Facultad de Filosofía y Letras
Departamento de Prehistoria y Arqueología
Trabajo para optar al grado de doctor con Mención Internacional Programa de doctorado Estudios del Mundo Antiguo
DEL CASTRO AL OPPIDUM. EL POBLAMIENTO FORTIFICADO EN LA CUENCA DEL ARDILA (S. III A.C. – I D.C.)
DO CASTRO AO OPPIDUM. O POVOAMENTO FORTIFICADO NA BACIA DO ARDILA (S. III A.C. – I D.C.)
Tesis presentada por Pablo Paniego Díaz
Dirigida por
Luis Berrocal Rangel Sebastián Celestino Pérez
Madrid 2020
ÍNDICE
RESUMEN ... I RESUMO... III AGRADECIMIENTOS ...V
1.INTRODUCCIÓN ... 1
PARTE I ... 7
2.MARCOCONCEPTUAL:CONSIDERACIONESINICIALES ... 9
2.1 Etic y emic ... 9
2.2 Etnicidad ... 9
2.3 Romanización ... 12
2.4 Paisaje y territorio ... 13
2.4.1 Entorno, sociedad y producción ... 14
2.4.2 Patrones de asentamiento ... 17
2.5 Tipos de asentamiento ... 21
2.5.1 Antes de la conquista romana ... 21
2.5.2 Tras la conquista romana... 28
3.MARCOFÍSICO:GEOGRAFÍA ... 33
3.1 Geografía política ... 33
3.2 Geografía física ... 35
3.2.1 Geología ... 36
3.2.2 Hidrografía ... 42
3.2.3 Caminos ... 44
3.3 Biogeografía ... 46
4.MARCOHISTÓRICO:ELTERRITORIOAPARTIRDELASFUENTESCLÁSICAS... 55
4.1 Los autores clásicos ... 56
4.2 Los conceptos lusitano y Lusitania ... 59
4.3 Conocimiento del territorio y sus gentes antes del desembarco de Amílcar ... 65
4.4 El territorio y sus habitantes en la época de los conflictos: de Amílcar a Augusto ... 67
4.4.1 La época bárquida ... 67
4.4.2 La II Guerra Púnica ... 68
4.4.3 La expansión romana y las incursiones lusitanas ... 70
4.4.4 El territorio y sus habitantes en la República Romana Tardía ... 81
4.5 El Principado de Augusto, la reforma administrativa y el inicio del Imperio ... 85
4.5.1 El concepto Baeturia ... 87
4.6 Datos sociales y económicos contenidos en las fuentes ... 91
4.7 Datos medioambientales contenidos en las fuentes ... 97
4.8 Los caminos ... 98
4.9 Recapitulación ... 98
5.MARCOARQUEOLÓGICO:LAHISTORIADELTERRITORIOSEGÚNLOSDATOS MATERIALES ... 101
5.1 Los célticos y los lusitanos ... 101
5.2 La cuenca del Ardila antes de la conquista romana ... 102
5.2.1 Medioambiente y economía ... 107
5.2.2 Los sitios arqueológicos: poblados y necrópolis y su relación con el territorio ... 111
5.2.3 Los asentamientos: el urbanismo y la arquitectura ... 113
5.2.4 La cultura material ... 118
5.3 La cuenca del Ardila tras la conquista romana ... 123
5.3.1 Medioambiente y economía ... 126
5.3.2 Los sitios arqueológicos: poblados y necrópolis y su relación con el territorio ... 129
5.3.3 Los asentamientos: el urbanismo y la arquitectura ... 135
5.3.4 La cultura material ... 138
5.4 Los caminos ... 141
5.5 Epigrafía ... 143
5.6 Numismática ... 147
5.7 Recapitulación ... 150
PARTE II ... 151
6.METODOLOGÍA ... 153
6.1 Documentación y herramientas ... 155
6.2 Geolocalización de los sitios... 156
6.3 Estudio microespacial: Prospección... 158
6.3.1 Protocolo de actuación ... 162
6.4 Estudio mesoespacial: Estudio del territorio ... 169
6.4.1 Accesibilidad y prominencia topográfica ... 169
6.4.2 Visibilidad ... 170
6.4.3 Prominencia visual ... 173
6.4.4 Áreas de Captación Económica (A.C.E.) ... 174
6.5 Recapitulación ... 182
7.SITIOSARQUEOLÓGICOS:CATÁLOGOCRÍTICOYANALÍTICO ... 183
7.1 Badajoz ... 187
7.1.1 Castejón Chico (B03/02) ... 187
7.1.2 Cerro de Guruviejo (B04/01) ... 192
7.1.3 Balcón de Pilatos (B04/02) ... 197
7.1.4 La Venta (B04/04) ... 201
7.1.5 Sierra del Castillo / Sierra Cabrera (B07/01) ... 206
7.1.6 Sierra de Cabeza Gorda (B07/02) ... 212
7.1.7 Cerro de El Coto - Nertobriga Concordia Iulia (B08/01) ... 217
7.1.8 La Pepina (B08/02-03) ... 222
7.1.9 Batalla del Pedrúegano (B08/05) ... 231
7.1.10 Castillejos (B09/01-02) ... 236
7.1.11 Castrejón de Capote (B11/01) ... 242
7.1.12 El Picón (B11/02) ... 251
7.1.13 Castillo de la Morería – Seria Fama Iulia (B12/01) ... 256
7.1.14 Granja del Toriñuelo (B12/03) ... 260
7.1.15 Cerro de las Monjas (B12/04) ... 264
7.1.16 San Gil (B12/05) ... 269
7.1.17 Torreón de Valcavado (B12/06) ... 274
7.1.18 Los Cercos - Contributa Iulia Ugultunia (B13/01) ... 279
7.1.19 Monesterio - Curiga (B14/01) ... 283
7.1.20 Castillejo (B15/01) ... 287
7.1.21 La Martela (B19/01) ... 292
7.1.22 Alto de Sierra Aguda (B19/02) ... 298
7.1.23 Castrejón (B22/01) ... 303
7.1.24 San Pedro (B22/02) ... 310
7.2 Huelva ... 316
7.2.1 San Sixto (H08/01) ... 316
7.2.2 Pico de la Cebada (H08/02) ... 321
7.2.3 Fraga de Romualdo (H08/03) ... 324
7.2.4 Fraga del Moro (H08/04) ... 328
7.3 Portugal ... 331
7.3.1 Castelo de Noudar (P01/01) ... 331
7.3.2 Castelo de Cid (P01/02) ... 336
7.3.3 Cerro dos Castelheiros / Cuco (P01/03) ... 341
7.3.4 Castelo de Moura (P02/01) ... 346
7.3.5 Castelo Velho de Safara (P02/02) ... 350
7.3.7 Castelo das Guerras (P02/03) ... 356
7.4 Sitios dudosos ... 361
7.4.1 Castejón Grande (B03/01) ... 361
7.4.2 Las Cañaveras (B04/05) ... 367
7.4.3 Castellares de La Pepina (B08/04) ... 371
7.4.4 Cerro de Enero (B08/06) ... 376
7.4.5 El Tancón (B08/08) ... 381
7.4.6 Capote B (B11/03) ... 385
7.4.7 El Cañuelo (B12/02) ... 389
7.4.8 Cerro del Santo (B12/08) ... 394
7.4.9 El Barrito / Sierra de Gama (B12/10) ... 400
7.4.10 Dehesa de Valcavado (B12/11) ... 406
7.4.11 Arroyo Gome (B12/12) ... 410
7.4.12 Verraco Marmello (B22/04) ... 414
7.4.13 Almarchanes (B22/05) ... 418
7.4.14 Monteagudo (B22/06) ... 422
7.4.15 Castelo do Safarejinho (P02/04)... 427
7.5 Otros sitios documentados ... 432
7.5.1. Los Bonales (B04/06)... 432
7.5.2 Marrá de Los Jarales (B08/07) ... 433
7.5.3 Casas del Sejo (B10/01) ... 435
7.5.4 La Torre (B12/09) ... 435
7.5.5 Torreón (B19/04) ... 436
7.5.6 Valdelacanal / El Repilado (H04/01) ... 436
7.5.7 Ermita de la Virgen de Flores (H08/05) ... 436
7.6 Resultados negativos ... 438
7.6.1 El Chaparral (B04/03) ... 438
7.6.2 Cerro del Castro (B10/02) ... 438
7.6.3 La Atalaya (B11/04) ... 439
7.6.4 El Helechal (B12/07) ... 439
7.6.5 Sierra de Gigonza (B19/03) ... 439
7.6.6 Berrugate (B22/03) ... 439
7.7 Elementos descartados ... 440
7.8 Recapitulación ... 440
8.ANÁLISISDELPOBLAMIENTOFORTIFICADOENLACUENCADELARDILA ... 443
8.1 Superficie ... 444
8.1.1 Evolución temporal ... 446
8.2 Accesibilidad y prominencia topográfica ... 447
8.2.1 Evolución temporal ... 447
8.3 «Visualización» ... 448
8.3.1 Evolución temporal ... 448
8.4 Control visual ... 450
8.4.1 Evolución temporal ... 450
8.5 Relación con recursos: cursos de agua ... 451
8.5.1 Evolución Temporal ... 451
8.6 Relación con recursos: minería ... 451
8.6.1 Evolución temporal ... 451
8.7 Relación con recursos: caminos ... 452
8.7.1 Evolución temporal ... 452
