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Febvre Lucien - Erasmo La Contrarreforma Y El Espiritu Moderno.pdf

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LUCIEN FEBVRE

. ERASMO,

LA CONTRARREFORMA

Y EL ESPÍRITU MODERNO

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Traducción d e Carlos Piera

Dirección d e la colección: Virgilio Ortega

© 1957, École Pratique des Hautes Études, París © 1970, Ediciones Martínez Roca, S.A.

© Por la presente edición, Ediciones Orbis, S.A. Apartado de Correos 35432, Barcelona ISBN: 84-7634-029-X

D.L. B. 13867-1985

Compuesto, impreso y encuadernado por

Printer, industria gráfica s.a. Provenza, 388 Barcelona Sant Viceng deis Horts

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NOTA PRELIMINAR

Este libro, con excepción d e una conferencia inédita,1 e s una recopi­ lación d e artículos publicados en varias revistas, como continuación a los C om bats pou r l'histoire

,4

aparecidos en 1933. Lucien Febvre pre­ paró el manuscrito entero, reunió los diversos fragmentos, corrigió unos, redactó nuevamente otros; dispuso, con su habitual celo, todo el orden del cortejo: los problemas generales, con el admirable artículo sobre L os oríg en es d e Ja R eform a fran cesa y e í p roblem a d e las causas d e la R eform a a la cabeza; los Estudios so b re Erasm o después; la parte titulada A través d e la R eform a francesa-, y, por último, En e l um bral d e ¡os tiem pos nuevos, es decir, en el umbral del nuevo espíritu del siglo xvn.

Lucien Febvre pensaba escribir un prefacio que enlazase estos estu­ dios aislados con sus grandes obras, y, sobre todo, con su R abelais. Creo que no es d e nuestra incumbencia sustituirle en esta difícil tarea. Este nudo religioso del siglo xvi es, sin duda, el nudo del pensamiento más original d e Lucien Febvre. Se basta a sí mismo.

Femand B

raudel

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1. E rasm o y su ép oca, conferencia pronunciada en agosto de 1949 en Rio de Janeiro, ante la Academia brasileña de las Letras.

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PRIMERA PARTE

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UNA CUESTIÓN MAL PLANTEADA:

LOS ORÍGENES DE LA REFORMA FRANCESA

Y EL PROBLEMA DE LAS CAUSAS DE LA REFORMA

Historia comparada: desde que un hermoso discurso d e Henri Pi- renne despertara ecos adormecidos, estas dos palabras han experi­ mentado un nuevo auge.' Ciertamente, no se trata d e ninguna pana­ cea. Una mirada a nuestro alrededor, por encima d e las medianerías, nos permitiría aportar nuevos elementos en respuesta a numerosas cuestiones mal planteadas. Trataremos d e demostrarlo a propósito del irritante problema de las causas y los orígenes d e la Reforma francesa.

Mucho se ha trabajado, durante casi un siglo, para reconstituir la g é ­ nesis d e un movimiento que, a lo largo d e varias décadas, amenazó se­ riamente a un catolicismo más galicano que ultramontano. Pacientes investigadores -con Nathanael W eiss. probado conocedor d e este os­ curo pasado, a la cabeza-, agrupados en torno al Bulletm d e la S ociété d'H istoire du Protestantísm e frangais? y a la excelente biblioteca d e la calle de Saints-Péres, han continuado e impulsado los trabajos d e ex ­ ploración emprendidos con entusiasmo por atrevidos pioneros, origi­ narios en su mayoría d e Estrasburgo y d e la Suiza d e habla francesa, entre 1840 y 1860.1 2 3 No obstante (para limitarnos a las principales inicia­ tivas), un penetrante historiador, Henri Hauser, tratando d e situar en el

1. Artículo aparecido, en 1929. en la R em e historiqu e. t. CUQ.

2. Bulletin d e la S o d été d ’H istoire du P rotéstanosm e fran jáis, abreviado en el texto bajo las siglas B.S.H.P.

3. A la cabeza de los estrasburgueses aparece Charles Schmidt. Sus Études sur Pare! (Estrasburgo, 1834, w.-4.°). sobre G erson (ibtó, 1839). sobre G érard R oussel (Jbld.. 1949, ln.-8.°) son otras tantas (¿ra s asombrosas para su época. Su influencia (ue doble, por su ejemplo y enseñanza: Nath. Weiss fue uno de sus discípulos. Hay que citar también a E. Reuss(t 1891) por sus preciosos Fragm entsrelaU Is á l'histoire d e la B ible fran eaise (.R em e

d e th éolog ie et p h ilosop h ie ch rétien oe de Estrasburgo. 2.* serie. 11, IV, V, VI, XIV, 1891, 93-97:3.' serie. 10. IV, V, 1869-1867), no menos que por su participación en la gran edición de las Cahrini O pera (1863 y ss.). junto con sus amigos & Cunitz y J.-W. Baum. Baum es autor de T tteodor B eta. Leipzig. 2 voto, in.-8.°, 1843-91. y recopilador del precioso Thesaurus Bau-

m ianus. que se conserva en la Biblioteca nacional y universitaria de Estrasburgo. En cuanto a los suizos, citaremos tan sólo a A.-L. Herminjard. autor de la admirable C orrespon daoce

d es R éíorm ateurs dan s lesp a y s d e langue fra iifa ise, 1S12-1S44, Ginebra y Parts, 1864-1897, la-8.«.

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marco de la vida económica y social la vida religiosa de la Francia del siglo xvi, demostraba que la historia del siglo heroico estaba entrete­ jida d e elementos materiales y espirituales.1 Y, a pesar d e estos esfuer­ zos y estos logros, cuando, dejando a un lado los hechos, se pasa al peli­ groso terreno d e las ideas, ¡qué discordante concierto d e imprecacio­ nes y contradiciones!

¿Hubo o no una Reforma francesa, diferente desde un principio d e todas las demás Reformas contemporáneas, por sus autores y sus ca­ racterísticas? Y si afirma su existencia, ¿hay que atribuirle una fecha d e comienzo anterior a la d e la Reforma luterana? Por otra parte, ¿se trató d e una Reforma autóctona, nacida en Francia, d e un esfuerzo francés, o bien sus gérm enes procedían del exterior y, concreta­ mente, d e la Alemania luterana? He aquí, planteados a grandes rasgos, los tres eternos problemas d e la especificidad, la prioridad y la nacio­ nalidad d e la Reforma francesa que, d esd e hace años, enfrentan a los historiadores, sem ejantes en esto a los polemistas escolásticos que describe Michelet en una cé le b re página. Afirmaciones, negaciones, nuevas afirmaciones: los mentís se suceden, irritantes e inútiles; y aquel que, tratando d e comprender, se engolfa en esta literatura tan vacía como prolija, no encuentra en ello sino argumentos mil veces ma­ nidos por tres generaciones que marcan el paso sobre el propio te­ rreno.

El caso Lefévre es típico. ¿Qué papel desempeñó este modesto sabio en la génesis de la Reforma francesa? Desde hace casi un siglo, con fastidiosa paciencia, los historiadores no se cansan d e dar a esta p re­ gunta dos o tres respuestas contradictorias. Sin remontamos a fechas anteriores a 1897, en este año, E. Doumergue, en su estudioJean Calvin, sostenía una vez más la tesis extremista d e que Lefévre había sido el «creador del primero de los protestantismos en el tiempo».* En 1913, 1 2

1. Estudios recogidos en varios volúmenes: Études su r le R élorm e frampaise, Picard, 1909, in.-12.°; O uvrlers du tem ps p assó, Alean, 1* edición. 1898; Travaiileurs et m archands

dans l'ancienne R an ee, ib ld . 1920; L es débu ts du capü al:sm e, ¡b id . 1927, in -12.'’. A esto hay que añadir cuatro fascículos de Sou rce d e 1‘h istoire d e R an ee. KVT s ié c le (1494-1610), Pi­ card, 1906-1915, repletos de erudición y sagacidad, y el volumen L es débu ts d e l'Sge m o­

derna, la R enaissance et la R étorm e, en colaboración con A Renaudet -para la colección

P euples et dvilisaO on. 1929. (En último lugar, y menos eficaz, La N aissance du Protéstan­

osm e, 1940.)

2. T. I.. 1899, in.-4.°, pp. 542 y ss., apéndice V: L efév re, réform ateu r franpais. Mazda sin­ gular de fórmulas afortunadas y exageraciones. «Lefévre no fue ni Lutero ni Caivino: fue Lefévre... Lefévre fue un reformador original antes que Lutero, porque lo siguió siendo después de Lulero» (p. 544) Se pueden admitir estas afirmaciones, convenientemente in­ terpretadas. Pero decir que «el espíritu de Lefévre fue tan original que nada pudo modifi­ carlo» (P. 545) es totalmente falso. La originalidad de Lefévre se ha beneficiado de fuentes muy diversas, y. como bien ha demostrado A. Renaudet. «el buen Fabri» ha sufrido, a la larga, la influencia de su émulo Erasmo. El autor de la F arce d es T héologastres de 1523 es­ taba en lo justo cuando rogaba al Rey de la Gloría que pusiera en su Santo Paraíso, conjunta­ mente, a «Erasmo, el gran escritor, y a Fabri. el gran ingenio...». Pero Doumergue se aleja aún más de la realidad cuando habla (p. 545) «déla fecha de conversión de Lefévre». ¿Con­ versión a qué? Doumergue olvida que «Lefévre no fue ni Lulero m Caivino». sino él mismo.

