¿Hormigas
o
tigres?
Reflexiones sobre valores
Primera edición - Lima, diciembre 2008 162 páginas
UNIVERSIDADES/ PUBLICACIONES/INSTITUTO DEL PERÚ/ ¿HORMIGAS O TIGRES? / REFLEXIONES SOBRE VALORES
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Universidad de San Martín de Porres ¿Hormigas o tigres? Reflexiones sobre valores Primera Edición
Lima, diciembre 2008 1,000 ejemplares
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La economía y los valores ...7
La economía y los valores sociales ...8
II Artículos ...24
Optimismo ...25
¿Por qué soy optimista? ...26
La cornucopia humana ...28
¿País no viable? ...30
Himno al Perú ...32
Tierra sin mal ...34
¿Golondrinas de la ética? ...36
Ejemplos a seguir ...39
Un gringo peruanísimo ...40
Las cifras y la honra ...42
País de acequias ...44
Un héroe para el momento ...46
Lecciones europeas ...48 Viaje a Ragusa… ...50 El burócrata desconocido ...52 Servir al país ...54 Ejemplos a no seguir ...55 ¿Tigres de papel? ...56
Corrupción, buena noticia ...58
No hay mal que por bien no venga ...60
Costos ocultos de la jarana fiscalizadora ...62
Eficiencia antidrogas… ¿Sueños de opio? ...64
Escolares y educadores ...67
“Chorreo” carioca ...86 La caridad internacional ...88 La vida infrahumana ...90 Justicia económica ...93 ¿Crear o quitar? ...94 ¿Caridad o justicia? ...96
¿Reparto igualitario o por esfuerzo? ...98
¿Vieja o nueva clase media del Perú? ...100
Los excluidos… ...102
¿Y el no consumidor? ...104
No solo de pan ...107
¿Solo la vara del economista? ...108
No solo de PBI vive el hombre ...110
¿Economía sin alegría? ...112
Fundador de la ciencia económica… Sentimiento y capitalismo ...114
La concertación ...116
Hambre de valores ...118
Economía del juguete ...120
La poca luz del economista ...122
Conflicto de valores ...125
¿Qué hacer con Q’ero? ...126
Satanás minero ...128
El trabajo infantil: ¿Infamia o necesaria ayuda? ...131
¿Quién no es informal? ...133
Microcrédito… ¿filantropía o negocio? ...134
¿Economía o dignidad humana? ...136
Ser nación ...139 Un nuevo peruano ...140 Ser nación ...142 La Guerra de Lima ...144 ¿Juntos o solos? ...146 Valores y desarrollo ...151 De bancos y mendigos ...152 ¡A civilizarnos! ...154 Orden y Justicia ...156 Fedatarios ...158
entre estas dos variables. ¿Son dos mundos separados? ¿La economía afecta los valores? ¿O son éstos los que afec-tan a la economía? Los argumentos y ejemplos que sus-tentan cada punto de vista abundan y se remontan a los inicios del capitalismo hace varios siglos. Y nuevos argu-mentos continúan apareciendo. A modo de introducirnos en el tema reproducimos una conferencia titulada “La economía y los valores sociales” que fue presentada en el Congreso de República en 1997. La conferencia fue apenas una primera aproximación al análisis de estas hipótesis y mi objetivo de entonces se limitaba a plantear una inquie-tud y provocar una mayor investigación del tema. Este libro continúa la exploración iniciada en la conferen-cia ante el Congreso, y reúne para ese fin una colección de ensayos publicados en el diario El Comercio y la revista Caretas, la mayoría desde el año 2004, cuyo denominador común es un interés por la forma en que se relacionan es-tas dos variables, economía y valores.
Los valores tienen tantas facetas, y la economía es tan compleja y cambiante, que el objetivo de la investigación y de la especulación teórica debe ser, más que buscar con-clusiones, descubrir la diversidad y la fuerza de las diná-micas que operan en el campo de juego de la vida social. Allí se encuentran, de un lado, la agresiva búsqueda del pan diario y de riqueza material, y del otro, la acción del espíritu humano que nace de un hambre no menos fuerte que el hambre física y que se expresa a través de normas,
individuos ejemplares, algunos ejemplos de civilidad, la continua presencia de la corrupción, los valores expresa-dos por escolares, la justicia económica, la difícil sobrevi-vencia de culturas tradicionales en el contexto del mercado y, a la inversa, la coexistencia de diversos valores, como la filantropía y la acción colectiva, con el mercado.
Un mensaje que se repite y que a través de una variedad de ejemplos se vuelve más y más persuasivo es que en la trama y urdimbre de la sociedad, las relaciones puramente económicas son hilos que tienen una presencia conspicua, pero que distan mucho de completar el tejido social. Los espacios que dejan deben ser necesariamente llenados por instituciones, valores y cultura, y la fuerza del tejido final depende de ese refuerzo mutuo. Los artículos citan ejem-plos de maestros, médicos y otros funcionarios públicos cuya entrega, calidad y corazón en el servicio prestado no se logra solo con el salario que reciben sino que tie-ne su origen en la mística, la solidaridad y el sentido de responsabilidad. De la misma forma, las instituciones eco-nómicas dependen de modo crucial de la honestidad de diversos fedatarios, como los auditores, árbitros, notarios y jueces. Algunos valores, como la organización colectiva y el optimismo juegan un papel clave como motores de la inversión y del dinamismo de la economía.
De otro lado, los resultados de la actividad económica con frecuencia entran en conflicto con diversos valores, como los de la justicia social, la sobrevivencia cultural, la nece-saria integración de toda la población y la protección del medio ambiente, y requieren por consiguiente ser corregi-dos o enmendacorregi-dos mediante la intervención del Estado, la sociedad civil o simplemente actores privados poseídos de un sentido de responsabilidad social.
¿Hormigas o tigres?, el título de esta colección, alude al contraste entre la auto-identificación que expresaron esco-lares de clases altas y bajas, que fue revelado a través de una encuesta efectuada hace cuarenta años y luego repeti-da hace algunos meses.
La economía
y
los valores
La economía y
Conferencia dictada ante el Congreso de la República, 1997.
Mi propósito en este trabajo consiste en ilustrar las distin-tas maneras de enfocar la relación que puede darse entre la economía y los valores sociales. Más que presentar un argumento, mi intención es la de repasar una variedad de puntos de vista que han surgido cuando se ha preguntado cuál es la relación entre lo económico y lo social.
Podría decirse que los enfoques se resumen en tres: uno es que la economía y los valores sociales son dos mun-dos aparte, mun-dos temas que no tienen por qué –e inclusive que no deberían– relacionarse. Los otros dos afirman lo contrario: que la economía y los valores sociales sí están relacionados y quizá, aun, que se trataría de dos temas in-trínsecamente inseparables.
Pero, ahondando en esta respuesta, descubrimos una di-ferencia interesante. En un caso se pone el acento en el efecto de la economía sobre los valores sociales, mientras en otra perspectiva se mira el asunto al revés, o sea, cómo los valores sociales inciden sobre el funcionamiento de la economía.
Pero antes de proceder con un examen de estos tres enfo-ques, registremos la importancia que tiene nuestro tema en estos tiempos. Son años de confusión y de paradoja teórica en lo conceptual.
De un lado, la economía de mercado vive su momento de victoria. El mercado ha arrasado con los experimentos intervencionistas, desde las versiones extremas del comu-nismo hasta las formas más tímidas de la socialdemocra-cia. Los devotos del mercado llegan a cierta idolatría, a la casi deificación de lo que es simplemente un instrumento institucional. Y, sin embargo, pocas veces se ha escuchado tanta explicación sociológica de la vida económica. Así, para explicar el éxito económico asiático se resaltan los valores culturales de esa región. Y cuando la región entra en crisis económica, la raíz del problema, según los comentaristas especializados, también sería un asunto de valores; pero, ahora, de un déficit de valores, manifiesto en la corrupción y en la falta de buenas instituciones sociales.
los valores sociales
"Pocas veces se
ha escuchado
tanta explicación
sociológica de la
vida económica."
