• No se han encontrado resultados

La moral y la espiritualidad Realidades inseparables en seguimiento a Cristo

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "La moral y la espiritualidad Realidades inseparables en seguimiento a Cristo"

Copied!
88
0
0

Texto completo

(1)

SEGUIMIENTO A CRISTO

FR. RICARDO LUIS FLORES VILLANUEVA OCD

Trabajo de grado para optar por el título de Bachiller en Teología

Tutora: María Isabel Gil Espinosa

PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA Facultad de Teología

Bogotá, D.C. 2015

(2)

DEDICATORIA

A mis hermanos y hermanas de la Orden del Carmelo Descalzo, con quienes vamos tras las huellas de Jesucristo.

(3)

Tabla de contenido

INTRODUCCIÓN ... 4

CAPÍTULO I ... 6

MORAL Y ESPIRITUALIDAD: SU SEPARACIÓN COMO PROBLEMA EN EL SEGUIMIENTO A CRISTO ... 6

1.1. Aproximación a los términos: moral y espiritualidad ... 6

1.1.1. La moral cristiana ... 6

1.1.2. La espiritualidad cristiana ... 10

1.2. Algunas causas que llevaron a la separación entre moral y espiritualidad ... 14

1.3 Consecuencias de la separación entre moral y espiritualidad para la vida cristiana ... 18

CAPÍTULO II ... 23

MORAL Y ESPIRITUALIDAD: DOS REALIDADES INSEPARABLES EN UNA VIDA AUTÉNTICAMENTE CRISTIANA ... 23

2.1. En el Nuevo Testamento ... 24

2.2. Vida moral y vida espiritual en los Padres de la Iglesia ... 38

2.3. En el Concilio Vaticano II ... 44

CAPÍTULO III ... 53

UNIDAD ENTRE MORAL Y ESPIRITUALIDAD EN EL SEGUIMIENTO DE CRISTO: UNA APROXIMACIÓN DESDE SANTA TERESA DE JESÚS Y LAS ORIENTACIONES DE VATICANO II ... 53

3.1. A la luz de Santa Teresa de Jesús ... 53

3.2. A partir de las orientaciones de Vaticano II ... 66

(4)

INTRODUCCIÓN

En este proyecto de investigación nos plantearemos, la separación entre moral y espiritualidad, como problema que tiene serias consecuencias en el seguimiento a Cristo, que dicho en otras palabras tiene importantes implicaciones para la vida cristiana en general. Por esta razón, la pregunta que será transversal a este proyecto de investigación será ¿Por qué la importancia de la unidad entre la moral y la espiritualidad en el seguimiento a Cristo?

Para intentar responder a esta pregunta, intentaremos, en el primer capítulo, mostrar cómo la separación entre moral y espiritualidad es un problema que tiene serias consecuencias para la vida cristiana. En este capítulo, intentaremos explicar los términos de moral y espiritualidad. En un segundo momento, intentaremos explicar algunas causas que llevaron a la separación entre moral y espiritualidad; y por último, presentaremos algunas consecuencias de esta separación, en la experiencia de fe y seguimiento a Cristo.

En el segundo capítulo trataremos de presentar, a partir del Nuevo Testamento, los Padres de la Iglesia y el Concilio Vaticano II, los fundamentos teológicos a partir de los cuales podemos afirmar que estas dos realidades no se pueden comprender ni vivir como compartimentos estancos, es decir, como realidades aisladas la una de la otra.

Finalmente, en el tercer capítulo, a la luz de Santa Teresa y de las orientaciones del Concilio Vaticano II, nos proponemos presentar algunas pautas que pueden ayudarnos en este intento de buscar una convergencia entre moral y espiritualidad. Al finalizar este proyecto, trataremos de ver cómo poner por obra, de cómo hacer realidad en nuestro vivir como cristianos la unidad de la moral y la espiritualidad en el camino del seguimiento a Cristo, para así responder a la pregunta, que se ha planteado yha atravesado ya todo nuestro trabajo. Y en el marco del V centenario

(5)

del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia; y como hijo de esta santa mística carmelita lo que corre por mis venas es efectivamente esta espiritualidad teresiana y por lo tanto es lo que aportaría a la Iglesia; me sirvo de esta reconocida Santa, para decir y justificar sin miedo alguno que moral y espiritualidad convergen en la seguimiento a Cristo. Su vida espiritual desembocó en una moral concreta, y vive una moral redimensionada por la espiritualidad. Y finalmente en esta misma línea de cómo el cristiano tiene que encarnar y vivir la unidad entre moral y espiritualidad en el seguimiento a Cristo traeré nuevamente las orientaciones del Concilio Vaticano II como propuesta de una realización auténtica.

Al finalizar esta introducción, pongo en claro, que con el presente trabajo no tengo la intención de hacer un análisis detallado de términos, de adentrarme en exégesis, etc., porque sería cosa de una única investigación; más bien lo que pretendo es de dar una mirada concreta y general para responder a la pregunta que nos lanza y además atraviesa nuestra investigación y que exige evidentemente una respuesta; al final del trabajo creo que podremos tener elementos suficientes para responder a nuestra pregunta que será el hilo conductor de esta investigación.

(6)

CAPÍTULO I

MORAL Y ESPIRITUALIDAD: SU SEPARACIÓN COMO PROBLEMA EN EL SEGUIMIENTO A CRISTO

En este primer capítulo intentaremos, en primer lugar, explicar brevemente lo que estamos comprendiendo por moral y por espiritualidad. En un segundo momento trataremos de hacer una aproximación a las causas que llevaron a comprender y vivir la moral y la espiritualidad como dos realidades separadas; finalmente, intentaremos presentar algunas consecuencias y problemas que tal separación presenta al seguimiento de Jesús.

1.1. Aproximación a los términos: moral y espiritualidad

Antes de iniciar el desarrollo de este primer capítulo, consideramos que es importante presentar lo que estamos comprendiendo por moral y por espiritualidad. La razón es que, aunque estos términos los manejamos cotidianamente, parece que no siempre está claro su sentido y significado.

1.1.1. La moral cristiana

Es importante que empiece poniendo en consideración que en nuestros días empleamos las palabras ética y moral sin mayor distinción1. Siendo así, la palabra ética, procede del griego ethos, y tiene dos significados: el primero denota residencia, morada, lugar donde se habita; luego, gradualmente, se pasa de una comprensión de un lugar exterior (país o casa) al lugar interior (actitud). Así, en la

(7)

tradición aristotélica llega a significar modo de ser y carácter, pero no en el sentido pasivo de temperamento como estructura psicológica, sino en un modo de ser que se va adquiriendo e incorporando a la propia existencia. El segundo significado de ethos es hábito, costumbre. Sin embargo, en el paso del griego al latín se debilitó uno de sus significados, ya que en latín sólo existe una palabra para expresar los dos significados de ethos: este término es mos2, en plural, mores, de donde viene la palabra moral y significa costumbre.

Para Juan Pablo II, la moral es:

(…) una reflexión científica sobre el Evangelio como don y mandamiento de vida nueva, sobre la vida según la verdad en el amor, sobre la vida de santidad de la Iglesia, o sea, sobre la vida en la cual resplandece la verdad del bien llevado hasta la perfección3.

En este sentido, se entiende también a la moral cristiana como el hogar del ser humano, ya que propone el universo de sentidos, de ideales y de valores que hacen posible y viable, es decir, habitable para todos y cada uno, la condición humana en la sociedad4.

La moral cristiana es entonces una tarea, un quehacer, el crisol del carácter que permite enfrentar la vida con altura humana. Por consiguiente, la moral cristiana es una propuesta a partir del Evangelio, de un estilo de vida, individual y societal, que busca la auténtica realización, humana y humanizante de la persona en sociedad o de una sociedad conformada por sujetos5.