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John Viénot, en un apasionado artículo del B u lletínrefutaba la argu­ mentación del decano de Montauban: «La broma ha durado dema­ siado, exclamaba. No ha habido Reforma francesa independiente de la de Lutero y anterior a ella; ¡ya es hora de desembarazar a la historia de la Reforma de esta leyenda!» Sin duda, pero ¿y de su contra-leyenda? Tampoco el artículo de Viénot decía nada que no hubiese dicho y re­ petido ya.'

¿Y qué se podía hacer? ¿Esperar la réplica y, luego, la réplica a esa réplica? No, Sísifo ignora el reposo. Mucho antes d e que Barnaud, en los Études théologiqu es el rélig ieu ses d e Montpellier,2 hiciese suya la tesis de un Lefévre precursor d e la Reforma francesa, un germanista, Louis Reynaud, en su ambiciosa H istoire g én érale d e 1‘influence fran-gaise en A liem agne3 -q u e en su tiempo hizo mucho ruido-, declaraba: «No sólo Lefévre enseñó el luteranismo a los parisinos, sino que quizá lo enseñase también al propio Lutero.» Él quizá era prudente, pero la pru­ dencia se olvida pronto, y así Reynaud concluía: «El luteranismo tuvo, p o r tanto, su cuna en Saint-Germain-des-Prés, y no en Wittenberg.» Lo que no le impedía celebrar1 * 3 4 5 6 en la doctrina del monje sajón «la más per­ fecta expresión d e la Alemania liberada d e finales de la Edad Media». E incluso añadía: «Un movimiento tan profundamente alemán, como francés el calvinismo.» Y, de pronto, los que en 1913, reincidiendo en el odioso tópico, dogmatizaban con Pierre de V assiére (generalmente más acertado): «El protestantismo sería rechazado por el mismo país, cuya alma y genio repelían esencialmente, como se ha demostrado, al espíritu y a la doctrina reformistas»." se veían combatidos d e frente como Doumergue superado y Viénot contradicho. No cometeremos la simpleza d e preguntar el nombre del autor ni el texto literal d e esta p e­ rentoria «demostración». Con toda certeza, no es obra d e Henri Ro- mier, que, en 1916, escribía: «Los únicos que adoptaron y comprendie­ ron la Reforma fueron aquellos d e pura raza francesa, desde Béze hasta Coligny.» Y añadía: «No ha habido movimiento histórico más na­ cional o local que el de la Reforma francesa.»" Pero no resistimos la

ten-1. Y a-t-il une R éform e fr a n ja s e an téríeu re é Luther?, 1913, pp. 97-108.

Z. T. I., 1.a* año, 1926. El bosquejo es sumario. Más documentado es el estudio de H. Dó- rries, Calvin u n dL efévre (Z. f. K irchen geschichte, XU V. 192S), serio esfuerzo para dilucidar, desde el punto de vista teológico, las concepciones de Lefévre sobre Dios y la Majestad di­ vina; la unión con Dios; el honor de Dios. Scheibe, en su Calvw s Pradestinatíonslehre, soste­ nía en 1897 que, 3obre estos puntos, Calvlno no habla hecho sino reproducir las ideas de Le- févre.

3. Hachette, 1914. Véase el § I del capítulo V, pp. 157-171.

4. Página 157. Y un poco más lejos (p. 164); «El luteranismo es germanismo a la segunda potencia.»

5. R écils du tem ps d es troubles. D e qu elqu esassassin s, Em tie Paul, 1912, p. 16. La misma tesis, con distintas palabras, sostiene Autin en L es cau ses d e l'éch ec d e la R éform e en

FYance, Montpellier, 1917. En contra de ella escribe J. Pannier, entre innumerables artícu­ los, L es origin es fran gaises du protestantism e frangais IB.S.H.P.. 1928, t. LXXVII).

6. B.S.H.P., 1916, 343. Y añade (i b l d «Creo que toda, o casi toda, la civilización moral del siglo XVII francés tiene sus raíces en la Reforma nacional del siglo XVI.» Observemos que Romier no se ocupa de lo que denomina «la Reforma, bastante vaga, de los primeros tiempos»; sólo se interesa por la de Calvlno, «que cristalizó en una doctrina y una

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organiza-tación d e catar dos textos d e Brunetiére. En 1898, en su H istoire d e la ¡it-térature frangaise' declaraba, con su imperturbable autoridad: «La Re­ forma es esencialm ente germánica, e s decir, opuesta al genio fran­ cés.» Dos años después, en la Revue d es Deux M ondes1 aseguraba: «Hubo una Reforma puramente francesa, que nada, o poco, debió a la Reforma alemana...»

Quizá alguien diga: «Las pasiones temporales, políticas o'religiosas, lo explican todo.» Todo, no. No explican que Doumergue y Viénot, his­ toriadores y teólogos reformistas ambos, interpreten tan contradicto­ riamente la postura de Lefévre frente a Lutero, o, para ser más exactos, la verdadera situación de Lefévre a la vez ante los innovadores, los conservadores y los hombres d e su país que, más tarde, siguieron a Juan Calvino. No explican la pereza en abandonar las viejas costum­ bres de la controversia. Además, no son sólo unos pocos historiadores los que se enfrentan brutalmente. Es todo un problema, el problema capital d e los orígenes d e la Reforma en Francia, que aún no se ha re­ suelto. aunque pueda agrupar a la casi totalidad d e hombres d e buena voluntad. Y esto sin duda es grave.

Más grave d e lo que normalmente creen los historiadores. Es sabido que, en su mayoría, desconfían mucho d e lo que llaman «las ideas g e­ nerales». No digo que estén equivocados, pero hay que distinguir. En un movimiento tan amplio como la Reforma, que se desarrolla en un país espiritualmente tan rico como Francia, buscar e l punto d e partida (como si, en efecto, sólo hubiera un punto d e partida) inmerso en un círculo cerrado de acontecimientos y d e motivaciones; d e corrientes de ideas y de sentimientos tan poderosos, y mezclados además con tantos intereses temporales, no querer reconocer de forma exacta las fuentes profundas, de modo que cualquier investigador desinteresado pueda enumerarlas sin vacilar, es exponerse alegrem ente a los mayo­ res errores, a las interpretaciones más fantásticas; precisamente, las que se enfrentan en las citas que recogemos más arriba. Aún más, es renunciar a representar un movimiento cuya curva sólo se puede tra­ zar si se comienza por calcular, d e forma rigurosa, las primeras coor­ denadas.

aón eclesiástica, hacia 1560, que surgía de lo más profundo de nuestro terruilo y de nues­ tra alma nacional». Esta idea es discutida por Weiss, ibtd., 1916, pp. 246 y 343; «Si. si se en­ tiende que la Reforma francesa fue preparada, proclamada en Francia por franceses y fa­ vorecida por ciertas tradiciones francesas; no, si lo que se quiere decir es que la Reforma nació en Francia y se desarrolló independientemente de toda otra influencia.»

1. T. 1., p 1%. En el M anuel del mismo autor (1898, p. 75) se halla otro pasaje divertido: «¡Francia ho había rechazado lo que encontraba demasiado germánico en su constitución, bajo las especies del sistema feudal (s/c). para reintegrar en ella, bajo las especies del pro­ testantismo, algo al menos igualmente germánico!»

Z. L ’O euvre littéraire d e Calvin. 13 de octubre de 1900. pp 898-923 Sobre la polémica que suscitó, cf. B.S.H.P., t. L, 1901, p. 698. y t. U. 1902, p. 38.

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I

¿Cómo definir hoy estas viejas posturas que sólo la inercia d e sus ad­ versarios parece mantener? ¿Y, cómo han llegado a adoptarlas en el transcurso del tiempo?

Sólo se puede señalar a grandes rasgos, ya que carecem os de his­ toria, buena o mala, de la Reforma francesa.1 En términos generales, el día en que cualquier problema histórico d e cierta importancia esté apoyado por un estudio genealógico en regla, se habrá dado un gran paso. Nunca nos encontramos, por decirlo así, ante hechos clasifica­ dos d e modo imparcial, que podamos libremente combinar a nuestro antojo. Tropezamos siempre con selecciones antiguas, más o menos arbitrarias, d e sucesos e interpretaciones; con recopilaciones ya clá­ sicas d e ideas y documentos: en una palabra, con «grandes proble- mas> planteados a veces desde hace varios siglos, bajo la influencia de costumbres, ideas y necesidades que han dejado ya de ser las nuestras.

