Raza, identidad y nación en Las tres razas (1859) de Francisco Laso 1
Walter astucuri Guillen
RESUMEN
El presente artículo ofrece reflexiones acerca de la influencia que im- plica la noción de raza en la constitución de sujetos históricamente racializados como identidades oficiales. Primero, se hará una escueta delimitación en torno al concepto de raza y su operatividad, dando alcances sobre su repercusión en las prácticas discursivas, desde un enfoque legal explicando lo cotidiano. En ese sentido, se planteará la práctica pictórica del óleo sobre lienzo como el ámbito en el que se erigen, transforman y problematizan los sentidos imperantes de cada contexto. Luego, se ingresará en la obra y actividad de Francisco Laso;
ello tendrá como asunto central su obra pictórica más representativa:
Las tres razas, ya que esta se ubica en la consolidación del paso de ser-colonia a ser-república en el Perú del siglo XIX. Finalmente, dicha pieza nos ayudará a identificar la personificación de las categorías ra- ciales y el lugar que estas ocupan frente al llamado de un nuevo orden social.
Palabras clave: ámbito problemático de significación, identidades his- tóricas, identidades nacionales, sujetos racializados.
INTRODUCCIÓN
Este documento presenta ideas desarrolladas que parten de la con- cepción del discurso como aquello que condiciona y concede sentido a las prácticas humanas, afectando en las diferencias culturales que, a Recibido: 26/05/2020 Aceptado: 30/06/2020
1. Este texto fue parte de una investigación teórico-práctica que realicé en mi último año de estudios en la especialidad de Pintura de la Ensabap (2019).
su vez, inciden en la institucionalidad de los mismos. Por consiguiente, el ámbito proble- mático de significación se muestra como un concepto transversal que ayudará a referen- ciar cada momento en que la unificación de la raza, la identidad y la nación conflictúan por la búsqueda del sentido de lo humano y la cultura.
I
Se ha comprobado genéticamente que las razas no existen entre los seres humanos, y pese a demostrarse su inexistencia como un hecho biológico, su uso perdura en la prácti- ca social, entonces ¿en qué se fundamenta?
Diversos estudios relacionados al periodo de colonización en América Latina coinci- den que la raza surge como un discurso de otredad, la cual legitima las relaciones de dominación y explotación impuestas durante la conquista (Quijano, 2014) que propició su posterior normalización debido a las diferen- cias étnicas y culturales. Cabe resaltar que no se basó inicialmente en el rasgo fenotípico, el cual fue un carácter superficial que adqui- rió fuerza como consecuencia de las creen- cias, símbolos y formas de estar en el mun- do, que incluso tuvo como tema de fondo la discusión sobre la naturaleza humana de aquellos aborígenes no-europeos, o si estos tenían alma.
La raza también queda inscrita en la histo- ria de la esclavitud, salvo que en esta última el carácter étnico y cultural no fue del todo determinante en sus inicios; dicho enfoque se asimila con el arraigo histórico de la raza, pues potencia el grado de subordinación y explotación entre los conquistadores y con- quistados. Por tal motivo, habría que enten- der cómo opera este discurso. Stuart Hall (2017) concibe la raza como un sistema clasi- ficador de diferencias, es decir, que esta lleva su aproximación a un sesgo cultural en la que sus significados buscan consolidar jerarquías
emulando taxonomías científicas, pero que consecuentemente se entrampa en la dimen- sión del lenguaje; por ello, el discurso de la raza como sistema clasificador de diferencias da pie a la “producción de nuevas identi- dades históricas” (Quijano, 2014, p. 757) en América Latina. Me refiero a que la aparición de los términos indio, negro, blanco, mesti- zo, cobran un sentido funcional a partir de la modernidad, donde la supresión de la diver- sidad endógena de las culturas se reorganiza a través de categorías racialistas y nombres representativos, con lo que instaura su nuevo lugar en el mundo.
