EL INSULTO COMO ACTO DE HABLA EXPRESIVO: un intento fervoroso aunque aún no preciso

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AUTORA: Denise Ocampo Alvarez Depratamento de Lengua y Literatura Inglesas Facultad de Lenguas Extranjeras Universidad de la Habana denise@flex.uh.cu

Un estudio preciso y fervoroso de los otros géneros literarios, me dejó creer que la vituperación

y la burla valdrían necesariamente algo más

Borges, Jorge Luis: “Arte de Injuriar”

Primero, un ejercicio mental: ¿Cómo hacer algunas cosas sin palabras? Intente perdonar o prometer en completo silencio. ¿Resultado? Sin comentarios.

Es sabido que existe un número considerable de acciones cuya ejecución está dada en el ejercicio verbal. Tal capacidad del lenguaje de hacer saber, de cambiar una situación, de condicionar una relación entre individuos, en fin, de hacer cosas con el ejercicio de la palabra, ha sido reiteradamente analizada y ponderada en las últimas décadas. Por otra parte, la comprensión de que estas acciones son agrupables en series más pequeñas según ciertos criterios, ha dado lugar a varias clasificaciones de los actos de habla, y a muchísimos más estudios de cada uno de los tipos de acto de habla, desde la época de Austin1 hasta ahora.

La mayoría de las clasificaciones de los actos de habla reconocen la existencia de actos locutivos, actos ilocutivos, y actos perlocutivos. , donde los actos ilocutivos han sido los más investigados. De estos estudios se han derivado varias tipologías de los actos de habla ilocutivos y, por otra parte, la mayoría de los tipos de acto de habla ilocutivo han sido examinados en detalle. Sin embargo, no todos los tipos de acto de

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Taxonomía de Austin (actos de habla judicativos o de dictamen, ejercitativos o de ejecución, compromisorios o de compromiso, comportativos o de comportamiento, y expositivos)

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habla ilocutivos han provocado igual fervor intelectual. Por ejemplo, algunos estudiosos consideran que algunos tipos como los expresivos y los comisivos “hasta ahora no han sido investigados en un consistente marco de referencia teórico-descriptivo” (Haverkate, 1993).

A pesar de que varios especialistas no consideran los actos de habla expresivos como un tipo específico de acto ilocutivo, sino que los incluyen dentro del lacso y conciliador título de “otros”, los actos de habla expresivos aparecen en la taxonomía de Austin bajo el nombre de “comportativos”, y en la de Searle como expresivos. Austin los define como aquellos actos que expresan la reacción frente a la conducta y fortuna de los demás, y la reacción frente a la conducta pasada o inminente del prójimo (entre los ejemplos citados por este autor se encuentran “agradezco”, “deploro”, “critico”, “doy la bienvenida”, etc.). Searle los define como aquellos actos que expresan sentimientos y actitudes (pedir disculpas, decir cumplidos, condolerse, felicitar, agradecer, etc.).

En el artículo “Acerca de los actos de habla expresivos y comisivos en español”, el Doctor Henk Haverkate, de la Universidad de Amsterdam, los describe como la “Expresión de un estado psicológico del hablante, causado por un cambio en el mundo que le atañe al interlocutor o a él personalmente.” y menciona como los más representativos el saludo, el cumplido, el agradecimiento y la disculpa.

Acto de cortesía por excelencia, el saludo (saludos y despedidas) solo es una convención para abrir o cerrar cordialmente el canal comunicativo, no expresa una descripción del mundo extralinguístico --lo que posiblemente sea la causa de que existan tantos saludos paralinguísticos. Su semántica es limitada, pues el contenido del saludo suele ser simbólico. Puede estar constituido por una palabra, o por una frase. Un tipo de saludo muy frecuente es el de las preguntas sobre la salud y la vida personal del interlocutor, interrogantes que no buscan ser respondidas. En el diálogo,

Taxonomía de Searle (actos de habla asertivos, comisivos o de compromiso, directivos, expresivos, y declarativos)

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los saludos suelen formar parejas idénticas (“Hi!”—“Hi!”/ “Au revoir”—“Au revoir”/ (¿Y qué?—“¿Y qué?”).

Por su parte, el cumplido tiene el objetivo general de crear o mantener una atmósfera de amabilidad sacando a colación alguna propiedad, adquirida o natural, o algún estado de cosas positivo relativo al interlocutor. A menudo presenta la estructura superficial de una valoración, pero es sencillo descubrir cuándo la intención del emisor no es propiamente valorar sino mostrarse agradable. Este acto de habla suele generar en el oyente una respuesta compensatoria como minimizar el motivo del elogio, o contestar con otro cumplido (actitud que reciproca la generosidad del hablante con la realización de las máximas de modestia y generosidad que contemplara G. N, Leech en su “principio de cortesía”).

