J. DE FRAINE, SJ.
ORAR CON
LA BIBLIA
A N TECED EN TES BIBLICOS DE
ORACIONES CRISTIANAS
I n t r o d u c c i ó n ... 7
El Pa d r e n u e s t r o ... 9
Cap. I. El Padrenuestro ... 11
Estructura del Padrenuestro ... 13
La oración de todos ... 15
La oración de Jesús ... 17
Cap. II. Padre nuestro que estás en los cielos. 20 Dios, Padre supremo ... 21
Una providencia paternal ... 24
Cap. III. Santificado sea tu nombre ... 29
Dios santo ... 3o El Nombre divino ... ... 34
Cap. IV. Venga a nosotros tu Reino ... 38
La realeza de Dios en el Nuevo Testamento ... 38
Dios, Rev salvador, en el Antiguo Testamento. 40 La venida del Reino ... 42
Participar en el Reino de Dios ... 44
Cap. V. Hágase tu voluntad ... 46
La voluntad de Dios no es sinónimo de fata lidad ... 46
La santa voluntad de Dios en el Antiguo T es tam ento ... 48
La voluntad salvífica en la plenitud de los
tiempos ... 51
En la tierra como en el cielo ... 54
Cap. VI. El pan nuestro de cada día dánosle hoy. 57 Contenido de la petición del pan ... 57
El pan que da Dios ... ... 58
Los límites en la petición del pan ... 61
Señor, danos este pan ... . 64
Cap. V IL Perdónanos nuestras deudas ... 66
La gravedad del pecado ... 67
El perdón divino ... 7o Así como nosotros perdonamos a nuestros deu dores ... 73
Cap. VIII. No nos dejes caer en la tentación ... 75
Dios y la prueba ... 75
Dios y Satanás ... 79
Cap. IX. Líbranos del nial ... 83
Las artimañas del demonio ... 83
Sálvanos del mal ... 89
Cap. X. Así sea ... 92 El sentido del término ... 92 En el Antiguo Testamento ... 93
En el Nuevo Testamento ... 96
El Magníficat ... 101
Cap. I. Engrandece mi alma al Señor ... 103
Las “grandes cosas” que Dios ha hecho ... 104
El esplendor de gloria del reino de Dios ... 106
INDICE 2fi I
Págs
Cap. II. Dios, mi Salvador ijo
Con prodigios nos escuchas ... 11 i
Gozo y alegría en Dios ... 113
Solo Dios nos da la paz ... 116
Cap. III. La humildad de la esclava del Señor. 1 j 8 La mirada de Dios ... 118
La luz del rostro de Dios ... 122
Bienaventurada la que ha creído ... 123
Cap. IV. Hizo en mi favor cosas grandes el T o dopoderoso ... 126
Las obras poderosas de Dios ... 126
Dios que ha hecho portentos sobre la tierra ... 129
Su nombre es santo ... 131
Cap. V. Su misericordia por generaciones y ge-raciones ... 134
Misericordia ... 135
Remisión de los pecados 136 Dios compasivo ... 137
Beneficios sin cuento ... 138
Misericordia y fidelidad ... 139
Misericordia “ para los que le temen" 140 María, fiel a las tradiciones de su pueblo ... 142
Cap. VI. El poder de su brazo ... 144
Dios Salvador todopoderoso ... 144
El brazo de Dios ... 146
El orgullo del pecado ... 149
Cap. VII. Derrocó de su trono a los potentados. 151 Las preferencias divinas ... 151
Los poderosos ... 152
Los humildes ...155 Dios ensalza a los humildes ... 157 Cap. M IL Llenó de bienes a los hambrientos. 160
Las divinas predilecciones para con los pobres. 161 Los dones de Yahvé al indigente ... 164 Dios rechaza el fasto orgulloso ... 165 Cap. IX. Tomó bajo su amparo a Israel su
siervo ... ... 167
La asistencia misericordiosa de Dios ... 167 Israel, servidor de Dios ... 169 Dios se acuerda ... ... '7 1
Cap. X. Como lo había anunciado a nuestros
padres *74
Dios habla sin descanso ... ....J74 Dios habló a los padres ... ....*77 La descendencia de Abraham ...l 79
La s Bi e n a v f n t u r a n z a s ... .... 1^ 1 Cap. I. Bienaventuraranzas bíblicas ... ....l&3
Bienaventurados sois vosotros ... ...184 El abandono beatificante ...*^7 Ser prendido por Dios ...^
Nuestra bienaventuranza, puro don de Dios ... 19° Cap. II. Bienaventurados los pobres l9 2
La tiranía de Mammón ... ....193 La pobreza como actitud del alma ...
El triunfo de la pobreza cristiana ...•••• 1^ Cap. III. Bienaventurados los mansos J° °
Deferencia y abandono en Dios ... 201 La recompensa de la humildad ... ... 2° 3
P á g s.
C am ino ú n ico h a c ia el corazón de D ios ... 207
Cap. IV . B ien a v en tu ra d o s los que lloran ... 209
B ien a ven tu ra d o s en la p ru e b a ... 211
El d o lo r se ca m b ia rá en gozo ... 214
Cap. V . B ien a v en tu ra d o s los que tienen ham bre. 217 El ha saciado a los h am b rien to s ... 219
r<Ser ju s to ” d e la n te de D ios ... 221
El gozo d el ete rn o festín ... ... 223
C ap. V I. B ien a ven tu ra d os los m isericordiosos. ... 226
E l p erd ó n de D io s ... 227
L a señal de la m isericord ia ... 231
C ap . V I I . B ien a ven tu ra d os los lim p io s de co razón ... 234
C a m in a r en la p resencia de D ios ... 235
V er a D io s ... 237
C a p . V I I I . B ienaventurados los pacíficos 241 E sta b lecer la paz ... 243
Paz y gozo en el E sp íritu S an to 246 B u scar la paz ... 247
C a p . I X . B ien aven turados los que padecen p er secu ción p or la ju sticia ... ... 250
U n a a n o m a lía a p a ren te ... 252
H a ced b ien a los q u e os ab o rrecen 254 C a m in a r sobre las p isadas de Jesús ... 256
Original en francés: J. Dn Fraini , sj.
Prier nve.c la BibU
Les cntécédents bibliques de grandes priéres chrétien*
neí.—Éditions Ch. Bcyaert. Brugw.
Traducción por
J.A.S., sj. y J.I., sj.
Im p r im í p o t e s t : L u i s G o x z á l e z , s j , Provincialis. M a triti 2 4 a p rilis 1 9 6 4 .
Nihil obstat: D.
F r a n c i s c o P i n e r o ,Madrid,
2 d e ju l i o d e1964
.—
Imprimase
: J o s é M a r í a , Obispo, Vicario General.IN TRO D U CCIO N
Para los cristianos de hoy día no dejará de
ser provechoso el caer en la cuenta del dato bí
blico en que se basa su oración. La presente obra
pretende exponer las ideas fundamentales del
Padrenuestro y del Magníficat, que son dos de las
oraciones más utilizadas. No cabe duda de que
ahondan sus raíces en el fértil terreno del Anti
guo Testamento. Examinándolas versículo por
versículo se demuestra sin dificultad. La explica
ción detallada de estas fórmulas inspiradas fácil
mente podría, según nos parece, tomarse para la
meditación; por ejemplo, siguiendo el método
que propone San Ignacio en sus Ejercicios, en el
que llama
“segunda manera de orar” .
