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Guerra Civil en Siria: una solución

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Centro de Investigaciones Navales y Marítimas

BOLETÍN DE ACTUALIDAD 03/2013

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as armas químicas y eL ataque a siria: una cuestión de fe.

Comentario Elcano 52/2013 30 de agosto de 2013

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Las armas químicas y el ataque a Siria: una cuestión de fe

Félix Arteaga | Investigador principal de Seguridad y Defensa | @rielcano 

Tras dos años y medio de guerra civil y 100.000 muertos, se revigoriza el interés internacional por la suerte de la población civil en Siria. Hasta ahora no se ha sabido –o querido– evitar su sufrimiento pero parece qué, por fin, se va a castigar al régimen sirio con un ataque militar para que no vuelva a emplear armas químicas contra su población. Dicho así, esta acción confirmaría en su fe a quienes todavía creen en la justicia y el orden internacional: una mala acción de los malos recibe su justo castigo a manos de los buenos. Sin embargo, incluso entre esos creyentes, surgen dudas sobre si el castigo es justo, proporcionado y útil como preconizan sus mentores.

No es una novedad que se hayan usado armas químicas en Siria ni, tampoco, que se haya denunciado su uso propagandístico por ambas partes. Tampoco es la primera vez que el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, activa su mecanismo de investigación en Siria. Lo hizo el 21 de marzo a petición del gobierno de Bashar al-Asad pero Francia y el Reino Unido pidieron inmediatamente que se investigaran también otros lugares donde sospechaba su empleo por las fuerzas gubernamentales, con lo que la investigación no se pudo llevar a cabo. Ahora la novedad sería de escala: se habría pasado de las 29 víctimas presuntas de Khan Al-Asal a las 355 que ha certificado Medecins Sans Frontiers.

Las armas químicas, como saben bien los estrategas, no tienen mucha utilidad militar porque su empleo produce muchas contraindicaciones en situaciones de combate en la que se producen cambios de línea, exponiendo a las tropas propias a sus efectos. Son armas que se emplean en situaciones de extrema necesidad y locura. Sin embargo, los gobiernos estadounidense y británico creen que se usaron con una finalidad táctica porque las fuerzas gubernamentales estaban atacando y las rebeldes no cuentan con ese tipo de armas. Lo argumentan en función de sus fuentes de inteligencia y de las de terceros –como Israel– en quien confían.

Hasta ahora, Naciones Unidas ha verificado el empleo de medios químicos en Khan Al-Asal (Alepo) y Uteibah (Damasco) el 19 de marzo; en Sheikh Maqsood (Alepo) el 13 de abril y en Saraqib (Idlib) el 29 de abril sin que fuera posible determinar la autoría, los tipos de agentes ni los medios de lanzamiento empleados (Informe del Consejo de Derechos Humanos a la Asamblea, A/HRC/23/58). EEUU, el Reino Unido y Francia dicen disponer de esas evidencias en relación con su empleo en los suburbios de Damasco el 21 de abril y dudan de que el informe final de los investigadores independientes de Naciones Unidas pueda contradecirlas. Habrá que fiarse de sus servicios de inteligencia, algo que cuesta tras los fracasos y engaños de esos servicios en los últimos tiempos, y de que harán públicas las evidencias que poseen, algo que han venido anunciando desde hace meses sin hacer, en lugar de compartirlas con los reducidos círculos oficiales y parlamentarios habituales. Habrá que fiarse de que esta vez las evidencias justifican un ataque en lugar de que el ataque se justifique con evidencias como en ocasiones anteriores.

El empleo de armas químicas en el conflicto interno de Siria, ha concentrado la atención

mundial y llevó a las grandes potencias a analizar una compleja decisión de cómo intervenir para

alcanzar los objetivos políticos internacionales y particulares de cada gobernante. La decisión

de bombardeos selectivos de EEUU colisionó con la negación de países aliados y la intervención

de Rusia que hizo derivar la solución a una negociación con el gobernante sirio que al ceder a

autorizar la destrucción de estas armas letales le significó reconocer su empleo, antes negada.

Este episodio internacional ha generado estímulos e interés de diversos analistas, por lo cual

hemos seleccionado tres visiones desde perspectivas que nos parecen muy interesantes, la de

una analista experto en temas de Seguridad y Defensa, la de un político chileno con vínculos

familiares en la región en crisis, y de un analista norteamericano que aprovecha esta situación

internacional para analizar las diferencias estructuras, percepciones e intereses entre Europa y

Estados Unidos, factores de notable incidencia en los procesos de toma de decisiones en este

tipo de desafíos.

