Espiritualidad y Educacion Soci - Enric Benavent Valles

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Espiritualidad y

educación social

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Espiritualidad

y educación

social

Enric Benavent

Vallès

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Diseño de la colección: Editorial UOC

Primera edición en lengua castellana: octubre de 2013

Primera edición en formato digital: julio de 2014

© Enric Benavent Vallès, del texto. © Imagen de cubierta: Istockphoto

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© Editorial UOC, de esta edición

Gran Via de les Corts Catalanes, 872, 3a Planta - 08018

Barcelona

www.editorialuoc.com

Realización digital: MIDAC ISBN: 978-84-9064-301-3

Esta obra está sujeta a la licencia

Reconocimiento - Compartir igual 3.0 España de Creative Commons. Se puede modificar, distribuir y comunicar públicamente, incluso con un propósito comercial, siempre que se especifiquen los autores y editores. La licencia completa se puede consultar en

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Autor

Enric Benavent

Licenciado en filosofía y en comunicación audiovisual. Diplomado en teología. Máster en sociedad de la información y del conocimiento. Educador social habilitado. Ha trabajado de profesor de filosofía y religión. Autor de diversos materiales didácticos sobre estas materias. Actualmente es profesor de la Facultad de Educación social y Trabajo social Pere Tarrés de la Universitat Ramon Llull.

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Índice

Capítulo I. La dimensión espiritual de la persona. Un cambio de mentalidad

Introducción

1. Antropología de la espiritualidad

1.1. El gran salto 1.2. La rareza humana

1.3. La pregunta por el sentido 1.4. La voluntad de sentido según Viktor Frankl

1.5. La paradoja del sufrimiento

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2.1. La espiritualidad 2.2. La religión

2.3. Distintas formas de vivir la espiritualidad y la religiosidad ...

3. Necesidades espirituales

3.1. Las necesidades, según Maslow

3.2. Las necesidades espirituales 3.2.1. Análisis de las

necesidades espirituales del ser humano 4. La inteligencia espiritual 4.1. Inteligencias múltiples 4.2. La inteligencia emocional 4.3. La inteligencia espiritual 4.4. Bases neurológicas de la espiritualidad 4.4.1. El cerebro religioso

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Resumen

Capítulo II. La acción social y la espiritualidad. Reconociendo la

importancia de la dimensión espiritual Introducción

1. Conocer para actuar con respeto

1.1 Aproximación holística a la persona en una sociedad

multicultural

1.2. Reconocimiento progresivo de la dimensión espiritual

1.3. Tener en cuenta la dimensión espiritual o religiosa

1.4. Incorporar la dimensión

espiritual en la práctica profesional

2. Espiritualidad y calidad de vida

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bienestar

2.2. Resiliencia y espiritualidad

3. Relaciones entre espiritualidad y educación social

3.1. Integrar la dimensión religiosa o espiritual en la atención a las personas

3.2. Atender la dimensión

espiritual en el ámbito sanitario 3.3. Atender holísticamente

4. Dimensión comunitaria de la espiritualidad

4.1. Las comunidades y las formas de espiritualidad

4.2. Expresiones comunitarias de la espiritualidad

4.3. Comunidades espiritualmente sanas

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5. Ritos y rituales

5.1. Ritos de paso

5.1.1. El viaje en patera como rito de paso

5.2. Otras tipologías de ritos

6. La atención a las necesidades religiosas

6.1. La asistencia religiosa en los hospitales públicos

6.2. La asistencia religiosa en los centros penitenciarios

6.3. La enseñanza de la religión en las escuelas

6.3.1. Religión en los centros escolares concertados católicos 6.4. La atención religiosa en el ámbito de los servicios sociales

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entidades católicas de acción social

Resumen

Capítulo III. Intervención

socioeducativa y espiritualidad. Más allá de las creencias personales

Introducción

1. Espiritualidad en niños y adolescentes

1.1. La expresión de la espiritualidad en los niños 1.2. Superar las adversidades 1.3. El Manifiesto de Montserrat 1.4. La religión o la espiritualidad como herramientas para la

resiliencia

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2.1. El vacío existencial

2.2. El proceso de convertirse en persona

2.3. Alimentar la espiritualidad

3. Espiritualidad y personas con discapacidad

3.1. La espiritualidad, una dimensión perdida

3.2 La vida en comunidad como oportunidad de crecimiento espiritual

4. Espiritualidad e inmigración

4.1. El factor religioso en el fenómeno migratorio

4.2. Las necesidades espirituales de personas inmigrantes

5. Espiritualidad y salud mental

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5.2. Desajuste espiritual 5.3. La depresión y la espiritualidad

5.4. Psicopatología y religión 5.5. Salud espiritual

5.6. Para una buena salud mental

6. Acompañar espiritualmente a las personas mayores

6.1. Hacerse mayor

6.2. Los cambios y las pérdidas 6.3. Al final de la vida

6.4. Acompañamiento holístico

Resumen

Capítulo IV. Las tradiciones religiosas y la acción social

Introducción

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1.1. La solidaridad universal 1.2. La compasión

1.3. El sufrimiento

1.4. Budismo y compromiso social

2. El cristianismo y la acción social

2.1. La acción social en el núcleo de la doctrina cristiana

2.2. La opción por los pobres en el mensaje de Jesús 2.3. Al servicio de servir 2.4. Entidades sociales de la Iglesia católica 2.4.1. Cáritas 2.4.2. Red de entidades sociales de la Iglesia

2.5. Actividad social de la Iglesia evangélica catalana

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2.5.2. Formación del voluntariado

2.5.3. Ministerio evangélico en las prisiones

2.5.4. Comité Evangélico para la Inmigración en Cataluña .... 2.5.5. Pastoral Hospitalaria Protestante

3. El islam y la acción social

3.1. El concepto de caridad (limosna)

3.2. El bienestar de la comunidad 3.3. Las tres formas principales de la limosna

3.3.1. El zakat 3.3.2. Waqf 3.3.3. Sadaqa

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compromiso social

3.5. El islam y las personas enfermas o con discapacidad 3.6. La acción social en las comunidades islámicas

3.6.1. Las mezquitas 3.6.2. Islamic Relief

Resumen Bibliografía

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Capítulo I

La dimensión espiritual de

la persona. Un cambio de

mentalidad

Introducción

El ser humano es claramente un ser biológico, podemos aproximarnos a su realidad desde esta dimensión y definir cuáles son sus características propias y diferenciadas del resto de seres vivos.

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Es innegable que la dimensión somática de la persona está en la base de su ser. También aceptamos sin dilemas la dimensión social de la persona como hecho constituyente e inevitable de lo que es. No concebimos al ser humano como plenamente realizado sin la interacción entre iguales. Una tercera dimensión humana que fácilmente vemos en la constitución del ser humano es su dimensión psicológica, en la que encontramos desde las emociones y sentimientos hasta las capacidades de percepción y relación con el entorno.

