Los alcances éticos del pensamiento científico contemporáneo y el papel de la universidad en la llamada sociedad del conocimiento – Revista El Topo - Sociología Cultural y Urbana ISSN: 0719-3335

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Texto completo

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Revista Eltopo. No.9. 2018 : (pp.82 - 105) ISSN:0719-3335

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Revista Eltopo. No.8. 2017 ISSN:0719-3335

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Resumen

El texto se inscribe como reflexión sobre el impacto ético que pueden tener los desarrollos científicos contemporáneos en torno a la realidad y las reflexiones me-todológicas del postpositivismo en las ciencias sociales para la incipiente narrativa enfocada en los derechos como instancia de inclusión y pluralidad en la organiza-ción y regulaorganiza-ción de las relaciones sociales hoy en día. Esta reflexión, además, se inserta en una sobre el papel de las universidades, en específico las latinoamerica-nas, en la llamada sociedad del conocimiento como articuladoras del pensamiento científico y el ethos civilizatorio que exigen las sociedades contemporáneas.

Palabras Claves:

Sociedad del conocimiento, ciencia, postpositivismo, realidad, universidad.

Abstract

The text is inscribed as a reflection on the ethical impact that contemporary scien-tific developments can have on the reality and the methodological reflections of the postpositivism in the social sciences for the incipient narrative focused on the rights as an instance of inclusion and plurality in the organization and regulation of social relations today. This reflection, moreover, is inserted in one on the role of the uni-versities, in particular the Latin American ones, in the call society of the knowledge as articulators of the scientific thought and the civilizational ethos demanded by the contemporary societies.

Keywords:

Knowledge society, science, postpositivism, reality, university.

(1) | Vivian Romeu

Es profesora e investigadora del departa-mento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, México. Doctora en Comunicación por la Universidad de La Habana y miembro del Sistema Nacional de Investigadores nivel II. Sus áreas de trabajo son la ontología de la comunicación, la semiótica, el arte y la interculturalidad. Email: vromeu.romeu@ gmail.com / vivian.romeu@ibero.mx

Los alcances éticos del pensamiento científico

contemporáneo y el papel de la universidad en la

llamada sociedad del conococimiento

Vivian Romeu 1

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INTRODUCCIÓN

Sociedad del conocimiento es un término ampliamente utilizado, general-mente asociado también al concepto de información y la sociedad en red. Buscando entender las transformaciones sociales a partir de las dos últi-mas décadas del siglo pasado, el concepto de sociedad del conocimien-to tiene también, como afirma Krüger (2006), la capacidad para pensar y orientar desde una perspectiva normativa, la acción política. La apuesta centroeuropea al respecto guarda relación con la sustitución del trabajo por el conocimiento y su impacto en el desarrollo social y económico de las sociedades, pero en América Latina, la terrible asimetría y desigualdad de todo tipo en nuestras sociedades, hace de esta sustitución prácticamente una ilusión. Por eso el mundo postrabajo del futuro (Srnicek y Williams, 2017), estrechamente relacionado con lo anterior, nos resulta a los latinoa-mericanos una metáfora.

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Krüger, esta conceptualización tan extendida y utilizada, poco ha aportado al entendimiento de cómo el conocimiento contribuye con todo ello, aspecto que aquí se pretende subsanar desde el entendimiento más reciente en torno al conocimiento científico.

Al respecto, se ha ofrecido una mirada sutilmente diferenciadora del con-cepto sociedad del conocimiento vinculada a las TIC´s y al aprovechamiento de éstas en la formación y difusión del conocimiento, lo que involucra a las universidades desde su concepción como centros de formación científica en la tarea de gestión y el trabajo del conocimiento. Esto estrecha la nece-sidad de definir lo que el conocimiento científico es, para poder determinar con claridad su impacto en las formas de vida, incluyendo las productivas, desde el punto de vista social, cultural y político en las sociedades actuales. Con ello se resume la pregunta por el conocimiento científico en torno a su capacidad de acción social, la cual tiene a su vera diversas variantes de reflexión, y una de ellas –quizá la más importante desde nuestro punto de vista- es la que se articula alrededor del concepto de verdad, en tanto en ésta se soporta toda la tradición científica.

Desde el punto de vista social, este concepto de verdad empata con la idea de un decrecimiento en torno al interés por las estructuras normativas tra-dicionales del conocimiento en aras de la emergencia de un conocimiento más plural e incluyente que posibilita escuchar y valorar las voces de los otros, sobre todo los otros no expertos, que también conocen verdadera-mente. Aunque esto sin dudas es un elemento de transformación cultural de fondo que de alguna manera establece una impronta innovadora y creativa en la sociedad, creemos que hay que pensar que asocia también a ello una especie de relativismo en el conocimiento científico que diluye el criterio de verdad (sobre todo éste que campea desde el objetivismo rampante y, diría-mos también, ingenuo, que caracteriza a buena parte de las ciencias en la actualidad, sobre todo de las llamadas ciencias ‘duras’), aumentando pro-porcionalmente las zonas de incertidumbre y por tanto el no-conocimiento, como lo llamara Stehr (citado en Krüger)2.

Esta paradoja fundamental revela la intríngulis misma de los retos del al-cance de la sociedad del conocimiento alrededor del fenómeno de la incer-tidumbre, un fenómeno que ha emergido contemporáneamente agudizando (2) | Stehr habla del no-conocimiento como oposición

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la brecha de compresión en torno al necesario imperativo de la integración del quehacer científico, por más cercanos que nos parezcan hoy en día los términos multi, pluri, inter y transdisciplinarios. Y es que el procesamiento de la incertidumbre ha sido una tarea de la ciencia desde sus inicios a partir de la pretensión objetivista que encierra el concepto de verdad.

Las Ciencias Sociales, que es básicamente desde donde hablará este tex-to, han optado por contraponerse a ello por medio de la reivindicación del aspecto subjetivo del conocimiento. Sin embargo, aunque los esfuerzos realizados no han sido pocos (de hecho, nos han permitido comprender el mundo desde un nivel de comprensión también objetivo, aunque a nivel micro, y por tanto cambiante), esta idea ha hecho del subjetivismo –como también se registra desde el objetivismo de las ciencias naturales- un plan-teamiento excluyente. Se trata al final de cuentas de concepciones monis-tas que, como refiere acertadamente Jonas (2017), no sólo optan por sepa-rar teórica y metodológicamente la mente del cuerpo, o lo que es lo mismo: la psique de la materia, sino que desde ello perfilan entre sí epistemologías distintas y también contrapuestas.

