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Aprende a Ser Feliz (89)

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Aprende a ser feliz

45 ideas para vivir mejor

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Aprende a ser feliz

45 ideas para vivir mejor

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mujeres que en su vida diaria están enfocados

en dar lo máximo de sí mismos, para ser cada

día mejores, haciendo felices a los demás. Este

libro es mi sencillo homenaje a todos ellos.

Este libro no podrá ser reproducido, total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.

Aprende a ser feliz. 45 ideas para vivir mejor

© 2009, Rafael Zavala.

© 2009, Editorial Planeta Perú S. A. Av. Santa Cruz 244, San Isidro, Lima, Perú. Corrección de estilo: Lucy Córdova Diseño de cubierta: Astrid Torres-Pita Diagramación: Astrid Torres-Pita Primera edición: Octubre de 2009 Tiraje: 3000 ejemplares ISBN: 978-9972-239-87-8

Registro de Proyecto Editorial: 31501310900464

Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2009-13341 Impreso en Metrocolor S. A.

Los Gorriones 350, La Campiña, Chorrillos. Lima, Perú.

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Introducción ... 9

Capítulo I: Ideas para ser feliz ... 13

Bienvenida la adversidad ... 15

Los ricos también lloran ... 22

¿Con más dinero se puede comprar más felicidad? ... 25

Si me lo propongo, puedo ser mi peor enemigo ... 30

El valor se prueba en la dificultad ... 36

Aquel resbaladizo objetivo de vivir feliz ... 42

Nunca estás solo ... 45

¡Estoy desmotivado! ¡Se me vino el mundo abajo! ... 47

¿Cómo superar la depresión? ... 49

¿Dónde está la felicidad y dónde no está? ... 53

El sufrimiento ¿degenera al hombre o lo construye? ... 55

Capítulo II: Ideas para mejorar como persona ... 57

El tiempo, ese tesoro ... 59

¿Cómo saber si soy líder? ... 63

El itinerario de mi alma ... 67

Reflexiones para comenzar bien el 2010 ... 71

Mi planeamiento estratégico personal ... 77

Claves para triunfar en la vida ... 80

¿Qué tan difícil es hacer realidad nuestros sueños? ... 82

La importancia de tener un corazón inteligente ... 85

Examínate: despacio, con rigurosidad ... 89

Cómo controlar mi carácter ... 91

No abandones ... 94

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Las virtudes: ¿qué son y para qué sirven? ... 98

¿Cuál es tu futuro? ... 100

Capítulo III: Ideas para mejorar en el trabajo ... 103

Esa esquiva meta del éxito ... 105

¿Por qué trabajamos? ... 110

Mi regla de oro ... 111

La importancia del mix cabeza-corazón para vivir mejor ... 113

¿Cómo negociar mejor? ... 115

Los peligros del relativismo ... 117

Capítulo IV: Ideas para encontrar empleo .... 119

Radiografía del profesional exitoso ... 121

¿Cómo escoger el trabajo ideal? ... 128

Estrategias para ser más empleable ... 130

Capítulo V: Ideas para mejorar en el matrimonio ... 133

Te amaré toda la vida, con la condición de que no tengas defectos 135 Compromiso y matrimonio ... 141

Alimentando el amor ... 145

El esfuerzo da frutos ... 147

¿Vale la pena enamorarse? ... 150

Mi familia, mi empresa ... 153

Capítulo VI: Ideas para morir mejor ... 155

¿Que yo puedo ser un santo?, ¿y para qué? ... 157

¿Para qué quieres vivir? ... 160

¿Y si existe el más allá? ... 162

Capítulo VII: Frases de películas para pensar ... 165

Introducción

Este libro nació como una forma de compartir con amigos cer-canos algunos artículos que escribía o recibía, agregándoles opinio-nes personales, para los cuales encontré (hace poco más de tres años) el canal perfecto en mi blog: www.rafaelzavala.com.

Escogí la frase «ideas para vivir mejor» y bajo ese concepto iden-tifiqué seis temas:

Ideas para ser feliz 1.

Ideas para mejorar como persona 2.

Ideas para mejorar en el trabajo 3.

Ideas para encontrar empleo 4.

Ideas para ser mejores en el matrimonio 5.

Ideas para morir mejor 6.

Conocedor de mis enormes limitaciones como escritor, y más aún en estos temas, he citado constantemente a grandes pensadores, maestros, empresarios y profesionales brillantes que me han servido de ejemplo. Es muy diferente escuchar la opinión de Rafael Zavala que la de Santiago Álvarez de Mon o Manel Baucells, dos de los mejores profesores del IESE de Barcelona (elegida por The Economist como la mejor escuela de nego-cios en el mundo para directivos), o la de grandes personajes (obtenidos justamente de los extraordinarios libros de Álvarez de Mon, en especial de uno titulado Desde la adversidad), como Nelson Mandela, Andrea Bocelli, Viktor Frankl, Hellen Keller, Randy Snow, Lance Armstrong, Christopher Reeve, o la de padres, maestros y conferencistas ejemplares como Aníbal Cuevas, o tomar como fuente innumerables artículos de

Wharton, Business Week, The Economist, Fortune, América Economía, por

citar solo algunas de las mejores revistas de negocios del mundo, sobre las cuales he comentado artículos que incluyo en este libro.

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¿Quién Soy?

Difícil pregunta esta de autodefinirse. Tengo 34 años, felizmente casado con Ximena, mi mejor amiga e inspiradora, culpable de mi felicidad.

Con los años he ido perdiendo el gusto por la televisión, pero ha aumentado mi amor por la lectura y por la redacción de artículos que ayudan a vivir mejor (porque, además, el primero que mejora con eso soy yo). Soy un amante del frío, la buena comida (soy un comelón de pura cepa), la buena música (de todas partes del mun-do), las reuniones sociales, los deportes y claro, viajar. Mi mayor activo es mi fe, y por ello me siento realmente muy afortunado.

De pequeño me inculcaron seis principios no negociables que a pesar de que todavía no los tengo, los sigo persiguiendo: el derecho de tener algo mediante el esfuerzo, amar el trabajo y terminarlo bien hecho, ir con las luces altas (pensando en el largo plazo), ser amigo de mis amigos, vivir con pasión y la perseverancia para continuar en los objetivos.

Soy un soñador, pero un soñador de sueños reales, yo soy de los que creen que hay que vivir los sueños y no soñar la vida. Dicen que para alcanzar un sueño hay que estar bien despiertos. Yo perso-nalmente no tengo sueños brillantes dormido, aunque si los tengo despierto y uno de ellos era tener una forma de comunicar varias de las cosas que me ayudan a mejorar, de forma rápida y simple, y es por eso, que me he hecho tan amigo de mis artículos.

¿Por qué escribo este libro?

Porque me interesa mejorar cada día y si puedo ayudar a alguien a que también lo haga, pues mejor. Leí hace algunos años el siguien-te diálogo con un trabajador:

—¿Para qué trabajas? —Pues para comer. —Y ¿para qué comes?

—Para vivir.

—Y ¿para que vives? —Para ser feliz.

Me veo reflejado en esa rápida encuesta, es decir, al final, todo lleva a esa razón, ser feliz.

¿Vivir mejor es solo tener más dinero? No creo, yo diría que vivir mejor es vivir más feliz, y para vivir feliz solo hace falta estar con la conciencia tranquila, tranquila de saber que nos esforzamos por hacer las cosas bien, de saber que somos buenos esposos, amigos, trabajadores, hijos y hermanos, y que hacemos todo lo que está a nuestro alcance para conseguirlo.

La idea es que aprendamos a vivir mejor para luego,morir mejor, que es en definitiva lo único que cuenta, lo demás es nada. Yo soy de los que les gustaría morir exprimidos como un limón, cuando ya no podamos dar una gota más.

A título personal, mi desafío es empezar a vivir mis pensamien-tos luego de haberlos escrito en este libro, solo así podré realmente ser feliz.

No puedo terminar esta introducción sin agradecerle a Dios por darme la vida que tengo. Mi eterno agradecimiento a mi madre, Ceci, por su entrega y especial cariño permanente, que ha sido mi ejemplo durante todos estos años; y a mi padre, Abraham, mi eter-na admiración por ser la persoeter-na más brillante que he conocido, el mejor de los maestros, un santo en vida como lo llaman todos los que lo conocen. No puedo dejar de mencionar a mis queridísimos hermanos (Abraham, Ceci y Javier), a mis cuñados y sobrinos que me han dado tanto y a quienes les debo todo.

Gracias a mi gran y muy querido equipo de Laborum, excelen-tes profesionales, pero mejores amigos, que hacen que realmente disfrute como ninguno mi trabajo y muera por él. Gracias a us-tedes por el valioso tiempo que se toman para leer este libro. Lo que pretendo es contar lo que necesito expresar porque ustedes

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Capítulo I

Ideas para ser feliz

la pueden pasar muy bien sin mis artículos, soy yo quien no la

pasa bien sin escribirlos. Creo que solo un loco hace esto, y estoy contento de serlo.

