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APUNTES. Prehistoria de La Peninsula Iberica. Apuntes de La UNED

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PREHISTORIA

DE ESPAÑA

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TEMA 1.- INVASORES Y COLONIZADORES (1):

Indoeuropeos y fenicios.

1. Definición y origen de los pueblos indoeuropeos

Entre 1.250 y 238 a.C., y coincidiendo cronológicamente con la presencia de pueblos colonizadores en las costas mediterráneas, se van a producir una serie de in-vasiones de gentes centroeuropeas que van a modificar substancialmente la composi-ción peninsular y darán nuevo rumbo al comportamiento histórico de los pueblos ibéri-cos.

Se conocen como indoeuropeos a una serie de pueblos cuyos antepasados co-munes hablaron una misma lengua y pertenecieron a una misma raza. De esta comu-nidad formaron parte algunos creadores de grandes imperios o culturas: germanos, hititas, indos, medos, persas, griegos, eslavos, latinos, celtas, etc.

Los orígenes históricos de los pueblos indoeuropeos debemos buscarlos en las estepas del norte del Cáucaso, donde la abundancia de minas de cobre permitió a esta raza, fuerte y con espíritu de superación, alcanzar gran riqueza, progreso y poderío. Hacia el 2.500, debido al aumento demográfico, se habían extendido por las tierras me-ridionales rusas del Don, Volga y Ural y comerciaban con el cobre y el ámbar, desarro-llando al mismo tiempo una economía mixta. Agrícola y ganadera. En estos grupos de gentes ricas surgen sociedades fuertes, patriarcales y jerarquizadas.

A partir del 2.300 - 2.000 estos pueblos bien conocidos se disgregan del grupo originario indoeuropeo: indos, medos, persas, hititas, griegos, ilirios, y con el tiempo, la dispersión de estos pueblos y sus contactos con otras civilizaciones, y la adaptación a diversos medios geográficos y económicos fueron introduciendo nuevos modos de vida y de civilización.

Su religión es de orientación naturalista, que comporta tres niveles: sacerdotes, gobernantes y pueblo o guerreros. Tienen un culto al cielo y a los fenómenos atmosfé-ricos que de él se derivan: trueno, lluvia, luna y sol.

Tales esenciales y más características concepciones del mundo y de la vida serán traídas por los celtas a la Península, constituyendo grupos de población bien di-ferenciados de los aborígenes grupos mediterráneos.

2. Definición de los pueblos celtas

Hacia el 2.200 ocupan los celtas el centro de Europa, enmarcados aproximada-mente por el Rin, el Danubio y los mares del Norte. Durante el Bronce Antiguo, a partir de 1.800 hasta 1.450, prevalece allí la cultura de Unetice. Siguen siendo preferente-mente ganaderos, pero los príncipes atesoran grandes riquezas por el comercio y re-posan en lujosísimas tumbas. Estos pueblos que se mantienen en centro Europa du-rante esta época del Bronce Medio, desarrollarán la cultura típica de los Túmulos, pero ahora ya desarrollan en Europa Central el auténtico bronce, sin duda por la posesión abundante de minas de cobre y estaño que les permite la metalurgia y una amplia difu-sión de las armas y útiles de este metal.

Las gentes de la Cultura de los Túmulos levantan grandes necrópolis, con cen-tenares de enterramientos individuales por inhumación en fosas, que luego son

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biertas por montículos de tierra o piedra (túmulos). Pero hay una novedad, proliferan cada vez más en esta época las incineraciones, que en determinados cementerios de Bohemia y Eslovaquia igualan las inhumaciones. También en los Países Bajos, desde finales del Bronce Antiguo, se desarrolla la Cultura de las Urnas, de incineración “bajo túmulo” y este rito se extenderá a las Islas Británicas durante el Bronce Medio, donde había llegado a través de relaciones comerciales marítimas. Es interesante conocer esta faceta cultural atlántica de fines del II milenio a.C., porque parte de esta población y cultura tumular penetrará en la Península Ibérica por el Pirineo occidental navarro. Hacia 1.250, la economía de estas gentes centroeuropeas radica en la metalurgia y el comercio de metales. Al final de esta etapa de los Túmulos en Europa occidental, hacia el 1.200, comienza una fuerte emigración desde el centro de Europa hacia el mediodía europeo, sobre los países mediterráneos: dorios, celtas, itálicos, venetos e ilirios.

También a partir de 1.250 a.C. se van a definir los protoceltas en la llamada cul-tura de los “Campos de Urnas”, que constituye una evidente continuidad de la Culcul-tura de los Túmulos. El crecimiento de la población celta les obligará a emigrar sobre Italia, la Galia, Islas Británicas y España, en unos lentos pero ininterrumpidos movimientos de gentes que duran varios siglos.

Esta Cultura de los Campos de Urnas se caracteriza porque practican la incine-ración o cremación del cadáver, cuyas cenizas depositan en el interior de una urna; esta se coloca en una fosa que se recubre de tierra, pero sin formar túmulo. Las urnas pueden ser globulares o bicónicas, con cuello cilíndrico. Al lado de la urna se depositan sobre la fosa recipientes para ofrendas, generalmente pequeños. Sus poblados denun-cian un mayor sedentarismo y mejor nivel de vida. Las casas son rectangulares y alar-gadas, del tipo megarón griego. Habitan poblados fortificados, y desarrollan una eco-nomía ya preferentemente agrícola.

Los movimientos de los protoceltas de los Campos de Urnas desde la región del Rin sobre la Galia, Islas Británicas e Hispania han sido relacionadas justamente con la irrupción doria sobre Grecia y con los consiguientes movimientos de los Pueblos del Mar, así como la marcha de amplios grupos itálicos sobre Italia y la de los ilirios sobre el Adriático.

2.1. Los celtas en la Península Ibérica

Hacia 1.200 las gentes indoeuropeas de la Campos de Urnas ocupan Cataluña por el paso de Perthus en el Pirineo oriental. Las urnas cinerarias que delatan la pre-sencia de estas gentes son bitroncocónicas con el cuello de embudo; el enterramiento se hace a escasa profundidad, acompañado de armas o adornos según el sexo. Can Missert en Tarrasa ofrece uno de los más antiguos cementerios; y por su perduración hasta el 700 a.C. proporciona la más clara periodización y etapas de cambios sucesi-vos.

La pervivencia de estos ritos funerarios antiguos nos explican el hecho de que fue Cataluña la más antigua región hispana indoeuropeizada.

La economía de estas gentes es preferentemente ganadera y pastoril en la mon-taña y decididamente agrícola en la tierras bajas del Segre, Cinca y Ebro. Las casas son de idéntica calidad y tamaño, lo que indica ausencia de castas o clases sociales. Novedad importante ofrecen los nuevos pobladores de Cataluña porque con ellos se desarrollan en el Norte ibérico las agrupaciones urbanas que en el Sur y Levante hab-ían iniciado los metalurgistas de los Millares y el Argar.

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si poseen armas y murallas defensivas. Tienen sus poblados capacidad para albergar pequeños grupos; seguramente en cada poblado se establece una unidad familiar, la característica gentilidad.

