Presentación
I. Teorías
De los Estudios de la Mujer a los debates sobre Género María Luisa Femenías
II. Historiografía
Trabajo, cultura y poder: dilemas historiográficos y estudios de géne-ro en la Argentina
Mirta Zaida Lobato
III. Metodologías
Haciendo Historia con mujeres.
Aprender, mirar y comprender la historia desde una perspectiva de género
María Fernanda Lorenzo
Algunas reflexiones sobre el lugar de las imágenes en
el ámbito escolar
Laura Malosetti Costa
Memoria, historia e imagen fotográfica: los desafíos del
relato visual para los historiadores
Mirta Zaida Lobato
Qué hacemos con el cine en el aula
Diana Paladino
Glosario
Notas sobre las autoras
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pag. 5
pag. 17
pag. 46
pag. 60
pag. 69
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Historias con mujeres. Mujeres con historia. Teorías, historiografía y metodolo-gías está destinado a los docentes. Con estas páginas buscamos poner en discusión
conceptos e ideas sobre las problemáticas de género, sobre los caminos de la produc-ción del conocimiento histórico en el tema, uniendo cuestiones fundamentales como trabajo, cultura y poder y sobre los usos de las imágenes tanto en la docencia como en la investigación.
En Teorías, María Luisa Femenías presenta los debates alrededor de la noción de “género” y los recorridos seguidos por la teoría feminista a partir de la Ilustración hasta las discusiones más recientes que cuestionan enfáticamente la distinción basa-da en el binarismo sexual. En Historiografía, Mirta Zaibasa-da Lobato analiza algunas de las transformaciones que se produjeron en la disciplina Historia en nuestro país a la luz de los cambios en el campo de los estudios feministas, la historia de las mujeres y los estudios de género. A partir de una ya vasta producción en diversos institutos y cen-tros de investigación, muestra cómo los modos de hacer historia fueron amenazados y desafiados. En Metodologías, el eje articulador de las contribuciones de Lorenzo, Lo-bato, Malosetti Costa y Paladino son los problemas relacionados con las lecturas de las imágenes. Todas plantean el desafío de aprender a mirar en un mundo bombardeado por diferentes tipos de imágenes y, con sus análisis y modos de ver, nos provocan a revelar las tensiones que las imágenes ocultan o develan, a leer más allá de códigos y convenciones convirtiendo la práctica del docente y el trabajo de investigación en una experiencia compleja. Están presentes en todos los textos las claves para un uso po-co po-complaciente de las imágenes pues enfatizan temas po-como su capacidad narrativa, la falta de transparencia, la importancia del contexto para evitar los anacronismos, la relevancia de convertirse en un observador/a privilegiado/a con información amplia y atento/a al mundo cultural, social y político en que circulan.
Las ideas que subyacen en la organización de este CD para los docentes y el destinado al trabajo en el aula son el producto de las investigaciones y discusiones de las personas que integran el Archivo Palabras e Imágenes de Mujeres (APIM) del Insti-tuto Interdisciplinario de Estudios de Género, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Nuestras experiencias en docencia e investigación son
disímiles y nuestra formación, lecturas e intereses también; sin embargo nos une una idea compartida: es posible mejorar la sociedad en la que vivimos a través de una edu-cación no sexista.
Este proyecto fue viable también porque contamos con la colaboración de mu-chas personas e instituciones. Es imposible mencionarlas a todas y para evitar olvidos y omisiones preferimos expresar nuestro agradecimiento a todas y todos y a cada una de ellas.
Mirta Zaida Lobato, Cecilia Belej, María Damilakou, Ana Laura Martín, María Fer-nanda Lorenzo, Ana Lía Rey y Lizel Tornay.
Cuando las mujeres acuñaron la noción de “género”, categoría central de la teo-ría feminista actual, ya habían recorrido un largo camino. Si tuviéramos que hacer una esquemática presentación de aquello que el siglo XIX denominó “la cuestión femeni-na”, deberíamos, al menos, trazar tres grandes etapas históricas y conceptuales. La primera suele recibir el nombre de “protofeminismo” y, al decir de Celia Amorós, se remonta a las quejas y reclamos de las mujeres en tanto grupo re(ex)cluido por sus pares varones (Amorós, 1997: 55). Ejemplo paradigmático es La ciudad de las damas (1405) de Christine de Pizán o las novelas de María de Zayas y Sotomayor (c. 1637), quien con argumentos neoplatónicos sostuvo que el alma de las mujeres “es la misma que la de los hombres” y por eso “no hay razón para que ellos sean sabios y presuman de que nosotras no podemos serlo”. Sin embargo, ninguna de esas mujeres desafió la sociedad estamental en la que vivió; sólo reclamaron igual trato que sus pares varo-nes, fueran caballeros, nobles o plebeyos.
El feminismo propiamente dicho nace con la Ilustración, de la que F. Poullain de la Barre (discípulo de René Descartes) es un antecedente directo. La Ilustración aportó dos conceptos claves, que permitieron legitimar argumentativamente los derechos de todas las mujeres: la “igualdad” y el “universalismo”. Ambos derechos fueron instaura-dos de la mano de la nueva fundamentación política: el Contrato Social. El modelo del Contrato Social se genera a partir de un conjunto de teorías que se describen, en gene-ral, como contractualistas, siendo las de Thomas Hobbes, John Locke o Jean-Jacques Rousseau las más reconocidas. Esto significó que para explicar el origen y fundamen-to del Estado, los contractualistas recurrieron a la construcción ficcional de un pun-to de partida pre-político, al que llamaron estado de naturaleza. Thomas Hobbes, por ejemplo, describió en esta situación a individuos singulares, libres e iguales, aislados, que en la versión de Rousseau se agrupan en pequeñas sociedades familiares.1 Este estado de naturaleza tiene una serie de características que lleva a instaurar un Estado civil a partir de uno o varios “pactos” realizados por individuos, racionales e interesa-dos en salir de su situación previa. Se afirma así el carácter artificial de la sociedad, surgida (supuestamente) del consenso universal de individuos iguales: un principio
le-gitimador fundamental de la sociedad política. Aunque hay otras nociones políticas nos ocuparemos solamente de la concepción hobbesiana de Contrato.
Dado por supuesto el estado de naturaleza, Hobbes señala una serie de seme-janzas entre todos los seres humanos, en tanto poseen las mismas pasiones y procu-ran continuamente satisfacer sus deseos, evitando sufrir daños. Por un lado, la bús-queda de la satisfacción (felicidad) y de la supervivencia los inclina a asegurarse los medios para alcanzarlas. Por otro, las diferencias en fuerza o en inteligencia pueden compensar su fragilidad y su vulnerabilidad. Todos pueden ser igualmente asesinados o heridos y todos son capaces de asesinar o herir a otros recurriendo a la fuerza, a la astucia o a distintos tipos de alianzas entre sí. Incluso, todos comparten, hasta cierto punto, los mismos conocimientos como resultado de la experiencia. Asimismo, todos podrían decir “mío” respecto de algo para vivir más cómodamente si pueden apro-piárselo y conservarlo. Ahora bien, de esta igualdad básica de facultades humanas, Hobbes concluye que “todos” pueden tener las mismas expectativas para satisfacer sus deseos y conservar sus vidas.2 “Todos” implica tanto a varones como a mujeres en la medida en que el “universal”, como se sabe, se forma con el masculino del término.
Sin embargo, la politóloga australiana Carole Pateman hizo visible el sub-texto sexista del modelo contractualista en general y del hobbesiano en particular.3 Mostró cómo tras la firma hipotética del Pacto o Contrato, la sociedad civil excluye de la “igual-dad” a las mujeres (también a los pobres, a los extranjeros, a los individuos “de color”) de los derechos y beneficios que enuncia para “todos”. Entre otros aportes, Pateman realiza un análisis crítico minucioso de la teoría hobbesiana del Contrato y de sus con-secuencias en las prácticas políticas de la Modernidad y su influencia. En efecto, en la posterior sociedad civil descripta también por Hobbes se constata la subordinación de todas las mujeres respecto de todos los varones en general, lo que obliga -argumen-ta Pateman- a explicar qué motivaría que ciertos individuos (mujeres) libres e igual-mente astutos o vulnerables en el estado de naturaleza aceptaran someterse a otros individuos (varones) de las mismas características.4 El Contrato no explica ni justifica las profundas desigualdades que se produjeron en la sociedad civil para mujeres, que resultaron -como bien sabemos- excluidas de los derechos civiles y ciudadanos hasta por lo menos el primer tercio del siglo XX. La explicación de que voluntariamente ha-brían intercambiado Contrato por protección, como se ha sostenido repetidamente, no es en absoluto satisfactoria.
