o
N Ú M E R O S E G U N D O
Escritores Vascos. El Patriotismo de Pió Baroja, por J O S É M.a S A L A V E R R Í A . Los Dos Poetas de Flandes, por E N R I Q U E D Í E Z - C A N E D O .
Arte y Artistas, Juan de Echevarría, por J U A N « E L A E N C I N A . Motivos de la Guerra. El Submarino, poesía por M A N U E L MUNOA.
Comentario.—Los Aldeanos Críticos, por P E D R O M O U R L A N E M I C H E L E N A .
Cuestiones de actualidad. Los Beneficios Económicos de la Ley de Ensanche, por ANTONIO E L Í A S . Viñetas de la Guerra. Los Tres Epitafios que ha escrito un Abate Laburdino, por M A N U E L D E AZNAR
Z U B I G A R A Y ( I M A N O L ) .
El Problema de las Subsistencias, por J U L I O C A R A B I A S . Una Velada en la Ría, por R A F A E L S Á N C H E Z M A Z A S .
Hombres, Hechos, Intereses, Ideas, por J O A Q U Í N D E Z U A Z A G O I T I A y J E S Ú S D E S A R R Í A .
La Vida Financiera, por A R G O S .
Del Gran Mundo, por F E D E R I C O G A R C Í A S Á N C H I Z y A L E J A N D R O D E L A S O T A .
En el próximo número empezaremos a publicar "El Capitán Mala Sombra", novela corta del gran Pío Baroja, que nos ha dispensado el honor de escribirla expresamente para HERMES, "El Capitán Mala Sombra" irá ilustrada con dibujos de otra notabilidad vasca: Arlela, el pintor de entrañables visiones.
Publicaremos en el mismo número de Marzo "Sobre el valor de los valores", magistral estudio de Ramiro de Maeztu, también especial para HERMES.
Nuevas firmas que no han aparecido en nuestro primer número ni en éste, realzarán, alternando con otras ya conocidas del público, el tercero y el cuarto: son las de Ramón de Belausteguigoitia, Ricardo Baeza, Ramón de Basterra, Resurrección María de Azcue, Luis G. de Etxebarri, J. Benito Marco Gardoqui, Carmelo de Echegaray, Agustín Murua y Valerdi, Angel de Apraiz, etc.
F E B R E R O
1917
COÍMO bACiON
D I R E C T O R :
Jesús de Sarria
R E D A C T O R E S Y C O L A B O R A D O R E S :
Alberto de Acliica-Allende. —Juan de Allende-Salazar.—Teodoro de Anasagasti.— Angel Apraiz.—Telesíoro de Aranzadi.—Baldomero Argente.—Ignacio de Areilza. - Emiliano de Arria- ga.—Andrés Arzadun.—Resurrección M.« de Azcue.—Manuel de Aznar Zubigaray (Imanol).—
Ricardo Baeza. —Gregorio de Balparda.—Pío Baroja.—Ramón de Basterra. Ramón de Belaus- teguigoitia.—Ramón Bergé.—Tomás Camacho.—José Camiña.-rJulio C a r a b i a s . - J u a n de la Cruz Elizondo.—E. Diez Cañedo.—Luis G. de Etxebarri.-Carmelo de E c h e g a r a y . - L u i s de Eleizalde.
—Antonio Elias.—Tomás Elorrieta.—Juan de la Encina. —Maximino D. Estévanez. — Federico García Sancbiz.—Gonzalo de Ibarra.—Saturnino Lafarga.—Eduardo de Landeta.—Julio de L a - zúrtegui. — José Félix de Lequerica.-Aureliano López Becerra.—Maria de Maeztu. —Ramiro de Maeztu.—J. Benito Marco Gardoqui,—Diego Mazas. - T . de Mendive.—Pedro Mourlane Michelena.
—Manuel Munoa.—Julián Munsuri.—Agustín Murua y Yalerdi.—Enrique Ocbaran.—Ramón de Olascoaga.—Rafael Picavea —José Power. —Ricardo Power,—Gregorio Prados Urquijo —Oscar R o c h e l t . - D a m i á n Roda.—José M.a Salaverria—Fernando de la Q. Salcedo.—Rafael Sánchez Ma- zas.—Ramón de San Pelayo.—Jesús de Sarria.—Ramón de la Sota y Aburto.—Alejandro de la Sota y Aburto.—Luis de Terán.—Francisco de Ulacia.—Miguel de Unamuno.—El Conde de Ur- quijo.—Julio de Urquijo.—Emiliano de Uruñuela.—Ignacio de Valenzuela.—Fernando del Valle Lersundi.—Mariano Vidal Tolosana.—Francisco Villanueva.—Joaquin de Zuazagoitia.—Ignacio de Zubialde.
Portada de Arteta.—Gárgolas de Agüero y Cuezala
Las ideas emitidas en las páginas de "HERMES" por las firmas que le honran, son de carácter exclusivamente personal,
La R E V I S T A D E L PAÍS VASCO no es más que tribuna de convivencia respetuosa y cordial para la afirmación y defensa de nuestros valores, tradiciones e intereses.
LA VIDA FINANCIERA
E L M E R C A D O B U R S Á T I L
L
A Bolsa de Bilbao ha recobrado en estos ú l t i m o s a ñ o s la actividad de sus mejores dias. No podía menos de ocurrir asi. E l hecho es s i n t o m á t i c o . E l mercado bursátil refleja en todo tiempo el estado general e c o n ó m i c o y financiero del pais. L a s características que se señalan en el desarrollo de los negocios, su prosperidad, su lentitud, la cuantía del rendimiento que se acumula automáticamente reintegrándose a la fuente generadora, las perspectivas del futuro, los estímulos del azar, el propio espíritu emprendedor que se contrae y se dilata en las alternativas del momento, todo trasciende se resume y se "cotiza" en Bolsa.Así nuestro mercado bursátil que meses antes de estallar la conflagración languidecía, no repuesto a ú n de las dolorosas pruebas de un pasado adverso, al descubrir los nuevos horizon- tes que se abrían a la actividad de la riqueza vizcaína, recobró en un instante su energía y su audacia.
Su audacia, si. Audacia que es, apesar de todos los p r o n ó s t i c o s m á s o menos veraces o pusilánimes, su cualidad preferentemente estimable.
L a Bolsa, que resume y concentra todos los elementos en activo de la vida e c o n ó m i c a , nece- sariamente ha de constituir un medio de especulación reflejo, y como superpuesto a la propia r i - queza de origen. E l mercado bursátil se alumbra del resplandor de esa riqueza viva. Pero al propio tiempo es como su heraldo y su pregón. E n la balanza bursátil, sensible a todas las pal- pitaciones de la vida pública, p ó n e n s e a diario cuantos presagios se derivan de la lucha e c o n ó - mica, de manera que oscile a un lado o a otro según resulte de las fuerzas puestas en pugna. E s el agio. E l margen de utilidad que ofrece el capital por superabundancia de materia especulativa.
Pero la actividad bursátil, cuando se desarrolla sobre bases firmes, ha de manifestarse así, re- suelta y optimista. L a timidez es más propicia a caer bajo las asechanzas del juego. L a Bolsa audaz,—nos referimos, claro está, a épocas de solidez financiera—es fundamentalmente refrac-
laria a los ardides de una innoble especulación. Y esa audacia sirve para contrarrestar los efectos morbosos del capitalismo indolente, y a ú n para mantener aquellos resplandores de que se nutre.
Nuestra Bolsa viene caracterizándose en estos ú l t i m o s tiempos por esa nota enérgica de va- lentía que es como una manifestación de la f é en sí mismo.
E l siguiente cuadro estadístico, extracto de los estados quincenales que publica nuestro colega Información, la excelente Revista de la Cámara de Comercio, expresa mejor que todo comentario el desarrollo del mercado bursátil durante el año último. L a s dificultades naturales en la c o n f e c c i ó n de este primer n ú m e r o de " H E R M E S " , impiden la i n c l u s i ó n de las cifras corres- pondientes a Diciembre.
Movimiento del mercado bursátil, por grupos de valores, durante el ano 1916
(Excepto el mes de Diciembre)
P E S E T A S N O M I N A L E S N E G O C I A D A S
C L A S E D E LOS VALORES JCLIO AGOSTO SETIEMBRE OCTUBRE NOVIEMBRE T O T A L
D E L l.er S E M E S T .
