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JULIO VERNE. wmmm LOS AMOTINADOS DE LA

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JULIO VERNE.

w m m m

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BIBLIOTECA I L U S T R A D A DE GASPAR Y ROIG.

L O S

AMOTINADOS

D E L A B O U N T Y .

UN DRAMA EN MÉJICO.

TRADUCIDA A L ESPAÑOL

P O R D. N . F , C U E S T A .

E D I C I O N I L U S T R A D A C O N G R A B A D O S .

M A D R I D

G A S P A R , E D I T O R E S .

IMPRENTA- Y A D M I N I S T R A C I O N , T U T O R , 1 3 , LIBRERÍA, -PRÍSCIPI!, 4 , 1 8 7 9 .

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LOS AMOTINADOS

DE LA BOUNTY.1

CAPITULO PRIMERO.

E L ABANDONO.

No se advierte el menor soplo de viento, n i una ar-ruga que agite la superficie del mar, n i una nube en el cielo. Las espléndidas constelaciones del hemisferio austral se destacan con incomparable pureza. Las velas de la Bounty cuelgan á lo largo de los palos; el buque está inmóvil, y la luz de la luna, disipándose ante la aurora del sol que se levanta, ilumina el es-pacio con un resplandor indefinible.

(1) Creemos deber advertir al lector que esta relación 110 es una novela. Todos sus pormenores están tomados de los anales maríti-mos de la Gran Bretaña. La realidad presenta algunas veces

he-cüos tan novelescos que nada podría añadirles la-imaginación.

La Bounty, buque de 215 toneladas, tripulado por cuarenta y seis hombres, liabia salido de Spithead' el 23 de diciembre de 1787 á las órdenes del capitán Bligh, marino experimentado, pero u n poco brusco, que habia acompañado al capitán Cook en su último viaje de exploración.

La Bounty tenia por misión especial trasladar á las Antillas el árbol del pan, que crece con profusión en el archipiélago de Taiti. Después de una recalada de seis meses en la bahía de Malavai, y de haber c a r -gado u n millar de estos árboles, tomó el rumbo de las Indias occidentales, haciendo una corta parada en las islas de los Amigos.

Muchas veces el carácter receloso y colérico del capitán Guillermo Bligh habia producido escenas

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b BIBLIOTECA ILUSTRADA

desagradables entre él y algunos de sus^ oíiciales; sin embargo, la tranquilidad que reinaba á bordo de la Bounly al salir el sol el 28 de abril de 1789 no presagiana los graves acontecimientos que iban á surgir.

Todo parecía t r a n q u i l o , en efecto, cuando de r e -pente se propagó por el buque una animación des-acostumbrada. Varios marineros se acercaron unos á otros, se dijeron mutuamente dos ó tres palabras en voz baja y después desaparecieron cada uno por su laclo y á pasos lentos.

¿Era que se relevaba la guardia de la mañana ó habla ocurrido algún incidente inesperado á bordo?

—Sobre todo no haced r u i d o , amigos mios, dijo F l e t c b e r - C r i s t i a n , el segundo de la B o u n l y . Bob, arme usted su pistola; pero no hay que lirar sin m i orden. Usted, Cburchill lome el hacha y rompa la cerradura de la cámara del capitán: cuidado que le quiero vivo.

Christian, seguido de unos- diez marineros arma-dos de sables, machetes y pistolas, se escurrió hacia el entrepuente, y después de haber puesto dos cen-tinelas delante de la cámara de Stewart y de Pedro Heywood, que eran el oficial mayor y el guardia ma-rina de la B o u n h j , se detuvo delante de la puerta del capitán.

— V a m o s , muchachos, d i j o , arrimad el hombro. La puerta cedió bajo una presión vigorosa y los marineros se precipitaron.en la cámara.

Sorprendidos al principio por la oscuridad, y r e flexionando quizá en la gravedad de sus actos, t u v i e -r o n u n momento de vacilación.

- ^ ¡ H o l a ! ¿Quién anda ahí? ¿Quién se permite... ex-clamó el capitán saliendo de su cama.

— S i l e n c i o , B l i g h , respondió C b u r c h i l l ; silencio y no trates de resistir si no quieres que te ponga una mordaza y te ate.

—Es i n ú t i l que te vistas, añadió Bob. De todos modos liarás buena figura cuando seas ahorcado del palo de mesana.

—Atale las manos atrás, C b u r c h i l l , dijo Cristian; y subidle á cubierta, añadió dirigiéndose á los demás marineros.

— E l capitán mas terrible deja de serlo para los que se saben manejar, observó Juan S m i t h , el filóso-fo de la cuadrilla.

Después ésta, sin cuidarse de despertar ó no á los marineros del ú l t i m o cuarto, todavía dormidos, v o l vió á subir la escalera y apareció de nuevo sobre c u -bierta.

Era u n m o t i n en regla. De todos los oficiales á bordo, solamente Y o u n g , uno de los guardias m a r i n a s , iiabia hecho causa común con .los a m o t i -nados.

E n cuanto á los hombres de la tripulación, los v a -cilantes hablan debido ceder por el momento, mien-tras que los otros, sin armas y sin jefe, permanecían simples espectadores del drama que se iba á r e p r e -sentar á su vista.

Todos estaban sobre cubierta formados en silen-cio y observando la fisonomía de su capilan que medio desnudo se adelanfó con la cabeza erguida e n -ire aquellos hombres habituados á temblar delante de él.

— B l i g h , dijo Cristian coa voz m u y d u r a , está us-ted destituido de su mando.

— N o reconozco el derecho con que eso se hace, respondió el capitán.