Para explicar el crecimiento económico, nos hablan del “ca-pital humano” y del “ca“ca-pital social”. Michel Camdessus, director gerente del Fondo Monetario Internacional, afir-ma que para que la economía funcione se tiene que garan-tizar el estado de derecho.
Un profesor de la Universidad de Harvard argumenta –con poco sentido histórico– que sin democracia no puede haber desarrollo económico. Cuando el Banco Mundial descubre que una gran proporción de sus proyectos fraca-sa, dice que es por “falta de participación” de la población beneficiaria.
También surgen críticas normativas al funcionamiento del mercado: “no crea empleo”, “genera desigualdad”, “destruye el medio ambiente”. Cómo entender, entonces, esta doble avalancha conceptual –la aparente claridad y contundencia del mercado puro, y, a la vez, la plétora de hipótesis de tipo sociológico y valorativo para explicar el comportamiento económico.
Pasemos, pues, a examinar más de cerca lo que se ha veni-do afirmanveni-do con respecto a la relación entre el munveni-do de la economía y el de los valores sociales. Debemos señalar de antemano que se trata de un tema con mucha historia y en el que los tres puntos de vista mencionados tienen más de coexistencia que de secuencia.
La economía pura
La separación entre lo económico y lo social es un estilo intelectual cuya historia va en paralelo con la de la ciencia económica. En los albores de la ciencia económica, du-rante el siglo XVIII, el análisis económico se concebía aún como una “ciencia social” en el sentido pleno. Para Adam Smith, profesor de filosofía moral en la Universidad de Glasgow, la idea de la separación entre lo económico y lo social hubiera sido un absurdo. Su análisis
económi-"Adam Smith
partía de un
conocimiento
profundo de la
psicología social y
de la historia."
económico sino que “continuamente apela a otras consi-deraciones que van más allá y son de más peso que las del tema económico”.
Pero la práctica intelectual caminaba en otra dirección, ha-cia una creciente separación entre el análisis económico y la problemática social en un sentido más amplio.
El primer enfoque sostiene que la economía y los valores son temas que si bien están inevitablemente vinculados y son importantes en sí mismos, no deben mezclarse. Es ne-cesario separarlos tanto para lograr una buena economía como para lograr buenas instituciones y políticas sociales. Esto significa atender el proceso económico sin considerar las variables sociales, y luego, con el resultado del proce-so productivo, corregir las imperfecciones que hubieren resultado en el campo social. Si volvemos al primer enfo-que, que mira el efecto de la economía sobre lo social, lo primero que advertimos es que este es un concepto muy antiguo, que ha sido parte de la filosofía y del análisis so-cial desde hace siglos; desde los albores de una economía comercial, seguida de una economía capitalista comercial y de una economía industrial capitalista, y desde que se abrieron las economías de mercado en los siglos XVI-XVII, los pensadores se han preguntado cuál sería el efecto que esta naciente economía de mercado tendría sobre otros valores sociales. Pero, tal como se señaló, concluían en la necesidad práctica de, sean cuales fueren estos efectos, tra-tarlos de una forma separada e independiente. Este enfo-que de la separación ha sido la hipótesis de trabajo mane-jada por mucho tiempo por los economistas, y se ha vuelto casi una idea necesaria para la economía técnica moderna. Existen algunos supuestos que quedan implícitos en esta idea que separa la economía de los valores sociales y que son los que justamente sirven para justificarla.
El primero de estos supuestos es que los efectos negativos que el proceso económico puede provocar sobre algunos valores sociales son susceptibles de ser arreglados en for-ma aislada del proceso económico mismo, es decir que, mediante la búsqueda de la máxima producción y capaci-dad de gasto, se logra que, luego, esa misma producción y capacidad de gasto puedan ser usadas para corregir los efectos negativos resultantes del proceso económico. Por ejemplo, el proceso productivo puede causar algunos es-tragos en el medio ambiente, pero si se maximiza la pro-ducción, la riqueza producida podrá ser empleada para compensar esos efectos.
John Stuart Mill continuamente apela a
otras consideraciones que van más allá y son de más peso que las del
producción posible, y después se puede, por ejemplo, de-traer, a través de impuestos, algo de los sectores con mayo-res ingmayo-resos y asignarlo, a través de transferencias y gastos sociales, a los sectores que más lo necesitan. Se corregiría, así, ese efecto negativo del proceso de producción.
El supuesto implícito de este primer enfoque es que es relativamente fácil, y política y técnicamente posible, co-rregir los efectos negativos causados por el proceso pro-ductivo sobre otros valores sociales. Los economistas que postulan este enfoque insisten en que lo primero que hay que hacer es maximizar la producción. Después será po-sible y fácil corregir los popo-sibles efectos negativos. En mi opinión, esta ha sido la hipótesis fundamental de trabajo de la economía en los tiempos modernos.
La economía afecta los valores sociales
Una de las corrientes de este pensamiento tuvo una visión muy favorable, beneficiosa para la economía de mercado. Sostenía que la economía de mercado iba a producir una mejora en una serie de valores humanos y sociales. El pensador francés Montesquieu escribió, en el siglo XVIII, que “donde el trato es amable entre la gente, existirá el comercio, y donde exista el comercio, es seguro que serán amables unos con otros”. Se hablaba del efecto civilizador y pacificador de la economía de mercado; de que la eco-nomía de mercado crearía entre los distintos países una relación en la que cada país serviría al otro y se crearían dependencias económicas mutuas que actuarían como un disuasivo de la agresión. Así, la economía de mercado re-duciría la frecuencia de las guerras entre países y mejoraría al hombre dentro de cada país. Esta idea ayudó a justificar la creación de la economía de mercado, la legitimó. Pero, al mismo tiempo, empezaron a surgir argumentos en contra, que fueron creciendo con el tiempo, sobre todo
“Montesquieu hablaba del efecto civilizador y pacificador
de la economía de mercado.”
las desigualdades,
dicen los
economistas
modernos."
El marxismo, naturalmente, dio mucha fuerza a este tipo de críticas, aunque fue más una crítica general al sistema que a sus efectos sobre los valores humanos. Sin embar-go, el Manifiesto comunista contiene críticas explícitas que sostienen que el capitalismo ataca y erosiona valores so-ciales humanos. Y aunque unos perciben los efectos de la economía como positivos y otros los ven como negativos, en ambos casos se cumple el postulado de que la econo-mía produce efectos sobre lo social.
El efecto distributivo
Si indagamos en los pensamientos o reflexiones que hoy existen acerca de los efectos de la economía sobre los valo-res sociales, veremos que el tema más mencionado, y que ha estado por mucho tiempo en debate, es el que ejerce el funcionamiento de una economía de mercado sobre la pobreza y la desigualdad, es decir, el efecto distributivo de la economía de mercado.
Durante los años cincuenta y sesenta primó la idea de la independencia de los temas económico y social, vigente por mucho tiempo entre los economistas. Se sabía que la economía de mercado no genera igualdad. Se argüía muchas veces que la desigualdad es inclusive positiva, porque genera los incentivos necesarios para el funciona-miento de la economía de mercado. Pero, aun reconocién-dose que puede haber efectos negativos, se insistía mucho en lo irrelevante de los efectos de la economía de mercado sobre la distribución, porque cualesquiera que fueran, es muy fácil arreglarlos a través, por ejemplo, de impuestos a la renta que toman parte de la riqueza de los ricos, para, a través de gastos sociales y otros mecanismos, compensar a los pobres. Se insistía, además, en la idea de que, en todo caso, tratándose de una economía creciente, los pobres lle-garían a beneficiarse. Era la idea de que los ingresos irían colándose, filtrándose hacia abajo; y aunque hubiera que esperar, a la larga el beneficio llegaría a todos.