T O T A L D E LOS 5
MESES SIGUIENTES
TOTAL GENERAL
Fondos públicos. . . 3.550.200 3.699.000 5.457.400 4.108.300 1.455.725 22.589.750 18.270.625 40.860.375 Sociedades bancarias . 354.150 775.200 408 650 311.400 648.150 3.076.695 2.497.550 5.574.245 C.a» de Ferrocarriles . 1.112.225 1.126.535 2.641.775 1.268.450 1.936.125 6.056.870 8 085.110 14.141.980 C.as Navieras , . . . 3.688,620 3.956.250 3.462.400 7.146.050 6.435.700 18.063.840 24.689.020 42.752.860 C.a» Mineras . . . . 987.750 453.700 786.500 873.800 1.093.000 9.623.500 4.194.750 13.818.250 C.a» de Electricidad. . 844.000 1.947.500 772.500 378.500 443.500 4.329.400 4 386 000 8.715.400 C as de Indus, varias , 335.000 949.250 1.531 400 3.072.500 6.506.900 4.641.459 12.395.050 17.036.509 Obligaciones . . . . 7.045.900 4.407 650 7.115.250 6.788.750 3.023.200 28.084.550 28.380.750 56.465.300 T O T A L E S . . . 17.917.845 17.315.085 22.175.875 23.947.750 21.542.300 96.466.064 102 898.855 199,364.919
Resulta del precedente cuadro que l a cifra total de la negociación, 199.365 millones de pese- tas nominales, se forma por 97,326 millones en valores de renta fija y 102,039 millones en valores comerciales, de e x p l o t a c i ó n .
Los valores navieros son los que aportaron el mayor contingente. Fueron y siguen siendo desde que c o m e n z ó la guerra y con ésta el resurgimiento de la industria naval, los favoritos del mercado, como m á s ágiles, m á s remuneradores y alentarlos, m á s susceptibles, en suma, a la e s p e c u l a c i ó n . Sus cotizaciones han experimentado violentas alternativas, afectadas como se ha- llan de las contingencias de toda suerte que se manifiestan a diario en la azarosa marcha de los acontecimientos mundiales.
E l mes de Diciembre se ha significado por ese movimiento oscilatorio en las cotizaciones de las navieras. Se inscriben en los primeros días mejorando notablemente los cambios de clausura de fin de mes, hasta llegar a tipos que se creian inaccesibles: U n i ó n , I.6I5; N e r v i ó n , 1.97.'>;
Sota, 1.867; Bachi, 1.845. L a proximidad de los dividendos de una parte, y de otra la abundancia de dinero ante las perspectivas del negocio producen aquel estado general de optimismo. L a si- tuación cambia rápidamente, sin embargo. Primero el torpedeo del Uribitarte, al que siguen otros ataques; luego los nuevos aspectos de la guerra con la toma de Bucarest y las proposiciones de paz lanzadas por Alemania, todo lo cual viene a causar una profunda desorientación e inquietud en el mercado, y, en fin, los augurios sobre una posible agravación de la política submarina por parte de los imperios centrales, augurios que desgraciadamente comienzan a cumplirse con el
Bravo y el Asún, determinan la baja que se acentúa hacia mediados de mes, con ligeras alterna- tivas. Se inscriben el dia 20: Sota entre 1.645 y L650; N e r v i ó n a 1,870,60 y 55; U n i ó n a 1,520, y 1.525; Bachi, 1,695 y 1.690; Olazarri a 1.390 y 1.400; Cantábrica a 365 y 370; Vasco Cantábrica, 710.
E n los d e m á s grupos de valores no se han registrado durante el mes de Diciembre hechos que valga la pena de recoger.
Continúan firmes los metalúrgicos, y de c o n s t r u c c i ó n , como la Basconia que clausura el día 20 a 620 ordinarias y 525 preferentes y Euskálduna a 1.000. Altos Hornos lo hace a 357 con re- troceso de ocho puntos respecto del mes anterior. L a liquidación de fin de mes se aproxima, y a la extraordinaria importancia de ésta se atribuye, en parte, la flojedad y la escasez de numerario con que atender las ofertas de papel que se dan con cierta abundancia.
ARGOS.
M I N E R A L E S . - F L E T E S
A pesar de la paralización del tráfico con Alemania, el mercado de mineral de hierro de Bilbao ha estado muy animado durante la primera quincena del mes de Diciembre, pudiendo afirmarse que casi toda la p r o d u c c i ó n probable del primer semestre del año próximo está ya colocada en cuanto se refiere a minerales bajos en fósforo. T a m b i é n se halla vendido una gran parte del fos- foroso, respecto del cual dice nuestro colega Información que si quedan algunas partidas por ven- der es debido a que sus d u e ñ o s se abstienen aún de dar precios. Estos, han sido, en general, por lo que hace a las ventas efectuadas, muy remuneradores para los mineros. He aquí algunas coti- zaciones correspondientes a varios importantes cargamentos de minerales rubios de primera:
1,000 toneladas a 29,60; 1,000 a 28,6 y 1.000 a 27,6. De otra clase de rubios, m á s inferiores, se han cotizado a 24, 22, 24 y 25 pesetas tonelada, según vemos en el referido colega, de donde tomamos estos datos.
Los fletes de la primera quincena de Diciembre para embarques de mineral fueron: Car- diff 15/-, Newport 16/-, Glasgow 18/-, Maryport 18/6-, Workington 19/-, Middlesbró, T y n e Dock o Yarrow 21/-, Briton Ferry 18/6. L a escasez en tonelaje se acentúa cada vez m á s , planteando un serio problema para el cumplimiento de los compromisos de embarque contraidos para el úño próximo.
N U E V A S E M P R E S A S
Recientemente se ha constituido en nuestra villa la »Sociedad Anónima 'Marítima Vizcaína"
con un capital de 9.000.000 de pesetas en 36.000 acciones de 250 pesetas cada una.
Forman el Consejo de Administración don Ricardo Power, don Francisco Aguado, don Gas- tón Poirier, don Carlos Petrement, don Alfredo ü s t a r a , don Jacinto Suárez y don Angel Maíz; los dos primeros como Presidente y Vice-Presidente, y el último como secretario. Los barcos adqui- ridos por esta empresa al constituirse eran los siguientes: Bravo de 1.600 toneladas; Patricio de 3.600; Jnan de 2.275; Asón de 3.150; Matienzo de 3.075. E n total, 13.000 toneladas. Desdichada- mente, no parece que la fortuna sonríe a esta nueva empresa naviera, A los pocos dias de firma-
da la escritura f u é torpedeado el Bravo, y semanas d e s p u é s el Asón corría la misma suerte. Claro es que el seguro de ambos buques habrá cubierto la pérdida originada. De todos modos re- presenta para el negocio un quebranto considerable.
Con el hundimiento del Asón, el tonelaje de la matrícula de Bilbao destruido por los subma- marinos se cifra en 38.500 toneladas, que corresponde a un número de trece barcos.
E n Miravalles ha sido firmada la escritura de constitución de la nueva Sociedad Anónima
"Talleres de Palencia", la cual a base de la empresa "Talleres de Miravalles" proyecta dar mayor impulso a sus negocios. E l capital social se ha fijado en 1.500.000 pesetas. Figuran en el Con- sejo de Administración D. Eugenio L . Bayo, D. Víctor Chávarri, D. F . de Abasólo y D. JuUo Petrement.
X. X. X.
R A M Ó N D E Z U B I A U R R E R E T R A T O
DEL G R A N M U N D O
P R Ó L O G O
S T O de escribir c r ó n i c a s de sociedad para fuera de la villa y corte, tiene algo de cazar alon- j dras con espejuelo. E l revistero, inevitablemente se imagina a Rosarito y a María del Carmen, anhelosas de libertarse de la mediocridad en que viven, soñadoras de magnificencias.
Las lindas y cuitadas provincianitas leen las descripciones faustuosas de los grandes festivales, y un maravilloso espejismo se dilata ante sus ojos i n m ó v i l e s en el éxtasis. Un poco Mcphisto y un poco Fausto, el peregrino narrador de cuentos alegres, no ignora su obligación de embaucar, con que procura engalanar con fantasías la realidad, ya de por sí esplendorosa...
Al dirigirnos a los lectores de Bilbao se impone el cambio de tono y orientación. Porque el bilbaíno frecuenta el gran mundo, hasta influye en su carácter. Ya no se trata de desvelar a la ingenua Margarita con relatos comparables al sirenismo de un violin, a la pompa asiática de los pavos reales, al hervor del champagne... Sí nos descuidamos seremos nosotros ahora los inge- nuos y los encandilados ante la simpleza de una batería con bombillas de colores... Precedió a nuestra contemplación del espectáculo de los saraos, la amistad de quien nos escucha con las damas y los próceres que triunfan en el feérico escenario de los salones floridos, musicales, luminosos...