La postura postpositivista, centrada en una especie de reunión de ambas epistemes y axiologías, ha desviado la atención desde los años 90 ha-cia una posición intermedia, reevaluando y flexibilizando los conceptos de realismo y objetividad vs subjetividad y percepción, hermenéutica vs empi-rismo experimental, predicción y control vs comprensión, cuya pretensión dialógica ha logrado permear a las Ciencias Sociales.

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–específicamente de las Ciencias Sociales, y su camino necesario hacia la integración con las ciencias naturales (y viceversa)- desde la perspectiva de un ethos civilizatorio que nos parece embona perfectamente con las transformaciones sociales contemporáneas, sobre todo las vinculadas a las formas y contenidos de relación y organización social en las sociedades actuales.

Para hacer más comprensible nuestra exposición, ésta está estructurada en dos grandes partes. La primera de estas partes busca resaltar el valor de la ciencia y el conocimiento derivado de ella para la sociedad. Desde ello, intentaremos dar respuesta a la pregunta sobre el conocimiento científico en términos de qué es y para qué sirve, haciendo énfasis en la relevancia que adquiere ante los retos sociales y culturales en la sociedad del conoci-miento, y la impronta individualista y relativista amparada desde los proce-sos de globalización y democratización que ha promovido paradójicamen-te ideales de libertad y transparencia. Esto permitirá conducir la reflexión hacia el papel de la universidad como formadora y gestora de científicos y desarrollos más novedosos de la ciencia, así como su responsabilidad en la formación de una nueva subjetividad civilizatoria en esta nueva encrucijada de la sociedad del conocimiento. Al final, en las conclusiones, se sintetizará lo aquí dicho al interior de una reflexión sobre la convergencia entre las condiciones estructurales del estado actual de la ciencia contemporánea y las condiciones subjetivas del estado del pensar colectivo en el presente, con el objetivo de esbozar un trazo en la reflexión sobre el camino que, en nuestra opinión, deben tomar la ciencia y la universidad hoy para inaugurar una episteme de nuevo tipo y contribuir así con una comprensión amplia de su capacidad de acción social.

Ciencia y conocimiento científico: desde la Antigüedad

hasta la sociedad del conocimiento

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de la Antigüedad y la tortuosa búsqueda de la verdad que, a grandes ras-gos, ha constituido la base de estos desarrollos en un intento por hacer co-rresponder la rigurosidad de la metodología científica con una concepción de realidad, desde donde se asumió que ésta tenía sus propias reglas de orden. Desde este paradigma, la tarea de la ciencia consistió en descubrir dichas leyes o reglas para comprender el orden que conformaba, sobre todo en estos primeros tiempos de origen, la naturaleza.

Esta episteme objetivista de la ciencia fue durante mucho tiempo la que preconizó el pensamiento científico de avanzada, e hizo de la ciencia mis-ma un ámbito de sumis-ma importancia para el devenir de la civilización humis-ma- huma-na pues en su base se hallaba incrustada la idea de que sólo conociendo lo que hay en la realidad podíamos los seres humanos controlarla, y eventual-mente transformarla en nuestro propio beneficio como especie. El método de conocimiento al amparo de esta postura fue el de la experimentación, aunque hay que decir que esto llegó algo más tarde, de la mano de Galileo a fines del siglo XVI en la Europa renacentista, gracias a los procesos de secularización que terminaron por sustituir la narrativa religiosa creacionis-ta, por la que luego se decantó como propiamente científica. Así, como se puede apreciar, por medio de la ciencia se trató de ofrecer certidumbre so-bre aquello que quedaba fuera del ser humano: la realidad3; de ahí el ad-venimiento del método experimental en las ciencias de la naturaleza como la física, la biología, la química, entre otras (aún no aparecían como tal las ciencias sociales) como método por excelencia para descubrir el orden causal de la naturaleza y en aras de predecir su comportamiento, poder, humanamente, proyectar el futuro.

Pero este método hizo crisis en las ciencias sociales, es decir, cuando hubo que dar respuesta a la realidad social; aunque en sus inicios, de la mano de Comte y luego de la del primer Durkheim, principalmente, se buscó encon-trar las regularidades o constantes de la organización de la sociedad. La realidad social sin embargo pareció inaprehensible y desafiando el experi-mentalismo se abocó a otras formas de medición de la misma. Se inauguró así la época del cuantitativismo a través de los métodos de análisis esta-dísticos, donde lo cuantitativo se fraguó como instancia de objetividad cien-tífica, dando paso al positivismo a mediados y finales del siglo XIX, sobre

(3)| Al respecto hay que señalar que la ciencia, como

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todo en la sociología. El conocimiento científico devino así conocimiento de la verdad fincada en esas regularidades del comportamiento de lo social. Pero con Nietzche, Marx y Freud, el conocimiento de la verdad como ver-dad se vino abajo. Los llamados filósofos de la sospecha, cada uno en su ámbito, sospecharon; sembrando a su paso una estela de incertidumbres que posibilitó la emergencia de una verdad no tan monolítica como se pen-saba antes. Eran los albores del siglo XX, y de conjunto con la física cuán-tica inaugurada por Einstein, la verdad dejó de plantearse con mayúsculas. A ello contribuyó de manera decisiva la antropología, pero también la nueva historia, la nueva lingüística de Ferdinand de Saussure, la nueva filoso-fía con el segundo Wittgenstein y específicamente el pensamiento puntero –tremendamente olvidado hasta hace algunos años y generalmente mal entendido de Charles Peirce-, entre otros intelectuales. En particular, para las Ciencias Sociales, fue el pensamiento de Weber, y también de otro “olvi-dado” y mal comprendido (incluso por muchos sociólogos), George Simmel, quienes junto a Norbert Elías, sentaron las bases para una nueva episte-mología de lo social, estrechamente vinculada a los procesos históricos y también psicológicos.

Pero la psicología tomó su propio camino y al amparo del psicoanálisis freudiano, convocó a la cultura como un nuevo monolito explicativo de lo social e incluso de lo humano mismo. Mención aparte merecen Jung y La-can por sus aportaciones puntuales respecto a la estructura psicológica del sujeto en este último, y los procesos innatos de representación y emoción del primero. Sin embargo, Lacan en su jerga prácticamente insondable y Jung con su vanguardista teoría de los arquetipos hicieron poca mella en el grueso de las ciencias sociales, que se enfocaron más bien a la teoría psi-coanalítica de Freud que les proporcionaba un nuevo pretexto para pensar la diversidad humana y la multiplicidad de sus formas de hacer y pensar: la cultura. La antropología simbólica gestada por Geertz hizo mancuerna con la centralidad de este planteamiento y el enfoque cualitativista en las cien-cias sociales, de profunda raíz hermenéutica, se impuso como óptimo para comprender la organización social en todas sus formas y tipos.