Un hecho está claro. Los primeros que se esforzaron por encontrar las causas, recorrer las vicisitudes, descubrir los principios d e la Re­ forma, no fueron historiadores sino eclesiásticos, sacerdotes o minis­ tros, con ribetes de controversistas. Para ellos, no se trataba de estu­ diar. con simpatía desprovista d e segunda intención, la génesis d e una nueva mentalidad que levantaba contra las viejas formas piadosas a miles d e fieles ávidos de certidumbre. Los tiempos no estaban para se­ mejantes curiosidades. De hecho, preocupaciones muy poco desinte­ resadas, verdaderas obligaciones profesionales o necesidades d e lu­ cha determinaban las opiniones y las posturas d e estos beligerantes, para los que la historia era sólo un arsenal. Como eclesiásticos, preten­ dían, ante todo, defender sus Iglesias particulares frente a las rivales. Y por ello, lo que más les afectaba d e la Reforma no eran sus conse- ' cuencias religiosas, sino eclesiásticas: la ruptura con Roma, el naci­ miento d e nuevas Iglesias, hecho primordial que unos trataban d e jus­ tificar y otros deploraban apasionadamente. En cuanto a los historiado­ res, modestos auxiliares d e las potencias en juego, se guardaban de aventurarse en las oscuras profundidades de una historia repleta de psicología, cuyas posibilidades y fecundidad no sospechaba nadie por entonces. ¿Qué papel desempeñaron las nuevas Iglesias, íntimamente unidas a los príncipes, en el concierto discordante de una Europa d es­ garrada por guerras medio políticas, medio confesionales? Esto es lo que Sleidan, el primero de los historiadores de la Reforma, se preo­ cupó por demostrar en el siglo xvi con su D e statu religion is et reipubli-cae, de 1551; esto es loque, durante tres siglos, retuvo exclusivamente la atención de un abigarrado tropel de memorialistas más o menos hu­ manizantes, ninguno de los cuales pensó en enfocar la Reforma dentro

1. £3 instructivo B ossvet historien, de Rébelllau, no es aquí de ninguna utilidad, toda vez que Bossuet desdeña todo lo que, en Francia, es anterior a Calvino.

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d e su marco histórico.' Aquí y allá, entre los controversistas y los ana­ listas, este inmenso movimiento, tan considerablemente rico en aspec­ tos, se encontraba reducido a dos elementos aislados, el eclesiástico y el político.

De esta forma, el problema d e los orígenes se hacía secundario. Para ser más exactos, no había ningún problema en la brusca rebelión de un monje, Martín Lutero, que, en 1517, al profesar públicamente unas doc­ trinas que Roma juzgaba heréticas y él saludables, emprendía la bata­ lla contra la autoridad de la Santa Sede y finalmente, en 1521, se veía apartado, por un acto solemne, de la comunión de los fieles romanos. ¿Qué trayectoria personal de psicología religiosa llevó a Lutero a ese extremo, qué meditaciones y qué doctrinas influyeron en él? Esto no le importaba a nadie. La Reforma era un cisma, sin más, y todo cisma tiene por causa una rebelión. ¿Cómo ir más lejos, y para qué? Una nueva era comenzaba en 1517; esta fecha fatídica marcaba el comienzo de una Historia nova que nacía con Lutero, como la Historia m edii aevi con Cristo. Y así fue como, para explicar la desgarradura d e la tínica inconsútil se impusieron a católicos y protestantes, tan desprovistos los unos tíbmo los otros d e vanas curiosidades, dos nociones elementa­ les. La Reforma, surgida d e una rebelión contra los abusos d e la Iglesia, reconocía esos mismos abusos como causa y, como autor, a Martín Lu­ tero, fogoso y temible corregidor d e abusos.

¿Cómo conspiraron las necesidades de una ardiente y apasionada controversia, que se prolongó durante más d e dos siglos, para asegu­ rar el control absoluto de los ánimos por parte d e unas concepciones tan simplistas? No es asunto nuestro detallarlo aquí. Pero para conven­ cerse de que tanto en Francia como en Alemania u otros países, estas nociones propagandísticas satisfacían por igual a católicos y protes­ tantes, basta con abrir a un tiempo la H istoire d es variations de Bossuet y la Du calvinism e et du p ap ism e m is en p aralléle d e Jurieu.2

¿Nació la Reforma de los abusos de la Iglesia católica? ¡Qué placer para los atacantes enarbolar estos abusos, presentar al público las fla­ quezas privadas de curas y monjes, de obispos y hasta de papas, y de­ tallar luego los excesos de un sistema impositivo tachado de *simo- níaco» con excesiva facilidad! Pero los hijos sumisos de Roma, después d e ergotizar duramente acerca de los detalles, ¿por qué se iban a re- belar seriamente contra una teoría que, al incriminar a los individuos, dejaba intactos los principios, lo único que les importaba?3 1

1- Véase Fueter. H istoire d e i'historiograpbie m oderna, trad. Jeanmaire, Alean, 1914, p. 305.

2. Rotterdam. Rainiero Laers, 1683. in.-4.° respuesta a la H istoire du caivinism e del pa­ dre Maimbourg. publicada en 1680. También en 1680 debió empezar Bossuet su H istoire

d es variations, terminada en 1687 e impresa en 1688

3. Este aspecto de la cuestión no ha escapado a H. Hauser. Cf. lo que dice (Sources. XVP

siéc le, t. n, 1909, p. 36) sobre las dos tendencias: de la historiografía católica <a presentar los fenómenos de la Reforma francesa como simples posiciones individuales», y de la

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bistorio-¿Fue Lutero el autor universal y común d e la Reforma? Para los cató­ licos era muy conveniente establecer, entre calvinistas y luteranos, unos lazos de solidaridad que estimaban, por diversas razones, alta­ mente comprometedores. Pero sus adversarios se guardaban d e re ­ chazar esta solidaridad. Porque la argumentación d e un Bossuet: «Los calvinistas no pueden negar que siempre han visto en Lutero y los lute­ ranos a sus antecesores»,1 les hada más fuertes para oponer a sus ad­ versarios, encantados d e «mostrarlos al público como un monstruo de varias cabezas», el bloque solidario y compacto d e todas las Reformas unidas en la Reforma...

Y, por otra parte, ¿cómo iban a repudiar nuestros padres unas tesis aceptadas, desde temprana hora, como verdades indiscutibles?2 ¿Acaso la cristiandad, durante e l transcurso del siglo xv y comienzos del xvi, no había denundado los abusos con significativa violencia? ¿Acaso no se descubrían irregularidades, escándalos, excesos de todo tipo, cada vez que se hojeaban los archivos d e una diócesis, d e un capítulo, de un monasterio? ¿Quién hubiera podido dudar d e que el mismo Lutero hubiese obrado impulsado por el odio a tales abusos, de que el origen d e su actuadón fuese su viaje a Roma en 1511 y el asunto de las indulgencias, y que de ahí surgiese toda la Reforma? ¿No se te­ nían acaso acerca d e este punto capital las confesiones d e n veces re­ petidas del adversario de Tetzel, del peregrino decepcionado por la dudad falsamente santa? Y este Lutero era ciertam ente el padre co­ mún de las diversas Reformas: d e la alemana considerada en bloque sin distindón d e regiones ni sectas, también d e la helvética, aunque a veces siguiera sus propias rutas, y finalmente d e la francesa, a pesar de la indiscutible originalidad d e Juan Calvino.3 Pero, ¿qué hubiera he­ cho éste, qué hubieran hecho los reformadores d e todas las Reformas, si Martin Lutero no les hubiera precedido?

Lutero era el «autor» en toda la acepción de esta poderosa palabra: la historia religiosa de todo un siglo se ordenaba alrededor del monje, re ­

grafía protestante «a no considerar como específicamente reformado sino lo que. antes de 1536, al menos, era luterano, y después de esta fecha, calvinista».

1. Bossuet de nuevo (¿bld. § 10): «Los luteranos pueden ver en los calvinistas la conti­ nuación del movimiento que suscitaron, y. por el contrario, los calvinistas deben conside­ rar en los luteranos el desorden y la incertidumbre d e las primicias que ellos siguieron.» Z. Sin embargo, un reformado, Basnage, denuncia en 1699, en su H istoire d e l'Égtise d e-

pu is Jésus-C hríst jusqu'é p résen i (Rotterdam, Rainiero Leers, I. II, p. 1470), la habilidad de Bossuet «reproduciendo celosamente lo que los otros eclesiásticos han dicho contra los de­ sórdenes del clero», es decir, «lo más grosero y sensible que habla», pero negando «que se pidiera la Reforma de la Fe». Basnage define, por su parte, el objetivo al que tendía la Re­ forma: «Cambiar la fe de la Iglesia: corregir su culto y derrocar la autoridad del papa.» Lo que no le impide comenzar por una declamación contra la corrupción de la Iglesia en vís­ peras de la Reforma»: «Era una lepra que corroía el cuerpo entero: laicos y monjes, sacer­ dotes, obispos y papes estaban igualmente involucrados en los crímenes más enormes.»

3. Cf. todo el capitulo IV de la H istoire du calvinism o el d a p ap ism e en p arattéle. En ella se explica el esfuerzo de los controversistas reformados por reducir a insignificantes di­ vergencias las «variaciones» que se esgrimían contra ellos. «Es ridículo hacer dos religio­ nes de esas pequeñas diferencias, dice Jurieu de zuinglianos y calvinistas, que no consti­ tuirían dos partidos en una escuela» (p. 65).