— N o perdamos el tiempo en protestas inútiles, ex-clamó Christian interrumpiéndole. Yo soy en este momento el intérpre'e de toda la tripulación de la Bounly. Todavía no habíamos salido de Inglaterra cuando ya teníamos todos que quejarnos de las sos-^ pechas injuriosas y de los procedimientos brutales de usted; cuando digo .nosotros, quiero decir los

oficia-DE GASPATl Y ROIG.

les lo mismo que los marineros. No solamente no he-mos podido obtener jamás la consideración que Sp nos debía, sino que ha mirado usted con desprecio nuestras reclamaciones. ¿Somos perros para que se nos injurie de esa manera á cada momento? Usted nos llamaba canallas, bandidos, embusterds,"ladro-nes, no había espresiones bastante fuertes, ni ÍD¡uría bastante grosera que usted no nos dirigiese. A. la verdad, seria necesario no ser hombre para sufrir se-mejante existencia. Y en cuanto á m í , que soy com-patriota de usted, que conozco su familia, que he hecho dos viajes y a á las órdenes de usted, ¿no he si-do tratasi-do tan mal como tosi-dos los demás? ¿No me ha acusado usted ayer mismo de haberle robado algu-nas miserables frutas? ¿Y los marineros? Por un nada mandaba usted encadenarlos; por una ba-gatela veinticualro latigazos. Pues b i e n , todo se paga en este m u n d o ; usted ha sido demasiado l i -beral con nosotros en materia de injurias y castigos. Ahora nos toca á nosotros. Las injustas injurias las acusaciones insensatas, los tormentos morales y físi-cos con que ha maltratado usted á la tripulación des-de hace año y medio, todo lo va usted a pagar y du-ramente. Capitán, ha sido usted juzgado por aque-llos á quienes ha ofendido y ha sido usted condenado. ¿No es esto, compañeros?

—Sí, sí, que muera, exclamaron la mayor parto de los marineros amenazando á^su capitán.

—Capitán B l i g h , dijo Christian, respecto de la sentencia, los unos han hablado de levantar á usted con una cuerda al cuello entre el cielo y el agua; otros han propuesto desgarrarle las espaldas con el gato de nueve colas hasta que muriese; estos casti-gos eran poco ingeniosos; yo he encontrado otro me-j o r . Además, no es usted solo el culpado, bosque siempre han ejecutado fielmente sus órdenes por crueles que fuesen, sentirían muchísimo tener que ponerse á las mías y han merecido acompañar á usted á donde el viento le lleve. Que arrien la chalupa.

U n m u r m u l l o de desaprobación acogió estas pala-bras de C r i s t i a n , el cual al parecer no hizo caso de él. El capitán B l i g h , á quien aquellas amenazas no turbaron la fisonomía, se aprovechó del momento de silencio para tomar la palabra.

—Oficiales y marineros, dijo con voz firme; como jefe de la marina real y comandante de la Bounly,

protesto contra el tratamiento que se me dá. Si te-neis que quejaros de la manera con que he egercido el mando, podéis hacerme juzgar por un consejo de guerra l e g a l ; pero, sin duda no habéis reflexionado bien en la gravedad del acto que vais á cometer. Po-ner la mano sobre vuestro capitán, es poPo-neros en re-belión contra las leyes existentes; es hacer imposi-ble para todos la vuelta á vuestra patria ; es querer ser tratados como piratas, es querer sufrir tarde ó temprano una muerte ignominiosa, la muerte de los traidores y de los rebeldes. En nombre del honor y de la obediencia que me habéis jurado, os intimo que volváis á la senda del deber.

—Sabemos perfectamente á lo que nos esponemos, respondió Churchill.

—Basta de palabras, gritó la tripulación dispuesta á dejarse'llevar á vías de hecbo. '

—Pues b i e n , dijo B l i g h ; si necesitáis una víctima que sea yo; pero yo solo. Los compañeros.á quienes condenáis como á m í , no han hecho mas que ejecu-tar mis órdenes.

La voz del capitán fue ahogada entonces por un concierto de vociferaciones, y tuvo que renunciar al pensamiento de conmover á aquellos corazones desa-piadados.

Entre tanto se habian tomado las disposiciones ne-cesarias para ejecutar las órdenes de Christrian.

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se-LOS AMOTINADOS mindo Y varios amotinados que quérian abandonar has olas al capitán Biigh y á sus compañeros sin darles una arma, n i una onza de pan.

Algunos, y esie era el parecer de C l m r c h i l l , creian aueeran pocos los condenados á dejar el buque; que

P preciso de-hacersq de todos los que

directamen-fe no hablan entrado eñ la conjuración por ser gente

BOCO segura, no pudiéndose contar con ios que no

Lbian hecho mas que aceptar los bechos consuma-dos. ChurchiU deciaque todavía le dolian las espaldas'a consecuencia de los latigazos que habla r e c i b i do por haber desertado en Taiti, y que el mejor m e -dio y mas rápido de curarle seria que le entregasen al comandante... E l sabria vengarse por su propia " ^ H a y w a r d ! ¡Ballet! gritó Ghristian dirigiéndose á dos oficiales sin hacer caso de las observaciones de Churchill, bajen ustedes á la chalupa.

,' —;Qué le he hecho yo á usted Ghristian para que me trate usted asi? dijo Hayward. Me envia usted á la muerte.

—Las recriminaciones son inútiles; obedezca usted ó si no.... Fryer embárquese usted también. .

—Estos oficiales en, vez de dirigirse á la chalupa se acercaron-al capitán B l i g h , y F r y e r , que parecía el mas determinado, se inclinó á su oido y le dijo: ,

—Comandante, ¿quiere usted que tratemos de r e -cobrar el buque? No tenemos armas, es verdad; pero estos amotinados, sorprendidos, no podrán resistir. iQué importa que muera alguno de nosotros? Se pue-1 íle intentar la empresa: ¿qué le parece á usted?

