LA
FILOSOFÍA
PRESOCRÁTICA
EDITORIAL ÓSCAR DE LEÓN PALACIOS
CIUDAD DE GUATEMALACENTROAMÉRICA
OBRA:
LA FILOSOFÍA PRESOCRÁTICA. AUTOR:
CARLOS A LAVARREDA.
DERECHOS RESERVADOS POR EL AUTOR. © EDITORIAL ÓSCAR DE LEÓN PALACIOS.
EDITOR:
ÓSCAR DE LEÓN CASTILLO. PRIMERA EDICIÓN:
2004.
CORRECCIÓN DE PRUEBAS: EL AUTOR Y EL EDITOR.
DIAGRAMACIÓN:
BLANCA SUCELY LÓPEZ CORADO.
CARÁTULA:
MUESTRA UNA DE LAS MÁS INTERESANTES Y EXQUISITAS PRUEBAS DEL TEOREMA DE PITÁGORAS. GENERALMENTE, SE HA ATRIBUIDO A UN HUMILDE MATEMÁTICO HINDÚ. SU PRUEBA CONSISTE DE UNA FIGURA TALLADA EN PIEDRA ACOMPAÑADA CON UNA SOLA PALABRA: ¡CONTEMPLA!
DIGITALIZACIÓN: SONIA E. PÉREZ AGUIRRE.
EDICIÓN AL CUIDADO DEL EDITOR.
IMPRESO EN GUATEMALA, CENTROAMÉRICA. POR EDITORIAL E IMPREOFSET
ÍNDICE GENERAL
CAPÍTULO
INTRODUCCIÓN ... 9
I DEL MITO AL LOGOS ... 15
LOS MILESIOS II TALES DE MILETO ... 37 III ANAXIMANDRO ... 45 IV ANAXÍMENES ... 55 LOS PITAGÓRICOS V PITÁGORAS ... 65 VI PITAGORISMO ... 85
LOS ELEÁTICOS Y HERÁCLITO VII HERÁCLITO ... 97 VIII JENÓFANES ... 115 IX PARMÉNIDES ... 127 X ZENÓN ... 147 XI MELISO ... 165 LOS PLURALISTAS XII EMPÉDOCLES ... 173 XIII ANAXÁGORAS ... 195 XIV LEUCIPO ... 211 XV DEMÓCRITO ... 223 XVI EL SOFISMA ... 239
XVII LOS SOFISTAS ... 249
XVIII OTROS SOFISTAS ... 267
CONCLUSIÓN ... 279
BIBLIOGRAFÍA ... 285
INTRODUCCIÓN
El mito originalmente consistió en una forma narrativa mediante la cual el ser humano intentaba hacer inteligible tanto el propio mundo interno como el externo. Desde las antiguas mitologías apareció el logos (razón), pues era el logos quien capta-ba el misterio y buscacapta-ba solución a lo que no comprendía. Paula-tinamente el logos busca penetrar la apariencia engañosa del mito y alcanzar la verdad y la realidad. La racionalización de la realidad se inicia entonces en el mundo mítico de Homero y Hesíodo. Esa presencia de la razón actuante se revela tanto en el relato heroico como en la posterior tragedia, en el poema didáctico religioso y en la comedia. Así, pues, como la razón ha servido al mito, viceversa, el mito ha servido a la razón. Parménides, por ejemplo, reviste su rigorosa especulación lógica con la forma del mito y dice recibir su doctrina de la boca de la diosa. La filosofía griega, entonces, que comenzó en el amanecer mítico-religioso y ascendió hasta el logos del mediodía, tuvo su término, de nuevo, en el crepúsculo de la mística, lo mismo que en la oscuridad de la magia y de la teúrgia. De esa manera aquella filosofía deja de ser una visión racional del universo para pretender ser el arte que hace posible la unión efectiva con la divinidad.
La teología se hace teopatía; el logos cede su lugar al éxtasis; la dialéctica a las prácticas teológicas. El mito ya no será ocasión para la reflexión crítica para aclarar conceptos y las posiciones racionales serán ocasión para efectuar mitos y elucubraciones fantásticas. Por lo tanto, se podría afirmar que la filosofía presocrática es el resultado de un nuevo racionalismo que surge
con el fenómeno de las colonizaciones. Los temas, que la nueva realidad plantea, necesitan de nuevas respuestas que los grandes mitos ya no son capaces de dar. Es curioso notar que al mismo tiempo que se va produciendo este hecho en las colonias, en el continente, como en Atenas y Esparta, subsisten las tradiciones más arcaicas. Esto explica el por qué la filosofía presocrática se desarrolla en la periferia de Grecia, es decir, Asia Menor: Mileto, Samos, Éfeso, Clazomene y la Magna Grecia: Crotona, Elea, Siracusa, Agrigento. Para que la filosofía entre en Atenas tenemos que esperar a la victoria de Salamina (480 a. C.) de los griegos sobre los persas. A partir de entonces, Atenas se convertirá en el centro del helenismo y los sabios-filósofos, que viven en las colonias, acudirán a Atenas a mostrar sus nuevos conocimientos. Eso aconteció, por ejemplo, con Anáxagoras o Protágoras. Esos nuevos conocimientos serán claramente asumidos por Sócrates, Platón y Aristóteles, quienes convirtieron la filosofía en una disciplina definitivamente racional. Desde un principio deseamos establecer que el término presocráticos se debe a Nietzsche.
La filosofía griega se suele dividir en cuatro períodos, en los que se destacan más unos problemas que otros: el Cosmológico, en el que el interés se enfoca en la explicación de la naturaleza y comprende las primeras escuelas presocráticas del siglo VI y V. El Antropológico, en el cual el interés se centra en el hombre, en la reflexión sobre la civilización y el Estado en la segunda mitad del siglo V. Con Platón y Aristóteles se llega a la madurez de la filosofía griega o el período Ontológico, en el siglo IV. El período Ético se ocupa de los problemas éticos en una época de decadencia de los siglos III y II a. C. Es el racionalismo de los dos primeros períodos que trataremos de exaltar, considerando como una decadencia a la filosofía establecida desde Sócrates.
En los primeros filósofos griegos la llamada cuestión del ser fue planteada desde un punto de vista cosmológico. Por eso su fi-losofía es más que nada una física y a ellos se les conoce como fisiólogos. La mayoría de sus obras escritas llevaban el título de Peri Physeos (Sobre la Naturaleza). El término physis significa,
como para nosotros naturaleza, es decir, la totalidad de los entes o Universo, o el modo de ser de los entes o Esencia. Estos dos sentidos están relacionados: la naturaleza es concebida como un cosmos, como un todo ordenado y dotado de belleza y no como un caos. La naturaleza es dinámica, y la physis actúa como principio de actividad intrínseco al ser natural. Así, ese concepto de naturaleza sirve como un puente entre los opuestos que observamos en ese cosmos: la naturaleza es la esencia de las cosas, pero en tanto es capaz de dar razón de la apariencia; la naturaleza es el ser permanente de las cosas, pero en tanto determina sus actividades propias y la naturaleza es el principio de unidad capaz de generar la pluralidad. La profundización en la idea de la naturaleza condujo a los presocráticos a la investigación de un principio rector capaz de dar razón de la unidad natural.
La idea de un orden total que abarca todas las cosas les condujo a la idea de un principio absoluto o fundamento de toda realidad que conforma dicho orden. Ese principio o fundamento, el arjé, explicaba cuatro funciones:
• Origen, aquello de donde proceden o se generan los seres.
• Final o Término, en lo que acaban o a donde vuelven todos los seres.
• Sustrato, aquello de lo que están hechos o consisten los seres.
• Causa, lo que es capaz de explicar las transformaciones de los seres.
De manera que en adelante, cuando veamos las respuestas de los presocráticos a los problemas del arjé, no podemos ignorar que aunque las respuestas nos parezcan flojas, la radicalidad y universalidad de las preguntas que se hicieron y la racionalidad de esas respuestas al tratar de explicar nuestro cosmos sin apelar a la ayuda de dioses o leyendas.
Entre los mitos, el mito de Prometeo (Platón, Protágoras, 320-321) merece un comentario más detallado. Prometeo era uno de los titanes, hijo de Jápeto y de la ninfa del mar, Clímene o, según otras versiones, Temis. Prometeo y su hermano Epimeteo, recibieron el encargo de crear la humanidad y de proveer a los seres humanos y a los animales de todo lo necesario para vivir. Epimeteo (“ocurrencia tardía”), procedió en consecuencia a conceder a los animales atributos como el valor, la fuerza o la rapidez, y los proveyó de todos los elementos necesarios para poder vivir en el mundo, tales como plumas, patas, o piel. Sin embargo, Epimeteo debía crear un ser superior a todos los demás pero no le quedaban más virtudes disponibles para ello y no tenía nada que conceder, así que le pidió ayuda a su hermano Prometeo (“prudencia”). Para que los seres humanos fueran superiores a los animales, Prometeo decidió darles una forma más noble y permitirles caminar erguidos. Atenea sopló aliento de vida sobre las imágenes de barro. Como don les dio el fuego, que había obtenido quemando una antorcha en el sol. El fuego era, sin duda, el don más valioso que Prometeo podía haber dado a la humanidad. Este robo provocó contra Prometeo la ira de Zeus, cuyos designios poco amistosos para con los hombres veíanse de tal modo frustrados.
