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Universidad de Cantabria Máster en Prehistoria y Arqueología Curso 2013-2014

Trabajo Fin de Máster

Estudio arqueológico, antropológico y tafonómico de los restos humanos de la cueva sepulcral de El Espinoso (Ribadedeva, Asturias)

Borja González Rabanal Directores: Dr. Manuel Ramón González Morales Dra. Ana Belén Marín Arroyo

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2 ÍNDICE

1. Resumen... Pág. 5. 2. Introducción... Pág. 6. 2.1. La muerte durante la Prehistoria Reciente: Estado de la Cuestión... Pág. 6. 2.2. Contexto cronológico y geográfico... Pág. 11. 2.3. El yacimiento: la cueva de El Espinoso... Pág. 12. 2.3.1. Descripción... Pág. 12. 2.3.2. Historia de las excavaciones... Pág. 13. 2.3.3. Materiales de estudio... Pág. 19. 3. Objetivos del trabajo... Pág. 20. 4. Metodología... Pág. 21. 4.1. Introducción y análisis multidisciplinar... Pág. 21. 4.2. Clasificación de los restos... Pág. 21. 4.3. Determinación de la edad, sexo y estatura... Pág. 22. 4.4. Unidades de cuantificación... Pág. 29. 4.5. Estudio tafonómico... Pág. 30. 4.5.1. Introducción: la Tafonomía... Pág. 30. 4.5.2. Meteorización... Pág. 31. 4.5.3. Disolución... Pág. 32. 4.5.4. Concreción... Pág. 33. 4.5.5. Marcas de carnívoros... Pág. 34. 4.5.6. Quemado... Pág. 35. 4.5.7. Fracturación... Pág. 36. 4.5.8. Tinción de manganeso... Pág. 37. 4.5.9. Actividad bacteriana... Pág. 38. 4.5.10. Erosión... Pág. 38. 4.5.11. Pisoteo... Pág. 38. 4.5.12. Marcas de corte... Pág. 39. 4.6. Registro de la información: elaboración de una base de datos... Pág. 40. 4.7. Análisis de isótopos estables... Pág. 43. 5. Resultados y discusión... Pág. 46. 5.1. Representación de especies... Pág. 46. 5.2. Resultados cuantitativos: NR, NME, NMI y TF... Pág. 47.

5.2.1. Homo sapiens sapiens... Pág. 47. 5.2.1.1. Craneal... Pág. 47. 5.2.1.1.1. Cráneo... Pág. 47. 5.2.1.1.2. Dientes... Pág. 48. 5.2.1.2. Axial... Pág. 50. 5.2.1.2.1. Columna vertebral... Pág. 50. 5.2.1.2.2. Costillas... Pág. 50. 5.2.1.2.3. Pelvis... Pág. 51.

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3 5.2.1.2.4. Escápula... Pág. 51. 5.2.1.2.5. Clavícula y esternón... Pág. 52. 5.2.1.3. Extremidad anterior... Pág. 52. 5.2.1.3.1. Húmero... Pág. 52. 5.2.1.3.2. Cúbito... Pág. 53. 5.2.1.3.3. Radio... Pág. 53. 5.2.1.3.4. Carpales... Pág. 54. 5.2.1.3.5. Metacarpos... Pág. 54. 5.2.1.4. Extremidad posterior... Pág. 55. 5.2.1.4.1. Fémur... Pág. 55. 5.2.1.4.2. Rótula... Pág. 56. 5.2.1.4.3. Tibia... Pág. 56. 5.2.1.4.4. Peroné... Pág. 57. 5.2.1.4.5. Calcáneo... Pág. 57. 5.2.1.4.6. Astrágalo... Pág. 58. 5.2.1.4.7. Tarsales... Pág. 58. 5.2.1.4.8. Metatarsos... Pág. 58. 5.2.1.5. Falanges... Pág. 59. 5.2.2. Fauna... Pág. 60. 5.2.2.1. Bos taurus... Pág. 60. 5.2.2.2. Ovicápridos... Pág. 61. 5.2.2.3. Sus domesticus... Pág. 62. 5.2.2.4. Cervus elaphus... Pág. 62. 5.2.2.5. Microfauna y avifauna... Pág. 62. 5.2.3. Huesos no reconocibles... Pág. 63. 5.2.4. Conclusiones de la representación ósea humana... Pág. 63. 5.3. Representación del sexo... Pág. 64. 5.4. Representación de la edad... Pág. 75. 5.5. Representación de la estatura... Pág. 77. 5.6. Resultados tafonómicos... Pág. 80. 5.6.1. Índice de Representación Anatómica... Pág. 80. 5.6.2. Tasa de Fragmentación... Pág. 82. 5.6.3. Meteorización... Pág. 84. 5.6.4. Disolución... Pág. 86. 5.6.5. Concreción... Pág. 87. 5.6.6. Marcas de carnívoros... Pág. 88. 5.6.7. Quemado... Pág. 89. 5.6.8. Fracturación... Pág. 91. 5.6.9. Tinción de manganeso... Pág. 93. 5.6.10. Actividad bacteriana... Pág. 93. 5.6.11. Erosión... Pág. 94.

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4 5.6.12. Pisoteo... Pág. 94. 5.6.13. Marcas de corte... Pág. 95. 5.7. Análisis espacial... Pág. 95. 5.8. Patologías presentes en la población de El Espinoso... Pág. 100. 5.9. Paleodieta de la población de El Espinoso... Pág. 101. 5.10. Ajuar y ritual de los enterramientos... Pág. 102. 5.11. Hábitat y organización socioeconómica... Pág. 106. 6. Conclusiones... Pág. 108. 7. Summary... Pág. 111. 8. Agradecimientos... Pág. 112. 9. Bibliografía... Pág. 113.

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5 1. RESUMEN

Durante el Calcolítico y la Edad del Bronce cantábrico, los grupos humanos inhumaban a sus muertos en cuevas de difícil acceso. Este Trabajo Fin de Máster se centra por primera vez en el estudio arqueológico, antropológico y tafonómico de los restos humanos encontrados en 1993 en la cueva de El Espinoso (Ribadedeva, Asturias). Este yacimiento constituye el único enterramiento colectivo de la Edad del Bronce en Asturias.

PALABRAS CLAVE

Cueva sepulcral, Edad del Bronce, Cueva de El Espinoso, enterramiento colectivo, Oriente de Asturias.

ABSTRACT

During the Chalcolithic and Bronze Age in the Cantabrian Region, Spain, the human groups buried their dead depositing them in narrow caves. This Master dissertation is based on the anthropological, archaeological and taphonomic study of human remains found in 1993 in El Espinoso Cave, located in Ribadedeva (Asturias). This study presents novel methodological aspects and it constitutes the only collective burial known from the Bronze Age in Asturias.

KEYWORDS

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6 2.INTRODUCCIÓN

2.1. La muerte durante la Prehistoria Reciente: Estado de la cuestión

Durante miles de años, el hombre prehistórico ha enterrado en cuevas a sus congéneres en diversas partes de la Península Ibérica y Europa. Esta costumbre funeraria de sepultar a los muertos en la superficie de las cuevas es una tradición que obedece sobre todo a una tradición que surge durante el Neolítico y perdura hasta la Edad del Hierro, aunque sin duda alguna el Calcolítico y la Edad del Bronce son los momentos de máximo apogeo de esta tradición. Sin embargo, se conoce la utilización de estas cavidades en épocas anteriores durante el Paleolítico y Mesolítico (Straus et al., 2011; Fernández Tresguerres, 1976; Arias Cabal y Pérez Suárez, 1990), y también posteriores, a lo largo de la tardoantigüedad y la Edad Media (Hierro Gárate, 2011; Hierro Gárate y Gutiérrez Cuenca, 2012).

En la Península Ibérica se ha documentado la existencia de cuevas sepulcrales de esta dilatada época en Mallorca (Veny, 1968), Valencia (Fernández Vega, 1987; Pérez Fernández y Soler Mayor, 2010), Cataluña (Rovira Port, 1978; Armentano i Oller, 2013), La Rioja (Rodanés Vicente, 1997), País Vasco (Armendáriz y Etxeberría, 1983; Armendáriz, 1990), Cantabria (Ángeles Valle et al., 1996; Ontañón, 2003) y Asturias (Blas Cortina, 1983; Arias Cabal et al., 1986; González Morales, 1993; Barroso et al.; 2007), entre otros lugares.

