El niño que se convirtió en Rey Mago
de Marta Querol ©É
rase una vez un niño que vivía en una gran ciudad. Nico, que así se llamaba, tenía siete años, y todos los días se levantaba, desayunaba un buen vaso de leche con chocolate y galletas, se lavaba, se vestía y caminaba hasta el cole con su padre. Tenía una hermanita, pero como aún era pequeña, no le acompañaba al colegio.Estaban cerca de las fiestas de Navidad, así que de camino al colegio pensaba en qué les pediría a los Reyes Magos. Cada vez que pasaba frente a un escaparate, se paraba a mirar, soñando con el día en el que, al levantarse, encontraría la casa llena de regalos.
Bueno, eso si se los traían, porque muy bien, muy bien, lo que se dice, muy bien, no se había portado. Recordaba el día en que su hermana pequeña se había puesto a llorar, y sus padres, como locos, se habían desesperado buscando el chupete que él había escondido en el tarro de la harina. ¡Cómo se había reído! Pero claro, a sus padres no les había hecho ninguna gracia, y a su hermanita tampoco, que había acabado agotada de tanto llorar. En fin, mejor no pensar en eso. Tampoco era tan malo, sólo un poco trasto, como decía su madre.
Al volver del colegio, le dejaban ver un ratito la televisión, aunque menudos rollos hacían. A él le gustaban los dibujos, y siempre conseguía encontrar alguna cadena en que los repitieran. Uno de esos días, mientras veía la tele, comenzó a escribir su carta a los Reyes Magos. ¡La de cosas que les iba a pedir! Tomó boli y el papel, y empezó: “Queridos Reyes Magos:…” Pero algo le llamó la atención en la pantalla. Un niño de grandes ojos negros y piel café con leche lo miraba con curiosidad.
Nico soltó el boli, y se giró. Tal vez miraba a otra persona detrás de él. ¡Pero qué tonterías estaba diciendo! Los niños de la tele no miran a los que están fuera de la tele. Y sin embargo, aquel niño le observaba, no cabía ninguna duda.
El pequeño Nico, tragó saliva, paralizado, sin saber qué hacer, hasta que al final se decidió:
―Hola ―le dijo Nico al niño de la tele―. ¿Por qué me miras?
―No sé ―le contestó aquél pequeño ser del otro lado de la pantalla―. Nunca había visto a alguien como tú.
―¿Cómo yo? ―se extrañó Nico. ―Sí, eres raro.
―¿Yo, soy raro? ―contestó Nico, incómodo―. ¡Qué va! Yo no soy raro.
―Sí, sí. Tienes la cara blanca, con manchitas, como una torta de maíz. Y tu pelo está chafao.
―¡Anda chafao’! ¡Venga yaaaa! Tú sí que eres raro. ¡Pero si pareces una chocolatina con rizos! ―se rió Nico.
―Pues aquí somos todos así. ¿A ese lado de la ventana sois todos como tortas de maíz?
―Y qué pesado con lo de las tortas de maíz. No, aquí cada uno es de una manera, o eso me parece a mí. Pero ¿dónde estás? ¿Estás metido en mi tele? ―Nico se levantó corriendo y se fue a mirar detrásdel televisor por si había una puerta secreta que no había descubierto hasta entonces, pero allí no había nada.
―No sé qué es una tele. Yo te veo por una ventana, y debes estar muy lejos, porque lo que veo no se parece en nada a lo de aquí. Esto es Uganda, un país de África. ¿Sabes por donde está África?
―África…, errr, por ahí abajo, ¿no? Muy abaaajo, muy abaaajo… ―Algo así, creo ―le contestó el niño.
―¿Y cómo te llamas? Yo me llamo Nico.
―Me llamo Wad, y vivo en un pueblo pequeñito, en Karamoja, y…
En ese momento Nico oyó a su madre llamándole para cenar. Era la tercera vez que le llamaba, pero absorto con su nuevo amigo no la había oído.
―¡Ay va! ¡Mi madre! Me tengo que ir, es la hora de la cena.¿Sales todos los días en la tele?