Al aceptar h o n r a d í s i m o s la tarea que significa el registro en H E R M E S de las galas mundanas, siempre ambiciosos, hemos adoptado la actitud del forastero a quien un señor de Bilbao invita a una jornada en su yate, y acaece que a lo largo de la placentera travesía, vamos los conter- tulios cambiando impresiones, en un diálogo íntimo, confidencial.
—¡Hombre! ¿Se acuerda usted de... Fulanita... de Zatanol Se casan...
—Aquí se conocieron... a bordo... una noche que improvisamos una verbena con faroles japoneses, y los chales bordados, y serenatas a la armoniosa y lánguida manera italiana.
Bilbao, y pue<le decirse que todo el Norte de España, hace ya a ñ o s que vienen modificando benefi(;iosamente la vida nacional. Se c o m e n z ó por implantar el tipo aéreo y fuerte a un tiempo, de la belleza archimoderna de las mujeres norteñas. Poco a poco el hidalgo español va abando- nando su ilusión por la fémina redondeada, lenta, moruna, con hermosura de cromo y sin espí-
ritualidad. Y a casi no se acepta la odalisca sonrosada y grasicnta. Nadie deja de preferir las mujercitas con personalidad propia, que se fortalecieron en el cultivo del sport, sin que se desva- neciese su gracia aniñada, y que han sabido redimirse de la esclavitud intelectual y sentimental de sus abuelas. E l milagro quizás se debe a Inglaterra y a Francia. Pero lo realizaron las mu- chachas de Bilbao y San Sebastián, que se educaron en colegios extranjeros, que viajan, y ellas mismas guian el a u t o m ó v i l . . .
Pues ¿quién implantó la moda de celebrar las fiestas galantes y elegantes en el hall de un hotel? De modo tan perfecto ha cristalizado la novedad, que el mismo Infante D. Carlos congrega y regala a sus amigos en el Ritz. Sin duda ha nacido en el verano, mejor dicho, en el veraneo, la deliciosa costumbre. F u é una necesaria ley aquella que dispuso la reunión de tantos y tantos habitantes de soberbios palacios, reducidos en la canícula a la estrechez de una villa de juguete o de una cabina siempre angosta, en la neutralidad amena y complaciente de los hoteles públi- cos, en cierto modo p ú b l i c o s , que defienden la entrada los precios solo asequibles a los ricos.
¿Y dónde había los gigantescos y opulentos alcázares cosmopolitas, sino en las ciudades y las playas de arriba? Con dinero que procede de la perpétua noche del sábado que es la canícula en el Cantábrico, c o n s t r u y ó Madrid su Ritz y su Palace...
Por ú l t i m o , infunde el norte sus apasionamientos deportivos a toda la patria. Hasta ayer, puede afirmarse que el reflector amarillo de Andalucía alumbraba el solar de todos. E n el pre- sente, y va para largo, esa luz anaranjada del sol de la tarde en el mar, tiñe el torso de España, medio desnudo y encorvado en la gimnasia de las regatas. D. Alfonso se retrató infinitas veces con la gorra de los distintos clubs náuticos. No recordamos ninguna fotografía suya con calañes,
¿Capricho de enamorado de una región? L o sería la adaptación del sombrero llamado de medio queso. L a otra familiaridad con distintivos característicos de una determinada comarca, no sig- nifica m á s que el feliz acoplamiento del rey con su reino. España, más o menos consciente de sus deseos, de sus instintos de salvación, tiende a romper la muralla de indiferencia, que la aprisionaba, procura despertar de su inmovilidad suicida de fakir. L o s estudiosos salen al mundo, y vuelven piratescamente cargados de botín. E n el indispensable paralelo, artistas, y los elegantes, y los mundanos, también se desposeen de la camisa de fuerza tradicional. E l resul- tado es que dejamos de ser una isla, que eso é r a m o s a pesar de los Pirineos, y tal vez por los Pirineos, y ya formamos en el corro de los países no estancados, actuales. L a silueta femenil, los cónclaves de la sociedad, los deportes que dominan entre nosotros, no asombrarían por extra- ñ o s a un gentlemen... Ya somos siglo X X . . .
Nos queda por reconocer agradecidos el d e s i n t e r é s de esa zona nórdica, que trajo todas las innovaciones, y no las guardó para sí, con avaricia, antes al contrario, las desparramó con una espléndidez legítimamente bilbaína. E l pino de la balada heiniana no podía de ninguna manera sofocar el amor por la palmera meridional.
FEDERICO GARCÍA SANCHIZ
ARISTOCRACIA Y CARIDAD
Por iniciativa de la Reina Victoria se ha formado en España " L a Asamblea de la Cruz Roja Española". Esta humanitaria institución ha sido acogida con verdadero entusiasmo en nuestro pueblo y se ha formado ya la junta de Bilbao que c o m p o n d r á n las Sras. D.* Catalina Aburto de la Sota, Presidenta, D.* Angeles Oriol de Ibarra, Vicepresidenta, y D.* Carolina Mac-Mahón de Ibarra, Tesorera. Estará a cargo de estas señoras la dirección de la "Asamblea de Vizcaya", for- mándose también en los pueblos p e q u e ñ o s otras juntas, habiendo aceptado las Presidencias de
Deusto, Portugaleíe y Guecho respectivamente las Srás. Condesa de Zubiria, D.» María Cháva- rri de Salazar y D." Maria Renovales de Aburto. Con este motivo se habla de celebrar alguna fiesta de caridad y para ésta nada nos parece m á s apropiado que unos "cuadros vivos" como se hizo esta última primavera en la Corte en el Palacio de Fernan-Núñez. Nuestras j ó v e n e s y los elementos artistas de nuestra villa tendrían donde lucirse. Pero para hacer caridad deben las bilbaínas tomar por ejemplo a las gentes pudientes de Londres.
Leímos recientemente en "The Times" que en un "meeting" de caridad, uno de los muchos que celebran los c ó m i c o s ingleses, se levantó a hablar Miss Lillian Baithwait notable actriz dra- mática, sobre el tema de "ropa de desecho" llamando la atención de sus c o m p a ñ e r o s sobre las costuras del abrigo del respetable actor y empresario Sir George Alexander, allí presente, que parecían muy relucientes y usadas. Pero aquel, prosiguió, no era el único abrigo que tenia el ilustre actor a pesar de estar practicando e c o n o m í a s durante la guerra, pues le había visto días atrás en Piccadilly con otro m á s propio de un hombre serio. No tenia tiempo en aquellos mo- mentos, c o n c l u y ó Miss Lillian, para fijarse en las botas de Sir George, pero confiaba en que él como hombre de honor mandaría a los pobres su calzado juntamente con el abrigo.
Y el primer "dandy" de la escena londinense, uno de los hombres que ha vestido con más gusto en este mundo, tuvo lleno también de ese gran instinto humorístico inglés que despo- jarse en el acto de las botas y del abrigo inmaculado. Estas prendas formando un lote de ropa vieja habrán sido ya entregadas a algún pobre necesitado.
X.
A D V E R T E N C I A
Deseando que tuviese cabida en el primer número de "HERMES" una represen- tación muy nutrida de sus colaboradores, ofrecemos al público un número extraordi- nario, que contiene más de 50 páginas, habiéndose incluido grabados artísticos en cantidad proporcional al texto.
Ordinariamente la Reoista se compondrá de 32 páginas, según se anunció en nuestros prospectos, con un retrato correspondiente a la "Galería de Valores", varias reproducciones de cuadros, esculturas o monumentos y algunas hojas de informa- ción gráfica. Habrá varias secciones fijas: la literaria, la financiera, la artística y la crónica social.
Sírvanos este número extraordinario, como testimonio de gratitud a la cariñosa
acogida que encontró en todos el propósito de fundar una Revista que exaltara al país
vasco, y como prueba de la seriedad del esfuerzo que representa "HERMES".
M E R M E S
R E V I / T A DEL PAlf VA/CO
E S C R I T O R E S V A S C O S
EL PATRIOTISMO DE PÍO BAROJA
S ERÍA una pretensión desmesurada, naturalmente, pedir al literato y al artista que nos conceda una opinión cerrada, exenta de arbitrariedad o de humor mor- boso. En los negocios del arte hay que tener siempre en cuenta los nervios.
Y como las mujeres un poco histéricas, el artista halla gusto en desdecirse y recti- ficarse, perturbar y desorientar, reirse hoy de lo que ayer considerara serio.
