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Sin Miedo a Educar Betsy Hart

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Betsy Hart

SIN MIEDO A EDUCAR

Prólogo de Javier Urrà

Madrid, 2009

Vara Peter, Victoria, Madeleine y Olivia porque son la luz de mi vida y porque siempre cargarán con el peso de haber tenido una madre que escribió un libro sobre la educación de los hijos.

Índice

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Agradecimientos 19

Introducción 23

Capítulo 1. Niños salvajes 33

Cada vez más jóvenes 34

La nueva norma 38

¿Y qué pasa con el corazón? 40 Más niños sobornados... ¿más depresiones? 41

Misión de rescate 45

¿Qué está pasando? 47

Hacen falta unos padres (y todo un pueblo) para educar a un hijo 48

Examen para padres 50

Capítulo 2. La constancia: misión imposible 51 La personalidad no conforma el carácter 53

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Los padres son importantes 54 ¿Naturaleza frente a educación? ¡Esa no es la cuestión! 56

Cómo ser unos padres constantes 57 Día de entrenamiento 60 ¿Importa la constancia? 65

Examen para padres 67

Capítulo 3. Estoy de tu parte (¿para qué sirven los padres si no?) 69

Yo también soy una obra en construcción 71 ¿De parte de quién estamos? 74 ¿Unos padres infalibles? ¡Imposible! 76 El precio de estar de parte de nuestros hijos 78

Examen para padres 79

Capítulo 4. ¡No soy lo más importante! 81

Uno para todos... 83

¿Bailar al son que ellos toquen? 85 ¡Tres hurras por el equipo local! 87 Hasta los planes mejor hechos... 89 «No eres el centro del universo» 92

Examen para padres 94

Capítulo 5. Nuestros hijos, nuestros ídolos 97 Si quieres compasión, búscala en el diccionario 98 Una herida en la rodilla es una bendición 104 Prestarles demasiada atención a nuestros hijos es posible 107

Amor irracional: mayor necesidad de padres racionales 109

Examen para padres 112

Capítulo 6. El autoengaño de la autoestima 115

Me gustó mucho 116

Amamos amarnos a nosotros mismos 118 Cómo demostrar a nuestros hijos que los amamos 121 El quid de la cuestión 122 Estimar y apreciar la excelencia de los demás 127

Examen para padres 129

Capítulo 7. El mal comportamiento y otros asuntos del corazón 131

Civilizar a los niños 132 «Criticar el comportamiento, no al niño» 134 Interpretando los asuntos del corazón 136 Un «trastorno» para explicar un corazón trastornado 139

La confianza para luchar por la salud emocional de nuestros hijos 142

Examen para padres 145

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¿Por disfrutar de la experiencia? 149 ¿Una educación positiva? 151 La adversidad también está mal vista 153 Testarudo, irritable, contestón... 158 Decir «no» a nuestros hijos está mal visto 159

Examen para padres 161

Capítulo 9. ¿Quién decidió que los niños decidieran? 163 ¡Decisiones, decisiones...! 164

La consecuencia de usar las consecuencias para enseñar a decidir 166 Lo moral y lo práctico (y por qué la diferencia importa) 168

Los niños aprenden a tomar buenas decisiones cuando los demás las toman por ellos 170

Explicar frente a justificar Porque soy la madre Examen para padres

Capítulo 10. Los sentimientos y el corazón 183 Los sentimientos nacen del corazón 185 Algunas veces la rabia no está bien 186 La tendencia del corazón 188

Veneno 189

No me importa si no te apetece comer pescado 190 El corazón y el cerebro 191

Reflexión 193

¿Qué sé que es verdad? 195 ¿Qué tiene que ver eso con el amor? 197

El arte del alma 198

Examen para padres 199

Capítulo 11. Led Zeppelin: la cultura puede ser guay 201 La guerra de la ropa 204

Los niños, el sexo y el sexo opuesto 205 ¿Tienen los niños derecho a la privacidad? 208 Los colegios y las guerras ideológicas 211

La nueva familia 214

Odia el pecado pero... 216 La cultura y el corazón 219

Examen para padres 221

Capítulo 12. Dar un azote o no darlo (y por qué ésa no es la cuestión) 223 ¿Por qué se quejan? 223

¿Dónde está el problema? 225 El poder del contacto 226 Hábitos de corazón saludables 227 ¿Son igualmente buenas las alternativas? 229 Ven, pensemos juntos 233

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Estudios descabellados sobre los azotes 233 Azotes: caso abierto 238 ¿Cuál era la pregunta? 240

Examen para padres 241

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Prólogo. Educar, no complacer

La educación empieza aún antes de que el niño nazca y desde el primer día se han de establear límites. Esta es una verdad que tiene la rotundidad de una piedra. Como lo es que educar no es entretener y distraer, muy al contrario, educar es un trabajo bello pero duro.

Betsy Hart escribe con toque socarrón y lo hace con el desparpajo de su saber profesional y la cotidianeidad de una madre que educa sola a cuatro hijos.

Desde esa épica discreta, nos cuenta con ausencia radical de retórica su vida, sus experiencias compuestas de momentos, sus reflexiones.

Indaga en la realidad desde el sentido común, con las características propias del norteamericano y de quien posee una gran fe en Dios.

Me han solicitado estas letras tras haber publicado El pequeño dictador. Cuando los padres son las

víctimas1, libro que haya tenido una muy buena acogida por parte del público.

Pues bien, coincido en todo con Betsy Hart salvo en dos aspectos. El primero se refiere a los azotes, sinceramente creo que no se precisan, pero sí la sanción coherente, inmediata, proporcional (del tipo sentarse a reflexionar en un rincón, o restringir o posponer algo que agrada al niño). El segundo punto de discrepancia se ciñe a la generalización en contra de los expertos, pero sí denuncio a quienes nos han precedido desde el estúpido «dejar hacer» y la cómoda permisividad.

Betsy y yo postulamos que hay que tener como objetivo el futuro adulto para que sea un digno y solidario ciudadano, y que para ello hemos de utilizar las herramientas que les permitan ajustar principios éticos y morales.

Nos une el saber que para educar se precisa tiempo, normas, límites y afecto. Que dar cariño no significa malcriar.

Para Betsy lo que verdaderamente importa es llegar al corazón de nuestros hijos. Se pregunta: ¿Nos atrevemos a ser padres?

Gusta de citar estudios, de dar datos, pero siempre breves, concisos, periodísticos, esclarecedores. Para concluir «¡¡Houston, tenemos un problema!!».

En el diálogo entre la escritura, la conversación y el silencio, nos aproxima que hay demasiados niños malhumorados, hoscos, distantes e incluso desagradables.

Los niños —como los sueños—, pueden convertirse en pesadillas. Y es que hay padres y asesores que piensan que es una buena idea sobornar a un preescolar para que no le dé un ataque. Enhebra sonoridades: «Hacen falta unos padres (y todo un pueblo) para educar a un hijo». Desde la definida por Hegel «Astucia de la razón», expone: «Estoy de tu parte (¿para qué sirven los padres si no?)». Y también «he hecho saber a mis hijos que también soy una obra en construcción».

Ciertamente, los niños no se pueden educar solos. Y la autora nos recuerda que a algunas personas les molesta pensar que los padres tienen, por el mero hecho de serlo, autoridad sobre sus hijos.

Me gusta su claridad, sencillez, sinceridad, tenemos pálpitos de existencia similares. «He descubierto que incluso cuando mis hijos creen que no estoy de su parte en un momento dado, saben que yo sí lo creo. Eso se nota (para mejor) en nuestra relación».

Tenemos —creamos— niños que piensan «soy lo más importante» y padres que razonan ¿razonan? «Si le dices no, se pasa todo el día enfadado».

Creo —obviamente— que hay que enseñarles que el mundo no se inclina ante sus deseos.

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Si no se establecen normas, las tienen que imponer los propios niños y no están capacitados para ello.

Veamos diferencias del ayer y el hoy. Antes primaba la disciplina sobre las emociones, ahora vemos lo opuesto.

Betsy se pregunta si una de las razones del aumento de los súper padres es el descenso del número de familias numerosas. Confirma que «no hay duda de que la influencia religiosa se ha debilitado y muchos padres-están intentando llenar un vacío en su vida espiritual poniendo todas sus aspiraciones en lo único que los sobrevivirá, sus hijos».

Me

encanta la magia de las palabras. Como cuando afirma «los narcisistas dan miedo». O «puede que sea más fácil elogiar a un niño que enseñarle matemáticas».