2 Santo Tomás de Aquino explica que mos puede significar dos cosas: unas veces tiene el significado de

costumbre (...); otras significa una inclinación natural o cuasi natural a hacer algo (...). Para esta doble significación en latín hay una sola palabra; pero en griego tiene dos vocablos distintos, pues ethos, que traducimos por costumbre, unas veces tiene su primera letra larga y se escribe con eta, y otras la tiene breve y se escribe con épsilon. (Ver. Mifsud, Una fe comprometida con la vida, 7).

3 Juan Pablo II. Veritatis Splendor, 110.

4 Ver. Vidal, Marciano. Nueva Moral Fundamental: el hogar teológico de la Ética. Bilbao: Desclée de Brouwer,

2000, 13.

(8)

Es así, que la moral cristiana tiene indudablemente en la Trinidad no sólo su paradigma de comportamiento sino también, y sobre todo, el fundamento del obrar moral6. La moral cristiana debe ser entendida y vivida como una orientación radicalmente cristocéntrica, la vida moral cristiana debe estar regida por el Espíritu7. Por ello dice bellamente Billy, que: “la vida moral del cristiano ha de contar con la mística a la hora de plantear y de solucionar los interrogantes de la existencia cristiana”8. En este mismo sentido Juan Pablo II, considera que: “la reflexión moral de la Iglesia, ha de estar hecha siempre a la luz de Cristo, el Maestro Bueno”9, porque él es evidentemente el modo cómo Dios nos piensa.

Por lo tanto, el objeto de la moral cristiana es el comportamiento humano responsable, en cuanto orientado hacia el bien y “considerado a la luz de la revelación y de la fe”10. La teología moral tiene un aspecto completamente diferente del de la filosofía moral, si está debidamente informada por las Sagradas Escrituras; resulta ser, pues, la doctrina sobre el aspecto práctico de la vida del hombre que vive del misterio de Cristo y de la salvación, revelado en la Palabra. Por tanto, el principio último de la moral cristiana no es la razón, sino la fe, por el cual recibimos la revelación del misterio de Cristo y de nuestra salvación. La moral cristiana, tiene que ser el aspecto práctico de la fe11.

Santo Tomás se pregunta, por qué la moral del cristiano, el comportamiento responsable ha de entrar en el ámbito de la Teología, que en principio debería reservarse a la reflexión sobre Dios. El santo subraya el papel que la gracia, como ley interior, juega en ese comportamiento por el que el hombre mismo se hace así

6 Ver. Vidal, Marciano. Moral y Espiritualidad: de la separación a la convergencia. Madrid: Perpetuo Socorro,

1997, 14.

7 Ibid., 16.

8 Billy, D. J. Mysticism and Moral Theology, Studia Moralia 34 (1996), 389-415. 9 Veritatis Splendor, 9.

10 Flecha, José Román. La vida en Cristo, fundamentos de la moral cristiana. Salamanca: Sígueme, 2000, 41. 11 Ver. Fuchs, Joseph. La Moral y la Teología Moral Postconciliar. Barcelona: Herder, 1969, 54.

(9)

mismo. Por lo tanto, es Teología también la que considera las acciones del hombre, creado por Dios. Acciones que, a fin de cuentas, en él tienen su origen y sólo en su contemplación como Sumo Bien encuentran su orientación definitiva12.

La moral cristiana tiene que ser un vivir del hombre desde ese encuentro con Cristo, desde ese estar con Dios; y esto es posible desde el amor, el amor es el que marca el encuentro entre Dios y el hombre, y entre el hombre y Dios; el amor es el ñudo que junta dos cosas tan desiguales13, el que nos acerca a ese misterio que nunca abarcamos14; y es desde allí que descubrimos nuestra responsabilidad moral con el Otro y los otros y el gusto de la espiritualidad, de la mística15.

Juan Pablo II, en la Encíclica Veritatis Splendor afirma que a los teólogos moralistas, les compete “subrayar en la reflexión científica el aspecto dinámico que ayuda a resaltar la respuesta que el hombre debe dar a la llamada divina en el proceso de su crecimiento en el amor, en el seno de una comunidad salvífica”16. Ante la vocación del que es imagen de Dios, la Encíclica une aquí la moral y la mística cristiana17.

12 Ver. Abba, G. Lex et Vitus sll´ evoluzione della dottrina morale di san Tommaso d´Aquino. Roma: Las, 1983,

163.

13 Ver. Álvarez, Tomás, Ed. Santa Teresa, Obras Completas. Poesía 6. Burgos: Monte Carmelo, 2009. 14 Ver. Vallés G, Carlos. Dejar a Dios ser Dios: Imagen de la divinidad. Bilbao: Sal Terrae, 1997, 25. 15 Y ya que inconscientemente al lado de la palabra espiritualidad puse la palabra mística como sinónimos,

quiero aclarar la realidad de estos dos términos para más adelante si volviere a salir sepamos a qué me refiero. La espiritualidad lo entendemos como la fuerza de Dios que actúa en los hombres y la mística como la experiencia del hombre del Misterio; es así que las dos capacitan al hombre para un vivir y actuar desde la voluntad de Dios. Tanto la espiritualidad como la mística, nos llevan a una unión amorosa con ese Otro; por lo tanto me he de referir aquí a estas dos palabras como sinónimas; aun sabiendo que etimológicamente puede tener raíces distintas; pero el hecho es que, dentro de la vida cristiana las dos nos hablan de un mismo encuentro, el encuentro con Dios en nuestro caminar, de hacer una amistad con él y cómo ello nos lleva a la búsqueda del sentido último de las cosas en Dios. A estas dos palabras también se uniría una tercera “contemplación” también lo tomamos como una palabra que significa lo mismo. Nos aclara Marciano Vidal estos términos diciendo que: los término de mística y ascética llegan hasta después de la mitad de siglo, en los últimos cincuenta años la palabra espiritualidad ha ido consolidándose y al mismo tiempo remplazando a la palabra mística, es así que hoy se prefiere hablar de espiritualidad o teología espiritual (Ver. Vidal, Moral y Espiritualidad, 57-65).

16 Veritatis Splendor, 111.

(10)

Finalmente, decimos que la exigencia moral cristiana brota del buen anuncio de la salvación, de la experiencia del resucitado en el interior de la vida, del amor que deja a Dios ser Dios y conocer los rasgos de su eterno encarnar18. Dios que ensancha el corazón y nos impulsa al encuentro de los otros. La moral cristiana es una consecuencia inevitable de una fe vivida, es la obra de una espiritualidad original, es decir, dónde la experiencia de amor en el Amor se hace visible.

1.1.2. La espiritualidad cristiana

Por la espiritualidad cristiana se entiende, como el conjunto de aspiraciones y de convicciones que animan interiormente a los cristianos en su relación con Dios, así como el conjunto de las reacciones y de las experiencias personales o colectivas y de las formas exteriores visibles que concretizan dicha relación. Y la espiritualidad cristiana, por su carácter histórico, tiene que responder a las necesidades de la época y expresarse en categorías culturales correspondientes19. Así, la espiritualidad cristiana es la experiencia de amor de Dios que atraviesa toda la vida del cristiano.

También es bueno aclarar esto, y es que, por el término espiritualidad no hay que entenderlo dentro de un esquema antropológico de signo dualístico, oponiendo espíritu a cuerpo; más bien como algo de la realización de la persona integral. La espiritualidad hay que entenderlo como que nos estamos refiriendo a una dimensión específica de la existencia cristiana que trata de traducir en vida el mensaje cristiano de salvación.

18 Ver. Vallés, Dejar a Dios ser Dios, 45.

(11)

En este sentido, “la espiritualidad se entiende, que es la vida que fluye de la vida trinitaria”20. Es la Trinidad “aquella eterna fonte” de donde “todo origen viene”21. La espiritualidad cristiana no es otra cosa que el despliegue, en el tiempo histórico y biográfico, del misterio de Dios22. La vida espiritual es un trato de amistad con quien sabemos nos ama, es un vivir en él, en Cristo y, consiguientemente, como Cristo. “El camino espiritual es el itinerario del Espíritu en cada creyente y en la comunidad de los creyentes”23. La vida espiritual es la honda experiencia de Dios, de su presencia; para elevar al sumo potencial la acción del hombre a favor de los otros24, de allí, que el amor entre las criaturas, ha de ser como el amor de Dios por estos mismos (Jn 13,34).