En los años setenta se dio un vuelco rápido de opinión, y empezó a cuestionarse esta idea y a resaltarse el problema distributivo. Los que criticaban este concepto, normalmen-te fuera del ámbito de la ciencia económica, enfatizaban el problema del poder, que no entra en el análisis económico. Se puede sostener que, en los casos de desigualdad, el go-bierno puede simplemente imponer impuestos a los ricos; pero este análisis no incluye un hecho: que el que acumula demasiados ingresos va acumulando mucha riqueza, que
"El poder de la
riqueza es usado
para frenar la
redistribución."
ción. Una vez que la economía de mercado ha creado la desigualdad, la acumulación de poder hace difícil corre-gir esta desigualdad. Hay que tener en cuenta, además, que no se trata solamente del problema del poder, puesto que la redistribución es difícil en sí misma, aun cuando no exista una barrera por el lado del poder.
El gobierno peruano de los años setenta tuvo toda la vo-luntad de redistribuir profundamente; además, contó con todo el poder necesario; no hubo una barrera de poder; sin embargo, no logró cambiar significativamente la distribu-ción de ingresos del país. Hubo problemas de otro orden, que escapaban al simple poder en el ámbito general: pro-blemas culturales, propro-blemas técnicos –¿cómo lograr la re-distribución?–, que limitaron esa capacidad de mejorar la distribución de ingresos.
En ese período de los años setenta, el Banco Mundial tam-bién descubrió el tema de la pobreza y de la distribución de ingresos; y esta entidad, que había seguido una línea muy clara con relación a la separación entre economía y otros valores sociales como el de la distribución, cambió repentinamente de enfoque. El mismo Banco Mundial empezó a hacer proselitismo con relación al problema de la distribución; se volvió uno de los grandes abanderados en el mundo sobre el problema de la desigualdad y se de-dicó a buscar formas de rectificar las desigualdades gene-radas. Descubrió entonces que el análisis económico debía incluir el aspecto social, en particular el de la desigualdad, y que debía perseguirse una solución conjunta, no una so-lución económica primero y después una política o social: una solución que incluyera ambas perspectivas.
Una forma de enfocar el tema fue a través de la así lla-mada “política del empleo”. Se decía que en los países pobres como el Perú había grandes grupos de desemplea-dos o –como se los llama hoy– subempleadesemplea-dos que, aunque
la voluntad de
redistribuir, pero
la desigualdad no
cambió."
visitaba a favor de apoyar a los minifundistas que, por ser grupos muy productivos, debían recibir créditos, y de-bían construírseles caminos, etcétera. Para él, allí estaba la solución a su problema de pobreza, y, además esa era la mejor forma de lograr un crecimiento global del produc-to nacional. Esproduc-to permitiría lograr conjuntamente los dos objetivos: el de maximizar el crecimiento y el de reducir la pobreza y la desigualdad. Diez años insistió en esa prédi-ca el Banco Mundial, práctiprédi-camente toda la déprédi-cada de los años setenta.
Entrando a la década de los ochenta el Banco Mundial puso de lado ese concepto, aunque sin criticarlo ni desvir-tuarlo. Surgieron por entonces otros problemas: los de la crisis macroeconómica, que empezó con el alza de los pre-cios de los combustibles del 73 al 79, los shocks de petróleo y, finalmente, la crisis de la deuda de los ochenta. Y, como todo se volvió inestable, la inflación y la recesión centra-ron la atención, y todo el mundo, incluyendo el Banco Mundial, puso de lado el objetivo social de la pobreza y de la desigualdad.
Pero si analizamos cuáles fueron los logros en los años se-tenta durante el período del énfasis en lo social, mi impre-sión, y creo que también la del mismo Banco Mundial –hay informes retrospectivos que se intentan autoevaluar–, es que no se logró gran cosa. Se experimentó con muchos tipos de proyectos y políticas, pero la mayor parte de ellos presentaron problemas y no funcionaron muy bien. A grandes rasgos, podría decirse que la idea de lograr una solución conjunta para el problema de la pobreza y para el crecimiento del PBI fue un fracaso.
El efecto sobre el medio ambiente
Sin embargo, hay bastantes otros efectos de la economía sobre los valores sociales que también son importantes y que no son la desigualdad o la pobreza. Uno de los más actuales y comentados, y que mencioné al principio, es el del medio ambiente. Este se ha vuelto, al menos para mu-chos, un valor en sí mismo, más allá de su valor económi-co. Se ha desatado, pues, un movimiento que se preocupa por los efectos de la economía sobre el medio ambiente. Y el debate que se ha generado alrededor de este tema se ha canalizado en una forma muy constructiva gracias a la semántica, mediante un término acuñado recientemente: el desarrollo sostenido
"El medio
ambiente se ha
vuelto un valor
en sí mismo."
éste solo se acuñó en los años ochenta. De ahí que los pri-meros planteamientos con relación al medio ambiente y al efecto negativo de la economía sobre aquél consistieron en encontronazos cargados de crítica.
Por un lado, los especialistas en medio ambiente critica-ban todo lo que podía llamarse “economía”, ya que ésta estaba destruyendo el medio ambiente; había que hacer algo para pararla y rescatar el medio ambiente. Por otro lado, había los que sostenían que a pesar de sus efectos negativos sobre el medio ambiente, la economía tiene que tirar hacia delante; que es ridículo, habiendo tanta pobre-za en el mundo, pensar en detener la economía. Así se desarrollaba el debate, hasta que apareció el concepto del desarrollo sostenible. Entonces el debate comienza a ser posible; se empieza a hablar de este tema de una forma mucho más consensual.
Los empresarios y los políticos interesados en la economía y la producción pueden sostener que el objetivo es pro-teger al medio ambiente porque, de lo contrario, ningún desarrollo va a ser duradero, sostenible; la razón para pro-teger el medio ambiente se ve como una razón económica, aunque dentro de una visión de largo plazo; la protección del medio ambiente se vuelve entonces un argumento eco-nómico que sirve para tranquilizar a los empresarios. Por otro lado, los especialistas en medio ambiente tienen ya un argumento para ejercer presión sobre los empresa-rios: pueden argüir que si no protegen el medio ambiente, son ellos mismos los que van a sufrir a la larga. Esta posi-ción sirve entonces para empezar a manejar la dicotomía o confrontación. Este es solo un caso más de lo que encon-tramos cuando miramos el efecto de la economía sobre los valores sociales.
Hay muchos otros planteamientos al respecto. Hay, por ejemplo, una corriente de análisis que sostiene que, a
pe-desarrollo
sostenible."
"La economía
de mercado crea
desarrollo, pero
la gente siempre
quiere más."
economía tan rica como la americana, la gente no parece más feliz y, por el contrario, sigue trabajando como si ne-cesitara trabajar siempre quince horas al día.
Más recientemente, hace dos o tres años, una economis-ta más joven, Juliet Schor, profesora en la Universidad de Harvard, nos hizo ver cómo el éxito capitalista de los ame-ricanos significaba, paradójicamente, no más tiempo para el descanso y ocio placentero sino más y más horas de tra-bajo. El tiempo, dijo, se había convertido en una moneda, y en vez de “pasar el tiempo” hoy el tiempo es algo que “se gasta”.
Efecto de los valores sociales sobre la economía
La tercera visión o enfoque sobre la relación entre econo-mía y valores es la que mira más bien al revés: el efecto de los valores y el contexto social sobre la economía. Este enfoque también data de muy atrás, tiene bastante histo-ria, gran parte de la cual radica en el intento, sobre todo de los sociólogos del siglo pasado, por explicar el progreso económico: ¿por qué en algunas sociedades hay progreso económico y en otras no?
La explicación se encontraba entonces en términos de va-lores sociales o de contextos o culturas, o de otras variables sociales en general. Podría decirse que el argumento más conocido fue el de Max Weber, que encontró una relación entre las religiones y el progreso económico. Su argumen-to partía de una observación: la religión protestante era más favorable al progreso económico. En el siglo XIX, e incluso a principios d este siglo, se observaba en Europa que las economías de los países católicos eran las más atra-sadas y que fueron los países protestantes los que primero se levantaron. Incluso dentro de la Francia, los grandes empresarios y los líderes del progreso económico fueron los grupos protestantes, quienes constituían una minoría. Después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo inven-tó el concepto de países en desarrollo, que sirvió para que empezara a hablarse en términos de lo que se volvió una categoría. Era la primera vez que, así como una cosa ge-neral, se clasificaba a los países en función de su ingreso en promedio.