Pateman analiza el problema de las relaciones entre varones y mujeres y las estrategias teóricas adoptadas para legitimar la subordinación de las segundas con-cluyendo su insuficiencia. De hecho, el supuesto de igualdad radical entre todos los seres humanos queda trastocado bajo el supuesto sexista de que sólo se proclamó la igualdad de todos o de la mayoría de los varones. En el modelo de Rousseau, por ejemplo, la concepción de la familia en el estado de naturaleza absorbe a las mujeres adultas, a los siervos y a los niños, dejando como único individuo adulto libre e igual al varón “jefe de familia”. Como lo muestra Pateman en su reconstrucción de los mo-delos contractualistas, la exclusión histórica de las mujeres -con posterioridad al Con-trato- sólo puede explicarse conjeturando que todas las mujeres y algunos varones habían sido conquistados y/o sometidos ya en el estado de naturaleza, negándoseles en consecuencia con antelación la posibilidad de “firmar” el Contrato, donde algunos varones se habrían auto arrogado su “representación”. Sólo así se justifica su exclu-sión del Contrato Social y, en el caso de Hobbes, dado que acepta la validez de los contratos de sumisión, no hay otros elementos teóricos que permitan cuestionar la exclusión de, al menos, el 50 % de los miembros de la sociedad en términos de
su-misión consentida.
Mary Astell (1666-1731), considerada la primera feminista inglesa, utilizó como fuente las filosofías de Descartes y de Hobbes. Recogió del primero la idea de que to-do el munto-do es capaz de llegar a la sabiduría, y del segunto-do, su análisis de los estato-dos de naturaleza y de civilización. Sobre estas bases se preguntó: “Si todos los hombres nacen libres ¿cómo es que todas las mujeres nacen esclavas? ¿Cómo puede al mismo tiempo el Contrato ser garantía de todas las libertades para los varones y de todas las sumisiones para las mujeres?” 5
Sobre la base de lo que acabamos de señalar y de sus propias experiencias como “Ciudadanas Revolucionarias”, algunas mujeres vinculadas a la Revolución Fran-cesa desarrollaron la siguiente paradoja: o bien debían (legítimamente) qua humanas detentar todos los Derechos que se les negaban, o bien no eran humanas.6 La obvie-dad del absurdo del segundo término del dilema destruía la dicotomía excluyente en la que se basaba la paradoja y habilitaba el pedido de inclusión por derecho propio. Así, denunciaron -con la esperanza de que el gobierno que surgiera de la Revolución
5 M. A. Astell, Serious Proposal to the Ladies Part 1 (1694), Part 2 (1697); Some
actual-reconociera como legítimos sus derechos- que estaban excluidas del universal y de la igualdad; es decir, que carecían de derechos civiles y de ciudadanía y, por tanto, se las consideraba menores de edad (Amorós, 1997: 170). Los debates sobre la ciudadanía de las mujeres de, entre otros, J. Le Rond D’Alembert (a favor) y J. J. Rousseau (en contra) muestran claramente la efervescencia de las nuevas ideas tanto como la De-claración de Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, que Olympes de Gouges no du-dó en publicar dado que las mujeres seguían excluidas, aun después de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. Esto le valió la guillotina en 1793. Sea como fuere, la exclusión de origen de las mujeres continuó siendo invisibilizada y negada en los debates teóricos sobre la democracia hasta tiempos muy recientes. De ahí las dificultades de las mujeres para acceder al espacio público-político de la ciudadanía y de los Derechos. El modelo que dice garantizar universalmente la igualdad a todos los seres humanos muestra aún con claridad resistencias a su inclusión paritaria.
Paralela a esos debates fue la Vindicación de los Derechos de la Mujer (1790) de la inglesa Mary Wollstonecraft, directa heredera de Astell y testigo de los convulsiona-dos acontecimientos del París finisecular. Más adelante, las tantas veces ridiculizadas Sufragistas llevaron adelante las luchas por el voto, la ciudadanía y los derechos civiles de las mujeres. Primero, precedidas y apoyadas por socialistas como Charles Fourier y Flora Tristán, los Comuneros de París, los movimientos estadounidenses nacidos de la Declaración de Seneca Falls (1848) y, más adelante, respaldadas por el filósofo John Stuart Mill, quien junto a Harriet Taylor, publicó La emancipación de la mujer (1851) y La
sujeción de la mujer (1869) (de Miguel, 2005: 9). En el contexto nacional, desde el
si-glo XIX, hubo un movimiento significativo del que a lo largo del tiempo formaron parte Juana Manso, Cecilia Grierson, las hermanas Ernestina y Elvira López, Julieta Lanteri, María Abella, Alicia Moreau, Elvira Rawson, las anónimas mujeres de La voz de la
mu-jer, Victoria Ocampo, entre muchas otras, acompañadas por algunos varones que
mar-charon junto a ellas. Es decir que los derechos de las mujeres no fueron defendidos como interés de parte, sino porque su segregación convertía la igualdad y la universali-dad pregonadas en una impostura. Tanto fue así que el derecho de las mujeres al voto, como modo de ejercicio de la ciudadanía, vertebró los debates y las luchas de los mo-vimientos por la igualdad, hasta por lo menos después de la Segunda Guerra Mundial, época en que la mayoría de los países occidentales concedió el voto a las mujeres. 7
ola” del feminismo al amplio movimiento de mujeres que se produce en Estados Uni-dos y ciertos países de Europa a partir de los años 60 del siglo XX, de la mano de la liberación sexual. Esta cronología –que responde a la realidad socio-política, histórica y económica de un conjunto circunscrito de países hegemónicos- ha sido adoptada en general. Su punto de partida simbólico es el famoso libro de Betty Friedan The
Fe-menin Mystic (1963), a quien se considera fundadora del feminismo liberal
(Amorós-de Miguel/2, 2005: 15). La “segunda ola” se ubica a comienzos (Amorós-de los 70 y se extien-de hasta los 80 y su plataforma política fue El segundo sexo extien-de Simone extien-de Beauvoir (1949). La recepción y difusión de esta obra fue polémica e irregular y necesitó más de una década para que, aplacados en París los virulentos ataques de sus críticos, las mu-jeres se pudieran hacer cargo de sus novedades: la intersección sexo-clase, la crítica al psicoanálisis freudiano, el método progresivo-regresivo, el feminismo como reivindi-cación existencialista-humanista, la importancia del cuerpo sexuado, el sexo como ex-periencia vivida, la noción de “situación” (López-Pardina, 1998).8 Beauvoir aunó al uni-versalismo ilustrado, una fuerte posición marxista, –sin dejar de criticar su sexismo- un sólido dominio crítico de la filosofía existencialista (Sartre y Merleau-Ponty), lo que la convirtió en madre simbólica de la segunda ola del feminismo. En Inglaterra, Kate Mi-llet en Sexual Politics (1969) profundizó su sugerencia de someter la obra de Sigmund Freud y de las vanguardias literarias al examen crítico del feminismo. En EEUU, Shu-lamith Firestone en The Dialectic of Sex: A Case for Feminist Revolution (1970) explí-citamente se reconoció deudora de su obra, en especial de la incorporación crítica de la noción de “clase” al análisis de la situación socio-política de las mujeres, superando así los límites del feminismo liberal. En Francia, Christine Delphy, Claude Hennequin y Emmanuèle de Lesseps comenzaron a publicar las Nouvelles Questions Féministes. A comienzos de los años 80, un grupo de italianas, entre ellas Paola di Cori, comenzaron a publicar la revista Memoria.
