Machado de Assis, el escritor que no lo decía todo = Machado de Assis, the writer who didn't told all

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(1)a r t í c u l o s.

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(3) Taller de Letras N° 44: 13-19, 2009. issn 0716-0798. Machado de Assis, el escritor que no lo decía todo Machado de Assis, the Writer Who Didn’t Told All Fernando Emmerich Universidad Autónoma de Chile “Detesto al escritor que me lo dice todo”. Esta confesión de Joaquim Maria Machado de Assis tiene un trasfondo: es la manifestación de una ira desmesurada dirigida contra los desmesurados escritores que supuestamente lo dicen todo. Para escribir sus novelas y cuentos Machado se limita a lo que un relator oye y ve y se dice y se lo dice a quienes lo lean; lo que yace bajo la superficie del relato, el fondo, deben adivinarlo, conjeturarlo, deducirlo, los lectores. Este método convierte a los lectores en coautores de la obra, la complementan, si son suficientemente imaginativos le descubren la otra cara. Para reflexionar por qué Machado no lo dice todo, en este artículo examinaremos el cuento “La misa del gallo” y la novela Don Casmurro. Palabras clave: Machado de Assis, método narrativo, estética de la recepción. “I hate the writer who tells me everything”. This confession from Joaquim Maria Machado de Assis has a background: it’s a display of excessive anger against unrestrained writers who allegedly tells everything. To write his novels, his stories, Machado contain himself to what a narrator listen and see and tell to those who are reading; what lay under the account’s surface, the essence, must be guessed, conjectured and deducted by the readers. This method turns readers in co-authors, who complement the work; if they are imaginative enough will discover the other view. To consider why Machado didn’t tell all, in this paper I will examine the short story “La misa de gallo (Rooster’s Mass)” and the novel Don Casmurro. Keywords: Machado de Assis, Narrative Method, Reception Aesthetics.. Fecha de recepción: 9 de noviembre de 2008 Fecha de aprobación: 14 de abril de 2009.

(4) Taller de Letras N° 44: 13-19, 2009. “Detesto o escritor que me diz tudo” (“Detesto al escritor que me lo dice todo”). Esta confesión tan tajante de Joaquim Maria Machado de Assis no es únicamente una arremetida desde Río de Janeiro hacia los escritores del mundo, sino una sesgada declaración de principios. Tiene un trasfondo: “Yo, Joaquim Maria Machado de Assis, me precio de no decirlo todo en mis escritos”, una manifestación de ira desmesurada dirigida contra los escritores que supuestamente lo dicen todo. Sin embargo, no creo que haya escritores que en estricto rigor lo digan todo. Todo, en este caso, es todo cuanto se pueda decir dentro del marco de una narración. Conseguirlo es inimaginable. Por mucha densidad que tenga, por muchos detalles con que sea llenado el espacio del relato, nunca estará completo, siempre quedarán vacíos, rincones a oscuras, datos omitidos, aspectos desechados con criterio selectivo, que no permitirán que se diga que se dijo todo. Cuando Cortázar, es decir, Oliveira, refiere sus encuentros con la Maga en París, ella detenida por un pretil ante la luz de ceniza y de olivo que flota sobre la corriente del Sena, o charlando con una vendedora de papas fritas comiéndose una salchicha en el bulevar Sebastopol, nos habla sobre su silueta delgada y su fina cara de piel traslúcida, pero no nos dice si amaneció con dolor de cabeza esa mañana ni si anda despeinada ni cuántos francos lleva en los bolsillos para pagar las papas fritas o la salchicha, con o sin mostaza, ni cómo se llama en su pasaporte y si tuvo alfombrilla en su niñez y dónde y cómo y cuándo perdió su virginidad… todo eso que no nos dice Cortázar en ese momento, porque decirlo en ese momento no es necesario para la manifestación del relato. En realidad, la desaprobación de Machado de Assis debe dirigirse contra los escritores denominados omniscientes, o sea los que penetran en los pensamientos y sentimientos del protagonista, y también, aunque con menos continuidad, en los otros personajes de la obra. Tal como en Rojo y negro, donde no solo nos adentramos en lo que sienten y piensan, desean, pretenden, sueñan, rechazan, sufren, ocultan, desprecian y aprecian los protagonistas Julián Sorel, la señora de Renal y Matilde de la Mole, sino también, aunque con ciertas limitaciones, en personajes secundarios como el alcalde de Verrieres, el viejo Sorel, el cura Chelán, el marqués de la Mole, madame Derville, etc. Tales penetraciones no se las permite, por lo general, Machado de Assis. Él se las arregla para escribir ciertos relatos limitándose solo a lo que un relator oye y ve y se dice y se lo dice a quienes lo lean; lo que yace bajo la superficie del relato, el fondo, deben adivinarlo, suponerlo, conjeturarlo, deducirlo, los lectores. Este método convierte a los lectores en coautores de la obra, quienes la complementan si son suficientemente imaginativos y deductivos y logran descubrir la otra cara. Desde luego, como no somos todos mentalmente iguales, no llegaremos todos a las mismas conclusiones. Por consiguiente, un relato de Machado de Assis puede producir, complementando, tantos relatos como lectores tenga. Seis escritores brasileños, hace algunos años, respondieron al desafío de redactar a su manera “La misa del gallo” de Machado de Assis. El resultado fue seis nuevas versiones del cuento, bastante diferentes. ■ 14.