En particular, se denomina cuevas sepulcrales a aquel conjunto de cuevas de pequeñas dimensiones, incluso a veces simples oquedades en la roca caliza que dan sepultura a un número variable de seres humanos. Suelen estar formadas por galerías pequeñas, techos bajos y accesos, cuanto menos, difíciles. En ocasiones, se levantan en escarpadas paredes calizas, donde es necesario trepar para acceder a ellas, y en otras, la boca de la cueva es reducida (Armendáriz y Etxeberría, 1983).

Aceptando la elección de los grupos humanos de este tipo de cuevas para la sepultura de sus muertos, dentro de este espacio sepulcral se seleccionan en algunos casos las zonas de estas cavidades más reducidas y “protegidas”, como las paredes o los nichos naturales que ofrece la roca caliza. En otras ocasiones, donde las cuevas son lo suficientemente inaccesibles y angostas, no se tiene especial consideración por proteger aun más los restos, como si la morfología de la cueva fuera ya suficiente por sí sola (Armendáriz, 1990).

El sistema de inhumación consiste, en la gran mayoría de los casos, en la simple deposición de los cadáveres sobre la superficie de las cuevas en los distintos lugares elegidos para ello. No se realizan fosas, ni ningún tipo de estructura perimetral o cubrición, ni alteración artificial de la superficie. Sí se ha constatado en muchas de ellas reagrupamientos de los huesos más identificables (cráneo y huesos largos), y por lo tanto, distintas fases de enterramiento. Los enterramientos destacan por ser

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7 colectivos, con cuevas sepulcrales que superan ampliamente la decena de inhumaciones. No obstante, también existen algunos casos de inhumación individual. Sin embargo, lo que destaca por encima de todo es la existencia justificada (en muchos casos) de un sistema de andamiaje para hacer llegar los cuerpos a las cuevas más inaccesibles, ya sea mediante el izamiento o arriamiento mediante cuerdas, sofisticados andamios (para la época en cuestión), u otro tipo de sistemas. De lo contrario, no se entendería el acceso a estas cavidades (Ontañón, 2003).

También existen evidencias de cremación e incineración, o al menos un contacto con el fuego en algunas de estas cuevas. Sobre el objetivo de estas prácticas se ha debatido mucho, aunque se desconoce si estas prácticas tenían fines rituales, o eran realizadas como medidas de saneamiento de espacio sepulcral para dar cabida a otros cuerpos. Por otra parte, se ha puesto de manifiesto una relación intrínseca con un supuesto arte esquemático de la Edad del Bronce (Armendáriz y Etxeberría, 1983).

En cuanto a los tipos de ajuar destaca la gran variedad de materiales de diferente índole (cerámicas, industrias líticas, óseas o metálicas, objetos de adorno metálicos, fauna…). No obstante, la seña de identidad principal de estos ajuares es el carácter paupérrimo de los registros, ya sea porque no se han documentado ningún tipo de ajuares en muchas de ellas, por su alta fragmentación o a causa de la violación del depósito por buscadores de tesoros. El hecho de que los cadáveres se encuentren en superficie, favorece esta escasez de elementos de ajuar y la remoción de los materiales (Armendáriz, 1990).

El modelo ideal de cueva sepulcral dista mucho de ser unívoco, clarificador y homogéneo en todos los yacimientos. Diversos factores son los causantes de que esta imagen idílica se distorsione. En primer lugar, los procesos tafonómicos son en gran medida los responsables de la remoción y alteración de los materiales. La acción biológica de carnívoros u otros animales tiende a desplazar y eliminar del registro una parte importante del mismo. Los procesos físico-químicos que se dan en las cuevas, con caídas de bloques, disolución por acción del agua, y concreciones que se crean sobre los huesos, tienden a alterar el registro. Igualmente, estas cuevas están muy alteradas por los furtivos, cuya acción destruye mucha parte del contexto arqueológico.

Hasta la actualidad, muy pocos son los trabajos en depósitos arqueológicos funerarios donde la reconstrucción de los procesos tafonómicos tenga gran peso en los estudios antropológicos. Algunos trabajos actuales han comenzado a insertar este tipo de metodología en restos humanos de cuevas sepulcrales en la Península Ibérica. Como ejemplo de ello, se pueden mencionar dos tesis doctorales recientes, que abarcan el estudio de las huellas de manipulación antrópica y no antrópica en los restos humanos de la cueva neolítica de Malalmuerzo (Granada) o el estudio

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8 tafonómico de varias cuevas sepulcrales catalanas de la Edad del Bronce en Cataluña (Solari Giachino, 2010; Armentano i Oller, 2013).

Por otra parte, se disponen de muy pocas dataciones absolutas que ayuden a clarificar el entramado contextual de este tipo de yacimientos, si tenemos en cuenta el gran volumen de cuevas sepulcrales existentes sólo en la Cornisa Cantábrica. La mayoría de las excavaciones fueron realizadas en épocas antiguas, donde las nuevas metodologías de prospección y excavación, las tecnologías o los estudios tafonómicos aún no habían irrumpido en nuestra disciplina. De esta manera, muchos de estos yacimientos eran datados relativamente a partir de los distintos elementos de ajuar encontrados, llegando a calificar como “sepulcral” cualquier resto humano que apareciese en superficie. A partir de los años 90 se ha observado, gracias a métodos de datación por radiocarbono, como muchas de estas cuevas pertenecían a distintos períodos de la Prehistoria Reciente, incluso a épocas prerromanas, visigodas o medievales. Por lo que, este modelo funerario debe ser tratado con cautela y matices. Si bien es cierto, que esto refleja una tradición funeraria que se ha extendido a lo largo de miles de años, muy poco se sabe de los lugares de habitación de estas poblaciones, aunque existen poblados que atestiguan un modelo de hábitat del territorio. Sin embargo, el hallazgo de hábitats al aire libre es una tarea abonada al azar y a una prospección intensiva.

Por último, el clásico tipo de cueva sepulcral pequeña y angosta no es el único. También se han encontrado restos humanos en cuevas grandes con niveles de habitación. En este tipo de lugares, la deposición de los cadáveres se realizaba en las zonas de la cueva más escondidas. Y también se engloban dentro del mundo de las cuevas sepulcrales, donde destaca la deposición de los muertos en superficie, yacimientos en los que fueron hallados los materiales en niveles estratigráficos. Por lo que una vez más el modelo dista de ser unívoco.

En la Región Cantábrica, espacio geográfico que nos atañe en este trabajo, se han documentado más de 300 cuevas sepulcrales. En el País Vasco existen unas 160, mientras que en Cantabria 180, y en Asturias existen apenas una docena (Arias Cabal y Armendáriz, 1998). Un factor condiciona la situación de estas cuevas, la litología. Todas ellas se sitúan en ambientes calizos. Se aprecia como el núcleo de la tradición es el País Vasco y Cantabria, y cómo a medida que se avanza hacia el Oeste de la Región Cantábrica, el número de cuevas sepulcrales disminuye. Esto puede ser debido a una menor labor prospectiva en la región asturiana, o una mayor tradición en el País Vasco y Cantabria, pero muchas de estas cuevas han sido situadas recientemente en la tardo-antigüedad y otras permanecen sin excavar o han sido excavadas de manera poco precisa en épocas antiguas. Por otra parte, la pertenencia a la Edad del Bronce de algunas de ellas es poco precisa. No obstante, el desarrollo geográfico de la tradición, parece algo seguro.

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9 Durante algunos cientos de años convivieron en la Cornisa Cantábrica dos tradiciones funerarias distintas: las cuevas sepulcrales y los monumentos megalíticos. Algunos autores (Ontañón, 2003; Ontañón y Armendáriz, 2005) han puesto de manifiesto las diferencias entre estos dos ambientes basándose en el estudio de los contextos arqueológicos y geográficos de las distintas cuevas y megalitos de la Región Cantábrica. Por otra parte, también existe un tercer tipo de contexto mortuorio, el de los hallazgos antropológicos asociados a minerías prehistóricas (Blas Cortina, 1996), que respondería a otro tipo de práctica funeraria relacionada con la explotación del mineral del cobre en las minas.

