Trabajo Final de Grado
Monografía
Adolescencia y fugas del hogar
Autora: María Noel Cornelius CI: 2.677.687-9
Tutora: Silvana Contino Nigro Revisora: Margarita Fraga
Montevideo, Uruguay
ÍNDICE.
Resumen 3
Introducción 4-5
Marco teórico 6
1 Adolescencia 6-9
2 Familia 9-10 2.1 La relación de padres e hijos y la comunicación 10-11
2.2 Violencia familiar y malos tratos a la infancia 12-18 2.3 Estilos educativos parentales 18-20
3 Las fugas 20
3.1 Las fugas como conductas de riesgo en la adolescencia 20-21 3.2 La fuga: un fenómeno complejo y multicausal 21-25
4 La prevención 25-26
4.1 Parentalidad positiva 26-28
5 Reflexiones finales 29-31
6 Referencias bibliográficas 32-35
Resumen
El objetivo del presente trabajo final de grado consiste en acercar al lector a una comprensión sobre las fugas del hogar en adolescentes y el motivo por el cual son consideradas una problemática social de carácter multifactorial, entendiéndolas primordialmente como una forma que tienen los adolescentes de resolver los problemas que éstos enfrentan en sus hogares y en segundo lugar, se podría
considerar las fugas como conductas de riesgo. Se desarrollará el concepto de fugas, lo que implican y porque se originan; el concepto de adolescencia desde las posturas de Aberastury y Knobel (1987); Levisky (1999); Le Breton, (2003); Marcelli, (2005);
Tomás y Almerana, (2007); Gordillo, (2014) y Contino (2015); entre otros.
Con el fin de explicitar esto, se tiene información acerca de estadísticas a nivel internacional y regional. Se traerán aportes en los cuales se considera a la fuga vinculándola con conflictos familiares, violencia intrafamiliar y el maltrato infantil
,
como variables vinculantes que la provocan. Se sostiene la existencia de una relación entre las fugas del hogar y realidades conflictivas familiares que están impregnadas de padecimiento psíquico para el adolescente.Se desarrollarán aspectos en lo que atañe a la familia y ciertas
disfuncionalidades en ésta, tomando los aportes de diversos autores (Ravazzola, 1997; Lamberti, 1998; Capano, 2015; entre otros).
Se hará énfasis en la prevención y estilos educativos adecuados a partir de aportes teóricos (Marcelli, 2005; Capano, 2015).
Introducción
En lo atinente a la relevancia del tema de las fugas, pueden ser abordadas como una forma que tienen los adolescentes de resolver los problemas que éstos enfrentan en sus hogares y además pueden ser concebidas como conductas de riesgo de acuerdo a diversos autores mencionados en el desarrollo del trabajo (Le Breton, 2003;
Marcelli, 2005; Tomás y Almenara, 2007-2008; Aranchuk, 2013; Gordillo, 2014).
En lo referente al objetivo planteado en el trabajo acerca de las fugas es pertinente plantear que uno de los factores que influyen en el acaecimiento de las fugas del hogar llevadas a cabo por adolescentes, se relaciona con la violencia intrafamiliar y el maltrato sufrido en la niñez y en la adolescencia por parte de adultos del círculo familiar del adolescente.
El aporte que se pretende hacer con este trabajo es profundizar y pensar acerca de esta temática compleja, generar nuevos conocimientos en torno a ella y tomar conciencia respecto de las consecuencias que pueda tener con el fin de evitarlas o minimizar sus efectos.
Las fugas del hogar perpetradas por adolescentes, según el estudio llevado a cabo por Fuertes Pérez (1995), se deben a situaciones de violencia vividas en el hogar. Adhiere a esta postura Gordillo (2014), quien señala que lo que origina una fuga es una problemática dolorosa para el adolescente, teniendo su origen en el entorno intrafamiliar.
Respecto a las estadísticas a nivel internacional se cuenta con un estudio hecho en España, en el trienio 1992-1994, denominado “Datos Estadísticos de Seguridad Ciudadana. Una vía de aproximación en la búsqueda del conocimiento del Fenómeno de la violencia en la Red Familiar”, en el cual se establece que en dicho período, se han ido acrecentando las denuncias por fugas de menores adolescentes; y en el total de fugas del hogar, de las cuales se tiene conocimiento y se han denunciado, se encuentra en el intervalo de edades entre los 14 y 15 años de edad, de jóvenes de ambos sexos.
El autor indica que de la totalidad de fugas de las que se tiene noticia, una media del 65.5% corresponden a menores de 16 años, y el 34.5% restante fueron llevadas a cabo por jóvenes entre los 16 y 17 años.
A nivel regional, Lidia Grichener (2013), quien dirige la ONG Missing Children Argentina, en una investigación más reciente denominada “Rebeldía, violencia y abuso, causas de una fuga”, establece que hay 148 casos de jóvenes desaparecidos en dicho país en el año 2013. Plantea que hoy día existen peligros potenciales a causa de flagelos sociales que son favorecidos por las redes sociales. Asimismo, Miguel Molina citado por Aranchuk (2013) sostiene que en la calle hay riesgos como la droga, la Trata de personas o la explotación laboral perturbando estos los derechos del niño.
Hace énfasis en la importancia de la contención del joven en el hogar y en el sistema educativo.
En un estudio realizado por Telam en Argentina en el año 2014, Cristina
Fernández sostiene que entre el 1 de enero y el 18 de setiembre de 2014 hubo 3.580 denuncias de averiguación de paradero o fugas del hogar, de las cuales se les dio solución al 71 por ciento de ellas, mientras que en ese momento el restante 29 por ciento permaneció en suspenso. Indicó que de esa cifra, 2.912 correspondían a adolescentes que habían abandonado el hogar por voluntad propia; 706 eran chicas de 15 años. Del total, el 66 por ciento correspondía a mujeres y el 34 por ciento, a varones.
MARCO TEÓRICO.
Es oportuno introducir algunas definiciones que ayudan a la comprensión de la temática a ser desarrollada, para lo cual primeramente se traerán los conceptos de adolescencia y familia, y luego tocar conceptos como el de violencia familiar y maltrato que sirven de ligadura entre los conceptos de adolescencia y fugas del hogar, los cuales serán desarrollados a continuación.
1. Adolescencia.
Aberastury y Knobel (1987) plantean que para el adolescente el entrar en el mundo de los adultos involucra el perder irreversiblemente su situación de ser niño.
Los autores señalan a este momento como fundamental respecto de la vida del sujeto y el cual instituye la etapa definitiva en lo que atañe a un proceso de desprendimiento del cuerpo infantil, que tuvo inicio con el crecimiento.
Levisky, (1999) afirma: “La crisis normal del adolescente se caracteriza por ser una etapa en la cual suceden grandes transformaciones biológicas, psicológicas y sociales” (p. 165). La adolescencia es una etapa de crisis normativa, en la cual la persona tiene que afrontar el mandato délfico de “llegar a ser el que se es” (Ortega Allué, citado en Pereira, 2011, p. 32).
Barrio del Campo y Salcines Talledo (2012), refiriéndose a la adolescencia plantean que se debe tomar conciencia de la enorme diversidad que existe. Los autores hacen hincapié en que este período llamado adolescencia resulta dificultoso en su delimitación debido a que ha sido resultado de una construcción cultural; siendo además dependiente del contexto en el cual se esté. El comienzo es inherente a la existencia de marcadores biológicos, en cambio el final resulta arduamente difícil de establecer. Se refiere a una etapa de cambios y de vulnerabilidad debido a las transformaciones que son vivenciadas por el individuo. Los autores plantean que la adolescencia es vista como una etapa en la cual los modos de comunicación son múltiples, existen diversas ambigüedades y silencios.