8.8 Relación con recursos: suelos ... 452
8.8.1 Evolución temporal ... 453
8.9 Superficie y accesibilidad ... 453
8.9.1 Evolución temporal ... 453
8.10 Superficie y ACE ... 455
8.10.1 Evolución temporal ... 455
8.11 Superficie y control visual... 457
8.11.1 Evolución temporal ... 457
8.12 Accesibilidad y control visual ... 458
8.12.4 Evolución temporal ... 461
8.13 Intervisibilidad y cuenca visual múltiple ... 461
8.13.1 Evolución temporal ... 464
8.14 Prominencia visual y superficie ... 464
8.14.1 Evolución temporal ... 465
8.15 Prominencia visual y topográfica ... 466
8.15.1 Evolución temporal ... 467
8.16 Recapitulación ... 467
PARTE III ... 469
9.DISCUSIÓN:LAEVOLUCIÓNDELPOBLAMIENTOENLACUENCADELARDILA ... 471
9.1 El Poblamiento en la II Edad del Hierro ... 472
9.1.1 La llegada de los celto-lusitanos: la atracción económica ... 475
9.1.2 ¿Dónde están los celto-lusitanos?: ¿poblamiento no fortificado? ... 477
9.2 El poblamiento en época romano-republicana ... 479
9.2.1 Continuidad, innovación y ruptura ... 479
9.2.2 El factor militar ... 491
9.2.3 Características económicas de la fase republicana ... 498
9.3 El poblamiento bajo la dinastía Julio-Claudia ... 501
9.3.1 Características del poblamiento... 503
9.3.2 El nuevo territorio político ... 509
9.3.3 Los caminos ... 520
9.4 Los asentamientos fortificados en la cuenca del Ardila dentro de un fenómeno global ... 523
10.CONCLUSÕES ... 527
BIBLIOGRAFÍA ... 533
FUENTESEPIGRÁFICASYTEXTUALES ... 591
Fuentes Epigráficas ... 591
Fuentes Textuales ... 591
ANEXO ... 593
i RESUMEN
El río Ardila es el último gran afluente del Guadiana antes de su desembocadura en el Atlán- tico. Su cuenca abarca territorios de Badajoz, Huelva y el Alentejo, siendo un área de transi- ción entre la serranía onubense y Tierra de Barros, por un lado, y la fachada atlántica portu- guesa y la Campiña Sur de Badajoz por otro.
A pesar de su posición excéntrica respecto a los centros políticos y económicos más impor- tantes en la Antigüedad, fue escenario principal de varios sucesos decisivos para el devenir histórico de la Península Ibérica. Así, fue solar de parte de las guerras lusitanas, en especial durante el generalato de Viriato, y de las sertorianas. Estos hechos configuraron el pobla- miento y fueron la causa principal de muchas de las características que presentan los sitios.
El trabajo de campo, parte fundamental de este estudio, se realizó siguiendo un protocolo de actuación que se ha demostrado sumamente efectivo para el estudio del poblamiento fortifi- cado. Se basa en una combinación de aplicación de nuevas tecnologías con técnicas tradicio- nales. Este protocolo partió de la generación de modelos digitales del terreno de alta resolu- ción a partir de los datos LiDAR del PNOA; tras su análisis se proyectó la prospección pe- destre con el fin de confirmar las anomalías detectadas, a la par que se documentó el registro arqueológico de superficie, para obtener el máximo de información cronocultural y funcional de los sitios. Por último, se volcó y conjugó toda esta información para definir la extensión, características y momentos de ocupación de los yacimientos. Con posterioridad, partiendo de estas unidades de poblamiento, se realizaron estudios y análisis de carácter territorial que generaron una serie de modelos con los que explicar la evolución del poblamiento fortificado en la cuenca del Ardila entre los siglos III a.C. y I d.C.
A partir de la información generada, se ha podido comprobar cómo ha evolucionado el sis- tema de ocupación del territorio desde yacimientos tipo castro característicos de la II Edad del Hierro, hasta la definitiva incorporación de la comarca al sistema provincial romano du- rante el Principado de Augusto. Este nuevo período tiene su reflejo material en la consolida- ción de un tipo de sitio novedoso en la región: el oppidum, plasmación física del municipium.
Entre ambos momentos, coincidiendo grosso modo con la República Tardía, se constata una proliferación de enclaves con características defensivas que, en muchas ocasiones, tienen un claro componente militar. Entre estos destaca un conjunto situado en el tramo alto del Ardila que se pueden relacionar con el establecimiento de la línea del frente sertoriana.
En el aspecto económico, esta evolución del poblamiento supuso el paso desde un modelo relativamente autárquico y de producción no especializada durante la II Edad del Hierro, ha- cia un sistema interrelacionado donde convivieron sitios con funciones productivas con otros con una clara finalidad defensiva y militar o bien político-administrativa.
PALABRAS CLAVE: II Edad del Hierro; celto-lusitanos; conquista e implantación romana;
fortificaciones; estudio del poblamiento; análisis territorial; prospección arqueológica; Li- DAR.
iii RESUMO
O rio Ardila é o último grande afluente do Guadiana, antes de desaguar no Atlântico. A sua bacia abrange territórios de Badajoz, Huelva e Alentejo, sendo uma área de transição entre a serrania de Huelva e a Tierra de Barros, por um lado, e a fachada atlântica portuguesa e a Campiña Sur de Badajoz, por outro.
Apesar da sua localização afastada dos centros políticos e económicos mais importantes na Antiguidade, foi palco principal de vários acontecimentos decisivos para o devir histórico da Península Ibérica, como as guerras lusitanas, especialmente durante a chefia militar de Viriato, e as sertorianas. Estes acontecimentos configuraram o povoamento e foram os principais responsáveis de muitas das características que os sítios apresentam.
O trabalho de campo, parte fundamental deste estudo, foi realizado de acordo com um protocolo de atuação que demonstrou ser extremamente eficaz para o estudo do povoamento fortificado e que se baseia na combinação da aplicação de novas tecnologias com técnicas tradicionais. Este protocolo partiu da criação de modelos digitais de alta resolução do terreno, através dos dados LiDAR do PNOA. Depois da sua análise, projetou-se a prospeção, com o objetivo de confirmar as anomalias que foram detetadas, e ao mesmo tempo documentou-se o registo arqueológico de superfície, para obter o máximo de informação crono-cultural e funcional dos sítios. Por último, toda esta informação foi introduzida e analisada para definir a extensão, características e momentos de ocupação dos sítios. Posteriormente, partindo destas unidades de povoamento, realizaram-se estudos e análises de carácter territorial, que criaram uma série de modelos que ajudam a explicar a evolução do povoamento fortificado na bacia do Ardila entre os séculos III a.C. e I d.C.