En ese sentido, dicha operatividad que la
‘raza’ tiene como discurso, que produce sig- nificado, se inserta en un ámbito en el que:
(...) significantes [diríamos las identidades históricas] hacen referencia a hechos que no están genéticamente establecidos, sino a sistemas de significado que han terminado por fijarse en las clasificaciones de la cultura;
y que esos significados tienen efectos reales no porque haya ninguna verdad inherente a su clasificación científica, sino por la voluntad del poder y del régimen de verdad institui- dos en las cambiantes relaciones de discur- so que dichos significados establecen con nuestros conceptos e ideas en el campo de la significación. (Hall, 2017, p.55)
La recurrencia discursiva de la raza no se bas- ta solo en su operatividad como lenguaje, sino que sus efectos reales suceden a causa de los procesos que organizan y regulan las prácticas sociales en interacciones diarias, en las cuales también las categorías raciales adquieren un significado cambiante de dife- rencia o similitud, de acuerdo con los relatos imperantes, o en lugares donde se pugnan sentidos. Consecuentemente, en estos pro- cesos de significación, los efectos reales se manifiestan en formas de representación como en la comprensión de lo humano, de
lo propio y de lo otro, de la inteligibilidad de lo desconocido, del poder, la explotación y la dominación. De manera que el funciona- miento de la raza como práctica discursiva no solo reside en un orden simbólico, sino que también obra en el mundo físico.
De hecho, un punto de partida paradigmá- tico que llama la atención, y que puede ser visto como un ámbito problemático de sig- nificación –dentro de la operatividad de la raza como práctica discursiva–, correspon- de a un género pictórico que se desarrolla
principalmente en el siglo XVIII a través de producciones seriadas en México y Perú de- nominadas: la pintura de las castas. Este con- junto de obras pictóricas que, más que ser solamente pinturas, surgen como un registro de “historia natural” en el que la noción de raza contribuye a ordenar y a controlar una sociedad que iba complejizándose debido a los entrecruzamientos de las “identidades históricas”, generando así, un repertorio de nuevos nombres que facilitarían la distribu- ción de una jerarquía piramidal, como eran los virreinatos de entonces.
Figura 1. Anónimo (1771-1776). “N.3, Español. Yndia serrana Produce Mestizo.”
[Pintura].
© Museo Nacional de Antropología de Madrid.
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adarve5.blogspot.
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Fueron nuevos nombres que se usaron en documentos oficiales, adjudicándolos a de- terminadas estratificaciones sociales sobre la base del principio de “pureza de sangre”, reflejados en el marco legal colonial donde se concebía a los españoles como puros y blan- cos, relegando al resto por ser mezclados y
no puros, o directamente negros e impuros.
Todo esto repercutió en la fijación de una identidad visible y anuló su participación ac- tiva. En el caso particular de Perú, cuando el Virrey de Amat encarga pintar veinte lienzos (hoy en el Museo de Antropología de Ma- drid), explicita esa urgencia taxonómica racia-
lista donde los elementos auxiliares que com- ponen las imágenes pintadas también toman un papel importante en lo que denominamos el ámbito problemático de significación.
Como en las demás prácticas discursivas, la práctica pictórica del óleo sobre lienzo ya su- pone una sintaxis que, mediante la mímesis representacional, vuelve visible –y por lo tan- to inteligible– aquello que en el campo de significación está en construcción constante.
Por tal motivo, el ámbito problemático de significación hace referencia a ese lugar en tensión donde la determinación del sentido de lo humano y (como en este caso) de las categorías raciales, repercute en la re-signifi- cación y legitimidad de los cuerpos racializa- dos como identidades oficiales; entonces, la práctica pictórica del óleo sobre lienzo mate- rializa en imágenes visibles el re-conocimien- to de las categorías raciales como fuente ofi- cial de registro de historia natural. Esa sería la particularidad de la pintura de las castas, en la que se intenta decodificar y entender la extensión del amestizamiento en las colonias españolas, permitiendo una administración abarcadora a través del sistema clasificador de diferencias, como lo es lo racial. Pero, al final de cuentas, debido a la pretensión ta- xonómica, las castas resultaron ser una inter- minable e infinita sumatoria que dificultó la voluntad de imponer imágenes definitivas de las mismas, aunque ello no dejó de incidir en el grado de significación y oficialidad, dán- doles cuerpo e imagen en la comprensión de lo humano, como en la cultura.