Precisamos valorar y reconocer el esfuerzo por mejorar de los niños, en lugar de elogiarlos por ser maravillosos per_ se

Tenemos la misión de civilizar a nuestros niños, de crearles una estricta conciencia. Hay fallas estructurales. Yo señalaría que hay muchas familias que lo primero que deben establecer son horarios. Betsy indica que «la epidemia de niños obesos tiene que ver con los padres que no dicen "no"».

Concluyo, para que puedan continuar leyendo a Betsy Hart y ratifiquen que «hemos de enseñar a nuestros hijos a encontrar el valor que tienen las cosas de este mundo maravilloso y a distinguir entre lo bueno y lo malo».

El poder de los padres radica en su amor incondicional, esta incalculable fuerza debe conducirse desde la constancia y el buen criterio educativo.

Este libro ligero y serio contribuye a tan tierna y ardua misión. Sin olvidar que cada ser humano es único, más si está en evolución.

Un proverbio chino expone: «El barro se endurece al fuego, el oro se ablanda».

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Agradecimientos

Me siento un poco rara escribiendo un capítulo de agradecimientos para este libro, no porque no haya gente maravillosa que se lo merezca, sino porque me parece un poco autocomplaciente. Pues ¿qué ocurriría si, a pesar de la ayuda que he recibido de estas personas, no hubiera escrito un libro que alguien más, aparte de mis familiares inmediatos, quiera leer?

De todas formas, he decidido que me voy a arriesgar y voy a ir a por los «agradecimientos». Porque con este libro se me ha concedido el privilegio de tratar un asunto que me apasiona. Aunque se diera el caso de que ni los miembros de mi familia comprasen cada uno un ejemplar (más les vale que no sea así) siempre consideraré una suerte el haberlo escrito. Y en este contexto quiero dar las gracias a las muchas personas que me han proporcionado el momento más emocionante de mi vida.

La primera de la lista es mi agente, Teresa Harnett, que me convenció de que otras personas, aparte de mis familiares, comprarían Sin miedo a educar, y sin cuyo apoyo, entusiasmo e increíble contribución, el libro simplemente no existiría. Estoy también muy agradecida a mi editora de Putnam, Sheila Curry Oakes, que creyó en el proyecto y me convirtió oficialmente en autora; a su sucesora, Marian Lizzi, y al editor jefe John Duff, que tanto me animó durante el proceso.

También estaré eternamente en deuda con mis editores del Servicio de Noticias Scripps Howard (Washington D. C): el director Peter

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Copeland, Jay Ambrose y Walter Veazey. Y con los muchos amigos que contribuyeron valiosamente al libro, que encontraron siempre la manera de decir con increíble aplomo «en fin, ejem, ejem... tienes que corregir esto» o que, simplemente, me alentaron; gente como Jeanne Alien, Steve Humley y Melinda Sidak, a quienes estoy profundamente agradecida. Y en este punto debo dar las gracias también a mi amiga María McCarthy, que me dio un tirón de orejas cuando la llamé para decirle que estaba escribiendo un libro: « ¡Bueno, espero que por lo menos sea sobre cómo educar a los hijos!», me dijo.

Por supuesto, hay muchos amigos estupendos y padres de quienes aprendí mucho y que deberían haber escrito este libro en mi lugar pero, por alguna razón, Dios me dio el privilegio de poner con las mías, más torpes, sus demostradamente sabias palabras: personas como Dave y Jennie Coffin, Paul y Brenda McNulty, Wes y Martha Wilson, March y Mariam Bell y tantos otros que me enseñaron y me animaron.

Gracias desde el fondo de mi corazón.

Cualquier lector (me temo) se dará cuenta muy pronto de que escribí la mayor parte del libro durante el período más negro y difícil de mi vida. Cada uno de los amigos mencionados arriba me prestó una ayuda leal e insustituible en esa época. El matrimonio Coffin destaca porque su atención y conocimientos fueron especialmente lúcidos, incluso a la una de la mañana.

Pero ha habido también otras muchas personas cuyo amor, afecto y apoyo me ha permitido completar el libro y me ha ayudado a sentir verdadera alegría y satisfacción de hacerlo. Estoy agradecida a todos ellos. Algunos son: Helene Brenner, Lynne Carlson y Marjo-rie Dannenfelser, que siempre tenían razón; Trish Ryan, una canguro que mis hijos adoraban, y en la que confiaban, y una amiga para mí; y Steve y Adrianne Schneider (y sus maravillosos hijos) que fueron los mejores vecinos de al lado que nadie haya podido tener. Y como padres ( y sus hijos como hermanos) para nuestros hijos.

Y, sobre todo, me siento profundamente agradecida por la maravillosa familia que tengo: mi padre, que a los ochenta años, cuando la mayoría de las personas están confinadas en residencias, hace cosas como dar clases de descenso en esquí y obligarme a mirar las muestras de tela que está eligiendo para los muebles de su nuevo piso; mi increíble madre y amiga, que murió, en cierto modo, demasiado joven, en 1995, y cuyo espíritu luchador y positivo siempre me ha acompañado y dado fuerzas ( ¡ y a mis hijos!); y mi hermana, Beverly Hayes, y hermanos: Dwight, David y Dennis Banfield ( y sus familias) cuyo enorme amor, apoyo, cuidado y preocupación por el bienestar de mis hijos y el mío durante aquel momento difícil de nuestras vidas me ha demostrado que, bueno... que es cierto que puedes volver a casa.

Por último, quiero dar las gracias a las personas más valiosas de mi vida: Peter, Victoria, Madeleine y Olivia: porque me han dado el valor y la esperanza para seguir adelante, porque han aguantado muchas cosas y porque me conocen mejor que nadie y, a pesar de eso, me aman.

Introducción

En un anuncio de detergente, una madre soltera de dos adolescentes se está preparando para una cita. Cuando ya está arreglada, se mancha de ketchup mientras da a sus hijos de cenar... No pasa nada: cuenta con el magnífico detergente que se anuncia. Varias horas después, mientras se despide de su amigo en la puerta, piensa: « ¿Estará bien besar en la primera cita? Creo que se lo preguntaré a mi hija».

¿Por qué? ¿Acaso la hija sabe más que la madre? Una conocida página web para padres

(partnership/orchildren.com) aconseja a los progenitores que no acusen a su hijo de mentir, aunque

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que es la verdad. Deben decirle cuan orgullosos se sienten de él cuando la dice. Y después deben dejar que su pequeña conciencia se ponga a trabajar.

Pero, ¿qué pasa si todo lo que la pequeña conciencia dice es « ¡Estupendo: Me he librado!» El psicólogo de familia Ed Wimberley quiere que nos preguntemos si estamos dando a nuestros hijos todas las opciones vitales posibles. La respuesta, se supone que está claro, debe ser: «¡Por supuesto!». También nos explica en su libro Guía para padres: cómo educar a niños estupendos que «nuestros hijos merecen sentirse bien con ellos mismos, simplemente porque son, porque existen». Ése es también el mensaje de kidshealth.org en su apartado para niños, en el que les dice: «Lo

más importante que tienes... ¡es la autoestima!». Y mientras, enparentcenter.babycenter.com se instruye a

los padres para que siempre acepten las emociones y sentimientos de sus hijos «sin juzgarlos». Y, por supuesto, hoy en día cuando un niño se porta mal, ¿qué explicación ofrece la mayoría de las veces el avergonzado progenitor?: «Está muy cansado».

¡Bienvenido a lo que yo he llamado la «ciencia de criar hijos!». Una cultura en la que los padres son básicamente alentados a idolatrar a sus hijos, a maravillarse ante su inherente sabiduría y bondad... Y esto es sólo el principio.

Sé todo lo que hay que saber sobre estas teorías porque soy madre de cuatro hijos. En el momento de escribir este libro Peter tiene diez años, Victoria ocho, Madeleine cinco y Olivia, tres. Y sé que, debido a esta cultura, muchos padres y madres creen que deben encargarse de que sus hijos se sientan siempre verdaderamente especiales y verdaderamente bien con ellos mismos (incluso cuando se están portando verdaderamente mal). Aunque, ¡por supuesto!, los niños hoy en día no se portan mal, en realidad están agotados.

Los

papas

y mamas de hoy temen descuidar una «necesidad» o herir una delicada sensibilidad. Y ¡que Dios nos coja confesados si alguna vez nuestros hijos sufren una decepción, un enfado o una frustración!

