El_Principio_dialógico_Final_13_marzo_2013

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Texto completo

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serie traducciones

[I]. Pierre Zima, Para una sociología del texto literario. Traducción del francés de Camilo Sarmiento Jaramillo. 2010.

(Aparece en Series Minor, xlvi).

[II]. Claude HagÈge, El hombre de palabras. Contribución lingüística las ciencias humanas. Traducción del francés de Rodrigo Zapata cano. 2010.

(Aparece en Series Minor, xlvii).

[III]. Philippe Hamon, Texto e ideología. Traducción del francés de Mercedes Vallejo Gómez. 2012.

[IV]. Ken Hirschkop y David Shepherd (eds.), Bajtín y la teoría de la cultura. Traducción del inglés de Silvia Andrea Flórez Giraldo. 2012.

[V]. Walnice Nogueira Galvão, Las formas de lo falso. Traducción del portugués de Mario René Rodríguez. 2013.

[VI]. Tzvetan Todorov, Mijaíl Bajtín: el principio dialógico.

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MIJAÍL BAJTÍN :

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Bogotá: Instituto Caro y Cuervo. Imprenta Patriótica, 2012. 330 p.; (Serie traducciones; 6)

Título original: Mikhail Bakhtine le principe dialogique suivi de ecrits du cercle de Bakhtine ISBN: 978-958-611-282-6

1. Bajtín, Mijaíl Mijáilovich, 1895-1975 – Crítica e interpretación. 2. Semiótica y literatura. 3. Literatura y sociedad. 4. Teoría literaria. 5. Hermenéutica literaria. 6. Antropología filosófica. I. Cardona Vallejo, Mateo, tr.

SCDD 801.95 21ª ed. ICC-BJMRS

© Tzvetan Todorov (Autor) © Mateo Cardona (Traductor) Instituto Caro y Cuervo

Director General (E): José Luis Acosta Herrera Dirección Editorial: Julio Paredes

Diseño de carátula: Víctor Galvis R Diagramación: Edison Paredes, Víctor Galvis Corrección: César Buitrago

Primera edición 2013 Serie: Traducciones VI ISBN: 978-958-611-282-6 Impresión:

Páginas interiores: Imprenta Nacional Carátula: Imprenta Patriótica

Encuadernación: Doris Padilla y Helena Rubiano Hecho en Colombia

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en su todo ni en sus partes, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.

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serie traducciones

tzvetan todorov

traducción del francés

MIJAÍL BAJTÍN:

EL PRINCIPIO

DIALÓGICO

mateo cardona

vi

B O G O TÁ

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Esta traducción de Mijaíl Bajtín: el principio dialógico, de Tzvetan To-dorov, es el resultado final de un proceso que comenzó en 2011 cuando el Instituto Caro y Cuervo la proyectó en el marco de su Programa de becas de traducción al español de obras de Lingüística, Estudios Literarios o Es-tudios sobre Patrimonio Inmaterial.

Antes de entregarlo a los lectores, considero necesario hacer algunas reflexiones sobre este trabajo, que me acompañó día a día a lo largo de cinco meses. Tienen que ver, en primer lugar, con la labor del traductor en general; con el libro de Todorov en particular y, finalmente, con la traduc-ción de los artículos del círculo de Bajtín.

Aunque parezca un lugar común, empezaré diciendo que no hay dos traducciones idénticas. Por más que el traductor se empeñe en permanecer fiel al texto original, la polisemia y la sinonimia, esas dos extrañas cria-turas que animan a todo lenguaje verbal, siempre se las arreglan para introducir matices y significados nuevos, sutiles variaciones que crean un estilo peculiar y personal. Como el traductor está inserto en un contexto histórico, geográfico, social, económico y cultural específico (para utilizar unas categorías tan caras a Bajtín y a Todorov), resulta inevitable que su circunstancia se deslice en el discurso traducido. De modo que, aunque he intentado reproducir con la mayor fidelidad posible el estilo de Tzvetan Todorov, múltiples elecciones de palabras, giros y expresiones delatan mi propio estilo. He procurado ante todo que sea cálido y fluido, de manera que los muchísimos obstáculos del camino se noten lo menos posible. En los casos en que no lo haya logrado totalmente, asumo la responsabilidad y acudo a la tolerancia del lector.

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El hilo conductor de la argumentación de Todorov en este libro es, como lo indica su título, el principio dialógico. No es casual que sea un libro de citas: de hecho, todo el volumen constituye un diálogo entre Mijaíl Bajtín y Tzvetan Todorov, y el traductor a su vez se integra al diálogo pri-mero en calidad de lector y luego como intérprete, aspirando a la condición de “superdestinatario” que el propio Todorov describe en el capítulo sobre la antropología filosófica de Bajtín. Así, el ejercicio de una traducción atenta y alerta a los sustratos ocultos del texto se convierte también en una reflexión sobre la traducción misma. El tema de lo dialógico es connatural, pues, a la labor del traductor.

Todorov también es traductor. Traduce al francés los fragmentos que considera relevantes de la obra del ruso Bajtín y, al traducirlos, inevitable-mente deja en ellos sus propias marcas, su estilo personal e individual. Al llegar a la segunda parte del libro, esto es, a los artículos del círculo de Bajtín, el lector atento notará las discrepancias entre las traducciones de Todorov tal como nos las presenta en el cuerpo de su libro y las de Georges Philippenko y Monique Canto que aparecen en los “anexos”. Sobre estas últimas es una lástima que no hayan salido de la pluma de Todorov, cuyo estilo es sin duda más fluido y ágil, pero nada puede hacerse al respecto.

Sobre estos cuatro artículos cabe hacer algunas precisiones. En primer lugar, no se trata ya como en la primera parte, que abarca desde la intro-ducción de Todorov hasta el capítulo séptimo de su libro, de una traduc-ción del francés al castellano, que impone al traductor la mayor fidelidad respecto a la fuente. Tratándose de artículos traducidos del ruso al francés, nuestra labor en esta segunda parte es, ni más ni menos, traducción de segunda mano. Esto impuso un cambio de estrategia traductológica: en lu-gar de darle preeminencia a la fuente, se le concedió a la meta. Es decir que se sacrificó en parte el estilo de Volóshinov/Bajtín y de Medvédev/Bajtín, tal como lo plasman Philippenko y Canto, para buscar mayor claridad en el sentido y mayor fluidez en el discurso en castellano. En otras palabras, al traducir a Todorov fuimos más sourciers, y al traducir a Philippenko y Canto más ciblistes.

En segundo lugar, siempre que fue posible se consultaron traducciones ya existentes de los artículos de Volóshinov/Bajtín y de Medvédev/Bajtín.

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De los dos primeros artículos, “El discurso en la vida y el discurso en poesía” y “Prefacio a Resurrección”, encontramos traducciones de los argentinos Jorge Panesi (del primero) y Sylvia Iparraguirre (del segundo). En ambos casos se pudo constatar que eran también traducciones de traducciones, y no del todo afortunadas. Se hicieron averiguaciones con quien sin duda es la traductora al castellano por excelencia de Mijaíl Bajtín, la profesora Tatiana Bubnova de la unam, con quien estoy en deuda. Aunque surgie-ron los nombres de los cubanos Alfredo Caballero y Desiderio Navarro, no fue posible encontrar pruebas de que realmente hubieran traducido del ruso al castellano los artículos en cuestión. Al bloqueo político que padece Cuba se sumó, en esta ocasión específica, la precariedad de nuestras biblio-tecas colombianas, justo es decirlo.

Esta precariedad salta a la vista en lo que se refiere al último artículo, “La estructura del enunciado”. Las tres copias que de él se encontraron aparentemente provenían del mismo original, a su vez una copia, ya que presentaban en las mismas páginas problemas de legibilidad. Aunque se intentó descifrar las palabras perdidas mediante un cotejo con el artículo original en ruso, hubo un par de palabras en la traducción francesa de Philippenko y Canto que se perdieron irremediablemente, como se indicó en nuestra versión castellana mediante dos notas a pie. La pérdida, con todo, no es significativa.

