Silvestri y Blanck Bajtin y Vigotsky La organización semiótica de la conciencia

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PARTE PRIMERA

BAJTÍN Y VIGOTSKT:

LA ORGANIZACIÓN SE,MIÓTICA

DE LA CONCIENCIA

Adriana Silvestri

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años después de la primera. Dos años más tarde le seguían su libro sobre Rabelais (Bajtín, 1971), escrito veinticinco años an-tes, las traducciones en el extranjero y su reconocimiento den-tro y fuera de Rusia. Pero faltaba descubrir todavía muchas extrañas facetas en su obra. Había algo más que las sombras del estalinismo embrollando una biosrafía.

A comienzos de los años setenta, el semiólogo Viacheslav Ivá-nov afirmó públicamente que varios textos, aparecidos bajo el nombre del periodista literario Pavel Medvédev y del lingüsta ValentÍn Voloshínov entre 1925 y 1929, eran en realidad obras de BajtÍn. Los presuntos autores habían formado parte de un cÍrculo intelectual centrado en é1. Los nuevos -üejos-- textos abrieron una perspectiva diferente para la obra bajtiniana, permitieron una lectu¡a distinta de los ya conocidos sobre Dostoievski y Ra-belais, engarz¡índolos en un campo de reflexión mucho más am-f plio. La polémica sobre la autoría no está clausurada, ya que no \ hay eüdencias conclusivas, aunque el consenso actual le atribuye J los libros y artículos en cuestión a Bajtín. El enigma se r,uelve { interesante porque el misterio bibliográfico está contemplado en i su reflexión teórica: BajtÍn dedicó muchas páginas a su peculiar I concepción del autor, que mrnca es uno sino varios; del texto, que siempre es texto compartido. Aún vivía cuando se inició la discusión; no obstante frente a ella mantuvo una actitud ambi-I g"u. Reconoció en privado -y también lo testimoniaron familia-i to y conocfamilia-idos-- ser el autor de las obras en cuestfamilia-ión, pero nun-\ ca quiso admitirlo priblicamente.

Su biografía es también reacia a la reconstrucción inequí-voca. La historia es en parte responsable del cuadro incomple-to. Durante la vida de Bajtín hubo tres guerras en territorio nrso, y también los documentos son afectados por las guerras. Como por ejemplo los papeles personales de Voloshínov, que fueron totalmente destruidos en un bombardeo durante la Se-gunda Guerra Mundial. Hubo también el oscuro callejón del estalinismo, que conürtió a la falsificación en el sello distinti-vo de los textos oficiales, que confinó a millones de vidas en el silencio, en el ocultamiento o en la muerte anónima. Fero no sólo la historia. El mismo Bajtín era desdeñoso de documen-tos y requerimiendocumen-tos legales, no solía escribir cartas ni dejó notas o diarios personales.

Mijaíl Mijáilovich Bajtín nació en Oriol, pequeña ciudad al sur de Moscú, el 5 de noviembre de 1895 y murió en Moscú el 7 de marzo de 1975. Cursó la universidad, primero en Odesa y después en Petrogrado, en la Facultad de Historia y Filología. Durante la década de los veinte fue sólo una figura marginal en la escena intelectual rusa. Sufría una enfermedad invali-dante, osteomielitis, que lo obligaba a recluirse por largos pe-ríodos. Su situación económica era precaria -como la de to-dos en aquellos tiempos de cambios- y üvía escasamente de dar conferencias y lecciones particulares. Mantenía poca rela-ción con la intelectualidad pública. No desarrolló una brillante carrera institucional, ni fue muy conocido en esta etapa. Pero sl estuvo rodeado de un grupo de talentos inusuales, un círcu-lo de amistades con las que se reunía habitualmenie para compartir y debatir durante horas sus intereses en común. Es-tos intereses eran de una amplitud que asombra ahora, cuan-do el pensamiento suele orientarse hacia los caminos de la especialización; pero respondían a una versatilidad frecuente en la Rusia de su época. Era también característica la necesi-dad de organizarse grupalmente. La reflexión no se concebía en aislamiento, sino en permanente diálogo con los demás. Los grupos -institucionalizados o no- proliferaban, se orga-nizaban debates, y la conversación pública o privada se soste-nía como la forma priülegiada para generar ideas. -Es verosí-mil que la concepción de Bajtín sobre la esencia colectiva de la creación fuese incitada por esta socialidad intrínseca al pensa-miento ruso de su época. Desde esta perspectiva, resultaría ba-nal discutir quién tomó el Lápiz para escribir determinado li-bro. El texto nunca es de propiedad privada, es engendrado errrl

el diálogo, comunitariamente. J

Bajtín prestó especial atención al ambiente ideológico en el que vive y se desarrolla la conciencia. A la suya le correspon-dió, en los inicios de su carrera intelectual ---como es también el caso de Vigotski- el clima de excepción de los años si-guientes a la Revolución de Octubre.

Además de la cantidad y calidad extraordinarias en la pro-ducción cultural de este período, era significativa la actitud de compromiso de los intelectuales con la experiencia histórica inaugurada: la creación de la primera sociedad basada en una

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INrRopuccróN

BAJTÍN Y VIGOTSKI

Mijafl Bajdn fue longevo: casi ochenta años en pleno si-?o( Sin embargo, la peculiar circunstancia histórica en que desarrolló su obra tuvo como resultado una maraña de ma-éditos e inma-éditos, completos e incompletos, firmados su nombre o con el de sus amigos, a solas o en colabora-de diftcil colabora-deslincolabora-de. La publicación colabora-de sus trabajos no menos caótica: tardía y cronológicamente desordenada, ofreciendo imágenes parciales, fragmentos discontinuos descubrlan a cada paso una amplitud desconcertante en tcmas que habla reflexionado. Lingülstica, filosofía, crítica

estética, psicología y aun teología, polémicas con el y con el psicoanálisis, estudios sobre Dostoievski y . No hay etiqueta que pueda clasificar cómodamente

ürúlüple de sus intereses.

.8tt figura fue casi desconocida hasta llegar a sus setenta Hacia la década de los veinte habla publicado bajo su sólo un pequeño arrículo en un diario de proüncia, y übro sobre Dostoievski (BajtÍn, 1986a). Llegaron entonces dfas macabros de Stalin, y con ellos muchos años

de,ais-Lfrhnto y olüdo. El interés por su obra en su pals renació

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organización socialista. No había sólo motivación intelectual en el trabajo intenso y el clima entusiasta, sino también un profundo sentido ético, una responsabilidad fuertemente asu-mida ante el nuevo proyecto de sociedad. En el caso de Bajtín y sus amigos, emprendieron con frecuencia --€n sus sucesivas estancias en Nével, Vítebsk y Leningrado- actiüdades para compartir sus reflexiones: organizaban debates abiertos, series de conferencias y cursos gratuitos, actividades en sindicatos, publicaron un periódico cultural. La mayor parte de los miem-bros del círculo de Bajtín se integraron orgánicamente a las instituciones oficiales y realizaron una calTerra pública. Para-dójicamente, no fue esa la trayectoria del propio Bajtln, quien -a partir de su mudanza a Leningrado- aparece como el representante del grupo con menos actiüdad exterior, quizá por la reclusión a que lo obligaba su enfermedad. En la segun-da parte de este libro segun-daremos una biografÍa más detallasegun-da de Bajtín y sus clrculos, tanto del período que acabamos de es-bozar, como del que va de su etapa leningradense hasta su muene.