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comprender-la en su sentido más amplio. El paradigma objetivista se despcomprender-lazó en comprender-las ciencias sociales casi del todo al subjetivista, contribuyendo a fragmentar la comprensión de la sociedad4 . No obstante, desde la última década del siglo XX, las Ciencias Sociales, sobre todo las de mayor tradición, como la sociología, comenzaron a gestionar su inserción en un nuevo paradigma de investigación: el llamado postpositivismo, que convencido de la imposibili-dad de aprehender la realiimposibili-dad imposibili-dada la naturaleza humana del conocimiento científico (pero no solo), terminó por reivindicar el papel de la ciencia como instancia institucional de predicción y control de la realidad física, social y simbólica, postulando simultáneamente las limitaciones de la percepción humana para acceder a ella y por tanto para construir conocimiento obje-tivo (Benito, 2011). Esto, como se puede notar, embona muy bien con los postulados más recientes de la física cuántica: los universos paralelos y el llamado multiverso, las partículas elementales, las radiaciones, la materia negra, etc. (Roveli, 2015)5.

Aunque esta descripción más o menos apurada excluye algunas visiones (sobre todo los intersticios en los enfoques científicos) de la ciencia social misma, nos parece que sirve para poner en blanco y negro, al menos, el estado de las epistemes monistas que constituyen las llamadas ciencias naturales y las sociales por separado, desde donde, en particular esta úl-tima, comenzó a ser percibida como débil. Esa es la razón por la que aquí ponemos énfasis en la relevancia del postpositivismo para el desarrollo ac-tual de la ciencia, en la medida en que posibilita el diálogo más equitativo entre las ciencias naturales y sociales.

Si bien esta episteme no puede resumirse como la reunión o síntesis de los enfoques positivistas y hermenéuticos, no es menos cierto que sus aporta-ciones epistemológicas han permitido dejar en claro que su mirada sobre la realidad parte de reconocer su existencia. Con ello se evita un posicio-namiento solipsista por el que tanto se ha criticado a Descartes en primer lugar, a los empiristas y más contemporáneamente a las teorías construc-tivistas pues postular la existencia de la realidad resulta fundamental para entender, como lo hacían los objetivistas, que hay algo allende lo humano con lo que además interactuamos perceptualmente y a partir de lo cual creamos conocimiento. En ese sentido, sin negar la realidad, el

postpositi-(4) | A partir de esto en las ciencias sociales se instaló la idea de que las diferencias culturales eran la expli-cación a casi todos los hechos humanos, y también se banalizó al positivismo en su pretensión de predecir y controlar la realidad social.

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vismo pone el acento más bien en nuestro acceso a ella, siempre mediado por el pensamiento pero sobre todo por nuestro aparato perceptor6.

Lo anterior implica que la realidad existente no puede ser totalmente apre-hensible por el ser humano pues el saber que podemos desplegar, vinculado a la naturaleza del conocimiento que podemos construir, son caras de una misma moneda7. Así, las certezas científicas se convierten en el fruto de mediciones aproximativas que conocemos gracias al pensamiento matemá-tico como probabilidad, matizando la idea misma de verdad. Como sugirió acertadamente Facundo González en una charla privada, la probabilidad es el escenario de las frecuencias: a mayor frecuencia de ocurrencia más pro-babilidad de que sea cierto, y a la inversa. Por eso, el conocimiento científico se instala desde la mirada postpositivista como un conocimiento probable, movible, inexacto, refutable, y en ese sentido, como señalara Popper, falsa-ble necesariamente, pues el conocimiento todo, incluido el científico, no es más que una forma provisional de entender la realidad que nos circunda, y en función de lo anterior, una herramienta de la sobrevivencia.

Esta es la razón por la que para nosotros hablar del conocimiento científico como ideal aspiracional de la ciencia implica pensar en las formas de interlo-cución con la realidad desde una perspectiva sui géneris, como la nombrara Maturana (2015), que busca sistematizar nuestras percepciones sobre ella para intentar comprenderla y, desde ahí, también, intentar comprendernos a nosotros mismos de la manera más certera posible que conocemos y que nos ha funcionado como motor de civilización (salvo los innombrables ho-rrores a su vera cometidos) y sobrevivencia: la reducción de incertidumbre por medio de un esquema mental de tipo lógico, basado en argumentos congruentes que permitan visibilizar la correspondencia entre el argumento lógico de la ciencia y lo que se percibe como realidad8 .

Nada nuevo con respecto a los antiguos humanos, aunque sí más sofistica-do y con una impronta crítica necesaria, creemos, en las condiciones socio-históricas actuales del pensamiento social ya que al construir modelos de realidad, el conocimiento todo, pero el particular el científico –que es el que aquí nos ocupa- construye también discursos; narrativas que a nivel de la superestructura marxiana gestan ideologías9. En ese sentido, la lógica de

(6) | Esto nos parece sumamente rescatable del

postpositivismo pues, sin pretenderlo, también alcan-za a disociar el nominalismo tan afín a las posturas culturalistas para entender y explicar la realidad, in-augurando una nueva mirada sobre la realidad social, incluso más allá del lenguaje, o al menos del lenguaje como normalmente lo entendemos; nos referimos con-cretamente a una visión del lenguaje como conjunto de signos que sirven para comunicar que es como lo conocemos mayormente. Esto coincide con las re-flexiones en el campo del lenguaje que se ha realizado desde la filosofía, sobre todo desde las aportaciones de Von Humboldt, para quien el lenguaje es entendido como representación tanto a nivel individual como so-cial, aunque debemos reconocer que esta acepción, lamentablemente, no ha calado aun a profundidad en las Ciencias Sociales. Desde el campo académico sobre la comunicación donde la autora de este texto se inserta, está discusión sobre el lenguaje ni siquiera está planteada, reduciendo así el alcanza antino-minalista de las posturas postpositivistas. Para una consulta de las posiciones de la autora al respecto, se puede revisar el texto Elproblema del entendiemiento en el lenguaje y la comunicación: reflexiones desde un enfoque biofenomenológico, en revista DIXIT 27, julio-diciembre 2017, 28-41.

(7) | Esto no es nada nuevo, la fórmula kantiana

su-jeto-objeto, e incluso el pensamiento cartesiano, hace de la realidad una construcción humana, cosa que el postpositivismo también defiende.