Por último gracias a Xime, mi esposa, fuente inagotable de ins-piración, mi crítica más incisiva, pero sincera y constructiva, aque-lla que cuenta con la habilidad de sacar lo mejor de mí. Con eaque-lla, vivir y trabajar se me ha hecho un paraíso acá en la Tierra. Ejemplo viviente que inspiró muchos de mis artículos. Su energía, su lucha incansable por salir adelante y su alegría diaria es mi mejor aliciente. Siempre me acompaña, física o mentalmente. Simplemente extraor-dinaria, mi mejor contratación, mi mejor candidata.

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Bienvenida la adversidad

«Solo aciertan a alcanzar el éxito quienes han llegado a comprender que toda adversidad lleva en su entraña la semilla de un beneficio».

Anónimo

¿Quién puede decir de esta agua no beberé? En algún momento de nuestras vidas, a todos nos toca la etapa del sufrimiento, la ad-versidad, de la que podemos lamentarnos o de otro lado, aprender muchísimo. Pues bien, si igual va a venir, no nos queda otra que mirarla con buenos ojos y darle la bienvenida. Solo de esa forma podremos aprovechar su visita para mejorar.

A continuación, en este y los siguientes artículos veremos casos de personas relatados en el libro Desde la adversidad, por Santiago Álvarez de Mon, uno de los pensadores más brillantes de España y actual profesor del IESE.

El primer caso es el de Andrea Bocelli, quien a los doce años a causa de una rara enfermedad y un pelotazo en la cara acci-dental, se quedó ciego. El mismo Bocelli comenta en su libro autobiográfico The music of silence: «Curiosamente la naturaleza, mientras me quitaba algo valiosísimo, la vista, me daba otro re-galo, la música. Con una mano soltaba algo tan querido como la visión, pero con otra agarraba fuerte una muleta y una com-pañera inestimable, la música, otra forma de “ver”». Muchos de los logros de Bocelli se han dado gracias al coraje y persistencia de un hombre que aprendió a mirar de otra manera, «porque lo esencial es invisible a los ojos» tal como dice Antoine de Saint-Exupéry en El principito.

Lance Armstrong, cuatro veces campeón del Tour de Francia, la prueba ciclística más importante del mundo. Diagnóstico: cáncer testicular con metástasis en los pulmones y en el cerebro. Edad: 25 años. Nos dice en su libro autobiográfico It´s not about the bike: My

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me ha pasado en la vida, operó un profundo cambio en mi forma de ser, ha hecho maravillas con mi personalidad».

Armstrong continua diciendo en su libro: «¿Por qué yo? ¿Cuáles son mis posibilidades reales de sobrevivir? Estas cuestiones me ab-sorbían por completo. Me vi envuelto en una conversación interior con el cáncer. Intenté ser firme en mis discusiones con él. Has es-cogido al muchacho equivocado le dije. Cuando buscaste alrededor de un cuerpo donde vivir, cometiste un grave error al elegirme». Y así continuaba desafiando al destino. Luego, se da cuenta de que no sirven de mucho sus comentarios porque el partido va en serio, esto no es juego de niños. «Durante la mayor parte de mi vida había ope-rado bajo un esquema simplista de ganar o perder, pero el cáncer me estaba enseñando a ser tolerante ante la ambigüedad. Ahora corría una carrera muy diferente, ¿dónde estaba la línea de partida?, ¿qué puertos se pasarían? La meta, ¿dónde estaba enclavada?, ¿cuál era el premio por ganar?». Se da cuenta que es una competencia distinta. Que aquí no gana el que llega primero, sino el que aprovecha de la mejor manera el kilometraje recorrido.

Veamos otro caso, Mar Cogollos, joven psicóloga mundialmente famosa, que por un accidente quedó hemipléjica, nos dice en plena depresión, en su libro Elogio de la debilidad: «Descubrí que podía hacer mucho por los demás. Ayudarme y volcarme con ellos hizo que pasase de puntillas por la fase de la depresión. A todos les sorprendió, a mí también, lo pronto que aterricé y acepté mi nueva condición. Pensé que si aquel día no me quedé allí es porque aún tenía cosas importantes que hacer en esta vida. Recuerdo que pensar y ayudar a los demás me ayudó muchísimo en mi recuperación. Mis compañeras tenían que levantarse e ir al gimnasio por la mañana. Les urgía a que se arreglaran, que se peinaran, que siguieran siendo mujeres, la vida continúa. Cuando abandoné el hospital una persona me dijo: “Que no te miren con pena sino con admiración, y eso va a depender ex-clusivamente de ti”. Y es que cuando te enfrentas a una adversidad, muchas veces te saca de adentro esa necesidad de darnos más gene-rosamente a los demás». Esto me trae a colación un consejo que me dieron hace algún tiempo: «¿Quieres un secreto para ser feliz? Date y sirve a los demás, sin esperar que te lo agradezcan». No nos damos

cuenta que el principal beneficiado en un acto de dar a los demás, no es el que recibe, sino el que da, porque es el que se queda con la alegría interna de haber hecho lo correcto.

Al respecto, Santiago Álvarez de Mon, a quien citaré en varios artículos nos dice: «No hay persona que en sus cabales sea capaz de aguantar una continua observación de sí misma. El que se presta mucha atención es más propenso a cazar este virus moderno de la depresión. Por el contrario, las personas que tienden a vivir hacia a fuera, son fuertes y resistentes al contagio depresivo. No es que estén inmunes, pero las personas serviciales y generosas llevan mejor los embates de esta epidemia, que solo a los psiquiatras tiene felices».

Nuestro último invitado de este artículo es Christopher Reeve, nada menos que el actor que encarnó paradójicamente a Superman. A los 42 años, mientras montaba a caballo tuvo una caída que le produjo rotura de vértebras y parálisis de la cabeza para abajo incluyendo la falta de res-piración (tuvo que vivir permanentemente conectado a un respirador artificial). Luego de ello necesitó seis horas diarias para las actividades más elementales (vestirse, bañarse, ir al baño). A pesar de ello, ganó en los últimos años varios Emmy y un Grammy estando así.

Reeve escribe en su libro autobiográfico: «Tengo que admitir que cuando me despierto cada mañana, tengo que superar el shock de no ser capaz de moverme. Siento envidia de las personas que cami-nan y corren sin ningún problema. Ser bruscamente privado a los 42 años de muchas de las cosas que disfrutas de la vida es desalen-tador, pero mi optimismo permanece intacto. Empecé a considerar: ¿qué vida puedo construir a partir de lo sucedido?, ¿hay alguna for-ma de ser útil, de echar una for-mano a los demás, de ponerse a trabajar de nuevo?, ¿existe algún camino que me conduzca a ser otra vez esposo y padre? No obtuve ninguna respuesta, pero el formularme esas preguntas ya fue una gran ayuda». De quererse suicidar en un comienzo, le empieza a dar un sentido a la vida. Sin embargo, la lucha diaria sigue siendo una constante.

Como todo ser humano, Reeve tenía momentos en los que el desánimo y la tristeza, invadían su corazón. Pero supo darle un

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sentido a su sufrimiento. Que él nos comente como hizo: «Si me entrego a la autocompasión o expreso mi desaliento delante de mi pequeño hijo Hill, estoy poniendo una carga pesada e injusta en un niño de cinco años. Si me vuelvo hacia dentro de mí y paso el tiempo con nostalgia del pasado, no puedo estar cerca de Mathew y Alexander, dos adolescentes que necesitan los criterios y consejos de su padre. Por último, ¿qué tipo de vida podría compartir con Dana, mi esposa, si me dejo llevar y me transformo en un armatoste deprimido que se arrastra en silla de ruedas?». A pesar de que lo más lógico hubiese sido que se esconda tras su mala suerte, quién hubiese tenido agallas para reprochárselo, nuestro súperhéroe de carne y hueso luchó por ser ejemplo de padre y esposo, aún en esas condiciones.

Luego de leer este testimonio es fácil darnos cuenta como unos nos ahogamos en nuestra tina, y otros como Reeve nadan a puro pulmón en alta mar, y encima, finalmente llegan a su destino eter-no, con la alegría y la paz interior de saber que lucharon contra la adversidad y no pararon hasta vencerla.

Continúa Reeve: «Depender totalmente de los demás es muy frustrante, tienes que hacer un ajuste radical. Durante meses me asaltaron diversos pensamientos y estados de humor: horror, grati-tud, autocompasión, confusión, enfado, vergüenza y humillación. Con 45 años, cuando todos los días dos personas te tienen que dar la vuelta y ponerte los calzoncillos; es una lección de paciencia y aceptación difícil de digerir».