En primer lugar, se interpreta que existe una distinción latitudinal entre ambos espacios. Las cuevas sepulcrales se dan en zonas bajas litorales o cercanas a los valles fluviales, de densa ocupación, donde se dan todas las actividades económicas y el espacio de habitación. No superan generalmente los 400 metros de altura. No obstante, se busca la separación del espacio funerario del espacio de habitación, por eso se eligen cavidades angostas e inaccesibles. Por su parte, las estructuras megalíticas se alzan en zonas de media-alta montaña, en zonas alomadas de gran visibilidad y en puntos prominentes del paisaje, lo que responde a un deseo de monumentalizar. Estas zonas son de baja densidad poblacional, al menos durante una gran parte de año, ya que en estos lugares se dan unas condiciones climáticas más adversas. Por lo que, en estas zonas se daría una especialización económica bien definida, ya sea ganadería o minería. Además se establecen en zonas de frontera asociadas al tránsito humano y al contacto entre grupos. De esta manera se aprecian las diferencias entre distintos espacios y ambientes (Ontañón, 2003).

La historiografía ha ofrecido dos hipótesis diferentes a este fenómeno. Por un lado, la tradicionalista señalaba que dos poblaciones diferentes habrían convivido en una misma época, como consecuencia de la migración al norte de las gentes de la meseta, que practicaban el megalitismo como forma de dar sepultura a sus muertos. En esta región, habitarían otras gentes cuya forma de enterrar a sus allegados se basaría en el fenómeno de las cuevas sepulcrales, que por otra parte tiene una marcada tradición en fases más antiguas de la Prehistoria cantábrica (Arias Cabal y Pérez Suárez, 1990). No obstante, otra hipótesis actualista, a partir de los ajuares analizados en unos y otros espacios muestran que más bien estos dos fenómenos serían la respuesta a dos factores socioeconómicos distintos de una misma realidad cultural (Ontañón y Armendáriz, 2005).

Por otro lado, es necesario reseñar algunos factores que han podido influir en este mosaico de tradiciones funerarias. No cabe duda que entre el fenómeno de las cuevas sepulcrales y el de los monumentos megalíticos existen diferencias latitudinales, incluso socioeconómicas. Sin embargo, parece lógico señalar a los distintos ambientes litológicos de la región cantábrica como agentes dinamizadores y

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10 que provocan el uso y explotación de unos u otros espacios, al menos en la mayoría de los casos. Es cierto la existencia de lugares en los que conviven ambas tradiciones (Rioja alavesa) a menos de dos kilómetros de distancia. No obstante, parece mayoritaria la dualidad caliza-cuevas sepulcrales respecto a los monumentos megalíticos, que se erigen sobre todo en zonas no calizas, aunque también están presentes en estos ambientes. De esta manera, este comportamiento estaría condicionado por la economía del esfuerzo. En zonas de roquedo calizo, con presencia de gran cantidad de cavidades, los grupos que habitaban en esos entornos aprovechaban la existencia de estas pequeñas cavidades para dar sepultura a los muertos, ahorrándose así la ardua tarea de construcción de un espacio megalítico. Por lo contrario, las gentes que habitaban en zonas donde la caliza escaseaba preferían levantar estos grandes bloques. Sin embargo, esta afirmación dista mucho de ser perfecta. Otros factores, como el simbolismo latente que se manifiesta en las cuevas sepulcrales a través de un deseo de ocultación en cavidades de difícil acceso (que se nos escapa por el momento), o el deseo de monumentalizar o territorializar en los megalitos, pueden estar detrás de estos fenómenos.

En otros casos, también la cronología juega un papel importante. Cierto es, que conviven durante un lapso de tiempo determinado, pero ese periodo es recatado en el tiempo, entre mil y dos mil años. El uso de cuevas sepulcrales hunde sus raíces a lo largo de toda la Prehistoria reciente e incluso llega a épocas medievales (Hierro Gárate, 2011; Hierro Gárate y Gutiérrez Cuenca, 2012), mientras que el megalitismo comienza a perder importancia desde el Calcolítico hasta que desaparece. Además, en las áreas donde conviven estas tradiciones, no está clara la contemporaneidad de ambos ambientes. A pesar de todo, una interpretación unificadora de todos estos factores ayuda a clarificar este fenómeno.

En Asturias, región en la que se encuentra la cueva de El Espinoso, las cuevas sepulcrales del Calcolítico y la Edad del Bronce no superan la docena. La cueva de El Bufón (Vidiago, Llanes) arrojó la cifra de cuatro cráneos junto a otros materiales arqueológicos. Son conocidas las inhumaciones individuales de Fuentenegroso y La Llana (actualmente en estudio antropológico); los restos humanos del Abrigo de El Toral III, o el trío de cuevas sepulcrales del concejo de Onís, conocidas como El Cuélebre, Sulamula y Trespando, que da nombre a la conocida cerámica. Únicamente se han realizado dataciones en tres de ellas: El Toral III (4690 ± 30 BP), La Llana (3300 ± 25 BP) y Fuentenegroso (2550 ± 40 BP). La cuarta, se realiza en El Espinoso (Arias Cabal et al., 1986; Ontañón, 2003; Barroso et al., 2007; Noval Fonseca, 2014).

Ahora bien, se tienen vagas y muy antiguas referencias de hallazgos de restos humanos en varias cuevas de la región junto a otros materiales metálicos y cerámicos de diversa índole. Éstas son Cueva Fenoyal (Proaza), Cueva del Palacio o del Pelagón (Cubia, Grado), Cueva de Valdediós (Villaviciosa) y el Abrigo de Valle (Infiesto).

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11 Desafortunadamente, de la gran mayoría de ellas se desconoce el paradero de sus materiales, algunos consisten en hallazgos descontextualizados y aislados, y otros materiales han sido perdidos por el incendio que asoló la Universidad de Oviedo en 1934 (Blas Cortina, 1983).

Por otra parte, se han hallado restos humanos en otro tipo de contextos subterráneos en Asturias. Éstos pertenecen a las minas prehistóricas calcolíticas del Aramo (Lena) del que se recuperaron restos esqueléticos de 11 individuos; y de El Milagro (Onís), del que se documentó la existencia de 4 individuos. Estas minas se sitúan en la transición Bronce Antiguo-Bronce Pleno y sus inhumaciones estarían relacionadas con la tradición de sepultar en su medio de trabajo a los mineros que allí extraían el mineral (Blas Cortina, 1983).

Por lo tanto, dos conclusiones se pueden extraer del fenómeno de las cuevas sepulcrales en Asturias: la precariedad y escasez del registro. Se desconoce el paradero de algunos restos, de otros no se han hecho estudios antropológicos, y sobre todo, el número de cavidades de uso funerario en esta época es pequeño en comparación con otras regiones como Cantabria y el País Vasco. Lo que sí parece interesante, a la luz de los últimos hallazgos y estudios, es la existencia de una posible tradición funeraria en el Oriente de Asturias durante el Calcolítico-Bronce representada por las cuevas de El Bufón, Fuentenegroso, La Llana, El Toral y el Espinoso.

2.2.Contexto cronológico y geográfico

No son fáciles establecer los límites cronológicos de la Edad del bronce en el Cantábrico. La transición del Calcolítico-Bronce Antiguo y del Bronce Final-Edad del Hierro constituyen dos fenómenos muy difusos en el registro arqueológico. No menos claro parece la periodización interna de la Edad del Bronce, con similares problemas. A nivel de la Cordillera Cantábrica, no existen apenas yacimientos con buenas secuencias estratigráficas. Por otra parte, las dataciones aún son escasas, y a escala asturiana (región que nos atañe) aún más. A pesar de esto, los límites cronológicos empleados son los siguientes (Arias Cabal y Armendáriz, 1998): Bronce Antiguo (3800-3350 BP), Bronce Pleno (3350-3000 BP), y Bronce Final (3000-2650 BP).

Para el primer período (Bronce Antiguo), se tienen una serie de indicios arqueológicos que están relacionados con esa transición Calcolítico-Bronce Antiguo, como son las cerámicas de tipo Trespando, caracterizadas por decoraciones de líneas incisas paralelas. Estos materiales aparecen en cuevas del Oriente de Asturias como Trespando (Cangas de Onís), Arangas (Cabrales) o El Bufón (Llanes). Sin embargo, la mayor parte de materiales arqueológicos del Bronce Antiguo y Pleno, lo componen objetos metálicos, y sobre todo, las hachas planas (tipo Cabrales y otras más arcaicas como la de Los Fitos o el depósito de Gamonéu), cuyo contexto y atribución cronológica segura en la mayoría de ellas es impreciso. Sus dataciones se apoyan en

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12 secuencias de estudios morfo-tecnológicos de tipo orientativo. Otros objetos característicos de este periodo son las espadas, las puntas metálicas (ambas casi inexistentes en Asturias) y escasísimas representaciones de orfebrería en la zona centro-occidental asturiana destacando el anillo de tiras de Mata’l Casare en Lena y los discos áureos de Oviedo.