Damos a nuestros hijos la posibilidad de elegir siempre que podemos y, ¡Dios lo sabe!, buscamos cualquier alternativa al «no». No queremos que esos oiditos escuchen de nuestros labios: «¡La respuesta es no porque lo digo yo!». La autoestima ha reemplazado al autocontrol o a cualquier idea de estima hacia los demás en el gran panteón de las virtudes infantiles. El desvivirse con cada uno de los súper importantes sentimientos de los niños ha sustituido al conocido: «¡No me molestes a menos que te estés muriendo!», que muchos oímos de pequeños.

De hecho, comentarios como «no me interrumpas, cariño, estoy ocupada», o «id a jugar niños, los mayores estamos hablando», o «no puedo prestarte atención ahora, cariño, estoy hablando por teléfono, espera a que acabe» faltan en demasiados hogares porque, básicamente, la vida de los padres hoy en día gira en torno a sus hijo y están dispuestos a dejar cualquier cosa que tengan entre manos para atenderlos.

¿Y los azotes? Esta palabra raramente se menciona entre la gente bien educada.

Muchos de nuestros padres habrían considerado absurdas estas ideas. No eran perfectos, desde luego, y también tuvieron que hacer frente a las modas educativas de su tiempo. Pero conozco a poca gente que pueda defender que los niños de hoy día han salido mejor parados que los de otras generaciones, a pesar de la elaborada pedagogía que los expertos nos dictan. Tampoco creo que los padres seamos mucho más felices, a pesar de todos sus consejos. Desde luego, no vivimos más tranquilos. ¿Cómo podríamos? La mayoría estamos demasiado ocupados obsesionándonos con cualquier cosa que tenga que ver con nuestros pequeñines.

Naturalmente, esta forma de relacionarnos con nuestros hijos es muy seductora. Yo misma he caído en muchas de sus trampas. Pero siempre me da pena cuando veo a padres que siguen tan estrictamente sus dictados y que están estresados por sus propios hijos (aunque sólo tengan uno o dos y estén completamente sanos); que lo que debería de ser motivo de alegría se convierte en: «¡Por favor, que pasen pronto estos años!». (Con razón a menudo tampoco los niños parecen felices).

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Por desgracia, los padres seguirán diciendo lo mismo cuando lleguen a la adolescencia. Quieren a sus hijos con locura, como todos, pero la idea que tienen de cómo ha de ser su vida con ellos les lleva a preguntarse continuamente: «¿Nos lo estamos pasando bien?».

Hace cien años Ellen Key, defensora de la infancia, denominó el siglo XX «el siglo del niño». Ese fue el título de su libro2, escrito en 1900. Pero los últimos cien años deberían llamarse en

realidad «El siglo del especialista infantil».

Es precisamente a esa especialización en la educación de los niños, al conjunto de dogmas que descienden de «las alturas» sobre cómo educar a nuestros hijos, a lo que yo llamo «la ciencia de criar hijos». Examinaré dicha cultura a lo largo de este libro. Por supuesto, no es monolítica, pero demostraré que sus diferentes tendencias parecen seguir, en general, las mismas directrices.

Pero ¿van en la dirección adecuada?

En el siglo XX, la educación de los hijos fue elevada a la categoría de ciencia. Pero los científicos tenían ideas descabelladamente contradictorias, y a menudo se contradecían también entre sí. Por lo que no nos debe sorprender que hoy día poca gente defienda que esta «ciencia» de la educación nos ha llevado muy lejos.

No animo a los padres a despreciar los consejos de los especialistas a tontas y a locas. Estoy de acuerdo en que en ellos hay sabiduría y conocimiento. Pero sí les doy ánimos para que reconozcan que ellos son los padres y saben qué es lo mejor para sus hijos. Si pueden usar los consejos de los expertos para alcanzar sus metas como padres, perfecto. Pero si se sienten intimidados, o delegan sus responsabilidades en otros, se están haciendo un flaco favor, a ellos y a sus hijos.

Hace diez años, poco después del nacimiento de mi primer hijo, empecé a escribir una columna para el Scripp Howard News Service. Al principio, me centraba en asuntos de política y de información nacional, pero con el tiempo, a medida que mis otros hijos fueron llegando al mundo, empecé a concentrarme más en la cultura, los niños y su educación.

La reacción fue asombrosa. Si escribía una columna sobre la campaña presidencial recibía varias docenas de e-mails. Pero si escribía una columna que dijese «¿Por qué tenemos que dar tantas opciones a nuestros niños?», recibía más de cien respuestas. Parece que la educación de nuestros hijos (que incluye la cultura del hogar) es lo que más nos importa. En mi caso fue así, como pudo verse cada vez más reflejado en lo que escribía.

Yo no soy una experta en educación infantil. Sólo soy una madre de cuatro chavales pequeños, pero no puedo evadirme del mundo que me rodea. Televisión, libros, revistas, emisoras de radio... a veces pienso que los consejos que dan sobre educación no tienen ningún sentido. ¿No dar nunca un cachete? ¿Reforzar siempre la autoestima? ¿Distinguir entre el niño y sus actos? ¿Todos los sentimientos son buenos? Muchas de estas cosas no me cuadraban.

Afortunadamente, he contado con el asesoramiento de muchos padres experimentados, gente que está criando a sus hijos con seguridad en sí mismos, o que ya lo ha hecho. Me han dado valiosos consejos que eran, a menudo, muy diferentes de los que ofrecen los expertos profesionales.

Y la gente con la que me encuentro me dice que mis hijos parecen estar educados de una manera diferente: que no me interrumpen tanto, que no cogen una rabieta cada vez que se les dice que no r y que no parecen ser el centro del universo familiar. Cuando la gente viene a casa a cenar, sí que puedo decir a mis hijos que vayan a jugar lejos de la «zona de los mayores» mientras éstos hablan.

Y mis hijos parecen estar sobreviviendo a todo esto bastante bien.

Desde luego, a veces pienso: ¡ojalá pudiera ver lo que ocurre cuando yo no estoy! Mis niños son niños: riñen, se pelean, se quejan y les encanta fastidiarse. Tienen su propia personalidad y cada

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uno te desafía a su manera. Uno llegó al mundo sin querer ser una molestia para nadie; otro, estoy convencida de que es pariente lejano de los Soprano.

Más de una vez he dicho a mis hijos con voz resignada (mientras se peleaban con uñas y dientes por algo tan importante como coger las primeras cucharadas del tarro de mermelada): «Ya es demasiado tarde para mí; sólo espero que mi libro sirva de ayuda a otros». (Mis hijos me han contestado que por favor deje de decir eso).

Sin embargo, confieso que todavía me siento satisfecha de la educación de mis niños. No porque yo tenga la solución a todos los problemas —de ninguna manera—, sino porque sé una cosa: yo soy la madre; sé más que mis hijos y los quiero más que a nada en el mundo y sé que ellos se benefician inmensamente de esta confianza que tengo en mí misma como madre. Como un buen amigo nos dijo a mi marido Ben y a mí: «Decidid pronto quién va a mandar en casa porque si no lo hacéis vosotros lo harán vuestros hijos».

Pero la educación de los hijos consiste en mucho más que en estar al mando. Durante estos años, algunos expertos padres me han ayudado a comprender que educar a los hijos no consiste sólo en conseguir que su conducta sea la apropiada en un momento dado. Ni en poner fin a una rabieta o a las malas contestaciones, promoviendo las buenas formas y las relaciones fraternales.

Lo que verdaderamente importa es llegar al corazón de nuestros hijos. Como padre o madre debo ser capaz de entender que sus corazones corren peligro, no por vivir en este mundo, sino por su propia naturaleza. No se necesita ser una persona religiosa para estar de acuerdo en que «la necedad está ligada al corazón del muchacho» (Proverbios, 22:15). El corazón de un niño es a menudo confiado y cariñoso, pero también es egocéntrico e insensato y, como tal, un peligro para sí mismo. Y cuando digo «corazón» me refiero a algo más que al carácter. Es de suponer que un niño que tenga buen carácter no mentirá porque sabe que eso está mal. Perfecto. Tenemos que educar a nuestros hijos en el valor de la verdad. Pues un niño que tenga el corazón bien orientado desarrollará un genuino desprecio hacia la mentira y el gusto por la verdad.

Una niña con buen carácter puede ser amable con los demás porque sabe que la buena educación es necesaria. Eso es fantástico. Pero una niña con el corazón bien orientado desarrollará un verdadero aprecio, interés y respeto hacia los demás y querrá que los demás lo sientan.

No podemos cambiar nuestros corazones, y mucho menos los de nuestros hijos. Pero es nuestro deber como padres inclinarlos al bien.