En otra sección de su libro, Reeve tiene una paradoja sobre qué es ser un héroe. «Cuando salió la primera película de Superman concedí un sinfín de entrevistas y la pregunta que más se repetía era: “¿Qué es para usted un héroe?” Con que facilidad y ligereza contestaba: “Un héroe es alguien que lleva a cabo una acción valerosa, sin reparar en las consecuencias”». Quién iba a imaginar que aquel héroe de fantasía se iba a convertir en uno de carne y hueso, tener la fortaleza para perseverar y resistir, y seguir luchando, a pesar de las cargas durísimas. Y es que los verdaderos héroes son personas comunes y corrientes, anónimas; ese padre que se amanece trabajando para llevar algo de

comida al hogar, esa madre que a pesar del trabajo diario en la empre-sa, se levanta varias horas antes para preparar el almuerzo de sus hijos, ese directivo que permite crecer a sus empleados, ese chiquillo que decide ir contra la corriente de la opinión de sus «valientes» amigos, que están en drogas o se dejan llevar por el sexo; en fin, me refiero en general a cualquier persona que lucha por ser perfecta, por ayudar a los demás y hacerles la vida más fácil, olvidándose de ella misma, aquellos a quienes les he dedicado este libro.

Otro de los grandes ejemplos de Reeve es la lucha interna por respirar. Al comienzo no podía estar sin respirador artificial más de treinta segundos. A medida que fue pasando el tiempo, duró dos minutos, luego siete, lo cual era casi increíble. Su propio doctor, Hill Carroll, lo decía: «Estaba jadeando, era un esfuer-zo físico agotador. Nunca he visto una evolución como la suya. No sé cómo lo hace, la verdad no entiendo cómo hace muchas cosas». Yo sí lo entiendo, a base de lucha, de perseverancia, de sobreponerse. Él utilizó mucho una frase del Apolo XIII que era: «Fracasar no es una opción». A los seis meses estaba respirando treinta minutos por sí solo.

Hay equipos que antes de salir a jugar el partido ya han perdido en el vestuario. Basta mirarles la cara y ver que allí no hay sitio para ganar. De tanto meditar sobre la posibilidad de perder, anulan sus posibilidades de victoria. Son los mismos que luego le echan la cul-pa al árbitro. Reeve juega ante un rival temible y despiadado, tiene todas las de perder, pero está más agarrado que mano de trapecista a ese porcentaje insignificante que le da como ganador. Con el tiempo irá cobrando fuerza su débil respiración y dejará a todos impresiona-dos. Un triunfo ahora, un minuto sin respirador, es la mejor manera de aspirar a un futuro a largo plazo autónomo y libre de la maldita y bendita máquina respiradora. Reeve nos dice: «Cuando miro al futuro veo más posibilidades que limitaciones, sino no tendría la voluntad de trabajar en mi recuperación».

La pregunta del millón es: ¿qué hacer cuando llega la adversi-dad?, ¿volver a leer notas tomadas de un curso de motivación? Pro-bablemente sirvan de poco. Lo único que sirve en ese momento

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es la seguridad de que todo pasa por algo y nada es casualidad en esta vida, Dios sabe porque hace las cosas. Tenemos dos opciones, o llevamos la adversidad con angustia, molestia, pena y sufrimien-to, o le sacamos provecho a la vida, hacemos de tripas corazón, y le vemos el lado bueno. Podemos tener el semblante serio y el corazón compungido, pero nadie nos quitará la felicidad de tener la conciencia tranquila, de saber que hacemos lo correcto, que luchamos por salir adelante.

Podemos aprender mucho más de la gente discapacitada, po-bre o llena de problemas, que de los gerentazos, los inteligentes y famosos. Y es que las adversidades enseñan más que las explica-ciones perfectas de grandes científicos enredados en sus esquemas. A través de su crecimiento, aceptación y entrega, la gente herida nos ha enseñado que debemos aceptar nuestras debilidades y no pretender ser siempre fuertes y capaces, porque es allí donde crea-mos barreras para ser felices. Esto no quita que siempre luchecrea-mos incansablemente por ser mejores.

He aquí varios ejemplos de personas que no solo no miran mal a la adversidad, sino que le agradecen que los haya visitado y le dan la bienvenida, porque los cambió para bien, y quizá acontecimientos tan duros como estos, son los únicos que logran tal transformación. ¿De qué les hubiese servido su vida de antes, si el sendero por el que caminaban era oscuro, torcido y peligroso? ¿Cuántas veces nos ha pa-sado a nosotros algo similar? Muchas veces nos suceden hechos apa-rentemente malos y tristes, y nuestra reacción, lejos de la de nuestros invitados anteriormente mencionados, ha sido quejarnos con el típi-co: «¿Y por qué a mí?», sin percatarnos que de cada cosa que nos pasa podemos sacar el jugo y convertir el limón en limonada.

En la vida todo tiene un sentido, nada pasa por casualidad, si sufrimos siempre es por algo, es una oportunidad enviada del Cie-lo para hacernos más fuertes, para hacernos mejores.

Una persona que le da un sentido a su vida, un «por qué vi-vir» que trascienda lo puramente terrenal, es significativamente más feliz que una persona que piensa que aquí abajo termina

todo, porque vivirá con esperanza, con la ilusión del premio que recibirá, vivirá despreocupado de los bienes superfluos, porque sabe que lo que hace tiene un sentido, tiene una misión que va más allá de ganar más dinero, de sentirse cómodo acá en la Tierra y sabe que eso a la postre es lo único realmente importante en su vida, y sabrá enfocar esta hacia esa dirección.

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los ricos también lloran…

especialmente, si hay alguien más rico que ellos

«Queremos vivir en la mente de los demás con una vida imaginaria y, por eso, nos esforzamos en aparentar. Nos ocupamos intensamen-te en embellecer y conservar nuestro ser imaginario, y nos desenintensamen-ten- desenten-demos del verdadero».

Pascal

En los últimos años, la ciencia de la felicidad ha nacido como una nueva área de investigación, que intenta definir qué es lo que nos hace felices. Y es que a pesar de los avances económicos cada vez menos personas se sienten felices, dejando evidencia que no siempre la relación dinero-felicidad es directamente proporcional.

Al respecto, hace poco leí uno de esos artículos que te cambian la forma de ver la vida, el cual me he permitido resumir con la venia de mi profesor y autor del estudio sobre el dinero y su relación con la felicidad, el Sr. Manel Baucells, profesor principal de Gestión de Personas en el IESE de Barcelona.

En nuestro mundo está tan arraigada la creencia de que el dinero compra la felicidad, que muchos que se la creen terminan estrellán-dose contra una realidad esquiva y diametralmente opuesta a ese razonamiento.

Si bien es cierto, el dinero no da la felicidad, pero sí la puede comprar, la única duda es cuánta cantidad. Y no es tanta como uno espera, porque no sabemos administrar el dinero, nos acostumbra-mos demasiado rápido al nuevo tren de vida y nos comparaacostumbra-mos con personas más afortunadas, lo cual disminuye nuestra felicidad.

Se puede ser feliz con el mismo sueldo

Muchas veces las personas hablan de la falta de dinero como una de las causas de sus males. Atribuyen que por eso no pueden ser com-pletamente felices, que no tienen todo lo que desean y que siempre les está faltando algo para ser «iguales» a los demás, incluyendo en «todos

los demás» a unos pocos que pueden tener alguna superioridad en un bien material. Sin embargo, el dinero no siempre les permitirá cubrir las necesidades y lograr satisfacciones, pues una vez que lo obtienen, se dan cuenta de que igual les sigue faltando otros bienes.

Para Baucells, el problema parte de mucho tiempo atrás. Explica en su estudio que la economía tradicional consideraba todos los bienes como básicos, y para nosotros, en cambio, existe una enorme diferencia entre la felicidad que proporcionan los bienes básicos y los adaptativos. Un bien básico satisface una necesidad objetiva y genera siempre la misma cantidad de satisfacción; en cambio, un bien adaptativo proporciona una satisfacción subjetiva y variable, según las propias expectativas y las referencias. Por ejemplo, tener un auto es un bien básico, pero cuando pasas del Toyota Corolla del 90 al Porsche Cayenne del año lo conviertes en un bien adaptativo. Un Toyota antiguo puede proporcionar mucha satisfacción, y un Porsche muy poco, si lo comparas con el Ferrari del vecino.

A los deportistas profesionales, les ocurre igual. Una encuesta reveló en 1995 que los medallistas olímpicos de bronce estaban más contentos que los que habían ganado la medalla de plata, ya que se comparaban con aquellos que no habían subido al podio; mientras los clasificados en segundo lugar tenían pesadillas, porque creían que se les había escapado la medalla de oro.