Y, nuevamente, empezó a especularse sobre las causas del atraso de algunos países, especulación que tuvo un mó-vil y un incentivo muy fuerte: la Guerra Fría. La Guerra Fría creó la amenaza comunista, que parecía dirigirse allí donde había pobreza. Esta idea demoró en extenderse.
Tibor Scitovsky
“Desde Settin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático,
una cortina de hierro ha descendido a través del
continente. Detrás de esa cortina están las capitales de
la Europa Central y Oriental tales como Varsovia, Berlín,
Praga, Viena, Budapest, Belgrado, Bucarest y Sofía. Todas
estas ciudades y las poblaciones alrededor de ellas han
caído bajo la esfera de la Unión Soviética”
Winston Churchill, 1946.
Al principio se limitó a Europa, pero inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos miró hacia Europa, un continente destruido donde había hambre, mucha pobreza y gran potencial de subversión o de toma de poder comunista. Rusia había empezado a tomar países como Polonia y Checoslovaquia; se había le-vantado el Muro, y Estados Unidos veía la posibilidad de la extensión del comunismo no solo a través de las tomas directas de poder con tanques en algunos países, sino tam-bién a través del proceso político, en Francia, en Italia, en Bélgica y, si cayera Franco, en España, en Grecia. En país tras país se veía la amenaza de la toma de poder comunis-ta. La respuesta era, entonces, tratar de eliminar o reducir rápidamente la pobreza, y empezó una gran especulación sobre las causas de la pobreza, pero, antes de que diera fruto la especulación, Estados Unidos dio una respuesta de urgencia: el Plan Marshall, un traslado multimillonario de fondos a Europa, como nunca antes se había dado. Entrando ya a los años cincuenta, la amenaza comunis-ta disminuyó en Europa, pero apareció en Asia: en Corea –con la guerra–, Malasia, Filipinas, Indochina, Camboya, Vietnam, etc.; entonces, Estados Unidos empezó a com-plementar el Plan Marshall con ayuda económica dirigi-da a esos países y a los muy pobres. Esa respuesta, sin embargo, fue más problemática, porque, a diferencia de Europa, donde el trato se hacía directamente con unos pocos ministros conocidos a los que “se instruía sobre la forma planificada en que debían gastar el dinero transfe-rido, y donde todo era muy ordenado y podían obtenerse respuestas muy rápidas, en Asia, en cambio, se trataba de muchos más países; había que tratar con países muy dife-rentes, con muchos Gobiernos corruptos y muy jerárqui-cos, la mayoría no democrátijerárqui-cos, a excepción de la India. Empezó entonces a haber mucha investigación sobre el problema de la pobreza: ¿por qué son pobres esos países? Y, en función de eso, ¿qué se puede hacer para reducir el peligro del comunismo?
El análisis empezó, entonces, al igual que en siglo XIX, con un ingrediente sociológico muy grande. La primera revis-ta de imporrevis-tancia sobre el tema del desarrollo económico que se crea, y que continúa hasta hoy en día, nace en la Universidad de Chicago, con el nombre Desarrollo eco-nómico y cambio cultural, o sea, los dos conceptos juntos; así es como se veía a estos países. Una de las primeras reflexiones que saltaban cuando se trataba de estudiar el
"Según Weber,
la religión
protestante era
más favorable
al progreso
económico."
Max Webertas, sociedades jerárquicas, con malos gobernantes y com-pletamente atrapadas en el atraso. El ejemplo quizás más citado para comprobar esto era el de las vacas sagradas de la India: el país no progresa porque las vacas andan por todos lados y, como son sagradas, no se pueden tocar aunque la gente se muera de hambre. Este era el tipo de análisis sociológico de la época.
En los años sesenta, ese análisis fue reduciéndose. Aunque se mantuvo en alguna medida, fue disminuyendo el diá-logo entre economistas y sociódiá-logos, politódiá-logos, etc., y la economía pura fue tomando fuerza. La idea era que la economía, la pobreza, el subdesarrollo eran problemas es-trictamente económicos. Se hacía hincapié en el tema del capital, en la ayuda económica para aumentar el capital o en el ahorro propio de los países para aumentar el capital. Esa era la clave de la solución. Era una cuestión esencial-mente económica.
Pero no desapareció del todo la idea de que los aspectos so-ciológicos eran importantes para el resultado económico. En el Perú, a principios de los años sesenta, por ejemplo, dos investigadores –William Mangin, antropólogo, y John Turner, arquitecto urbanista– hicieron un estudio sobre lo que entonces llamábamos “barriadas”. Estudiaron el enorme progreso, cómo las barriadas se levantaban, cómo iban creando su infraestructura, consolidando las casas, encontrando trabajo sus pobladores, obteniendo ayuda del Estado, etc. El aspecto principal que enfatizaron Turner y Mangin era el de la organización social de base, ese aspec-to de la cultura peruana que hace que la gente pobre de las ciudades solucione sus problemas de infraestructura y que es parte de la economía del país. Esta idea del capital social, propia de la tradición comunitaria del Perú, tiene un fuerte componente histórico, pero estos investigadores observaron cómo esta fuerza empezó a funcionar
capacidad organizativa social, y politizarlo, volverlo una bandera política. Pero antes del acto político se dio la per-cepción de algo que es de enorme importancia en la eco-nomía peruana, algo que no tiene que ver con las fábricas ni con las minas, sino con la economía de los pobres, pero en un nivel de enorme importancia. Este valor social y su importancia en el Perú han venido siendo reconocidos por muchos.
Más recientemente se resaltó otra vez este aspecto en el trabajo de Hernando de Soto, El otro sendero. Es un li-bro curioso, por el divorcio –incluso inconsistencia– entre su teoría y su sustento empírico. Así, su análisis teórico realza el individualismo y sus virtudes. Pero el sustento empírico de su libro se basa en ejemplos todos de éxito colectivista. Sus tres ejemplos son casos de una exitosa organización social de base –uno de comités de transporte urbano; otro, de asociaciones de vendedores ambulantes, y el tercero, de organizaciones de barrio en los pueblos jóvenes–. Así, su evidencia se refiere no al individualismo sino, por el contrario, a la fuerza de la solidaridad en el ámbito popular, a la capacidad organizativa de la gente pobre para resolver sus problemas.
Más recientemente, un sociólogo de la Universidad de Cambridge, David Lehmann, escribió un libro sobre este fenómeno, al que se refiere como el “basismo”. El observa que en los años ochenta y noventa, en toda América Latina se vive una explosión de fuerza comunal y que las religio-nes han jugado un papel importante en ella.
El basismo es, pues, un elemento más, muy peruano, que se manifiesta en el caso de que uno se pregunte sobre la re-lación entre los valores sociales y la economía. Pero sobre este tema quisiera hacer una reflexión final. Hay algo que me parece paradójico, y es que por un lado existe la idea, que se cita muchas veces y hasta se respalda con estudios y encuestas, de que el Perú es un país donde la desconfian-za entre la gente es muy alta y que eso es parte de nuestro problema económico; por otro lado, sin embargo, cuando observamos los niveles más pobres, encontramos ejemplo tras ejemplo de solidaridad que necesariamente se basa en confianza y trabajo conjunto. Hay como ocho mil come-dores populares en el Perú. ¿De dónde han salido? ¿Cómo se han organizado, si no ha sido gracias a la capacidad de estas mujeres para trabajar juntas, para tener cierta con-fianza una en la otra? “Yo trabajo hoy, pero sé que usted va a trabajar mañana.” Se están multiplicando los Comités
Fernando Belaúnde
to en el Ministerio de Salud para encargarse ellas mismas de su problema de salud; el Ministerio pone recursos, pero son ellas las que mandan, las que asumen la responsabili-dad. Eso es trabajo comunitario.
Entonces, yo no sé, me quedo confundido: ¿por qué se dice que hay evidencia de desconfianza? Quizás es una diferencia entre estratos sociales; quizás la desconfianza es una característica entre clases sociales, más que al inte-rior de éstas. Es un tema para investigarse más, primero porque tiene definitivamente un impacto económico; se-gundo, porque la solidaridad en sí misma es un valor que deberíamos entender.