Con este libro intento aclarar lo que muchos padres admiten instintivamente, pero temen poner en práctica: que, en última instancia, los expertos pedagogos y orientadores no saben más de nuestros hijos que nosotros mismos. Espero contribuir con este libro a dar a los padres confianza para educar a sus hijos como creen; para que sepan tomar lo que es útil de las teorías de los expertos y dejar atrás, sin sentimientos de culpa, lo que no lo es y, sobre todo, distinguir entre ambas cosas.

En este libro he elegido las ideas de las que difiero. Critico desde el no dar cachetes hasta el aumento de la autoestima infantil, pasando por el dejar a los niños tomar decisiones.

Sin embargo, la pregunta más importante es «¿qué piensan ustedes, como padres, de lo que la nueva ciencia de criar hijos perfectos enseña a los padres actuales?»

Curiosamente, algunos de sus faros-guía usan siempre la retórica adecuada. Por ejemplo, pueden animar a los padres a poner límites. De hecho, la noción de que los padres deberían ser «autoritarios» está en boga en ciertos círculos. Por desgracia, estas ideas no parecen significar mucho para esas personas. Porque lo que los especialistas dicen y la manera en que nos aconsejan que eduquemos a nuestros hijos son, por desgracia, a menudo dos cosas muy diferentes.

Por eso es tan importante llegar al quid de lo que los expertos nos enseñan sobre la educación de los niños.

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Como me dijo una amiga después de leer el primer borrador del libro «esto es en realidad una guía sobre qué pensar de lo que los expertos piensan sobre la educación infantil», o, quizás, «cómo y por qué no dejarse intimidar por los expertos».

Al menos ésta era mi meta cuando empecé a escribir Sin miedo a educar. Ahora ha adquirido mayor importancia. Cuando empecé con el proyecto yo estaba, o eso creía, felizmente casada, y no tenía motivos para pensar que esta situación cambiaría.

Pero me equivoqué. Para mi total asombro, y para el asombro de todos los que conocían y amaban a mi marido, éste dejó a su familia. Por mi propia integridad me vi obligada a disolver la unión de casi diecisiete años a la que mi marido había puesto fin de manera tan absoluta. Estos hechos supusieron una tragedia para mis hijos, para mí y para mi marido. El libro ( y mi vida) quedaron postergados mientras mis hijos y yo sufríamos.

Nadie es más contraria que yo al divorcio, como he escrito a menudo, y mi propia experiencia no invalida la verdad de su impacto devastador, especialmente en los niños. Sólo convierte lo que yo ya sabía sobre el divorcio en algo más real, más tangible, más personal.

A lo mejor por eso, cuando ya tenía claro que me enfrentaría a la vida como «madre soltera» (tengo la guardia y custodia total de nuestros hijos), volví a este manuscrito con otros ojos, lo escribí en nombre de mis hijos. Leí lo que había redactado y lo vi desde una nueva óptica. Los principios que me habían importado durante años adquirieron una nueva vigencia. Comprendí mejor que nunca que cómo educamos a nuestros hijos y cómo percibimos nuestro papel en sus vidas es realmente importante.

Los padres pueden discrepar de muchas de las cosas que digo, pero ojalá puedan extraer de ellas la confianza para tomar las decisiones que creen que son adecuadas para sus hijos porque, al fin y al cabo, es tarea suya y sólo suya el tomarlas. Si perciben el papel de padres como un continuo intento de llegar al corazón de sus hijos, les habrán hecho un regalo maravilloso.

Nos toca a nosotros, los padres, decidir. ¿Asumiremos nuestra tarea? ¿Nos atreveremos a ser padres?

Este no es un libro de «cómo...», excepto quizás en el sentido de cómo pensar sobre los consejos de los especialistas que se refieren a la educación de los niños. Es un libro de «¿cuál es la actitud correcta?». En cierta medida, es más sobre los padres que sobre los hijos. Casi todo lo que aquí se dice concierne a los más pequeños, lo cual tiene una explicación simple: es en la primera infancia cuando es más fácil e importante establecer los hábitos del corazón. Pero el hábito de perseverar en la vida de nuestros hijos hemos de seguirlo incluso más allá de su juventud. Nunca es demasiado tarde, ni demasiado pronto, para aplicar los principios de este libro (si creen que tienen sentido).

No escribo sólo para matrimonios o para familias tradicionales; es para cualquiera que tenga la responsabilidad de educar a un hijo. Ponerla en práctica puede ser más difícil, mucho más difícil dependiendo de las circunstancias, pero los principios no cambian, ya estemos solteros o casados, seamos más jóvenes o más viejos, padres adoptivos o biológicos, padres de uno o de varios hijos... Cualesquiera que sean las circunstancias en su vida, cualquiera que sea el modo en que dirige su hogar, no importa cuán diferente parezca del mío, usted es el padre o la madre. Se le ha encomendado una misión valiosa e importante, la misión de educar el corazón de sus hijos, de atreverse a ser padre o madre, aunque la sociedad le diga que no lo sea.

Capítulo 1. Niños salvajes

El autor de un artículo aparecido en la revista Time en el año 2003 se preguntaba: «¿Necesitan policías nuestras guarderías?». Por lo visto, la respuesta es sí. Time contaba que en Fort Worth, Texas, a una

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alumna de primero de primaria se le pidió que guardara un juguete. En lugar de hacerlo, la niña empezó a gritar. «Cuando se le rogó que se tranquilizara, volcó su pupitre y se escondió bajo la mesa de la profesora. Luego, gritando, salió de su escondite y comenzó a arrojar libros a sus aterrorizados compañeros de clase, que tuvieron que ser desalojados de la habitación por seguridad».

«¿Es sólo un mal día en el colegio?», preguntaba, retóricamente, la revista. Más bien un mal año. No fue un incidente aislado. Se produjeron docenas de actos vergonzosos en todos los colegios del distrito; la mayoría, obra de los alumnos más pequeños.

Un niño que gritó «¡Cállate puta!» a una profesora, otro que mordió a un profesor en una guardería (tan fuerte que le dejó marcas) y otro de seis años que, completamente histérico, se quitó la ropa y se la arrojó al psicólogo del colegio están entre los casos a destacar.

Éstos no son chavales traumatizados procedentes de hogares desestructurados. Son chavales normales y sanos, muchos de familias tradicionales de clase media, y sin ningún trastorno emocional apa-rente.

Michael Parker es el director del programa de atención psicológica del Distrito Escolar Independiente de Fort Worth, que atiende a ochenta mil estudiantes. El doctor Parker aseguró a Time que estaba notando un claro aumento de la conducta agresiva en los niños más pequeños. «Hablamos de malas contestaciones, de falta de respeto, de llegar a morder, a dar patadas e incluso golpear a los adultos; y eso lo estamos viendo hasta en niños de cinco años».

Houston, tenemos un problema.

La palabra «Columbine» todavía produce un escalofrío colectivo. Así se llamaba el instituto de Littleton, Colorado, donde dos chicos de clase media-alta dispararon a todo el que se les puso por delante causando trece víctimas mortales y luego se suicidaron. ¿Qué les pasó a aquellos chavales? Todos sabemos que algo tuvo que torcerse mucho para que actuaran de esa manera.

En 2004, la Partnership for Children, una asociación de defensa de la infancia de Fort Worth, hizo públicos los resultados de una encuesta hecha a treinta y cinco colegios de primaria y guarderías locales. La mayoría de los entrevistados dijeron que los niños de primaria tenían en aquel momento más problemas emocionales y de conducta que cinco años antes. Más de la mitad de las guarderías aseguraron que los incidentes producidos por enfados y enojos habían aumentado respecto a los tres años anteriores.

Cada vez más jóvenes

El doctor Ronald Stephens es director del National School Safety Center con sede en Westlake, California. Y, aunque no existe un método para medir los actos violentos cometidos por alumnos muy jóvenes, el doctor me comentó que estos actos aislados están aumentando y que los problemas de conducta se están incrementando a una velocidad alarmante. Stephens señala también el aumento de las escuelas especiales dedicadas a los estudiantes problemáticos de primaria en los últimos diez años. Hace una década, afirma, este tipo de escuelas eran prácticamente desconocidas. Hoy en día, al menos mil de los quince mil distritos educativos de Estados Unidos las tienen. Son ya «normales y cada vez hay más», me dijo.

La organización de Stephens dirige seminarios y forma a profesores a lo largo de todo el país y en sus talleres se conocen muchos casos de niños que han perdido el control. Una profesora de primaria fue atacada con tanta violencia por un enorme alumno de seis años y medio que tuvo que dejar su trabajo durante seis meses. Otra mujer, que había sido profesora de primaria durante veinticinco años, informó de que literalmente no podía controlar a los niños que estaban a su cargo.