No es hasta la etapa de la independencia del Perú cuando aparece una nueva oficialidad, en la cual la noción de raza coadyuvaría a la orga- nización del nuevo orden, pero esta vez en co- rrespondencia con el llamado de un proyecto civilista propio del emprendimiento republi- cano. Esto a través de la promulgación de la libertad, la igualdad ante la ley, la ciudadanía, la instrucción, en las cuales la importancia vital
de una imagen representativa como identidad nacional era forma expresa de diferenciación y de ver por fin superado el régimen colonialista que los precedía. Imagen que no sería como visualmente la entendemos, sino una imagen en tanto proyección de algo, del perfil que se pretendía lograr, y de lo que en ese momento se estaba gestando. Una imagen representa- tiva que reafirmara el nuevo orden del Perú como república, sin embargo:
Sólo tuvo importancia para ejercer una fuer- za que contrarrestara a los “invasores” de
“nuestro” territorio. Un “nosotros” se hizo necesario, y por ende, había que construir una identidad que aliara a los diversos po- bladores de América. No es que la identidad estuviese esperando a ser descubierta o reconocida, la identidad se construiría: “no somos ni indios ni europeos, sino una raza intermedia entre los aborígenes y los usur- padores”; ni legítimos dueños de la tierra, ni usurpadores. En el mismo juego impuesto por los “invasores” y con el mismo idioma, los criollos reclamaban tener los mismos de- rechos de propiedad. No eran indios ni eu- ropeos, aunque sí un pequeño género, here- deros de Europa. (Miranda, 2013, pp.99-100) Ello ocasionó la invención de una aristocracia territorial, de una minoría destinada a gober- nar y a experimentar en la política local, en la que los criollos “se asumieron como el sujeto social e histórico eficiente, potente, aglutina- dor, representativo de América. Crearon una supuesta unidad de iguales para llevar a cabo su proyecto” (Miranda, 2013, p.100) que con- secuentemente permitió el aparente cambio de orden, pues “extinguido el colonialismo como sistema político formal, el poder social está aún constituido sobre la base de criterios originados en la relación colonial. En otros términos, la colonialidad no ha dejado de ser el carácter central del poder social.” (Qui- jano, 2014, pp.757-758). Carácter que hizo traslucir cómo dicho emprendimiento fue
atravesado, por ejemplo, por la raza, que al mantenerse colisionó con el perfil de ciuda- danía propuesto, influyendo en la jurisdicción de los derechos de sujetos racializados.
El canon de ciudadanía basada en la ilustra- ción derivaba en la ambigüedad de entender la raza como identidad, asumiéndose como un régimen de verdad al considerar su acep- ción cultural y jerárquica de poder. Se instru- mentalizaba como clase servil –al no ser con- siderados ciudadanos– principalmente a los indios y negros y, por el contrario, eran a los criollos y a sus descendientes a quienes se posicionaba como los más preparados, por lo que recibían una temprana formación cívi- ca para la consolidación republicana, promo- viendo finalmente una república aristocrática comandada por ellos mismos. Entonces, la re-significación de ideas, y cierta pretensión por hacer ley la igualdad en el Perú, que al mismo tiempo pasaba por el re-conocimien- to de las categorías raciales como re-produc- ción de identidad, reflejaban una urgencia jurídica por sabernos lo mismo, o uno, sin antes advertir, por cierto, que la raza en sí misma ya denotaba jerarquía y exclusión.
II
En esta parte del artículo me centraré en una obra pictórica y en su autor, ya que conden- san la conflictividad generada en dicha épo- ca, prescindible para entender los momentos cruciales durante la consolidación republica- na en el Perú, produciendo un ámbito pro- blemático de significación trascendental: Las tres razas (1859), del pintor republicano Fran- cisco Laso (1823-1869).
El paso de colonia a república del Perú del siglo XIX fue determinante en Laso y sus con- temporáneos, pues serían formados para de- fender y asumir la soberanía de la república a través del constitucionalismo, el respeto a la ley, la búsqueda del bien común por encima
del interés individual, el sentimiento patrió- tico hacia la nación y la igualdad de los pe- ruanos (Chocano y Mannarelli, 2013) que, en su conjunto, obedecían a la causa suprema:
la república como creación política (Pareja, 1944). Además de ello, la importancia dada a la instrucción en dicho contexto fue la fórmula para el perfeccionamiento y consolidación de la esfera republicana, y es allí donde radicaba el perfil de ciudadano. De hecho, Benito Laso, político peruano, fundador de la independen- cia del Perú y padre del pintor, defendía tal anhelada propuesta a razón de cultivar un
“espíritu público y nacional que debía carac- terizar a todo ciudadano de una república”
(Rey, 2013, p.38). Efectivamente, tales valores sociales partían de movimientos independen- tistas que durante los siglos XVIII y XIX se de- sarrollaron en las tres Américas, adquiriendo en el Perú una tendencia liberalista:
Los liberales, en efecto, daban por hecho que la “instrucción” coadyuvaría a formar ciudada- nos mediante la universalidad de la educación primaria como parte de la llamada educación popular y la difusión de los valores republica- nos que contrarrestasen la influencia de los sectores conservadores. No obstante, ello no se plasmó en una decisiva y firme creación de instituciones educativas que permitieran llevar a cabo este programa, aunque hubo iniciativas diversas que débilmente apuntaron en esa di- rección. (Chocano y Mannarelli, 2013, pp.5-6) La instrucción era entendida en el siglo XIX como destinada a una clase social privilegia- da; solo hubo formación cívica generalmen- te para hijos del círculo aristocrático de la época, como la que recibió Francisco Laso.