“ El segundo modo de orar es, que la persona,
de rodillas o asentado, según la mayor disposición
en que se halla y más devoción le acompaña, te
niendo los ojos cerrados o hincados en un lugar
sin andar con ellos variando, diga Pater, y esté
en la consideración desta palabra tanto tiempo
,
quanto halla significaciones, comparaciones, gus
to y consolación en consideraciones pertinentes a
la tal palabra, y de la misma manera haga en cada palabra del Pater noster o de otra oración cualquiera que desta manera quisiere o ra r ”
Adem ás de estas dos oraciones, tan profunda mente bíblicas, daremos también un comentario de las Ocho Bienaventuranzas. Se verá que cada uno de estos principios de vida cristiana es el m agnifico coronamiento de cuanto enseña la re velación del Atitiguo Testamento. La unidad ín tima de los dos Testamentos, que de consuno muestran las riquezas trascendentes del plan de salvación concebido por Dios en favor de los hombres, resaltará con esto mucho más.
Quiera Dios que estas notas resulten prove chosas para algunas personas aficionadas a la o ración.
J D
F-En la Festividad de la Anunciación
Ca p i t u l o I
E L P A D R E N U E S T R O
Uno de los escritores más antiguos de los p ri meros tiempos del Cristianismo, Tertuliano (160- 240), no duda en calificar el Padrenuestro como “ el resumen de todo el Evangelio” . Y un teólogo del s. x v i i advierte: ‘Esta plegaria, compuesta
con fórmulas muy queridas al pueblo hebreo, va impregnada de tanto sentido que sólo ella encie rra en realidad todo cuanto se puede pedir a Dios, atendida su divina majestad no menos que el sentimiento de nuestra propia subordinación.” Efectivamente, cada frase de esta plegaria, que nos enseñó Jesús, tiene una larga tradición y no hay en ella ni una sola palabra que no esté to mada de textos inspirados del Antiguo T esta mento.
Así como la promulgación de los diez manda mientos, hecho capital de la Antigua Alianza, comienza con la revelación del Nombre de Dios, así también este Santo Nombre inicia el Padre nuestro. El decálogo promulgado por Moisés, pone de relieve al supremo dominio del Señor, Rey Maestro y Salvador; en el Padrenuestro su
plicamos que “ venga a nosotros T u reino” . El Santo Nombre expresa que Dios, en la plenitud de su poder real sobre el pueblo de Israel, ma nifiesta su voluntad como ley que obliga a sus súbditos; en la oración dominical se desea y se pide que su Voluntad soberana se realice así en la tierra como en el cielo. A medida que las pa labras y los conceptos descubren su enraizamien- to en este rico pasado, sus riquezas se revalori- zan de manera trascendente y definitiva. En la oración del Nuevo Testamento se suprimen cua lesquiera restricciones. Dios ya no es una divini dad puramente nacional o local; su realeza no está circunscrita a los límites de un solo pueblo; el ejercicio de su voluntad no queda confinado a un territorio restringido. Todo particularismo se desvanece; ni la llamada de socorro de un pueblo especial, ni la gloria de un país deter minado, ni la angostura de un territorio cerrado, ni los privilegios otorgados antiguamente, ni la preocupación por inmediatas ventajas, limitarán en adelante la acción favorable de un Padre uni versal, que quiere ser honrado, glorificado y ser vido por todos los hombres indistintamente.
Cuando una plegaria de tan eminentes cuali dades brota de nuestros labios, condensamos en ella el prolongado y permanente deseo de la A n tigua Alianza. Esta, con expresiones históricas concretas, más o menos claras, había llegado a formular los temas fundamentales de nuestra fe. Por ello nuestra plegaria podrá ser pronunciada
lo mismo con palabras inspiradas del Antiguo Testamento que con las del Nuevo. Al mismo tiempo comprenderemos mejor que, según el plan largamente preparado por Dios, es "así co mo debemos orar” (Mt 6, g).
Estructura del Padrenuestro
El Padrenuestro no alcanza, sin duda, la bri llantez ni la forma psalmódica que posee la ora ción de alabanza de Jesús a su Padre fMt 1 1 , 25-30); pero vibra con la misma emoción. Tras un corto apostrofe, tres peticiones (dos en San Lucas) tienen por objeto a Dios mismo y a sus intereses; otras cuatro /"tres en S. Lucas) concier nen a nuestros intereses y a nosotros mismos. T o das presentan la forma del aoristo griego; por lo tanto, el que ora con el Padrenuestro se coloca cada vez en un plano o actitud interior personal y concreta. Obsérvese, además, que la plegaria acentúa el carácter colectivo. Lo de “ nuestro” , añadido inicialmente a “ Padre” , se prolonga en las expresiones “ el pan nuestro” y “ nuestras deu das” . Así se elimina todo sentimiento de estrecho individualismo. Se irá encontrando gustosamente todo el sabor del Padrenuestro adentrándose en la plegaria personalmente, pero incluyendo a la vez la entrega desinteresada a Dios y al pró jimo.
Las tres primeras peticiones están caracteriza das por la forma pasiva del verbo y por el uso del pronombre “tuyo” . Estas peticiones, en su ma jestuoso encadenamiento, no expresan sino una sola cosa: la devoción pura de un alma que no espera nada de sí, y que únicamente cuenta con la benevolencia de “ nuestro Padre” . L a tercera petición (que sólo se encuentra en S. Mateo) constituye una transición a las peticiones, más concretas, de la segunda parte, que se aplican más bien al hombre. Aquí el verbo está en la forma activa. L a oración ya no es puramente ' mística” , referida a sólo Dios. Frente a las rea lidades adorables del Nombre Divino, del reino divino, de la voluntad divina, surge la sombría tríada de la culpabilidad humana, de su inesta bilidad en el bien, de su tendencia al mal; en medio, como aislada entre el cielo y la tierra, está la urgente petición del pan. Estas tres si tuaciones humanas quedan sometidas a la mise ricordia divina; es Ella la que perdona las ofen sas, la que garantiza la perseverancia, la que pre serva del mal, la que asegura el pan de cada día. De hecho, continúa Dios manifestándose como Padre, como Rey y como Señor; la clemencia para con los culpables, la protección hacia los suyos, la liberación del pecado y del mal, la con cesión, en fin, de los bienes materiales, consti tuyen los atributos eternos de esta figura patriar cal, que es Señor y Padre a la vez.
La oración de todos
Centrado como está el Padrenuestro, aun en su segunda parte, en la persona de Dios, así es co mo esta oración resulta tan apta para tocar los corazones de tantos hombres. N o es que inter venga aquí una introspección individual en sen tido estricto, por más que la necesidad individual pueda hacerse sentir muy vivamente. No se trata de un “ yo” o de un “ m ío” ; la oración no se ocupa precisamente del hombre aislado, sino que comporta una dimensión comunitaria. Esta co munión no abarca a un solo pueblo, como la ma yoría de las oraciones veterotestamentarias. T o d a discriminación fundada en la Naturaleza o en la Historia, en el tiempo o en el espacio, se des vanece; esta plegaria "nos” eleva por encima de las fronteras de países y de pueblos y resume su más verdadero sentido en la fórmula: “ en el cielo y en la tierra” .