¿Qué piensa de la patria Pío Baroja? He aquí un literato dualista, expuesto más que otros a las veleidades de sus nervios. Por tanto, Pío Baroja nos parece hoy pro- fundamente patriota, y mañana se evadirá entre cuatro piruetas internacionalistas. Sin embargo, este escritor inquieto no puede ser confundido con los artistas sensuales que huyen de la más grave responsabilidad humana; en medio de su nihilismo. Pío Baroja es un escritor moral, en cuanto le preocupan los eternos problemas del mundo y de la vida. Y puesto frente al problema de la nacionalidad, no hay duda que Baroja es uno de los españoles que más profundamente se interesan por su patria.
La idea de España, en efecto, está latente en sus novelas. Ninguno de sus libros deja de traer la obsesionante cuestión, y en realidad la obra de nuestro escri- tor se reduce a dos temas principales: el conflicto del héroe frente a la cuestión social, y del héroe frente al problema de España.
Descontados, pues, los temas sentimentales, amatorios, y también grotescos o
risibles, en las novelas de Baroja pugna el autor por conciliar sus grandes ideales
de felicidad social y de grandeza patria. El socialista y el español toman las pági-
nas de esos libros como campo oportuno para la controversia. Y el héroe barojiano
no hace más, si bien se mira, que polemizar continuamente a través de los capítulos sobre el tema sociológico-nacional. Es un diálogo angustioso, cuya angustia no pue- den atenuar mucho los ágiles episodios, las finas descripciones y los graciosos pa- sajes que adornan las novelas; por encima de lo que es arte y gracia moderna, el lector está asistiendo a la dolorosa pregunta del polemista, que es el mismo autor:
¿Hay una esperanza de alivio en los abusos y las tristezas sociales? ¿Podemos con- fiar en la gloria y el honor los españoles?...
Y al fin de todas las novelas, el alma angustiada de Pío Baroja deja truncada la pregunta. No. La esperanza es imposible. El mundo es egoísta y cruel, y España está abrumada bajo una montaña de plomo. El antiguo lector de Shopenhauer es incapaz de sobrepasar el concepto fundamentalmente negativo del mundo, y cuantas veces se propone el tema social, cae vencido desde luego. Y si se encara con el problema de la patria. Pío Baroja debe soportar también ahí la carga de la fatalidad;
nacido a la vida literaria en plena descomposición nacional, en plena época de la guerra de Cuba, y siendo uno de los componentes más representativos de la llama- da generación del 98, Baroja, frente al tema nacional, se halla préviamente dañado por la llaga de la auto-crítica y de la negación desesperada.
Si consideramos a Baroja como un caso de "pesimista nato", veremos que se nos presenta lleno de interés.
Es un pesimista orgánico, fisiológico, a la manera de Leopardi. (El autor de estas líneas conoce bien las esencias del pesimismo...) Pero en el caso de Leopardi, el pesi- mismo orgánico tendía a trazar una trayectoria ascendente, y estaba favorecido por la época, cada vez más llorosa y romántica, y por la misma enfermedad del triste poeta.
La tisis, efromanticismo triunfante y la esclavitud de la patria italiana, hicieron inevitable la catástrofe de Leopardi.
Pío Baroja, al contrario, es como esos enfermos que, pasando la edad crítica, entran positivamente en una zona de franca mejoría y aumentan gradualmente de robustez. Los primeros años halla que la vida carece de gusto. Estudia una carrera, la de médico, y al terminarla ya siente por ella desvío y horror. Lee mucho y sin orden. Embebe toda la literatura novelesca, antigua y contemporánea, y la imaginación, cargada de tanto bagaje de fantasía y aventura, tiene que someterse a la pobre realidad prosáica de un jóven tímido, inhábil, abúlico, sin orientación, sin actividad concreta, sin oficio siquiera. Entra a escribir bastante tarde, y no logra pronto el éxito clamoroso. Todos los impulsos pesi- mistas van formando en su alma un fondo turbio, y su obra conserva una hez de tristeza que llega al público, que se grava definitivamente en la conciencia del público y forma la imborrable definición: Pío Baroja es un novelista triste.
Pero el tiempo ha pasado, y no en balde, seguramente. El tiempo ha ido labrando la
dicha en la casa de Baroja. Los negocios marchan propicios, las comodidades se acumu-
lan en la familia, y el porvenir no produce miedo. El miedo es en Baroja un elemento
esencial, causa colaboradora, sino única, del pesimismo; pues bien, Baroja ha perdido el
miedo a la vida, a la muerte, a la necesidad. Si aún conserva un instintivo horror a los
resfriados y a los contagios, ya no teme a la tisis ni a la dolencia trágica; su salud es ad-
mirable; engorda poco a poco; ríe bonachonamente; tiene libros, palacios, un huerto,
fincas productivas, habitaciones caldeadas en invierno. Además, el porvenir económico
no le asusta, y la gloria literaria se va confirmando y agrandando cada día.
El pesimista se lialla curado. Un poco de sinceridad, y Baroja iniciaría una serie de libros sanos, conservadores... ¿Por qué no lo arrostra, entonces? Es que Baroja, que se ha curado de muchos terrores, no puede evitar un miedo literario; el miedo de perder el carácter, la tradición personal, el compromiso y obediencia de la propia obra. Y es así como Baroja se obstina, y se obstinará luego, en repetir su estribillo revolucionario y terrible. Pero aquello que al principio era explosión viva de la naturaleza, ahora es una mueca, tal vez, y una repetición automática. Afortunadamente, para evitar que la obra de Baroja sea del todo automática, el elemento jocoso, risible y grotesco entrará cada vez en mayor número en sus novelas. Cada vez más sano y más contento de la vida, Pío Baroja, no pudiendo cortar la liga que le ata a su antiguo pesimismo, hará en ob- sequio al lector, mayores piruetas. Tal vez resida en eso la raiz del humorismo. Los ingleses, como Cervantes, pasan del dolor y la duda a la risa. Y el humorismo de Pío Baroja es una de las grandes creaciones literarias de la España moderna.
Hay en el hombre una clase de esfuerzo moral; el esfuerzo o la voluntad del elogio.
Nuestro novelista carece de esa especie de voluntad elogiadora, y cuando su patriotismo español, que indudablemente existe, le pone en el trance de tener que afirmar. Pío Baroja sufre íntimos conflictos, y al fin toma el partido de elogiar, dentro de España, únicamente aquello que corresponde a la naturaleza.
Le gusta, pues, el paisaje español, y pocos artistas se han acercado a ese paisaje con tan fina y casi religiosa sensibilidad. Especialmente el panorama de Castilla, y los cuadros del suburbio madrileño, han sido pintados por Baroja de un modo incomparable, con una honda y a veces dramática unción panteística, y también con el vigor de rasgos y con el vivo colorido de un pintor genial. En las últimas obras aparece el paisaje vasco, y su pluma es como si se recreara en la blandura de los montes verdes y en la hermosa turbulencia del mar. Los pueblos rurales, los caminos soleados, las ventas, las ciudades vetustas, los tipos campesinos, los trajes y las costumbres un poco retrasados; todo lo que tiene sabor de rareza, todo lo típico y pintoresco halla en Baroja un narrador insupe- rable. Vierte en las cosas su entusiasmo, o en las personas humildes que ayudan al cua- dro decorativo; siente por las cosas un cariño de pintor, y hasta posee el egoísmo par- ticular del pintor, para quien la naturaleza sólo existe en cuanto puede ser traducida en cuadro,
Pero al llegar a las personas, nuestro novelista le retuerce el pescuezo al entu-
siasmo, y una a una, todos los elementos personales de la nacionalidad son deshechos,
rotos o ridiculizados. Por no se sabe qué íntimo e inconfesado despecho, Baroja procede
en su cariño siempre de abajo para arriba; el muletero, el caminante, el artesano, el sim-
ple mendigo, le merecen a él alguna estimación; pero a medida que asciende en la línea
jerárquica, Baroja se siente agrio, demoledor, duro, implacable. Los funcionarios, las
autoridades, las dignidades, todo lo que representa poder y jerarquía suele ser odiado y
mofado por este escritor descontento. Encuentra un placer, quizá morboso y detestable,
en destruir lo elevado y lo sancionado. Si describe una ciudad de provincia, es seguro
que triturará en sus manos al gobernador militar, al jefe político, al obispo, a los mayo-
razgos, a los mismos carabineros; todo el que represente autoridad y dirección habrá de
caer entre sus burlas y su rajante menosprecio. Y, a la manera del buen republicano de
la época romántica, Baroja buscará el tipo contrapuesto, el osado, el hombre libre y her-
moso que en la ciudad sembrada de gentes infectas ha de realizar los actos nobles y ge-
nerosos. Un poco anticuado, Pío Baroja concede a sus partidarios esa última adulación;
pinta un héroe noble, valiente y desinteresado, y necesariamente lo convierte en un paladín de las ideas avanzadas.
