marioarre;gui
— H O M B R E S Y C A B A L L O S — cu
Un Valéry en las pam
pas se le ha llamado, para caracterizar la peculiar si
tuación de un escritor nacido en Montevideo, en 1917, formado en los exi
gentes productos de las letras modernas, lector de Gide, Huxley, Malraux, Sartre, gran lector en América de Borges — a cuyo tesón estilístico debe mucho— , de los poetas Vallejo y Neruda, hombre que ha militado en los movimientos de izquierda de un modo claro y peleador, pero cuya vida trans
curre apartada del mundo literario y ciudadano, dedicada a las tareas agrícolas y ganaderas, ambien
te de donde extrae el material de sus cuentos.
Es el único escritor de temas campesinos que vive y trabaja permanentemente en el medio que re
trata; de ahí quizás su notorio desvío por el fol- klorismo convencional en que había caído el género, el que tampoco ha pretendido reemplazar con irrea
les planteamientos sociales a los que sus convicciones podían conducirlo.
Su segura formación intelectual, la destreza de su buen gusto y su innato sentido de los valores esté
ticos, explican su literatura de tensa escritura artística, donde algunos seres hondos y veraces nos muestran, a través de acciones simples, las mejores condiciones de almas templadas. Detrás de estos breves cuentos elaborados como miniaturas hay una concepción noble y viril de la vida humana que puede recordar la de Saint - Exupery o T. H. Law
rence; en ellos se rinde homenaje al valor, a la leal
tad, al pudoroso sentimiento y se nos devela el rostro auténtico de un país y una sociedad en lo que ésta tiene de universal aspiración humana.
Noche de San Juan y otros cuentos reveló en 1956 las plurales posibilidades de un escritor y su rigor estilístico. Hombres y caballos, que pertenece a su incipiente madurez creadora, es una serie de cuentos claros, de narración siempre interesante y fluida, de escritura siempre precisa, y por los cua
les corre una noble, esperanzada visión de nuestras vidas uruguayas.
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/ Colección
REAL DE AZÚA !
COLECCION LETRAS DE H O Y Dirige: Angel Rama.
3
M A R I O A R R E G U l
H O M B R E S Y C A B A L L O S
C U E N T O S
Colección
MÍÍ.DEAZÚA
?¿36
Editorial Alia
E ditorial A lfa , Cindadela 1389, M on tev id eo
Printed in Uruguay I m p r e s o e n e l U r u g u a y
P R O L O G O
Cuatro cuentos reúno bajo un título general.
Los c a b a l l o s pertenece al género íantástico, si bien su fantasía es módica y convencional. Se pu
blicó en la revista De s l i n d e. Apareció precedido por cuatro o cinco frases que significaban un cu
rarse en salud y también una agresión y de las que no tardé en arrepentirme; pese a ello, voy a re
producirlas aquí:
La idea-germen de este cuento no me fue dada por una lectura de Horacio Quiroga sino por la ex- trañeza que me causó cierta vez la nerviosidad inusual de dos caballos. Cabe conjeturar, sin embar
go, que el cuento no se me hubiera armado si Qui
roga no hubiese escrito alguno de los suyos; de in
contables cosas y mucho de literatura se nutre la literatura, y “ no es una hermosa mañana de pri
mavera la que engendra un poema, sino otro poe
ma” , que así se ha dicho. - Alguien, con mano inepta o simplemente atolondrada, escribió el nom
bre de Quiroga a propósito de otro cuento mío (“ Mis
tal invocación es lícita y tal vez inevitable. Quien quiera hablar de plagio puede hacerlo; yo diría, más bien, que este cuento constituye — en mi medida y a mi modo— mi casi obligada cuota de homenaje al admirable narrador salteño.
Cr ó n ic a Po l ic ia l es, digamos, realista, y conti
núa la línea que en mi primer libro, Noche de Sa n Ju a n y o tr o s c u e n t o s, intentan Noche de Sa n Ju a n, Diego Alo n s o y El c a m in a n t e y e l c a m in o; al igual que éstos, se ambienta en un pueblo que puede ser cualquiera de nuestras llamadas ciudades del interior. Los sucedidos y los personajes son inven
tados, pero alguna semejanza siempre se desliza.
Fue publicado en el semanario Ma r c h a.
Unos v er sos que no d ij o. . . — también de am
biente pueblerino y también publicado por Ma r c h a— es un cuento fácil escrito en primera persona y en forma de anécdota. Como en los otros, los hechos son mentira literaria; a diferencia de los otros, se centra en un personaje construido directamente so
bre alguien que anda por ahí con carne y creden
cial cívica.
Tres h o m b r e s —la pieza inédita y , a mi juicio, la que el lector demorará algo más en olvidar— es un cuento campero. No le faltan policías y matre
ro, duelos a cuchillo, caballos de pelo reiterada
mente especificado, monte, fogones. . . Sin embar
go, me parece, debe menos en su intención a los maestros del género que a cierto cine; quiero decir, menos a la tradición del tan cuestionable cuento criollo que a los westerns, esas películas que son Ho
mero para los chiquilines de las matinés y para los adultos que saben no ser adultos insobornables.
M. A.
Set. 1960.
LOS CABALLOS
To d a l a s a n t a t a r d e estuvieron los dos caballos parados a la sombra de los eucaliptos, mirando el camino por encima del alambrado del piquete.
Uno era tordillo; el otro, renegrido, con dos pa
tas calzadas de blanco y un pequeño triángulo blanco en la frente. Ambos estaban gordos, sa
nos, bien cuidados. Eran, además de parientes le
janos, muy amigos. No se aburrían, porque los ani
males no se aburren, y miraban el camino sin es
perar que nada extraordinario llegara por él.
La tarde, mientras tanto, resbalaba con lentitud, se cumplía lo mismo que una tarea rigurosamente prefijada. . . Los caballos oían a veces, empujada desde las casas por el viento intermitente y tibio, la voz del peón casero, que se llamaba Ramón y cantaba, ese día, al hacer sus quehaceres.
Primero pasó un jeep por el camino.
— Es el menor de los López — dijo el tordillo.
— Sí — asintió el picazo.
— Muy hereje con los caballos — agregó el tor
dillo después de una pausa, cuando ya el jeep era sólo una nubecita de polvo.
— Ahora anda siempre en jeep — dijo el picazo.
— Menos mal — suspiró el tordillo.
Y quedaron silenciosos.
Más tarde, con un ruido de fierritos temblones, pasó un paisano en bicicleta. Iba congestionado, ja
deante. La bicicleta tartamudeaba en el camino desparejo, y el paisano se sacudía de punta a pun
ta, desde las botas negras — bajas, relucielítes—
hasta el mayúsculo, carnavalesco sombrero de alas planas.
— ¡Qué cosa! — comentó el picazo.
— Es un puñado de lástima — dijo el tordillo, co
locando una frase que había oído a Ramón y que nunca había entendido del todo.
El esforzado sombrero del ciclista se perdió a lo lejos sin que los caballos añadieran una palabra más.
Después — el sol ya muy lateral— pasó un em
ponchado en un zaino testereador.
— ¿Lo conocés? — preguntó el tordillo.
— ¿A quién?
— Al hombre.
— No; no debe ser de aquí.
El emponchado se hundió de a poco en el bajo y luego reapareció en la otra cuchilla.
— Al caballo creo conocerlo — dijo el picazo.
— Hum. . . — dudó el tordillo— ; estos zainos pe- tisones y compadritos son todos iguales.
El emponchado y su zaino desaparecieron para no reaparecer y los dos caballos volvieron a quedar silenciosos.
