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INSTITUTO DIOCESANO DE CATEQUESIS SAN PÍO X DIÓCESIS DE SAN LUIS

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INSTITUTO DIOCESANO DE CATEQUESIS

SAN PÍO X

DIÓCESIS DE SAN LUIS

U NIDADES I – II – III - IV y VII D EI V ERBUM

I NTRODUCCIÓN A LA L ECTURA

DE LA S AGRADA E SCRITURA L ECTIO D IVINA

S AGRADA E SCRITURA I

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CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA

DEI VERBUM

SOBRE LA DIVINA REVELACIÓN PROEMIO

1. El Santo Concilio, escuchando religiosamente la palabra de Dios y proclamándola confiadamente, hace cuya la frase de San Juan, cuando dice: "Os anunciamos la vida terna, que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros, y esta comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn., 1,2-3). Por tanto siguiendo las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, se propone exponer la doctrina genuina sobre la divina revelación y sobre su transmisión para que todo el mundo, oyendo, crea el anuncio de la salvación; creyendo, espere, y esperando, ame.

CAPÍTULO I

LA REVELACIÓN EN SÍ MISMA

Naturaleza y objeto de la revelación

2. Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación

Preparación de la revelación evangélica

3. Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio. Después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación, con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras. En su tiempo llamó a Abraham para hacerlo padre de un gran pueblo, al que luego instruyó por los Patriarcas, por Moisés y por los Profetas para que lo reconocieran Dios único, vivo y verdadero, Padre providente y justo juez, y para que esperaran al Salvador prometido, y de esta forma, a través de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio.

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En Cristo culmina la revelación

4. Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, "últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo". Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, "hombre enviado, a los hombres", "habla palabras de Dios" y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.

La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13).

La revelación hay que recibirla con fe

5. Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad", y asistiendo voluntariamente a la revelación hecha por El. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad". Y para que la inteligencia de la revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones.

Las verdades reveladas

6. Mediante la revelación divina quiso Dios manifestarse a Sí mismo y los eternos decretos de su voluntad acerca de la salvación de los hombres, "para comunicarles los bienes divinos, que superan totalmente la comprensión de la inteligencia humana".

Confiesa el Santo Concilio "que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con seguridad por la luz natural de la razón humana, partiendo de las criaturas"; pero enseña que hay que atribuir a Su revelación "el que todo lo divino que por su naturaleza no sea inaccesible a la razón humana lo pueden conocer todos fácilmente, con certeza y sin error alguno, incluso en la condición presente del género humano.

CAPITULO II

TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN DIVINA Los Apóstoles y sus sucesores, heraldos del Evangelio

7. Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo, mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio, comunicándoles los dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los Profetas, lo completó El y lo promulgó con su propia boca, como fuente de toda la verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente, tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que

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habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu, escribieron el mensaje de la salvación.

Mas para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos a los Obispos, "entregándoles su propio cargo del magisterio". Por consiguiente, esta sagrada tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en que la Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verbo cara a cara, tal como es (cf. 1 Jn., 3,2).

La Sagrada Tradición

8. Así, pues, la predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua. De ahí que los Apóstoles, comunicando lo que de ellos mismos han recibido, amonestan a los fieles que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito, y que sigan combatiendo por la fe que se les ha dado una vez para siempre. Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree.

Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios.

Las enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia viva de esta tradición, cuyos tesoros se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante. Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operativa, y de esta forma, Dios, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente (cf. Col., 3,16).

Mutua relación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura

9. Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad.

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Relación de una y otra con toda la Iglesia y con el Magisterio

10. La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito todo el pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera constantemente en la fracción del pan y en la oración (cf. Act., 8,42), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida.

Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo.

Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.

Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas.

CAPÍTULO III

INSPIRACIÓN DIVINA DE LA SAGRADA ESCRITURA Y SU INTERPRETACIÓN

Se establece el hecho de la inspiración y de la verdad de la Sagrada Escritura

11. Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. la santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia. Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando El en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería.

Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras que nuestra salvación. Así, pues, "toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para toda obra buena" (2 Tim., 3,16-17).

Cómo hay que interpretar la Sagrada Escritura

12. Habiendo, pues, hablando Dios en la Sagrada Escritura por hombres y a la manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que El quiso comunicarnos, debe investigar con atención lo que pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y plugo a Dios manifestar con las palabras de ellos.

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Para descubrir la intención de los hagiógrafos, entre otras cosas hay que atender a "los géneros literarios". Puesto que la verdad se propone y se expresa de maneras diversas en los textos de diverso género: histórico, profético, poético o en otros géneros literarios. Conviene, además, que el intérprete investigue el sentido que intentó expresar y expresó el hagiógrafo en cada circunstancia según la condición de su tiempo y de su cultura, según los géneros literarios usados en su época.

Pues para entender rectamente lo que el autor sagrado quiso afirmar en sus escritos, hay que atender cuidadosamente tanto a las formas nativas usadas de pensar, de hablar o de narrar vigentes en los tiempos del hagiógrafo, como a las que en aquella época solían usarse en el trato mutuo de los hombres.

Y como la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados, hay que atender no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuanta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe. Es deber de los exegetas trabajar según estas reglas para entender y exponer totalmente el sentido de la Sagrada Escritura, para que, como en un estudio previo, vaya madurando el juicio de la Iglesia. Por que todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios.

Condescendencia de Dios

13. En la Sagrada Escritura, pues, se manifiesta, salva siempre la verdad y la santidad de Dios, la admirable "condescendencia" de la sabiduría eterna, "para que conozcamos la inefable benignidad de Dios, y de cuánta adaptación de palabra ha uso teniendo providencia y cuidado de nuestra naturaleza". Porque las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres.

CAPÍTULO IV

EL ANTIGUO TESTAMENTO

La historia de la salvación consignada en los libros del Antiguo Testamento

14. Dios amantísimo, buscando y preparando solícitamente la salvación de todo el género humano, con singular favor se eligió un pueblo, a quien confió sus promesas. Hecho, pues, el pacto con Abraham y con el pueblo de Israel por medio de Moisés, de tal forma se reveló con palabras y con obras a su pueblo elegido como el único Dios verdadero y vivo, que Israel experimentó cuáles eran los caminos de Dios con los hombres, y, hablando el mismo Dios por los Profetas, los entendió más hondamente y con más claridad de día en día, y los difundió ampliamente entre las gentes.