Pero el mayor impacto de la obra de Beauvoir consistió en la conjunción de un número incierto de factores que se resolvieron, a partir de finales de los 70, en el con-cepto de “género” (Nicholson, 1999: 289). Beauvoir denunció el papel preponderante en que los modos de socialización intervienen en la distinción biológica de “mujeres” y “varones”. A raíz de ello en Estados Unidos se acuñó la palabra “gender” (género) para designar lo culturalmente construido sobre la diferencia sexual, subrayándose una clara oposición entre el “sexo” en tanto dato biológico, dimórfico, natural y el
“géne-ro”, entendido como “sexo vivido y socio-culturalmente construido”. Ante la pregunta “¿Qué es una mujer?” (Beauvoir, 1987: 11), la filósofa francesa responde “La mujer no nace, deviene”; y devenir “mujer” –según de Beauvoir- acontece socialmente según una dialéctica, donde lo masculino se define por los privilegios que alcanza como sexo que mata y lo femenino como el sexo que da vida (Beauvoir, 1987: 17). Así, de Beau-voir pone de manifiesto que el poder atraviesa la psicología de los sexos: uno traba relaciones de dominio y agresión y el otro, de cuidado y cooperación. A partir de aquí, se construyó la analogía: “el sexo es al género como la naturaleza a la cultura”, que en sus comienzos fue extensamente desplegada y sumamente fructífera.
Hasta ese momento, en especial en los países de lenguas romances, “género” se había referido al femenino o masculino de las palabras y de las cosas, a las clasi-ficaciones de las obras literarias, a las telas de los tenderos, etc. En otro nivel, remi-tía a la famosa teoría aristotélica de los géneros y las especies, sistema clasificatorio que agrupa en clases inclusivas jerarquizadas a los seres vivos o no. La novedad de de Beauvoir consistió en señalar que para el ser humano lo “natural” también era en buena medida “cultural”, aplicándose “género” a esto último. Esa noción se extendió a todo el campo académico hasta sustituir con la denominación “Estudios de Género” el área de estudios e investigaciones que originariamente se denominaba “Estudios de la mujer” o “Estudios Feministas” (Santa Cruz, 1994: 337).9 Entonces, por “género” puede entenderse “la forma de los modos posibles de asignación a seres humanos, en relaciones duales, familiares o sociales, de propiedades y funciones imaginaria-mente ligadas al sexo” (Santa Cruz y otros, 1994b: 51).
Más adelante, ya en la década siguiente, en parte debido a las críticas que apun-taron al modo en que se naturalizaba binariamente a los sexos, se rechazó esta dis-tinción de sexo-género y comenzó a utilizarse sólo “género”. Esta posición fundamen-talmente estadounidense considera a los géneros mismos constructos culturales que instituyen los cuerpos. Es decir, los cuerpos mismos se modifican o “constituyen” por la acción normativa socio-cultural de estereotipos en uso (Nicholson, 1998: 290). Ahora bien, adoptar esa categoría implicó poner en primer plano la relacionalidad de los sexo-géneros y el alto grado de intervención social en juego; supuso también reconocer a los varones como miembros generizados de la sociedad y romper con el concepto de tipos “naturales” de femineidad y de masculinidad. Esto derivó en un extenso y, por momentos, ríspido debate entorno a las nociones de “esencia”, de “naturaleza
hu-mana” y de los límites de la biología (Nicholson, 1998: 291). En efecto, las cualidades esenciales de “La mujer” (incluida la maternidad) y de “El varón” fueron puestas en entredicho y, por tanto, sus disposiciones “naturales” en términos de rasgos de ca-rácter, perfiles psicológicos, maneras y estilos de sensibilidad, capacidad de cuidado y de agresión, etc. (Femenías, 2000: 193). Se sumaron al debate estudios históricos y antropológicos que mostraban cómo los géneros adquieren determinación histórica y son variables (Nicholson, 1992: 29). Sin embargo, ninguna de esas posiciones rechazó por completo alguna forma de distinción entre la materialidad biológica de los cuerpos y lo que las socio-culturas hacen históricamente con ellos. En pocas palabras, se man-tiene un arco significativo que, en sentido amplio, podemos entender en términos de derivaciones de la Ilustración. Incluso, se trata de la posición predominante en la Aca-demia europea.
Sin embargo, hacia mediados de la década del 80 comenzó a desestabilizarse la categoría de “diferencia sexual” a raíz, por un lado, de las teorías francesas del dis-curso (H. Cixous, M. Wittig, entre otras) y por otro debido a la revisión postmoderna de los supuestos de la Modernidad (Postestructuralismo, J. Derrida, J.F. Lyotard, G. De-leuze, M. Foucault). A ello se sumó una relectura del psicoanálisis freudiano desde el “giro lingüístico” (J. Lacan, J. Kristeva, L. Irigaray) y la crítica a lo que se denominó “la institución de la heterosexualidad compulsiva” (M. Wittig, A. Rich). En general, esas posiciones proclamaron la fractura del universal, del concepto de igualdad con preemi-nencia de la “diferencia” y la “muerte” del sujeto; es decir, la pérdida de sentido de los conceptos pilares del pensamiento de la Ilustración. A partir de Foucault, se resig-nificó la noción de “poder”, excediendo las explicaciones marxistas tradicionales que lo ligaban jerárquicamente a los aparatos ideológicos del Estado. Conceptualizado como una red, permeó el lenguaje, la ontología y los procesos de subjetivación. Metodoló-gicamente, hubo un desplazamiento del análisis a la deconstrucción, en sus diversas variantes. El resultado fue un renovado interés por el cuerpo y las categorías sexuales, que hasta entonces se habían aceptado acríticamente como un dato biológico-natural. Se abrió así un espacio que desafió la estabilidad del binarismo sexual y del concepto mismo de “naturaleza”.
En 1986, una muy joven Judith Butler publicó Sex and Gender in Beauvoir´s
Se-cond Sex, asumiendo una posición contraria a la distinción sexo-género y tomando los
trata del inicio de la tercera ola o del Postfeminismo?10 Nos inclinamos por denominar “postfeminismo” a la reconceptualización de la noción de “género” que llevó a cabo Judith Butler (Butler, 1990: 5), como ella misma sugiere, aunque no la haya sostenido consistentemente. Por un lado, Butler parte de un conjunto de supuestos -a los que sería demasiado extenso explicitar ahora- gracias a los que anuda de modo original al-gunas líneas teóricas en torno a la noción de deseo. Por otro, gracias al giro lingüístico y a la negación de la dicotomía sexo-género como natural, concluye que nada más allá del discurso y de sus significados determina el sexo-género. En pocas palabras –para Butler- “mujer” (también “varón”) funciona como una fuerza de control político-social que regula y legitima ciertas prácticas y experiencias a la par que deslegitima otras. Se produce así, compulsivamente, lo que considera una parodia del estereotipo “mujer” como modelo a alcanzar, cerrando de ese modo las posibilidades del ejercicio realiza-tivo de “género” y aceptando que los cuerpos tienen un sexo dimórfico como dato ontobiológico fijo.