A partir da informação conseguida, foi possível corroborar a evolução do sistema de ocupação do território, do tipo castro característico da II Idade do Ferro até à integração definitiva da zona no sistema provincial romano, durante o Principado de Augusto. Este novo período reflete-se materialmente na consolidação de um novo tipo de sítio na região: o oppidum, expressão física do municipium. Entre estes dois momentos, coincidindo em grosso modo com a República Tardia, constata-se uma proliferação de lugares com características defensivas que têm muitas vezes uma clara componente militar. Entre estes, destaca-se um conjunto situado no troço alto do Ardila, que se pode relacionar com o estabelecimento da linha de frente sertoriana.
No aspeto económico, esta evolução do povoamento representou a passagem de um modelo relativamente autárquico e de produção não especializada durante a II Idade do Ferro, para um sistema interrelacionado, onde conviveram sítios com funções produtivas e outros com uma clara finalidade defensiva e militar ou político-administrativa.
PALAVRAS-CHAVE: celto-lusitanos; conquista e implantação romana; fortificações;
estudo do povoamento; análise territorial; prospeção arqueológica; LiDAR.
v AGRADECIMIENTOS
Gran parte de este trabajo no es mío pues son innumerables las correcciones, comentarios e ideas provenientes de otras personas. Aunque estas líneas no hagan suficiente valor a dichas aportaciones, espero que al menos reflejen claramente mi gratitud.
No puedo comenzar por otro lugar que por mi familia y amigos. Por eso le doy las gracias a mi madre y a mi hermana Natalia. Y a Kira. Y a Erkide. Un lugar especial le corresponde a Iratxe Boneta, que ha aguantado estoicamente los últimos años de la redacción de este trabajo. También debo agradecer que estuvieran Diego Leache, Jesús Manzano, Álvaro Garrote, Francisco Moriche, Juanma Lima y Fabio Lima, con quien empecé mi primer libro de «Historia de Burguillos» cuando aún íbamos al colegio. A caballo entre el mundo personal y el académico están Esther Rodríguez, José Ángel Salgado, Primitivo Sanabria y Tomás Cordero. También, y especialmente, esta tesis le debe mucho a Carlota Lapuente.
De igual manera, no puedo más que mostrar mi gratitud a mis directores. A Luis Berrocal, quien inició los estudios sobre la protohistoria y la transición al mundo romano en esta región y que hace que este trabajo no sea sino una continuación de los suyos. Y a Sebas- tián Celestino, quien fue el primero en animarme a que empezara esta tesis y quien creyó en mí.
A la gente de la Universidad Autónoma de Madrid, donde me formé y aprendí lo poco que sé de mano de profesores como Juan Francisco Blanco, Alfredo Mederos o Eduardo Sánchez-Moreno entre otros, o de compañeras como Lucia Ruano. Además, debo agra- decer al Laboratorio Docente del Departamento de Prehistoria y Arqueología su colabo- ración, especialmente a Ana Isabel Pardo. También a los compañeros del Instituto de Arqueología de Mérida como Antonio Pizzo, Carlos Morán, Pedro Mateos, Trinidad Tor- tosa, Victorino Mayoral o Luis Gethsemani Pérez.
De mi estancia en Portugal saqué innumerables lecciones gracias a Carlos Pereira, Susana Estrela, Elisa de Sousa, Ana Arruda y, en especial, Carlos Fabião. Además, debo mostrar mi especial agradecimiento a Rui Monge Soares por mostrarme todos los avances en la intervención del Castelo Velho de Safara y por acompañarme por Moura y Barrancos a visitar los yacimientos de dicha región y sin quien no hubiera podido hacerlo. También a Rui Mataloto y a sus interesantes comentarios y recomendaciones.
De igual manera, he de reconocer la colaboración de multitud de investigadores e institu- ciones como el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz, Juan Aurelio Pérez Macías, a quien debo todos los datos sobre los sitios onubenses, Macarena Bustamante y Francisco Javier Heras, quienes me ayudaron en la ardua tarea de identificación de los materiales, Helena Gimeno y José Luis Ramírez Sádaba, que me dieron todas las facilidades y más para consultar la revisión aún inédita sobre la epigrafía de la comarca, Timoteo Rivera, Sabah Walid, Mª Jesús Carrasco, Joaquín Gómez-Pantoja, Isabel Baquedano, etc.
A pesar de las quejas usuales hacia la administración y la burocracia, no puedo dejar de destacar la disponibilidad para resolver todas mis dudas y todas las facilidades prestadas
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por José Ramón Bello y Vicente Contreras, de la Dirección General de Patrimonio de la Junta de Extremadura y Samuel Melro y Miguel Rego de la Direcção Regional da Cultura do del Alentejo, quienes además tuvieron a bien acompañarme y facilitarme el acceso a algunos yacimientos.
Si antes dijimos que gran parte de este proyecto es compartido por las aportaciones de otros, no debemos olvidar la ayuda mostrada por muchas personas de la comarca, espe- cialmente en los trabajos de campo. Gracias a ellas tuvimos acceso a una importante fuente de información que, por desgracia, no es extraño que pase desapercibida en la in- vestigación académica. Entre ellos queremos destacar a José Ángel Calero, uno de los mayores conocedores de la zona y que con su generosidad desinteresada nos puso en contacto con innumerables vecinos e investigadores de la zona como Rogelio Segovia de Jerez de los Caballeros, presidente de Xerez Equitum, Antonio Valero, cronista de Oliva de Frontera o Nicolás Guillén, a quien debemos la noticia de un buen número de los sitios de Valencia del Ventoso y Fregenal de la Sierra y al que animamos a continuar con sus proyectos en el Ardila. Diego Muñoz hizo lo propio en las inmediaciones de Zafra y Vicoria Álvarez en la zona de Higuera la Real. Juan Álvarez “el cartero”, Nino Cordón, José Luis “Tito”, Antonio Fernández-Salguero, Inmaculada Zahino, Elena Pérez y, espe- cialmente, Francisco Zarallo en Burguillos del Cerro. Además, algunas de las corporacio- nes municipales también se preocuparon por su patrimonio y apoyaron los trabajos de campo como el Ayuntamiento de Valencia del Ventoso, en especial Lorenzo Suárez, Ma- ría Concepción López y Tomás Santana o la Câmara Municipal de Barrancos y su ar- queóloga Lidia Segão, quien además me facilitó la consulta de los fondos del museo de dicha localidad.
No puedo tampoco dejar de agradecer a todas aquellas personas que con su sacrificio hicieron y hacen posible que gente como yo pudiera estudiar e, incluso, desarrollar estu- dios de doctorado. Deseo que en un futuro nadie deba sacrificarse y que este derecho sea consustancial a todas las personas y que esta tesis sea un pequeño paso para que esto sea así.
Por último, no me gustaría dejar de señalar que contemplo también este trabajo como un homenaje a Matías Ramón Martínez (1855-1904) a quien considero pionero en los estu- dios históricos en la comarca y con quien comparto una estrecha relación con el pueblo de Burguillos del Cerro. Sé que estas líneas no son capaces de expresar la importancia que esta figura representa en la historia y el patrimonio de la región1 y, también, que M.
R. Martínez hubiera considerado que el mejor homenaje a su persona es la continuación de los estudios que él inició más que palabras de alabanza hacia él
1 Ha sido considerado el primer científico extremeño que trató con método y rigor la historia extremeña.
Pecellín Lancharro, M. (1987) El krausismo en Badajoz, Tomas Romero de Castilla. Universidad de Ex- tremadura.