N i es tampoco el Padrenuestro una oración por la Iglesia Santa; sino que más allá de las diferencias de culto y de confesión, consuma la unión de todos los hombres a quienes pone ante el Padre Celestial como hijos de Dios. E l lazo más formal entre los hombres— este lazo que tan an siosamente se obstina en asegurarlo el hombre actual— , es la plegaria dirigida al Padre común. Sólo El procura a todos, “ a los buenos y a los
malos” (Mt 5, 45), el pan que les conviene. Sólo El está dispuesto a perdonar todas las ofensas y a librar del mal a cuantos le reconocen como Padre. La participación común en los beneficios de la misericordia divina constituye signo evi dente de la unión de todos bajo la autoridad tu telar de un Padre único.
Toda necesidad, tanto del cuerpo hambriento como del alma turbada por la conciencia de fal tas cometidas, viene a ser una ocasión para atraer se los efectos de la benevolencia divina. A l abis mo de la indigencia universal corresponde otro abismo, el de la necesidad común de confiarse en todo a Dios.
En esta perspectiva se comprenderá que el Pa drenuestro no mencione más que una sola acción humana: “ como nosotros perdonamos a nues tros deudores” . Gracias a la iniciativa plenamen te desinteresada de otorgar el perdón de todo corazón a las injurias tantas veces exageradas, penetran los hombres en la comunión unificado- ra de un Dios de misericordia infinita. Efectiva mente, una tan admirable acción del cristiano, cual es el perdón y el olvido de las injurias, ins tala sólidamente en los “ frágiles vasos” , que so mos nosotros, la santa realidad del amor divino. La fórmula “ como nosotros perdonamos” nos transporta al río inagotable del perdón de Dios. Aquí no hay ni sombra de una búsqueda incan sable de venganza personal, que no ve en su se mejante sino al “ lobo” malvado al que
devolve-mos m al por m al; al contrario, un sentimiento inquebrantable de que también él form a parte de ese “ nosotros” de la fórmula. Puesto que Dios también perdona, el ofendido domeña su cóle ra e incluye a su hermano, que también se pro clam a hijo del mismo Padre, en la comunión de los hijos de Dios.
La oración de Jesús
Se pretende a las veces que el Padrenuestro no se refiere sino a los discípulos, y no también al Maestro. Digamos, por el contrario, que Jesús se incluye deliberadamente en ese “ nosotros” que tanto inculca. En Getsemaní recogemos de sus labios esta petición, la tercera y la sexta: “ Abba, Padre, todo te es posible; aleja de Mí este cáliz; sin embargo, no lo que Yo quiero, sino lo que T ú quieres” (Me 14, 36); y “ levantaos y orad, para que no entréis en tentación” (Le 22, 46). E l cuarto Evangelio refiere así la plegaria de J e sús: “ Padre, glorifica tu nombre” (Joh 12, 28): y en S. Mateo leemos: “ Confíteor tibí, Pater” (“ Yo te bendigo, Padre” ) (Mt 1 1 , 25). L a cuarta petición se adivina en la oración que Jesús pro nunció sobre los panes: “ Entonces El tomó los cinco panes y los dos peces y, levantando los ojos al cielo, dijo la bendición” (Me 6,41). E l anuncio mismo del Reino de Dios es una renovación de la súplica: “ Venga a nosotros tu reino” . Cierto que Jesús no podía orar diciendo: “ Perdónanos
nuestras deudas” ; pero tomó sobre Sí los pe cados de todos nosotros: "H e aquí el Corde ro de Dios que (lleva y) quita el pecado del mundo" (Joh i, 29). Además El cumplió la segunda parte de la oración del perdón: "P a dre. perdónales” (Le 23,34). Parece, pues, que el ‘ nosotros" del Padrenuestro comprende también a Jesús, ya que "probó de todo, de una manera semejante, a excepción del pecado” (Heb 4, 13).
Finalmente, la actitud filial ante Dios, que re presenta el sentimiento profundo de la “ oración del Señor" (oración dominical), supone, en defini tiva. la realización en nosotros del “ filii in Filio ” (“ hijos en el H ijo"). Los hombres no se reconci lian con Dios sino por Jesús, nuestro Hermano. Gracias, pues, a la intervención de Cristo Jesús, somos nosotros capaces de pronunciar “ nosotros” en el Padrenuestro.
Evidentemente tenía razón Tertuliano al lla mar al Padrenuestro el resumen de la “ Buena Nueva". La entrega incondicional a Dios que en él se supone, su extensión universal a todos los hombres, el amor manifestado a “ los que han ofendido” , la referencia al menos implícita a Cristo, que es “ el mayor en una multitud de hermanos” (Rom 8. 29), hacen del Padrenuestro la más bella plegaria cristiana. Aun los incrédu los, inclinados a lo religioso, y sobre todo los ju díos, se sienten coincidentes en esta oración, que tan íntima semejanza presenta con sus más pro fundas e íntimas plegarias. Sobre todos ellos,
cuantos llevan el nombre de cristiano encontra rán en esta plegaria la expresión perfecta de los sentimientos que animaban al Corazón de Jesús. Del Señor Jesús, el perfecto “ religioso del Pa dre” , es de quien reciben la fuerza necesaria para integrar en su vida las riquezas de esta plegaria inigualable, la más “ sobrehumana” de todas.
Ca p í t u l o I I
P A D R E N U E S T R O Q U E E S T A S E N L O S C I E L O S
Se dice a veces que Jesús sustituyó el nombre de Dios del Antiguo Testamento, Yahvé ("Se ñor” ) por el nombre más íntimo y más familiar de “ Padre” . Se establece así una antítesis fácil para explicar la transición de la fe judía al cris tianismo primitivo. Dios, juez severo y Señor ma jestuoso, se transformaría en el Padre amante y Redentor misericordioso del Nuevo Testamento. Fundándose en tal concepción se descubre en las primeras palabras del Padrenuestro una transfor mación total del pensamiento religioso, una “ nueva creación” .
Esta opinión no es verdad más que parcial mente. L a novedad de la fe cristiana en un Padre todopodoreso no gira tanto en torno al conte nido de la noción cuanto al testimonio grandioso de tal paternidad en la “ plenitud del tiempo, cuando Dios envió a su H ijo único” (Gal 4, 4).
L a convicción de que a Dios se le define con el término de “ Padre” , pertenece a casi todas las
religiones. El antiguo comentador de Virgilio, Servius, anota que la denominación de Padre “ est generale omnium deorum” , “ es común a to das las divinidades” . Lo mismo en el Occidente latino que en el Oriente griego, de Ennius a Lactancio y de Homero a Epicteto, se aplica este nombre a la Divinidad. Nada extraño, por con siguiente, que en el mundo semítico, y particu larmente en el Antiguo Testamento, la paterni dad divina ocupe el centro mismo de la doctrina. Sólo es cuestión de llevar a la realidad el con tenido de esta noción. No es posible disimular que en cierta literatura espiritual la figura del Padre Todopoderoso queda con frecuencia de gradada a la categoría de algo así como un cama- rada mayor, o de un bienhechor que funciona automáticamente a condición de que se le dirijan súplicas o, en fin, de una borrosa divinidad an- tropomórfica, fuente inagotable, aunque capri chosa, de favores. En realidad, el “ Padre, que está en los cielos” no puede presentársenos sino como el fundamento último de todas las cosas y como un amor alcanza su plena consumación en el Absoluto.