Durante los siglos IX - VIII a.C. aprecia en Cataluña M. Almagro Gorbea una evolución importante de los Campos de Urnas Antiguos; se conforma la llamada cultura de los Campos de Urnas Recientes. Surge esta nueva fase cultural como resultado de la evolución interna y de las influencias que a través del Pirineo llegan a Cataluña des-de el Languedoc. El crecimiento y la superioridad cultural indoeuropea terminan impo-niéndose a la población aborigen y extendiéndose por todo el territorio catalán. Incluso penetra en el bajo Aragón y alcanza por el sur las tierras de Sagunto. Se registran pro-gresivas migraciones de nuevos grupos celtas procedentes de la Galia que se asientan en los valles de los afluentes del Ebro. Su penetración es lenta, constante pacífica y en pequeños grupos gentilicios. Ocupan tierras llanas cultivables del curso de los ríos y eluden asentarse en los bordes montañosos donde se albergan las viejas poblaciones autóctonas pastoriles. Hacía el 850 a.C. les vemos en Azaila (Teruel), en Cortes de Navarra, y en el Roquizal de Ralla (Logroño). Estos poblados tienen larga duración y empalman con los comienzos de la Edad del Hierro hacia el 750 a.C.

Prevalecen las cerámicas excisas y el enterramiento tumular. Los poblados son de unas 20 casas rectangulares asentadas en pequeñas elevaciones junto a los ríos y buenos pastizales. La economía es agrícola y ganadera, y la metalurgia se acredita por los frecuentes hornos y moldes de fundición.

Otro rasgo característico de los pueblos indoeuropeos es la inexistencia de cla-ses sociales. La igualdad de las viviendas y la sobriedad de los ajuares en las sepultu-ras acreditan este extremo.

Entre el 750 y 500 a.C., en la Primera Edad del Hierro, se producen nuevas afluencias de gentes indoeuropeas, ya claramente definidas como celtas, que entran por todos los pasos del Pirineo. Estos grupos según Almagro Gorbea no llegan del Rin sino de Aquitania y el Languedoc. La superpoblación que producen en el Valle del Ebro les obliga a moverse sobre los pasos del Sistema Ibérico; terminando por ocupar toda la Mancha, mientras que otros grupos, después de atravesar la Meseta, alcanzan la franja Atlántica y cantábrica; con ellos se produce una auténtica celtización y cambio étnico en todo el occidente peninsular al norte del Tajo.

Miguel Beltrán trata de recomponer la historia de algunos de estos pueblos que entre el 800 y el 500 han llegado al Ebro procedentes de Westfalia y el occidente galo. Habrían penetrado diversos grupos por el Pirineo occidental y desde el Ebro habrían descendido hasta tierras de Aragón. Los detecta en el Redal de Ausejo (Logroño) y en Cortes de Navarra, para luego infiltrarse entre las gentes de los Campos de Urnas de Chiprana y Fábara. Van asentándose en los bordes meridionales del Ebro: los berones en La Rioja; los sedetanos en el bajo Aragón. También los conocidos celtíberos pro-pios: beles, titos, lusones. Hacia la Meseta Norte se han orientado los arévacos, vacce-os y pelendnes. También a juicio de Beltrán, sobre las tierras del Segre parecen confi-gurarse los futuros ilergetes.

2.2. La ocupación celta de la Meseta y los bordes atlánticos

El asentamiento de pueblos celtas en la Meseta Norte y sobre los bordes atlánti-co y cantábriatlánti-co es un hecho evidente históricamente. En la Meseta del Duero, hacia el 700, se produce el final de la cultura denominada “Cogotas”, que ofrece como sus prin-cipales testimonios en yacimientos próximos a los bordes montañosos de la cuenca del río Duero. A partir de esta fecha nace una nueva cultura agrícola, a la que da nombre el

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yacimiento de “El Soto de Medinilla” (Valladolid). Difundiéndose esta cultura por todo el Valle del Duero, con una economía preferentemente pastoril.

Parece clara la raigambre indoeuropea de los creadores de la cultura del Soto de Medinilla a los que Palol califica de celtas. Son los agricultores conocidos en tiempos históricos como vacceos, arevacos, túrmogos, etc. A su llegada siguen con una agricul-tura cerealista de trigo y cebada y utilizan el bronce, hasta que hacia el 500 a.C. acce-den al uso del hierro.

La Submeseta Sur parece recibir inmigrantes indoeuropeos procedentes del Va-lle del Ebro, que han ascendido por la cuenca del río Jalón, ocupando las tierras de Cuenca, Albacete y Madrid primero, y luego el resto de Castilla la Nueva.

Otras estirpes indoeuropeas habían cruzado el Sistema Ibérico hacia las tierras castellanas del Sur, camino de Extremadura y la frontera de Portugal.

La penetración celta en Andalucía ha sido reiteradamente señalada por diversos autores. Las fuentes clásicas indican esta presencia de pueblos celtas que no debieron llegar antes del siglo VI a.C.

Existen pocos datos para fijar el camino y momento de los elementos indoeuro-peos que se detectan en Galicia, Asturias y Cantabria. Sobre los galaicos, cuyo territo-rio encierra el cuadrante Noroeste desde el norte del río Duero hasta el río Navia en Asturias, con unos 1.000 a 5.000 castros o poblados pequeños en elevaciones fortifica-das, se sabe que llegaron a constituir al menos 40 unidades gentilicias de nombre co-nocido por la epigrafía y las fuentes clásicas.

3. La presencia en España de algunos “Pueblos del Mar”

Algunos testimonios arqueológicos, de la toponimia o de la tradición legendaria nos permiten suponer la llegada a la Península Ibérica, concretamente al Mediodía y costas mediterráneas, de grupos de población de raigambre indoeuropea. Pero no lle-gados del continente, a través de los Pirineos, sino originarios de las tierras del Mar Egeo y de las costas de Asia Menor; del grupo de gentes a quienes los egipcios deno-minaron “Pueblos del Mar” o “Pueblos del Norte”.

Con la invasión doria sobre Grecia, se arruinó el reino de Micenas y, con la su-perpoblación de Grecia y sus islas, muchos helenos hubieron de emigrar, y así desde comienzos del siglo XIII a.C. embarcan en sus naves en busca de nuevas tierras en que asentarse. Sabemos que varios de estos Pueblos del Mar se desplazaron después de 1.188 a.C. al mediodía de Iberia; hacia tierras bien conocidas por su riqueza agríco-la y minera. Así agríco-la eclosión cultural que registra Andalucía en el siglo X a.C. contrasta con la continuidad étnica y de nivel de vida que prevalece en los yacimientos de los siglos XIV y XIII correspondientes al Bronce Medio, y esta evolución cultural no se ex-plica por el continuismo, sino por la llegada de nuevas gentes, que exex-plica de igual mo-do la pronta aparición del hierro, la difusión precoz del carro de guerra y el uso del alfa-beto; ya desde el siglo XI a.C., cuando aún no existen ciudades fenicias estables en Iberia.

En resumen, con la llegada de indoeuropeos del Oriente se explicaría la amplia difusión de elementos minorasiáticos o griegos.

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4. Los comienzos de la colonización fenicia y la fundación de “Gadir”

No se poseen textos que documenten las causas que impulsaron a los fenicios a emprender sus exploraciones ultramarinas hasta el extremo occidental del Mediterrá-neo. Sólo hay referencias vagas, sobre todo en las fuentes bíblicas, que aluden a em-presas comerciales en época de Hiram de Tiro. En general parece que fue la búsqueda de metales una causa principal en su salida a ultramar.

Desde comienzos del siglo VIII a.C. se advierte una época crucial en la coloniza-ción fenicia del Mediterráneo y los testimonios arqueológicos así lo aseguran. La ex-pansión fenicia por el Mediterráneo supondría la contrapartida por la pérdida de los mercados del Mar Rojo. Los más antiguos restos fenicios por el Mediterráneo Central se documentan desde la primera mitad del siglo IX a.C., y desde fines de este siglo o comienzos del VIII se datan los de la Península Ibérica. Los metales fueron, pues, los productos codiciados por los fenicios en sus expediciones a Occidente.