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formador luego d e W ittenberg. ¿Y los hombres que, antes d e él, se habían preocupado por los problemas religiosos? Nada más que pre­ cursores que pusieron, como Erasmo, el huevo que luego empollaría el poderoso heresiarca. ¿Y los hombres que frente a él. anabaptistas o espiritualistas, fundaron también comunidades imbuidas d e diferente espíritu? Hijos ingratos del padre universal, nutridos y alimentados con su leche, que después le combatían alevosamente. ¿Y. para ter­ minar, los hombres que en su época o después fueron los promotores de un nuevo catolicismo, manifestándose a favor d e una profunda transformación d e la piedad individual y del culto público, d e las d e­ vociones, los sentimientos e incluso el arte cristiano? Simples repre­ sentantes d e la «Contrarreforma», por tanto ligados a la Reforma, es decir, a Lutero: la etiqueta lo decía con toda evidencia. Mezquinda­ des: pero tendrán que pasar tres siglos para que se reconozcan como tales...

Porque las cosas siguieron así hasta mediados del siglo xtx. Enton­ c e s entraron en escena los historiadores. Primero prudentemente, como hombres acostumbrados a moverse en terreno político; luego con crecien te osadía, a medida que encontraban a su lado apoyo y aliento.

Su intervención no supuso ningún progreso notable. Se ha obser­ vado a menudo cómo Ranke, en la segunda, por orden cronológico, de sus obras maestras, su D eutsche G eschitche im Zeitalter d er R efor-m alion (1839-1847), duda en abandonar el terreno firme d e la historia política y se muestra poco curioso por los problemas d e los orígenes. Igual sucedió en Francia. De las dos tesis tradicionales, nuestros his­ toriadores aceptaron una casi sin discusión: sus costumbres mentales no les llevaban a discutir apenas la afirmación d e que la Reforma fuera hija d e los abusos. Pero diversos hechos, difíciles d e clasificar o de interpretar, les hicieron poner en tela d e juicio que Lutero fuera el padre común de todas las Reformas.

«El jesuita Maimbourg, escribía burlonamente Jurieu en 1683, no sabe qué hacer con Guillermo Bri<?onnet, obispo d e Meaux.»1 Es cierto. Pero nadie lo sabía mejor que el jesuita Maimbourg. Hasta 1559 no se celebró en París el primero de los sínodos nacionales de la Igle­ sia reformada de Francia. Poco antes, hacia 1555, un testigo, Crespin, fija los orígenes d e las Iglesias regulares constituidas en Francia a imagen d e la Iglesia de Ginebra, con pastores designados por Cal- vino. Estas fechas, para eclesiásticos preocupados por los títulos y los derechos de sus comunidades, tomaban todo su valor. Sin embargo, en los treinta o treinta y cinco años precedentes, no había habido en Francia únicamente católicos de estricta ortodoxia. Ya en 1523 ardía, en el mercado de cerdos de París, la hoguera del agustino Jean

Val-1. H istoire du calvin ísm e ef du papism e, I. II. 64. lurieu trata también de Lefévre, cuno de los que se sirvió el obispo de Meaux para arrojar de su diócesis los fundamentos de la Re­ forma». Pero no examina sus doctrinas (ibid., p. 66).

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liére. ¿Quiénes eran los obstinados que pagaron con su vida sus con­ vicciones o que, obrando con mayor prudencia, oscilaban entre la or­ todoxia y la heterodoxia?

¿Eran luteranos? Los católicos, de tiempo atrás, les etiquetaban así. Lo que, por otra parte, no les impedía burlarse con Florimond d e Rae- mond y mostrar a esos pretendidos «luteranos» rumiando «cada cual en su cabeza su creencia y opinión particular y reprobando la de su com­ pañero». «Uno, añadía socarrón, encontraba bien tal punto de Lutero; éste, otro de Zuinglio; aquél era de la opinión de Melanthon y el de más allá’, del parecer de Ecolampadio o Bucero.» Su conclusión es previsi­ ble: «Su fe es errante, agitada, vagabunda, sin pie, sin fondo y sin ori­ lla.»1 Y los reformistas se hubieran sacudido gustosamente el peso de un montón de epítetos, no precisam ente de alabanza: pero, ¿cómo? Es luterano, declaraba Bossuet, aquel que toma por regla la Confesión de Augsburgo.2 Y lo más, lo mejor que podía d ecir Jurieu,3 es que al pro­ mover Lutero la querella de las indulgencias, «se quiso en Francia, como en otras partes, conocer el fondo d e esta querella y este examen fue muy ventajoso para la Reforma». Hay que confesar que este lutera- nismo carecía casi en absoluto d e consistencia dogmática. Y, enton­ ces, ¿qué eran nuestros franceses «malolientes»? ¿Zuinglianos? Las mismas dificultades: ninguna adhesión a una confesión d e fe conocida y clasificada; ninguna Iglesia local formalmente constituida. Pero, ¿y qué? Sólo los curiosos se inquietaban por estas minucias. Y no eran nu­ merosos, ni mucho menos exigentes.

En todo caso, no se plantearon cuestiones d e prioridad, durante largo tiempo, entre alemanes y franceses. O, al menos, si se emprendía un debate d e este tipo, era por intermedio d e Ulrico Zuinglio. ¿Quién fue el primero, el sajón o el d e Zurich? La H istoire ecclésiastiqu e colo­ caba a ambos héroes en un mismo plano. «Entonces, decía. Dios creó a dos personajes d e espíritu verdaderamente heroico, y al mismo tiempo.» Acababa, sin embargo, por conceder a Lutero una ventaja: había sido «el primero que escribió».4 Pero nuestros reformistas del si­ glo xvn ya no dudan. Como calvinistas, reivindican su plena autonomía frente a Lutero y los luteranos. Aún no piensan en reivindicar a Lefévre como uno de los suyos, ni siquiera en hacer resaltar los méritos d e un Farel, vehemente hombre d e acción, pero teólogo sin autoridad, mal conocido y desdeñado; por ello, se adhieren a Zuinglio, al que procla­ man autor verdadero d e la Reforma. Basnage declara en su H istoire d e I'Égiise (1669): «Zuinglio fue el primer reformador... Precedió a Lutero. Sin entrar en comercio con él, y sin haber leído sus obras, se fijó un

t. L ‘H istoire d e la n aissan ce, p ro g rez e l d éca d en ce d e l'h érésie d e c e siécte. libro VII, c a ­ pitulo V1U, 1 * edición. París, 1609,81.-4 °; citamos según la edición de Ruán. La Motte, 1623, 4 ». p. 879.

2. H istoire d es variations. prefacio, § 17: «Los luteranos, es decir, los que tienen por re ­ gla la Confesión de Augsburgo.»

3. Op. a t . 2.a parte, capitulo IX. P. 404

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plan de Reforma semejante a la suya, si se exceptúa la impanación»,1 a lo que Jurieu añade: «Zuinglio, como primer autor del calvinismo, apa­ re ce el primero en las filas», y prosigue: «Aunque las predicaciones de Lutero comenzaran a hacer ruido algún tiempos antes que las de Zuin­ glio, no obstante Zuinglio predicó la Reforma antes que Lutero.»8 Flori- mond de Raemond (que calificaba a Zuinglio de «luterano encubierto», y a Farel, Lefévre, Amaud y Roussel de «luteranos zuinglianos», con bastante ingenuidad) había revelado por adelantado uno d e los mo­ tivos a los que obedecían tanto Jurieu como Basnage: había que de­ mostrar «que el mismo espíritu santo que había impulsado a Luteró en Sajorna, había movido a Zuinglio en Suiza, uno en pos del otro».8 La observación demuestra un cierto ingenio gascón; pero estaba lejos d e explicarlo todo.

Sin embargo, se había planteado un problema difícil. Y los contro­ versistas en discordia podían dejarlo fuera d e sus polémicas, y los his­ toriadores, limitados al terreno político, no sospechar su interés, ni si­ quiera su existencia: el día en que el espíritu moderno d e la historia empezara a penetrar en el recinto celosamente ce n ad o d e los estu­ dios religiosos, el gran debate se abriría fatalmente.

El momento se retrasó a causa del interés casi exclusivo d e los histo­ riadores románticos franceses por la Reforma alemana en general y por Lutero en particular; entendámonos, por la figura romántica d e un Lutero vagamente emparentado con el Doctor Fausto. No olvidemos que la cuarta parte del libro D el'M em agn e se titula; La religión et 1‘en-thousiasm e y que también en el capítulo segundo, Du protestantísm e, Madame d e Staél dedica a Lutero unas frases desde una óptica nueva. Calificar la Reforma de «revolución operada por las ideas», como ella hace, es, a pesar de todo, ver mejor y más claro que tantos hombres obstinados en definirla como una rebelión contra los abusos. Pero, so­ b re todo, escribir que «el protestantismo y el catolicismo no provienen de que haya habido papas y un Lutero; que es una pobre manera de considerar la historia la de atribuirla al azar ; que el protestantismo y el catolicismo existen en el corazón humano; que son potencias morales que se desarrollan en las naciones porque existen dentro de cada hombre», era anunciar de una forma clara una renovación total de los estudios históricos aplicados a los problemas religiosos.1 2 3 4 * *

Sea como fuere, basta hojear el índice de la Revue d es Deux M ondes

1. Op. dt„ p. 1489 Basnage no dice una palabra de Lefévre 2. P aralléle, 1* parte, capítulo 1. pp. SO y 53.

3. H isiotre d e la naissan ce..., II, VIO, p. 166. Raemond ve luteranismo por todas partes: cf. libro 11: Cómo entró en franela el luteranismo, ib ld ., capítulo UI: 0 luteranismo empezó en la ciudad de Meaux, etc. Sobre la prioridad de Zuinglio. que niega igual que Bossuet, cf UI, IU, p. 278: sobre los «luteranos encubiertos» de Francia, vn. VIII, p. 848.

