZ YUBERO, J. A. y

LÓPEZ DE LOS MOZOS, J, R., 2000-2002); de hecho, el tan frecuente topónimo de cresta, no incluido con este sentido por Covarrubias (1611), aunque sí consignado ya en el citado Diccionario de voces españolas geográficas

como ”...la cima ó cumbre de las montañas elevadas, formada de peñascos puntiagudos en figura de cresta de gallo” (REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA, 1799), no es, en efecto, sino evidente símil de la que algunas aves, especialmente y con forma enhiesta, los machos, ostentan; de hecho, una de las dos acepciones del vasco

*gaillurru es, precisamente, cresta de gallos, si bien podría sospecharse, en este caso, la presencia de un simple

préstamo del latino *gallus; un *gaillurru acaso derivado, por cierto y como *gaillu o *kaillu y tal como postulan Segura y Etxebarria, del *callum latino, con sentido de dureza o callosidad (SEGURA MUNGUÍA, S. y ETXEBARRIA AYESTA, J. M., 1996). De cualquier manera, ambas posibilidades serían, como parece evidente, perfectamente compatibles y, desde el punto de vista semántico, incluso coincidentes. Podría todavía apuntarse una relación con el también céltico *call o *gall, que, como el *celt o el *kelt, presentan los significados apelativos de valiente o bravo, si bien tendría que justificarse, para estos lugares en concreto, tarea ésta prácticamente imposible de llevar a cabo, el particular contenido legendario, militar o belicoso del nombre en cuestión.

No creemos, en cambio, posible que exista relación con la voz latina *gallingar o *galanga, incorporada en los ya citados Glossarium Mediae et Infimae Latinitatis de Du Cange (1720) y Mediae Latinitatis Lexicon Minus

(2004), con el significado fitonímico de una suerte de raíz de árbol o de lugar donde se desarrolla una especie de

juncos, concretamente, según hemos comprobado en ambos casos, el Cyperus longus, denominado, por cierto,

juncia en la provincia de Segovia (SANZ ELORZA, M. y GONZÁLEZ BERNARDO, F., 2006); voz ésta de

*gallingar quizás, a su vez, emparentada con el vasco *gal(h)ar, esto es, leño (HERRERO ALONSO, A., 1977) o,

si se prefiere, rama muerta con la que se hacen las haces, presumiblemente, en este caso, de leña. Tampoco sería aceptable relación alguna, al menos directa, con la antigua voz medieval kalinare, de origen romance, consignada en el Léxico hispánico primitivo (MENÉNDEZ-PIDAL, R. dir., 2003), que proyectara el mismo Ramón Menéndez Pidal, con el significado, precisamente, de gallina (Gallus gallus domesticus), voz ésta de indiscutible procedencia latina, que no arábiga, como, sin razón, pretendiera el Padre Guadix (1593), y cuya primera referencia escrita data, cuando menos y conforme al mismo Léxico hispánico primitivo, de un bien temprano 970 (MENÉNDEZ-PIDAL, R. dir., 2003); de hecho, esta más que conocida especie doméstica, originaria, probablemente, de Asia Menor, había sido ya introducida en Occidente, según Martín Almagro Gorbea (1983), por los fenicios, siendo profusamente citada, como era de esperar, por autores clásicos como, entre otros muchos, Galeno, Plinio o Dioscórides.

Resulta evidente que la derivación de *kanto o *kal(l)io hacia gallo no constituye, sino una simple y, en este caso muy frecuente y perfectamente explicable, etimología popular, falsa etimología o, como ya se dijera, transmutación paronímica. De hecho, la antedicha voz, casi homofónica, kalinare o kalina, bajo esta nueva forma y según el Tentative Dictionary of Medieval Spanish (2001), presenta, como acaba de indicarse, el significado, precisamente y con sentido, aquí inequívocamente zoonímico, de gallina (Gallus gallus domesticus) – enun sentido taxonómico mucho más amplio que el referido a la especie doméstica en cuestión-, con lo que su derivación resulta, por lógica e inmediata, casi necesaria, en especial en un contexto rural, como lo es éste. De otro lado, esta misma raíz pervive sólo aparentemente, entre muchas otras, en la localidad zaragozana de Gallur, para la que Emilio Nieto Ballester propone el étimo latino de *gallorum, esto es y en genitivo del plural, de los galos (NIETO BALLESTER, E., 1997), en alusión, quizás, a los traídos por César en la Campaña de Ilerda (RUBÉN JIMÉNEZ, J., 2004), cuando no más bien a tribus de este origen asentadas en nuestro país con la llegada de los pueblos célticos, o, si se prefiere y de forma más genérica, de los celtas, tal como se observa en distintos topónimos – entre ellos y a título de ejemplo, el del mismo río Gállego (ROHLFS, G., 1951, VILLAR, F., 2000, GARCÍA SÁNCHEZ, J. J., 2007), el Galitón de al-Rāzī (AL-RĀZĪ, s. X, en GAYANGOS, P., 1852), antiguo Gallicus flumen