1 1. INTRODUCCIÓN
Es complicado, cuando se comienza una investigación, definir sus límites, tanto espacia- les como temporales. Sobre los primeros, las posibilidades son varias: como las divisiones administrativas modernas, ya sean municipios, provincias o estados; límites arbitrarios definidos por el investigador; límites culturales, con la dificultad añadida de definir qué forma parte de una cultura y qué se excluye, además del problema de rastrearlas arqueo- lógicamente, sin contar con que, por su propia naturaleza, las culturas son politéticas, dinámicas, difusas y con una clara tendencia a solaparse en los puntos de contacto; y, también, los límites geográficos, que se caracterizan por ser excesivamente estáticos, res- trictivos y, cuando hablamos de sociedades humanas, artificiales.
Por ello, el primer objetivo que nos planteamos para este trabajo era definir cuáles iban a ser los límites espaciales, y optamos por la última de las posibilidades, aunque siendo conscientes en todo momento de que más allá de «las fronteras» que hemos impuesto no había un vacío que aislaba a las sociedades que estudiamos, sino que sus relaciones se extendían fuera de nuestro ámbito de trabajo, sin que tampoco existiera necesariamente uniformidad dentro de él.
Pero ¿por qué el Ardila? La respuesta se compone de varias partes. Por un lado, se trata de una unidad geográfica con unas dimensiones abarcables, pero a la vez relativamente extensa. En ella, además, se han desarrollado varios trabajos que imbrican directamente con el objeto de estudio de esta tesis doctoral. Por lo tanto, es un espacio donde se tiene un conocimiento bastante amplio de las sociedades protohistóricas y romanas tempranas y sus dinámicas, aunque donde aún quedaban muchas preguntas por responder. Por otro lado, ya habíamos desarrollados diferentes trabajos en la zona y teníamos un conoci- miento histórico-arqueológico y geográfico de la región. Finalmente, existía un impor- tante potencial que nos permitía acercarnos a la cuestión desde diferentes perspectivas, entre ellas, su identificación con la histórica Beturia de los célticos.
Respecto al Ardila, se trata del último gran afluente del Guadiana, el cual nace en la Sierra de Tentudía, cerca del límite autonómico entre Extremadura y Andalucía, y desemboca en Portugal. Su cuenca se extiende por amplias áreas de estas tres unidades político-ad- ministrativas modernas. Desde su nacimiento hasta su desagüe recorre más de 166 km y su cuenca abarca alrededor de 1820 km. El Ardila genera un estrecho valle entre la serra- nía onubense, al sur, y Tierra de Barros, al norte. En su territorio predomina el bosque abierto de quercíneas, ya sean encinas o alcornoques, que denominamos como paisaje de dehesa. En sus extremos oriental y occidental, sin embargo, destacan las tierras agrícolas.
Respecto a los límites temporales, es difícil fijar un momento de partida y uno de final que signifiquen un punto y aparte respecto a lo pretérito y a lo posterior. En nuestro caso se ha seleccionado como fecha de inicio el siglo III a.C., que en la región se identifica con el pleno desarrollo del Hierro II. Durante esta centuria las poblaciones que son objeto de estudio ya están definitivamente asentadas y son las herederas directas de las que lle- garon en la anterior, modificando significativamente los modelos de poblamiento y eco- nómico-productivos conocidos en la I Edad del Hierro. Por otro lado, se ha optado por
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finalizar este estudio a mediados del siglo I d.C., coincidiendo con la dinastía Julio-Clau- dia. Su elección se debe a que fue en este período cuando se consolida y culmina el pro- ceso de implantación e integración de la cuenca del Ardila dentro de la arquitectura ins- titucional y las estructuras romanas.
En otro orden de cosas, es necesario explicar las razones que nos han llevado a centrarnos en un tipo concreto y característico de asentamiento: el fortificado. Varias son las causas:
por un lado, se trata de un tipo de sitio fácilmente reconocible y sobre el que se han podido implementar técnicas concretas para su estudio; por otro lado, su proliferación es un fe- nómeno que se desarrolla y evoluciona durante todo el lapso temporal estudiado. Final- mente, es necesario incidir en que, salvo contadísimas excepciones, es el único tipo iden- tificado en la comarca y porcentualmente representa la inmensa mayoría de los asenta- mientos constatados entre los siglos III a.C. y I d.C., por lo que su elección ha venido condicionada también por el conocimiento arqueológico previo. De igual manera, su fácil identificación con una menor inversión de tiempo y medios en comparación con otros tipos de sitios que requerirían de metodologías diferentes a las aquí desarrolladas es un factor a tener en cuenta. Además, contábamos con una experiencia previa en el estudio de este tipo de sitios y con un protocolo de actuación que, aunque ha tenido que ser adap- tado y acondicionado al objeto concreto de trabajo, ya había deparado resultados positivos en el pasado.
Merece la pena definir, aunque sea sucintamente, el término fortificación. Las acepciones del diccionario de la RAE (DLE, 23ª ed.) que nos interesan son la segunda y la tercera:
2. Obra o conjunto de obras con que se fortifica un pueblo o un sitio cualquiera.
3. Arquitectura militar.
Partiendo de la segunda, el concepto clave es fortificar que, según el mismo diccionario, en su segunda acepción es:
2. Hacer fuerte con obras de defensa un pueblo o un sitio cualquiera, para que pueda resistir a los ataques del enemigo.
Como vemos, se trata de un concepto elástico que, precisamente por eso, creemos útil.
Esta flexibilidad nos permite incorporar yacimientos que van desde una pequeña casa- fuerte hasta una ciudad, pasando por una enorme gama de tipos intermedios que incluye desde castros hasta enclaves militares.
En este punto, queremos tomar prestadas las palabras de F. Quesada (2007a: 75) que, entendemos, pueden ayudar a definir este concepto:
Es indudable que la muralla, incluso si es un simple lienzo corrido aprovechando las partes traseras yuxtapuestas de los edificios, pero sobre todo si se acompaña de elementos como caminos de ronda, torres o bastiones, fosos y otros elementos accesorios, es ante todo un elemento defensivo frente a un peligro percibido por quienes la construyen. […] debemos tener en cuenta que es la función defensiva originaria la que permite luego dotar de connotaciones prestigiosas y simbólicas a una muralla.
3 En definitiva, vemos cómo el concepto «fortificado» puede aludir a cualquier obra o cons- trucción encaminada a defender a la población frente a un enemigo, independientemente de su complejidad y más allá de otras posibles funciones complementarias.
Partiendo de esta base, nuestra intención es acercarnos a las características que definen el poblamiento fortificado en la cuenca del Ardila en los tres diferentes períodos principales en los que hemos dividido el intervalo temporal objeto de esta investigación. Esto con- lleva, asimismo, el análisis de la evolución de este tipo concreto de sitio a lo largo del tiempo, así como la relación que existe entre ellos y las causas que provocaron que mien- tras unos perviven en las diferentes etapas, otros desaparecen e, incluso, los hay que re- ducen su ocupación a momentos cortos y puntuales. De esta manera, pretendemos com- prender qué suponen los diferentes acontecimientos en el devenir histórico de la región a partir de un tipo concreto de objeto de estudio: los asentamientos con obras y acondicio- namientos defensivos.
Este trabajo está estructurado en tres partes, dividido a su vez en diferentes capítulos. La primera de sus partes busca contextualizar el estudio a nivel conceptual, geográfico, his- tórico y arqueológico. La segunda presenta la metodología de trabajo y un estudio por- menorizado de los yacimientos tratados. Por último, la tercera parte explica los resultados y expone nuestra interpretación de los procesos constatados en la cuenca del Ardila entre los siglos III a.C. y I d.C. o lo que es lo mismo, entre la II Edad del Hierro y el Alto Imperio.
La primera parte se inicia con el capítulo dos. Este hace referencia a una serie de cuestio- nes básicas; unos planteamientos iniciales que, si bien en algunos casos encuentran per- fecto acomodo en los subsiguientes apartados, en otros casos se refiere a cuestiones que están presentes en todo el trabajo. Asimismo, se hace alusión a los presupuestos básicos que guían nuestro estudio y se explicitan algunos conceptos que son esenciales para en- tender la configuración de la obra y la orientación teórica que seguimos.