La Organización Mundial de la Salud (1990) citada por el Ministerio de Salud Pública de Cuba (MINSAP, 1999), define a adolescencia como “la etapa que transcurre entre los 10 y 19 años, considerándose dos fases: la adolescencia
temprana (10 a 14 años) y la adolescencia tardía (15 a 19 años)” (MINSAP, 1999, p.
16). Se puede considerar que esta concepción de adolescencia es estrictamente cronológica.
En concordancia con esta concepción de adolescencia, tal como plantean
Quiroga (1997) y Amorín (2013), se puede decir que ésta se encuentra dividida en tres etapas, o sea, la adolescencia temprana, la adolescencia media y la adolescencia tardía. Estos autores sostienen que la adolescencia temprana tiene su inicio alrededor de los 9 años extendiéndose hasta los 15 años, en esta fase los cambios corporales se hacen evidentes, se producen cambios en la conducta, dificultad de
relacionamiento entre los sexos, con los padres y con el entorno, se producen cambios psicológicos que se pueden visualizar en los juegos y las verbalizaciones, ya que tiene mayor contenido sexual, en esta fase aparecen pérdidas por el cuerpo infantil, lo que posteriormente va a dar lugar a duelos; se da un crecimiento y desarrollo de
caracteres sexuales primarios y secundarios, pérdida de identidad y de rol infantil. Es habitual en esta etapa que el adolescente se encuentre desaliñado, sucio, con mala conducta, siendo esto una expresión de extrañeza ante el nuevo cuerpo. Además, plantean que la adolescencia media comienza a los 15 años, y culmina a los 18 años aproximadamente, en esta etapa se perpetúan los procesos psicológicos iniciados en la adolescencia temprana, así como se desarrolla el trabajo de duelo, se producen crisis de identidad, así como crisis narcisistas, aquí se genera un pasaje de la
endogamia a la exogamia, transformación de las modalidades de relación con el otro sexo, y se originan tendencias a la actuación (pasaje al acto). La adolescencia tardía se ubica entre los 18 y los 28 años, en esta etapa se produce una discriminación con las figuras parentales, así como una discriminación intra generacional, se genera un deseo de independencia económica, así como de pareja estable, logros a nivel vocacional y laboral, proceso psicológico de abandono de la adolescencia para ingresar a la adultez (Quiroga, 1997; Amorín, 2013).
Amorín (2013) plantea que etimológicamente el término adolescencia, como adjetivo y sustantivo, procede del latín adolescens, siendo el participio adolescere:
crecer. Para los romanos: ir creciendo e irse transformando en adulto.
Este autor indica que aun siendo un fenómeno moderno, la visión usual desde la perspectiva adulta acerca de esta fase de la vida parece tener semejanzas a lo largo de la historia. Cabe destacar que en siglo VI A. C. Hesíodo aborrecía en los jóvenes sus ímpetus, vivacidad e ineptitud.
Además, el autor señala que el concepto de adolescencia se funda como categoría social, en estrecha subordinación a la clase social de referencia, remitiendo al tiempo de preparación para la adultez, que se fue instaurando en los sectores medios y altos. En sectores populares, diversos factores bastante habituales en estos segmentos poblacionales entorpecen la ocurrencia del fenómeno tal como acontece en otros estratos, a saber: la exclusión de los sistemas de consumo, los embarazos precoces, la inserción en el mundo del trabajo, el vínculo intergeneracional, entre otros.
Por su parte, Viñar (2009) establece que el término adolescencia es la
problemática del tránsito que se hace desde la infancia hacia la vida adulta, siendo de aparición reciente en la historia de las ideas; siendo una construcción cultural.
Este autor habla de adolescencias, lo cual requiere pensar simultáneamente lo mirado (el adolescente), la mirada (quien mira, desde donde y para qué), lo cual introduce lo dialógico.
Kaplan (2007) sostiene que entre los momentos finales de la infancia y la futura adultez se encuentra esa época ambigua de la vida llamada adolescencia; tal término engloba todas las incertidumbres connotativas del crecimiento emocional y social.
Se plantea que para que un adolescente pueda crecer y lograr ser el mismo, es necesario que realice el rompimiento del espejo de su propia inmortalidad y de la de sus progenitores (Garbarino, 1992, citado en Kancyper, 1997); por otro lado, es necesario que independice su propia fortaleza de las sogas del imperio e idealización de las figuras parentales.
Se plantea: “El adolescente al igual que el histérico, tiene una concepción infantil del amor, del odio y de la relación afectiva en general” (Nasio, 2014, p. 45). El autor establece que “el adolescente histérico ve a los adultos a quienes aprecia y de quienes depende, a través de la lente deformante de un imaginario infantil y emotivo” (Nasio, 2014, p. 46). Sostiene que en el adolescente y en el histérico, el universo afectivo está dividido de forma natural en dos grandes categorías humanas, a saber: los que son amados y los que no lo son, los fuertes y los frágiles, los que someten y los sometidos;
los hacedores de justicia y los condenados, los malos y los mártires; en otras palabras, los fálicos y los amputados.
Por otra parte, la adolescencia no es considerada per se una fase negativa de la vida de los seres humanos, en contraste, la generalidad de los individuos viven una
adolescencia que sería factible llamar “estándar” o convencional, en la cual hay instantes de felicidad, otros de aflicción, distintos y novedosos roles son asumidos, los cuales traen aparejados una más grande responsabilidad y autonomía en lo que atañe al adolescente; y en este periodo los conflictos son pasibles de ser resueltos de
manera satisfactoria (Musitu et al., citado en Pereira, 2011, p. 111).
2. Familia
Se plantea que no hay consenso respecto a la definición de familia válida en el correr del tiempo y para todas las culturas, tal concepto es una construcción social, nos trae la noción de parentesco, morada compartida (Calvo et al., 2002). A su vez, siendo una construcción social, la familia posee un carácter universal; sosteniéndose su estructura sobre un sustrato biológico primordialmente.
Lamberti et al. (1998) señalan que Aristóteles planteó que hay una necesidad por parte del hombre de vivir en sociedad con el fin de llevar a cabo sus metas, así se visualiza la importancia por naturaleza de la familia como organización humana principal.
De acuerdo a Levy-Strauss “una familia proviene de la unión de dos familias, al mismo tiempo que de su fragmentación” (citado en Calvo et al., 2002, p. 13).
Capano (2015) cita a López y Cantero (1999) y a Soriano (2008) quienes sostienen que las familias son consideradas como un espacio en el cual se otorga protección, seguridad, cuidados incondicionales, se proporciona paz y amor.
Además, en la familia se hace posible el crecimiento de sus miembros, el acrecentamiento de sus capacidades y habilidades, la realización de sus
potencialidades, el desarrollo intelectual y social (Perrone y Nannini, 1997; Soriano, 2008, citados en Capano, 2015).
Capano (2015) citando a Rodrigo y Palacios (1998) sostiene que el papel de las familias es fundamental en la socialización, interviene en la participación guiada de los individuos que conforman tal agrupamiento, siendo la interacción con otros dentro de la familia de gran ayuda y sostén para potenciar su desarrollo. Las familias son concebidas como un contexto esencial para posibilitar el desarrollo y aprendizaje de los hijos.
En lo atinente a la educación familiar y las prácticas educativas, los progenitores tratan de ir forjando los comportamientos considerados deseables y apropiados de los hijos; son acciones llevadas a cabo por los padres con el fin de instaurarlas por medio de un trabajo de moldeado, las cuales se denominan estilos educativos parentales (Llopis y Llopis, 2003, citados en Capano, 2015).