(RUBÉN JIMÉNEZ, J., 2004), recogido, por su importancia, en el Orbis Latinus de Graesse (1861), o, quizás también, el de la localidad gerundense, anteriormente citada, Pelacálls- del cuadrante nororiental de nuestra Península (VILLAR, F., 2000). Mª. Teresa Llamazares Prieto, por su parte y en su estudio sobre, precisamente,

(26)

23

etimologías populares de laleonesa Cabecera de Laciana, aporta los casos de Gathineir y de Puente Gathina,

cercanos a la población de Orallo, dentro del término de Villablino, que relaciona, siguiendo a Galmés De Fuentes (1988), con la citada raíz (LLAMAZARES PRIETO, Mª. T., 1994).

Hipótesis oronímica ésta que nos parece algo más plausible, toda vez que, cerca de Liceras y Montejo de Tiermes, en las pseudocuestas formadas en materiales triásicos, encontramos un paraje denominado precisamente El Gallo, que culmina en una cota (1240 m) – definida, por cierto, por un inusualmente elevado vértice geodésico- del mismo nombre que domina, a su vez, sobre un pequeño barranco; al Norte del mismo, se extiende igualmente la Cuesta del Gallo, relacionada, sin duda, con las anteriores. Constatemos igualmente otro paraje, Los Gallineros, situado al Sureste de Santibáñez de Ayllón (en GONZÁLEZ VELASCO, C., 1982), dentro de una, por lo que se ve, bien arraigada toponimia, sin relación con núcleo de población alguna, actual o, no figurando en el Censo de Población de la Corona de Castilla (1594), ni tampoco en el Nomenclátor de

Floridablanca (1789), ya despoblado. Asimismo, el Fuero de Sepúlveda (s. XI-XIII), concretamente el Romanceado

(s. XIII), cita un paraje denominado Gallinera, presumiblemente situado entre el Arroyo Valseco y Riaguas de San Bartolomé y que no se corresponde con ninguno de los Gallos aquí citados. Siguero Llorente atribuye, no obstante, a esta Gallinera, una antigua aldea del término de Fresno de Cantespino (MARTÍNEZ DÍEZ, G. S.I., 1983, en GONZÁLEZ HERRERO, M., 2002), que tampoco hemos encontrado en los citados Censo de Población de

la Corona de Castilla (1594) y Nomenclátor de Floridablanca (1789), convertida, con el tiempo en despoblado, un

sencillo y bien poco explicable origen zoonímico (SIGUERO LLORENTE, P. L., 1997), tal como el mismo Julio González había planteado para este tipo de topónimos (GONZÁLEZ, J., 1974), de otro lado tan significativamente abundantes en toda esta antigua región celtibérica, esto es, la extendida inmediatamente al Oeste de nuestra Ibérica. Filiación zoonímica ésta - "lugar en el que hay gallinas"- que, sin reparar en otras posibilidades, plantea Jiménez de Gregorio, refiriéndose a un arroyo del mismo nombre, Canta el Gallo, así como el del Gallinero y el barranco del Gallo, en sus Materiales para una toponimia de Toledo (JIMÉNEZ DE GREGORIO, F., 1997-2008). De igual modo y en la Sierra de Riaza, el paraje de La Gallega (1384 m) – un bien poco defendible etnónimo o, mejor, gentilicio de esta ascendencia, toda vez que no corresponde éste a despoblado alguno, aunque pudiera tratarse, en realidad, de un simple, aunque indocumentado, patronímico- bien pudiera también responder a esta misma raíz, igualmente presente, ya fuera de nuestro espacio de trabajo, en el paraje denominado Gallinero, al Sureste de la pequeña localidad de Semillas, al Sur ya de la Sierra de Alto Rey; sin embargo, hemos encontrado, en la documentación de Riaza, tanto en un documentode 1275, como en

las Ordenanzas Municipales de 1572, un río denominado precisamente Valgallego (en COLECCIÓN

DIPLOMÁTICA DE RIAZA, 1258-1457), del que ignoramos pueda guardar alguna relación con este paraje, como también otro, denominado precisamente El Gallego, situado en la plataforma calcárea situada en la margen derecha del río San Juan, en el área de Sepúlveda. Téngase presente que los gentilicios, como los que pueden aquí suponerse, suelen corresponder más a topónimos de lugar mayor, esto es e independientemente de su entidad, núcleos de población, que a parajes, cursos fluviales o simples accidentes del terreno.