La espiritualidad cristiana nos lleva a reconocer el amor de Dios por nosotros, el que nos hace contemplarlo y quedar radiantes (Sal 34,6). Amándolo es que reconocemos su amor, dándonos es como se nos da, y el darse de él es salvándonos; este es el amor que se tiene que prolongar de nosotros hacia el otro, salvarlo dándonos; nuevamente vemos que la moral es definitivamente un compromiso real y concreto con el otro. La espiritualidad es la experiencia de sabernos que moramos en el corazón del Padre, de sabernos que moramos en la casa del gran Rey dirá bellamente Santa Teresa de Jesús, o que Dios está en nuestro profundo centro dirá San Juan de la Cruz; y es esta experiencia de Dios que nos impulsa a actos concretos.

La espiritualidad cristiana, es sabernos envueltos en su imagen y semejanza de Dios; dirá San Pablo, es sabernos que ya no vivo yo, sino en dejar que él viva en mi (Ga 2, 20), para transparentarle; entonces, “la espiritualidad es una forma concreta, movida por el Espíritu, de vivir el Evangelio”25, la espiritualidad no es algo

20 Vidal, Moral y Espiritualidad, 14.

21 Pacho, Eulogio, Ed. San Juan de la Cruz, Obras completas. Poesía 8, 2. Burgos: Monte Carmelo, 2009. 22 Vidal, Moral y Espiritualidad, 14.

23 Ibid., 16.

24 Ver. Santa Teresa de Jesús. Moradas séptimas.

(12)

que nos hace indiferentes a la vida, a la realidad; por el contrario, la espiritualidad nos invita a un vivir con los ojos abiertos, a una forma de vivir coherente con el Evangelio en toda su radicalidad26, por tanto con un compromiso real y concreto en esta vida, “cuanto más espirituales, más conversables”27, más comprometidos con el otro, con el mundo, con la realidad; es un compromiso desde Dios.

La espiritualidad cristiana es el descubrir la voluntad de Dios en la vida de cada uno de nosotros, es una experiencia de Dios en la vida del creyente. Dios Padre ha enviado a su Hijo al mundo, porque una sola palabra tenía que decirnos y es él28, su Hijo, y su Espíritu sigue comunicándose a los creyentes. Dios se ha autorrevelado totalmente en el Hijo y el Espíritu sigue comunicando la Buena Noticia. Por ello, lo que define la espiritualidad es la irrupción de una presencia transformadora, Dios haciéndose presente en la vida de las personas. La espiritualidad es una vida según el Espíritu29. Por ello, la espiritualidad nos abre a la acción del Espíritu en nuestras vidas; implica una centralidad en la Persona de Jesús el Cristo (Flp 3,7-11), la construcción de la Iglesia como comunidad fraterna en misión (1 Cor 12-14), en una actitud de acción de gracias y en el gozo del anuncio del Evangelio (Rm 1, 14-17), privilegiando una preocupación hacia los más débiles y marginados de la sociedad por su condición de predilectos sacramentales de lo divino (Mt 25, 31-26). La espiritualidad también entonces, se vive en un proceso continuo de conversión como respuesta -vocación al proyecto de Dios hacia nosotros30.

El cristiano que asume su espiritualidad, ha de expresar concretamente una opción fundamental en su existencia, que cambia su horizonte de significados y sentidos, porque la experiencia de Dios implica un compromiso con el proyecto divino sobre

26 Castillo Sánchez, José María. Los peligros de la espiritualidad. Proyección 43 (1996), 225. 27 Ver. Santa Teresa de Jesús. Camino de perfección, 41,7.

28 Ver. San Juan de la Cruz. Subida al Monte II, 22, 3-6. 29 Mifsud, Una fe comprometida con la vida, 2.

30 Ver. Buvinic, Marcos. "Espiritualidad: la pregunta por el Espíritu que nos habita", en Cuadernos de

(13)

la historia humana, porque la conversión a Dios se traduce en una conversión hacia el otro como imagen y semejanza divinas, de allí, que dirá Santa Teresa “la perfección verdadera es el amor a Dios y del prójimo”31 y no hay negocio en ello, esto es el precio del camino espiritual “obras, obras quiere el Señor”32, puesto que todo comienza en él y acaba en nosotros, “Dios es el que ensancha el corazón”33. En efecto, la esencia de la espiritualidad cristiana, es el seguimiento a Cristo bajo la guía de la acción del Espíritu. La espiritualidad cristiana, es una existencia que se deja interpelar por la presencia divina y que se transforma en un estilo de vida, real y concreto en el mundo en el cual vivimos.

En conclusión, La moral y la espiritualidad nacen de la misma fuente que es la vida nueva en Cristo y las dos realizan el designio de salvación de Dios sobre la historia. Estamos llamados a una vida nueva en donde “la espiritualidad se hace compromiso ético y la moral se nutre de la experiencia espiritual”34. Cuando las dos se integran en la vida, en el seguimiento a Cristo, la moral queda redimensionada por la espiritualidad cristiana; y la espiritualidad alcanza su verificación mediante la vida moral35, por ello que no pueden estar divorciadas, y hablábamos casi al inicio de la importancia de la comunión de ambas. Se debe de subrayar lo que el cristiano es desde la gracia de Dios, para deducir de allí lo que debe ser, en su esfuerzo diario, siempre iluminado y apoyado por la fuerza del Espíritu Santo36.

La espiritualidad consiste en una vida guiada por el Espíritu del Hijo y del Padre; la acción moral es un comportamiento inspirado por este mismo Espíritu. En esta vida nueva, la espiritualidad se hace compromiso moral y la moral es motivada por la coherencia con esta experiencia espiritual. La acción moral es justamente un estilo

31 Santa Teresa de Jesús. Moradas segundas, 2. 32 Santa Teresa de Jesús. Moradas quintas, 3,11. 33 Santa Teresa de Jesús. Moradas cuartas, 2,4. 34 Juan Pablo II. Redentor Hominis. 18. 35 Ver. Vidal, Moral y Espiritualidad, 23. 36 Flecha, La vida en Cristo, 38.

(14)

de vida coherente y consecuente con la vida de gracia recibida37. La moral y la espiritualidad, realidades inseparables en el seguimiento a Cristo.

1.2. Algunas causas que llevaron a la separación entre moral y espiritualidad

Si nos disponemos a hablar de causas que llevan a la separación entre moral y espiritualidad, significa que estas dos realidades, no siempre han estado separadas. En este apartado intentaremos presentar algunas causas que llevaron a la separación entre moral y espiritualidad.

En primer lugar debemos señalar que tanto moral como espiritualidad tienen sus propias particularidades y peculiaridades que las distingue; Marciano Vidal afirma que:

La espiritualidad se sitúa preferentemente en la verticalidad; su mirada está dirigida hacia la dimensión trascendente de la vida. Su camino es el de la interioridad. La moral pertenece preferentemente a la horizontalidad; su rostro se fija en la dimensión de la vida cristiana. Su camino es el de la exterioridad38.

Sin embargo, la afirmación de Marciano Vidal no indica exclusividad o realidades que no pueden estar jamás juntas, esto no; lo que se indica con ello es sencillamente preferencias. Porque, “la espiritualidad tiene también un dinamismo hacia la horizontalidad, hacia la inmanencia y hacia la exterioridad. Por su parte, la moral también se abre a la interioridad, a la trascendencia y a la verticalidad”39. Por tanto, no hay razón para que se diga que deben hacer su camino autónoma y aisladamente, algo así como dándose la espalda y cortando toda comunicación.