(5) Fernando Emmerich. Machado de Assis, el escritor que no lo decía todo. todas, metiéndose cada cual por algún resquicio que Machado de Assis, por boca de su relator, había sugerido. Esta notable multiplicación de un cuento puede llegar a cifras aún más amplias aumentando los multiplicadores. En lo personal, les propuse a mis alumnos complementar el cuento “La misa del gallo”, según lo que suponían ellos que realmente había sucedido bajo la superficie de la sugestiva escritura de Machado de Assis. Participaron en esta prueba ciento treinta estudiantes, resultando ciento treinta nuevas versiones de “La misa del Gallo”, todas ligeramente distintas. Esta técnica practicada por Machado de Assis en sus obras narrativas es posible solo si se relata en primera persona. El autor, desde luego, no es el primero ni el único que lo ha hecho, y muchos lo han hecho después de él. Esa manera de narrar ha llegado a su mayor amplitud en las tres mil páginas de la más grande de las novelas, En busca del tiempo perdido, pero, por sus enunciados y hasta por sus anatemas, y por el acierto riguroso con el cual aplicó su técnica, Machado de Assis puede ser considerado el autor más ejecutivo y representativo de una literatura que no lo dice todo, dejándoles a sus lectores la tarea de la complementación activa, creativa, superando el plácido apoltronamiento de los que se conforman con lo que ven escrito en el papel, en la superficie, con saborear la cáscara de la forma desechando la pulpa del contenido. De todas formas, no es el de Machado de Assis el único método narrativo que pide mayor participación de los lectores. A la proposición de suponer lo que yace debajo de la escritura, propia del método machadiano, podemos agregar la proposición de suponer lo que sucederá posteriormente al desenlace del relato. Ante un método vertical, en profundidad, esa especie de buceo realizado sumergiéndose hasta el fondo, tenemos el horizontal, en longitud, que puede proyectar a los lectores por una línea que se dirige a lo que podría suceder más allá del final escrito del relato. En su cuento “El Sur” Borges nos dice que su protagonista “empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura”. Punto final del relato de Borges e inicial para lo que puedan empezar a suponer los lectores que ha de suceder en la llanura de lo no contado.. “La misa del gallo”: una lectura “La misa del gallo” es el cuento más conocido, comentado, elogiado, traducido, antologado, de cuantos escribió Machado de Assis. Es, también, el más representativo: es el que refleja mejor su método de referir solo la superficie de una situación, lo que siente, piensa, oye y ve en un relator, dejándoles a los lectores la tarea de complementar el cuento suponiendo lo que pasaba por la mente de los demás personajes, en este caso por la señora del escribano Meneses. O sea, para que un lector comprenda el cuento completo, para que llegue al fondo, debe hacer un esfuerzo de imaginación y penetrar en él rompiendo la cáscara. Debe proceder siguiendo el consejo alemán: “Wer den Kern haben will, muss die Nuss knacken” (“el que quiera tener la nuez debe cascar la cáscara”).. 15 ■.