En Disputas sobre Género (título original: Gender Trouble: Feminism and the
Subversion of Identity, 1990), sostiene que los debates recientes sobre los
significa-dos de “género” desembocaban una y otra vez en callejones sin salida (Butler, 1990: vii). Considera necesario desestabilizar conceptos como “mujer” y “varón” para mos-trar de qué manera la realidad socio-cultural los constriñe discursivamente, producien-do sus cuerpos en y dentro de las categorías del sexo binario, originario y naturalizaproducien-do. Para ella es preciso desarticular esa ilusión indagando cómo ha llegado a configurarse un sujeto mujer real y cómo es posible desafiarlo. Sobre estos problemas vuelve más adelante en Cuerpos que importan (Bodies that Matter -1993), Excitable Speech (1993) y The Psychic life o Power (1997). Define “género” como “un modo de organización de las normas culturales pasadas y futuras y un modo de situarse uno mismo con res-pecto de esas normas”; es decir, fundamentalmente como “un estilo activo de vivir el propio cuerpo en el mundo, como un acto de creación radical” (Butler, 1986: 14). Para ella, esta radicalidad es posible en la medida en que el género se constituye como un producto paródico que va más allá de los límites convencionales de las teorías cons-tructivistas. Asume de ese modo una posición contraria al sentido común y opuesta a importantes líneas teóricas en desarrollo, que van desde Beauvoir a Fraser, pasando por Delphy, Irigaray, Amorós o Braidotti.
partir del lenguaje como un acto de habla (en tanto significante) que instaura realidad y delimita la frontera del objeto en tanto lo define como tal. (Butler, 1993: 22-30). De ese modo, el cuerpo es una inscripción narrativa, histórica, que soporta todos los mo-dos institucionalizamo-dos de control. Esto es así sobre todo a partir del disciplinamiento del deseo: desear lo que no se es, desear aquello de lo que se carece (Casale, 2006: 69). Butler critica sin concesiones no sólo la noción de sexo natural (pre-discursivo) si-no también la si-noción de identidad estable. No hay nada, para Butler, más allá o más acá de la performatividad. Decir es “hacer cosas con palabras”, según la sentencia de John L. Austin. Por eso, las filosofías del giro lingüístico le permiten sostener que na-die nace con un sexo-género ya dado, sino que siempre es una performatividad que se resignifica constante y paródicamente.
De la misma manera rechaza la noción de “sujeto” como supuesto estable y universal del feminismo. Se trata de un constructo normativo más (Butler, 1990: 37), y no de un dato ahistórico. El sujeto, para Butler, es sólo condición necesaria aunque no suficiente para la “agencia”; es el “lugar” en que el discurso nos pone: un lugar de anclaje desde donde cada quien debe auto-constituirse en “agente” (Femenías, 2003: 118 s.), es decir, en principio activo. Asimismo, Butler critica también la noción de re-presentación. A su juicio, “representación” funciona como el término operativo de un proceso que da visibilidad y legitimidad a las “mujeres” como sujeto político (Butler, 1990: 9). y que, al mismo tiempo, impone los requisitos normativos prefijados que conllevan la “representación”, ocultando o negando quiénes quedan irrepresentadas o negadas como mujeres. El examen y la crítica de todas esas nociones tienen para But-ler el objetivo de contribuir a la conformación de una democracia radical, que evite las exclusiones y los términos “disciplinantes”. En efecto, esos términos involucran cons-trucciones prescriptivas y prácticas confirmatorias, es decir, aceptación de mandatos culturales que dan significado a la materialidad (Butler, 1990b: 201). Las relaciones de poder-discurso fabrican cuerpos, cuya persistencia (sus contornos, sus distinciones y sus movimientos) constituye materialidad. Deconstruir en todos los órdenes a los su-jetos y a su materialidad implica deconstruir también la singular relación sexo/género/ deseo y promover la ruptura de cadenas de determinaciones discursivas para que se resuelvan en cuerpos dinámicos e inconstantes, producto de la fantasía entendida co-mo libertad. Veco-mos, entonces, que Butler niega el dico-morfisco-mo y la distinción sexo/gé-nero proponiendo su subversión. Esta posición ha recibido la denominación de “teoría
queer.11 Como consecuencia de esta resignificación, el término ha perdido su carga peyorativa, al punto de designar actualmente un área completa de estudios: los Queer
Studies. Según Butler, ello obedece a la reapropiación en clave positiva de las
condi-ciones contextuales y de los performativos implicados, ejercitándose nuevas cadenas de significados y de campos semánticos y rompiendo con aquellas a las que origina-riamente el término estaba atado (Butler, 1993: 223). Como conclusión, el género se constituye en un producto paródico e inestable; es decir, en un término no normativo.
Muchas teóricas rechazan teorías como las de Butler (seguida y radicalizada por Beatriz Preciado) sobre bases político-estratégicas e históricas. Por ejemplo, tan-to Nancy Fraser (1997) como Rosi Braidotti (2000), desde posiciones teóricas diver-sas, consideran que perder la distinción del binarismo sexual contraviene la actitud del “sentido común” y los modos en que la mayoría de las sociedades están organi-zadas, incluyendo sus sistemas legales y de opresión. El feminismo multicultural, si bien recoge buena parte de las críticas de Butler a nociones como la de “sujeto” o “representación”, también advierte que conviene mantener la denominación tradicio-nal “varón”/”mujer” en tanto ésta es comprensiva y abarcativa, aunque se sepa que no constituye posiciones “naturales” o “esenciales” sino en buena parte políticas. In-cluso, el atravesamiento con la variable de “etnia” ha dado nuevas complejidades a la distinción varón/mujer, poniendo de manifiesto solidaridades y alianzas étnicas que exceden los canales del colectivo “mujer” (Femenías, 2007), lo que favorece el análi-sis desde una pluralidad de dimensiones que, si bien no agotan, enriquecen de modo relevante el tratamiento de estos temas.
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Los problemas, las teorías y las metodologías utilizadas para producir conoci-miento histórico cambiaron notablemente en la segunda mitad del siglo XX. Algunas de esas transformaciones conciernen al campo de los estudios feministas y las derivas posteriores con el nombre de historia de las mujeres y estudios de género. Esta últi-ma expresión se difundió bajo el amparo del texto de Joan Scott (1985), en el que se define al “género” como una categoría útil para el análisis histórico. Este vasto campo no es inmutable y muchos han sido los debates que involucraron a estudiosas de di-ferentes disciplinas (desde la antropología hasta la filosofía, pasando por la economía, la historia, el arte y la geografía) y es por eso también que ni la historia de las mujeres ni los estudios de género se basan en las mismas premisas iniciales. Como señalaron Roulet y Santa Cruz (2000), la diversidad terminológica refleja de algún modo las am-bigüedades existentes en los movimientos de mujeres y/o feministas de cuyo seno surgieron muchos de los impulsos que cuestionaron categorías analíticas y modos de pensar. Además esa indeterminación no implica inconsistencias sino que cubre una diversidad de prácticas históricas, culturales y lingüísticas, ya que se produce a partir de múltiples y diversos puntos de vista.
Si bien es cierto que existen diferencias en las perspectivas de análisis, los es-tudios mencionados anteriormente comparten una actitud crítica frente a la pretendida objetividad y universalidad del conocimiento, subrayan las diferencias en las relacio-nes de poder existentes entre varorelacio-nes y mujeres, toman la experiencia de las mujeres evitando objetivarlas, convertirlas en víctimas, en sujetos románticos, cuyas experien-cias pueden generalizarse sin prestar atención a las diferenexperien-cias de clases, de raza o generacionales y, ante todo, intentan cambiar la situación desventajosa en la que se encuentran las mujeres.
Desde el punto de vista de la Historia los debates historiográficos no fueron menores y, como en el caso de los estudios de género, estuvieron marcados por las políticas en la producción de conocimientos y en la disciplina, por las estructuras ins-titucionales con sus prácticas (departamentos, institutos, redes, asociaciones) y con las normas y protocolos que definen los límites y las fronteras de las disputas
intelec-tuales sobre métodos, archivos, tradiciones y teorías. A lo largo de las últimas décadas los modos de hacer historia fueron amenazados y desafiados, de un modo u otro y con distintos grados de intensidad, por los estudios sobre las mujeres, el “giro lingüístico”, la historia cultural, los estudios postcoloniales y de la subalternidad.