(8) | Hay que recordar que lo que entendemos por

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producción, distribución, circulación y consumo del conocimiento científico y técnico en la que se fundan las visiones más optimistas de la sociedad del conocimiento –poco aplicable plenamente en nuestros contextos latinoa-mericanos (que es desde donde escribimos)10 -, hay que entenderla más bien inserta en las instancias simbólicas que configuran el conocimiento social sobre la realidad generando a su vez efectos políticos, públicos. Des-de esta perspectiva, la sociedad Des-del conocimiento no se articula solamente alrededor de la generación y acumulación del conocimiento científico; como tampoco puede limitarse dicha articulación a la manera en que tiene lugar el flujo de información en la sociedad en red. La sociedad del conocimiento al lograr descentrar la producción y circulación de la información, tiende jus-tamente a hacer más accesible, e incluso a nivel masivo y global, distintos modelos de realidad, lo que le permite participar en la configuración y emer-gencia de un conocimiento de tipo ético, fundamental a nuestro entender para “leer” las relaciones sociales y políticas en el presente.

Esto, que es un hecho que podemos constatar cotidianamente a través de las redes sociales digitales, suele ser aún –quizá por la propia cercanía del fenómeno- un espacio de debate no sólo vacío sino pendiente en las uni-versidades. Como espacio de interacción entre personas e intercambio de ideas vinculadas a la ciencia y el saber científico en general, pero también como instancia de formación humana con vocación de proyección a futuro, las universidades en los tiempos actuales no pueden estar excluidas de esta tarea ética, lo que no implica obviar ni soslayar por supuesto su tarea pedagógica y científica. La apuesta que aquí se defiende es más bien la reunión de estas tres dimensiones pretendiendo con ello ofrecer una res-puesta a la pregunta sobre el papel de la universidad en las coordenadas sociohistóricas, culturales y científico-tecnológicas del presente, mismas que guardan estrecha relación con el estado de las relaciones sociales en la actualidad y la narrativa que va configurándose a su amparo.

Debido a que las universidades no sólo resultan escenarios de producción, circulación y consumo del saber científico tanto al interior como al exterior de las mismas, sino más bien instancias de formulación de problemas, deli-beración de ideas, formación de recursos profesionales y de investigación, y también de formación y desarrollo de personas éticamente responsables

(9) | Es importante aclarar que tomamos el sentido

marxiano de ideología como falsa consciencia para enfatizar el papel que tiene el conocimiento de la rea-lidad en la construcción de modelos de pensamiento y acción social que resultan en sistemas de representa-ción, valores y creencias dominantes, hegemónicas y excluyentes en función de los intereses de clase que lo detenten y que subordinan y deslegitiman otros mo-delos alternativos, e incluso emergentes. Sin embargo, junto al legado gramsciano y bourdieuiano, hemos de matizar la noción de ideología como falsa conscien-cia en aras de presentarla como construcción de un sistema de representaciones que hace inteligible la realidad, incluida la social y cultural-simbólica, desde donde todos los miembros de una sociedad se hallan implicados (algunos para afirmarla, otros para cues-tionarla o negociarla) en tanto constituye un sistema referencial insoslayable que implica no sólo el trabajo constante de la clase en el poder para conservarla y legitimarla, sino también aquel que realiza quienes se resisten y luchan en su contra.

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y comprometidas socialmente no sólo en términos de conocimiento (aunque ciertamente es su principal función), sino también en términos de habilida-des y competencias para una vida futura que ya se nos avecina diferente, resulta pertinente entonces intentar acercar algunas reflexiones al respecto. Veamos.

Sociedad, ciencia y ética en el siglo XXI: apuntes para

pensar el rol de las universidades en la actualidad.

Si los siglos XIX y XX fraguaron gran parte del imaginario independentista de las naciones en el mundo, el siglo XXI es sin dudas el siglo de la preocu-pación, deliberación y lucha por los derechos humanos, y más recientemen-te por los derechos ampliados, donde se inserta la preocupación medioam-biental, por ejemplo, como uno de los ejes más importantes de la agenda política internacional de los estados, gobiernos y ciudadanos hoy en día. A pesar de los desmanes y omisiones que aún se observan al respecto, es posible afirmar que con el fenómeno de la globalización cultural se ha logra-do la diseminación de una retórica global vinculada principalmente a estos dos aspectos11 , lo que nos indica que el mundo ha empezado a cambiar culturalmente porque se está configurando un nuevo sistema de represen-tación de la realidad a favor de la diversidad y el derecho, mismo que la ciencia, deliberadamente o no, ha venido acompañando. Al ser las proble-máticas de hoy mucho más globales que antes, pensarse como ciudadano del mundo ya no es una bandera exclusiva de hippies o hípsters libertarios, sino una que configura una realidad bastante actual que nos implica ética y políticamente.

En esta coyuntura de transformación cultural, el papel de las universida-des se visualiza débil, cuando no ausente. Si bien es cierto que esta nueva narrativa convive con otra más conservadora y retrógrada12 , nos parece que sin duda constituye una fuerza que ha irrumpido en el panorama so-cial, cultural y político para quedarse. Varias razones resultan importantes considerar para argumentar lo anterior: la primera es la llamada crisis del paradigma económico y político neoliberal pues ya parece claro que con el (11) | No sólo se han tenido avances legislativos y

también en las prácticas de vida cotidiana en el caso de los derechos de las mujeres, de los niños, los adul-tos mayores, sino también en los de los homosexuales y transgéneros, los migrantes, los negros, los latinos, los indígenas, etc.; también en los últimos años a nivel global hemos experimentado una toma de consciencia en torno a la problemática del medioambiente, los de-rechos de los animales, entre otros.

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neoliberalismo la sociedad ha dejado de mirarse a sí misma para desplazar la mirada hacia el individuo desde un peligroso presente continuo como bien lo llamara Lechner (1987).

Esta mirada esencialmente onanista ha traído como consecuencia la rei-vindicación de las libertades individuales como escenarios de legitimación subjetiva (Kabeer, 2005) que en nuestra opinión han fraguado dos caras aparentemente contrapuestas, pero esencialmente interdependientes de las redes sociales digitales13 . El éxito sostenido que han configurado estas redes a nivel social e interpersonal podría explicarse como el inten-to por reconectar con el otro ante el ostracismo individualista propio de la narrativa neoliberal; aunque al parecer ello no pone a discusión la libertad y reivindicación individual que configura el otro lado de la realidad social y cultural actual.

Las nuevas tecnologías de información y comunicación favorecen tanto en el pensar como en el actuar la práctica de una nueva socialidad que si bien dista de ser la solución a todos nuestros males, ha hecho de la relación entre iguales un discurso recurrentemente activado y defendido por más de uno, lo que sugiere su tratamiento como imperativo social ético con-temporáneo. Esta nueva socialidad más o menos presentista ha permitido también superar la ceguera de la inmediatez fraguando una mirada básica-mente civilizatoria desde donde la conversación social ocurre, sobre todo, de cara al futuro.

El espectro de formas y contenidos desde los que las relaciones sociales tienen lugar vía las redes digitales, configura un esfuerzo genuino por mirar más allá del individuo, sin que ello resulte en su negación. Por ello, esta trascendencia de lo individual y de la inmediatez del presente nos coloca frente al desafío de cómo ordenar, explicar y proyectar la reconfiguración de lo social que ya está teniendo lugar en nuestros días14 .