Zeus, entonces, ordenó a Hefesto que creara a partir de arcilla a la primera mujer de la historia y la llamó Pandora, la cual engañase a Prometeo y le acarrease la ruina. Hefesto la formó con arcilla húmeda y Atenea le infundió vida y la vistió; Pito, el espíritu de Persuación, la cubrió de joyas; las horas la coronaron de flores; Afrodita le dió belleza y encanto. Y finalmente, Hermes la instruyó en toda clase de seducciones y perfidias.
Sin embargo, Prometeo recelaba de un regalo de sus enemigos (Zeus había arrebatado el poder a los titanes) e ignoró totalmente a Pandora, algo que sin embargo no hizo su hermano, trayendo la desgracia al mundo. Esa encantadora mujer tenía o encontró un jarro que contenía toda clase de males y enfermedades, lo destapó y todo salió volando y trayendo la desgracia al mundo y quedando en el fondo de la vasija únicamente la esperanza.
Prometeo quiso vengarse de Zeus y pagar engaño por engaño. Una vez, Prometeo sacrificó dos bueyes. En una pila dejó las partes comestibles del animal y todas sus entrañas y las recubrió con el vientre. En otra dejó los huesos bien tapados con la piel del ani-mal. Zeus, entonces ingenuo, eligió la pila de huesos. Al ver el engaño su ira no alcanzó fin y ordenó a Hermes que encerrase a Prometeo en una cueva en el Cáucaso, donde un águila le devoraría las entrañas durante treinta mil años sin provocarle la muerte, porque éstas se regeneraban cada cierto tiempo. Su sufrimiento infinito fue atajado por Heracles que lo liberó y mató al ave rapaz. Prometeo dio a los hombres la capacidad de trabajar y construir y les permitió domesticar a los animales y aprender a buscar frutos alimenticios. Por ello se difundió por Grecia la idea que los dioses del Olimpo estaban profundamente celosos de Prometeo.
I
DEL MITO AL LOGOS
El espíritu griego fue muy original aunque haya recibido muchas influencias de otros pueblos y civilizaciones. Pero todo lo asimiló de conformidad con su genio. La filosofía griega se desarrolló a lo largo de dos siglos (VI y V a. C.) y antes de iniciar el estudio propiamente dicho de la filosofía presocrática, es importante entender el significado de ideas que no son estrictamente mitológicas sino que se les puede mencionar dentro de lo que Aristóteles denominaba los esenciales de filosofar, o sean, la admiración y el asombro. Esas ideas, no completamente racionales, se interesan en la primera historia del mundo natural, desde su nacimiento y creación. Esos pensadores protofilosóficos mostraron la estructura del mundo presente con las preguntas que se hacían, digamos, Tales de Mileto o Anaxímenes. Todos ellos se preguntaron acerca del principio (arjé) u origen de la realidad. A esto, Homero decía que Océano; Hesíodo que era el Caos; Tales de Mileto creía que era el Agua, y Anaximandro el Apeiron.
De manera que lo que verdaderamente cambia con la filosofía presocrática no son las preguntas sino la nueva actitud intelectual al confrontar los mismos problemas. En el mundo de la mitología los fenómenos naturales (agua, viento, etcétera) son personificados y divinizados. Al mismo tiempo a esos fenómenos y eventos en el universo se les hacía depender de la voluntad arbitraria de los dioses. Ahora bien, con los filósofos presocráticos presenciamos el cambio en la actitud ante las preguntas que los hombres del siglo VII y VI a. C. se hacían sobre el origen del cosmos. Aquéllos niegan la
naturaleza divina de los fenómenos naturales y los analizaron tal como aparecen, con la intención de descubrir su origen. La arbitrariedad es sustituida por la necesidad y entonces se concluye que la naturaleza se rige por sus propias leyes.
Esta nueva forma de racionalidad suele describirse como el paso del mito al logos. El mito originalmente consistió en una forma narrativa mediante la cual el hombre intentaba hacer inteligible tanto el propio mundo interior como el exterior. Así, la teología órfica de Ferécides manifiesta un sentido filosófico oculto. La racionalización de la realidad se inicia entonces en el mundo mítico de Homero y Hesíodo; el logos se descubre en la formación de las figuras de los dioses, en la relación que se establece de los dioses entre sí y con el hombre, en el ordenamiento del mundo sobrehumano, en la personificación de los conceptos abstractos: Dike (la justicia), Eirene (la paz), Eumonía (el orden jurídico), etcétera, en la invención de relatos (sobre Hércules, Prometeo, Tántalo, Teseo, etcétera), de todo lo cual es evidente el problema del sentido de la vida humana, de la culpa, del heroísmo en el actuar y en el sufrir, de la justicia del derecho, de la resistencia frente a la pasión brutal y al engaño.
Pero a pesar de todo eso, debemos mantener presente que la historia de la filosofía griega no puede dividirse en dos fases: la mítica y la filosófica.
Lo que existe es un paralelismo que en forma continua se separan y contraponen una forma a la otra, o con una y otra siendo la dominante.
La filosofía griega, parece pues, se inició en un campo mítico-religioso, con áreas de magia y teúrgia, hasta elevarse al zenit del logos. Luego el logos da lugar al éxtasis, la dialéctica y a las prácticas teológicas. El mito ya no es útil para la reflexión crítica para aclarar conceptos, sino que, por lo contrario, los conceptos y las posiciones racionales serán ocasión para efectuar mitos y divagaciones fantásticas.
Así el pensamiento griego frente a la cuestión del origen del mundo tenía raíces tanto en el mito como en la razón. Del mito
surgieron narrativas sobre dioses y héroes, y de la razón y la ciencia, la respuesta racional ofrecida por Tales de Mileto o Pitágoras. Tales afirmaba que el principio de todo era el agua, basando su teoría en la observación de que el agua era el único elemento que podía encon-trarse en los tres estados de la materia: sólido, líquido y gaseoso. Los pitagóricos, más tarde, concluyeron que el conocimiento de las cosas se podía lograr a través de las matemáticas.
Para Platón, el Demiurgo era la inteligencia que actuaba sobre el Caos, ordenándola y dándole forma de acuerdo a un plan.
EL UNIVERSO DEL MUNDO HOMÉRICO
Ahora pasamos a considerar conceptos que no son puramente mitológicos, pero que aunque expresados en el lenguaje y dioses del mito, son el resultado de pensamientos casi racionales. Entre esos conceptos están el Océano y la Noche de Homero, el Caos de la Teogonía de Hesíodo y las cosmogonías órficas. La naturaleza de esos esfuerzos consistía en tratar de explicar el desarrollo del mundo de un principio simple que fuera al mismo tiempo comprensible.
La concepción popular del mundo de Homero puede rastrearse en referencias dispersas del poeta y de ellas podemos deducir que esa concepción fue esencialmente muy ingenua. El cielo es una semiesfera sólida, semejante a un cuenco. Se le llama jalkeon, ouranon, epíteto metálico que se refiere a la solidez y al brillo del cielo. Al mismo tiempo el cielo cubriría a la tierra que era plana y redonda. La parte inferior de la hendidura entre el cielo y la tierra, incluyendo las nubes, contenía neblina (aer); y la parte superior (a veces llamada Ouranos) era éter, un aire que a veces se concebía como ardiente. Debajo, la superficie, la tierra se extiende ampliamente (como el cielo arriba) hacia abajo y fija sus raíces dentro del Tártaro o sobre él. De los textos se puede deducir que la zona del Tártaro era bronceada, es decir, firme e inflexible como el cuenco del cielo. Así habló Zeus:
. . .o cogiéndole, le arrojaré al tenebroso Tártaro, muy lejos, en lo más profundo del báratro debajo de la tierra –sus puertas son de hierro y el umbral de bronce, y su profundidad desde Hades como del cielo a la tierra.
(Homero, Ilíada, XVIII, 607)
Hay que mencionar también que existe cierta vaguedad
en la relación que hay entre Hades, Erebo y Tártaro, aunque
este último era la parte más baja. Hay otras versiones que
afirman que la Tierra se extendía hacia abajo en forma
indefinida. (Kirk, et. al., I, 1, p. 10).