Se argumenta también que la colonización se vio impulsada por los aconteci-mientos del Próximo Oriente, es decir, a causa de la presión militar asiria sobre las ciu-dades-estado fenicias, y que afectaron fundamentalmente a las tierras cultivables del interior, lo que dio lugar a un aumento demográfico de las ciudades costeras y a la búsqueda de nuevas fuentes de abastecimiento. Se produjo, pues, en la Península Ibé-rica, una colonización agrícola impulsada por la necesidad de hallar nuevas tierras habitables y aptas para el cultivo. Ello explicaría que en el sur peninsular se advierten numerosos yacimientos fenicios en las vegas de los ríos de la costa de Málaga a Al-mería, y desde luego en Cádiz y bajo Guadalquivir, como es el caso de Carmona.

4.1. La fundación de Gadir

La fundación de Gadir tuvo lugar en el año 1.100 a.C., según ha trasmitido Vele-yo Petérculo, un historiador latino del siglo I d.C. Gadir según una antigua tradición fue fundada después de dos intentos previos en Sexi (Almuñécar) y Onuba (Huelva). En el texto se narra que la incitativa partió de los fenicios de Tiro y que la fundación debía tener lugar junto a las columnas de Hércules. Lo que parece cierto es que la fundación de Gadir acaeció después de dos intentos fallidos.

Estos datos han constituido un punto de partida para el estudio de la coloniza-ción fenicia en la Península Ibérica, y el problema se debate entre quienes defienden esta cronología antigua y los que indagan en los testimonios arqueológicos, más objeti-vos, y que no se datan más allá del 800 - 775 a.C.

Cádiz adolece de investigación arqueológica en sus estratos más antiguos, y los restos arqueológicos conocidos, que proceden en su mayoría de necrópolis, no son más antiguos del siglo VI a.C. De modo que la falta de datos es todavía para algunos la esperanza de hallar en los estratos más arcaicos las pruebas de una cronología en tor-no a 1.100 a.C.

En cuanto a la elección de la isla, las investigaciones arqueológicos permiten señalar algunas razones. Parece evidente que el primer viaje hasta Sexi fue de simple prospección, de tanteo de las posibilidades comerciales y de establecimiento, descono-ciéndose la geografía de la costa y la ubicación de los poblados indígenas, mientras que la llegada a Onuba (Huelva) respondía a un conocimiento certero de las riquezas del lugar. Huelva debe identificarse con Tartesos, el emporio que controlaba la meta-lurgia de la plata y en donde no habría sido fácil un comercio ventajoso en los momen-tos iniciales. La navegación hasta Huelva les dio a conocer la zona costera del

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lete al Guadalquivir, bastante poblada y poseedora de una extraordinaria riqueza agrí-cola y ganadera, además de un paso fácil hacia las minas de Aznalcóllar, eludiendo la ruta de Huelva (Tartesos) a Riotinto mediante el río Tinto, bajo el dominio de Tartesos. Gadir se fundó en una isla, según el patrón de asentamiento usual en su patria, cerca-na a ucerca-na costa habitada a la que podía confluir un comercio activo del interior y con ríos navegables un buen trecho que conectaban la costa con el Aljarfe, Alcores y sierra ga-ditana. Gadir constituyó, pues, una situación ventajosa además, como puerto bien si-tuado, para el control costero y las navegaciones de ultramar hasta Marruecos, Medi-terráneo central y la metrópolis oriental.

4.2. Las colonias fenicias mediterráneas

Las costas peninsulares del llamado “círculo del Estrecho”, desde Huelva hasta Almería, y casi con total seguridad hasta Alicante, fueron al parecer, las que soportaron la presencia de los colonos fenicios desde finales del siglo VIII a.C.

Durante la segunda mitad de nuestro siglo, la arqueología ha descubierto una larga serie de pequeños establecimientos fenicios en esta área des sur peninsular. Esto no debe sorprendernos, ya que una de las colonias fenicias más importantes era Car-tago, situada en el norte de África, cerca de la actual ciudad de Túnez. Por otra parte, sabemos a través de las excavaciones arqueológicas que existían colonias en el islote de Mogador, cerca de la costa meridional marroquí. En el litoral atlántico de África, los fenicios fundaron una próspera ciudad, Lixus, exhumada hoy en gran parte por los ar-queólogos.

Así pues, la presencia fenicia en las tierras del otro lado del Estrecho (Huelva, Cádiz, Málaga y Almería) resulta algo natural. Quizás lo que llama particularmente la atención es el tipo de colonias que fundaron en Andalucía. En ningún caso parece que se tratara de auténticas ciudades, con la excepción de Cádiz. Con frecuencia formaban sólo pequeños núcleos situados en los cerros cercanos a la costa, siempre en altoza-nos dominantes, pero en contacto con el mar. Tanto por su tamaño reducido, como por la monotonía de sus productos cerámicos, no es fácil establecer con precisión como fue su evolución. La mayoría parece que tuvieron momentos de gran auge entre los siglos VII y VI a.C.

Si se observa con detalle uno de estos pequeños establecimientos, nos damos cuenta que el almacén es quizá la estancia más importante. En él se guardaban los recipientes de vino y aceite, base de las exportaciones fenicias. Sin embargo, sus necrópolis revelan que comerciaban con otros muchos productos, como joyas orienta-les, amuletos egipcios, huevos de avestruz pintados procedentes del norte de África y objetos de marfil.

Una de estas pequeñas factorías fue localizada en un cerro llamado “san Cristó-bal”, cerca de la actual población de Almuñécar, en el litoral granadino. A principios de los años sesenta se excavó este yacimiento, del que se exhumó una necrópolis fenicia con unas veinte tumbas. Era por tanto, un núcleo relativamente pequeño, ya que otros yacimientos fenicios, como el de Villaricos, tenían más de dos mil sepulcros, y en Gale-ra había más de trescientos. Las tumbas del cerro de San Cristóbal estaban alineadas y separadas unas de otras unos seis metros. Consistían en unos pozos de 1,50 metros de diámetro, con una profundidad que oscilaba entre los dos y los cinco metros. Al fon-do de cada uno de ellos hay unos nichos que harían las veces de cámaras funerarias. En el interior se encontraron urnas cinerarias con los huesos calcinados del difunto, protegidas por medio de piedras. Junto con los restos óseos se depositaron los objetos de uso personal del difunto (brazaletes, anillos, amuletos, escarabeos, etc.). También

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había diversos vasos con ofrendas (aves, huevos de avestruz pintados y ocre). Quizá entre los objetos más importantes de esta necrópolis figuran unos vasos de alabastro hechos en Egipto, que llevan inscripciones jeroglíficas con el nombre de los faraones reinantes y escarabeos, es decir, amuletos que representan el escarabajo solar egipcio.

Todos estos elementos exóticos ponen de manifiesto las complejas relaciones comerciales de las ciudades fenicias y, también ayudan a precisar la cronología de los contactos coloniales.

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TEMA 2.- LA CIVILIZACIÓN TARTÉSICA

5. TARTESOS EN LAS FUENTES ESCRITAS

Tartesos es uno de los grandes tópicos de la Historia de España antigua. Ya en 1.580 el Jesuita Pineda defendió la teoría de que la Tarsis bíblica era Tartesos y que se localizaba en el sur de la Península Ibérica. En el siglo XX, el hispanista alemán A. Schulten publicó en 1.922 “Tartesos”, llamando la atención sobre este misterioso reino que había cautivado poderosamente el interés de los autores antiguos.