Ahora estamos más próximos a entender la existencia de otras realidades humanas; de otras formas de pensar y actuar; de tradiciones, valores y cos-tumbres distintas a las nuestras; de modelos diferentes de representación de la realidad15 ,y finalmente también (sin que con esto se agote la lista) de interactuar comprendiendo la diversidad y pluralidad que nos constituye como seres humanos. A nuestro modo de ver, es por ello que el flujo de

(13)| Esto incluso, podría ser un punto de partida para pensar el boom de estas plataformas virtuales y su im-pacto en la configuración de las relaciones sociales y la narrativa que se promueve desde ellas.

(14) | Ahora podemos relacionarnos con quien

quera-mos sin que la distancia temporal o espacial nos lo impida; las barreras del idioma, incluso, también han sido fragmentadas con los programas de traducción de internet; y el acceso al conocimiento de todo tipo se ha ampliado a niveles sin precedentes. Por otra parte, la escucha de muchos que otrora creíamos invisibles y sin voz, se ha tornado una posibilidad fac-tible –siempre y cuando, no hay que olvidar, tengan acceso y competencias de uso a las tecnologías de la información y la comunicación-.

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información que promueve la sociedad en red de Castells no puede dejar de anclarse en las pretensiones democráticas en torno a los derechos que configura la impronta ético-política de la sociedad del conocimiento, tal cual lo confirma Krüger. Recuperar la mirada sobre la sociedad reviste en ese sentido un hondo carácter civilizatorio, pero ciertamente refundado con res-pecto de la narrativa moderna sobre el progreso y desarrollo de la calidad de vida y el bien común. Es por ello que consideramos que el reconocimien-to de la existencia de la diversidad humana y cultural tiende a acelerar la necesidad de hacer un esfuerzo por pensarnos a nosotros mismos desde lo que hoy parece ser el único camino ético para ello: nuestra condición de semejantes, de seres humanos, sin anular nuestra condición de individuos diferentes. Se fragua sin dudas, una nueva narrativa civilizatoria.

De ello hemos podido dar cuenta desde hace algunos años, a partir de lo que Reguillo (2003) ha sugerido como aires de libertad, democratización y transparencia al amparo de los procesos de globalización tecnológica. Hoy en día, el discurso sobre los derechos humanos, que a nuestro modo de ver constituye un eje articulador fundamental entre Modernidad y Post-modernidad, ha logrado trascender el debate experto a partir de las redes sociales digitales, que es desde donde la narrativa garantista se ha logrado instalar como agenda ciudadana para mucha gente alrededor del orbe, des-plazando incluso la participación política tradicional por otra más emergente que tiene como soporte el discurso de los derechos16 . Esto, incluso más allá de lo humano, reivindica el derecho de los animales, el de los recur-sos naturales en el medioambiente y hasta los simbólicos (felicidad, muerte digna), resignificando no sólo nuestras relaciones con lo no-humano, sino nuestra visión de nosotros mismos en un movimiento autorreflexivo de inci-pientes pero profundas implicaciones éticas y bioéticas.

Desde esta perspectiva, creemos que se puede afirmar que con todos sus bemoles la sociedad del conocimiento, aunque dista mucho de ser armó-nica y democrática, se fundamenta en una estructura organizativa que al promover el libre flujo de información proveniente –para bien y para mal- de casi cualquier parte vía las TIC´s, ha contribuido a generar una relación (de la que no está exenta el discurso) mucho más horizontal entre los seres humanos, e incluso entre éstos y la naturaleza, misma que –en nuestra opi-(16) | Para una mayor información sobre el particular,

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nión- constituye una de las aproximaciones más reales al ideal utópico de la armonía social en tanto registra una mayor apertura hacia la complejidad y una mayor predisposición a la incertidumbre, entendido desde aquí como lo ajeno, lo diferente, lo no conocido.

Las redes sociales digitales han promovido sin duda alguna este banderazo de salida de nuestra civilización que si bien no sabemos en qué se conver-tirá más adelante, parece plausible pensarlo como la posible antesala de la gestión de la pluralidad humana y no-humana desde cuya condición diver-sa se fragua un concepto nuevo de diferencia; una forma de relación social que aún desde lo virtual posibilita contrastar ideas propias con las de otros sin la eventualmente peligrosa circunstancia de lo presencial; de ahí que las redes sociales digitales puedan pensarse hoy en día también como una instancia de entrenamiento y aprendizaje en torno al respeto a las diferen-cias que, creemos, con el paso del tiempo, se configurará como escenario de otros problemas a ello asociados: el problema del relativismo ético17 que nos pone sobre la mesa, sin dudas, un nuevo reto de incertidumbre que debemos asumir como tal para poder enfrentarlo.

Este marco de comprensión civilizatoria, a la manera de las configuraciones perimetrales de Zemelman (1987), poseen un componente histórico y tam-bién evolutivo, de sobrevivencia. En nuestra opinión, el desafío adaptativo en estos nuevos tiempos exige la comprensión y autorreflexión de nuestra naturaleza social. La necesidad de afrontar este nuevo desafío, tal y como lo señala Nussbaum (2010)18 implica el esfuerzo por dotar de un nuevo contenido la vida social desde la observancia responsable de la dimensión ético-moral de nuestra propia existencia como individuos y seres sociales. Esta es la forma de relación que nos configura humanos, y tal y como se-ñala esta filósofa norteamericana, sólo a través de ello podemos responder acertadamente a los retos e incertidumbres de la contemporaneidad. La existencia de múltiples verdades o realidades que se asientan en el co-nocimiento social desde las redes digitales, va de la mano con el plantea-miento postpositivista de la ciencia en torno a las certezas probables y a las verdades provisorias. Sin embargo, ni en el plano ético o formal, ni en el nivel de los contenidos y competencias que enseñan y promueven, las universidades se ha comprendido esto a cabalidad19 . En nuestra opinión,

(17) | Actualmente, basta meterse a internet para saber cómo hacer una bomba –incluso una atómica-; basta inventar un juego de ‘suicidios’ para lograr que alguien se mate en el reto; basta difundir una noticia falsa sobre alguien para que se linche mediáticamen-te (y a veces también físicamenmediáticamen-te) a esa persona; es decir, la tecnología no es ni con mucho el paraíso de la bonhomía: su desarrollo va tan rápido pero sobre todo sin una dirección ética clara que no está lejos de nuestro panorama de vida las situaciones de horror que hoy vemos con estupefacción en series televisivas de ficción como Black Mirror.

