LA ORACION FUNEBRE DE PERICLES (470 ac ac) Reconstruída por Tucídides "Era de Pericles": Atenas, Grecia, 461 a 431 ac

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LA ORACION FUNEBRE DE PERICLES (470 aC - 399 aC)

Reconstruída por Tucídides

"Era de Pericles": Atenas, Grecia, 461 a 431 aC La mayoría de mis predecesores

en este sitio

nos ha dicho que es honesto pronunciar algunas palabras,

exigidas por la ley durante el entierro de aquéllos

que han muerto en batalla.

Por lo que se refiere a mi mísmo, me inclino a pensar

que el valor que se ha mostrado en hechos concretos

ya ha sido saldado suficientemente mediante los honores,

también mostrados en hechos concretos.

Ustedes mismos pueden apreciar lo que ellos significan ya que están participando

de este funeral solventado por el pueblo.

Debíera tambien yo desear que las reputaciones de tantos hombres valientes

no estuvieran en pelígro en boca de un orador único, de tal manera que ellas suban o bajen

segun si habla bien o mal.

Puesto que es duro hablar adecuadamente, cuando ya de entrada

se presenta la dificultad de convencer al auditorio que se está diciendo la verdad.

Por un lado,

el amigo a quien le son familiares algunos hechos de la vida de estos muertos

puede pensar que varios aspectos no han sido destacados con la dedicacíón que desea

y que sabe que merecen.

Por otro,

aquél que no los ha conocido puede sospechar por envidia,

que hay exageración,

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cuando escucha mencionar virtudes que están por encima de su propia naturaleza.

(Porque los hombres aceptan que se ensalce a otros

en tanto en cuanto ellos se puedan persuadir que las mismas acciones recordadas las podrían haber vivido ellos mismos

como protagonistas.

Cuando ese limite se traspasa, surge la envidia y con ella la incredulidad)

Sin embargo

como nuestros antecesores han establecido esta costumbre

y la han aprobado, la obediencia a la ley

pasa a constituir para mí un deber.

Intentaré

satisfacer las opiniones y deseos de todos ustedes

de la mejor manera que pueda.

Tendría que comenzar con nuestros antepasados.

Es tan adecuado como prudente,

que ellos reciban el honor de ser mencionados en primer lugar,

en una ocasión como la de ahora, Ellos vivieron en esta comarca

sin interrupción de generación en generación;

y nos la entregaron LIBRE como resultado de su bravura.

Y si nuestros antepasados más lejanos merecen alabanza,

mucho más son merecedores de ella nuestros padres directos.

Ellos sumaron a nuestra herencia el imperio que hoy poseemos y no escatimaron esfuerzo alguno

para transmitír esa adquisición a la generación presente.

Por último,

hay muy pocas partes de nuestro dominio que no hayan sido aumentadas

por aquéllos de entre nosotros que han llegado a la madurez de sus vidas.

Por su esfuerzo la patria se encuentra provista con todo lo que le permite depender de sus propios recursos,

tanto en guerra como en la paz.

Aquella parte de nuestra historia

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que muestra cómo nuestras hazañas bélicas trajeron como consecuencia

nuestras diversas posesiones, así como tambien la que muestra cómo

tanto nosotros como nuestros padres pudimos frenar la marea

de la agresión extranjera, valerosamente y sin dobleces,

constítuye un capítulo demasiado conocido por todos los que me escuchan.

No necesito extenderme en el tema que, por consiguiente,

dejo de lado.

Pero cuál fue el camino

por el que llegamos a nuestra posición;

cuál es la forma de gobierno que permitió volver más evidente

nuestra grandeza;

cuáles los hábitos nacionales a partir de los cuales ella se originó;

éstos son los problemas máximos que intento dejar en claro, antes de proseguir con el panegíríco

de todos estos muertos.

Pienso que el tema es adecuado para una ocasión como la presente

y que ha de resultar ventajoso escucharlo con atención

tanto por los nativos como por los extranjeros.