La producción historiográfica en nuestro país también sintió algunos cimbrona-zos, pero el contexto general que siguió a la última dictadura militar fue la expansión de un heterogéneo conjunto de investigaciones que reconoce influencias diversas. La extensa literatura sobre mujeres/género/feminismos producida en nuestro país, sobre todo desde la institucionalización de numerosos centros de estudios y la proliferación de publicaciones de diverso tipo, refiere a ciertos períodos y determinados temas más que a otros. Así hay muchos trabajos para el período que se extiende entre fines del siglo XIX y principios del XX, y entre los temas estudiados se destacan la acción de los movimientos feministas, las prácticas de ideologías como el anarquismo, el socialis-mo, y el peronissocialis-mo, donde se destaca la figura de Eva Perón, el asociacionismo feme-nino, la prostitución y el trabajo de las mujeres. Geográficamente la mayoría de los es-tudios se concentran en las grandes ciudades, en especial en Buenos Aires y Rosario, aunque la expansión de los estudios regionales ha extendido el espacio de estudio a las provincias de La Pampa, Neuquén, Tucumán y a ciudades como Comodoro Rivada-via o Mar del Plata (Barrancos, 2005; Lobato-Suriano, 1993 y 2006; Lobato, 2003).
Un examen analítico de esa amplia producción requiere de aproximaciones re-cortadas a problemas específicos. Por eso me propongo en este artículo analizar la literatura socio-histórica sobre trabajo, considerando que éste se encuentra estrecha-mente imbricado con el par cultura y poder. No obstante la importancia del tema en nuestras sociedades y de la relevancia de la presencia femenina tanto en el trabajo do-méstico como en el asalariado, la historiografía ha construido los relatos nacionales so-bre la base de una presencia considerada universal aunque de hecho enfocada en las prácticas políticas, sociales y culturales de los varones. Este sesgo sólo ha comenzado a matizarse y hacerse más complejo en las últimas tres décadas en nuestro país.
Formas de hacer historia: los héroes proletarios
Las historias de los trabajadores escritas tanto por militantes del movimiento obrero como por historiadores profesionales trataban de responder a las preguntas so-bre quiénes eran los trabajadores, qué labores realizaban y, soso-bre todo, qué tipo de or-ganizaciones crearon, cuáles fueron las ideologías dominantes y cuáles las formas de protestas. Desde la década de 1960 el interés por develar cuál había sido el papel de los obreros en la vida económica y política del país ocupó las páginas de algunos libros sobre la historia de la sociedad (Germani, 1968), sobre la industria (Dorfman, 1970) y sobre la economía (Ortiz, 1978 y Ferrer, 1968), mientras que las historias obreras edi-tadas en esa década y en las siguientes se vertebraron alrededor de los trabajadores industriales varones, urbanos y organizados, enfatizando el papel de las ideologías y los vínculos con el Estado (entre otros, Panettieri, 1967; Godio, 1972; Belloni, 1960; Falcón, 1986; Bilsky, 1984 y 1985; Torre, 1988 y 1990)
Este modo de hacer historia era parte de un movimiento más amplio, de carác-ter mundial, relacionado con la emergencia y consolidación de una estructura de
pen-sar basada en la importancia asignada a la industria y a sus trabajadores. En este
sen-tido se debería enfatizar que un segmento de las Ciencias Sociales en general y de la Historia en particular se constituyó en Europa, desde mediados del siglo XIX, a partir de las ideas de Carlos Marx sobre el proletariado europeo y que alcanzó notable fuer-za al finalifuer-zar ese siglo y principios del XX. Como derivación, los conceptos de “clase” y “lucha de clases” rigieron buena parte de los estudios y se convirtieron en fuerzas dinámicas que organizaron temas y problemas. Posteriormente, en países como Ingla-terra, los estudios históricos sobre trabajadores adquirieron mayor complejidad en la obra de autores como Eric Hobsbawm o Edward P. Thompson en las décadas de 1960 y 1970, y un poco más tarde, en la de Ralph Samuel y Gareth S. Jones, entre otros. Estos autores, de un modo u otro y con más o menos influencia, despertaron nuevos interrogantes, renovaron la historiografía sobre los trabajadores e impulsaron novedo-sos estudios no sólo en la Argentina sino también en Chile y Brasil.
Lo notable es que esas influencias fueron poco receptivas al debate que plan-tearon las feministas, en particular las marxistas, a los historiadores varones. Las limi-taciones de la historia del trabajo identificada con la organización y el potencial revo-lucionario de la clase obrera se atribuyeron tanto a los prejuicios masculinos como a otros factores tales como la naturaleza de las fuentes (la información sobre los
hom-bres se encuentra más fácilmente en la prensa e informes oficiales) y las característi-cas del trabajo de los varones y su comportamiento en las protestas (los varones con empleo regular y mejor pagado son más proclives a participar en sus asociaciones gre-miales; en cambio, las mujeres realizan trabajos irregulares y precarios y sus acciones están condicionadas por sus obligaciones familiares) (Davin, 1981 y 1984).
En Inglaterra, en Francia, en Brasil, en la India y también en la Argentina los his-toriadores del trabajo repetían una y otra vez, que no existía material para escribir una historia de las mujeres. Sin embargo, el desarrollo de los estudios de género y de la historia de las mujeres ha demostrado que el material se encuentra si uno hace las preguntas adecuadas y tiene la suficiente paciencia como para encontrar documentos dispersos o catalogados con marcas androcéntricas que hacen difícil su búsqueda. Historiadoras como Michelle Perrot (1992), Arlette Farge (1991), Anne Davin (1984), Mary Nash (1991), Joan Scott y Louise Tilly (1984) han demostrado que bajo el am-paro de cualquiera de las experiencias de las que se partía (feministas, mujeres, gé-nero) las prácticas historiográficas puestas en juego constituyeron un desafío real a la búsqueda de nuevas fuentes (testimonios, fotografías, cartas), a la relectura de las ya transitadas y a la formulación de interrogantes y teorías que produjeran una reno-vación, ampliación y reformulación de esas prácticas y de los temas y problemas que concitaban la atención de la disciplina en general y de la historia laboral en particular.
Al mismo tiempo, la vieja historia laboral comenzó a ser arrinconada cuando se cuestionaron claramente las formas consagradas de hacer historia. Aunque la crítica fue alimentada desde temprano en el propio seno del marxismo fueron las lecturas de Gramsci las que empujaron las reflexiones sobre las clases subalternas y abrieron un espacio para la emergencia de una literatura que cuestionaba el descuido historiográ-fico sobre vastos sectores de la población como, por ejemplo, el campesinado, crucial en la vida económica, social y cultural no sólo de Italia o España sino también de Chi-na, India o México. En algunos países de América latiChi-na, como en Chile, los estudiosos plantearon la importancia de “las clases populares” (“los modestos labriegos”, “los artesanos”). En igual sentido, en la Argentina se incorporó el concepto de “sectores populares” y en Brasil adquirió densidad la discusión sobre la esclavitud y su relación con la conformación del mundo del trabajo y de derechos, sean ellos civiles, políticos y sociales. Para investigadores de distintos países la noción de clase aparecía como fuertemente etno y eurocéntica, y por eso omitía las diferencias y peculiaridades na-cionales, raciales y de género. No sólo eso, en algunas regiones se discutió
claramen-te el papel del imperialismo, del colonialismo y de las eliclaramen-tes locales en la difusión de un discurso historiográfico que asignaba un papel secundario a los trabajadores en los procesos de descolonización. Así lo plantearon algunos historiadores de la India en sus estudios sobre la subalternidad, y esas ideas fueron a su vez retomadas por estudio-sos europeos en un intento de revitalizar los estudios sobre el mundo del trabajo en sus propios países.2
Aunque tiene algunas particularidades, la historiografía argentina sobre los tra-bajadores puede leerse dentro de este movimiento historiográfico general. La presen-cia ineludible de los trabajadores en la organización capitalista del país trajo como deri-vación su organización en asociaciones gremiales, la definición de los modos de lucha más adecuados para obtener mejoras en las condiciones de trabajo y el reconocimien-to de la legitimidad de los derechos que ellos contribuyeron a definir.