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En junio de 2000 la revista Pediatrics publicó un estudio de veintiún mil pacientes de diversos pediatras. La agencia de noticias Associated Press lo resumía de la siguiente manera: «El número de jóvenes estadounidenses con problemas emocionales y de conducta ha aumentado en las dos últimas décadas».

Este incremento «no puede ser desestimado y atribuido exclusivamente a la nueva formación y diagnosis médica», afirmó la doctora Kelly Kelleher de la Universidad de Pittsburg, directora del Hospital Infantil y autora principal del estudio. De hecho, según el informe de la AP (Associated Press) el mayor número de casos había sido diagnosticado por médicos que habían terminado sus carreras hacía treinta años. Kelleher manifestó que los resultados sugieren que el cambio más importante se había producido en «la gravedad de los problemas y el tipo de pacientes que se estaba tratando». El síndrome de déficit de atención, o desorden hiperactivo, había aumentado del 1,4 por ciento al 9,2 por ciento y problemas emocionales como la ansiedad y la depresión habían subido de una cifra despreciable al 3,6 por ciento.

Sólo en el año 2003 se recetaron más de dos millones de antidepresivos para niños, según el Washington

Post.

Por supuesto, la «vieja generación» lleva quejándose de los «niños salvajes» desde el principio de los tiempos. Desde Sócrates hasta nuestros días, pasando por mis propios padres, que se opusieron a mi devoción infantil por el cantante Rod Stewart, siempre hemos oído quejas de cómo la descontrolada nueva generación es, al parecer, cada vez peor. Pero estas quejas tradicionalmente se referían a una generación a punto de entrar en la edad adulta (adolescentes y adultos jóvenes) y no a niños de cinco y seis años.

¿Y qué decir de los niños mayores y de los adolescentes? Por desgracia, en Estados Unidos ya no nos

espanta oír cosas como que un niño de ocho años ha apuntado con una pistola a su compañero de clase porque se había reído de sus orejas. Niños de doce años de un acomodado barrio residencial participaban con regularidad en fiestas de sexo en las que el sexo oral era de rigor, según el Washington Post. Pero esto, ¿realmente pilló a alguien por sorpresa?

El suicidio se encuentra ahora entre las tres causas más importantes de mortalidad en los jóvenes de dieciocho a veinticuatro años y es la quinta causa en los niños de diez a catorce, según la Fundación Americana para la Prevención del Suicidio. Desde 1950 se ha triplicado en la población masculina comprendida entre los dieciocho y los veinticuatro años y se ha doblado en la población femenina.

Ciertas informaciones apuntan a un descenso de la violencia juvenil. Pero, según un informe de 2001 de la Dirección General de Salud Pública de Estados Unidos, estas informaciones sin confirmar no son exactas. En el informe se declara que «no sólo se han estudiado los antecedentes penales y las detenciones, sino que se han analizado varias investigaciones a nivel nacional en las que los jóvenes confesaban sus actos violentos. Estas confesiones revelan que la propensión e implicación real de los jóvenes en actos de violencia no han disminuido, como indican las detenciones. Más bien, han aumentado 1993».

El informe señala que el número de arrestos de jóvenes que cometen actos violentos también está aumentando.

Desde luego, la mayor parte de lo que estoy describiendo son los casos extremos. Después de todo, gracias a Dios, la mayoría de los niños de seis años no pegan a sus profesores. Así que estos estudios y casos describen un aumento de los problemas en un extremo de la escala. Pero antes de que colectivamente demos un suspiro de alivio tenemos que admitir la parte que da miedo: la escala se ha desplazado en su totalidad en la dirección equivocada.

Este comentario me llegó de una abuela de Florida en respuesta a una columna que yo había escrito sobre niños problemáticos:

En la actualidad me dedico a cuidar a los niños de la guardería de la iglesia y hay una niña de tres años que grita y coge pataletas si no se la atiende constantemente. Los padres de esta niña satisfacen todos sus caprichos y quieren que todo el mundo haga lo mismo. La niña de tres años está, claramente, al mando.

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Este tipo de conducta es tan normal que se ha convertido en «la nueva norma». Todos podemos contar una historia como la de esta abuela.

Hace poco llevé a una de mis hijas a su clase de gimnasia. Mientras esperábamos a que empezara, varios niños corrían persiguiéndose los unos a los otros alrededor de una verja, y estaba claro que alguno se iba a hacer daño. Una de las madres le dijo a su hijo de tres años, Eric, que no corriera. Eric continuó corriendo. Su madre le dijo al menos cinco veces que parara. Al final, Eric se chocó con mi hija Madeleine (que, la verdad, sólo se portaba mejor porque estaba cansada). Su madre le dijo: «¡Ya está bien, Eric!, ¡siéntate ahora mismo!». Eric la miró a los ojos, se levantó y empezó a correr otra vez. ¿Y la reacción de la madre? Ella y otra madre se miraron, se encogieron de hombros y soltaron unas risitas.

Cualesquiera que fueran las circunstancias atenuantes (su madre no quería una escena o Eric estaba alterado) una cosa está clara: Eric estaba acostumbrado a desobedecer a su madre impunemente; y ella estaba acostumbrada a que la desobedeciera.

La nueva norma

En el año 2004, en un artículo en la página web WebMD.com la periodista de temas de salud Dulce Zamora

escribía: «Cuando un hijo y su madre entran en la sala de espera de un médico, hay dos sillas libres: una silla grande para los adultos y un taburete para los niños. El niño se sienta en la silla de los adultos y coge una rabieta cuando su madre le dice que se levante. La madre se sienta encogida, con resignación, en el asiento pequeño».

El problema no es quién se sienta dónde. El problema es cuánto poder ejerce el niño sobre sus padres. Este tipo de escenas se está convirtiendo en una epidemia. Si estuviéramos haciendo un reality show lo podríamos llamar Niños salvajes. Lo más asombroso no es que los niños intenten hacerse con el poder. Por supuesto que lo intentan. Está en la naturaleza humana el desear el poder, y la naturaleza con la que nacen los corazones de los niños no ha cambiado desde Adán y Eva. Sí ha cambiado, sin embargo, la manera en que los educamos. Los padres temen muy a menudo enfrentarse a la conducta y, aún más, a los corazones de sus hijos.

Por eso este libro trata más de los padres que de los hijos.

Podríamos decir: «Sí, los niños de hoy día se comportan peor, son más maleducados y más contestones, ¿y qué? Nos las arreglaremos, lo ignoraremos y superaremos esta fase. Al fin y al cabo, estos niños no van a ser unos adultos aberrantes que cargarán con pistolas contra los institutos. Vivir con ellos puede ser desagradable o, a lo peor, deprimente (no importa cuánto los queramos), pero la mayoría se convertirán un día en adultos más o menos responsables».

Puede ser. Pero, de todas maneras, el problema no es en última instancia la conducta. Ésta sólo refleja lo que está ocurriendo en el corazón del niño.

Y es a éste al que debemos llegar. Y rescatar.

La periodista Bárbara Cartón hablaba de la necesidad de utilizar los servicios de un asesor en un artículo aparecido en el Wall Street Journal:

Cuando Ellen, la hija de Amy Griswold, cumplió tres años, empezó a coger pataletas y a responder a su madre con frases sabihondas como: «¡No me hables de ese modo!».

¿Qué otra cosa podía hacer esta madre? Llamar a un asesor, por supuesto. La periodista Bárbara Cartón continuaba explicando:

Después de meses de trabajo con un asesor, en persona, por teléfono y on-line, la señora Griswold es una cliente satisfecha. Para doblegar las frecuentes rabietas de Ellen cada vez que salía de casa, el asesor sugirió ofrecerle prendas de vestir, como una tiara, que la preescolar se pondría cuando saliera

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de casa sin enfadarse. «Acabó con todas las llantinas», aseguró la señora Griswold, que se había gastado 150 dólares en el asesor. «Fue un dinero bien empleado»3.

Estos consejos cuestan aproximadamente 100 dólares la hora.

Piensen en qué es lo que ha aprendido esta niña: que si toma por costumbre el ser lo suficientemente desagradable, será premiada si no se fastidia a sí ni a los demás. Y lo que ha aprendido su madre: a pagar a su hija y a comprar la tranquilidad. Pero ¿qué ocurrirá cuando la niña pida un coche a cambio de no coger una rabieta?, ¿qué ocurrirá cuando algún día se encuentre con alguien que no la quiera comprar?