El sol, según costumbre, siguió bajando, hasta caerse del otro lado de los eucaliptos nuevos. El viento, ahora más fresco y con un ligero sabor a noche, acercó a los amigos el sonido inconfundible de los golpes de un hacha: Ramón picaba, sin duda, leña para el fogón y el asado.
— A mí me parece que no nos ensillan hoy — di
jo el picazo.
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— A mí también; ya es muy tarde — dijo el tor
dillo.
Es necesario advertir que el plural nos ensillan del picazo debe observarse o corregirse, porque am
bos eran los caballos reservados de don Leopoldo
— don Leopoldo Lecumberri, el patrón— , y éste, obviamente, sólo ensillaba uno por vez. Pero perdo
nemos al picazo y agreguemos que don Leopoldo no hacía distingos entre sus dos caballos: los ensi
llaba eligiendo como al azar o al capricho, y a me
nudo respondía “ Cualquiera” a la pregunta “ ¿Cuál l’enfreno?” de Ramón; daba, eso sí, preferencia al picazo cuando había tormenta eléctrica y al tordillo cuando sabía que iba a regresar de noche. Y agre
guemos también que en la estancia todos llamaban al patrón por su nombre completo, menos su esposa
— doña Margarita— , que le decía Leo, y sus caba
llos, que la imitaban.
— Ayer tampoco vimos a Leo — dijo al rato el tordillo— ; tengo la impresión de que anda medio enfermo.
— Enfermo. . . no sé; triste lo noto, sí — meditó y afirmó el picazo.
— Anda como peleado con su sombra — dejó caer el tordillo, aplicando otra frase oída a Ramón y sólo a medias entendida.
— En una de ésas con la que anda peleado es con doña Marga. . . — estuvo a punto de terminar el picazo, pero se interrumpió por sí solo, al tiem
po en que el tordillo le clavaba los ojos para ha
cerlo callar— . Perdonó — murmuró, y agachó la cabeza.
— A veces te olvidás — dijo el tordillo suave
mente, sin reproche— que somos caballos. . . y castrados. . . y no podemos hablar de esos proble
mas.
— Sí — gruñó el picazo, malhumorado, descon
tento consigo mismo.
Cruzó veloz, en sentido contrario, el jeep de Ló
pez Chico. Una muchacha se apeó a abrir la por
tera; el jeep avanzó y la muchacha cerró la portera y subió a él.
— Ya dejaron la portera con la cadena desen
ganchada — rezongó el picazo, descargando su mal
humor.
Primero dejó de verse el jeep, y luego se apagó también el zumbido del motor, no sin volver y girar alguna vez, colgado en el trapecio del viento.
— Yo creo — insistió el tordillo— que lo que tie
ne Leo es enfermedad. . . Daría una pata por equi
vocarme. . .
El picazo optó por permanecer callado.
El anochecer fue borrando cosas, como podando el paisaje. Todavía los caballos miraron un tiempo el camino; después, al tranco lento, se encaminaron a la otra esquina del piquete, donde crecía — jun
to al sauzal— un pasto tierno y jugoso.
A la mañana siguiente, no muy temprano, Ra
món enfrenó al picazo. El tordillo le dijo “ Hasta luego” a su amigo en un corto relincho y se fue a comer en las inmediaciones del sauzal. . . Lar
go es el desayuno de un caballo; el tordillo co
mía aún — parado sobre su sombra cortita—
cuando oyó el relincho y el galope del picazo.
Levantó la cabeza y lo esperó con las orejas tiesas.
— Tengo que contarte algo espantoso — barbotó el picazo al frenar su carrera.
— ¿Qué?
— Vi una sombra. ¡Qué susto!
— ¡Bah! ¿No te da vergüenza asustarte de una sombra?
— ¡Pero era horrible!
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Trotaba el picazo, bailaba alrededor de su com
pañero.
— Bueno, bueno; deberías calmarte — dijo el tor
dillo— . ¿Una sombra cómo?
— Espantosa, te digo. . . Casi lo tiro al agua al pobre Leo. ¡Qué cosa! Me pegó dos rebencazos que todavía me duelen.
Seguía girando el picazo. El tordillo comenzó a impacientarse.
— Vení para acá — ordenó— . Quédate quieto. Y conté; empezá por el principio.
— Está bien — dijo el picazo con mucha obedien
cia, deteniéndose— . En el principio vino Ramón y me enfrenó.
— Eso ya lo sé.
— Después Leo me ensilló.
— Eso no lo sé pero es como si lo supiera. ¿Cómo está Leo?
— Bastante bien; con cara de cansado, tal vez;
parecía un poco más contento. . . Pero déjame con
tar.
— Seguí — hizo con la cabeza el tordillo.
— Nos despedimos de la patrona y salimos. Yo salí tirando las riendas, para alegrarlo.
— Lo bien que hiciste.
— Fuimos al potrero del fondo, a ver unas va
cas recién paridas.
— ¿De pedigree?
— Una, sí; las otras, cruza, nomás.
— ¿Son buenos los terneros?
— Hay tres muy lindos. . . Pero con tanta pre
gunta no me dejás contar.
— Tenés razón — admitió el tordillo— . Contá.
— Después entramos al potrero del cerro y re
corrimos la cañada. A la vuelta, en la laguna de más acá, Leo me aflojó las riendas para que yo tomara agua. El agua estaba clarita y lisa. Yo bajé la ca-
beza. . . — castañetearon los dientes del picazo—
y vi la sombra reflejada en el agua.
El picazo, temblando, retrocedió un poco.
— Calma, calma — aconsejó el tordillo, acercán
dose— . ¿Cómo era esa sombra?
Dejó de temblar el picazo.
— Y y y ... — vaciló— como una sombra.
— P ero. . .
— ¡N o!: era horrible. Y estaba encima de Leo.
— ¿Encima?
— Sí; en el aire. Y lo miraba.
— ¿Tenía ojos, entonces?
Pensó un instante el picazo.
— No sé — respondió— ; pero lo miraba. .. Sal
té para atrás. El pobre Leo no se cayó porque Dios es grande. Lo sentí en el pescuezo. Y en cuanto se acomodó me cruzó de un rebencazo. . . ¡Ay, qué rebencazo!. . . Y me insultó también, que es lo que más me duele. .. Leo me hizo bajar otra vez a la cañada; yo no quería, pero me obligó. Vi de nuevo la sombra y volví a saltar. La sombra esta vez me miraba a mí; me pareció que se reía. Y L e o . ..
— ¿Pero tenía boca?
— No, no tenía nada; pero igual me pareció que se reía. . . Y Leo me descargó otro rebencazo, más fuerte. ¡Qué vergüenza!.. . “ Ya que estás tan loco, piojoso, aguantá la sed” , me dijo. Piojoso: ¡qué humillación! Y ahora tengo una s e d ...
— En seguida vamos al bebedero. Seguí contando.
— Y . . . muy poco más. Nos vinimos para las ca
sas, al trotecito. Yo quería galopar pero Leo' no me aflojaba las riendas. “ Estás bravo hoy; te hace falta más recado” , me dijo con malos modos. . . ¡Ah, si pudiéramos avisarle lo de la sombra! ¡Qué bien sería explicarle todo!
— De verdad, de verdad; pero no podemos. ¡Qué
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cosas tiene la vida! — cerró el diálogo el tordillo, moviendo de arriba a abajo su largo pescuezo bien tusado.