Ya los oficiales se disponían á arrojarse sobre los amotinados, ocupados en arriar la chalupa desem-barazándola de los sacos de noche que contenia, cuando C h u r c h i l l , á quien no se habla ocultado aquella conversación, por rápida que fuera, les rodeó con algunos hombres bien armados y les hizo embar-car á la fuerza.

—Millward, Muspratt, B i r k e t , y vosotros, dijo Christian á varios marineros que no hablan tomado parte en la rebelión, bajad al entrepuente y elegid lo mejor que tengáis, porque vais á acompañar al c a -pitán Bligh. T ú . M o r n s o n , vigila á esos tunantes. Purcell, tome usted'sus herramientas de carpintero; se las permito llevar.

Dos mástiles con sus velas, algunos clavos, una sierra, media pieza de lona para velas, cuatro v a s i -jas que contenían 123 litros de agua, 150 libras de galleta, 32 libras de tocino salado, seis botellas de ron y los licores del capitán, fueron todo lo que los abandonados tuvieron permiso para llevarse. Se les arrojaron, ademas, dos ó tres sables viejos; pero se les negaron toda clase de armas de fuego.

—¿Dónde están Heywood y Stewart? dijo Bligh, cuando estuvo en la chalupa. ¿También ellos me han hecho traición?

No le hablan hecho t r a i c i ó n ; pero Christian habia resuelto conservarles á bordo.

El capitán tuvo entonces u n momento de desalien-to y debilidad m u y perdonables, pero que no dura-ron mucho.

—Christian, d i j o , doy á usted m i palabra de b o j ñor, de olvidar todo lo que ha pasado, si renuncia á su abominable proyecto. Se lo suplico á usted. Piense en m i mujer y en m i familia, ¿Qué será de ellos si yo muero?

—Si hubiera usted tenido una chispa de honor, respondió Ghristian, no hubieran llegado las cosas á este punto. Si hubiera usted pensado con mas f r e -cuencia en su mujer, en su familia, en las mujeres y en las familias de los demás, no habría sido usted ian duro y tan injusto con todos nosotros.

A su vez, u n grumete, en el momento de embar-carse, trató de convencer á Ghristian, pero fue en h¡ano... . . .

DE LA BOL'NTY. *1 —Hace mucho tiempo que s m r o , respondió ésto

último con amargura, y no saben ustedes cuántos han sido mis tormentos. No, esto no podía durar u n día mas; y por otra p a r t e , todo el mundo sabe que durante el viaje, y o , el segundo, he sido tratado como u n perro. Sin embargo, al separarme del capitán B l i g h , á quien probablemente no volveré á ver jamás, quiero, por misericordia, darle todavía una esperanza de salvación. S m i t h , baje usted á la cámara del capitán, y tráigale su r o p a , sus despa-chos , su diario y sus carteras. Que le d é n , ademas, mis Tablas náuticas y mi propio sextante. Así t e n -drá alguna probabilidad de salvarse y de salvar á sus

compañeros.

Las órdenes de Ghristian fueron ejecutadas no sin algunas protestas.

— Y ahora, Morrison, largue usted la amarra; gritó el segundo, convertido en capitán, y que vayan á donde Dios quiera.

Mientras los amotinados saludaban con aclamacio-nes irónicas al capitán Bligh y á sus desdichados compañeros, Ghristian, apoyado de la borda, no po-día desprender sus ojos de la chalupa, que se alejaba. Este valiente oficial, cuya conducta, hasta e n -tonces leal y franca, habia merecido los elogios de todos los comandantes á cuyas órdenes habia s e r v i do, no era ya mas que el jefe de una banda de p i r a tas, y no le seria pennitido volver á ver n i á su a n -ciana m a d r e , ni á su prometida, n i las playas de la isla de M a n , su patria. Se sentía decaído eñ su p r o -pia estimación y deshonrado á los ojos de todos. El castigo seguía inmediatumento á la falta.

CAPITULO I I .

L O S A B A N D O N A D O S .

La chalupa que llevaba á Bligh con sus diez y ocho pasajeros, oficíales y marineros, y las pocas provisiones que contenía, iba tíin cargada, que ape-nas sobresalía 15 pulgadas de la superficie del agua. Teniendo 21 pies de longitud por 6 de anchura, se adaptaba perlectamente al servicio de la Bounty; mas para hacer u n viaje u n poco l a r g o , era difícil encontrar peor embarcación.

Los marineros confiados en la energía y la h a b i l i dad del capitán Bligh y viendo que los oficiales s u frían la misma suerte, remaban con vigor y la c h a -lupa hendía rápidamente las olas.

Bligh no había vacilado en la resolución que de-bía tomar. Era preciso, ante todo, volver lo mas pronto posible á la isla Tofoa, la mas inmediata al grupo de las islas de los Amigos, del cual habían sa-lido pocos días antes para recoger allí frutos del árbol del p a n , renovar la provisión de agua, y d i r i -girse luego á Tonga-Tabú. Allí se podrían tomar indudablemente víveres en gran cantidad para hacer la trave?ía hasta los establecimientos holandeses de Timor, si por causa de los indígenas no podían d e t e -nerse en alguno de los innumerables archipiélagos sembrados por todos aquellos parajes. El primer día pasó sin accidente, y al caer la noche descubrieron las costas de Tofoa; mas por desgracia había tantas rocas en la orilla y la playa era tan acantilada, que no se podía desembarcar á aquella h o r a , y fue p r e -ciso esperar el día.