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las universidades como potenciales engranajes articuladores entre la visión de la ciencia en torno a la imposibilidad de la verdad objetiva y este nuevo imperativo de las relaciones sociales que clama por el reconocimiento de la diversidad cultural y el derecho al reconocimiento individual, deben enfocar la autorreflexión sobre su papel actual hacia el desarrollo de una visión éti-ca centrada en esta narrativa garantista en aras de contribuir socialmente con la formalización de la manera en que debemos vivir, pensar y enseñar en esta nueva coyuntura.

Desde los imperativos de la ciencia, ésta nos parece debe continuar fomen-tando su papel como reductora de incertidumbres por medio de métodos ló-gicos que permitan contrastar la correspondencia entre proposiciones cien-tíficas y realidad percibida, intentando trascender el objetivismo ingenuo que aún persiste en buena parte de las ciencias naturales, así como ma-tizando el subjetivismo relativista que impera mayormente en las ciencias sociales. La apuesta es por el fomento de la investigación interdisciplinar que permita reunir ambas epistemes en aras de construir un conocimiento científico que reivindique la necesidad de comprender la interrelación entre biología y cultura.

Respecto a los esfuerzos que en ese sentido podemos rastrear hasta el momento se encuentran como casos emblemáticos la filosofía de la ciencia con Bruno Latour y la biología del conocer con Humberto Maturana desa-rrollos que, aunque aún siguen siendo mayormente incomprendidos20 , empatan con los obtenidos recientemente por las neurociencias. El estudio del cerebro y sus funciones biológicas, psicológicas, sociales y culturales ensanchan el panorama al respecto, pero lamentablemente sigue existien-do una brecha prácticamente insalvable que en nuestra opinión urge co-menzar a cerrar21 .

Lo anterior reciprocaría en términos éticos la articulación entre ciencia y universidad que hemos venido señalando pues la comprensión de la exis-tencia de la diversidad humana, y derivado de ello de diferentes modos de sentir, pensar y vivir la realidad, también hace visible la necesidad de su aceptación siempre y cuando unos no nieguen ni coarten a otros. Es aquí donde el problema del relativismo se revela como incertidumbre y para el que tenemos que encontrar respuestas. A nuestro entender esto es uno de (19) | Las universidades se encuentran atascadas

hoy en día en disquisiciones más técnicas que éticas y psico-emocionales que son, a nuestro modo de ver, los imperativos que impone la realidad contemporá-nea. Ello sin contar con una revisión del método de enseñanza-aprendizaje que promueva verdadera-mente, y no en el discurso, el aprendizaje basado en problemas lo cual va de la mano con un imperativo interdisciplinar –cuando no transdisciplinar- que el mismo diseño institucional de las universidades hoy en día obstaculiza, cuando no francamente lo impi-de. Ello evidencia que aunque estos términos sean de uso común en las universidades y sus políticas de capacitación profesional, en realidad sigue siendo un mito de autocomplacencia que en el mejor de los casos muestra un sensible desconocimiento sobre los desafíos a los que se enfrenta no sólo su existencia sino su relevancia en este nuevo siglo. Lamentable-mente, este tema se sale de los marcos desde los cuales hemos elegido trabajar en este texto, pero sin duda alguna representa una dimensión importantísi-ma del papel de las universidades en el siglo XXI, y en específico, por la trayectoria histórica de nuestros países latinoamericanos, de las universidades en América Latina en un mundo culturalmente cada vez más globalizado, pero también más desigual.

(20) | Lamentablemente, a pesar de estos esfuerzos y los resultados de las investigaciones en el campo de la neurociencia que postulan a la cognición como un proceso mental subjetivo para hacer inteligible la realidad, esto aún no es introyectado ni apropiado por el campo de las ciencias sociales. En el área de la comunicación estos autores y estas discusiones per-manecen ajenas a la construcción de conocimiento científico.

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los grandes desafíos de los tiempos que corren.

En cuanto al papel de la universidad, entendido como lo hace Boaventura de Sousa Santos (2005), como un bien público que conecta el presente con el futuro, la ausencia e incluso despreocupación general sobre estos aspec-tos, tiende a demostrar la falta de autointerrogación, así como la pasividad ante la crisis de legitimación sufrida por la masificación y democratización de la universidad y la desvalorización del conocimiento producto del adve-nimiento del mercado universitario al amparo de la tecnocracia neoliberal, tal y como también afirma el sociólogo portugués.

Si nos damos a la tarea de revisar los planes de estudio tanto de pregrado como de postgrado en las Ciencias Sociales, veremos cómo estos impera-tivos éticos e interdisciplinares están ausentes no sólo de los contenidos, sino también de los aspectos vinculados a las habilidades y competencias que siempre se registran en el papel pero a los que en la práctica se les da por lo general un valor bastante marginal, cuando no ninguno22 . Pensa-mos como necesario un proceso serio y responsable en torno a la revisión actualizada e informada de los qué y los cómo de los planes de estudio en las Ciencias Sociales, así como de las políticas de investigación. Como ya dijimos, se trata de un proceso que necesariamente debe voltear la mirada a la interdisciplina –no en el plano discursivo (de ello hemos tenido bastante en los últimos años), sino más bien en la efectividad de la práctica docen-te y de investigación-; específicamendocen-te a partir del vínculo con el campo de las neurociencias23 donde el alcance de los resultados en esta área puede brindar insumos para explicar o detonar explicaciones para formular problemas nuevos en torno a cómo nos comportamos los seres humanos y por qué, de cómo y por qué pensamos como lo hacemos, de cuáles son nuestras posibilidades de acción y pensamiento y cuáles nuestros límites, pero sobre todo de cómo y por qué responder desde el esfuerzo del pensar y el actuar moral que nos caracteriza como humanos conscientes y autorre-flexivos, los desafíos de este nuevo tiempo, de esta nueva realidad. No hay ni puede haber civilización sin repensar ni reevaluar los valores sociales que nos han llevado, histórica y civilizatoriamente hablando24 , adonde estamos ahora, por lo que es preciso también poner el acento en ellos; particularmente en estos momentos donde esto parece estar a la deriva, y