La relación de Bajtín con el marxismo es otro punto de polémica. Sin duda sus influencias teóricas fueron muy varia-das, incluyendo el ¡sek¿¡Jismo, la fenomenología, y aun el pensamiento religioso progresista. Su círculo nunca se integró con los grLrpos autoconsiderados marxistas, aunque tampoco hubo enfrentamientos ni actitudes hostiles. La renuencia de algunos estudiosos actuales a aceptarlo como pensador mar-xista llevó en los casos más extremos a evaluar el grado de marxismo explícito en sus textos para decidir si el autor real habfa sido el mismo Bajtín. La responsabilidad de las obras más incómodas en su exhibición de categorías marxistas le fue otorgada a Voloshínov y a Medvédev, quienes por otra parte las habían firmado. En otras versiones, se interpretó el üraje marxista de Bajtín en su perlodo leningradense como una sutil estrategia estilística para lidiar con la censura editorial (Clark y Holquist, 1984). La versión canónica y oficial del marxismo que circuló didácticamente por Rusia desde los años treinta no podía menos que disgustar a Bajtín, de la misma manera que toda doctrina nmonológicat en sus intentos de imponer una üsión clausurada y definitiva. De ahí probablemente su

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ción ---en textos posteriores a la década de los veinte- de un vocabulario connotado de sectarismo. Y también su apelación al mismo para sortear las dificultades de un ambiente editorial poco propicio. Pero, en todo caso, es obüo que no puede redu-cirse la cuestión a un mero asunto de ropaje terminológico. Las diferencias entre el marxismo escolástico y ortodoxo, y el pensamiento marxiano,l no eran desconocidas para Bajtín, quien solía señalarlas -con la atenuada diplomacia del caso-en los textos caso-en cuestión. Y aun sin una sola aparición del vocabulario específico, el marxismo no deja de ser uno de los fundamentos más sólidos en su teoría. En el pensamiento baj-tiniano no se detecta la aplicación externa de una filosofía, como un simple adorno oportunista, sino una acción interna de las categorías del materialismo dialéctico produciendo nue-vas ideas.

, | "t No eiste un Bajtín definitivo, de ideas conclusivas, que I | ' pueda encuadrarse en una disciplina única. La reflexión sobre el lenguaje lo llevó a transitar por muchos campos y abrir nu-merosas vías de investigación. Resulta difícil intentar una sín-tesis, no sólo por la notable profusión temática, sino también por el permanente entrecruzamiento en sus líneas de reflexión. En la ciencia literaria -a la que consideraba una rama de la ciencia general del signo y de las ideologías- sus aportes resultaron cruciales para la constitución de una teoúa de la literatura sobre bases sociológicas. En este ámbito era más ha-bitual la apelación al materialismo dialéctico para encarar pro-blemas históricos, pero Bajtín asumió esa perspectiva también en el área teórica: la especificidad de la obra literaria explicada bajo categorías marxistas -que desde otro enfoque también desarrolló Lukács. Se enfrentó aqul tanto con sus contemporá-neos for-malistas, como con el sociologismo lrrlgar de ciertas interpretaciones pretendidamente marxistas. En sus desarro-llos de temas de poética teórica e bistórica, BajtÍn dejó una

l. Aquf nos atenemos a la distinción que establece Adam Schaff (1980) entre (marxiano), como todo lo que es exclusivo del propio Marx, y (marxista>, para lo que se refiere a la interpretación de cualquier otro autor. Obliamente existe un mar-xismo no escolástico. También, extenderemos el mismo criterio a los términos <leni-niano' Y uleninistan'

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serie de reflexiones que resultaron muy fecundas: el análisis del discurso cotidiano, los géneros discursivos, el estilo, la di-mensión espacio-temporal, una nueva teoría sobre la novela y sobre la multiplicidad de los puntos de üsta.

En su análisis de Rabelais y su contexto histórico, üncula el análisis literario con el folklore y la antropología, ofreciendo una brillante teoría sobre la dinámica de las culturas popula-res y una nueva interpretación del carnaval y la ruptura de las jerarquías sociales.

La lingülstica y la filosofía del lenguaje fueron otras áreas de fecundo desarrollo. Polemizó con las propuestas alternati-vas que ofrecía el pensamiento lingüístico hasta su momento: concebir a la lengua como un sistema de formas inmutables o como un proceso incesante de creación indiüdual. El lengrraje es para Bajtín una práctica social, y de esta concepción extrajo todas las consecuencias teóricas, poniendo al material semióti-co en su inevitable relación semióti-con la ideología, semióti-con la sociedad y con la historia.

Algr-rnas categoías que cruzan todos sus textos tienen espe-cial importancia teórica en la reflexión bajtiniana. Entre ellas, el diálogo, que adquiere un sentido mucho más amplio que el inmediato de intercambio verbal entre dos personas, para vol-verse un mecanismo específico de incorporación de lo social -en su enorrne variedad y permanente mudanza- a la con-ciencia y al texto. También resulta central su concepción del enunciado. Como unidad concreta de la comunicación verbal, el enunciado sólo es tal en su relación con el contexto extra-verbal, que pasa a formar parte de él interviniendo ineludible-mente en la determinación de su sentido y de su estructura. La semiótica, las ciencias del texto y la pragmática deben tam-bién mucho a sus reflexiones.

De la multitud de temas abarcados por Bajtín, muchos in-volucran ala psicología y la psicolingüística, y de ellos se ocu-pará esta primera parte. Para acceder a un psiquismo humano que definía como de esencia social, Bajtín pedía una psicolo-gía objetiva, capaz de explicarlo en función de los factores so-ciales que determinan la vida concreta del indiüduo en las condiciones de su entorno social. Una psicología que no estu-vicse basada en principios fisiológicos ni biológicos, sino

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ciológicos. Que reconociera que el psiquismo humano subjeti-/'vo es un hecho socioideológico, que los procesos que definen su contenido no están dentro sino luera del organismo. Una psicología definida en tales términos responde aI materialismo dialéctico. Sortea los peligros del materialismo mecanicista, que explica en función de estímulos y componentes fisiológi-cos de la respuesta, y también, por supuesto, eüta las idealida-des de concebir a un ser humano,ahistóneo e inmutable.

En la misma época en que Bajtín planteaba estas necesida-des, y por el mismo luga¡ Lev Semiónovich Vigotski (Orsha, 1896 - Moscú, 1934) desarrollaba una psicología que habría satisfecho estos requerimientos. La coincidencia entre el pen-samiento de ambos ha sido advertida con frecuencia (Morson, 198ó; Vila, 1987; Wertsch, 1983). No deja de ser intrigante el hecho de que nunca se hayan tratado personalmente. El cono-cimiento mutuo de sus respectivas obras ha sido parcialmente demostrado. Algunos teóricos afirman que Vigotski conoció los primeros trabajos de Bajtín (Bruner, 1984a, p. 95). Bajtín (1976a,1980¿), por su parte, cita en dos oportunidades el ar-tfculo de Vigotski .La conciencia como problema de la psico-logía de la conductao. Es casi seguro que el contacto haya sido apenas fragmentario. Sin embargo, llegaron desde distintos campos -la reflexión sobre el lenguaje y la psicología- a con-clusiones similares. No es ésta una situación inédita en la his-toria de la ciencia. Menos aún en el caso de Vigotski y Bajtín, que compartieron estrictamente la misma situación histórica y desarrollaron su pensamiento en el mismo ambiente teórico-ideológico. En ocasiones, apelaron explícitamente a las mis-mas fuentes, tales como las elaboraciones de Iakubinski sobre el diálogo, que resultaron muy fructíferas para ambos. La coincidencia proüene también de su concordancia filosófica. En el caso de Vigotski se asumió como proyecto explícito re-plantear a la psicología desde la perspectiva del materialismo dialéctico (Blanck, 1983). En el de Bajtín, la incidencia del marxismo es menos exclusiva, pero no de menor peso en su teoría.

Ambos acordaron en la concepción del individuo humano como el conjunto de las relaciones sociales. Pero una vez acep-tada esta premisa, hay que explicar por medio de qué

meca-r*

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nismos los factores sociales modelan la mente y construyen el psiquismo. Aquí se volvió ineludible para Bajtín y Vigotski una perspectiva semiológica, ya que es el signo, en sí mismo un producto social, el que cumple esa función generadora y direc-tnz de los procesos psicológicos. Así, Vigotski centró su estu-dio en la mediación semiótica de la üda mental. A partir de estas premisas, son numerosas las conclusiones similares a las que ambos arribaron/ Ia construcción de la conciencia a partir de la interionzación dellenguájá, Ia trama semiótica de la con-cien-ia pioporcionada por el lenguaje interior, el papel del diá-logo en estos procesos, la intervención crucial dgl _co,4texto y, por lo tanto, la necesidad de la distinción entre significado y sentido para el enfoque semiótico.