Bligh no quería tocar á las provisiones de la c h a -lupa sin una necesidad absoluta, y prefería alimen-tarse y alimentar á sus compañeros con las provisio-nes dé la isla; pero esto parecía difícil, porque cuando estuvieron en tierra no encontraron señal de h a b i tantes. Sin embargo, no tardaron en presentarse a l -gunos, y habiendo sido bien recibidos, llevaron otros

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BIBLIOTECA ILUSTRADA DE GASPAR Y ROIG,

Cristian, apoyado en la borda, no podia desprender sus ojos de la chalupa.

con u n poco de agua y algunas nueces de coco. La perplcgidad de Bligh era grande. ¿Qué decir á aquellos indígenas que habían traficado con la B o u n -t y , duran-te su úl-tima recalada? Impor-taba á -toda costa ocultarles la verdad, para no destruir el pres-tigio de que hasta entonces habían estado rodeados los extranjeros en aquellas islas. ¿Podía decirse que eran enviados en busca de provisiones para el b u -que -que había -quedado en alta mar?

Imposible, porque no se veía á \& Boimty n i s i -quiera desde lo alto de los cerros.

Decir que el buque había naufragado y que solo ellos se habían salvado, era lo mas verosímil; quizá les conmovería esta narración, y les induciría á completar las provisiones de la chalupa. Bligh se fijí3 en este último partido, por peligroso que fuera, y previno de su intención cá su gente para que todos estuvieran de acuerdo en aquella fábula.

- A l oir la narración, los indígenas no mostraron n i alegría n i tristeza. Sus rostros no espresaron mas que

una profunda admiración y fue imposible conocer lo que pensaban.

E l 2 de m a y o , el número de indígenas que habia acudido de otras partes de la isla, se aumentó de una manera alarmante, y Bligh pudo juzgar en breve que llevaban intenciones hostiles. Algunos trataron de sacar la embarcación á la playa y no se contuvieron sino al ver las demostraciones^ enérgicas del capitán que tuvo que amenazarles con su machete. Entre t a n t o , varios de sus marineros, enviados en busca de provisiones, trajeron tres cubas de agua.

Habia llegado eí momento de salir de aquella isla inhospitalaria. A i ponerse el sol todos estaban pre-parados; pero no era fácil llegar á la chalupa, por-que la playa estaba llena de una m u l t i t u d de indíge-nas, que chocaban piedras unas contra otras, pron-tos á lanzarlas. Era preciso que la chalupa se man-tuviese á varias toesas de la orilla, y no atracara sino en el momento en que los hombres estuvieran dis-puestos á embarcarse.

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LOS AMOTINADOS DE LA EOUNTV.

La embarcación desaparecía cutre las olas y parcela 110 poder levautarsé.

Los ingleses, verdaderamente alarmados al ver las diposicioñes hostiles de los indígenas, bajaron por la playa en medio de doscientos de ellos, que no espe-raban mas que una señal para atacarlos. Todos aca-baban de entrar felizmente en la embarcación, cuan-, do uno de los marineros, llamado B a n c r o f t , tuvo la funesta idea de volver á la playa para buscar u n o b jeto que habia olvidado. En u n segundo aquel i m -prudente fue rodeado por los naturales y derribado á pedradas, sin que sus compañeros, que no poseian una sola arma de fuego, pudieran socorrerle. Ade-mas, ellos mismos en aquel instante se vieron ataca-dos por una lluvia de piedras.

—Vamos, muchachos, gritó B l i g h , pronílo á los remos y remad l i r m e .

Los naturales entóneos entraron en el mar é h i -cieron llover piedras sobre la emborcacion, hiriendo á varios de sus tripulantes. H a y w a r d , recogiendo una de las piedras que hablan caido en la chalupa, la lanzó á uno de los agresores y logró darle en m e -dio de la frente. El indígena cayó de espaldas dando

un gran grito, al cual respondieron las aclamaciones de los ingleses. Su desgraciado camarada estaba vengado.

Entonces se destacaron varias piraguas de la o r i -lla para dar caza á la chalupa. Aque-lla persecución no podia terminar sino por un combate, cuyo éxito no hubiera sido feliz para el capitán y sus compañe-ros , si el oficial mayor de la tripulación no hubiera tenido una idea luminosa. Sin.sospechar que imitaba á Hipómenes en su lucha con A t a l a n t a , se quitó su chaqueta y la arrojó al mar. Los indígenas, dejando la presa por la sombra, se detuvieron para recoger aquella prenda, y aquella detención permitió á la chalupa doblar la punta de la bahía.

E n esto la noche habia llegado, y los indígenas, desanimados, abandonaron la persecución.

Aquella primera tentativa de desembarco habia sido demasiado desgraciada para que intentaran r e -n o v a r l a : tal fue á l o me-nos el parecer del capitá-n

Bligh.

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10 BIBLIOTECA ILUSTRADA escena que acaba de pasar en Tofoa se renovará, es-toy s e g u r o , ' e n Tonga-Tabú, y en cualquier otra parte donde queramos entrar. Én pequeño número, sin jarmas de fuego, estaremos absolutamente á mer-ced de los indígenas. Privados de objetos de tráfico, no podemos comprar víveres y nos es imposible to-marlos. Estamos, pues, reducidos á nuestros propios recursos y ya sabéis, lo mismo que yo, cuán escasos y miserables son. ¿Pero no vale mas contentarse con ellos que arriesgar á cada desembarco la vida de a l -guno de nostros? Sin embargo, no quiero disimula-ros en nada el borror de nuestra situación. Para lgar á Timor tenemos que andar cerca de 1,200 le-guas, y será necesario contentarnos con una onza de galleta por día, y medio cuartillo de agua. Solamente á este precio nos salvaremos; y esto todavía con la condición de que encuentre en vosotros la obedien-cia mas completa. Respondedme con toda franqueza: ¿Consentís en intentar la empresa? ¿Juráis obedecer mis órdenes, cualesquiera que sean? ¿Prometéis so-meleros sin m u r m u r a r á estas privaciones?

— S í , sí, lo j u r a m o s ; esclaraaron á una voz los compañeros de Bligh.

—Amigos mios, dijo el capitán; es preciso también olvidar nuestros recíprocos agravios, nuestras a n t i -patías y nuestros odios; sacriñcar, en una palabra, nuestros resentimientos personales al interés común, único que debe guiarnos ahora.