Nuestra constitución no copia leyes de los estados vecinos.

Más bien somos patrón de referencia para los demás,

en lugar de ser imítadores de otros.

Su gestión favorece a la pluralidad en lugar de preferir a unos pocos.

De ahí que la llamamos democracia.

Otra diferencia entre nuestros usos y los de nuestros antagonistas se aprecia con nuestra política militar.

Abrímos nuestra ciudad al mundo.

No les prohibimos a los extranjeros que nos observen

y aprendan de nosotros,

aunque ocasionalmente los ojos del enemigo han de sacar provecho de esta falta de trabas.

Nuestra confianza

en los sistemas y en las políticas es mucho menor que nuestra confianza

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en el espíritu nativo de nuestros conciudadanos.

En lo que se refiere a la educación, mientras nuestros rivales ponen énfasis en la virilidad

desde la cuna misma

y a través de una penosa disciplina,

en Atenas vivimos exactamente como nos gusta;

y sin embargo nos alistamos de inmediato frente a cualquier peligro real.

Una prueba de que esto en así se aprecia con los lacedemonios

quienes por sí solos no invaden nuestras comarcas,

sino que traen consigo a todos sus confederados;

mientras nosotros, atenienses, avanzamos sin aliados hacia el territorio de un vecino y luchando en tierra extranjera derrotamos

usualmente con facilidad

a los mismos que están defendiendo sus hogares.

No hubo aun enemigo que se opusiera a toda nuestra fuerza unida,

puesto que nos empeñamos al mismo tiempo no sólo en alistar a nuestra marina sino también en despachar por tierra

a nuestros conciudadanos en cien servicios diferentes.

Y así resulta que a menudo entra en lucha alguna de estas fracciones

de nuestro poderío total.

Si el encuentro resulta victorioso para el enemigo, su triunfo lo exageran como si fuera

la victoria sobre toda la nación, Si en cambio cae derrotado.

el contraste se presenta como sufrido con el concurso de un pueblo entero.

Y sin embargo,

con hábítos que son más bien de tranquilidad que de esfuerzo

y con coraje que es más bien naturaleza que arte,

estamos preparados para enfrentar cualquier peligro

con esta doble ventaja:

escapamos de la experiencia de una vida dura, obsesionada por la aversión al riesgo;

y sin embargo, en la hora de la necesidad,

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enfrentamos dicho riesgo con la misma falta de temor

de aquellos otros que nunca se ven libres de una permanente dureza de vida.

Pero con estos puntos no finaliza la lista de los motivos que causan admiración en nuestra ciudad.

Cultivamos el refinamíento sin extravagancia;

la comodidad la apreciamos sin afeminamiento;

la riqueza la usamos en cosas útiles más que en fastuosidades, y le atribuimos a la pobreza

una única desgracia real.

La pobreza es desgraciada no por la ausencia de posesiones

sino porque invita al desánímo en la lucha por salir de ella.

Nuestros hombres públicos tienen que atender a sus negocios privados al mismo tiempo que a la política y nuestros ciudadanos ordinarios, aunque ocupados en sus industrias, de todos modos son jueces adecuados cuando el tema es el de los negocios públicos.

Puesto que

discrepando con cualquier otra nación donde no existe la ambición de participar

en esos deberes, considerados inútiles, nosotros los atenienses somos todos capaces

de juzgar los acontecimíentos,

aunque no todos seamos capaces de dirigirlos.

En lugar de considerar a la discusión como una piedra que nos hace tropezar

en nuestro camino a la acción, pensamos que es preliminar

a cualquier decisión sabia.

De nuevo presentamos el espectáculo singular de atrevimiento irracional

y de deliberación racional en nuestras empresas:

cada uno de ellos llevado hasta su valor extremo

y ambos unidos en una misma persona, mientras que, por igual caso, en otros pueblos,

las decisiones son el resultado solamente de la ignorancia o solamente del espíritu de aventura

o solamente de la reflexión.