Los asesores de padres son un negocio en auge. Según el artículo del Wall Street Journal el Instituto de Asesores de Padres de Belle-vue en Washington, por ejemplo, abrió sus puertas en el año 2000, y en el verano de 2003 ya había licenciado a seis asesores y estaba formando a veinticuatro.

¿Y qué pasa con el corazón?

Sin duda, estos chavales pueden convertirse en buenas personas, en adultos responsables. Pero ¿cómo serán sus corazones y sus personalidades? La niña de Dallas puede que llegue a ser una adulta normal, con un trabajo estable, casada y con hijos. Pero ¿qué está pasando en ese corazón que dice «soy lo más importante»? Si sus padres continúan comprándola para que esté contenta, si cree que todos sus caprichos serán casi siempre satisfechos: ¿qué pasará cuando sea una adulta «responsable»? (si es que llega a serlo). ¿Qué tipo de matrimonio tendrá? ¿Qué valores transmitirá a sus hijos? ¿Será capaz de dar o sólo de recibir? Me pregunto si será feliz.

Estas preguntas no surgen sólo porque a la niña se le da una diadema por no coger una rabieta. Todos los padres metemos la pata alguna vez (o en mi caso, un montón de veces). Pero a Ellen se la está educando para que piense que el mundo gira en torno a ella. Las tiaras sólo son el síntoma de un problema más grave con consecuencias devastadoras.

El doctor Robert Shaw es psiquiatra infantil en ejercicio en Berkeley, California. En un atrevido libro que escribió en el año 2003, dice:

Hoy en día hay demasiados niños malhumorados, hoscos, distantes, preocupados e incluso desagradables. Gimotean, fastidian, cogen rabietas y exigen una atención constante de sus padres... Muchos de estos niños, incluso algunos muy pequeños, tratan a sus padres con desprecio, los miran con condescendencia y les hablan groseramente... Esa conducta es tan normal hoy día que mucha gente ya no la considera rara. La racionalizamos, la normalizamos y cuando ocurre la llamamos una «fase» o una «etapa»4

Niños infelices. La nueva norma. Algo va mal en esta historia.

Más niños sobornados... ¿más depresiones?

En su libro La paradoja del progreso, el escritor Gregg Easterbrook analiza el hecho de que en Occidente, y en particular en Estados Unidos, tenemos una vida cómoda, salud, tiempo de ocio, libertad política y alcanzamos edades inimaginables para generaciones anteriores. Y, sin embargo, no es que los índices que miden la felicidad no hayan aumentado en los últimos cincuenta años, sino que, además, la tasa de depresiones está por las nubes y ha subido desde 1950. Seguramente se deba en parte a una mayor información y al menor estigma que acarrea en la actualidad esta enfermedad. Pero, como la mayoría de

3 Barbara Carton, «Need Help with a Cranky Kid? Frazzled Parents Call a Coach», The Wallstreet journal, 22 de mayo de 2003.

4

Robert Shaw, The Epidemic: The Rot of American Culture, Absentee and Per-misive Parenting, and the Resultant Plague of

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los especialistas, Easterbrook piensa que los casos de depresión han aumentado significativamente en los últimos cincuenta años.5

La gente que sufre depresión necesita ayuda, no censura. Pero, ¿es el aumento de la enfermedad un síntoma de otros problemas más importantes que aquejan a nuestra cultura? Sí, dice el doctor Martin Seligman, psicólogo de la Universidad de Pennsylvania y antiguo presidente de la Asociación Americana de Psicólogos. Seligman, pionero en los estudios académicos sobre la felicidad, afirma que hay cuatro razones principales que explican el aumento de los índices de depresión. La primera es el «individualismo, que nos hace pensar que nuestros reveses son de una gran importancia y, por lo tanto, un motivo para deprimirnos».

Seligman culpa también a la moda de la autoestima. La importancia que se le da ha hecho que millones de personas crean que algo va mal si no se sienten bien consigo mismas en un momento dado. La alternativa sería adoptar un enfoque más racional y equilibrado y decir: «Ahora no estoy bien conmigo mismo, pero lo estaré después», y Las otras dos causas de depresión según Seligman son «la educación en el victimismo y la impotencia» y el consumismo de escape.

Aviso para padres: ¡Espabilen!

Mientras, quizás, y sólo quizás, algunos especialistas infantiles pueden estar empezando a pensar que tenemos un problema. Kellye Cárter Crocker6 informaba de un estudio realizado por la revista Parents en

el que la mayoría de las madres expresaba «una profunda preocupación por los métodos disciplinarios de hoy». El 80 por ciento afirmaba que los padres «dejan que los niños se salgan con la suya demasiadas veces». Aunque sólo un 40 por ciento consideraba que el problema se podía aplicar a sus hijos. Las cifras no cuadran, pero el hecho en sí es importante.

Los estudios de las revistas pueden ser notoriamente inexactos, pero éste deja ver un cierto nivel de angustia sobre la manera en que están siendo educados los niños. Como escribe Crocker, los padres pueden estar «notando lo que los estudios están empezando a revelar: que algunas de las estrategias disciplinarias que han estado en boga en los últimos años no funcionan. Que estos elaborados métodos que dan a los niños múltiples oportunidades, con prolongadas disquisiciones sobre los "sentimientos" que hay detrás de la mala conducta, con negociaciones sobre sus consecuencias, etcétera, son a menudo ineficaces».

Por eso este libro trata más de los padres que de los hijos. Los niños descontrolados vienen a menudo de padres que no ejercen control. Estos padres suelen ser personas generosas, dedicadas por completo a sus hijos. Pero muchos de ellos son como la madre y el asesor: piensan que es una buena idea sobornar a un preescolar para que no le dé un ataque.

Lo que sigue a continuación es una lista reciente de consejos de Parents.com, la página web de la revista Parents. Olvídense de las respuestas: son las preguntas de estos padres cariñosos, educados y de clase

media, las que dicen cómo están siendo criados sus hijos.

• Cuando le digo a mi niño de cuatro años y medio que ponga la mesa o que recoja sus juguetes siempre me contesta que está ocupado o simplemente dice «¡no!». ¿Qué debo hacer?

• A nuestra hija de tres años le encanta mandarnos. Si le digo: «Voy a ponerte unos calcetines blancos» ella dice: «¡Azules!». O si digo: «¡A lavarse los dientes!», ella contesta: «¡No! ¡Antes el pijama!». Queremos que sienta que la tenemos en cuenta ¡ pero esto se está convirtiendo en algo ridículo!

La hora de acostarse se ha convertido en una dura prueba: Mi hijo siempre necesita algo más: otro cuento, un vaso de agua, otra manta... ¿Cómo puedo conseguir que se quede en la cama?

¡Nunca puedo tener una conversación telefónica sin interrupciones! Cada vez que suena el teléfono mi hija monta una escena o se pega a mí como una lapa.

5

Gregg Easterbrook, The Progress Paradox, Random House, Nueva York, 2003.

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• Mi hija de tres años llora cada vez que no puede salirse con la suya, ¿debería simplemente ignorarla? Éste es el panorama, y no es muy alentador. Éstos son padres que se preocupan de sus hijos, pero no son la viva imagen de la autoridad paterna o materna, que es, exactamente, lo que sus hijos necesitan si van a formar a sus corazones para siempre.

Como dice la perfectamente malcriada Veruca, de Charly y la fábrica de chocolate (que he visto con mis hijos al menos ochenta y siete veces, así que me sé los diálogos de memoria): «¡Pero lo quiero ahora, papü». Y el papá siempre cumple las «queridas órdenes» de su hijita porque no quiere que sufra.

Éste es un padre que está envenenando el corazón de su hija. Y el «corazón» es fundamental para comprender lo que trato de decir en este libro.

En cierta ocasión asistí a una conferencia sobre disciplina eficaz. La charla contenía buenas ideas y la conferenciante presumía de que sus hijos estaban tan bien educados que hacían las delicias de la guardería de la iglesia. Sus hijos, su conducta y los apropiados métodos de disciplina de la madre eran su fuente de orgullo. Pero no recuerdo que hablara sobre sus corazones.