―No lo sé. Ya te he dicho que no sé qué es una tele.
―Bueno, es igual, mañana te espero aquí otra vez, estés donde estés. Y salió corriendo hacia la cocina donde su madre le esperaba. ―¡Tres veces te he llamado! ¿Te has lavado las manos?
―Err… sí mamá ―se puso colorado porque no le había dado tiempo. Y claro, las madres son adivinas y esas cosas las saben.
―Ya… y esas pintitas azules de boli ¿Qué son? ¡Corre a lavártelas!
Mira que se lo imaginaba que no iba a colar… Volvió con las manos limpias, y no muy seguro sobre si debía contarle a su madre lo que había pasado.
―Mamá… ―comenzó.
―¿Qué? ―le respondió mientras le ponía la sopa.
―¿Cómo? ―su madre dejó el cazó y lo miró abriendo mucho los ojos―. ¡Por ningún sitio! Son imágenes que se filman y que llegan por un cable. Como la voz que escuchas en los teléfonos, y dentro del teléfono no hay ningún señor ―sonrió. Este Nico... Tenía cada ocurrencia―. ¿Por qué lo preguntas, Nico?
―Es que…, hoy he visto a un niño…, dentro del aparato… Y decía que estaba en África.
―Pues sería un programa filmado allí ―le respondió, dejándole la tortilla junto al plato de sopa.
Nico se durmió pensando en su nuevo amigo. Le intrigaba lo que hacía allí, y quería saber muchas cosas. Al día siguiente, nada más volver del colegio se fue a la tele. La música de los dibujos animados llenó la sala, pero no había ni rastro de Wad. Qué pena, tenía muchas preguntas que hacerle. Pero de momento, lo que tenía que hacer era terminar su carta a los Reyes Magos.
No llevaba ni tres líneas cuando de nuevo, mirándole fijamente, apareció Wad tras el cristal.
―¡Hola! ―saludó Nico feliz― Creí que me ibas a dejar plantado. Ayer es que me tuve que ir a cenar, porque ya era muy tarde.
―¿A cenar? ¿Y eso qué es? Nico lo miró perplejo.
―¿Cómo que qué es? Pues eso, cenar. Lo que te ponen para comer por la noche. ―Ah, que coméis por la noche.
―¿Estás tonto? Claro que no. Comemos al levantarnos, a mediodía, y por la noche. Bueno, y el almuercito y la merienda, y con un poco de suerte puede caer alguna chuche. ¿Tú no comes de noche?
―Pues que suerte tienes. Aquí comemos una vez al día. No hay mucho, sabes, y nos lo dan a media mañana.
―¿Y ya está? ―Nico no se lo podía creer. Sintió un crujido en su tripa sólo de pensarlo―. ¿Y no pasas hambre?
―Pues sí, pero me tengo que aguantar. Es lo que hay.
―Se me ocurre una idea ¿Por qué no le pides a los Reyes Magos que te lleven comida? Yo les voy a pedir una Play, y una bici, y…
―¿Los Reyes Magos? ¿Quiénes son?
―Claro, a ti no te los han presentado. Pero se les escribe una carta, y te traen cosas. ―Ya, pero no tengo papel ni boli. Y aquí no hay buzones.
―La ceeenaaaa ―se oyó desde el fondo del pasillo. ―Sí, ya sé, te toca la comida de la noche.
―Pues eso ―respondió Nico un poquito incómodo―. ¿Mañana a la misma hora? ―apoyó su mano en la pantalla del televisor, y Wad juntó su palma con la suya, sonriendo. Los dos sintieron el cosquilleo de sus dedos, cómo si traspasaran la pantalla.
―Mañana a la misma hora.
Esta vez Nico fue a lavarse las manos antes de que su madre le riñera, y se sentó pensativo a la mesa.
―Mamá ¿en África comen una vez al día?
―Bueno, no en toda África. Hay sitios en los que sí, y sitios en los que no. Pero no hace falta irse a África. Aquí también hay gente que lo pasa muy mal. Somos afortunados, Nico.