La disculpa es el acto según el cual un emisor reconoce su responsabilidad total o parcial dentro de un estado de cosas no deseable por el receptor. El hablante puede ser culpable de haber hecho, o de no haber hecho, y en tanto se disculpa, es de suponer que asume la posición de no repetir lo hecho o de hacer lo no hecho. Usualmente este acto se vehicula en fórmulas cortas como la expresión de sentimientos (“Lo siento”), o en ruegos (“Perdóname”), aunque a mayor daño causado, mayor será el macroacto (lo que sigue las máximas de relevancia y cantidad que incluyera en el “principio de la cooperación” H. P. Grice al estudiar la variante conversacional del discurso).

Por último, el agradecimiento es una realización encaminada a compensar al interlocutor por un acto previamente efectuado en beneficio del hablante. Se realiza por medio de un corto número de expresiones como “gracias”, o “te agradezco”, y suele generar una respuesta que insista en que la gratitud es innecesaria pues su causa resulta poco relevante (perlocución que hace cumplir las máximas de modestia y de generosidad, de Leech). El agradecimiento responde especialmente a códigos culturales, y es mucho más fuerte y frecuente en unas culturas que en otras.

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Si revisamos estos tipos de actos expresivos veremos que, con independencia de la naturaleza de las diferentes situaciones extralinguísticas que provocan las realizaciones, en todas el hablante mantiene una actitud positiva (cortés) en el momento de la enunciación. No obstante, no siempre un hablante proyecta tal corrección, y los medios lingüísticos de los que se vale, son tan dignos de estudio como los demás.

Intentos de “antología” del improperio cristalizados en algunos volúmenes demuestran una vez más que la lingüística se ha ocupado limitadamente de algunos fenómenos de las lenguas. El enfoque pseudolexicográfico de algunos libros, y el afán no mucho más que lúdrico de coquetear con los tabúes –lo que no deja de ser legítimo, cuando es sincero --, son la señal de que poco trabajo oficioso ha tenido lugar. Alguien debe haber olvidado que insultar es “ Ofender a uno provocándolo e irritándolo con palabras o acciones” (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, 1970) (el subrayado es nuestro), o que el insulto verbal, tal vez el insulto por excelencia, no es menos acto de habla que otros actos de habla, y sí es particularmente interesante, dada su condición de transgresor de “lo correcto” y violador de muchas máximas.

El insulto es también uno de esos actos que expresan “ un estado psicológico del hablante, causado por un cambio en el mundo que le atañe al interlocutor o a él mismo”(Haverkate, 1993), en este caso, de un estado psicológico negativo. Al igual que la disculpa, está causado por un estado de cosas negativo, solo que el afectado es el hablante. Este estado de cosas es causado intencionalmente o no por el interlocutor --o, lo que es lo mismo, el que resultará insultado—tal como sucede en caso del cumplido. En otras palabras, en una situación previa lingüística o no, alguien es considerado (justa o injustamente) causante activo o pasivo de un estado de cosas desfavorable para alguien que, por su parte, tratará de restablecer el equilibrio al convertirse en “insultador”. De este modo el hablante no solo podrá expresar de algún modo su subjetividad (algo conocido como “desahogarse”), sino además causará en el interlocutor semejante irritación.

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El complejo “arte de injuriar” genera insultos de diferentes naturalezas. Algunos, tal como vimos que ocurre con muchos saludos, funcionan más en términos de valor y no de significación, pues aún siendo altamente efectivos como ofensa, no nos remiten a un estado de cosas posible en la realidad ni ofrecen descripción alguna del mundo extralinguístico. En cambio, otros poseen un contenido proposicional tan concreto que pueden ser confundidos con valoraciones negativas de gran intensidad (lo mismo que el cumplido tiende a ser confundido con la valoración positiva). Nótese, sin embargo, que en el insulto tiene que haber una dosis de falsedad o, al menos, de hiperbolización, puesto que, dado un axioma de la sabiduría popular, “la verdad, no ofende”. Luego, este tipo de insulto, acto expresivo de apariencia valorativa, debe romper la máxima de calidad.

El insulto siempre rompe la máxima de manera. Dado el caso de que hay personas más propensas a insultar que otras, en cualquier contexto, justa e injustamente, y que hay actitudes que propician insultos casi justificables, la máxima de relevancia en el insulto se cumple unas veces, y otras, no. Huelga decir que el insulto siempre rompe las máximas comprendidas en el principio de cortesía (generosidad, aprobación, modestia, acuerdo y solidaridad), con excepción de la máxima fática,

Un insulto puede tener actos perlocutivos de varias naturalezas. Tal vez los más comunes sean las respuestas no verbales (como las bofetadas), las reprobaciones (como cuando la víctima manifiesta que su interlocutor está obrando con injusticia, está cometiendo un atrevimiento, o lo está ofendiendo), las amenazas con posteriores acciones verbales o no verbales, y la devolución del agravio, es decir, otro insulto.