El proceso abarca, sin duda, todo el siglo XX, y las historias laborales han enfa-tizado en sus análisis el proceso de formación de sindicatos y federaciones gremiales, los debates ideológicos y las grandes huelgas. El punto de partida era una visión de conjunto (global o macro) que buscaba establecer nexos entre el desenvolvimiento ge-neral de la economía, las transformaciones de la sociedad y la emergencia de este tipo de organizaciones. Como es también conocido, fuera de algunas honrosas excepcio-nes (Panettieri, 1967; Godio, 1972) hasta comienzos de los años 80 la visión del mun-do del trabajo no era una preocupación central de la historia académica. Sin embargo, en ese momento comenzó a abrirse una nueva etapa en los estudios sobre la clase obrera y los trabajadores argentinos, que permitía alentar la posibilidad de la confor-mación de una “nueva historia de los trabajadores” con la incorporación de temas y preocupaciones que habían estado ausentes de la agenda de problemas. Esos temas referían a la experiencia de la clase obrera, las condiciones de existencia material, la importancia del lugar del trabajo, el rol desempeñado por el Estado, la vida cotidiana, la comunidad, la etnicidad, las simbologías y los rituales (Lobato-Suriano, 1993 y 2006; Lobato, 2003 y 2005).
La corriente de transformación rápidamente de concentró en los estudios sobre cultura popular, en especial la urbana, y en los temas que vinculan cultura y política, y se fue alejando del análisis de la experiencia trabajadora, incluso en el plano de la cultu-ra y la política (Gutiérrez-Romero, 1985). Por otcultu-ra parte, el interés en las problemáticas
de género se hizo evidente en unas pocas investigaciones, entre las que se destaca el estudio de Daniel James (2004) sobre la importancia de la desigualdad sexual en la experiencia política de las clases subalternas.
La incorporación de la problemática de género llegó en nuestro país de la mano de la sociología y la relación entre la disciplina historia y los estudios de género ha sido y sigue siendo bastante compleja. En las últimas décadas, ambas han establecido sus fronteras y sus dilemas epistemológicos y políticos (y eso incluye el hecho de que en el proceso de publicación de ciertos trabajos algunos editores sugieren la eliminación de la palabra “género”, acaso porque se la considera demasiado militante y subversiva).
La relación conflictiva y problemática entre trabajo y género no es nueva, tie-ne más de medio siglo de constantes y persistentes debates y la historia del trabajo muestra una notable resistencia a romper con la idea de la neutralidad de género en el mundo laboral. Una clara expresión de estas resistencias se dio con la discusión de las nuevas formas de organización del trabajo que siguieron al debate sobre la crisis taylorista-fordista en la década de 1990 que, en palabras de Martha Roldán (1992), se presentaban como neutrales en términos de la diferencia sexual.
Aunque quizá sea obvio señalar esto, el término “historia del trabajo” encierra una amplia diversidad de temas y problemas así como es susceptible de diversas in-terpretaciones. Por un lado, refiere a las transformaciones históricas de las condicio-nes de trabajo en el doble sentido de labores realizadas, de los salarios, horarios, sa-lubridad de fábricas y talleres, a los que se pueden agregar oficinas, escuelas, hospi-tales. Por otro, se vincula al análisis de las organizaciones obreras y de las ideologías que buscaban organizar, dirigir y orientar a los trabajadores. La historia del trabajo era la historia de la clase trabajadora y ella sólo ocasionalmente incluía a las mujeres. En realidad, buena parte de la historiografía del trabajo que se designa como tradicional ponía de relieve la dicotomía existente entre una mayoría de mujeres, víctimas y so-metidas cuando no indiferentes, y una minoría de mujeres rebeldes, de dirigentes po-líticas y gremiales.
En un esfuerzo por romper las fronteras, algunas reuniones científicas sobre trabajadores han recibido la designación de “mundo del trabajo”, buscando definir un espacio de neutralidad que posibilita la inserción de las mujeres en esa historia; otras veces, en un intento desestabilizador, se incluye el subtítulo “identidad y cultura de género” (Nash, 1999). Todas estas observaciones le dan sentido al examen de la litera-tura que explora los interrogantes sobre las relaciones, los roles y el poder que se
ejer-ce en los ámbitos laborales; sobre la experiencia de los varones y la construcción del
deber ser masculino (ganar el pan y proveer a su familia); sobre la experiencia de las
mujeres y la formación del deber ser femenino (procrear y cuidar de su familia); sobre cómo analizar el trabajo familiar o la experiencia de los y las desocupadas, de los y las trabajadoras flexibilizadas, con jornadas impredecibles, contratos precarios y salarios que ni siquiera cubren las más elementales necesidades. Por eso también vale la pena seguir discutiendo si existe una neutralidad de género que en su formulación compa-tibilice la experiencia colectiva masculina y femenina así como lo que la noción clásica de trabajo incluye/excluye, puesto que no solamente quedan extensas zonas del traba-jo femenino al margen sino también muchas ocupaciones masculinas.
Incluso más allá de las declaraciones sobre la necesidad de interrelacionar cla-se, etnia y género, el dislocamiento del concepto de clase que introdujo el uso de la categoría de género produjo ciertos desplazamientos en los intereses de las inves-tigaciones hacia otros territorios como los discursos sobre la sexualidad y el poder o el vasto campo de las representaciones. Sólo como ejercicio de memoria quisiera recordar que la noción de clase difundida por el marxismo tradicional planteaba dos problemas. Por un lado, la apropiación del trabajo excedente por parte del capital (un elemento priorizado por los enfoques marxistas) implicaba un serio inconveniente al momento de analizar el trabajo doméstico (Hartman, 1981; Harrison, 1973; Seccombe, 1974; Gardiner, 1975). Por otro, el análisis empírico a partir de la noción más universal de trabajo como territorio de lo público/masculino tornaba problemática la identifica-ción de la presencia de las mujeres en los ámbitos laborales o llevaba a considerar que su participación era escasa.
El género del trabajo
Las investigaciones de las últimas décadas han abierto el horizonte temático, teórico y metodológico para el examen del mundo del trabajo. No hay dudas de que ahora, mucho más que antes, se admite la existencia de la segregación sexual en el trabajo y que se han desarrollado teorías explicativas que alimentan al conjunto de las investigaciones. No obstante, algunas teorías sostienen que el funcionamiento del mercado laboral es indiferente al género y que las diferencias dependen exclusivamen-te del comportamiento de la mano de obra. Desde esta perspectiva, las mujeres eli-gen trabajos y profesiones que les permiten dedicarse a su familia y ello hace que se
concentren en aquellas actividades que admiten interrupciones de acuerdo con el ciclo de vida y las obligaciones familiares. En cambio, los análisis sobre el mercado laboral, las características de la demanda y de la oferta así como la existencia de mercados de trabajo duales y segregados han sido sensibles a la incorporación de la dimensión de género. Por ejemplo, aquellos que sostienen la existencia de dos mercados de traba-jo –uno primario y otro secundario, según los términos y las condiciones de empleo– sostienen que en el primero se ofrecen salarios altos, buenas condiciones de trabajo y seguridad en el empleo y que en cambio en el segundo la remuneración es más baja, hay mayor inestabilidad y las posibilidades de prosperar son menores. La mayoría de las mujeres trabajaban (y trabajan) en el sector secundario (Roldán, 1992; McDowell, 1999, Borderías, 1992).
La literatura sociológica ofrece un espectro bastante amplio de ópticas que per-miten explicar los cambios en las formas de organización del trabajo y su naturaleza, las relaciones que se establecen en los ámbitos laborales y la magnitud de los cambios técnicos. Sin duda la mayor parte de estas cuestiones han sido abordadas con más fuerza en los últimos años al calor de los cambios en los procesos de trabajo industrial y en los regímenes de acumulación capitalista. La Teoría del Proceso de Trabajo permi-te pensar las relaciones entre naturaleza del trabajo y formas de conducta y conciencia social. La perspectiva que enfoca dichos procesos coloca en primer plano la actividad básica de transformación de los bienes prestando atención a la tecnología empleada pero también a la dinámica en la que se producen los antagonismos de clases (algu-nos enfatizarán la producción del consenso o la construcción de la hegemonía en las fábricas). El tema ha tenido continuidades y rupturas en la formulación del debate. En un principio, las dos cuestiones centrales fueron: 1) los problemas vinculados a la pér-dida de autonomía de los trabajadores y 2) la llamada degradación del trabajo, además del énfasis puesto en las variaciones de la calificación, el mercado de trabajo y las re-sistencias de los trabajadores (Thompson, 1983; Giddens y Held, 1983). Sin embar-go, aunque el debate es importante y la crítica feminista ha puesto en cuestión esas formulaciones, se puede señalar, según las palabras de Martha Roldán (1992:89), que “las teorías pueden usar diferentes conceptos y nociones para descubrir y designar una variedad de actores y sus trabajos como paradigmáticos, o, por el contrario, negar la existencia de aquellos que no se ajustan a esos marcos condenándolos al olvido, relegándolos al mundo fuera de las fronteras de la teoría, de la investigación, de las prescripciones de políticas públicas y de la negociación contractual”.