Hay una cuarta dimensión que forma parte del ser humano desde los inicios, es la que se refiere a la búsqueda del sentido. Cuando aparecen los primeros

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humanos, y con ellos la capacidad de conciencia propia, se hace patente la necesidad de dar sentido a la vida. La conciencia de la propia finitud y de la propia muerte llevó a los primeros humanos a hacerse, ya entonces, las grandes preguntas que le han acompañado a lo largo de historia de la humanidad. Los relatos míticos construidos en todas las culturas han tenido la función de hacer reflexionar y dar respuesta a estas preguntas. La dimensión espiritual, entendida en un sentido amplio y sin reducirla a la religiosidad, es la cuarta dimensión que debe abordar cualquier antropología que no quiera quedar incompleta.

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tiene que ver con los objetivos que merece la pena perseguir, lleguen o no a ser satisfechos. La felicidad y el sentido de la vida no se pueden equiparar. El logro de algunos objetivos puede aportar felicidad, pero el sentido de la vida radica en tener objetivos valiosos por los que luchar. Esta es la realidad del ser humano, un ser que está siempre en camino, que está siempre en proyección personal. Aquí es donde situamos la dimensión espiritual de la persona, en el lugar donde da valor y se compromete con la vida.

1. Antropología de la

espiritualidad

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El nuevo principio que hace del hombre un hombre, es ajeno a todo lo que podemos llamar vida, en el más amplio sentido, ya en el psíquico interno o en el vital externo. Lo que hace del hombre un hombre es un principio que se opone a toda vida en general; un principio que, como tal, no puede reducirse a la «evolución natural de la vida», sino que, si ha de ser reducido a algo, solo puede serlo al fundamento supremo de las cosas, o sea, al mismo fundamento de que también la «vida» es una manifestación parcial. Ya los griegos sostuvieron la existencia de tal principio, y lo llamaron la «razón». Nosotros preferimos emplear, para designar esta X, una palabra más comprensiva, una palabra que comprende el concepto de la razón, pero que, junto con el pensar ideas, comprende también una determinada especie de intuición, la intuición de los fenómenos primarios o

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esencias y, además, una determinada clase de actos emocionales y volitivos que aún hemos de caracterizar: por ejemplo, la bondad, el amor, el arrepentimiento, la veneración, etc. Esa palabra es espíritu.

(Max Scheler, El puesto del hombre en el cosmos)

1.1. El gran salto

La aparición del ser humano añade a la historia del mundo una cuestión primordial: la pregunta sobre el sentido y la capacidad de comprometerse. El ser humano, a pesar de que, como cualquier ser viviente, tiene una clara dependencia de la naturaleza, se manifiesta en el mundo de una manera peculiar. Existe una forma singular de vivir esta

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condición de seres naturales que capacita a los humanos para romper los círculos repetitivos que caracterizan la vida animal eliminando de su horizonte cualquier destino de especie, huyendo de la existencia meramente biológica. Cuando pensamos sobre el ser humano, debemos tener en cuenta estas dos realidades, la innegable dependencia de la naturaleza y, a su vez, la singularidad con que vive esta realidad natural.

Max Scheler dice que lo que hace que el ser humano sea verdaderamente ser humano es un principio que nada tiene que ver con la evolución natural. No quiere vincularlo con el concepto de razón y busca otro concepto que sea más genérico: el espíritu. Este concepto

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permite dar una explicación a tantos juicios de la mente humana que se escapan de la racionalidad. La creatividad, la libertad, la imaginación, el arte o la intuición son procesos humanos que no se pueden reducir exclusivamente a los dominios de la racionalidad. En el ser humano existe algo que lo hace emerger de las leyes de la naturaleza, distanciarse de ellas y vivirlas con sentido.

Entre las distintas maneras de explicar esta singular forma de ser en el mundo, está la que describe al ser humano como un «animal deficiente». Arnold Gehlen es uno de los antropólogos que se inscribe en esta línea y habla, en su obra El hombre, su

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naturaleza y su lugar en el mundo, de las carencias del ser humano como punto de partida de su compleja realidad:

La no especialización física del hombre, su mediocridad orgánica, así como la asombrosa falta de auténticos instintos, forman entre sí un conjunto, con respecto al cual «la apertura al mundo» (en palabras de Scheler) o, lo que es lo mismo, la carencia de medio ambiente, sería su expresión conceptual. Al revés, en el caso del animal, la especialización orgánica, el repertorio de instintos y el encadenamiento al medio ambiente se corresponden entre sí. Es lo decisivamente importante desde el punto de vista antropológico. Tenemos así un concepto estructural del hombre, que no descansa solamente en el rasgo de la razón del espíritu, etc., y nos movemos, por tanto, más allá de las alternativas mencionadas más

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arriba; a saber: o hay una diferencia gradual entre el hombre y los animales superiores cercanos a él o hay que poner la diferencia esencial en el espíritu. Por el contrario, nosotros tenemos en este momento el «bosquejo» de un ser carencial desde el punto de vista orgánico, por eso mismo abierto al mundo, es decir, incapaz por naturaleza de vivir en un ambiente fragmentario concreto. También entendemos qué tiene que ver con aquellas definiciones de que el hombre sea «no terminado» o «una tarea para sí mismo». La pura capacidad de existir semejante ser ha de ser cuestionable y la simple permanencia en la vida, un problema para cuya resolución el hombre ha sido dejado a sí mismo y ha de sacar de sí mismo las posibilidades. Esto sería, pues, el hombre práxico. Ahora bien, dado que el hombre es capaz de vivir, las condiciones para resolver el problema tienen que estar en

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él y si en él ya la existencia es una tarea y una difícil operación a realizar, esa operación o producción humana ha de poder mostrarse a través de toda la estructura del hombre. Todas las facultades especiales humanas han de referirse a esta cuestión: cómo puede vivir un ser monstruoso; y así queda asegurado el derecho al planteamiento biológico del problema. Así pues, un examen biológico del hombre no consiste en comparar su physis con la del chimpancé, sino en responder a esta pregunta: ¿cómo puede vivir este ser que por esencia no es comparable a ningún otro animal?

(A. Gehlen, 1980) Gehlen habla de la especificidad humana como una característica independiente a su biología. La comparación entre el ser humano y el

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chimpancé no debe hacerse en escala biológica porque la diferencia principal se encuentra en otra escala. El ser humano no tiene un entorno específico donde vivir, sus carencias biológicas le han obligado a abrirse al mundo y a capacitarse para vivir en cualquier entorno. El ser humano ha transformado su entorno para poder vivir y lo ha convertido en «su mundo». El mundo humano es una construcción cultural que se crea a partir del entorno físico, lo transforma y lo adapta dándole significado y sentido: es una trama de conceptos, significados y valores.

El salto que se produce en la escala evolutiva de la especie humana nada tiene que ver con su condición

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biológica, sino con su capacidad simbólica. El ser humano es el único que se comunica mediante el lenguaje verbal, el único que sabe que un día morirá y que se pregunta, generación tras generación, por el sentido de la vida. En este contexto situamos la dimensión espiritual del ser humano. Además de las competencias científicas, de conocimiento y transformación del entorno, que ha desarrollado el ser humano en el crecimiento de su propia consciencia y de la consciencia de su propia finitud, también ha incorporado competencias espirituales que tienen relación con la respuesta a la gran pregunta que convive con los humanos desde el inicio de los tiempos: ¿qué

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sentido tiene la vida?