(22) | En las ciencias sociales, y el campo de estudios sobre la comunicación que es el área de experticia de la autora, a pesar de que se han abierto algunos temas de discusión vinculados a las emociones por ejemplo, en-tendiéndolas como un aspecto importante en el compor-tamiento humano individual y social, sigue siendo prácti-camente invisible su abordaje en los planes de estudio, destinándolo más bien a la actividad casi siempre margi-nal –lamentablemente aún- de investigadores consolida-dos. Además, publicar sobre esos temas suele ser pro-blemático y casi imposible pues tanto a nivel doméstico como internacional, aún sigue prevaleciendo la clausura disciplinar, lo que evidencia que el sentido de una ciencia inter, multi y transdisciplinar si bien ha logrado permear el discurso, no lo ha hecho respecto de la práctica docente ni científica como tal. Los trabajos de investigación en ciencias sociales en general, y en el caso de la investi-gación en comunicación en particular, siguen prefiriendo mayormente lo conocido, reproduciendo teorías e deses-timulando el abordaje de nuevos problemas. En el caso de los estudios sobre la comunicación esto se concreta a través del privilegio de temas y objetos de estudio tra-dicionales, desde paradigmas explicativos dominantes como el sociocultural que obstaculizan el abordaje de los fenómenos comunicativos desde otros umbrales; pero esto es prácticamente una constante en las ciencias sociales, dominadas por el paradigma estructural que ex-plica el hecho social a través de los mecanismos de po-der y control por las clases dominantes. Basta echar una ojeada a los planes y programas de estudio de esta área, o a las tesis y publicaciones académicas del área (en la base de datos CC-DOC, por ejemplo) para corroborar lo que aquí se sostiene. Sin embargo, el panorama en las ciencias naturales no es muy diferente ya que éstas si bien se han visto vinculadas a lo social, generalmente lo hacen a través de las lentes etnográficas pero sin ir más allá de una visión comprehensivista que logre dar cuenta del trasfondo fundamental del problema en cuestión, que es el aspecto cognitivo de lo que entendemos por rea-lidad (la forma en que la pensamos, la entendemos, la sentimos y la vivimos) y la manera en que ello impacta en nuestro quehacer científico y en la realidad de nuestros comportamientos individuales y sociales.

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evaluar así qué estamos haciendo y hacia dónde queremos enfocar nuestra acción y nuestro pensar en el futuro.

No hay garantía del futuro, ese es el lema de la ciencia contemporánea, y es el que de alguna manera se preconiza a través de la ideología y epis-teme postmoderna25 , pues junto a la ciencia, el futuro también es una construcción humana y social que cobra sentido al interior de un proyecto político en su sentido amplio, proyecto que para nosotros se centra ac-tualmente en el paradigma de los derechos humanos, y que pasa –en lo que para nosotros es su necesario acompañamiento- por la tarea científica interdisciplinar de las universidades y su cobijo desde la autorreflexión y revisión de sus lógicas conceptuales y prácticas al interior de los procesos de enseñanza-aprendizaje.

Como los seres humanos nos abocamos básicamente en el presente, y la realidad del futuro nos devuelve al lugar de la incertidumbre, es la expe-riencia histórica –como unidad de conocimiento desde la probabilidad de las frecuencias con las que han ocurrido ciertos hechos antes- una fuente indispensable no sólo para aprender del pasado, sino también para pensar qué es lo más probable que puede ocurrir en el futuro. Y porque el futuro nos importa, en tanto nos implica como sobrevivencia, pensar en él y pre-ver su emergencia, no deviene una tarea banal, sobre todo si tenemos en cuenta que dicha tarea formaliza nuestra existencia en torno a la idea de lo posible aún no existente, pero deseable26 ; de ahí la necesidad de fincar un ideal de futuro civilizatorio.

Recuperar el papel de la educación y la formación científica en las socieda-des actuales, sobre todo en aquellas que son públicas y que por vocación se deben a la sociedad que las financia, debe ser una labor de Estado enfo-cada a este fin. La ciencia –y con ella la tecnología- debe ser el activo más preciado de toda sociedad en tanto ha sido nuestra facultad humana de pensar la realidad y contribuir a su desarrollo civilizatorio lo que ha hecho posible el desarrollo humano como civilización. Pero nuestra facultad de pensar también nos conmina –porque podemos hacerlo, gracias al desarro-llo evolutivo de nuestro cerebro- a pensar responsable y conscientemente nuestro actuar y los valores sociales que lo rigen. Desde esta perspectiva, ni la universidad ni la ciencia pueden ser ajenos a estos desafíos. La cultura (24) | Teniendo en cuenta el devenir histórico, los

valores sociales que hemos construido a lo largo de nuestro proceso civilizatorio han logrado reducir por ejemplo la violencia física (otrora forma por excelencia de resolver los conflictos humanos, incluso a grandes escalas, aunque se ha observado una diversificación de otros tipos de violencia) por medio de la sanción y la condena social de prácticas no civilizadas de convivencia. Las reglas de convivencia implícitas e instituidas legalmente, así como el espíritu normativo de toda sociedad, deben hacer posible una sociedad más incluyente y plural; por eso debemos reevaluar las que tenemos actualmente, y la universidad –como institución social y política, aún y con el descentra-miento de su posición en el entramado social conse-cuencia en buena medida de la merecida crítica que han hecho de ella las narrativas postmodernas, pero sobre todo debido al tecnocratismo neoliberal que se ha apoderado de buena parte de ellas- debe formar parte de esta tarea. Con ello, no sólo se hace plausi-ble comenzar a contrarrestar este descentramiento del papel de las universidades y del sistema educativo en general en las sociedades actuales, sino que también es posible configurar una transformación de su papel en las mismas a través de recuperar su posición como universo (léase, unión en la diversidad) de ideas, su papel en la discusión social puntera de la ciencia –hoy trasladado a las empresas privadas, muchas veces trasnacionales-.

(25) | Es necesario aclarar que para nosotros episte-me e ideología si bien son conceptos distintos en tanto responden a diferentes tradiciones de pensamiento, en realidad comparten una misma raíz referencial, misma que está vinculada a la construcción de co-nocimiento. La episteme, desde su tradición clásica en la filosofía significa conocimiento; mientras que ideología, proveniente de la sociología, la ciencia y la filosofía política refiere a sistema de poder fincado en la legitimación de representaciones sobre la realidad. Como el conocimiento no es más que un conjunto de representaciones sobre la realidad (la física, la social y la simbólica-cultural), en la medida en que dicho conjunto adquiera propiedades de sistema, es decir, de un conjunto ordenado y jerarquizado de represen-taciones que sirve para hacer inteligible la realidad y a partir de ello para imponer desde una posición de poder –cualquiera que esta sea- un modo de verla, sentirla, entenderla y vivirla que somete, niega, cance-la y deslegitima el modo en que otros cance-la ven, episteme e ideología se imbrican la una con la otra. En lo social esta imbricación ocurre a través de la práctica de po-der de unos grupos sociales ejercen sobre otros, por lo que la diferencia entre episteme e ideología se acorta, al acortarse la distancia que postula al conocimiento científico como un conocimiento ajeno o externo al poder social, político, económico y religioso, hechos de los que la historia nos ha brindado ejemplos con-cretos.

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no es un devenir ex nihilo de lo biológicamente humano (Ruiz, Noguera y Rodríguez, 2017), sino fruto de nuestro pensar y también de una manera particular de sentir, una ética.