Vigotski estudió -proporcionando eüdencia empírica- el mecanismo psicológico preciso de la interiorización. Bajtín realizó extensos estudios sobre la vasta serie de textos que constituyen la trama semiótica de una cultura, aportando un contexto general a una emisión y determinando, por lo tanto, su sentido. Anakzó también los mecanismos semióticos que posibilitan, en un mismo enunciado, la presencia de distintas perspectivas ideológicas.

Por todas estas coincidencias, es Vigotski el interlocutor de Bajtín que con mayor frecuencia dialogara con él en este libro. Para una comprensión global de la üda y obra de Vigotski, pueden consultarse las obras de Blanck (1984, 1987b,1990), Blanck y Van der Veer (e.p.), Riviére (1985), Siguán (1987), Van der Veer y Valsiner (1990) y Wertsch (1988). Sus produc-ciones teóricas se complementan y se iluminan mutuamente. Se intersectan en la importancia que Vigotski le dio al signo, desde la psicología, y que Bajtín le dio a las funciones psíqui-cas2 desde las ciencias del lenguaje.

2. En este libro nfunciones psíquicasr o (funciones mentaleso y (procesos psíqui--d cosD se utilizan como sinónimos, aunque la actiüdad mental es a ln vez t^nto Lrn i\- proceso como una función. También se emplearán indistintamente los téminos

(menteD, *psiquis' y <psiquismo,, todos los cuales deben comprenderse como (acti-üdad psíquica, o nactividad mental,. Finalmente, usamos con sigrrificado equivalen-te ninequivalen-temalización', (inequivalen-teriorizaciónu e uintmyecciónu; lo mismo es válido para (me-diatizacióno y nmediación,.

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Capfruro I

CONCIENCIA

Peregrinajes de la conciencia

La categorta de conciencia es huidiza, como toda categoría de largo trayecto histórico. Hasta que la psicologla se desgaja-ra como ciencia particular, fueron los filósofos los encargados de prestarle su atención. Así fue imbricándose, a lo largo de la historia, con las nociones de espíritu, de mente, de pensa-miento.

En forma muy amplia, y en vinculación con su etimología, el término (conciencia> designa un saber: el saber sobre el hecho de saber, la intelección del saber. Desde el pensamiento cristiano antiguo y medieval, se superpuso a este concepto la significación éttca. La conciencia moral se autoexamina y juz-ga, es pura o impura, aconseja o incita a actuar.

Con la filosofía moderna europea, especialmente a partir de Descartes, esta categoría se convirtió en una noción clave.

Descartes le dio una interpretación introspectiva y gnoseo-lógica. La conciencia de uno mismo se presenta como base y punto de partida de todo conocimiento verdadero. Só1o per-manece libre de duda la intelección del hecho de que yo pien-so y existo como ser pensante.

Kant recogié la temática del pensamiento en relación con

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la conciencia. Todo aquello que sea objeto de la intuición, de la imaginación, del pensamiento, depende de la autoconcien-cia. Para el idealismo alemán, la noción de conciencia se vol-üó ineludible. Hegel le concedió un lugar tan especial dentro de su filosofía, que todo lo que tematizó se ünculaba con ella.

La tradición filosófica apenas aludida aquí tuvo sus conse-cuencias en el abordaje psicológico de la conciencia. Apelando a un denominador muy común, pueden señalarse algunos ras-gos básicos en esta interpretación.

En primer lugar, la conciencia está dirigida a sí misma. Se conüerte en introspección y pasa a ser autoconciencia. Des-pués de cerrar a la conciencia en sí misma, se la separa de la existencia real del hombre, de sus relaciones con el mundo objetivo. Se entiende por sujeto no al indiüduo real, sino tan sólo a su conciencia. Todo el plano interior de la üda humana se reduce a un conjunto de representaciones o ideas, de las cuales la conciencia es recipiente (Rubinstein, 19ó3).

La conciencia aparece así como algo extrapolado, como' una condición del transcurrir de los procesos psíquicos. Se concibe como una cualidad, la cualidad de (conscientes" de los fenómenos del psiquismo. Y esta concepción desencadena una serie de metáforas habituales: la conciencia es el ,.esceta-rio" en el que los procesos psíquicos desempeñan su actua-ción, es el nhaz de luz" que ilumina lo que oculre en el inte-rior de mi cabeza (Leóntiev, 1978). Gilbert Ryle encontró el rastro de esta zarandeada imagen lumínica en la época de Ga-lileo y sus investigaciones ópticas: ul-a conciencia fue introdu-cida para desempeñar, en el mundo mental, el papel que de-sempeña la luz en el mundo mecánico" (Ryle, 1967, p. 142).

La psicología del siglo xrx y principios del xx desarrolló en general un lirismo muy poco riguroso alrededor de la concien-cia. Conceptos ubicuos como éste llegan a adquirir todos los significados, o ninguno. Bajtín protestó: "En general, Ia con-ciencia se ha convertido en el asylum ignorantiae para todas las lucubraciones filosóficas, (Bajtín, 1976b, p.23).

La propuesta de Bajtín consistió en buscar una definición objetiva de la conciencia, en lugar de condenarla a una carac-tenzación subjetiva e imprecisa que la convertía en "el recep-táculo de todos los probiemas no resueltos" (Bajtín, 1976b,

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p. 23). Bajtín estaba pensando desde otra perspectiva filosófica que también le había concedido a este concepto una detenida reflexión. Bajtín estaba pensando en términos marxistas.

La conciencia en la filosofia marxista

Marx y Engels transformaron la dialéctica pura de la con-ciencia de Hegel en una dialéctica de la sociedad y de la natu-raleza. En el punto de partida del pensamiento marxista se encuentra la inversión de la filosofía hegeliana:

No se parte de lo que los hombres dicen, se representan o imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, repre-sentado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hom-bre de car-ne y hueso; se parte del hombre real que realmente actúay, arrancando de su proceso de üda real, se expone tam-bién el desarollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida [Marx y Engels, I97l' p.26].

Esta inversión tiene como consecuencia otra idéntica inver-sión en las relaciones que en la filosofía alemana precedente se habían establecido entre la conciencia, por una parte, y ia naturaleza, la sociedad y la historia, por otra. Ahora nno es Ia conciencia del hombre la que determina su ser, sino que, por el contrario, es su ser social el que determina su conciencia' (Marx, 1976, p. 9).

La conciencia deja de ser prioritaria y determinante con respecto a la realidad natural y social, para convertirse en un producto de la sociedad. La génesis de Ia conciencia a partir de la sociedad le hace adquirir su moülidad, su engarce con la historia y con el cambio: nlos hombres que desarrollan su pro-ducción material y su intercambio materiai cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de stt pensamiento" (Marx y Engels, 1971, p.26).

Engels completó la dialéctica de la sociedad con una dia-léctica de la naturaleza. El movimiento dialéctico no es sólo la fuerza impulsora de la historia, sino propiedad de la materia, causa de todos los movimientos y transfor-rnaciones de la

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raleza que condujeron al origen de la vida. La dialéctica objeti-va de la naturaleza se reproduce, como dialéctica subjetiobjeti-va, en el pensamiento humano, ya que éste .no es sino el reflejo del moümiento a través de contradicciones que se manifiesta en toda la naturaleza" (Engels, 1961, p. 178).

A partir de la transposición de Engels, explicando al pensa-miento como imagen del movipensa-miento dialéctico universal, el próximo paso en la reflexión sobre la conciencia fue dado por Lenin, quien produjo una teoría materialista del conocimiento. Desde su punto de üsta, la evolución de la materia orgánica tuvo como resultado altamente especializado y complejo al ce-rebro, órgano de la conciencia, <producto supremo de la mate-na organizada de un modo especial" (Lenin, 1909, p. 59 pas-sim). Así, a través de su soporte material, la conciencia queda integrada al desarrollo general de la materia en la naturaleza. En este aspecto, la conciencia es definida por Lenin como una función de aquella porción de la materia de compleja arquitec-tura que se llama cerebro del hombre.

En cuanto a las sensaciones, percepciones, pensamientos, y todos aquellos procesos que integran la órbita de la conciencia y permiten conocer al mundo, son para Lerttn reflSos de la realidad. Conozco al mundo cuando obtengo en mi conciencia un reflejo adecuado del mundo, tal como éste es. Por esta ra-zónla conciencia es presentada como secundaria con respecto a la realidad objetiva.