37 Ver. Redemptor Hominis. 18. 38 Vidal, Moral y Espiritualidad, 20. 39 Ibid.

(15)

Una causa que encontramos, y que ayudó a que moral y espiritualidad se separaran fue la moral de Guillermo de Ockham, que como afirma Román Flecha:

La moral de Guillermo de Ockham es con mucho la más pura, la más radical, la más intransigente moral de la obligación. Sólo la obligación permite a la acción humana acceder a la dignidad del orden moral. Ni su fin ni su objeto confieren a nuestros actos valor alguno. En una tal moral, diríamos, no hay más una virtud específica: la obediencia. Las relaciones entre Dios y el hombre, así como de los hombres entre ellos, no son más que relaciones de fuerza. Ya no se trata de investigar los valores morales, o de discernir las leyes fundamentales del ser, sino únicamente del conocer las leyes positivas impuestas por Dios en su libertad absoluta. No hay necesidad de interés moral, ni de justificación racional de una ley por su armonía con las otras: cada obligación se impone independientemente de todas. No hay impulso vital, ni dinamismo interno, ni inclinación del ser hacia su meta, sino la realización material de un cierto número de prescripciones jurídicas, fuera de las cuales el hombre queda a merced de su absoluta libertad. Cumplir la ley exterior es, para Ockham, el summum de la perfección40.

Aquí encontramos, propiamente, la primera moral de la obligación ya que con Ockham, surge la formación de una estructura nueva de la moral. El centro de la moralidad está en la obediencia a la ley. Es, pues, una moral legalista, que se interesa sólo por los actos.

Por consiguiente, la relación de la moral con la Sagrada Escritura va a modificarse sutilmente; aunque la Sagrada Escritura sigue siendo considerada como la expresión de la voluntad de Dios, sólo los pasajes que manifiestan una obligación legal estricta interesarán a los moralistas y estos tenderán a interpretarlos en su libertad material, como se hace en los textos jurídicos. Bajo esta influencia, la

(16)

relación de la teología moral con la Sagrada Escritura se reducirá cada vez más41, rompiendo así la unidad que había conservado hasta el siglo XIII42. Esto significó evidentemente un debilitamiento entre la moral y la espiritualidad. Si ya es una moral que se va alejando de la Sagrada Escritura, de la Palabra, se aleja del espíritu del Señor; la Sagrada Escritura no es un Libro obviamente de normas, sino de una experiencia salvífica, una moral sin esta característica se vuelve opresora, y en consecuencia querrá menos saber de la espiritualidad.

Además, otra de las causas que contribuyeron a separar la moral, de la experiencia espiritual y de la mística; es el nominalismo, esta corriente subrayaba la idea de la ley y de la obligación, en detrimento de la espontaneidad interior y del impulso que son propios del amor y que forman la base de la vida espiritual y mística. La ruptura que así se establece entre la moral y la mística va a reforzarse por la aplicación de la distinción entre los preceptos y los consejos a toda la moral. La moral se ocupará esencialmente de los preceptos que fijan las obligaciones en los diferentes sectores del obrar humano y que se imponen a todos indistintamente. Los consejos describirán un dominio suplementario, el de los actos supererogatorios, dejados a la libre iniciativa de cada uno y, por este hecho, reservados a una élite que busca la perfección: este será el terreno de la espiritualidad y de la mística. Esta distinción constituye una verdadera separación, reforzada por la desconfianza respecto de la espontaneidad, en una moral fundada sobre la construcción de la ley; y respecto de la mística, considerada como un fenómeno extraordinario43.

Debemos tener presente que cuando apareció el primer volumen de las Instituciones Morales de Juan Azor en 1600, la moral se empieza a constituir en

41 Pinckaers, Servais. Las fuentes de la moral cristiana. Su método, su contenido, su historia. Pamplona:

EUNSA, 2000, 307.

42 Ibid., 309. 43 Ibid., 311.

(17)

disciplina autónoma propiamente dicha, pero ésta se va haciendo cada vez más, ajena a la espiritualidad y a la mística44.

En este proceso, el Concilio de Trento ejercerá una influencia muy importante en la nueva concepción de la Teología moral ya que es a partir de este momento que se inicia la elaboración de los Manuales de moral, que tenían como finalidad preparar a los sacerdotes para la confesión y la solución de los casos de conciencia. En adelante la Teología moral se desvincula de la síntesis teológica general y se organiza según los postulados metodológicos del derecho, los diez mandamientos, los mandamientos de la Iglesia y sigue, así, el proceso de una creciente juridización45; Servais señala al respecto:

Azor anuncia una división cuatripartita de la moral: 1) los diez mandamientos de Dios. 2) los siete sacramentos. 3) las censuras y penas eclesiásticas. 4) los estados de vida y los fines últimos. Se trata evidentemente de una distribución nueva de la materia de moral que sustituye a la organización tradicional que seguía las virtudes, y que a partir de ahora la enfoca enteramente según las obligaciones que expresan los diferentes mandamientos, pues hasta los sacramentos y los estados de vida están estudiados desde el punto de vista de las obligaciones peculiares que implican. Claro que las virtudes no serán olvidadas en la exposición (…), pero serán relacionadas y sometidas a determinados mandamientos y siempre tratadas en la perspectiva de las obligaciones que les afectan46.

Podemos ver, que una las características generales de estos manuales es la excesiva separación de la moral respecto a la Sagrada Escritura, por tanto de la espiritualidad. Porque la fuente de la moral es la ley contenidas en los mandamientos y no la Palabra de Dios47. La moral logra su autonomía al

44 Ver. Vereecke, Louis. Introducción a la historia de la Teología Moral. Estudios de historia de la Moral.

Madrid: Perpetuo Socorro, 1969, 66-67.

45 Ver. Vidal, Moral y Espiritualidad, 60-61. 46 Pinckaers, Las fuentes de la moral cristiana, 316. 47 Ver. Flecha, Teología Moral Fundamental, 55.

(18)

desvincularse de la Teología dogmática, sin ninguna referencia a la espiritualidad, ya que estaba al servicio del confesor, es decir, dedicada a la orientación en la práctica del sacramento de la penitencia48.

Sin embargo, en la reflexión actual sobre la moral y la espiritualidad, no podemos separar ambas realidades ello supondría empobrecer el saber teológico49 y la vivencia de una vida cristiana autentica. Por tanto, debemos trabajar por una articulación ya que su unidad nos ayuda a expresar el misterio unitario de la fe cristiana. La unidad en la diversidad constituye la clave epistemológica para comprender las diversas dimensiones de la existencia humana. La contemplación del significado cristiano, la vivencia de su misterio, su implicación ética en la transformación de la historia son distintas manifestaciones de una misma y única opción de vida50.

Más aún, no podríamos hablar de un seguimiento a Cristo, solo desde una perspectiva o la moral o la espiritualidad, porque el seguimiento se hace desde estas dos dimensiones, son como una especie de pilares que se necesitan mutuamente. La espiritualidad me ayuda a discernir, a comprender la voluntad de Dios en la vida concreta para el mundo, y la moral, la podemos entender como la realización desde ese querer de Dios, por eso bien se dice en el Evangelio de Lucas “por sus frutos los conoceréis” (Lc 6, 43-44), frutos que hablan de nuestro ser cristianos y de nuestra vida moral.

1.3 Consecuencias de la separación entre moral y espiritualidad para la vida cristiana

48 Vidal, Nueva Moral Fundamental, 902-903. 49 Ver. Optatam Totius, 16.

(19)

En este apartado intentaremos aproximarnos a las consecuencias e implicaciones que tal separación tiene para el seguimiento a Cristo. En primer lugar nos podemos dar cuenta que la separación entre la moral y la espiritualidad, lleva a una carencia de fundamento teológico tanto para la moral como para la misma espiritualidad51, y es así como la moral se reduce a una observancia de preceptos”52 y la espiritualidad a los consejos53.