Nico seguía pensativo.
―¿Y si yo quiero que un niño de allí, coma igual que yo? ―Uf, eso es muy difícil, pero siempre hay formas de ayudar.
―Es que no tienen papel ni boli, y no le pueden escribir la carta a los Reyes Magos. ―¿Y tú cómo lo sabes?
―Me lo ha dicho… ―Nico se quedó cortado. Si se lo decía, seguro que no le creería―. Un amigo que es de allí.
―Así que tienes amigos de África… ―reflexionó su madre observándolo.
―Es que es un amigo nuevo. Se llama Wad y nació en un pueblecito de Uganda. Me gustaría ayudarle, pero no sé cómo.
―Bueno, lo único que se me ocurre es que escribas tú la carta por él. Pero piensa en lo que realmente necesita y ten en cuenta que los Reyes sólo aceptan una carta por niño.
Jolines, menudo lío. Porque si escribía la carta por Wad, no podría escribir la suya, y si escribía la suya, no ayudaría a Wad. Vaya problema. Era como si dos vocecitas le dijeran lo que hacer, pero cada una hacia un lado.
Esa noche le costó dormirse. Pero al levantarse, Nico lo vio claro. Wad lo necesitaba más que él, así que primero pondría lo de su nuevo amigo, y luego, al final, pondría alguna cosa para sí mismo, pero poquitas para no abusar. Terminó de escribir la carta en el patio, y aprovechó para contarles a sus amigos lo que había descubierto dentro de su televisión. Todos lo miraron boquiabiertos, algunos incrédulos, pero él les insistió en que lo comprobaran.
Nico siguió viéndose con Wad, todas las tardes después de terminar el colegio. Incluso averiguó su dirección. El resto de sus amigos también descubrieron a otros niños en sus televisores. Pero no eran Wad. Resultó que cada uno tenía un nombre diferente, y vivía en un país diferente, pero todos necesitaban de su ayuda. La noticia se fue extendiendo por el colegio, aunque solo entre los niños. Era como una brisa que recorría los pasillos entrando en las aulas, tocándoles en el hombro para que hicieran algo.
Llegaron las vacaciones, y con ellas el esperado día de Reyes. Nico estaba nervioso. No sabía que le daba más emoción, si ver lo que le habían traído a él, o ver si había
conseguido que le llevaran algo a Wad. Corrió al salón, y para su sorpresa, estaban todos los regalos que él había pedido. Por un momento se entristeció. Si le habían traído tantas cosas es que a Wad no le habían traído nada. Pero delante de sus regalos había una carta con una corona dorada. En la carta sólo ponía: “Enciende la tele”.
La encendió, y vio como desde el cielo caían enormes fardos sujetos con paracaídas. Algunos ya habían llegado a tierra, y hombres y mujeres se dedicaban a abrirlos, sacando y ordenando su contenido.
Allí había de todo, leche en polvo, latas de atún, verduras, legumbres... ¡Parecía un supermercado! A los padres de Wad acababan de darles su paquete, y Wad corrió hacia la pantalla. Nico no lo sabía, pero imaginó que en el resto de casas de sus amigos estaría pasando exactamente lo mismo.
―¡Lo han hecho! ¡Lo han hecho! ―gritaba emocionado Nico, mientras daba saltos frente al televisor― Te lo dije, Wad ¡Te dije que los Reyes Magos te ayudarían!
Wad lo miró sonriente, y le respondió.
―Yo no sabía quiénes eran los Reyes Magos hasta que te conocí y te preocupaste por mí. TÚ has sido mi Rey Mago.
Y ese día, Nico y todos sus amigos aprendieron que, con amor y generosidad, ellos mismos podían convertirse, al menos por unos instantes, en unos auténticos Reyes Magos para alguien que lo necesitara. Wad no volvió a aparecer en la tele de Nico, pero Nico nunca más esperó a que otros ayudaran, si él podía hacerlo también. Y colorín colorado, este cuento, se ha acabado.