A continuación, en el tercer capítulo, se ha realizado una breve introducción geográfica, en la que hemos intentado resaltar aquellos factores físicos que influyen directamente en las sociedades humanas estudiadas. Hay que aclarar que este epígrafe se refiere de forma exclusiva a datos contemporáneos y que los paisajes antiguos no necesariamente se co- rresponden con los actuales, punto que se abordará en apartados posteriores.
El capítulo cuatro trata sobre los datos que las fuentes grecolatinas nos han legado de este territorio. A pesar de no ser el objeto central de interés de la presente tesis, no es menos cierto que los datos procedentes de fuentes escritas son de sumo interés para comprender el territorio. El poder refrendar o negar las citas clásicas a partir del registro material es un objeto secundario de análisis.
El conocimiento arqueológico de la región con anterioridad al trabajo aquí presentado es el objeto central del quinto de los capítulos. Se ha intentado sintetizar en unas pocas pá- ginas los elementos que se han considerado principales y, es innegable, que se ha dedi- cado un mayor espacio a los aspectos que entroncan directamente con el objeto de estudio
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principal de la tesis. Se ha optado por usar una división temporal, más que étnica, por dos razones principales: la primera es por las dudas que nos suscita el empleo de conceptos étnicos y la segunda, quizá más importante, es que a partir de la conquista romana consi- deramos inútil la división entre indígenas y romanos, siendo la sociedad existente la con- junción de ambos elementos. A pesar de que en algunos casos parezca que dividimos, por ejemplo, los tipos de asentamiento según el origen de sus pobladores, queremos explicitar de forma fehaciente que no consideramos que existan dos sociedades. Negamos este punto pues creemos que los romanos, así como pudo suceder con los púnicos previamente de forma más residual, pasan a formar parte de la sociedad en el momento en que se produce la interacción, lo que en palabras de Gluckman referentes al dominio colonial europeo en África se resume: el administrador, el misionero el comerciante y el recluta- dor de trabajadores tienen que ser considerados factores en la vida tribal de la misma manera que el jefe o el mago (Gluckman, citado en Martínez Veiga, 2008: 320).
La segunda de las partes comienza con el capítulo seis, centrado en describir la metodo- logía de trabajo y las técnicas empleadas. A pesar de que se trata de un estudio basado fundamentalmente en el trabajo de campo y en la interpretación de sus resultados, o quizá precisamente por eso, es un apartado fundamental para que el lector pueda interpretar los resultados que ulteriormente se procesarán. En él se indicará cómo se han obtenido los datos y en cuáles hemos centrado nuestra atención.
El séptimo capítulo es un catálogo crítico de los yacimientos conocidos. En su cuerpo se describen de forma resumida una serie de datos sobre cada uno de los sitios: ubicación, estudios previos, resultados de nuestra intervención en caso de que la hubiera habido y un estudio del territorio. Este nomenclátor de sitios fortificados pretende presentar la in- formación sin interpretarla, aunque siguiendo una toma de datos y cierto proceso defini- dos en el capítulo anterior, con el objetivo de que pueda ser empleada por cualquier in- vestigador y, de esta manera, contrastar nuestros resultados y aportaciones.
El capítulo octavo busca valorar la importancia de diferentes variables y recursos en los patrones de asentamiento de los sitios fortificados. Para ello se ha recurrido a la realiza- ción de diferentes análisis estadísticos.
Por último, el noveno de los capítulos supone alcanzar la tercera de las partes en las que se ha dividido el estudio. En él se aborda la discusión sobre el poblamiento fortificado en la cuenca del Ardila entre los siglos III a.C. y I d.C. Se compone de tres apartados que coincide con los tres períodos históricos principales: la II Edad del Hierro, el período romano-republicano y la fase Julio-Claudia. Se recurre en esta reflexión final a todos los datos arqueológicos e histórico-literarios contenidos en la bibliografía consultada, conju- gándose con los elementos novedosos resultantes de los trabajados de campo llevados a cabo en el marco de esta tesis, así como de los distintos análisis realizados en la segunda de las partes de este estudio y presentada en los capítulos anteriores de manera individua- lizada.
Apartando los prejuicios que solemos asociar a las informaciones transmitidas por las fuentes clásicas y conjugándolas con los datos arqueológicos, podemos observar cómo en
5 poco más de un siglo hay una completa transformación desde una sociedad indígena de jefatura con poderes descentralizados hasta una plenamente integrada en la arquitectura político-administrativa del estado romano. Esto se refleja en el tipo de poblamiento, donde el castro como unidad básica de ocupación del territorio es sustituida por el oppi- dum, alrededor del cual se reorganiza todo el territorio, fijando, asimismo, unos límites administrativos bien definidos sobre los que ejerce su dominio y donde se localizan una serie de asentamientos menores supeditados a él. A diferencia de otros territorios penin- sulares, este proceso es consecuencia directa de la presencia romana y no hunde sus raíces en casuísticas endógenas de las sociedades celto-lusitanas del Ardila. Entre los asenta- mientos menores de este período se incluyen diversos tipos de poblados y sitios fortifica- dos como los castros de origen prerromano, los cuales se habrían visto despojados de muchas de sus funciones sociales, políticas y económicas a pesar de su pervivencia física;
torres, con carácter productivo unas y defensivo otras; y recintos vinculados a la defensa y el control del territorio.
PARTE I
Lo que sepas que no está bien hecho, no lo calles, no sea que, por callar, te confundan con los malos Pseudocatón
Todo científico parte del trabajo de sus predecesores, encuentra problemas que considera significativos, y por observación y razonamiento intenta hacer alguna contribución al cuerpo creciente de la teoría A. R. Radcliffe-Brown, «Sobre la estructura social»-1952
En toda investigación científica, los hombres de hoy aprovechan el trabajo de los de ayer, y los de ma- ñana se harán solidarios de los de hoy, sin que sea nunca enteramente perdido el trabajo que a beneficio
de la ciencia se hace M. R. Martínez, «Trujillo»-1900
9 2. MARCO CONCEPTUAL: CONSIDERACIONES INICIALES
En este apartado se pretenden aclarar algunas ideas y conceptos que se emplearán a lo largo del trabajo y que creemos importante explicitar para evitar posibles confusiones con su empleo. Ello no quiere decir que se quieran crear definiciones finales e inamovibles sino, simplemente, que se ha optado por emplear una acepción concreta con fines emi- nentemente utilitarios y prácticos más que teóricos.
2.1 Etic y emic
Uno de los problemas a los que hemos de hacer frente es el enfoque de la investigación.
En nuestro caso hemos optado por excluir en la medida de lo posible dar la visión de la realidad hecha por los mismos agentes, en este caso las poblaciones que ocuparon el solar hispano. A pesar de haber sido acusado de simplista, creemos que la definición realizada por M. Harris2 de los conceptos «etic» y «emic» se adecúa tanto a la realidad como a las necesidades de este trabajo (Harris, 1994b: 44-61). Por lo tanto, consideramos que la perspectiva emic supone considerar la visión del nativo, lo que haría necesario esclarecer las categorías y reglas que rigen su pensamiento. Así, emic sería tanto la perspectiva de los pueblos prerromanos como la de los griegos, púnicos y romanos, quienes describen la realidad desde su visión, sin emplear ningún método científico y pretendidamente obje- tivo. Frente a esta posición, consideramos más adecuado el empleo de un enfoque de tipo etic, donde será el investigador el juez último de las categorías y conceptos empleados en las descripciones y análisis. Ambas categorías, etic y emic, no son de por sí científicas ni objetivas y desde ambas se puede alcanzar un conocimiento objetivo, y no puede consi- derarse la primera como un escalón para alcanzar la segunda ni viceversa.