1.2. La rareza humana

El ser humano es un animal que, desde un punto de vista biológico, no habría sobrevivido a la selección natural de las especies. Posee un cuerpo deficiente, débil, sin armas naturales suficientes para defenderse y, además, mal preparado para adaptarse al entorno. Con estas características habría desaparecido de la Tierra si no fuera por la diferencia principal que se establece con el resto de seres vivos, la inteligencia, y, sobre todo, la capacidad de reflexión.

La capacidad técnica, de inventar, de transmitir los conocimientos y el

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progreso son cualidades características del desarrollo de la inteligencia humana que dependen de la capacidad de abstracción y reflexión. Esto hace particular la capacidad de razonamiento de los humanos. El pensamiento humano no tiene una focalización concreta, sino general, que no está vinculada a una determinada finalidad, más bien lo contrario, se abre a valores e ideales.

El pensamiento reflexivo ha producido un ser humano independiente de las leyes biológicas del mundo animal. Esta independencia se determina, por un lado, con la capacidad individual de ejercer la libertad y, por otro lado, con la capacidad de introspección: preguntarse a sí mismo

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por el sentido de la existencia.

1.3. La pregunta por el sentido

Es en el contexto de la reflexión, de la valoración y de las opciones donde situamos la pregunta por el sentido, una pregunta que no tiene una razón de ser de tipo biológico, sino que surge de la necesidad profunda del ser humano. Y, además, no tiene ninguna relación con la curiosidad. Las cuestiones que el ser humano se formula por curiosidad, y que construyen la base de su progreso científico y técnico, son preguntas que surgen del ser humano y hacen un recorrido del interior hacia el exterior. No tienen nada que ver con las preguntas por el sentido. Sin embargo, la persona

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tiene la necesidad de conocer y, por esto, se pregunta por el mundo mediante cuestiones cuyas respuestas son, en último término, insignificantes. El ser humano se encuentra con las preguntas por el sentido porque le llegan desde el exterior. Las preguntas procedentes de la curiosidad pueden tener respuesta o carecer de ella, son preguntas cuya respuesta se puede obtener mediante caminos que otros han hecho previamente. Las preguntas que se refieren al sentido deben responderse aunque sea con una respuesta provisional y, además, tiene que hacerse individualmente para crear un camino propio.

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Sísifo, empieza afirmando que la gran cuestión filosófica es preguntarse si la vida merece ser vivida o no.

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. Se trata de juegos. (…) Nunca vi morir a nadie por el argumento ontológico. Galileo, que defendía una verdad científica importante, abjuró de ella con la mayor facilidad del mundo, cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien. Aquella verdad no valía la hoguera. Es profundamente indiferente saber cuál gira alrededor del otro, si la Tierra o el Sol. Para decirlo todo, es una cuestión baladí. En cambio, veo que

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muchas personas mueren porque estiman que la vida no vale la pena de vivirla. Veo a otras que, paradójicamente, se hacen matar por las ideas o las ilusiones que les dan una razón para vivir (lo que se llama una razón para vivir es, al mismo tiempo, una excelente razón para morir). Opino, en consecuencia, que el sentido de la vida es la pregunta más apremiante.

(A. Camus, 1985, p. 5) No hay nada realmente más importante que esta pregunta. En el momento en el que el ser humano toma consciencia de su finitud, necesita dar sentido a su vida y a sus días. Aquí está la diferencia entre el ser humano y el resto de animales: el ser humano no se acaba en su ser biológico, hay algo en él

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que le abre las puertas hacia una realidad distinta.

La pregunta por el sentido es una de las características más relevantes del ser humano. Todo el mundo desea vivir una vida con sentido, todo el mundo tiene la necesidad de encontrar un sentido a sus días y dar valor a sus actos. Viktor Frankl, psicoanalista austríaco y superviviente de los campos de concentración nazis, afirma que lo que ayudó a muchos prisioneros a enfrentarse a las atrocidades del campo fue la voluntad de sentido, es decir, el deseo de dar sentido, significado y valor a la propia vida, incluso en circunstancias desagradables. La búsqueda del sentido de la vida es una

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fuerza primaria de la vida humana que tiene relación con la felicidad. No se trata de un fenómeno cultural o religioso, sino de una necesidad interior del ser humano que se exterioriza de distintas formas.

1.4. La voluntad de sentido según Viktor Frankl

Dudo que haya ningún médico que pueda contestar a la pregunta sobre el sentido en términos generales, ya que el sentido de la vida difiere de un hombre a otro, de un día para otro, de una hora a otra hora. Así pues, lo que importa no es el sentido de la vida en términos generales, sino el significado concreto de la vida de cada individuo en un momento dado. Plantear la cuestión en términos generales puede equipararse a la

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pregunta que se le hizo a un campeón de ajedrez: «Dígame, maestro, ¿cuál es la mejor jugada que puede hacerse?» Lo que ocurre es, sencillamente, que no hay nada que sea la mejor jugada, o una buena jugada, si se la considera fuera de la situación especial del juego y de la peculiar personalidad del oponente. No deberíamos buscar un sentido abstracto a la vida, pues cada uno tiene en ella su propia misión que cumplir; cada uno debe llevar a cabo un cometido concreto. Por tanto ni puede ser reemplazado en la función, ni su vida puede repetirse; su tarea es única como única es su oportunidad para instrumentarla. Como quiera que toda situación vital representa un reto para el hombre y le plantea un problema que solo él debe resolver, la cuestión del significado de la vida puede en realidad invertirse. En última instancia, el hombre no debería

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inquirir cuál es el sentido de la vida, sino comprender que es a él a quien se inquiere. En una palabra, a cada hombre se le pregunta por la vida y únicamente puede responder a la vida respondiendo por su propia vida; solo siendo responsable puede contestar a la vida. De modo que la logoterapia considera que la esencia íntima de la existencia humana está en su capacidad de ser responsable.

(V. Frankl, 1991, p. 107) Frankl creó una doctrina terapéutica a la que puso el nombre de logoterapia. El eje vertebrador de esta terapia, y de toda su antropología, es la afirmación de un sentido existencial. Frankl observaba que en el mundo occidental se perdía el sentido existencial y aumentaba la sensación de absurdidad ante la

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existencia.

Por otro lado, Frankl no cree, como Maslow, que la autorrealización sea la finalidad de la existencia. La realización de la persona no se puede considerar como una finalidad, sino como una consecuencia de la plenitud del sentido. Para Frankl, el dinamismo básico de las personas, es decir, su fuerza primaria, es la voluntad del sentido. Quien utiliza la autorrealización como finalidad está destinado al fracaso. La búsqueda del sentido debe orientarse hacia aquello que consideramos valioso y, entonces, entra en juego otro concepto importante del pensamiento de Frankl: el ejercicio de la libertad interior.

