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Dos temas en la poética de Rubén Bonifaz Nuño

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Academic year: 2021

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Alejandra Herrera

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n general, el lenguaje que utiliza el poeta es el mismo que emplea el hombre de la calle, el comerciante, el ama de casa, etcétera; es también el lenguaje balbu-ceante del niño, y es también el mismo que utiliza el científico. El genio del poeta radica en construir una frase excepcional que produzca la sensación de eternidad y espacio trascendente, a través del lengua-je vulgar y desgastado de todos los días. El lenguaje para él es un fin en sí mismo; para los demás, una herramienta desgastada que a medias permite la comunicación. Así el poeta parte de cero con un medio expresivo manido que habrá de reordenar para que cumpla con la función poética: nombrar lo que el lenguaje cotidiano no permite expresar.

Ahora bien, ¿qué quiere expresar el poeta?, ¿qué emoción es digna de aparecer en el poema? Quizá una posible respuesta a estas preguntas sea la tensión que logra el poeta a través de una imagen sensible entre una emoción individual, la suya, y una que atañe al hombre en general. De ahí que aquél deba filtrar su emoción, eliminar lo accidental y circunstancial para que el lector encuentre en sus versos una

línea que le haga vibrar y sentirse acom-pañado en su intransferible y complejo mundo interior.

Para Paul Valéry:

Es importante oponer tan claramente como sea posible la emoción poética a la emoción ordinaria. La separación es bastante delicada de realizar, pues nunca se ha cumplido en los hechos. Siempre encontramos mezclados con la emoción poética esencial la ternu-ra o la tristeza, el furor, el temor o la esperanza; y los efectos particulares del individuo no dejan de combinarse con esta sensación de universo, que es característica de la poesía (Teoría poética y estética, p. 137).

En las siguientes páginas pretendo acer-carme a dos poemas, el 24 y el 27 del libro

Los demonios y los días [1956], del poeta mexicano Rubén Bonifaz Nuño. Su amplio dominio del mundo greco-latino es de so-bra conocido, baste mencionar sus traduc-ciones de autores clásicos. Simultáneamen-te su inSimultáneamen-terés por la cultura prehispánica, queda testimoniado en sus ensayos y cuen-tos. Maestro y renombrado humanista, Bo-nifaz Nuño también presenta una vasta

* Departamento de Humanidades, UAM-A.

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obra poética. Mi interés en los mencio-nados poemas se debe a que encuentro en ellos el manejo del lenguaje con toda su fuerza expresiva y la tensión necesaria de la emoción poética y, finalmente, res-puesta a dos temas fundamentales de la poética del autor: ¿cuál es la función de la poesía? y ¿para quién escribe el poeta? Iré por partes. El poema 27 inicia con una afirmación contundente y en apa-riencia soberbia: “Siempre ha sido mérito del poeta/ comprender las cosas [...]” Dicho así, el poeta parece ser un elegido, sólo él puede llegar a la quintaesencia de lo real; los otros, no. Transcribo la estrofa completa para mostrar esa superioridad:

Siempre ha sido mérito del poeta comprender las cosas; sacar las cosas como por milagro, de la impura corriente en que pasan confundidas, y hacerlas insignes, irrebatibles frente a la ceguera de los que miran. (De otro modo lo mismo, p. 144) Visto así, el poeta es el vidente, el que ve el orden superior del universo. Su cono-cimiento es cósmico y su poder reside en comprender el mundo y mostrarlo a los que ven sin mirar: los ciegos. El poeta no se queda en la superficie, va a la esencia de las cosas, y así es como llega a los temas fundamentales de toda existencia. Sin embargo, la voz de Bonifaz Nuño no se incluye en el poeta descrito, por eso utiliza la tercera persona, para hablar de alguien que no es él.