(6) Taller de Letras N° 44: 13-19, 2009. La cáscara es la siguiente: Nogueira, un muchacho de Mangaratiba, llega a Río de Janeiro a preparar su bachillerato. Se hospeda en la casa del escribano Meneses, que se había casado con una prima del muchacho. Habiendo fallecido aquella su primera esposa, el escribano se había casado de nuevo. Meneses tiene la costumbre de ir una vez a la semana, según decía, al teatro. Nunca quiso llevar consigo a Nogueira, pues en realidad no necesitaba un acompañante para esas funciones de trasnoche que le hacían llegar al día siguiente a su casa. En su casa todas las mujeres –su señora, su suegra y las dos esclavas– saben que Meneses no asiste a las funciones como espectador sino como actor, y que no se desarrollan en el tablado de un teatro, sino en la cama de una señora separada de su marido. Es Nochebuena. Cada uno lo entiende de una manera. Meneses, demostrando que más pesa en él su espíritu libidinoso que su credo religioso, sale hacia la casa donde lo espera una dama que presumiblemente le proporciona mucho más placer que su esposa. Mientras tanto el muchacho ha decidido combinar su curiosidad mundana con su religiosidad asistiendo a la misa del gallo, que le han dicho, es espectacular en la corte. Aquella noche, mientras espera en la sala, leyendo Los tres mosqueteros, a un amigo que lo acompañaría, aparece la señora Meneses en bata y con chinelas, quien se pone a conversar con él. Conversan y se miran. Nogueira piensa y se pregunta. Eso es todo. Toda la superficie. Todo el relato de Nogueira. Esta situación será recordada por Nogueira muchos años después. Por lo tanto, solo tenemos los lectores la evocación de Nogueira de aquella hora que pasó con la señora Meneses esperando el momento de ir a presenciar la misa del gallo. Pero esa evocación no basta para saber lo que realmente sucedió aquella noche de mediados del siglo diecinueve, en Nochebuena, en la Calle del Senado, en Río de Janeiro. De lo que realmente sucedió no se percató del todo Nogueira, que por entonces tenía sólo diecisiete años –y diecisiete años de un provinciano en el Brasil del siglo diecinueve–. Pero tampoco lo sabemos por el Nogueira ya convertido en un hombre maduro que recuerda esa hora de su juventud y sigue sin comprender lo sucedido: “Nunca pude comprender la conversación que tuve con una señora”, comienza su relato, “hace muchos años; contaba yo diecisiete”, precisa, “ella treinta”. De lo que se deduce que Nogueira maduro sigue siendo tan quedado como lo era en el verdor de sus diecisiete años. Lo que pasó por la mente de la señora Meneses esa noche –sus posibles pretensiones y propósitos, que son la nuez del cuento– se desprende de su vestimenta y de sus actitudes, y si no las comprende bien el muchacho, sí debemos comprenderlas nosotros, los lectores. O conjeturarlas. Veamos. Mientras Nogueira espera la hora de ir a la misa del gallo y Meneses ya se ha marchado al teatro –al teatro de sus presumibles hazañas eróticas–, y las demás habitantes de la casa se han retirado a sus habitaciones, de repente, a las once, se asoma en la puerta de la sala la señora Meneses. “¿Todavía no se va?”, le pregunta ella como si le sorprendiera verlo allí. Luego, “arrastrando las chinelas”, ella entra en la sala. En chinelas, calzado nocturno, propio de la privacidad, calzado de alcoba. Y no solo eso, “Vestía bata blanca, mal ceñida en la cintura”. Blanca, sí, color de la pureza, de la. ■ 16.

