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RÍO AMAZONAS, UN MAR DE AGUA DULCE. Maria Elvira Molano

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RÍO AMAZONAS, UN MAR DE AGUA DULCE

Maria Elvira Molano

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Río Amazonas, un mar de agua dulce

Subgerencia Cultural del Banco de la República www.banrepcultural.org

© Banco de la República, 2022

Edición original: Maria Elvira Molano.

Colaboradores: Proyecto: El río: territorios posibles. Subgerencia Cultural del Banco de la República.

Fotografías: Edgar Álvarez, Se lo explico con plastilina.

Diseño y diagramación: Jeniffer Acosta Gutiérrez.

Las opiniones expresadas en este documento son responsabilidad exclusiva de sus autores y no comprometen al Banco de la República. Todo el material de Río Amazonas, un mar de agua dulce está protegido por los derechos de autor de quienes aparecen como titulares de los documentos. Usted lo puede utilizar de manera libre y gratuita; por tanto, le invitamos a hacer buen uso de la información ofrecida, no alterar su contenido y citar de manera adecuada la fuente, la autoría y el título.

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La madre dél es tal y tan extensa Que no la vió hombre viviente Y ansí, por ser grandeza tan inmensa, Mar dulce le llamamos comúnmente;

Y dicen ser engaño del que piensa No ser el Marañón esta creciente:

Tal nombre le pusieron los Pinzones, De ciertos nautas dichos Marañones.

Quisieron en un pueblo tomar tierra Que sobre la barranca parecía, Mas no los consintió la gente de guerra Que con feroces brios acudía, E india varonil que como perra Sus partes bravamente defendía, A la cual le pusieron Amazona Por mostrar gran valor en su persona.

De aquí sacó después sus invenciones El Capitán Francisco de Orellana Para llamarle río de Amazonas.

(Juan de Castellanos: “Elegía XIV, canto II, estrofa 20”)

Durante muchos años escuché hablar del río Amazonas y la cuenca amazónica, de las historias maravillosas, llenas de mitos y misterio de pueblos indígenas que convivían con la selva y con el río, y que conocían los secretos de ese desconocido mundo. También escuchaba del creciente desequilibrio de este reducto natural y cultural de la humanidad;

historias de sangre, de conquista y de violencia.

Una de esas historias fue la de Francisco de Orellana, conquistador español, considerado el descubridor del río Amazonas.

El viaje de Francisco de Orellana tuvo lugar entre marzo de 1541 y agosto de 1542. Si bien ya se conocía su desembocadura y algunos conquistadores, como Américo Vespucio, ya habían recorrido algunos de sus tramos, solo fue hasta la expedición de Francisco de Orellana que se considera como un descubrimiento la navegación del río Amazonas, el más caudaloso del mundo y probablemente el más largo también. Esto se debió en parte a la amplitud de su recorrido, desde su nacimiento en los Andes peruanos hasta su desembocadura en el océano Atlántico, y también a las consecuencias que este “descubrimiento” trajo desde un punto de vista comercial y cultural.

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Gracias a las crónicas del dominico Fray Gaspar de Carvajal tenemos noticias de esta expedición. En ellas nos cuenta que en algunos tramos del recorrido fueron atacados, una y otra vez, por inmensas hordas de mujeres, que sin darles respiro los acechaban con arcos y flechas. Esto generó en la imaginación de los conquistadores la asociación con las amazonas de la cultura griega, y los inspiró a bautizar ese río como río Amazonas. También sabemos, a través de las crónicas de Carvajal, que este “descubrimiento” fue una casualidad, pues lo que en realidad estaban buscando los hombres de Pizarro –de los cuales hacía parte Orellana hasta que se dividieron las expediciones– eran bosques de canela y oro. De este modo, los expedicionarios encontraron, en vez de la riqueza que buscaban, una selva cuya espesura los iría adentrando cada vez más en un mundo desconocido.