En estos últimos decenios se ha trabajado en Andalucía y en la costa ibérica, avanzando considerablemente en el conocimiento material de las poblaciones de fina-les de la Edad de Bronce, a partir de los siglos X-IX a.C. Queda en pie el problema de casar los datos, que se obtienen de la arqueología, con los de la fuentes literarias, es-casas y fragmentadas. Por vez primera, el historiador empieza a tener una base cientí-fica cierta apoyada en la arqueología, que le permite reconstruir lo que debía ser Tarte-sos.

Las fuentes sobre Tartesos se agrupan en tres categorías: fuentes bíblicas, grie-gas y latinas.

Recientemente M. Koch, siguiendo a Schulten, ha vuelto a defender que la Tar-sis bíblica es Tartesos, pues piensa este autor que la gran abundancia de plata, de la que hablan los textos bíblicos, sólo pueden proceder de España.

Se suele considerar como fuente importante, para todo lo referente a Tartesos, el poema redactado por Rufo Avieno, autor que vivió en el siglo IV y que hacia el año 400 visitó Cádiz, cuando ya la ciudad había perdido gran parte de la pasada grandeza y quedaba en pie el Heracleion, uno de los más famosos templos semitas de la antigüe-dad. El problema de la “Ora Marítima” es precisar que fuentes utilizó. Varios autores (Schulten y García Bellido entre otros) defienden que la fuente principal es de origen fenicio, muy arcaica, seguramente redactada en el siglo VI a.C., lo que explicaría que los pueblos que se mencionan en ella ocupando las orillas del Guadalquivir o Betis no se recogen en fuentes posteriores, y que no se cite a Emporion (Ampurias), ya que el original fenicio remonta a una fecha anterior a su fundación por los griegos focenses, que acaeció poco después del 600. Otros autores antiguos defienden la misma teoría de ser Tartesos Gadir, fundación fenicia del año 1.100 a.C., magníficamente situada, ya que controlaba la desembocadura del Betis y toda la navegación por el Atlántico y por lo tanto toda la salida de los metales procedentes de Sierra Morena. Cádiz no ha dado hasta el momento presente material contemporáneo e su fundación, que según los últimos descubrimientos existía por lo menos desde el siglo IX a.C.

6. EL MARCO ARQUEOLÓGICO TARTÉSICO DE FINALES DE LA EDAD DEL BRONCE

Martín Almagro distingue varios periodos:

El comienzo del final de la Edad de Bronce hispánico se fecha en torno al 1.000 a.C. y se caracteriza por una cerámica fabricada a mano con carena y bruñidas. Entre los años 900 y 750 a.C. corre la etapa protoorientalizante, y que se caracteriza por la cerámica bruñida. En Cástulo, Carmona y el Carambolo se detecta ya el influjo orienta-lizante, debido a los fenicios, asentados en la costa. Se explotan a gran escala, con procedimientos nuevos traídos de oriente, las minas de Huelva, de Sierra Morena y de Cástulo.

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En este periodo, seguramente antes, llegan al Sur gentes célticas, procedentes de la Meseta, documentado por las cerámicas grafitadas e incisas. Se asientan en las zonas mineras. Según A. Blanco y Sangmeister, estas gentes podían ser mercenarios contratados por los más pudientes del Sur. A ellos pertenecerían las llamadas estelas extremeñas, que se localizan también fuera del área de Extremadura portuguesa y es-pañola.

En las estelas aparecen escudos, muy similares a los utilizados por los asirios, bien conocidos por los fenicios y que estos repartieron por el Mediterráneo. Los feni-cios, o mejor los tartesios, los entregaron seguramente a los jefecillos de las tropas mercenarias que defendían los cotos mineros.

El tercer periodo, que abarca entre los años 750 - 600 a.C., es orientalizante. Los fenicios comerciaban intensamente con los pueblos del interior y originan una cul-tura orientalizante que comprende todo el sur de España y Portugal, desde el Tajo al Mediterráneo.

Entre los años 630 a.C., fecha aproximada del viaje de Colaios de Samos, y el 520 a.C., los focenses comercian directamente con Tartesos, en busca de metales, como lo indican las numerosas cerámicas griegas de Huelva, Málaga y el Cerro Maca-reno (Sevilla). Esta época conoce el torno, la escritura, la cerámica pintada, que en Cástulo copian claramente a las telas, todo traído por los fenicios. Las telas son uno de la principales productos del comercio de Tiro.

Los tartesios adquieren productos elaborados por los fenicios, principalmente de Cádiz, lo que prueba que se elevó el nivel adquisitivo de los indígenas. Posiblemente artesanos de origen oriental trabajaron entre las poblaciones indígenas para los reye-zuelos. Este periodo es el Tartésico, por excelencia, según F. Presedo, quien defiende que la siguiente etapa, que comprende desde el 600 al 450 a.C. es también tartésica. Esta etapa conoce ya el uso del hierro, traído por los fenicios, documentado poco des-pués del 700 en Sexi (Almuñécar) y en Villena. Su uso no se generalizó hasta el perio-do siguiente: ibérico o turdetano.

7. CONSTITUCIÓN POLÍTICA. CLASES SOCIALES

La monarquía fue la forma política de gobierno en Tartesos. El monarca más fa-moso fue Argantonio, nombre que alude a la riqueza en plata de su pueblo. Se conocen los nombres y los hechos de otros personajes tartésicos, como Gargoris, el cual descu-brió el aprovechamiento de la miel. Su hijo Habis, modelo de monarca legislador, en-señó a su gente a cultivar la tierra con bueyes uncidos al arado, prohibió a los nobles el trabajo y dividió a su pueblo en siete ciudades. La monarquía tartésica era de carácter hereditario y arrancaba seguramente de comienzos de la Edad del Bronce.

Del monarca tartésico Argantonio se conocen algunos rasgos. Su figura es le-gendaria, pero ya con fundamento histórico. Debió nacer hacia el 670 a.C. y gobernó, según la leyenda, desde el 630 a mediados del siglo VI. Herodoto, al referirse a su rei-nado, escribe que tiranizó “durante 80 años a su reino”. La tiranía para Herodoto posee un sentido muy preciso y se aplica a los tiranos de la época arcaica griega: Pisístrato en Atenas, Políctrates en Samos. Para Tucídides la Tiranía es un producto de la cre-ciente riqueza originada por el comercio, lo que encajaba bien en la personalidad de Argantonio, que disponía de fabulosas riquezas, pues Tartesos era Eldorado del Mundo Antiguo. El Mediterráneo era pobre en minas, y ésta quedaban lejos de los pueblos asentados en las orillas orientales.

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Otro rasgo del carácter de Argantonio es el que intentase asentar a los focenses en su reino. La presencia de estelas en Tartesos, en las que se representan armas, indican claramente el carácter militar de su reino, apoyado en tropas mercenarias. Su nombre, Argantonio, parece indicar que es un monarca de origen céltico, de las pobla-ciones indoeuropeas llegadas a Tartesos, o quizás un jefecillo militar, que como tantos tiranos alcanzó el poder.

Hoy en día, y a la luz de las investigaciones, no se piensa que Argantonio con-trolase todo el reino de Tartesos; probablemente gobernarían al mismo tiempo varios reyes, que controlarían un territorio más o menos extenso. Seguramente Tartesos se asemejaría a la Etruria arcaica, donde gobernaban 12 reyes. Argantonio sería el mo-narca más rico, por controlar importantes explotaciones mineras o el más famoso por sus relaciones con los focenses.