Siguiendo a Toledo et al. (1994) la familia puede tener éxito en satisfacer las necesidades esenciales del joven. Los autores antes mencionados plantean que la protección por excelencia contra influencias antisociales, es desarrollarse en una familia con sólidos vínculos afectivos, disciplinas con reglas claras y en la que los padres enseñan valores y patrones de conducta socialmente aprobados y donde ellos al mismo tiempo, son un vivaz ejemplo de lo que enseñan. Los adolescentes que crecen en un ambiente tal, van a tener una mayor probabilidad de respuestas adaptativas sanas.
Oliva (2006) cita a Granic et al. (2003) quienes sostienen que se ha establecido que a lo largo de la infancia, las interacciones continuas entre padres e hijos en torno a los trabajos de socialización, habrían sido útiles para erigir un estilo de intercambio en cada díada (padre-hijo/a, madre-hijo/a), pero al inicio de la pubertad los cambios intrapersonales en padres e hijos van a significar un disturbio del sistema familiar, el cual se volverá más débil y va a favorecer un incremento de la multiplicidad de esquemas de interacción diádica posible, de manera que los altercados y retos van a coexistir con períodos que se caracterizan por la armonía y la expresión de afecto verdaderos y positivos. Por otra parte, se plantea que en las familias en las que las relaciones se definen por el sostén, la comunicación y el afecto recíproco, van a surgir escenarios conflictivos y de discordia. Luego de estos instantes de inestabilidad primera, el sistema va a tender a la estabilidad de manera progresiva, teniendo así lugar un nuevo patrón relacional que va a complacerse de cierta permanencia y que va a estar considerablemente ceñido al clima reinante, previo al inicio de los disturbios (Hommbeck et al., 1991, citado en Oliva, 2006).
2.1. La relación de padres e hijos y la comunicación
Tal como plantea Klein (2007), existen padres para quienes un sin número de situaciones son pasibles de ser toleradas, y otras que pueden ser ignoradas.
El autor señala que en ciertas ocasiones es arduo ver con claridad que un hijo está pasando por situaciones difíciles, y al momento de aceptar este asunto, tener la
capacidad de comprender sobre que trata el problema. Son muy escasas las veces en que los hijos dan a conocer lo que les está pasando, y están acompañadas de vivos silencios los cuales resultan desconcertantes e incómodos. Por lo anterior, es
menester el armarse de la disciplina de la paciencia y ser prudentes, o sea, captar el momento que resulte más propicio con el fin de encarar la situación de manera oportuna. Continúa diciendo que cuando se tiene éxito en alcanzar este objetivo, aparece una barrera que antes no estaba, la cual es dificultosa y en ocasiones se pasa por alto, lo cual es que por momentos se carece de sabiduría acerca de la manera de hacer frente a ciertas angustias o problemas que agobian a los hijos.
Klein (2007), en relación a lo antedicho, que concierne a la dificultad de esclarecer que problemas tiene el hijo, señala que se tienen diversas estrategias, la primera es negar el problema, y echarle a la culpa a los amigos del hijo; la segunda es culpabilizarse enormemente por los problemas del hijo o echarle la culpa a su
cónyuge; ninguna de estas actitudes es beneficiosa. El autor plantea que se debe tomar en consideración que no existe quien posea el saber absoluto sobre cómo ser padres, siendo un proceso que lleva un tiempo considerable.
Barrio del Campo (2012) plantea que la comunicación entre los adolescentes y sus padres constituye un aspecto de primordial relevancia en lo que atañe a la
dinámica familiar que tiene influencia tanto en el bienestar como en el desarrollo de los hijos y los padres. El autor señala a la comunicación como un acumulado de acciones que hacen posible el establecimiento de una relación con los demás y permite, de esta manera, comunicar algo a alguien. Se trata por ende de un acto cuyo fin es instaurar y establecer vínculos y transferir información.
El acto de conversar se visualiza como una habilidad de intercambio de una vasta complejidad, la cual se manifiesta en la especificidad de cada acontecimiento que implique comunicación; se destaca además que cada situación comunicativa es considerada invariablemente ideal e irrepetible.
Ulriksen de Viñar (2004) sostiene que el adolescente, en lo que refiere a su manera de establecer una comunicación con el otro, va en la búsqueda de una confrontación, y se abre una vía relativamente enredada que tiene un fin preciso, a saber: hallar una manera de matar a la figura del padre de una manera simbólica. La autora sostiene que acude al adulto por medio de un lenguaje o modalidades de palabra que no siempre son perceptibles; es el propio adulto quien debe intentar reproducir su discurso o sus actos.
2.2. Violencia familiar y malos tratos a la infancia.
Lamberti et al. (1998) sostienen que a partir del comienzo de la organización política emerge la violencia: al comenzar un régimen el poder es exclusivamente violencia; la cual se legitima en fuerza de ley. Así la violencia que luego va a ser denominada “legitima” o “poder del Estado” se encubre, justificándose sólo con el fin de perpetuar un orden pacifico en teoría, sin violencia.
Según los autores mencionados anteriormente, desde la antigüedad, se ha aceptado la aptitud de implantar la voluntad autoritaria por parte de quien posee el poder como legitima, lo cual constituye el origen del Estado y la organización política de la sociedad humana. Asimismo, en la Antigua Grecia se ha aceptado otro ámbito de poder y de aplicación de la fuerza, como es la familia.
Por otra parte, Calvo et al. (2002) establece que de acuerdo con la tradición italiana del siglo XII, el poder le es propio de manera absoluta al padre de familia. Por analogía al rey, la autoridad del padre jamás dejó de afianzarse. Tanto la esposa como los hijos se encontraban supeditados a las potestades del marido. Además, se plantea que la legislación de la época daba el consentimiento al marido para que castigara a los integrantes de su familia, en beneficio de una vida privada en armonía y saludable.
El sistema de creencias reinante fomentaba el uso de sanciones con orgullo y complacencia, en primer lugar respecto a su esposa quien tenía obligación de someterse sin discutir; cuanto más la escarmentaba y humillaba, así afirmaba la consumación de sus metas; la finalidad era instaurar un buen hogar cimentado en el respeto y educar a los hijos para ser futuros herederos del patrimonio familiar.
Di Segni (2010) siguiendo en la línea de pensamiento de Lamberti et al. (1998) y Calvo et al. (2002) afirma: “Poder es la posesión de ciertos mecanismos que permiten obligar a otros a hacer lo que se desea, y autoridad es el derecho a utilizar ese poder”
(p. 22).
La autora señala que en lo que atañe a los adultos del siglo XIX el hombre y la mujer de manera indistinta poseían autoridad, otorgada por la sociedad; tenían derecho a influir sobre el comportamiento de los hijos. La autoridad del hombre era mayor debido a que era quien ganaba dinero y sostenía el hogar. También debido a su mayor fuerza física era el padre quien le daba castigos más fuertes a los hijos en tanto
la madre se limitaba a dar algunos tirones de pelo o coscorrones. La madre era una colaboradora activa en el mantenimiento y acrecentamiento de la autoridad del padre en el seno familiar.
En los antiguos diccionarios de la lengua francesa del siglo XIX se halla el verbo
“priver” que significa amaestrar, domesticar; asimismo, el adjetivo “privé” lleva a la noción de familiaridad, de interior de casa; como plantea G. Duby, “la vida privada ha de hallarse oculta, no está permitido averiguar y dar a conocer lo que sucede en la casa de un particular” (s.f, s.p, citado en Calvo et al., 2002, p. 16).