El tema es que se puede vivir feliz aunque no te envidien. Vivi-mos pendientes de lo que los demás piensan de nosotros, es más, nos pasamos más tiempo haciendo creer a los demás que somos felices que en tratar de serlo, pero los demás están demasiado pre-ocupados por lo que tú piensas de ellos para fijarse en ti. Es decir, te gastas hasta lo que no tienes y te compras la camioneta del año para quedar bien con todos y para lucirla, y en realidad a la gente le importa un comino tú y tu camioneta.

la felicidad y la asignación del tiempo

Otra conclusión del estudio es que la mala asignación del tiempo entre el trabajo y la vida personal es otra de las causas

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de la insatisfacción. El problema está en sobreestimar la satisfac-ción que nos pueden dar los bienes y, por consiguiente, asignar un porcentaje del tiempo superior al debido para conseguirlos. ¿Qué podemos hacer al respecto? Ya lo dice Baucells en una de sus conclusiones: «Vale la pena preguntarse si uno se siente fe-liz habiendo tenido que trabajar cuatro horas más de lo normal cada día, para vivir en un departamento más lujoso en una zona donde sigue habiendo gente más rica que uno, pero a costa de haber perdido horas valiosísimas de disfrutar con la familia y los amigos. Quizá hubiera sido más inteligente pensar si nos inte-resaba entrar en esta batalla o no, y en todo caso compararnos con los demás, en cómo ser mejor que ellos en otros logros per-sonales (en virtudes y valores, más que en términos de bienes adquiridos)».

Finalmente, Manel Baucells recomienda que a través de algunas actividades como las prácticas espirituales, la meditación o el rezo, uno puede obtener una mejor perspectiva de la vida y reducir los efectos perjudiciales de la comparación. Recomienda también no retrasar las cosas. Anticipar lo malo es lo inteligente, también lo es dilatar la gratificación de las cosas positivas. La lección es que deberíamos programar racionalmente en el tiempo la gratificación que nos reportan nuestros ingresos. Por ejemplo, si tenemos un au-mento de sueldo, no hacer todas las cosas de golpe y graduar el incremento de satisfacción. Lo mejor es ir subiendo poco a poco de nivel, sin cambiar las referencias anteriores.

Quizá el secreto de la verdadera felicidad como dicen, más allá del tema económico, está en querer lo que uno hace, más que en hacer lo que uno quiere.

¿Con más dinero se puede comprar más felicidad?

«Yo quisiera tener bastante dinero para vivir tranquilo como los pobres».

Picasso

Continuando con el estudio realizado por Manel Baucells, ata-camos un paradigma sobre la relación dinero-felicidad. En una encuesta del 2006 realizada en los Estados Unidos, se preguntó a la gente que especificara el factor que más mejoraría su calidad de vida, y la respuesta más frecuente fue «más dinero». Veía el domin-go pasado el programa de Andrés Oppenheimer y fue justamente sobre la felicidad en los países de América Latina. Si bien es cierto, concluía que los países menos felices son los más pobres, pero no necesariamente los más ricos (en términos de PBI per cápita) eran los más felices. Un claro ejemplo de esto es Japón, en el que el PBI per cápita se ha quintuplicado en los últimos años, y sin embargo, casi no se ha incrementado el nivel medio de satisfacción. Y es que ello se explica porque la felicidad depende también de otros facto-res, además del dinero, como las relaciones familiafacto-res, los amigos, la salud, el trabajo, el ambiente externo (libertad, seguridad, etc.) y los valores personales (visión de la vida, religión y espiritualidad). Quizá sea interesante crear un nuevo indicador denominado PFI (Producto de la Felicidad Interna) y comenzar a medirlo, porque ese sería el grado que debieran maximizar los presidentes en un país, inclusive más que el PBI per cápita. Y no solo los presidentes, el concepto podría ampliarse a lo que debiera perseguir cualquier per-sona que lleve una jefatura en una empresa, qué mejor incentivo que lograr la satisfacción de las personas, obviamente, en este caso debiera ir de la mano con el nivel de rentabilidad de la empresa.

Una forma de autoengañarse es decir que nosotros mos para nosotros mismos, nos convencemos de que lo compra-mos porque lo necesitacompra-mos, cuando la verdadera causa a menudo es impresionar al resto. En cualquier caso, la satisfacción y la

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insatisfacción siempre se obtienen al momento del incremento o decremento del estatus, después se diluyen. Es decir, el aumento de sueldo alegra el primer día, si te sacas la lotería igual, a los cuatro días te has acostumbrado a tus nuevos millones y ya envi-dias a tus nuevos vecinos que tienen más, incluso puedes llegar a sentirte más pobre que antes.

La otra variable mencionada en el estudio de Baucells es nues-tra incapacidad de racionalizar las proyecciones. Creemos que el nuevo auto nos reportará tanta satisfacción durante los próximos cinco años como los cinco primeros días, y no es así. En general, es más feliz quien edifica su felicidad sobre los bienes básicos y posterga los adaptativos.

Pero ¿cuánto necesita uno para ser feliz? Según el estudio rea-lizado, la cifra es US$ 12,000 anuales. Esa cantidad cubriría todas nuestras necesidades básicas, lo demás es adaptativo. A partir de un nivel de renta determinado, la felicidad no aumenta significa-tivamente, por mucho que lo hagan los ingresos. De hecho, todos los indicadores del grado de felicidad han permanecido intactos en todo el mundo, a pesar que los aumentos de la renta media han sido considerables. El ciudadano de hoy se adapta rápidamente a un cierto nivel de estándar (su casa, auto, vacaciones, restau-rantes), y no se sentirá mejor que el de hace sesenta años cuando circulaba en bicicleta y escuchaba una vieja radio, este fenómeno es conocido como la paradoja de Easterlin.

El poder adquisitivo influye en la felicidad, pero hasta cierto punto, pues algunas personas con dinero se torturan comparándose con otras aún más ricas que ellas.

Los autores sugieren que la gente podría sacar más provecho a su dinero en términos de felicidad, si calcularan correctamente el efecto de adaptación. Cuando el cálculo es erróneo se debe a lo que los psicólogos denominan un sesgo de proyección. Este concepto, aplicado a las decisiones de consumo, significa que predecimos un ritmo lento de adaptación a un bien nuevo, pero cuando la adap-tación se produce mucho más rápidamente de lo que esperábamos,

como consecuencia gastamos más de la cuenta en bienes adaptativos y somos menos felices de lo que pensábamos.

La buena noticia es que la felicidad se puede planificar. Manel Baucells lo hace de acuerdo a una ecuación: relaciona la capacidad de adaptación con el incremento de riqueza y la comparación con otros. Funciona de la siguiente manera: Ustedes cuando compran algo asumen que ingresa cien de felicidad y creen que el resto de su vida ese dinero les va a dar la felicidad cien que sienten el primer día, pero en realidad al cabo de un año solo han obtenido un diez. Si hubieran planificado su felicidad racionalmente con esta ecuación hubieran obtenido un setenta.

Por el contrario, la desgracia también es planificable. Las pérdi-das de patrimonio y estatus se notan el doble que las ganancias. La bajada de nivel genera el doble de insatisfacción que la subida de satisfacción. En este caso, la proyección de expectativas funciona al revés. Al principio duele mucho, y luego cuando te acostumbras, te das cuenta que no es para tanto. Acabas adaptándote a la triste situación más rápido de lo que habías previsto.

El arte de la planificación en este tema nos permitirá conseguir más felicidad por menos dinero y esfuerzo. Ya lo decía Francesco Cavalli-Sforza: «Uno no es feliz de la noche a la mañana, sino que trabaja en ello un día tras otro. La felicidad se construye, y eso exige esfuerzo y tiempo. Para ser felices tenemos que aprender a cambiar nuestras propias vidas».

Para finalizar, copio textualmente una reciente entrevista que le hicieron a Manel Baucells respecto al tema:

—El dinero da la felicidad, ¿verdadero o falso?

Verdadero.

—¿Por qué?

— Porque con el dinero tienes más control, acceso a cosas que antes no tenías y más capacidad de decisión. Pero se comete un error de cálculo: se piensa que va a dar más de lo que da.

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—Este error de cálculo ¿cuándo lo comete una persona?

— Cuando cree que el dinero le va a dar diez de felicidad y, en reali-dad, le ofrece tres.

—Es decir, no es una cuestión de cantidad, sino de expectativas.

Exactamente.

—Junto al dinero y la felicidad, que son los ejes sobre los que gira este estudio, ¿se podría incluir un tercer término, la envidia?

— Efectivamente. Y si no lo gestionas de manera adecuada, puedes acabar pensando: «¿Me siento contento por haber tenido que trabajar cinco horas más al día para tener una casa mejor en un barrio de-terminado, y en el que sigue habiendo gente más rica que yo?». Y en todo este proceso, igual, esta persona ha perdido amigos y familia. Por tanto, ¿no hubiera sido más inteligente pensar si le interesaba entrar en esta batalla o no?

—Pero ¿cómo se puede conseguir que las personas venzan esa tendencia natural?

— No es nada fácil porque es tu instrumental de medida. Hay que educar a la gente en los colegios, en las familias... a que se comparen con los otros en determinadas cosas buenas, como: «Mira ese qué bue-nas notas saca, a ver si tú también haces como él», y que eviten otras, como cuando se dice: «Mira a ese que se ha comprado un auto mejor». En eso es mejor no entrar.