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uerra civiL en siria: una soLución

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En esta guerra civil, las armas químicas se han convertido en un instrumento al servicio del intervencionismo humanitario. Ya que las sociedades occidentales no apoyan las intervenciones militares, quienes apoyan su empleo se ven obligados a recurrir a la causa humanitaria para cambiar las encuestas y justificar las intervenciones. Atrapados entre las encuestas y las acusaciones de debilidad, los gobiernos han eludido una intervención militar abierta o, como en el caso de EEUU, la han postergado al caso extremo de que se emplearan armas químicas (el propio presidente Obama fue el primero que trazó una línea roja que consideraba poco probable de traspasar y quien luego ha dudado en actuar cuando se le han presentado evidencias). Los gobiernos de EEUU, el Reino Unido y Francia han aprovechado los indicios de armas químicas para aumentar la presión militar contra el régimen sirio y justificar la entrega directa de armas a los rebeldes.

Siendo el uso de armas químicas inadmisible, parece justo que alguien castigue a quien las haya usado; pero el problema surge con los elementos de la prueba. El relato compartido de EEUU, el Reino Unido y Francia alega que el régimen ha recurrido deliberadamente a las armas químicas para combatir a los rebeldes, traspasando las líneas rojas fijadas por ellos mismos. Por el contrario, Rusia e Irán sostienen que son los rebeldes quienes han usado las armas químicas para forzar la intervención militar occidental, acercando las líneas rojas a un Gobierno que no las quería traspasar. Ambas versiones tienen elementos racionales y subjetivos y se puede creer una u otra versión, pero ninguna de ellas es neutral porque todos ellos han tomado partido y defienden sus propios intereses en este conflicto. Tampoco se debería ignorar que todos, en mayor o menor medida, han forzado o construido previamente la realidad para justificar otras actuaciones armadas en Kosovo, Irak o Libia.

No se conocen los objetivos de la acción militar que se anuncia ni los riesgos que están dispuestos a correr. Las declaraciones oficiales son ambiguas y los medios de comunicación atienden más la gadgetería que acompaña las intervenciones –al fin y al cabo lo que cuenta en la globalización es el espectáculo–, por lo que sólo cabe especular qué planes tienen para el ataque y cuáles para el día siguiente al mismo. Los análisis estratégicos que circulan en fuentes abiertas comparten las mismas reservas que el jefe de la Junta de Estado Mayor de EEUU, Martin Dempsey, sobre la utilidad de una opción militar para solucionar el conflicto. Por lo tanto, la utilidad parece más política que estratégica: se trata de hacer algo que pueda servir para rebatir las acusaciones de pasividad pero que no genere rechazo, algo que parezca contundente pero que no comprometa a una escalada militar y permita al intervencionismo humanitario moverse dentro del distanciamiento deseado (light footprint).

También cabe confiar en que hayan calculado mejor los riesgos de su acción militar que en ocasiones anteriores. Ningún planeamiento militar controla todos los riesgos y todas las acciones armadas producen efectos indeseados (las operaciones en Libia iban a durar unos días que se convirtieron en meses y la guerra continúa abierta en Irak 10 años después de que se diera por finiquitada en la cubierta de un portaaviones). Como se ha visto últimamente, cambiar de régimen no garantiza que mejoren las cosas para la población y cambiarlo por la fuerza en Siria puede acabar esparciendo por Oriente Medio un caos similar al que esparció la intervención militar en Libia por el norte de África y el Sahel en 2011.

Comentario Elcano 52/2013 30 de agosto de 2013

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Las armas químicas y el ataque a Siria: una cuestión de fe

Félix Arteaga | Investigador principal de Seguridad y Defensa | @rielcano 

Tras dos años y medio de guerra civil y 100.000 muertos, se revigoriza el interés internacional por la suerte de la población civil en Siria. Hasta ahora no se ha sabido –o querido– evitar su sufrimiento pero parece qué, por fin, se va a castigar al régimen sirio con un ataque militar para que no vuelva a emplear armas químicas contra su población. Dicho así, esta acción confirmaría en su fe a quienes todavía creen en la justicia y el orden internacional: una mala acción de los malos recibe su justo castigo a manos de los buenos. Sin embargo, incluso entre esos creyentes, surgen dudas sobre si el castigo es justo, proporcionado y útil como preconizan sus mentores.