La economía, pues, de la salvación preanunciada, narrada y explicada por los autores sagrados, se conserva como verdadera palabra de Dios en los libros del Antiguo Testamento; por lo cual estos libros inspirados por Dios conservan un valor perenne: "Pues todo cuanto está escrito, para nuestra enseñanza, fue escrito, a fin de que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras estemos firmes en la esperanza" (Rom. 15,4).

Importancia del Antiguo Testamento para los cristianos

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15. La economía del Antiguo Testamento estaba ordenada, sobre todo, para preparar, anunciar proféticamente y significar con diversas figuras la venida de Cristo redentor universal y la del Reino Mesiánico. mas los libros del Antiguo Testamento manifiestan a todos el conocimiento de Dios y del hombre, y las formas de obrar de Dios justo y misericordioso con los hombres, según la condición del género humano en los tiempos que precedieron a la salvación establecida por Cristo.

Estos libros, aunque contengan también algunas cosas imperfectas y adaptadas a sus tiempos, demuestran, sin embargo, la verdadera pedagogía divina. Por tanto, los cristianos han de recibir devotamente estos libros, que expresan el sentimiento vivo de Dios, y en los que se encierran sublimes doctrinas acerca de Dios y una sabiduría salvadora sobre la vida del hombre, y tesoros admirables de oración, y en los que, por fin, está latente el misterio de nuestra salvación.

Unidad de ambos Testamentos

16. Dios, pues, inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el Nuevo. Porque, aunque Cristo fundó el Nuevo Testamento en su sangre, no obstante los libros del Antiguo Testamento recibidos íntegramente en la proclamación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo Testamento, ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo.

CAPÍTULO V

EL NUEVO TESTAMENTO

Excelencia del Nuevo Testamento

17. La palabra divina que es poder de Dios para la salvación de todo el que cree, se presenta y manifiesta su vigor de manera especial en los escritos del Nuevo Testamento. Pues al llegar la plenitud de los tiempos el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad.

Cristo instauró el Reino de Dios en la tierra, manifestó a su Padre y a Sí mismo con obras y palabras y completó su obra con la muerte, resurrección y gloriosa ascensión, y con la misión del Espíritu Santo. Levantado de la tierra, atrae a todos a Sí mismo, El, el único que tiene palabras de vida eterna. pero este misterio no fue descubierto a otras generaciones, como es revelado ahora a sus santos Apóstoles y Profetas en el Espíritu Santo, para que predicaran el Evangelio, suscitaran la fe en Jesús, Cristo y Señor, y congregaran la Iglesia. De todo lo cual los escritos del Nuevo Testamento son un testimonio perenne y divino.

Origen apostólico de los Evangelios

18. Nadie ignora que entre todas las Escrituras, incluso del Nuevo Testamento, los Evangelios ocupan, con razón, el lugar preeminente, puesto que son el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador.

La Iglesia siempre ha defendido y defiende que los cuatro Evangelios tienen origen apostólico. Pues lo que los Apóstoles predicaron por mandato de Cristo, luego, bajo la inspiración del Espíritu Santo, ellos y los varones apostólicos nos lo transmitieron por escrito, fundamento de la fe, es decir, el Evangelio en cuatro redacciones, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

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Carácter histórico de los Evangelios

19. La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. los Apóstoles,, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes "desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra" para que conozcamos "la verdad" de las palabras que nos enseñan (cf. Lc., 1,2-4).

Los restantes escritos del Nuevo Testamento

20. El Canon del Nuevo Testamento, además de los cuatro Evangelios, contiene también las cartas de San Pablo y otros libros apostólicos escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, con los cuales, según la sabia disposición de Dios, se confirma todo lo que se refiere a Cristo Señor, se declara más y más su genuina doctrina, se manifiesta el poder salvador dela obra divina de Cristo, y se cuentan los principios de la Iglesia y su admirable difusión, y se anuncia su gloriosa consumación.

El Señor Jesús, pues, estuvo con los Apóstoles como había prometido y les envió el Espíritu Consolador, para que los introdujera en la verdad completa (cf. Jn., 16,13).

CAPÍTULO VI

LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA

La Iglesia venera las Sagradas Escrituras

21. la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles.

Es necesario, por consiguiente, que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura, y se rija por ella. Porque en los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: "Pues la palabra de Dios es viva y eficaz", "que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados".

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Se recomiendan las traducciones bien cuidadas

22. Es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso ala Sagrada Escritura. Por ello la Iglesia ya desde sus principios, tomó como suya la antiquísima versión griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta, y conserva siempre con honor otras traducciones orientales y latinas, sobre todo la que llaman Vulgata. Pero como la palabra de Dios debe estar siempre disponible, la Iglesia procura, con solicitud materna, que se redacten traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros. Y si estas traducciones, oportunamente y con el beneplácito de la Autoridad de la Iglesia, se llevan a cabo incluso con la colaboración de los hermanos separados, podrán usarse por todos los cristianos.

Deber de los católicos doctos

23. La esposa del Verbo Encarnado, es decir, la Iglesia, enseñada por el Espíritu Santo, se esfuerza en acercarse, de día en día, a la más profunda inteligencia de las Sagradas Escrituras, para alimentar sin desfallecimiento a sus hijos con la divina enseñanzas; por lo cual fomenta también convenientemente el estudio de los Santos Padres, tanto del Oriente como del Occidente, y de las Sagradas Liturgias.

Los exegetas católicos, y demás teólogos deben trabajar, aunando diligentemente sus fuerzas, para investigar y proponer las Letras divinas, bajo la vigilancia del Sagrado Magisterio, con los instrumentos oportunos, de forma que el mayor número posible de ministros de la palabra puedan repartir fructuosamente al Pueblo de Dios el alimento de las Escrituras, que ilumine la mente, robustezca las voluntades y encienda los corazones de los hombres en el amor de Dios.