No sólo la naturaleza forma parte de la realidad objetiva. También las circunstancias históricas y sociales son reflejadas por la conciencia. Y este reflejo no es necesariamente una imagen fiel y exacta.

La mediación del signo en el reflejo

Tanto en la concepción de Bajtín como en la de Vigotski subyace la formulacién de Lenin: la conciencia es un reflejo activo de la realidad. Esta definición ofrece muchas derivacio-nes en su análisis.

En primer lugar, la conciencia aparece como aigo que se constnrye desdn afuera: no es una emanación del alma del

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diüduo ni una secreción de su cerebro. La operación por la cual se construye la conciencia es el refleio. Esta categoría, central para la gnoseología marxista y desarrollada fundamen-talmente por Lenin (véase 1909), tiene connotaciones desagra-dables para más de un estudioso del tema. Sugiere la imagen del ser humano como un charco estancado, esperando que algo se asome por sus orillas para poder reflejarlo. El significa-do de reflejo, sin embargo, es ajeno a la metáfora óptica que justificadamente descalificaron Alexéi N. Leóntiev y Gilbert

Ryle. Pero hay sólidas razones históricas para haber adoptado esta palabra en lugar de otra con connotaciones menos enojo-sas (Schaff, 1973). Se adoptó en la lucha contra un adversario concreto, el idealismo subjetivo, para subrayar el hecho de que lo que llega a la conciencia -y lo que la forma- es algo que existe independiente de ella: la realidad objetiva. También se adoptó para enfrentar al agnosticismo: la realidad objetiva sí es cognoscible, podemos conocerla reflejándola. En modo al-guno debe suponerse que entre el conocimiento y el objeto conocido hay semejanza física, o que el reflejo consiste en una mera imagen sensorial mental, algo así como una fotograffa del objeto en nuestro interior. La mente no es un espejo. No somos reflectantes pasivos. Tal como se desprende de la pri-mera Tesis sobre Feuerbach de Marx, la actividad y la praxis se introducen ineludiblemente en el proceso de conocimiento. Como Rubinstein lo expresó, no se trata de un reflejo en el sujeto sino por el sujeto. El reflejo es un proceso activo y no un acto pasivo.

Tampoco es el reflejo humano una operación directa. Así acfilan los animales. Éstos, ante un estímulo del medio reac-cionan en forma directa, sin que exista mediación psíquica al-guna. En sus cerebros, por así decirlo, no hay significados, no hay categorÍas ni conceptos.

Pero el hombre refleja la realidad utilizando unas herra-mientas que le son exclusivas: los signos. En tanto herramien-tas, los signos funcionan como mediadores en su relación con la realidad. Nuestra conciencia está poblada de signos. Fero estos signos no se incorporan a una conciencia vacla que los estaba aguardando. La propia conciencia es una construcción de los signos. No hay conciencia fuera de ellos.

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Esta relación entre conciencia y lenguaje registra un ante-cedente clásico en Marx y Engels, quienes señalaron que la vinculación de los procesos pretendidamente <espirituales" con lo material se produce a través del lenguaje:

El uespíritun nace ya tarado con la maldición de estar npre-ñadoo de materia, que aquí se manifiesta bajo la forma de ca-pas de aire en movimiento, de sonidos, en una palabra, bajo la lorma del lenguaje. El lenguaje es tan üejo como la conciencia: el lenguaje es la conciencia práctica, real, que existe también para los otros hombres y que, por tanto, comienza a existir lambién para mí mismo; y el lenguaje nace, como la concien-cia, de la necesidad, de los apremios del intercambio con ios demás hombres [Marx y Engels, 197 | ' p. 31]'

En esta cita se condensan todas las ideas desarrolladas por Bajtín sobre el tema. Fuera de la objetivación exterior, de la corporización en alguna materia semiótica, la conciencia es una ficción. Y en tanto el lenguaje es un producto social, naci-do de la necesidad de comunicación social, también la con-ciencia es un producto social (Bajtín, I976b, 1980c)'

Origen social de la conciencia

La forma básica de lo psíquico reside en su existencia como proceso. Los procesos psíquicos dan origen a una formación psíquica. Por ejemplo, el proceso de percepción se expresa como resultado en nuestra conciencia como una imagen senso-rial. Los resultados del proceso no existen fuera de él: dejan de existir cuando éste se internrmpe. A su vez, son el punto de partida para la ulterior actiüdad psíquica. Pero, en la concien-.iu, lot iesultados del proceso se presentan al margen del mis-mo. Una imagen sensorial, un recuerdo, un sentimiento, son registrados por la conciencia, pero no así los complejos proce-sos psíquicos que los originaron' De modo que la conciencia no abarca la totalidad de la vida mental: el proceso psíquico mis-mo por el cual adquirimis-mos conciencia de distintos aspectos de la realidad no es necesariamente consciente (Rubinstein, 1963)'

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l,¡r lfnea diüsoria entre lo consciente y lo no consciente es i¡resl¡rble y dinámica. También hay formaciones psíquicas que no sc (rncuentran en un momento dado integrando la concien-rirr; ¡ruo pueden ingresar en su órbita en otra situación.

Si bien la actividad psíquica no consiste exclusivamente en la t'orrcicncia, Bajtín le otorga su especial atención porque es r.lln lrr que tiene importancia social. Para la tradición marxista, el hcc:ho de que el hombre pueda construir mentalmente un lrr)yccto antes de efectiüzarlo en la acción, es lo que lo dife-tttrt'iir de los animales.

Concebimos el trabajo bajo una forma en la cual pertenece cxclusivamente al hombre. Una araña ejecuta operaciones que rccuerdan las del tejedor, y una abeja avergonzaria,por la cons-trucción de las celdillas de su panal, a más de un maestro al-bañil. Pero lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la mejor abeja es que el primero ha modelado la celdilla en su cabeza antes de conshuirla en la cera [Marx,

1 9 7 5 , p . 2 1 6 l .

L¿r conciencia, dice Bajtín, mientras no excede la órbita de Io tncntal, posee un alcance limitado; pero (una vez que pasa ¡rot' lodas las etapas de la objetivación social e ingresa al siste-In¡t clc poder de la ciencia, el arte, la ética o la ley, se cónüerte ff f una flterza real, capaz incluso de ejercer a su vez influencia ¡olrrc las bases económicas de la üda social" (1976b, p. 113).

¡'No hay otra cosa que signos en nuestra conciencia? ¿No lr¡ry imágenes de formas, olores, sabores, todas ellas diferentes rlcl lcrnguaje? Sí, las hay. En los fenómenos de la conciencia existc también una trama sensorial. Pero las imágenes senso-t ir¡les formadas en nuessenso-tra conciencia adquieren Llna nueva currlidad: su carácter significativo. Sin la mediación del lengua-lc, la sensorialidad no es todavía humana. También un cacho-t'rrr tracciona ante el olor a comida, o el bebé que no tiene letrgrraje ante un color brillante. Pero en ellos no hay concien-rrl¡r, y en el cachorro nunca la habrá. Para que exista psiquis-tlrn humano, para que exista conciencia, el organismo debe i¡nirsc con el mundo exterior en el signo. Incluso las sensacio-ttes f isiológicas, aquellas aparentemente más .naturalesr,

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ben incorporarse al material del lenguaje interior. Sólo así las necesidades naturales, que compartimos con los demás anima_ les, se volverán deseo humano. Aquellas sensaciones e imáge_ nes, en el irombre consciente, ya no seÉn nunca puros reflejos orgánicos. El cachorro que percibe el sabor agradable de-la carne en su boca la traga sin más, como respuesta refleja, aca_ tando un mecanismo neurofisiológico de su organismo. Mar_ cel Proust registra el sabor de la célebre magdalena; y una compleja resonancia sígnica en su conciencia ló ileva a .rro"u. experiencias de su niñez. La materia del psiquismo es semióti_ ca. Su realidad es la realidad del signo.

La pérdida de los sistemas sensoriales fundamentales _la üsta y el oído- no destruye la conciencia. Inclusive los cieso_ sordos de nacimiento llegan a formar (a través de una .d.rIa_ ción propicia) una conciencia normal, aunque sensorialmente pobre (Meshchernyakov, 198ó).