Dios, Padre supremo
El nombre de “ Padre” denota, ante todo, el ser infinito de quien es, como dice el poeta, “ el origen, el océano y la fuente manante” de todo bien. Esta figura, por muy augusta que sea,
co-rre el peligro de no ser ya apreciada en su justo valor en este mundo moderno y democrático, en el que tan desconocida ha venido a ser la autori dad paterna en el hogar. Y a no se venera el ideal del “ paterfamilias” , el del patriarcado, cuya vo luntad suprema debe ser en toda circunstancia respetada y ejecutada. Aristóteles, explicando por qué Zeus es llamado Padre, llama la atención so bre la providencia ordenadora que se impone a todos los seres. N o de otro modo sucede en el Evangelio, donde Jesús exige el cumplimiento perfecto de esta voluntad suprema: “ N o es d i ciendo “ Señor, Señor” , como se entrará en el rei no de los cielos, sino cumpliendo la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (M t 7, 21).
El patriarca, depositario de la más alta auto ridad en las sociedades antiguas, ocupaba tan pri vilegiada posición por el hecho de haber procrea do los miembros de su familia. Por ello poseía poderes muy amplios sobre sus “ hijos” . Estos sentían íntimamente la obligación de mostrarse dignos de tal nombre, cumpliendo con respeto, sumisión y obediencia la voluntad del “ Padre” . Así, Jesús dirá dirigiéndose a sus discípulos: “ Quien cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ese es para mí un hermano y una hermana y una m adre” (M t 12, 50).
En el Antiguo Testamento, la nación entera, en los grandes días de su historia, se concebía como una gran familia, llamada a la existencia por el Padre celestial. En el cántico de Moisés.
el autor se dirige al pueblo en estos términos: “ ¿E s este el homenaje que rendís a Yahvé, pueblo insensato y necio? ¿N o es El el padre que te ha procreado, E l quien te ha hecho y por quien sub sistes? Acuérdate de otros tiempos, considera los años, de edad en edad” (Deut 32, 6-7). El autor del libro de Isaías ora así: “ T ú eres nuestro Pa dre; pues Abraham no nos reconoce ya, Israel 110 se acuerda más de nosotros; T ú , Yahvé, eres nuestro Padre, nuestro Redentor; tal es tu nom bre desde siempre” (Is 63, 16); y todavía: “ Yahvé, T ú eres nuestro Padre; nosotros somos la arcilla y T ú el alfarero, todos somos obra de tus ma nos” (Is 64, 8). El último de los profetas, Mala- quías (hacia el 400 a. C.) reprocha a sus contem poráneos sus infidelidades: “ ¿N o tenemos un único Padre? ¿N o es un solo Dios quien nos ha creado? ¿Por qué, pues, somos pérfidos los unos con los otros, profanando la alianza de nuestros padres?” (M al 2, 1); “ Un hijo honra a su padre: un siervo respeta a su señor. Mas si yo soy pa dre, ¿dónde está el honor? Si yo soy el señor,
¿dónde está el respeto?” (Mal 1, 6).
Este aspecto de la paternidad de Dios no ha quedado eliminado del Nuevo Testamento. El Padre y Señor continúa siendo el ideal al que los “ hijos” deben levantar sus miradas. Se trata de “ ser perfectos como el Padre celestial es perfec to” (M t 5, 48), cumpliendo la voluntad del P a dre: perdonando como El (Mt 6, 14), amando al enemigo como El “ que hace salir su sol sobre
los malos y sobre los buenos, y caer la lluvia so bre los justos y los injustos” (Mt 5, 45). Sin em bargo. nunca este Padre se deja llevar a compla cencias que no serían sino debilidad; juzga seve ramente a los que no tienen corazón. Así como el señor, en la parábola del deudor insolvente y sin compasión "entregó a éste a los torturadores, atendiendo a que éste había reembolsado toda su deuda", así— declara Jesús— “ mi Padre celestial os tratará, si cada uno de vosotros no perdona a su hermano desde el fondo del corazón” (Mt 18, 35). “ Toda planta no plantada por mi Padre ce lestial será arrancada" (Mt 15, 13). Y “ al fin del mundo” , en el juicio último, se arrancará la ciza ña, es decir, "todos los escándalos y todos los fautores de iniquidad” , para ser consumida por el fuego, mientras que “ los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre” (Mt 13, 40 43). Efectivamente, Dios es un “ Padre que, sin acepción de personas, juzga a cada uno según sus obras" (1 Pet 1, 17). bendiciendo y recompensan do, pero también castigando y condenando.
Una providencia paternal
La paternidad divina no dice sólo soberanía; incluye, asimismo, y sobre todo, un amor tras cendente v lleno de solicitud.
Este aspecto aparece ya en el Antiguo Testa mento. Por boca de Jeremías, Dios revela el de signio más secreto de su benevolencia para con
el pueblo escogido, su “ primogénito” (Ex 4, 22;: “ Y yo que me había dicho: ¡cómo quisiera con cederte el rango de hijo, darte un país de deli cias, una herencia que sería la perla de las na ciones! Yo había pensado: tú me llamarás “ mi Padre” y no te separarás de M í” (Jer 3, 19). Toda la historia de Israel se ilumina con este amor paternal de Yahvé. En el desierto, “ Yahvé, tu Dios, te sostendrá como sostiene un hombre a su hijo, a lo largo de toda la ruta que habías se guido hasta ahora” (Deut 1, 31). Las pruebas mismas y los castigos estaban inspirados por el mismo afecto: “ Comprende, pues, que Yahvé tu Dios te corregía como un padre corrige a sus hi jos” (Deut 8, 5); pues “ Yahvé reprende a quien El quiere, como un padre a su hijo querido” (Prov 3, 12). La misericordia divina es infinita: “ Como es la ternura de un padre para sus hijos, así es de tierno Yahvé para quien le respeta;
El sabe de qué hemos sido plasmados, El recuer da que somos polvo” (Ps 102 [103], 13-14). La so licitud de Dios se extiende, para el israelita pia doso, a la vida eterna: Yahvé “ Señor, padre y dueño de su vida” (Eccli 23, 1) confiesa: “ Es tu Providencia, Padre, la que nos guía, T ú que has abierto un camino hasta en el mar y una senda segura sobre las olas, mostrando así que T ú pue des preservar de todo” (Sap 14, 3-4).
Igual condescendencia e igual solicitud vuel ven a encontrarse en el Nuevo Testamento, pero
sentidas con mayor intimidad y vividas en una proximidad más inmediata. En el tiempo escato- lógico se revela Dios todopoderoso como protec tor del pobre, del perseguido, del hambriento, del enfermo y del probado, y como refugio del preso, del publicano y del pecador. El recurso al Padre de los llamados por Cristo “ pequeños” (M t 11,
25; 18, 14) expresa una confianza ilimitada en
caso de necesidad o un gozo lleno de reconoci miento. Porque Dios les sostiene y les bendice y les perdona, ya que “ a cuantos han recibido el Verbo, El les ha dado el poder ser hijos de Dios”
(Joh 1. J
2
).