— L o prometemos.

—Si cumplís vuestra palabra, añadió B l i g h , y.en caso de necesidad yo sabré obligar á quien quiera faltar á ella, respondo de- la salvación de todos.

Tomaron entonces el rumbo hácia el O. N. O. El viento, que era bastante f u e r t e , se hizo tempes-tuoso en la noche del 4 de mayo. Las olas engruesa-r o n tanto, que la embnengruesa-rcacion desapaengruesa-recía entengruesa-re ellas y parecía no poder levantarse. El peligro se aumentaba á cada momento. Los desgraciados t r i p u lantes, empapados en agua y medio helados, no t u -vieron aquel día para confortar sus estómagos mas que una copa de ron y la cuarta parte del i r u t o de un árbol de pan medio podrido.

A l día siguiente y los días sucesivos la situación no cambió. La embarcación pasó entre, islas innume-rables, de las cuales salieron algunas piraguas.

¿Era para darles caza, ó para ofrecerles algunos objetos/de tráfico?

En la duda, hubiera sido imprudente detenerse. Por eso la chalupa, con las velas hinchadas por u n buen viento, las dejó en breve á larga distancia.

E l 9 de mayo estalló una tempestad horrible , s u cediéndose los relámpagos y los truenos sin i n t e r r u p -ción. La lluvia caia con una fuerza dé que no pueden dar idea las mas violentas tempestades de nuestros climas. Era imposible secar las ropas; B l i g h , e n t o n -ces, tuvo la idea de empaparlas en el agua del mar é impregnarlas de sal á lin de traer á la piel u n poco del calor que suscitábala lluvia. Sin embargo, aque-llas lluvias torrenciales, que causaron tantos pade-cimientos al capitán y á sus compañeros, les evitaron otro tormento todavía mas h o r r i b l e , el de la sed; tormento que u n calor insostenible habría provocado en breve.

El 17 de mayo por la mañana, á consecuencia de otra gran tormenta, las lamentaciones fueron u n á -nimes.

—No tendremos fuerzas para llegar á la N u e v a -Holanda, esclamaron los desdichados. Empapados en agua, muertos de cansancio, no tendremos u n m o -mento de reposo. Estamos exánimes á causa del ham-Ijre; ¿no aumentará usted nuestras raciones capitán? Poco importa que se acaben los víveres. F á c i l m e n -te podremos reemplazarlos al llegar á la Nueva-Hokmda.

r - N o se puede aumentar la ración, respondió

DE GAsrAn v

note.-B l i g h ; seria una locura. ¡No hemos andado todavía la mitad del camino que nos separa de la Australia y ya están ustedes desanimados! ¿Creen, por otra par-te, encontrar fácilmente víveres en la costa de Nue-va-Holanda? No conocen ustedes el país ni sus habi-tantes.

Bligh pintó entonces á grandes rasgos la natu-raleza del suelo, las costumbres de los indígenas, lo poco que había que fiar en su bueua acogida, cosas todas que su viaje á las órdenes del capitán Cook le habían dado-á conocer. Por esta vez sus desgraciados' compañeros le escucharon y guardaron silencio.

Los quince días siguientes fueron regocijados por u n claro sol que permitió secar las ropas. El 27 pa-saron las rompientes que rodean la costa oriental de la Nueva-Holanda. El mar estaba tranquilo detrás de aquel cinturon madrepórico , y algunas islas de ve-getación exótica alegraban las miradas de todos.

Desembarcaron adelantándose con grandes pre-cauciones. No encontraron mas señales de habitación que antiguos sitios donde se habían hecho hoguera1:; era, pues, posible pasar una buena noche en tierra! Pero sobre todo era necesario comer; y por.fortuna u n marinero descubrió u n banco de ostras, que fue un verdadero regalo.

A la mañnna siguiente Bligh encontró en la cha-lupa u n cristal de aumento, u n eslabón y azufre, coa lo cual pudo proporcionarse fuego para cocer algu-na pieza de pesca.

Entonces le ocurrió dividir su tripulación en Ires escuadras: una para poner en órden la embarcación -y las otras dos para i r en busca de víveres. Pero va-rios de los tripulantes se quejaron con amargura, declarando que preferían pasarse sin comer á espo-nerse penetrando en el interior del país.

Uno de e l l o s , mas violento ó mas debilitado que sus compañeros llegó hasta decir al capitán:

— U n hombre vale tanto como otro, y yo no veo por qué usted ha de estar sin hacer nacía siempre descansando. Si tiene usted h a m b r e , vaya usted á buscar que comer. Para lo que usted hace aquí, yo puedo reemplazarle.

Bligh, comprendiendo que aquel espíritu de molin debía ser corregido inmediatamenle, tomó un ma-chete , y arrojando otro á los pies del rebelde, gritó:

—Defiéndete ó te mato como un perro. Aquella actitud enérgica contuvo el motín en su origen y el descontento general se calmó.

Durante aquella recalada la tripulación de la cha-lupa recogió abundantemente ostras, peines, especio de moluscos, y agua dulce.

Un poco mas lejos, en el estrecho de Endeavour, de los dos destacamentos enviados en busca de tor-tugas y de nodis (especie de aves marinas), el pri-mero volvió con las manos vacías; pero el segunda llevó seis nodis y hubiera tomado mas si la- obstina-ción de uno de los cazadores que se había apartado de sus compañeros no hubiera asustado á las aves. Aquel hombre confesó después que se había apode-rado de nueve de aquellos volátiles y se los había co-mido crudos inmediatamente.

Sin los víveres y el agua dulce que acababan de encontrar en la costa de la Nueva-Holanda, es segu-ro que B l i g h y sus compañesegu-ros habrían perecido. Por lo demás, todos estaban en u n estado deplorable: fla-cos, escuálidos, cansados, parecían verdaderos ca-dáveres.