Es probable que el carácter de la monarquía de Tiro influyera en la tartésica, pues el influjo fenicio en la religión fue extenso y profundo. Estos monarcas, estarían rodeados de una corte de noble, de clientes y de esclavos, de cuya existencia quedan huellas claras en las diferentes sepulturas de los túmulos de Carmona. El papel des-empeñado por esta nobleza tartésica se escapa totalmente, aunque quizá seria pareci-da a la oligarquía mercantil de Tiro, si bien el poder de estos reyezuelos seria absoluto. El lujo que rodeaba a estos monarcas era grande, así lo indica la riqueza de los túmulos Carmona. Vivían, al igual que los aristócratas, rodeados de productos orienta-les, que les proporcionaban los fenicios desde la costa. Los tesoros de El Carambolo o del Cortijo de Évora, o de la Aliseda, a los que nos referimos más adelante, son prue-bas de una gran riqueza y de su preferencia por los modelos importados. La suntuosi-dad es otra de la características de estos reyezuelos. Probablemente estuvieron divini-zados, como se desprende de las grandes tumbas, pues parecen indicar que fueron las sepulturas de importante personajes heroizados.

8. LA CUESTIÓN DEL MERCENARIADO. ARMAMENTO

El poder de los monarcas tartésicos se apoyaba en la existencia de mercenarios celtas, de cuya presencia son buena prueba las estelas grabadas con armas: espadas, arcos, escudos, cascos y lanzas. En algunas estelas se representa al enemigo muerto, en tamaño diminuto, según costumbre del arte griego y fenicio. La panoplia de estos guerreros, junto a armas, es de clara procedencia atlántica, como las espadas; las res-tantes armas representadas, probablemente fueron traídas por los fenicios de Oriente. Con ellas se armaron los mercenarios, que defendían a los monarcas tartésicos y que proporcionaban a los fenicios de la costa las mercancías que ellos buscaban.

J.M. Blázquez ha defendido el origen oriental de los escudos representados en las estelas y de los carros. Los escudos, por la forma de sujetarlos, sólo por el centro, son los mismos que los utilizados por los asirios en el asalto de las ciudades, bien do-cumentados en los relieves asirios. Los carros siguen los modelos del representado en un pyxis del palacio de Nimrud, obra fenicia, y de los relieves neohititas de Karkemis.

Los arcos de las estelas son doble, y cuyo tipo está bien atestiguado repetidas veces en los citados relieves asirios.

Cascos con cuernos, que se encuentran en las estelas hispanas y que aparecen en el mundo oriental, así como también los cascos corintios aparecidos en Tartesos. El hallado en Jerez de la Frontera se fecha en la primera mitad del siglo VII a.C. El encon-trado en la Ría de Huelva pertenece al siglo VI a.C. Las espadas eran de origen atlánti-co, como lo indica el hallazgo de la Ría de Huelva, del siglo IX a.C., que también

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con-12 tiene cascos.

Los tartesios utilizaron ya ingenios de asalto a las ciudades, introducidos en Oc-cidente por los fenicios. Macrobio refiere el uso de arietes contra Cádiz por el monarca tartesio Terón. Estos ingenios fueron después utilizados por los cartagineses, según Diodoro, en las guerras greco-púnicas de Sicilia del sigo V a.C., donde participaron gran número de tropas celtíberas, llamadas simplemente celtas por Diodoro, e íberas.

9. ECONOMÍA, COMERCIO Y PRODUCCIÓN ARTESANAL

La “Odisea”, en época de la gran colonización griega, descubre a los fenicios como hábiles navegantes, expertos comerciantes y piratas. También indica esta obra que los comerciantes fenicios empleaban un año entero en vender su cargamento. El comercio de los mercaderes fenicios con Tartesos debía ser mas constante y encon-trarse en manos particulares. Probablemente el Heracleion gaditano desempeñó un papel importante en el comercio con Tartesos. Comercio que por otra parte debió ser de intercambio, no monetal, pues Tartesos no conocía las monedas.

Probablemente muchos de los objetos que los arqueólogos encuentran deposi-tados en las tumbas tartésicas eran dones regalados por los fenicios a la aristocracia de Tartesos. Seguramente eran utilizados como medios de intercambio. Los reyezuelos y la nobleza tartésica recibían estos regalos y los intercambiaban por minerales, escla-vos y salazones. Los fenicios estaban interesados en obtener esclaescla-vos, probablemente de Tartesos.

Los bienes cedidos a los tartesios serían muy variados: bronces, trípodes, calde-ros, vasos de alabastro o de cristal de roca, joyas, amuletos, marfiles, telas y posible-mente también el vino y el aceite, introducidos en Tartesos por los fenicios.

Otro tipo de producto de intercambio eran las joyas, ya que los fenicios tenían fama de ser hábiles orfebres. Los comerciantes fenicios de Siria intercambian joyas, collares, objetos de adorno, etc., para las mujeres. Los alasbastrones de Huelva, de Carmona, etc., nos dan a conocer que los perfumes eran otro de los productos que in-trodujeron los fenicios, y con los cuales comerciaban.

El incienso también fue un producto del comercio fenicio, como se desprende de la presencia de quema perfumes en Huelva, Cástulo, etc.

Es probable que estos bienes circulasen en Tartesos como dinero. Estos regalos en principio, eran símbolos de riqueza, de prestigio y de tesaurización. A estos regalos y al comercio se debe la aparición de un periodo orientalizante en Tartesos. Este reino comerció mucho más intensamente con los fenicios que con los griegos. Los objetos griegos en Tartesos, salvo en Huelva y en Málaga, donde la cerámica griega es abun-dante, son muy escasos en número.

En lo que respecta a la comercialización del estaño atlántico (uno de los princi-pales productos buscados por los fenicios en Occidente), J. Alvar sostiene que se trata de una actividad compleja, que se realizaría por una doble vía. Los tartesios seguirían una ruta terrestre (la posterior vía de la Plata), a través de la cual drenarían la produc-ción procedente del Noroeste, mediante un comercio extremadamente segmentado, responsable de la distribución de los materiales orientalizantes en el interior.

En cuanto a la producción artesanal en Tartesos, en muy evidente el sello fenicio en estas obras, así vemos como el artesanado de Tartesos produjo un gran cantidad de bronces, siendo difícil conocer las piezas que salieron de talleres fenicios, proba-blemente asentados en Cádiz, de artesanos indígenas, o de importaciones.

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Uno de los bronces de mejor arte y técnica es la cierva del Museo Británico, tra-bajada en hueco y formada de varias piezas ensambladas, según la técnica de trabajar el bronce en la Grecia arcaica.

En Tartesos se utilizaron grandes calderos de bronce de lejano origen asirio, muy de moda en el periodo arcaico. Cuencos semejantes a la páteras fenicias han apa-recido en Cástulo con el Caldero decorado por las Astartés. Los artesanos tartesios produjeron una gran cantidad de jarros en plata y bronce, utilizados en los rituales fune-rarios, al igual que los llamados “braserillos”, donde probablemente se quemaban per-fumes. De esta misma época, se conocen varios broches de cinturón decorados con motivos orientales, esta decoración de broches, aparecidos en diferentes lugares indica cómo el influjo fenicio fue extenso y profundo y afectó a la decoración de los mas varia-dos objetos.

La orfebrería tartésica se desarrolló profundamente, siguiendo técnicas fenicias, produjeron gran cantidad de piezas, y que debieron de ser objeto de regalo a jefecillos locales y su fabricación se piensa que fue en talleres peninsulares.