Los debates continúan; pero al calor de ellos se han realizado numerosas inves-tigaciones empíricas que se cobijaron bajo el ala de los estudios feministas y/o de gé-nero para criticar esas teorías. El punto central es que el concepto de gégé-nero es clave en la organización del trabajo y que alrededor de él es posible repensar la organización de las empresas, las tecnologías, las calificaciones, los salarios pero también las orga-nizaciones sindicales, los estereotipos culturales de empresarios y líderes sindicales, el papel del Estado a través de la legislación (Bock y Thane, 2006, McDowell, 1999), las instituciones, la justicia y las ideas.
a) Medir el trabajo femenino
En la Argentina las primeras investigaciones se desarrollaron a partir de los años 60 y con más fuerza en la década siguiente. Fue con el inicio del “decenio de la mujer” cuando comenzaron a surgir algunos trabajos –fundamentalmente a partir de la Demo-grafía y de la Sociología– que planteaban la preocupación sobre la cantidad y la calidad de la participación femenina en el mundo “público” del trabajo, relacionándolo con el “despegue” o el “desarrollo económico”, que por entonces se pensaba como posible para los llamados países del Tercer Mundo (Boserup, 1970). Las investigaciones de sociólogas y demógrafas introdujeron en nuestro medio las discusiones alrededor de los determinantes de la participación de las mujeres en el mercado laboral: edad, es-tado civil, educación, condición de migración, localización urbana-rural, la discrimina-ción ocupacional por sexo así como los problemas derivados de la medidiscrimina-ción censal de la mano de obra femenina y del trabajo doméstico y las teorías acerca de la oferta de mano de obra (entre otras Recchini de Lattes y Wainerman, 1977, 1981 y 1983; Jelín, 1978; Sautu, 1980, Wainerman, 1980, Kritz, 1984 y 1985; Feijoó, 1989).
Centradas en el tema de las mediciones, su prédica produjo importantes mo-dificaciones en los criterios estadísticos que se prolongan en el trabajo que se reali-za actualmente para incorporar a la información cuantitativa el trabajo precario de las mujeres y las jefaturas de hogar femeninas. Este grupo pionero se orientó a examinar también el mundo de las representaciones simbólicas del trabajo doméstico/extrado-méstico de las mujeres y su incidencia sobre la participación en el mercado laboral (Wainerman y Navarro, 1979; Wainerman, 1981 y Wainerman y Berk de Raijman, 1984; Wainerman, 1991).
Las evaluaciones y sugerencias sobre la medición del trabajo femenino en la información estadística han sido ampliamente discutidas por diferentes autores y,
co-mo resultado, fueron co-modificados muchos instrumentos de medición en el presente; pero la información fragmentaria y heterogénea sobre el pasado no puede ser altera-da. Entonces, la combinación de datos y los estudios sobre cédulas censales, cuando se tienen, permiten volver sobre el tema de la subestimación e invisibilidad de ciertas ocupaciones y actividades para producir su efecto contrario. Desde esta perspectiva se puede afirmar que la presencia femenina en el mercado laboral registrado en la Ar-gentina –ya sea en la industria o en los servicios– era importante, similar a algunos países europeos y más alto que en otros países de América Latina; que la actividad laboral de las mujeres se concentró en algunas ramas de la producción industrial (ali-mentación, textiles, vestimenta), en particular en las grandes empresas que controla-ban el mercado (Rocchi, 2000; Lobato 2001); y que fueron dominantes en el trabajo a domicilio y en el comercio (Lobato, 2007). Las estadísticas muestran también el peso que tuvieron las mujeres en la educación y en el cuidado de la salud de la población (Wainerman, 1993; Morgade, 1997). Maestras y enfermeras hicieron realidad la idea de que la mujer tenía la misión de cuidar y consolar a los que la rodean. Se desta-ca también la presencia femenina en el servicio doméstico alimentado por mujeres provenientes de las clases populares (Zurita, 1981-1996; Zurutuza y Bercovich, 1987).
b) Reducir la escala y aguzar la mirada
La mirada sobre el trabajo femenino derivada de los censos constituye una ra-diografía bastante general. Los estudios que se concentran en determinadas ramas de actividad y, particularmente, los análisis de empresas ayudan a profundizar el examen sexuado de los puestos de trabajo, las calificaciones y salarios así como el ejercicio del poder en las fábricas y en el sindicato. Las identidades de género se crean y recrean en el trabajo, y la cultura de fábricas y talleres es un campo tensionado por múltiples factores. En ese espacio se libran varias batallas: las que enfrentan a trabajadores, patrones y Estado; las relacionadas con el desigual acceso a los bienes económicos y simbólicos entre varones y mujeres; y las que se producen entre distintos grupos étnicos. Al generizar el lugar de trabajo es posible analizar y explicar las relaciones en-tre los trabajadores (varones y mujeres) y no sólo enen-tre empresarios y trabajadores, y tratar de comprender además las diferencias existentes entre varones y mujeres, en-tre mujeres solteras y casadas, enen-tre jóvenes y adultas, enen-tre trabajadores nativos e inmigrantes varones y mujeres así como el papel de las familias y los roles que tienen cada uno de sus miembros (Lobato 2001 y 2007).
La reducción de la escala de análisis de los trabajadores y sus organizaciones a una fábrica o a un conjunto de ellas no fue en los trabajos más representativos el re-sultado del influjo de la corriente historiográfica que se conoció y difundió con el nom-bre de microhistoria, sino que se reconoce el impacto de algunas de las búsquedas del enfoque microhistórico sugerido desde la antropología por González y González (1999). Lo importante aquí es que el estudio del trabajo en escalas reducidas como las fábricas permitió establecer las edades de las trabajadoras, sus responsabilidades familiares, las calificaciones y duración en el empleo; todos esos datos permiten dis-cutir las políticas empresariales y gremiales (Lobato, 1990 y 2001). Otra corriente se alimentó de las investigaciones provenientes del campo de los estudios migratorios, en particular del análisis de cadenas y redes, aunque el interés por los trabajadores y las trabajadoras y sus familias fue un poco posterior a los provenientes de la historia laboral (Ceva, 2005).
Una derivación importante de estos estudios es que permiten volver la mirada sobre los análisis alrededor de la inmigración. El carácter universalizador y homoge-neizador de las experiencias de varones y mujeres bajo el común denominador de los hombres no es patrimonio exclusivo de los estudios sobre trabajadores. La historiogra-fía sobre inmigración presentaba las mismas dificultades. Recordemos como punto de partida los trabajos de Gino Germani (1955 y 1962) y las discusiones que tuvieron lu-gar en los años 80 sobre la base del reconocimiento del multiculturalismo (Baily, 1985 y 1985ª, 1988; Devoto, 1992, Devoto-Míguez, 1992) y los vínculos entre inmigración y política (Cibotti- Sabato, 1986).