4. Cf. Billion: Atoe, dé Staél et le m ystídsm e (Revue d'histoire liU éraire, 1910), especial­ mente p. 107, indicaciones sobre Zachanas Werner, el poeta trágico, autor de un Lulero, que frecuentó en Coppet en 1808.

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para ver cómo la atención de nuestros historiadores se inclinaba es­ pontáneamente, entre

1830

y

1840,

hacia la Reforma alemana. El

de marzo d e

1832,

Michelet preludia, con un artículo sobre Martín Luther, sus M ém oires d e Luther de 1

83S.

El 1,° de mayo d e

1835,

Mignet relata la dramática com parecencia de Luther á la d iéte d e W orms. El mismo año, Nisard comienza con tres artículos sobre E rasm e la serie de estu­ dios sobre la R éform e et 1'hum anism e, mientras M erle d'Aubigné pu­ blica el primero d e los cinco volúmenes d e una H istoire d e la R éform a-tíón du XVIa siécle, tem ps d e Luther, que sería objeto de numerosas ediciones y traducciones.' En la Revue (en la que, en abril d e

1838,

aún se estudia la Papauté depuis Luther, según la obra maestra d e Ranke) no se introducen los estudios sobre la Reforma francesa hasta

1842,

con un artículo d e Lerminier, Du calvinism e. Hay que señalar que esta dis­ tinción e s nuestra, y no d e los hombres d e

1840.

Nuestros historiadores, al ocuparse d e Lutero y Melanchthon, no se interesan por una «Re­ forma alemana», distinta d e las Reformas llamadas suiza, francesa o in­ glesa. Estudian «la Reforma» en general, sin preocupaciones naciona­ listas; cuando señalan, como Madame de Staél. que Lutero es, de entre todos los grandes hombres que Alemania ha producido, el de carácter más alemán, ven en él, ante todo, al hombre que sembró en Europa en general, y en Francia en particular, la «semilla de la Reforma».

Hasta muy tarde, una vez que la Facultad de Teología protestante de Estrasburgo, madre de los estudios eruditos sobre la Reforma fran­ cesa,4 emprendiera serios trabajos d e investigación para desenterrar su nombre y su obra, no se empezó a tratar de manera rigurosa el pro­ blema d e Lefévre d e Étaples.1 2 3 Este hombre tímido, modesto, cuyas obras austeras y d e difícil lectura permanecieron largo tiempo en el ol­ vido, oficialmente no estuvo separado d e la Iglesia católica. Tampoco había sido arrojado de ella, aunque la Sorbona le ocasionara molestias

1. L ’histoire d e la Réform ation en Europe, tem ps d e Calvin, del mismo autor, sólo se pu­ blicó de 1863 a 1878.

2. No carece de interés redactar una lista de las tesis «históricas» de la Facultad en la primera mitad del siglo xix. Resulta impresionante ver que no hay ninguna dedicada a la historia déla Reforma alemana: 1828. J. Viguier.La Réform ation étroitem ent lié e á Ja Renais-

san ce et au p ro g rés d es b elle s lettres: 1831, A. Brisset, M aillard eon sid éré com m e préd ica-

teu retp ein tre d es m oeu rs d e son siéc le: 1832, L.-A.G. Ménégoz. £ssai su r le s causes d e la Ré-

form alion (1° que el despotismo de los papas y la inmoralidad del clero provocaron la Reforma; 2 ° que los acontecimientos sucedidos en el mundo religioso y político desde el si­ glo Xtl facilitaron su camino: y finalmente, que el Renacimiento de las letras contribuyó po­ derosamente a realizarla). 1832, L-V. Jaeglé. Fierre d'Ailty précu rseu r d e la R élotm e en

Franee: 1834. Homing. G erson com m e prédicateu r, 1834. Ch-A. Wagner, H istoire d e la R é-

form atioo en Franee. «Ya en 1521 apareció, a las puertas mismas de Parts, una comunidad protestante, bajo los auspicios del célebre y sabio G. Brigonnet»; 1834. Ch. Schmidt, Études

sur F arel, 1840, Pameyer, P. d'Ailty: 1841. Paur. Apergu historiqu e sur la Réform ation en

Fi-ancejusqu'á la m ort d'Henri II («La Reforma predicada por Lutero encontró pronto eco en Francia»); p. 4. Brigonnet, en 1521, llama a París a Lefévre, a Farel y a Ruffi «para que le ayuden a predicar la Reforma».

3. La primera monografía sena sobre Lefévre es la tesis de licenciatura en teología del estrasburgués Graf. E ssai sur la vie et le s écrits d e L efév re d ’É taples, 1842, in.-4 Graf vol­ vió sobre el tema en 1BS2, en 2. t. d. histor. T heologie. XXII, 1852, 3 y ss.

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y le censurara. Algunos de sus discípulos -por ejemplo, Josse Clich- toue- permanecieron fieles al catolicismo y se alzaron resueltamente contra Lutero.1 Otros, aunque manifestaran su simpatía hacia los inno­ vadores, siguieron siendo miembros, dignatarios incluso, d e la Iglesia, como Gerardo Roussel, abate d e Clairac y más tarde obispo de Ota­ ron.1 Por último, algunos no dudaron en entablar batalla abierta contra Roma, como hizo Guillermo Farel.1 2 3 4 5 Lefévre, fuente viva d e hombres tan . diversos, había sufrido las más variadas influencias.* O, mejor dicho, las había buscado, tomando sólo d e cada una lo que más convenía a su temperamento. Había creado, más que una doctrina, una práctica pia­ dosa y una fe muy personales. Si en todo ello se había comportado como un hombre d e su tiempo, no era razón para calificarle d e luterano o de zuingliano. Ninguna de estas etiquetas cuadraba al tan original pi- cardo, a la vez solitario y rodeado de discípulos. Sin embargo, en 1512, cinco años antes d e que Lutero levantase su protesta contra Tetzel, pu­ blicó un Comentario a las epístolas de Pablo, el gran santo d e la Re­ forma, en el que se apuntaban atrevidas tesis. Pensando en eso, y tam­ bién en su obra posterior de vulgarizador d e libros santos que Richard Simón y Prosper Marchand estudiaron después,* recordando su p re­ sencia en Meaux junto a Brigonnet, su huida a Estrasburgo con G e­ rardo Roussel, su muerte en Nérac al lado de Margarita, era natural que algunos historiadores se sintieran seducidos por la idea d e un Le- févre padre y precursor d e Martín Lutero.

Hubo ciertas dudas antes de llegar a este punto, pero al fin se llegó. En 1842, Graf, planteándose la cuestión: «¿Era protestante Lefévre?», respondía al final de su tesis: «Si no se declaró miembro de la Iglesia protestante, fue porque en Francia, en aquella época, no existía una Iglesia protestante; y no era él el hombre designado por la Providencia para fundarla.» Palabras prudentes y equívocas. M erle d e Aubigné, en

1. Clerval, D e Ja d o a G ich tov ei vita et operibu s, París. 1894. (Tesis.)

2. Trabajo fundamental en Cb. Schmidi. G érard R oussel. p réd icateu r d e la r e n e M ar­

g ú em e d e N avarre, Estrasburgo. 1845.

3. Sobre Farel. amén de los ilu d es de Schmidt arriba citados, véase el bosquejo de H Heyer. G uillaum e Farel. essa i sur le développem en t d e s e s id ée s th éolog iqu es (tesis de teología, Ginebra. 1872); los estudios de N. Weiss en el Bulleün. t LXVni. 1919. p. 179; t. LXIX, 1920, p. US, y la biografía colectiva, publicada en 1930 por un grupo de historiado­ res, pastores y profesores bajo el título de Guillaum e Farel, I489-IS$S, Neuchátel, in.-4."

4. Aparte de Graf, cf. Renaudet. P ré-R étorm e et hum anism o á París au tem ps d es g u e­

rra s d'ltalie. 1918, passim. Sobre el LefóvTe de Imbart de LaTour (.Origines d e la R élorm e, 11, 1909, pp. 383-395), cf. nuestras observaciones críticas en R evue d e Synthése historíque. XX, 1910. pp. 159-171, y las de Renaudet en Revue d'histoire m od em e, XII, 1909, pp. 257-273. 5. Sobre Richard Simón, cf. la H istoire critiqu e d es versian s du Nouveau Testam enl, Rot­ terdam. 1690, tn.-4.“, capítulo XXI, y. sobre todo, la H istoire critiqu e desp rin d p au x com m en-

tateurs du N ouveau Testam ent. Rotterdam. 1693, m -4 “, capítulo XXXIV; para Próspero Mar­ chand, cf. DicUonnaire histon qu e. La Haya, 1758, in-fol.. 1.1.. p. 252, Févre. El artículo de Bayle sobre Lefévre es sumario. Véase también Quiévreux, La traduction du Nouveau T es­

tam ent d e L efév re (tesis de teología, París, 1894.56, p.); A. Laune. mismo título (ibld.. 1895, 48 p.). y Bulletin, t. L. 1901, p. 595.