No es una novedad que se hayan usado armas químicas en Siria ni, tampoco, que se haya denunciado su uso propagandístico por ambas partes. Tampoco es la primera vez que el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, activa su mecanismo de investigación en Siria. Lo hizo el 21 de marzo a petición del gobierno de Bashar al-Asad pero Francia y el Reino Unido pidieron inmediatamente que se investigaran también otros lugares donde sospechaba su empleo por las fuerzas gubernamentales, con lo que la investigación no se pudo llevar a cabo. Ahora la novedad sería de escala: se habría pasado de las 29 víctimas presuntas de Khan Al-Asal a las 355 que ha certificado Medecins Sans Frontiers.

Las armas químicas, como saben bien los estrategas, no tienen mucha utilidad militar porque su empleo produce muchas contraindicaciones en situaciones de combate en la que se producen cambios de línea, exponiendo a las tropas propias a sus efectos. Son armas que se emplean en situaciones de extrema necesidad y locura. Sin embargo, los gobiernos estadounidense y británico creen que se usaron con una finalidad táctica porque las fuerzas gubernamentales estaban atacando y las rebeldes no cuentan con ese tipo de armas. Lo argumentan en función de sus fuentes de inteligencia y de las de terceros –como Israel– en quien confían.

Hasta ahora, Naciones Unidas ha verificado el empleo de medios químicos en Khan Al-Asal (Alepo) y Uteibah (Damasco) el 19 de marzo; en Sheikh Maqsood (Alepo) el 13 de abril y en Saraqib (Idlib) el 29 de abril sin que fuera posible determinar la autoría, los tipos de agentes ni los medios de lanzamiento empleados (Informe del Consejo de Derechos Humanos a la Asamblea, A/HRC/23/58). EEUU, el Reino Unido y Francia dicen disponer de esas evidencias en relación con su empleo en los suburbios de Damasco el 21 de abril y dudan de que el informe final de los investigadores independientes de Naciones Unidas pueda contradecirlas. Habrá que fiarse de sus servicios de inteligencia, algo que cuesta tras los fracasos y engaños de esos servicios en los últimos tiempos, y de que harán públicas las evidencias que poseen, algo que han venido anunciando desde hace meses sin hacer, en lugar de compartirlas con los reducidos círculos oficiales y parlamentarios habituales. Habrá que fiarse de que esta vez las evidencias justifican un ataque en lugar de que el ataque se justifique con evidencias como en ocasiones anteriores.

Comentario Elcano 52/2013 30 de agosto de 2013

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En esta guerra civil, las armas químicas se han convertido en un instrumento al servicio del intervencionismo humanitario. Ya que las sociedades occidentales no apoyan las intervenciones militares, quienes apoyan su empleo se ven obligados a recurrir a la causa humanitaria para cambiar las encuestas y justificar las intervenciones. Atrapados entre las encuestas y las acusaciones de debilidad, los gobiernos han eludido una intervención militar abierta o, como en el caso de EEUU, la han postergado al caso extremo de que se emplearan armas químicas (el propio presidente Obama fue el primero que trazó una línea roja que consideraba poco probable de traspasar y quien luego ha dudado en actuar cuando se le han presentado evidencias). Los gobiernos de EEUU, el Reino Unido y Francia han aprovechado los indicios de armas químicas para aumentar la presión militar contra el régimen sirio y justificar la entrega directa de armas a los rebeldes.

Siendo el uso de armas químicas inadmisible, parece justo que alguien castigue a quien las haya usado; pero el problema surge con los elementos de la prueba. El relato compartido de EEUU, el Reino Unido y Francia alega que el régimen ha recurrido deliberadamente a las armas químicas para combatir a los rebeldes, traspasando las líneas rojas fijadas por ellos mismos. Por el contrario, Rusia e Irán sostienen que son los rebeldes quienes han usado las armas químicas para forzar la intervención militar occidental, acercando las líneas rojas a un Gobierno que no las quería traspasar. Ambas versiones tienen elementos racionales y subjetivos y se puede creer una u otra versión, pero ninguna de ellas es neutral porque todos ellos han tomado partido y defienden sus propios intereses en este conflicto. Tampoco se debería ignorar que todos, en mayor o menor medida, han forzado o construido previamente la realidad para justificar otras actuaciones armadas en Kosovo, Irak o Libia.