Ahora, si miramos, ya más generalmente, cuál es la re-flexión actual en el mundo –especialmente de los econo-mistas- sobre la relación entre valores y economía, sobre todo en la dirección de la influencia de los valores sociales sobre la economía, nos damos con una sorpresa: en esta década ha habido como una explosión de interés en el tema; antes, el enfoque se daba más bien en la dirección contraria, la del efecto de la economía sobre los valores sociales, pero ahora uno encuentra un enorme interés, in-cluso por parte de los economistas, y quizás especialmente entre ellos, en el efecto que tienen los valores sociales sobre la economía. Un ejemplo es el del medio ambiente, que ya mencioné, pero otro es el del género, o sea, el de la igual-dad entre sexos, lo que significa dar más poder y oportu-nidad a las mujeres. Se escucha más y más este mensaje de los economistas; el Banco Mundial, por ejemplo, ahora exhibe estudios que demuestran con estadísticas que la mejor inversión en el mundo es la educación femenina, para igualar la capacidad y aprovechar los recursos huma-nos productivos desaprovechados por la mujer. El Banco Mundial decide entonces crear igualdad para hacer saltar la producción. Es un lindo argumento y permite ver cómo
de las universidades más famosas del mundo y del Banco Mundial o el BID, por ejemplo, es una novedad; se está descubriendo y planteando que hay valores intangibles de una sociedad que tienen que ver con confianza, con ca-pacidad de trabajo conjunto, con identificación comunal, etc., y que son distintas caras del capital social. Y ya se considera que donde abunda el capital social, allí es don-de se da el progreso económico, a tal punto que ya hay modelos súper matemáticos que incluyen como variable el capital social.
Están, además, los aspectos sociales institucionales; se está poniendo más y más interés en la importancia de la demo-cracia y en la importancia del buen gobierno para el éxito económico y en la importancia, en particular, de la hones-tidad, entendida como la ausencia de corrupción.
En el diario El Comercio (21 de octubre de 1997) vi en un gran titular una afirmación en el sentido del director del Fondo Monetario, el señor Camdessus, quien dice que para que la economía funcione se tiene que garantizar el estado de derecho y, luego, al referirse a la corrupción, sostiene que donde hay corrupción no puede funcionar la economía.
Aunque esta se ha vuelto una afirmación cotidiana, es muy reciente. Para mí se trata de una afirmación curio-sa, porque observo que muchos de los países más exito-sos estas últimas décadas –como los de Asia– han estado y siguen estando entre los países con mayor corrupción, según índices objetivos que hoy se hacen comparando el nivel de corrupción que existe en muchos países. Corea está enjuiciando a sus ex Presidentes, los que impulsaron la economía e hicieron el milagro económico de Corea; al-gunos de ellos están hoy en la cárcel por corrupción. Me parece, pues, que sería deseable que fuera verdad que donde hay corrupción no hay éxito económico, pero la-mentablemente, a la luz de la realidad, me cuesta aceptar esa afirmación. Lo mismo es válido con la democracia; ya se ha vuelto una afirmación que casi nadie cuestiona; la democracia es buena para el éxito económico, pero ve-mos que, a la luz de la historia, es muy difícil sostener esa afirmación. No ha sido ciertamente el caso de los países llamados “tigres” asiáticos y de los grandes éxitos econó-micos del Asia; tampoco, dentro de nuestro continente, podemos decir que dos de los países que más éxito eco-nómico han alcanzado en los últimos cincuenta a setenta
"Según el Banco
Mundial, la mejor
inversión en el
mundo es en la
educación de la
mujer."
peleado, porque hay quienes podrían en dos minutos re-batirme con argumentos potentes; quisiera simplemente plantear el tema como una interrogante, porque yo no creo que sea tan claro.
Planteada entonces la interrogante sobre si el contexto so-cial tiene un efecto sobre la economía, yo diría que el res-ponderla no es nada claro.
No he pretendido en esta presentación plantear una tesis ni llegar a una conclusión definitiva sobre el tema, por-que, además, no la tengo. Lo que he querido es ofrecer un “menú” de reflexiones. Hay muchos temas involucrados, y creo que más constituyen un menú para la investigación. Hay mucho que aún desconocemos sobre la relación que existe entre la economía de mercado y los valores. Sin em-bargo, lo que sí creo es que se trata de una pregunta cen-tral, y en ese sentido, creo que es positivo que los colegas economistas estén redescubriendo los aspectos sociales y que en adelante podremos contar con una ciencia econó-mica más abierta a los valores sociales, lo cual es al menos un pequeño avance.
desconocemos
sobre la relación
entre la economía
de mercado y los
valores."
II
¿Por qué soy
optimista?
Llega un inmigrante más, y como el que quiere entrar en un ascensor repleto, se enfrenta con las miradas hostiles de los que ya son “residentes”. Dos actitudes: la ilusión del que llega; el rechazo avinagrado del que ya está. El “limeño” racionaliza su oposición con abstractas teorías: marginalidad, explotación si es un intelectual de izquier-da; y, con expresiones más crudas, si es un observador típico burgués. El inmigrante tiene menos tiempo para elucubrar: trabaja desde el día que pisa la ciudad.
Llegaron casi al mismo tiempo, en 1955, ambos, campesi-nos de Apurímac. El, joven de 18 años y cuatro de edu-cación primaria, encontró trabajo como peón de construc-ción. Ella, de solo 15 años y apenas dos de primaria, fue ubicada por su tío como empleada doméstica. Se conocie-ron en una “yunza dominical” y establecieconocie-ron su hogar en Pamplona Alta, en 1966.
Año 1974
Ocho años después, él sigue de peón de construcción y continúa siendo el único que aporta al ingreso familiar. Ella dejó de ser doméstica al unirse y desde entonces está absorbida por el cuidado de su hogar, entregada a tareas que si bien no traen dinero a la casa, si evitan muchos gas-tos. Hace dos años trabajó por unos meses como vende-dora ambulante de verduras en el mercadillo cercano a Ciudad de Dios, pero abandonó el negocio para atender a su hijo recién nacido y además, como lo dice ella misma “porque no se recupera ni el capital”. Los cuatro hijos son menores y tres de ellos estudian ya la primaria.
Han pasado casi 20 años de su llegada a Lima. ¿Y qué han logrado? Casi nada. Viven en un arenal, sin agua, des-agüe ni luz, en dos cuartos bajo techo de calamina. Su existencia es precaria; no tienen ahorro, salvo el invertido en su casa; no tienen seguro; el trabajo de construcción es inestable y cualquier enfermedad o accidente podría cor-tar la única fuente de ingreso; ella, casi analfabeta y con cuatro niños a su cuidado, tiene pocas perspectivas de sos-tener el hogar.
"La pobreza
material
puede estar
acompañada de
un gran espíritu
de superación."
Año 1982
Actualmente, la familia es menos pobre. No solo ha sobre-vivido años difíciles: su economía familiar se ve reforzada. La casa hoy cuenta con techo de concreto, servicios higié-nicos y un cuarto más. Y… hay un televisor. Pamplona, como barrio, ha mejorado y cuenta con agua, desagüe y luz eléctrica.
El padre no ha escalado en su oficio, sigue siendo obre-ro de construcción, peobre-ro con un contratista que le asegura trabajo casi todo el año, y con un salario de 2.6 veces el salario mínimo vital.
Ella, ahora sí aporta un ingreso en efectivo. Ha logrado el sueño del negocio propio, instalando una tiendecita de abarrotes en su casa donde despacha durante diez horas con la ayuda de los hijos.
La familia ha afrontado años difíciles, pero en ningún mo-mento sacrificó la educación de los hijos. Ya dos de ellos son graduados de la secundaria y si bien ninguno ha al-canzado aún el status de empleado estable, uno de ellos tiene trabajo y salario en un taller del barrio y otro espera ingresar a la Guardia Civil.
En febrero de este año, el ingreso familiar alcanzaba aproximadamente 154,000 soles, casi cuatro veces el sala-rio mínimo vital, cantidad no mermada por el pago de un alquiler.