El viaje por mar hasta llegar á Timor no fue mas que la dolorosa repetición de los tormentos ya enume-rados y sufridos por aquellos desdichados antes de lle-gar á las costas de la Nuevas-Holanda: solo que la fuer-za de la resistencia se habia disminuido en todos sin excepción. A l cabo de algunos días sus piernas estaban hinchadas; y en aquel estado de debilidad^ estrema se veian acometidos de un sueño casi continuo.

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Es-IOS AMOTINADOS tas eran las señales precursoras de u n fin que no po-día tardar en llegar. B l i g h , que lo advirtió, distribu-yó doble ración á los mas debilitados y se esforzó para animarlos u n poco.

En fia, el 12 de junio por la mañana se' presentó á su vista la costa de Timor después de una travesía de 3^18 millas, ejecutada en condiciones espan-tosas.

La acogida que los ingleses recibieron en Ciipang fue de las mas simpáticas. A l l í permanecieron dos meses para restablecerse; y después Bligb, babiendo comprado una pequeña goleta, se dirigió á Batavia y desde allí se embarcó para Inglaterra.

El 14 de marzo de 1790 los abandonados desem-barcaron en Portsmoutb. La narración de los tormentos que babían sufrido escító la simpatía u n i v e r -sal y la indignación de todos los hombres de cora-zón. Inmediatamente el almirantazgo mandó armar ja fragata Pandora de veinticuatro cañones y 160

honores

de tripulación y la envió á perseguir' á los amotinados de la Bounty.

Ahora veremos lo que habia sido de ellos. CAPITULO m .

LOS AMOTINADOS.

Luego que el capitán Bligh fue abandonado en alta mar, la Bounty hizo rumbo á Taiti y aquel mismo día llegó á Tubai. El risueño aspecto de aquella isleta rodeada de u n 'cintnron de rocas madrepóricas, i n -vitaba á Christian á desembarcar. Pero la actitud de los habitantes pareció demasiado amenazadora y no se efectuó el desembarco.

El 6 de junio de 1789 echaron el ancla en la rada de Matavai. La sorpresa de los taitianos fue grande al ver volver á la Bounty. Los amotinados encontraron á los indígenas, con quienes habían tenido r e l a -ciones en una anterior recalada, y les contaron una fábula procurando mezclar en ella algunos hechos del capitán Cook del cual los taitianos habían c o n -servado muy buenos recuerdos.

El 59 de j u n i o volvieron á salir para Tubuai y bus-caron alguna isla que estuviese situada fuera del ca-mino ordinario de los buques, que tuviera u n suelo bastante fértil para alimentarlos y en la cual p u d i e -ran vivir con toda segaridacl. Asi anduvieron vagando de archipiélago en archipiélago y cometienvagando t o da especie de depredaciones y escesos sin que la a u -toridad de Christian pncliera evitarlos la mayor parte de las veces.

Por último atraídos de nuevo por la fertilidad de Taiti, y por las costumbres suaves y fáciles de sus habitantes, volvieron á la bahía de Matavai, é i n m e -diatamente las dos terceras partes de la tripulación bajaron á tierra. Pero aquella misma noche la B o u n ty levantó anclas y desapareció antes que los m a r i -neros que habían desembarcado hubieran podido sos-pechar la intención de Christian de deshacerse de ellos.

Entregados á sí mismos, se establecieron, sin gran sentimiento, en diferentes distritos de la isla.El c o n tramaestre Stewart y el guardia marina Pedro H e y -wood, los dos oíiciales que Christian habia excep-tuado de la sentencia pronunciada contra Bligh y que habia llevado á su pésar, se situaron en Matavai en compañía del rey Tippao, cuya hermana se casó en breve con Slewart. Morrison y M i l l w a r d pasaron al distrito donde mandaba el jel'e Peno que les aco-gió muy b i e n , y los demás marineros penetraron en el interior de la isla y no tardaron en casarse con mujeres del país.,

Churchill y un loco furioso llamado Tompson, des-pués de haber cometido toda clase de crímenes,

vinie-DE LA BOUNTV. i l ron á las manos. Churchill fue muerto en la lucho, y

á Tompson le mataron á pedradas los naturales. Así perecieron dos de los amotinados que habían tomado la mayor parte en la rebelión. Los demás, por el c o n -trario, supieron con su buena conducta hacerse que-rer de los taitianos.

Sin embargo, Morrison y M i l l w a r d , viendo s i e m pre el castigo suspendí lo sobre sus cabezas, y no p u diendo v i v i r tranquilos en aquella isla, donde f á c i l mente habrían sido descubiertos, concibieron el p r o -yecto de construir una goleta para pasar á Batavia y> perderse allí entre gente civilizada.. Auxiliados da ocho de sus compañeros, sin mas instrumentos que los del carpintero, lograron , no sin trabajo, cons-t r u i r un pequeño buque que llamaron Piesoíiicion y le amarraron en una bahía detrás de una de las p ú a tas de Taiti, llamada la punta de Yénus; pero la i m posibilidad absoluta de proporcionarse velas les i m -pedia hacerse á la mar.

Entre tanto, confiados en su inocencia, Stewart cultivabá u n j a r d í n , y Pedro Heywood reunía m a t e -ríales para u n vocabulario que después fue un gran auxilio para los misioneros ingleses.