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clásico, que dice que las personas buscan la felicidad a lo largo de su vida, Frankl apunta que no se trata de buscar la felicidad, sino de encontrar bases sólidas para esta. La felicidad y el placer son fugaces cuando se buscan por sí mismos. La estratagema para la felicidad no es ir en su búsqueda ni mirarse a sí mismo, sino vivir frente a las cosas o personas olvidándose de uno mismo. El dinamismo más profundo del ser humano, dice Frankl, no es ni el placer, ni el poder, ni siquiera la felicidad, sino el deseo de sentido. El deseo del placer y del poder se impone cuando el anhelo de sentido se ve truncado.

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posibilidad considerada valiosa, sobre el fondo de la realidad. El sentido tiene un componente claramente axiológico, una respuesta a cuestiones que la misma vida plantea. No se encuentra como resultado de un proyecto voluntarista que uno se inventa o se propone, sino como respuesta a la vida, a los interrogantes y valores que el ser humano descubre. Inventar el sentido y los valores lleva hacia la absolutización de un proyecto e, ineludiblemente en muchos casos, puede llegar a la desesperación por el fracaso, la frustración y la distancia entre la idea y la realidad.

No es el ser humano quien debe preguntar, todo lo contrario, es la vida

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quien debe formular las preguntas.

Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida. Tenemos que aprender que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas sobre el significado de la vida y en vez de ello, pensar en nosotros como en seres a quienes la vida les inquiera continua e incesantemente. Vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo.

(V. Frankl, 1991, p. 78) Con la expresión «voluntad de sentido», Frankl se posiciona en contra

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de conceptos semejantes como son el de «voluntad de poder» de F. Nietzsche o «voluntad de placer» de Freud, que se habían propuesto como motores últimos del comportamiento humano. En cuanto al placer, y recogiendo lo dicho por Aristóteles, Frankl afirma que no puede constituir el objetivo de una persona porque el exceso de la búsqueda del placer en uno mismo puede impedir la obtención de este. Lo mismo ocurre con la felicidad: el objetivo no debe ser la búsqueda de la felicidad en sí misma, sino los fundamentos, los valores y todo aquello que le otorga valor. Por lo tanto, según el padre de la logoterapia, la búsqueda del sentido es cuestión de moralidad, de valoración y de ejercicio

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de la libertad interior, que al final es lo que ayuda a las personas a sentirse satisfechas.

Más allá del placer, del poder y de la felicidad, la persona puede encontrar un sentido a la vida. Cada instante de la vida es significativo y apto para poder darle un sentido. La persona, dando respuesta a los valores que descubre a lo largo de su vida, se hace responsable de su existencia. El hecho de dar respuesta a la pregunta por el sentido de la vida consiste en esto, en descubrir lo que merece la pena de la vida.

Frankl señala tres caminos para encontrar el sentido de la vida:

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decir: haciendo actividades.

2. A partir el encuentro con los otros, en el que «el otro» importa por su propio valor y no se busca beneficio propio en esta relación. 3. En situaciones de sufrimiento en las

cuales también podemos encontrar la respuesta a la pregunta por el sentido.

Este tercer camino fue el que Frankl desarrolló más ampliamente. Su experiencia en los campos de concentración le llevó a reflexionar sobre la búsqueda del sentido en situaciones límite. Cree que en estas situaciones es cuando el ser humano se pregunta realmente por el sentido de la

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vida. Ante el sufrimiento inevitable, el ser humano tiene la capacidad de tomar una postura u otra sobre el dolor y su limitación. El ser humano es un ser sufriente y esta constatación es importante para la antropología, porque nos lleva a pensar en el papel del sufrimiento y de la conciencia de finitud de la vida de los humanos. El hecho de no integrar el sufrimiento de la persona, y, por lo tanto, rechazar la posibilidad de encontrar sentido al sufrimiento, conduce a la desesperación ante las dificultades más pequeñas.

1.5. La paradoja del sufrimiento

El sufrimiento forma parte de la vida humana y el ser humano, por naturaleza,

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tiende a alejarse del mismo. Nuestra sociedad, además, ha hecho del sufrimiento un tabú y ha generado una imagen humana basada en la satisfacción y el placer.

Esto contrasta, por ejemplo, con la mentalidad oriental clásica en la cual el concepto de sufrimiento forma parte del núcleo de su antropología. Dice Buda, cuando explica la primera de las nobles verdades del budismo, la verdad sobre el sufrimiento:

Esta, monjes, es la noble verdad de du kha: el nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento; la tristeza, el lamento, el dolor, la pena y el desespero son sufrimiento; la asociación con lo que no se ama es sufrimiento; la separación de lo que se ama

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es sufrimiento; no conseguir lo que se quiere es sufrimiento. En resumen, los cinco agregados del aferramiento son sufrimiento.

Los budistas tienen claro que el ser humano es un ser que sufre y que debe trabajar para eliminar o evitar aquello que le causa sufrimiento. Experimentar la limitación es un aspecto muy importante para el crecimiento de las personas. Todo lo que nos provoca sufrimiento nos hace madurar: los obstáculos de la vida ayudan al crecimiento personal. Es importante ver esta particularidad del sufrimiento que, paradójicamente, nos lleva a la bondad. El dolor evidencia la limitación humana, la imperfección. Una hipotética vida sin sufrimiento, sin tensión, sin azar y con

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total seguridad, generaría un ser débil e inmaduro. Aunque el ser humano quiera evitar el sufrimiento, es bueno reconocer que este es necesario para vivir. Conocer la finitud, la limitación y el sufrimiento impulsa al ser humano a dar sentido a la vida.

2. Espiritualidad y religión

La dimensión espiritual y la dimensión religiosa, íntimamente relacionadas e incluyentes, no son exactamente coincidentes entre sí. Mientras que la dimensión religiosa comprende la disposición y el modo en que una persona vive sus relaciones con Dios dentro del grupo al que pertenece como creyente y en sintonía con unos modos concretos de

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expresar la fe y las relaciones, la dimensión espiritual es más vasta, abarcando además el mundo de los valores y de la pregunta por el sentido último de las cosas, de las experiencias.

(J. C. Bermejo, 2005, p. 86)

2.1. La espiritualidad

En el momento de definir la espiritualidad, en la cultura occidental, encontramos posicionamientos muy distantes: desde los que no establecen ninguna diferencia entre la espiritualidad y la práctica de la religión hasta los que, en otro extremo, para la explicación de la espiritualidad excluyen cualquier tipo de referencia a la divinidad o a seres transcendentes Es

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necesario, pues, poder hacer alguna aproximación a este concepto polisémico.

Tradicionalmente se han asociado los conceptos de espiritualidad y religión, pero cabe decir que el término «espiritualidad» ha evolucionado hasta convertirse en un concepto un poco confuso, que se utiliza en distintos ámbitos: el trabajo social, los recursos humanos, la educación, la salud y las ciencias sociales. Estamos ante una palabra que no genera unanimidad en su definición y, frecuentemente, se utiliza de forma vaga.

Algunas de las definiciones de espiritualidad que podemos encontrar son las siguientes:

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Carl G. Jung dice que la espiritualidad es una necesidad positiva y esencial que corresponde a la necesidad que los individuos tienen de crecer según los valores que dan sentido a su vida y que mantienen un sentimiento de esperanza.

Desde el ámbito budista, la espiritualidad invita a tener compasión con uno mismo y con los otros, además de purificar los deseos, que son la fuente del dolor y la decepción.