En segundo lugar, y por las razones que ya explicamos; la inserción de tantas cuestiones canónicas en la teología moral no ayuda a percibir el sentido y el valor de la moralidad cristiana. La inclusión del derecho en la enseñanza de la moral no agrada ni a los mismos canonistas54 llega afirmar Fuchs.

La moral desvinculada de la espiritualidad, pasa a concentrar su interés en el análisis de la conducta moral en orden a la práctica del sacramento de la penitencia; por consiguiente, el Concilio de Trento, en la administración del sacramento de la penitencia, va a exigir una exacta declaración de los pecados, especificando su número, su especie y sus circunstancias. Por ello, la formulación de la reflexión moral se sitúa en un contexto jurídico, de aplicación de las leyes eclesiásticas a los casos o situaciones y, básicamente, referida al pecado, desvinculada de la gran síntesis teológica55. Tal sacramento se veía como un tribunal a donde se da la absolución, en vez de una experiencia del amor de Dios. Y es el paradigma que va a perdurar desde el Concilio de Trento hasta el Concilio

51 Ver. Vidal, Moral y Espiritualidad, 13.

52 Los preceptos se entenderían como exigencias que se imponen y que no los podemos descuidar so pena de

desobedecer a Dios y por ende no alcanzar ni la perfección ni la salvación.

53 Y por consejos se entendería como recomendación, parecer, estímulo, que da lugar a la gratuidad, a la

iniciativa, en una palabra, a la libertad de hacer o no hacer. Nadie está obligado a seguir un consejo, aunque seguirlo es algo mejor y más perfecto.

54 Fuchs, La Moral y la Teología Moral Postconciliar, 62. 55 Mifsud, Una fe comprometida con la vida, 37.

(20)

Vaticano II56. Es lamentable que luego del Concilio de Trento disminuyera la presencia de la Sagrada Escritura, de la vida espiritual en la reflexión moral57.

Por tanto, en la moral que no cabe ya la espiritualidad, también pareciera que la espiritualidad tampoco necesitara para nada a la moral. En consecuencia, se propiciará la aparición de reflexiones autónomas sobre la perfección cristiana, las cuales traerán ya en el siglo XX la disciplina de la ascética y de la mística trasformada hoy en espiritualidad o Teología espiritual58.

Dice Román Flecha, que la clásica división entre Teología Moral y Teología Espiritual ha terminado por modelar una cierta mentalidad. Como si la Teología Espiritual hubiera de estudiar el comportamiento positivo y la Teología Moral el comportamiento negativo. A la Teología Moral quedaría reservado el primer capítulo del Sermón de la Montaña (sobre todo los versos 17-19) –tal vez excluyendo las bienaventuranzas, con tal de que se pasara a la Teología Espiritual ese último verso del capítulo 5 del Evangelio según San Mateo “Vosotros, pues, ser perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48)59.

Sin embargo, dada la independencia entre la moral y la espiritualidad, cada una tratará de tomar su camino que cree ser correcto. La Teología moral, alejada de la espiritualidad y de la síntesis teológica, “cobra un tono más jurídico para poder responder a su finalidad de ayuda al confesor en la práctica del sacramento de la penitencia y queda unilateralmente asociada al pecado”60, a tal falta, tal sentencia; olvidando tal vez que la mirada de Dios es de compasión y misericordia ( Lc 15, 11-32; Mt 9,5).

56 Ver. Vidal, Moral y Espiritualidad, 67. 57 Ver. Flecha, La vida en Cristo, 77. 58 Ver. Vidal, Moral y Espiritualidad, 68. 59 Flecha, Teología Moral Fundamental, 27. 60 Mifsud, Una fe comprometida con la vida, 9.

(21)

La Teología espiritual aparece como disciplina autónoma dentro del saber teológico a comienzos del siglo XX. En 1918 comienza a funcionar la cátedra de Ascético-Mística en la Pontificia Universidad Gregoriana. La Constitución Apostólica Rerum Scientiarum Dominus (1931) la declara como materia obligatoria en las facultades de teología. Gradualmente, en la década de los cincuenta, se abandona el uso de la terminología Ascética y Mística a favor de Teología espiritual61.

Llegando al siglo XX acontece ya un cambio fundamental en el capítulo de la espiritualidad: la temática anteriormente considerada como profana, llega a formar parte de la espiritualidad y, por ello, ésta ilumina y se identifica con la vida moral. La división entre dos espacios (sagrado y profano) se supera. La vivencia de la espiritualidad no implica una separación ni una huida del mundo, sino se sitúa en lo cotidiano62.

Finalmente, el camino de la santidad no se relaciona unilateralmente con la vida religiosa sino se identifica con la vocación cristiana. Todo cristiano, todo bautizado está llamado, es decir, tiene la vocación, a la santidad. En palabras del Concilio Vaticano II: "Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena"63, en la sociedad que clama justicia.

Por ello, es interesante observar que las limitaciones de la moral casuista nacen de una mentalidad que polariza los mismos aspectos positivos. Así, hubo una tendencia a caer en una moral segura pero no siempre crítica; una moral marcada por el pesimismo; una moral legalista del mínimo exigido, y una moral privatista64.

61 Ver. Vidal, Moral y Espiritualidad, 57-73.

62 Ver. Guerra, Augusto. Espiritualidad, en: Nuevo Diccionario de Espiritualidad. Madrid: Paulinas (1991),

pp. 847-876.

63 Lumen Gentium, 40.

64 Leers, Bernardino y Antonio Moser. Teología Moral: Conflictos y alternativas. Madrid: Paulinas, 1987,

(22)

En ello, una moral de obligación, una moral opresora decíamos más arriba; y la moral, tiene que ser una moral de vida, de gracia, que sea fruto del encuentro con el Amor, por lo tanto una moral de gozo. La moral y la espiritualidad, realidades inseparables en el seguimiento a Cristo.

(23)

CAPÍTULO II

MORAL Y ESPIRITUALIDAD: DOS REALIDADES INSEPARABLES EN UNA VIDA AUTÉNTICAMENTE CRISTIANA

En el capítulo primero, hemos intentado mostrar algunas causas que llevaron a que moral y espiritualidad se comprendieran como compartimentos estancos en la que no existía casi ninguna vinculación. Y tratamos de explicar por qué la separación entre moral y espiritualidad tiene consecuencias negativas para una vida auténticamente cristiana.

En este segundo capítulo intentaremos mostrar por qué moral y espiritualidad son dos realidades que no se pueden separar ya que se necesitan mutuamente para seguir a Jesús y construir una vida auténticamente cristiana. En otras palabras, intentaremos responder a la pregunta de ¿Por qué es importante la unidad entre la moral y la espiritualidad en el seguimiento a Cristo?

En primer lugar, nos acercaremos al Nuevo Testamento y trataremos de ver cómo moral y espiritualidad son dos realidades inseparables al momento de hablar de seguimiento y experiencia de Dios, y es más, en él tienen su razón de ser, su fundamento65. En segundo lugar, presentaremos a los Padres de la Iglesia, a través de sus sermones, catequesis, etc.; e intentaremos mostrar que ellos no desvinculaban la moral de la espiritualidad66. Finalmente, trataremos de mostrar, que desde las orientaciones presentadas por el Concilio Vaticano II, moral y espiritualidad no se pueden separar sin graves consecuencias para la vida cristiana, la cual se concreta en el seguimiento a Cristo.

65 Ver. Vidal, Moral y Espiritualidad, 14.

(24)

2.1. En el Nuevo Testamento

Empezamos diciendo que al acercarnos al Nuevo Testamento vemos que, la tradición sinóptica nos sitúa frente al mensaje de la llegada del Reino de Dios y sus exigencias. En tanto, la teología paulina descubre que la salvación sólo puede llegar por la aceptación de Jesús como Mesías y Señor. Y los escritos joánicos subrayan una y otra vez que en él está la vida y la verdad y que la bondad equivale a caminar en el amor, en el amor que Jesús ha mostrado al mundo67.