Ya en el Bronce Final, la tipología que manifiesta un cambio de periodo es el hacha de talón y anillas, muy frecuente en Asturias. Y también, la aparición de hoces de Bronce en el Occidente asturiano (Miranda, Castropol), la espada pistiliforme atlántica de Sobrefoz (Ponga) y puñales como el de Tineo. Otros tipos de objetos, como son los de adorno destacan en este periodo a partir de brazaletes como los de Llamero (Candamo) y Fuentenegroso (Sierra del Cuera). En el Bronce Final, Asturias se muestra como la región con mayor densidad y variabilidad de instrumentos metálicos de la Región Cantábrica, aspecto que puede estar relacionado con la explotación de las minas del cobre (Blas Cortina, 1983; Arias Cabal y Armendáriz, 1998; Blas Cortina, 2011).

El contexto geográfico en el que se sitúa el estudio de la cueva de El Espinoso se localiza en la zona oriental de Asturias. Esta región limita al Norte con el Mar Cantábrico y al Sur con la Cordillera Cantábrica. Entre ambos accidentes geográficos existe una distancia de entre 30-50 kilómetros dependiendo de cada zona (Gutiérrez Zugasti, 2009). No obstante, la distancia de la línea de costa actual frente a las primeras estribaciones montañosas (Sierra del Cuera, de unos 1000 metros de altitud), dista apenas 5 kilómetros. En este breve espacio geográfico, las sociedades prehistóricas han habitado desde hace miles de años. Es una región muy accidentada geológicamente, muy karstificada, por lo que los abrigos y cuevas son múltiples en esta parte de Asturias. La cercanía al mar, a los valles bajos y a la alta montaña configura una región ideal para vivir, y la existencia de estos ambientes calizos propicia la conservación de muchos yacimientos prehistóricos y protohistóricos.

El clima y medioambiente de la Edad del Bronce no sería muy distinto al actual, con temperaturas muy parecidas y una línea de costa casi igual que la que existe hoy en día en las costas asturianas. La geología sería por lo tanto idéntica a la que se observa a día de hoy, aunque la vegetación sería menos densa y variable (Ontañón, 2003).

2.3.El yacimiento: la cueva de El Espinoso 2.3.1.Descripción

La cueva de El Espinoso se encuentra al Oriente de Asturias, en el municipio de La Franca, perteneciente al concejo de Ribadedeva. Se levanta en un farallón calizo de unos 20 metros de altura que domina un valle ciego denominado El Juncal, próximo a la desembocadura del río Cabra. Su boca está orientada al SW y su acceso es algo

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13 dificultoso por la pendiente que caracteriza este ambiente calizo. En realidad, El Espinoso se inserta en un mismo sistema kárstico en el que se encuentran otras dos cuevas más, una en un nivel superior, y la otra en uno inferior. Las tres son testimonio directo de la historia y evolución de este complejo kárstico hacia niveles más bajos. En lo referente a la litología del yacimiento cabe destacar que las calizas son Aptenses (Cretácicas), las cuales alcanzan su máximo espesor en La Franca.

Figura 1. Mapa de la localización del yacimiento.

2.3.2. Historia de las excavaciones

En la boca más alta del sistema kárstico se halla un importante yacimiento arqueológico, descubierto en 1978 por el profesor Manuel González Morales y su equipo. Un año después, en 1979 se realizó la primera campaña de excavación de una semana de duración. El yacimiento, situado en el vestíbulo de la cueva, no había pasado desapercibido por los furtivos, llegando incluso a haber realizado varias catas. De los sedimentos de estas catas se recuperaron materiales líticos además de diversa fauna marina y terrestre de una aparente cronología paleolítica. En esa misma campaña, se documentó al final de la cueva en una angosta sala a la que se accedía a través de una pequeña y estrecha gatera, numerosos restos humanos esparcidos alrededor de toda la superficie de la sala. Estos restos humanos, descubiertos en la denominada Sala de los Muertos, son el objeto de estudio de este trabajo.

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14 Figura 2. Entrada y vestíbulo de la cueva de El Espinoso (La Franca, Ribadedeva). Al fondo del mismo, se realizó la excavación de 1979-80. También

se aprecian numerosos pozos furtivos.

En 1980, se continuó con la exploración de todo el sistema y se realizó un sondeo al final del vestíbulo de la cueva en el cuadro E-19. Se hallaron más materiales líticos y algunos ejemplos de industria ósea, fauna terrestre como ciervo y cabra, y gran cantidad de conchas Patella vulgata de grandes dimensiones. A pesar de la limitada información con la que se cuenta, se interpretó una cronología relativa al Magdaleniense Arcaico, por las características del registro arqueológico.

En 1993, en una inspección de la cueva realizada por el mismo equipo de excavación, se documentaron nuevas remociones modernas en la Sala de los Muertos, por lo que se procedió a la recogida de los huesos humanos para preservar su conservación. Para ello se cuadriculó la sala y se guardó el material hallado en superficie en bolsas, cuya única referencia era el cuadro en el que se habían encontrado (González Morales, 1995).

En 2009, una serie de fotografías fueron cedidas al profesor Manuel González Morales, en las que se observan tres pulseras de metal color verdoso, un anillo y un pendiente. Estos elementos de ajuar eran de bronce y daban pistas sobre la cronología de este yacimiento. Estas fotografías fueron mostradas por el alcalde del concejo de Ribadedeva, el cual afirmaba que se les había entregado un presunto furtivo que las habría extraído de la cueva de El Espinoso.

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15 Figura 3. Plano en planta de la cueva de El Espinoso (Cuenca Solana, 2013).

Posteriormente, en 2011, con motivo de la realización de una tesis acerca de la utilización de instrumentos de concha en la fachada atlántica europea, se enviaron dos muestras de dos huesos a datar para situar el yacimiento de El Espinoso en su contexto cultural. Estas corroboraron lo que se había interpretado previamente y arrojaron unas fechas de: 17.460 ± 50 BP y 17.310 ± 40 BP, situando el yacimiento paleolítico en las fases finales del Solutrense, principios del Magdaleniense (Cuenca Solana, 2013).

Ya en 2014 y con motivo de la realización de este Trabajo de Fin de Máster se envió una muestra de una tibia humana a datar con el objetivo de otorgar un contexto cronológico preciso a los muertos de El Espinoso, hallados al final de la cueva en la denominada Sala de los Muertos (Figura 3). Esta muestra no contenía colágeno, por lo que se decidió enviar un diente humano cuya fecha es 2960 ± 40 BP (ICA-14T/0804), calibrada 1290-1030 BC, lo que sitúa el yacimiento en el Bronce Pleno Tardío. En Marzo de 2014 se realizó una visita a la cueva con el fin de documentar el estado de conservación del yacimiento con el pertinente permiso de la Consejería de Cultura del Principado de Asturias. Conocidas las continuas visitas de buscadores de tesoros a la cavidad, la existencia de las ya mencionadas fotografías, y con motivo de la elaboración de este trabajo, se hizo indispensable una exploración del complejo.

Este sistema kárstico ha sido transitado durante muchos años por los vecinos del concejo a causa de la existencia de una quesería en la cueva del nivel superior. Además, en la zona del vestíbulo de la cueva, existen numerosos pozos furtivos tanto en el centro de la entrada como en los recovecos de las paredes. No obstante, cuando

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16 se accedió al yacimiento se tuvo la impresión de que había nuevos pozos, o por lo menos que habían revuelto los distintos agujeros furtivos, pues existían una gran cantidad de conchas y restos óseos de fauna en superficie. Estos materiales concuerdan con los recuperados por Manuel González Morales en 1979 y 1980 al final del vestíbulo de cronología Magdaleniense.

Figura 4. Ejemplo de pozo furtivo en el vestíbulo de la cueva, anterior a la Sala de los Muertos.