El Océano era un inmenso río que fluía en torno al borde del disco terrestre. (Homero, Ilíada, XVIII, 607). Como río que circunda la tierra era la fuente de todas las cosas; también el Océano era un río que refluía, es decir, rodeaba la superficie de la tierra y volvía sobre su flujo inicial. El mito del sol, que tras cruzar el cielo con sus caballos navega en un cuenco de oro a través de la corriente del Océano en dirección norte, regresando al este antes del alba; presupone esta imagen de río circundante, ya que el sol pasaría por detrás de la tierra dando una vuelta, como hacía el río a la tierra. En Homero (Ilíada, VII, 422) no se menciona ninguna nave, pero se dice: ya el sol hería con sus rayos los campos, subiendo al cielo desde la plácida y pro-funda corriente del Océano . . . El Océano era también la fuente de todas las aguas, tanto las saladas como las dulces. La idea del agua salada concebida como derivada de la dulce, a la cual la tierra confirió la cualidad de salada, tuvo una amplia difusión en Grecia. Es posible que esta concepción homérica del Océano se derivara de civilizaciones orientales (Babilonia, Egipto, Fenicia). También es posible que Tales basara en ese concepto su idea de que la tierra flotaba sobre el agua; y que en Homero el Océano, también la fuente de todas las cosas, no tenga una implicación mayor que la del río Océano como la fuente de todas las aguas dulces y, puesto que el agua es necesaria para la vida, ésta debería haber surgido, directa o indirectamente del Océano, pero nada más.
Homero (Ilíada, XIV, 200) dice:. . . voy (Hera) a los confines de la fértil tierra a ver a Océano, padre de los dioses, y a la madre
de Tetis . . . Y más adelante: . . .fácilmente adormecería a cualquier otro de los sempiternos dioses y a las corrientes del río Océano, del cual son oriundos todos, pero no me acercaré ni adormeceré a Zeus hijo de Cronos, si él no me lo manda . . . Lo mismo es afirmado por Platón, quien agrega: Océano y Tetis fueron hijos de Gea (Tierra) y Ouranos (Cielo) y sus hijos Forcis,Cronos, Rea y de éstos Zeus y Hera (Teeteto, 152; Timeo, 40). De todas maneras hay que señalar que tanto Platón como Aristóteles pensaban que la concepción del Océano de Homero tenía una dimensión cosmológica. Incluso Platón llega a considerar a Homero como un precursor de Heráclito, lo que no puede ser tomado en serio. En definitiva, lo cierto es que no hay pruebas de que en fecha tan temprana existiera una teoría sistemática referente a la prioridad cosmogónica del Océano. Tampoco Hesíodo aporta indicación alguna al respecto. Un río circundando a la tierra, al contrario que otros elementos del mundo natural, no es una imagen basada en nuestra experiencia. El cielo nos parece semiesférico e impenetrable y por lo tanto fue imaginado como hielo o sólido aun por Anaxímenes y Empédocles. La tierra nos parece plana y el horizonte circular, pero nuestra experiencia no sugiere que el horizonte esté rodeado por un río. Quizás ese concepto se originó en las civilizaciones fluviales de Egipto y la Mesopota-mia que dependieron de los ríos para florecer.
En muchos relatos mitológicos la Noche tiene un insólito poder de primacía entre los dioses. Existen textos en donde se nos muestra el gran respeto que Zeus tenía ante ella, algo que por otra parte no tiene ningún paralelo en Homero o Hesíodo. El único lugar en los poemas de Homero donde la Noche es completamente personificada es el siguiente pasaje:
. . . Zeus despertó y se encendió de ira: maltrataba a los dioses en el palacio, me buscaba a mí (Sueño o Hipnos), y me hubiera hecho desaparecer, arrojándome del Éter al Ponto, si la Noche, que rinde a los dioses y a los hombres, no me hubiese salvado; llegueme a ella huyendo, y él se contuvo, aunque irritado, porque temió hacer algo que a
la rápida Noche desagradara . . .
Ello permite suponer que el autor de esos textos debió conocer alguna historia sobre la Noche como figura cosmológica. En todo caso la referencia de ese texto es única y, por ello, muy posible que no sea más que una figura poética (la Noche como dominadora de los dioses) ya que el Sueño doblega incluso a los dioses, por lo que, incluso Zeus, duda en ofenderla. El mismo Aristóteles afirma que hubo poetas y escritores, sobre los dioses, que colocaron en primer término a la Noche o los hicieron derivar de ella. De todos modos es posible que Aristóteles esté refiriéndose más que a Homero o Hesíodo, a las cosmogonías posthesíodicas compiladas en los siglos VI y V (Orfeo, Museo, Epiménides). En estas cosmo-gonías, la Noche (que en Hesíodo habría sido engendrada en una edad temprana, pero que no habría sido la primera) es elevada a una prioridad absoluta. Las citas de estas cosmogonías demuestra que existían narraciones poéticas de los siglos VII y VI que hacían de la Noche (asociada a el Aer o al Tártaro) el origen del mundo. Lo que sabemos es que en Hesíodo, Tártaro y la Noche pertenecen al segundo o tercer estadio de su cosmogonía y parecen participar de las cualidades que se atribuyen al Caos, lo que posiblemente influyó en la preponderancia dada a la Noche por los poetas citados. En este contexto, la referencia al respeto que Zeus sentía ante la Noche, o bien sería una simple exposición del poder del Sueño, o bien la derivación de un mito perdido en el que la Noche tenía alguna relación con Zeus. En Aristóteles leemos que los antiguos poetas están de acuerdo con esto en cuanto dicen que los que fueron primeros en tiempo, por ejemplo, la Noche y Ouranos o Caos u Océanos, no reinan y gobiernan, sino Zeus (Metafísica, XIV, 4, 1091b, 3). Aristóteles aceptaba que había poetas y escritores que ponían a la Noche “primero” que los dioses o que éstos se originaban de ella. Kirk piensa que quizás Aristóteles estaba pensando en los versos órficos de Orfeo, Museo y Epiménides. Eudemo dice que Homero comienza de Océano y Tetis; para Epiménides todas las cosas están compuestas de Aire y Noche, y como Homero, declaró que Océano engendra a los dioses de Tetis. Otras fuentes dicen que todas las cosas se originan de la Noche y Tártaro, y algunos de
Hades y Éter; Acusilao dice que Caos fue lo primero; en cuanto a los versos atribuidos a Museo se dice que Tártaro y la Noche fueron lo primero (Kirk, I, 3, 15, pp. 17-18).
LA TEOGONÍA DE HESÍODO
La literatura griega tuvo varios textos de cosmogonía; sin em-bargo, la mayoría se conservan bastante mal. Entre ellos tenemos la teogonía de Hesíodo, la teogonía de Eudemo, la de Jerónimo y Helánico, la cosmogonía de las Rapsodias y la recogida en el Papiro de Derveni; las cuatro últimas son conocidas como Teogonías Órficas, ya que se atribuyen a Orfeo. Hay unas características ge-nerales que son comunes a estas cosmogonías griegas.
Primero: que el origen del Mundo es de una materia primitiva, que a veces se organiza por sí misma. Segundo: el concepto de los pares contrarios; esta idea se repite con los filósofos pitagóricos que consideraban que los primeros números procedían de dos elementos opuestos: el par y el impar. Esta concepción permitía considerar un gran número de opuestos: el bien y el mal, frío y calor, día y noche. . . Otra característica de las cosmogonías griegas es que la ordenación del Mundo no se produce instantáneamente, sino que tiene lugar por etapas intermedias en las que aparecen criaturas monstruosas y míticas hasta que el desorden es definitivamente desplazado y desaparece.
De todas las narraciones cosmogónicas griegas, la Teogonía de Hesíodo es la obra más antigua y mejor conocida de todas. Escrita entre el siglo VIII y el VII a. C., es la fuente más rica de la mitología griega. Hesíodo, que con seguridad es posterior a Homero, vivió alrededor del siglo VIII a. C. y ya entre los griegos tuvo fama de ser él quien ordenó los mitos religiosos, organizando la genealogía de los dioses. Algunos autores reconocen cuatro etapas en la Teogonía: en la primera etapa, parte de la existencia del Caos, y después Gea, Eros, Urano y la primera generación divina; en la segunda etapa, se describe la castración de Urano por su hijo Cronos; en la tercera, Zeus logra no ser devorado por Cronos, su
padre y toma el poder; y en la última etapa, se narra la batalla de Zeus y los dioses contra los titanes hijos de Gea y Urano. El autor describe el origen del Mundo como parte de la teogonía, siendo la formación del Mundo un tema secundario, porque, en efecto, a Hesíodo le interesa la estirpe de los inmortales, como lo indica en su poema.
Hesíodo comienza su obra con una invocación a las Musas, quienes le inspiraron su poema y le instruyeron en su faena. Hesíodo describe su experiencia como un encuentro místico con los dioses. Podemos deducir que esta descripción está entre lo que puede ser un medio literario y una experiencia religiosa, en la que un dios se aparece a un ser mortal (campesino, pastor. . .) y le transmite sus conocimientos. El poema principia así:
Ellas, que un día a Hesíodo le enseñaron un hermoso canto, mientras apacentaba sus ovejas al pie del divino Helicón. Tal mensaje, lo primero de todo, me dirigieron las diosas,
las Musas olímpicas, hijas de Zeus, portador de la égida: 25 “Rústicos pastores, triste oprobio, vientres tan sólo.
Sabemos decir muchas mentiras con apariencia de verdades mas sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad”.