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el libro XII de la obra que antes indicábamos,1 fue mucho más lejos. Después d e traducir algunos textos de Lefévre, concluyó triunfal­ mente: «Antes de 1512, en una época en que Lutero no había dejado aún su huella en el mundo y se dirigía a Roma para resolver asuntos de frailes: en una época en que Zuinglio ni siquiera había comenzado a aplicarse con celo al estudio de las Sagradas Escrituras y cruzaba los Alpes con los confederados para combatir por el papa, París y Francia habían recogido ya las enseñanzas de unas verdades vitales de las que más tarde surgiría la Reforma.» Luego, constatando que, si bien la Re­ forma suiza «fue independiente de la Reforma alemana, la Reforma de Francia lo fue a su vez de la suiza y la alemana», daba un paso más y, adelantándose medio siglo a Louis Reynaud, declaraba: «Si sólo se mi­ ran las fechas, la gloria de haber comenzado esta obra no pertenece ni a Suiza ni a Alemania. Esta gloria es de Francia.»

La tesis suscitó vivas protestas. Pero, sobre todo, recibió adhesiones. En 1856, en su nota sobre Lefévre, los autores d e la France protestante se mostraban prudentes y comedidos.* Pero, en 1859, Orentin Douen proclamaba,por su parte: «En 1512, cinco años antes de Lutero, los pri­ meros rayos del sol de la Reforma brillaron sobre el mundo.»1 2 3 Mignet creía aún que Francia había recibido «de Alemania la semilla de la Re­ forma protestante»;4 Michelet hallaba en su H istoire d e France una fór­ mula admirable para resumir el pensamiento de sus precursores: «La aureola de Lutero, su personalidad poderosa, el éxito de su resisten­ cia, se extendieron por toda Europa, alentando así la Reforma. Pero la

1. La priraeia edición es de Parts, 1833-1853. S m.-8.°; utilizamos la edición de 1860, S vols. in.-12.*, revisada: cf. 1. 10. libro XII. p. 376. El autor añade (p. 379): «La Reforma no fue, pues, en Francia, una Importación extranjera. Nació en suelo francés Germinó en Parts. Tuvo sus primeras raicea en la propia Universidad.» Y más lejos: «Aunque no hubiesen existido nunca Zuinglio ni Lulero, hubiera habido en Francia un movimiento d e Reforma.» Sin embargo, reconoce (p. 380) que «Lutero es. en el sentido más vasto de la palabra, el pri­ mer reformador. Lefévre no es un reformador completo... Es el primer católico en el movi­ miento de la Reforma y el último reformado en el movimiento católico..».

2. Op. t i l , I. VI. 1 .* edición, 18S6. p. 308: «Fue. sin discusión, uno de los agentes más in­ fluyentes del Renacimiento en Francia, y al mismo tiempo, con sus trabajos sobre la Biblia, prestó, sin duda alguna, importantes servicios a la Reforma» Hablando del comentario de 1312, los hermanos Haag escriben que Lefévre «emite claramente en él opiniones dogmáti­ cas que le separan de la Iglesia romana, sin unirle completamente a Lutero, ni menos aún a Calvino». Graf. en 1842. abordando el problema de las relaciones entre Lefévre y la Re­ forma (p. 125, $ II: Était-il p rotéstala?) concluía, con más atrevimiento: «No tenía un carácter suficientemente emprendedor, ni un espíritu suficientemente osado para ponerse a la ca­ beza del movimiento» (p. 127). Pero «no reconoce más fuentes de la verdad cristiana que la Biblia; sólo espera la salvación por la gracia de Dios y en Jesucristo sólo, y no atribuye el menor mérito a las obras y a tas prácticas prescritas por la Iglesia»

3. 1859, p. 389. Ya en 18S5(ib/d,,p. 102), Athanase Coquere! escribía: «El tímido Lefévre (la palabra tímido se convertía desde entonces, en la pluma de los protestantes, en el epíteto homérico del autor del C om entario a las Epístolas de Pablo) fue el primero, en el orden cronológico, de los reformadores.. La Reforma ñamó en Francia y en el espíritu fran­ cés, antes de nacer en otras partes»

4 Anquez (H istoire d es A ssem btées potin qu es d es réíorm és d e fírance, 1859, p. v.) se refiere a Mignet. «Un ilustre historiador ha establecido... que la Reforma religiosa predi­ cada a la vez en 1517... por Lulero , y por Zuinglio, no fue seriamente emprendida en Fran­ cia hasta 1560.»

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Reforma había nacido simultáneamente en todas paites.»1 La frase no satisfuo a los exaltados. Una gran ola lo inundaba todo.1 2 3 La historia d e la Reforma Francesa se veía «nacionalizada», d e grado o por fuerza. Las circunstancias, después de 1870, se prestaban a ello más que nunca, y todo parecía indicarlo así a los historiadores. Perseverante y tenaz, Orentin Douen, volviendo a la carga, planteaba en 1892 la cuestión: ¿La R éform e frangaise est-elle filie d e ¡a R éform e allem andeV Natural­ mente, pronunciaba un no categórico que no tenía apenas en cuenta las secretas delicadezas del dulce y sabio Lefévre. Ferdinand Buisson, órgano de los moderados, se limitaba a escribir dos años más tarde:4 «La Reforma francesa tuvo sus orígenes en Francia. Ignoramos lo que hubiera sido d e ella sin Lutero, pero está fuera d e duda que, una vez que Lutero habló, hizo causa común con él. Sin embargo, había nacido antes que él; se había afirmado sin él»; pero, como ya dijimos, E. Douraergue, zanjando la cuestión con su acostumbrada vehemen­ cia, se había propuesto satisfacer un deseo expresado por Beda ya en 1526. Para él, las ideas d e Lefévre constituían el primero d e los protes­ tantismos: «el protestantismo fabriano».5

Dejando a un lado el valor d e estas afirmaciones, con ellas se d e­ rrumbaba una d e las piezas del viejo sistema. Como escribía Hauser, la Reforma «no había caído del cielo sobre Francia como un meteoro so­ bre una estéril estepa». ¿Fue Lefévre realmente el «padre» d e la Re­ forma francesa, utilizando una de esas metáforas genealógicas que tanto parecen apreciar los historiadores? Es discutible. En cualquier caso, por unánime consenso, Lutero se veía libre del peso d e esta le­ jana paternidad.

Sin embargo, por extraña paradoja, la otra pieza del sistema seguía en pie, tanto más cuanto que nadie parecía pensar en echarla abajo. En el artículo que antes citábamos, Ferdinand Buisson hacía suya la tesis secular de los abusos que engendraron la Reforma. Esta Reforma, que era «el grito d e todos, la única y común aspiración de todas las gentes de bien, clérigos y laicos»; esta Reforma universalmente deseada, no era, en modo alguno, una Reforma de ideas. «Estaba dirigida principal­ mente contra la disciplina», declaraba Buisson abrazando una de las

1. H istoire d e France, edición definitiva, i. VU1, Vin, p. 116: tEn cada lugar, en Francia, en Suiza, tue indígena. Un fruto de suelos y circunstancias diversas que, sin embargo, en to­ das partes, dio idénticas resultados.»

2. Herminjard se mostraba ponderado, como era costumbre en él. Cuando iniciaba su

C orrespon dan ce d es Réform ateurs. en 1865, por unB traducción de la Epístola con la que Lefévre dedicó su San P ablo a Brigonnet, se contentaba con anotar que enuncia claramente <la obligación de atenerse a la Sagrada Escritura... y la insuficiencia de las obras como me­ dio de salvación», sin entrar en cuestiones de prioridad (pp. 4 y 8, nota).

3. B.S.H.P., t. XLI. 1891, pp. 57 y ss.. 122 y ss.

4. H istoire g én érale de Lavisse y Rambaud, t. IV, cap. XII, p. 474. 5. Jean Calvin, 1, 1897, p. 543.

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tesis favoritas d e Bossuet contra Claude.' «Grosera ignorancia en unos; desvergonzada codicia en otros; libertinaje en los d e abajo, simonía en los d e arriba; a todos los niveles, tráfico d e cosas santas y cargos sagra­ dos convertidos en fuente d e riquezas; en una palabra, todos los desór­ denes que ocasiona el ejercicio, excesivam ente largo, d e un poder sin control ni freno: tales eran los males d e la Iglesia.» No es, pues, d e ex ­ trañar que desde entonces toda historia d e la Reforma francesa, toda monografía local comenzase -y com ience todavía- a modo d e viejo «fa- bliau», por un crónica d e escándalos clericales: comilonas d e curas, excesos de monjas, sin preocuparse por las palabras d e Michelet: «Trescientos años d e chistes sobre el papa, las costumbres d e los frai­ les y el ama del cura, acaban por cansar.»

Quede bien claro que no tratamos d e discutir aquí ni la existencia de abusos disciplinarios, mil veces denunciados, ni el papel que desem ­ peñaron en la génesis d e la Reforma.’

N os grans abuz sont á tous s i pu blicqu es Que laboureurs, m archans et m écan icqu es L es vonl contant en gran de irrisión...*

jean Bouchet, autor bienintencionado d e la D éploration d e l'Église militante, no e s el único en 1512’en lamentarse así; pero, si los historia­ dores d e la Reforma conocieran a fondo la Edad Media y su historia eclesiástica, se darían cuenta d e que a menudo las lamentaciones de los hombres del siglo xv y xvi son quejas rituales, constituyen, a decir verdad, una literatura que hay que leer cum grano salís, separando lo permanente de lo accidental.