En nuestro país, Barrán (2008) citado en Capano (2015) hace mención acerca de la situación de la infancia y la relación padres-hijos en el estudio llevado a cabo por el autor sobre la “cultura bárbara” (1800-1860). Se trataba de una época en la que primaba el castigo físico. La figura paterna en esta sociedad era vista como la de un padre terrorífico, distante, cuya autoridad era incuestionada e incuestionable; se tenía al castigo como el estilo educativo primordial; valiéndose de rebenques y cinturones para sancionar cualquier infracción en lo tocante al comportamiento de los niños. Lo antedicho sirve de base para entender una de las razones que explican una fuga, como en apartados subsiguientes lo explican los autores en cuestión.
Di Segni (2010) plantea que había un gran énfasis en el control de los impulsos.
No se debía contradecir las opiniones ni los reproches de los adultos. Además, había amenaza de palizas de menor o mayor intensidad y penitencias. Estos castigos no eran portadores de ningún tipo de explicación, por ser la autoridad del padre incuestionable.
La autora señala que al inicio de la segunda mitad del siglo XX, el hombre comienza a perder poder y autoridad. Ya no es más visto como un modelo poseedor de sabiduría y experiencia; deja de ser alguien merecedor de ser imitado.
El derrumbamiento de la figura de autoridad que había reinado en la sociedad durante largo tiempo consintió a los jóvenes liberar varias de sus pulsiones y
conquistar autonomía con el fin de vivir a su conveniente ritmo.
Capano (2015) cita a Hidalgo et al. (2009) quienes plantean que hay padres, madres y adultos referentes que atraviesan actualmente, y les ha tocado vivir en una época pasada una pluralidad de problemas. El autor señala que se trata
mayoritariamente de familias que exhiben impedimentos al momento de fomentar la
adolescentes en particular, que crecen bajo su amparo. Se trata de familias que hoy día se las denomina en situación de riesgo psicosocial.
El autor establece que son familias que por motivos de índole personal, relacional y/o contextual desatienden sus cometidos parentales tales como la
asistencia, atención y educación de niños, niñas y adolescentes., o las desempeñan inapropiadamente, obstaculizando el desarrollo personal y social de éstos (Rodrigo, Márquez, Martín y Bornes, 2008, citados en Capano, 2015).
Estas familias están aquejadas por dificultades en el plano individual y familiar, quizá padezcan situaciones relacionadas con su salud mental, drogodependencia;
añadiéndose probablemente problemas de vivienda, educación, empleo, pobreza, problemas legales; y también carecen de recursos y redes sociales (Nacarro, Musitu y Herrero, 2007; Pakman, 2006, citados en Capano, 2015).
Fuertes Pérez (1995) sostiene que hay voces que irrumpen y claman que el crimen más encubierto en toda la Historia a nivel global es la violencia en la familia, variando de una sociedad a otra la forma y el contexto en la cual se ejercita, siendo tal problemática universal; y la peor parte le ha tocado vivir casi invariablemente a la mujer y a los niños.
En un estudio llevado a cabo en España por Fuertes Pérez en 1995, denominado
“Datos Estadísticos de Seguridad Ciudadana. Una vía de aproximación en la búsqueda del conocimiento del Fenómeno de la violencia en la Red Familiar”, el Consejo de Europa define la violencia en el hogar como:
Toda acción u omisión cometida en el seno de la familia por uno de sus miembros, que menoscaba la vida o la integridad física o psicológica, o incluso la libertad de otro de los miembros de la familia y que causan un serio daño al desarrollo de su personalidad (Fuertes Pérez, 1995, p. 161).
Además, sigue siendo escasa la oposición de la trama social para enfrentarla.
Lamberti et al. (1998) citan a Humberto Maturana quien al indagar acerca de las relaciones humanas en los sistemas social y familiar, y la incidencia de la violencia en ellos, afirma:
Hablamos de violencia en la vida cotidiana para referirnos a aquellas situaciones en las que alguien se mueve en relación a otros en el extremo de la exigencia de obediencia y sometimiento, cualquiera sea la forma como esta ocurre en términos de suavidad o brusquedad, y el espacio relacional en que tenga lugar. Es la negación del otro que
lleva a su destrucción, en el esfuerzo por obtener su obediencia o sometimiento, lo que caracteriza a las situaciones en las que nos quejamos de violencias en las relaciones humanas (Maturana, 1995, citado en Lamberti y otros, 1998, p. 33).
Se plantea que “el maltrato y el abuso sexual infantil y/o adolescente constituyen una violación a los Derechos Humanos, siendo una expresión de la violencia social presente en todos los ámbitos y estratos socio-culturales” (Mizrahi, 2015, p.8).
La autora sostiene además que dicha violencia hacia la infancia y la
adolescencia, particularmente tiene su raíz en enfoques adultistas y patriarcales. Por otra parte, la autora señala que se arriba de esta forma a que la violencia social perpetrada en contra de niños y adolescentes tenga su expresión a través de la violencia interpersonal, lo cual involucra el causar daños que son pasibles de ser evitados en estos sectores etarios, y donde la responsabilidad pertenece a las personas adultas.
Según Calvo et al. (2002) la violencia no implica un hecho aislado, sino que es un proceso. Es un agrupamiento de circunstancias que la posibilitan; asimismo, son maneras de exteriorizarse, se trata de hechos en los cuales se concreta y
consecuencias directas o indirectas respecto de las cuales todos sus actores se hallan involucrados.
Ravazzola (1997) afirma:
“En una familia en que se manifiesta una relación cotidiana y significativa,
supuestamente de amor y protección, existe “violencia familiar” cuando una persona, físicamente más débil que otra, es víctima de abuso físico o psíquico por parte de otra.
A los actos mismos se suman las condiciones en que se producen, que son de tal naturaleza que resulta difícil implementar recursos de control social capaces de regular e impedir esas prácticas, las que por lo tanto, tienden a repetirse” (p. 40).
Según Maturana (1995) citado en Lamberti et al. (1998) la violencia es una modalidad de convivencia, una manera vincular que nace y se consolida en una red de conversaciones las cuales posibilitan y mantienen la conmoción que la instituye y en que las conductas violentas subsisten como algo natural que no es pasible de ser visto.
Ravazzola (1997) plantea que al abordar la problemática de la violencia familiar, donde un integrante de la familia es objeto de malos tratos en forma reiterada, por
maltrato; se ha notado que existen condiciones que facilitan que tales interacciones se reiteren.
Wekerle et al. (2007) sostienen que los malos tratos a la infancia implican una conducta correctiva inapropiada y por propia voluntad que tiene como consecuencia el daño físico y psicológico del niño.
Además, la autora señala que el maltrato infantil puede apreciarse como una conducta que produce locos, la cual perjudica la trayectoria del desarrollo del niño.
Ravazzola (1997) sostiene que para que una interacción violenta tenga lugar, deben converger, por lo corriente, condiciones necesarias, relacionadas entre sí; a saber:
Una situación familiar en la cual hay un déficit de autonomía de los integrantes, y una dependencia importante de unas con otras; y no es factible la salida de uno o varios participantes del circuito. Las investigaciones describen
usualmente al agrupamiento familiar como alejado de amigos y vecinos.
Subordinación a un estereotipo por el cual tanto victimario como víctima, suponen que el primero es el único responsable de la relación, en el entendido que es quien tiene que definirla y decidir acerca de lo que ocurre. Hay, como resultado, un supuesto de desigualdad jerárquica fija, que hace que los miembros del grupo deleguen la selección de las prácticas competentes a quien reconocen como autoridad.
Asimismo, la autora plantea que cuando alguien del grupo no acepta la subordinación o cuestiona tal autoridad, dicha actitud se percibe como peligrosa y tiene como fin ser reprimida en beneficio del sistema. Ambas partes de la interacción son objeto de presiones significativas: al victimario se le impone que sea dueño y guardián del sistema ante la aparición del peligro de cambio, y a la víctima, para que se someta y no se defienda.