Las grandes espiritualidades judía, cristiana e islámica son, cada una a su manera, espiritualidades de aceptación de uno mismo. Puede

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compararse con una luz que aclara, anima, motiva, e inspira.

Desde el hinduismo se habla de la espiritualidad como un equilibrio o paz interior, como una búsqueda de armonización de uno mismo, con la sociedad, con la naturaleza, con el cosmos, con la divinidad.

Frankl enfatizaba en la voluntad de sentido como eje de la espiritualidad y como una motivación para el desarrollo humano.

Desde los posicionamientos cercanos a la psicología se habla de espiritualidad como el centro del ser y se concreta en la reflexión sobre la existencia y los valores.

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Hay quien concibe la espiritualidad como una trascendencia del ego, como ir más allá de uno mismo. Actualmente, y en oposición a la imagen negativa que tiene la religión en nuestra sociedad, la espiritualidad es un concepto que va ganando consenso social. El mundo occidental del s. xxi parece que esté redescubriendo esta dimensión interior de la persona y que valore la espiritualidad del ser humano.

Hay cierta necesidad de que los profesionales que trabajan al servicio de personas hagan un esfuerzo para clarificar este concepto y, especialmente, para definir el rol que se debe adoptar desde la profesión sobre

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esta dimensión de la persona. Los educadores y los trabajadores sociales acompañan a las personas en situaciones de necesidad muy distintas: desde el nacimiento hasta la muerte. A menudo deben lidiar con experiencias humanas que plantean cuestiones fundamentales sobre el sentido de la vida.

Existen estudios, sobre todo en el mundo anglosajón, que hablan sobre el papel que debe tener la espiritualidad en el ámbito de la acción social. Por ejemplo, el libro Spiritual diversity in social work practice, en el que Edward R. Canda propone hablar de la espiritualidad como un proceso de la vida y del desarrollo humano que está centrado en la búsqueda del sentido y

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del objetivo de la vida, de la moralidad y del bienestar. Se basa en la relación que los seres humanos establecen en sí mismos, con otras personas, con otros seres, con el universo y con una realidad última, orientado hacia las prioridades más importantes y con un sentido de transcendencia. La espiritualidad integra muchos aspectos de la vida (físico, emocional, ocupacional, intelectual y racional) y está claramente asociada a la creatividad, al juego, al amor, al perdón, a la compasión, a la confianza, a la sabiduría, a la fe y al sentimiento de unidad. La espiritualidad puede entenderse como un crecimiento interior, una iluminación, la superación de los engaños internos, una dinámica de

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sabiduría y de higiene mental.

La espiritualidad no es un concepto marginal, una opción para aquellos que ya tienen una determinada inclinación Todo el mundo tiene espiritualidad sea o no una persona religiosa. La espiritualidad tiene más relación con el hecho de poder dormir tranquilos por la noche, de ser una persona íntegra o no, de sentirse solo o no, de tener armonía con la naturaleza o no, que con el hecho de ir a la iglesia. Independientemente de si estamos influenciados por alguna idea religiosa, nuestras actuaciones a lo largo de la vida nos resultarán, en mayor o menor grado, saludables. La dimensión espiritual da forma a las decisiones y a las acciones que realizamos a lo largo

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de la vida.

Las personas, ya sea en su individualidad o en grupos, pueden expresar su espiritualidad de una forma religiosa o no religiosa. Sea como fuere, la perspectiva espiritual constituye una cosmovisión o una ideología que siempre tiene alguna implicación en la vida de los individuos. Una espiritualidad sana y provechosa anima a las personas a desarrollar el sentido, el objetivo, la integridad personal, la plenitud, la paz interior, la coherencia y un sentido general de bienestar. Crea virtudes individuales como la compasión, la justicia, el respeto, tener cuidado de los otros e incita a la solidaridad y a la valoración positiva de

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la diversidad.

Este acercamiento al concepto de espiritualidad va más allá de creer en seres inmateriales o sobrenaturales. Es una forma de entender la espiritualidad integradora en la cual se pueden encontrar muchos tipos de personas con creencias distintas. La palabra «espíritu» no se refiere a ninguna de estas creencias. En latín, spiritus se refiere al aliento vital, a la fuerza para vivir (de la misma manera que el griego pneuma, el hebreo ruah, del sánscrito prana o el chino qui). Podemos utilizar «espíritu» para referirnos a todo aquello que da vitalidad, sentido y trascendencia, algo estrechamente vinculado al bienestar de la persona.

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Como cualquier otro aspecto de la vida humana, la espiritualidad no siempre se manifiesta de forma sana y provechosa, sino que puede presentarse deformada y dirigida hacia creencias o actitudes perjudiciales para uno mismo o para los de su alrededor: sentimientos de culpabilidad, vergüenza, desesperación y discriminación. Tanto las religiones como otros grupos espirituales más informales pueden ser obstáculos para el crecimiento espiritual sano de los individuos.

2.2. La religión

Las religiones son construcciones culturales que, de forma bien estructurada, coordinan y organizan un

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conjunto de valores, creencias, símbolos y experiencias de un grupo de personas que comparten una particular visión de la trascendencia. La mayor parte de las religiones se refieren explícitamente a Dios y otras se orientan al cultivo de la interioridad. En cualquier caso, las creencias religiosas no provienen de un razonamiento que se impone por su obviedad, sino que proviene de unas necesidades profundas de la persona. La fe religiosa apunta hacia una realidad trascendente y misteriosa que incluye compromiso y responsabilidad por parte del creyente.

La religiosidad es una experiencia fundamental en la historia de la humanidad, que tiene cierta

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ambivalencia porque puede funcionar como liberadora, promotora de cambios sociales, denunciadora de injusticias y, al mismo tiempo, limitadora de libertades. Puede ser un elemento de cohesión social y de segregación. En algún momento de la historia del pensamiento, se ha caracterizado a la religión como un estadio temporal de la humanidad. Auguste Comte hablaba de la historia de la humanidad como si fuese un recorrido lineal a través de tres estadios:

El primero es el estadio teológico en el que se busca un conocimiento absoluto, se formulan preguntas sobre las causas últimas y se

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recorre a los dioses y espíritus para encontrar respuesta a ciertos fenómenos naturales. En esta fase domina la imaginación.

El segundo estadio es el metafísico, en el que ya no debemos recorrer ni a los dioses ni a los espíritus para dar respuesta a los fenómenos naturales o a las leyes morales. La razón substituye a la imaginación en el momento de responder a las grandes preguntas. Esta fase comparte con la teológica el objetivo de responder a las grandes preguntas con un discurso absoluto. El predominio de la razón en el segundo estadio abre la puerta a la fase definitiva de la humanidad que

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dice Comte, el estadio positivo, fase en la cual los hechos sustituyen a los dioses y las causas ocultas, y la experiencia sustituye a la imaginación. La humanidad deja de preocuparse por las esencias y centra su atención en el conocimiento de los fenómenos. La fase religiosa se ve, pues como algo a superar.

Otras líneas de pensamiento posteriores también refieren a la religión como prejuicio para la humanidad (Marx, Nietzsche) y como engaño e ilusión (Freud).