Los dos caballos fueron al bebedero — que es
taba cerca de las casas, al lado del pozo— y des
pués caminaron de vuelta rumbo al sauzal; fue
ron y volvieron cabizbajos y silenciosos, preocu
padísimos. El tordillo se instaló sin dilación bajo los árboles. El picazo — a quien Ramón había in
terrumpido el apenas comenzado desayuno— se re
zagó en la zona del pasto tierno; pero comprobó en seguida que no tenía hambre y siguió a reunirse con su amigo. Y casi emboscados en el fondo umbrío del sauzal pasaron ambos la tarde entera, pese a que allí moraban las moscas más forajidas y golosas de todo el piquete. Muy cerca uno de otro, y sin
tiéndose muy juntos, ambos sabían que estaban pen
sando exactamente lo mismo. No hablaron una pa
labra; muchas veces, eso sí, se miraron, se enten
dieron con los o jo s ... Usando como látigos las colas, levantando y golpeando las patas, sacudiendo las cabezas y resoplando y mordiendo, se espanta
ban con éxito bastante escaso las escuadrillas de moscas, y quizá también — y quizá con menos éxito todavía— los pensamientos que los rondaban.
Esa tarde tampoco los ensillaron, para decirlo con el mismo plural incorrecto que usara ayer el tordillo.
— Me parece, hermano, que podríamos arrimar no un poco a las casas — propuso, hacia el anochecer, el tordillo.
— Eso mismo iba a decirte — aceptó el picazo.
Echaron a andar. De lejos, vieron y oyeron a Ra
món, que perseguía e insultaba a gritos al ternerito de la lechera rosilla. Nuestros caballos, otro día,
se hubieran acercado y detenido para oir mejor, porque sabían que los dichos y los epítetos de Ra
món eran famosos en el pago; ese día continuaron andando y fueron a apostarse junto al alto alam
brado del corral. Vieron desde allí — en la puerta del galpón de esquila, a más o menos una cuadra—
el grupo que formaban don Leopoldo, Serapio — el peón de campo— y el capataz. Don Leopoldo ha
blaba, Serapio cabeceaba repetidos “ Sí” y el ca
pataz se limpiaba las uñas con el cuchillo. Aguzaron la vista los caballos y se alegraron y se miraron entre sí, porque ninguna sombra se alcanzaba a divi
sar sobre el patrón; pero de inmediato pensaron que una sombra, si la hubiera, difícilmente podría ser vista desde aquel ángulo y aquella distancia, y me
nos aún en una hora en que avanzadas de la noche apenumbraban el aire. Suspiraron al unísono y si
guieron mirando; vieron a don Leopoldo dirigirse a las piezas de adentro; vieron a Serapio desapare
cer detrás del galpón, vieron al capataz ir a la pi
leta de las gallinas y lavarse los pies. Ya se dis
ponían a emprender el regreso a la esquina del sau
zal cuando oyeron, cerca, “ Esta noche vas a co
mer bien, viejito” en la voz un poco arrastrada ( “ Habla chancleteando” , decía Ramón) del peón de campo. Giraron las cabezas y miraron: por la portera chica de al lado del bañadero, Serapio in
troducía otro caballo al piquete.
— ¡El overo viejo! — exclamaron los dos a un tiempo.
El overo viejo era un típico caballo criollo y un tí
pico gaucho viejo traducido a caballo. Era feo, de poca alzada, peludo, con aire de pobre; era fuerte, sufrido, taciturno, receloso, pueril, supersticioso, lo contrario de efusivo, fatalista, sentencioso, alunado,
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limitadísimo, con corajes y cobardías extrañamente trenzados, con buen número de las quejumbres y alguna de las compadradas de Martín Fierro, con mucho del viejo V izcach a... Y era también, a su modo, un sabio.
Don Leopoldo lo compró por cinco pesos — ca
yéndose de flaco y bastereado desde la cruz al ri
ñón— a un tropero de cara cuchillera que venía del norte. No había en la estancia caballo más viejo que él; ni más caminado, tampoco. Había sido caballo de inspector de sarna, de milico, de contrabandista, de tropero y hasta de ladrón; había tirado del carro de un turco mercachifle — cosa que ocultaba— , pre
tendía haber ayudado a un matrero y mentía como un niño cuando hablaba de Aparicio Saravia, por
que cualquiera podía sacar la cuenta de que no había sido él sino algún antepasado de heredadas memorias quien sirviera, allá por el 97 y por los j.
peleadores comienzos de este siglo, en aquellas pa- / triadas malhumoradas y viajadoras — turísticas, di
ríamos hoy— que garabateaban de idas y venidas yl puntuaban de fogones con asados épicos el mapa del país.
Su experiencia era vastísima, si bien monótona!
y entorpecida de pormenores; y aunque — o por
que— ignoraba la mar de cosas y otras tantas des
preciaba o fingía despreciar, sabía muy bien lo que sabía. La vejez (la muerte próxima, quizá) hacía además, de algún modo indefinible, sabiduría de lo que en otros hubiera sido nada más que acumula
ción de conocimientos o aun meros católogos de hechos. Infinitos días y noches lo enriquecían, y potreros salvajes, lluvias, tormentas, heladas, tre
mendas, soles bárbaros, interminables caminos, es
tancias y ranchos, palenques de pulperías, yerras, carreras, velorios. . . Y miles de caballos vistos y olfateados. Y, por sobre todo, hombres: numero
sos, diferentes hombres — muchos de ellos con se
guridad ya difuntos— sobre su lomo y a su lado. . . y . hasta alguna mujer llevada en ancas en una tardecita mansa como un sauce llorón.
Ahora, pese al reumatismo, a la arterioesclerosis y a los consabidos trastornos en las vías urinarias, terminaba dignamente sus días: era el caballo de confianza de Serapio, un hombre campero. Dos o tres veces por mes, cuando Serapio tenía que lle
var animales a las ferias o salir muy temprano por otro motivo cualquiera, pernoctaba en el piquete.
El tordillo y el picazo cambiaban en esas ocasiones (o sólo intentaban cambiar, solía ocurrir) algunas frases con él. Nuestros caballos, que no dejaban de estimarlo, lo respetaban y, oscuramente, lo en
vidiaban: caballos de un solo y sedentario amo y de piquete hogareño, envidiaban tanta vida azarosa, tanta experiencia directa y áspera de caballo, pobre.
Lo que el overo sentía por ellos era más complicado;
les envidiaba, a su vez, los privilegios, y a esa en
vidia, aún más falsamente nostálgica que la de los otros, se mixturaba desprecio, rencor, cierta bene
volencia amargada de viejo y también muñones de imposibles sentimientos paternales.
En seguida de aquella doble exclamación “ ¡El overo viejo!” que registráramos, Serapio se fue y no cerró la portera y vino Ramón y la cerró y el overo pasó al tranco — sin mirarlos siquiera— al la
do de los dos amigos. Estaba el viejo, a la sazón, comiendo con vigor el pasto duro y casi intacto que crecía un poco más allá del pozo. Mientras tan
to, el picazo y el tordillo seguían hablando en voz baja.
— Sí, sí; ya sé; no repitas. Sé perfectamente que es un viejo cascarudo y con más vueltas que cuzco
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chico — decía el tordillo, usando expresiones que había oído a Ramón a propósito de un tío de don Leopoldo— . Vos dejame a mí.
— Bueno, te dejo; pero tené cuidado de que no se nos vaya a empacar.
Se acercaron los dos al overo y dijeron a coro:
— Buenas tardes, don overo.
— Güeñas noches — rectificó el overo.
Y siguió comiendo.
— Otra vez por aquí. . . — dijo el tordillo.
— Aháa. No les gusta que les coma el pasto, ¿eh?
— No, no — se atropelló el tordillo— ; puede comer todo lo que quiera. Está en su casa.
— Total. . . a ustedes les sobra.