Otro tema importante es que somos muy malos en anticipar la rapidez de habituación a los bienes. Esta es la idea: piensas que el auto nuevo lo disfrutarás como el primer día durante mucho tiempo, pero a los tres meses te parecerá normal, o cuando vas a un hotel de una estrella más, te parece impresionante, pero no calculas que a la tercera vez eso te parece lógico y que volver a un hotel con una estrella menos es una pérdida.

En un terreno donde compras bienes básicos (comida, calefacción, des-canso, estar con amigos...) la satisfacción está asegurada porque cuan-to más los tienes, más te dan. Pero la lista es muy limitada. Encuan-tonces estamos pensando que muchos bienes que compramos son básicos, y no lo son, son adaptativos.

—¿Cree que el ciudadano de a pie hace esta distinción entre los bienes básicos y los adaptativos?

— No, y por eso se cree que el dinero da muchísimo, porque cuando piensa que un auto grande es un bien básico se cree que lo disfrutará como el primer día, como la calefacción. No, al auto grande te acos-tumbrarás y te parecerá lo normal.

—Siguiendo su razonamiento, ¿considera que ofrece la misma satisfacción degustar una buena comida entre amigos, qué te-ner un Ferrari?

— No. Degustar una comida con amigos te va a gustar hoy, dentro de diez años volverás a disfrutarlo igual que hoy, y dentro de veinte, igual que hoy. Cuando te compres el Ferrari, durante un tiempo estarás im-presionantemente feliz, pero al cabo de un año te parecerá la mitad de impresionante, al cabo de dos años la mitad de la mitad y cuando un amigo se compre un Ferrari mejor que el tuyo, entonces aquel día vendrás enfadado porque creerás que te has quedado sin dinero. Y es que la gente se vuelve loca por el dinero, gastan mucho. Si por

lo menos fueran muy felices, diría «perfecto», pero es que no lo son. Entonces, aquí hay un problema.

—¿Cuál sería la fórmula para solucionarlo?

— Ves cosas que son bienes adaptativos y tu cabeza te dice que son básicos, entonces las quieres comprar, ganar mucho dinero... y todo el mundo está solamente detrás de eso. No, lo que voy a hacer es entrenar al niño a bajar una pendiente más difícil, de modo que cuando salga por ahí pueda bajar. Es entrenarlo para pensar a largo plazo.

—Por cierto, ¿usted piensa a largo plazo?

Sí, yo lo hago.

—Por lo tanto, ¿es feliz?

— Sí, sí, yo soy muy feliz. Me gusta llevar las luces largas. Siempre voy anticipando cosas con dos o tres años de antelación.

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Si me lo propongo, puedo ser mi peor enemigo

«El contrincante que habita en la cabeza del propio jugador es más formidable que el que está al otro lado de la net».

José Antonio Espinoza

En estos tiempos de incertidumbre, uno no sabe bien que pue-de pasar mañana. Ante esta situación, nos quedan dos opciones: ir por la vida seguros y con la alegría de saber que lo que viene será para nuestro bien, ya que Dios sabe porque hace las cosas; o andar preocupados, inseguros, decepcionados de la vida, con lo cual, inde-pendientemente de lo que hagamos o lo que nos pase, ya perdimos gran parte de la batalla.

La vida, tiene mucho que ver con la forma como la veamos, una cosa es la realidad y otra muy distinta la forma como es percibida por nosotros. Es decisivo para sobrellevar bien estos tiempos, nues-tra actitud ante lo que nos pase, sean cosas que esperemos o ines-peradas, hechos alegres o desgracias. La gravedad de los hechos no está dada por el mismo hecho, sino por el efecto que causa en no-sotros el conocerlo, y pasará rápidamente en la medida en que ten-gamos la suficiente claridad de pensamiento y control de nuestras emociones para entender que ha pasado por nuestro bien, si es que obramos con la conciencia tranquila. Al respecto, se me viene a la memoria un texto que leí hace poco en el que Etty Hillesum, joven judía muerta en Auschwitz en setiembre de 1942, decía: «Pueden hacernos la vida muy dura, pueden despojarnos de algunos bienes materiales, pueden quitarnos la libertad exterior de movimiento, pero es nuestra lamentable actitud psicológica la que nos despoja de nuestras mejores fuerzas: la actitud de sentirnos perseguidos, humi-llados, oprimidos; la de dejarnos llevar por el rencor; la de envalen-tonarnos para ocultar nuestro miedo. Tenemos todo el derecho de estar de vez en cuando tristes y abatidos porque nos hacen sufrir, es humano y comprensible. Y, sin embargo, la auténtica expoliación nos la infligimos nosotros.

Cuando experimentamos un sufrimiento, lo que más daño nos hace no es tanto este como su rechazo, porque entonces al propio do-lor le añadimos otro tormento: el de nuestra oposición, nuestra rebe-lión, nuestro resentimiento y la inquietud que provoca en nosotros». Extraordinaria forma de ver la vida y a pesar de sus problemas (y qué problemas), no se ha hundido. Además, nos hace ver algo apa-rentemente evidente, pero que muchos de nosotros no nos había-mos dado cuenta: cuando nos lo proponehabía-mos, podehabía-mos ser nuestro peor enemigo, peor inclusive que la misma realidad que nos pasa. Y es que muchas veces en nuestras vidas ha sido más importante la reacción que la acción que la provoca. Desde una enfermedad que hayamos tenido, la muerte de alguien, un despido, o cualquier otro evento, pensemos si nuestra forma de responder ante ello ha tenido mayor peso que el problema en sí.

Continúa diciendo Etty Hillesum: «El dolor en sí mismo causa a veces menos sufrimiento que el hecho de no entender su sentido. Desde el momento en que me he mostrado dispuesta a afrontarlas, las pruebas siempre se han transformado en belleza. Los peores su-frimientos del hombre son los que se temen. El sufrimiento malo no es el vivido, sino el “representado”, ese que se apodera de la ima-ginación y nos coloca en situaciones falsas».

Que increíble capacidad para decir algo que es tan obvio, pero que nos pasa muy a menudo. No sabemos gestionar los eventos in-oportunos, estamos acostumbrados a gestionar lo esperado, pero lo imperfecto nos atormenta, nos angustia, en lugar de entender que pasó, y pasó por algo positivo que quizá ahora no entendamos, somos presa de la angustia, la depresión, el miedo, lo cual obviamente pro-voca que nuestra lectura del problema se agrande inclusive a tamaños completamente desmesurados. Nos preguntamos ¿por qué me tuvo que pasar justo a mí?, cuando la pregunta ideal debiera ser ¿qué debo aprender de esto?, si me ha pasado es por algo, es por mi bien, que quizá no lo entienda ahora, pero Dios sabe porque lo hace.

Esto se da también porque las expectativas que solemos tener es-tán basadas en vivir la vida libre de problemas, y eso es una utopía.

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Nuestra ilusión se basa en vivir una vida fácil, cero problemas, en el que podemos elegir, como quien lo hace de un menú de restaurante, «lo que nos de la gana», y dejar de lado lo que no nos guste. Trabajar en la mejor posición y empresa que se pueda, casarme con la chica más linda, vivir lleno de dinero, comprarme la mejor ropa, etc., es una forma hasta cierto punto egoísta y mal agradecida, en el sentido de que esa obsesión nos nubla la vista, ya que al no alcanzar esto nos angustia, inquieta, y molesta. Deberíamos mirar al costado para ver lo que pasa en el mundo, para darle el verdadero valor a las cosas que tenemos, y no enfocarnos en lo que deberíamos tener. Para lo que no-sotros es un derecho básico como el elegir que tipo de vida queremos llevar, para otros es completamente inalcanzable, porque nacen con una realidad distinta y mucho menos «atractiva» que la nuestra.

No estoy diciendo que seamos conformistas, nada más lejos de ello, los mediocres nunca saldrán adelante, sino de saber valorar aque-llo que tenemos, aqueaque-llo que realmente nos hace felices, y saber vivir sin lamentarnos de «por qué nos pasan las cosas malas a nosotros».

la importancia de reflexionar

El inteligente es el que piensa que es tonto y se da cuenta de sus errores. Basta con saber autoconocerse para mostrar un síntoma de racionalidad, de inteligencia emocional, de humildad, y la forma para darse cuenta de ello es a través de la reflexión, de la meditación, la cual permite además, tener nuevas luces no solo para pedir cosas, sino para agradecer las que uno ya tiene y quizá no se había dado cuenta.

Para vivir una vida feliz, que importante es parar un momento en el día o dos, en la mañana y en la noche, y darnos unos minutos para reflexionar, para mirarnos por dentro, y preguntarnos unos mi-nutos, qué hemos hecho mal y que mejoraríamos, pensar en cómo estamos, tristes, felices y el porqué de ello.

Joan Chittister, experta minera, comentaba lo siguiente: «Una vez que asumamos nuestra pequeñez, quedamos liberados de la necesidad de mentir, incluso a nosotros mismos sobre nuestras fragilidades». Eso

es lo que nos tiene agotados, como personas y como profesionales, esa venta constante e hiperbólica de un ser ficticio e inexistente. Abrazar nuestra pequeñez, aceptar nuestra baja estatura moral, charlar con nuestros miedos, disfrutar el misterio, nos confiere un grado de li-bertad interior crucial para bajar y subir, para correr y descansar, para disfrutar y sufrir, en resumidas cuentas, para disfrutar el viaje, que de eso se trata el arte de vivir».