En el caso de las respuestas verbales injuriosas, vemos que en ocasiones crean pares de miembros análogos como la clásica pareja en que cada hablante, por turno, trae a colación a la progenitora del otro, o como cuando se profiere una ofensa nominal o adjetiva y se contesta que “más (sustantivo/adjetivo) será(s) tú/ tu (ser querido)”. En ocasiones una pareja de agravios puede dar inicio a una cadena de réplicas igualmente análogas en las que se van añadiendo progresivamente elementos

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enfáticos. Casos en los que al estilo de las fuerzas policiales, como recordara Borges, todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra.

También existe la posibilidad de no recibir respuesta alguna, dada por la comodidad de insultar a alguien en su ausencia, incluso, en ausencia de cualquier posible interlocutor. De todos los insultos este, el “monologado”, es de los que mejor ilustran la naturaleza de los actos de habla expresivos, puesto que el emisor exterioriza su actitud psicológica negativa sin otra intención comunicativa que la de autoexpresarse. Otro ejemplo no menos propicio, es el del autoinsulto, donde el hablante se elige a sí mismo como recipiente del insulto.

Una posible tipología del insulto debería registrar entre los tipos más productivos aquellas ofensas que asignan calificativos negativos al referente por medio de sustantivos, adjetivos, o lexías. Este grupo daría lugar a una serie de subgrupos entre los que entrarían, por ejemplo, las ofensas relativas a la escasez de inteligencia o de salud mental, las que tienen que ver con conductas ético-morales socialmente reprobadas, entre ellas, las que sugieren que el receptor o alguna de sus personas más allegadas tienen determinadas conductas sexuales, o las que llevan implícita una comparación con animales que han devenido símbolos de comportamientos y características censurables.

Otro grupo importante sería el de aquellos insultos que proponen que el “insultado” realice determinadas acciones como que se dirija “a una localidad muy general que tiene varios nombres” (Borges, 173), o que cambie su actividad en el momento del agravio por alguna de las acciones que solo se ejecutan en privado o en pareja.

También estaría como muy productivo el grupo de insultos en forma de “declaración de que el hablante realiza determinadas acciones nefandas” (Milián, 28) sobre el oyente o algún familiar cercano de este. Muy revelador de la cultura de los hablantes, resultaría un estudio de las marcas ideológicas de los insultos más comunes dentro de este último grupo. Por ejemplo, en una cultura como la nuestra no es casual que “Dios” y la

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madre del interlocutor se cuenten entre los más usuales pacientes sobre los cuales recae la acción del verbo.

Otro curioso elemento ideológico del insulto es que un mismo contenido proposicional puede constituir una ofensa para algunos hablantes y para otros no. En casos extremos, la misma frase lo mismo puede ser recepcionada como un agravio o como un elogio.

Siempre lo negativo del insulto como acto de habla y la propia transitividad del discurso, darán lugar a una especial creatividad, incluso, superproducción, aunque el escrupuloso sistema solo recoja una reducida lista de tan coloridas unidades. En cualquier caso, “... ya las recetas callejeras del oprobio ofrecen una ilustrativa

maquette de lo que puede ser la polémica. “ (Borges, 173)... o de lo que no podrá ser

la polémica, a falta de estudiosos dispuestos a analizar el insulto sin embarazo, o por el caos que pudiera significar un posible exceso de informantes.

Bibliografía

1. Austin, J. L. How to Do Things with Words. Oxford: Clarendon Press, 1962. 2. Borges, Jorge Luis: Páginas escogidas. Casa de las Américas, Habana, 1999. 3. Curbeira Cancela, Ana: “Aproximación al discurso” (inédito).

4. Grice, H. P. Logic and Conversation. Cole, P. And J. Morgan (Eds.), 1975. 5. _________ Further Notes on Logic and Conversation. Cole, P. (Ed.), 1978.

6. Haverkate, Henk: “Acerca de los actos de habla expresivos y comisivos en español” en Haverkate, Henk et al: Aproximaciones pragmalinguísticas al español. Editorial Rodopi, Amsterdan, 1993.

7. Leech, G. N. Principles of Pragmatics, Londres: Longman, 1983.

8. Milián José Antonio: “Y yo en la tuya... El insulto y el genio de las lenguas” en Revista de Libros No 25. España, 1999.

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