(7) Fernando Emmerich. Machado de Assis, el escritor que no lo decía todo. inocencia, de las azucenas con que florece la primera comunión, del traje de la novia virgen, pero aquí la tenía significativamente “mal ceñida en la cintura”. Se sienta en una silla, frente al canapé donde Nogueira cierra su libro dándoles con la tapa en las narices a los tres mosqueteros, que, como sabemos desde nuestra niñez, eran cuatro. Nogueira le pregunta si, por haber metido ruido sin querer, la había despertado, a lo que ella responde con presteza: “¡No! ¡No! Me desperté sola”. Tal respuesta despierta en el muchacho cierta suspicacia (por lo visto, tan, tan sonso no era). Repara en que los ojos de la señora no son de una persona que acaba de despertar; más bien parecen los de una persona que no ha dormido nada. Sin embargo, esto, “que habría significado algo en otro espíritu”, reconoce Nogueira, lo soslaya, creyendo “que tal vez ella no había podido dormir justamente por mi culpa, y mentía para no afligirme”. ¿Pero no se te ocurrió pensar Nogueirita (como te llama uno de mis alumnos, quizás considerando ese gusto por los diminutivos nominales tan propio de los brasileños) que la señora no había podido dormir por tu culpa, porque sabía que tú te hallabas en la sala esperando, y mintió no para no afligirte, sino para no delatarse? Conversan. El muchacho le nombra novelas que ha leído. Ella lo escucha fijando en él sus ojos entre sus párpados medio cerrados y sin desviarlos de Nogueira. En actitud soñadora, podría decirse. “De vez en cuando se pasaba la lengua por los labios, para humedecerlos”. ¿Qué gesto es ese, señora Meneses? Luego enderezó la cabeza, cruzó los dedos y sobre sus dedos posó su mentón, contemplativa, ”con los codos en los brazos de la silla, todo esto sin apartar de mí sus grandes ojos desvelados”. Está tal vez aburrida, piensa él a ratos despistado muchacho. Siguen conversando. Ella se para y se pasea por la sala, ¿nerviosa?, cuando el muchacho levanta un poco la voz, ella le pide bajarla: “¡Más despacio! Mamá puede despertar”. Por fin se sienta junto a Nogueira, en el canapé. Se viene acercando. Nogueira le ve las chinelas, antes de cubrírselas ella con su larga bata. Pero alcanza el muchacho a ver que son de color negro. Y si su blanco, superficial, es el color de la inocencia, de la pureza, de la virginidad, el negro, bajo el blanco, es un color erótico, lúbrico, sobre todo en la ropa privada de las mujeres, como afirman los entendidos en la materia. Finalmente, no pasa nada. Llega el oportuno amigo de Nogueira, cuando la conversación con la señora iba muriendo, y se van a la bendita misa del gallo, mientras ella “con el mismo balanceo del cuerpo” con el que se había movido en la sala, desaparece por el corredor. ¿Pero qué cosa hubiera sucedido de no haber llegado a tiempo el amigo de Nogueira? En la iglesia, Nogueira, en vez de ver al sacerdote que oficia la misa, ve a la señora Meneses, que hasta ahora no la había considerado ni fea ni bonita, solo simpática, pero que había terminado por encontrar linda, lindísima, en la sala, durante la espera… Por lo visto, si Nogueirita no comprendió (del todo) la situación, algo sintió. ¿La herida de una flecha en su corazón? Ella vuelve a ser la de siempre al día siguiente. Ha vuelto a su resignada y sumisa realidad. Aquí no ha pasado nada.. 17 ■.

(8) Taller de Letras N° 44: 13-19, 2009. Nogueira se va de vacaciones. Al regresar a Río de Janeiro no se hospeda de nuevo en la casa de los Meneses. No vuelve a ver nunca más a la señora Meneses, que luego dejará de ser la señora Meneses. El marido ha muerto de apoplejía. La viuda se casa con el secretario del escribano. Con el que quizás haya tenido algunos avances, antes de quedarse viuda. ¿Pero quién puede saberlo? Solo podemos conjeturarlo, por lo que nos ha dicho el discreto Machado de Assis. Que nunca lo decía todo.. Nada es lo que parece. ¿O todo es lo que parece? Un tema notoriamente repetido en la obra de Machado de Assis es el del adulterio. Tanto en sus cuentos como en sus novelas con frecuencia pecan adúlteras y adúlteros practicando los gozosos encuentros, escondidos y culpables, de tan riesgosa relación. Llama mi atención esa tendencia costumbrista en un autor que tuvo la suerte de disfrutar de un matrimonio fiel y feliz con la seria dama portuguesa doña Carolina de Novais. Esa unión fue, señala una opinión brasileña, ”una de las más perfectas que se conocen en la vida de nuestros escritores”. Uno de los dos protagonistas de aquella unión conyugal tan perfecta es el autor de una de las más amargas y tristes novelas que se conocen sobre una quebrada relación matrimonial. Su famosa novela Don Casmurro es una novela sobre un adulterio, o rectifico, sobre un presunto adulterio. Recordemos que Machado de Assis es un escritor que no lo decía todo. Y durante toda la novela ningún episodio nos prueba flagrantemente que hubo adulterio. La novela está narrada por Benito Santiago, apodado tardíamente Don Casmurro, el posible cornudo. En parte alguna de su relato se consigna aprobatoriamente que Capitolina, la esposa de Benito, se acostó con Escobar, un amigo de él. Este desleal yacer solamente lo sospecha el marido y lo podemos conjeturar los lectores basándonos en las imaginaciones, sugestiones y suposiciones de Benito. La sospecha de Benito crece con mayor fuerza mientras pasan los años. Él es un tipo celoso desde muy joven y como tal, con cuanto ve, refuerza sus presunciones y sospechas que lo hacen sentirse engañado por su mujer. Así es como, según él, un jinete pasa cerca de su casa atraído solo por los magnéticos ojos de Capitolina; o la mirada que frente al féretro su esposa Capitolina le dirige al cadáver del amigo Escobar, notable nadador ahogado sospechosamente ante la playa de Flamenco, según él, más apasionada y dolorosa que como la verdadera viuda le habría correspondido dirigir a Sancha. Pero lo que le va confirmando a Benito su presunta cornudez es que su hijo, Ezequiel, cada día se va pareciendo más a su padre, o sea no a él sino a su padre real, el finado Escobar, su comarido, como lo llama Benito. De esta forma, aleja de su lado a su mujer y al hijo, para no seguir viendo a la posible traidora ni al fruto de aquella traición. Pero tengo, acerca del supuesto adulterio de Capitolina, otra sospecha. Una sospecha que se relaciona estrechamente con Benito y que Benito no. ■ 18.