Pero en medio de la multitud bullanguera de los intelectuales negativos y anti- espaflolistas. Pío Baroja se destaca en una actitud muy curiosa e interesante. Mientras sus compañeros de letras aceptan sumisamente la versión extranjera, y se someten a la idea del menosprecio de España, he ahí que nuestro novelista, que por su radicalismo extremo debería ser más anti-patriota que nadie, afirma su devoción a la patria y vuelve sus iras o su desdén hacia el extranjero.
No puede, es verdad, abarcar en su cariño todo el contenido de España; se siente inhábil para elogiar la tradición entera de la patria, y las personas de la patria que repre- sentan autoridad y dignidad formal; vierte su amor en las cosas, en el paisaje, en el pue- blo, y en algunos actos de fuerza y violencia de la historia española. Pero en cambio, su orgullo de español le impide caer en la dependencia del extranjero, esa dependencia o sumisión despreciable que han aceptado tantos escritores en España.
Pío Baroja se muestra ante el extranjero como un español irritado. Porque, en efecto, ¿qué hay entre España y Europa, si no es una lucha tácita, sorda y muy antigua?
Ante el criterio europeo, que consiste en atribuir a España un valor de obstáculo, de rémora y hasta de ignominia, Baroja no cree que puede dudarse; y con verdadera saña vuelve los dardos contra Europa. Jamás se humilla; jamás asume esa actitud miserable de los aduladores y los serviles. Si marcha a París y Londres, vuelve luego a España y se dedica, no a pasmarse de aquellas grandes urbes, sino a disminuirlas. Tiene siempre una frase molesta para Francia, como la nación que más inmediatamente pesa y gravita sobre España. A los hispano-americanos, en cuanto son antiespañolistas y los más serviles de Francia, Baroja los ridiculiza siempre que encuentra ocasión.
En una palabra, el patriotismo de Baroja es un caso extraordinariamente curioso, puesto que se presenta en un espíritu nihilista, destructivo y adversario de toda dignidad o jerarquía. ¿A qué obedece ese patriotismo? Además de su esencia noble y puramente instintiva o racial, ¿deberemos concebirlo como el resultado de la soberbia barojiana, que reacciona contra el criterio europeo y no quiere aceptar la dependencia extranjera? El propio Miguel de Unamuno, cuando ha solido sentirse patriota, ha reaccionado en reali- dad contra esa impertinente autoridad de Europa frente a España, en un movimiento de soberbia herida. Es así como despierta el patriotismo entre muchos intelectuales espa- ñoles; como una reacción, como una rebeldía, como una rabia contra la autoridad adversa e impertinente de Europa.
J O S É M."" S A L A V E R R Í A .
E L ALDEANO
LOS DOS POETAS DE FLANDES
L
A actualidad, que, en estos días de guerra, lleva y trae, barajándolos a capricho, hombres y cosas, ha hecho resonar Juntos en oídos españoles los nombres de ambos poetas: Emilio Verhaeren, Mauricio Maeterlinck. La muerte del primero, arrollado en la estación de Rouen por el tren que intentaba tomar de regreso a París, ha coincidido casi con la venida a España del segundo. Sobre ellos dos, grandes de veras y famosos en todo el mundo, asentaba su esplendor actual la literatura belga de idioma francés. Otros antes que ellos o a su lado: De Coster, Roden- bach, Lemonnier, Van Lerberghe; mañana acaso este Marcelo Wyseur, de quien empieza a hablarse, son testimonio de indudable vitalidad, al paso que los Streuvels y los Ruysse, los De Mont y los Gezelle, dan a la rama flamenca de la literatura belga un lustre antes no conocido.Franceses por la expresión, tienen, Verhaeren lo mismo que Maeterlinck, algo que deben puramente a su raza flamenca. Verhaeren es violento, desordenado, exaltado; ha escrito versos de pesadilla y alucinación; ha cantado la fuerza, la protesta social, el radiante y glorioso por- venir a saltos líricos que pugnan con las condiciones que se dan como cardinales en la literatura francesa. Maeterlinck hace del misterio el centro en torno del cual gira su producción, la puerta siempre cerrada que no osaríamos abrir aunque tuviésemos en la mano la llave de oro capaz de franqueárnosla. Claro en su estilo, sigue su pensamiento una dirección a lo místico que apenas en la literatura francesa ha florecido, y que es fundamental en la flamenca antigua, como lo es en la española. Mas apresurémonos a desvanecer equívocos. No es Maeterlinck un San Juan de la Cruz, ni es tampoco un Ruysbroeck el Admirable. No quieren ya los tiempos místicos así.
Los místicos de hoy, aunque acaso haya en el fondo de algún lejano convento algún alma pren- dida en la centella de la antigua fé, los místicos de hoy, cuando no son anarquistas, son, como Maeterlinck, literatos de la filosofía. Quizá la expresión que mejor podría caracterizarle es esta:
Maeterlinck, el místico-mundano.
Hombre de mundo, aunque huraño, según dicen, y retraído, apasionado por los deportes, rodeado de comodidades, gusta Maeterlinck de entregarse a la meditación en voz alta, es decir, a la meditación impresa de que se tiran muchos railes de ejemplares.
¿Sobre qué temas medita Maeterlinck? Ya está un poco lejano en su producción El Tesoro de los Humildes (i). Ya la Sabiduría es en ella vencedora del Destino (-), al que antes no podían sustraerse, en sus primeros dramas, aquellos emocionadores personajes de ensueño. Aqui tenéis, La Vida de las Abejas 0) o La Inteligencia de las Flores (*). En estos libros se nos habla del Pasado y de lo Porvenir, de la Justicia y de la Suerte (°), del Tiempo, de los Perfumes, del Boxeo y de la Inmortalidad. Muchos de estos tratados, antes de ser reunidos en tomo, han ido apare- ciendo, en inglés la mayor parte, en selectas revistas. Ved a la indolente lady, que ha tomado su baño frío y sus delicados manjares, que espera el automóvil para dar a hora fija el acostumbrado paseo, que ha de ir por la noche a tal comida y después a la opereta. Su vida es un poco triste, un poco vacía. Por suerte, aquí están los libros que la pueden llenar... un poco, poblar su espí- ritu de bellos pensamientos, acariciar, en su alma, las inclinaciones naturalmente delicadas.
Aquí encuentra las razones de su ternura, en esta meditación "sobre la muerte de un perrito"
que ella, en trance análogo, no supo analizar. Y si el libro se llama La Muerte O ¿qué más pedir?
Muchas veces ha pensado ella en la muerte, con temor algunas, otras con deseo de verter en un vacio más grande este vacío menudo de la vida diaria... Sentir el escalofrío de lo infinito, la pre- sencia de lo invisible...
Recargadas están, voluntariamente, las tintas, en el esbozo que antecede. Hemos prescin- dido de la belleza real que amenudo se halla en esos ensayos filosóficos escritos, por otra parte, en una prosa limpia, evidente, cristalina, para no fijarnos más que en algo no tan ajeno quizá, como parece, a la literatura. Habent sua fata libelli, decían ya los antiguos, y el destino de los de Maeterlinck les manda ir principalmente a manos ricas y ociosas.
Entonces ¿cómo sus dramas han estado y siguen aún a la cabeza en el movimiento moderno hacia un teatro más libre, más puro, más literario que el que priva? Porque luchan contra una porción de rutinas: en el libro se lucha sólo contra la rutina mental, poderosísima, eso si; pero, a la verdad, cada libro que merece tal nombre es una victoria contra esa rutina. En el teatro se lucha contra otras no tan potentes, sin duda, por más tercas: se lucha dentro, contra directores y actores; se lucha, fuera, no sólo contra la mente del público sino contra sus ojos y contra sus oídos. Ningún innovador ha triunfado de buenas a primeras, y Maeterlinck es un gran innovador.
En el misterio de lo subconsciente halla la esencia de lo trágico moderno. Asistimos, en sus primeras obras a la lucha de unos seres míseros contra la fatalidad. Y ésta es, no los personajes a quienes oprime, lo que advertimos y nos interesa. Esa fatalidad pasa a ser protagonista del drama.