La antropología actual, sin embargo, nos hace ver que la religión no aparece

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en un momento puntual de la historia como una fase que debe ser superada, sino a lo largo de un proceso y en diálogo con los pensamientos críticos en contra de ella misma. En el mundo contemporáneo, el saber científico no ha disminuido la importancia de la religión, sino que esta sigue con fuerza como espacio de búsqueda de sentido.

La impresión de que accedemos a un nuevo eslabón significativo en la escala de la gran aventura humana afecta también al hecho religioso. Por primera vez en la historia, y al amparo del intenso proceso de globalización e interculturalidad, las religiones toman consciencia conjuntamente de ocupar desde ópticas diversas un mismo campo de observación del mundo y de la transcendencia.

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(R. M. Nogués, 2011, p. 99) A pesar de las diferencias entre religiones, todas comparten la creencia en una realidad espiritual más allá de la realidad física, que de algún modo también interviene. La espiritualidad se encuentra en el corazón de las religiones. Las tradiciones en común, los ritos, las plegarias, las canciones, las danzas y las celebraciones colectivas invitan a la persona religiosa a alejarse de sí misma y a entrar en una dimensión espiritual.

Una característica fundamental de las religiones es su institucionalización. Es desde la institución que se establecen las normas, las doctrinas, los textos

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sagrados, su interpretación, así como el funcionamiento de la comunidad y del clero con una estructura más o menos jerárquica. Debido a su intención de dar una interpretación global de la realidad, las religiones tienden a ocupar todo el espacio social donde se desarrollan. Por este motivo, muchas veces la política se ha gestionado mediante la religión. El análisis actual de la religión nos muestra que existe una crisis de confianza hacia las instituciones religiosas y que la crisis está vinculada con el poder que estas instituciones ejercen en determinadas ocasiones. No se acepta que el mensaje religioso se traduzca en ningún tipo de control social o político.

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expresión de unas realidades muy significativas para la vida de las personas. Todo esto ha originado, a lo largo de los años, un legado cultural que incluye manifestaciones en todos los ámbitos del arte y de la cultura. La sociedad es heredera de todo el patrimonio tangible (edificios, obras de arte…) e intangible (tradiciones, fiestas…) y tiene el deber de mantenerlo y transmitirlo a las futuras generaciones, independientemente de la centralidad social que tenga la religión.

Así pues, la religión incluye la espiritualidad, una comunidad de personas, una transmisión de tradiciones y una estructura. Las religiones son propuestas concretas para vivir la

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dimensión espiritual comunitariamente y según unas creencias, normas y tradiciones específicas. Religión y espiritualidad, pues, se pueden considerar dos realidades distintas. La religión es una forma de expresar y de vivir la dimensión espiritual de la persona pero no es obligatorio formar parte de una comunidad religiosa para poder vivir y expresar esta dimensión. Por lo tanto, es importante desvincular los dos conceptos.

2.3. Distintas formas de vivir la espiritualidad y la religiosidad

Hoy en día, la palabra espiritualidad se utiliza a veces como alternativa de religión. Se percibe en muchas personas

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la necesidad de cuidar la dimensión interior de forma personal e individual. Es como una respuesta a la crisis de los grandes relatos que ha afectado también al ámbito religioso.

Según Nogués (2011, p. 199) podemos sintetizar la espiritualidad contemporánea basándonos en tres referencias:

1. La preocupación por una «higiene mental»: la espiritualidad como aquello que ayuda a ordenar los pensamientos, los sentimientos y las emociones.

2. La referencia a la trascendencia, que a menudo no está bien definida, que puede integrar desde seres

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espirituales hasta energías e influencias indeterminadas.

3. Como alternativa a la religión, que por distintos motivos se ve como una institución arcaica, la espiritualidad se ve como una posibilidad de adaptar individualmente las respuestas a la necesidad de encontrar un sentido, huyendo del compromiso comunitario.

En este contexto, podemos detectar la aparición de distintas propuestas de espiritualidad basadas en perspectivas muy variadas: new age, recuperación de mitologías antiguas, ecología, psicología cuántica, neuroespiritualidad,

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gnosticismo, distintas terapias de estimulación interna… Existen dos ámbitos en los cuales la reivindicación de la espiritualidad es especialmente importante: el primero hace referencia a los cristianos que se han sentido defraudados por la espiritualidad oficial y que buscan una vivencia espiritual en tradiciones orientales. El segundo, a las personas ateas que descubren que la negación explícita de Dios no les puede hacer caer ni en el nihilismo ni en el absurdo de la existencia. Los ateos espirituales proponen una espiritualidad laica que huye de la idea inconcreta de la transcendencia.

Religiosidad y espiritualidad tienen, pues, distintas posibilidades de

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interacción:

Hay quien se siente espiritual y no religioso: es decir, una persona que a pesar de no participar de ninguna tradición religiosa tiene consciencia de su dimensión interior, de la búsqueda del sentido. Esta realidad ha aparecido en la sociedad occidental contemporánea debido a la crisis de credibilidad de la religión institucionalizada. La espiritualidad tiene la función de ayudar en el crecimiento interior de la persona. Esto da explicación a la aparición de propuestas en forma de libros, espacios formativos o

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divulgativos sobre temas relacionados con el interior de la persona.

Hay quien se considera religioso pero no espiritual: es decir, la persona que participa de las celebraciones y tradiciones de una determinada religión, pero que no se plantea cuestiones relacionadas con el sentido. La religión ayuda a mantener cierto orden personal y social. La religiosidad en este caso contribuye a dar una identidad a la persona y es una práctica relacionada con la tradición social y familiar.

Hay quien entiende la espiritualidad como una parte de su

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religiosidad: es decir, es quien vive su dimensión espiritual relacionada con una tradición religiosa o siguiendo el camino propuesto por algún líder religioso. Su espiritualidad tiene un destino trascendente hacia una divinidad. En este caso, se trata de alguien que ha encontrado una manera de dar contenido a sus necesidades espirituales con una tradición religiosa. Coincidiría con el caso de personas creyentes que han profundizado en el sentido y significado de las prácticas religiosas y de los contenidos de su religión. Esta situación no excluye que la persona esté abierta a otras

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tradiciones y espiritualidades que le puedan ser útiles para su camino de introspección.

Hay quien identifica la religión y la espiritualidad: en estos casos, la persona expresa su espiritualidad solo mediante la religión. Son personas que se sienten identificadas con su religión y viven la espiritualidad exclusivamente con lo que encuentran en ella.

Hay quien no se considera ni espiritual ni religioso: se trata de personas que no se interesan por cuestiones relacionadas con lo sagrado y pueden ser ateos o agnósticos. Esto no excluye que,

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según lo que estamos definiendo como espiritualidad, estas personas no tengan inquietudes espirituales, simplemente quiere decir que no prestan atención o que utilizan otro nombre para denominarlas.