En el Nuevo Testamento la fe, la espiritualidad y las exigencias morales que de ahí se derivan están indisoluble y constantemente vinculadas entre sí. Una muestra de ello es el evangelio de Juan, que siendo el más místico, insiste mucho en el obrar68; al respecto dice Vallés:

El cuarto Evangelio, consciente en cada página de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y celoso heraldo de su divinidad, presenta no obstante un trato de intimidad con él que habla de contacto personal, de largas charlas en la noche a solas, de amistad perfecta, de confidencias, de afecto y proximidad que hacen a Dios presente y cercano al corazón del hombre como ningún otro libro de la Biblia69.

El Evangelio de Juan, ha sido siempre el Evangelio preferido de quienes buscan acercarse de corazón a corazón al Dios con nosotros. Así, el Evangelio es evidente que es más que un texto, porque su finalidad consiste en la transformación de quien se acerca a él. La vida de Jesús de Nazaret tiene que desafiar a los que queremos ser sus discípulos. La plena comprensión de la Palabra sólo es posible desde el “conviértanse y crean en la Buena Noticia” anunciada por Marcos (Mc 1,15). Por ello, sólo desde esta opción fundamental de dejarnos cuestionar en la propia vida,

67 Flecha, La vida en Cristo, 98.

68 Vereecke, Historia de la teología moral.

http://www.mercaba.org/DicTM/TM_historia_de_la_teologia_moral.htm.

(25)

tiene sentido hablar de la moral y espiritualidad en términos del seguimiento a Cristo, desde el “déjalo todo y sígueme” (Mt 19,21), que no es otra cosa que la adhesión a la persona de Cristo y ver en él, el modelo perfecto al cual estamos invitados, tanto en la amistad con Dios Padre, como en el compromiso con el otro, con el hermano.

En otras palabras, la moral y la espiritualidad que es esencial en el seguimiento a Cristo, implica la conformación con el Jesús de Nazaret, es decir, un proceso de transformación interior, realizada por el Espíritu, que conduce a un estilo de vida propia del discípulo de Jesús el Cristo. Esta vida moral, en términos de seguimiento, se realiza en un tiempo histórico determinado y en una biografía personal concreta. La moral y la espiritualidad, hacen del cristiano, personas no ajenas a la realidad, sino comprometidas como lo estuvo el Hijo de Dios en este mundo, en un infinito amor e incluso llegar a dar la vida por amor.

Es así también, que podemos decir que, en el Nuevo Testamento no encontramos un discurso ético, moral independiente de la espiritualidad, de una experiencia de encuentro de amor con Dios; la vertiente moral del cristianismo está radicada en la fe, en la experiencia de encuentro con Dios y por lo tanto es desde allí de donde brota un compromiso concreto y real, desde una vivencia espiritual; es decir, en el conocimiento de Dios es que se sostiene el ser del cristiano. Dice Serrano que: “se descubre el plan divino; entrando en comunión con Dios gracias a la capacidad de la interioridad humana”70.

Es viviendo en una amistad con Dios, donde el hombre se despierta a más amar71, pues, todo comienza en Dios y acaba en nosotros, Dios es el que ensancha el corazón del hombre72, y es lo mismo que decía San Pablo: “el que se arrima y llega

70 Serrano Pérez, Agustina. Una propuesta de antropología teológica en el Castillo Interior de Santa Teresa.

Avila: Miján, Industrias Gráficas Abulenses, 2011, 45.

71 Santa Teresa de Jesús. Moradas primeras, 1,4. 72 Santa Teresa de Jesús. Moradas terceras, 2,4.

(26)

a Dios, hácese un espíritu con él” (1 Co 6,17). La excelencia de la vida cristiana parte desde el encuentro con el Señor de la vida, desde el encuentro con el Evangelio que es Cristo, desde el ser hijos en el Hijo.

El Evangelio es el relato de la práctica de Jesús73, es un relato sobre su vida, sobre su quehacer desde la voluntad del Padre y, por ello, constituye para la moral cristiana un horizonte normativo, porque se presenta como la pauta que permite leer y evaluar el relato de la práctica humana. No obstante, la moral de Jesús tiene que ser comprendida dentro de la significación global de su práctica, sin reducir unilateralmente el Evangelio a un manual de moral.

Jesús no es un teórico ni un sistematizador; podría ser tal vez considerado como un maestro práctico y un educador moral. Pero fundamentalmente él es Evangelio, es decir la Buena Noticia, donde también están implicadas sus exigencias morales. La idea central de su mensaje es que Dios es Padre y ama a los hombres, es decir el amor, y es en esto que sabemos que verdaderamente lo conocemos, en que amamos. Y este amor es la condición para que seamos libres, caminemos en la luz y vivamos en la verdad74. Jesús es el ideal y el prototipo que nos revela el rostro de Dios y el verdadero rostro del hombre. Y el hombre, al fin, identificado a Jesús el Cristo, es la meta utópica de este comportamiento y esta enseñanza moral75.

Seguir a Jesús y comprometerse con la causa del Reino constituye el núcleo de una moral y de una espiritualidad genuinamente evangélica. El punto de partida de toda moral y espiritualidad cristiana es el seguimiento de Jesús76. En Jesús de Nazaret vemos, “al maestro, modelo y consujeto del comportamiento moral

73 Mifsud, Una fe comprometida con la vida, 30. 74 Ver. Flecha, La vida en Cristo, 99.

75 Ver. Galindo García, Ángel. Utilización moral de Mt 4, 1-11, Tentación y opción fundamental, en Biblia,

literatura e Iglesia. Salamanca: Universidad Pontificia, 1995, 225-239.

(27)

cristiano”77, “él inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y con su obediencia realizó la redención”78.

Por lo tanto, el Evangelio nos tiene que llevar a un vivir bajo la Ley del Espíritu. Según el texto de Pablo “la Ley del Espíritu que da vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte” (Rm 8,2). Desde esta visión paulina, la moral cristiana ha de subrayar la presencia del Espíritu en el creyente, en cuanto fuerza de vida y de libertad. La moral cristiana, regido por el Espíritu, es una moral de hijos y, por lo tanto, libres ante Dios79. La moral para Pablo está fundada en el encuentro con Cristo (Flp 4, 8), y esto no es otra cosa que descubrir que Dios habita en el más profundo centro de nuestro ser, lo cual no es otra cosa que vida espiritual.

Es verdad que la vida moral del cristiano no se mueve únicamente por normas extrínsecas sino por una fuerza interior (el Espíritu) que, transformando interiormente al creyente, le hace capaz de desear el bien y de realizarlo. “En la experiencia de la Ley Nueva, que es gracia, la moral prácticamente se convierte en espiritualidad. Es así que consigue ser un camino de libertad y no de obligación”80. La Gracia de Cristo interpreta y plenifica las dimensiones constitutivas de la existencia humana: “unión vital de lo humano y de lo cristiano en la existencia del creyente”81.

77 Flecha, La vida en Cristo, 28. 78 Lumen Gentium, 3.

79 Ver. K. Barth. The Holy Spirit and Christian Life. Theological Basic of Ethics. Louisville, Kentuky, 1993. 80 Vidal, Moral y Espiritualidad, 27.

81 Alfaro, Juan. “La cuestión del hombre y la cuestión de Dios”. Estudios Eclesiásticos 56, no. 218-219 (July

(28)

Dentro de los evangelios, podemos decir que el discurso de las bienaventuranzas82 (Mt 5, 3-12) es el principio de la Teología moral cristiana83, porque las bienaventuranzas nos describen de modo indirecto el corazón de Dios, el talante de Jesús, los valores fundamentales del reino de Dios. Las bienaventuranzas dice el Catecismo, “dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su pasión y de su resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana”84.