Y, por otra parte, ¿no resulta algo superficial coleccionar y condenar con tan docta severidad debilidades y fallos particulares cuando, evi­ dentemente, el mal d e la Iglesia no era «personal» sino «institucional»? Pues estos excesos, estas miserias que los hombres d e nuestro tiempo denuncian, como lo hicieron sus padres y abuelos, con tradicional energía, eran engendrados y luego mantenidos por un sistema d e b e ­ neficios que dotaba cada función eclesiástica de una propiedad que, a los ojos de sus usufructuarios, acababa por ser, d e manera natural, más importante que la función en sí. Muchos autores d e estas lamentacio­ nes, en vísperas de la gran tragedia, veían claram ente que no s e podía em prender nada en serio mientras no se hubiese acabado con este r é ­ gimen. Pero, ¿cómo destruirlo, si el vasto edificio del cual sólo era una parte permanecía intacto, en apariencia al menos, y continuaba ofre­ ciendo a los hombres de la época un asilo cada vez más incómodo para 1

1 «La Reforma deseada no interesaba sino la disciplina, y no la fa» {V ariations, l,§ 2). So­ bre esta actitud de Bossuet y las críticas d e Basnage, cf. supra

2. Véase además nuestro estudio sobre la Excom m unicaüon p ou r dettes. Pero, precisa­ mente, la Reforma no triunfó en el Franco-Condado.

3. Nuestros grandes abusos son de todos tan conocidos / que campesinos, mercaderes y artesanos / los cuentan con gran diversión (N. d e l T.)

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albergar sus actividades políticas, económicas o espirituales? Durante mucho tiempo aún, la costumbre ocultará y paliará sus defectos.

Además, la cuestión no es ésa, sino la da saber el papel exacto que desempeñó en la génesis d e la Reforma la consideración de tales abu­ sos disciplinarios. Más aún, la de definir la noción d e abuso y plantear­ nos si este poderoso y múltiple movimiento en el que, como hace tiempo escribíamos, sus partidarios «pusieron todo lo que llevaban dentro, desde sus necesidades de fe hasta sus aspiraciones políticas, desde sus esperanzas sociales hasta sus deseos de certeza moral»,1 procede realmente sólo de una rebelión de espíritus íntegros y con­ ciencias honradas contra espectáculos y gentes infames.

Al parecer, nadie se preocupó d e plantear esta cuestión en forma precisa durante muchos años. Hubo historiadores que asignaron a la Reforma otras causas más profundas que las irregularidades d e canó­ nigos epicúreos o los excesos temperamentales d e las monjas de Poissy. Pero los más clarividentes se creían obligados a transigir con la Vulgata. Y al mismo tiempo que presentaban unos reformadores esfor­ zados en remontarse hasta las fuentes d e los desórdenes y escribían, como N. W eiss en un interesante artículo d e 1917 en el cual adoptaba los argumentos d e Claude contra Nicole:1 2 3 «La lectura d e las Sagradas Escrituras, d e los Padres d e la Iglesia y de las decisiones de los Conci­ lios les reveló el origen d e los abusos, el primitivo carácter d e la fe y de la vida cristianas y de la Iglesia apostólica», bajo la influencia de hábi­ tos muy arraigados, no renunciaban a incriminar ritualmente «la d e­ cencia del clero, la ignorancia y la inmoralidad d e los sacerdotes, los abusos d e la Curia romana.» Con estas fórmulas daban a entender que, para ellos, como para tantos hombres del siglo xvi, turbados especta­ dores del gran cisma, la verdadera y fundamental causa d e la catás­ trofe era ésa. Esa en la que tantos doctores y polemistas católicos ha­ bían coincidido, desde un Florimond de Raemond, deplorando que «fuese peligrosa la buena vida del hereje», hasta un Gentian Kervet, «denunciando osadamente la mala vida y la ignorada de varios minis­ tros de la Iglesia».3

1. P hilippe II eí la Franche-C om té. Champion, 1912, p. XI.

2. Claude, La D éfen se d e la Réform ation contra le ¡ivre intitulé tP réjuges légitim es cen ­

tre Ies calvm istes*, Quevilly, Jean Lucas, 1673, in.-4.°. Después de establecer la realidad de los abusos, Claude demuestra, en el capitulo II, que, sin embargo, los reformados no se de­ cidieron sólo «por estas consideraciones», sino que hicieron otras reflexiones sobre «la reli­ gión en si, en el estado en que estaba en su tiempo». Es ésta, en esquema, la tesis sobre la que volverá Basnage. El articulo de N Weiss se titula: La R éíorm e du XVI* siécle, son carac-

tére, s e s orig in es et s e s p rem ieres m anifestations jusqu'en 1523.

3. G. Hervert, E pistre ou advertissem en t au p eu p le fid éle d e l'É glise catholiqu e. Nicolás Chesneau, 1S62,5 vol. Como este texto hay varios cientos. En cuanto a la bonita frase de Flo- rimond de Raemond, figura en el encabezamiento del capítulo VI del libro VII de le H istoire

d e la naissance.. d e l'h érésie (en la edición de Ruán. 1623, p. 863). Florimond prosigue, de forma divertida: «Las mujeres [reformadas], por su porte y traje modesto, se mostraban en público como Evas dolientes o Magdalenas arrepentidas. Los hombres mortificados

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Sin embargo, sabían, a veces mejor que nadie, que cuando la Re­ forma enunciaba su catálogo de reproches contra la Iglesia, hablaba ante todo de supersticiones, blasfemias e idolatrías; y estas palabras, tan claras para ella como para sus adversarios, constituían la suma de todos los «abusos» en los que tan equivocadamente se insiste. Los opúsculos de propaganda que se repartían con fanatismo (empezan­ do por esa Summe d e l'Escripture sainte que nos ha dado a conocer N. W eiss y de la que ha escrito1 significativamente que era el primer resumen conocido en Francia de la fe evangélica de aquellos que, con­ vertidos al luteranismo sin depender únicamente de Lutero, «nopen sa­ ban aún en transform ar e l orden d e cosas establecid o en la Iglesia») tra­ taban, como sabían, de la fe, la justificación, el bautismo y la Cena, pero no conteman sarcasmos ni im precaciones contra los «curas gordos» o los «obispos cornudos». Y, sin embargo, estos opúsculos han producido mártires. Sabían también que un Guillermo Farel, hombre de acción donde los haya, cuando allanaba una iglesia a la cabeza de una banda de sus partidarios,2 no le reprochaba al sacerdote vivir mal, sino creer mal, y, arrancándole el libro de las manos, él, el laico, no le echaba en cara sus vicios o los de sus colegas, sino que le mostraba, texto en mano, cómo, al decir la misa, «renunciaba plenamente a la muerte y pa­ sión de Nuestro Señor Jesucristo».

Y las cosas seguían por sus cau ces habituales. Nadie se preguntaba cómo los simples «abusos» podían engendrar un movimiento d e reno­ vación religiosa positivo y complejo como la Reforma. Nadie se sor­ prendía d e que tantos cristianos fervientes, a menudo apoyados por los príncipes y sus oficiales, no consiguieran poner fin a unos excesos que todos deploraban. Nadie s e percataba d e que si la Reforma fran­ cesa procedía de Lefévre, y no d e Lutero, la teoría d e los abusos se ha­ cía inoperante, pues nunca éste hizo campaña alguna contra las cos­ tumbres del clero, ni reprobó siquiera los descarríos individuales o escándalos privados que influyesen en la génesis d e sus ideas o en la evolución de sus sentimientos.

Más aún. Cuando, poco a poco, la erudición alemana, por circunstan­ cias que hemos mencionado en otro lugar,3 se puso a estudiar d e cerca el problema de la evolución religiosa d e Lutero, nadie percibió que las conquistas de esta erudición, las prudentes certezas que adquiría al

dan iluminados por el Samo Espíritu. Eran otros tantos San Juanes predicando en el de­ sierto.»

1. En el B.S.H.P., t. LXVIU, 1919. p. 83. Idénticas observaciones son aplicables a las obras análogas de esa época en Francia: todas ellas no son. ante todo, sino breviarios de evange-lismo.

2. Texto conmovedor publicado por A. Piaget en sus D ocum ente su r la R éíorm alion

dans le pays d e N eu chitel, Neuchálel. 1909. n ° 52. pp. 134 y ss. En otro texto de 1531, los re­ formados de Neuchátel hablan <de los abusos que en estos lugares había recibido el Santo Evangelio», fórmula curiosa y digna de ser recordada (ibíd , p. 41).

3. Cf. L e P rogrés récen t d es étu des su r LuUter (fíem e d'histoire m od em e, 1.1926), y Un destín, Martin Luther, Rieder. 1928; 3 * edición. P.U.F.. 1951. [Hay trad. esp .d e Tomás Sego- via, Martín Lutero, un destin o. 1.a ed., México. Fondo de Cultura Económica, 1936.288 pp.]