Las Musas han iniciado a Hesíodo en su tarea y lo han provisto para ello y, a continuación, el poeta explica su misión: elaborar la sagrada estirpe de los dioses. En el verso 105, Hesíodo indica de qué trata su poema, para luego iniciar su genealogía divina:
Salve, hijas de Zeus, concededme vuestro canto fascinante, celebrad la sagrada estirpe de los inmortales, 105 que por siempre existen,
los que nacieron de Tierra y de Cielo estrellado, los que nacieron de la tenebrosa Noche y a los que nutrió el salobre Ponto,
decid también cómo nacieron al principio los dioses, los ríos y el Ponto ilimitado, de impetuosa corriente,
los astros resplandecientes y el ancho cielo, arriba, 110 y sus descendientes, los dioses dadores de bienes,
cómo se repartieron la riqueza, cómo se dividieron los bienes y cómo habitaron al principio el muy abrupto Olimpo. Inspiradme eso, Musas, que habitáis Olímpicos palacios desde el principio y decidme lo que hubo antes de aquéllos. 115
Pues bien, lo primerísimo que nació fue Caos; pero enseguida
Tierra de ancho pecho, sede por siempre segura de todos los inmortales que ocupan las cimas del nevado Olimpo y el nebuloso Tártaro en abismo de la tierra de vastos caminos y Eros, el más hermoso entre los dioses inmortales. . .
Hesíodo prosigue así:
De Caos nacieron Erebo y la negra Noche y de la Noche, a su vez, Éter y Día nacieron, a los cuales engendró habiéndose unido en amorosa coyunda con Erebo.
Como vemos en el poema, lo primerísimo que nació fue Caos. Pero este término es bastante confuso ya que Hesíodo dice que nació, por lo que debió existir algo antes que el poeta no menciona. En cuanto al término Caos, los propios autores clásicos dieron diferentes interpretaciones del mismo, por lo que deducimos que no tenían una definición clara. Para Aristóteles el Caos era un lugar o sitio, cuya existencia era necesaria, diciendo:
(Hesíodo) dice: De todas las cosas lo primerísimo que nació fue Caos, porque es necesario que exista primero un lugar para las cosas que existen.
(Física, IV, I, 208b, 30)
Incluso hay autores como Aristófanes y Eurípides que ven al Caos como un espacio, un hueco entre el cielo y la tierra. Así, Aris-tófanes señaló en Las Aves (190-193):
De este modo, cuando los hombres hagan sacrificio a los dioses, como éstos no os paguen tributo, tú a la vez, no dejaréis pasar el olor a muslos asados, a través del Caos a una ciudad que no es suya. Y en Eurípides, Cadmo (448):
a esta sede divina
en medio del cielo y de la tierra algunos la llaman Caos.
Después de Caos, apareció la Tierra. Estos dos elementos engendran a otros. Caos engendró a Erebo (espacio situado debajo de la tierra) y la Noche, mientras que la tierra engendró a Ouranos (el Cielo). Después apareció Eros, que ya no es materia sino un dios, cuya aparición es necesaria para que las divinidades anteriores puedan practicar el sexo para engendrar al resto de las divinidades. De la unión de la Noche con Erebo surgieron Éter y Día. El Día y la Noche compartirían el espacio ubicado sobre la Tierra, mientras que el Éter se colocó por encima de ellos, en la parte más elevada y luminosa.
La tierra engendró los montes y el mar, sin unión sexual, pero fue fecundada por el Cielo; de esa unión surgió la segunda genera-ción de dioses, los seis Titanes: Océano, el mayor de todos, Ceo, Críos, Hiperión, Japeto, y, por último, Cronos, el Tiempo, y sus seis hermanas, Tea, Rea, Temis, Mnemosine, Febe y Tetis. Esos ti-tanes representan las fuerzas de la naturaleza y podemos apreciar cómo existen dos tipos de nacimiento: el nacimiento por generación espontánea y por fecundación sexual. Urano no dejaba nacer a su progenie ya que mantenía relaciones sexuales incesantes, y los re-tenía en el vientre de Gea, provocando malestar a la diosa. La Tierra también dio vida a los Cíclopes: Brontes, Estérope y Arges, y finalmente, de las relaciones entre el Urano y la Tierra, aparecieron Cotto, Briareo y Gíes, de aspecto monstruoso.
Gea, con sus hijos en el vientre, se sentía angustiada y elaboró un plan. Produjo un arma nueva y se la ofreció a sus hijos, indicándoles que su venganza era respuesta lógica a las maldades de su padre (verso 166):
. . . porque primero había maquinado él acciones indignas Pero solamente Cronos, de mente retorcida, se atrevió a seguir los consejos de su madre y con una hoz, castró a Urano. De la sangre caída sobre la tierra nacieron las Erinias, los Gigantes y las ninfas de los bosques. De sus partes viriles caídas arrojadas al mar por Cronos nació Afrodita.Así Cronos derrotó a Urano y Cronos se instaló en el trono de su padre y se convirtió en soberano de los dioses. También así fue como se separaron el Cielo y la Tierra.
Cro-nos se unió entonces a Rea y tuvo con ella cinco hijos: Hestia, Démeter, Hera, Hades y Poseidón, la siguiente generación de dioses. Hesíodo relata (verso 459 y siguientes) cómo Cronos, para no ser derrotado y desposeído por ninguno de sus hijos, se los devoraba a medida que iban naciendo.
. . . y los iba devorando el gran Cronos, a fin de que ningún otro . . . de los ilustres Uránidas
ostentara entre los inmortales la regia dignidad. Y es que se había enterado, por boca de Tierra y del Cielo estrellado,
que su destino era verse sometido por un hijo suyo.
Pero las precauciones tomadas por Cronos fueron inútiles porque Rea le engañó. Así, tras parir a Zeus, Rea lo escondió en una gruta y, en vez de entregar a Cronos el bebé, le entregó una roca envuelta en pañales que éste devoró sin darse cuenta del engaño. Cuando Zeus creció obligó a Cronos a vomitar a sus hermanos que estaban en el vientre de su padre. Zeus rescató de esa manera a sus hermanos que en agradecimiento le ofrecieron el trueno y el rayo, símbolos de poder. Pero el conflicto no había terminado, porque Cronos arrojó contra Zeus a los Titanes. Se inició una larga guerra entre estas dos generaciones de dioses hasta que finalmente los dioses encabezados por Zeus lanzaron a los Titanes al Tártaro. La victoria de Zeus y los dioses olímpicos sobre los Titanes, que representaban la fuerza bruta y la violencia, es el triunfo del espíritu y de la justicia y marca el inicio de un nuevo orden en el Universo. Hesíodo narra cómo todos los dioses en consenso insistieron en que Zeus fuera rey y soberano (versos 883 al 885):
E instaron entonces, por supuesto, a que fuera rey y soberano
por discretos consejos de Tierra –al Olímpico Zeus longitonante,
entre los inmortales. Y él distribuyó bien las dignidades. 885 Pero Zeus tuvo que afrontar una batalla más para conservar este nuevo orden: el enfrentamiento con Tifón, el hijo de Gea y Tártaro.
Finalmente, Zeus, dios legítimo y justo, adoptó su propia estrategia para no ser destronado por ningún hijo suyo. Siguiendo los consejos de Urano y Tierra, Zeus aseguró su reinado comién-dose, ya no a sus hijos, sino a su propia esposa, Metis, previniendo así cualquier intento sucesorio de su descendencia (versos 891 y siguientes). De esa manera se aseguró el gobierno sobre todo el cosmos, repartiendo entre las divinidades el dominio de algunos espacios: Hades dominaría el inframundo, Poseidón los Océanos y el Cielo sería gobernado por él. El Olimpo y la Tierra quedaron como espacio para los dioses olímpicos.
En la Teogonía de Hesíodo, ésta es la forma en que es establecido el orden del Mundo. Las luchas entre distintas generaciones de dioses que intentan destruir el orden establecido y lograr el dominio del Cosmos termina con la llegada de Zeus, el dios justo que reinará desde entonces. Estas luchas nos recuerdan a las que tuvieron lugar entre los dioses de otros mitos cosmogónicos del Oriente Próximo, el hitita (luchas de Kumarbi y Anu) y el babilonio del Enuma Elis (entre Marduk y Tia mat). El mismo tema cosmogónico se puede observar en la descripción de la relación entre Hera y Zeus por Homero, que nos recuerda la unión entre Urano y la Tierra (Ilíada, XIV, 324-351). En ese texto se alude a un espacio ideal, un paraíso, pero en realidad es el momento en el que Hera intenta engañar a Zeus, aprovechando su sueño, para ayudar a los troyanos. Puede ser que Hesíodo haya conocido los poemas orales de Homero, lo cierto es que la Teogonía es la base de la mitología griega y sirve de enlace entre los mitos orientales y los griegos.