Asimismo, creemos adecuado resaltar que nuestro trabajo busca resolver las cuestiones planteadas desde un marco conductual, que no necesariamente implica conocer qué pen- saban quienes lo realizaban, frente al campo mental que necesita desentrañar los pensa- mientos de los participantes (Harris, 1994b: 46).
Por lo tanto, en este trabajo se abordará el estudio de las sociedades del pasado desde nuestra perspectiva, la del investigador, y el empleo del campo conductual como objeto de estudio. De esta manera, pretendemos lograr el mayor grado de objetividad científica del que seamos capaces3, buscando el refrendo de los datos en las informaciones vertidas.
2.2 Etnicidad
Hay una serie de criterios fundamentales para la configuración de la etnicidad como son el autorreconocimiento y la autoconceptualización, sin que deje de valorarse la alteridad con otros grupos humanos y la imagen que otros construyen de ellos4 (Roymans, 2004, citado en Fernández-Götz, 2008: 114-115); el ocupar un territorio delimitado, aunque no
2 Una crítica general a la teoría de M. Harris puede verse en Alvargonzález (1989), así como al uso de etic y emic por este autor en Díaz de Rada (2012).
3 La subjetividad es inevitable y la única forma de prevenirla es estudiarla y explicitarla (Pérez Lambán, 2011: 497).
4 La relación con otros grupos es fundamental, pues el grupo étnico solo existe en relación con otros.
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necesariamente un único nicho ecológico; y la conciencia de compartir una misma histo- ria, siendo la tradición, o su invención, un factor fundamental de la etnogénesis y la (re)elaboración de identidades colectivas (Fernández-Götz, 2008; Fernández-Götz y Ruiz Zapatero, 2011). Los grupos étnicos pueden comunicar su identidad mediante determina- dos objetos materiales, aunque no necesariamente, como tampoco ha de ser esta transmi- sión consciente. Estos elementos serían los llamados marcadores diacríticos o de identi- dad. Por lo tanto, aunque pueda haber una huella material que el arqueólogo puede se- guir5, la etnicidad se basa esencialmente en la autopercepción y la simplista ecuación de cultura material-etnia ya ha sido superada por la investigación (Díaz Santana, 2003; Plá- cido, 2004; Fernández-Götz, 2008; García Fernández y Fernández-Götz, 2010).
Teniendo en cuenta esto y nuestra perspectiva etic, podemos asumir la designación y cla- sificación «étnica» de ciertos grupos humanos6. Estas «etnias» (grupo étnico de forma más adecuada) serán constructos actuales y exógenos de realidades pasadas, un mero acercamiento preliminar a una cuestión tan compleja como la etnicidad, un simple instru- mento para facilitar la investigación. Asumimos, por lo tanto, que estos posibles grupos étnicos que usamos lo son, solamente, en la medida de nuestras necesidades como inves- tigadores, pero no representarán necesariamente una realidad, pues se ignoran una serie de factores fundamentales como la autoconsciencia de pertenencia a dicho grupo7, siendo además esta descripción politética por necesidad. Somos conscientes de que empleamos de forma muy laxa el concepto de etnicidad, pues para estos grupos étnicos instrumentales en realidad sería más adecuado el uso de cultura arqueológica, pero el posible refrendo de las fuentes de esta unidad cultural, y con vistas a agilizar y facilitar la comprensión del trabajo, con las advertencias expuestas, emplearemos el mencionado concepto de grupo étnico (instrumental).
Todo ello sin olvidar un punto más que hemos de tener presente: no podemos proyectar y extrapolar nuestro individualismo, racionalismo y productivismo a épocas pasadas, donde el peso de la comunidad y el grupo tendría claramente un peso distinto, al igual que los objetivos sociales serían diferentes. Tampoco hay que ignorar que, en la Edad de Hierro, las diferencias entre las élites y el resto de la población coincide con las similitu- des que se dan entre estos grupos dirigentes, por lo que las cuestiones identitarias no se quedan tampoco en el nivel étnico (Hernando, 2015), aunque como en el aspecto anterior, no es un elemento prioritario en el presente trabajo.
La designación de celta, lusitano, céltico y túrdulo, como se verá en los capítulos 4 y 5, responde a diferentes momentos y distintas perspectivas. Es difícil asegurar que tuviesen
5 No solo hay que estudiar a los objetos para acercarnos a la etnicidad de las poblaciones, sino también la relación de los hombres con ellos (Fernández-Götz y Ruiz Zapatero, 2011).
6 Sin embargo, debemos tener en cuenta que «de lejos, la etnicidad aparenta ser un nítido juego de signos estables y categorías clasificatorias; de cerca, la etnicidad se nos presenta como un proceso simbólico, complejo, abierto, de signos incoados» (Díaz de Rada, 2011: 285).
7 También somos conscientes que dentro de un mismo grupo hay individuos que remarcan más su perte- nencia étnica y que cada grupo y clase social lo representa de una forma diferente (Fernández Götz y Ruiz Zapatero, 2011) y que la etnicidad no es un elemento estático, innato e inmutable, sino un concepto social- mente construido y dinámico (Fernández Götz, 2014: 40).
11 una concepción de cierta unidad y homogeneización, que se considerasen un mismo grupo étnico8, aunque como hemos adelantado, seremos nosotros, como observadores externos, quienes creemos las definiciones étnicas9 que, ulteriormente, en otros estudios de mayor calado habrán de ser contrastadas para verificar su semejanza con la realidad percibida por los agentes. Si asumimos el hecho de que de vivir en un mismo territorio no implica una continuidad en los habitantes (que unos sean descendientes de otros), ni tan siquiera esta continuidad sea suficiente para la asunción por parte de ellos, o incluso nuestra, de la existencia de una etnia o un grupo étnico, creemos adecuada la aplicación de un término que de manera diacrónica nos permita definir a estas poblaciones llamadas celtas, lusita- nos o túrdulos y célticos, con un concepto que, desgraciadamente, es amplio y general, usado en un primer momento con un significado distinto del que le queremos dotar ahora.
Este concepto es el de celto-lusitano10, que se adecúa a los diferentes momentos, a la vez que resalta el carácter celta de estas poblaciones del occidente peninsular11. Su aplicación se puede considerar desde los siglos V-IV a.C., y especialmente a partir del III a.C., hasta su desaparición en época romana, cuando la adscripción étnica se diluye dentro de las fronteras estatales con la asunción del concepto de ciudadanía (Paniego, 2017a). Esta idea de la desaparición de la etnicidad a consecuencia de Roma12 sería el reflejo de la idea esbozada por F. Engels, si se matizan y adecuan palabras y conceptos a nuestra visión del siglo XXI:
La calidad de ciudadano romano conferida a todos no ofrecía compensación; no expresaba ninguna nacionalidad, sino que indicaba tan solo la falta de nacionalidad (Engels, 1977a: 185).
La conquista romana y los cambios surgidos tras ella transforman la sociedad preexis- tente, pero el resultado es una nueva sociedad (Woolf, 1997) en la que los agentes alóc- tonos, como pudieran ser los auxiliares y soldados, administradores, comerciantes, etc.
forman parte de un único cuerpo social surgido de la interacción y que, en la práctica sería tan participe de la sociedad como cualquier otro agente «tribal» (Gluckman, citado en Martínez Veiga, 2008: 320). Este es el momento a partir del que podemos hablar de celto- romanos.
Como último apunte a esta cuestión, en la que no queremos profundizar, creemos que la búsqueda de la etnicidad es un interesante camino que se ha de rastrear, y entre los crite- rios (indicios) de etnicidad se cuentan por ejemplo los patrones de asentamiento (Fernán- dez-Götz, 2008: 128-129), por lo que este trabajo también espera servir de soporte para
8 En este punto es interesante tener en cuenta que los griegos, púnicos y romanos debieron crear identidades específicas en base a determinados atributos, adscribiendo a estos grupos a un territorio concreto.
9 Cabe preguntarse también, hasta qué punto las culturas que definimos no se reducen simplemente a la cultura de las élites.