Sabias palabras porque hoy nuestra realidad es una, pero la vida da muchas vueltas, y quizá mañana mismo sea otra completamente distinta, sin habérnoslo propuesto.

¿Qué he aprendido de la vida?

Difícil pregunta, digna de un proceso de selección. Definitiva-mente me ha enseñado muchas cosas, y cada día me enseña algo nuevo. Quizá la más importante es a tener conciencia sobre mis ac-tos, y es que al final, estamos acá para ser felices, en este mundo y en el que viene, y uno es feliz si es que vive con la conciencia tranquila de saber que ha dado todo lo que puede por conseguir sus metas.

La misma pregunta se la hizo Santiago Álvarez de Mon en su libro No soy Superman, y nos responde de la siguiente manera a través de uno de sus personajes: «He aprendido a cuidar el tiempo como un regalo único. Así veo el día de hoy como un obsequio que he de agradecer y aprovechar. Ayer se fue y mañana no ha llegado, voto por quedarme en el presente. Viajo al pasado para aprender de su fantástico almacén de datos. Cuando lo hago, el presente se col-ma de agradecimientos y de una sana tristeza. Teniendo la nostalgia bajo control, el recuerdo de seres queridos que ya se fueron, las imá-genes de una edad tierna e irrepetible, las amistades urdidas entre clases, partidos, libros, y diversión, las fotos de los primeros pasos de mi familia; aportan al presente un halo de serenidad, dulzura y unas gotas de melancolía. ¿Qué hago con esas cuotas de pena? Leer sus enseñanzas para administrar mejor la realidad.

Me proyecto al futuro para anticipar escenarios, para cobrar impulso, para irradiar ilusión y esperanza en un presente invernal.

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Completada la excursión galáctica y futurista regreso a mi tiempo preferido, el presente, a él me coso en las duras y en las maduras. Si todo va bien, no arruino esa felicidad con el miedo a que se canse pronto, Si las cosas se tuercen, me consuela pensar que no se eterniza-rán, que también pasarán los nubarrones, que me curtiré y haré más fuerte, y que cuando salga el sol, nadie gozará más de él como yo.

La vida enseña a no tomarte las cosas y los acontecimientos que suceden con tanta seriedad y tremendismo. Estamos aquí dos días, como para amargarnos la propia existencia y la de los demás. Poquito a poco voy a aprendiendo a sonreír, a descubrir mi parte frívola y ligera, a lo mejor es más inteligente y profunda de lo que pensaba. Toda persona viene al mundo con una serie de talentos y habilidades naturales. Vivir tiene mucho que ver con descubrirlos, disfrutarlos y ponerlos al servicio de una causa mayor que uno mismo».

Es decir, priorizar, tener ese orden mental para saber definir y enfocarse en las cosas que realmente valen la pena. Implica decidir a qué le dedicamos más tiempo en nuestras vidas, a veces al trabajo, a veces a la familia, a veces a la meditación, a veces a la diversión, a veces a la formación. Ya lo decía Erasmo de Rotterdam: «La vida entera es como un teatro. Es una comedia como cualquiera en la que unos y otros salen disfrazados con diferentes máscaras a repre-sentar sus respectivos papeles hasta que terminando el espectáculo se retiran de la escena. A veces, en la vida real como en el teatro, un mismo actor se disfraza con diferentes trajes, y así, el que llevó sobre su cabeza la corona de rey, viste luego los andrajos del siervo. Todo es simulación, en la escena como en la vida, y hemos de reconocer que no hay manera de representar la comedia de otro modo».

¿Acaso no es necesario que invirtamos más en la persona real que en el disfraz que nos ponemos todos los días para actuar? Uno puede disfrazarse de jefe, de gerente, y actuar como tal, pero en el fondo la función llega a su fin y el actor se volverá nuevamente la persona sencilla que siempre ha sido. Por lo tanto, es importante invertir en ella, en su desarrollo, en lugar de preocuparse o angustiarse en exceso por el personaje que representa.

Ponerle ganas a la vida

El principal contrincante que tenemos está en nuestro propio cerebro. Por ello, es pues necesario que dominemos nuestras acti-tudes, nuestra forma de ver la vida y le pongamos ganas a lo que hacemos.

Una vida vivida sin pasión no es digna de ser vivida. Si no tene-mos ganas de vivir, pues, a ponerlas. Verán que es diferente cuando uno hace las cosas buscando la utilidad y no tratando simplemente de ahorrar costos, es diferente sentir la alegría de haber hecho un buen trabajo porque sabes que cumpliste el reto, que saber que vas a tu trabajo porque no tienes otro y es lo que hay en el menú. Es diferente pasar los días con tu esposa porque ya están casados, que dormir y levantarse pensando en que la historia vuelve a comenzar cada mañana y el amor es el mismo que se tenía en la época de enamorados, nada más que ha ido madurando. Es diferente jugar fútbol para adelgazar, que disfrutar al máximo cada gol, cada buena jugada que uno hace. En fin, es diferente vivir pensando en que las cosas malas nos pasan solo a nosotros y que la vida ha sido injusta, que ver alrededor nuestro y comprobar que realmente somos de ese pequeñísimo grupo privilegiado que no ha pasado hambre, sed, traumas graves, como lo hacen millones de personas en todas partes del mundo.

¿Y saben qué? El culpable de hacernos ver las cosas negativas somos nosotros mismos, es nuestra actitud, así que adelante, a cam-biar esa forma de ver las cosas. A redescubrir que no importa lo que nos pueda pasar, no importa el contexto, solo y exclusivamente de nosotros depende cuanto nos afecten las cosas.

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El valor se prueba en la dificultad

«Podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no pode-mos suprimirlo. Precisamente cuando los hombres, intentando evitar toda dolencia, tratan de alejarse de lo que podría significar aflicción, cuando quieran ahorrarse la fatiga y el dolor de la verdad, del amor y del bien, caen en una vida vacía en la que quizá ya no existe el dolor, pero en la que la os-cura sensación de la falta de sentido y de la soledad es mucho mayor aún».

Benedicto XVI

He invitado virtualmente a Bosco Gutiérrez, un hombre que vi-vió todo un calvario durante nueve meses secuestrado. Tuve la suerte de verlo en un DVD que me prestaron, y estuve buscando por In-ternet alguna entrevista publicada para transcribirla y dejarles que él les cuente su drama y como hizo para salir adelante. A través de este impresionante testimonio podemos concluir que la actitud tiene una importancia singular. No importa lo que venga, nuestra actitud en la adversidad, ejemplar y valiente, es lo que nos hará vivir mejor.

La historia de Bosco Gutiérrez, un conocido y prestigioso arqui-tecto mexicano, es muy dura. Fue secuestrado en 1991 y permane-ció retenido durante nueve meses en un pequeño cuarto. Gracias a su fe en Dios no se amilanó y supo sacarle provecho a esta situación. Dejemos que el mismo nos cuente su historia: «Una mañana me dirigí al coche. De pronto, un brazo me agarró fuerte y me dieron un golpe con un arma para dejarme inconsciente», relata. Lo siguiente que recuerda es que se despertó cuando le cambiaron de auto para llevarle al cuarto de dos metros cuadrados, donde permanecería por nueve meses. «Tenía la esperanza de salir a los dos o tres días, nunca pensé que se prolongaría tanto», reconoce Bosco.

«En el techo de la habitación había una cámara que registraba mis movimientos y un parlante en el que me ponían continuamente música para bloquear mi sentido del oído. Estuve escuchando el mismo casete durante cuatro meses seguidos. Nunca escuché sus voces, siempre nos comunicábamos por escrito. Incluso me interro-garon mediante un cuestionario en el que tuve que dar datos sobre

mi familia. Si me negaba, les harían daño. El día y la noche eran confusos porque encendían y apagaban la luz cuando querían y me daban muy mal de comer», señala.

Poco a poco, Bosco reconoce que empezó a volverse loco. «Ofrecí todos los días mi sufrimiento a Dios y, cuando pensaba, me daba cuenta de que Cristo había sufrido mucho más que yo y que había dado su vida por mí al ser crucificado. Gracias a la oración cogí fuer-zas y pude rezar por los captores. Desde aquel momento sentí la nece-sidad de cuidarme más y de intentar sobrevivir a aquella situación».

El fin de la pesadilla, tras nueve meses de cautiverio se acordó el pago de su rescate. Se desarrollaría en Brasil y se encargarían de realizarlo sus hermanos, pero por problemas, no se pudo efectuar. A pesar de este hecho desalentador, Bosco siguió luchando: «Yo había construido un instrumento para abrir la ventana y algún día utili-zarlo para escapar. Ese momento finalmente llegó: una mañana, el secuestrador que tenía que vigilarme se retrasó y aproveché el des-cuido para escapar encomendándome en todo momento a Dios». La huída no fue tarea fácil, debido a su falta de fuerzas y al impacto que le causó la luz natural. Tuvo que sortear diversos peligros hasta abrir la puerta exterior del cuarto donde se encontraba, en la ciudad de Puebla, y coger un taxi.