En cambio, si un niño se cría al margen de la sociedad humana, al margen de la comunicación coli otros hombres, su esfera sensomotriz se mantiene indemne, pero la conciencia no llega a constituirse, l

La realidad de la conciencia es la realidad del signo. y el signo es social. El lenguaje no surge, en la historia áe h hu_ manidad, ni es adquirido por el niño, ni se desarrolla, fuera de la sociedad humana. El lenguaje es un producto de la actiü_ dad humana y es una práctica social. ia conciencia, por lo tanto, sólo puede formarse en sociedad.

Hertamienta y signo

Fll animal no puede salir de los límites de la experiencia sFnsible inmediata. Parafraseando a Wolfgang Kóhler, es un pdliionero de su campo perceptivo. Para resolver los proble-tnns que su entorno directo le plantea, debe operar directa-¡¡lente con los objetos involucrados en ese problema; por ejem-¡tlo, remover la maleza que obstaculiza el acceso a la comida.

Pero el hombre puede operar no sólo en el plano inmedia-kt, sino también en otros más abstractos. El uso de herra-nrientas se lo posibilita.

El acto de fabricar una herramienta supone dirigir la acti-vldnd hacia algo distinto del problema que llamó mi atención, rélo para abordarlo en una segunda etapa, mejor proüsto de un medio para resolverlo.2

El uso de herramientas supone wa mediaciúz: mediación 6n tanto son medios -instrumentos- para dirigir el compor-lamiento hacia otra cosa, y en tanto implican una ruptura de la inmediatez enla relación con la realidad.

Los signos también son instrumentos, instrumentos objeti-vos de la relación entre personas. La función principal de estos peculiares instrumentos es la comunicación: suponen una me-dlnción interpersonal. La lingtfstica conductista describió bien Gile carácter instrumental del lenguaje en su aspecto externo. En este modelo, las emisiones de habla actúan como estímulos y rcspuestas sustituyentes de los estímulos y respuestas prácti-ee¡s del medio, constituyéndose así como una mediación entre cl estfmulo que afecta al hablante y la respuesta del oyente. $rncias a la intervención del lenguaje, se quiebra la inmedia-lez del circuito estlmulo-respuesta. Una persona puede regis-lrar el estímulo -por ejemplo la sed- y por medio del habla lograr que otra realice la respuesta adecuada -alcanzarle un vnso de agua. En el marco conductista, el correlato mental,

2. La cuestión sobre si los animales fabrican o no henamientas no es demasiado lletlincnte aqul. En todo caso, sólo son capaces de fabricar henamientas de primer :tedo, v dentn¡ de la órbita perceptual del problema que los estimula. El hombre, en eentblo, es el único que puede fabricar herramientas de segundo grado, es deci¡ lloccl una herramienta con la awda de otra.

l. Esta situación se conoce como (fenómeno Kaspar Hauserr. El estudio de los casos. de niños criados por animales, o en otras circunstancias de extrema privación social, proporciona eüdencia sobre er origen sociar de ros procesos psrquicos especffi-camente humanos (véase Blanck, l9g7aj. Estos casos, verdaderas-exieriencias cru_ ciales para una- correcta comprensión de la relación naiurrnurtura en la constitución del psiquismo humano, fueron desestimados por los psicólogos en los riltimos veinte años, en franco contraste con su tratamiento privileliado d]urante ra década de los sesenta' ouiás esta tendencia comience a reveÍirse Á ra actua.lidad, como lo mues-tra un reciente mues-tratado de psicologfa evolutiva, precisamente al plantear el tema en su capítulo inicial (véase Cole y Cole, l9g9).

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diante el lenguaje interior también autorregulamos nuestra propia conducta, por ejemplo, planificando una actividad por anticipado en nuestra conciencia, y preüendo y resolüendo <mentalmente, los problemas que dicha actividad puede pre-sentar (Luria, 1.979).

El tránsito de lo interpersonal a lo intrapersonal registra varias etapas que permiten analizar cómo se constituye el len-guaje interior. El habla egocéntrica, así llamada por Piaget, es el eslabón necesario en la génesis del lenguaje interior a partir del habla.

Entre los dos y siete años, el niño emite un monólogo que acompaña a la acción. Monologa mientras juega solo, mien-tras resuelve una situación problemática. Piaget lo llamó habla egocéntrica, ya que desde su punto de üsta indicaba un tránsi-to de la fase autista hacia el pensamientránsi-to socializado. La fase del habla egocéntrica indicaba la incapacidad del niño para coordinar todavía la perspectiva propia con la ajena, de cam-biar el marco de referencia. Sería, entonces, una etapa de so-cialización incompleta.

La apreciación de Vigotsh (1983) sobre este fenómeno fue diferente. La socialización no es progresiva. La función mordial del lenguaje es la comunicación. Por lo tanto, el pri-mer lenguaje del niño es esencialmente social. No "se convier-te) en social después de haber sido otra cosa. Cuando el niño se habla a sí mismo en el monólogo egocéntrico, reproduce pautas de interacción social. Dialoga consigo mismo de la mis-ma formis-ma en que dialoga con otros. En su esquemis-ma de desa-rrollo, el lenguaje es primero social, después egocéntrico, y más adelante interiorizado. La dialogicidad del habla social no se pierde en el monólogo, ni se habrá de perder en el lenguaje interior. Ontogenéticamente, el lenguaje es un instrumento de comunicación. Esta es su función principal, y sobre ella se modelan las demás.

La función objetiva del habla egocéntrica es la regulación y planificación de la actiüdad. Acompañando su actiüdad con palabras, el niño está aprendiendo a resolver problemas me-diante el lenguaje. Las emisiones aumentan cuando la tarea es dificultosa. Está emergiendo una nueva función, la función cognitiva. Pero, subjetivamente, el niño todavía no la

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cia de la función comunicativa de interacción social. Y por eso le da su misma forma.

Para Piaget, el hecho de que el niño piense que está con-versando con los demás, cuando lo que en realidad hace es entenderse a sí mismo, es demostrativo precisamente de que aún no hay capacidad de cooperación con los otros en el pla-no cognitivo. La efectividad de la comunicación es el criterio que utiliza Piaget (1983) para determinar el grado de socializa-ción del niño.

En cambio, para Vigotski, el criterio es evolutivo. No se detiene a analizar la efectiüdad de la comunicación para con-cluir de alll el grado de socialización del niño, sino el origen social de la nueva herramienta psicológica que el niño está utilizando -el lenguaje-, y su modelamiento por la interac-ción social.

Progresivamente, el habla egocéntrica va disminuyendo y haciéndose cada vez más amorfa e idiosincrática. A los tres años, la diferencia entre el habla comunicativa interpersonal y el monólogo es nula. A los siete años, la distinción es total. Esto significa que las distintas funciones han ido diferencián-dose. La disminución del monólogo responde al proceso de internalización: la vocalización se ha hecho más y más innece-saria. El habla externa fue volüéndose interna. No sólo hay abandono del sonido. También resulta un cambio de estructu-ra del lenguaje interior con respecto al habla, que analizare-mos más adelante.

Conciencia e inconsciente

Bajfn fue un teórico de la conciencia. Describió su origen social y su estructura semiótica. Analizó su relación con la ideología. No se trata de una mera instancia psíquica más. Es la definitoria, la esencial para comprender la naturaleza hu-mana. Su concepción del psiquismo no incluye ninguna cate-gola que equivalga al inconsciente freudiano. Conoció bien, no obstante, la propuesta psicoanalítica, y polemizó con ella en su obra Freudismo. Más allá de la crítica explícita en este texto, la incompatibilidad de sus teorías con el psicoanálisis es

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interno, que acompaña al habla, es descartado por la propia teoría, que se atiene sólo a lo observable. El significado de los signos es ubicado fuera de ellos, en los estímulos-respues-ta prácticos extralingüísticos que los motivan, o en las con-diciones que debe satisfacer un objeto para ser denotado por el signo (Bloomfield, 1964; Morris, 1946). Pero no sólo nha-cia afuera, del organismo los signos funcionan como herra-mientas.3

Al internalizarse, los signos se convierten en instrumentos subjetivos de la relación con uno mismo: autodirigen y regr,rian la propia conducta y el pensamiento (Vigotsl<:., 1979;1987).