LAS TEOGONÍAS ÓRFICAS
La teogonía de Eudemo, la teogonía de Jerónimo y Helánico, la cosmogonía de las Rapsodias y la teogonía del Papiro de Derveni, se agrupan en un conjunto y son conocidas como las Teogonías Órficas, así llamadas porque eran atribuidas a Orfeo. Damacio, autor neoplatónico que vivió entre el 480 y el 544 d. C., en su obra principal Problemas y Soluciones sobre los Primeros Principios, con excepción del Papiro de Derveni, se refiere a las teogonías
mencionadas. Orfeo fue conocido como un excelente cantor y se le atribuyen varias obras para garantizar su validez y antigüedad. El orfismo puede definirse como un movimiento religioso místico que contenía ideas de otros movimientos como el pitagorismo con el que compartía la transmigración de las almas; el dionisismo, del que adopta el éxtasis o el culto a Eleusis, con el que comparte los misterios. En las cosmogonías órficas podemos distinguir entre las Cosmogonías de la Noche y las Cosmogonías del Huevo. Las de la Noche son: las de Eudemo y la del Papiro de Derveni, y las del Huevo, la de Jerónimo y Helánico y la de Aristófanes. La de las Rapsodias contiene elementos de ambos tipos.
Eudemo fue un alumno de Aristóteles que vivió en el siglo IV a. C. Este autor es colocado dentro de la corriente del orfismo y, como tal, presenta una narrativa que atribuye a Orfeo. En esta obra nos dice que lo primero fue la Noche de la cual surgieron el Cielo y la Tierra. De éstos aparecieron la pareja Océano y Tetis, y así hasta que se llega a la sexta generación de dioses. Que se detiene en la sexta generación lo sabemos también de Platón en su diálogo Filebo (66): A la sexta generación, dice Orfeo, cesad el orden del canto, pero corremos riesgo de que nuestro discurso quede detenido en el sexto juicio.
Eudemo también relata cómo Cronos castró al Cielo, tomando poder, de la misma manera en que más tarde, Zeus, derrocaría a Cronos y reinaría en el Cosmos. La teogonía que conoció Eudemo parece ser la misma que conoció Aristóteles, quien habla sobre poetas que consideraron como padre de los dioses a Océano y Tetis. También Platón dice en el Timeo (40) que la primera pareja fue Océano y Tetis, quienes fueron los hijos de la Tierra y el Cielo, y que de éstos nacieron Forcis, Cronos y Rea, y todos los llamados descendientes de éstos. También Platón en su diálogo Cratilo (402), dice:
Sócrates . . . y compara el verso en que Homero y, como yo creo, Hesíodo dice: Océano, origen de los dioses, y madre
En 1962, en Derveni, a unos diez kilómetros de Salónica, se descubrió, junto a una tumba, un papiro. El papiro se encontró entre los restos de una pira funeraria, deteriorada e incompleta. El papiro presenta un texto de veintiséis columnas, cada una con catorce líneas. Se trata de un comentario realizado por un autor anónimo, del siglo IV a. C., influido por los presocráticos. La obra era una crítica de una teogonía del siglo VI, de la cual sólo se disponen los segmentos citados por el autor. Éste dice al principio:
Urano hijo de la Noche, que fue el primer rey . . . que nacieron de Zeus, el monarca más poderoso. Así que dice (Orfeo) que este Cronos nace del Sol y de la Tierra,
porque tuvieron su origen (los seres) por el chocarse de unos contra otros por causa del sol.
El poema sigue mencionando a diversos dioses, siendo el prin-cipal Zeus. A partir de los fragmentos se puede reconstruir la genealogía en esa teogonía. En primer lugar, Urano fue el primer rey y el hijo de la Noche, por lo tanto la Noche fue lo primero, aunque ella al parecer no tenía una posición de mando. El autor del comentario creía que el Cielo y el Sol eran el mismo dios. El cielo tuvo a su vez otro hijo, Cronos. Cronos castró a su padre y así se ganó el poder. Cronos, padre de Zeus, fue a su vez derrotado por su hijo, quien lo destronó. Zeus concibió a Océano, a los mares y los ríos. Según esta narración, el mundo tiene orden a partir del reino de Zeus, y éste debía unirse con su madre Rea. De esta unión posiblemente surgió Dionisos, pero antes, mediante una eyaculación de Zeus, se formó Afrodita.
Con la teogonía de Jerónimo y Helánico entramos en las cosmogonías del huevo. No se sabe quienes sean Jerónimo y Helánico, ni conservamos su obra completa. Conocemos su teogonía por las referencias de dos autores: Damacio, gracias a quien conocemos la obra de Eudemo y la de las Rapsodias, y Atenágoras. Atenágoras, que vivió entre el 133 y el 190 d. C., fue un autor platónico que se convirtió al cristianismo y cuyas referencias coinciden con las de Damacio. Con estas dos fuentes podemos
reconstruir la teogonía de Jerónimo y Helánico mejor que la de Eudemo. La teogonía del huevo se puede datar en torno al siglo II a. C., siendo un poco anterior a las Rapsodias. En esta teogonía se indica que lo primero fue el agua, de la cual se formó el barro, la tierra. Después apareció el Tiempo y la Necesidad. Ambos se separaron del agua original, el Éter (situado arriba), Caos (en el centro) y Erebo (en la parte inferior). Atenágoras dice también que: Orfeo también afirma un origen primero a partir del agua. La cosmogonía narra que en el centro del espacio se formó un huevo, engendrado por el Tiempo y que al romperse, la cáscara de arriba formó el Cielo y la de abajo la Tierra. En el centro apareció el Primogénito. Tiempo y Primogénito fueron descritos con características similares. El relato sigue refiriendo cómo el Cielo se unió a la Tierra. De esta unión nacieron, como hembras: Cloto, Láquesis y Atropo; y como hombres: los Centímanos y los Cíclopes, Brontes, Estéropes y Arges. También nos cuenta que Cronos castró al Cielo y que devoró a sus hijos hasta que Zeus lo derrotó.
Zeus se unió a su madre, Rea, también conocida como Démeter, con la cual tuvo una hija, Core, también llamada Perséfone, que fue violada por su padre, violación de la cual tuvieron un hijo: Dionisos. Un aspecto interesante de esta Teogonía es la unión de Zeus con su madre y con su hija. También con Hesíodo vivíamos bajo el reino de Zeus, en la teogonía órfica se vive en el mundo de Dionisos. Además se presenta al Tiempo como un ser monstruoso y lo mismo sucede con la hija de Zeus y Rea, Core . . . Finalmente encontramos la teogonía de las Rapsodias colocada por el siglo I a. C. y que se nutre de todas las cosmogonías anteriores. Ésta, bajo título de Rapso-dias de Orfeo, existió y la consultó Damacio en el siglo V d. C.
En este relato parecido al de Hesíodo se dice que la Noche no nació sino que era el estado primitivo del mundo. Dentro de esa noche primigenia se formaron el Tiempo (Cronos) y luego Caos y Éter, de los que más tarde surgieron el Cielo y la Tierra. El Tiempo creó en este medio un huevo cósmico. De ese huevo original surgió el primero de los dioses: Eros, conocido también como Phanes.
Este dios primigenio fue el creador del resto de los dioses y del mundo. Cronos tuvo un hijo, Zeus, quien derrotó a su padre emborra-chándole con hidromel. Después, Zeus devoró a Phanes y a toda la creación, tras lo cual creó un nuevo mundo, que fue más ordenado. Luego nos relata el nacimiento de Dionisos. Zeus cedió el poder a Dionisos, cuando éste aún era un niño, pero fue muerto por los Titanes. Sin embargo, su corazón todavía palpitante, fue recogido por Atenea y ofrecido a Semele para que lo comiera. Así es como Semele quedó embarazada de Dionisos pero ésta murió quemada por su condición de mortal al unirse a Zeus. Zeus pudo recuperar al feto, que después nació de su muslo (ya antes Atenea había nacido de la cabeza de Zeus). Dionisos fue entregado a una divinidad del campo para que lo protegiese. Finalmente, los Titanes fueron destruidos por Zeus con su rayo y de sus pedazos aparecieron los primeros seres humanos.
En las obras de Aristófanes y Eurípides existen restos de una antigua Teogonía en la que aparece un huevo, quizás la más antigua. Las Aves, de Aristófanes (450-385 a. C.), es una fuente indirecta para conocer estas Teogonías. El autor habla de la aparición de un huevo cósmico y de la posterior formación de Eros dentro del mismo (Aves, 694-696). También existe escasa información de Eurípides (480-406) en su obra Hipsípila. Infortunadamente el fragmento se encuentra en un estado de preservación lamentable, por lo cual solamente se pueden leer palabras sin conexión:
. . . Éter el Primogénito
quiso Eros, cuando Noche (?) . . . crió entonces . . .
Es de notar, que tanto la obra de Aristófanes como la de Eurípides continúan en la tradición de las Teogonías antiguas o las Rapsodias.
ORFEO Y ORFISMO
El mito de Orfeo es uno de los pocos mitos que han conseguido penetrar y perpetuarse en las diferentes áreas de nuestra civilización.