10 Roso de Luna (1904) lo utiliza para designar una serie de yacimientos arqueológicos extremeños que denomina citanias. Posteriormente sería empleado por otros autores, como Berrocal-Rangel (2005: 12), quien también lo utiliza relacionado con asentamientos tipo oppida, aunque sin caracterizar el término, que según parece desprenderse de su uso tiene un significado similar al que proponemos.
11 Según Untermann (2004), los túrdulos de la Beturia serían hispano-celtas, a diferencia de sus homónimos de la Bética oriental.
12 Teniendo en cuenta que la etnicidad es un sentimiento y una de las características de la romanización es el sentirse romano (vid. cap. 2.3).
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la profundización en este asunto, aunque solo sea aportando datos de alguno de los mu- chos indicios de etnicidad.
2.3 Romanización
Definir el concepto de «romanización» es una tarea compleja y llena de visiones encon- tradas13, aunque no parece haber alternativa para él (Beltrán Lloris, 2017: 21). Como no se trata de un término unívoco y dada su polisemia merece que sea explicitada la defini- ción que se va a sostener en este trabajo. Como para otros conceptos controvertidos, nues- tra intención exclusivamente tiene la finalidad práctica de dar al lector una idea precisa y concisa de qué entendemos como romanización y cómo va a ser empleado a lo largo del trabajo.
Un primer elemento a tener en cuenta es, como señala Moreno Escobar (2016: 55), que se trata de una conceptualización teórica de un proceso de cambio cultural que tiene lugar en un espacio y en un tiempo específico. Ello implica que tiene un elemento común, se trata del proceso de cambio cultural que experimentan las comunidades integradas en el estado romano (Moreno Escobar, 2016: 104). No obstante, el punto de partida de dicho cambio es diferente en cada caso pues hay una gran variedad de situaciones, así como una gran diversidad de manifestaciones a la hora de sentirse romano (Moreno Escobar, 2016:
101).
Otro apunte interesante es el que pone el foco en el quién. Por una parte tenemos a los grupos humanos romanizados, donde existe, sin duda, una gran diversidad. Por otro a los grupos que, inconscientemente, provocan y fomentan estos procesos de cambio14. No so- lamente habría romanos, sino toda una suerte de individuos pertenecientes a la gran es- tructura que conforma el estado, así como los mismos grupos romanizados.
Como señala Arce (2000), los romanos no pretendieron nunca romanizar nada ni a nadie, y la romanización, como cambio social, debe entenderse como un elemento práctico, donde el poder estatal permitía el autogobierno a cambio del respeto a la supremacía ro- mana y los pactos alcanzados (Moya, 2013: 41). Los elementos resultantes de este pro- ceso dan lugar a un nuevo tipo de organización social (vid. cap. 2.2). De esta forma, fueron más bien las sociedades provinciales, en especial sus elites, las que tomaron la iniciativa (Beltrán Lloris, 2017: 19), y antes del Principado, la romanización más que una sustitu- ción de lo indígena por lo romano debe entenderse como una reelaboración e integración de elementos romanos y mediterráneos en las sociedades romanizadas (Beltrán Lloris, 2017: 22). En esta línea, Moya Maleno (2013: 41) distingue los procesos de latinización y de romanización. El primero lo define como la sustitución de elementos indígenas por otros romanos-latinos de características similares, mientras que el segundo hace referen- cia al cambio social que supone una transformación en las estructuras sociales, de forma lenta, desigual y permisiva, que no fue uniforme.
13 Un espléndido análisis historiográfico de este término se puede ver en Moreno Escobar, 2016: 56-85.
14 No debemos olvidar la bidireccionalidad del proceso, pues ya se ha superado la idea de la romanización como un proceso civilizador unidireccional (Beltrán Lloris, 2017: 19).
13 Frente a esta visión que incide en los aspectos de cambio social, Fabião (2001b: 109) incluye el elemento político y considera que la romanización supone esencialmente el paso de un mundo indígena diversificado, de poderes divididos y fragmentados, a una realidad provincial dentro de un vasto imperio, parte de un todo cada vez más uniformi- zado en sus trazos más característicos. Este cambio tan profundo se llevó a cabo mediante procesos coercitivos y violentos (Berrocal-Rangel, 1989-1990; Fabião 2001b: 110).
Desde nuestra perspectiva, la romanización es un proceso que afecta de forma desigual a las poblaciones conquistadas por el estado romano y que tienen respuestas significativa- mente distintas a la presencia de una nueva superestructura exógena. Este proceso supone un cambio cualitativo en las relaciones internas de las poblaciones y tiene su reflejo en el mundo material. Este es, en definitiva, un proceso lento, desigual y que incluye fenóme- nos de resistencia y vaivenes. La metodología desarrollada en este trabajo nos impide profundizar en los cambios sociopolíticos y nuestra principal herramienta para hablar de romanización es la presencia de elementos materiales significativamente diferentes que nos den indicios de los mencionados procesos de cambios.
2.4 Paisaje y territorio
A pesar de haber sido abundantemente usado en la literatura científica, «paisaje» y «te- rritorio» son términos que continúan manteniendo un importante grado de ambigüedad e inexactitud. Consideramos acertada la definición de Marcos y Díez (2008: 133), para quienes el paisaje es «una construcción social del espacio, cognitiva y material, donde una percepción subjetiva de una sociedad proyecta y modela su herencia cultural desde el plano económico al simbólico», por lo que no debe olvidarse que un paisaje no existe sin su sociedad y que tampoco es algo inmutable (Orejas, 2011). Por el contrario, el terri- torio es el espacio objetivado donde se asientan las diferentes sociedades, el espacio apro- piado por una comunidad humana que lo explota económicamente y se encuentra física- mente delimitado (Orejas, 1998: 15; Marcos y Díez, 2008: 133; Garrido, 2012: 152; Mo- reno Escobar, 2010: 27-48; García Sánchez, 2012: 196).
Al partir de estas definiciones y del mantenimiento de las perspectivas que guían nuestro trabajo, hemos optado por centrarnos en aquellas características que no impliquen situar- nos en la perspectiva de los actores y cómo éstos percibían el medio en el que vivían;
además, como señala Criado (1993), el concepto de espacio es propio de cada cultura, es una categoría dotada de un valor determinado. Por ello, no es extrapolable sin más una concepción de espacio de una cultura a otra.
En este trabajo buscaremos elementos de análisis que permitan comparaciones y sean susceptibles de réplica, y por lo tanto sean mensurables, rehuyendo en todo momento de los intentos por categorizar el medio según unos criterios mentales que actualmente des- conocemos y sobre los que exclusivamente podemos especular, por lo que no pueden ser objeto de discusión. Así, las categorías empleadas y la percepción que daremos se harán desde una óptica etic, centrada en elementos conductuales. Dicho esto, no negamos la posibilidad de lograr ir este paso más allá en la posibilidad de acercarnos a la caracteri-
14
zación del medio y cómo era percibido por los grupos humanos del pasado, pero sostene- mos que dicho esfuerzo solamente puede ser realizado sobre una sólida base que parte necesariamente de este enfoque «externo».
2.4.1 Entorno, sociedad y producción
Varias son las posturas para enfocar las relaciones entre el entorno, la sociedad y la pro- ducción. Nosotros consideramos que la línea marcada por Marx y Engels hace más de un siglo es el punto de partida idóneo a la hora de afrontar las relaciones existentes entre ellas.
El hombre necesita comer, beber, tener techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.; que por tanto la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o de una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo (Engels, 1977b:
165).
El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espi- ritual en general. No es la conciencia del hombre lo que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social lo que determina su conciencia (Marx, 1977: 344).
Dicho esto, consideramos que el hombre no deja en ningún momento de formar parte del medio en el que se inserta y, aunque puede acondicionarlo hasta cierto punto según su capacidad tecnológica, siempre está supeditado a él, dependiente de él e íntimamente im- bricado en él (Vicent, 1991; Harris, 1994b; Steward, 2010), como bien define Torres Martínez (2003: 80): «[…] es el medio el que establece las condiciones y los medios para el desarrollo de la vida y no los humanos». Así, cuando el crecimiento hace insostenible el mantenimiento de los grupos humanos en un territorio, solo hay dos opciones, a saber:
el paso a un nuevo nivel de intensificación productiva si el medio (y la tecnología) lo permite o el colapso.