Luego también, las virtudes teologales, en un correcto planteamiento de la moral y de la espiritualidad exigen una profunda renovación en la comprensión y en la vivencia de la fe, de la caridad y de la esperanza. Puede observarse que las actitudes que la cuestión de Dios pide al hombre prefiguran las actitudes fundamentales de la existencia cristiana: fundar la existencia en la Realidad Fundante –fe, abrirse confiadamente al Misterio de Gracia –esperanza, entregarse al amor Originario en la praxis del amor del prójimo –caridad. Esto que se llama virtudes teologales puede constituir también los cauces adecuados para expresar la vida teologal tanto en su vertiente espiritual como en su aspecto moral. De este modo la moral y la espiritualidad recuperarán, con renovado frescor, tradiciones que habían sufrido desgastes inevitables85.

Evidentemente, las virtudes teologales fe, esperanza y caridad expresan el núcleo tanto de la vida moral como de la vida espiritual cristiana. Ese es el punto de

82 “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que

lloran, pues ellos serán consolados. Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios. Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados aquéllos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de maldad contra ustedes falsamente, por causa de Mí. Regocíjense y alégrense, porque la recompensa de ustedes en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que ustedes”.

83 Flecha, La vida en Cristo, 53.

84 Catecismo de la Iglesia Católica, 1717. 85 Ver. Vidal, Moral y Espiritualidad, 18.

(29)

encuentro entre las dos y su empeño común86. Para la conciencia moral cristiana de todas las épocas, la caridad ha constituido la exigencia moral máxima y por eso el evangelista Marcos nos presenta este pasaje:

Acercóse uno de los escribas que les había oído y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le contestó: “el primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: amar a tu prójimo como a ti mismo”. No existe otro mandamiento mayor que estos (Mc 12, 28-31).

En estas palabras del evangelista Marcos se resume toda la ley; y lo mismo dirá San Pablo en la epístola a los Romanos que “la caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud” (Rm 13, 10). El gran aporte de Jesús a la esfera moral fue la proclamación del precepto fundamental del amor a Dios y al prójimo87. También la espiritualidad ve en la perfección de la caridad el objetivo y el contenido nuclear de la vida espiritual, “la perfección verdadera es el amor de Dios y al prójimo”88, y es la caridad a Dios y al prójimo la clave del edificio ético cristiano (Mt 22, 34-40). En el camino de Jesús no hay espacio para la bondad ética, si no es en el campo del amor que da la vida. De allí la “obligación de producir frutos en la caridad” (Lc 13, 6-9).

En la caridad se articula perfectamente la dimensión vertical y la dimensión horizontal de la vida cristiana. La primera le pone más de relieve en la espiritualidad, la segunda le corresponde más a la moral. Sin embargo, las dos han de estar atentas a realizar el doble flanco de la vida teologal, sabiendo que el hacia Dios no puede darse sin el hacia el prójimo y que el “camino hacia el prójimo pasa por la

86 Ibid., 38.

87 Schnackenburg, Rudolf. El testimonio moral del Nuevo Testamento. Madrid: Rialp, 1965, 73. 88 Santa Teresa de Jesús. Primeras moradas, 2,17.

(30)

experiencia de Dios”89. Jesús de Nazaret ejemplificó y urgió el mandamiento del amor y estableció la caridad como distintivo de sus discípulos90. Por ello lo que está en juego en la vida cristiana, en la moral y la espiritualidad, no es el pensar mucho, sino en el amar mucho, porque el amor es determinación y obras, más que sentimiento y emociones91; Santa Teresa de Jesús encarnando el Evangelio en su vida interior y comunitaria, hará de la caridad uno de los pilares distintivos de sus fundaciones, “aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar ”92, esto ha de ser el distintivo de una vida en el Señor, de una vida moral y espiritual que sabe a divino.

El lugar común y convergente entre la moral y la espiritualidad queda claro es la caridad, pues ya decíamos que en ella constituye la dimensión vertical y horizontal de la fe cristiana. En consecuencia, la unión con Dios y con el hombre se realiza mediante la práctica de la caridad93, del amor. "En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí me lo hicieron" (Mt 25, 40). La caridad es el mandamiento por excelencia que entregó Jesús a sus discípulos. A la pregunta sobre la obtención de la vida eterna, la respuesta de Jesús es clara; amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y con toda la vida, y al prójimo como a uno mismo (Lc 10, 25-28). Esta es la fuente de vida para el cristiano, la caridad resume toda la ley (Gál 5, 14), pero no como algo meramente extrínseco, sino como experiencia de vida, de alegría salvífica.

“La caridad debe ser el alma de las obras que hagan los creyentes por la vida del mundo”94; en efecto, se posee la filiación divina, amando al Padre y al hermano, en la misma medida en que Cristo amó a su Padre y amó a los hombre de este mundo (Jn 15, 10; 13, 34), es decir anonadándose y entregándose a sí mismo por ellos

89 Vidal, Moral y Espiritualidad, 39. 90 Apostolicam Actuositatem, 8.

91 Ver. Santa Teresa de Jesús. Moradas terceras, 1,7. 92 Santa Teresa de Jesús. Camino de perfección. 6,7. 93 Ver. Mifsud, Una fe comprometida con la vida, 26. 94 Fuchs, La Moral y la Teología Moral Postconciliar, 34.

(31)

(Flp 2, 7). No puede existir amor de los fieles a Dios, sin amor a los hombres de este mundo (1 Jn 4, 20s).

En la primera carta de san Pablo a los de Corinto encontramos un himno a la caridad como el carisma cristiano por excelencia:

Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha(1Cor 13, 1-3).

Por su parte la esperanza, invita a vivir aguardando la venida gloriosa del Señor; lejos de constituir una excusa para la evasión y la nostalgia, exige una moral de la sobriedad ante las cosas, exigen una espiritualidad de ojos abiertos, para la eficacia de la justicia ante los hermanos, de piedad ante Dios. La esperanza activa y generosa conforma así las relaciones del creyente con el otro y con el Absolutamente Otro (Tt 2, 11-13). “La esperanza cristiana se hace creíble en el esfuerzo por defender y promover la justicia y el servicio a los pobres y a los marginados”95. La esperanza se ha convertido en signo de la conversión a Cristo (1 Ts 1, 9-10).

La esperanza, dentro de moral y la espiritualidad, ocupa un puesto central, cuyo núcleo es la tensión dinámica del hombre hacia el encuentro con el propio hombre y con Cristo, en el que descubre la plenitud de su ser. La esperanza recorre toda la vida del hombre, se fundamenta pues, en la confianza en Dios, en las promesas de Cristo. La esperanza corresponde al anhelo de la felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los

(32)

hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los Cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna96.

La esperanza cristiana hace suyas las esperanzas humanas “nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”97, la moral y la espiritualidad en el camino del seguimiento al Señor, apuestan por un cielo nuevo y una tierra nueva que ha bajado de junto a Dios y que ha puesto su morada entre nosotros y él es ya nuestro Dios y nosotros sus hijos y donde el mundo indiferente, egoísta no tiene espacio (Ver. Ap 21).

La esperanza en la moral y en la espiritualidad, su puesto es vital, ya que es allí donde el hombre se experimenta a sí mismo como ser en camino, “Maestro ¿dónde vives?” (Jn 1,38-39) y, por lo tanto, como deseo, como proyecto, e inquieto hasta que no repose en él, “fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él” (Jn 1,38-39). Es una esperanza abierta a la comunión personal con Dios; por eso decía Santa Teresa enamorada de esa amistad con Dios “Búscame en ti –Búscate en mí”98; amistad que hace olvidar el otro polo de Dios que es la trascendencia, la lejanía remota del siempre Otro, la profundidad del misterio que nunca abarcamos99.