También fuera de la misma Sierra de Riaza y en las cercanías de la inmediata Barcones – así aparece en un documento de 1269 (repr. por MINGUELLA Y ARNEDO, T. O.S.A., 1910-13)-, ésta última también de indudable origen prerromano – videat infra-, existe una cueva significativamente denominada del Gallo o de los

Morosvideat infra lo referente a esta segunda y tan extendida raíz, sólo aparentemente etnonímica- (BLASCO

JIMÉNEZ, M., 1880). En la cercana Sepúlveda, se halla una Fuente de la Gallina (GONZÁLEZ VELASCO, C., 1982), que bien pudiera ostentar este mismo origen. De otro lado y precisamente en la población de Gallinero, en el sexmo de Tera (MIÑANO Y BEDOYA, S., 1826-29) y Arciprestazgo del Campo, en plena Tierra de Soria

(MARTÍNEZ DÍEZ, G. S.I., 1983), Benito Gaya Nuño localizó una gran cantidad de topónimos igualmente ibéricos o, si se prefiere y enlazando con las antiguas hipótesis filológicas que enunciara Wilhelm von Humboldt

(v.gr., V.V.A.A. en TOVAR, A., 1954 en HERRERO ALONSO, A., 1977, en HERRERO ALONSO, A., 1977, en

VILLAR, F., 2000) y, posteriormente, Ramón Menéndez Pidal, vasco-ibéricos (en GAYA NUÑO, B., 1948, en

HERRERO ALONSO, A., 1977), si bien este autor nada señala sobre el nombre del pueblo en cuestión. Sin embargo, Carracedo Arroyo, aun atribuyéndolo un origen riojano (CARRACEDO ARROYO, E., 1996), otorga a esta misma población un simple y, por lo que se ha visto, más que cuestionable étimo zoonímico (idem, ibid.), mientras que Herrero Ingelmo lo hace derivar del vasco *garagüeta, con sentido de acebeda (HERRERO INGELMO, J. L., 1996); una derivación que se nos antoja, desde el punto de vista lingüístico y por lo comprometido de su transformación morfológica, no poco problemática. De otro lado, Llorente Maldonado De Guevara plantea, de manera plenamente fundamentada, distinta procedencia, para una población homónima de la provincia de Salamanca, a la que, a partir de la forma Galindenegro con que aparece en 1265, la remonta al antropónimo vasco *Galindo Enego, *Galindéñego o *Galind Yénego (LLORENTE MALDONADO

(27)

24

DE GUEVARA, A., 1994), extremo éste que podría aplicarse igualmente al caso que nos ocupa, si bien la relativa abundancia de topónimos mayores integrados por esta raíz lo convierte en algo menos verosímil; en el caso salmantino, este Gallinero, despoblado ya según el Censo de Población de la Corona de Castilla (1594), no sería, pues, sino la trasmutación paronímica de la aludida forma precedente, resultando, por tanto, un bien evidente pseudozoónimo.

Resulta, en cualquier caso, destacable el hecho de que esta pequeña población se encuentre, dentro de la actual provincia de Soria, en el espacio ocupado por la antigua cultura castreña y en cuyas inmediaciones se hallaron dos recintos fortificados de esta misma época (TARACENA AGUIRRE, B., 1941). También en la misma provincia de Soria y dentro de la Tierra de Osma, se encuentra, según el Censo de Población de la Corona

de Castilla (1594) – se trata del Censo Vecinal de 1591, transcrito y publicado en la Imprenta Real en 1829 por

Tomás González, citado por Madoz (MADOZ, P., 1845-50) y, ya en nuestra época, López Gómez (1981) y al que habremos hoc opere de referirnos en diversas ocasiones-, un Gallineruelo, actualmente convertido en despoblado y del que, ni el Nomenclátor de Floridablanca (1789), ni Miñano (MIÑANO Y BEDOYA, S., 1826-29), ni, por supuesto, Madoz (MADOZ, P., 1845-50) llegan ya a dar noticia alguna. Más lejos, en la provincia de Madrid, el Libro de la Montería alude a una Foz de las Galljnas (ALFONSO XI, s. XIV) o de las Gallineras, que el ya citado Gregorio de Andrés localiza en los Altos de Galapagar y cuyo nombre atribuye, de manera a nuestro entender no poco cuestionable, a la presencia en los mismos de aves rapaces que, al parecer, robaban las de los corrales del lugar (ANDRÉS, G. DE, 1979-90 en ANDRÉS, G. DE, 2000). Sin embargo y por todo lo antes expresado, no deja de sorprender la atribución zoonímica, sin más, otorgada por Moisés Selfa i Sastre (2005) a los topónimos oscenses de Pui Galina, Pui Gallina y El Gallinero, cuando se trata, al menos los dos primeros casos – el primer elemento de los dos primeros ejemplos constituye una variante ribagorzana del catalán, tan frecuente,