«Yo entiendo mi secuestro como si Dios me hubiera dicho: no te puedo volver a meter en el vientre de tu madre, pero te voy a meter nueve meses en un cuartito para que con tu inteligencia y tu memo-ria decidas cómo vas a vivir tu segunda oportunidad. Entendí con todo mi ser que mi tesoro es mi gente y no mi trabajo o mi cuenta bancaria. En el cuarto lo hubiera dado todo por abrazar un minuto a uno de mis hijos. Desde entonces valoro a la gente por sus cosas positivas y no por sus errores».

Este hombre tuvo una valentía heroica, cuando tenía todo para echarse al olvido y deprimirse terriblemente aceptó lo que le pasaba. Cuesta hacerlo, pero el que se sobrepone a su dolor llega mucho más lejos. Quien acepta esta situación convierte el hecho doloroso en una tarea: la de reorganizar su vida contando con esa dramática verdad

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que se ha hecho presente. Exige tomar decisiones y una de ellas es qué vamos a hacer para cambiar nuestra forma de ver la vida en esos mo-mentos, y darle un sentido positivo, porque las cosas siempre pasan por alguna razón. No debemos lamentarnos porque las rosas tienen espinas. Al contrario, hay que verlo siempre en positivo y pensar que lo que nos pasa es por algo, ¡festejar que las espinas tienen rosas! Las alegrías ayudan a vivir, las tristezas a crecer. Al final, siempre llegare-mos a la conclusión de que, a pesar de todo, la vida es bella.

Para que se enteren de primera mano, los dejo con una entrevis-ta a Bosco publicada en http://www.diocesismalaga.es en la que él mismo cuenta lo que le pasó:

—¿Cómo se sentía?

—Me tuvieron desnudo cuatro meses. Los secuestradores iban con ca-pucha y jamás oí sus voces, se comunicaban por escrito. Después de tenerme tres días a oscuras me pasaron un interrogatorio: «Hasta que conteste no comenzarán las negociaciones».

—Contestó, claro...

—Les conté detalles de la vida cotidiana de mi familia y me sentí un traidor, me abandoné y me dejé morir. Trece días tirado en el suelo, haciéndome las necesidades encima.

—¿Salió de ese estado?

—Un día uno de los guardianes me mostró un papel: «¡Viva México! (era el día de la independencia), puede tomar lo que quiera».

—¿Qué pidió?

—Un gran vaso de Chivas. Me lo trajo, yo me arrastré para cogerlo porque estaba totalmente entumecido y me fui al rincón como un animal con su presa. «Esto sí lo voy a gozar», me dije. Entonces, el otro Bosco que hay dentro de mí comenzó a hablarme: «¡A ver si eres tan hombrecito!, ofrece el whisky».

—¿Y?

—«Yo ofrezco estar secuestrado», dije. «Eso no depende de ti», contestó mi voz interior, y tiré el whisky por el wáter. Me quedé pensando que

había hecho una estupidez y me dormí. Cuando desperté, cogí el papel sobrante del interrogatorio y escribí: «Hoy gané mi primera batalla, no todo lo deciden ellos». Así empecé a recuperar la autoestima.

—¿Cómo consiguió que creciera?

—Pensé que no sería muy diferente lo que yo le diría a uno de mis her-manos si estuviera en mi lugar y decidí escribir una carta como si el secuestrado fuera otro. Me puse en pie por primera vez en diecinueve días y recé.

—¿Olvidó la carta?

—Sí, pero cuando acabé el rosario la vi dobladita junto a la puerta y me puse a llorar como un idiota: «¡Recibí una carta de mis herma-nos, qué maravilla!», grité. El Bosco realista me decía: «Ya te volviste loco».

—¿Qué ponía en la carta?

—«Este no es un problema personal, es un problema familiar, y lo va-mos a resolver en equipo, pero tú eres el que tiene el trabajo más importante: cuidar de ti mismo».

—¿Abandonó el papel de víctima?

—Sí, entendí que mi trabajo era entregar mi cuerpo perfecto al equipo. Así estructuré mi vida, que dividí en tres columnas: salud mental, salud física y aprovechar el tiempo incluso en esas circunstancias.

—¿Cómo aprovechar el tiempo en un cuarto de dos metros cuadra-dos?

—Lo primero era no volverme loco. Entendí que cuanto mayor fuera el rechazo más crecería la angustia, y decidí aceptar mi circunstancia, limpiar mi cuartito y controlar la imaginación. El tiempo lo medía a través de una cinta de música, que ellos ponían para que no los oyera.

—Eso es muy mortificador...

—Yo lo convertí en un instrumento. Vivía días de 32 casetes y acabé ajustando la fecha, esas conquistas mejoran tu autoestima. También pedí una dieta muy sencilla que le recomiendo. Fruta tres veces al día,

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cereales por la mañana, proteína al mediodía y yogur por la noche. Corría una hora y media al día (tres casetes) y hacía un casete de ab-dominales. Pero estoy convencido de que el músculo más importante es la voluntad.

—¿En qué pensaba?

—En mi madre, que había muerto tres años antes. Recuperé un recuer-do de niño, un sueño. Estaba en el Infierno, y un tipo me gritaba: «Estas aquí por no haber ayudado a nadie, fuiste egoísta, y yo estoy aquí porque nadie me echó una mano. Si me hubieras ayudado, los dos estaríamos en el Cielo». Mi madre, que era muy inteligente, me dijo: «Te acabas de dar cuenta de tu responsabilidad como cristiano, hay que ayudar a los demás».

—¿Temía encontrar en el Infierno a uno de los secuestradores?

—Pues sí, y que me dijera: «Te pudres en tu perfección, porque nunca pensaste que nosotros somos tan dignos y valiosos para Dios como cualquiera».

—¿Y empezó a hacer apostolado?

—Recé por ellos y cuando llegó Navidad les pasé un papelito: «Señores guardianes, hoy es Navidad y no hay ni secuestradores ni secuestrado, todos somos hijos de Dios y a las ocho de la noche vamos a rezar». A esa hora abrieron la ventana de la puerta y vi a cinco encapuchados blancos en un fondo negro.

—¿Qué les dijo?

—Les hablé de la humildad y les leí el Evangelio. Al terminar, uno por uno me dieron la mano y experimenté la felicidad más grande. Salir de mí mismo y pensar en los otros hizo que me sintiera valiente y útil. «Arquitecto Bosco —me escribió uno de los secuestradores—, díganos de dónde saca usted la fuerza».

—¿De dónde?

—Había perdido el miedo, sabía que mi vida no estaba en sus manos, sino en las de Dios. Los cinco meses restantes fueron de gran profun-didad espiritual.

—¿Cómo salió de allí?

—Temía que me abandonaran dejándome morir. Durante meses estuve fabricando una ganzúa con un muelle del catre. La idea era usarla si me abandonaban, pero quise probarla, abrí y no pude volver a cerrar. Me veía muerto. Avancé, pasé junto a un guardián que dormía y salté por una ventana.

Cuando volví a ver a mi familia escribí lo siguiente: «Todo es providencia, nada es coincidencia. Todo es para bien y ante sus manos solo hay ganadores y no perdedores. Dios sabe más y noso-tros somos muy limitados. Dios nos pide un abandono de nues-tros propios juicios. En esta lucha resumo todo mi secreto y quiero quitar cualquier mérito propio. Estoy convencido de que con Él podemos todo y que sin Él, ni la más mínima cosa. Cuando no podemos más, nos carga en sus hombros para darnos la libertad. No te olvides de esto: Dios sabe más. Lucha con fe y perseveran-cia, es hora de responder porque de eso depende nuestra felicidad aquí y en la vida eterna».

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Aquel resbaladizo objetivo de vivir feliz

«He aprendido a buscar mi felicidad limitando mis deseos en vez de satisfacerlos».

John Stuart Mill

Hoy cumplo 32 años y he decidido escribirles sobre la felicidad. Pero la verdadera felicidad. Aquella que está dada por vivir con la conciencia en paz, que está por encima de la enfermedad, por en-cima de los problemas o sufrimientos que todos pasamos y con los que tenemos que convivir. No me refiero a la alegría fácil y pasajera, fisiológica, la que viene por el lado de una buena fiesta, la compra de algún bien, cosas que me parecen muy buenas, pero que no lo-gran darnos esa alegría permanente. La alegría a la que me refiero es algo más íntimo: algo que nos hace estar tranquilos, muy alegres por dentro, aunque a veces el rostro permanezca serio, pero con la tranquilidad de saber que lo que estamos haciendo es lo correcto. Esa es la alegría que vive con nosotros para siempre.