Orfeo ha servido como una fuente de inspiración para los pensadores y artistas de todos los tiempos. Autores como Poliziano, Garcilaso, Góngora, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Goethe, Rilke y Tennessee Williams; pintores como Bellini, Rubens, Tintoretto, Delacroix y Moreau; las famosas óperas de Orfeo, de Monteverdi, y Orfeo y Eurídice, de Glück; la pieza teatral Orfeo en los Infiernos, de Offenbach; el cine con películas como las de Cocteau o Marcel Camus, y otros más. También son importantes las influencias que el mito de Orfeo tuvo en la formación de otras religiones como del cristianismo primitivo, influjo evidenciado, entre otros, en repre-sentaciones de la iconografía cristiana que sugieren parecidos en-tre Orfeo y Jesucristo o las conexiones de Orfeo con otras doctrinas y ritos como los dionisíacos y los misterios de Eleusis. La figura de Orfeo y el orfismo tuvieron influencia en el cambio radical del pensamiento y filosofía griega, principalmente con la introducción del concepto de la inmortalidad del alma y su incorporación en el pensamiento occidental, con modificaciones por Pitágoras y Platón. Es interesante que el primer testimonio escrito que se conserva consiste en un fragmento de Íbico, un poeta lírico del siglo VI a. C., que traducido del griego simplemente dice: Orfeo de nombre famoso.
Muchos movimientos sectarios, de aspectos rituales, religiosos, mágicos o filosóficos, se justificaron bajo el nombre de Orfeo sin comprender el dogma o doctrina de Orfeo. Esa transición del mito de Orfeo al orfismo como movimiento doctrinal adquiere los elementos de un paso del Mito al Logos. Ese mito terminó por desarrollar un movimiento religioso, el orfismo, que elaborado en la filosofía de Platón, vino a ver al hombre y al mundo de una manera que superaba definitivamente el pensamiento arcaico griego. Los rasgos más característicos del mito de Orfeo se encuentran en la descripción que hizo Virgilio al final de la Geórgica IV, la primera versión de la historia que ha llegado completa hasta nosotros. Antes de Virgilio lo único que se posee son indicios y fragmentos. Cuenta Virgilio que Orfeo era un cantor y músico tracio de poderes extraordinarios, pues con los tonos de su voz y la armonía de su
música lograba que las fieras lo siguiesen, que los árboles, e incluso las rocas, se inclinasen y moviesen a su paso y que las gentes se calmasen al oírlo. Precisamente por eso su participación, junto con los otros héroes de gran fama, en el viaje de los Argonautas, tenía el objeto de utilizar los poderes de su capacidad musical para marcar la cadencia de los remeros y apaciguar las tempestades marinas con sus cantos (Eurípides, Hipsípila fr. I, 3, 8-14). Tan grande era la fuerza de su música que cuando la nave Argos pasó delante de las sirenas que intentaban seducir a los marineros de la nave, Orfeo utilizó un recurso diferente al de Ulises, cantando aún mejor que ellas consiguió que los marineros se estuvieran en sus bancos.
Orfeo estaba profundamente enamorado de su mujer, Eurídice. Sin embargo el destino deparó que Aristeo persiguiera a Eurídice para violarla. Cuando ella huía una serpiente venenosa la mordió y Eurídice murió. Orfeo quedó desconsolado y, lleno de tristeza, dejó de cantar sumiendo a la naturaleza que le rodeaba en una pro-funda melancolía. Por fin, recordando con pena la ausencia de su mujer, decidió ir a la puerta de Hades donde consiguió, con su música, que hasta la más inflexible de las diosas, la diosa del Hades (Hécate o Perséfone) se compadeciera de él hasta permitir hacer lo que estaba prohibido a todos los demás mortales: descender al Hades para rescatar a su mujer. Únicamente se le impuso una estricta condición, que cuando la encontrase y retornase con ella al mundo terrenal, Eurídice debía seguirle y Orfeo, bajo ninguna circunstancia, podría volverse hacia atrás para comprobar si ella le seguía. Si él no cumplía con esta orden, la perdería definitivamente. Orfeo aceptó el desafío y caminando por el Hades consiguió paralizar con sus cantos toda la vida y movimiento del antro infernal (la rueda de Ixión y la piedra de Sísifo dejaron de rodar y las Dainades abandonaron su trabajo de llenar de agua las jarras agujereadas), hasta que por fin encontró a Eurídice. Ella, así como había sido ordenado, siguió sumisamente sus pasos a lo largo del camino de retorno hacia la luz del sol. No obstante, cuando ya estaba pasando el umbral de la salida del Hades, Orfeo no pudo contener su humana curiosidad y se volteó hacia atrás para ver si ella le seguía, aunque
sólo a intuir cómo una sombra espectral se desvanecía hacia las profundidades del abismo infernal. Orfeo, ahora más desconsolado que antes, intentó volver a buscarla, pero la ley establecida por Perséfone le impedía retornar al Hades. Inconsolable, no le quedaba más alternativa que vagar solitario, consumido por la aflicción de haber perdido a su mujer dos veces consecutivas. Sobre lo que sucedió después hay varias versiones, aunque todas, más o menos, dicen lo mismo.
Orfeo regresó a Tracia y allí tuvo muchos problemas con las mujeres que lo acosaban y pretendían. Añorando a su mujer, se negaba a mantener ningún tipo de relación con ninguna otra mujer, por lo cual las mujeres tracias se sintieron insultadas. Otros testimonios dicen que se rodeaba de hombres, lo que le valió fama de haber instituido la homosexualidad o, incluso, de que se rela-cionaba con niños, lo que le ganó fama, que es dudosa, de haber establecido la pederastia. En todo caso, Orfeo terminó su vida descuartizado por las mujeres tracias que sentían una pasión irre-sistible por él. De todas las hazañas y aventuras del mito existe, sin duda, una que es excepcional e inolvidable: la bajada al Hades. Muy pocos héroes se atreven a una empresa de tanto riesgo: Ulises, para consultar el alma de Tiresias; Hércules, para buscar y secuestrar al Cerbero por orden de Euristeo, y Teseo, quien junto con su compañero, Piritoo, visitó el Hades para secuestrar a la misma diosa Perséfone, acción que frustró a Hades, su marido.
En la aventura de Orfeo se oculta el origen de la creencia en la existencia de un mundo del más allá relacionada a la inmortalidad del alma y, más tarde, a los ciclos de reencarnaciones. Su viaje de entrada y salida del Hades simbolizaba el ciclo de vida-muerte-vida al que, según la creencia órfica, estaba sometida el alma. A pesar del renombre de su acción, ésa fue interpretada de otra manera por Platón (Banquete, 179), diciendo que Orfeo, en realidad, había actuado como un cobarde:
En cambio a Orfeo, el hijo de Eagro, lo despidieron del Hades sin conseguir nada, después que le hubiesen mostrado el fantasma de su mujer, a quien él había ido a
buscar. No se la entregaron porque lo consideraban un cobarde y, como citarista que era, no se atrevió a morir por amor como Alcestis, sino que se las ingenió para entrar vivo en el Hades.
De manera casi imperceptible y por extensión del poder de su música, el logos de Orfeo fue considerado como un poder persuasivo, que seducía. Parte de la leyenda del orfismo se fundamenta en la consideración de la palabra (logos) entendida como encantamientos que poseían el poder mágico de lograr que los objetos se desplazaran. Algunos comentarios literarios aluden con nostalgia al viaje de Orfeo al Hades. Este es el caso de Admeto, que quisiera tener el poder de Orfeo para emularle y sacar del Hades a su mujer, Alcestis, que había consentido en morir en su lugar (Eurípides, Alcestis, 357-362). El convencimiento de que Orfeo poseía poderes sobrenaturales provocó que un buen número de magos, brujos y adivinos presumiesen de conocer y tener los mismos poderes que Orfeo. Así, sostenían que los dioses les obedecían y que por ello podían curar tanto las injusticias cometidas como con el uso de encantamientos y nudos mágicos, perjudicar a los enemigos de quienes solicitasen sus servicios. El poder mágico de la palabra actuó también como un factor catártico, purificador y sanador de las faltas cometidas y las enfermedades. Las enfermedades se creía eran el resultado de castigos divinos, ejecutados por daimones o podían ser consecuencia de una mancha, miasma, producida por una falta personal o heredada de los antepasados y que se debía purificar para que la transmisión se descontinuara.
Platón afirma en uno de sus diálogos (Cratilo, 400) que según los órficos, el alma se encuentra sepultada en el cuerpo humano para que expíe las faltas cometidas. La noción de la inmortalidad del alma, que fue también aceptada por Pitágoras (la expresión órfico-pitagórico intenta expresar las relaciones entre ambas doctrinas) y adoptada por Platón en su filosofía, tuvo consecuencias directas en el nuevo concepto de premios y castigos con los que vino a ser asociada. De este modo se relacionó por vez primera el alma con nociones morales.
Los órficos, para conseguir mantener el alma purificada y poder evadirse del ciclo de las reencarnaciones, propugnaron una vida ascética con una dieta que, como sugiere Eurípides (Hipólito, 952-954), evitaba consumir seres animados. Herodoto (II, 81) nos informa que quienes participaban de los ritos órficos no podían entrar a los templos ni ser enterrados con vestidos de lana. El verdadero iniciado órfico se caracterizaba, entonces, por saber reconocer en las palabras y los mitos relacionados con Orfeo, el poder fascinador de su maestro y los misterios a los que sólo él tuvo acceso.