Una vez fotografiado y documentado todo lo que se creyó conveniente, se accedió a la Sala de los Muertos. Lo que se había observado en el exterior, se vio refrendado en el interior de la cueva. En primer lugar, antes de la Sala de los Muertos, en los aledaños de la gatera de entrada a la sala, junto a un recoveco de la pared, existía un pozo furtivo en el que se observaban huesos de fauna, un calcáneo, vértebras y una calota craneal entre otros huesos humanos (como se puede apreciar en la Figura 5). En esta área nunca se habían documentado restos humanos, y en ese lugar existía un montículo de piedras, que ahora se encuentran distribuidas junto a los huesos.

Figura 5. Pozo furtivo en la antesala de la Sala de los Muertos. Se aprecian numerosos huesos faunísticos y humanos revueltos.

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17 Ya en la Sala de los Muertos, se hallaron algunos huesos humanos más en superficie y se fotografiaron los más reseñables. En cuatro zonas distintas de la sala se detectaron evidencias de acciones furtivas, pues el sedimento estaba fresco, habían desplazado las piedras en su intento de excavar el subsuelo, y se observaban huesos a la intemperie. Teniendo en cuenta que el profesor Manuel González Morales y su equipo retiraron todos los huesos de la superficie en 1993, la presencia de más huesos hace reflexionar al respecto.

En el sector conocido como Nicho 8, que corresponde a un recoveco natural en la pared, se aprecian en la Figura 6, los daños causados. En la imagen de 1993 se aprecian huesos dentro del recoveco, y en la imagen actual se aprecia la remoción de los materiales, un calcáneo a la derecha de la imagen y la piedra que aparece en la esquina inferior derecha desplazada ligeramente.

En la Figura 7, perteneciente al sector conocido como Nicho 5, se observa el cambio evidenciado del sedimento, estando mucho más revuelto y fresco en la imagen del 2014 que en la del 1993. Por lo que parece, aquí no se conservan huesos. Algo parecido ocurre en el Nicho 1, donde se ven los sedimentos más frescos y una importante removilización de las piedras que allí se encuentran (Figura 8).

Finalmente, la cuarta zona afectada pertenece al cuadro W19 (Figura 9). Aquí, si bien es cierto que había un revuelto furtivo previo, existen algunos datos que hacen pensar que ahí se ha removido más aún la tierra. Esto lo corrobora la presencia de más huesos por la superficie entre las estalagmitas (recordemos que se retiraron de la misma los huesos en 1993); la ausencia en la foto actual de un bloque de piedra que se aprecia al final de la sala en la fotografía de 1993; y la presencia de un hueso de fauna apoyado sobre la colada del fondo de la fotografía de 2014, que aunque no se aprecia en la foto de 1993 por su calidad, no se encontraba allí en esa época.

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18 Figura 7: comparación de fotografías de 1993 y 2014 del sector: Nicho 5.

Figura 8: comparación de fotografías de 1993 y 2014 del sector: Nicho 1.

Figura 9: comparación de fotografías de 1993 y 2014 del cuadro W19. Analizado el material gráfico y las notas del profesor Manuel González Morales, se puede afirmar una o varias acciones furtivas en el lapso de tiempo de 1993-2014, tanto en el vestíbulo y yacimiento paleolítico, como en el interior de la cavidad en la Sala de los Muertos. Teniendo en cuenta la existencia de varios elementos de ajuar de bronce en esta cueva, a partir de las fotografías que llegaron a Manuel González Morales en 2009, no sería extraño interpretar que la extracción de dicho material se produjese en esta época.

Por otra parte, dos hechos hacen relativamente interesantes los nuevos hallazgos. En primer lugar, la existencia de más huesos encostrados en el sedimento,

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19 que han salido a la superficie como consecuencia de dichos pozos furtivos, refleja la presencia de más material arqueológico en el subsuelo de la cavidad. Y en segundo y último lugar, el hallazgo de la calota humana junto a otros restos óseos expande los límites del yacimiento sepulcral al exterior de la Sala de los Muertos, lo que resulta sin duda muy interesante. Ambos aspectos, deben de tenerse en cuenta en un futuro si se quieren realizar nuevas intervenciones arqueológicas en la cueva de El Espinoso.

2.3.3.Materiales de estudio

Los restos óseos de la cueva de El Espinoso se hallaron, como ya se ha dicho, en 1979. No obstante, no fue hasta 1993 cuando se procedió a su excavación y recogida. Los huesos humanos se encontraban en superficie, esparcidos a lo largo de toda la sala, sin aparente conexión anatómica, muy fragmentados y algunos de ellos muy concrecionados. No se documentó ningún tipo de ajuar que acompañase a los muertos, y que por lo tanto, pudiera atribuir cronológicamente este contexto funerario. Durante ese proyecto de excavación tampoco se realizaron dataciones absolutas del conjunto óseo. No obstante, parece seguro que los restos humanos no son paleolíticos, pues la costra que se asienta sobre los niveles del yacimiento paleolítico se introduce hacia el interior de la Sala de los Muertos y se encuentra por debajo del nivel superficial de la misma (González Morales, 1995).

Con la datación de C-14, la Sala de los Muertos tendría una cronología protohistórica relativa a la Edad del Bronce, totalmente diferente de la ocupación paleolítica del vestíbulo de la cueva.

Dejando a un lado este debate, los huesos pertenecen a un elevado número de individuos de diferentes edades y sexos, además de estar acompañados de algunos restos de macrofauna (González Morales, 1995).

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20 3. OBJETIVOS DEL TRABAJO

El objetivo de este Trabajo de Fin de Máster es dar una visión integradora del fenómeno de las cuevas sepulcrales a partir del estudio de la cueva de El Espinoso desde tres principales puntos de vista: arqueológico, antropológico y tafonómico. El estudio de los restos humanos de esta cueva desde varias perspectivas puede ayudar a entender mejor el modelo teórico de las cuevas sepulcrales. Este modelo consiste en inhumar a los muertos directamente sobre el suelo en cavidades de difícil acceso.

Desde el punto de vista arqueológico se estudia el yacimiento, un tanto peculiar y fuera de contexto debido a su problemática atribución cronológica, la remoción de los materiales y la alteración del mismo por furtivos.

Antropológicamente, se procede al estudio la edad, el sexo, la estatura, las patologías y la dieta de los seres humanos que fueron sepultados en El Espinoso. Para ello, se utilizan novedosas metodologías como son la biometría de huesos poco empleados para la determinación del sexo, como la rótula, el calcáneo o el astrágalo; y los análisis de isótopos estables para conocer la paleodieta de estos grupos humanos.

Y desde la Tafonomía, se realiza un análisis exhaustivo de los diferentes procesos tafonómicos (físico-químicos, biológicos, antrópicos, etc.), que han afectado al depósito arqueológico desde la muerte de los individuos allí sepultados hasta la actualidad, con el objetivo de reconstruir la historia de estos restos óseos.

Los objetivos principales de este trabajo son por tanto:

Conocer el contexto cultural de la cueva de El Espinoso a través de la cronología absoluta y el contexto arqueológico.

Caracterizar la población humana de El Espinoso, a partir de su edad, sexo, estatura, y organización socioeconómica si es posible.

Realizar un acercamiento a su paleodieta a través del estudio de isótopos estables.

Analizar los procesos diagenéticos y bioestratinómicos que han afectado al material arqueológico allí recuperado.

Interpretar el contexto sepulcral del yacimiento con el fin de definir posibles tradiciones o culturas funerarias, y enmarcarlas en un modelo social determinado.

Documentar la alteración antrópica del yacimiento con el objetivo de contribuir a su mejor conservación y de protegerlo para posibles intervenciones

arqueológicas futuras.

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21 4. METODOLOGÍA

4.1. Introducción y análisis multidisciplinar

La Antropología Física nace en el siglo XIX de la mano de la Anatomía y la Paleontología con el descubrimiento de los primeros hombres prehistóricos. Si bien es cierto que en siglos precedentes ya se habían realizado tratados sobre el cuerpo humano y su esqueleto. En ese momento, y en las décadas posteriores, se comenzó a constatar la presencia de una diversificación morfológica de los grupos humanos actuales (por aquel entonces), pero también de las sociedades humanas prehistóricas. Los descubrimientos del hombre de Neandertal y de los primeros homínidos en África propiciaron la asociación Antropología-Arqueología-Prehistoria (Campillo y Subirà, 2004).