A partir de la cuestión de las identidades culturales se ponían en tensión aspec-tos parciales de la cuestión inmigratoria y el marco de las relaciones de género que-daba marginado. Sin embargo, como he señalado, las investigaciones sobre redes y familias han sido más sensibles y permeables al examen de los roles de varones y mu-jeres. No obstante, el problema se escapa al debate sobre el enfoque o la perspectiva teórica y metodológica y se ubica en la excesiva especialización de la disciplina: los que se embanderan en el estudio de redes familiares no leen a los que hacen historia laboral y viceversa, y lo mismo sucede con las otras capillas (la historia intelectual, po-lítica, rural o los estudios sobre justicia). Sin embargo, cada uno de ellos realiza apor-tes importanapor-tes para pensar el pasado laboral. Por ejemplo, los estudios sobre redes aportan muchísima información acerca de las características de las migraciones mas-culinas y femeninas, los tipos de trabajo, las actividades y las formas de organización
y sociabilidad (Ceva, 2005). Borrar los límites entre historia laboral e historia de las mi-graciones atenta a la cuestión de género puede ayudar a una mirada que traspase las fronteras nacionales e incorpore la dimensión regional y global.
c) La “naturaleza femenina” como fundamento de la inequidad
Los cambios en el trabajo y en sus condiciones a fines del siglo XX han recolo-cado la demanda de generización de las teorías económicas y sociológicas, y ella fue realizada a nivel internacional por economistas, sociólogas, filósofas y antropólogas feministas. De todos modos, no hubo –ni hay– un traslado automático de las teorías al análisis de las prácticas sociales. Aunque la incorporación de la dimensión de género a los estudios del trabajo ha sido ampliamente planteada desde un punto de visto teó-rico, en la práctica los componentes de diversos modelos explicativos se yuxtaponen, modifican y complementan produciendo los rasgos que diferencian a cada una de las actividades en las distintas regiones. Por ejemplo, más allá de las teorías que las in-forman, las nociones de cualificación y descualificación adquieren densidad en tanto expresan un sistema jerárquico de valores. Hay tareas que se naturalizan al punto de que se pierde de perspectiva el proceso histórico en el cual surgen. Por otra parte, con la difusión de nuevos conocimientos el uso de ciertas categorías descontextualizadas a veces favorece generalizaciones sobre la base de premisas preestablecidas que po-co explican la heterogeneidad y peculiaridad de las distintas experiencias nacionales y regionales y prestan escasa consideración a las continuidades y discontinuidades del proceso histórico.
En este sentido, hacia fines del siglo XIX se consolidaron en la Argentina ciertas nociones asociadas a la “naturaleza femenina” de la mano de la difusión de un pensa-miento científico que se apoyaba fuertemente en la biología (Terán, 2000; Nari 1996 y 2000) y, en este punto, se podría decir que la historia conceptual podría ayudar a preci-sar el específico momento en que ciertas nociones adquieren espesor y se difunden en el territorio. Las derivas del pensamiento científico alimentaron relaciones contradicto-rias entre varones y mujeres, las desigualdades y las jerarquías y, como señala Arlette Farge (1991) en su ensayo de historiografía para el caso francés se fue consolidando también la noción de una complementariedad de subordinación en la medida que se codificaba y valorizaba de modo diferente no sólo el aspecto técnico implícito en todo trabajo sino también las habilidades y destrezas necesarias e incluso la capacidad para ejercer autoridad. Los estudios de casos permiten examinar calificaciones, salarios y,
en el plano normativo, su introducción en los convenios colectivos de trabajo y la legis-lación e intervención estatal en las relaciones laborales (Lobato, 1990, 2001 y 2007).
d) Mundo público y privado: cruzando las fronteras
La división entre espacio público y privado es un elemento importante del dis-curso de la domesticidad. La división de las esferas en pública y privada que, según una extensa literatura, acompañó el desarrollo del capitalismo y el proceso de cons-trucción de la modernidad fue puesta en cuestión en numerosas investigaciones por-que el trabajo fabril (público) interfiere permanentemente en la vida privada (el cuidado del hogar). Apoyándose en una dicotomía imaginaria se organizaron los sistemas so-ciales y se establecieron normas que definen espacios de competencia para las activi-dades económicas, políticas y culturales (Armstrong, 1987).
En Europa este proceso se ubica hacia fines del siglo XVIII y en América latina a partir del siglo XIX, cuando la “doctrina” de las dos esferas excluyentes de actividad humana (lo público y lo privado) surge como componente de la ideología victoriana sobre la mujer, apoyada y reforzada por nuevas formas de organización económica y social que fueron redefiniendo las relaciones familiares y la división sexual del tra-bajo. Esta ideología se vio reforzada por las teorías funcionalistas para las cuales los procesos de industrialización y modernización de los siglos XIX y XX crearon esos dos mundos separados: la “familia” y el “trabajo”, y una sociedad dividida en dos esferas de acción: la pública y la privada. Mientras que la familia dejó de ser una unidad de pro-ducción para transformarse en una de tipo emocional, la propro-ducción material de bienes pasó a realizarse socialmente fuera del hogar y se enfatizó que entre ambos espacios no había ningún tipo de interferencias. La separación entre la familia y el trabajo, entre producción doméstica y formas socializadas de producción, reconfiguró las anteriores divisiones del trabajo entre hombres y mujeres.
Esta noción que presentaba las esferas pública y privada como dicotómicas, separadas y divididas, no sólo en el espacio sino por las actividades realizadas y por el sexo de los sujetos, fue clave también en el análisis político que consideraba la cues-tión de la ciudadanía y la participación en el debate sobre los asuntos públicos donde la intervención de las mujeres quedó, a veces, subsumida en el universal de los ciuda-danos varones y, otras, marginada en tanto se consideraba que su esfera de actuación privilegiada era el hogar (Habermas, 1986; Fraser, 1994).
Los componentes básicos de esta ideología eran: a) separación rígida de las esferas de participación del varón en el área pública de la producción y de la práctica política y el confinamiento de la mujer a la esfera doméstica, al hogar y a la familia; b) la idealización de la mujer madre y de la femineidad mediante el “culto de la verdadera mujer” y, por último, c) la doble moral sexual y la consideración de la mujer como ser asexuado, cuyo impulso a la maternidad sería análogo al impulso sexual del varón.
Esta visión tiñó también los estudios provenientes del campo feminista y se produjo la identificación del espacio público como el lugar del trabajo que genera in-gresos, de la acción colectiva y del poder (en pocas palabras: como el lugar donde se produce y transcurre la historia); y del mundo privado como aquel de lo doméstico, del trabajo no remunerado ni reconocido como tal, de las relaciones familiares, los afec-tos, la vida cotidiana. El primero era exclusivamente (o casi) masculino y el segundo fe-menino. Esta visión encerraba un correlato de carácter político: si la mujer permanecía confinada en los estrechos límites del mundo privado, un mundo que era ajeno a los ámbitos de decisión y de poder, su incorporación a la esfera pública estaría acompaña-da de una mayor integración a esas esferas de decisión. Entonces, para las mujeres de cualquier clase social su ingreso al mercado laboral significaría también una paulatina liberación de las ataduras que les imponía la domesticidad.
Algunos estudios marcaron los límites de la dicotomía público-privado (Peck, 1976; Fraser y Gordon, 1992) aunque en nuestro medio fue Elizabeth Jelín (1984) quien mostró los inconvenientes derivados de esa división y enfatizó la importancia de anali-zar el “ámbito doméstico” pero sin concebirlo como una unidad aislada y contrapuesta al ámbito público del poder. Para Jelín la unidad doméstica es clave y permite examinar la complejidad y el carácter multidimensional de lo cotidiano. No fue sólo una postu-ra teórica ya que estuvo presente en el análisis de biogpostu-rafías de mujeres de sectores populares y en la atención prestada al ciclo de vida como una dimensión que define y redefine posiciones y roles de la mujer dentro de la familia y de la unidad doméstica (Jelín y Feijoó, 1984).
Sin embargo la idea de lo privado cobró fuerza posteriormente en textos que ex-ploraron las transformaciones culturales, la organización del espacio familiar y domés-tico, lo íntimo y lo afectivo. En algunos de ellos se presta atención a la intervención del Estado pero reconociendo la maleabilidad de las fronteras en la relación público-privado (Devoto y Madero, 1999; Cicercchia, 1999). Temas asociados con el mundo del trabajo aparecen claramente para el siglo XX en los análisis sobre la sexualidad de las