Una obra entre las más conocidas de Maeterlinck es característica en este concepto. Recor- demos a Edipo: también sobre él pesa la fatalidad con incontrastable poderío; pero cuando le vemos agitarse y sucumbir a ella, él es quien nos interesa y quien hace vibrar en nuestro cora- zón todas las fibras humanas. Vengamos ahora a Interior (S) y prescindamos de su significación simbólica para no reparar sino en lo dramático. ¿A quién va a herir la catástrofe, que no termina el drama sino que lo inicia? A los personajes que en el fondo, dentro de la casa, están reunidos al amor de la lámpara. Y estos personajes, en todo el drama, no aparecen en el escenario, no hablan; sólo algunos movimientos les están encomendados. Cuando se levanta el telón la catás- trofe ha ocurrido 3^a: una de las hijas se ha ahogado y de ello hablan, frente a la casa familiar, dos personajes que ni nombre tienen en el drama. La gente del pueblo trae el cadáver. Es preciso que lo sepan los padres, las hermanas, antes de que llegue. Quizá lo presienten ya, sin darse cuenta; quizá al asomarse las dos hermanas a una ventana cada cual, dejando otralen medio vacía, se ha sentido en la casa que algo había quedado para siempre desierto. Pero aunque la
(1) L e T r é s o r d e s H u m b l e s (18%).
(2) L a Sagesse ot la D e s t i n é e (1898).
(3) L a V i e des Abeilles (1901).
(4) L ' Intelligence des F l e u r s (1907).
(5) L e T e m p l e enseveli (1902).
(6) L e D o u b l e J a r d í n (1904).
(7) L a Mort (1913).
(8) I n t é r i e u r (1894) e n T h é á t r e , H, 1904.
familia presienta, no sabe; y el espectador ve caer sobre el grupo familiar el golpe del infortunio, y ese golpe, no sus victimas, ha sido lo que le ha dado la emoción trágica.
¡Qué arte, qué fuerza de visión en estos primeros dramas maeterlinckianosl ¡Qué nove- dad en el desarrollo de la acción, en los resortes dramáticos, en la expresión mismal El cambio de técnica, terrible en todas las artes—recuérdense, casi en nuestros días, la pintura impresionista y la música wagneriana—fué al pronto causa de hostilidad y extrañeza. Des- pués, conservando mucho de lo primitivo, la técnica de Maeterlinck se aproximó al público tanto, por lo menos, como el público se había aproximado a él. Monna Vanna (1902) se des- arrolla casi "normalmente". De sus obras posteriores El Pájaro Azul (1908, no representado en Francia hasta 1911) triunfa sin restricciones.
El Pájaro Azul es un cuento de niños que desarrolla su pensamiento filosófico—de una filosofía optimista como la de los tratados—en una serie de cuadros de ensueño y de luz.
El ambiente de conseja, sugerido otras veces por los nombres de los personajes, que sitúan la acción de casi todos los dramas de Maeterlinck en épocas lejanas e inciertas, en países indeterminados, contribuye a la sensación trágica, aliándose fácilmente con la imaginación del que observa. Adviértase que entre los griegos la tragedia se desarrollaba en lo pasado- nadie se figurará a Edipo contemporáneo de Sófocles o poco menos—en el pasado en que alentaban las leyendas nacionales. Maeterlinck y otros grandes trágicos de hoy siguen en esto la usanza de la tragedia antigua; mas prefieren a la leyenda misma, la libre creación con elementos y sugestiones que le piden prestados.
No ha venido ahora Maeterlinck a España como artista, sino como campeón de Bélgica.
En el Ateneo de Madrid leyó una conferencia en que habla de los destinos de su pueblo, de las heridas abiertas en él por la guerra, de sus odios y de sus esperanzas. La voz de Maeter- linck es grave, su acento firme y sincero, duras las lineas de su rostro, que sólo se ilumina al sonreír; escondida la frente bajo los abundantes cabellos grises, en sombra los ojos, brusca y levantada la nariz, tiene su faz afeitada una dulce energía.
Con él vino su esposa Mme. Georgette Leblanc, la gran intérprete de sus obras que tal influjo ha tenido en su existencia. A ella dedicó el poeta en 1896 su Tesoro de los Humildes y dos años más tarde, a ella también consagró otro de sus libros capitales La Sabiduría y el destino, con estas palabras: "Os dedico este libro que es, por decirlo así, obra vuestra.
Hay una colaboración más alta y real que la de la pluma, y es la del pensamiento y el ejemplo. No he tenido que imaginar trabajosamente las resoluciones y las acciones de un sabio ideal, o sacar de mi corazón la moraleja de un sueño hermoso, forzosamente un poco vago. Me ha bastado escuchar vuestras palabras Me ha bastado seguiros atentamente por la vida con los ojos que iban siguiendo así los movimientos, los ademanes, los hábitos de la sabiduría misma".
Ha comentado Georgette Leblanc en su conferencia las canciones de Maeterlinck, esas breves canciones, misteriosas, llenas de oscuras sugestiones en su ritmo popular, que tan especial encanto encierran. Q) Al cantarlas, ella las hace vivir, les da el comentario que requieren. Al explicarlas, nuestro convencimiento no es tan cabal. Cierto que bien se cuida de indicar que, en su indeterminación, son susceptibles de interpretaciones muy distintas.
Así, más de uno pensaría que, entre las princesas que suben a la torre, hay una que escu-
(1) NO sabemos s i . e n l a i n v e s t i g a c i ó n de "fuentes" de l a o b r a de Maeterlinck, se h a indicado el parentesco de alguna de estas canciones con otra de Dante-Gabriel Rosetti, n i si se h a m a r c a d o bien l a influencia de los prerrafaehtas sobre el auioreiePeUéasetMémaMe.Tal de sus obras d r a m á t i c a s parece u n dibujo vivo de B u r n e - J o u e s . Copeamos a q u . dos estrofas, distintas de pensamiento, i d é n t i c a s en e x p r e s i ó n y r i t m o , de las canciones aludidas. L a de Maeterhnck es l a I I , acaso la m á s conocida, que empieza: Et s'il reuenait un jour... L a de Rossetti, se titula An old song ended:
E t s'il vent savoir p o u r q u o i L a salle est d é s e r í e ?
—Monlrez-lui la l a m p e é t e i n t e E t la porte ouverte...
« H o w m a y I . w h e n he s h a l l ask.
T e l l h i m who lies there?»
«Nay, but leave my face u n v e i l e d A n d unbound my h a i r . »
driña el horizonte actual de las tierras de Flandes, y que repite, obstinadamente, el consola- dor estribillo:—Esperons encoré!...
También Emilio Verhaereti estuvo en España, traido a ella por la amistad que le unió de por vida con el pintor Darío de Regoyos. Muchos han hablado de aquel compañerismo que unió a poeta y pintor en el tiempo de su juventud. Regoyos trajo a España a su amigo y le hizo ver La España Negra.
La España Negra es un libro más de Regoyos que de Verhaeren. Es el viaje del poeta en- fermo y melancólico, a quien hostigaban el dolor físico y el desequilibrio intelectual, contado por un testigo de sus peripecias. Regoyos intercala en la narración largos trozos de los artículos que el poeta enviaba a L ' Art Moderne de Bruselas, recuerda frases del amigo, cuenta sus emo- ciones, sus sorpresas, sus entusiasmos. Por todas partes ve el poeta a la Muerte. "En las iglesias la celebran como a una gran Santa"~le dice al pintor.
A esta luz de cirio de funeral ve Emilio Verhaeren la tierra que es, para otros viajeros, orgía de luz. Y asi la tierra vasca que por aquellas páginas desfila no es la tierna y húmeda y amorosa que hace vivir los cuadros de Regoyos, sino el país en que la devoción popular, la iglesia som- bría, el enterramiento ostentoso, el Viático, a cuyo paso las bandas entonan el himno que se destina a los reyes de la tierra, alejan de esta vida el pensamiento proyectándolo en un sombrío más allá:
...ees vieilles e n noir, don les m a i n s j a u n e s T e n d e n t en croix l e u r s d é s e s p o i r s et leurs m y s t é r e s , Vers les autels i m m e n s é m e n t et vers les t r ó n e s , La-bas, o r n é s d'argent, de feux et de rosaircs, L e soir, au f o n d des cliapelles en n o i r . . . (i)
Pero, entre tantas tinieblas, cuántas notas vivas y rápidas, como esta de un aurresku: «Allí una flauta y un tambor estrecho y largo tocan un aire que parece que descarrila y que pierde el compás para después volverlo a tomar... Los dos instrumentos parece que riñen entre silbidos y redobles de tamboril, pero sin reñir nunca de veras». El estilo en que Regoyos cuenta sus andanzas y las de su amigo es de una ingenuidad comparable a la de su visión pictórica. La buena intuición artística le hace huir de la expresión rebuscada en que va indefectiblemente a caer todo el que sin ser escritor pretende pasar plaza de ello. No así Regoyos que se mantiene fresco y lozano en su desaliñada sencillez.