El hombre con lenguaje puede resolver un problema pri-mero (en su cabezao, en otro tiempo y en otro espacio que en los que aquél se presente, operando no con objetos sino con signos que sustituyen a los objetos y sus relaciones. Su carác-ter en tanto instrumentos es también mediacional: son medios de los que me sirvo para resolver una situación, e implican una actividad mediadora entre el sujeto y la praxis.

No obstante, los signos tienen características que les son peculiares y no comparten con las herramientas. Los instru-mentos de producción no tienen significado, no expresan ni reflejan nada. Sólo tienen una tarea, y un clre{po físico técni-camente adaptado a la misma (Bajtín, 1978). El signo es tam-bién un objeto material, pero -a diferencia de los demás ins-trumentos- vehiculiza un significado. Y nada hay en su confi-guración física sonora que lo constriña a determinada tarea: la palabra es inespecífica en cuanto a su función. Puede desem-peñarse en cualquier campo, científico, ético, estético, religio-so, etc.

Todas las funciones mentales superiores, aquellas que son específicas del hombre e integran la órbita de su conciencia, son procesos mediatizados, y los signos son los medios que los organizan y dirigen. Pero con ellos no se nace. Se adquieren durante el desarrollo ontogenético del hombre en sociedad, mediante la actiüdad social.

3. Dentro del conductismo, hubo un intento de Charles Osgood (1965) para defi-nir el significado mental como una mediación intema de circuitos Estímulo-R.espues-ta (Silvestri, 1983).

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le Intcri<¡rización del lenguaje

l,n ¡lrirnera forma de funciones psÍquicas indiüduales es la eletnerrlala que deriva del bagaje hereditario de la especie, la tnetlur'¿rc'i(rn biológica y la experiencia individual del niño con cl ttturukr llsico. Todavía no hay conciencia en esta etapa tem-flt'Htrn, I iste funcionamiento cambiará cualitativamente cuando e¡t l¡r ¡rclividad del niño se incorpore la mediación semiótica. A llnvés ck: los signos, el funcionamiento mental ya no se desa-nullu tkr acuerdo con la maduración orgánica ni con princi-¡tlru biológicos generales, sino que es gobernado por la organi-ñr'lCrt¡ clc los sistemas de signos (Vigotski, 1987).

It.l nromento más significativo de este desarrollo se da Enan(l() cl habla y la actiüdad práctica -antes líneas inde-¡xtulientes de desarrollo- convergen. Este proceso sólo es pcl-¡lllle en un contexto comunicativo que establezca determina-eler ¡ruutas de interacción entre el adulto y el niño.

l{n trna primera etapa, la regulación de la conducta es ex-lelrtu, El bebé actúa orientado directamente por los estímulos del nredio.

lltr la segunda etapa, la regulación es interpersonal'. de-perule del lenguaje de los otros. Las palabras de los adultos ¡¡rft ¡eñ¿rles para emitir conductas. El adulto organiza, orienta y df igc el entorno físico y social del niño por medio de pa-lebt'¿rs,

líin¡rlmente, el habla se internaliza, y la regulación se vuel-ve ittlrapcrsonal. El lenguaje adquirido se conüerte en organi-red¡rr dcl pensamiento y del comportamiento del nino. Su ac-llviel¡rcl se orienta a través de los signos y significados que trllt¡lilttye¡r el tejido de la conciencia propia, a través del ha-blnlne a uno mismo que es el lenguaje interior. A partir de este tltr¡rncnlo, podemos distinguir en el lenguaje no sólo.efectos ¡tte¡1tttáticos de incidencia en la conducta de los demás.

Me-I Me-I l¡ r ll concepción ügotskiana, las funciones psíquicas se dividen en: a) elemen-lalcr o lrlcliorcs, que se caracterizan por ser naturales, no mediatizadas cultural-Itlerrlel l) srrpcriores rudimentarias; y c) superiores avanzadas. Todas las veces qué tllFilr iott¡tnros a las funciones psíquicas superiores, nos referimos exclusivamenie a lÉr rtv¡rrr¡ul¿rs. Pam una corecta caracterización de cada una de estas tres clases, t€a¡e Wcrlsch (1988) o Blanck y Van der Veer (en prepamción).

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inequívoca. No hay divergencias periféricas, sino en el punto de fartida, en Ia base misma de ambas concepciones.

Freud tuvo una actitud escéptica hacia la conciencia: siem-pre opera tendenciosamente, siem-presentando falsificaciones sobre .i *ii-u y sobre la totalidad de la vida psíquica. No hay que creer a lo consciente. Hay otras fuerzas más allá, censuradas, reprimidas, a las que no tenemos acceso excepto en larga y trabajosa situación analíf¡ca'

¿Qué es este inconsciente, según la interpretación de Baj-tín? Sólo enunciados, reacciones verbales, que surgen en la sesión psicoanalítica. En la misma medida son verbales los motivos de la conciencia's No hay diferencia ontológica entre ambos: consciente e inconsciente tienen caráctet verbal' Pero -como veremos más adelante- en tanto la enunciación está modelada por la situación concreta que la acompaña (Bajtín,

I98Oe), la especificidad de la relación del paciente con el ana-lista es la que orienta la aparición de determinados conteni-dos. No hay asociación nlibre". El hecho de que Freud insistie-ra en que,el analista aislase su identidad psicológica y social, neutralizando los efectos de la misma en la terapia, no invali-da la crltica. Desde el punto de üsta de Bajtín, esa operación de neutralización es sencillamente imposible' Ni aun en un ámbito tan artificial como el analítico la enunciación deja de estar orientada hacia un receptor concreto. Y menos todavía en nuestros días, cuando el psicoanálisis se ha reificado. Una vez que se ha difundido e incorporado a la cultura (y banaliza-do también), el paciente tiene ya una imagen bastante acabada del tipo de enunciados que se esperan de é1. Que la imagen sea distorsionada o no, y que conspire contra el análisis, no es relevante, ya que de todos modos es imposible que no funcio-ne orientando la enunciación.

Para Bajfn sólo existe la conciencia de carácter verbal. El componente verbal del comportamiento está determinado por factores sociales objetivos. Lo verbal no es propiedad del

indi-5. En esta polémica sobre lo que pertenece o no a la esfera de la conciencia no se encuentra¡ en juego los procesos psicológicos -que no son registrados consciente-mente-, sino las imágenes sensoriales, recuerdos, sentimientos, etc., que son el r¿-s ult ado de lor¿-s procer¿-sor¿-s.

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viduo, sino del grupo. La emisión concreta siempre refleja la circunstancia comunicativa en que tiene lugar, pero también un contexto más amplio: las relaciones sociales en cuya diná-mica se generan todos los elementos de forma y contenido del lenguaje, todo el repertorio de juicios de valor, puntos de üsta, toda la ideología con que nos comunicamos a nosotros mis-mos y a los demás nuestras acciones, deseos y sentimientos.

Para Freud -según Bajtln- la conciencia equivaldría a lo noficialn: la ideologfa formulada por la clase dominante, su ley, su moral, la cultura ya consagrada y aceptada. Aquí la verbalización surge fácilmente y no hay temores ni problemas para exteriorizarla. Aunque, para el psicoanálisis, esa exteriori-zación fácil no sirve para nada, ya que presuntamente no co-munica ninguna verdad. Usando el mismo parámetro ideológi-co, el inconsciente podría identificarse con la parte <no ofi-cial" de la conciencia. No estamos en presencia de una mera discrepancia terminológica, como lo pretende Neil Bruss (1976a). La divergencia entre ambas concepciones es mucho más profunda.

Lo oficial y lo no oficial en la cultt¡ra y en la conciencia

Para Bajln (1976a) el inconsciente resulta una ficción. Lo no oficial es un aspecto de la conciencia y mantiene, como tal, su carácter social. Lo oficial y lo no oficial se encuentran en el .ex-terioro del ser humano, en la cultura, imbricándose en distintas esferas ideológicas y grupos sociales. Desde allí se incorporan a la conciencia del sujeto, a tr¿vés de su práctica comunicativa.