Para concluir, deseo expresar mi sincero agradecimiento a las perso-nas cuya ayuda permitió llevar a buen término este proyecto. Al Instituto Caro y Cuervo, por patrocinar y financiar la traducción que llega hoy a los lectores, y en particular a su Directora, Genoveva Iriarte; a mi tutora, Záide Figueredo, por su acompañamiento, apoyo y consejos; a la profesora Helène Pouliquen, quien tuvo la idea de que el libro de Todorov se tradu-jera y quien de hecho me introdujo en mis días de estudiante de Filosofía al apasionante mundo de Mijaíl Bajtín, con lo que precipitó mi deserción hacia las aulas literarias; a Norman Valencia y Julio Paredes, por su apoyo y solidaridad, y a Silvia Mora, por su asesoría en el trámite de la beca. A los amigos y colegas del Seminario Internacional de Formación de Jóvenes (y no tan jóvenes) Traductores del Instituto Francés de América Latina en México, en especial a Valérie Juquois y Arturo Vásquez Barrón, por su

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va-liente reivindicación del papel del traductor como agente cultural, y a mis compañeros de seminario. Al Ministerio de Cultura de Colombia. Y muy especialmente a mi familia y a mi esposa, por crear cada día las condicio-nes favorables para el desarrollo de esta labor, que no es tan solitaria como suele decirse, como consta en esta lista en la que habría aún que incluir a muchísimas otras personas.

Los defectos que pueda tener esta traducción son de mi exclusiva res-ponsabilidad. Solo espero que los estudiantes de Literatura, sus lectores, se beneficien con ella.

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Sin lugar a dudas, a Mijaíl Bajtín se le podrían conceder dos superlati-vos al afirmar que es el más importante pensador soviético en el ámbito de las ciencias humanas y el mayor teórico de la literatura en el siglo xx. Hay, de hecho, cierta solidaridad entre estos dos superlativos: no porque haga falta ser soviético para destacar en el ámbito de la teoría literaria (aunque la tradición rusa sea probablemente más rica que la de cualquier otro país) sino porque un verdadero teórico de la litera-tura debe necesariamente reflexionar sobre algo más que literalitera-tura: su especialidad, si cabe decirlo, es no tener ninguna. Y viceversa (¿quién sabe?), el interés por la literatura tal vez sea indispensable para el espe-cialista de las ciencias humanas.

Ahora bien: ese es justamente el caso de Bajtín. Teórico del texto ante todo (en un sentido no restrictivo, es decir mucho más amplio que en el de “literatura”), para sustentar mejor sus investigaciones se vio obli-gado a efectuar largas incursiones en las esferas sicológica y sociológica. De ellas regresó con una visión unitaria de todo el campo de las ciencias humanas, fundada en la identidad de su materia: los textos, y de su mé-todo: la interpretación o, como diría él, la comprensión respondiente.

Bajtín presta una atención muy particular a las ciencias del len-guaje. Encuentra en este ámbito, a comienzos de los años veinte, dos posiciones extremas. Se trata, por una parte, de la crítica estilística, que solo se preocupa por la expresión del individuo; por la otra, de la na-ciente lingüística estructural (Saussure), que considera en el lenguaje únicamente la lengua, la forma gramatical abstracta. Sin embargo, el objeto privilegiado de Bajtín se sitúa entre las dos: esto es, el enunciado

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humano como producto de la interacción entre la lengua y el contexto de enunciación —contexto que concierne a la historia—. Al contrario de lo que piensan los lingüistas y los estilísticos, el enunciado no es indi-vidual, infinitamente variable y por tanto impropio del conocimiento; puede y debe convertirse en objeto de una nueva ciencia del lenguaje, a la que Bajtín dará el nombre de translingüística. De esta manera logrará superar la dicotomía esterilizadora entre la forma y el contenido para inaugurar el análisis formal de las ideologías.

El rasgo más importante del enunciado, o el más ignorado en todo caso, es su dialogismo, es decir su dimensión intertextual. Ya no exis-ten, desde Adán, objetos innominados ni palabras que no hubiesen servido ya. De modo intencional o no, cada discurso entra en diálogo con los discursos anteriores sostenidos sobre el mismo objeto así como con los discursos futuros, cuyas reacciones presiente y previene. La voz individual solo puede hacerse oír al integrarse al complejo coro de las otras voces ya presentes. Esto es verdad no solo respecto de la literatura sino igualmente de cualquier discurso, y Bajtín se ve así llevado a esbo-zar una nueva interpretación de la cultura: la cultura está compuesta por discursos que la memoria colectiva conserva (los lugares comunes y los estereotipos, así como las palabras excepcionales), discursos en relación con los que cada sujeto está obligado a situarse.

La novela es el género que por excelencia favorece esta polifonía, y es por esta razón que Bajtín le dedica gran parte de sus trabajos. Ape-gándose a una estilística de género, que es al mismo tiempo una puesta en evidencia de sus estructuras ideológicas, logra bosquejar un cuadro sobrecogedor de toda la evolución de la prosa narrativa en Europa. Esta evolución está dominada por el conflicto, perpetuo e infinitamente cam-biante, entre una tendencia a la unidad y otra que mantiene la diversidad. Más tarde dicho análisis se extenderá a los modelos espaciotemporales (“cronotopos”) que aportan los diferentes subgéneros narrativos, y a la estilística vendrá a articularse una temática estructural. De este modo, Bajtín elabora lo que podría llamarse una “poética de la enunciación”.

La solución del conflicto será una victoria de la tendencia a la diversidad, encarnada en su cúspide por las novelas de Dostoievski,

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quien no es simplemente el objeto del primer libro publicado por Baj-tín en cuanto su guía intelectual. De allí que la reflexión bajtiniana so-bre la novela culmine en una antropología, y la teoría de la literatura se vea de nuevo desbordada gracias a sus propios resultados: es el mismo ser humano quien resulta irreductiblemente heterogéneo, es él quien solo existe en diálogo: en el seno del ser se encuentra el otro. Esta an-tropología se articula alrededor de los mismos valores que dominaban ya, en su pensamiento, la historia de la literatura, la translingüística o la reflexión sobre la metodología de las ciencias humanas: en po-sición dominante se encuentran siempre el devenir, la inconclusión, el diálogo. Recordemos que la palabra “problemas”, o alguno de sus sinónimos, figura en el título de sus textos más importantes (aunque infortunadamente ha desaparecido de varias traducciones francesas): Problemas de la poética de Dostoievski, Cuestiones de literatura y estéti-ca, El problema del texto…

El pensamiento de Bajtín es rico, complejo, fascinante. Pero el ac-ceso a este pensamiento es singularmente difícil (aunque en sí no sea oscuro). Son múltiples las razones de esta dificultad.

La primera está ligada a la historia —no tanto a la historia de la redacción de esos escritos como a la de su publicación—. Dos circuns-tancias particulares marcan esa historia. Una consiste en que, en los cinco años que preceden a la publicación de su primer libro, Bajtín no publica nada bajo su nombre a pesar de que en ese mismo periodo apa-recen varias obras inspiradas o incluso escritas por él, aunque firmadas por sus amigos V. Volóshinov y P. Medvédev. Este hecho se ignoraba aún apenas pocos años atrás (hasta 1973), y el debate sobre la verdadera identidad del autor de esos libros se resiste a extinguirse.

Por otra parte, a lo largo de toda su carrera posterior, Bajtín es-cribe sin aspirar a la publicación (con la excepción de su obra sobre Dostoievski). El Rabelais ve la luz veinticinco años después de haberse escrito. Solo hasta después de la muerte de Bajtín (en 1975) se publican textos importantes que datan de diferentes periodos de su vida: una primera selección fue supervisada por el autor; una segunda fue editada por quienes poseen sus manuscritos.

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Esta situación crea dos tipos de dificultades. Unas son puramente prác-ticas. Los textos publicados en los años veinte están perdidos hace tiempo, en particular —pero no solamente— para quienquiera que trabaje fuera de la Unión Soviética; Medvédev y Volóshinov desaparecen ambos en los años treinta, y ello contribuye a volver sus libros escasísimos. En cuanto a los inéditos, especialmente los que nos llegan hoy en día, la cuestión es un poco diferente: ignoramos de qué corpus se han extraído y en qué consiste el conjunto de la producción escrita (y oral, aunque transcrita) de Bajtín.

Pero la no publicación (o la publicación retardada, o la publicación seudónima) influye también desde adentro en la organización de esos textos. Aunque Bajtín sea un pensador cuyas elecciones fundamenta-les son sorprendentemente estabfundamenta-les, los textos publicados (sobre todo mientras aún vivía) no permitían en sí mismos comprender el conjunto de su sistema. En esa obra no destinada a la publicación inmediata, que no fue escrita con la preocupación por un nuevo lector a quien confron-tar en cada texto, nada se intenta para articular los diferentes fragmentos del sistema. Disponer de los dos libros sobre Dostoievski y Rabelais, lo que era el caso de todos los lectores hasta la muerte de Bajtín, podía inducir a errores crasos de interpretación puesto que se tomaba por el todo a dos pequeños fragmentos visibles del iceberg —sin que la mis-ma ilación entre los dos pudiera volverse inteligible—. En un proyecto —¡inconcluso!— de prólogo a la selección de 1975, el propio Bajtín subraya al respecto:

La cohesión de una idea en devenir (en desarrollo). De ahí cierta inconclusión interna de muchas de mis ideas. Mas no quiero transformar

el defecto en virtud: en mis obras también hay mucha inconclusión externa, inconclusión no de la idea sino de su expresión, de su exposición. […] Mi afición por las variaciones y la pluralidad de términos para designar el mismo fenómeno. La multiplicidad de perspectivas. El acercamiento a lo lejano sin indicación de los eslabones intermedios (38, 360)1.