No se conocen los objetivos de la acción militar que se anuncia ni los riesgos que están dispuestos a correr. Las declaraciones oficiales son ambiguas y los medios de comunicación atienden más la gadgetería que acompaña las intervenciones –al fin y al cabo lo que cuenta en la globalización es el espectáculo–, por lo que sólo cabe especular qué planes tienen para el ataque y cuáles para el día siguiente al mismo. Los análisis estratégicos que circulan en fuentes abiertas comparten las mismas reservas que el jefe de la Junta de Estado Mayor de EEUU, Martin Dempsey, sobre la utilidad de una opción militar para solucionar el conflicto. Por lo tanto, la utilidad parece más política que estratégica: se trata de hacer algo que pueda servir para rebatir las acusaciones de pasividad pero que no genere rechazo, algo que parezca contundente pero que no comprometa a una escalada militar y permita al intervencionismo humanitario moverse dentro del distanciamiento deseado (light footprint).

También cabe confiar en que hayan calculado mejor los riesgos de su acción militar que en ocasiones anteriores. Ningún planeamiento militar controla todos los riesgos y todas las acciones armadas producen efectos indeseados (las operaciones en Libia iban a durar unos días que se convirtieron en meses y la guerra continúa abierta en Irak 10 años después de que se diera por finiquitada en la cubierta de un portaaviones). Como se ha visto últimamente, cambiar de régimen no garantiza que mejoren las cosas para la población y cambiarlo por la fuerza en Siria puede acabar esparciendo por Oriente Medio un caos similar al que esparció la intervención militar en Libia por el norte de África y el Sahel en 2011.

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Félix Arteaga es investigador principal de Seguridad y Defensa del Real Instituto Elcano de España.

Comentario Elcano 52/2013 30 de agosto de 2013

Quienes toman partido por uno u otro bando en Siria se ven obligados a fiarse del relato que elaboran para justificar sus acciones, a pesar de las dudas de conciencia que puedan suscitar el mensaje y los argumentos. En tiempos de acción (militar) mantener criterios propios se considera un signo de debilidad o de tibieza y en las coaliciones se ingresa por adhesión incondicional. Frente a quienes apoyan al régimen sirio, los gobiernos de EEUU, el Reino Unido y Francia no tienen dudas sobre la justicia, proporcionalidad y eficacia de un ataque militar contra Siria en represalia por emplear armas químicas contra su población. Las potencias se hablan entre ellas por teléfono y dejan pasar a los demás la luz y los taquígrafos que les convienen. Entre medias, quedan muchos individuos, gobiernos y organizaciones con dudas razonables sobre la legitimidad y utilidad de un ataque militar. Una vez más, una intervención militar se reduce a una cuestión de fe. Una fe que puede mover montañas… o estrellarnos contra ellas.

Comentario Elcano 52/2013 30 de agosto de 2013

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En esta guerra civil, las armas químicas se han convertido en un instrumento al servicio del intervencionismo humanitario. Ya que las sociedades occidentales no apoyan las intervenciones militares, quienes apoyan su empleo se ven obligados a recurrir a la causa humanitaria para cambiar las encuestas y justificar las intervenciones. Atrapados entre las encuestas y las acusaciones de debilidad, los gobiernos han eludido una intervención militar abierta o, como en el caso de EEUU, la han postergado al caso extremo de que se emplearan armas químicas (el propio presidente Obama fue el primero que trazó una línea roja que consideraba poco probable de traspasar y quien luego ha dudado en actuar cuando se le han presentado evidencias). Los gobiernos de EEUU, el Reino Unido y Francia han aprovechado los indicios de armas químicas para aumentar la presión militar contra el régimen sirio y justificar la entrega directa de armas a los rebeldes.

Siendo el uso de armas químicas inadmisible, parece justo que alguien castigue a quien las haya usado; pero el problema surge con los elementos de la prueba. El relato compartido de EEUU, el Reino Unido y Francia alega que el régimen ha recurrido deliberadamente a las armas químicas para combatir a los rebeldes, traspasando las líneas rojas fijadas por ellos mismos. Por el contrario, Rusia e Irán sostienen que son los rebeldes quienes han usado las armas químicas para forzar la intervención militar occidental, acercando las líneas rojas a un Gobierno que no las quería traspasar. Ambas versiones tienen elementos racionales y subjetivos y se puede creer una u otra versión, pero ninguna de ellas es neutral porque todos ellos han tomado partido y defienden sus propios intereses en este conflicto. Tampoco se debería ignorar que todos, en mayor o menor medida, han forzado o construido previamente la realidad para justificar otras actuaciones armadas en Kosovo, Irak o Libia.