El Sagrado Concilio anima a los hijos de la Iglesia dedicados a los estudios bíblicos, para que la obra felizmente comenzada, renovando constantemente las fuerzas, la sigan realizando con todo celo, según el sentir de la Iglesia.

Importancia de la Sagrada Escritura para la Teología

24. La Sagrada Teología se apoya, como en cimientos perpetuos en la palabra escrita de Dios, al mismo tiempo que en la Sagrada Tradición, y con ella se robustece firmemente y se rejuvenece de continuo, investigando a la luz de la fe toda la verdad contenida en el misterio de Cristo. Las Sagradas Escrituras contienen la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad la palabra de Dios; por consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la Sagrada Teología. También el ministerio de la palabra, esto es, la predicación pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, en que es preciso que ocupe un lugar importante la homilía litúrgica, se nutre saludablemente y se vigoriza santamente con la misma palabra de la Escritura.

Se recomienda la lectura asidua de la Sagrada Escritura

25. Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte

"predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior", puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina.

De igual forma el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en particular a los religiosos, a que aprendan "el sublime conocimiento de Jesucristo", con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. "Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo".

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Lléguense, pues, gustosamente, al mismo sagrado texto, ya por la Sagrada Liturgia, llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura espiritual, ya por instituciones aptas para ello, y por otros medios, que con la aprobación o el cuidado de los Pastores de la Iglesia se difunden ahora laudablemente por todas partes. Pero no olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque "a El hablamos cuando oramos, y a El oímos cuando leemos las palabras divinas.

Incumbe a los prelados, "en quienes está la doctrina apostólica, instruir oportunamente a los fieles a ellos confiados, para que usen rectamente los libros sagrados, sobre todo el Nuevo Testamento, y especialmente los Evangelios por medio de traducciones de los sagrados textos, que estén provistas de las explicaciones necesarias y suficientes para que los hijos de la Iglesia se familiaricen sin peligro y provechosamente con las Sagradas Escrituras y se penetren de su espíritu.

Háganse, además, ediciones de la Sagrada Escritura, provistas de notas convenientes, para uso también de los no cristianos, y acomodadas a sus condiciones, y procuren los pastores de las almas y los cristianos de cualquier estado divulgarlas como puedan con toda habilidad.

Epílogo

26. Así, pues, con la lectura y el estudio de los Libros Sagrados "la palabra de Dios se difunda y resplandezca" y el tesoro de la revelación, confiado a la Iglesia, llene más y más los corazones de los hombres. Como la vida de la Iglesia recibe su incremento de la renovación constante del misterio Eucarístico, así es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la palabra de Dios que "permanece para siempre" (Is., 40,8; cf. 1 Pe., 1,23-25).

Todas y cada una de las cosas contenidas en esta Constitución Dogmática han obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la potestad apostólica recibida de Cristo, juntamente con los Venerables Padres, las aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu Santo, y mandamos que lo así decidido conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.

Roma, en San Pedro, 18 de noviembre de 1965.

Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica

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U NIDADES I – II – III - IV

I NTRODUCCIÓN A LA L ECTURA

DE LA

S AGRADA

E SCRITURA

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SUMARIO

I. . ¿Qué es la Biblia?

1.1. Nombres - Divisiones lógicas

1.2. Canon - Conservación de los Libros Sagrados 1.3. ¿Cómo leer la Biblia? - Utilidad.

II. Revelación Divina

2.1. ¿Qué entendemos por Revelación?

2.2. Fuente de la Revelación

2.3. Naturaleza y proceso de la Revelación 2.3.1. Etapas de la Revelación

2.3.2. Jesús plenitud y cumplimiento de la Revelación III. Divina Inspiración de la Biblia.

3.1. Carácter distintivo de la Biblia 3.2. ¿Qué es la Inspiración bíblica?

IV. Hermenéutica.

4.1. Los sentidos bíblicos

4.1.1. El sentido Literal - Géneros literarios 4.1.2. El sentido Tipológico

a. Cristo luz de las Escrituras b. Cristo centro de las Escrituras c. Cristo objeto de la exégesis espiritual

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I.

INTRODUCCIÓN 1. ¿Qué es la Biblia?

“La Biblia o Sagrada Escritura es la colección de libros que, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tiene a Dios por autor y como tales libros divinos e inspirados han sido entregados a la Iglesia”.1

“La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo”2

Si queremos entender que son los Libros Sagrados, lo primero que hay que hacer notar es que esos libros, a diferencia de todos los demás que existen en el mundo, tiene dos características propias y exclusivas: la primera es que son de origen divino, debido a una acción peculiar que es la inspiración divina; la segunda es que la Biblia ha sido entregada por Dios a su iglesia como un sagrado depósito y don divino, que ha de guardar, interpretar y exponer a los hombres para que éstos, conociendo y amando a Dios en esta vida, puedan recibir la bienaventuranza eterna.

Debemos tener ante la vista que la lectura de la Sagrada Escritura, ademas de darnos un conocimiento de lo que es Dios en sí mismo, debe producir en nosotros un aumento de amor a Dios y del prójimo; es más, se puede afirmar que si no se consigue este aumento de caridad no se ha entendido del todo la Sagrada Escritura: “Todo el que conozca que el fin de la ley es la caridad que procede de un corazón puro, de una conciencia buena y de una fe no fingida3, prefiriendo el conocimiento de la divina Escritura a otras cosas, dedíquese con confianza a exponer los libros divinos. El que juzga haber entendido las divinas Escrituras o alguna parte de ellas y con esta inteligencia no edifica el doble amor de Dios y del prójimo, aún no las entendió”.4

1.1. Nombres

La Sagrada Biblia ha recibido a lo largo de los años diversos nombres. El mas difundido y conocido por todos es precisamente este de Biblia, derivado del griego tá bibliá, que significa los libros, conjunto de libros o biblioteca y expresa la pluralidad de escritos o libros que componen esta Obra de Dios.