Es una verdad a medias la que se sos-tiene en los siguientes versos: “[...] Sacar las cosas/ como por milagro, de la impura/ corriente en que pasan confundidas [...]”, pues el terreno de la poesía siempre se relaciona, aunque sólo sea en apariencia,

con el espacio de lo oculto, lo indecible, y del “milagro”; o bien, con la musa inspira-dora, la voz misteriosa que dicta el poema. Quizá una parte sea así, pero tal vez lo más importante en la creación poética sea el propio oficio de escribir, el cual tiene un alto costo.

En una carta que Arthur Rimbaud es-cribe a Paul Demeny, se lee la siguiente afirmación, más bien se trata de un mandamiento:

El primer estudio del hombre que quiere ser poeta es el de su propio conocimiento, de un modo total. Co-mienza por buscar su alma, la exa-mina, la palpa, la comprende [...] El poeta se convierte en vidente en virtud de un largo, inmenso y razo-nado trastorno de todos sus sentidos.

Tiene que buscar todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura [...] de ahí que se convierta, entre todos los otros hombres, en el gran enfer-mo, en el gran criminal, en el gran maldito..., ¡pero también en el sabio supremo! [...] y aun cuando, demen-te, termine por perder la comprensión de sus visiones, ¡el caso es que las ha visto! Que reviente, en medio de los saltos que da entre cosas inauditas e innominables; ya vendrán otros ho-rribles trabajadores que comenza-rán por los horizontes donde el otro se ha derrumbado (“El poeta como vidente”, p. 402).

La descripción que hace Rimbaud del oficio del poeta, quizá a muchos les pa-rezca exagerada. Tal vez no se puede sufrir tanto; pero pensemos: quién es capaz de traducir en palabras algo que siente, algo que surge de la más absoluta entraña; y

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ahí está la hoja albeando, esperando, y una pluma incapaz de mancillarla, por qué pa-ra qué, si sólo hay unas cuantas fpa-rases confusas que alteran la emoción sentida y la nítida conciencia sobre ella. ¿No es un costo? ¿No es una forma de sufrimiento querer nombrar y no poder?

Sobre todo cuando se tiene la plena conciencia de que habrá un otro involu-crado que será un lector. Quizá Rimbaud sólo se refiera a los poetas cuando nombra a esos “horribles trabajadores” que como ha ocurrido históricamente continúan con la obra del poeta que se derrumba, es decir, la obra poética de la humanidad, la memoria integral del hombre; sin embar-go, a mí me parece que se trata también del lector, pues es él quien reconstruye e interpreta al infinito el poema, quien lo reaviva y concluye sólo momentánea-mente, pues como afirma Borges en su “Otro poema de los dones”: “[...] el poema es inagotable/ y se confunde con la suma de las criaturas/ y no llegará jamás al último verso/ y varía según los hombres [es decir, sus lectores]” (Nueva antología personal, p. 42).

Por eso el compromiso del poeta es mayor, pues sabe que una vez terminado su poema, éste adquirirá una vida propia, y contendrá en sí emociones y referencias que a su autor ni siquiera se le ocurrieron, cada lectura será una reconstrucción, pero para que esto ocurra, habrá de enfrentar un complicado proceso: la escritura. Jai-me Labastida da fe de esta inquietud: “[...] ese perro doméstico, el lenguaje, se encoleriza y nos persigue en las cumbres peladas del insomnio cuando, a la bús-queda del giro preciso, el poeta cumple la función heroica de traducir en el poema las experiencias que identificará como propias otro hombre que antes le era, en

apariencia, ajeno” (El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana, pp. 11-12). Así, quién puede sentirse distante de la soledad que enuncia la segunda estrofa y en la que Bonifaz Nuño deja la tercera persona de la anterior y asume ahora el nosotros, la primera del plural, para ha-cernos partícipes de su emoción. Por cierto, el autor la comienza con una fra-se que hace evidente el trabajo de maes-tro que durante tantos años ejerció:

Por ejemplo: todos nos sentimos mordidos por algo, desgastados por innumerables bocas sin fondo; algo sin sentido que nos deshace. Preguntamos. Nadie responde (Bonifaz Nuño, loc. cit.).