Sabemos que antes del viaje de Orellana, las riberas del río Amazonas y sus afluentes estaban habitados por numerosas etnias originarias de este territorio. A través de las historias de origen de estas comunidades indígenas, se narran el principio del mundo y los recorridos míticos de los ancestros anaconda, quienes dieron nacimiento a la humanidad y fecundaron el territorio dándole vida, primero en el pensamiento, luego a través de la palabra, a medida que lo iban nombrando. Según estas historias, aquellos seres primigenios remontaron el curso del río Amazonas desde su desembocadura en las Puertas de las Aguas en el océano Atlántico y luego subieron por sus distintos afluentes y sus nacimientos en Los Andes, creando, a medida que lo recorrían, esta inmensa y maravillosa selva, concebida por estos pueblos como “el mundo”. Este territorio, delimitado por la cuenca hidrográfica del Amazonas, corresponde a la geografía mítica de los pueblos que la habitan y es representado simbólicamente como un gran cuerpo, o una gran casa-maloca a la que, al igual que al gran árbol río o árbol de la abundancia, le fueron creciendo ramas y bifurcaciones que dieron origen al río Amazonas, a sus afluentes y a sus lugares sagrados. Así, los ríos son caminos o arterias por donde fue llegando la gente, se repartieron los alimentos, se unieron mundos, se crearon los bosques, pensamientos y sabidurías de miles de especies de plantas para alimentarse y curar.

Hoy, esta región amazónica se denomina “el pulmón del mundo” pues se trata de uno de los lugares con mayor biodiversidad en el planeta; el diez por ciento de toda la biodiversidad animal y vegetal –más de 5000 especies de plantas, más de 400 especies de aves, más de 150 especies de mamíferos (sólo en Colombia)– está en el bosque húmedo de la región amazónica. Del mismo modo, el veinte por ciento de los recursos hídricos se encuentran allí y si bien en los últimos años ha disminuido la capacidad de la selva amazónica para mitigar el impacto de los gases de efecto invernadero a través de su captación, la región sigue siendo fundamental en el proceso que nos permite existir como especie.

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Esta información me hacía pensar una y otra vez en la importancia cultural, biológica e hídrica de esta cuenca, de la cual hoy día depende parte de la humanidad, que abarca casi un cuarenta por ciento de la superficie de América del Sur con aproximadamente 7.5 millones de kilómetros cuadrados, sin contar el área tropical asociada a sus aguas.

Conocí en Iquitos el río Amazonas, el más grande y caudaloso del mundo según había leído.

Un río llamado también río de las Amazonas, río Solimões, río Marañón, madre del agua, mar de agua dulce, río madre, y según algunas lenguas indígenas de la región, “vía láctea”.

Un río de color ámbar en donde sus aguas se confunden con el horizonte.

Empezamos, con un grupo de investigadores, la travesía desde Iquitos hasta Leticia y de ahí a Manaos, en diferentes tipos de embarcación y con diferentes propósitos. Fueron viajes llenos de sorpresas y de encuentros con personas que iban de paso o que viven en sus riberas, para las cuales la vida depende del río.

Iquitos, en la ribera del río Amazonas, fue fundada en 1757 por los jesuitas, que establecieron una misión evangelizadora en plena selva peruana. El auge del caucho (1879-1945) hizo de esta una ciudad importante donde se ubicaron las casas exportadoras de esta goma, y en la cual la arquitectura europea contrastaba con la humedad y el paisaje selvático.

Se construyó el lujoso Hotel Palace y La Casa Morey. Las piedras de la plaza de armas fueron traídas de Portugal y los azulejos, de Sevilla. En 1890, monsieur Eiffel construyó la Casa Fierro, que tuvo varios propietarios y usos. En esa época era más fácil comunicarse con Europa que con Lima, viajando por el río Amazonas hasta llegar al océano Atlántico.