3. Necesidades espirituales

Hemos dicho muchas veces que cualquier propuesta para llevar a cabo con los marginados y excluidos debe partir del encuentro de sus necesidades. Necesidades no quiere decir solo lo que ellos expresan, como por ejemplo, no tener trabajo, no tener casa, no tener familia, etc. Debemos preguntarnos si estas personas ya no serían excluidas si tuvieran cubiertas estas necesidades indiscutibles. Nuestra

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experiencia es que continuarían excluidas, porque detrás o debajo de las situaciones mencionadas hay otras necesidades, como la falta de salud, el alcoholismo, etc.; pero sobre todo, la cosa más grave que caracteriza a mucha gente de hoy en día es que la persona está deteriorada, herida por el vacío existencial.

(…)

Si las propuestas son acertadas, estas personas excluidas deben poder descubrir que su existencia puede tener sentido, que su persona y su vida mejoran, que merece la pena caminar por los caminos propuestos y encontrados, porque se sienten mejor consigo mismas y con las que les rodean, están más contentas, intuyen que una vida más feliz es posible para ellas.

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3.1. Las necesidades, según Maslow

En 1943, Abraham Maslow propuso su teoría de motivación humana, que, a pesar de tener sus raíces en las ciencias sociales, se ha utilizado ampliamente en el campo de la psicología clínica y en la gestión empresarial, de las organizaciones, y del márquetin… En esta teoría, Maslow propone una jerarquía de necesidades y factores que motivan a las personas. La clasificación de las necesidades humanas que propuso ha sido muy conocida debido a la visualización jerárquica de las necesidades en forma de pirámide. Maslow proponía que las personas tienen un tipo de necesidades que satisfacer de forma secuencial, para

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obtener una vida en plenitud. Las cinco categorías de necesidades son: fisiológicas, de seguridad, sociales, de estima y de autorrealización. También diferenció entre las necesidades del déficit, que se refieren a una carencia (fisiológica, de seguridad, de amor y pertenencia) y la de desarrollo del ser (autorrealización). Las necesidades del déficit nos hacen sentir necesidad, pero una vez se llega al punto álgido de la satisfacción dejan de ser motivadoras. Contrariamente ocurre con la necesidad del ser, que es insaciable y siempre lleva a la persona a un punto más alto de satisfacción, de autorrealización.

La caracterización de cada categoría de las necesidades que propone

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Maslow, podría ser la siguiente:

Necesidades fisiológicas: son de origen biológico y están orientadas hacia la supervivencia del ser humano. Son básicas e incluyen la necesidad de respirar, de beber agua, de dormir, de comer…

Necesidades de seguridad: orientadas hacia la seguridad personal, al orden, a la estabilidad y a la protección. Encontramos aspectos como la seguridad física, de trabajo, de recursos, familiar, de salud y de propiedad.

Necesidades sociales, de amor, afecto y pertenencia: con la finalidad de superar los

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sentimientos de soledad y alienación. Aquí debería incorporarse el deseo de formar una familia, de formar parte de un grupo o una comunidad.

Necesidades de estima: relacionadas con el reconocimiento de la persona, el logro de las expectativas personales y el respeto entre las personas. Este tipo de satisfacción hace que las personas estén bien consigo mismas y se sienten útiles en la sociedad. Podemos subdividir este grupo en dos niveles: el primero es la necesidad de tener un estatus social, fama, gloria, reputación, y el segundo, los sentimientos de

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confianza, competencia, independencia y libertad.

Necesidades de autorrealización: son las más elevadas y se refieren al potencial personal.

Según Maslow, cuanto más arriba de la pirámide esté la necesidad que se desea, más humana es. Todos los seres vivientes comparten la necesidad de alimentarse, pero la autorrealización es específicamente humana. Cuanto más superior es la necesidad, menos imperiosa es para la supervivencia. Las necesidades superiores son menos prioritarias, a pesar de que su satisfacción produce resultados deseables como la felicidad o la

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serenidad. Además de las cinco necesidades, Maslow identificó tres categorías más, rectificando un poco su teoría inicial:

Necesidades estéticas: no son universales pero hay ciertas personas que se sienten motivadas por la belleza exterior.

Necesidades cognitivas: asociadas al deseo de conocer, de resolver incógnitas e investigar.

Necesidades de autotrascendencia: tienen por objetivo promover una causa más allá de uno mismo y experimentar una comunión más allá del yo. Esto se concreta en el servicio a otras personas o grupos,

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a la devoción por un ideal, una fe religiosa, la búsqueda de lo divino. La teoría de Maslow deja algunas cuestiones para la reflexión. Por un lado, podemos constatar que la población que hay detrás de la propuesta de pirámide de necesidades es población instruida y acomodada. Esta propuesta no tiene en cuenta sociedades con un nivel de bienestar por debajo de los mínimos. Además, debemos observar que muchas personas aspiran a la autorrealización, y en general a la parte superior de la pirámide, sin tener superadas las necesidades inferiores. Las personas, en cualquier momento de la vida y ante cualquier situación de

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necesidad, son seres que aspiran a satisfacer la pregunta por el sentido.

Una mirada a dicha clasificación desde una sociedad desarrollada en la cual las necesidades básicas están más o menos cubiertas, nos puede llevar a la conveniencia de invertir la pirámide o, por lo menos, a entender que las necesidades de la parte superior, las que están relacionadas con la vida, tienen un carácter transversal. Hay personas que, a pesar de tener cubiertas las necesidades básicas, no se sienten satisfechas con la autorrealización personal.

Tal y como dice Maslow (1991, p. 90), las necesidades superiores requieren mejores condiciones externas

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para llevarlas a cabo y las personas que han conseguido satisfacer las necesidades superiores e inferiores, dan más valor a las superiores que a las inferiores. Las personas que viven en situaciones de necesidades básicas deberán tener un apoyo externo para avanzar en la consecución de necesidades superiores, propias del ser humano. Muchos de los niveles que propone Maslow no se pueden superar sin la implicación del entorno social.

3.2. Las necesidades espirituales

Las necesidades espirituales, a pesar de estar vinculadas a las emocionales y psicológicas, provienen de la dimensión más interna del ser humano y no se

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pueden reducir a aspectos mentales o emocionales porque hacen referencia a la globalidad de la persona y a su proyecto de vida personal. La parte espiritual de la persona está vinculada a la capacidad de amar desde la libertad y, por lo tanto, a la capacidad de ejercer responsabilidades a lo largo de la vida. Las situaciones de vulnerabilidad nos hacen tomar consciencia de las necesidades que habitualmente no vemos pero que emergen en momentos de debilidad, sufrimiento o pérdida y se hacen visibles de forma insistente. Esto mismo ocurre en situaciones de felicidad.

En situaciones existenciales significativas como la enfermedad, la

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muerte, el riesgo de exclusión social, la discapacidad o la violencia, aparecen preguntas sobre las causas y los significados. «¿Por qué me ha pasado esto?, ¿qué sentido tiene esta situación?, ¿saldré de ella? o ¿si hubiera tomado otra opción…?» son preguntas que se formulan las personas que sufren. Incertidumbre, miedo, culpabilidad, la necesidad de perdonar y ser perdonado, esperanza, el deseo de expresar la propia voluntad… son cuestiones que corresponden al ámbito de las necesidades espirituales. Son aspectos que van unidos a la persona que los vive.

