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1. LAS ÚLTIMAS PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ

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Academic year: 2021

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1. LAS ÚLTIMAS PALABRAS DE

JESÚS EN LA CRUZ

INTRODUCCIÓN

Durante esta semana, veremos las acciones y las declaraciones finales de aquel que dio su vida por todos nosotros. Vamos a reflexionar en las últimas palabras de Jesús en la cruz. Son palabras de esperanza.

Leamos los siguientes textos: Lucas 23:34, 43; Juan 19:26, 27; Mateo 27:46; Juan 19:28; Lucas 23:46; y Juan 19:30.

DESARROLLO

Estas son las siete declaraciones memorables y solemnes dichas por Jesús en la cruz. Fue el discurso de despedida más importante de la historia del mundo. Jesús lo pronunció desde el púlpito de la cruz, en la capilla del Gólgota, el viernes antes de la Pascua, aproximadamente 33 años después de su nacimiento.

A pesar de que las Escrituras cubren miles de años y registran las palabras que dijeron en vida centenares de hombres y mujeres, son pocas, poquísimas, las palabras pronunciadas por personas que estaban al borde de la muerte registradas en su totalidad, como es en el caso de Jesús.

Nadie jamás captó los susurros de un hombre al borde de la muerte como lo hicieron los escritores de los evangelios, al tomar del Calvario las “siete cuerdas de la sinfonía de la redención”.

Durante su ministerio personal, Jesús tuvo varios púlpitos: la cima de una montaña, un tejado, un banco, un pozo. Pero nunca tuvo un púlpito igual al de la cruz. Nunca hubo allí un predicador como el Señor, nunca hubo una congregación como aquella reunida en el Lugar de

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la Calavera y nunca hubo un sermón como las últimas palabras de Jesús.

Pero ¿por qué son tan importantes las palabras de Cristo en la cruz?

1. El número siete tiene un significado muy especial, tanto en la literatura bíblica como en la universal. Cicerón ya decía: “En todo cuanto existe, el número siete prevalece”. Por ejemplo: siete son los días de la semana, siete las maravillas del mundo antiguo, siete los colores del arco iris, siete las notas musicales, siete las colinas de Roma, y siete fueron las palabras de Cristo en la cruz. En la Biblia encontramos más de ochocientas referencias al número siete. Por ejemplo: las siete iglesias del Apocalipsis, los siete sellos, las siete trompetas, etc. El número siete indica plenitud, perfección. Y, en estas siete palabras encontramos un mensaje perfecto, pleno. Un mensaje que nos habla de un Salvador que, en la hora de su muerte, tenía su corazón lleno de amor, amor que se derramó en palabras de esperanza. Sus heridas no fueron curadas, para que las nuestras lo fuesen. Sus aflicciones fueron inmensas, para que las nuestras fuesen sanadas.

2. Cuando una persona está por morir, todos quieren oír lo que tiene para decir. Si las palabras finales de un ser querido son recogidas y citadas por los familiares como un recuerdo precioso, mucho más significativas son las que Cristo pronunció sobre la cruz. El Señor no habló aleatoriamente o solo por hablar. En cada expresión hay un fundamento, hay un significado. Fueron pocas sus palabras en el largo silencio de aquel día en que estaba suspendido sobre un madero. Las absorbentes y aniquiladoras agonías de la cruz no turbaron el orden y la armonía de su misión en la vida. Las últimas siete frases de Cristo pueden ser comparadas con siete ventanas por donde contemplamos la nobleza de su carácter. Esas frases son tan importantes

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que los cuatro evangelistas citaron por lo menos una de ellas.

3. El registro de la historia humana revela que muchas de las personas que fueron sentenciadas a la pena de muerte tuvieron la oportunidad de expresar las últimas palabras que querían decir antes de morir. Algunos insistieron hasta el final en su inocencia. Otros mostraron su ira y su indignación contra los que los ejecutaron. Pocos reconocieron que merecían el castigo, en una actitud de arrepentimiento. Sin embargo, las palabras que Jesús pronunció en los momentos de su agonía, en aquella cruz, revelan el carácter santo y el propósito amoroso del Hijo de Dios para nosotros. ¡Sus palabras no fueron de amargura, de cobardía, de frustración ni de maldición! En una situación tan adversa, Jesús les dijo aquel día, a los que estaban allí, las mismas palabras que nos dice hoy a nosotros:

a) Palabras de perdón: “Padre, perdónalos...” Aquí vemos el maravilloso amor de Jesús, aun sufriendo injustamente por causa de las acusaciones de los judíos y la violencia de los romanos. Jesús pedía al Padre que los perdonara.