La historia de esta familia –construida en base a una en-cuesta de Pamplona Alta, de 98 familias que fueron esco-gidas al azar en 1974, entrevistadas nuevamente en 1978 y 1982– apoya un optimismo que no se encuentra en la mayoría de los esquemas teóricos sobre el desarrollo. El progreso, aunque lento, sí es posible por el esfuerzo pro-pio, aún en el estrato con las mayores desventajas dentro de la población urbana. Lo que no toman en cuenta esos
1978. Presentación del libro ¿Por qué soy optimista? de Richard Webb, junto con Luis Alberto Sánchez y Felipe Mac
La cornucopia
humana
Apenas publiqué un libro con el título “Por qué soy opti-mista”, hace veinte años, las noticias han presentado una seguidilla de eventos negros como para darme la contra. ¿Por qué sigo optimista?
Porque el optimismo es contagioso, y veo, admirado, cómo nunca se agota el desfile de personas con la voluntad de entregarse al servicio de los demás. Parecerían brotar de las entrañas mismas del país: una fuente inacabable de hombres y mujeres impulsados, sin quizás saber por qué, casi necesitados de servir.
Un evento reciente hizo particularmente evidente la abundancia de ese compromiso con el país –el concurso de Buenas Prácticas Gubernamentales organizado por Ciudadanos al Día–. El número de concursantes fue una verdadera riqueza de mística, inventiva y voluntad de ha-cer mejor las cosas para bien del público. Postularon 148 proyectos de 12 regiones y 78 entidades públicas. Cada postulación debía consistir en una “buena práctica” ya en marcha, no bastaba un simple sueño o proyecto. Cada uno era fruto de meses, hasta años de trabajo esforzado y sacrificado de un pequeño equipo, motivado solo por el deseo de servir mejor al ciudadano y, naturalmente, del puro afán creativo.
En la gran mayoría de los casos, la mejora administrativa se había logrado sin grandes inversiones ni ayuda externa, sino basada en la inventiva, el entusiasmo y la voluntad de trabajo de funcionarios anónimos dentro de la admi-nistración pública. Gran parte pertenecía a municipalida-des provinciales y distritales del interior del país. Un caso destacado fue el del gobierno distrital de Independencia (Huaraz), que ganó dos premios, el de Simplificación de Trámites y el de Promoción al Desarrollo. Otro fue el gobierno provincial de Sánchez Carrión, en La Libertad, finalista en la categoría de Fomento de la Participación Ciudadana. Otro inesperado fue la oficina del Archivo Regional de La Libertad, receptor de un premio especial del jurado por su organización y facilitación del servicio.
"La voluntad de
entregarse al
servicio de los
demás, parecería
brotar de las
entrañas mismas
del país."
Y lo que ese concurso mostró fue apenas la punta del iceberg, resultado de una primera convocatoria. Indudablemente, el número de casos similares dentro del sector público es mucho mayor.
Para el que se siente deprimido y pesimista por el cúmulo de ineficiencias, maltratos y deshonestidades, que tam-bién son parte de la vida pública, sugiero dos remedios. Primero, ignore las noticias que se dedican más a despertar las pasiones que a informar balanceadamente. Segundo, converse con los funcionarios de alguna oficina de gobier-no en cualquier pueblito o barrio, sea el puesto policial, escuela, posta médica u otra dependencia. Encontrará de todo en cuanto a la variedad humana, pero ese todo inclui-rá a personas que le devolveinclui-rán la esperanza. Y un solo caso admirable es más que cualquier moneda de oro. Allí, en su gente, está la verdadera cornucopia del país.
22 de agosto de 2005
"Más que en
monedas de oro,
en nuestra gente
está la verdadera
cornucopia del
Perú."
Huaraz redujo a 3 horas el
otor-gamiento de licencias para
pequeñas empresas, lo que antes
tomaba 35 días, y a 25 soles lo
que costaba 756.
¿País no
viable?
La pregunta toma cuerpo mientras más y más peruanos se van del país. Para los pesimistas, el diplomático peruano Oswaldo de Rivero ha elaborado un sesudo argumento en su libro “El Mito del Desarrollo: las economías no viables del Siglo XXI”. De los más de 100 países aspirantes al de-sarrollo en las últimas décadas –dice– solo tres tuvieron éxito en replicar el desarrollo de las potencias industriali-zadas capitalistas, Corea del Sur, Taiwán y Singapur. Los demás debemos adaptarnos, según el estudio, a la condi-ción de una economía nacional inviable, aprendiendo a sobrevivir con la pobreza.
En diciembre de 1971, una guerra separatista en Pakistán dio lugar al nacimiento de Bangladesh, país sin historia de autogobierno, con cien millones de personas hacinadas en un rincón del continente Indio, golpeado anualmente por ciclones, inundaciones y hambrunas desastrosas. Henry Kissinger declaró inmediatamente a Bangladesh como país inviable, bautizándolo despectivamente como un basket case, frase que se usaba para referirse a los soldados tan destruidos que regresaban de la guerra de Vietnam a los EE.UU. en canastas especiales. Bangladesh sigue siendo muy pobre y padece la corrupción y el desgobierno. Sin embargo, sí ha progresado. Desde los años ochenta la eco-nomía crece 5 por ciento al año, el sistema de microcrédito es un modelo mundial, las hambrunas son cosa del pasa-do, y el sistema de defensa civil evita ahora la destrucción masiva que antes traía cada ciclón.
Otra famosa declaración de no viabilidad fue la del eco-nomista James Meade, Premio Nobel en 1977. Meade presidió una comisión creada en 1961 para estudiar las perspectivas de desarrollo de la isla Mauritius, una colo-nia Británica en el Mar Indio con menos de un millón de habitantes. Según Meade, el futuro de Mauritius era una pesadilla maltusiana, resultado inevitable del crecimiento demográfico, la ausencia de oportunidades de empleo, y el agravante de una sociedad altamente conflictiva por las diferencias étnicas y religiosas. Una vez más, el pesimis-mo erró. Desde su independencia en 1968, la economía de Mauritius se ha expandido entre 5 y 6 por ciento al
Kissinger declaró a Bangladesh inviable
James Meade dijo que futuro de Mauritius era una pesadilla
año, el ingreso promedio se ha triplicado y la población se va acostumbrando a la heterogeneidad humana étnica y religiosa.
La historia tiene numerosos casos de supuesta no viabili-dad. Corea del Sur fue declarada no viable por el Banco Mundial en 1960. El informe del Banco citó la corrupción, la destrucción por la guerra y el mal manejo macroeconó-mico, entre otros vicios. En 1991 un economista connota-do de la India, Bimal Jalan, lamentaba el “visible fracaso” de su país, preso de una burocracia kafkiana, una crecien-te economía informal y un pesimismo generalizado. Pero Jalan no se percató que la India ya había empezaba un des-pegue extraordinario y sostenido, que viene transforman-do al país. Y, ¿qué viabilidad se esperaba de esos países tan artificiales como eran Hong Kong y Singapur cuando recién se crearon? ¿O Israel?
De Rivero tiene razón cuando resalta los problemas am-bientales, la futura escasez de agua y energía, y las com-plicaciones de la creciente integración del mundo. Sin em-bargo, la historia no justifica su pesimismo. Retos los hay, y cada país tiene los propios. Pero donde hay mujeres y hombres, allí todo es posible.
4 de abril de 2005
"De Rivero tiene
razón en resaltar
los problemas, no
en su pesimismo,
porque allí donde
hay mujeres y
hombres, todo es
posible."
Himno al
Perú
Amo a mi país. Por eso celebro la descentralización y hago votos por el protagonismo de las nuevas regiones. Me en-canta visitar una provincia y sentir el calor regionalista –o localista– de los gobiernos municipales, los empresarios de la zona, el activismo de los colegios y las universida-des, y las múltiples organizaciones y entidades civiles lu-gareñas. La energía y el entusiasmo que emanan desde el interior lograrán lo que siglos de gobierno central no han logrado para el desarrollo de la nación entera. Es como el amor a la familia. Tiene un elemento colectivo, pero su forma más humana y real es lo que sentimos hacia cada miembro individual de la familia.