Todo el esplendor de esta y otras ciudades ribereñas estuvo basado en la mano de obra de indígenas boras, ocainas, andoques y principalmente huitotos, quienes bajo el régimen del terror fueron paulatinamente diezmados. Así, la colonización española y portuguesa, las enfermedades y la explotación de los recursos naturales con fines comerciales tuvieron consecuencias que determinaron la historia de la cuenca amazónica y de sus pueblos.

Con el comienzo de la decadencia del boom del caucho (1914-1918), la explotación viró hacia las pieles y la extracción del palo de rosa (Aniba rosaeodora) y el látex de balatá (Manilkara bidentata). Una vez finalizada la guerra –por la posesión de territorios– entre Colombia y Perú entre 1932 y 1933, los caucheros empezaron a trasladarse, con sus esclavos indígenas, hasta la cuenca del río Putumayo y del Ampiyacu, afluentes del río Amazonas. Hacia 1958 los caucheros salieron de la región, dejando desolación y muerte en la población indígena.

Antes de embarcarnos en el puerto de Iquitos para emprender nuestro viaje a Leticia, visitamos el pasaje Paquito, en el mercado Belén, donde encontramos una incalculable riqueza y diversidad de flora amazónica; gran variedad de medicinas del bosque, flores, semillas, cortezas, esencias, resinas y brebajes, que traen los indígenas con sus

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conocimientos ancestrales de la gente de selva y río. Encontramos plantas como el achiote y la albahaca; la suelda con suelda para las fracturas y los golpes; la malva para la fiebre y los malestares; la zarzaparrilla para el dolor de piernas, las hernias, el cáncer y distintos tipos de abscesos; la ortiga para los dolores de cuerpo, la mala circulación y los reumatismos;

el curare para los hongos de la piel y como veneno para la cacería; la curarina y la uña de gato, que son antiofídicos; la sangre de grado para cicatrizar las heridas; el iporuro, que calma el dolor en los huesos; la chuchuguaza, a la vez afrodisiaco y lenitivo para la artritis;

el aceite de copaíba y el aceite de ungurabe; el tabaco mapacho para espantar los zancudos y para limpiar de malos espíritus; preparados de cortezas aromáticas; baños de plantas para el florecimiento; baños de hierbas para limpieza y protección; perfumes o pusangas para atraer al ser querido; brebajes, semillas y raíces.

Maravillados por esta riqueza cultural y botánica, decidimos invitar a un grupo de mujeres indígenas de las etnias huitoto, bora, ocaina, yagua y shipibo, para que, en un encuentro de saberes ancestrales sin precedente, compartieran su sabiduría del mundo de las plantas con mujeres indígenas tikunas, cocamas y huitotas, habitantes de esas comunidades en Colombia, que llegarían a Leticia a través del río Amazonas o sus afluentes.

Nos embarcamos entonces en “El Lucho”, una embarcación que durante trece horas nos hizo recorrer el tramo hacia Leticia, mientras la densa vegetación cubría las orillas del río y yo pensaba en toda esa riqueza cultural, en esos olores y sabores que llevaba conmigo.

Durante siglos los pueblos indígenas amazónicos han convivido con las plantas y conocido sus secretos. Ellas son parte de su vida y de un complejo entramado cultural y natural que les permite mantener un equilibrio armónico e integral entre espíritu, cuerpo y territorio;

un orden cosmológico que se refleja en los diferentes sistemas médicos tradicionales de la cuenca amazónica de Ecuador, Perú, Colombia, Brasil, Bolivia, Venezuela, las Guyanas y Surinam. Así, la selva es su territorio, su salud, su despensa y su templo.