Dos grandes conjuntos de joyas se conservan. El más antiguo procede de la Ali-seda, y se fecha en torno al 600 a.C., y el segundo, de fecha posterior (600-550 a.C.) apareció en El Carambolo.

Las joyas de la Aliseda son muy variadas: un cinturón, una diadema, pendientes, brazaletes, colgantes, sellos y sortija. El uso de la diadema fue introducido por los feni-cios y gozó después de gran aceptación entre los íberos.

El segundo grupo, el de El Carambolo se compone de un pectoral, un collar y ocho placas. Se diferencia del grupo anterior por la decoración. El collar formado por una cadena doble, del que cuelgan siete anillos giratorios, frecuentes en la escultura chipriota y en joyas de Etruria, de Grecia y de Siria.

Los dos grupos componen un conjunto homogéneo. Proceden del mismo taller, situados a orillas del Betis, y los dos pectorales son probablemente obra del mismo ar-tesano.

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TEMA 3.- INVASORES Y COLONIZADORES (2).

Griegos y Cartagineses.

10. LA COLONIZACIÓN GRIEGA

10.1. INTRODUCCIÓN

La llegada de gentes colonizadoras y de productos griegos a la Península es un hecho arqueológicamente comprobado. La presencia griega en España tiene unos fun-damentos (como los de toda colonización) claramente económicos. La expansión co-mercial a través del Mediterráneo de un pueblo con un alto grado de desarrollo técnico, social y artístico que exporta fundamentalmente productos manufacturados a cambio de valiosas y rentables materias primas. El mar va a ser el camino de una corriente cul-tural y humana que, a lo largo de varios siglos, servirá de puente entre los mundos griegos e ibérico. También es de destacar la importante función que la presencia griega vino a desempeñar en la formación y en el desarrollo de la cultura y el arte ibérico.

La presencia griega en España está documentada por dos tipos fundamentales de datos: por un lado las fuentes literarias, esto es, aquellos testimonios antiguos que hacen referencia, de forma más o menos explícita, a los viajes de los navegantes grie-gos por el Occidente; por otro lado, las fuentes arqueológicas, es decir materiales que, descubiertos en las excavaciones, aportan paulatinamente nueva luz sobre la naturale-za y el valor del comercio griego en el extremo occidental del Mediterráneo.

11. LAS FUENTES LITERARIAS

El estudio global más extenso que se ha realizado hasta hoy sobre las fuentes li-terarias es obra del profesor Antonio García Bellido. Su libro Hispania Graeca puede considerarse una síntesis sobre la colonización griega en España en la década de 1.940.

Las fuentes literarias son fundamentalmente de dos tipos: por un lado, la narra-ción mítica o poética en la que la realidad queda desfigurada, y por otro las noticias de geógrafos e historiadores de la antigüedad que transmiten por lo general noticias muy anteriores a su época. Tal es el caso de la Ora marítima del tardío poeta latino Avieno, quien puso en verso un antiguo periplo de navegantes griegos. Su primitivo autor, un marino posiblemente de Marsella, hizo una descripción detallada de la costa desde Tar-tesos hasta aquella ciudad, señalando los lugares que iban apareciendo ante la nave griega en su recorrido. Basándose en este periplo se ha conjeturado la localización de primitivas colonias (Mainake, Homeroskopeion, Akra Leuke, etc.) cuya existencia no ha sido constatada aún en muchos casos por la arqueología.

A estos datos poco concretos, hay que añadir los relatos de algunos historiado-res antiguos en los que la realidad se mezcla con elementos imaginativos por lo que resulta necesario realizar previamente una cautelosa interpretación de los textos a la hora de extraer de ellos unos resultados históricos válidos. Uno de los relatos más sig-nificativos de este tipo fue escrito por Herodoto (primera mitad del siglo V a.C.), quien nos cuenta en sus historias el viaje improvisado de Kolaios, marino de la isla de Sa-mos, quien deseando viajar hacia Egipto, fue sorprendido por los vientos del Este y condujeron a la nave de los samios más allá de las columnas de Hércules, donde fi-nalmente arribó Kolaios como naufrago ante las mismas costas de Tartesos. Allí co-merció Kolaios y sus compañeros con los indígenas, tras lo cual emprendieron viaje de

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vuelta a Samos con pingües ganancias. La narración de Herodoto, adornada con nu-merosos elementos imaginativos, refleja el atractivo poderoso (idealizado con la rique-za que comporta el comercio) que impulsa a diversas ciudades de Asia Menor de la Grecia arcaica a buscar en un occidente paradisíaco una salida vital para sus exceden-tes de población y para su pobreza.

12. LA COLONIZACIÓN FOCEA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

Inician su etapa colonial cuando otros elementos griegos, principalmente eubeos de Calcis y rodios, ya estaban prácticamente concluyendo su proceso colonizador.

Herodoto insiste en que los foceos fueron los primeros griegos que llevaron a cabo navegaciones lejanas, descubriendo el Golfo Adriático, Tirrenia, Iberia, Tartesos. Afirmaciones que no concuerdan con otras fuentes escritas y/o arqueológicas. Sin em-bargo, es posible que sea relativamente válido para el extremo occidental del Medi-terráneo, ya que los foceos, al iniciar su fase colonial más tardíamente, se ven obliga-dos a navegar a regiones más alejadas que en perioobliga-dos precedentes.

12.1. La colonización focea en el Sur peninsular (siglos VII - VI)

Desde el último cuarto del siglo VII a.C. parece claro que los foceos visitan y comercian con el reino de Tartesos regularmente, con tanto éxito que, Herodoto descri-be la amistad que los colonos - comerciantes focenses habían entablado con el rey de Tartesos Argantonio. Amistad que llevó al rey tartésico a ofrecerles tierras para que se instalaran en su reino ante la amenaza persa.

De estos testimonios podemos atisbar que el comercio focense con el reino de Tartesos tuvo que ser muy intenso durante la primera mitad del siglo VI a.C., en com-petencia con el llevado a cabo por los fenicios. En el área de Huelva los hallazgos son mucho más importantes en estos momentos que los que se producen en las factorías fenicias del sur peninsular.

Así, desde el 580 a.C. se reciben piezas de verdadero lujo, fabricadas en el Áti-ca, como el ánfora decorada con klitias, copas y shyphoi; junto a estas ricas cerámicas se reciben también mercancías más corrientes de la Grecia del este: copas jonias, ánforas samias, jonias, quiotas, etc.

Es en estos momentos cuando García y Bellido sitúa la fundación de Mainake, junto a Málaga, colonia más occidental del Oikumene como apoyo para el comercio griego. Estrabón no sólo menciona la existencia de Mainake, en cuyas ruinas puede reconocerse fácilmente la planta griega, sino que también considera fundación focea a Abdera.

12.2. La colonización focense en el Sureste y Levante peninsular (siglos VII-VI)

Casi simultáneamente a los viajes realizados al sur de la Península por samios y foceos, estos últimos inician sus viajes hacia el extremo noroccidental del Mediterrá-neo. Las excavaciones de Gravisca, cerca de Tarquina, han puesto de manifiesto la presencia griega oriental desde comienzos del siglo VI a.C., lo que implica que las pri-meras navegaciones de toma de contacto e produjeron en el siglo VII a.C. Quizá el fru-to de esos viajes fue la fundación de la colonia de Massalia (Marsella), cerca de la des-embocadura del río Ródano, en el transito de los siglos VII-VI.

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Massalia crece rápidamente, con una gran prosperidad económica basada en la explotación de los mercados “bárbaros”. Fruto de ese crecimiento, y pocos años des-pués, fundan más al occidente Emporion (Ampurias), en el golfo de Rosas, primero en un pequeño islote (Palaiópolis). Unos años más tarde se instalan en tierra firme (Neá-polis).