Amo a mi país. Pero también amo la libertad y las opor-tunidades internacionales que han permitido que tres mi-llones de peruanos mejoren sus vidas y las de sus familias emigrando a otros países para trabajar o estudiar. Los pe-ruanos nos volvemos una diáspora, una nación dispersa por el mundo, e incluso ahora muchos ostentan una doble nacionalidad. Así sucedió con la población de Irlanda, que ahora es mayor afuera que dentro de su país, lo que no ha sido obstáculo para que Irlanda goce de la tasa más alta de crecimiento económico en Europa en los últimos quince años. El que establece un país-cárcel creo que equi-voca el amor a su patria. Como el amor a los hijos, amar al país es amar la libertad que permite que cada uno escoja su destino.
Amo a mi país. Y siento una solidaridad especial con los pobres y los excluidos y por eso celebro toda inversión, nacional o extranjera. La inversión crea empleo, integra la población y genera los impuestos que necesita el Estado para financiar la educación, la salud y los programas so-ciales. No solo trae capital sino también tecnología, in-dispensable para la modernidad y para no ser barridos por la agresiva competitividad de otras naciones. Sentiría orgullo si toda la inversión fuera de origen nacional, pero no sacrificaría el pan y la leche de un solo niño por la na-cionalidad del dinero.
Amo a mi país y su rica herencia cultural. Pero el Perú futuro será otro, será un Perú creado por nuestros hijos
"Sentiría orgullo si
la inversión fuera
nacional, pero no
sacrificaría el pan
y la leche de un
solo niño por la
nacionalidad del
dinero"
y demás descendientes, quienes cada día adoptarán usos y costumbres de otros países, importarán cada día más comida, ropa y otros bienes, y se prestarán música, bai-les, estilos artísticos y hasta palabras de otras culturas. Y asimilarán ideas, quizás incluso religiones, de afuera. El Perú de mañana se forjará tomando gran parte de la ri-queza productiva, cultural e intelectual de todo el mundo, y amar al Perú es necesariamente amar ese Perú futuro, impredeciblemente transformado por una creciente inter-conexión con el resto del mundo. Parte de ese Perú fu-turo consistirá en la peruanidad que proyectamos a otros países.
El amor por un país es mentiroso si no consiste, antes que nada, en un amor por su gente. Las banderas, los himnos, la “linda montaña” y los demás símbolos son como las imágenes religiosas: nos recuerdan y nos motivan, pero adorarlos es caer en la idolatría. Igualmente idólatra es la reverencia por las abstracciones, como el término naciona-lismo y el mismo nombre Perú. Los símbolos y las abstrac-ciones representan, pero no son el país; su valor está en recordarnos que los peruanos somos una hermandad. El verdadero amor está reservado para los peruanos.
22 de mayo de 2006
Con imaginativo acierto, así define la Cancillería a los peruanos que viven en el
Tierra sin
mal
Los guaraníes de Paraguay creían en la existencia de una tierra sin mal, y las tribus esporádicamente migraban buscándola.
La añoranza del paraíso parece estar en el subconsciente humano; aunque pocos buscan el jardín de Edén, muchos han creído en la posibilidad de crearlo. Platón dibujó un prototipo en su República ideal y Tomás Moro inventó el término utopía, ironía porque significa a la vez lugar bueno y lugar inexistente. Algunos experimentos utópicos han sido inspirados por el cristianismo y por el socialis-mo, desde los monasterios hasta los estados comunistas de China y Cuba. Hoy emulamos a Moro riéndonos de los utópicos, pero somos devotos del culto al progreso. Sin embargo, ni el rechazo irónico ni la credulidad nos ilumi-nan. Aprendamos más bien del caso de un experimento utópico que llegó a ser una referencia para pensadores como Voltaire, Montesquieu y los creadores del socialismo europeo, el de las reducciones jesuitas creadas, justamen-te, entre la población guaraní en los siglos XVII y XVIII, y donde, además, un sacerdote peruano, Antonio Ruiz de Montoya, jugó un papel protagónico.
La concentración de las tribus en nuevos pueblos, o re-ducciones, fue una estrategia misionera que se adaptó a la cultura guaraní, aunque no a la de otras tribus. La labor de catequismo de un reducido número de sacerdotes se frus-traba ante la vastedad del territorio, la dispersión de la po-blación y el fácil regreso a las creencias nativas. Reubicada la población en pueblos, el cristianismo se afianzó con la ayuda del tiempo, la presión social y la legitimidad adicio-nal que provenía de los avances económicos y sociales que generaban la ciencia y la diligencia jesuita.
Una táctica decisiva de los jesuitas para el convencimiento de las tribus fue el aprendizaje del idioma guaraní, desta-cando la obra lingüística de Ruiz de Montoya, quien creó un diccionario y un catecismo guaraní.
Desde 1610 se crearon más de treinta reducciones a lo lar-go de siglo y medio, cada una un modelo de planificación urbana, de desarrollo artesanal y agrícola, de medicina
"Un célebre
experimento
utópico tuvo como
protagonista a un
peruano."
avanzada para la era y de seguridad social. Caminos y flo-tas de embarcaciones conectaban a los pueblos y los unían a las ciudades capitales. Con imprentas propias suplían la necesidad de material de lectura. La economía era princi-palmente de subsistencia, pero la abundancia de ganado y el cultivo de la yerba mate hicieron posible la exportación de cueros y del llamado té jesuita.
Sin embargo, el paraíso de la reducción era el de un jardín de infantes. Partía de un concepto de los indios como me-nores de edad, y se caracterizaba por el paternalismo y la segregación. Como precaución contra el abuso y la enfer-medad, se practicaba un apartheid, excluyendo de la re-ducción a todo español, excepto a los sacerdotes jesuitas. La época y la región le eran hostiles al indio, y las reduccio-nes debieron sobrevivir como islas protegidas en un mar de traficantes de esclavos y de autoridades y hacendados abusivos. Ruiz de Montoya viajó a Madrid y consiguió permiso para armar a los indios, y las reducciones pudie-ron defenderse militarmente; pero su eficacia militar los convirtió en ejército al servicio de las autoridades españo-las. El experimento terminó con la expulsión de los jesui-tas en 1768, y desde entonces se debate si el modelo jesuita pudo haberse convertido en un paraíso para adultos.
23 de junio de 2008
Guamán Poma refleja la idea de una ciudad del cielo en la Tierra
¿Golondrinas
de la ética?
¿Tus compañeros de aula copian en los exámenes? Hace 45 años esa pregunta dejó mal parados a los alumnos de los colegios privilegiados de Lima. Según un estudio efec-tuado por el connotado sociólogo estadounidense William Foote Whyte, en un 62 por ciento los alumnos eran copio-nes, a decir de sus compañeros. Por contraste, en los cole-gios nacionales solamente el 25 por ciento era considerado copión. La clase alta también se pintó como menos per-sistente ante las dificultades académicas, más proclive a abandonar sus esfuerzos y con mayor preferencia por los profesores poco exigentes. Hace unos meses, el Instituto del Perú de la Universidad San Martín de Porres reeditó esa encuesta obteniendo un resultado aleccionador en dos aspectos. En los colegios de clase alta se sigue prefiriendo a los profesores fáciles, pero hoy hay menos copiones y mayor persistencia. ¿Será que estos están aprendiendo va-lores de aquellos?
El Barómetro Social, encuesta que desde el año 2001 viene realizando la Universidad de Lima, también trae un moti-vo para la esperanza. Cuando se pregunta: ¿Confía usted en las personas?, apenas un 30 por ciento de los limeños dice que sí. Sin embargo, la confianza interpersonal viene en aumento en los últimos años. Cuando se pasa a investi-gar las razones de la desconfianza, en casi todos los casos las respuestas demuestran una mejora en la credibilidad. Según la opinión del público limeño, los peruanos nos es-taríamos volviendo más respetuosos de la autoridad, más justos, responsables, dignos, leales, honestos, propensos a decir la verdad y cumplidores de las leyes. El cambio de actitud más impactante se da ante la percepción de la honestidad. Mientras en el 2001 apenas 10 por ciento con-testó que la gente era honesta, en el 2007 el porcentaje fa-vorable se elevó a 28 por ciento.