No se conocen los objetivos de la acción militar que se anuncia ni los riesgos que están dispuestos a correr. Las declaraciones oficiales son ambiguas y los medios de comunicación atienden más la gadgetería que acompaña las intervenciones –al fin y al cabo lo que cuenta en la globalización es el espectáculo–, por lo que sólo cabe especular qué planes tienen para el ataque y cuáles para el día siguiente al mismo. Los análisis estratégicos que circulan en fuentes abiertas comparten las mismas reservas que el jefe de la Junta de Estado Mayor de EEUU, Martin Dempsey, sobre la utilidad de una opción militar para solucionar el conflicto. Por lo tanto, la utilidad parece más política que estratégica: se trata de hacer algo que pueda servir para rebatir las acusaciones de pasividad pero que no genere rechazo, algo que parezca contundente pero que no comprometa a una escalada militar y permita al intervencionismo humanitario moverse dentro del distanciamiento deseado (light footprint).

También cabe confiar en que hayan calculado mejor los riesgos de su acción militar que en ocasiones anteriores. Ningún planeamiento militar controla todos los riesgos y todas las acciones armadas producen efectos indeseados (las operaciones en Libia iban a durar unos días que se convirtieron en meses y la guerra continúa abierta en Irak 10 años después de que se diera por finiquitada en la cubierta de un portaaviones). Como se ha visto últimamente, cambiar de régimen no garantiza que mejoren las cosas para la población y cambiarlo por la fuerza en Siria puede acabar esparciendo por Oriente Medio un caos similar al que esparció la intervención militar en Libia por el norte de África y el Sahel en 2011.

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HiLe y Lo que estÁ en jueGo en siria

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Diez años después de la invasión de Irak, suenan de nuevo tambores de guerra en el Medio

Oriente. En esta ocasión, el blanco de un ataque de los Estados Unidos es un régimen autoritario

establecido hace 43 años, que según EE.UU. habría utilizado armas químicas en contra de su

propio pueblo. El Presidente Obama trazó una “línea roja”, y ha argumentado que los Estados

Unidos no pueden aceptar que esta se cruce y deben actuar. A primera vista, es difícil discrepar

de esta posición, que pareciera contar con fundamentos legales y morales.

Sin embargo, comprender lo que pasa en Siria se dificulta por un desconocimiento de las

divisiones y conflictos que aquejan a esa parte del mundo, marcada por profundas diferencias

religiosas, étnicas e ideológicas, con dinámicas propias e impredecibles. Cuna de una civilización

milenaria, la Siria moderna (desde su independencia en 1946) se estabilizó y progresó gracias

a un delicado equilibrio entre sus distintos grupos étnicos y religiosos. Han convivido en paz

por muchas décadas sunitas (un 60% de la población), chiitas (un 13%), cristianos (un 10%) y

drusos (un 3%). También hay una minoría kurda, con un 9% de la población.

Siria, como muchos otros países en la región, no es una democracia. Bashar al Assad decepcionó

a muchos por su renuencia a impulsar reformas políticas. La represión a las manifestaciones

opositoras de marzo de 2011, poco después de la caída de Hosni Mubarak en Egipto, gatilló la

actual guerra civil en Siria, que ya ha costado 100 mil vidas y dos millones de refugiados.

Sin embargo, desde el inicio de las manifestaciones a la fecha ha habido un cambio completo de

la situación. Los opositores a Assad han pasado a depender del predominio de grupos de rebeldes

islamistas, alentados por otros países. Esos rebeldes están lejos de ser demócratas ansiosos por

ampliar los derechos de los sirios. Armados y financiados por monarquías absolutas como Arabia

Saudita y Qatar, que ven la guerra en Siria como una causa religiosa de sunitas versus chiitas

(de los cuales los alawitas, a los que pertenece Assad, son parte), y a los cristianos como pro

occidentales, el conflicto ha atraído a fundamentalistas islámicos sectarios de todo el mundo. El

grupo más militante y efectivo es Al Nusra, la franquicia siria de Al Qaeda.

El Presidente Obama ha propuesto bombardear Siria en respuesta al supuesto uso por el gobierno

de gas sarín en un suburbio de Damasco, por cierto un hecho condenable. Un dato crucial,

sin embargo, es que su autoría aún no ha sido confirmada. Con todo, la pregunta de fondo es

otra. ¿Ayudaría a generar una solución política, única salida de esta tragedia? ¿No pasarían los

Estados Unidos a ser, como ha dicho el senador por Texas, Ted Cruz, “la Fuerza Aérea de Al

Qaeda”? ¿Y no podría significar la caída de Assad un desmembramiento de Siria y una eventual

conflagración regional?