Los restos humanos arqueológicos conforman una disciplina por sí sola dentro de la Arqueología, la Antropología física. La Antropología nos ofrece una información taxonómica, morfológica, biométrica y patológica que se utiliza para reconocer el sexo, la edad y la estatura de los individuos que son objeto de estudio. No obstante y generalmente, los restos humanos conforman enterramientos y éstos pueden ofrecer información sobre el mundo social y simbólico de un determinado grupo humano. Por otra parte, desde el momento en el que se depositan los cadáveres en un lugar hasta que éstos individuos son descubiertos por los arqueólogos pasan miles de años, con lo que en este lapso de tiempo ocurren una serie de procesos tafonómicos o post-deposicionales que alteran el estado originario de los restos. Por tanto, es necesario conjugar todos estos aspectos y extraer conclusiones generales mediante un estudio multidisciplinar y con metodologías actualizadas a los clásicos estudios antropológicos.

4.2. Clasificación de los restos

A la hora de enfrentarse ante tal cantidad de volumen de huesos (el número de registros de la base de datos supera los mil y el número de restos óseos los dos mil) es necesario tener bien organizado y clasificado el material. En primer lugar, los huesos están clasificados en bolsas según el cuadro en el que se habían encontrado. Las referencias que aparecen en las etiquetas de dichas bolsas son el yacimiento (El Espinoso), el año de excavación (1993), el nivel (que en este caso es superficial), y el cuadro (p. e. V18). Sin embargo, los huesos no están siglados, lo que dificulta la gestión de los restos. No obstante, se ha decidido dar un número de registro a cada hueso, siglando provisionalmente a lápiz la referencia numérica en la superficie del hueso. Cabe destacar que cada cuadro tiene su propia numeración, es decir, cada uno de ellos empieza por el número 1 y termina con el último hueso que es estudiado.

En el momento en el que llegaron los materiales al Laboratorio de Bioarqueología del Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria (IIIPC), con sede en la Universidad de Cantabria, la primera acción fue

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22 realizar una primera revisión y observación de los materiales extraídos de sus respectivas bolsas. En este primer contacto se anotó el estado de conservación de los restos, se subdividió cada bolsa en bolsas más pequeñas por partes anatómicas (craneal, axial, extremidad anterior, extremidad posterior, y falanges), y se seleccionó y limpió el material, pues se encontraba tal y como había sido recogido veinte años antes. También se separó de los restos humanos aquellos huesos de fauna reconocibles para su posterior atribución de especie.

Una vez clasificados los restos según su posición anatómica se procedió a la identificación taxonómica de cada uno de ellos, en los casos que fuera posible. Los huesos se dividieron en dos categorías: por una parte los huesos reconocibles, los cuales fueron estudiados con la ayuda de atlas de anatomía, tanto humanos como animales (White y Folkens, 2005; Scheuer y Black, 2000; Schmid, 1972; Pales y García, 1981; Campillo y Subirà, 2004), y la comparación con la colección de referencia del Laboratorio de Bioarqueología del IIIPC de la Universidad de Cantabria. Y por otro lado, los huesos no reconocibles, los cuales se han dividido en diferentes categorías: restos de epífisis o tejido esponjoso, fragmentos de diáfisis de huesos largos, o fragmentos de huesos planos. En estos dos últimos también se señalan las medidas medias de la longitud de los fragmentos.

4.3. Determinación de la edad, sexo y estatura

El interés de descifrar del registro arqueológico la edad de los muertos viene dado porque resulta interesante saber si la distribución de edades de un yacimiento sepulcral es fruto del azar, o si por lo contrario responde a una intencionalidad social o cultural. También nos da mucha información acerca de las causas de la muerte de estos individuos, así como sus modos de vida, su dieta o su estado de salud.

A la hora de determinar la edad (o rangos de edad) de los individuos que se estudian, es necesario conocer en primer lugar que cada hueso puede ser reconocido de diferente manera. Y por otro lado, que en muchas ocasiones no tendremos una fecha absoluta que atribuir a ese sujeto, sino un período de tiempo en el que podía haber fallecido ese individuo. Se obtiene una edad esquelética y no biológica. El cálculo de la edad absoluta o relativa de cada hueso se puede realizar por diversos métodos.

Los dientes son un valioso testigo para reconocer las edades de los individuos que se estudian. En primer lugar porque son la parte del esqueleto humano que mejor se conserva. Y en segundo lugar porque se conocen las edades de erupción y sustitución de los dientes deciduales (de leche) por los dientes permanentes. Esto consiste en el estudio de la erupción y del remplazo a lo largo del período de niñez y adolescencia de una persona, el cual se produce generalmente en la mismas épocas en todos los seres humanos.

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23 Figura 12. Esquema de la erupción dental humana desde su nacimiento hasta la edad

adulta (Campillo y Subirà, 2004).

Además, también el desgaste dental nos puede ofrecer una cronología relativa respecto a la etapa de la vida de un sujeto. El desgaste dental consiste en la disminución de la corona dental durante la vida del individuo a consecuencia de la alimentación del mismo o de la atrición producida al contacto directo diente contra diente. Este método es más limitado ya que depende de la alimentación del ser humano, pues si su dieta se basa en alimentos abrasivos tendrá un desgaste más pronunciado, mientras que si sigue una dieta menos dirigida hacia este tipo de alimentos el desgaste dentario será menor. Además también hay que tener en cuenta las características morfológicas, biológicas y dietéticas de cada población, pues existe una gran variabilidad entre las distintas etnias o grupos humanos. Desde la segunda mitad del siglo XX, distintos autores han tratado el tema atendiendo a distintos criterios (Guerasimov, 1955; Zoubov, 1968; Molnar, 1971; Lovejoy, 1985; Brothwell, 1989). No obstante, lo que es seguro que a mayor edad, mayor degaste. Para determinar el desgaste dental en El Espinoso se han propuesto, siguiendo los autores anteriormente citados, los siguientes grados:

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24 - Grado 0: no existe desgaste.

- Grado 1: leve desgaste del esmalte.

- Grado 2: desgaste de las cúspides de la corona y desgaste superficial del esmalte.

- Grado 3: aparece un leve desgaste que afecta a la dentina a través de pequeños surcos.

- Grado 4: el desgaste afecta a la dentina de manera muy avanzada y en menor medida a la cavidad pulpar.

- Grado 5: la corona está completamente expuesta y comienza a reducirse, hasta alcanzar el cuello.

Figura 13. Grados de desgaste dental (0-5).

Otro método es la determinación de la edad a partir de la sinostósis u osificación de los huesos de un individuo, la cual se produce también, dependiendo del sexo, en las mismas fechas. Este método se basa en el principio de que cuando nacemos, los huesos no están fusionados. Sus epífisis aparecen como huesos aislados que con el paso de los años se van fusionando a las diáfisis. La edad esquelética se puede reconocer a partir del conocimiento de la edad a la que fusionan unos u otros huesos. De esta manera se puede dar un rango de edad para el hueso de estudio. Aquí, es FUSIONADO cuando la epífisis se encuentre osificada a la diáfisis formando un único hueso; EN FUSIÓN, cuando la epífisis haya comenzado a fusionar y es visible aun la línea de fusión; y NO FUSIONADO, cuando la epífisis se encuentra totalmente aislada de la diáfisis del hueso largo o hueso principal.

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25 Figura 14. Dibujo del esqueleto humano que representa las edades de fusión en los

distintos huesos y en ambos sexos (Olivier, 1960).

Para determinar la edad de otros huesos que no presentan las características anteriores, o que por estar fragmentados éstas se encuentran ausentes, se utilizan otras apreciaciones menos absolutas, pero que pueden dar una idea de la horquilla de edad en la que vivió ese individuo. Estos son: el tamaño del hueso, su densidad, su porosidad, o incluso su morfología. Así, en los individuos infantiles la morfología del elemento no está completamente dibujada. Para este trabajo es de gran ayuda la comparación con colecciones de referencia que tengan todos los rangos de edades.

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26 En lo que concierne a la determinación del sexo de los individuos se han utilizado los criterios habituales de reconocimiento. Éstos son, la robustez de los huesos, más acusada en el género masculino que en el femenino; el dimorfismo sexual que produce leves diferencias morfológicas entre uno y otro género; y el tamaño, mayor en los machos que en las hembras.