Una circulación de estos significados para que el abuso que involucran no sea percibido sino que se tenga como legítimo y esté sustentado por un consenso que de alguna forma lo justifique y otorgue impunidad al victimario.
Bentancor et al. (2013) sostienen que el maltrato infantil se define como toda acción u omisión intencional que provoque daño físico o psicológico en niños, niñas o
adolescentes, practicada por los adultos encargados de su cuidado y desarrollo como padres, tíos, maestros, educadores, etc.
El maltrato infantil puede ser emocional o psicológico, por abandono y negligencia, físico o químico:
Emocional o psicológico: se refiere a cualquier actitud que cause en el niño sentimientos de descrédito o humillación. Está caracterizado por lo corriente por el uso de la palabra, pero además es posible que vislumbre actitudes no verbales que lo expongan a circunstancias humillantes o que restrinjan sus iniciativas, como aislamientos, encierros o abundancia de responsabilidades entre otras.
Abandono y negligencia: se relaciona con la carencia de protección del niño ante eventuales riesgos y la falta de atención de sus necesidades esenciales cuando los padres o cuidadores se encuentran en condiciones de atenderlas.
La negligencia puede ir desde no acompañar los procesos de desarrollo del niño (participar en reuniones de padres, mostrar interés por sus proyectos, faltas de controles de salud, entre otros) hasta no procurarle asistencia médica cuando lo necesite por creer que la gravedad del suceso no lo justifica.
Maltrato físico: cualquier acción intencional que cause daños físicos en el niño, ya sean visibles o no, tales como golpes, quemaduras, pellizcos, fracturas, entre otros.
Maltrato químico: atañe a la administración de sustancias con el fin de aquietar al niño, habitualmente son psicofármacos (del tipo de las benzodiacepinas).
Entre otros, el abuso sexual también es un forma de maltrato, el cual es el ejercicio abusivo de poder de un adulto hacia un niño para la satisfacción sexual de quien lo practica, en menoscabo y con desconocimiento de la voluntad del niño;
pudiendo ser de tipo no comercial o comercial.
Abuso sexual no comercial: es cualquier contacto o relación entre un niño o adolescente y un adulto, inducida por el adulto a efectos de satisfacer sus deseos sexuales. El abuso puede asentarse en la exposición de los genitales del niño o el adulto, el manoseo, la violación, entre otros. Para que el abuso sexual acontezca y se mantenga, existen por lo general mecanismos de extorsión y coerción por parte del adulto. En esta dinámica, el niño o el adolescente son colocados en un escenario de extrema vulnerabilidad, pues para que el abuso se mantenga y el abusador permanezca impune, son
amenazados con las consecuencias de un eventual relato de la situación y culpabilizados por la relación de abuso.
Abuso sexual comercial: También se conoce como explotación sexual. Se trata de la utilización de niños, niñas o adolescentes en actividades sexuales, eróticas o pornográficas para la satisfacción de los intereses o deseos de una persona o grupo de personas, a cambio de un pago o promesa de pago económico, para el niño o para una tercera persona (pp. 19-20).
Wekerle et al. (2007) plantea que debido a la preponderancia y monto de
angustia que padece el menor, el maltrato constituye una verdadera epidemia de salud pública, siendo asimismo un obstáculo para la promoción de la salud.
Ravazzola (1997) afirma que:
El abuso alude a una modalidad de trato que una persona ejerce sobre otra, con la característica de que la primera no advierte que produce daños, que van desde un malestar psíquico hasta lesiones físicas concretas. Quien ejerce abuso no aprende a regular, a escuchar y respetar mensajes de sí mismo y del otro, como son “no quiero”, “no va más”, ”solo hasta ahí”; o se encuentra en contextos en los que estos aprendizajes se les borran, se diluyen o pierden firmeza (p. 28).
La definición anterior sirve de nexo para comprender la relación entre las fugas del hogar y la violencia intrafamiliar.
2.3. Estilos educativos parentales.
Capano (2015) cita a Comellas (2003) quien plantea que al hablar de estilos educativos parentales, se hace hincapié en la manera de actuar, provenientes de determinados principios, y que identifica las respuestas que otorgan los adultos a los menores respecto a cualquier situación corriente, en lo que atañe a cómo actuar y la toma de decisiones.
El autor señala cuatro estilos, a saber: negligente, permisivo, autoritario y democrático.
El individuo que ha sido educado bajo un estilo negligente manifiesta gran diversidad de problemas académicos, emocionales y conductuales. Es un estilo caracterizado por carencias de afecto y guía, lo cual implica el acaecimiento de consecuencias terriblemente nefastas en el desarrollo de niños y adolescentes;
quienes presentan baja tolerancia a la frustración y es factible que exterioricen
conductas abusivas o delictivas. En este estilo hay una utilización preponderante del castigo físico hacia los hijos como disciplinamiento; además, se caracteriza por la ausencia de coherencia, un control e implicación casi inexistentes.
En lo atinente al estilo permisivo, los niños y adolescentes que son educados bajo este estilo presentan desobediencia, se les hace difícil interiorizarlos valores, padecen situaciones de violencia al interior de la familia. Además, el control de impulsos en estos jóvenes es prácticamente inexistente. Por otra parte, tienen problemas de conducta tales como el consumo de alcohol y sustancias.
Respecto al estilo autoritario, los problemas del joven se manifiestan en el plano emocional. Debido a la reprobación y la privación afectiva, estos adolescentes presentan una tendencia significativa al consumo desmedido de alcohol (Pons y Berjano, 1997, citados en Capano, 2015).
Dicho estilo no es favorable pues se caracteriza por el castigo físico, trayendo problemas de impulsividad y agresión de los niños en relación a sus pares (Arranz et al., 2004; Fuentes, 1999, citados en Capano, 2015).
Por otro lado, hay evidencia de que las experiencias vitales estresantes
constituyen una contribución significativa al desarrollo de problemas de salud física y mental en niños y jóvenes (Rutter, 1981, citado en Cusmile y Martinez, 1994).
El estrés puede ser conceptualizado como una relación particular entre la persona y su ambiente, la que es evaluada por ella como excediendo sus recursos y amenazando su bienestar (Lazarus & Folkman, 1984, citado en Cusmile y Martinez, 1994, p. 116).
El estrés se visualiza como un proceso dinámico y complejo el cual se halla afectado desde su génesis por un acumulado de antecedentes internos y externos, y por factores mediadores.
La teoría del estrés social (social stress theory) (Dohrenwend & Dohrenwend, 1974; Monroe & Paterman, 1988) brinda un marco conceptual que resulta de utilidad, el cual posibilita la individualización de factores y procesos que afrontan los
adolescentes y el ajuste social conexo. Dohrenwend (1978), ha planteado tres factores que favorecen el nivel general de estrés el cual es experimentado por la persona, a saber: estimulo estresor, fuerzas mediadoras externas y fuerzas mediadoras internas.
El grado de rigor del estrés que experimente el individuo va a estar determinado por la
duración y el ímpetu del estímulo estresor, y por los efectos mediadores de los factores externos e internos.
Tomando como referencia una investigación acerca de estresores psicosociales tempranos respecto de la vida de niños y procesos protectores del desarrollo,
Garmenezy (1983) y Rutter (1981) han documentado las secuelas psiquiátricas de una sucesión de estresores agudos, subrayan las propiedades inductoras del estrés así como las protectoras de este, que el contexto social posee.