Habían transcurrido diez y ocho meses desde los sucesos referidos en el primer capítulo, cuando el 23 de marzo de 17.91 u n buque dobló la punta de V e nus y se detuvo en la bahía de Matavai. Era la P a n -dora enviada en persecución de los rebeldes por el almirantazgo inglés. Heywood y Stewart se apresuraron á pasar á bordo; declaraapresuraron sus nombres y c a l i -dades y protestaron que no habían tomado parte en el motín; pero no se les creyó, é inmediatamente fue -ron encadenados, asi como todos sus compañeros, sin que se hiciera la menor información sobre los he-chos. Tratados con la inhumanidad mas repugnante, cargados de cadenas,- amenazados de ser fusilados si se servían de la lengua taítiana para conversar entro sí, fueron encerrados en una jaula de 11 píes de l o n -gitud situada al estremo del alcázar de popa, jaula que ivn aficionado a l a mitología condecoró con el nombre de Caja de Pandora.

E l 19 de mayo la B e p l u c i o n , que fue provista de velas, y la Pandora salieron á la mar, y durante tres meses los dos buques cruzaron por el archipiélago de los Amigos donde se suponía que Christian y el resto de los amotinados habían debido refugiarse. La Resolución, que tenia muy poco calado, prestó g r a n -des servicios durante aquel crucero; pero -desapare-, ció en los parajes inmediatos á la isla Chalara, y aun-que la P a n d o r a estuvo muchos días á la vista no se volvió á saber .nada de ella, ni de los cinco marine-ros que la tripulaban.

La Pandora tomó el camino de Europa con los pre-sos; pero en el estrecho de Torres tropezó contra u n escollo de coral y zozobró casi al mismo tiempo con treinta y u n marineros y cuatro de los amotinados. La tripulación y los presos que se libraron del naufragio consiguieron llegar á u n islote, arenoso donde los oficiales y marineros supieron abrigarse bajo tiendas; pero los presos, espuestos á los ardores do u n sol v e r t i c a l , se vieron reducidos para encon-trar algo de alivio á meterse en la arena hasta el cuello. Los náufragos permanecieron en aquel islote durante algunos días, y después todos pudieron l l e -gar á la isla de Tímor en las chalupas de la Pando-r a ; mas á pesaPando-r de la gPando-ravedad de las ciPando-rcunstancias no se disminuyó la vigilancia rigorosa de que los pre-sos eran objeto.

Estos, al llegar á Inglaterra el mes de Junio de 1792, fueron juzgados por u n consejo de guerra presidido por el almirante Hood. Las cleliberaciones auraron seis días y terminaron con la absolución ele cuatro de ios acusados y la condenación á muerte de otros seis por crimen de deserción y usurpación del buque confiado á su guardia.

(12)

i 2 BIBLIOTECA ILUSTRADA DE GASPAR Y ROIG.

Atraídos por la fertilidad de Taiti, volvieron á la bahía de Matavaí:

Cuatro de los condenados fueron ahorcados á b o r -do de u n buque de guerra y los otros -dos, que eran Stewart y Pedro Heywood cuya inocencia fue reco-nocida al fin, obtuvieron el i n d u l t o .

¿Pero qué había sido de la Bounty? ¿Habia naufra-gado con los amotinados?

Esto n i se sabia, n i era posible saberlo.

E n 1814, veinticinco años después de la escena con que comienza esta relación, dos buques de guerra ingleses cruzaban por los mares de la Oceanía al mando del capitán Staines. Se hallaban al Sur del archipiélago Peligroso á la vista de una isla m o n t a -ñosa y volcánica que Carteret habia descubierto en su viaje alrededor del mundo y á la cual habia dado el nombre de Pitcairn. No era mas que u n cono, casi sin playa que se levantaba á pico sobre el mar lapizado hasta su cima por bosques de palmeras y árboles de pan. Jamás habia sido visitada esta isla, que se encontraba á 1,200 millas de Taiti á los 25° y 4' de latitud Sur y 180° y o7 de longitud Oeste,

que no tenia mas que 4 millas y media de circunfe-rencia y una y media en su diámetro mayor, sin que de ella se supiera mas que lo que habiareferido Car-teret.

El capitán Staines resolvió reconocerla y buscar en ella u n sitio conveniente para desembarcar.

Acercándose á la costa, le sorprendió ver casas y plantaciones, y en la playa dos naturales, que des-pués de haber lanzado una embarcación al mar y atravesado hábilmente la resaca, se dirigieron al bu-que. Pero su admiración no tuvo límites cuando oyó que ledecian en esceleute inglés:

—¡Hola! echadnos una cuerda para que podamos subir á bordo.

Apenas llegaron sobre cubierta los dos robustos remeros fueron rodeados por los marineros estupe-factos, que les hicieron m i l preguntas á las cuales no sahian qué responder. Llevados ante el comandante fueron interrogados por órden;

(13)

LOS AMOTINADOS DE LA EOlJNTt. i 3

CI comandante manifestó que Juan Adams estaba protegido por la prescripción;

—Yo me llamo F l e t c h e r C h r i s t i a n , y m i c o m p a -ñero Young.

Aquellos nombres no decían nada j a r a el capitán Staines que estaba lejos de pensar en los amotinarlos fie la Bounty.

—;,Desde cuando están ustedes aquí? . —Aquí hemos nacido.

—¿Qué edad tienen ustedes?

—Yo tengo veintiún años, respondió Ghristian; y Young diez y ocho.

—¿Sus padres de ustedes fueron arrojados á esta isla por algún naufragio?

Ghristian hizo entonces al capitán Staines la c o n -fesión patética que va á seguir y cuyos principales hechos referimos.

Ghristian que tenía á bordo la relación del viaje del capitán Carteret, al salir de Taiti á donde aban-donaba á veintiuno de sus compañeros, hizo rumbo directo ala isla de Pitcairn, cuya posición creyó con-veniente para el objeto que se proponía. Veintiocho

componían todavía la tripulación de la S o m í y . Eran Ghristian, el aspirante Young, siete marineros, seis taitianos recogidos en Taiti, de los cuales tres llevaban sus mujeres y u n niño de diez meses, trés h o m -bres y seis mujeres mas, indígenas de Tubuai.