El ejemplo más rico y extenso de interacción en una mis-ma sociedad entre cultura oficial y no oficial se encuentra de-sarrollado en su trabajo La cultura popular en ln Edad Media y ¿n el Renacimiento (1971,). La cultura cómica popular en la Edad Media evolucionó fuera del ámbito oficial de la ideolo-gfa. Estaba excluida de las manifestaciones oficiales de la üda y las relaciones humanas. La cultura oficial era feudal y ecle-rlástica. Su ideología consagraba una seriedad excluyente, mn contenido ascético, formas opresivas e intimidatorias que lla-maban al miedo, a la veneración, a la docilidad.

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Otra cultura, una verdadera cultura de la risa, circulaba por otros espacios, ajenos al poder institucional: festejos calle-jeros ---especialmente el camaval-, literatura cómica y recrea-tiva, un lenguaje familiar y grosero. Esta cultura se constituyó ridiculizando e inürtiendo todos los valores y manifestaciones de la cultura oficial, sus costumbres, su sabiduría, su fe.ó

Durante el Renacimiento caen las fronteras entre ambas culturas. La descomposición del régimen feudal y teocrático contribuyó a esta reorganización de lo oficial y lo no oficial. También la motivó la adopción en amplios sectores ideológi-cos de las lenguas vulgares, bastión de los valores no oficiales, en lugar del latln. La cultura cómica popular y la alta cultura de la época se asociaron, se impregnaron mutuamente de sus contenidos y formas. Fueron posibles así grandes obras, desde el seno de la

"alta, literatura, de la cultura (superior,, que incorporaron siglos de risa popular: el Decamerón, el Quijote, Gargantúa y Pantagruel.

Rabelais representa una nueva forma de conciencia. Du-rante la Edad Media, la parte no oficial de la conciencia sólo poüa exteriorizarse en los restringidos espacios que la ideolo-gía dominante le dejaba libres: la plaza pública y determina-dos días del año. Los brotes de una conciencia embrionaria y espontánea se convierten en el Renacimiento en (la nueva conciencia libre, crltica e histórica de la época, (Bajtín, 1971, p. 70). Laalegría popular del carnaval, su identificación con lo obsceno y lo corporal, se asocian al saber humanista, a la ciencia, a la experiencia de la alta política, antes exclusivos de las esferas oficiales de la ideología.

La conciencia no oficial, cuva fuente era en el medioevo

ó. La identificación de dos cultu¡as dentro de una misma sociedad fue adelanta-da por Lenin (1913) para el marco del capitalismo en sus Notas crlticas sobre el problema nacional. En este texto señala la existencia, en forma embrionaria, de ele-mentos de cultura democrática y socialista, debida a la existencia de una masa de explotados cuyas condiciones de üda engendran una ideologfa democrática y socia-lista. También existe una cultura burguesa, no en forma de elementos sino como cultura dominante, ya que la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es también su poder cultural dominante. El mismo ejemplo fue tomado por Bajtín en Freudismo (1976a) pan mostrar cómo contenidos no oficiales pueden abrirse paso dificultosamente, desde un pequeño medio social, hasta ganar más con-ciencias en un proceso revolucionario.

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&-una cultura paralela y relegada, era sin dwda consciente -val-ga la perogrullada- y no inconsciente. Podía exteriorizarse verbalmente y generar hechos creativos, si bien con las limita-ciones y dificultades que le imponla el hecho de no pertenecer a la ideología oficial. Los contenidos de la cultura cómica po-pular no estaban enterrados en la profundidad de la psiquis de las clases populares, sin que éstas "lo supieran>, conduciendo sus conductas y motivaciones.

El dinamismo de la historia hace que no existan verdades eternas en el terreno de la ideología y la conciencia. Nuevas relaciones humanas en un nuevo modo de producción generan nuevas relaciones entre lo oficial y lo no oficial, en la vida y en la conciencia. Así fue posible que un clérigo médico, peftene-ciente a las capas ilustradas cori acceso a las altas formas del saber de la época, escribiese el Gargantúa, eüdenciando así en qué medida lo oficial y lo no oficial se habían transformado.

Según Bajtln, Freud no entendió la esencia social, y por ende histórica, de los procesos pslquicos. El contenido de los niveles oficiales y no oficiales de la conciencia (entre ambos extremos hay una rica gradación y no un tajo) está condicio-nado por la época histórica. El hombre es el conjunto de sus relaciones sociales. Y no eran las mismas las relaciones socia-les de un hombre primitivo que las de un pintor italiano rena-centista. ¿Qué valoración social, reflejada en el lenguaje e in-corporada a la conciencia, se le daba a la homosexualidad o a la bastardía en la Italia del siglo xv? El hombre de Freud pier-de su esencia histórica, y por eso puepier-de suponer para Leonar-do Da Vinci los mismos motivos inconscientes que para un cavernícola hipotético. El hombre de Freud no es de esencia social, sino biológica:

Hemos llegado a conocer este aparato psíquico estudiando la evolución indiüdual del ser humano. A la más antigua de estas provincias o instancias psíquicas la llamamos.E//o; su con-tenido es todo lo heredado, lo congénitamente dado, lo consti-tucionalmente establecido; es decir, ante todo, los instintos sur-gidos de la organización somática [...] Esta parte más arcaica del aparato psíquico seguirá siendo Ia más importante durante Ia vida entera lFreud, 1966, p. l2].

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En su crítica, Bajtín cae por momentos en el reduccionis-mo de explicar el error de Freud coreduccionis-mo tÍpico ejemplo de lo que le ocurre a la ciencia en momentos de decadencia de la clase dominante: el reemplazo de categorías socioeconómicas objetivas por categorías biológicas o psicológicas subjetivas. Pero más allá de esta simplificación, vio claramente la manio-bra intelectual de Freud: su conciencia reflejó lo oficial y lo reprimido de su propia sociedad üenesa de principios de siglo, lo generalizó a todo hombre en toda época y lugar, y Io nbiolo-gizó> como modelo eterno del psiquismo humano. Y con este programa Bajfn no podfa coincidir (véase 1980¿).

CepÍruro II

SIGNO, SIGNIFICACIÓN,

IDEOLOGÍA

El factor subjetivo en el reflejo

La definición de signo dista de encontrarse unificada en el ámbito de las ciencias del lenguaje. Para Bajtín un signo es un objeto que representa a otro objeto o acontecimiento distinto de él mismo. Una piedra, por ejemplo, no es un signo. Pero si se la utiliza como mojón, adquiere un significado que sale del Ámbito de su existencia aislada, de su carácter de objeto natu-ral: se transforrna en signo (Bajtín,1976b).

Las palabras son signos. Por su base acústico-fisiológica son objetos materiales. Pero un sonido articulado resulta un signo sólo si ref'leia algo distinto de sl mismo, un fenómeno de fa realidad objetiva, ya sea natural o cultural (Bajtín, 1976b).

Para la teoría del reflejo es esencial el reconocimiento de la cxistencia de una realidad objetiva, independiente del entendi-miento cognoscitivo. Pero la extensión dialéctica de esta cate-gorfa introduce el factor subjetivo en este proceso: el reflejo es uubjetivo con respecto a la realidad, ya que es el sujeto el que refleja. La misma realidad objetiva puede ser reflejada de ma-neras diferentes por hombres diferentes (Schaff, 19ó7). Lucre-cio interpretó como una de las causas del relámpago el que las nubes almacenan en su interior partículas de fuego del sol,

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que luego expulsan al chocar entre sí. El saber de la humani-dad en tiempos de Lucrecio no había alcanzado aún, obüa-mente, a la electricidad. Tampoco quienes comparten una mis-ma época y un mismo espacio han'tenido el mismo acceso al conocimiento que les permitiese reflejar la realidad de una manera más adecuada. El mismo Lucrecio se refiere peyorati-vamente a sus contemporáneos que atribuían el rayo a las in-tenciones punitivas de los dioses. Esta variedad de reflejos de-pende, por lo tanto, de la forma de la praxis acumulada en la filogénesis y en la ontogénesis, del bagaje de saber y de expe-riencia.