1 Todas las referencias a los escritos de Bajtín deben descifrarse del modo

siguien-te: de los dos guarismos, el primero remite al número del texto citado en la “Lista cro-nológica de los escritos de Bajtín y de su círculo”, al final de este estudio; el segundo, a la página en la edición utilizada.

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Estas aserciones no son en absoluto exageradas; e incluso cuando se procura preservar la “inconclusión interna”, resta un buen trabajo por cumplir para completar la expresión, identificar las sinonimias y las po-lisemias, restablecer los enlaces intermedios faltantes.

Presuponía hasta aquí, al evocar las dificultades que aguardan al lector de Bajtín, el conocimiento del ruso. Ahora bien: es a través de la traducción como los lectores occidentales entran en contacto con sus escritos, y es aquí donde reside la segunda gran dificultad. Las traduc-ciones existen; pero no estoy seguro de que haya en ello de qué alegrar-se. Al haber yo mismo practicado el oficio de traductor, me abstendré de censurar a mis colegas por tal o cual contrasentido ocasional: es algo inevitable. Lo que me parece, en cambio, grave, en este caso, es que Bajtín haya sido traducido por personas que no conocían o no comprendían su sistema de pensamiento (hay que reconocer que no era una tarea fá-cil). Por este hecho, sus conceptos esenciales: los de discurso, enunciado, heterología, exotopía y muchos otros, se transforman en “equivalentes” engañosos, o bien desaparecen pura y simplemente ante el afán del tra-ductor por evitar las repeticiones o las oscuridades. Además, el mismo vocablo ruso no siempre se traduce de la misma forma por los diferen-tes traductores, lo que puede crearle al lector occidental dificultades artificiales. A pesar de todo, hay que admirar la fuerza del pensamiento bajtiniano, que supo abrirse camino hasta sus admiradores occidentales (puesto que estos existen).

Fue la conjunción de estos dos hechos —la importancia del pensa-miento de Bajtín y la dificultad para conocerlo— lo que me impulsó a redactar estas páginas y lo que por ende determinó la forma de mi pro-yecto. La principal carencia que intento remediar se sitúa en un nivel muy elemental (pero igualmente fundamental): se trata simplemente de volver a Bajtín legible en francés. No puedo afirmar que el presen-te presen-texto sea verdaderamenpresen-te mío: un poco como Jean Starobinski nos permitió leer el trabajo de Saussure sobre los anagramas, quisiera, en un contexto diferente y con dificultades de otro tipo, presentar las ideas de Bajtín fabricando una suerte de montaje, a medio camino entre la antología y el comentario, en las que mis frases no son del todo mías;

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evidentemente retraduje todos los textos citados. Sin ignorar las de-formaciones que puede aportar incluso un comentario mínimo, pien-so que mi nombre podría considerarse como uno de los seudónimos (¿pero se trata tan solo de seudónimos?) utilizados por Bajtín.

Por esta razón, me abstuve (en principio) de dialogar con Bajtín: es preciso que la primera voz sea escuchada antes de que comience el diálogo. Tampoco tuve en cuenta aquí las reacciones, bastante numero-sas en Occidente, que suscitaron las primeras publicaciones: casi todas ellas se basan en malentendidos (excusables). Asimismo, finalmente, evité (salvo alguna excepción) cotejar el pensamiento de Bajtín con el de los autores que lo siguieron, aunque a menudo me pregunté por sus fuentes: al ser ya la obra de Bajtín bastante diversa, no se ve dónde hu-biera podido detenerse la asociación de ideas. Es indiscutible que, en varios puntos, las ideas de Bajtín nos parecen particularmente actuales por el hecho de que prefiguran, o incluso superan, las afirmaciones de tal o cual autor apreciado hoy en día. Estas comparaciones, en princi-pio, quedan implícitas en mi texto: tal vez hayan influido mi lectura de Bajtín, pero este no es el lugar para discutirlas2.

2 Quisiera agradecer aquí, por la ayuda que me prestaron en la redacción de este

libro, a Ladyslav Matejka, Michael Holquist, Georges Philippenko y varios amigos en la urss y Bulgaria, así como a Monique Canto.

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tos de la vida de Bajtín es una semblanza publicada en la urss al princi-pio de un volumen de homenajes a Bajtín1. Solo puedo resumirla aquí,

agregando algunos detalles tomados de otras fuentes.

Mijaíl Mijailóvich Bajtín nació en 1895 en Oriol, en una familia aristocrática empobrecida; su padre era empleado de banco. Su infan-cia transcurre en Oriol, su adolesceninfan-cia en Vilna y Odesa. Estudia fi-lología en la Universidad de Odesa, luego en la de Petersburgo; sale diplomado de esta última en 1918. Enseña como profesor de primaria primero en Nével, pequeña ciudad de provincia (1918-1920), luego, a partir de 1920, en Vítebsk; se casa en 1921. Ya en Nével se establece un primer círculo de amigos2 que incluye a Valerian Nikolaévich

Vo-lóshinov (1894 o 1895-1936), poeta y musicólogo; Lev Vasiliévich Pumpianski (1891-1940), filósofo y especialista en literatura; la pia-nista M. B. Yudina (1899-1970); el poeta B. N. Zubakin (1894-1937), y el filósofo Matvei Isaevich Kagan (1889-1937). Este último, quien cumple a la sazón un papel de iniciador, acaba de regresar de Alemania, donde estudió filosofía en Leipzig, Berlín y Marburgo; fue discípulo de Hermann Cohen y recibió enseñanzas de Cassirer. Así pues, Kagan organiza un primer grupo de encuentros informales conocido como el “seminario kantiano”. Al margen de esta actividad privada, los miem-bros del círculo participan en debates públicos y dictan conferencias.

1 V. V. Kozhinov, S. Konkin, “Mikhail Mikhailovich Bakhtin, Kratkij ocherk

zhizni i dejatel’nosti”, en Problemy poétiki i istorii literatury, Saransk, 1973, pp. 5-19.

2 Para este periodo de la vida de Bajtín me apoyo en los apuntes de K. Nevel’skaya,

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Así, el diario local Molot (Martillo) informa sobre una reunión-debate dedicada al tema de “Dios y el socialismo”; el relato resulta revelador no solamente acerca de la atmósfera que reina entonces en Rusia sino también en cuanto al interés de Bajtín sobre los temas religiosos:

En su discurso, que defendía ese oscuro bozal de la religión, el camarada Bajtín planeaba en alguna parte entre las nubes y más arriba. No había en su argumentación ningún ejemplo vivo, tomado de la vida y de la historia de la humanidad. En ciertos momentos reconocía y apreciaba el socialismo, pero se quejaba e inquietaba porque ese mismo socialismo no se preocupara en absoluto por los muertos (¿no hay bastantes oficios de difuntos, tal vez?) y porque, supuestamente, en tiempos futuros el pueblo no nos lo perdonaría. […] En general, al escuchar sus palabras podía pensarse que todo aquel ejército sepultado y reducido a polvo pronto saldría de su tumba y barrería de la faz de la tierra a todos los comunistas y el socialismo que promueven. El camarada Gutman habló en quinto lugar […] (13 de diciembre de 1918, citado en [43]).