¿Cuál era la meta al dirigir su conducta? ¿Cuál era el propósito de esa disciplina eficaz? Sin duda alguna, desear que nuestros hijos se porten bien es algo bueno y necesario a la hora de educarlos. Pero si nos centramos en manipular su conducta eficazmente, es posible que sólo consigamos que aprendan que portarse de determinada manera es la moneda para lo que sea que quieran conseguir en un primer momento, incluso si se trata nada más que del consentimiento de papá y mamá. Si simplemente acabamos enseñándoles a manipular a los demás para conseguir sus propios objetivos egoístas (en lugar de formar sus corazones para que la bondad los complazca, porque es una fuente de placer) es posible que hayamos deformado esos corazones.

Tedd Tripp expone ampliamente esta idea en Guiando el corazón de un niño. Habla de los padres que ansiosamente prueban cada método disciplinario que emerge de la mina de la doctrina de los expertos. Plantea que, aunque temporalmente estos métodos pueden lograr una conducta externa adecuada, no cambian las tendencias egoístas del corazón del niño.7

Por ejemplo, uno de los métodos que usan consiste en poner un trozo de papel dentro de un bote cada vez que una niña hace lo que se le pide y sacar otro cada vez que desobedece. Después de un período fijado, si el tarro contiene un cierto número de papeles la niña consigue un premio. Así, ella aprende a vigilar la balanza de la buena y la mala conducta y se asegura de que siempre se inclina un poco a su favor: sólo ha aprendido a manipular su mundo.

Si es medianamente inteligente, pronto calculará que si consigue acumular los suficientes trocitos «buenos», podrá portarse mal de vez en cuando y todavía salir «bien parada». No ha aprendido a desdeñar la mala conducta, sólo ha aprendido de qué va el juego. No se ha dado cuenta de que obedecer a sus padres es una alegría para ella y para ellos; no ha aprendido a desear ser una alegría.

En otro ejemplo del libro de Tripp, dos hermanos se pelean por un juguete que uno le ha quitado al otro. Sí, se plantea un problema de justicia que es necesario resolver, pero el niño perjudicado está poniendo su «derecho» al juguete por encima de la relación con su hermano. ¿Qué aprenderán estos niños si los padres tratan sólo el comportamiento y no el problema del corazón que hay tras él?

A lo largo de este libro expondré maneras que, creo, son eficaces para llegar al corazón de los más pequeños. En el capítulo 12 «Dar un azote o no darlo» analizaré los métodos de disciplina y cómo unos pueden ser más efectivos que otros para llegarles al corazón. Pero antes, necesitaré convencerles de que debemos emprender una misión para rescatar el corazón de nuestros hijos.

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Misión de rescate

Nuestros hijos nacen en un mundo que está decidido a apropiarse de sus mentes y de sus corazones y, ciertamente, no por su bien. Sí, creo que el mundo está lleno de cosas buenas, y no creo que nuestro deber sea tanto cerrar las puertas a esta cultura como ayudar a nuestros hijos a juzgarla adecuadamente. Pero no hay duda alguna de que el mundo intenta atraerlos a su manera de pensar y de conducirse: y el mundo no ama a nuestros hijos.

Nosotros sí. Y lo que es más importante, debemos ser capaces de ver que los niños necesitan ser rescatados de sí mismos.

El director de un colegio religioso de una acomodada barriada en las afueras de Chicago me escribió para contarme lo que veía a diario, y no eran precisamente padres intentando salvar el corazón de sus hijos.

• Cuando los niños son castigados por llegar tarde, los padres a menudo se ofrecen a cumplir el castigo por ellos, aunque el retraso haya sido a causa de la lentitud del niño.

• A un niño de cuatro años se le permitió elegir la escuela a la que asistiría.

• Otro niño de cuatro años robó un pendiente de unos grandes almacenes. La madre y su hijo devolvieron el pendiente, y después la madre se llevó al niño a una tienda de juguetes para comprarle un premio por haber hecho lo correcto al devolverlo.

He aquí de nuevo el motivo de por qué este libro trata más de los padres que de los hijos.

La verdad al desnudo: mientras escribo, pienso que yo también soy uno de esos padres que tienen que rendir cuentas de su misión de rescate. Cuando vivía en Virginia, me visitaron mi sobrina de diez años y su padre, mi hermano. Después mi sobrina le dijo a su padre que se había quedado asombrada de ver a su tía Betsy rendirse ante la pequeña Madeleine, dándole lo que pedía, sólo para que dejara de lloriquear. Por lo que se ve, este incidente destruyó la imagen de sargento que mi sobrina tenía de mí.

Y esto ha podido ocurrir más de una vez, porque yo no recuerdo aquel incidente en particular. No estoy preocupada porque Madeleine vaya a ser una delincuente juvenil porque yo cediera en aquella ocasión (y al parecer en alguna más). Pero no es menos cierto, para todos nosotros, que el primer paso para ayudar a nuestros hijos es ser más conscientes de cómo nos relacionamos con ellos y aclararles —a ellos y a nosotros— cuál es la regla y cuál la excepción en nuestro hogar.

No creo que todos los problemas de conducta sean el resultado de padres que no dominan la situación o que son ineficientes. Algunas veces hay problemas médicos o emocionales subyacentes, que examinaré más adelante. En la actualidad muchos de estos problemas se están haciendo más comunes y otros se identifican mejor. Un pequeño porcentaje de niños, aunque esté sano, posee una voluntad tan fuerte que, a pesar de todos los esfuerzos de sus padres, persevera en el enfado y en el desafío. Los padres de estos niños llega un momento en que sólo quieren rendirse. Espero que este libro les anime a no hacerlo.

No estoy sugiriendo que los defensores de la cultura de la permisividad consideren buenas las conductas que he descrito en este capítulo. Con certeza, muchas de sus más brillantes mentes se lamen-tarían de las mismas actitudes que yo he narrado. Podrían incluso mencionar la necesidad de la intervención paterna y/o materna. Pero lo que dicen por un lado y la manera en la que nos anima a que eduquemos a nuestros hijos, por el otro, son, por desgracia, a menudo dos cosas diferentes.

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¿Qué está pasando?

¿Acaso estamos más estresados que en otras épocas? Puede ser. Pero creo que habría sido más estresante vivir durante la gran depresión o la Segunda Guerra Mundial que en los «apresurados» 2000. En estos períodos de la historia mucha gente experimentó una gran pobreza e incertidumbre, pero no hay signos de que los problemas conductuales infantiles estuvieran tan extendidos como hoy.

También es verdad que la sociedad se ha embrutecido mucho, y soy la primera en lamentarlo. Para los escolares de secundaria y los de bachillerato la cultura popular no puede ser peor, con escenas sexuales y violentas donde quiera que se mire. Incluso los dibujos animados y los programas infantiles de televisión están llenos de chavales que se desprecian los unos a los otros y que desprecian a sus padres. Encontrar una película clasificada como apta para todos los públicos, sin insinuaciones sexuales o cinismo, se está convirtiendo en algo extremadamente difícil. En las de mayores de siete años es imposible. Pero, como padres, nuestro trabajo es controlar lo que nuestros hijos ven, no culpar a lo que ven por nuestra falta de atención y cuidado. Cuando nuestros hijos se hacen mayores y, por elección o necesidad, ya no controlamos lo que oyen y ven, nuestra tarea es ayudarles a pensar en la dirección adecuada.

Los autores del estudio publicado en la revista Pediatrics, del que he hablado más arriba, culpaban parcialmente de los problemas de conducta al aumento de los divorcios, a los hogares mono-parentales y a la dependencia de la ayuda del Estado. Pero incluso estos problemas señalan a los padres. También está claro, por cierto, que hay muchos y maravillosos padres (solteros y algunas veces casados) que hacen todo lo que pueden para suplir la negligencia de su pareja.

Eso también marcará al niño para bien.

Hacen falta unos padres (y todo un pueblo) para educar a un hijo.

En cierto sentido, creo que hace falta un pueblo entero para educar a un hijo. Por ejemplo, mi divorcio no es sólo asunto mío. Afecta a otras personas de la comunidad, influye en la visión que los niños de mi calle tienen de lo permanente o efímero que pueda ser el matrimonio. Cuando los padres de la casa de al lado trabajan tantas horas que su infeliz hijo va al hogar de otro matrimonio buscando compañía, sus problemas se convierten también en los problemas de esa otra familia. No somos islas, y la manera en que nosotros, los adultos, conducimos nuestras vidas afecta a todos los niños que nos rodean. Tenemos la responsabilidad de hacer lo correcto, con todos los niños que hay en nuestras vidas, y no sólo con los de nuestra familia. Por eso no existe en realidad la llamada «privacidad».

Me encantaría poder hacer magia y arreglar todos los aspectos negativos de nuestra cultura, pero no puedo. Me encantaría erradicar la pornografía de la Red, librarme de la violencia gratuita de los medios de comunicación y de la música pop y restablecer la imagen de la virtud y la unidad familiar en el cine y la televisión.