En una revisión de varios estudios transculturales, Garmenezy (1983), entiende que hay tres factores que diferencian a los jóvenes que tienen una mayor resistencia de los más vulnerables. Tales factores son, a saber: disposiciones de personalidad aventajadas, entre ellas responsividad social y autonomía; medio familiar apoyador; y por último la presencia de apoyo social externo de un grupo de pares y personas adultas de la comunidad.
En la misma línea de pensamiento de Cusmille y Martinez, Wekerle (2007) señala que los malos tratos pueden perpetuarse a lo largo de la adolescencia, y debido al impulso característico de la adolescencia, se dirige a la reciprocidad y a la igualdad para concebir un sentido de separación del yo y de autoafirmación, para promover la conectividad con los demás, son esperables acrecentamientos de la conceptualización, de aceptación de riesgos y de adopción de perspectivas. Por si solo el maltrato en la adolescencia puede ser particularmente nocivo.
3 Las fugas
3.1 Las fugas como conductas de riesgo en la adolescencia
Le Breton (2003), plantea que aquello que el adolescente no halla en su hogar, como ser una orientación para existir, la convicción interior de que su vida tiene un valor y que posee un lugar en el mundo; lo va a buscar en otro lado de una forma apurada y perturbada. Según el autor, las conductas de riesgo tienen su raíz en un sentimiento ambiguo de vaciamiento del ser, de padecimiento indefinido. Este autor entiende que las conductas de riesgo se oponen al deseo de muerte, no se encuentran asociadas a maneras torpes de suicidio; muy por el contrario, son desvíos simbólicos con el fin de cerciorar que su existencia tiene valor y apartar todo lo que sea posible el miedo a la propia insignificancia personal. “Son ritos íntimos de elaboración de
sentido” (Le Breton, 2003, p. 30).
El autor considera que las conductas de riesgo son sobre todo conductas de prueba que no se repiten precisamente. Exteriorizan inicialmente una indagación lúdica del mundo cotidiano. Tales comportamientos aunque a veces acarrean consecuencias tremendas, no revelan todavía la radicalidad de las conductas de riesgo, son tentativas de autonomización en relación a los progenitores, una búsqueda de sensaciones, una forma habitual para los jóvenes de poner a prueba su margen de maniobra en la sociedad.
Para Le Bretón (2003) la integración a la sociedad por parte de la mayoría de jóvenes se efectúa sin grandes obstáculos, mientras que a otros no les es tan fácil.
Según el autor, por esta razón, las conductas de riesgo son vistas como una cifra alarmante; clasificando a las fugas como conductas de riesgo, así también la drogadicción y el alcoholismo, entre otras.
Para este autor, las conductas de riesgo constituyen formas ambivalentes de expresar un conflicto de ser, un padecimiento, y una forma de llamar la atención a las personas más próximas.
3.2 La fuga: un fenómeno complejo y multicausal.
Marcelli (2005) sostiene que entre los factores asociados a las fugas, se encuentran: un entorno familiar conflictivo, impregnado de violencia; y circunstancias de abuso sexual y/o maltratos físicos. Plantea que esta conducta constituye una manera de huida de cara a una tensión interna.
“La duda y la incertidumbre en cuanto a la propia identidad, que incita al
adolescente a vivir y sentirse en situación de partida, a buscar nuevas identificaciones que no puede encontrar donde vive” (Marcelli, 2005, p. 113).
El abandono por parte del joven del medio en que vivía constituye una de las representaciones más concretas de la ruptura del adolescente con su entorno familiar.
Entre las características de este fenómeno se tiene: a) se trata de conductas
consumadas; b) no constituyen por si mismas un delito; c) son conductas sociales de relevancia del adolescente; d) no se ubican ineludiblemente en un contexto
psicopatológico y e) se caracterizan por el paso del ámbito familiar al ámbito social (Marcelli, 2005, p. 109).
Tomás y Almenara (2007) sostienen que la palabra fuga proviene del verbo latín fugere, que señala la necesidad de distanciarse con el fin de escapar de un peligro, o bien para desaparecer, ocultarse o zafarse.
Marcelli (2005), considera a la fuga como una partida violenta, impulsiva, por lo corriente se efectúa en soledad, tiene una delimitación en el tiempo, comúnmente sin meta precisa y se suele llevar adelante en un ambiente de conflicto con la familia con la cual vive el adolescente. El autor sostiene que el acaecimiento de la fuga involucra el abandono del hogar familiar en el transcurso de la noche en general.
Contino (2015) cita a Krause (2005), quien sostiene que la “definición del problema” que logra construir un sujeto sobre lo que le sucede, es la manera en que éste es comprendido y explicado por el sujeto. La autora continúa diciendo que cuando se va arribando a una definición del problema más o menos explicativa, se va dando la
“construcción del problema”. Ésta es una construcción individual, subjetiva e intersubjetiva que ha tenido cabida en un proceso dinámico en el cual están involucrados aspectos socioculturales, valores, creencias, nivel socioeconómico, incidencia del nivel de educación logrado y la eficacia de las relaciones
interpersonales. Dicho proceso contiene causas e interrelaciones donde la
participación del pensamiento, es tanto el elemento explicativo como cognitivo, el cual se halla en compañía del elemento afectivo, que guía a la acción del sujeto.
Contino (2015), plantea que la “percepción de inicio del problema” va
invariablemente de la mano del componente afectivo y/o emocional. Ante el problema tiene cabida una serie de movimientos por parte del sujeto y/o de su entorno con el fin de conducir a otra categoría denominada “Resolución del problema”.
La autora afirma que la presencia de determinados acontecimientos, situaciones críticas, acciones y actitudes de otros, aparecen como precipitantes o
desencadenantes del problema. A su vez plantea citando a Krause (2005) que los anteriores acrecientan el ambiente conflictivo familiar y la carga emocional inherente a éstos, alcanza el límite de los mecanismos para afrontarlos.
La autora sostiene que determinadas condiciones de orden afectivo como ser confusión incomodidad, desprecio, ansiedad/angustia, desconfianza, envidia, rabia, enojo, aburrimiento, cansancio, culpa, celos, tristeza, soledad, depresión, dolor y miedo; conforman la estructura para que las acciones de los adolescentes vayan más en la línea de intentar brindar respuesta a lo que les sucede desde conductas más pasivas como permanecer en silencio frente a los problemas, a aquellas fomentadas
como activas. Según Contino (2015), las acciones efectuadas por los adolescentes como para ser capaz de remediar el problema sin hacer uso de recursos sociales, se despliegan en la línea de la huida o fuga del ámbito familiar, evitación del contacto, entre otros.
Tomás y Almenara (2007, 2008) plantean que la fuga se presenta habitualmente a modo de una ruptura corrientemente feroz. Por lo general se registran en ella cinco aspectos clínicos que la definen, a saber: 1) la presencia de pulsión psicomotriz, 2) la existencia de una acción impulsiva, 3) que exista una intencionalidad, 4) que haya interacción, 5) que haya una discontinuidad en la vida social del individuo.
Ocurre en un escenario de crisis, en especial, con mucha más frecuencia en el niño o el adolescente.
Los cinco factores mencionados anteriormente harán posible averiguar que motivación tuvo parte en tal conducta y va a arrojar luz sobre el estado de conciencia de dicho comportamiento motriz, que hace que el adolescente abandone de manera más o menos duradera su hogar.
Tomás y Almenara (2007-2008), señalan que a pesar de que la mayoría de estos adolescentes pertenecen a grupos sociales que se encuentran en zonas marginales, que tienen un nivel socioeconómico bajo, existe entre ellos otro grupo de chicos que poseen un origen diverso y de situación social diferente.