Tras el desplazamiento de Bajtín (y la partida de Kagan a Petrogrado, luego a Oriol), el círculo se vuelve a formar en Vítebsk, donde vuelven a aparecer Volóshinov y Pumpianski, así como algunos recién llegados: el crítico Pavel Nikolaévich Medvédev (1891-1938), el musicólogo I. I. Solertinski; el pintor Marc Chagall forma parte del mismo entorno. Bajtín enseña literatura y estética. Afectado desde 1921 por una osteo-mielitis crónica, que en 1938 hará necesaria la amputación de una pier-na, Bajtín regresa en 1924 a Petrogrado, donde encuentra a sus amigos Volóshinov, Pumpianski y Medvédev; se forma un nuevo (tercer) cír-culo que incluye igualmente, esta vez, al poeta N. Kliuev y al novelista K. Vaguinov, al indianista M. Tubianski, al musicólogo I. Tubianski y al biólogo e historiador de las ciencias I. Kanaev. El “seminario kantiano” reanuda sus actividades. Bajtín vive de trabajos un tanto marginales. En 1929 publica un libro, los Problemas de la obra de Dostoievski, del cual sabemos que una primera versión se terminó en 1922 (sin duda bastan-te diferenbastan-te del libro). Ese mismo año de 1929 Bajtín es arrestado bajo un pretexto que se desconoce, pero que muy probablemente está ligado

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a sus vínculos con la religión ortodoxa. Efectivamente, por esta razón, arrestan en 1928 a su amigo Pumpianski, quien en 1926 escribió a Ka-gan, a la sazón en Moscú, evocando sus reuniones: “Todos estos años, pero sobre todo este, nos hemos ocupado con perseverancia en asuntos de teología. El círculo de nuestros amigos más próximos es el mismo: M. B. Yudina, M. M. Bajtín, M. I. Tubianski y yo mismo (43)”. Bajtín es condenado a cinco años de campo de concentración, que debe pasar en Solovkí. Por razones de salud, no obstante, la pena es conmutada por el exilio en Kazajistán. Así pues, a partir de 1930, permanece en la aldea de Kostanay, en la frontera entre Siberia y Kazajistán; trabaja como em-pleado en diversas instituciones. En 1936 es nombrado en el Instituto Pedagógico de Saransk. En 1937 se radica en Kimry, a un centenar de kilómetros de Moscú, en cuyo liceo enseña ruso y alemán. Por entonces participa esporádicamente en los trabajos del Instituto de Literatura de la Academia de Ciencias en Moscú. En 1945 regresa al Instituto Peda-gógico de Saransk, donde permanecerá hasta su jubilación en 1961. Su obra sobre Dostoievski, sensiblemente aumentada, se reedita en 1963. En 1965 aparece su libro sobre Rabelais, que de hecho es una tesis ter-minada en 1940 y sustentada, con muchas dificultades, en 1946. Como su estado de salud empeora, en 1969 se instala en Moscú. Pasa los úl-timos años de su vida en un asilo de ancianos en Klimovsk, cerca de Moscú. Muere en marzo de 1975 a la edad de ochenta años; su funeral discurre según el rito ortodoxo.

A esta vida apagada, a esta carrera mediocre, corresponde una in-tensa actividad de escritura porque a los dos libros publicados en vida de Bajtín van a agregarse muchos más, que es preciso repartir en dos grupos: las publicaciones póstumas, y las publicaciones seudónimas. En los últimos diez años de su vida, Bajtín publica extractos de sus manuscritos en dos periódicos más bien ortodoxos, Voprosy literatury y Kontekst. La mayoría de estas publicaciones serán reunidas en un vo-lumen compuesto por él mismo, aunque aparecido algunos meses des-pués de su muerte; su título es Cuestiones de literatura y estética. Desde entonces se suceden las publicaciones póstumas: una nueva selección aparece en 1979 bajo el título Estética de la creación verbal.

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Para dar una idea de la manera en que Bajtín se compromete con proyectos que no prosigue, he aquí, apenas de los últimos veinticinco años de su vida, una lista de los libros que comienza o esboza pero jamás termina (encuentro estas indicaciones en las notas de la selección más reciente):

1. Un libro titulado Estudios de translingüística, que incluye en parti-cular un capítulo sobre el discurso ajeno como objeto de las cien-cias humanas y otro dedicado al papel de los contextos que están cada vez más alejados del texto inicial y que tienen un efecto en la evolución de la interpretación de ese mismo texto (42, 406, 407 y 411).

2. Un libro, Los géneros del discurso, sin duda bastante cercano temá-ticamente al anterior (42, 399).

3. Un libro de Estudios de antropología filosófica, que retoma ciertos temas del libro más antiguo, redactado en 1922-1924 (42, 406). 4. Un nuevo libro sobre Dostoievski, titulado Dostoievski y el

senti-mentalismo. Ensayo de análisis tipológico (42, 406).

5. Otro nuevo libro sobre Dostoievski, confrontación entre sus nove-las y escritos periodísticos, particularmente El diario de un escritor (42, 408).

6. Un estudio sobre Gógol (42, 406).

7. Un libro sobre la manera en que los escritores tratan de encontrar una voz personal, propia (42, 406). Es posible que los tres últimos proyectos se hayan visto destinados a fundirse en uno solo.

Nada nos garantiza, por supuesto, que semejante lista sea exhaustiva. Tampoco siquiera que, en el momento actual (noviembre de 1979), lo esencial de los manuscritos de Bajtín esté publicado ya3.

La cuestión es aun más compleja en lo que concierne a los escritos seudónimos (o presuntamente tales). El affaire comenzó en 1973, con

3 Se me informa que un nuevo volumen de inéditos se encuentra en preparación

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una declaración de V. V. Ivanov, semiólogo soviético y admirador de Bajtín —declaración disimulada en la nota 101 de un estudio dedica-do a la contribución de Bajtín al desarrollo de la semiótica—. Podía leerse allí:

El texto principal [osnovnoj] de los trabajos 1-5 y 7 [un libro firmado

por Medvédev, dos libros y tres artículos firmados por Volóshinov] es de M. M. Bajtín. Sus discípulos V. N. Volóshinov y P. N. Medvédev, bajo cuyos nombres fueron publicados, solamente procedieron a pequeñas interpolaciones; modificaron igualmente algunas partes de esos artículos y libros (o incluso de los títulos, como en Marxismo y filosofía del lenguaje). Que todos estos trabajos correspondan a un mismo autor

—lo que confirman las declaraciones de los testigos—, el texto mismo nos impone admitirlo4.

Aproximadamente en la misma época, en una entrevista publicada en polaco, el mismo Ivanov presenta así esa publicación:

Era fácil para Bajtín acceder a la solicitud de dos de sus amigos y discípulos, Volóshinov y Medvédev, y publicar sus propios trabajos bajo sus nombres (con las modificaciones entonces exigidas y que ellos aportaron)5.

Otros dos testimonios públicos se sumaron a las declaraciones de Iva-nov. El eslavista americano T. Winner informa que, durante una con-versación en junio de 1973, Bajtín habría confirmado que efectivamen-te era el autor de dichos libros6. Un crítico soviético relata, por su parte,

que había puesto el libro firmado por Medvédev sobre la mesa un día en que los Bajtín le visitaban. Mijaíl Mijailóvich no dijo nada pero, al verlo, la Sra. Bajtín exclamó: “¡Dios mío, cuántas veces copié ese

li-4 V. V. Ivanov, “Znachenie idej M. M. Bakhtina…”, Trudy po znakovym sistemam,

vi, Tartu, 1973, p. 44.

5 Texto ruso en V. Ivanov, “O Bakhtine i semiotike”, Rossija/Russia, 2, Turín,

1975, p. 284.

6 Th. G. Winner, “The Beginning of Structural and Semiotic Aesthetics”, en L.

Matejka (ed.), Sound, Sign and Meaning, Michigan Slavic Contributions 6, Ann

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bro!”7. Finalmente, en las notas del último volumen de Bajtín (1979,

póstumo) aparece tres veces la misma frase —“el texto principal del libro pertenece a M. Bajtín”—, a propósito de los dos libros firmados por Volóshinov y de aquél que lleva el nombre de Medvédev (42, 386, 399 y 403); una vez, con esta precisión: “el libro fue publicado bajo el nombre de Volóshinov” (42, 399); además, se señalan tres artículos publicados por Volóshinov como de la autoría de Bajtín: “El discurso en la vida y el discurso en poesía”, “La estructura del enunciado” y “So-bre las fronteras entre poética y lingüística” (42, 399, 401 y 402). Con base en esos testimonios diversos, varias traducciones de esos libros han aparecido, hace poco, atribuidos a Bajtín.

No tengo ninguna información nueva que aportar al expediente; pero quisiera adjuntar un interrogante sobre el alcance de dichos testi-monios y un comentario a la apuesta de la atribución.