Los pobres son mucho más desconfiados que los ricos cuando la pregunta se formula en términos generales, ¿confía usted? Pero cuando se pregunta sobre las razones específicas de esta confianza, el resultado es inverso. En casi todas las preguntas son los sectores más bajos los que tienen una mejor opinión de la gente. Así, en la clase alta
Una golondrina
no hace verano,
pero… ¿cuatro?
–nivel socioeconómico A– solo el 16 por ciento considera que la gente es honesta, mientras que en la clase socioeco-nómica más baja –nivel E– el 42 por ciento responde que la gente sí es honesta. Quizás sea esa actitud benevolente la que explica que un 50 por ciento de los pobres considera que los peruanos y las peruanas son felices, cuando ape-nas el 43 por ciento de los niveles altos dice eso. Lo que va quedando claro es que el dinero no va de la mano con la superioridad moral.
Otra golondrina de una recuperación de los valores ha sido el inusitado grado de solidaridad expresado ante la tragedia del terremoto. Recuerdo tragedias anteriores, como el terremoto de 1970, cuando la destrucción y la pér-dida de vidas fueron múltiples de lo sucedido este año, y el fenómeno El Niño de 1983, que resultó en hambruna en la sierra sur y devastación en la costa norte. En ninguno de esos casos hubo una respuesta como la actual, ni por parte de las autoridades ni por el público en general. En parte, quizás, la diferencia se explica por la creciente presencia de los medios de comunicación, tanto en el lugar de los he-chos como en nuestros hogares, medios que hoy incluyen Internet. Sucede que la solidaridad aumenta con la cerca-nía y, de esa manera, y a pesar de sus defectos, los medios de comunicación contribuyen al proceso de civilización.
27 de agosto de 2007
"El dinero no va
de la mano con
la superioridad
moral."
George Graham Gómez de la Torre murió el 14 de este mes. Nació hace 83 años en EEUU. Hijo de un banque-ro del estado de New Jersey, entró a la universidad de Pennsylvania a los 14 años para estudiar la química y luego la medicina. Pero en casi todo lo demás de su vida, fue peruano. De madre arequipeña, se vino al Perú para iniciar su práctica como pediatra, se casó con peruana y dedicó la mayor parte de su vida de trabajo al Perú, en especial a los niños desnutridos.
La desnutrición es un asesino cobarde. Muy rara vez, sal-vo en hambrunas del pasado, el hambre ha matado de forma directa. Pero la muerte indirecta causada por el de-bilitamiento que produce la desnutrición sigue siendo co-mún. Y cuando no mata, discapacita. ¿Cómo exactamente? ¿Cuáles son las deficiencias nutricionales? ¿A qué edades surten sus efectos? ¿Qué remedios existen? ¿Es el Vaso de Leche una solución? George Graham dedicó su vida a res-ponder estas preguntas.
Apasionado de la investigación, empezó sus observaciones en las salas del Hospital del Niño, pululantes cada invierno de pacientes con sarampión, coqueluche, difteria, tétano y poliomielitis, además de niños severamente malnutridos padeciendo kwashiorkor1 y marasmo, la mayoría de los
cua-les fallecía por complicaciones infecciosas y metabólicas. En 1961 fundó el Instituto de Investigación Nutricional, ubicado primero en la clínica Anglo Americana y luego en el distrito de La Molina, esfuerzo pionero que hoy cuenta con fama mundial. Paradójicamente, siendo el Perú im-portante productor del cobre, uno de los primeros aportes del instituto de Graham a la ciencia fue el descubrimien-to del retraso fisiológico producido por la deficiencia de cobre en el organismo. Éste y otros de sus hallazgos fue-ron precursores de una de las tesis más preocupantes de la teoría moderna del desarrollo humano: que debido a
Un gringo
"La desnutrición
es un asesino
cobarde… Y
cuando no mata,
discapacita"
peruanísimo
George Graham Gómez de la Torre Robert Fogelsus efectos discapacitadores, la desnutrición perenniza la exclusión de los pobres.
La expresión más clara de esta tesis es quizá la del econo-mista y Premio Nobel Robert Fogel. Según él, un tercio o la mitad de la expansión económica de Gran Bretaña en los últimos dos siglos es atribuible a una mejor educa-ción y mejor salud. Estas mejoras habrían generado una ‘evolución tecnophysio’ del hombre, es decir, potenciando su capacidad productiva, efecto análogo pero distinto y más acelerado que la evolución darwiniana. Por la mayor estatura, más fuerza muscular y más desarrollo cerebral, nos estaríamos convirtiendo en súper hombres. Pero esa evolución se viene dando en forma desigual, marginando de por vida a gran parte de la población del mundo. Ya se conocía el problema de la transmisión de la pobreza de padres a hijos desde que éstos no pueden asistir al colegio, ni tienen la misma facilidad para acceder al crédito y a los puestos de trabajo. También era evidente que el desnu-trido es un alumno inatento y más apto a perder días de clase por enfermedades.
El descubrimiento adicional es que la desnutrición, sobre todo en el útero materno y en los años de lactancia, crea un daño neurológico irreversible, reduciendo en forma per-manente el desarrollo de las funciones cognitivas. Como buen médico que era, George Graham tendía al optimis-mo, enfatizando la capacidad de recuperación del cuerpo humano y los caminos preventivos, pero su trabajo nos abrió los ojos sobre los peligros casi invisibles del descui-do nutricional. Peruano de corazón, Graham nos deja un ejemplo de pasión investigadora y de compromiso con el desarrollo humano. 22 de enero de 2007
"Su aporte a la
ciencia fue el
descubrimiento del
retraso fisiológico
producido por
la deficiencia de
cobre…"
"Su trabajo nos
abrió los ojos
sobre los peligros
casi invisibles
del descuido
nutricional."
Las cifras y
la honra
Haga una búsqueda en Internet con las palabras transpa-rencia y Perú. Google produce 93,700 refetranspa-rencias2. Hace diez años difícilmente hubiera encontrado mil.
Es una revolución silenciosa aunque admito que tiene algo de retórica. Los políticos declaman su sólido compromiso con la honestidad y la transparencia y así despistan por un tiempo al público. Pero en su mayor parte la ola de trans-parencia es real y está transformando nuestra vida política como un tsunami. En buena hora, porque la democracia sin transparencia es hueca.
Parte de este trabajo lo viene realizando el viejo cuarto poder, ahora potenciado por la comunicación digital. Lo nuevo son las organizaciones de la sociedad civil creadas para monitorear e informar sobre la gestión pública o in-cluso para participar en esa gestión, como la Asociación Transparencia, Ciudadanos al Día, Vigila Perú, Justicia Viva, Control Ciudadano, y la Coalición por la Democracia, por citar algunas.
El Estado contribuye creando la Defensoría del Pueblo, Indecopi, los entes reguladores, las Mesas de Concertación para la Lucha contra la Pobreza, y la Comisión de la Verdad. Además, la publicación de una página web es práctica generalizada entre las entidades estatales dando acceso a información que antes se mantenía oculta por in-tención non sancta o por puro acto reflejo. Así, la página del MEF, llamada Transparencia Económica, publica deta-lles de la ejecución presupuestal. Y también la descentrali-zación ha despertado esfuerzos locales de vigilancia. Según el último informe anual del Banco Mundial, trans-parencia y vigilancia son indispensables para que los ser-vicios públicos cumplan su función.
De allí el sabor a anacronismo que ha tenido el ‘affaire’ Herrera. Experto en estadística y funcionario del presti-gioso Instituto de Investigación para el Desarrollo del Gobierno Francés, Javier Herrera fue destacado al INEI,
"Una revolución
silenciosa está
transformando
nuestra vida
política."
2) Esto ocurrió en agosto de 2004. En febrero de 2008 se generaron más de dos millones de menciones.