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La palma del valor

corresponde ser entregada en justicia a aquéllos que no ignoran,

por haberlo experimentado en carne propia, la diferencia entre la dureza de la vida

y el placer de la vida;

y que, sin embargo,

no ceden a la tentación de escapar frente al peligro.

Si nos referimos a nuestras leyes, ellas garantizan igual justicia a todos,

en sus diferencias privadas.

En lo que respecta a las diferencias sociales, el progreso en la vida pública

se vuelca en favor de los que exhiben el prestigio de la capacidad.

Las consideraciones de clase no pueden interferir con el mérito.

Aún más, la pobreza, no es óbice para el ascenso.

Si un ciudadano es útil para servir al estado, no es obstáculo la oscuridad de su condición.

La libertad de la cual gozamos en nuestro gobierno, la extendemos asimismo a nuestra vida cotidiana.

En ella, lejos de ejercer

una supervísión celosa de unos sobre otros, no manifestamos tendencia a enojarnos

con el vecino, por hacer lo que le place.

Y puesto que nada está haciendo opuesto a la ley,

nos cuídamos muy bien de permitirnos a nosotros mismos

exhibir esas miradas críticas que sin duda resultan molestas.

Pero esta liberalidad en nuestras relaciones privadas no nos transforma en ciudadanos sin ley.

Nuestras principales preocupaciones tratan de evitar dicho riesgo,

por lo cual nos educamos en la obediencia de los magistrados y de las leyes, Un ejemplo de lo expresado es el referente

a la protección a los inválidos,

ya sean los inscríptos en el padrón del estatuto, ya sean los amparados por ese otro código

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que, a pesar de no estar escrito, no puede ser violado sin condena.

Más aún, disponemos de recursos numerosos conque la mente se pueda distraer del negocio.

Celebramos juegos y sacrificios a lo largo del año.

La elegancia de nuestras construcciones forman una fuente diaría de placer y nos ayudan a desterrar el aburrimiento, mientras esa magnificencia de nuestra ciudad

atrae a los productos del mundo hacia nuestro puerto.

En lo referente a la generosidad nos destacamos asimismo

en forma singular ya que nos forjamos amigos dando en lugar de recibiendo favores.

Pero por supuesto, quien hace los favores es el más firme amigo de ambos,

de manera de mantener al amigo en su deuda, mediante una amabilidad continuada.

Mientras que el deudor se siente menos atraído puesto que se da cuenta

que la devolución que él ofrece es un pago casi obligado pero no una libre dádiva.

Y son solamente los atenlenses quienes sin temor por las consecuencias

abren su amistad,

no por cálculos de una cuenta por saldar sino en la confianza de la liberalidad.

En pocas palabras resumo

que nuestra ciudad es la escuela de Grecia y que dudo que el mundo

pueda producir otro hombre que dependiendo sólo de sí mismo

llegue a su altura en tantas emergencias y resulte agraciado por tamaña versatilidad

como el atenlense.

Y ésta no es una mera bravata lanzada en esta ocasión favorable, sino que es la realidad de los hechos, considerando el presente poder de Atenas

que esos hábitos conquistaron.

Porque solamente Atenas ha llegado a ser superior a su fama

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y es la única que, en ocasión de ser asaltada, no ocasiona pudor en sus antagonistas

cuando ellos resultan derrotados.

Ni sus mismos enemigos cuestionan su derecho, obtenido por mérito,

de poner de manifiesto su imperio.

Más bien la admiracíón de la edad presente y de la futura

estará dirigida hacia nosotros dado que no hemos dejado nuestro poder sin testigos.

Antes bien, han quedado de él testimonios gigantescos.

Lejos de necesitar a un Homero como panegirista ni otro poeta con habilidades artísticas tales, que sus versos puedan encantar por un momento

(aunque la impresión que dejan se derrite luego frente a la realidad),

nosotros hemos obligado a cada tierra y a cada agua

que se transforme en la ruta de nuestro valor.

Y hemos dejado en todo sitio monumentos, de una índole o de otra,

imperecederos, detrás nuestro.