Los restos arqueológicos más antiguos documentados nos llevan a establecer la fundación en torno al 575 a.C. La ubicación de la ciudad dentro de una zona pantanosa y rocosa, excluye totalmente su signo poblacional, debiéndonos decantar por un carác-ter meramente comercial y de mercado abierto, como indica su propio nombre.

Emporion dependió durante los primeros años de Massalia, como demuestra la frecuente aparición de ánforas de tipo massaliota que se han documentado en la Neá-polis ampuritana.

Los primeros años de existencia de Emporion debieron de ser los una pequeña ciudad o factoría de tipo mercantil que sirviera de apoyo a las navegaciones griegas para facilitar la creación de nuevos mercados comerciales, y serian simples y esporádi-cos tanteos, pasando con el tiempo a contactos sistemátiesporádi-cos, gracias al establecimiento de unas buenas relaciones con los indígenas peninsulares. A esto habría que añadir el mejor conocimiento de la costa peninsular en sentido Norte-Sur hasta llegar a enlazar en el área del Sureste con la ruta hacia Tartesos.

De la otra colonia importante del noreste peninsular, Rhode (Rosas) no tenemos noticias literarias ni arqueológicas para estas fechas de los siglos VII-VI a.C. Los restos de la colonia no se remontan, hasta el momento, más allá del siglo VI a.C.

12.3. El fin de las relaciones griegas con Tartesos

Tras casi siglo y medio de competencia económica y mercantil entre griegos y fenicios por el control del mercado tartésico, las transacciones comerciales griegas co-mienzan a decrecer considerablemente a partir del último tercio del siglo VI a.C., debi-do a las dificultades, cada día mayores, puestas por los comerciantes fenicio-occidentales.

Habiendo heredado la hegemonía fenicia en Occidente a mediados del siglo VI a.C., tras la ruina de las metrópolis fenicias, Cartago, la nueva metrópoli, recuperará el monopolio comercial con Tartesos, sobre todo para salvaguardar los intereses de los artesanos y comerciantes fenicio-occidentales de los mercaderes griegos. Fruto de esta situación será la firma del primer tratado romano cartaginés del año 509 a.C., en donde Roma, que en estas fecha será una pequeña ciudad con estructuras etruscas, y Carta-go se reparten las áreas de influencia e intercambios comerciales, cerrándose para los griegos las rutas hacia Tartesos. Aunque suponemos que estos tratados en el mundo antiguo no se cumplirían al cien por cien, lo cierto es que a finales del siglo Vi a.C. de-jan de recibirse importaciones griegas en Tartesos, pudiéndose afirmar que el comercio directo griego con Tartesos ha desaparecido. Esta sería una de las causas que provo-cará el subsiguiente colapso del reino de Tartesos, al convertirse nuevamente en un monopolio semita.

Los griegos a partir de este momento centrarán sus esfuerzos e intereses co-merciales en el sureste peninsular, ya que desde sus bases en esta área (Homerosko-peion) emprenderán un comercio terrestre de larga distancia hacia el interior peninsu-lar, y que no es extraño a los focenses. Este comercio llevaría desde el sureste penin-sular, desembocadura de los ríos segura (Guardamar) y Vinalopó (Santa Pola), hasta Cástulo con importantes riquezas mineras. Continuaría a través del curso de Guadiana

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hasta Extremadura, pues los foceos conocerían desde sus contactos con Tartesos la riqueza de estas tierras de cinabrio.

12.4. Evolución de las colonias y factorías griegas (siglos V-IV a.C.)

Es poco lo que se conoce sobre la vida y la expansión de las colonias griegas peninsulares durante los siglos V-IV a.C. Ampurias cobra un gran auge en la primera mitad del siglo V, adquiriendo en cierto modo la preponderancia que hasta este instante había ostentado Massalia, que vio cortado su comercio a través del interior de la Galia por los movimientos de los pueblos celtas.

La ciudad debió de tener un importante aumento demográfico como evidencian el comienzo de las acuñaciones ampuritanas, especialmente de sus dracmas.

También a partir del 480 a.C. comienzan a llegar grandes cantidades de cerámi-cas áticerámi-cas. Se trata de cerámicerámi-cas baratas destinadas a mercados con poca posibilida-des económicas o a gentes de gusto poco refinado.

Esta prosperidad de las factorías griegas se acrecienta a finales de siglo con el fin de la Guerra del Peloponeso. Atenas inicia, a partir de este momento, la recupera-ción y ampliarecupera-ción de sus mercados comerciales. Para tal fin inunda los mercados bárbaros con productos cerámicos del Ática. En la Península es Ampurias la que redis-tribuye estas vajillas de lujo entre las poblaciones indígenas. En estas fechas se fundan nuevas factorías en el Sureste: Alonis y Akra Leuke, facilitando así la penetración de las importaciones griegas en el interior peninsular.

A mediados del siglo IV a.C. se produce un cambio en el panorama comercial, quizás debido a la presión cartaginesa. Roma y Cartago firman un segundo tratado (348 a.C.), y como consecuencia de él, se establecen límites al comercio, fundación de colonias, etc. La actividad comercial griega volverá a circunscribirse a la fachada del levante peninsular, continuándose no obstante, las relaciones terrestres con el interior.

12.5. El siglo III y el final de la colonización griega en la Península

Durante este periodo Ampurias engrandeció su Stoa y otros edificios anejos, aunque nunca llegó a ser una ciudad de carácter monumental, conservando siempre su naturaleza comercial y de mercado.

Rosas, por el contrario, experimenta una notable pujanza económica a lo largo del siglo III a.C. Se inicia este proceso a finales del siglo IV a.C., con el comienzo de las acuñaciones monetarias (dracmas) de plata como las de Ampurias, que tendrán una excelente acogida entre las poblaciones indígenas del Noreste y Provenza por su buen arte, siendo muy imitadas.

A este hecho hay que unirle la fabricación de cerámicas de barniz negro, que exportará sus productos a las poblaciones indígenas desde Cataluña y Languedoc has-ta la región de Murcia, a lo que hay que añadir un avanzado urbanismo.

Este periodo finaliza bruscamente sobre el año 240 a.C., momento en que tam-bién cesan las acuñaciones de dracmas. Se han barajado dos teorías sobre la recesión económica de Rosas. Por un lado se piensa que una acción militar combinada de Am-purias y Marsella la habrían anulado, suprimiendo de este modo a un importante rival y competidor.

Sin embargo, este fenómeno también pudo estar de algún modo relacionado con la llegada de los Bárquidas a la Península a partir del año 237 a.C., pues su presencia

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en el Sureste ocurre en la misma época en que parecen extinguirse los productos de Rosas.

Después de esta fecha, Rosas quedaría como un punto fortificado de Ampurias. La nueva frontera impuesta por el tratado romano - cartaginés del año 226 a.C., el río Ebro, supondrá la desaparición de los intereses griegos al sur de este río.

La segunda Guerra Púnica posibilitó la llegada física de los romanos a la Penín-sula con el desembarco de los hermanos Escipiones en Ampurias el año 218 a.C. Tras esta guerra la Península comienza a incorporarse al mundo romano, pudiéndose con-siderar como concluida la etapa colonizadora griega.

12.6. La presencia cultural griega en la Península Ibérica

Arqueológicamente se han constatado dos colonias griegas, ambas situadas en el golfo de Rosas: Emporion (Ampurias) y Rhode (Rosas).