Un intervencionismo militar de Occidente puede terminar fortaleciendo a grupos extremos que

desprecian el pluralismo y la diversidad religiosa, alejando aún más las posibilidades de una

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iaje GeopoLítico: La reLación estadounidense-europea,

pasado y presente

George Friedman

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1George Friedman es el Presidente de Stratfor, una compañía que fundó en 1996 que ahora es líder en el campo de

la inteligencia global. Friedman dirige la visión estratégica de Stratfor y supervisa el desarrollo y entrenamiento de la unidad de inteligencia de la compañía.

Estoy escribiendo este artículo desde Grecia, habiendo recorrido varias capitales de

Europa durante la semana recién pasada. La mayor parte de las discusiones que he tenido en

mis viajes se relacionan con el fracaso del Presidente Barack Obama al no moverse en forma

decisiva en contra de Siria y de cómo el Presidente ruso Vladimir Putin lo eclipsó. Por supuesto,

la intervención en el caso Siria tuvo muchos aspectos, y uno de los más importantes, que no se

examinó completamente, fue lo que nos dijo respecto al estado de las relaciones entre EE.UU. y

Europa y de las relaciones entre los países europeos. Quizás, esto sea la cuestión más importante

en tabla.

Hemos hablado de los rusos, pero por todo el resplandor que su desenvolvimiento haya

mostrado en Siria, ellos son económica y militarmente débiles – algo que cambiarían si tuvieran

los medios para hacerlo. Es Europa, tomado como un todo, el competidor para EE.UU. Su

economía es aún levemente mayor que la de EE.UU., pero sus fuerzas armadas son débiles,

aunque a diferencia de Rusia esto es, en parte, por diseño.

La relación estadounidense-europea ayudó a conformar el siglo XX. La intervención

estadounidense ayudó a ganar la I Guerra Mundial y la participación de ese país en Europa

solución política. El mundo ya lo ha visto. En Irak, los atentados terroristas que matan a decenas,

si no cientos, de personas, están a la orden del día. Pocos dudan de que una vez que las tropas

de los EE.UU. se retiren de Afganistán en el 2014, los talibanes volverán al poder, imponiendo

sus retrógradas concepciones.

Más que escalar el conflicto, se requiere acotarlo y terminarlo. La comunidad internacional

debe rechazar el bombardeo de Damasco. Una propuesta sobre la mesa es que Siria entregue

su arsenal de armas químicas y lo ponga bajo el control de la ONU. Siria ha sido receptiva, y el

Presidente Obama también. Puede haber otras. Ojalá fructifique.

Aquellos que no aprenden de la historia están condenados a repetirla. Chile (que desempeñó

un digno y acertado papel en el Consejo de Seguridad de la ONU oponiéndose a la invasión

de Irak), y América Latina en su conjunto, deben apoyar una salida diplomática negociada a la

guerra civil en Siria, y no un escalamiento del conflicto.

Jorge Heine

Sergio Bitar

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durante la II Guerra Mundial ayudó a asegurar una victoria aliada. La Guerra Fría fue una empresa

transatlántica, dando como resultado el retiro de las fuerzas soviéticas de la Península Europea.

La pregunta ahora es: ¿Cuál será la relación entre estas dos grandes entidades económicas, que

juntas alcanzan aproximadamente el 50% del producto interno bruto mundial, en el siglo XXI?

La pregunta se erige por sobre todas las otras globalmente.

Un Concepto Fluido

Los acontecimientos que rodean la intervención siria, que nunca se materializó, insinúan

la respuesta a esta pregunta. La crisis siria no comenzó con EE.UU. reclamando que se debía

tomar acción en contra del uso de armas químicas de al Assad, sino que con los llamados a las

armas del Reino Unido, Francia y Turquía. EE.UU. era más bien renuente, pero finalmente

se unió a esto junto con varios otros países europeos. Solo entonces las opiniones europeas

comenzaron a discrepar. En el Reino Unido, el parlamento votó en contra de la intervención. En

Turquía, el gobierno favoreció la intervención en una escala mayor que lo que EE.UU. quería. Y

en Francia, que en realidad tenía la capacidad de prestar una mano, el presidente favoreció una

intervención, pero enfrentó un parlamento menos entusiasta.

Lo más importante a destacar era la división de Europa. Cada país redactó su propia

respuesta – o falta de respuesta – ante la crisis siria. La postura más interesante fue la tomada

por Alemania, nación que no estaba dispuesta a participar y hasta el final, tampoco, estaba

dispuesta a respaldar una participación. He hablado sobre la fragmentación de Europa. Nada

es más sorprendente que la división de la política exterior entre Francia y Alemania no solo en

Siria, sino en Mali y Libia, también. Uno de los principales impulsores detrás de la creación

de la Unión Europea y de sus precursores de posguerra fue la necesidad de unir a Francia y

Alemania económicamente. Las discrepancias entre Francia y Alemania eran la raíz de las

guerras europeas. Tenía que evitarse a toda costa.