Él fue uno de los contados pintores de su tiempo que logró formarse en Europa y fami- liarizarse con el mundo artístico de occidente pero que, a su regreso, pudo darse cuenta de que esa era una actividad poco valorada, donde vagamente obtendría la atención re- querida para generar una crítica recurrente,
2. Laso fue uno de los integrantes de la “generación del 48”; participó en “el Combate del 2 de mayo” en 1866, trabajó en la Municipalidad de Lima y luego fue miembro del Congreso Constituyente en 1867, perteneciendo a la Comisión de Obras Públicas;
asimismo, tuvo cercanía y colaboración directa con el presidente Mariano Ignacio Prado durante su periodo de gobierno en 1865-1868.
sobre todo cuando empezaba a interesarse seriamente por la igualdad como uno de los temas más necesarios e importantes por dis- cutirse. Esto lo llevó a alternar su producción pictórica para dedicarle tiempo al debate, abogando por aquellos que quedaban fue- ra de la esfera exclusivista y oligárquica, ob- jetando además la forma como se aplicaba este modelo de gobierno en el Perú, e ini- ciando, posteriormente, labores políticas de intereses públicos, y publicando textos como un ensayista (auto)marginado.2
En uno de sus ensayos, La paleta y los colo- res, Laso recurre al uso de los pigmentos en la práctica pictórica del óleo sobre lienzo para formular una analogía con una jerarquía la- tente: “Según el arte, no hay color que sea superior al otro. El blanco, el amarillo, el rojo y el negro son igualmente útiles: bien com- binados formarán un cuadro armonioso, pero empleados torpemente sin tino, hará un con- junto detestable” (Laso, 2003, p.102). De estas palabras, podemos desprender que aquella referencia de armonía pasaba por ceñirse a una fórmula basada en experiencias de nacio- nes europeas, deficientes e inaplicables a una realidad distinta como era la del Perú del siglo XIX, en la que persistían atavismos coloniales.
Así, el proceso de adaptabilidad pasaba por tomar como modelo la figura del suje- to ilustrado como aquel que posibilitaría la prosperidad y consolidación republicana en la emergente nación. No obstante, la repre- sentatividad de dicho perfil y la raza como sistema clasificador de diferencias influyeron en la determinación de quiénes serían consi- derados ciudadanos y quiénes no, teniendo en cuenta que esto no los eximía que a priori sean racializados para luego concederles un lugar y participación –dentro o fuera– de la esfera republicana. Frente a ello, Laso expre- sa en uno de sus ensayos, con cierto grado
de infidencia, que la instrucción solo era un numen, pues también influenciaba el poder adquisitivo que ostentaba un individuo, así como sus títulos nobiliarios. La instrucción y las prácticas de los buenos valores eran parte de un camino que inclusive los criollos o blan- cos no lograban alcanzar; pues la solemnidad ciudadana y su distinción social dependían de otros factores. Laso confesaría lo siguiente:
Nadie puede poner en duda de que un in- dio, por muy indio que sea, si tiene la for- tuna de vestir un frac es elegido diputado.