También se han utilizado medidas osteométricas para saber el sexo y la estatura de cada individuo. No obstante, el alto grado de fragmentación de los huesos de El Espinoso y el precario estado de conservación ha impedido realizar las necesarias mediciones en los huesos largos, como el fémur o la tibia, huesos que suelen ser los más utilizados para discernir el sexo y la estatura de los individuos. Sin embargo, la alta representatividad de los huesos del pie (astrágalo y calcáneo, junto a la rótula) y la mejor conservación de estos respecto a otras partes anatómicas en este yacimiento ha permitido la aplicación de nuevas metodologías de determinación del sexo y la estatura en dichos restos. Estos huesos presentan un alto porcentaje de acierto (en torno al 80%) en los escasos estudios publicados hasta la fecha. Y son una alternativa a las clásicas mediciones de los huesos largos en casos que estos se encuentren ausentes o muy fragmentados. Sin embargo, se ha demostrado que estos estudios dependen en gran medida de la población de estudio y deben ser utilizados como complemento a los clásicos análisis (Introna et al., 1998; Kemkes-Grottenthaler, 2005; Bidmos, 2006; Gualdi-Russo, 2007; Pablos et al., 2013, 2014).

La rótula, hueso situado en la articulación de la rodilla, y clave para la locomoción humana, es un elemento en el que el dimorfismo sexual es muy importante. Existe una gran variabilidad dependiendo de la edad y el sexo de cada individuo. Las medidas realizadas para la determinación del sexo a partir de la rótula son las siguientes (Introna et al., 1998):

P1: Altura máxima. P2: Anchura máxima. P3: Espesor.

P4: Altura facies articular exterior. P5: Anchura facies articular exterior. P6: Altura facies articular interior. P7: Anchura facies articular interior.

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27 Figura 15. Medidas de la rótula tomadas en El Espinoso.

El calcáneo, por su parte, es un hueso del pie que articula con el astrágalo. Ambos son los responsables del movimiento del tobillo para caminar. Las medidas tomadas para la determinación del sexo se presentan a continuación (Bidmos, 2006). Además, también se ha extraído la estatura de cada individuo a partir de una de estas medidas antropométricas.

C1: Longitud máxima.

C2: Altura de la facies articular del cuboides. C3: Longitud del brazo.

C4: Altura cuerpo. C5: Altura máxima. C6: Amplitud media.

C7: Longitud de la facies articular del astrágalo. C8: Amplitud de la facies articular del astrágalo. C9: Amplitud mínima.

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28 Figura 16. Medidas del calcáneo tomadas en El Espinoso.

Y por último, el astrágalo, cuyas medidas se adjuntan en la Figura 17. También se ha podido extraer la estatura a través de una de estos caracteres mensurables (Pablos et al., 2013). Las medidas son:

T1: Longitud máxima. T2: Anchura máxima. T3: Altura talar. T4: Longitud de la tróclea. T5: Anchura de la tróclea. T6: Altura de la tróclea. T7: Longitud del cuello.

T8 : Longitud de la cabeza del astrágalo. T9: Anchura de la cabeza del astrágalo.

T10: Longitud de la facies articular del calcáneo. T11: Anchura de la facies articular del calcáneo.

Con las dimensiones de cada medida tomada de los distintos huesos que se tratan aquí se ha realizado un análisis multivariante de componentes principales (PCA), el cual representa en un gráfico de dos ejes los factores extraídos del conjunto de medidas analizadas, situando a cada individuo en esa representación.

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29 Figura 17. Medidas del astrágalo tomadas en El Espinoso.

4.4. Unidades de cuantificación

El análisis del conjunto de restos humanos y faunísticos de El Espinoso requiere de una serie de parámetros cuantificables que hagan más fácil extrapolar los pertinentes resultados. La cuantificación implica todos los restos, tanto los reconocibles como los no reconocibles. Y para ello se basa en tres unidades básicas de cuantificación: El Número de Restos (NR), el Número Mínimo de Individuos (NMI), y el Número Mínimo de Elementos (NME).

El NR es utilizado para contabilizar el conjunto de restos o fragmentos que se han recuperado en un yacimiento o nivel estratigráfico, tanto determinables como no determinables. Sin embargo, el número de restos es una unidad un tanto limitada que sesga o sobredimensiona la información, pues en el registro arqueológico pueden existir un cierto número de elementos fragmentados, y que muchos de estos restos conformen un mismo elemento, ya que no todos los huesos se conservan de la misma manera.

Para paliar este sesgo de la información causado por la fragmentación de los huesos también se usa la unidad cuantitativa del NME, que consiste en contabilizar todos los huesos reconocibles teniendo en cuenta la lateralidad, la talla y la edad

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30 representada por cada hueso o fragmento óseo. Y por último, el NMI, el cual refleja el mínimo número de individuos extraído del elemento más representado en cada taxón de un solo lado, teniendo en cuenta las diferencias morfológicas y de tamaño respecto a los elementos del lado menos representado (Lyman, 1994b).

Por último se han utilizado dos índices distintos para conocer el grado de fragmentación y conservación de la muestra, tanto en cada hueso como en el total de la misma. Estos son la Tasa de Fragmentación (TF), la cual se obtiene a través de la relación entre el NR y el NME. Se mide en torno al valor 1. Cuanto mayor es el resultado respecto a 1, mayor índice de fragmentación de los huesos existe (Marín-Arroyo, 2010). Y por último, el Índice de Representación Anatómica (IRA), una tasa que sirve para calcular la representación de cada hueso en el total de la muestra, basándose en la ratio entre el Número de Huesos Representados (NHR) y el Número de Huesos Esperados (NHE), teniendo en cuenta el número mínimo de individuos (Henderson, 1987; Bello y Andrews, 2006; Stodder, 2008).

4.5. Estudio tafonómico

4.5.1.Introducción: la Tafonomía

La Tafonomía es una subdisciplina de la Arqueología que ha sido muy utilizada desde los años 60 del siglo XX, y que basa su estudio en las técnicas de la Geología y la Biología. Si bien al principio de su existencia era característica de otras disciplinas como la Paleontología, hoy en día es crucial para la Arqueología, pues otorga mucha información sobre la historia de un yacimiento. La propia palabra proviene del griego (taphos, que significa enterramiento; y nomos, ley). Es decir, la tafonomía se encarga de reconstruir las “leyes del enterramiento”, es decir, aquellos procesos que alteran los restos biológicos desde su muerte hasta su descubrimiento (Efremov, 1940). Este proceso abarca todo lo relacionado con la descomposición, transformación, manipulación, conservación, transporte, desgaste, y cualquier alteración (natural o antrópica) de los restos humanos y faunísticos desde su muerte biológica hasta su total fosilización (Reverte, 1999).

Existen gran cantidad de agentes o procesos tafonómicos que pueden afectar a la superficie y a la conservación de los huesos. Desde fenómenos naturales como pueden ser los procesos atmosféricos, geoquímicos o biológicos hasta fenómenos antrópicos. En este trabajo se mostrarán algunos de estos procesos, explicando sus distintas variantes y estableciendo distintos estadios de afección sobre los restos óseos estudiados.

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31 Figura 18. Esquema de los procesos tafonómicos de un yacimiento.

4.5.2. Meteorización

El weathering o meteorización se ha definido como el proceso por el cual los componentes orgánicos e inorgánicos de un hueso son destruidos por agentes físico-químicos. Esta descomposición y desintegración de los huesos es producida a causa de los cambios bruscos de temperatura y humedad o por el contacto en ambientes encharcados muy presentes en contextos kársticos. No obstante, en otros ambientes la luz solar, el viento y otros meteoros pueden afectar también a los huesos. Tampoco hay que descartar como factores a tener en cuenta, el tipo de terreno sobre el que se asientan los restos, el tiempo transcurrido desde su deposición, la edad del sujeto/-os o la salud del mismo/-os (Botella et al., 1999).

La meteorización puede afectar a los huesos, tanto en la superficie como en el interior del sedimento. En El Espinoso, el hecho de que los materiales se encontrasen en superficie propició una mayor alteración hidrológica de los restos óseos. Por ello, en base al grado de alteración de los materiales se decidió establecer seis grados o estadios de este fenómeno (Behrensmeyer, 1978).

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32 - Grado 0: el hueso no presenta signos de meteorización.

- Grado 1: el hueso muestra leves grietas longitudinales a lo largo de toda la superficie del mismo.

- Grado 2: las grietas son más visibles, en tamaño y cantidad, formando escamas o aberturas separadas.

- Grado 3: las grietas o escamas son muy abundantes empezando a desintegrar el tejido compacto del hueso.

- Grado 4: las grietas se están abriendo y fragmentando dejando el interior del hueso totalmente expuesto y las astillas son ya muy grandes.