El primer cuidado de Ghristian. y de sus compa-ñeros luego que llegaron á la isla de Pitcairn, fue destruir la Bounty para no ser descubiertos. Sin duda con esto se privaban de toda posibilidad de salir de la isla; pero asilo exigia su seguridad.

El establecimiento de la pequeña colonia no debía realizarsesin dificultad tratandosede personas á quie-nes no unia mas que el lazo común del crimen. No tardaronen estallar sangrientas disputas entre taitia-nos é ingleses; así es que en 1794 no sobrevivían m-as que cuatro de los amotinados. Ghristian habia caído bajo el cuchillo de uno de los indígenas que se habia llevado, y todos los taitianos habían sido asesinados.

(14)

-DIBUü'rECA ILUSTRADA DE CASPAR Y nOIC.

car licores con la raíz de una planta indígena, c o n -cluyó por embrutecerse en la embriaguez y en u n esceso de delirkm tremens se precipitó desde lo alto de una roca al m a r .

Otro, acometido de u n acceso delocura furiosa, se había arrojado sobre Young y sobre uno de los m a r i neros llamado Juan Adams, los cuales se vieron o b l i gados á matarle. E n 1800, Young habia muerto t a m -bién de u n violento acceso de asma.

Juan Adams quedó entonces el último sobrevivien-. te de la tripulación amotinadasobrevivien-.

Viéndose solo con varias mujeres y veinte niños nacidos de los matrimonios de sus compañeros con las taitianas, su carácter se modificó profundamente. No tenia mas que treinta y seis años entonces; pero desde tanto tiempo antes liabia asistido á t a n c o n t i -nuas escenas de violencias y de asesinatos y habia visto la naturaleza humana bajo tan tristes aspec-tos que, volviendo en sí, modiíicó completamente su conducta.

E n la biblioteca de la Bounty, conservada en la isla, habia una Biblia y varios libros de oraciones. Juan Adams, que los leía frecuentemente, se convir-tió; educó en escelentes principios á la jóven pobla-ción que le consideraba como á u n padre y por la fuerza de las cosas llegó á ser el legislador, el sumo sacerdote y, por decirlo asi, el rey de Pitcairn.

Sin embargo, hasta 1814 sus alarmas habían sido continuas. E n 1798, habiéndose acercado u n buque á Pitcairn, los cuatro sobrevivientes de Va Bounty se haDian ocultado en bosques inaccesibles por no atreverse á bajar á la bahía hasta que vieron m a r -char al buque. El -mismo íicto de prudencia obser-varon cuando en 1808 u n capitán, americano desem-barcó en la isla, donde se apoderó de u n cronóme-t r o y de una brújula que envió al almirancronóme-tazgo inglés; pero el almirantazgo no se conmovió á la vista de aquellas reliquias de la Bounty. Es verdad qun tenia otros cuidados que le llamaban mas la atención en Europa por aquel tiempo.

Tal fue la relación hecha al comandante Staines por los dos naturales, ingleses por sus padres, elimo hijo de Christian y el otro hijo de Y o u n g ; pero cuan-do Staines solicitó ver á Juan Adams, éste se negó á pasar á bordo antes de saber lo que se quería hacer do é l .

El comandante, después de haber manifestado á los dos jóvenes que Juan Adams estaba protegido por la prescripción, pues que se habían pasado v e i n t i c i n co años desde la rebelión de la Bounty, bajó á t i e r

-ra y fue recibido p o n i n a población compuesla de cuarenta y seis adultos y de un gran número de ni-ños. Todos eran altos y vigorosos, de tipos ingleses muy marcados; las jóvenes, sobre todo, eran admi-rablemente hermosas y su modestia les daba un as-pecto enteramente seductor.

Las leyes que regían la isla eran de las mas sen-cillas. E n u n registro se anotaba lo que cada uno habia ganado por su trabajo. No se conocía la moneda-todos los tratos se hacían por medio del cambio; pero no había industrias porque faltaban las primera'sma-terias. Los habitantes llevaban por todo trage gran-des sombreros y faldellines tejidos ele yerba. La pesca y la agricultura eran sus p'rincipalesocupacio-nes. Los matrimonios no se verificaban sino con el permiso de Adams, y cuando el hombre habia des-montado y plantado u n terreno bastante estenso para' subvenir á la subsistencia de su futura familia, El Comandante Staines, después de haber recoci-do los recoci-documentos mas curiosos sobre aquella isla perdida en los parajes menos frecuentados del Paci-fico, se hizo á la mar y volvió á Europa.

Desde aquella época, el venerable Juan Adams ter-minó su carrera tan accidentada. Murió en 1829 v fue reemplazado por el reverendo Jorge Nobbs que desempeña todavía en la isla las funciones de sacer-dote, médico y maestro de escuela.

E n 18S3 los descendientes y de los amolinado^ do la Boraft/ascendían ya á ciento setenía individuos. Desde entonces la población se fue aumentando v llegó á ser tan numerosa que tres años después tuvo que establecerse una gran parte de ella en la isla de Norfolk que hasta entonces había servido de presidio para los sentenciados ála deportación. Pero nna par-te de los emigrados echaban de menos á Pitcairn. aunque Norfolk es cuatro veces mayor y aunque su suelo es notable por su riqueza y por la mayor faci-lidad que ofrece para una existencia cómoda. Asi al cabo de dos años varias familias volvieron á Pitcairn donde continúan prosperando.

Tal fue el desenlace de una aventura que comenzó de u n modo tan trágico.

Al principio rebeldes, asesinos, locos; y ahora, bajo la influencia de los principios de la moral cris-tiana y de las instrucciones dadas por u n pobre ma-rinero convertido, la isla de Pitcairn ha llegado á ser la patria de una población pacífica, feliz, en la cual' se encuentran las costumbres patriarcales de los pri-meros sialos.

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