Conseguirla no es fácil. Muchas veces tiene «sus raíces en forma de cruz». Muchos la han encontrado de casualidad, y en donde me-nos la buscaban, que es en los problemas, en la adversidad.

Un caso que leí recientemente y me impresionó fue el de John de Zulueta, exitoso empresario español. Tal como en el caso de Christopher Reeve, Superman, que leímos en el artículo Bienvenida

la adversidad, también sufrió un accidente que lo dejó paralizado

por el resto de su vida. En este caso, el destino vuelve a adoptar un rostro cruel. Este ejecutivo, amante del deporte, es paralizado por una garrapata que le picó. Sin embargo, en lugar de deprimirse aprendió y grabó enseñanzas valiosísimas. En una entrevista él dice: «¿Cuál es tu primera reacción cuando te dicen que vas a vivir en una silla de ruedas por culpa de la picazón de una garrapata? Al principio te preguntas: ¿cómo me ha pasado esto?, ¿es una broma del destino?, ¿por qué a mí, habiendo solo dos o tres casos por año?

Luego te pones a interrogar a los médicos, a estudiar sobre temas neurológicos. Tu mundo viejo se ha ido, y de este nuevo no tienes ni idea. ¿Por qué de un boleto entre un millón, me ha tocado a mí esta lotería? ¿Ha sido porque la vida me ha tratado tan bien y ahora tengo que pagar el precio justo?». A pesar de su justificable reacción, supo salir adelante. No se amilanó sino, por el contrario, salió forta-lecido, se dio cuenta que lo que piense o se lamente no iba a cambiar para nada su destino, sin embargo, si lo iba a cambiar la actitud que tomara sobre el hecho puntual, es por ello que cambió «el chip» hacia uno positivo, y su vida cambió significativamente.

Mi trabajo es seleccionar personal a las empresas, es por ello que suelo leer sobre estos temas. La semana pasada leí el siguiente pá-rrafo de un experto a nivel mundial, que calza muy bien con lo que estamos comentando sobre la alegría y el pesimismo: «Cuando contrate a un jugador para su equipo, mírelo de frente a los ojos, observe si mira limpia y noblemente, cuando el partido se ponga feo será de los que meten la pierna. Sino acierta en ese dilema crítico, que Dios le pille confesado. Lo peor que ocurre con los pesimistas es que nunca van solos. Es muy raro ver a un pesimista solo, como mucho, un rato, no muy largo. Su enfermedad es altamente conta-giosa. Hoy tengo un pesimista en la empresa, y mañana sin darme cuenta, son una legión y la llevarán a pique. Un consejo rápido y gratis: rodéese de gente calificada y optimista, así las tormentas se vadean y sobrellevan mejor. O dicho de otro modo, prescinda de los pesimistas, a la larga, tumban cualquier embarcación que se tercie». A buen entendedor, pocas palabras.

Ya lo he escuchado varias veces, y creo que todos podemos com-probarlo: Vivir, es enfrentarse con dificultades. Y para superarlas, quizá uno de los secretos sea identificar que es lo que nos ha ense-ñado la vida. A mí me ha enseense-ñado a entender que las cosas pasan por algo y para los que actúan con rectitud de conciencia, todo es para bien. Me enseña cada día que todo exige un esfuerzo, no hay lonche gratis, me enseña que solo pierde el que no da todo lo que lleva dentro, una extraordinaria frase que leí de Valero Rivera.

Cintia Ottone, decía que la vida le enseñó que queremos cer-tezas y la vida es incertidumbre. Queremos que las cosas sean de

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cierta manera y nos cuesta aceptar que las cosas son como son, no como nosotros querríamos que sean. Que en la vida hay que correr riesgos, que uno no sabe como van a resultar las cosas que empren-damos... pero si no nos arriesgamos, tampoco vamos a saberlo. Vale la pena pasar por esta pregunta, y el que se reconoce como un idiota porque piensa que la vida le ha enseñado poco, no lo es, por el con-trario, tiene la humildad de reconocerse como es, y de saber que le falta mucho por aprender. Como dice la frase “El que reconoce un punto de locura e irracionalidad en su naturaleza está en camino a la cordura”. Hay trenes que solo pasan una vez en la vida, los suelen tomar los pasajeros despiertos y precavidos que están dispuestos a preguntarse y repreguntarse las preguntas que realmente valen la pena hacerse para vivir mejor.

Nunca estás solo

«Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada, absolutamente nada, de lo que hace la vida libre, bella y grande. No, solo con esa amistad se abren las puertas de la vida, solo con esa amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana, solo con esa amistad experimenta-mos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuer-za y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros: No tengáis miedo de Cristo, Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida».

Benedicto XVI

Contra lo que muchos piensan, a veces son los días de semana los que se pasan muy rápido, y los del fin de semana los que duran y pa-recen pasar más lentos. Esa es una afirmación constante de aquellos que se sienten solos, porque con el trabajo se distraen, llega el fin de semana y «aparentemente» no tienen a nadie con quien conversar, o si lo tienen, es como si no tuvieran a nadie, ya sea porque se llevan muy mal o porque no tienen la confianza necesaria para hacerlo.

Un punto importante en este tema es que nos busquemos amigos, empecemos a crear nuestra red de contactos. Uno de los momentos más felices para una persona es cuando socializa con los demás, sean su familia o sus amigos. Es una felicidad que siempre es grande y pareja, no disminuye, si lo comparamos con otro tipo de felicidades, como la que te produce comprarte algún bien, por ejemplo, dado que el primer día estarás muy feliz, pero dicha felicidad va bajando con el transcurso de los días porque uno se acostumbra.

Pero para ello es muy importante comprender el valor de la amistad, enfocándose en ver cómo ayudar a los amigos, más que en el provecho que se puede sacar de ellos. Es decir, no basta con ser bueno, has de parecerlo, con el ejemplo de tu conducta y luego, con tu consejo, si ves que le hace falta a tus amigos.

Muchas veces cuando nos consideramos amigos de alguien, no le decimos cosas que no le gustan, y si tampoco hay una preocupación

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porque ellos mejoren, entonces, no hay algo que estés haciendo por su bien y vamos por mal camino; esos son los peores amigos.

¿Quién no se ha sentido que está solo en este mundo?, ¿que nadie lo entiende? Pues leyendo me encontré con un texto del papa Benedicto que habla sobre ese tema y da mucha paz: «Un lugar pri-mero y esencial de aprendizaje de la esperanza es la oración. Cuan-do ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. CuanCuan-do ya no puedo hablar con ninguno ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme, cuando se tra-ta de una necesidad o de una expectra-tativa que supera la capacidad humana de esperar, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad…el que reza no está totalmente solo. De sus trece años de prisión, nueve de los cuales permaneció en aislamiento, el inolvidable cardenal Nguyen Van Thuan, nos ha dejado un precioso opúsculo: Oraciones de esperanza. Durante trece años en la cárcel, en una situación de desesperación aparentemente total, la escucha de Dios, el poder hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperan-za, que después de su liberación le permitió ser para los hombres de todo el mundo un testigo de la esperanza, esa gran esperanza, que no se apaga ni siquiera en las noches de soledad».

No creo en la soledad, como vemos, hay varias formas de evitar-la, el que está solo es porque quiere.

¡Estoy desmotivado! ¡Se me vino el mundo abajo!

«La felicidad es saludable para el cuerpo, pero el sufrimiento es el que desarrolla las fuerzas del espíritu».

Marcel Proust

Cada cierto tiempo nos pasa, a unos más que a otros, que nos desmotivamos, una mala racha de eventos que nos hacen caer, y nos hacen pensar la típica pregunta: «¿Y por qué a mí?».

Uno de los artículos que me ha cambiado la forma de pensar y ver las cosas frente a este tema es el que copio a continuación, escrito por mi padre, médico, en su libro de Carta a los enfermos, que desde su punto de vista, explica el porqué hay que confiar y seguir adelan-te con alegría, a pesar de la adversidad.

«Mi hijo Rafael, el menor de mis cuatro hijos debía ser vacu-nado contra la vacuna triple, que lo protege contra coqueluche, tétanos y difteria.

Llegamos al consultorio del pediatría y Rafael estaba feliz por-que le gusta mucho pasear en automóvil. De pronto, ve acercarse al especialista con una hipodérmica que terminaba en una aguja “tre-menda”. Rafael volteó a mirarme con una mezcla de incredulidad y miedo. Estaba seguro de que yo, su padre, que lo quiero con todo el corazón no iba a permitir que le hicieran “eso”. Sin embargo, no solo lo permití, sino que ayudé a que lo vacunaran, ¡por supuesto!

Al poco tiempo, a raíz de un resfriado, tuvo bronquitis. Estaba con lamentos, decaído, con tos exigente y fiebre. Me acerqué a darle un jarabe de esos que son de horrible sabor. Lo probó ligera-mente y se opuso terminanteligera-mente a seguir tomándolo, apelando para ello a toda clase de pataletas y recursos. Al final, con protestas o no, tuvo que tomarlo.

Referencias

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