El objetivo de la vida cristiana es el de venir a ser “ hijos de nuestro Padre que está en los cie los” (Mt 5, 45). E l cristiano es “ engendrado por Dios” (Joh 1, 13 ); tal es su grandiosa vocación: “ Mirad cuán gran amor nos ha dado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios, y que lo sea mos” (1 Joh 3, 1). Pero no se es hijo de Dios sin parecérsele; al amar al Padre, amamos también a los “ hijos de Dios’ ’ (1 Joh 5, 1-2).
Semejante actitud, impregnada toda en amor activo y servicial, no es posible sino por el Espí ritu de Dios “ que nos hace clam ar: ¡A b b a !
¡P a d re !” (Rom 8, 15). El Espíritu es “ lo bueno por excelencia” , “ dado por el Padre” (Le 1 1 , 13) y “ se une a nuestro espíritu para atestiguar que somos hijos de Dios” (Rom 8, 16). El Espíritu procura tal testimonio porque también es E sp í ritu del ronsummalor fidei, del “ jefe de nuestra
fe-’ (Heb 12, 2): ‘ Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama:
¡A b b a ! ¡P a d r e !” (Gal 4, 6). En nuestro nombre clama Jesús, como en Getsemaní (Me 14, 36) pro nuncia la plegaria del “ ¡Abba! ¡P a d re !” ; por Jesús podemos nosotros, en el sentido pleno de la palabra, reconocer a Dios como a nuestro Pa dre. Porque en la Persona misma de Jesús se ma nifiesta la novedad más profunda del mensaje cristiano: “ En estos últimos días Dios nos ha ha blado por su Hijo, al que ha constituido here dero de todas las cosas” (Heb 1, 2), es decir, he redero de todas las promesas de salvación. Jesús nos trae “ el reino de su Padre” (Mt 26, 29): “ Yo dispongo del reino para vosotros, como mi Padre ha dispuesto de él para M í” (Le 22, 29).
El H ijo no es tan sólo el lazo que nos une al Padre, en cuanto que realiza la unión del Padre con sus hijos; es, además, el fundamento de ese “ nosotros” que aparece en el Padrenuestro. Dios es “ nuestro” Padre, porque El es el Padre de Je sús, y nosotros somos hijos por la fe en Jesucris to (Gal 3, 26). La gracia de la elección del Padre “ con la que El nos ha agraciado en el Bien-ama do” (Eph 1, 6), crea la unidad entre todos nos otros. E n virtud de la palabra de Jesús, “ que reúne en la unidad a los hijos de Dios disper sos” (Joh 1 1 , 52), oramos a un solo Padre: “ Os damos gracias, Padre, por medio de vuestro ser vidor, Jesús” (Doctrina de los Doce Apóstoles').
T a l "estado de servidor" de Jesús fundam enta su oficio de mediador: "T o d o me ha sido dado por mi Padre... y nadie conoce al Padre sino el H ijo v aquel a quien el H ijo quiere revelárselo" (Mt 11, 27).
Así, las primeras palabras del Padrenuestro nos conducen a la plenitud de la revelación cristiana y a la fe en el amor infinito de Dios Redentor. ¡Ojalá pueda llegar a ser realidad en nosotros el deseo tan frecuentemente manifestado por S. Pa blo en el comienzo de sus cartas: “ A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesu-Cristo” (Rom 1. 7 ; 1 C or 1, 3 ; Philip 1, 2 ; Col 1, 3 : 2 Thes 1, 3 ; Phil 3).
Ca p í t u l o I I I
S A N T I F I C A D O SE A T U N O M B R E
La prim era petición del Padrenuestro procla ma la convicción inquebrantable de que la vida cristiana comienza y culmina con la manifesta ción objetiva del Santo Nombre y su reconoci miento subjetivo. Dios es el alfa y omega de la vida cristian a: lo cual supone la sobreelevación de todo lo hum ano hasta el nivel de la santidad divina, llevándola así a su perfección: “ Seréis, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre ce lestial es perfecto” (Mt 5, 48). N o solamente debe el m undo ser santificado por Dios, sino además, de retorno, Dios debe ser “ santificado” por el mundo. E l mundo y los hombres son el punto de tangencia en el que Dios se afirma eterna mente, se “ santifica” El mismo, es decir, se ma nifiesta como santo. Tod as las cosas, tanto en la vida de los individuos como en la historia de los pueblos, van a parar, según la perspectiva bíbli ca, a la gloria de Dios, a la revelación magnifica de la santidad de Dios. T odo se hace “ a fin de que Dios sea glorificado en los santos” (2 T h es 1, 10), “ para alabanza y la gloria de Dios”
(Phi-lip i. 11), "para alabanza de la gloria de su gracia” (Eph i, 6). Lo anunciaba ya el Antiguo Testamento: "L a tierra será henchida de la glo ria de Yahvé, como las aguas llenan el mar” (Hab 2, 14). Sobre todo, el Nuevo Testamento inculca este punto de vista: “ Sea que comáis, sea que bebáis o que hagáis cualquier otra cosa, ha cedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10, 31). La paz, es decir, el apaciguamiento total de todos los deseos y necesidades, no la gozarán sino quie nes rindan toda "gloria a Dios en lo más alto de los cielos” (Le 2, 14).
Dios santo
La petición del Padrenuestro referente a la santificación del Nombre divino va con frecuen cia relacionada con el segundo mandamiento del decálogo: “ No pronunciarás en falso el nombre de Yahvé tu Dios” (Ex 20, 7). San Agustín de clara sobre esto: “ Cuando decimos “ Santificado sea tu nombre” , expresamos el deseo de que el nombre del Señor, siempre santo, sea igualmente santo entre los hombres, es decir, que no sea me nospreciado” . Esta explicación ve en la primera petición un quehacer del hombre, al cual in cumbe el deber de reverenciar y de alabar a Dios, en palabras y en obras. No hay duda de que esta explicación implica un pensamiento ele vado, atestiguado tanto en el Antiguo como en el N uevo Testamento. Ya durante la Antigua
Alianza promete Dios: "E n mis prójimos mues tro yo mi santidad", es decir, entre los que se acercan (Lev 10, 3). Y por boca de su profeta Isaías, asegura Yahvé: "L a casa de Jacob verá en medio de ella la obra de mis manos; ella san tificará mi nombre; se santificará el Santo de Ja c o b ; se respetará el Dios de Israel” (Is 29, 21).
Sin embargo, puede uno preguntarse si se re duce a esto lo que se expresa en el comienzo del Padrenuestro. L a primera petición parece eludir más bien toda alusión a los hombres; se refiere directamente a Dios y a su Nombre. Por lo de más, las dos peticiones siguientes se refieren igual mente a Dios, a su reino y a su voluntad. Ade más, el verbo griego adopta la forma de aoristo,
hagiasthéto, el cual no implica un deber ininte
rrum pido del cristiano, sino una entrega concre ta, un estado de hecho, un acto puesto de una vez por todas por Dios. Que los hombres “ rin dan honor a Dios que está en los cielos" (Mt 5,
16), no resulta posible sino al haberse revelado el Padre, en su Hijo, como origen y causa de la glorificación que le redunda.