(9) Fernando Emmerich. Machado de Assis, el escritor que no lo decía todo. menciona, porque, tal como su creador –que nunca pudo tener hijos, digamos de paso–, no lo dice todo, y decirlo no le conviene, pues no lo dejaría muy bien parado como varón. Sospecho que Benito no estaba genéticamente capacitado para engendrar un hijo. No lo tiene con Capitolina durante un buen tiempo, mientras Escobar y Sancha, casados también, sí tienen una hija. Posteriormente Capitolina es madre a su vez. ¿Cómo?, ¿producto de las visitas del amigo Escobar al hogar de Capitolina y Benito? A veces, cuando llega Benito a su casa, encuentra como tramando algo a su esposa con el amigo Escobar. Ellos le aclaran, se justifican, que están planeando algo en provecho financiero de Benito. Pero, nos preguntamos nosotros, ¿no beneficiarán tales encuentros no tanto las finanzas de Benito sino principalmente su presunta paternidad? Y posteriormente se preguntará Benito en qué lugar engendraron a Ezequiel. El aparente resultado de tales conversaciones a espaldas del marido es un hijo. Es un hijo que ante los ojos de Benito al principio se va pareciendo acusadoramente a la hija de sus amigos Escobar y Sancha. “Pero es que los niños que se tratan mucho terminan pareciéndose”, procura tranquilizarlo Escobar. En otra parte de la novela se ha descubierto que la difunta madre de Sancha, vista en un retrato colgado en la sala de su casa, se parece sorprendentemente no a su hija Sancha, sino a la vecinita Capitú, la mejor amiga de Sancha. Se parecen entonces la madre de Sancha y la vecinita Capitú, se parecen los hijos de los matrimonios Escobar y Santiago, se parecen cada día más el joven Ezequiel y el finado Escobar. Al parecer el joven Escobar, antes de casarse con Sancha, pensó casarse con la madre de su amigo Benito, atraído por la fortuna de la viuda, opulenta y bien conservada. Se parecen, parece que, al parecer… El verbo parecer es la clave para juzgar la obra de Machado de Assis. Todo parece ser en este narrador que no lo dice todo. Por eso esta obra es tan amargamente humana, por eso refleja de tan convincente y dolorosa manera el mundo real, con sus disimulos, ocultamientos, hipocresías, penosas conjeturas, ambiguas actitudes, pecados clandestinos, juicios equivocados, fatales malentendidos y desencuentros, escondidos deseos y propósitos, justificando la etimología del término que nos define, a quienes lo habitamos, nosotros, las personas, es decir, las máscaras. En conclusión, según opina mi alumno Cristián Figueroa, “todo es un baile de máscaras y nada es lo que parece”. Nada es lo que parece. ¿O todo es lo que parece?. Bibliografía Machado, Assis de. “Missa do galo”. Antonio Callado, Autran Dourado, Julieta de Godoy Ladeira, Lygia Fagundes Telles, Nélida Piñon e Osmar Lins. Missa do galo: variações sobre o mesmo tema. São Paulo: Summus, 1977. 13-21. . Dom Casmurro. São Paulo: Ática, 1981.. 19 ■.

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