Sin embargo, esa discrepancia ha regresado. Sus diferencias no se han manifestado con

tanta virulencia como antes de 1945, pero con todo, ya no se puede decir que sus políticas

exteriores estén sincronizadas. De hecho, las tres potencias principales de la Península Europea,

en la actualidad, están persiguiendo políticas exteriores muy diferentes. El Reino Unido se está

moviendo en su propia dirección, limitando su participación en Europa y tratando de encontrar

su propio curso entre Europa y EE.UU. Francia se ha centrado en el sur, en el Mediterráneo y

África. Alemania está tratando de preservar la zona comercial y está mirando hacia el este, a

Rusia.

Nada se ha quebrantado en Europa, pero, entonces, Europa como concepto siempre

ha sido fluida. La Unión Europea es una zona de libre comercio que excluye algunos países

europeos. Es una unión monetaria que excluye algunos miembros de la zona de libre comercio.

Tiene un parlamento, pero deja las políticas de defensa y de exterior como prerrogativas de las

naciones-estado miembros. No se ha vuelto más organizada desde 1945; en algunas formas

fundamentales, se ha vuelto menos organizada. Donde antes solo había divisiones geográficas,

ahora, hay solo divisiones conceptuales.

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Las diferencias entre EE.UU. y Europa se hicieron evidentes en la crisis de Siria. Si el

Presidente Obama hubiera decidido intervenir, podría haberlo hecho según hubiese querido –

no necesariamente requería la aprobación del congreso, pero la buscó de todas formas. Europa

no podía actuar porque, en realidad, no existe una política única de defensa o exterior europea.

Pero lo más importante, ninguna nación europea tiene la capacidad, por sí sola, de conducir un

ataque aéreo contra Siria. Tal como Libia lo demostrara, Francia e Italia no podían ejecutar una

campaña aérea sostenida. Ellos necesitaban a EE.UU.

Vaqueros e Ingenuos

Aquí en Europa, Obama es criticado por su manejo de la intervención en Siria. También

existe una creencia general que la política exterior de Putin es un fiasco. Pero soy lo suficientemente

viejo para recordar que los europeos siempre han creído que los presidentes estadounidenses

o son ingenuos como lo pensaron de Jimmy Carter, o vaqueros como lo dijeron de Lyndon

Johnson, y los desprecian en ambos casos. (Richard Nixon siendo honrado por los franceses es

una excepción interesante). Después de cierta exuberancia irracional de la izquierda europea,

Obama, ahora, ha sido considerado ingenuo; al igual que George W. Bush fue considerado un

vaquero.

Los europeos se obsesionan mucho más con los presidentes estadounidenses, que los

estadounidenses con los líderes europeos. Ellos tienen fuertes opiniones, la mayoría de ellas

negativas, sobre quien quiera que esté en el puesto. Mi respuesta a dicha crítica siempre ha sido

una respuesta intrincada. Imagine a personas ultra refinadas de 1914 y 1939 con armas nucleares.

¿Cree que aquellos responsables de entrar en dos guerras horribles podrían haberse resistido a

usar las armas nucleares? Para suerte de Europa, cuando se requirió que líderes usaran las armas

nucleares, no fueron los europeos los que tenían sus dedos en los botones de lanzamiento.

Estas armas estuvieron controladas por los vaqueros y tontos estadounidenses y por los

“conspiradores” rusos – la visión europea de todos los líderes rusos. En medio de las profundas

diferencias y desconfianzas, los líderes estadounidenses y soviéticos lograron evitar lo peor.

Dados los antecedentes, los líderes europeos podrían haber hundido al mundo en el desastre. Los

europeos piensan bien en la sofisticación de su diplomacia. Nunca he entendido por qué sienten

de esa forma.

Vimos esto en Siria. Primero, Europa estaba en todas partes. Luego la coalición persuadió

a los estadounidenses a separarse, dejando a EE.UU. virtualmente solos. Cuando Obama regresó

a su postura original, ellos decidieron que había sido superado por los rusos. Si hubiera atacado,

habría sido tildado como otro vaquero. Cualquier forma que hubiera tomado, y cualquier rol

que Europa hubiera jugado, habrían sido los estadounidenses los que simplemente no habrían

entendido lo uno o lo otro.