Y siguió comiendo.
— Mire, don overo — intervino el picazo— : para el lado del sauzal hay un pasto mejor.
— ¡Uta que son delicaus!. .. Este es güeno.
— Sí; pero aquél. . .
— ¿Y se crén que yo no sé? ¿A mí me van a ense
ñar? . .. Viá comer también de aquél, pa’sentar és
te.
Y les dio la espalda, digamos. Sonaba el pasto duro al ser arrancado por sus dientes bajos y desa
filados. Los dos amigos se miraron un instante. Des
pués el tordillo fue a pararse frente a él y preguntó con la voz más suave y conciliadora que pudo con
seguir:
— ¿Mañana sale temprano con tropa, don?
— No, con tropa no -—contestó el overo, ya más amistoso— . Vamo a dir con Serapio a comprar unas ovejitas pa consumo.
— Ahá. .. ¿Y las de acá no sirven para comer?
— Asigún el patrón, es una lástima carnearlas, por la güeña lana que tienen. J u m ... Pa mí que con tanta bobada’e mejorar y refinar, como dicen, deben tener la carne más fiera que pasto’e bañau. . .
— Es posible, sí. . . ¿Y van lejos, don overo?
— Rigular; la feria es en el local “Progreso y Trabajo” . Ustedes no conocen.
— No — se apresuró el tordillo y repitió un se
gundo después el picazo.
— Ustedes conocen tan p o co . . . — lamentó con queja fingida el overo— . Y se van a morir de vie
jos sin conocer gran cosa, colijo. A no ser que venga una patriada y los yeven. ¡Pero que va’venir! Aura tá todo qu’es un asco de tranquilo. Los gubiernos no se rigulucionan como antes. ¡Pobre pais!
■— Tiene razón, mucha razón — adularon a coro los dos amigos.
— ¡Si tendré! — dijo el viejo con orgullo.
El tordillo juzgó el momento oportuno.
— Después que coma, don — dijo— , le vamos a contar algo, para que usted nos dé su opinión.
— Jum . . . ¿De qué se trata?
— De algo muy raro que vio hoy este amigo.
— Jum . . . Debe ser alguna sonsera. Ustedes han visto tan p oco. . .
— ¡No! — protestó el picazo— . Fue a lg o ...
Una mirada del tordillo lo obligó a callar.
— A lo mejor. . . — dijo éste— ; pero queremos sa
ber la opinión de un caballo conocedor como usted.
— Güeno — dijo el viejo, halagado— . Vayan pro-
siando. '
— No; coma tranquilo. Hay tiempo.
— No anden con giieltas. Hablen nomás, que los escucho comiendo.
Pero fue poco lo que comió, porque muy pronto levantó la cabeza y escuchó atentamente. El relato
— escueto, lineal— estuvo a cargo del tordillo, con frecuentes, casi continuas intervenciones del picazo, a quien su condición de actor parecía estorbar para una versión económica.
— Umjum. . . — hizo el viejo al final.
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Los tres guardaron silencio, mientras las estre
llas brotaban de golpe y quedaban prendidas como abrojos en la noche nueva. Ni un ruido ni una voz les llegaba desde las casas. Eran tres caballos en soledad, y como obligados a ihaugi)rar, para ellos solos, una noche tan antigua romo las que caye
ron sobre sus antepasados de pezuña hendida. . . Espontáneamente, sin invitarse, echaron a cami
nar despacio en la dirección del sauzal. El viejo iba al medio, gacha la cabeza, meditando; los dos amigos lo miraban de reojo y no se atrevían a pre
guntarle nada. Se les hizo muy ancho el piquete al tordillo y al picazo. Arribaron a los árboles; ha
bía un viento alto y frío que removía el follaje;
había vocerío de grillos, también. Se oían lejanos gritos de lechuzas, y de cuando en cuando algún ladrido más lejano, solo en el mundo.
— La luna sale tarde — fue la inocente noticia con que rompió el silencio el tordillo.
— Antiayer jue cuarto menguante — aseveró, sen
tencioso, el overo, que llevaba siempre muy bien las cuentas de la luna.
— ¿Y qué piensa usted, don overo? — se animó a preguntar casi en seguida el tordillo.
— ¿De qué? — preguntó a su vez el viejo, ociosa
mente, pues demasiado lo sabía.
— De lo de la sombra, claro.
— Jum. . . Y y y . . .
— Diga nomás, don.
— Sí; queremos saber su opinión; diga — pidió con voz miedosa el picazo.
Carraspeó el viejo, los miró, movió la cabeza y
— en un tono cuidadosamente bajo— pronunció lo que nuestros caballos habían estado toda la tarde pensando y queriendo no pensar, lo que más te
mían oir:
— Pa mí qu’es la muerte.
Y se fue a comer, enfurruñado y huraño.
Los amigos quedaron temblando, con algo de fan
tasmas sorprendidos por la aurora. Después se cu
chichearon varias frases y caminaron muy juntos hasta donde estaba el overo. Este comía con apuro excesivo.
— Así que usted, don . . . — comenzó el tordillo.
Levantó de golpe la cabeza el viejo.
-—Sí; pa mí es eso, nomás — gruñó.
Estaba fastidiado, pero no con los caballos: era enojo de viejo con la muerte.
—Nosotros queremos saber. . . — comenzó el tor
dillo.
— ¿Qué edá tiene el patrón? — lo interrumpió el overo.
— Cuarenta y nueve — dijo el picazo, que había oído decirlo a doña Margarita.
— Pa hombre es nada.. .
— Nosotros queremos saber si se puede hacer algo
— dijo de prisa el tordillo.
— ¿Hacer?
— Sí; ¿qué podemos hacer? — dijeron a coro los amigos— . ¿Qué hay que hacer cuando se ve a la muerte? — continuó, solo, el tordillo.
— Jum. . . Jum. . . Hacer. . .
Permaneció reflexionando el overo. Sintió deseos de decir algo profundo y hermoso que asombrara a sus interlocutores, decir (él, criollo viejo y apo
rreado, eterno habitante de potreros donde las mal
ditas ovejas se comían el mejor pasto, y que ha
blaba como los gauchos y que salía de cada invierno lo mismo que de una enfermedad) palabras carga
das de sentido que dejaran boquiabiertos a aquellos dos mimados caballos de piquete, que hablaban co
mo hombres con escuela y que tenían — él lo sabía bien, y además se les veía— mucha y reciente sangre gringa en las venas. No ignoraba que sobre la
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muerte es posible decir siempre cosas hondas, por
que ella dona la hondura. Sabía que todo es o parece verdad cuando dé la m uerte se habla, que no existe lo contradictorio y que hasta los más fáciles lugares comunes pueden sonar como campanas de voz gra
ve. Recordó, con ánimo de aplicarla o glosarla, una frase oída en su juventud a un estanciero viejo:
“ Se vive tan poco pa lo que hay que estar muerto” . La desechó y recordó: “ Los vivos somos muertos en vacancias” , oída, en el entierro de un pulpero, a un cura español redondo como una mujer preñada y lleno de ginebra. La desechó también y recordó otra, ésta de Ramón: “ No te aflijás, hermano, que vos no vas a llorar en tu velorio” . . . Pensó, pensó un buen rato, buscó y rebuscó; pero ■—caballo al fin— dijo:
—Juir.
Y se fue a comer más lejos, todavía más agriado que antes.