Los diferentes nombres que se la dan a la Biblia nos ayudan a comprender su naturaleza en cuanto que tales apelativos expresan bajo uno u otro aspecto la identidad de este Libro único y singular. Entre los principales nombres que señalan su naturaleza mencionamos los siguientes:

*Escritura: se llama así por ser “la Palabra de Dios escrita”5. Esta expresión del concilio de Trento equivale a esta otra: “Dios es el autor de toda Escritura”como luego diremos.

1Cfr. Concilio Vaticano I ,Dei Filius, cap. 2.

2CVII, Dei Verbum.

3Cfr. Tim 1,5.

4 San Agustín, De doctrina christiana, I, Cap 36,40.

5Cfr. Dz. 1792.

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*Testamento: (en hebreo Berit) es lo mismo que pacto, contrato, o alianza solemne o también herencia debido a los bienes prometidos por Dios a sus fieles cumplidores. La Biblia es el testamento o herencia, que Cristo dejó a la humanidad, sellado y garantizado con su Sangre.

Otros nombres: Libros de la Antigua y Nueva Alianza, Antiguo y Nuevo Testamento, Libros Sagrados, Sagrada Escritura, Libro de Dios, Palabra de Dios, etc.

Divisiones lógicas

Los judíos admiten sólo 39 libros escritos en hebreo, los dividen en la Ley (torah), los Profetas (nebiin), y Escritos o Hagiógrafos (ketubim).

Los católicos admitimos, para el Antiguo Testamento, estos 39 libros y además otros 7 que llevan el nombre de Deuterocanónicos (*), y los dividimos según la tradición en:

Pentateuco (5)

Libros Históricos (16) Libros Sapienciales (7) Libros Proféticos (18)

Los libros del Nuevo Testamento son 27 y se dividen en:

Los Santos Evangelios (4)

Hechos o Actas de los apóstoles (1) Epístolas de San Pablo (14)

Epístolas Católicas (7) Apocalipsis de San Juan (1) 1.2. Canon

Puesto que la inspiración bíblica es una gracia sobrenatural, sólo Dios puede revelar cuáles son en concreto los libros inspirados por él. La lista de los libros inspirados constituye el Canon Bíblico. La realidad revelada en el Canon está en la fe de la Iglesia desde sus orígenes Los testimonios documentales mas importantes que se conservan de esta fe son los decretos del Concilio de Cartago (alrededor del año 400) y algunos documentos del Magisterio ordinario desde el S. V. El concilio de Florencia (1441), a su vez recogió esta Tradición de la Iglesia. Esta verdad de fe fue definida solemnemente por el Concilio de Trento (1546). El concilio Vaticano I (1870) reiteró de modo solemne la definición de Trento que ha asumido el Concilio Vaticano II.6

El concepto de canonicidad presupone el de inspiración: un libro es canónico cuando habiendo sido escrito bajo inspiración divina es reconocido y propuesto como tal por la Iglesia. La Iglesia no define como canónico ningún libro que no sea inspirado. El criterio que ha servido al Magisterio de la Iglesia para la definición de la canonicidad es la Sagrada Tradición, que arranca de Jesús y los apóstoles, interpretada con asistencia del Espíritu Santo.(**)

6Cfr. C. V. II, Dei Verbum nº11.

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Conservación de los Libros Sagrados

Una vez abordada la pregunta qué es la Biblia y cuáles son los libros que la integran, surge otra pegunta: ¿qué relación tienen los libros de la Sagrada Escritura que hoy leemos con los originales que salieron de las manos de los autores inspirados? O en otras palabras: ¿conservan y reproducen el texto original inspirado?

Advirtamos en primer lugar que no conservamos ningún manuscrito que sea autógrafo, es decir, salido de las manos de su autor, sino sólo copias directas e indirectas del original. Esta circunstancia es idéntica a la que se produce con los restantes monumentos literarios de la antigüedad.

Los libros del AT fueron escritos originalmente en hebreo, a excepción del libro de la Sabiduría y del II de los Macabeos que lo fueron en griego; también algunos pequeños fragmentos de otros libros fueron escritos por sus autores en griego o arameo. El NT, en cambio, fue él todo escrito originalmente en griego, a excepción de la primera redacción de San Mateo, que lo fue en arameo.

Igualmente lo que se refiere a la fecha de composición, el AT comienza a ser escrito posiblemente a fines del siglo XIII a.C., y termina a principios del siglo I a.C.: un largo período, pues, de unos doce siglos. El NT, en cambio fue redactado en el breve tiempo de unos 50 años, aproximadamente desde el 50 al 100 d.C.

Pues bien, la Biblia, y de modo especial el NT, es sin comparación posibles con cualquier otro monumento literario de la antigüedad, el mejor y mas abundantemente documentado: como dato elocuente entre la Biblia y cualquier otra literatura, se puede citar el hecho de que las obras literarias cumbres de la antigüedad como la Iliada y la Odisea de Homero y algunas obras de Aristóteles y Platón, que son las que mas manuscritos poseemos, en ningún caso llegan al millar de copias; es mas solo llegan a algunas decenas y en su mayor parte de la época tardía (entre los S. X y XV), en cambio, de la Biblia conservamos unos 6.000 manuscritos en las lenguas originales (hebreo y griego), unos 40.000 manuscritos en antiquísimas versiones (copto, latín, armenio arameo, etc.)

Por esto, la Biblia, además de su autoridad divina, goza también de una verificabilidad histórico-crítica incomparablemente superior a cualquier obra literaria antigua.

1.3. ¿Cómo leer la Biblia?

“Aquí van a ser leídas las letras no de un señor de la tierra sino del Soberano de los Ángeles. Si de esta manera nos disponemos la gracia del Espíritu Santo nos guiará con toda seguridad, llegaremos hasta el mismo trono del Rey y alcanzaremos todos los bienes por la gracia y el amor de Nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder, junto con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.”7

“Yo creo que el Evangelio es el Cuerpo de Cristo y la Sagrada Escritura su doctrina. Y aunque las palabras “quien no comiere mi Carne y bebiere mi Sangre”

7 S. Juan Crisóstomo; Homilías sobre el Evangelio de S. Mateo,1.

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pueden entenderse también del misterio, con todo, las Escrituras, la doctrina divina, son verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo”8

“La Sagrada Escritura, hay que leerla e interpretarla con el mismo espíritu con que se escribió, para sacar el sentido exacto de los textos sagrados...”9.