Las plantas son alimento, remedio, veneno, colorante. Algunas también son puentes a través de los cuales las personas se comunican con sus ancestros y con espíritus de la selva, un elemento fundamental en sus rituales y ceremonias. Así, cada planta tiene una propiedad, un uso y una época del año en la cual debe ser preparada. En la sabiduría indígena las plantas son “gente”, tienen espíritu, por eso cada vez que se va a hacer uso de alguna, debe pedirse permiso a sus dueños o guardianes espirituales, y se deben cumplir también ciertos procedimientos para retribuirle a la tierra –a través de ceremonias, dietas alimenticias y restricciones sexuales– por los beneficios recibidos. De este modo, los indígenas mantienen y regulan el orden y el equilibrio cósmico, del medio ambiente, de los sistemas de producción tradicional, de las prácticas para prevenir la enfermedad y para curarlas, de las relaciones de parentesco y de chamanismo. Las plantas también funcionan como puente intercultural

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entre las distintas etnias del territorio pues hacen parte de un constante intercambio a través de las mujeres, las guardianas de las semillas que al llevarlas de una comunidad a otra llevan consigo todos sus conocimientos asociados.

Finalizado el viaje, llegamos a Santa Rosa de Yavarí, localizada en una pequeña isla en el río Amazonas del lado peruano, frente a Tabatinga (Brasil) y a Leticia, capital del departamento del Amazonas en Colombia, adonde cruzamos en una pequeña embarcación y desde donde pudimos apreciar la triple frontera entre Colombia, Brasil y Perú.

Al pisar puerto en Leticia, una comisión de mujeres nos estaba esperando. Llevaban en sus manos pequeños tesoros, siglos de sabiduría. Llegaron alegres a compartir su conocimiento con las representantes del Perú. Cada una de ellas había traído en su mochila, con enorme cuidado, una planta medicinal con el objetivo de sembrarla en la minga de mujeres, en el jardín de la biblioteca del Banco de la República que cuidadosamente habían preparado para la ocasión. Las mujeres mayores traían un universo de conocimientos botánicos, un conocimiento milenario, herencia de sus madres y de sus abuelas, transmitido oralmente de mujer a mujer.

Las representantes de las comunidades tikuna, la etnia más numerosa del trapecio amazónico colombiano, tienen una relación estrecha con el río Amazonas, aunque antiguamente eran gente de “tierra firme”. Cuentan que los indígenas omaguas, sus enemigos tradicionales, que habitaban las márgenes y las islas del Amazonas, les hacían difícil el acceso. Sin embargo, poco a poco y con el pasar de los años, los tikuna fueron habitando los afluentes de la orilla izquierda del gran río y pudieron finalmente beneficiarse de toda la riqueza que este les podía brindar. Así como ellos, la gran mayoría de etnias de este territorio se caracteriza por ser conocedoras de los calendarios ecológicos. A partir de estos, saben cuándo son los tiempos y los lugares para pescar y para cazar, cuáles frutos se pueden recolectar, cuándo deben celebrar las ceremonias para curar al territorio y a las comunidades, y cuándo deben cultivar sus chagras, en las cuales siembran diferentes variedades de yuca dulce y amarga, variedades de piña, maní, frijoles y ají. Las mujeres elaboran la fariña y las tortas de casabe. Los hombres son diestros en la caza y en la pesca, la base de su alimentación, que junto al turismo son las actividades principales que sostienen su economía.

También vinieron mujeres de la etnia cocama, cuyo antiguo territorio se ubica en las riberas peruanas del río Amazonas, en el bajo Ucayali. En la cosmogonía cocama el río es sagrado y, al igual que otras comunidades de la región, se considera que bajo sus aguas habitan los dueños espirituales del mundo en el que vivimos las personas, los animales y las plantas.

El encuentro de mujeres venidas a lo largo del río para compartir y transmitir los conocimientos –especialmente mujeres mayores conocedoras de centenares de plantas, de sus cuidados, tiempos de siembra y de recolección, de sus formas de utilizarlas y de sus

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propiedades para la alimentación o para la curación– se desarrolló entre cantos rituales, narraciones, palabras, danzas y ofrendas para la madre tierra.