Otra mirada sobre la temática en cuestión que tienen los autores, es que también consideran la fuga como un trastorno de conducta. La fuga es vista como una
exteriorización tradicional de diversos cuadros de la patología mental. A modo de ejemplo: personas que padecen esquizofrenia, epilepsia, demencia, entre otras;
continúan siendo similares a las descritas por la clínica clásica.
Estos autores señalan además que la fuga es catalogada como una conducta de respuesta frente a una crisis; tal es el caso de la fuga del adolescente.
Tomás y Almenara (2007-2008), plantean que la familia antes tenía
conocimiento de la existencia de anomalías de comunicación intergeneracionales, conflictos que están en conexión con el modelo educativo, negativas a los mandatos parentales, con más o menos facilidades hasta lograr una autonomía psicológica, económica y/o sexual completa. Los cambios sociales, las modificaciones
generacionales, la problemática socioeconómica es fuente de una mayor viabilidad de
fugas de los jóvenes, en la actualidad, como si fuera enteramente un síntoma, ni tampoco como si fuera únicamente el desenlace como reacción a una estructura social y familiar. Sostienen que una fuga, no se considera un comportamiento delictivo ni necesariamente implica una valoración negativa desde un punto de vista social. Es una conducta de acción de voluntad de transformación y modificación de las interacciones a las cuales está sujeta.
Aparte de esto, considerando la fuga como resultado de conflictos familiares de menor gravedad, tomando los planteos de R. de Fernández (1995) señala que la explicación que brinda el “fugado”, en un primer momento, en lo atinente a su huida resulta burda. Tales razones no son las que desencadenan el acto de huir, las
verdaderas, habitualmente se relacionan con una educación muy rigurosa o permisiva en demasía. La autora menciona carencias en lo afectivo, discrepancias matrimoniales de los progenitores, aversión por la segunda pareja de uno de los padres, una mala influencia del contexto, y discriminación injusta de los progenitores respecto a los otros hermanos. Hace una diferenciación entre dos tipos de escapadas: en primer lugar, las que tienen cabida en la adolescencia inicial, las cuales satisfacen usualmente una decisión espontanea, en estas no hay premeditación ni se piensa acerca de las consecuencias, destacándose su escasa duración debido al hecho de que el
adolescente no tiene a donde ir ni como sustentarse. En segundo lugar, lo que incita una fuga es la búsqueda de lo novedoso, lo desconocido o sino la influencia nociva de otros individuos, ya sea un adulto o la de otro adolescente que se ha fugado.
Gordillo (2014), por su parte sostiene que cuando un adolescente sale de su hogar, tomando la decisión aparentemente por propia voluntad, hay con frecuencia detrás de ello una realidad conflictiva, complicada y que trae aparejada mucho dolor, en el entorno intrafamiliar que incita al adolescente a ir en busca de una manera de huir y ausentarse del hogar como una salida que está al límite de un sentimiento desbordado y hostil.
Algunas de las situaciones por las cuales los adolescentes se van de su hogar pueden ser por maltrato, abandono físico y emocional, falta de escucha y contención, abuso de autoridad de los padres, pudiendo llegar hasta abuso sexual por parte de algún miembro de la familia.
Por otra parte, Aranchuk (2013), establece que la fuga del hogar es una acción llevada a cabo sin mediar previamente reflexión respecto del adolescente que procede siguiendo un impulso. En una amplia mayoría de las situaciones de fuga, los
adolescentes revelan que tuvieron ese comportamiento por una travesura o por un suceso que está relacionado con la desobediencia.
La autora sostiene que el adolescente piensa que se va a encontrar mejor lejos de su hogar, pero fuera de éste existe un sin número de peligros tales como la trata de personas y las drogas.
Asimismo de esta manera:
Cuando un chico se fuga hace un acting, que es una acción sin reflexionar y también, en algunos casos, es una acción de defensa de algo. Porque siempre cuando no encontramos soluciones, tendemos a huir y por eso los chicos se van del hogar.
Cuando hay maltrato o abuso, la solución es irse salir de ese conflicto para buscar un bienestar que no encuentran en su casa (Aranchuk, 2013, s/p).
4 La prevención
Marcelli (2005), sostiene que según las encuestas llevadas a cabo en la población adolescente, se hace hincapié en la frecuencia de manifestaciones sintomáticas, vayan estas en la línea de lo somático, como ser cefalea, quejas
hipocondríacas, fatiga, trastornos del sueño, entre otros; de índole afectiva tales como crisis de llanto, tristeza, ideas de muerte; de tipo comportamental como ser
introversión, impulsividad, fuga; o de tipo social como ser robo, disminución en el rendimiento académico. Asimismo, las entrevistas con adolescentes suelen revelar signos de ansiedad, percepción negativa de sí mismo y de su familia, y malestar.
El autor plantea que todas estas pruebas pueden converger en dos
desproporciones contrapuestas y similarmente infortunadas; por un lado el acumulado de problemas puede llevar a tomar una actitud pasiva, a su vez enlentecer y dificultar todo proceso. En este caso se estaría haciendo referencia a una “crisis de la
adolescencia”, para cuya solución sería necesario tener paciencia y dejar que el tiempo transcurra. Marcelli (2005), por otro lado, plantea que hay riesgos asociados a una intervención inmediata al percibir el primer signo de malestar en el adolescente y de la programación de estrategias terapéuticas relevantes respecto a conductas mínimas; a modo de ejemplo la interpretación de una disminución en el rendimiento académico como un fracaso que amerita una psicoterapia. El pronunciar la necesidad de una terapia y la propuesta de estrategias terapéuticas complicadas para
manifestaciones que podrían ser temporales, podrían ser pasibles de acrecentar la
angustia del adolescente y tener inclusive un efecto adverso, estimulando a este hacia una identificación negativa con la patología que se le había investido.
Según este autor es incuestionable que hay un sin número de responsabilidades a las que hay que ajustarse en el ámbito de la “prevención” en la adolescencia, siendo preciso de esta manera avanzar por un camino muy angosto entre el peligro de
intervenir en exceso y el peligro de no reaccionar lo suficiente.
Marcelli (2005), establece que se denomina prevención al acumulado de
medidas o acciones atinentes al individuo, pasibles de frenar la aparición de un estado patológico ulterior y de mitigar el ímpetu y las consecuencias de éste. Es común diferenciar entre las siguientes clases de prevención:
• Prevención primaria: reside en toda acción llevada adelante en el entorno y/o el individuo con el fin de frenar la aparición de los trastornos.
• Prevención secundaria: abarca tanto la detección temprana de los posibles trastornos incipientes para impedir que se estructuren según una modalidad patológica como las acciones efectuadas sobre el individuo o su entorno para hacer desaparecer o para mitigar este tipo de trastornos.
• Prevención terciaria: consiste en toda acción llevada a cabo con el objetivo de contrarrestar los trastornos ya establecidos y evitar de esta forma la aparición de secuelas ,la recaída o la constitución de complicaciones secundarias o la concreción en una patología fija y crónica. (Marcelli, 2005, p. 594).
4.1 Parentalidad positiva
Al hablar de parentalidad positiva se hace referencia al comportamiento de los padres sustentado en el interés superior del niño (Asamblea General de la Naciones Unidas, 1989, citado en Capano, 2015); desde el cual se promueve la atención, el desarrollo de sus capacidades, el ejercicio de la no violencia, ofeciendo la orientación necesaria y reconocimiento sin dejar de incluir la puesta de límites que permitan el pleno desarrollo del niño y el adolescente (Rodrigo et al., 2010; Save the Children, 2011, citados en Capano, 2015).
El apoyo adecuado no se da necesariamente a través de un espacio terapéutico, sino que puede tener una finalidad preventiva, formativa y de promoción del desarrollo
de los miembros de la familia (Rodrigo et al., 2010; Martinez Gonzalez Y Bacedóniz, 2009, citados en Capano, 2015).