II
TALES DE MILETO
Tales de Mileto es el primer filósofo presocrático de la naturaleza. Según Herodoto, su padre fue Examio y su madre Cleobulina, de la familia de los Télidas de Fenicia, nobles descendientes de Cadmo y Agenor (Diógenes Laercio, I, 22). También dice que Tales era de Mileto, a donde llegó en companía de Neleo, quien había sido expulsado de Fenicia. Se supone que su pináculo tuvo lugar por el año 585 a. C., de lo que se puede deducir que haya nacido en 624 o 631. Apolodoro en sus Crónicas dice que Tales nació en el año 640 y Diógenes Laercio sitúa su muerte en 548 ó 545, a los setenta y ocho años de edad. A Tales no se le conoce ningún maestro, en contraste con los otros filósofos presocráticos. Visitó Creta, Egipto y posiblemente también Caldea, donde quizás aprendió alguna geometría y astrología. Tales, junto con Ferécides de Siro y Pitágoras, se cree fueron discípulos de los egipcios y caldeos. Tales fue reconocido como político, ingeniero, astrónomo, matemático, sabio y hombre de negocios.
Diógenes Laercio dice que Creso había enviado embajadores a Mileto a solicitar ayuda en la lucha contra Ciro II, el Grande, idea a la que se opuso Tales, salvando así a Mileto después de la destrucción de Lidia en 546 a. C., con la victoria persa. Como orga-nizador político antes de la ruina de Jonia, aconsejó formar una federación de sus ciudades, con una junta suprema situada en Teos, para defenderse de los lidios (Herodoto, Historia, I, 170).
Se dice también que bajo la dirección de Tales se construyeron los diques y zanjas que dividieron el curso del río Halis, para que las tropas de Creso pudieran cruzarlo con más facilidad (Herodoto,
idem, 75). Como Sócrates, Pitágoras, Jesucristo y otros, Tales no escribió nada. Lo poco que sabemos de sus ideas es a través de Aristóteles quien también preservó las filosofías de Anaximandro y Anaxímenes. Así es que nuestro conocimiento carece de certeza y nos llega de fragmentos preservados por autores de intereses y opiniones filosóficas diferentes a las de los milesios.
Según algunos no dejó ningún escrito, pues la Astrología Náutica, que se le atribuye, se dice es de Foco de Samos. Calímaco lo reconoce como el descubridor de la constelación Osa Menor, pero según otros escribió sólo dos obras: Sobre el Solsticio y Sobre el Equinoccio. Tales comparó la magnitud del sol con la luna, concluyendo que ésta era setecientas veces más pequeña que el sol y fue el primero en descubrir el curso del sol de un trópico al otro (Diógenes Laercio, I, 23-24). También se dice que Tales mientras observaba a los astros . . . y miraba hacia arriba se cayó en un pozo, y que una graciosa criada tracia se burló de cómo él, que “deseaba conocer las cosas del cielo no advirtiera las que estaban detrás de él y delante de sus pies” (Platón, Teeteto, 174). Se dice también que Tales erróneamente atribuyó las inundaciones periódicas del Nilo a los vientos etesios que soplaban contra la corriente del río y por la hinchazón del mar que se mueve en sentido contrario (Herodoto, Historia, II, 20). Tales descubrió cómo reconocer la medida de su altura (de las pirámides) midiendo la sombra a la hora en que solía ser igual al cuerpo (Plinio, Historia Natural, XXXVI, 82). Habiendo colocado un bastón, el límite de la sombra que produce la pirámide y formados dos triángulos por la acción de los rayos del sol, mostró que la razón que tenía esta sombra en relación con la otra es la que existe entre el bastón y la pirámide. Seguramente su conocimiento del ciclo babilónico de Saros (18 años, 10 días y 9 horas) y el eclipse del 18 de mayo de 603 a. C., le permitió predecir el eclipse que aconteció el 28 de mayo de 585 (almanaque juliano), que detuvo la batalla entre Aliates de Lidia y Cyaxares de Media (Herodoto, Ibídem, I, 74; Diógenes Laercio, I, 23). Se representó el cielo como una bóveda líquida unida al océano y en el cual los barcos celestes continuaban su travesía por encima de la atmósfera, la que a su vez estaba
aprisionada como una burbuja de aire en medio de una masa líquida, por arriba de la tierra plana que flotaba sobre el agua (Gomperz, I, p. 47). No debemos olvidar que el Océano de Homero era única-mente la fuente de las aguas dulces y saladas, pero no existe ninguna evidencia que nos permita concluir su origen cosmológico. Por su parte, el Caos de Hesíodo únicamente separa el cielo y la tierra. Esto no era más que una pura mitología.
Se dice que Tales, molesto por las burlas, como consecuencia de que al ser tan sabio era raro que no fuera rico, se dedicó tranquila-mente a comprar las prensas de aceite en Mileto y Quíos, y a adquirir tierras el mismo año en el que de acuerdo con sus conocimientos de astronomía, le aseguraban un buen tiempo para la cosecha de la aceituna. Con su monopolio de precios para el alquiler de las prensas, se hizo bastante rico en un año. Entonces, después de haber demostrado que era fácil para los filósofos enriquecerse, abandonó los negocios volviendo al mundo del estudio (Aristóteles, Política, I, 11, 1259a, 1-35) .
En geometría, Tales recibe crédito por el descubrimiento de cinco teoremas con los que estaría realizando la idea de razón en sentido estricto:
1. Cualquier diámetro divide en dos partes iguales a una circun-ferencia.
2. Los ángulos de la base de todo triángulo isósceles son iguales (aunque él llamó semejantes a los ángulos iguales).
3. Si varias paralelas cortan a dos transversales, determinan sobre ellas segmentos proporcionales y, los ángulos opuestos por el vértice son iguales. Este teorema, aunque de dudosa atribución a Tales, lleva su nombre en los tratados elementales de geometría, aparece demostrado por primera vez en el libro VI de los Elementa, de Euclides.
4. Dada una circunferencia y un punto cualquiera en ella, si unimos éste punto con los puntos en los dos extremos de la circunferencia, el ángulo formado es de 90º.
5. Un triángulo es determinado si se dan su base y los ángulos relativos a esa base.
Los teoremas 1, 2, 3, 4 y 5, fueron atribuidos a Tales por Eudemo y el 4 por Diógenes Laercio (Guthrie, I, p. 53). Tales convirtió el estudio de la geometría (que tomó de los egipcios) y la transformó en un método abstracto. Parece que fue el primero en probar las expresiones matemáticas mediante series regulares de argumentos, ordenando lo que se sabía y poco a poco llegar a la prueba y conse-cuencia deseada. Así, Tales inventó la matemática deductiva que fue sistematizada por Euclides dos siglos y medio más tarde.
Según Aristóteles, la mayoría de los presocráticos creyeron que los únicos principios de todas las cosas son de especie material, pues aquello a partir de lo cual se generan y el término en que se corrompen, permaneciendo la sustancia pero cambiando en los accidentes, dicen que es el elemento y principio de las cosas que existen; por esto creen que nada se genera ni se corrompe, pues tal naturaleza se conserva siempre. . . pues ha de existir alguna naturaleza, ya sea única o múltiple, de la cual se generan las demás cosas, conservándose ella. En cuanto al número y la especie de tal principio, no todos dicen lo mismo, sino que Tales, iniciador de tal filosofía, dice que es el agua (Aristóteles, Metafísica, I, 3, 983b, 6-30). Para Tales, el agua como el arkhé (pron. : arjé) es un principio común a todas las cosas, origen y fundamento de lo real, a la vez fuente de donde todo surge, y término final hacia donde todo se dirige o vuelve. Eso quiere decir que cuando las cosas cambian y perecen, no todo desaparece, sino que continúa permaneciendo como la esencia de las mismas, como agua. Según la interpretación de Aristóteles al observar la naturaleza, Tales debió haber observado la importancia del agua y la humedad para el mantenimiento de la vida de todos los seres. La semilla necesita de la humedad para desarrollar tanto como la necesitan las larvas. Los líquidos (sangre, linfa) son básicos para los organismos vivientes, y en general, el agua es el elemento sine qua non de la vida. Tales decía que el agua rodea por todas partes a la tierra y que ésta flota en un océano
infinito de donde obtiene su vida. Las nubes recogen el agua del mar y con las lluvias el agua circula por la tierra regando y fecundando todo. Hay quienes creen que la teoría de Tales fue influenciada por la mitología del Océano Celeste: Océano era hijo de Gea y Urano, esposo de Tetis, padre de las Oceánidas y de los Ríos. Pero los que tratan de explicar las razones de su teoría, entre ellos Aristóteles, únicamente hacen conjeturas porque Tales no dejó ningún escrito y los escritos mencionados por otros autores son probablemente apócrifos.