Aquí está, no importa quién, cualquiera que siente la más total soledad. Ese ser solo con su sentimiento “algo sin sentido que nos deshace”, absurdo, pero real por-que le devora a través de esas “innume-rables bocas sin fondo”. Balbuceante se quiere nombrar, preguntar por él, pues de lo que se trata es de sentir compañía, de hermanarse con alguien en el páramo solitario. No hay respuesta. En ese desam-paro el poeta continúa:

Pero hay alguien: saca la cara negra sobre la corriente de su río

de renglones cortos,

respira y nos dice: “¿Qué es nuestra vida

más que un breve día?”, y entonces, tocados de golpe, comprendemos: sabemos que somos heno, verduras de las eras, agua para la muerte (loc. cit).

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Ese alguien es el poeta, quien abrumado por las profundidades que toca, sumergi-do en el río de palabras a las que habrá de regresar su sentido original, por fin saca la cara de esta agua que le ahoga y atina a decir, a enunciar un tema socorrido a lo largo de la historia: el tiempo es breve y la vida más. Aquí Bonifaz Nuño se distancia del poeta, no es él quien habla, incluso utiliza las comillas para indicar que cita al “poeta” y entonces se vuelve parte del lector, se incluye y nos incluye porque “comprendemos”. La verdad ya expresa-da en el poema trasciende al poeta, y de golpe nos vemos frágiles y desamparados: sólo somos eso: “agua para la muerte”. No hay retorno a la inocencia. Como diría Rimbaud hemos contemplado la verdad.

En la siguiente estrofa Bonifaz Nuño sigue hablando en tercera persona:

Y no sólo el tiempo: los poetas nos han enseñado la amargura, el placer, el gozo de estar libres, y el viento y las noches y la esperanza [loc. cit.].

Entonces no todo es conciencia de la muerte y sufrimiento. El poeta, ese gran maestro, enseña la parte luminosa de la vida: la libertad, el viento, la esperanza: todas esas sensaciones que privilegian los momentos de sentirse vivo. No es la liber-tad y el viento explicados como fenóme-nos o conceptos, sino el choque de éste con la piel, la inmensa alegría de tropezar inadvertidamente con la emoción de ser libre y sentirse gloriosamente parte de la humanidad, de los otros, de nosotros para quienes el poeta escribe y convoca en una síntesis inusual a nuestros sentidos y a nues-tra conciencia y por ello es un maestro.

Lo anterior lo completa la siguiente afirmación de Ezra Pound: “El artista serio es científico en tanto presenta la imagen de su deseo, de su odio o de su indiferencia justo como eso: una imagen de su deseo, su odio o su indiferencia. Cuanto más pre-ciso su registro, más perdurable su obra de arte (El artista serio y otros ensayos lite-rarios, p. 39). Y al fin se escucha por pri-mera vez en el poema la voz del poeta, la de Bonifaz Nuño, quien asume la primera persona para hablar de él, cuestionarse y ‘sacudirse’:

¿Qué hago, qué digo, qué estoy haciendo?

Es preciso hablar, es necesario decir lo que sé, desvergonzarme y abrir mis papeles chamuscados en medio de tantas fiestas y gritos. (Bonifaz Nuño, loc. cit.)

No basta describir lo que otros han hecho, es necesario que uno haga, en este caso el poeta… y que pague el precio. Hay que desnudarse y exponer el alma, por eso es necesario despojarse de ese gran inhibi-dor que es la vergüenza, sacar del fuego o del bote de basura los poemas y mostrarlos. Esa es la tarea del poeta: hacer una pausa para que cese el vértigo, quitar el pie del acelerador, hacer a un lado la fiesta en la que no ocurre, sino el aturdimiento de los gritos, la falta de sustancia, y decir lo que debe ser oído, aunque otros ya lo hayan hecho, por eso “De otro modo lo mismo”. La imagen, la forma, es la clave.