El que por La España Negra quisiera juzgar de la obra de Verhaeren caería en el maj^or de los absurdos. Representa un momento en su producción total: el momento en que el hombre em- pieza a sentirse vivir—a sentirse morir, mejor, en aquellos instantes. No en el libro que se refiere a nuestro país, sino en las colecciones de poesías que le son contemporáneas, Noches, Derrotas, Antorchas Negras (2) se refleja plenamente ese estado de espíritu. Después viene una exaltación lírica. En los caminos del poeta se aparecen figuras consoladoras. San Jorge (3), a saltos de lla- ma, llega hasta su corazón y sacándoselo del pecho se lo lleva a su Dios. Ya no podrá dejar de latir al unísono con el de sus hermanos y la protesta social, la absorción de la población campe- sina por los tentáculos de la ciudad, la esperanza de un futuro de amor, palpitan en su verso (*).
Cada vez se eleva más el poeta, El lírico que cantaba recreándose en su propio dolor, superada la emoción egoísta, pasa de la expresión del alma colectiva al concepto de la Armonía universal.
Una serie de obras magníficas (s), en que el poeta alcanza su plenitud, se desarrolla en un largo
(1) L e s Debacles, (1888), libro p o é t i c o escrito en parte durante aquel viaje.
(2) L e s Soirs, les D é b a c l e s , Ies F l a m b e a u x noirs (1887-1890).
(3) L e s A p p a r u s d a n s m e s c h e m i n s (1891).
(4) L e s Campagnes l i a l l u c i n é e s . L e s ViUes tentaculaires. L e s A u b e s , d r a m a (1893-1898).
(!>) L e s F o r c e s tumultueuses, L a Multiple Splendeur, L e s R y l h m e s Souverains, (1902-1910),
período fecundo: el hombre es el héroe que concentra en sí las fuerzas del universo, que las or- dena y dirige hacia la luz, como ese navio que el poeta ve cruzar la inmensidad, majestuoso símbolo optimista:
II tanguait sur l'effroi, l a mort el les abimes, D'accord avec c h a q u é astre et c h a q u é v o l o n t é , E l , maitrissant ainsi les forces u n á n i m e s , Semblait dompter et s'asservir r é t e r n i t é .
Desde que el poeta consigue esta plenitud, vuelve a lo personal, a la exaltación de lo íntimo, a la contemplación. Es entonces más profundamente flamenco que cuando en sus primeras obras (') evocaba en cuadros que tenían ya la campesina fogosidad de un Jordaens, ya la vida quieta y profunda de un Van Eyck, los aldeanos y los monjes de su país. Celebra (2) sus campos natales y sus marismas, evoca sus recuerdos de infancia, canta sus héroes y sus leyendas. Todo lo deshace la guerra. Verhaeren, al tender amorosamente la vista hacia el territorio de su patria, lo ve de pronto invadido, arrasado. No es sólo su patria la destrozada; es también aquel sueño suyo de amor y de solidaridad universal; es la fuerza bruta que viene a destrozar la energía inte- ligente; es la obra entera a punto de desmoronarse La Bélgica ensangrentada (S) es un apóstrofe contra Alemania, la nación que le había festejado, ensalzado y seguido como a ningún otro poeta vivo. En su postrer colección de poesías, publicada pocos días antes de su muerte, la guerra agita sus "alas rojas" (*), pero ya no es sólo una imprecación, sino una esperanza lo que de él se des- prende. Ya el sueño ha vuelto a levantar sus castillos derrumbados: cuando pase el turbión, aquella suprema armonía del mundo será una realidad; vencidos y avergonzados estarán los que ahora la turban... Pero ya el cantor no ha de verlo.
En pocos poetas podrá trazarse como en Verhaeren la linca ascensional que conduce de las primeras inspiraciones a la cima del arte. Cada libro responde a una fase de su evolución, y el uno engendra al otro, desde el primero hasta el último.
Un alto espíritu de la Francia tradicionalista ha llamado en tono despectivo, «romántico» a Verhaeren. Cierto que en su nombre hay resonancias bárbaras, que en su estilo quizá el adjetivo no sigue debidamente al sustantivo ni la cesura raciniana corta regularmente su verso; que no siempre deduce las ideas una de otra ni tienen sus imágenes aquella ordenada compostura que place a quien ama sobre todo la tradición. Porque nadie menos tradicional que Verhaeren, aun cuando canta el pasado, que también en ocasiones lo canta este poeta de los tiempos presen- tes, que ha dado voz y estado poético a las cosas de hoy y que tiende con todas sus fuerzas a lo porvenir, ¿Romántico? Quizá; pero ¿quién le condenaría por serlo? Las denominaciones de clá- sico y de romántico no nos parecen ya marcar épocas distintas en el desarrollo de una literatura, benéficas las unas, perjudiciales las otras. Cada época tiene sus románticos y tiene sus clásicos, Y no solamente los clásicos son los que quedan. Racine y Chenier recogen, asientan, armonizan;
en Petrarca se funde y toma cuerpo el dolce stil miovo; Rafael sintetiza en nobles apariencias el esfuerzo de las escuelas más antiguas; en Tennyson, como en quieto lago, van a apaciguarse los torrentes que desataran Ryron y Shellcy: pero en estos dos poetas, y en Lope de Vega, y en Víctor Hugo y en Walt Whitman hay efervescencia de algo que se inicia; nuevas formas y seres se agitan y bullen como los titanes miguelangclescos en el techo de la Sixtina.
Arte dinámico y grandioso, como el de Miguel Angel en aquella obra de maravilla, es, salva- das todas las distancias, el de Emilio Verhaeren. ¿Y el arte de Maeterlinck con relación a él? A este podríamos simbolizarlo en una suave, sutilísima faz leonardesca; los pómulos salientes y la breve barbilla, en luz, forman un dulcísimo triángulo; y en los finos labios juntos y en los ojos a flor de cara luce una enigmática sonrisa,
ENRIQUE DÍEZ-CAÑEDO.
(1) L e s F l a m a n d e s (1883), L e s Moincs, (1886).
(2) E n l a serie T o u t e l a F l a n d r e , i n i c i a d a en 1904.
(3) L a Belgique sanglante (1914).
(4) L e s Ailes rouges de la guerre, (1916).
ARTE Y ARTISTAS
J U A N D E E C H E V A R R Í A
N
o es tal vez este el momento más propicio para hacer un estudio medianamente preciso y detallado del arte de Juan de Echevarría. Porque, apesar de que este artista tiene ya detras de sí una obra que, a nuestro juicio, le coloca en la primera fila del arte español contem- poráneo, se inicia ahora en él algo asi como un proceso de síntesis, en el que, probablemente, se darán esas obras de madurez que son las "clásicas" dentro de la producción de un artista. A lo largo de su obra se advierte una lucha sin tregua entre lo meramente material del arte, esto es, la técnica, y lo que llaman los artistas "la visión", o sea, la peculiar representación y refracción del mundo objetivo en el propio espíritu. Claro está, que esa lucha es general a todos los artistas que viven seriamente su arte. Pero lo que nos interesa particularmente de ella en Juan de Eche- varría es su violencia, que, en ocasiones, no deja de tener algo así como un regusto morboso.Pues preguntadle por algunas de sus obras que admiraisteis hace cuatro o cinco años, y os res- ponderá que ya no existen, que en un momento de disgusto de si mismo y de desesperación las ha destruido. Este furor contra la propia obra es una de las formas extremas en que se mani- fiesta esa lucha de que hablamos. Otras hay más suaves, aunque quizá no mucho menos dolo- rosas. Son aquellas en las que el artista, siempre insatisfecho, no da nunca por terminada una obra: conviértesele esta en una obsesión, y, como guiado por una voluntad fatal e imperiosa, insiste en trabajarla más y más, hasta que, al fin, la emoción, el espíritu que debía informarla, se muestra como oprimido en el esfuerzo, y este es de lo primero que aparece a los ojos del con- templador de la obra ¡El esfuerzo, el dolor de la producción! He aqui algo que enturbia la trans- misión de la pura emoción estética; y he aqui el resultado de una obstinación sin término Pero si, verdaderamente, tal obstinación fatal debilita la obra que en el momento se trae entre manos, a la larga, es beneficiosa, y a los artistas de verdadera enjundia, como es Echevarría, les acontece que les llega una hora en la que ese esfuerzo, primeramente robador de frescura.