A pesar de tales dificultades, debemos de tomar en cuenta otra posible influencia en Tales: la fluidez de los cuerpos, y en general, de todo estado líquido, que muestra cierta inestabilidad, como un algo indeterminado que es característico de todo lo que es primigenio. El agua no tiene forma, tiene una forma inestable que le permite pasar de una forma o estado a otra, y así sucesivamente. De la humedad sale todo y a ella vuelve todo, afirmando que no había diferencia entre la vida y la muerte (Diógenes Laercio, I, 35). Se suponía que la desecación o petrificación que daba la idea de destrucción y muerte eran como un retorno a un estado inferior, al de materia inorgánica; y en sentido opuesto, la licuación y el movimiento sugieren la renovación, el ascenso de la vida, o sea, un estado superior u orgánico. Tales, quien renunció a la mito-logía y habla del agua como principio, señalando que no sólo todo procede del agua sino que dicho principio continúa existiendo a pesar de los cambios, es decir, que existe una causa primera. Tales, fundador de esta filosofía natural, encuentra, por lo tanto, el origen de las cosas en una materia visible (causa material). Pero el concepto de materia que tenía Tales no coincide con la idea que nosotros tenemos de la misma (algo inanimado). Para Tales incluso los seres aparentemente inanimados tenían realmente vida. En este contexto es en donde debería situarse su afirmación de que, todas las cosas están llenas de dioses. ¿Qué quiere decir esto? Es posible que Tales llegara a estas conclusiones a través de la observación empírica llevada a cabo con la piedra magnética (imanes) y el ámbar. Ello lo llevaría a deducir que incluso las cosas, aparentemente inanimadas, parecían tener vida. También sería posible que dado que la
naturaleza puede cambiar y transformarse, aún no siendo algo humano, es posible que en ella resida la vida, es decir, la naturaleza es realmente un ser vivo que tiene alma. En este sentido la materia tendría vida (hilozoísmo) y por ello Tales pensaba que las cosas estaban llenas de dioses, porque creía que tales cosas estaban penetradas de vida, es decir, tenían alma. Por ello su punto de vista implicaba que la esfera del alma o vida era mucho mayor de lo que parecía y, dado que experimentaba cambios y transformaciones, lo lógico era postular que ésta era la única causa (material) que explicaba los cambios dentro de la naturaleza.
Newton, un alquimista consumado, declaró en su De Natura Acidorum, la opinión de que todas las cosas y sustancias podían ser reducidas al agua. Más tarde el hidrógeno, uno de los elementos del agua, vino a ser considerado como el elemento primigenio, en gran parte porque se encuentra en los elementos más livianos. Esta teoría no fue abandonada sino hasta el siglo XX. Está claro que el agua no puede ser el principio material del universo porque no cumple con el criterio de universalidad, ya que hay cosas que bajo un escrutinio ordinario muestran ser incompatibles e irreducibles al agua. El fuego, por ejemplo, es apagado por el agua. Así, la pri-mera respuesta a la cuestión del primigenio, como otras respuestas, no puede mantenerse cuando se somete a un examen estricto. Tales, con su pensamiento, inició el concepto de la filosofía como una reflexión general acerca del universo y como una explicación causal de los fenómenos de la naturaleza. Ésta es la filosofía naturalista de los milesios que más tarde dio lugar al materialismo o positivismo. Sócrates, posteriormente, presenta el concepto de la filosofía como la ciencia general del espíritu. Plotino (204-270), fundador del neoplatonismo, busca la última razón del saber y de la realidad por medio de una comunión mística con el Ser Absoluto. Estas tres perspectivas filosóficas, en formas más o menos puras, nos han llegado hasta hoy día a través de los más importantes períodos de la filosofía. Los conceptos de materia-causa, movimiento-vida, causa motriz y alma, carecen de suficiente claridad y por ello los encontramos incluidos en un concepto monista del universo. Para Tales, la esencia universal de todo lo
que existe era la materia; y la mutación o cambio, se refiere solamente a las diversas partes o modos de ser del primigenio.
Diógenes Laercio nos da, como de Tales, los siguientes aforismos: De todas las cosas, la más antigua es Dios, porque no es creado; Lo más bello es el universo, por ser trabajo de Dios; Lo más grande es el espacio, porque lo contiene a todo; Lo más rápido es la mente, porque avanza por todas partes; Lo más fuerte es la necesidad, porque lo domina todo; Lo más sabio es el tiempo, porque lo descubre todo. Le preguntaron a Tales si los dioses veían todas las injusticias de los hombres y él respondió: Y aún hasta sus pensamientos. También decía: La cosa más difícil es conocerse a sí mismo; La más fácil es dar consejos a otros, y la más agradable es obtener lo que se desea. Tales definía a Dios diciendo que es el ser que no tiene principio ni final. Como normas de conducta aconsejaba: No cometer acciones que reprochamos en los demás; Tratar de alcanzar la felicidad en un cuerpo sano, una mente despierta y control de nuestra naturaleza; Debemos recordar a los amigos ausentes como a los presentes; Adornar al espíritu antes que adornar al cuerpo, No enriquecernos con injusticias; esperar de nuestros hijos el bien que hayamos hecho a nuestros padres; además, No divulgar secretos que se nos hayan confiado.
Pablo Tannery cree que la gloria de Tales ha sido exagerada y que, aunque fue un precursor filosófico, no fue un verdadero iniciador y considera prudente ponerlo dentro de la categoría de sabio. El término sophoi (sabios) designaba a la inteligencia práctica, más que a la mente especulativa. Cuando más tarde los griegos hicieron listas de los Siete Hombres Sabios, Tales invariablemente fue colocado en primer lugar junto con Solón, Cleóbulo, Quilón, Bías, Pitaco y Misón; en la lista de Eudoxo, Misón toma el lugar de Cleóbulo y Platón lo incluye en lugar de Periandro (Diógenes Laercio, I, 30). Estos individuos están situados en un período de la historia de la cultura griega que precede al desarrollo de la filosofía per se. Aristófanes menciona a Tales en su obra Las Aves (línea 1009), cuando se burla del matemático Metón al decir: ¿Tales número dos, Metón?
A pesar de las diferencias entre los críticos, la tradición ha asegurado a Tales un lugar imperecedero en la historia de la filosofía y su obra es considerada como el primer esfuerzo filosófico por establecer el conocimiento científico aparte de la religión y la mitología. Tales, como Anaximandro y Anaxímenes, es importante por conectar a la mitología con la razón. Para algunos críticos, sus ideas anticiparon la ciencia moderna; y para otros, sus ideas parecen únicamente la racionalización de los mitos. Lo que sería una manera más correcta de pensar es que aunque Tales no estaba completamente libre de las ideas cosmológicas tradicionales, su método crítico y racional de pensar fue básico para el desarrollo del pensamiento científico. Cuando Tales se preguntó cuál era el material fundamental, real y sin cambio, respondió que era el agua, y por ello, Tales debe ser considerado el proponente de una hipótesis más científica que filosófica. Esto viene a ser el momento del nacimiento del pensamiento organizado en Grecia, que también incluía el estudio de las matemáticas abstractas como una disciplina deductiva. La tradición jónica continuó hasta con los sofistas y Sócrates. Heráclito y Anaxágoras, vinieron a representar dos aspectos de la misma escuela. Así que la evolución de la filosofía presocrática está bien representada por la escuela jónica, siendo las escuelas posteriores sino como las ramas que nacieron del árbol
III
ANAXIMANDRO
Anaximandro de Mileto, nació, según Hipólito (Refutaciones, I, 6, 1-7) en 610 o 609 a. C., en el tercer año de la Olimpíada 42 y murió, según las Crónicas de Apolodoro, a los sesenta y cuatro años de edad, en el segundo año de la Olimpíada 58, en 547 ó 546. Su padre fue Praxíades y fue amigo y discípulo de Tales. Que era miembro de una familia prominente es sugerido por el hecho de haber sido el líder de la fundación de una colonia de Mileto en Ponto Euximo, en el mar Negro, colonia que más tarde vino a ser Apolonia. Suidas (Diels, 12A, 2) le atribuye cuatro libros: Sobre la Naturaleza, Perímetro de la Tierra, Sobre las Estrellas Fijas y Una Esfera Celeste. El título Sobre la Naturaleza (Peri physeos) fue dado a escritos de los presocráticos que Aristóteles denominó fysikoi. Es posible que el libro de Anaximandro no tuviera título y que los títulos de Suidas fueran simplemente capítulos de un libro fundamental que se perdió más tarde. Lo que sí parece cierto es que Anaximandro es el primero de quien tenemos noticia de que haya escrito un libro en prosa para exponer en forma concisa sus teorías sobre la naturaleza.
Se cree (Diógenes Laercio, II, 1-2) que Anaximandro haya construido un reloj de sol o gnomon (vara vertical cuya sombra señalaba la altura y dirección del sol, así como las horas y que colocó en Lacedemonia), pero según Plinio, lo más probable es que haya sido construido por Anaxímenes. Lo que es posible es que no se le pueda atribuir a ninguno de ellos, pues según Herodoto (Historia, II, 109), los griegos adquirieron de los babilonios el