La atmósfera reverberaba más allá del río y de la selva. Algunas contaron la historia de sus abuelos, unas hablaron de las propiedades de las plantas que sembraban allí, otras del dolor de saber sus culturas en peligro, y otras más compartieron la emoción de familias huitoto que se habían separado hace años a causa de la esclavitud durante la fiebre del caucho y hoy se volvían a encontrar entre abrazos y lágrimas. Todas estas mujeres instaban a seguir con la lucha por el territorio y por los conocimientos tradicionales.

Al finalizar el encuentro en Leticia, llegó el momento de sembrar las plantas traídas desde todos los rincones de la Amazonía. Los cantos tradicionales parecían querer ir más allá del río y de la selva. La nueva “Chagra de la Vida” vibraba con la energía de las mujeres y las plantas recién sembradas se convertían en símbolo de unidad amazónica, más allá de las fronteras.

Estuve unos días en Leticia esperando zarpar nuevamente para continuar la expedición por el río Amazonas. Recorrí la ciudad. Encontré calles ruidosas con pequeños comercios de baratijas y casas de cambio; también el mercado, con el aroma de las frutas que hacen detener el paso para ver las guamas y los racimos de chontaduros, las pomarrosas, los caimos y el zapote. Se vende miel, nueces de Brasil, ají de muchas variedades, yuca brava y dulce, hierbas y raíces, tortas de casabe, mañoco y los famosos gusanos mojojoy o suri, que en una batea aún buscan el cogollo de la palma de aguaje. Se percibe el olor de los pescados, se ven pintadillos, palometas, pirañas, dorados, paiches, gambitanas, tucunarés, sábalos, bagres y el famoso pirarucú, uno de los más grande peces de agua dulce. Hay puestos de comida donde se ofrecen tamalitos de arroz con carne o pescado envuelto en hojas de bijao; tucupí, una salsa a base del jugo de yuca brava fermentada con hormigas y ají, típica de la cocina ancestral amazónica; huevos de pescado o de tortuga; carne salada y ahumada y jugos y aguas frescas de piña, papaya, aguaje, copoazú, camu-camu, arazá, caimito, guanábana, cocona y también de asaí, una palma que puebla la región.

En el puerto se oye música y gente, el ruido de los motores de las embarcaciones listas para zarpar. Se siente el perfumado olor de las maderas recién aserradas. Los viajeros con sus morrales y bolsos caminan afanosamente; se ven casas flotantes, barcos con bandera brasileña, peruana o colombiana, canoas y pequeños botes que van llegando y partiendo para las diferentes comunidades indígenas que habitan las riberas del río. La gente va y llega de diferentes lugares para vender sus productos locales o para abastecerse de otros como aceite, azúcar, sal, arroz, cigarros y ron.

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Transcurridos unos días pasé a Tabatinga, ciudad brasileña aledaña a Leticia, donde me embarqué hacia Manaos en una vieja embarcación de carga y pasajeros llamada Eduardo III. El viaje comenzó y la emoción descansaba al vaivén de las aguas del gran río y de la brisa que iba llevando en su vuelo los aromas de la selva. Fueron tres noches y cuatro días en los que la humedad y los atardeceres coloreaban el cielo y las aguas de tonalidades naranjas y rojas, hasta que de repente se oscurecía la luz con un torrencial aguacero.

Sobre las aguas del río flotaban lirios, nenúfares, lechugas de agua y la victoria regia, endémica del Amazonas. El barco hacía cortas paradas en las comunidades y en los pueblos ribereños. Subían y bajaban pasajeros mientras los mensajes de voz a voz se entrecruzaban en el aire con los sonidos de la selva. Los indígenas se acercaban al barco en sus peque peque, canoas con motor pequeño, cargados de plátano, chontaduro, coco o artesanías, mientras los delfines rosados salían tímidamente a lo lejos mientras los grises se acercaban curiosos. El Eduardo III continuó su travesía llevando a los mineros o garimpeiros, a los comerciantes, a los indígenas y a los estibadores que cargan los bultos, al traficante de pasta de coca, a los madereros, y a mujeres que van en busca de un amor o de mejor suerte.