Los amigos — algo defraudados— regresaron al sauzal y allí pasaron sin dormir y sin hablar la noche entera, así como habían pasado la tarde. Muy cerca uno del otro, y sintiéndose muy juntos, ambos sabían que pensaban exactamente lo mismo; no se miraron porque no necesitaban hacerlo y porque era negra noche. Las moscas, ellas sí, dormían ahora, y los caballos pudieron esperar impacientes pero quietos el afloramiento del alba. Por otra parte, los pensamientos lúgubres eran incombatibles después de lo dicho por el overo, eran irrechazables siquiera en la más mínima medida. Y estaba, además, la noche. . . La noche siempre había sido para ellos sólo la falta de luz, simplemente un lapso más o menos largo y más o menos oscuro en que el sol del verano y las moscas de casi todo el año des
cansaban, en que el frío del invierno tenía cuchillos
más filosos y en el que el pasto, por lo general, tomaba del rocío humedad y deliciosos sabores;
aquélla no fue así, fue cargada y viva y a veces agujereada por ojos invisibles, fue algo muy seme
jante a lo que suele ser para los hombres. Allá en las horas tempranas cesó el viento, y con su ausencia, mágicamente, se dilató la noche, se ahondó la in
movilidad de la sombra. Tarde, muy tarde, salió la luna, pero lo que hizo fue colgar de los árboles fantasmas de luz difusa. La rectitud del alba puso
— ¡por fin!— las cosas en orden.
— Nos olvidamos del overo — dijo el picazo— .
¿Dónde está?
Aguzó la vista el tordillo, en la luz turbia.
— Debajo de los eucaliptos. .. me parece. Sí, allá está. . . Y allá va Serapio a enfrenarlo, ¿ves?
— Sí; ahora sí.
Vieron a Serapio saltar en pelo al overo y a ambos ir hacia la portera del corral. Y, sin aban
donar los sauces, siguieron conversando. . . Conver
sando con aire de conspiradores — y batallando con las más mañaneras de las moscas— estaban todavía cuando, sol afuera, llegó Ramón y enfrenó al picazo.
— No te distraigas — dijo éste a modo de despe
dida
El tordillo — de acuerdo a lo convenido— fue a esperar junto al alambrado del camino. Al rato los vio salir y acercarse: el picazo en un trote liberal y tirando las riendas; don Leopoldo, serio, firme su bien cimentada cara de hijo de vascos, horizontal la mirada, un cigarrillo tal vez apagado en los la
bios sin curvas.
— ¿Ves algo? — preguntó el relincho del picazo.
— No, no se ve nada — contestó el tordillo.
Y echó a trotar, acompañándolos alambrado por medio. Trotó — con los ojos casi dolorosamente abiertos— hasta que los tres alambres de púa de
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la chacra lo detuvieron. Y desde allí los miró ale
jarse.
— No se ve nada; anda tranquilo — gritó muy fuerte.
El grito se explayó y se perdió en los campos.. . También se explayó y se perdió — horas más tarde, cerca del mediodía— el otro grito potente “ ¡Picazo!
¡Hermano! ¡La sombra!” , que lanzó el tordillo pa
ciente y avizor cuando el picazo y el patrón re
gresaban al galope corto.
El picazo había levantado las orejas.
— ¡La sombra! ¡Dale galope! — gritó el tordillo, que se ensangrentaba el pecho en los alambres de púa.
El picazo se abalanzó pero don Leopoldo sostuvo con firmeza las riendas.
— ¡Qué animal que está bravo! — exclamó.
— ¡Tenés que huir, hermano! — gritó el tordillo.
Otro balance del picazo y otra sofrenada.
— ¡Quieto, caramba! — masculló don Leopoldo y le bajó un rebencazo en la tabla del pescuezo.
— ¡La sombra! ¡La sombra! — repetía el relincho del tordillo.
Entonces el picazo cometió un delito en el que no había reincidido desde sus tiempos de redomón:
torció la boca y mordió una pierna del freno y abrió bien la boca — para que la curva del bocado no se le clavara en el paladar— y endureció la man
díbula y bajó la cabeza y emprendió una carrera desesperada.
— ¡Parate! ¡Parate, loco! — gritó don Leopoldo, tirando en vano de las riendas.
— ¡Dale, hermano! — azuzó el tordillo, también a la carrera del otro lado del alambrado— . ¡Dale!
¡Dale!
El camino encallado se interrumpía poco más allá de los eucaliptos, en la portera donde comen
zaba el campo de los López, cerrada siempre con anillo y cadena. Pero el picazo se proponía entrar a la estancia, atravesar la plazoleta, cruzar el patio grande, pasar por detrás del galpón y salir al pi
quete por la portera chica de al lado del bañadero, que Ramón nunca cerraba antes de la noche. Y una vez en el piquete, en su piquete, correría de una esquina a otra, de los eucaliptos a los sauces, o en diagonal, o siguiendo los cuatro alam brados... co
rrería largamente, infatigablemente, acompañado y ayudado por su amigo el tordillo, hasta cansar y re
legar a la sombra.
Ramón estaba barriendo el galpón; oyó el ruido y se asomó a la puerta y vio venir al caballo des
bocado.
— ¡Ataje! ¡Ataje! — le gritó don Leopoldo.
Ramón sólo atinó a abrazarse a la escoba.
El picazo dobló a toda carrera la esquina del gal
pón. Pero Ramón — sin duda temiendo alguna tra
vesura del ternerito de la rosilla— había cerrado la portera chica. Ya no tenía el jíobre picazo tiem
po para detenerse; apenas lo tuvo parg cerrar los ojos.
La porterita — de tablas: lapacho amarillo— sal
tó en pedazos. El caballo cayó y dio una vuelta en
tera sobre sí mismo. Don Leopoldo salió despedido hacia la derecha, y su cabeza fue a golpear con tremenda violencia contra el borde de cemento del bañadero.
— ¡Picazo! ¡Hermano! — llamaba el tordillo, que había orillado los eucaliptos y se acercaba al ga
lope tendido por el lado del pozo.
Llegó corriendo Ramón — siempre abrazado a la escoba— y miró a don Leopoldo y se detuvo como a una voz de mando.
— ¡Doña Margarita! — gritó.
Intentó incorporarse el picazo. Cayó de nuevo:
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tenía una paleta fracturada. Quedó con la cabeza levantada, quejándose. Vio o adivinó la enorme he
rida del patrón.
— ¡Por Dios, picazo! ¿Qué has hecho? — decía con temblores el tordillo, entreparándose a dos o tres metros del alambrado del corral.
— ¡Doña Margariiiiitaaaa! — aulló Ramón.
Y dejó caer la escoba y se quitó el sombrero y se arrodilló al lado de don Leopoldo, que se de
sangraba de bruces, inmóvil, y cuyas manos, como autónomas, arañaban débilmente la tierra mezcla
da con estiércol de ovejas.
— Dios mío, Dios mío — gemía el tordillo, aproxi
mándose al paso.
— ¿Qué sucede, Ramón? — se oyó acudir la voz de doña Margarita.
El picazo vio a la sombra doblar la esquina del galpón. Trató de cerrar los ojos pero no pudo.
— ¡Ay! — se dolió el tordillo— . Ay, ay. . .
Y los dos caballos vieron cómo la sombra alcan
zaba a don Leopoldo.
CRONICA POLICIAL
Ha y e n l a s o r i l l a s del pueblo viviendas que son mestizas de casita y rancho; — Lindoro Martínez vivía en una de ellas y hacia su domicilio se enca
minaba, bastante borracho, la noche de mi cuento.
La vivienda de Lindoro estaba en un terreno ba
jo, poco más allá de un zanjón a cuyo lado se er
guían y se doblaban dos grandes sauces llorones; la calle por la que el hombre iba — ancha y sin vere
das— tenía una pronunciada pendiente que apre
suraba sus pasos inseguros.