S. Juan Crisóstomo llama a la Sagrada Escritura “Cartas enviadas por Dios a los hombres”10. Siendo ellos así lo primero que hemos de tratar al leer la S.E. es fomentar en nosotros un afán y una ilusión santos por conocer y meditar el contenido de esas cartas divinas. Por eso ya san Jerónimo exhortaba a un amigo suyo: “Lee con mucha frecuencia las Divinas Escrituras; es mas nunca abandones la lectura sagrada”11

El CV II “recomienda insistentemente a todos los fieles (...) la lectura asidua de la Sagrada Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo (Fil 3,8), pues desconocer a la Escritura es desconocer a Cristo (S. Jerónimo). Acudan con gusto al texto mismo: en la liturgia, tan llena de las palabras divinas, en la lectura espiritual (...) Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice ese diálogo de Dios con el hombre, pues a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos las divinas Escrituras (S.

Ambrosio)”12

Para hacer una lectura provechosa hemos de partir necesariamente de la obediencia de la fe de la única Iglesia de Jesucristo; fe, concretamente, en todo lo que la Iglesia profesa y enseña sobre el canon de los Libros Sagrados, sobre su inspiración divina, sobre su inerrancia y veracidad, sobre su historicidad, sobre su autenticidad. Fe, en definitiva en que Dios es el autor principal de los Libros Sagrados y en que estos contienen la verdad salvadora sin error alguno.

También es necesaria la piedad y santidad de vida para poder entender la Sagrada Escritura.

Para el crecimiento de la inteligencia en la Palabra de Dios escrita, el hombre debe disponerse por la oración a recibir las luces que nos vienen del Espíritu Santo. Quien lee, medita o estudia la Biblia debe buscar en la oración asidua, en el trato con Dios, la comprensión de esta Palabra Santa. No está sólo en la mucha filología, arqueología, sociología, psicología o en cualquier otra ciencia humana el penetrar los secretos de las divinas letras, sino en el afán por alcanzar la santidad personal de vida y, por tanto, en la luz de Dios.

Se necesita igualmente la virtud de la humildad que nos haga niños delante de nuestro Padre Dios. Solo así se cumplirán en nosotros las palabras de Cristo: “Yo te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, por que ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes, y se las revelaste a los pequeños”13

La humildad y piedad se manifestarán en no permitir ni admitir opiniones temerarias que estén al margen de lo que el magisterio de la Iglesia y la Tradición han enseñado constantemente;

8 S. Jerónimo.

9 CVII, Dei Verbum, nº12.

10 Cfr. Hom. sobre el Génesis,2.

11 Ad Nepotianum, 7,1.

12 CVII, Dei Verbum, nº25.

13Mt. 11,25.

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en la firme convicción de que nunca se llegará a demostrar de modo exclusivamente racional verdades de orden sobrenatural y, por tanto de que, no se conquista, sino que se acepta gozosamente todo lo que Dios ha revelado, tal y como el magisterio de la Iglesia lo propone. Ante la grandeza de los misterios divinos el cristiano debe sentir la humilde alegría de que su inteligencia no puede abarcarlos. ¿Cómo puedo yo, que soy un ser finito y pequeño, comprender la infinitud y grandeza de Dios?.

Entonces con estas disposiciones entremos en la lectura de los Libros Santos, en los cuales, sabremos encontraremos a Cristo, pues según dice San Agustín: “La Escritura divina es como un campo en el que se va a levantar un edificio. No hay que ser perezosos, ni contentarse con edificar sobre la superficie; hay que cavar hasta llegar a la roca viva: esta Roca es Cristo (1Cor 10,4)”14

Utilidad

La Sagrada Escritura es importante:

Para la Teología: por que ésta “se apoya, como en cimiento perpetuo, en la Palabra de Dios, al mismo tiempo que en la sagrada tradición...”. “El estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la sagrada Teología” (CV II), por que ésta suministra los principales argumentos para probar sus tesis dogmáticas.

Para la vida espiritual: porque “es tanta la eficacia que radica en la Palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de vida espiritual” (CV II). Además por que “el desconocimiento de las Escrituras, es el desconocimiento de Cristo” (S. Jerónimo).

Por otra parte, la Escritura nos enseña a responder al problema de nuestro origen y de nuestro destino, y que hemos de practicar para conseguir la felicidad eterna. “Leed las Escrituras, decía S. Agustín, por que en ellas encontraréis lo que debéis practicar y sobre todo lo que debéis evitar”.

Para la predicación: porque el ministerio de la Palabra, esto es la predicación pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, en que es preciso que ocupe un lugar importante la homilía litúrgica, se nutre saludablemente y se vigoriza santamente con la misma palabra de la Escritura. Es necesario pues que los sacerdotes, y los que aspiran a él se dediquen legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con lectura asidua y estudio diligente para que ninguno de ellos resulte predicador “vacío y superfluo de la Palabra de Dios, que no escucha en su interior” puesto que “debe comunicar a los fieles lo que se le ha confiado, sobre todo en la sagrada liturgia, las inmensas riquezas de la Palabra Divina”.

“La Sagrada Escritura es la que da autoridad al orador... y le suministra una elocuencia vigorosa y convincente” (León XIII).

14S. Agustín, In Ioann. Evang.,23,1.

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II.

REVELACIÓN DIVINA 2.1. ¿Qué entendemos por Revelación?

Revelación: (de la palabra latina revelare, y de griega apokaliptéin) es lo mismo que descubrir, mostrar o poner de manifiesto. Revelar es la remoción de un velo. Si un velo cubre una imagen, ésta permanecerá oculta mientras no se quite.

Revelación (apokalipsis) es, pues, manifestación de una verdad oculta o desconocida. La revelación divina puede ser inmediata cuando es manifestada a alguno directamente por Dios, por Jesucristo o un ángel, y mediata cuando Dios la comunica por medio de un representante suyo, vg.

un profeta o un apóstol o escritor sagrado.