Y por otro lado también la moral y la espiritualidad cristiana, está enraizada en la normatividad de Cristo, se concreta en el rasgo fundamental del vivir en la fe “porque no me avergüenzo del Evangelio, porque es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree (…); porque en el Evangelio la justicia de Dios, de fe en fe, como dice la Escritura: el justó vivirá por la fe” dice Pablo (Rm 1, 16-17). La fe lleva a alcanzar la santidad del hombre “el hombre no se justifica por la ley sino por la fe en Jesucristo” (Ga 2, 16). Por lo tanto, La moral cristiana es una moral de

96 Ver. Catecismo de Iglesia Católica, 1818. 97 Gaudium et Spes, 1.

98 Santa Teresa de Jesús. Poesía 8. 99 Ver. Vallés, Dejar a Dios ser Dios, 25.

(33)

la gracia y, en consecuencia es una moral de la fe100; ya que la fe, es vivida como relación y encuentro con Jesucristo. A la luz de estas virtudes, la moral alcanza su verdadera realización.

La espiritualidad como aceptación creyente del mensaje de Dios tiene primacía respecto a la exigencia de conversión; la fe incluye sin duda en el seguimiento de Jesús, el fundamento de la vida espiritual “sed imitadores míos, como yo lo soy del Padre” (1 Co 11,1), que lejos de ser un asentimiento puramente intelectual, la espiritualidad implica la decisión de una vida, la orientación de la misma hacia Dios, la prontitud para seguir su voluntad101.

El seguimiento no se limita a gestos superficiales, sino que lleva hasta la entrega salvadora. Los discípulos de Jesús son elegidos por él. En los rabinos es su ciencia y su piedad el elemento determinante de la decisión, mientras que aquí, el “factor determinante es únicamente la fe en la persona de Jesús”102.

Ya no cabe duda que la ley de Jesús se ordena en la aceptación de Dios y en la realización del hombre. La Bondad no es algo sino Alguien. “Ser bueno no consiste en seguir una idea o programa sino seguir a Jesús el Señor”103; del mismo modo, vivir una moral y espiritualidad cristiana, no es seguir una idea, sino, es seguir a Jesús el Señor, en otras palabras, el vivir una moral y espiritualidad cristiana es dejar que Cristo viva en mi (Ga 2,20). En Jesús de Nazaret, las acciones de su vida deben ser ejemplo para nosotros, por ello se inclina para lavar los pies a sus Discípulos (Jn 13, 12-15), dice que el mandamiento fundamental es el amor a Dios y a los hermanos (Jn 13-15); por tanto, la vida cristiana, la moral y espiritualidad, hay que vivirlo como un camino que nos lleva a ser como Cristo; donde mi voluntad

100 Mifsud, Una fe comprometida con la vida, 24. 101 Ver. Flecha, Teología Moral Fundamental, 100. 102 Ibid., 101.

(34)

la hago una con la voluntad de Dios, pues, “quien anda en Dios no quiere sino lo que quiere Dios”104.

La vida moral y la vida espiritual cristiana tienen una convergencia sustancial en la vida teologal, de donde proceden y a la que se orientan105. Uno de los rasgos evangélicos de la espiritualidad cristiana, es el compromiso con la causa del Reino de Dios. La espiritualidad se compromete con la historia humana, por los frutos buenos se conocerá el árbol bueno (Mt 7, 16-20). Para la moral evangélica es importante el principio de la acción, pues, la praxis cristiana no se funda en la búsqueda de la eficacia, sino en el absurdo de la cruz; no se apoya en una ideología, sino en el seguimiento de una persona muerta por los hombres y glorificada por Dios106.

La Nueva Ley es inseparable de la vida, los gestos y las palabras de Jesús de Nazaret, tiene que inquietar a la moral y la espiritualidad del cristiano; por ello, ya hablaba Jesús del anhelo de ser perfectos como lo es el Padre (Mt 5, 48). Él es el sacramento del encuentro de dos libertades y dos amores, el de Dios y el de los hombres, “sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1 Co 11,1). La moral y la espiritualidad encuentran su arranque en el seguimiento. El joven que le pregunta que debe hacer para entrar en la vida eterna (Mt 19, 16-21), la respuesta de Jesús es una invitación a seguirle. Ese seguimiento no se reduce a una mera imitación exterior, sino que comporta la aceptación de sus valores y sus ideales de vida “el que quiera ser el primero que sirva” (Mc 10,45) y el “tomar la cruz” (Mt 10,38). Aquí está el fundamento esencial y original de la moral y espiritualidad cristiana107. “El poner a Cristo en el centro de la moral y la espiritualidad, no significa la anulación del hombre, sino más bien en la última y auténtica realización del hombre”108. Lo

104 Santa Teresa de Jesús. Moradas segundas, 1,2. 105 Ver. Vidal, Moral y Espiritualidad, 23. 106 Ver. Flecha, La vida en Cristo, 47. 107 Ver. Vetitatis Splendor, 19.

108 Torres Queiruga, Andrés. La revelación de Dios en la realización del hombre. Madrid: Cristiandad, 1986,

(35)

perfecto es la plenitud en el amor. Dios es amor y la imagen humana sólo podrá realizarse profundamente en la medida que se deje penetrar por este Amor y hacer de su vida un gesto de amor constante hacia ese Otro y los otros.

San Pablo, no reconoce simplemente al hombre que debe someterse a Dios; sino al hombre pecador, que Dios reconcilió consigo mismo por medio de Cristo (2 Co 5,18); porque la sumisión del hombre a Dios, creador y fin, no se realiza sino mediante la aceptación de esta reconciliación recibida “reconciliaos con Dios” (2Co 5,20) que significa un encuentro, un vivir para Dios (Rm 6,11); se trata evidentemente de una experiencia espiritual, allí se desvela la novedad de la vida que nos da Cristo muerto y resucitado. Así el Apóstol, considera que Cristo es el centro de la moral109.

La moral y espiritualidad cristiana tiene que ser el fruto del encuentro con Cristo, de una vida trinitaria decíamos más arriba; y por lo tanto una experiencia transformante. Por eso Pablo en su experiencia dice:

Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. No que lo tenga ya conseguido o que sea perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús (Flp 3, 7-12).

(36)

No debemos vivir simplemente como hombres, sino como hombres que hemos sido bautizados en Cristo, esta es la realidad de nuestra situación, vivir sujetos a la gracia, ser espirituales, poseer el espíritu de Cristo que nos mueve y vivifica (Rm 6-8). Pablo ve fundada la moral cristiana en la persona de Cristo110; de esta manera Cristo aparece como el arquetipo según el cual todos nosotros hemos sido creados (Rm 8,29).

Tanto el mensaje de Jesús como las exhortaciones de Pablo, se repite la crítica frente a los que la colocaban el ideal de la santidad en el cumplimiento escrupuloso de la letra de la ley o de las tradiciones de los antiguos que se les habían añadido. La esquematización teológica llevada a cabo por los escritos joánicos colocará en el centro de fidelidad a la Palabra de Dios que se ha hecho carne en Jesucristo.

Así, pues, el Nuevo Testamento nos lleva a comprender que Cristo es el centro de la moral y espiritualidad cristiana. La moral como respuesta personal a partir de la experiencia espiritual del encuentro con el Resucitado, es la moral una respuesta que equivale a decir como un diálogo, en las características de la experiencia espiritual. Pues, todo esto tiene su principio en Dios, es él quien llama y quien primero nos ama (1Jn 4,10), mientras que nosotros le respondemos personalmente a través de nuestra vida. De este modo se logra un diálogo continuo entre Dios y nosotros, por el hecho de que en todo momento y situación él, con su amor, nos confía a nosotros mismos y nos llama hacia él, mientras nosotros, en todo momento y situación, por su amor, debemos aceptarnos a nosotros mismos y ser de él.

Si alguien es verdaderamente cristiano y, por tanto, posee el espíritu de Cristo, no podrá dejar de producir fruto en favor de la vida del mundo, y lo hará ciertamente desde el corazón, movido por la gracia del Espíritu y, por consiguiente con libertad111. La moralidad predicada por Jesús de Nazaret consiste en la obediencia

110 Ibid., 15.

Referencias

Documento similar