En lo que se refiere al primer punto, constatemos inicialmente lo siguiente: Bajtín nunca reivindicó públicamente la paternidad de esos libros, ni a finales de los años veinte ni a comienzos de los setenta. En la misma serie de entrevistas, entre las que figura aquella con Ivanov, el periodista polaco interroga igualmente a Bajtín; pero ni una palabra de la entrevista aborda la cuestión (mientras que sí es debatida entre el periodista e Ivanov). Por otro lado, es muy probable que Bajtín haya efectivamente reconocido esa paternidad en privado (Ivanov lo conocía personalmente) o bien la haya dejado suponer (por esposa interpuesta). ¿Pero debe ignorarse esa diferencia de estatus entre palabra pública (y escritura) y palabra privada? En lo que atañe a los “testigos”, jamás identi-ficados por Ivanov, cabe incluso poner en duda su existencia. Volóshinov y Medvédev murieron en los años treinta; el secreto, si lo hubo, estaba muy bien guardado a finales de los años veinte, como lo muestra, por ejemplo, una carta de Pasternak, de la que volverá a hablarse más ade-lante. El único testigo es el propio Bajtín pero, suponiendo que haya afirmado ser el autor de dichos escritos, ¿qué prueba que sus

declaracio-7 Cf. A. J. Wehrle, “Introduction: M. M. Bakhtin/p. N. Medvedev”, en P. N.

Med-vedev/M. M. Bakhtin, The Formal Method in Literary Scholarship, Baltimore &

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nes de los años veinte disimulaban la verdad mientras que las de los se-tenta la revelaban, y no lo contrario? No hay, por lo menos hasta ahora, ningún criterio externo para establecer con evidencia que Bajtín haya escrito esos libros.

Después de todo, Ivanov no afirma que Bajtín los haya redactado de principio a fin. Habla en una ocasión de “pequeñas interpolaciones y modificaciones de ciertas partes”, en otra de “modificaciones exigidas en aquella época” y en una tercera de “texto principal”. ¿Pero hasta dónde iban esas modificaciones? ¿A partir de qué momento puede conside-rarse a alguien coautor de un libro, más que su “redactor” (editor)? ¿No pueden ciertas “interpolaciones” y “modificaciones” cambiar el sentido del conjunto? ¿Puede decirse que el título carezca de efecto sobre la lec-tura de un libro? ¿Y no habría que verlo, más bien, como una llave que determina toda la recepción del lector (no es evidente, por lo demás, en qué medida “marxismo” o “filosofía del lenguaje” delatan la intención del texto subsiguiente)? ¿Y si, como lo sugiere la semblanza biográfica (concretamente, V. V. Kozhinov), los textos simplemente se hubieran escrito “sobre la base de entrevistas con Mijaíl Mijailóvich, dedicadas a los problemas de la filosofía y la sicología, de la filología y la estética”?8

Aquí interviene otra cuestión. Los escritos firmados por Medvédev y Volóshinov, pero que de hecho serían de Bajtín, se parecen bastante, tanto por su contenido ideológico como por su estilo, a otros escritos firmados por los mismos pero no reivindicados por los defensores de la tesis del seudonimato. Por ejemplo, el libro de Volóshinov (Bajtín), El freudismo, tiene en cuenta a otro estudio de Volóshinov, “Más acá de lo social”, publicado dos años antes. El estudio de Volóshinov, “La estructura del enunciado”, atribuido por Ivanov a Bajtín, es el segun-do de tres artículos publicasegun-dos bajo el mismo título general: “Estilís-tica del discurso literario”, y se integra perfectamente a la serie (que se asemeja a un comienzo de libro); no obstante, nadie ha reivindicado aún la paternidad de Bajtín para el primer y tercer artículos. El libro de Medvédev, El método formal en estudios literarios, está precedido por su

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artículo acerca de “Las tareas actuales de la ciencia histórico-literaria”, y una nueva versión del mismo será publicada en 1934 bajo el título El formalismo y los formalistas. Nadie ha pensado en atribuir dichos textos a Bajtín.

Los escritos firmados por Volóshinov y Medvédev, pero atribui-dos a Bajtín, se integran pues bastante bien a la serie de escritos de estos mismos autores; existen, por el contrario, notables diferencias entre los escritos firmados por Bajtín y los que se le atribuyen. El mé-todo formal en estudios literarios está mucho mejor compuesto que los demás: estilo claro y simple, frases cortas, puntos y apartes frecuentes, numerosos subtítulos, clara articulación de los capítulos. Los libros firmados por Volóshinov son particularmente dogmáticos y a menudo se conforman con afirmar sin probar. Las obras del propio Bajtín se distinguen por una composición confusa, por repeticiones que rayan en la redundancia, por una tendencia a la abstracción (¿influencia de la filosofía alemana?).

Naturalmente, esas diferencias de superficie permiten que subsis-ta una gran homogeneidad de pensamiento; por essubsis-ta razón parece subsis-tan verosímil la afirmación de Ivanov. Pero en ausencia de indicios externos realmente convincentes, la comparación entre los textos conduce a una conclusión más mesurada: yo diría que estos textos fueron concebidos por el mismo (los mismos) autor(es), pero fueron redactados, en parte o en su totalidad, por personas distintas.

Un segundo aspecto del debate que debe considerarse ahora toca el sentido mismo del conjunto de la obra de Bajtín; y es preciso, para comprenderlo, recordar el contenido de los escritos en cuestión. Los textos enumerados por Ivanov tienen un mismo rasgo en común: son escritos polémicos y críticos. De hecho, estos tres libros son sendos ajusticiamientos: del sicoanálisis, del formalismo en estudios litera-rios, de la lingüística contemporánea (en particular, la estructural). Habitualmente se sugiere que Volóshinov y Medvédev serían responsa-bles de cierta enjambrazón de términos marxistas en las obras de Bajtín —que, sin ellos, no habrían podido ver la luz—. La lectura de estas obras no confirma dicho argumento. En ellas, la terminología

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marxis-ta no parece planmarxis-tada desde fuera: los tres amarxis-taques se llevan a cabo en nombre del marxismo, extraen de él lo esencial de su sustancia. Ahora bien: Bajtín jamás publicó bajo su nombre un solo escrito polémico y, en sus propios escritos, las referencias a la doctrina marxista son muy discretas. Y no es casual que, desde su aparición, su libro sobre Dostoievski se viera a su vez ajusticiado por un marxista ortodoxo, M. Starinkov, en un artículo con un título significativo: “El idealismo po-lifónico” (publicado en Literatura i marksizm, en 1930; esta misma revista publicaba también los textos de Medvédev y de Volóshinov —¿o de Bajtín?—).

Para dar un ejemplo del tono de los escritos polémicos de Volóshinov y de Medvédev, tomemos algunos apartes de las páginas relativas a los formalistas. Volóshinov dedica, en 1929, un estudio a V. V. Vinográdov, lingüista y formalista marginal, futuro líder oficial de la lingüística soviética. Para calificar a este autor, se vale de expresiones de este género: “el enfoque […] de Vinográdov […] es propiamente desas-troso” (16, 207), o “su camino es de una hostilidad intransigente hacia el marxismo” (16, 209). En El método formal en estudios literarios, Med-védev concluye que se puede considerar a los formalistas “enemigos de alcurnia” (6, 232). Y en la segunda versión del libro, seis años después, su lenguaje será mucho más duro.

El indiscutible desarrollo de los estudios literarios marxistas es en sí mismo un potente antídoto contra el contagio formalista (20, 7). En su esencia —es decir, en tanto clase social—, el formalismo representa la reacción burguesa llevada a cabo en el frente de los estudios literarios. Siempre ha sido el conductor de las influencias burguesas (20, 8). Aunque la historia del formalismo terminó, aunque el formalismo esté descompuesto y degenerado, la serie de intentos por reanimar su cadáver está lejos de cerrarse. Pero es bien sabido que no hay nada tan ponzoñoso como el veneno de los cadáveres (20, 209).

Con seguridad estas frases no son de Bajtín quien, desde hace ya cinco años, contempla las estepas de Siberia y Kazajistán. Pero corresponden perfectamente a la argumentación desarrollada en la parte central del

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libro, al “texto principal” —que permanece idéntico en la versión de 1928 y en la de 1934—. Hay que saber lo que significaba en determi-nada época, en la Unión Soviética, calificar a alguien, a nombre de la ideología oficial, como “enemigo” (así fuera “de alcurnia”), “enemigo intransigente del marxismo”, o “reaccionario burgués” —hay que saber-lo para comprender que no podemos juzgar según saber-los mismos criterios el comportamiento global de Bajtín ya sea que haya escrito esos textos o que solamente haya inspirado la teoría del lenguaje que en ellos se expresa—. ¿Quizá, más clarividente que sus amigos, estaba dispuesto a criticar en privado el sicoanálisis, la lingüística y el formalismo, y al tiempo dudaba, por temor a sus efectos, a publicar dichas críticas? ¿Quizá no debió “acceder a la solicitud de sus amigos”? Fue efectiva-mente a nombre de tales escritos como se ejerció la represión contra los partidarios de esas “ciencias burguesas” que son el sicoanálisis, la lingüística y la poética.