Pero yo no puedo hacer todas esas cosas. No puedo cambiar mi vecindario, ni la cultura popular; al menos, no puedo cambiarlo a mi gusto. Ni siquiera puedo sacar una varita mágica para mantener a mi fa-milia unida; y me hubiera encantado. Lo único que puedo hacer como madre es tratar de pensar y actuar correctamente en lo que se refiere a la educación de mis hijos, ser constante en mi deber y confiar en que dará resultado.

Por eso mi libro trata más de los padres que de los hijos.

También hay buenas noticias. A menudo recibo, ya sea por e-mail o por correo, cartas de chavales estupendos, adolescentes sobre todo, que me recuerdan que algunos de ellos están tan horrorizados por la conducta de sus compañeros como yo. No estoy diciendo que exista el «adolescente perfecto» y, además, ¿cómo sería exactamente? Estoy hablando de jóvenes que aman y respetan a sus padres, que incluso

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piensan que sus padres son «chachis». Chavales que se esfuerzan en hacer lo correcto y no ceden ante la cultura que los rodea. Que se dan a los demás, que marcan la diferencia y que son un ejemplo para sus amigos. Estoy orgullosa de decir que conozco a muchos jóvenes así.

Estos jóvenes tienen algo en común: unos padres (o, a veces, otro adulto que los quiere) que están desafiando a nuestra cultura al criar a sus hijos. Padres que están haciendo una tarea asombrosa. Estos y otros adultos que crían a los niños no salen en los medios interpretando el papel de padres preocupados, pero son nobles. Sus historias, tanto si las conozco personalmente como si me las han contado los lectores de mi columna, son un acicate para mí y deberían ser un estímulo para todos. Están cambiando la vida de sus hijos y la de la comunidad.

Espero que este libro también los anime.

Estos padres están siendo constantes, y de eso trata el siguiente capítulo: de la constancia para llegar a formar y rescatar el corazón de nuestros hijos. Nuestro deber es ser constantes como padres, no importa cuántas historias desalentadoras oigamos, no importa lo que pase a nuestro alrededor, ser constantes con la esperanza de que «si se instruye al niño en su carrera, cuando fuere viejo no se apartará de ella» (Proverbios, 22: 6).

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Examen para padres

Probablemente han suspirado aliviados: su hijo nunca le daría una patada a un profesor. Pero ¿qué me dice del niño de la clase de gimnasia que ignoró las instrucciones de su madre? ¿Se ha visto reflejado usted en esa madre? ¿Y en las preguntas que los padres escribieron a la revista Parents? ¿Son ésas también sus preguntas?

Estos episodios ocurren en todas las casas, en la mía también. La cuestión es: ¿Somos conscientes de las luchas por el poder que establecen nuestros hijos y reaccionamos ante ellas cómo debemos? ¿O es su lucha, y nuestras capitulaciones ante ella, tan normal que se ha convertido en «la nueva norma»?

¿Y qué hay del corazón? ¿Es ésta la primera vez que usted se ha planteado que, aunque su hijo se porte bien, puede que usted no esté formando adecuadamente su corazón?

Capítulo 2 La constancia: misión imposible

El Diccionario define la constancia como la «firmeza y perseverancia del ánimo en las resoluciones y en los propósitos». Si en tu hogar hay constancia, sea del tipo que sea, hay una buena educación de los hijos. Judith Rich Harris no cree que la constancia de los padres tenga sentido. No cree que los padres dejen huella en sus hijos a largo plazo. En 1998 escribió un libro controvertido y provocador. Afirma: «Este libro tiene dos propósitos: el primero acabar con la idea de que la personalidad del niño, lo que se solía llamar su carácter, es modelada o modificada por sus padres; y el segundo, proporcionar una visión diferente de cómo se forma esta personalidad»1.

Judith Rich argumenta que sólo los amigos, y no los padres, forman al niño.

Lo más interesante del libro de Harris es que causó un enorme impacto, probablemente porque sacó del atolladero a muchos padres que se sentían impotentes y querían racionalizar su inactividad. Esta visión de la paternidad se podría llamar «impaternidad».

Desde luego, la mayoría de los padres no pueden convertir a un niño estudioso en un entusiasta del deporte, o a un tímido en un extrovertido, o a un artista en ciernes en un mecánico. ¿Quién querría? A medida que sabemos más de la genética, más seguros estamos de que los genes influyen en que un niño sea atrevido o abiertamente cauto o incluso en que esté predispuesto a la felicidad o al enfado.

Cualquiera que haya tenido varios hijos ve las diferencias entre sus personalidades desde el principio. De hecho, muchas de nosotras podíamos sentir estas diferencias ya en el útero. Ni siquiera Harris ofrece respuestas claras al debate entre naturaleza y educación. Mantiene que, mientras que las personas educadas y capaces, por ejemplo, es más probable que tengan hijos educados y capaces, esto podría deberse a la transmisión genética, y no a las habilidades sociales de dichas personas. Pero añade que es imposible dilucidar la cuestión con la información con la que contamos en la actualidad. En definitiva, nos deja un «¿quién sabe?» por respuesta.

Una consecuencia interesante de la teoría de Harris, de que los niños son moldeados primordialmente por la presión de sus compañeros, es que todos aquellos adultos que culpan a sus padres de sus defectos

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de carácter en el diván del psicoanalista pueden ahora quejarse, en su lugar, del «grupo de amigos dominante».

Sin embargo, el libro de Harris fue, en cierto modo, un grato alivio a la presión impuesta por las personas que aterrorizan a los padres con la idea de que si no crean un lazo con su hijo en las primeras horas de la vida de éste, lo llevan en una mochila, le ponen a Beethoven y le proporcionan otra serie de estímulos extraordinarios durante sus tres primeros años de vida, todo con el objeto de aumentar su supe importante autoestima, el niño (y por extensión los padres) será un fracasado.

Harris afirma que los padres influyen en sus hijos pequeños en el hogar, en los años preescolares, pero se centra en el desarrollo del niño a largo plazo. El problema es que ahí, dice, los padres son impotentes.

Otra vez la tenemos aquí: la «impaternidad».

El libro de Harris fue alabado y denostado por los expertos, pero contiene un grave error. El autor equipara personalidad y carácter cuando, de hecho, son dos cosas muy diferentes.

La personalidad no conforma el carácter

El concepto de que la personalidad no es lo mismo que el carácter parece ajeno a la cultura de hoy en día. Sin embargo, mientras que cada uno de nosotros nace con diferentes rasgos, deseos, maneras de expresarse, patrones de conducta o maneras de pensar, esto no hace la suma de todo lo que somos. Nuestros impulsos naturales o las inclinaciones de nuestras necesidades no dictan nuestra conducta como si fuéramos animales. De hecho, lo que nos hace humanos, y diferentes de cualquier otro animal, es precisamente la habilidad para controlar o, al menos, intentar controlar genuinamente, cuándo y en qué medida expresamos los rasgos con los que nacemos. Y, cuando fracasamos, tenemos la capacidad para poder intentar hacerlo mejor la vez siguiente.

En 1988, la revista Time publicó un artículo muy acertado8 sobre el biólogo Dean Hamer, un

importante investigador de genética conductista y autor, junto con su colega Peter Copeland, del libro

Viviendo con nuestros genes.

Como estos científicos explican, cuando se trata de los genes que dan al tomate su sabor, por ejemplo, incluso un rasgo simple como la acidez no es controlado por un solo gen, sino por docenas de genes que trabajan juntos y que se influyen los unos a los otros en el proceso. Del mismo modo, hay muchos genes implicados en establecer un solo rasgo del temperamento. Y «al final, es el medio el que determinará cómo van a expresarse estos genes... lo que la gente posee al nacer —dice Hamer— son rasgos temperamentales. Lo que pueden adquirir a través de la experiencia es la habilidad para controlar estos rasgos, ejercitando esa parte intangible de la personalidad que llamamos carácter»3.

Así que el carácter, algo muy diferente de la personalidad, importa, después de todo.

Los padres son importantes

Y parece que los padres, les guste o no, pueden tener mucho que ver en la formación del carácter. Un estudio de la Universidad Estatal de Ohio, publicado en el número de agosto de 1999 de la revista

Criminology, concluyó que los padres continúan influyendo durante la adolescencia en gran medida en la

conducta delictiva de sus hijos. Para llevar a cabo el estudio fueron examinados mil setecientos

Referencias

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