Aquella noche carecía (todavía) de luna, y por allí los faroles ralean y las piernas de Lindoro le estaban aún menos obedientes que en otras noches de excesivo vino tinto. Era, pues, casi esperable lo que pasó: Lindoro no acertó con la debida justeza las cuatro tablas angostas que servían de puente- cito sobre el zanjón. Se dice que los borrachos tie
nen Dios aparte; lo cierto es que éste, que pudo ha
berse desnucado, cayó como quien se sienta en la arena seca y muelle del fondo. — “ ¡Qué cosa!” , se dijo con el esbozo de una sonrisa; “ Tuve suerte. ..
flor de porrazo me pude dar” . “ Menos mal que hace días que no llueve” , se agregó después— . Trató de incorporarse, pero lo hizo sin decisión y, además,
le pesaba mucho el vino que tenía en el cuer
po. Como consecuencia o de regreso de su esfuer
zo, quedó acostado boca arriba. — “ Tas bien mamau, viejo Lindoro” , se informó. — “ Y lindo” , añadió, porque se sentía como acostado también en el bien
estar y el conformismo bonachón que el vino — aun el vino malo— produce en los hombres buenos. La noche, para completar, era hermosa y serena y casi tibia, y le traía a Lindoro el campo cercano y tam
bién el otro, el más lejano y libre en el que había nacido y se había criado. — “ Bien mamau y lindo” ,
— repitió, y el vino y la noche le cerraron los ojos.
Lindoro Martínez era alto y flaco, con un cuer
po débil y encorvado, como arrepentido de su al
tura. Lo único memorable del rostro residía en sus ojos: claros, pequeñitos, lím p id os... y que — aun
que sin vivacidad— se mostraban dos asombrosas pervivencias infantiles rodeadas de arrugas. Salía de él una voz liviana, casi de pájaro, y tenía en la cara y el cuerpo una vieja mansedumbre. Estaba ya casi blanco su bigote de paisano. . . Trabajaba de peón de albañil; el mate amargo, el truco y, so
bre todo, el vino tinto, hacían dócil y marchador el tiempo de sus días ociosos y sus horas libres. Dos hijas mozas poseía por toda familia y no era viudo, aunque alguna vez, y sin bromear o con broma muy tenue, llamaba a la que había sido su mujer “ la fi- nadita Elisa” . Su viudez le sobrevino una tarde, muchos años atrás, en la época en que trabajaba en el cementerio. Rememoraba siempre aquellos me
ses — casi un año redondo— con cierta nostalgia, porque el cementerio lo aplanaba, lo lastraba: fon
deaba en algo dulce e impersonal e inmóvil su hu
mildad deferente, daba peso y quizá sabor de ver
dad última a su idiosincrásica mansedumbre. Claro
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está que nada semejante había llegado a formular
se; . .a muchos no les gusta trabajar en el cemen
terio . . . a mí, sí. . . es lindo” , fue todo lo que pudo decir. Por entonces, además, las hijas eran chicas, y verlas, acariciarlas, jugar con ellas, aligeraba su corazón y lo hacía girar sobre sí mismo en movi
mientos de cachorro. . . Aquella tarde de verano regresó Lindoro al rancho donde vivía en aquel tiempo con el rojo sol “ en las últimas” : el cemen
terio queda lejos del pueblo y Lindoro caminaba des
pacio y se había retrasado más de la cuenta en la carnicería del turco Mustafá (traía en la mano, en
vuelta en diarios, carne para el asado). Al lado del rancho había una higuera petisa y frondosa; de
bajo de ella y sentados en banquitos retacones, Eli
sa y un vecino — joven, llamado Raúl— tomaban mate. Lindoro llegó contento.
— Güeñas — dijo con una sonrisa quieta— . Ta linda la tardecita, ¿verdá?
— Sí. . . linda — dijo Raúl.
— ¿Y las gurisas? — preguntó Lindoro a su mu
jer.
— Las mandé a lo de Ramona — contestó Elisa, y hubo en su voz una dureza que él no advirtió.
Lindoro sacó agua del pozo, se lavó, hizo fuego, puso el asado en la parrilla; después se acercó un banco al tronco de la higuera y se sentó y tendió la mano hacia el mate que le alargó su mujer.
— ¿Cómo va el trabajo, don Lindoro? — preguntó Raúl.
— Bien, nomás; tenemos más de sesenta nichos ter
minados.
— Ahí vienen las gurisas — anunció Elisa, fría
mente.
Las dos niñitas acudieron corriendo y besaron al padre y le preguntaron qué regalo les había traído.
Lindoro las abrazó y les explicó que nada había encontrado.
— Pero mañana les viá traer una cosa muy lin
da — agregó— , lindísima.
—Vayan ahora a jugar con lo que les trajo ayer
— ordenó Elisa.
— Ta bien; vayan — dijo Lindoro, y se levantó para arrimar brasas al asado— . Si no llueve, — dijo a Raúl, al volverse a sentar— vamos a tener como cien nichos prontos pa fin de mes.
Elisa lo miró con una curiosidad que se gastó al instante y le entregó el mate y la caldera.
— Dalo vuelta — dijo— ; nosotros no tomamos más.
Un rato estuvieron los tres sin hablar, como acallados por el lento atardecer, como si la delica
da y compleja labor que el retirarse de la luz rea
lizaba en torno a ellos les volviera inexistentes las palabras. Elisa y Raúl, muy serios, tenían el aire de estar esperando algo. Lindoro tomaba mate, vi
gilaba el asado, removía los carbones del brasero, miraba de cuando en cuando a las niñitas que ju gaban en las inmediaciones del pozo. Una noche tranquila se iba reuniendo sobre la orilla del pueblo;
decrecía en el follaje de la higuera el alboroto final de los gorriones. Era la hora que más le gustaba a Lindoro.
— Decile de una vez — ordenó Elisa a Raúl— . Oí, Lindoro — llamó.
Lindoro posó en ellos sus ojillos claros y since
ros. Raúl abrió la boca, vaciló, carraspeó.
— Bueno. .. — dijo.
— Decile. ¿O no te animás? — apremió Elisa.
— B u e n o ... — dijo Raúl— . Mire, don Lindoro:
Elisa y yo nos vamos a dir.
— ¿Cómo? — preguntó Lindoro sin entender nada.
— Elisa y yo nos vamos a dir — repitió casi dele
treando Raúl— . Ella me quiere y yo la quiero
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— agregó más rápidamente— . Usté sabrá disculpar...
Lindoro comenzó a ponerse de pie; y como era muy alto y el asombro lo tironeaba hacia abajo, de
moró mucho. El mate cayó de su mano y quedó jun
to a las patas del brasero. Elisa y Raúl siguieron sentados.
— P ero. . . p e . . . r o . . . hermano — balbuceó Lin
doro.
— Son cosas.. . cosas que pasan — dijo Raúl.
— No te vamos a engañar, Lindoro; ¿pa qué? — di
jo Elisa— . Vos sos buenazo pero yo lo quiero a Raúl.
Lindoro se sentó muy lentamente y recobró el mate.
— ¿Y las gurisas? — preguntó a Elisa mientras se enderezaba.
— Te las dejo. Nos vamos a dir pa otro pueblo.
— P e r o ... h erm ano... — dijo Lindoro a Raúl— . Esta mujer no te conviene. . . Es geniosa. . . mayor que v o s ... Y no es ayudadora, yo te digo.
— Son co sa s... ¿no halla? — dijo Raúl.
— ¿Y qué hago yo con las gurisas? — preguntó Lindoro sin dirigirse en particular a ninguno de los dos.