Siendo diputado, este indio será senador, consejero y por fin ministro. –Bien, ante este indio senador, consejero o ministro se humi- llarán los blancos y mulatos para obtener un empleo o cualquiera otro beneficio.– Toda la sociedad recibirá al indio con los brazos abiertos y la sonrisa en los labios –cualquiera quedará satisfecho teniéndolo por yerno– el indio como una cosa muy natural se casará con una blanca, y siendo funcionario público, sin darse cuenta de su color, servirá, como a sus hermanos, a blancos y mulatos. Luego es falso que el indio por no tener la sangre azul no sea caballero como el blanco: los blancos y mulatos aceptan al cobruno sin murmullo, y el indio siendo indio se adhiere sin rencor, sin venganza a las otras razas para servirlas y fraternizar con ellas. (Laso, 2003, p.105) Claramente se alude a una castración cultural e identitaria en pro del servilismo y de cara a una nueva identidad cultural y política; la instruc- ción era el camino del cual no se terminaba de entender la razón de su importancia. En ese sentido, encontraríamos en ello una especie de conversión, –“Si en lugar de reclamar sobre la epidermis, se instruyese los indios y zambos;
con solo la instrucción indios y zambos se con- vertirían en blancos” (Laso, 2003, p.105)–, en la que se iba tomando imagen del perfil de ciu-
dadano asimilado por Laso y sus coetáneos.
No solo bastaba con estar correctamente ins- truido sino, detrás, había una forma de ser y estar en el mundo –un ethos– que convertía en alguien a un indio, negro, mestizo, criollo, o, mejor dicho, en un blanco. Para Bolívar Eche- verría esto sería un ejemplo de blanquitud:
La blanquitud no es en principio una iden- tidad de orden racial; la pseudoconcreción del homo capitalisticus incluye sin duda, por necesidades de coyuntura histórica, ciertos rasgos étnicos de la blancura del “hombre blanco”, pero sólo en tanto que encarnacio- nes de otros rasgos más decisivos, que son de orden ético que caracterizan a un cierto tipo de comportamiento humano, a una es- trategia de vida o sobrevivencia. (2010, p. 11) Sería una conducta y relación con el orden social imperante que comporta la aceptación de la misma, pero también del reconocimien- to de una puesta en escena en la cual dicho ethos puede desarrollarse. Es decir, durante esta época se incurre en un ideal de ser blanco (no blancura) ilustrado, al que todo ciudadano de la república tendría que aspirar y lograr ser.
A su vez, esta misma forma de ser y estar coli- sionaba con las categorías raciales preexisten- tes, ya no solo tomándolas como ciertas, sino también legitimándolas como identidades dentro de un nuevo orden como la nación (en- tidad política), trayendo consigo la necesidad de construir una nueva historia, de narrarnos y pasar por procesos de identificación que refle- jen los deseos compartidos. Sería pues “una comunidad simbólica y es esta dimensión la que explica su ‘poder para generar identidad y lealtad’ ” (Hall, 2017, p.120)
Estas encarnaciones en que las identidades históricas se reavivan y re-significan, no solo ya dentro de la operatividad de la raza, sino también dentro de un nuevo orden simbóli- co, confabula con un canon representativo de ciudadanía –y de un ethos–, el cual toma
un rol trascendental ante el principio moral y jurídico de sabernos iguales o lo mismo, cla- ro, sin antes advertir las jerarquías subyacen- tes. Todo lo precedente influyó en Laso para la producción de Las tres razas, de la que se observaría un tipo de denuncia al proble- matizar el posicionamiento del criollo como sujeto histórico-político eficiente pero, ade- más, como práctica pictórica que es, eviden- ciaría una forma de legitimar identidades.
Figura 2. Francisco Laso. “Las tres razas” [óleo sobre lienzo].
Museo de Arte de Lima.
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III
Al analizar la obra vemos que se conforma de tres personajes, y cada uno de los cuales, a juzgar por la apariencia y el título, se repre- senta a sí mismo: la muchacha negra cumple el rol de ser “la negra”; la muchacha india,
“la india”; y el muchacho(a) blanco (a), “el blanco” (a) –en adelante me referiré a este personaje como blanc@–. No se trata de un cuadro histórico, sino por el contrario, se trata de una ficción en la cual tres personajes están reunidos en un espacio interior, limeño podría decirse. De hecho, es claro que esta forma de personificarlos parte por recrear una escena que retrata la visión identitaria de dicho con-
texto; pero no solo eso, sino que ello incluye la participación que los personajes tienen en esta puesta en escena, llamémosle un orden simbólico. En este observamos que hay una actividad que los une –un juego– en el que cada personaje participa de forma distinta.
Aquí ya no percibimos la taxonomía racialista de las castas, sino que claramente surge una necesidad a priori de homogenizar la diversi- dad en tres rasgos fenotípicamente recono- cibles, las famosas “identidades históricas”.