El acceso a la realidad es un proceso infinito, nunca termi-nable, condicionado por el carácter infinito del objeto de cono. cimiento, que se encuentra en estado de incesante dinamismo. En el desarrollo de este proceso tiene lugar una acumulación de saber, de un saber objetivo, aunque no absoluto ni definiti-vo. El sujeto lleva siempre algo al conocimiento. pero lo que lleva no es indiüdual, sino característico de grypos enteros: el interés y la experiencia especlfica de un grupo social, y el len-guaje, vehlculo de significados y valoraciones sociales. El fac-tor subjetivo, por lo tanto, resulta social, de origen y perrna-nente realimentación social (Schaff, 1980).

El signo, al reflejar la realidad, refleja junto a ella una vi-sión socialmente determinada de dicha realidad: es siempre un fenómeno ideológbo. No todos los fenómenos de la naturaleza son reflejados. En cada etapa del desarrollo de la sociedad existe un grupo particular de objetos, una determinada serie de relaciones, que son accesibles a la atención social. Sólo és-tos reciben forma semántica y se vuelven tema del intercam-bio comunicativo. Ningún signo refleja en toda su extensión y profundidad a un objeto, ya que el reflejo depende siempre de un sujeto real, en un determinado momento histórico y situa-ción social. Las palabras, en tanto signos ideológicos, no se limitan a reflejar la realidad, sino que la interpretan en el in-tercambio comunicativo social (BajtÍn, 1 980c).

Los estudios lingrfsticos transculturales e históricos pro-porcionan numerosas eüdencias de este hecho (vé4se, por ejemplo, Cole y Means, 198ó; Cole y Scribner, 1977). Los in-dios hopi de Arizona, por ejemplo, utilizan una sola palabra

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para designar a todo ser que vuela. Cuando los aüones ingre-saron en el horizonte üsual de los hopi, recibieron ese mismo nombre. Para la experiencia y la actiüdad social de la comuni-dad hopi, los aviones no eran objetos significativos que mere-cieran una discriminación lingüfstica (Whorf, 1971).

El signo y el proceso de significación

Desde esta perspectiva, no existe signo sin objeto designa-do. El objeto designado, o referente, o extensión del signo (aun con las diferéncias conceptuales del caso) ha sido un huésped teórico incómodo en la filosoffa del lenguaje y en la semiótica. Se ha oscilado generalmente entre negar su existencia objetiva, cmbrollar teóricamente su relación con el signo o enunciado, o excluirlo por principios metodológicos. Umberto Eco, por cjemplo, considera que una expresión no designa objetos, sino que transmite contenidos cr:lturales. A la teoría de los códigos le interesan dichas unidades culturales, y no los referentes como presuntas entidades concretas y particulares; por lo cual Eco propone <liberar al término "referente" de toda clase de hipotecas referenciales, y excluirlo ----€n su acepción hipoteca-da- "como una presencia embarazosa que compromete la pl.rreza teórica de la teorla" (Eco, 1977, p. 1.21).

Sin embargo, desde la perspectiva de la psicolingüística o de las ciencias del lenguaje que estudien -como Bajtln- su tclación con la conciencia, no es tan sencilla la operación de bamer al referente, aun en el supuesto que se quisiera hacerlo. En primer lugar, si se restituye al referente su carácter de ob-Joto concreto (y no se lo concibe, por lo tanto, como clase, ni ctalquier otro género de abstracción), la referencia objetal re-fulta una propiedad del enuncindo, en determinada situación oomunicativa. El proceso de referencia es el que permite que un hablante logre guiar adecuadamente a su interlocutor hacia l¡ ldentificación de los objetos, cualidades, acciones o eventos ¡obre los que habla. Así, pueden distinguirse la referencia y la rlgnificación como dos funciones distintas -aunque estrecha-tncnte relacionadas- y aceptarse la inclusión teórica tanto del rfinificado como del objeto designado.

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Según Alexander Luria (19g4), el principal discÍpulo de Vi_ gotski, puede encontrarse eüdencia empíriia para Lsta opera_ ción teórica. En la ontogénesis, el desarrollo de la referencia objetal y el desarrollo del significado se manifiestan como pro_ cesos diferentes, con ritmos diferentes. Es decir que la relacion del signo o enunciado con el objeto, cualidad o acción efecti_ vamente edstente, resulta una relación nrealo y distinta de su relación con el significado. Esta circunstancia es ratificada por numerosos hechos registrados por la psicología experimenial, por ejemplo en el campo de la privación o distorsión sensorial. Otra evidencia, más contundente y trágica,la aporta la clínica médica: es el caso de zapadores heridos de guerra, cegados por completo y que habían perdido ambos brazos. La coiruni_ cación verbal de estos heridos con los demás no se entorpeció, sus procesos mentales se hallaban indemnes, y las palabras mantenían intactos sus significados y sus nexos lógicos y cul_ turales. Sin embargo, como consecuencia de las discapácida_ des que los privaban de una importante relación sensorial con el mundo, los heridos fueron sufriendo paulatinamente una pérdida de la referencia objeral (teOntiev, igTg).

Entonces, un signo cualquiera, por ejemplo el signo (rosaD, no sólo tiene como función designar en determinado enunciado a un objeto, a la rosa concreta, sino que conlleva un significado, es-decir, un reflejo generalizado de los rasgos del obfeto. Este reflejo no es indiüdual, sino común a todos ios hablanies, social-mente intelffil¿. consiste en un sistema estable de generalizacio-nes, una abstracción de características esencialo puá que la rosa sea rosa. Si he adquirido el significado, podÉ designar adecuada_ mente a un objeto como (rosa> aun cuando presente diferencias 9e ?mano, color o grado de madurez. El significado es siempre igual en todos los casos en que se repite un signo.

Concebido de esta manera, el significádo aparece como una entidad compleja, que involucra varios rasgos y relaciones entre rasgos. Desde la lingüística _y más allá de las diferen_ cias teóricas-, los intentos por rendir clrenta de la compleji_ dad semántica del signo llevaron a delimitar la noción d" ,"*o como unidad significativa. El significado se constituye como un haz de semas, como un conjunto de enlaces entre semas, que ha alcanlado estabilidad dentro de la lensua.

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Pero el proceso de significación es más complejo, ya que el signo no debe abordarse sólo como unidad abstracta. Siempre existe una situación comunicativa concreta que lo motiva. No puede divorciarse del intercambio social. Estos aspectos de la significación ligados a factores extraverbales constituyen el sentido del signo. El contexto en el que se hace presente un signo incluye un horizonte espacio-temporal común a los ha-blantes, un saber común a ambos, y las condiciones materiales de la vida de los mismos.

En el ejemplo de nuestra flor, la significación de nrosao podrá orientarse hacia sentidos diferentes en diferentes situa-ciones: su condición de elemento decorativo en un contexto de preparación de un arreglo floral; su ciclo de germinación, cre-cimiento y madurez en un diálogo de floricultores; su valor en el mercado para un comerciante.l

En la configuración del sentido intervienen nuevos enlaces y relaciones semánticas que se originan en la situación. El ras-go semántico de namorD no se encuentra sin duda entre los semas que integran el significado lingüístico de (rosa), pero no resultará difícil encontrar una multitud de ejemplos de la más variada calidad en los que esta r.elación se establezca.

Esto implica llue un mismo signo tiene un significado, que se ha formado objetivamente a lo largo de la historia y que, en forma potencial, se conserva para todos los hablantes. Y tiene además sentido, que consiste en la elección de aquellos aspec-tos y relaciones ligados a la situación dada.

nEl significado "de diccionario" de una palabra no es más que una piedra en el edificio del sentido, nada más que una potencialidad que encuentra su realización en el lenguajer, dice Vigotski (1983, p. 189). Coincidentemente, Bajtín acentúa In esencia potencial del significado, al que define como (apa-trrlo técnico> para Ia realización del tema, contrastando con

l, La incapacidad para adecuar un sentido a su contexto es signo de patología. thr csquizofrénico, ejemplifica Luria (1984), puede referirse a un cuademo definién-rlofo como (materia inefte que tiende por la fuena de gravedad al centro de la llgnur. En el contexto de una clase de física, en la que el profesor apelase a un st¡nder¡o que üene a mano para ilustrar la fuerza de gravedad, este sentido de ncua-tlprno, hubiese sido adecuado. En el contexto de utilizción del cuademo para str frtrtción específica, es obüamente incongruente.

Sr

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