— Vos sabrás — dijo Elisa— . Críalas. Te garanto que son tuyas.
Y se puso de pie y pronunció en voz demasiado alta:
— Yo ya tengo la ropa pronta.
Y entró al rancho y salió en seguida con una va
lija reluciente de nueva y un atado.
— Pero Elisa.. . — intentó Lindoro.
— Adiós, Lindoro — lo interrumpió ella.
— Usté sabrá disculpar — dijo Raúl.
— Y güeno. . . — aceptó Lindoro.
Elisa y Raúl salieron a la calle. La mujer se de
tuvo y volvió la cabeza para mirar a sus hijas;
después entregó la valija a Raúl y ambos siguieron caminando. Habrían andado unos quince o veinte metros cuando Lindoro los llamó:
— ¡Eh!, paren. L’asadito va’estar pronto. No se van a dir sin comer. Coman primero. . . dispués se van.
Y así se hizo. Comieron los tres — “ hablando bo
badas” , como contó alguna vez Lindoro— y luego nuestro hombre enviudó.
Un ladrido — un ladrido corto y áspero de pe
rro grande— despertó a Lindoro. Tardó el viejo un instante en saber dónde se encontraba y por qué.
Recordó la caída y sonrió con mansedumbre. “ Tuve suerte” , se dijo y, agradecidamente, volvió a sonreír.
Había dormido un par de horas; del vino le res
taba sólo una especie de cansancio agradable que le borroneaba el cuerpo. Estaba lúcido y tal vez feliz.
Hermosa, serena y tibia seguía la noche, que tenía ahora, para mayor amistad, un gran pedazo de lu
na colocado en el medio de los sauces. Ta lindo pa seguir durmiendo aquí — pensó— ; lástima que ma
ñana las gurisas. . . Otro ladrido lo interrumpió.
Ladeó la cabeza y vio, muy cerca, no un perro sino un hombre; un hombre alto, emponchado con un poncho negro, parado en el fondo del zanjón. No podía verle bien la cara; el hombre, por otra parte, se la cubría a medias, porque tenía las manos junto a la boca. La luz de la luna caía de lleno sobre él.
Otro ladrido; ahora largo, impaciente. ¡Era él quien ladraba! Pero Lindoro se asombró, en un primer momento, más de que usara poncho en una noche como aquélla que de verlo allí y oírlo ladrar. La luz de la luna lo golpeaba y resbalaba hacia el sue
lo, de un modo poco menos que líquido, por los am-
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plios pliegues del poncho. Apenas inquietado y casi divertido, Lindoro lo oyó ladrar de nuevo; lo hacía bien, era hábil con su garganta y sus manos el em
ponchado. ¡Qué raro! ¿Será un lobizón? Pero hoy no es viernes, no. Y los lobizones, yo creo . . . Otro ladrido. Esta vez sintió un poco de miedo y de frío.
Un lobizón tal vez no, p ero . . . Su pensamiento se enredó y él renunció a seguirlo y quedó quieto, es
perando, curioso, deseando no sentir el temor y el leve frío que sentía. Esperó así hasta que oyó a una voz preguntar “ ¿Dónde estás, José?” y reconoció la voz de su hija Luisa.
— Aquí — dijo el emponchado— . Vení.
Lindoro vio a una sombra que era su hija de
jarse caer dentro del zanjón, vio cómo el empon
chado la sostenía y la abrazaba. Cerró los ojos con fuerza, pero no pudo impedirse oir:
— Papá no ha venido todavía, José. Andate y volvé más tarde.
— No; besame.
— Andate. Tengo miedo.
— Besame, te digo.
— Bueno, sí. . . Pero andate; volvés dentro de un rato. Solíame.
— No te preocupés por el viejo. Estará mamado en algún boliche.
— No hablés así, José.
— Digo, nomás. . . o truqueando. Besame fuerte.
— Solíame, querido. No seas malo.
— No. ¡Qué ganas te tengo!
— Pero p a p á ...
— Olvídate del viejo. ¿O ya no me querés?
— Te quiero, vos sabés. Pero tengo miedo. . . y no me gusta tener nada cuando estoy contigo.
— Olvídate, entonces.
— ¡Soy tan como soy cuando estoy contigo! Y no me gusta tener. . .
— Besame. . . Tenés mucha ropa. . . ¿cómo se des
prende esto?
— Si me dejás ahora te prometo que luego vengo con poquita ropa.
— No; luego vuelvo, sí, y lo hacemos otra vez.
Ayúdame a desprender. . . ya está. Decí que me querés.
— Te quiero, José.
— Vení; dame.
— Me hacés doler.
— Dejame besarte; dame.
— ¡Ay!, no me muerdas.
— Vení; acostate.
Entrevio Lindoro, queriendo no mirar, cómo el emponchado se quitaba el poncho y lo tendía en la arena y cómo los amantes se abatían en él y se abrazaban. Tuvo que taparse los ojos con el ante
brazo. Oyó todo lo que siguió. Oyó después:
— Hasta luego, mi vida. Ayúdame a subir.
— Hasta luego. Vení luego con poca ropa.
— Sí. No ladrés más que una vez, que voy a estar despierta. Fíjate si papá está en el boliche de don Leoncio.
— Bueno.
— ¿Me querés?
— Sí. Decí vos que me querés.
— Te quiero, José.
Lindoro continuó inmóvil, lúcido, amargo, triste, vacío. Esta gurisa. . . ¡qué barbaridad!. . . Debe Ser José Flores, pensaba. Otras cosas quiso pensar, pero los pensamientos se le escurrían y se le fugaban y se le cambiaban en imágenes, caras (algunas muy aniñadas, de antigua data), gestos, voces, palabras de su hija Luisa, y en seguida, cíclicamente volvía a Esta gurisa. . . ¡qué barbaridad! y a veces también a la creciente certeza José Flores, en fija . . . Al fin se incorporó y echó a caminar por el zanjón. Vio
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en la arena el bulto oscuro del poncho — arrollado y doblado— y se detuvo y lo tocó con el pie. Buscó y encontró luego un lugar poco escarpado para salir del zanjón y se dirigió a su casita-rancho. Pero no llegó a abrir la puerta: permaneció frente a ella, vacilando, hablándose con silenciosos movimientos de labios, descubriendo poco a poco lo que tenía que hacer. . . o, mejor dicho, cómo hacer lo que debía hacer. Después volvió sobre sus pasos y rumbeó
— encorvado, lento— hacia la luz que, dos cuadras más arriba, salía de la puerta esquinera del bar irLos Dos Amigos” .
Don Leoncio — un pardo de motas estiradas y canosas— había sido milico ( “ de polecía, no de cuartel” , que así aclaraba) antes de constituirse en propietario único y único despachante del bar que inextricablemente bautizó “ Los Dos Amigos” . En sus tiempos de milico, los superiores — por alguna razón que no razonaban y que resulta inaveriguable— lo destinaban casi siempre al servicio nocturno. Había quedado como enviciado de noche, y ahora no ce
rraba su negocio antes de la madrugada, aun en las semanas más crudas del invierno y aunque los parroquianos le desertaran y lo dejaran solo; y se contaba también entre los que acompañaban hasta el amanecer en los velorios. . . Era estimado, ser
vicial, infatigable jugador de truco, muy “propasa
do” con las mujeres, experto en lidiar borrachos.
Sabía dar fiado y hasta olvidar una cuenta chica.
Escuchaba siempre con una atención cuidadosa, na
da servil pero henchida de un asentimiento dili
gente, de un completo acuerdo de antemano, a los trasnochadores que lo ayudaban a trasnochar. Con esa atención había escuchado dos o tres frases — un
poco desganadas, por cierto— de José Flores. Y es
taba diciendo:
— Tenés razón, muchacho, tenés razón.