Pensar que Bajtín firmaba sus obras positivas con su propio nom-bre mientras que habría empleado seudónimos para ajusticiar a sus ad-versarios equivale a hacer de él una especie de Dr. Jekyll que dispone de un Mr. Hyde para el trabajo sucio —lo cual no es imposible pero no parecen asumirlo los defensores de la tesis del seudonimato—. Hay en este asunto un aspecto aun más siniestro. Cualquier autor de escritos polémicos de este género se exponía, durante este periodo en la Unión Soviética, al riesgo de convertirse él mismo en blanco de una polémi-ca posterior: el verdugo es fácilmente elegido como próxima víctima. Basta, para convencerse, recordar el destino de los sucesivos jefes de la Seguridad del Estado. Ahora bien: aunque parece que Volóshinov murió de muerte natural, tal no es el caso de Medvédev. Ejecutor de los formalistas en 1928, él mismo será considerado formalista algunos años más tarde: su ataque no fue lo bastante duro y manifestaba cierta connivencia con el enemigo… La versión de 1934 procura reparar las cosas, utilizando en la introducción y la conclusión el lenguaje soez del que se dio un ejemplo; pero era demasiado tarde. Condenado por sus errores ideológicos, Medvédev será arrestado y deportado. La reseña biográfica de la Breve enciclopedia literaria (soviética) termina con esta

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lacónica fórmula: “reprimido ilegalmente; rehabilitado póstumamen-te”. No quisiera, pues, en ese contexto, negarle la paternidad —aunque fuera parcial— del trabajo por el que murió.

Las consideraciones que formulo no apuntan a refutar la tesis se-gún la cual Bajtín sería el único autor de esos escritos; pero indican, creo, lo que está en juego en semejante tesis. Consideremos ahora las cosas desde otro lado, lo que nos conducirá, por demás, a examinar la sustancia misma de estos libros. La pregunta por la relación entre el autor y su libro (o su discurso) es ampliamente debatida en la obra de Bajtín; una de las tesis destacables es que el autor no es el único respon-sable del contenido del discurso que produce: el destinatario también participa en él, al menos tal como el autor lo imagina: no se escribe de la misma manera según se interpele a tal o cual público. Esos libros quizá fueron escritos por Bajtín; sin embargo, los dirigió a destinatarios di-ferentes: El freudismo y Marxismo y filosofía del lenguaje, a Volóshinov (se volvía, por ende, más lingüista y más marxista); El método formal en estudios literarios, a Medvédev (se hacía entonces más contundente, más mordaz); los Problemas de la obra de Dostoievski, al conjunto del público (y se convertía en “Bajtín”…). Desde esta perspectiva, e inclu-so si Medvédev y Volóshinov no inclu-son más que los destinatarios (reales o imaginarios) de esos libros, tienen tanto derecho como él, según el pensamiento mismo de Bajtín, a ver su nombre en la portada en lugar del suyo.

Una conclusión parece imponerse: es inadmisible que los nombres de Volóshinov y Medvédev se borren pura y simplemente, y que se con-traríe así el deseo manifiesto de Bajtín de no asumir la publicación de ta-les escritos. Pero es igualmente imposible no tener en cuenta la unidad del pensamiento que evidencia el conjunto de estas publicaciones (y que cabe atribuir, siguiendo en ello diversos testimonios, a la influen-cia de Bajtín). Así pues, propondré que se adopte, para el conjunto de esos textos, el siguiente procedimiento tipográfico: conservar el ape-llido bajo el cual fueron publicados, seguido de una barra oblicua que preceda al apellido de Bajtín: Medvédev/Bajtín, Volóshinov/Bajtín. Se elige la barra, en particular, por la ambigüedad que consiente: ¿se trata

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de una relación de colaboración?; ¿de sustitución (seudónimo o másca-ra)?, ¿o de comunicación (donde el primer apellido designa al receptor y el segundo al emisor)?9

Regresemos, tras esta larga pero indispensable digresión, a la bio-grafía de Bajtín. Con el equivalente a cuatro volúmenes añadido a su bibliografía (incluso si en la práctica no redactó esos libros), es decir a los dos volúmenes publicados en vida suya y a los dos libros póstumos, esta recopilación permite así establecer aproximadamente los grandes periodos de su biografía intelectual:

1. Antes de 1926: escritos de naturaleza teórica general, ubicados en la continuidad de la gran tradición alemana de estética filosófica que va de Kant a Husserl —escritos calificados a veces por el pro-pio Bajtín como “fenomenológicos” o aun como investigaciones de “filosofía ética”. Cursos sobre historia general de la literatura rusa. 2. 1926-1929: escritos metodológicos y críticos, de un marxismo

agresivo, de los cuales ninguno está firmado por Bajtín; es el perio-do “sociológico”. Al mismo tiempo se elaboran las ideas que consti-tuirán el fundamento de los textos del siguiente periodo.

3. 1929-1935: investigaciones teóricas sobre el enunciado y el dia-logismo, desde el libro sobre Dostoievski (escrito en su primera versión desde 1922) hasta el “Discurso en la novela”.

4. 1936-1941: reinterpretación de la historia literaria —la de la no-vela particularmente—, trabajos sobre el cronotopo, la nono-vela de aprendizaje (Goethe), y sobre Rabelais. Un artículo extenso titu-lado “La sátira”, destinado a la Enciclopedia literaria, pertenece a la misma época pero nunca fue publicado.

5. 1942-1952: ningún texto aparece fechado en estos años. Sin embar-go, la semblanza biográfica nos informa que, durante sus años de do-cencia en el Instituto Pedagógico de Saransk (1945-1961), escribió bastante: “Se trata de artículos y reseñas publicados en las páginas

9 Esta solución tipográfica ya ha sido adoptada por A. Wehrle en su traducción

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de la prensa local (nadie los ha reunido todavía). Pero la mayoría [de estos escritos] aún espera ser publicada”.10 Además, Bajtín es profesor

de tiempo completo: dicta “cursos sobre literatura occidental —an-tigua, medieval, literatura del Renacimiento, de la Ilustración y del siglo xix”11. Se menciona además que presentó “varios centenares de

conferencias para los trabajadores de Saransk —en fábricas y talle-res, en escuelas, en diferentes organizaciones e instituciones”12. Cabe

suponer que el texto de estos cursos y conferencias no esté defini-tivamente perdido… Quizás en la misma época escribió otro libro, dedicado al sentimentalismo en literatura, y cuyo manuscrito no fue conservado (ver 42, 407).

6. 1953-1975: revisión de antiguas obras, retorno a los grandes temas teóricos y metodológicos del principio. Los fragmentos de esos años, que nunca llegan a concretarse en un texto articulado, son a mi parecer lo más notable que dejó Bajtín.

La existencia de estos periodos en la biografía de Bajtín es indis-cutible, aunque a veces pueda dudarse de su delimitación exacta. Sin embargo, al mismo tiempo puede decirse, y ello es igualmente legítimo, que la obra de Bajtín no conoce, propiamente hablando, un desarrollo. Bajtín cambia de centro de interés, a veces modifica sus formulacio-nes; pero entre su primer y su último escrito, entre 1922 y 1974, su pensamiento sigue siendo fundamentalmente el mismo; también se encuentran frases, escritas con cincuenta años de diferencia, casi idén-ticas. En lugar del desarrollo se descubre la repetición —repetición que, claro está, muy a menudo solo es parcial: una cantilena eternamente recomenzada—. Los escritos de Bajtín se emparentan más con los ele-mentos de una serie que con los componentes de una construcción elaborada de modo progresivo: cada uno de ellos contiene, de alguna manera, el conjunto de su pensamiento, pero encierra también un

des-10 “Mikhail Mikhailovich Bakhtin…”, loc. cit., p. 13. 11 Ibíd., p. 14.

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lizamiento, un desplazamiento apenas perceptible dentro de ese mismo pensamiento, y que a menudo constituye su interés.