En el lenguaje religioso quiere decir la manifestación que Dios hace a los hombres de su propio ser y de aquellas otras verdades necesarias o convenientes para la salvación. Dios se da a conocer al hombre de dos maneras: una es a través de sus criaturas, al modo como un artista a través de su obra; éste es nuestro conocimiento natural acerca de Dios, descrito con gran fuerza poética en el Antiguo Testamento, en el libro de la Sabiduría: «Vanos son por naturaleza todos los hombres que no conocen a Dios y que no son capaces de conocer, por los bienes que disfrutan, a Aquel que es, y por la consideración de las obras no conocen al artífice; sino que al fuego, al viento, a la brisa, o a la bóveda estrellada, al agua impetuosa, o a los astros del cielo los tomaron por dioses rectores del mundo. Pues si seducidos por su belleza los tienen por dioses, deberían conocer cuánto más es el Señor de todos ellos, pues es el autor mismo de la belleza quien hizo todas estas cosas. Y si se admiraron del poder y de la fuerza, deduzcan de ahí cuánto más poderoso es el que los hizo;

pues de la grandeza y hermosura de las criaturas, se llega, pensando, a conocer al Hacedor de todas ellas»15 . Esto es lo que el Apóstol San Pablo recordaba a los Romanos, cuando escribía que las perfecciones invisibles de Dios, en concreto, su eterno poder y su divinidad, se hacen visibles a la inteligencia a través de las cosas creadas 16.

Pero Dios no se ha contentado con que el hombre tenga ese conocimiento natural, sino que El mismo se ha dado a conocer de una manera directa: «En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien instituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también los siglos»17. Esta acción de Dios es la Revelación sobrenatural o divina.

2.2. Fuente de la Revelación

Con una sabia pedagogía Dios escogió al pueblo de Israel para manifestarse gradualmente, por medio de los Profetas, en el Antiguo Testamento. Esta Revelación tiene su plenitud en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, que nos ha comunicado toda la verdad. «Dios quiso que lo que había revelado para salvación de todos los pueblos se conservara íntegro y fuera transmitido a todas las edades. Por eso, Cristo Nuestro Señor, plenitud de la Revelación, mandó a

15Sab. 13,1-5

16Cfr. Rom 1,20

17Heb. 1,1-2

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los Apóstoles predicar a todo el mundo el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio prometido por los Profetas que El mismo cumplió y promulgó con su boca. Este mandato se cumplió fielmente, pues los Apóstoles con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó; además, los mismos Apóstoles y otros varones apostólicos pusieron por escrito el mensaje de la salvación, inspirados por el Espíritu Santo»18.

Así en la Iglesia, junto a la Sagrada Escritura, existe la Sagrada Tradición. Ambas constituyen el depósito de la Revelación de Dios referente a la fe y costumbres, entregado por Cristo a los Apóstoles y por éstos a sus sucesores hasta llegar a nosotros. De esta forma, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen el medio por el que nos llega la revelación salvadora de Dios: «La Tradición y la Escritura están estrechamente unidas y compenetradas, manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal, se ordenan hacia el mismo fin»19

Gracias a la Tradición, la Iglesia conoce el canon de los libros sagrados y los entiende cada vez con más profundidad. Por esta razón, la Sagrada Escritura no puede ser entendida sin la Sagrada Tradición.

Esta Sagrada Tradición se contiene principalmente en las enseñanzas del Magisterio universal de la Iglesia, en los escritos de los Santos Padres, y en las palabras y usos de la Sagrada Liturgia.

Tanto la Tradición como la Escritura han sido confiadas a la Iglesia y, dentro de ella, sólo al Magisterio corresponde interpretarlas auténticamente y predicarlas con autoridad. Y así, ambas se han de recibir e interpretar con el mismo espíritu de devoción.

2.3. Naturaleza y proceso de la Revelación (Cfr. CEC 51 - 65)

"Dispuso Dios en su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres. por medió de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo se hacen partícipes de la naturaleza divina"20.

Dios, que "habita una luz inaccesible"21, quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos. Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle de conocerle y de amarle mas alla de lo que ellos sean capaces, por sus .propias fuerzas.

El designio divino de la revelación se realiza a la vez "mediante acciones y palabras", íntimamente ligadas entre sí y que se esclarecen mutuamente Este designio comporta una

“pedagogía divina” particular Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas

18CV II, Dei Verbum, nº7.

19CV II, Dei Verbum, nº9.

20 CV II Dei Verbum nº2

211 Tm 6, 16.

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para acoger la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y qué culminará en la persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo.

San Ireneo de Lyón habla en varias ocasiones de esta pedagogía divina bajo la imagen de un mutuo acostumbrarse entre Dios y el hombre: "El Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la voluntad del Padre"22

2.3.1. Etapas de la Revelación a. La revelación primitiva

"Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de Sí en las cosas creadas, y queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio (...). Después de su caída [por el pecado original] alentó en ellos la esperanza de la salvación con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano"23 .

b. La Alianza con Noé, Abraham y Moisés

Antes del pecado original, el designio de Dios de revelar y ofrecer a los hombres el misterio de su vida, se manifiesta por la intimidad que existía entre nuestros primeros padres y Dios.

Después de la caída, Dios sigue queriendo este designio: se revela progresivamente a los hombres y les invita a establecer con Él una alianza24 .

c. Los profetas y las promesas mesiánicas

"Por los profetas, Dios forma a su pueblo en la esperanza de la salvación, en la espera de una Alianza nueva y eterna, destinada a todos los hombres, y que será grabada en los corazones. Los profetas anuncian una redención radical del pueblo de Dios, la purificación de todas sus infidelidades, una salvación que incluirá a todas las naciones".

2.3.2. Cristo Jesús, plenitud y cumplimiento de la Revelación

a) "En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo"25. La Revelación realizada por Cristo es definitiva y nunca pasará. "No hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor". El encuentro con la Palabra de Dios es, por lo tanto, el encuentro con la persona de Cristo.

b) La fe, que es la respuesta del hombre a Dios que se revela, es también la respuesta personal del hombre a la persona de Cristo, que llama a creer en Él por las obras que hace, es decir

22S. Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3,30.