En el escenario actual, la dificultad principal a la que son enfrentados los adultos de referencia, al momento de relacionarse con sus hijos e hijas y de pretender ejecutar las funciones parentales es de qué forma educar a sus hijos dejando de lado ciertos estilos educativos por haber resultado inadecuados, a saber: autoritario, negligente y permisivo (Baunrind, 1996; Maccoby y Martin, 1983, citados en Capano, 2015).
Por otra parte, Capano (2015) cita a Barud y Dantagman (2010) quienes sostienen que la función parental debe propiciar la satisfacción de las necesidades a nivel cognitivo, emocional y sociocultural de los hijos, las cuales surgen a lo largo del desarrollo del individuo, por ello, se requiere de capacidad de adaptación y flexibilidad para su consecución.
El autor indica que en un estudio llevado a cabo por Pinheiro (2007) se plantea que no existe violencia perpetrada contra niños y niñas la cual no se pueda prevenir.
En tal sentido, el ejercicio de la parentalidad positiva lleva al funcionamiento respetuoso alejado del castigo físico o de cualquier tipo de violencia.
Capano (2015) sostiene que el estilo educativo democrático está caracterizado por la educación de los hijos desde el afecto, fomentan a que tengan una mejor adaptación y a una menor propensión a experimentar frustración e ira o presentar agresión. Este estilo impacta de manera significativamente positiva en el desarrollo psicológico de los niños, quienes manifiestan un estado emocional estable y alegre (Arranz et al., 2004, citados en Capano 2015).
Existen algunos principios en lo que atañe a la parentalidad positiva (Rodrigo et al., 2010, citados en Capano, 2015, pp. 89,90), a saber:
Vínculos afectivos cálidos: Funcionan como barrera de protección, perduran en el tiempo, promueven aceptación y sentimientos positivos.
Entorno estructurado: Un entorno estable y seguro le ofrece al niño orientación y guía para el aprendizaje de normas y valeres.
Estimulación y apoyo: Es primordial en lo atinente al crecimiento de los niños para lograr motivación y desarrollo de sus potencialidades.
Reconocimiento: Resulta fundamental que los padres sean comprensivos con sus hijos, con el fin de sentirse valorados y escuchados.
Educación sin violencia. Evitar radicalmente todo tipo de castigo físico o psicológico. De esta forma se elimina la posibilidad de que los hijos imiten modelos de interacción inadecuados, degradantes y violatorios de sus derechos y que puedan ser reiterados en relaciones futuras.
5 Reflexiones finales
Luego de haber realizado un recorrido por este trabajo, y profundizar en los distintos aspectos del mismo se pueden desprender varias reflexiones. En primer lugar, recalcar que los puntos que fueron abordados son una posible mirada de las fugas del hogar llevadas a cabo por los adolescentes; y que sin vacilación puede haber otras lecturas de dicho fenómeno. La temática de fugas se considera un
fenómeno que no puede ser explicado por una sola variable, por tanto resulta complejo y multicausal al mismo tiempo.
Los factores que pueden provocar una fuga son múltiples, a saber: por un desacuerdo con los padres, porque les ponen límites que el adolescente considera exagerados, por una enfermedad mental como la esquizofrenia, por ser víctimas o testigos de violencia o maltrato en el hogar, entre otros.
Como fue posible ver en esta monografía, se optó por considerar solo unos pocos aspectos por los cuales se puede dar una fuga en el adolescente; y se hizo hincapié en la relación de las fugas del hogar con la violencia intrafamiliar y los malos tratos que el niño o el adolescente vive en el hogar, lo cual se tomó como eje
articulador de dicho trabajo.
Le Breton (2003), considera que las fugas del hogar pueden ser concebidas como potenciales conductas de riesgo. Sin embargo, Marcelli (2005) y Gordillo (2014), concuerdan que la fuga está íntimamente relacionada con realidades conflictivas dolorosas vividas en el hogar del adolescente en cuestión.
A su vez, en el trabajo se hace mención al hecho de que cuando una fuga tiene lugar, por detrás hay un acto impulsivo por parte del adolescente que la materializa.
La adolescencia es una etapa propicia para que tengan cabida esta clase de fenómenos como las fugas del hogar debido a que el adolescente se encuentra vulnerable, tiene incertidumbre y duda en lo concerniente a la propia identidad.
Presenta dificultades en cuanto al control de impulsos, y además una tendencia a pasar al acto; piensa que nadie entiende lo que le pasa; y por sobre todo esto si vive situaciones de violencia y maltrato en el seno de su hogar, debido a la impulsividad inherente a dicha etapa, esta situación de crisis se potencia.
Es preciso reafirmar que cuando un adolescente se fuga del hogar siempre hace un acting, debido a la impulsividad inherente a la adolescencia, lo cual implica que no toma en cuenta las posibles consecuencias de ese accionar; esto estaría inscripto
dentro de la “crisis normal de la adolescencia”. Lleva a cabo dicha conducta como una forma de afirmar su lugar en el mundo, estas conductas de riesgo son como tentativas para buscar su propia autonomía y poner a prueba hasta donde son capaces de llegar.
En cambio, cuando una fuga es el resultado de violencia y maltrato por parte de familiares, como ciertos autores mencionados en el trabajo lo establecieron, lo hace como una manera de escaparse de un conflicto, de resolver los problemas; en este caso la fuga es concebida también como conducta de riesgo, y como una manera de decir “no aguanto más”, “esto me superó”,” en cualquier lado voy a estar mejor que en mi casa”.
Es preciso subrayar que muchas veces el maltrato perpetrado por uno o ambos padres hacia sus hijos o incluso por otro familiar cercano, comienzan en la niñez y se extienden hasta la adolescencia.
Como fue posible apreciar en el trabajo un sin número de casos de fugas del hogar que han tenido lugar, tanto a nivel regional como internacional, respecto de las cuales se cuentan con estadísticas, se puede pensar que quizá la mayoría de ellas, estarían en vinculación con maltrato y violencia. Resulta necesario señalar que no todos los adolescentes se fugan.
Es importante destacar que el dialogo entre el adolescente y su familia es de gran relevancia, en aprender a respetar por parte de los padres los silencios que puedan surgir del adolescente, y tener una escucha atenta cuando este decide contar lo que le sucede, lo que siente.
Para finalizar, se podría concluir primeramente, que los profesionales de la salud deberían hacer énfasis en la prevención, con el fin de evitar conductas no deseadas en niños y adolescentes, pero con cautela, viendo cada caso en particular.
Además, en casos de situaciones de violencia, es preciso tender redes de sostén, identificar la parte “sana ”de la familia del adolescente en cuestión, si la hay; y separarla de la parte ”enferma”, es decir, identificar que familiares son violentos y quienes apoyadores, en caso que no haya familiares que puedan prestar ayuda, que personas cercanas al adolescente es conveniente tomar en cuenta, con los cuales el niño o el adolescente puede contar con el fin de salir de esa realidad dolorosa.
En segundo lugar, se puede decir que para evitar las fugas del hogar en adolescentes, ya sea que sean realizadas como conductas de riesgo o tengan su origen en situaciones de maltrato y violencia intrafamiliar, lo que se ha dado en llamar
parentalidad positiva tiene un papel decisivo. O sea, si el niño o adolescente se siente contenido por sus padres, si es estimulado y apoyado, si se le brinda una educación prescindiendo de toda clase de castigo físico o psicológico, se va a tener como resultado un niño o adolescente feliz que tiene el camino abierto para el pleno desarrollo de sus potencialidades.
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