Com o en muchas plegarias judías, la fórmula es pasiva, testificando así un gran respeto. N o es nom brado quien santifica, pero no hay duda sobre su identificación. Dirigida como va la ple garia a un Dios infinito, la santificación y la glo rificación, que ciertamente se seguirán, serán
más grandes y más eficaces que cuantas pudieran procurar los hombres por sus propias fuerzas.
La mirada del orante se aparta por ello de su propia persona, para dirigirse a la santificación que Dios obra en él: “ ¿Quién no rendirá, Se ñor, reverencia y gloria a tu Nombre? Pues Tú sólo eres santo” (Apoc 15, 3-4). El nombre del Se ñor, nuestro “ Padre” , nos es conocido sólo por su propia revelación. En la oración eucarística de la “ Doctrina de los Doce Apóstoles” (10, 2) los primeros cristianos oraban en los siguientes tér minos: “ Te damos gracias, Padre santo, por vuestro santo nombre, que has hecho habitar en nuestros corazones” . La fuente de toda santidad, como de toda santificación, es el Dios Santo mis mo. Jesús aclaró esta verdad con luz vivísima cuando oró antes de su Pasión: “ Padre, glorifica tu nombre” (Joh 12, 28). Dios, en efecto, revela su nombre, esto es, su paternidad misericordiosa, por la Pasión de su Hijo.
La fórmula “ santificado sea tu nombre” pone a Dios mismo en el primer plano de la atención. La obra de nuestra santificación se funda en una iniciativa divina. No es fruto de un esfuer zo pelagiano o semipelagiano del hombre, pues to que es una gracia inmerecida. Numerosos pa sajes del Antiguo Testamento nos lo enseñan.
El sábado, así lo declara Yahvé a los israelitas, es “ entre mí y vosotros” una señal válida aun para vuestra descendencia, a fin de que se sepn
bien que yo, Yahvé, soy quien os santifica” (¿x 3 1, 13 ; L ev 22, 32)- Las demás obligaciones re ligiosas suponen, por su parte, la gracia preve niente de D ios: “ Vosotros os santificaréis para ser santos, porque yo soy Yahvé vuestro Dios. Guardaréis y observaréis mi ley, pues soy yo Yahvé quien os hace santos” (Lev 20, 7-8). Al sacerdote “ lo tratarás como a un ser santo, pues él ofrece el alimento de tu Dios. El será para tí un ser santo, pues soy santo yo que os santifico" (Lev 2 1, 8).
Los profetas exhortan al pueblo a reconocer la iniciativa santificadora de Dios: “ Clamad de go zo y alegría, habitantes de Sión, pues en medio de ti ha sido exaltado el santo de Israel” (Is 12, 6). Por boca de Ezequiel declara Dios: “ Los man damientos son dados como señal entre mí y vos otros, a fin de que sepan ellos que soy yo Yahvé quien os santifica” (Ez 20, 12). Dios quiere obrar con su pueblo, de suerte que “ su nombre no sea profanado a los ojos de las naciones” (Ez 20, 14); “ sabrán las naciones que yo soy Yahvé— oráculo del Señor—cuando yo haga brillar en vosotros mi santidad ante sus ojos” (Ez 36, 23).
Y así como Yahvé “ santifica a Israel” (Ez 27, 28) como “ el Santo en medio de ellos” (Os 1 1 , 9), así en el Padrenuestro se pide a Dios que se m a nifieste como santo y santificador. La glorifica ción de Dios, tan ardientemente deseada por los israelitas piadosos, procede de su presencia san- tiíicadora entre ellos: “ F.1 puso su luz en sus
corazones...; ellos alabarán su santo nombre’ (Eccli 17, 7-8).
La primera petición, por tanto, coincide con el deseo de S. Pablo: “ Que el Dios de la paz os santifique totalmente” (1 T h es 5, 2 3). Por las palabras “ santificado sea tu nom bre” , pedimos a Dios, santo en su esencia y en su acción, por lo cual se distingue de nuestra bajeza de pecadores, que haga conocer su santidad oculta por una con descendencia misericordiosa según el deseo de Jesús mismo: “ Padre santo, conságralos en la verdad” (Joh 17, 17). Gracias a esta divina in fluencia el cristiano participa de la santidad di vina y se hace apto para “ santificar” a Dios, es decir, para glorificarle como a santo y santifica- dor. Y éste es el objetivo final de esta santifica ción de Dios en Sí mismo.
El Nombre divino
E l término “ nombre” designa, como es sabido, el ser mismo de Dios santo. Magníficamente lo expresa la palabra profética de Zacarías: “ En el tiempo mesiánico, Yahvé será rey sobre toda la tierra. Ese día Yahvé será único y su nombre único” (Zac 14, 9). Sin embargo, el ser de Dios no es algo estático; al contrario, es un actuar dinámico. Y a en el Antiguo Testamento el nom bre divino viene unido a las intervenciones re dentoras: “ Redención ha enviado a su pueblo, ha establecido por siempre su alianza; santo y
venerable es su nombre” (Ps 110 [ 1 1 1 ] , g). “ Las obras del Señor son todas buenas... Ahora, pues, con todo el corazón y boca cantad y bendecid el nombre del Santo” (Eccli 39, 33-35); “ Bendice a Yahvé, alma mía, y todo mi interior, su nom bre sacrosanto. Bendice a Yahvé, alma mía, y no olvides ninguno de sus beneficios” (Ps 102 [103], 1-2). Un eco de esta fe antigua resuena todavía en el Magníficat de María: hizo en mí gran des cosas el Todopoderoso; y cuyo nombre es “ Santo” (Le 1, 49).
L a historia entera no es más que la revela ción del “ nombre” del Señor. “ Siempre te loa ré... y he de pregonar tu nombre, porque es bueno” , proclama el salmista (Ps 51 [52], 11), y to davía: “ Celebraré tu nombre, oh Jahvé, por que es bueno” (Ps 53 [54], 8). El Señor salvó siempre a su pueblo “ en gracia de su nombre, por dar a conocer su poderío” (Ps 105 [106], 8). A l “ gran nombre” del Señor se asocia “ la fuerza de su mano” , “ el poder de su brazo” (2 Chron 6, 32), “ su justicia” (Ps 88 [89], 17). En el nombre del Señor son vencidos los enemigos (Ps 43 [44], 6), v “ en virtud de su nombre se exaltará su frente” (Ps 88 [89], 25). El ángel que guía a su pueblo “ tiene en sí su nombre” (Ex 23, 21), es decir, su poder protector.
Publicar el nombre de Yahvé “ es anunciar al pueblo sus grandes obras” (Is 12. 4; 1 Chron 16, 10); invocar su nombre es confiarse a su protección: “ Sálvame, ¡oh D ios!, por tu
nom-b re” (Ps 5 3 [54], 3) suplica el justo del A n tigu o T estam en to . L a certeza de la salvación se debe a la invocación del nombre d iv in o : “ L íb ra n o s con form e a tus m aravillas y d a glo ria a tu nom bre, Se ñ o r” (Dan 3, 43). “ E n gracia de su n om bre” (Ps 22 [23], 3) produce Y a h vé las m aravillas de su fa v o r : “ Ayúdanos, ¡o h Dios de nuestra salva ción !, por am or de la gloria de tu n o m b re ; en gracia de tu nom bre sálvanos y perdona nues tras culpas” (Ps 78 [79], 9).