Podemos aseverar algunos puntos: 1) ese es- pacio ficticio representa el nuevo orden sim- bólico como nación o república emergente;
2) quienes toman partida de esto pertenecen a la clase privilegiada, representados por el blanc@, y 3) la diversidad étnica y cultural se re- duce a ser negro o indio, además de no tomar, por cierto, acción inmediata del juego, ya que en la perennidad de la imagen la supuesta su- cesión nunca se da, la espera se vuelve eterna.
Consideraríamos asimismo un cuarto punto, que Laso no termina de mostrar con claridad, y es el género del muchach@ blanc@; lo más seguro es que haya optado por representarlo como un andrógino para mostrar cierta univer- salidad del mismo (desde el enfoque binario y dicotómico de la época), cosa que no ocurre en relación con los otros sujetos racializados.
Vale decir que como la representatividad del negro e indio se encarna en mujeres, esto alude a cierto grado de sumisión y subordi- nación, ya que esa era la posición que se les asignaba a las mujeres en dicho contexto. En su opuesto diametral hallaríamos una repre- sentación masculina, patriarcal, viril, tal vez dominante, sin embargo, ni indios ni negros fueron un grupo dominante dentro de este orden simbólico. Del mismo modo, y para sor- presa del espectador, esto tampoco se ve con la representación del blanc@.
El juego de cartas es una metáfora: cuyo orden simbólico es la proyección de la na- ción. El juego representa una actividad que
implica participación, y que solo cuenta con un personaje haciéndolo activamente: el blanc@, mientras las demás observan. Aquí podemos dilucidar acerca de la función que dichos personajes ejercen en este orden sim- bólico. Es evidente la secuencia de los tur- nos de participación, pero en la imagen fija, el momento nunca llega ni llegará. En esa aparente quietud, la muchacha india tiene un gesto de sigilo aguardando su turno, mien- tras la muchacha negra solo mira a distancia, ambas con sus cartas en la mano; esa es su función, mirar y esperar. El muchach@ blanc@
estira el brazo colocando una carta, pero al mismo tiempo oculta su mirada, y la postura que observamos no es solemne ni propia de alguien que ejerce dominio y acción directa sobre el orden simbólico, sino que transmite insuficiencia o culpa; no hay distinción ni fus- te. Puede que el blanc@ encarne también la imposibilidad de no poder alcanzar el perfil anhelado del sujeto ilustrado, y que esto re- fleje un ethos, una forma de ser y estar que no satisface ni aproxima al perfil de ciuda- danía propuesto. Podría referirse claramen- te al drama de los criollos de la época –de no ser blancos– y que Laso mimetiza en esa jerarquía racialista, escena aparentemente horizontal. Dicho personaje se ve obligado e intenta jugar –participar– con la india y negra;
tal vez ello le garantice prosperidad. Com- probaríamos que la representatividad de una clase social no puede alcanzar por sí sola un nivel de consolidación republicana, de algún modo, este personaje se redime. No quiero decir que ese sentir caracterice a la clase do- minante de la época: a lo que me refiero es que Laso proyecta esa posición porque sabe que el emprendimiento como nuevo orden ha fracasado. Sin duda, Laso descubre y se inmiscuye en el ámbito problemático de sig- nificación de su contexto, porque también in- tenta entenderlo y librarse de este. La tensión se ubicaría por denunciar y querer hallar otro tipo de horizontes menos turbulentos, pero a Laso le interpela un tipo de proyecto, el lla-
mado a un orden y sentido de lo humano que en su época se proponen cumplir. Es decir, en Las tres razas también podríamos vislumbrar la preocupación de Laso por lo que hoy en día conocemos como la pluriculturalidad.
Ahora, lo precedente nos empuja a replan- tear algo importante: que el (muchach@) blanc@ no encarna tanto a un blanc@, sino a un crioll@. Tal vez por condiciones étnicas y fenotípicas un criollo pueda sentirse en la cima de la jerarquía racialista de este orden simbólico y, para creerse en la cima, se en- cubre como un blanc@: la mirada cabizbaja sería indicio de ello. Sin embargo, dicho in- dicio no dejaría de evocar los privilegios que representa ser crioll@; en ese sentido, esta narrativa tampoco sería posible sin antes no tener en cuenta el uso de la noción de raza como sistema clasificador de diferencias, y que Laso proyecta en su obra. Si nos guia- mos por sus ensayos, observaríamos que su posición frente al proyecto civilista no era del todo halagüeña; parece que también intenta integrar, y generar una horizontalidad, en el cual una de las partes, presentada como suje- to histórico-político eficiente, ceda u otorgue el turno. Lo cierto es que esta obra no solo representa en términos descriptivos un retra- to de la época, sino que también denuncia las desigualdades en esta. En ello podríamos ver un interés por pensar lo diverso como op- ción representativa, pero al mismo tiempo un entrampamiento por denunciar la desigual- dad cayendo en la ambigüedad de entender la raza como identidad. No fue garantía de éxito evidenciar las jerarquías existentes sin antes no hacerlo con aquello que las estruc- turaba. Entonces, con este encubrimiento del crioll@, el conflicto pasa por denunciar pero también por legitimar estas identida- des históricas como identidades nacionales, teniendo en cuenta cuán importante era el nosotros en términos territoriales, mas no en políticos ni culturales, he aquí el déficit de este supuesto enfoque pluricultural.