JUAN DE ECHEVARRÍA AUTO-RETRATO
truécase luego en una fuerza ágil, viva, de creación espontánea. Y ese es el punto y hora en que su espíritu se vierte entero en la obra; en el que "técnica" y "visión" no están en pugna; en el que aquella no es sino el cauce suave por donde corre ésta generosamente. Por eso decíamos antes que acaso no sea esta la ocasión más conveniente para hacer un estudio del arte de Juan de Echevarría, puesto que habiendo ya éste conseguido, tras rudos y dolorosos esfuerzos, una téc- nica a la vez delicada, robusta y precisa, entra sin duda en este momento en un periodo de su vida artística en el que es probable (sin que el decir esto sea hacer papel de crítico-profeta) nazca lo que llamamos la producción clásica de un artista, o sea aquella en la que la preocupación técnica desaparece, o llena un lugar muy secundario, y la emoción estética resurge y brota en puras lineas, y llena toda la obra.—Echevarría pinta ahora en Castilla, en Avilíi de los Caba- lleros, tierra escueta y sin retórica, donde las cosas y todo lo viviente tienen a ciertas horas apariencias como de puro espíritu. Allí, en la desolación del desierto, que ofrenda adustamente al cielo las recias ruinas de una casta y una historia rota, su espíritu artístico se españoliza, y después de larga peregrinación estudiosa,—peregrinación, a nuestro juicio, totalmente indispen- sable a todo artista de nuestros días, puesto que ello significa al ponerse a tono con la cultura y sensibilidad artísticas de su é p o c a - , por una parte no pequeña de las formas de la llamada pin- tura moderna, y aun por las de la vieja pintura, se siente hijo de su casta ibera, y trata de hacer un arte de robusta emoción, sobrio, austero, henchido de veracidad cordial. Esta nueva forma,
—nueva, aunque en toda la obra de Echevarría hay constantemente nuncios vigorosos de ella—, está en parte, como decimos, en gestación: lleva de ella nuestro artista en su espíritu lo que los estéticos alemanes llaman "Kunstwollen", o sea, el estado de emoción y voluntad del que arran- ca, como de raíz elemental y profunda, la creación artística en general y la de esta o de la otra obra en particular. En tanto se precisa, estudiemos las líneas generales de lo que hasta hoy ha producido este complejo artista.
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La vocación artística de .luán de Echevarría se reveló tardíamente, pero con una tal decisión, que dá a su espíritu una vuelta semejante a esas súbitas transformaciones de la conciencia y de la personalidad de que nos hablan las vidas de los místicos y religiosos. En la historia del arte mo- derno hay un caso que tiene algún parecido con este, y es el de Paul Gaugain, quien, siendo ya hombre completamente formado, abandonó una posición social desahogada y una profesión reniuneradora para lanzarse dramáticamente a todos los azares de una vida de artista creador e incomprendido. Echevarría, a bien para él, no ha necesitado hacer un tan alto sacrificio a su vocación, pero la transformación que tuvo que realizar de sí mismo no deja menos de descubrirnos la energía de su facultad artística, que vivió latente, sin apenas manifestarse, hasta que un suceso doloroso la trajo a la luz en tiempo en que la parte más plástica y de formación de su juventud había ya pasado. Su arte todo lleva honda huella de esta transformación y de su doloroso origen. Hallareis, pues, en una gran parte de sus obras una preocupación constante por la expresión de la vida interior, un subjetivismo vago, de acentos melancólicos y aun pesimistas.
Este lenguaje que empleamos puede quizá no parecer del todo apropiado a la expresión del sen- tido de las obras de arte plástico, y considerarse como una intromisión más del sentido literario en lo plástico y pictórico, de lo que tanto se quejan los artistas (aunque es verdad que los que más se quejan de esto son los que menos conocen su oficio); pero es el caso que las obras de Echevarría tienen el don de conducirnos siempre a consideraciones de orden psicológico- estético, y siendo, como son, productos de una factura sabia, reflexiva, en ocasiones excesiva- mente trabajada, involuntariamente hacemos muchas veces abstracción de ella, que representa en este caso la letra, para atenernos principalmente al espíritu, el cual, sea dicho de pasada, es lo que especialmente nos interesa en una obra de arte, ya que en virtud de él es tal. El mismo Echevarría acostumbra a decir, con certero criterio estético, que la personalidad de un artista
debe verse antes que nada en el fondo espiritual de sus obras, y no en la factura. Así pues, segui- remos sin temor con nuestro lenguaje habitual y nuestro método de crítica o exposición, que son los únicos que sabemos emplear, y no nos parecen del todo equivocados; Dios nos libre de caer en esa confusión y pedantería disimulada de llaneza propia del "argot" de esos artistas in- capaces, no ya de poner ideas y emociones en sus obras, sino simplemente de mostrarnos un oficio medianamente sólido. Pues, como decimos, Echevarría trata de darnos emociones íntimas, recogidas, de esas que parecen ocupar los lugares más recónditos del espíritu, y que tienen co- munmente su expresión en la lírica o en la música. Por consecuencia, su arte tiene un aspecto introspectivo, y de puro lirismo. En sus primeras obras, ejecutadas bajo la influencia y direc- ción del arte de don Manuel Losada~un artista a quien todos debemos tantas buenas lecciones- no aparece esta cualidad. Solo vemos en ellas el don de asir lo característico. No podía esa pintura, cuya base cromática son tierra, ocres y negros, y cuya estética es la del realismo, servir de medio de expresión a Echevarría. Por eso, al enfrontarse éste en París con la pintura moderna, sufre un cambio radical: encuentra el color, y con él el lenguaje más apropiado a la expresión de sus estados emocionales. Para ello recurre a la naturaleza muerta. Para Juan de Echevarría, como para muchos artistas modernos, las cosas inanimadas tienen un alma particular. Se ha dicho que un paisaje es un estado de alma: ¿por qué no ha de serlo también en ese sentido (dicen) estos objetos familiares, de lujo, o de usos humildes, que nos rodean, que viven con nosotros? ¿No tienen también formas, no tienen también colores, a veces colores maravillosos? Pues entonces, ¿por qué no han de servir también, como un paisaje, como una figura viviente, para expresar nuestros sentimientos estéticos? Momentos hay en que nos hablan al espíritu con una elocuencia insospechada. ¿No os ha acontecido en horas de cansancio, de melancolía, de esa melancolía que no se sabe de dónde viene, y que, sin embargo, sentís que tiene profundo fundamento, o en momentos de una alegría serena, dejar caer vuestra mirada y atención sobre un lugar cualquiera de vuestro aposento y sentir en- tonces cómo aquellas cosas inanimadas y hasta aquel instante indiferentes viven una vida superior, que se trasfunde con lo más intimo de vosotros mismos, y es como expresión externa y bella de aquel modo vago de sentir que dominaba, y aún paralizaba, como en un a modo de acto místico, vuestro espíritu? Pues de estados emocionales semejantes ha nacido en gran parte el sentido moderno—de expresión lírica— de la naturaleza muerta. Ya en la lengua alemana estaba implícito ese sentido, pues lo que los franceses, verdaderos creadores del género, en su forma moderna, denominan "nature morte", y nosoti'os los españoles con expresión imprecisa y vulgar, "bodegones", los alemanes llaman Stilleben, que significa literalmente "vida en reposo",
"vida silenciosa". Pues bien; en semejante género es Echevarría sencillamente un maestro. Den- tro del arte español de nuestros días no conocemos naturalezas muertas superiores a las que él ha pintado. Hemos afirmado esto mismo en otro lugar, y queremos repetirlo aquí una vez más, pues es deber critico poner a un artista en el lugar que le corresponde, y muy especialmente cuando este artista vive alejado de esas ferias de la nombradía donde se cotizan tantos y tantos valores completamente falsos. Hemos nombrado a Madrid y a eso que en la capital de España llaman rumbosamente crítica de arte,.. Aparte de la calidad de la emoción (según ella, podrían clasifi- carse las naturalezas muertas de Echevarria en dos series principales: una, de emoción serena, pero melancólica; otra, de una especie de alegría goetheana,—dominan en esta los azules y ama- rillos); en cuanto a lo puramente plástico y cromático, queremos decir, las naturalezas muertas de nuestro artista se distinguen por su distinción y refinamiento. Nada más lejos de él que lo vulgar. Su nota más simple de color nos advierte que por allí ha pasado un artista de sensibili- dad complicada y pulida. Nos advierte también que es un artista muy versado en lo cromático, que sabe, como pocos, desarrollar una gama, un simple motivo de color, como una a modo de melodía nítida, cristalina, o alcanzar bizantinas complicaciones pictóricas con clásica claridad.
Lo mismo cuando propende a los grises, que cuando busca los destellos intensos, su color es