Las necesidades espirituales tienen muchas caras y la forma de determinar

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cada necesidad no es clara. Lo que sabemos es que no se reducen exclusivamente a aspectos psicológicos, emocionales y religiosos. Para los profesionales no es fácil reconocer, determinar y dar respuesta a estas necesidades. En el ámbito sanitario, y más concretamente entre las personas que trabajan en unidades de cuidados paliativos, hace tiempo que existe la voluntad de delimitar las necesidades espirituales con la finalidad de integrarlas en la atención a los enfermos, porque es en situaciones límite cuando las personas manifiestan claramente estas necesidades.

La espiritualidad hace referencia a aspectos intangibles de la vida, desde

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las relaciones con los otros, con uno mismo y con la realidad transcendente, si es este el caso. La espiritualidad afecta al ser humano y genera la capacidad de apreciar la trascendencia, la capacidad de preguntarse sobre la existencia y el sentido. La necesidad espiritual tiene manifestaciones culturales distintas y este aspecto es significativo en una sociedad multicultural. Sin embargo, más allá de la diversidad es posible observar elementos en común por lo que se refiere a la vivencia de las necesidades espirituales, tanto desde la religión como desde la laicidad.

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espirituales del ser humano

F. Torralba propone una clasificación de las necesidades espirituales siguiendo las intuiciones de la filósofa Simone Weil, en el número 271 de la revista Labor Hospitalaria (2003). A partir de esta propuesta podemos acercarnos a reflexionar sobre algunas necesidades espirituales de las personas.

Necesidad de sentido: dar sentido a la vida es una necesidad primordial para los seres humanos. La respuesta a esta necesidad es tan diversa como tantas personas hay. Las tradiciones y las religiones, a lo largo de la historia, han dado

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pistas para ayudar a las personas en la búsqueda del sentido, pero este es un camino que debe recorrer cada uno por sí mismo. Necesidad de reconciliación: el perdón produce paz en el interior de las personas. Pedir perdón y ser perdonado son dos cuestiones esenciales para acabar con situaciones de resentimiento o de sentimiento de culpa. El perdón, ya sea desde el punto de vista religioso o espiritual, tiene mucho poder de transformación. A veces, la reconciliación se expresa con gestos o expresiones corporales. Muchas personas tienen esta necesidad en momentos puntuales

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de su vida y es importante poder prestar atención para poder favorecer estos procesos de máxima importancia para la salud espiritual de las personas.

Necesidad de reconocimiento de la propia identidad: ser reconocido por lo que eres es una necesidad primordial de los humanos. La identidad une a la persona con el «yo» más profundo, es decir, con todo aquello que ha construido en el día a día. La identidad tiene un factor personal y otro colectivo. Las comunidades y los pueblos tienen la necesidad de sentir que se respeta su identidad. Esta necesidad está vinculada a

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aspectos sociales y psicológicos pero en definitiva su razón de ser se encuentra en el núcleo más íntimo de la persona. Se trata de ser reconocido y respetado por aquello que conforma tu ser.

Necesidad de orden: el orden es sinónimo de seguridad, de algo conocido y previsible. Cuando la vida provoca desorden interior se genera la necesidad de restablecer las prioridades. Las personas pueden tener las necesidades básicas cubiertas pero, a pesar de todo, tener la necesidad de establecer orden en su interior. El desorden interno lleva a la vulnerabilidad, el dolor y la

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frustración. Es en estos momentos cuando las personas sienten esta necesidad espiritual de tener una mirada diferente, de centrarse en uno mismo y en las propias prioridades.

Necesidad de la verdad: en un mundo caracterizado cada vez más por la incertidumbre, la necesidad de conocer la verdad es cada vez más importante. La verdad, a pesar de su componente subjetivo, es uno de los puntales de una vida equilibrada, a pesar de que esta pueda ser subjetiva. La persona necesita ir hacia la verdad y por esto es importante que siga los pasos y el camino correctos.

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Cuando alguien está en contacto con un profesional social debe basar esta relación en la confianza y la verdad. El profesional debe gestionar bien la comunicación con el usuario. El ritmo, el tiempo, lo que se debe comunicar y la capacidad para asumir las verdades son elementos esenciales para afrontar esta comunicación en situaciones comprometidas con respeto a la espiritualidad del otro. Necesidad de libertad: esta necesidad es más amplia de lo que, de entrada, asociaríamos con la autonomía o la capacidad para hacer cosas. Frankl dijo que la libertad es lo último que le podrían

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robar en el campo de concentración. Esta dimensión de libertad interior que permite que el individuo tome decisiones importantes para dar sentido a su propio destino, es decir, para sentirse protagonista de su propia historia personal, es la que vinculamos con la espiritualidad. Las personas que sufren situaciones de dependencia, de enfermedad o de riesgo de exclusión merecen ser tratadas desde una perspectiva liberadora. Poner atención a las necesidades espirituales quiere decir que se debe dar una respuesta a la necesidad de libertad en el sentido de liberación. Una práctica

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de acompañamiento profesional que no sea liberadora deja de cumplir con las funciones básicas. Necesidad de arraigo: el ser humano es, en esencia, un ser social. El vínculo, la comunidad y la relación interpersonal son elementos que forman parte de la persona. Una de las situaciones en las que se da más sufrimiento espiritual es cuando hay una rotura de los vínculos. La sensación de soledad produce angustia existencial. Muchas personas en situación de riesgo de exclusión echan en falta la comunidad, el grupo o la familia por el soporte emocional que proporcionan. Las

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personas inmigradas, además de todas las necesidades esenciales que sufren, tienen la necesidad de arraigarse. Se trata de una necesidad que va más allá de lo puramente psicológico porque afecta al interior de la persona y conduce al planteamiento de las grandes preguntas sobre el sentido. Nuestra sociedad es propensa a hacer sufrir esta necesidad, debido al individualismo y a la fragmentación que la caracteriza. Necesidad de orar: esta es una necesidad espiritual que se incluye en el marco de la religiosidad. Consiste en dialogar con el otro, con el absoluto. La plegaria es una

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característica que tienen en común todas las religiones. Esta necesidad, que enmarcamos en el ámbito de la religión, también se da cuando alguien debe afrontar la soledad o el desamparo, cuando se experimenta la propia fragilidad. Necesidad de símbolos y rituales: el lenguaje humano tiene la virtud de ser un lenguaje simbólico. Esto permite que las personas puedan expresar cuestiones que son a la vez muy concretas y abstractas. Utilizamos los símbolos cuando queremos expresar alguna idea pero no encontramos las palabras precisas, cuando la experiencia es inefable. Colectivamente utilizamos

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los ritos para expresar y celebrar algunos momentos importantes en el curso de la vida. Estos traducen alguna necesidad humana, ya sea individual o colectiva. Uno de los efectos de los ritos es reforzar el sentimiento de comunidad y también la relación con el orden moral superior. Hay algunos ritos que son fundamentales para el ser humano y que sobresalen del ámbito religioso. La sociedad secularizada ha ritualizado algunos momentos importantes de la vida porque es una necesidad que va más allá de la religión.

Necesidad de silencio y soledad: la soledad, cuando no es forzada, es

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