Como sabemos, pensar la identidad nacional para Laso parte de la necesidad colectiva de una imagen que posibilite nuevas narrativas, a fin de reafirmar el sentido de la nación como entidad política y nuevo orden; a su vez, esto también produce significados e historias ca- paces de incidir en los procesos de identifica- ción común, “de tal manera que nuestra vida rutinaria y cotidiana se conecta con un gran destino nacional que existía antes que noso- tros y que nos sobrevivirá” (Hall, 2017, p.121).
Destino nacional que produce efectos esen- cialistas en el sentir patriótico y que colude con lo naturalizado en este orden simbólico mediante parámetros de institucionalidad.
Las tres razas también propicia el entendi- miento de la pintura de Laso como un acto legitimador y buscador de respuestas, ya que la misma práctica pictórica que desarrolló an- tepone un sistema de representación por el que el uso de la raza se manifiesta como una manera irremediable de decir las cosas y que, por otro lado, dicha sintaxis lo conduce a in- tentar resolver atavismos coloniales incom- prensibles para la época. Al mismo tiempo, Las tres razas se avizora como un ámbito pro- blemático de significación, donde re-signifi- car el sentido de lo humano, la nación y la cul- tura, no supondría en Laso solamente pintar un lienzo, sino canalizar las tensiones de los procesos de significación como procesos de identificación dentro de la esfera republicana.
CONCLUSIÓN
Aunque hoy en día se pueda increpar por ejemplo, que “la identidad no es una cuestión de esencia sino de posicionamiento.” (Hall, 2017, p.115), y que la raza, muchas veces ra- zonada como pseudociencia, todavía reper- cute en las interacciones diarias, finalmente observamos que durante la consolidación del emprendimiento republicano se erigió, mal que bien, un posicionamiento con enfoques esencialistas ante el cual Laso trató de gene-
rar horizontalidad. Es decir, no se negaría la presencia de estos sujetos racializados dentro del nuevo orden simbólico y, por el contrario, allí habría una fijación del posicionamiento de los mismos, a los cuales Laso les atribuiría cierta perennidad en el tiempo para ser vistos como sujetos institucionalizados mediante la práctica pictórica del óleo sobre lienzo como sistema de representación.
Descubrimos asimismo que el valor central de la obra de Laso no encara especialmente al público de su contexto, y más bien este se inserta como un objeto histórico y detonante que ayuda a confrontar el pasado y a decodifi- car los llamados existentes a nuevos órdenes.
Por consiguiente, las prácticas discursivas y
sus transformaciones de representación afec- tan en el modo cómo hoy en día las denomi- nadas “identidades históricas” se reinventan y emancipan a fin de asumir la carga que este sujeto histórico-político sugestiona en los ám- bitos problemáticos de significación.
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Walter Astucuri Guillen
Artista e investigador, egresado de la Escuela Nacional Supe- rior Autónoma de Bellas Artes del Perú con el grado académico de Bachiller (2019). Ha sido parte de exposiciones colectivas en museos, centros culturales y galerías de Lima. Recientemente participó en “RELACIONES ENTRE: Encuentro de Arte, Ecolo- gía e Interdisciplinariedad” presentado por el Museo de Arte Contemporáneo de Lima, Fundación Telefónica Movistar y FI- BRA Colectivo. Asimismo, realiza un proyecto de investigación teórico práctico orientado a las narrativas tecno-cientificistas y pos/decoloniales. Actualmente se encuentra elaborando un plan de tesis para la obtención del título profesional de Licenciado.
Contacto: [email protected] https://orcid.org/0000-0001-9708-3639