En la otra punta del mostrador, un negro viejí
simo, chiquito, emponchado con un poncho que al
guna vez fue blanco, ensombrerado hasta los ojos, borracho a más no poder, le tartajeaba fragmentos de su autobiografía a un jarro celeste — un jarro como de cuarto litro y con cicatrices y abollones, que don Leoncio había llenado repetidas veces de vino aquella noche y que el negro inveteradamente llevaba consigo a los mostradores “ pa que naides tome ande tomo yo” .
— Y o. . . hermano. . . supe tener. .. cuando la del noventa y siete. . . un caballo doradillo.. . qu’era un caballo’e baraja — decía en ese momento.
Don Leoncio vio entrar a Lindoro.
— Volviste, viejo — dijo con complacencia y con leve asombro— . Calculaba que te habías ido a dor
mir.
— No — mintió Lindoro mirando a José Flores, que cabeceó un breve saludo y desvió los ojos— ; había salido a dar una güelta pa refrescarme un po
co, nomás. Juí pal centro — inventó, desplazando la mirada hacia la semisonrisa de don Leoncio— ; tuve en el café del ruso Mauricio. . . El escribano y el funebrero — prosiguió con una facundia súbita y liberal— taban desafiados al billar y me pusie
ron de apuntador; ganó el funebrero como por tres rayas. . . Taba también, de mirón, mi tocayo el mo
reno Martínez — siguió inventando, como en cues
ta abajo— , que le mandó recuerdos. . . Sírvame un tintillo, haga el bien.
— Gracias; apreciados — dijo don Leoncio, y en seguida llenó de vino un vaso grande.
— . . .y el coronel. . . me decía. . . que naides sa
bía . . . asar las achuras. . . sin redetirles la grasi- 33
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ta. . . como se las asaba y o .. . — le confiaba el negro a su jarro exclusivo.
Lindoro miró a José Flores — un mozo fuerte, des
carnado y huesudo, de evidente carga nerviosa y, en contraste, ojos esquivamente velados. Estaba aco
dado en el mostrador, ensimismado, ido (aunque ha
bía sonreído con sonrisa clandestina al oir a Lin
doro contar sus andanzas), con las manos descan
sando y como dormidas en el estaño, a ambos lados de una copa de ginebra. Pese a que no era del ba
rrio, Lindoro lo conocía bastante bien, porque el mozo era alguien y el pueblo es chico; sabía que tra
bajaba de encargado o capataz en una sección del aserradero; sabía que las opiniones sobre él no eran unánimes, con innegable predominio de las favora
bles; sabía que vivía con sus padres — buena gen
te— en el rumbo del parque. . . El mozo, que sintió la mirada del viejo, miró a su vez a Lindoro con algo que podía ser simpatía. Este vació a grandes sorbos su vaso y pidió:
— Otro, don Leoncio; haga el bien.
— ¿Y cómo anda? — preguntó José Flores a Lin
doro, sin interrogación.
Juntó voz el viejo, mientras sostenía el vaso que don Leoncio volvía a llenar.
— No tan bien como vos — dijo después— ; pero no me importa, porque la finadita mi madre no jue una puta como es la tuya.
El mozo parpadeó; un estremecimiento movió sus manos junto a la copa de ginebra, sobre la opaci
dad inmóvil del estaño.
— ¡Lindoro!. . . ¿estás loco? — exclamó don Leon
cio.
— Perdone — dijo Leoncio con extremadísima cor
tesía— ; no quiero faltar a la casa. . . Pero pa puta la madre d’éste, y pa embrollón y embustero el padre.
— ¡Lindoro! — llamó al orden don Leoncio.
— Mire, don Lindoro — dijo el mozo con voz pa
ciente y contenida— : no quiero tener nada con usté; si está mamado, váyase a dormir. . . es lo me
jor.
— Toy más fresco que vos, sabandija.
— ¡Lindoro! — amonestó don Leoncio.
— Perdone, don Leoncio, perdone — se inclinó, re
verente, Lindoro.
Y alzó el vaso lleno de vino y bebió hasta la mi
tad y quedó con él en la mano, mirándolo.
— Vos nunca provocás a nadie — dijo don Leon
cio— . Este muchacho no te ha hecho nada.. . An
date a dormir, haceme el favor.
— No; no me voy — dijo Lindoro, siempre con el vaso en la mano— . Y perdone; no lo tome a mal;
yo decía, nomás. . . Pero gente podrida los Flores.
— ¡Lindoro, carajo!
— Mire, don Lindoro: le va’pesar — amenazó José Flores.
— ¡Ahá! — exclamó Lindoro casi con alegría.
Y le arrojó a la cara el vino que había dejado en el vaso y lo embistió. El mozo saltó hacia atrás.
Lindoro (que ni siquiera levantó los brazos) reci
bió en el pecho dos puñetazos, no muy fuertes, que lo detuvieron, y tras ellos un empujón que lo hizo tras
tabillar; cayó sentado cerca de la otra punta del mostrador, más allá de los vidrios del vaso roto, ca
si al lado del negro.
— ¡Epa! — dijo el negro— . ¡Presente mi general!...
Los salvajes tan tirando con bala. Aquí hay un caído.
Don Leoncio, que había gritado en vano “ ¡No le pegués, Flores!” , pasó al lado de afuera del mostra
dor y tomó de un brazo a Lindoro, al tiempo en que éste se ponía de pie.
— Andate; andate en seguida — ordenó a José Flo
res.
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Pero Lindoro empujó a don Leoncio y logró de
sasirse de él y embistió de nuevo al mozo, que es
taba ya a un paso de la puerta. Lo embistió casi poniendo la cara, sin levantar ni adelantar los bra
zos. Flores lo contuvo con la mano izquierda y le asestó en el rostro un puñetazo de derecha, fuerte, de abajo a arriba. Lindoro no cayó porque don Leon
cio alcanzó a sostenerlo.
— El se la buscó — dijo José Flores, no sin cierta resignación, y salió.
— Pa traicioneros los salva. . . — comenzó el ne
gro.
— ¡Calíate, negro cargoso! — bramó don Leoncio, que sentaba a Lindoro en una silla.
— ¡Hip! — exclamó el negro y pretendió cuadrar
se, pero casi se fue al suelo y tuvo que apoyarse en la pared.
Lindoro estaba mareado y sangraba por la nariz.
Don Leoncio lo acomodó en la silla, pasó al otro la
do del mostrador y desapareció por una puerta la
teral. Iba a buscar una palangana con agua y una toalla. Demoró: se vio obligado a encender el farol y a sacar agua del pozo. . . y a veces no se encuentra con facilidad una toalla limpia. Cuando reapareció, toalla y palangana en mano, no vio a Lindoro. Que
dó no sabiendo qué hacer con lo que traía, y menos aún con la pregunta: “ ¿Por qué te hiciste pegar, viejo?” , que venía como estorbándole en la boca.
Aquí terminan los que desde el principio consi
deré los hechos a contar de este cuento. Pero que
da en pie una pregunta, y tanto don Leoncio co
mo nosotros debemos conocer la respuesta. Un pe
riodista la escribió sin saberlo: en la columna ti
tu la d a Cr ó n ic a p o l ic ia l, e l p e r ió d ic o d e l p u e b lo p u b lic ó d os días d e sp u és esta lín e a r e v e la d o r a : La policía urbana remitió a Lindoro Martínez — orien
tal, casado, 59 años, jornalero— p o r castigar a una hija en la vía pública.