23CV II, Dei Verbum nº3.; CEC 54- 55.

24 Cfr. Noé: Gn 9; Abraham: Gn. 12,1-3, 17,5; Isaac: Gn. 22,15-18.

25 Heb 1,1-2

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por la credibilidad de su vida, obras y palabras, especialmente por su misterio pascual. Creer a Dios (que es entregarse a El entera y libremente, ofreciéndole el homenaje de la inteligencia y de la voluntad) es creer a Cristo: seguirle y apoyar toda la vida en El.

c) La figura de Cristo es diferente a la de cualquier otro fundador de una religión. Él no sólo tiene la misión de llevar al camino de la verdad y de la vida, sino que é1 mismo es e1 camino, la verdad y la vida. Además, no sólo interpreta la historia y el destino del hombre y del mundo, como hicieron profetas de otras religiones, sino que Él es "la Imagen del Dios invisible" y "en Él han sido creadas todas las cosas" 26. Por eso, Cristo revela al hombre lo que es el hombre.

III.

DIVINA INSPIRACIÓN DE LA BIBLIA

3.1. Carácter distintivo de la Biblia

El carácter distintivo de la Biblia es la inspiración

La Biblia, como ya hemos dicho, es una colección de libros que la Iglesia reconoce como inspirados por Dios, y por eso los designa con los nombres de Sagrada Escritura, Sagradas Letras, Libros Santos, etc.

Ante todo hemos de precisar el concepto de la “inspiración bíblica”, por ser una cualidad esencial o carácter distintivo de los libros que constituyen la Biblia o Sagrada Escritura. La importancia de la inspiración es tal, que sin ella la Biblia dejaría de ser lo que es, es decir, sus palabras no serían infalibles y no se podrían aducir como «palabra escrita por Dios» para probar los dogmas. Decir que la Biblia está inspirada es lo mismo que decir que Dios es su autor y, por lo tanto, que lo contenido en ella es palabra de Dios.

3.2. ¿Qué es la Inspiración bíblica?

La inspiración bíblica es una gracia divina, gratuita, transeúnte y carismática (orientada a escribir el libro y que mira al bien común); es un influjo divino real que abarca todas y cada una de las potencias o facultades del hagiógrafo comprendiendo todo el proceso psicológico que entra en la composición de un libro. Así pues el autor humano bajo la inspiración bíblica obra libre y conscientemente y se comporta como un instrumento de Dios escribiendo todo lo que Dios quiere y como Dios quiere de tal manera que el escrito que resulta es en verdad y propiamente Palabra de Dios.

En la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II, leemos: "La Santa Madre Iglesia, fiel a la fe de los Apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que escritos por inspiración del Espíritu Santo ( Cfr. Jn. 20, 31; 2 Tim. 3, 16; 2 Pe. l, 19-21; 3, 15-16), tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia. En la composición de los Libros Sagrados, Dios se valió de los hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos, de este modo,

26 Col. 1,15-16

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obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería"27.

Retomando lo dicho podemos definir la Sagrada Escritura como el conjunto de los Libros. Sagrados que inspirados por Dios a los hagiógrafos, tienen a Dios por Autor; las Escrituras, que son pues, palabra de Dios, y fueron confiadas a la Iglesia; los libros en los que el Señor nos da a conocer sus Misterios, sus obras y designios salvíficos.

¿Cómo actúa esa acción divina de la inspiración sobre los autores humanos de los Libros Sagrados?

La inspiración divina ilustra su inteligencia para que puedan concebir con rectitud todo aquello y sólo aquello que Dios quiere que escriban; es también una moción infalible, aunque sin menoscabo de la libertad del escritor sagrado, que mueve la voluntad de éste para escribir fielmente lo que ha concebido en su inteligencia; por último consiste también en una ayuda eficaz para que el hagiógrafo encuentre el lenguaje y los modos apropiados para expresar aptamente y con infalible verdad todo lo que ha concebido y querido escribir28.

De esta forma, Dios es el autor principal de la Sagrada Escritura, y los escritores sagrados (hagiógrafos) también son verdaderos autores, aunque subordinados, a modo de instrumentos inteligentes y libres, en manos de Dios.

Según esto, el libro inspirado es el fruto de una acción de Dios y del hagiógrafo, de manera que todos los conceptos y todas las palabras del texto sagrado se deben simultáneamente a Dios y a su instrumento, el hagiógrafo. Nada hay en la Biblia, pues, que no esté inspirado por Dios.

IV.

HERMENÉUTICA

La hermenéutica bíblica (del gr. hermeneuo: explicar, interpretar), es aquella parte de la ciencia bíblica que trata de las reglas de interpretación de la Sagrada Escritura. Su objeto es fijar o establecer el sentido del texto de modo que se adquiera una justa inteligencia del mismo mediante las normas y cánones científicos de lectura.

El término exégesis (del gr. exeghéomai: explicar e interpretar o describir) etimológicamente es sinónimo de la palabra hermenéutica, sin embargo se diferencia en su significado técnico usual.

Por exégesis bíblica se entiende la aplicación de las normas dictadas por la hermenéutica bíblica a un texto sagrado concreto. La exégesis no es otra cosa que la interpretación misma de la Sagrada Escritura; es la hermenéutica aplicada.

El tratado de la hermenéutica comprende el estudio de los sentidos bíblicos (noemática), de los principios o normas de interpretación (heurística) y de la exposición de las verdades bíblicas (proforística).

27CV II, Dei Verbum, nº11.

28Providentíssimus Deus nº44.

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Hermenéutica

*Noemática: Los sentidos bíblicos

*Heurística: Los principios de interpretación

*Proforística: La enseñanza de la Sagrada Escritura 4.1. Los sentidos bíblicos

La noemática bíblica nos enseña en primer lugar la distinción que se establece entre significación y sentido. Significación es aquello que un término o concepto significa en absoluto en sí misma fuera del uso que se haga del mismo. Los términos pueden encerrar una gran riqueza de significados y ser susceptibles de diversas acepciones conceptuales. A su vez las mismas palabras, aunque su voz sea idéntica, pueden significar realidades distintas (términos equívocos- homínicos).