Por ello decidí subordinar, en la exposición que sigue, el orden cro-nológico a la perspectiva sistemática, aunque teniendo en cuenta di-cho orden en un doble aspecto: primero que todo en lo que concierne a cada tema, si hay cambios en las ideas de Bajtín; pero también —y más— en el orden mismo en que se abordarán los temas: parto de las cuestiones metodológicas, enseguida me detengo en su teoría del enun-ciado y luego llego a su contribución a la historia literaria. Este relevo de la teoría por la historia es muy característico de Bajtín (él mismo escribe: “No se puede resolver ningún problema teórico más que sobre alguna materia histórica concreta”, 22, 198), puesto que aparece por lo menos en dos ocasiones en el curso de sus trabajos: las investigaciones filosóficas y teóricas de los años veinte culminan, en 1929, en un libro consagrado a un único autor, Dostoievski; las amplias generalizaciones sobre la historia de la novela, llevadas a cabo en los años treinta, des-embocan en los libros sobre Goethe (1938) y sobre Rabelais (1940). Finalmente, termino con el estudio de una problemática que aparece a lo largo de toda la obra de Bajtín y que, creo, constituye el fundamento ideológico de su búsqueda.

Así pues, esos son los cuatro ámbitos que examinaré sucesivamente: la epistemología; la translingüística; la historia de la literatura; la antro-pología filosófica. Pero hay que recordar al mismo tiempo que la divi-sión temática es tan relativa como la de los periodos: la epistemología de Bajtín se funda en su teoría del lenguaje; su historia literaria lo lleva a la reflexión antropológica, y el principio dialógico se mantiene como su tema dominante, cualquiera que sea el objeto del que se ocupe.

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2

EPISTEMOLOGÍA DE

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Al introducir la noción de cronotopo, complejo espaciotemporal característico de cada subgénero novelesco, Bajtín hace un curioso co-mentario terminológico:

Este término —cronotopo— se emplea en biología matemática y

fue introducido y adaptado sobre la base de la teoría de la relatividad [de Einstein]. Poco nos importa el sentido específico que se le ha dado; lo introduciremos aquí —en estudios literarios— un poco como metáfora (un poco, pero no del todo) (23, 234-235).

Este “un poco, pero no del todo” resulta bastante curioso, máxime por cuanto este tipo de transposición no es excepcional en los escritos de Bajtín. Así, la revolución producida por Dostoievski en el campo nove-lesco es comparable a la de Einstein:

Los problemas que se plantean al autor y a su consciencia en la novela polifónica son mucho más complejos y profundos que los que se encuentran en la novela homofónica (monológica). La unidad del mundo de Einstein es más profunda y más compleja que la del mundo de Newton; es una unidad de orden superior (una unidad cualitativamente diferente) (31, 324).

Otra comparación, entre ciertos hechos del lenguaje y algunos aspectos del mundo físico, aparece de manera esporádica pero perentoria en sus escritos. A veces se prolonga incluso en el campo de las ciencias.

Cuando las lenguas y las culturas se iluminaron mutua y activamente, el lenguaje se hizo totalmente diferente; su cualidad misma cambió. En lugar del mundo lingüístico ptolemaico, unido, único y cerrado, apareció

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el universo galileano hecho de lenguas múltiples que se reflejan unas en otras (24, 429-430).

En el Renacimiento se propaga un uso descentrado del lenguaje, que se manifiesta particularmente en la novela y corresponde a la concepción galileana del mundo, por oposición a la de Ptolomeo. La explicación de esta correspondencia (por tanto, es más que una metáfora) parece ser, para Bajtín, la siguiente: la evolución de las artes y de las ciencias está ligada igualmente a la de la ideología; he ahí el fundamento que explica ese “aire de familia”. Más que una relación de determinación, Bajtín hablará de una “adecuación” entre esas diferentes formas de ideología:

En la época de los grandes descubrimientos astronómicos, mate-máticos y geográficos que destruyeron la finitud y el confinamiento del antiguo universo, que recusaron la finitud de los valores matemáticos e hicieron retroceder las fronteras del antiguo mundo geográfico —en la época del Renacimiento y del protestantismo—, que pusieron fin a la centralización verbal e ideológica de la Edad Media, en una época semejante solo podía ser adecuada la consciencia lingüística galileana (21, 226).

Existe entonces, entre las ciencias naturales y las ciencias humanas, un paralelismo histórico que se explica por su arraigo común en lo ideo-lógico y lo social. Pero al lado de esta primera tesis, que trata acerca de la unidad y la homogeneidad del campo del conocimiento, existe igualmente un principio de diferenciación que separa a las ciencias hu-manas y a las ciencias naturales. Bajtín descubre este principio casi por casualidad, al estudiar el papel del habla en las diferentes actividades humanas: en ciencias humanas dicho papel es esencial, y en las ciencias naturales, nulo.

Las ciencias matemáticas y naturales no conocen en absoluto el discurso en tanto objeto de una orientación. […] Todo el aparato metodológico de las ciencias matemáticas y naturales está orientado hacia el dominio de un objeto reificado, que no se revela en el discurso

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a la recepción y a la interpretación de los discursos o de los signos que provienen del objeto conocible en sí.

En las ciencias humanas, a diferencia de las ciencias naturales y matemáticas, surgen los problemas específicos del establecimiento, la transmisión y la interpretación de los discursos ajenos (por ejemplo, el problema de las fuentes en la metodología de las disciplinas históricas). En cuanto a las disciplinas filológicas, el hombre hablante y su discurso son de forma fundamental el objeto del conocimiento (21, 163-164).

Esta simple constatación motiva a contracorriente ciertas hipótesis acerca de la naturaleza misma del conocimiento en ciencias humanas, y, más particularmente, en las disciplinas que tienen por objeto el dis-curso (dejando, por ende, de lado la lingüística).

En el ámbito de la poética, de la historia de la literatura (y en general de la historia de las ideologías), así como mayoritariamente en filosofía del lenguaje, ningún otro enfoque es posible: en estos ámbitos incluso el positivismo más árido e insípido no puede tratar de manera neutra al discurso como una cosa; y se ve obligado no solamente a hablar aquí del discurso, sino además a hablar con el discurso a fin de captar su sentido ideológico, accesible solamente a una comprensión dialógica, que incluye la evaluación y la respuesta (21, 164).

Esta rotunda separación entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu, así como la afirmación según la cual la especificidad de estas últimas radica en que tienen que enfrentarse con los textos, y por lo tanto con la interpretación, no deja evidentemente de recordar las te-sis de Dilthey. De hecho, Bajtín las conoce bien por haberlas criticado explícitamente en Marxismo y filosofía del lenguaje. He aquí el resumen que nos da de ellas en esta última obra:

[Según Dilthey,] la tarea de la sicología no podría ser la explicación causal de las experiencias síquicas, como si estas fueran análogas a procesos físicos o fisiológicos. La tarea de la sicología consiste en describir comprendiendo, en descomponer e interpretar la vida síquica como si se tratara de un documento sometido al análisis filológico. Solo una sicología semejante, descriptiva e interpretativa, puede, según Dilthey,

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servir de base a las ciencias humanas o, como él las llama, “ciencias del espíritu” (12, 29-30).

Es efectivamente el mismo programa que adoptará Volóshinov/Bajtín. Si critica a Dilthey es porque piensa que este último no extrae las con-secuencias últimas de sus propias tesis (en ello se equivocaba, pero no podía conocer en esa época los inéditos de Dilthey).

En efecto, la yuxtaposición de la experiencia síquica y del discurso no es para W. Dilthey una simple analogía, una imagen esclarecedora, por cierto bastante escasa en sus obras. Está muy lejos de sacar las conclusiones que se imponen de esta comparación (12, 30-31).

En un texto más tardío, Bajtín constata que las formulaciones de Dil-they y de Rickert ya no son aplicables, pero no por ello deja de exigir, en un espíritu absolutamente diltheyano, “la distinción rigurosa entre la comprensión y el estudio científico” (38, 349).

El objetivo de Bajtín en la materia consiste, pues, ante todo, en ra-dicalizar el programa de Dilthey, al tiempo que matizarlo. Bajtín dis-tinguirá efectivamente dos puntos en los que se cristaliza la diferencia entre ciencias humanas y naturales: en el objeto y en el método (es de-cir, en el sujeto cognoscente).

Diferencia en el objeto

La diferencia en el objeto es un dato de hecho: el objeto de las cien-cias humanas es un texto, en el sentido lato de materia significante.

Nos interesamos por la especificidad de las ciencias humanas dirigidas hacia los pensamientos, los sentidos, los significados, etc., que vienen de los demás y que se manifiestan y ofrecen al estudioso únicamente bajo la apariencia de un texto (30, 282). El texto (escrito y

oral) como dato primario de todas estas disciplinas [lingüística, filología, estudios literarios] y en general de cualquier ciencia humana y filológica (incluso el pensamiento teológico-filosófico en su fuente). El texto es esa

realidad inmediata (realidad del pensamiento y de las experiencias), la

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Allí donde no hay texto, no existe tampoco objeto de investigación ni de pensamiento (30, 281).