- Grado 5: el hueso presenta grandes astillas, con un alto nivel de desintegración, y con el tejido esponjoso al descubierto.

Figura 19. Grados de meteorización en los restos humanos de El Espinoso. De izquierda a derecha grado 0 a grado 5.

4.5.3. Disolución

En relación con el fenómeno anterior, y causado por la acción del agua carbonatada de las cuevas se encuentra el fenómeno de la disolución. El agua ácida que provoca la disolución de la roca caliza, actúa de similar manera en la superficie de los huesos, llegando a erosionarlos hasta que adquieren un color blanquecino a causa del lavado del hueso que provoca progresivamente la desaparición de su materia orgánica, inorgánica y finalmente, llega a desintegrar el hueso. Esto ocurre sobre todo en karst activos y a consecuencia del transporte del agua de elementos químicos solubles que actúan sobre la superficie de los huesos al entrar en contacto con los

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33 mismos. Observando el material de El Espinoso se decidió establecer cuatro estadios de disolución:

- Nula: no existe disolución, la coloración del hueso es la normal y la densidad del hueso es la correcta.

- Leve: aparece la disolución a través de la pérdida de coloración del hueso a favor de un color blanquecino.

- Media: el hueso se encuentra más disuelto, más blanco y la densidad del hueso es más blanda.

- Alta: el hueso parece tiza, desintegrándose al mínimo contacto y con un color blanco.

Figura 20. Grados de disolución en los restos humanos de la cueva de El Espinoso. 4.5.4. Concreción

Proceso por el cual se crea una costra calcítica alrededor del hueso a causa del deslizamiento del agua por las fisuras de las rocas de la cueva, arrastrando con ella todas las sales minerales en disolución que se solidifican sobre los huesos al contacto con el aire de la cavidad. Se trata de un proceso parejo o continuista al de la disolución.

Este es un proceso químico muy frecuente en las cavidades calcáreas. El dióxido de carbono que se encuentra en la atmósfera se disuelve en las aguas superficiales produciendo ácido carbónico, el cual hace descender el pH del agua. Las aguas de lluvia, que se caracterizan por su alta acidez, entran en contacto con las rocas calizas. Esta interacción produce bicarbonato cálcico. Las gotas de agua que caen al suelo de la cueva con el bicarbonato cálcico disminuyen la presión del dióxido de carbono y se transforman finalmente en carbonato cálcico (Botella et al., 1999).

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34 - Nula: el hueso presenta la superficie del mismo al descubierto sin ningún

tipo de concreción.

- Leve: la concreción es muy leve y solo afecta a pequeñas partes superficiales del hueso.

- Superficial: la concreción afecta a la mayor parte o toda la superficie del hueso, la costra es dura, consistente, y adherida al hueso.

- Por evaporación: la concreción es extrema, recubre toda la superficie del hueso, y asciende en pequeños nódulos de costra.

Figura 21. Grados de concreción en los restos humanos de la cueva de El Espinoso (por evaporación, superficial, leve y nula).

4.5.5. Marcas de carnívoros

La acción biológica en un yacimiento en el que los huesos se encuentren no enterrados o parcialmente, es algo normal. Numerosos tipos de carnívoros y roedores pueden habitar o visitar las cuevas, y por consecuencia, alterar el registro en calidad o en cantidad. Para diferenciar las distintas formas de interacción de estos animales con los huesos se han establecido distintas tipologías (Binford, 1981):

- Perforaciones: responden a la perforación de los caninos de los carnívoros. Suelen ser marcas aisladas y puede conocerse el tamaño del animal a partir del diámetro de la perforación.

- Surcos: son pequeños surcos que se han producido por el mordisqueo de los carnívoros. Son muy abundantes y se agrupan en una misma zona. - Arrastres: arrastres transversales y longitudinales de los dientes sobre las

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35 Los roedores también realizan unos tipos de arrastres más finos que suelen producirse tanto en las diáfisis como en las epífisis.

Figura 22. Perforaciones de carnívoro en una epífisis tibial de Bos taurus. 4.5.6. Quemado

Los restos óseos pueden presentar otro tipo de alteraciones tafonómicas de origen antrópico, generalmente conocidas como huellas de quemado. Su origen puede ser debido a un acto cultural, o bien a causa de un comportamiento caníbal. Las termoalteraciones, como también se denominan, se pueden identificar en los huesos a partir de coloraciones, texturas, fracturas, estrías e incluso deformaciones.

Un elemento óseo quemado presenta cambios de coloración en su superficie al entrar en contacto con una temperatura elevada. Estos cambios dependen en mayor o menor medida de distintos factores. La potencia calorífica que se reciba, la proximidad del sujeto a la fuente de calor, el tiempo de exposición, las fases de variaciones de temperatura durante la exposición, la parte anatómica o la masa corporal del sujeto son algunos de estos factores (Botella et al. 1999).

Los distintos grados de coloración están intrínsecamente relacionados con la temperatura a la que estuvo sometido el sujeto. Si la temperatura no llega a los 300°C, el color empezará a variar hacia tintes rojizos, tipo ocre, hasta llegar al marrón. La textura comenzará a ser más friable. Entre los 300°C-350°C los huesos se irán acercando hacia coloraciones cada vez más negras, comenzando su carbonización. En este momento las estrías y las pequeñas fracturas empezarán a aparecer a consecuencia de la contracción de la materia orgánica. Si la temperatura excede los

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36 500°C el hueso adquirirá un color grisáceo llegando a blanco a los 650°C, donde empezará el proceso de incineración (Etxeberría, 1994).

A partir de la observación de los huesos humanos de El Espinoso, se han establecido tres tipologías de quemado según su coloración:

- Quemado marrón: tinción del color marrón.

- Quemado negro: termoalteración clásica que tiñe el hueso de negro.

- Quemado por contacto con carbones o tierra quemada: quemado de color negro, pero en menores dosis que la anterior opción, a consecuencia del contacto del hueso con carbón o tierra quemada.

Figura 23. Tibia teñida superficialmente en su contacto con carbones. 4.5.7. Fracturación

El estudio de la fracturación de los huesos sirve para conocer si éstos han sido fragmentados en el momento de su enterramiento, tiempo después, o si por lo contrario han sido fragmentados en tiempos modernos. También nos da información sobre si la fracturación se produjo de manera antrópica intencionada o no intencionada, natural, a consecuencia del contacto con otros seres vivos o por procesos físico-químicos. Por lo tanto, nos informa de la historia que han sufrido esos huesos.

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37 Para estudiar la alta fragmentación que se observa en los restos óseos de El Espinoso se ha decidido seguir el método propuesto por Vila y Mahieu (1991). Este análisis se basa en el tipo, el ángulo, el perfil y el borde de la de fractura. Sus variables se adjuntan en la Figura 24. La fracturación puede haber sido realizada en fresco cuando el hueso aun contenía colágeno, en seco cuando solo conservaba su contenido mineral, o moderna durante la excavación, traslado o depósito en museo o laboratorio. Si la fractura es en fresco, esto indica que se ha producido en el tiempo perimortem del sujeto, mientras los huesos todavía se encontraban elásticos y aún se conservaban las partes blandas. Si la fractura se ha producido en seco, cuando se han perdido todos los componentes orgánicos del sujeto, esto quiere decir que la fractura ocurrió postmortem, pero sin saber el tiempo exacto en el que ocurrió. Por último, la fractura será moderna si presenta un color blanquecino y suave a consecuencia de cualquier tipo de agente actual que la haya producido. Ya sea a consecuencia de procesos diagenéticos, o por el pisoteo por parte de animales, personas, incluso el método de excavación y conservación de los huesos.

El ángulo puede ser oblicuo, recto o mixto. El perfil transversal o curvado. Y el borde irregular o suave. Si una fractura es antrópica las características de la misma tenderán a ser en fresco, oblicuas o suaves. Si por lo contrario, es una fractura natural, está será transversal, moderna e irregular (Vila y Mahieu, 1991; Solari Giachino, 2010).

Figura 24. Representación de la morfología de las fracturas óseas, mostrando su ángulo, perfil y borde. Adaptado a partir de Vila y Mahieu (1991). 4.5.8.Tinción de manganeso

La tinción de manganeso consiste en un proceso por el cual este óxido, presente en las cavidades calcáreas, se impregna a los huesos a modo de manchas de tinte negruzco que se pueden confundir con las huellas de quemado. El manganeso

Referencias

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