M. Harris (1994b: 62-93), con una óptica que contempla los factores etic/emic y men- tal/conductual, crea una clasificación que recoge tres grandes grupos de componentes conductuales etic: infraestructura, estructura y superestructura. La infraestructura la con- forman las tecnologías y actividades productivas y reproductivas que conducen directa- mente a proveerse de alimento y alojamiento, a protegerse frente a la enfermedad y a la satisfacción de la sexualidad y otras necesidades e impulsos básicos; la estructura incluye la economía doméstica y política y consiste en los grupos y organizaciones existentes en todas las sociedades que distribuyen, regulan e intercambian bienes, trabajo e informa- ción; y, finalmente, la superestructura, que se refiere a las conductas y pensamientos de- dicados a labores artísticas, lúdicas, religiosas e intelectuales junto con todos los aspectos mentales y emic de la estructura e infraestructura. A partir de esta concepción, el antro- pólogo estadounidense define el principio básico de su teoría (el materialismo cultural) en lo que él denomina un determinismo infraestructural. A pesar de lo cual, el mismo Harris reconoce que:
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Cuanto más jerárquica es la sociedad con respecto a criterios de sexo, edad, clase, casta y etnia, mayor será el grado de explotación de un grupo por otro y menor la probabilidad de calcular la trayectoria de la evolución sociocultural a partir de la utilidad biopsicológica media de los rasgos
(Harris, 1994b: 78).
Por ello, muestra un rechazo explícito a que cualquier acontecimiento y proceso econó- mico sea un mero reflejo infraestructural (Harris, 1994b: 81), ya que la influencia de los factores estructurales y superestructurales pueden afectar a la infraestructura y los cam- bios producidos en ella. La teoría de Harris supone que hay mayores probabilidades de cambios en el sistema a partir de las modificaciones en la infraestructura que viceversa.
Además, la búsqueda de los factores infraestructurales es prioritaria, y sólo cuando los cambios no son explicables por estos, se ha de explorar la posibilidad de que proviniesen de la estructura o la superestructura.
Un último elemento a resaltar de esta teoría es su hincapié en la búsqueda del ser humano del mayor rendimiento energético en sus dietas junto al afán de reducir al mínimo el gasto energético en la realización de tareas, o lo que es lo mismo, maximizar las relaciones de costo-beneficio.
De esta forma, planteamos que las posibilidades que da el medio, así como la interacción con él, son las que en definitiva definen una u otra forma de organización social. Como señalan Mayoral y Salas (2014: 201), cómo una comunidad explota y ordena su espacio territorial puede ser un camino para conocer su idiosincrasia. Desgraciadamente, al tratar con sociedades no vivas, solamente podemos acercarnos a través de aproximaciones que, en la mayoría de los casos, nos permiten descartar hipótesis (datos negativos) más que refrendarlos. Así, consideramos que el estudio del entorno y el modo de producción con- creto es la fuente de la que hemos de extraer los datos para caracterizar estas sociedades.
En definitiva, consideramos que, como defiende Harris, la infraestructura tiene más posi- bilidades de condicionar la estructura que viceversa, aunque, en los estadios evolutivos en los que se centra esta tesis hemos de valorar la importancia de la estructura a la hora de entender y explicar ciertos aspectos sociales. Por ejemplo, el patrón de asentamiento puede responder a necesidades defensivas (estructurales) y, aunque podamos valorar este factor como principal a la hora de elegir una ubicación, no hemos de perder de vista que se habrán relegado otras ubicaciones igual o más idóneas por otras causas, como la nece- sidad de acceso a fuentes de agua. De esta forma, vemos que la infraestructura también es un condicionante. De ello podemos deducir que dentro de la amplia gama de sitios potencialmente idóneos que cubren las necesidades básicas de la existencia humana, se han elegido aquellos que complementariamente cubren las necesidades estructurales. Así, proponemos como primera opción de estudio el nivel infraestructural pues es la prioridad de toda comunidad humana satisfacer las necesidades de mantenimiento y reproducción del grupo (Parcero-Oubiña, 2002: 35) y, posteriormente, adicionarles los elementos de la estructura para intentar explicar el patrón de ocupación.
Por otro lado, creemos interesante reseñar brevemente el concepto de campesinado, que puede considerarse una categoría económica específica según los estudios de Chayanov
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(Kerblay, 1979: 133) y que se definiría, según Shanin (1979: 11-12), por tener a la granja familiar campesina como la unidad básica de una organización social multidimensional;
el cultivo de la tierra como el medio principal de subsistencia para satisfacer la mayor parte de las necesidades de consumo; una cultura tradicional específica relacionada con la forma de vida de comunidades pequeñas; y por la posición de súbdito y la dominación del campesinado por forasteros. Así, el campesinado puede seguir existiendo dentro de formaciones y contextos históricos diferentes, por lo que se puede asumir su perpetuación dentro de sociedades estatales, lo que no implica que el conjunto de personas vinculadas a la explotación agraria deba considerarse siempre campesinos, habiendo otros grupos como los colonos de frontera que comparten muchas de sus características (Shanin, 1979:
12). Otros autores como Díaz del Río (1995: 105) no consideran tan importante para de- finir el campesinado la dominación externa como la atadura a la tierra a consecuencia de la inversión de trabajo en la producción diferida y el costo de su abandono, lo que Car- neiro (1970) define como circunscripción social-ambiental.
Se acepte a no la subordinación a otros grupos como elemento fundamental de la condi- ción de campesino, no hay duda de que la tierra es su medio de producción principal15, la cual además determina su estructura social y es el trabajo de esta, a través de la agricultura y/o la ganadería, la actividad dominante, estando el resto subordinada a ella (Vicent, 1991: 35; Parcero-Oubiña, 2002: 36; Fernández Freire, 2012: 167-168). Estas actividades principales no se reducirían a un tipo concreto de cultivo o ganado, ya que la diversifica- ción es parte fundamental de su adaptación y los productos generados no son intercam- biables directamente entre sí ni poseen un valor intrínseco superior a otro (Chayanov en Kerblay, 1979: 135; Díaz del Río, 1995), aunque la presión de los agentes externos a los que se subordina determinan y condicionan la soberanía y el grado de autonomía de los grupos campesinos a la hora de planificar su producción.
En otro orden de cosas, se debe tener en cuenta que nuestro concepto moderno de pro- ductividad y maximización económica no tiene necesariamente un reflejo en el pasado.
De hecho, como Sahlins (1972: 120-121) señala, las sociedades tribales producen para el aprovisionamiento, lo que quiere decir, según el antropólogo estadounidense, que produ- cen lo que necesitan (incluyendo bienes para el trueque) y no según el beneficio que pue- dan obtener. Así, la subsistencia excede la satisfacción de las necesidades alimenticias y debe entenderse como garantía de la perpetuación del statu quo (Fernández Freire, 2012:
167-168). Dichas ideas enlazan con el modelo de Chayanov, que considera las motiva- ciones del campesino distintas a la del capitalista y que otorga un papel central al balance entre las necesidades de subsistencia y el disgusto subjetivo del trabajo manual, lo cual determina el grado de autoexplotación y hace que una vez alcanzado el punto de equilibrio considerado adecuado la continuación del trabajo carezca de sentido (Kerblay, 1979). De esta forma, no tenemos porqué considerar que todo el espacio susceptible de ser explotado se hubiera aprovechado. Espacialmente esto nos plantea cómo de intensiva es la explota- ción y qué cantidad del territorio es explotado, el cual asimismo sería cambiante según
15 Existen casos excepcionales vinculados a la pesca, pero cuyo ejemplo queda fuera del planteamiento aquí estudiado.