Por ende, quien constituye el objeto de las ciencias humanas no es sim-plemente el hombre; es, más bien, el hombre en tanto productor de textos.

Las ciencias humanas son ciencias del hombre en su especificidad, y no de una cosa sin voz ni de un fenómeno natural. El hombre en su

especificidad humana se expresa siempre (habla), es decir crea un texto (acaso potencial). Dondequiera que se estudie al hombre por fuera del texto e independientemente de él, ya no se trata de ciencias humanas (anatomía y fisiología humana, etc.) (30, 285).

Esta idea, esta distinción, estaban ya presentes en la primerísima publi-cación teórica de Volóshinov/Bajtín.

Los cuerpos físicos y químicos existen igualmente por fuera de la sociedad humana, mientras que los productos de la creación ideológica solo se desarrollan en ella y para ella (7, 246).

Bajtín recurrirá a diferentes formulaciones para definir la identidad del objeto de las ciencias humanas. En los escritos de los años veinte em-plea una oposición por lo menos tan antigua en la materia como es la de San Agustín entre cosas y signos. Una sección titulada “La palabra como signo ideológico”, de un artículo firmado por Volóshinov, des-cribe el signo como aquello que remite a algo diferente, en oposición a las cosas que son, por su parte, intransitivas. Enseguida, los signos se dividen nuevamente de modo agustiniano en “ya existentes” y “expre-samente creados”. Las ciencias humanas son, por tanto, subdivisiones de la semiótica. Al mismo tiempo, Volóshinov/Bajtín parece conside-rar como intercambiables las dos nociones de conjunto de signos (o de semiótica) y de ideología.

Por ideología entenderemos el conjunto de los reflejos y las refracciones en el cerebro humano de la realidad social y natural, que él

expresa y fija mediante la palabra, el dibujo, el gráfico o bajo otra forma semiótica [znakovoj] (17, 53). Ideológicamente: es decir en un signo, una

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Esta idea se retomará, de forma siempre programática, en Marxismo y filosofía del lenguaje, y volverá a aparecer incluso en los últimos escritos de Bajtín:

El acto humano es un texto potencial (30, 286). Ciencia del espíritu. El espíritu (el mío como el de los otros) no puede ser dado como cosa (como objeto inmediato de las ciencias naturales) sino únicamente a través de una expresión por signos, una realización por “textos”, y que valgan tanto para uno mismo como para los demás (30, 284).

En un texto fechado aproximadamente en 1941, pero que Bajtín reto-mará en 1974, aparece otro intento por definir la especificidad de las ciencias humanas. La partición no es ya entre cosas y signos, sino entre cosas y personas.

Conocimiento de la cosa y conocimiento de la persona. Es preciso caracterizarlos como límites: la cosa pura y muerta, que solo es exterioridad, que solamente existe para otro y a la que ese otro (el sujeto cognoscente), por un acto unilateral, puede revelar íntegramente y hasta el fin. […] El segundo límite es el pensamiento de la persona en presencia de la persona misma, el diálogo, la interrogación, la súplica (28, 409). Dos límites del pensamiento y de la práctica (del acto), o dos tipos de relación (la cosa, la persona). Cuanto más profunda es la persona, es decir cuanto más se acerca uno al límite personal, menos aplicables son los métodos generalizantes; la generalización y la formalización borran los límites entre el genio y la mediocridad. […] Nuestro pensamiento y nuestra práctica (no la técnica sino la moral, es decir el conjunto de nuestros actos

responsables) se consuman entre dos límites: en relación con la cosa y en

relación con la persona. Cosificación y personificación (40, 370).

Podría decirse todavía que en ciencias naturales se busca conocer un objeto, y en ciencias humanas un sujeto.

Las ciencias exactas son una forma monológica del saber: el intelecto contempla una cosa y habla de ella1. No hay aquí más que un solo sujeto,

1 De hecho, esta frase fue extraída del artículo de S. S. Averintsev, “Simvol”,

pu-blicado en el volumen 6 de la Breve enciclopedia literaria soviética, artículo que Bajtín

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el sujeto cognoscente (contemplante) y hablante (enunciante). Frente a él solo hay una cosa sin voz. Pero no es posible percibir y estudiar al sujeto

en cuanto tal como si fuera una cosa, ya que no puede mantenerse como sujeto si carece de voz: por consiguiente, su conocimiento solo puede ser

dialógico (40, 363).

Esta insistencia sobre la “persona” no debe entenderse como una de-fensa de la individualidad sicológica (como se verá, nada podría estar más lejos del pensamiento de Bajtín). Se trata, más bien, de insistir en el carácter único, no replicable, de los hechos que constituyen el objeto de las ciencias humanas.

La personalización no es de manera alguna subjetiva. El límite aquí no es el yo, sino ese yo en una interrelación con otras personas, es decir yo y el otro, yo y tú (40, 370).

Ese personalismo es semántico, no sicológico (40, 373).

Aquí, como en otras partes, puede sorprender la ausencia de la palabra “histórico”: no parece que Bajtín tematice el término, aunque de hecho la noción (de historia) que encubre es fundamental para él.

Las ciencias humanas, y muy particularmente los estudios literarios, sufren de un complejo de inferioridad respecto a las ciencias naturales, y quisieran alinearse con ellas. Pero el precio que pagan es el sacrificio de su especificidad al olvidar que su “objeto” precisamente no es un obje-to sino otro sujeobje-to. Este arrobamienobje-to por la “verdadera” ciencia puede adoptar diversas formas. Desde sus primeros escritos, Bajtín muestra que hay una tendencia a sustituir el verdadero objeto de las ciencias humanas (o de los estudios literarios) por una realidad que sería más inmediata, más tangible que la que tienen. Ahora bien: para hacerlo hay dos tipos de objetos empíricos disponibles: cabe reducir el texto a su materialidad (lo que sería una forma de empirismo objetivo), o bien se le diluye en los estados síquicos (que lo preceden y suceden) que experimentan quienes producen o perciben dicho texto (empirismo subjetivo).

El estudioso se aferra a estos dos aspectos y teme superarlos del modo que sea, suponiendo habitualmente que más allá solo se hallan las

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sustancias metafísicas o místicas. Pero dichos intentos por “empirizar” íntegramente al objeto estético siempre han resultado en fracasos y, como hemos mostrado, metodológicamente son del todo ilegítimos […]. No tenemos ninguna razón para temer que el objeto estético no pueda hallarse en el psiquismo ni en la obra física; no por ello se convierte en sustancia mística o metafísica. El mundo proteiforme del acto, de la existencia ética, está en la misma situación. ¿Dónde está el Estado? ¿En el psiquismo, en el espacio físico-matemático, sobre el papel de los actos constitucionales? ¿Dónde está el derecho? Sin embargo, tenemos un vínculo con el Estado y con el derecho, que asumimos. Es más, estos valores dan sentido y orden tanto al elemento empírico como a nuestro psiquismo, al permitirnos superar su pura subjetividad (4, 53).

Para los estudios literarios, los formalistas son quienes ilustran los dos modos del empirismo. Por una parte, efectivamente pecan por empiris-mo objetivo: quieren reducir la obra a sus estructuras lingüísticas para reducir a estas a su vez, si ello es posible, al elemento fónico. O bien, de igual forma, renuncian a cualquier búsqueda de las intenciones ya que estas no son directamente observables. Bajtín opondrá su propia actitud a la de los formalistas:

Insistimos sin cesar en el aspecto objetal y semántico, y en el aspecto expresivo, es decir intencional —puesto que son sendas fuerzas que estratifican y diferencian la lengua literaria común—, en lugar de atarnos a las marcas lingüísticas (las coloraciones léxicas, las armónicas semánticas, etc.) de los lenguajes, de los géneros, de las jergas profesionales y demás, marcas que son, por así decirlo, sedimentos inanimados del proceso intencional y signos de una interpretación de las formas lingüísticas comunes que el trabajo vivo de la intención arroja por el camino. Esas marcas exteriores, observables e identificables en el plano lingüístico, no pueden captarse ni aprehenderse en sí mismas sin comprenderlas al interpretarlas según la intención que las anima (21, 105).

Esta exigencia de captar el lenguaje, no solamente en las formas pro-ducidas sino también a través de las fuerzas productoras (Humboldt decía: energeia, no ergon), encuentra su correlato, del lado del receptor, en la insistencia con que se emplea la noción de horizonte.

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