puig-, de bien patentes orónimos.

Otros derivados de gallo se encuentran asimismo más ampliamente representados por la misma. En la de Segovia y aparte de la mencionada Fuente de la Gallina, se incluye El Gallinero, en Monterrubio, El Gallizo, en Nava de la Asunción, El Gallo, en Ituero y Lama, así como en Moraleja de Cuéllar, la Senda del Gallo, en Aldeasoña – un bien probable antropónimo éste, derivado de Don Soña y ligado, sin duda, al proceso repoblador del Valle del Duero- (GONZÁLEZ VELASCO, C., 1982). También en la de Guadalajara se reitera esta raíz, presentándose, como geónimo y orónimo, bajo las formas, evidentementre trasmutadas, de La Gallina, Los Gallinares, La Gallinera, El Gallinero, Gallinicas, Gallosal, Gallugar – éste último repetido, también como orónimo y al Sur de las Sierras del Madero, de Toranzo y de Tablada, en los confines con Zaragoza, en la de Soria (1327 m)-, Gallugasa o El Gallo, así como el conocido hidrónimo de este último nombre (YAGO ANDRÉS, Mª. C., 1974). Otro tanto se observa en la de Ávila, en la que Mª. Asunción López Navarro ha contabilizado, bajo diferentes formas, igualmente trasmutadas – Gallina, Gallinaza, Gallinera,

Gallinero, Gallizo, Gallo, Gallombas...-, el nombre de no pocos lugares que ostentan esta misma base (LÓPEZ

NAVARRO, Mª. A., 1979). Asimismo, Manuel García Blanco (1949) recoge, en un documento fechado en 1093, un

Galliso que bien podría compartir esta misma ascendencia, como también el Galluese o el Galluase citados,

respectivamente, por Menéndez Pidal (1926) y Corona Baratech (1947). De otro lado, Oelschläger (OELSCHLÄGER, V. R. B., 1940) constata la aparición, en 1108 y conforme a la recopìlación de voces extraídas de la documentación del Monasterio de Sahagún efectuada por Vicente Vignau (1874), de un Otero Gallinero, cuya exacta localización desconocemos, pero cuyo nombre se encuentra claramente incluido en la relación que nos ocupa. El Catálogo Documental de los Cartularios de Toledo (1985) recoge igualmente un documento, fechado en 1192, en el que se alude, dentro del término de la misma ciudad, el lugar de Gallinares. Por su parte, el aludido Diccionario de Madoz recoge los ejemplos de Gallejones, en la provincia de Burgos, Gallifa, en la de Barcelona, Galleuda y Galliner, en la de Lérida, el monte Gallillo, en la de Palencia, el despoblado de Gallimazo - en el Censo de Población de la Corona de Castilla (1594), así como en el Nomenclátor de Floridablanca

(1789) figura ya como tal, siendo considerado, no obstante, por Riesco Chueca como un antropónimo, Galín Mazo, formado por un nombre, apócope de Galindo y relativamente frecuente en época medieval, y un apellido, Mazo (RIESCO CHUECA, P., 2006), si bien este mazo bien podría constituir un geo- orónimo referido a un altozano de reducida altura (ETXEBARRIA MIRONES, T., 2000 en RANZ YUBERO, J. A. y LÓPEZ DE LOS MOZOS, J, R., 2000-2002)-, en la de Salamanca, Gallinal, Gallinero y Gallineiros, en la de Oviedo, Gallinera, en la de Alicante, nuevamente Gallineros, en las de Soria y Logroño, Gallines, en la de Gerona, Gallipienzo - procedente acaso de un primitivo *Kallipendion y cuyo segundo término podría ser un también céltico *pend o *qend, con sentido de fragmento (COROMINAS, J., 1961 en COROMINAS, J., 1972)- y Gallues en la de Navarra y Gallur – aquí con un más que probable vasco-ibérico *lur, esto es, tierra o terreno (en

Referencias

Documento similar