Esta es la Atenas por la cual estos hombres han luchado y muerto noblemente,

en la seguridad de contribuir a que no desfallezca.

De la misma manera

que cualquiera de los sobrevivientes está dispuesto a morir por la misma causa.

Por supuesto, si es que me he detenido con cierto detalle

en señalar el carácter de nuestra comarca, ha sido para mostrar

que nuestra disposición en la lucha no es la misma que la de aquéllos que no tienen ese tipo de bendiciones

que se pueden llegar a perder si no se defienden;

y también para demostrar que el panegírico de los hombres a quienes me refiero

puede ser construído

sobre la base de pruebas establecidas.

Casi está completo este panegírico.

Pues la Atenas que he celebrado,

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es solamente la que ha conquistado el heroísmo de éstos y de sus émulos.

Al fin estos hombres,

apartándose del resto de los helenos, han de llegar a tener una fama

solamente comparable a sus merecimientos.

Pero si hace falta prueba definitiva de su bravura intrínseca,

es fácil encontrarla en esta escena terminal.

No es solamente el caso de aquéllos a quienes la muerte

puso el sello final

atestiguando el mérito que tenían sino también el otro caso, en que coincidió con la primera señal

de que tuvieran mérito.

Hay justicia en la aseveración

de que el valor en las batallas por su nación puede ocultar muy bien

otras imperfecciones del hombre,

dado que la buena acción ha ocultado a la mala;

y su mérito como ciudadano más que sobradamente ha balanceado

a su demérito como individuo.

Pero ninguno de éstos permitió

que su bienestar económico, si ya lo conocía, o que la esperanza, aún sin realidad, de una futura situación de bienestar, disminuyera su solidario espíritu de lucha;

así como la pobreza, en otros casos, pese a la esperanza de un día de riqueza, a nadie tentó a que se escapara del peligro.

Sintiendo que la bravura frente al enemigo es más deseable que sus personales venturas;

y dándose cuenta que en esta ocasión surge el más glorioso de loa azares, ellos se determinaron gozosamente

a aceptar el riesgo, a confirmar su altivez, y a postergar sus deseos;

y mientras se arrojaban hacia la esperanza de volcar la incertidumbre de la victoria,

en la empresa que estaba frente a ellos, prefirieron morir resistiendo, en lugar de vivir sometiéndose.

Huyeron solamente del deshonor.

Luego de un breve momento, que resultó la crísis de su fortuna, durante el cual pensaron en escapar,

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no de su miedo, sino de su gloria,

enfrentaron la muerte cara a cara.

Y así murieron estos hombres como es honesto de un ateniense.

Ustedes, los sobrevivientes, se tienen que determinar,

en el campo de batalla, a la misma resolución inalterable,

pese a que es lícito que oren por un desenlace más feliz.

Y sin contentarse

con ideas solamente inspiradas en palabras, con respecto a las ventajas

de defender nuestro país (aunque esas palabras serían un arma de importancia para cualquier orador frente a un auditorio

tan sensible como el presente)

ustedes mismos, con su acción, deben exaltar el poder de Atenas

y alimentar los ojos con su visión, día a día,

hasta que el amor por ella llene el corazón de ustedes;

y luego, cuando su grandeza se derrame hacía ustedes, deben reflexionar que fue el coraje,

el sentimiento del deber y una sensibilidad especial

del honor en acción,

los que permitieron al hombre ganar todo esto.

A pesar que exístieran las fallas de carácter, o las defecciones previas en la vida personal,

ellas no fueron suficientes

como para privar a nuestra comarca de su valor, puesto a sus pies como homenaje,

como la contribución más gloriosa entre las que ellos podían ofrecer.

Por esta ofrenda de sus vidas hecha en común por todos ellos, individualmente, cada uno de ellos,

se hizo acreedor de un renombre que no se vuelve caduco,

así como se hizo acreedor de un sepulcro, mucho más que el receptáculo de sus huesos:

ya que es el más noble de los altares.

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