Por lo mismo que el “ nom bre d iv in o ” sim boliza una presencia eficaz y salvadora, el D ios de la B ib lia no es en modo alguno una d iv in i dad desteñida y borrosa, sino antes bien una personalidad viva, actuante, distinta, sin duda alguna, y separada de los hombres, pero que se interesa por ellos y “ los conduce con cuerdas hum anas y con lazos de am or” (Os 1 1 , 4). T a l es el fundam ento de esa confianza que fue siem pre el patrim onio del pueblo de Israel: “ T o r r e fuerte es el nom bre de Y ah vé; a ella se acorre el justo y está seguro” (Prov 18, 10 ); “ nuestra alm a en Y ah vé espera; E l es nuestro socorro y nuestro escudo. Pues nuestro corazón en E l se goza, y confiamos en su santo nom bre” (Ps 32 [33], 2 0 -2 1); “ T ú , Y ahvé, Señor, colócate de parte m ía en gracia de tu n om bre; porque es tu m er ced buena, sálvam e” (Ps 108 [109], 2 1).
E n el A n tig u o T estam en to oraban así las a l m as piadosas: “ Sepan [los hom bres] que T ú
P i c a d o s e a t u n o m b r e
sól°' cuyo nombre es Yahvé, eres el Altísim o so- l^re todo la tierra (ps j-g^j ^ £ j seg Ufa sien do para e^ os’ l ° s israelitas piadosos, el Creador majestuoso: Nuestro socorro está en el nombre j e Yahvé, autor de cielos y tierra” (Ps 123 [124], 8). R ara vez se mencionan otras relaciones más personales con E l: “ ¡Yahvé lo dio y Yahvé lo ha quitado, el nombre de Yahvé sea b en d ito !” (Job 1, 2 1) ; “ Pues a mí se adhirió, he de librar le; le ampararé, pues veneró mi nombre” (Ps 90 [91], 14). Pero, después que Jesús “ manifestó a los hombres el nombre del Padre” (Joh 17, 6), “ a fin de que el amor con que el Padre le ha amado esté en ellos” (John 17, 26), todas estas interven ciones del Dios Salvador han sido largamente so brepasadas en el Nuevo Testamento como efecto de una gracia y de una misericordia sobreabun dantes. La primera petición del Padrenuestro se sumerge y se pierde en este océano de la gracia, puesto que se atreve a pedir al Padre que se re vele El mismo (esto es, su amor salvador) y que nos otorgue parte abundante en las riquezas in agotables de este amor.
Ca p í t u l o IV
V E N G A A N O S O T R O S T U R E I N O
La primera petición lleva directamente a la segunda: “ Venga a nosotros tu reino” . Porque donde Dios santifica su nombre, allí se implanta su reino. Las plegarias judías conocen igualmente esta transición. En la oración Qaddish, la invo cación: “ Que su gran nombre sea santificado y glorificado en este mundo, creado por E l según su voluntad” , viene seguida de inmediato por la pe tición: “ y que su reino se establezca en este día y por toda la duración de nuestra vida” .
La realeza de Dios en el Nuevo Testamento
Esta transición es del todo natural. T an to en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la realeza de Dios constituye uno de los puntos esenciales de la fe. Abrase el Nuevo Testamento y allí se verá la insistencia con que la predica ción de Cristo, como la de sus discípulos y par ticularmente la de S. Pablo, pone de relieve la realeza divina. San Marcos emplea estas signifi cativas palabras para narrar la primera entrada
en escena del Maestro: “ Y después que Ju an hu bo sido entregado, vino Jesús a Galilea y allí predicaba el Evangelio de Dios, y decía: “ Se ha cum plido el tiempo y está muy cerca el reino de D ios” (Me i, 14). N o sólo durante su vida mortal, sino hasta el último momento de su vida gloriosa el tema del “ Reino de Dios” sobre la tierra cons tituía el núcleo de sus conversaciones con los dis cípulos (A A 1, 4). La idea de que Dios es rey, es sin discusión al contenido esencial de la “ Buena N u eva” , proclamada en toda la extensión de la T ie rra “ para testimonio ante todas las gentes” (M t 24, 14).
Con todo, es con frecuencia mal traducido este término: el evangelio del “ Reino” . El cristianis mo no es una empresa, un impersonal “ reino de los cielos” , sino una intervención personal de Dios Creador. Lo esencial no es un reino, enten dido en un sentido jurídico, como en este texto de S. Lucas: “ El menor en el reino de Dios, ma yor es que [Juan]” (Le 7, 28); o concebido como un sitio localizado, como en S. Mateo: “ Los jus tos brillarán como el sol en el reino de su Padre” (Mt 13, 43): ante todo lo esencial es la cualidad de Rey de Dios Salvador.
Después de la predicación primera de los dis cípulos (Le 9, 2.60; Mt 10, 7), el mensaje evan gélico anuncia lo mismo “ la realeza de Dios” que “ el nombre de Jesucristo” (A A 8, 12 ; 19, 8). Para S. Pablo, en concreto, la catequesis
cristia-na se funda en ucristia-na gran proporción sobre la realeza de Dios. Así por dondequiera que va, "anda proclamando el Reino” (A A 20, 25); pri sionero, “ exponía el Reino de Dios, dando testi monio y esforzándose en persuadirles (a los ju díos) acerca de Jesús, así por la ley de Moisés co mo por los profetas, y esto desde el amanecer hasta el atardecer” (A A 28, 23), “ predicando el Reino de Dios y enseñando lo tocante a Jesucris to con franca libertad, sin que nadie se lo estoi- base" (A A 28, 31).
Dios, Rey salvador, en el Antiguo Testamento
En el plan divino la “ palabra del Reino” (Mt 13, 19) estaba destinada a los “ súbditos del Rei no" (Mt 8, 12), es decir, a los miembros del pue blo elegido. Pero éstos “ fueron arrojados fuera” (Le 13, 28), y "otra semilla” germinó “ en hijos del Reino" (Mt 13, 38). En todo caso, las pro mesas “ que son sin arrepentimiento” (Rom 11, 29), habiendo pasado a la Iglesia cristiana, el Pa dre divino llama a todos los cristianos a la par ticipación de su Realeza divina (1 Thes 2.12). Ahora bien, las grandes líneas de esta revelación estaban ya trazadas en el Antiguo Testamento.
Que el “ Dios de Israel” (Tob 9, 11) estaba con siderado como Rey es una realidad evidente. El versículo final del Cántico del Mar Rojo: “ ¡H a de reinar Yahvé para siempre jam ás!” (Ex 15, 16) se reitera con frecuencia como un estribillo
para expresar la teocracia, es decir, la dignidad regia de Dios. Por lo demás, generalmente, el mundo semítico concebía la divinidad como re vestida de regia majestad. Pero es importante pe netrar bien un concepto que para nosotros, am bientados en la democracia actual, está fuerte mente desvalorizado. En las civilizaciones del Oriente antiguo, por el contrario, lo mismo que en el Antiguo Testamento, el soberano no era simplemente un autócrata mayestático; él garan tizaba, además, el derecho; se mostraba dispuesto a socorrer en caso de necesidad, dirigía a su pue blo en la guerra y lo gobernaba en tiempo de paz; en una palabra, le procuraba todos los bie nes materiales y espirituales.