Es entonces cuando la voz poética des-cubre su camino:

Y prestar mis ojos, imponerlos detrás de las máscaras alegres para que permitan y compadezcan,

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y miren y quieran, y descubran que estamos desnudos, que no tenemos

(loc. cit.).

El fin último del poema es alcanzar al otro, por eso la escritura tiende redes, y para hacerlo el poeta impone sus ojos para que los ciegos vean por debajo de la superficie de las cosas, de “las máscaras alegres”. Des-pués de la lectura el sujeto no permanece igual, algo tocado íntimamente lo transfi-gura, ya sea porque contempla una verdad nunca dicha, sólo a veces intuida, o porque se contagia de una emoción imposible de nombrar. El poeta se funde con los otros a través de la lectura, a través del “nosotros”, el “yo” en plural. Y sólo ahora, yo lector, me reconozco en la esencia de los otros, y descubro el desamparo, mi desnudez, y me deslumbra el enorme contenido de un frase tan sencilla y contundente: “que no tenemos”.

Pero ¿quién es ése?, ¿a quién quiere en-señar el poeta? Pues, como ya señalé en líneas anteriores, para que se complete el proceso poético hace falta un lector, pues será él quien reconstruya y dé sentido a la existencia del poema. Rubén Bonifaz Nuño responde contundentemente a esta pre-gunta, en el poema 24 del libro aquí citado. No se refiere a cualquier lector, él delinea el perfil de quien habrá de recibir su obra. Lo primero que sobresale en este poe-ma y llapoe-ma la atención, es su estructura gramatical. Se trata de una enumeración de objetos indirectos en los que se descri-ben las peculiaridades de una serie de in-dividuos, mismos que sólo cobran sentido al final del poema cuando el sujeto, la voz poética declara su acción. Y aquí viene a cuento lo que Jaime Labastida expresa sobre la poesía de Bonifaz Nuño:

[...] Bonifaz se ha mantenido cons-tante en el cultivo del poema como un todo orgánicamente estructurado. Con frecuencia, por ello, sus poemas revelan el sentido de que están pre-ñados hasta el último verso y descu-bren la intención de ser, enteros, una sola metáfora [...] Insisto: muchos de los poemas de Bonifaz carecen de imágenes resplandecientes; pero, a cambio de ello, son joyas de ver-sificación, coherencia y armonía (J. Labastida, op. cit., p. 71).

El cierre del poema es fundamental en la estructura del mismo, sin éste no se logra el efecto que el poeta busca generar en el lector, un mal final termina con todos los aciertos expresivos que sostienen el texto, pues de lo que se trata es de ejercer en el sujeto lo que Paul Valéry describe de es-te modo:

La poesía debe extenderse a todo el ser; excita su organización muscular con los ritmos, libera o desencadena sus facultades verbales de las que exalta el juego total, le ordena en profundidad, pues trata de provocar o reproducir la unidad y la armonía de la persona viviente, unidad extra-ordinaria, que se manifiesta cuando el hombre es poseído por un senti-miento intenso que no deja de lado ninguna de sus potencias (P. Valéry,

op. cit. p. 152).

El placer y el sufrimiento son emociones que trascienden a los hombres, el primero se acompaña con un sentimiento de li-bertad y fuerza que ubica al sujeto en una nueva atmósfera, en la que todo es posible, en ella sólo se anuncia el bienestar. El

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sufrimiento, no. Muy por el contrario, limi-ta al sujeto, lo paraliza. La impotencia de escapar de una situación determinada abruma de tal manera que el mundo es vivido como cárcel. Pero también, es en estos momentos de íntimo dolor, cuando ocurren los prodigios; el ser sufriente es capaz de mostrar su grandeza, de her-manarse con los otros, de medir su calidad al levantarse y recomenzar; y es justamente a éstos, a los que conocen desde dentro esta sensación, a los que se prueban en el dolor, a quienes Bonifaz Nuño dedica y dirige su poema. Lo transcribo completo para que pueda apreciarse la inmejorable estructura del mismo:

24

Para los que llegan a las fiestas ávidos de tiernas compañías, y encuentran parejas impenetrables y hermosas muchachas solas que dan miedo

–pues uno no sabe bailar, y es triste–; los que se arrinconan con un vaso de aguardiente oscuro y melancólico, y odian hasta el fondo su miseria, la envidia que sienten, los deseos; para los que saben con amargura que de la mujer que quieren les queda

nada más que un clavo fijo en la espalda

y algo tenue y acre, como el aroma que guarda el revés de un guante olvidado;

para los que fueron invitados una vez; aquellos que se pusieron el menos gastado de sus dos trajes y fueron puntuales; y en una puerta, ya mucho después de entrados todos,

supieron que no se cumpliría la cita, y volvieron despreciándose; para los que miran desde afuera, de noche, las casas iluminadas, y a veces quisieran estar adentro: compartir con alguien mesa y cobijas o vivir con hijos dichosos;

y luego comprenden que es necesario hacer otras cosas, y que vale

mucho más sufrir que ser vencidos; para los que quieren mover el mundo con su corazón solitario,

los que por las calles se fatigan caminando, claros de pensamientos; para los que pisan sus fracasos y siguen;

para los que sufren a conciencia porque no serán consolados, los que no tendrán, los que pueden escucharme;

para los que están armados, escribo (Bonifaz Nuño, op. cit., pp. 140-141). Como puede verse, el poema es redondo, no sobra nada, no falta nada, su enorme fuerza expresiva sacude al lector, pues lo que está aquí, es una selección, no se dirige a todos, es una declaración de principios de lo que debe ser su lector. No se tra-ta de aquel que se pierde en el grito insus-tancial de la fiesta, al que no le interesa la esencia de las cosas porque vive a gusto detrás de su “máscara alegre”.

El que vive conforme con su vida y con el orden social y que, por lo tanto, es incapaz de cuestionar y cuestionarse. A Bonifaz Nuño le importa otro lector: el que conoce su alma: lo luminoso y lo obscuro, el que vive en el margen porque ha sido rechazado, excluido del grupo y que no

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encuentra compañía y, aunque le duele, tiene la conciencia de sí, y eso de verdad, ese valor, no tiene precio.

En realidad, el lector a quien se dirige Bonifaz Nuño es el lector de poesía, a aquel que se ha dejado “enseñar” y que por eso no se permite soslayar su concien-cia, una conciencia de que el hombre está solo y de que sólo en contados momentos la vida toma color gracias a esa libertad que da el autoconocimiento; o que de veras se ilumina por esos breves momen-tos prodigiosos que da el amor, o a otros más durables como son la amistad, o la experiencia de la otredad, que se ofrecen en la copa o el café compartidos, y que por momentos, sólo por momentos nos hacen olvidar “que no tenemos”, “que estamos desnudos”.

BIBLIOGRAFÍA DIRECTA

Bonifaz Nuño, Rubén (1979) “Los de-monios y los días [1956]” en De otro modo lo mismo, México, FCE, (Letras

Mexicanas).

BIBLIOGRAFÍA INDIRECTA

Borges, Jorge Luis (1983) Nueva antología personal, 2ª edición, Barcelona, Bru-guera, (Libro Amigo).

Heidegger, Martín (2001) Arte y poesía

México, FCE, (Breviarios, 229).

Labastida, Jaime (1974) El amor el sueño y la muerte en la poesía mexicana, Mé-xico, Novaro.

Pound, Ezra (2001) El artista serio y otros ensayos literarios México, Universidad Nacional Autónoma de México. Rimbaud, Arthur (1982) “El poeta como

vidente” en Adolfo Sánchez Vázquez,

Antología. Textos de estética y teoría del arte México, UNAM (Lecturas

Univer-sitarias, 14).

Valery, Paul (1990) Teoría poética y estética

Madrid, Visor, 1990 (La Balsa de la Medusa, 39).

Referencias

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