Como ya hemos comentado, las condiciones sociohistóricas de la contem-poraneidad han fraguado un umbral ideológico radicalmente neoliberal que ha dado por resultado una sintomática y peligrosa anuencia hacia el indi-vidualismo, el egoísmo y la competencia voraz lo cual se ha traducido en una mayor desigualdad no sólo económica sino también social y cultural, en cuyas riberas pulula la violencia, el odio, la exclusión. Pero también, y al amparo de la lógica de la reivindicación individual que también vino con el neoliberalismo, ese sistema de ideas ha empezado a escindirse lentamente a través de la interacción social global continua, específicamente desde las redes digitales, lo que ha propiciado un cambio en las ideas y la conversa-ción social. No se trata de una narrativa garantista dominante y menos aún homogénea, pero consideramos que sería poco probable su invisibiliza-ción o su derrota pues empieza a estar articulado con una gestión política ciudadana de más largo alcance que ha comenzado a pensarse desde la pluralidad, la complejidad, la diversidad, la simultaneidad… gestando así un ethos civilizatorio de nuevo tipo.

CONCLUSIONES

Como se ha podido ver, la relación entre ciencia, sociedad del conocimiento y universidad es un tópico complejo que requiere de la participación y el compromiso real de muchos actores sociales, incluidos los gubernamen-tales. El conocimiento científico y democrático no fluirá por las redes de información si esta sinergia no tiene lugar. Y es que el conocimiento no es el mero dato o información, sino su apropiación, y pasa tanto por los mecanis-mos de experticia científica como por mecanismecanis-mos psicológicos, colectivos y simbólicos de quienes lo producimos y de quienes somos impactados por él. Es preciso acercar este conocimiento a la sociedad por medio de regu-laciones que otorguen confianza a los beneficiarios finales.

En ese sentido, la sociedad del conocimiento exige de las universidades

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una articulación real entre dispositivos de información y conocimiento cien-tífico no sólo entre sus pares académicos, sino también en lo que respecta a su capacidad para la acción social por medio de la implementación, por ejemplo, del software libre y el acceso abierto, la divulgación científica y la promoción del pensar científico y democrático. Es precisamente la divul-gación del conocimiento, más allá de las redes académicas, la que debe privilegiarse; ya sea instalándose en espacios de divulgación, en forma de intervención social o desde un efectivo plan de acción de incidencia política. Además, la sociedad del conocimiento reclama la puesta en marcha de un verdadero ejercicio interdisciplinario. No sabemos cómo vendrá el futuro, pero sí sabemos que la verdad siempre es relativa. Esto debe calar pro-fundamente en nosotros como seres humanos y científicos. Una vocación científica democrática, soportada en el derecho de los otros a conocer y en la responsabilidad que los científicos tenemos ante el conocimiento produ-cido y difundido, nos hace deudores directos de cómo enfrentar el problema de la verdad que tanto en la ciencia como en la vida social ha ido cobrando hoy una nueva dimensión insoslayable.

A la manera de procesos y eventos de alfabetización científica, en la so-ciedad del conocimiento el derecho al conocimiento científico debe estar garantizado para todos en términos de alcance y accesibilidad. Ruiz, Álva-rez, Esparza y Nogueras (2012) señalan al respecto que el conocimiento científico permite adquirir habilidades para el desenvolvimiento humano en la vida cotidiana y el entorno, posibilita la construcción de sociedades más equitativas, plurales, democráticas, con marcos referenciales más amplios, y permite a los ciudadanos también tomar mejores decisiones, participar en la elección de mejores estilos de vida y, sobre todo, incidir de forma orga-nizada e informada en la definición de políticas científicas y tecnológicas. Enseñar ciencia, como sugieren Ruiz y Álvarez (2017), es enseñar formas de pensar.

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la vida en general, incluyendo al medioambiente. Y de forma más cotidiana, en la experiencia de la vida diaria específicamente, son los derechos del otro –amparados en una concepción nada monolítica de la verdad- los que deben erigirse como imperativos para normar nuestra convivencia y hacer de esta normatividad una nueva era civilizatoria. Una epistemología cien-tífica que comparta estos presupuestos implicaría un nuevo paradigma ad hoc a los nuevos tiempos.

El enfoque de los horizontes de la razón (Zemelman, 2003a; 2003b; 2011), que preconiza la necesidad de trascender los constructos valóricos sobre los que se asienta la lógica epistemológica de cualquier conocimiento en aras de ejercitar críticamente nuestros actos deliberados de consciencia, instala una demanda ética y política que implica la construcción y proyec-ción de finalidades valóricas alternativas para poder concretar una transfor-mación social responsable, racional y ética desde la reconstrucción de la experiencia histórico-social y cultural capaz de obligarnos a revisar nuestros presupuestos racionales, históricamente situados, para asumir la realidad temporal del presente y potenciar la necesidad insoslayable de pensar un futuro deseable y posible a partir de la integración o al menos la posibilidad de integrar la diversidad de racionalidades que emergen de nuestra condi-ción humana y se visibilizan hoy en día a partir de la nueva circunstancia de la globalización cultural.

En aras de articular un ethos civilizatorio desde donde el buen vivir se en-tienda como inclusión y respeto de/al otro, donde se privilegie la compleji-dad a lo simple (aunque no nos sea muy atractivo en términos cognitivos), y donde la pluralidad y la diversidad de las personas se tome como bandera para inaugurar un estilo de vida realmente democrático, este nuevo ethos pondría también a prueba nuestra capacidad para aprender a convivir con la incertidumbre y aprender a entender que la realidad con la que interac-tuamos no es posible aprehenderla más que a través de lo que somos bio-lógica, histórica y sociosimbólicamente, y por ello justamente está tamizada siempre por nuestro punto de vista. Este, hay que tenerlo muy en cuenta, no es mejor ni peor que el de otros, sino sólo diferente.

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debemos y tenemos que vivir con ello, tanto desde la ciencia como desde la vida cotidiana. Se trata de aprender a procesar nuestra finitud e incer-tidumbre como individuos, como culturas y naciones, y también como es-pecie; este es el legado que nos ha dejado la postmodernidad y la ciencia contemporánea, y a nuestro modo de ver incorpora también la necesidad de refundar, desde estas nuevas directrices ético-civilizatorias, la ideología y la cultura modernas. Una epistemología científica de nuevo tipo como la que hemos descrito aquí al interior del enfoque de los horizontes de la razón, debe hacer de esto una tarea impostergable, y las universidades deben estar implicadas responsablemente en ello. Sólo así, en nuestra opi-nión, la idea –hoy más bien metafórica- de una sociedad del conocimiento, tendría sentido.

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