El sentido es aquello que el autor quiere expresar o decir. Es el significado concreto que el autor asume o quiere darle a un determinado término29.

La Sagrada Escritura es un Libro divino-humano y es el resultado de dos causas: Dios Autor Principal y el hagiógrafo autor instrumental. En los Libros Sagrados se han de reconocer, por lo tanto, los diversos sentidos que se originan o proceden de ambos autores. Sentido bíblico es aquello que la Sagrada Escritura nos dice. Lo que Dios nos quiere expresar o enseñar sea a través de lo que el hagiógrafo ha escrito (sentido literal); sea a través de la cosa significada por la letra (sentido tipológico).

4.1.1. El sentido Literal

El estudio del Doctor Angélico sobre los sentidos de la Sagrada Escritura es un claro reflejo de esta doctrina. Para Santo Tomás, el sentido literal no se reduce a lo intentado por el hagiógrafo, sino que es el intentado por Dios en las palabras inspiradas. De ahí, por ejemplo, la polisemia30 de los textos de la Sagrada Escritura: “sentido literal -dice el Aquinate- es cuanto quiere expresar el autor, y el autor de la Sagrada Escritura es Dios, que todo lo entiende simultáneamente; por eso, no hay inconveniente, como dice San Agustín, en que un mismo texto de la Sagrada Escritura posea varios sentidos”31; posiblemente Santo Tomás incluya en esos “varios sentidos” de un mismo texto los que la Iglesia, la tradición y la teología han ido descubriendo a través de dos mil años. Es decir, el Doctor Angélico parece referirse a toda la riqueza del sentido religioso que el Espíritu Santo ha querido encerrar en un determinado texto.

En las palabras inspiradas se encuentra el contenido intencional de Dios y del hagiógrafo; y sin ser esencialmente distintos, el de Dios excede al del escritor humano, exigiendo su determinación un contexto mucho más amplio. Reduciendo el sentido literal a lo intentado por el hagiógrafo, el contexto para valorarlo habría de buscarse exclusivamente, o al menos principalmente, en las condiciones inmediatas de su redacción.

Pero el autor principal de la Sagrada Escritura es Dios, cuyo saber, intención y obrar son más plenos que los del hagiógrafo, por lo que el contexto que da pleno significado a las palabras

29 Santo Tomás de Aquino al respecto observa que “el oficio del buen intérprete no es considerar las palabras sino mas bien el sentido”. TOMAS DE AQUINO, In Matthaeum, XXVII, I nº2321.

30Polisemia: Multiplicidad de acepciones de una palabra.

31Cfr. Suma Teológica, I, q.1,a.10,c.

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inspiradas rebasa los límites de un texto, un libro, y se extiende a toda la Palabra divina, en su integridad: a lo contenido en toda la Sagrada Escritura y la Tradición, a toda la Revelación. En otras palabras, la verdad completa de un determinado texto sagrado no se encuentra sólo atendiendo al ámbito reducido en que se movió el hagiógrafo, a lo que alcanzó a conocer e influyó en él, como ocurre en una obra meramente humana. Cada palabra sagrada, cada frase, tiene por contexto todo lo que Dios ha revelado.

En este sentido, Santo Tomás afirma que «toda verdad que, atendiendo al tenor de las palabras, pueda ajustarse a la Sagrada Escritura, pertenece a su sentido». La Tradición y la teología, lejos de obstaculizar el acceso a la Palabra divina, constituyen un camino imprescindible -según el Doctor Angélico- para hallar su pleno contenido, tal como Dios lo ha inspirado.

Ciertamente, el estudio del contenido intencional del hagiógrafo, según el contexto de cada libro, es condición para una adecuada hermenéutica bíblica, pues Dios utiliza como instrumento la intención del hagiógrafo. Ésta determina, en cierto modo, la intención de Dios, aunque la de Dios haya dirigido y rebase la del hagiógrafo. Conocer el lenguaje de Dios en la Biblia, con todos sus matices, exige atender a lo que cada hagiógrafo quiso expresar y al modo en que lo expresó, pues Dios habló a través suyo. Son como dos tareas unidas: la determinación del contenido intencional del escritor sagrado, según su contexto más limitado; y el de Dios, en el más amplio contexto de la Revelación escrita y oral. Existe un mutuo reflujo entre ambos. Por eso, falsearía el sentido literal -de una palabra, de una frase, de toda la Biblia- reducirlo a lo que el escritor humano intentó expresar, como si fuera el autor principal o único; también sería equivocado disociar el lenguaje de la Biblia atribuyendo parte a Dios y parte al hombre. En tal caso, la causalidad del hagiógrafo no sería instrumental, sino una acción suya, como causa segunda ordinaria32.

Géneros literarios

Los géneros literarios son las diversas maneras de expresarse o decir en una obra literaria. La determinación del género concreto a que pertenece una determinada obra (narrativo, poético, dramático, etc.) tiene un gran interés para su interpretación, ya que el género trae consigo una: amplia gama de consecuencias con respecto al valor; y alcance de las expresiones, etc.

Obviamente debe evitarse en ello todo esquematismo (de hecho una obra puede ser reflejo o confluencia de varios géneros), pero debe reconocerse esa realidad. Lo dicho se aplica también, claro está, a la S. E.: Dios, al inspirar a los hagiógrafos ha elevado sus potencias, pero respetando su naturaleza y, con ellas, sus peculiaridades personales, etc. Al expresarse han usado, pues, de los recursos literarios de que disponían y se han servido de las formas de expresión propias del ambiente al que se dirigían. De ahí el interés por conocer y determinar los géneros literarios, de los libros sagrados como momento importante del trabajo exegético.

Los principales géneros literarios usados en la Sagrada Escritura son:33

A. LA HISTORIA BÍBLICA: Resalta por su extensión, importancia y particularidades.

Dentro de ella encontramos:

32Cfr. Tabet, Miguel A.; UNA INTRODUCCIÓN A LA SAGRADA ESCRITURA, Rialp Madrid 1981, pp.98 - 101.

33 Resumimos: Petrino Juan Daniel; DIOS NOS HABLA; Claretiana 1993, pp.199 - 237.

Referencias

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