Así como todas estas gentes, las familias enteras, con sus niños y morrales, ocupaban las hamacas guindadas unas encima de otras formando dos niveles. La gente jugaba cartas y dominó durante el viaje, haciendo amistades y compartiendo noticias. El barco iba lleno de mercancías, pasajeros, amores e historias.

Al amanecer del último día antes de llegar a Manaos, llegué al encuentro de aguas con el río Negro, un río que plácidamente ha recorrido cientos de kilómetros de selva antes de llegar al río Amazonas, nacido en las altitudes andinas del Perú. El río Negro llega cuidadoso para tributarle sus aguas al gran río Solimões, llamado así en Brasil. De este modo ambos ríos fluyen uno al lado del otro durante seis kilómetros sin que sus aguas se mezclen, un fenómeno que se da por la diferencia de temperaturas, velocidad y densidad de los dos ríos.

Finalmente se fusionan para llegar unidos a la gran ciudad de Manaos.

Manaos, capital del estado brasileño del Amazonas, es una ciudad que por su esplendor a partir de la época del caucho fue llamada el París de los trópicos. Fue fundada en 1699 y desde ese tiempo se erigió como una ciudad de diversas culturas, pues no sólo se hablaba portugués sino más de treinta lenguas nativas, pertenecientes a algunas de las etnias (mundurucú, mura, manaos, entre otras) que desde hace más de diez mil años poblaron esa región noroccidental de la amazonía, región en la cual se pueden rastrear los más antiguos asentamientos humanos. Es una ciudad cruzada por la modernidad y la tradición indígena, surcada por las aguas del río Negro y las del Solimões, pero también por leyendas e historias como la de Akurikaba, indígena que reunió a muchos pueblos del río Negro para resistir a los portugueses y que finalmente fue encadenado junto a estos pueblos para ser reducido a esclavo. Akurikaba, antes que esto, prefirió saltar a las aguas del río Negro, y

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como nunca se encontró su cuerpo, nació su leyenda. Aún hoy se ve su sombra en las horas de la tarde, ahí donde saltó a las aguas del río salvando su dignidad y la de su pueblo.

A finales del siglo XIX, como hecho derivado de la vulcanización de la resina del caucho por Goodyear en Estados Unidos, el caucho pasó a ser el segundo producto de exportación, después del café, de Brasil, generando de esta manera una revolución económica en algunas regiones de la Amazonía, entre estas Manaos. La fiebre del caucho transformó a Manaos en una suerte de metrópoli europea, dando lugar a construcciones de dimensiones apoteósicas como la del tranvía, el ministerio portugués, el palacio Río Negro o el teatro Amazonas.

También conocido como el palacio de la ópera, este último fue construido y decorado por el arquitecto Celestial Sacardim con los mejores materiales y avances de la época: muebles de París, mármol de Carrara, cristal de Murano, tejas de Alsacia, una cúpula recubierta con 36 000 azulejos y luz eléctrica. Sin embargo, toda esta bonanza se sostuvo sobre el sufrimiento de indígenas y poblaciones negras que fueron esclavizadas y torturadas para obtener su fuerza de trabajo.

Al cabo de unos días en esta ciudad y siguiendo el viaje río abajo hacia la desembocadura del río Amazonas, me dirigí hacia donde, según los mitos de origen, los ancianos cuentan y nombran lugar por lugar el recorrido que realizaron las anacondas ancestrales cuando remontaron las aguas y fueron poblando los lugares asignados, creando los brazos del río y con ellos esta gran cuenca de la que hoy depende, para su supervivencia, toda la humanidad.