Yahvé, “ a quien pertenece el imperio” (Ps 21, 29) “ y la grandeza, la fuerza, la gloria, el esplen dor y la majestad” (1 Chron 29, 11), aparece, por consiguiente, como el Señor bondadoso del Tes
tamento, que toma sobre sí la defensa de los suyos, los colma de sus dones y de su gracia. Por ello el “ rey eternal Yahvé” (Jer 10, 10: Ps 28 [29], 10), el “ rey de la gloria” (Ps 23 [24], 7.8.10) desea no sólo el homenaje debido a su soberana realeza, sino que espera igualmente que se le ma nifieste una confianza sin límites en su solicitud paternal. Esta solicitud se trasparenta ante todo en las intervenciones de orden material: “ Yahvé — asegura el salmo— “ es rey por los siglos de los siglos; los gentiles perecieron de su tierra” (Ps 9 [10], 16); “ T ú eres mi rey y mi Dios que
orde--ñas la salvación de Jacob; por T i derribamos a nuestros rivales” (Ps 43 [44]» 5'®)* A veces, este socorro viene a ser una verdadera “ redención” . Yahvé se proclama “ Rey de Israel y redentor su- vo, el Yahvé de los Ejércitos” (Is 44, 6). Es un rey salvador: “ ¡Alégrate sobremanera, hija de Sión; grita jubilosa, hija de Jerusalén! He aquí que tu rey llega a ti; es justo y victorioso” (Zac 9, g; Soph 3, 15).
Por ser Dios Rey, “ gran rey sobre todos los dioses” (Ps 94 [95], 3), Israel vive anclado siempre en su confianza: “ Que [tus santos ( = tus amigos)] manifiesten la gloria de tu reino y hablen de tu potencia, dando a conocer a los hombres tus hazañas y la gloria esplendente de tu reino. T u reino es reino de todos los siglos y [durará] tu imperio por sucesivas generaciones” (Ps 144 [145]*
11-13).
La venida del Reino
Podría uno preguntarse qué es lo que el Nue vo Testamento ha venido a añadir a la descrip ción que de la realeza divina hace el libro de Isaías: “ ¡Cuán bellos son sobre los montes los pies del mensajero de albricias, que anuncia paz, portador de buena nueva (evangelio), que anun cia salvación (reconciliación con Dios) y dice a Sión: “ T u Dios reina” ! ” (Is 52, 7).
En esta profecía se encuentran acumulados to dos los elementos de la fe del Nuevo
Testamen-to relativos a la dignidad regia de Dios: la “ bue na nueva” es sustancialmente idéntica tanto en el anuncio del Antiguo Testamento como en su cumplimiento en el Nuevo. Conviene, con todo, anotar una diferencia importante, a saber, la se guridad feliz y la atestación insistente y deta llada de esta realeza de salvación “ en la plenitud de los tiempos” . Cuando Jesús nos hace orar: “ Venga a nosotros tu reino” quiere insistir en el hecho de que por la predicación del Hijo (Me i, 15) el Padre divino está dispuesto a cumplir su función real de una forma espléndida; éste es el “ misterio del Reino” (Me 4, 11). El término “ venga” no debe entenderse en el sentido de la palabra latina de la Vulgata “ advenire” , como si el reino de Dios no hubiese todavía llegado. A l contrario, la realeza de Dios en el Nuevo Testa mento, está ya realmente presente. Con ocasión de los exorcismos contra los demonios, Jesús de clara: “ Si con el dedo de Dios lanzo los demo nios, luego llegó a vosotros el reino de Dios" (Le 11, 20); y a los fariseos les afirma: “ Mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros” o, como algunos interpretan, “ entre vosotros” (Le
17, 21).
Lo único que falta es que la realeza paternal de Dios se “ exteriorice” , se haga sentir como real y efectiva. Dado que este testimonio no puede venir sino de Dios, esta petición, como la con cerniente a la santificación del Nombre divino, se expresa en forma pasiva, transida toda ella de
discreción v de deferencia. Sólo D ios "re v e la ” su reale/a: ahora en la gracia, más tarde en la glo ria. Los apóstoles anuncian "este reino de Dios, venido en poderío" (M e 9. 0 v "todos forcejean por entrar en é l" (Le il>. 16): lo anuncian a cuantos, como José de A rim atea, “ esperan" el reino con todas las fuerzas de su alm a (M e 15, 43).
Partíapar en el R eino de Dios
El N uevo Testam ento contiene imágenes va riadas y concretas para explicar en qué consiste ese “ participar en el R ein o ", es decir, experim en tar “ la salud, el poderío v el reinado de nuestro Dios" (Apoc. 12. 10). Así, por ejem plo, se nos dice que es “ ser admitidos al banquete en el rei no de D ios" (Le 13. 29), "en trar en el reino de Dios" (Me 10. 23). "n o andar lejos del reino de Dios" (Me 12. 34). "ser nuestro el reino de D ios" (Le 6. 20). "v e r el reino de D ios" (Joh 3, 3.5). "heredar el reino de D ios" (1 C o r 6, 10 ; G al 5. 21'). "buscar el reino de Dios y su justicia" (Mt
Son bastantes las parábolas que describen tam bién con rasgos de gran viveza la función regia de Dios. Este método de adoctrinarnos demues tra el deseo innegable de Jesús de ponernos en relación personal con la voluntad salvífica de su Padre. Cuando los apóstoles quisieron alejar a los niños, el Maestro declaró: “ Dejad a los niños que vengan a M í, no se lo estorbéis, pues de los
tales es el reino de Dios. En verdad os digo, quien no reciba el reino de Dios como niño, no entrará en él” (Me 10, 14-15).
Así que Jesús, nuestro Señor, nos hace pedir, en esta segunda petición del Padrenuestro, la sen cillez del alma, necesaria para abrirnos a la real y soberana benevolencia de Dios. De este modo se realizará en nosotros la palabra del apóstol: “ Que no es el reino de Dios comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo’’ (R o m 14, 17).
C a p í t u l o V
H A G A S E T U V O L U N T A D
t i cristiano no es ni mucho menos una simple orientación para conseguir de Dios y su Cristo que se pongan al servicio de nuestro egoísmo. M uy al contrario, im porta una adhesión afectuo sa profunda al beneplácito de Dios que es ver- deramente Padre. L a tercera petición del Padre nuestro evoca en nosotros el beneficio que repre senta para nosotros la voluntad de Dios nuestro Redentor, que es el don más grande para nues tra salvación.
L a voluntad de Dios
no es sinónimo de fatalidad
Aferrados al individualism o, sentimos en nos otros una tendencia m uy pronunciada a culti var nuestra propia personalidad. Por lo mismo nos encontramos con frecuencia arrastrados a no adm itir ninguna intervención divina en orden a nuestra salvación fuera de las que crean una si tuación conforme a nuestros deseos y favorable a lo que nos interesa. Ahora bien, según las