El modo de pensar difería en toda Europa. Los británicos se mostraron indiferentes ante

el tema; estaban mucho más interesados en lo que la Reserva Federal diría. Los europeos del

este, sintiendo la presión de los rusos – tanto en la realidad como en sus pesadillas – no pueden

imaginar por qué los estadounidenses dejarían que esto les ocurriera. Un diplomático amigo del

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Cáucaso me manifestaba, que se preguntaba si los estadounidenses no se daban cuenta de que

estaban en una prueba de fuerzas con los rusos.

La visión estadounidense de Europa es una combinación de indiferencia y desconcierto.

A EE.UU. no le ha importado tanto Europa desde el fin de la Guerra Fría. Desde la primera

Guerra del Golfo, lo que ha importado es el mundo musulmán, con varios niveles de intensidad.

Europa se ha visto como un rincón próspero o como una vez lo indiqué en 1991, toda Europa se

convirtió en Escandinavia. Era bastante próspero, un deleite para visitar, pero no el lugar en el

cual se estaba haciendo historia.

Cuando los estadounidenses se molestan en pensar en Europa, lo hacen como un

continente con fuertes opiniones de lo que otros deberían hacer, pero con poca inclinación a

hacer algo por ellos mismos. Tal como un diplomático estadounidense me dijo: “Siempre voy

a París si quiero que me digan lo que EE.UU. debería hacer”. La percepción estadounidense

de Europa es que es inútil y fastidioso, pero finalmente débil y, por lo tanto, inofensivo. Los

europeos están obsesionados con el presidente de EE.UU. porque, tonto o vaquero o ambos, él es

extraordinariamente poderoso. Los estadounidenses se muestran indiferentes hacia los europeos

no porque no tengan líderes sofisticados, sino porque finalmente sus políticas importan más

entre ellos que para EE.UU. Los estadounidenses piensan poco respecto a Europa y en realidad

no entienden qué pasa allí. No tengo claro que para los europeos sea lo mismo.

Sin embargo, la fisura más profunda entre los estadounidenses y los europeos, no es la

percepción o actitud. Es la idea de singularidad y muchas de las extrañas impresiones o profundas

indiferencias entre los dos orígenes de esta idea. Por ejemplo, un amigo señalaba que hablaba

cuatro idiomas, pero los estadounidenses parecen incapaces de aprender uno. Yo señalaba que si

él hacía un viaje por el fin de semana él necesitaría hablar cuatro idiomas. Los ciudadanos de los

EE.UU. no necesitan aprender cuatro idiomas para viajar 3.000 millas. El diálogo entre Europa

y EE.UU. es un diálogo entre una sola entidad y la torre de Babel.

EE.UU. es un país unificado con políticas en lo económico, defensa y exterior unificadas.

Europa nunca se ha unido totalmente; de hecho, en los últimos cinco años se ha ido desintegrando.

La división, como también un orgullo fascinante en esa división, es una de las características

determinantes de Europa. La unidad, como también las convicciones fascinantes de que todo se

desune, es una de las características determinantes de los EE.UU.

Obsesión y Temor

El pasado de Europa es magnífico y su magnificencia puede verse en las calles de

cualquier capital europea. Su pasado lo obsesiona y lo atemoriza. Su futuro no está definido,

pero su presente se caracteriza por una negación y distancia de su pasado. La historia de EE.UU.

es mucho más somera. Los estadounidenses construyen centros comerciales sobre campos de

batalla sagrados y derriban edificios después de 20 años. EE.UU. es un país de amnesia. Está

obsesionado con su futuro y Europa está paralizada por su pasado.

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Centro de Investigaciones Navales y Marítimas

BOLETÍN DE ACTUALIDAD 03/2013

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Siempre que visito Europa – nací en Europa – me impresiona cuán profundamente

diferentes son los dos lugares. Me impresiona, así mismo, lo que les desagrada a los europeos

EE.UU. y su desprecio hacia ese país. También me impresiona cuán poco importan los

estadounidenses.

Existe una conversación de la relación transatlántica. No se ha ido, ni siquiera se ha

desgastado. Los europeos vienen a EE.UU y los estadounidenses viajan a Europa, y ambos

disfrutan en los respectivos lugares. Pero la conexión es mínima. Donde antes hacíamos la

guerra juntos, ahora tomamos vacaciones. Es difícil construir una política siria con ese marco,

para qué hablar de una estrategia del Atlántico Norte.

Traducción extraída del texto: “Geopolitical Journey: the U.S.-European Relationship,

Then and Now, Geopolitical Weekly, Stratfor, 24 de Septiembre, 2013.

Referencias

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