b) Palabras de certeza: “Estarás conmigo en el paraíso”. No importa donde estemos, no importa cuán pecadores seamos, si nos arrepentimos, confesamos nuestro pecado y aceptamos la salvación de Jesús, no solo tenemos paz en este mundo, sino también la seguridad de la vida eterna en el Paraíso celestial.

c) Palabras de provisión: “Mujer, he ahí tu hijo... hijo, he ahí tu madre”. Las relaciones humanas son tiernas. Y, cuando Jesús vio a María, su madre, al pie de la cruz, tomó providencias en favor de ella. Le dio instrucciones a Juan para que la cuidara. Eso revela el cuidado de Cristo para con aquellos que son suyos, aquellos que lo siguen, por la fe en su Palabra. Estas mismas palabras de provisión son

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extensivas a nosotros, pues somos de la familia de Dios. Él es nuestro Padre y Jesús es nuestro hermano mayor y, como el mismo Jesús dijo: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la Palabra de Dios, y la hacen” (Luc. 8:21).

d) Palabras que expresan sufrimiento: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” La muerte es separación, y la muerte eterna es separación de Dios. Jesús sufrió las agonías de la condenación final que tendrían que sufrir todos los impenitentes, que en la Biblia se la llama la “segunda muerte”, cuando recibió la carga completa de nuestros pecados, haciéndose “pecado por nosotros” (ver 2 Cor. 5:21). Gracias a Dios, Jesús venció la segunda muerte, o condenación final del pecado, para que usted y yo jamás tengamos que pasarla. Jesús pronunció palabras de sufrimiento para que nunca, jamás, usted y yo suframos los horrores de la segunda muerte. Eso solo depende de usted, de mí; solo depende de que lo aceptemos como a nuestro Sustituto, quien ocupó nuestro lugar. ¿Lo acepta usted?

e) Palabras de agotamiento: “Tengo sed”. No era un reclamo, ni un pedido; apenas la simple afirmación de un hecho. Una lección obvia de que era de carne y hueso. Tenía hambre y sed como nosotros, y es por eso que se compadece de nosotros. “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia” (Heb. 4:15, 16). Gracias a Dios que tenemos un Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nosotros. ¿Por qué no llegamos hoy al Trono de la gracia confiadamente en busca de perdón, transformación y salvación?

f) Palabras de victoria: “Consumado es”. Esta fue la declaración de victoria del Señor Jesús al mundo, a los hombres, al diablo, a los ángeles y a su Padre celestial. Él había pagado, consumado su obra redentora. El precio de nuestra deuda estaba totalmente pagado. Nuestro precio

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fue pagado; la victoria de Cristo es la certeza de nuestra victoria sobre el mundo con todas sus seducciones, sobre la carne con todas sus inclinaciones y sobre Satanás con todas sus tentaciones. Con Cristo seremos victoriosos sobre esta terrible confederación del mal: el mundo, la carne y el diablo.

g) Palabras de entrega: “En tus manos encomiendo mi Espíritu”. La muerte no venció a Jesús; por lo contrario, él ofreció voluntariamente su vida. La muerte no fue al encuentro de Jesús; él fue a su encuentro. Al referirse a su vida y su muerte, dijo: “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo” (Juan 20:18). Jesús vivió una vida de entrega al Padre y, en la hora de su muerte, su disposición no podría ser otra, a no ser entregarse. En forma semejante, usted y yo necesitamos vivir una vida de entrega al Padre, para que si pasamos por la muerte podamos descansar, dormir seguros en sus brazos de amor.

4. Y el último motivo por el cual es importante meditar, estudiar las últimas palabras de Cristo en la cruz, está en lo que dice la escritora cristiana Elena G. de White en su libro El Deseado de todas las gentes, página 63: “Sería bueno que cada día dedicásemos una hora de reflexión a la contemplación de la vida de Cristo. Debiéramos tomarla punto por punto, y dejar que la imaginación se posesione de cada escena, especialmente de las finales. Y, mientras nos espaciemos así en su gran sacrificio por nosotros, nuestra confianza en él será más constante, se reavivará nuestro amor y quedaremos más imbuidos de su Espíritu. Si queremos ser salvos al fin, debemos aprender la lección de penitencia y humillación al pie de la Cruz”.

CONCLUSIÓN

Ante lo que acabamos de escuchar, queremos dejarle a usted una invitación: a partir de mañana estudiaremos las

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siete últimas frases de Cristo en la cruz. Son siete declaraciones de su amor por nosotros. Mañana estudiaremos la primera, que es una declaración de perdón. El perdón es algo que necesitamos día a día. ¿Cuántos de ustedes, por la gracia de Dios, quieren levantar la mano diciendo que estarán aquí mañana para un nuevo encuentro con Jesús? ¡Amén!

Referencias

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