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precio d e esfuerzos y desgarramientos dolorosos, atacaban dura­ mente a una tesis ya prescrita. Ya no se trata de ver, en el monje escru­ puloso de Erfurt, preocupado únicamente por su vida interior, un re ­ formador entregado a una labor d e restauración eclesiástica. El vasto e importante trabajo que han desarrollado los exegetas de Lutero desde hace veinte años, ha permitido verificar el acertado juicio psico­ lógico en la persona y la obra del reformador sajón, que Proust formula en uno de sus escritos: «Los hechos no penetran al mundo de nuestras creencias. Ni las han hecho nacer ni las destruyen; pueden infligirles los mentís más constantes sin debilitarlas por ello.»1 Pero esta verdad, susceptible de muchas aplicaciones en su propio terreno, no ha sido admitida, al parecer, por los historiadores de la Reforma francesa. Les bastaba con hacer el censo de las nuevas concubinas de canónigos o nuevos bastardos de prelados para justificar la vieja doctrina de los abusos. Justificarla sin ponerla antes en tela de juicio.

Así están las cosas. Hoy como ayer, para los historiadores hay dos puntos muy claros. El primero no ha cambiado: que la Reforma nació a consecuencia d e los abusos, lo continúan repitiendo d e forma m ecá­ nica. ¿Y el segundo? Quien impulsó el movimiento d e la Reforma en Francia, dicen ahora, no fue Lutero, sino los mismos franceses, en gran medida independientes d e aquél y a veces, incluso, predecesores suyos. Son puntos muy claros, pero, bajo su nuevo aspecto, resultan in­ coherentes.

Puesto que los fuertes lazos que antaño podían establecerse entre Lutero y los abusos, admitiendo como motivos de la rebelión del monje su protesta contra las charlatanerías d e un Tetzel, resulta imposible e s­ tablecerlos entre un Lefévre, pensador especulativo, y unos abusos materiales o formales a los que el anciano, entregado a su vida espiri­ tual, no concedió nunca la importancia obsesiva que justificara, en lo que a él respecta, la secular teoría. Pero aún hay más.

Si centramos nuestra atención en Lefévre, surge entonces a su alre­ dedor una pléyade d e problemas que nos llevan muy lejos d e las acos­ tumbradas declamaciones sobre los abusos. Quizá, en otro tiempo, fuera posible pensar que la Reforma había surgido, por arte d e magia, eh el preciso momento en que, por primera vez, Lutero, el héroe, se le­ vantó contra el malvado Tetzel; pero resulta imposible imaginar a Le­ févre como iniciador. Lefévre e s e l continuador de unas ideas cuyo de­ sarrollo no siempre e s fácil d e percibir. Él mismo nos invita a remontarnos al origen d e su complejo pensamiento, variado y pro­ fundo, pensamiento a la vez d e humanista y devoto, d e comentarista de Aristóteles que, con el mismo piadoso celo con que explica la Ética o el Organon, publica los ensueños místicos d e algún monje del siglo xiv;

I. Marcel Proust, Du cóté d e ch ez Swann. p. 138. [Hay trac!, esp. de Pedro Salinas, En e l

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de peregrino d e la Italia d e los M édicis que, con el mismo entusiasmo y gozo anterior con que discute con un Ficino, un Pico della Mirándola o un Ermolao Bárbaro, recoge la tradición oral de un místico recluido en cualquier convento de la Baja Alemania.1 Por eso, es lógico que todos los que consideran la Reforma desde un punto d e vista eclesiástico, to­ dos los que definen la Reforma (creyendo recurrir a una fórmula muy sencilla) por su adhesión a un credo y su inscripción en las listas d e una Iglesia estrictamente organizada, adopten la actitud de John Viénot en el artículo antes citado. Hay que excluir a Lefévre, al ambiguo Lefévre que no fue ni auténtico protestante ni perfecto católico. Pero, ¿por quién empezamos si creem os que no es posible que el Lutero de 1517 surgiera de la nada? ¿Por Brigonnet y el grupo de Meaux? ¿Por Farel? Pero, ¿cómo podríamos hablar de estos hombres silenciando a Le­ févre? Es difícil creer que tantos historiadores como se han entregado al estudio de la obra y la influencia de Lefévre, desde hace más d e me­ dio siglo, estén equivocados. Se cab ecea a m erced de los caprichos; se contradice uno, se contradice a los demás. Se navega a la deriva -y, lo que es p eor- creyendo ingenuamente poner rumbo a buen puerto.

II

Desde hace ya largo tiempo, y con más claridad desde hace una quincena de años, se han operado en la forma d e comprender y sentir de los hombres una serie d e transformaciones que, sin querer perca­ tarse de ello, hacen caducar las concepciones tradicionales de los es­ pecialistas en la Reforma francesa.

Voluntariamente inmersos en la plácida corriente d e una labor ca­ rente d e sorpresas, nosotros, los historiadores, tendemos a c re e r que nuestro trabajo se nutre d e sí mismo, que el progreso d e nuestros estu­ dios se explica exclusivamente por nuestras pequeñas alegrías d e ra­ tón d e biblioteca; nosotros, los teóricos del Zusammenhang, d e la inter­ dependencia d e los hechos en todos los órdenes, que antes invocába­ mos, y no sin razón, en los tiempos heroicos d e las controversias entre historiadores y sociólogos. De hecho, ningún trabajador científico e in­ telectual puede perm anecer al margen d e las lentas, secretas e irre­ sistibles corrientes que atraviesan su época. Sería divertido, yunque demasiado largo (pues habría que esbozar un cuadro completo d e la evolución d e la sensibilidad y del pensamiento franceses del último cuarto d e siglo) mostrar cómo las múltiples experiencias públicas o privadas, la reacción espontánea d e los individuos en el juego sobe­ rano d e las nuevas formas, la influencia de las teorías filosóficas, hijas

1 Sobre la difícil cronología de la historia intelectual de Lefévre, véanse las excelentes informaciones de A. Renaudet en una reseña sobre Imbart de La Tour(t. ly ll). R em e d'iiis-

lo ire m od em e, XII. 1909, pp 258-273; véase especialmente, pp. 267-268, sobre lo arbitrario de los períodos que establece imbart.

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también de su siglo, prepararon prolongada y subterráneamente la re­ novación d e nuestros limitados estudios sobre la Reforma francesa y sus orígenes.

Pongamos coto a nuestras ambiciones. Quedan dos hechos que do­ minan todo el panorama. Por una parte, hace veinte o treinta años, un foso ancho, profundo, infranqueable, separaba brutalmente, en la opi­ nión comúnmente admitida, una «Edad Media» considerada como un bloque homogéneo de varios siglos, susceptible de ser definido en su conjunto mediante cuatro o cinco fórmulas a la vez vagas y tajantes, de una «Edad Moderna» repentinamente surgida, ya adulta y completa, a . finales del siglo xv y principios del xvi, capaz también d e configurarse en algunas sentencias y definiciones válidas igualmente, supongo. para los italianos del Quattrocento, desesperación d e los cronologistas, y para los franceses o ingleses d e los siglos xvt y xvn... Tal foso ya no existe. Cien puentes, anchos como avenidas, nos invitan a franquearlo con toda libertad en ambos sentidos. Por otra parte, hace veinte o treinta años estudiar la Reforma consistía ante todo en ocuparse de la historia eclesiástica. Hoy. a pesar de las dudas, las incertidumbres, los retrocesos, se divisa ya, y en un futuro próximo se hará manifiesto para todos con entera claridad, que en realidad consiste en ocuparse d e la historia religiosa.

Nos llevaría demasiado lejos investigar con detalle las causas d e este cambio de enfoque. Nos limitaremos a constatar que procede de un mismo afán y tiende hacia idénticos objetivos. Colocarse para exa­ minarlos y comprenderlos, no ya fuera, sino en el interior de los hom­ bres y sus obras, dentro del sistema d e ideas claras y conceptos ajusta­ dos que utilizamos para traducir al lenguaje intelectual los sentimien­ tos humanos; reconstruir sus deseos, sus voluntades, sus apetitos a veces confusos pero violentos, toda la maraña d e tendencias diversas y aspiraciones que rara vez pueden expresarse con precisión, sin d e­ jar por ello d e influir en los actos y en las obras; denunciar finalmente la vanidad y la esterilidad d e esas «épocas» entre cuyos límites artifi­ ciales los historiadores, prisioneros voluntarios, se encierran en sí mis­ mos. como si les asustase la espontaneidad vivaz, la riqueza interior de unos seres humanos hechos de carne, corazón y cerebro: todas estas fórmulas pueden, en algún modo, aplicarse por igual a obras tan dispa­ res y, sin embargo, tan convergentes como las d e Duhem, historiador de la ciencia. Émile Mále, crítico d e arte, o el padre Mandonnet, exe- geta d e la escolástica. Y si intentamos aplicarlas al estudio de la Re­ forma en general y d e la Reforma francesa en particular, obtenemos los siguientes resultados.

A comienzos del siglo xvi, en un momento especialm ente intere­ sante de la evolución de las sociedades humanas, la Reforma fue el signo y la obra d e una profunda revolución del sentimiento religioso. No e s d e extrañar que ésta se tradujese en la creación d e nuevas Igle­ sias, cada una de las cuales se enorgulleciera d e un credo particular, de una dogmática sabiamente elaborada por sus teólogos, de un ritual

Referencias

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