Si bien cada etnia tiene particularidades propias en sus mitos de origen para explicar la creación del mundo y de sus territorios ancestrales, hay algunos mitos que atraviesan transversalmente a los pueblos de la región, de los que se podría decir que son “panamazónicos”.

Este es el caso de las anacondas, cuyo serpenteo imita el río, y el poblamiento ancestral, o de la relación del río con la vía láctea, de quien es reflejo en la tierra, recorrido por el sol y la luna en sus respectivas balsas. También del mito que habla acerca de cómo el gran río Amazonas surge de un árbol sagrado, que al ser cortado por los hombres empezó a fluir generando la enorme cuenca. Es así como para muchos de estos pueblos las nociones de agua, vía láctea, río, anaconda y árbol originario están intrínsecamente ligadas a sus cosmogonías.

Entre Manaos y la desembocadura del río se encuentra una ciudad que fue la primera capital de la amazonía brasileña, fundada como colonia portuguesa en el año de 1616 por Francisco Caldeira Castelo Branco para proteger el territorio de la colonización francesa y holandesa. Si bien en un principio se llamó Feliz Lusitânia, hoy día su nombre es Belém do Pará y se la conoce como “la ciudad de los mangos” por la cantidad de árboles de este fruto que llenan sus calles. La ciudad supera los dos millones de habitantes y su configuración étnica muestra más de un diez por ciento de población negra como consecuencia de la mano de obra africana utilizada durante la fiebre del caucho. Esto generó un sincretismo

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religioso con el catolicismo y algunas creencias indígenas que hace de esta ciudad uno de los lugares, junto con Salvador da Bahia, en donde más claramente se siente la fuerza de las religiones afrobrasileñas. La ciudad hoy es un atractivo turístico no solo por su bella arquitectura colonial y por la riqueza de su biodiversidad, sino por el Cirio de Nazaré, una fiesta patronal realizada a mediados de octubre que recuerda a la leyenda de una virgen esculpida en Nazaret. Esta virgen milagrosa pasó de lugar en lugar hasta llegar a España en el siglo VIII, luego a Portugal y finalmente a Brasil en el siglo XVII. Allí se pierde en la selva amazónica hasta que en el año de 1700 un campesino la encuentra y se le construye una capilla. A esta fiesta concurren aproximadamente dos millones de personas cada año y si bien es un rito católico, está permeada por bailes y prácticas de origen africano como el marujada, una danza donde son las mujeres quienes dirigen a los demás danzantes.

Después de más de 6500 kilómetros de trayecto, en la desembocadura de este gran río en el Océano Atlántico sus aguas dulces irrumpen, sin mezclarse durante casi 13 kilómetros, en el lecho marino.

Hoy en día la cuenca amazónica es una región amenazada. La minería aluvial de oro, que hace un uso indiscriminado del mercurio, contamina las aguas, afectando gravemente a los peces, los ciclos naturales del agua y las comunidades locales. Las hidroeléctricas y las carreteras, así como la tala indiscriminada, los grandes monocultivos y la ganadería extensiva, generan dinámicas ecológicas y sociales que atentan contra el equilibrio hombre-naturaleza.

Actualmente la pandemia del Covid 19 atraviesa el corazón de las comunidades de los pueblos y nacionalidades indígenas amazónicos y de las poblaciones en aislamiento voluntario, afectando especialmente a los ancianos, que detentan el conocimiento ancestral y cuya muerte significa para la humanidad la pérdida irrevocable de este acervo cultural.

Hoy, más que nunca, es importante hacer un llamado para proteger el bioma amazónico con toda su diversidad y riqueza cultural y ambiental. Valorar, apoyar y aprender sobre las formas milenarias en la que los indígenas se han relacionado con la selva es sin duda uno de los caminos para afrontar la crisis planetaria y los impactos, presentes y futuros, del cambio climático.

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Referencias

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