El primer asentamiento se produjo en una islita cercana al continente. Esta isla en la actualidad está unida a tierra firme por los aportes del río Fluviá, allí se emplaza el pueblo de San Martí de Ampurias.

No se conocen restos del hábitat de la Palaiópolis, aunque la prolongación del establecimiento griego en la costa se produce pronto, ya que la necrópolis del Portixol, con enterramientos del siglo VI a.C., se encuentra ya en tierra firme. Al asentamiento del continente se le ha venido llamando Neápolis, en contraposición al primer núcleo fundacional. Esta Neápolis debía estar amurallada, situándose la cerca más potente al Sur y Oeste, ya que por el Este y Norte el mar serviría de protección. Contaba con un excelente puerto, protegido por en el Norte por la isla donde se ubicaba la Palaiópolis y al Sureste por un muelle. En la actualidad se conserva el de época helenística.

La configuración de la ciudad es rectangular, en sentido Norte-Sur y Oeste-Este, y el trazado del caserío tiene una fuerte tendencia hipodámica, con ciertas irregularida-des.

La única puerta de acceso conservada la encontramos al Sur, englobada dentro de la muralla, construida con grandes piedra de tipo ciclópeo y protegida por dos to-rreones defensivos. La cronología de esta muralla pertenece ya a un periodo helenísti-co, siglos III-II a.C.

Detrás de la muralla se encuentra el área sacra de la ciudad, compuesta por pe-queños templos: el templo in antis de Asklepios, en donde apareció la estatura del dios de la medicina, y que corresponden al siglo III a.C. Junto al templo de Asklepios existe otro, dedicado posiblemente a la diosa Higea. El tercer templo, de dimensiones algo mayores es el de Zeus - Serapis.

Hacia el Norte encontramos la plaza central o Ágora, pequeña y de forma cua-drangular. Fue edificada en el siglo II a.C., de aquí parte una arteria importante de la ciudad, y en ella se abría la Stoa, en la que puede distinguirse la planta compuesta por dos hileras de doce columnas y a fondo de las mismas nueve departamentos rectangu-lares que formaban las tiendas o almacenes. La vida en la ciudad debió de ser eminen-temente comercial a lo largo de toda su existencia.

La ciudad de Rhode (Rosas) ha sido hallada hace relativamente pocos años. Los restos exhumados son muy reducidos. Sin embargo los trabajos han puesto al descu-bierto parte del caserío. Se trata de un barrio con trazado hipodámico. La cronología de estas estructuras corresponde a los siglos IV y III a.C.

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No se conocen hasta el momento otras edificaciones más significativas como templos o construcciones públicas. Futuros trabajos arqueológicos podrán descubrir la importancia de la colonia de Rosas.

13. EL PERÍODO CARTAGINÉS DE LA COLONIZACIÓN PÚNICA

Según Mª Eugenia Aubert, el espacio de tiempo comprendido entre los siglos VI y III a.C. corresponde al del imperio cartaginés pre-bárcida y coincide con aquel periodo en el que Cartago asume, gradual y militarmente, el control de los viejos territorios de población fenicia occidental. Se trata de un periodo de profundos cambios en el seno de la sociedad fenicia de Occidente.

En efecto, durante la segunda mitad del siglo VI a.C., la arqueología percibe en el Mediterráneo central, occidental y norteafricano una serie de cambios en las costum-bres funerarias, y la introducción de un conjunto de piezas, como terracotas, máscaras, navajas de afeitar y cascarones de huevos de avestruz, de indudable carácter carta-ginés, que constituyen los fósiles directores por los que podemos descubrir los influjos procedentes de Cartago.

Si se contrastan las características culturales de las viejas colonias fenicias de los siglos VIII-VII se advertirán cambios significativos, que se explican sólo por la inter-vención de los influjos cartagineses. Así por ejemplo, los tipos cerámicos y sus sobrias decoraciones hallan más similitudes con los que son propios de Cartago; la inhumación sustituye paulatinamente a la incineración. Lo mismo cabe decir de los cultos, con san-tuarios dedicados a divinidades del panteón cartaginés. Todo ello, proporciona unos esquemas culturales bien diferenciados de los más antiguos de las colonias fenicias, que serán más o menos intensos en los diferentes puntos peninsulares, según los gra-dos de aceptación o influencias más directas de Cartago. En general, desde el río Guadiana hasta el Segura se hallan las huellas de Cartago.

Durante el siglo VI se advierten en los poblados fenicios peninsulares huellas de rupturas con la etapa precedente, relacionados con diversos acontecimientos acaeci-dos en otros yacimientos del mediodía peninsular. Por ejemplo, a finales del siglo VII a.C. o en la primera mitad del VI, se ha determinado el final de la factoría de Toscanos.

La situación en la costa levantina peninsular muestra signos evidentes de los cambios de esta época. Los Saladares, Peña Negra y Vinarragell, que habían manteni-do importantes y continuas relaciones comerciales con los centros fenicios, cesanmanteni-do en la primera mitad del siglo VI a.C. La causa probable de estos cambios estriba con segu-ridad en los desequilibrios políticos y económicos que supuso la caída de Tiro en el 573 a.C., a donde en gran parte se dirigía el mercado fenicio occidental durante los siglos VIII y VII a.C. Cartago, aprovechando esta coyuntura favorable, se erigió en la heredera política y económica de Tiro y surgió por entonces como una potencia marítima a tener en cuenta.

A todo ello se añade que, desde los comienzo del siglo VI a.C., se inició un co-mercio activo griego oriental (focense), mayoritariamente dirigido hacia Tartesos, que finalizó hacia el 530-520 a.C., como sugieren la excavaciones realizadas en la ciudad de Huelva. Y poco más tarde, en la segunda mitad del siglo VI a.C., son evidentes las importaciones griegas en la bahía gaditana y sudeste peninsular. La presencia griega, al menos en el ámbito fenicio podría explicarse como un cierto debilitamiento en el con-trol de estas costas peninsulares y de sus recursos económicos, tras la caída de Tiro y el afianzamiento político de Cartago.

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14. Marco histórico de Cartago hasta la época de los Barca

El marco geopolítico y económico de Cartago fue distinto al de Gadir y al de las colonias fenicias de la costa peninsular. Por Tucídides sabemos que, tras los primeros establecimientos fenicios en Sicilia, surgieron problemas con los griegos también allí asentados, al punto que tuvieron que retirarse a la extremidad noroccidental de la isla. Esto fue el comienzo, pues la historia de Cartago está marcada, y se jalona, por las continuas rivalidades con los colonos griegos, que alcanzaron el Mediterráneo central en el siglo VIII a.C.

La necesidad de apoyo de una gran ciudad tal vez fue el origen de los vínculos entre Cartago y las colonias fenicias del Mediterráneo, y desde luego del papel primor-dial que jugó esta ciudad. Tras la caída de Tiro, Cartago asume en el Mediterráneo el papel que le correspondería a la metrópolis, así pues la propia dinámica histórica, des-de los primeros establecimientos semitas, agudizada por la caída des-de Tiro, hizo posible el surgimiento de Cartago como una potencia militar a tener en cuenta. También se debe a su ubicación geográfica en el corazón del Mediterráneo, siendo un baluarte para la defensa de los intereses comerciales en su extremo occidental.

Su primera actividad exterior fue la fundación de una colonia (Ibiza), que Diodoro de Siracusa sitúa en 654-53 a.C., unos 160 años después de la fundación de Cartago, pues esta isla le aseguraba un punto necesario para el acceso a las costas peninsula-res. Los datos arqueológicos muestran, no obstante, que Ibiza, a mediados del siglo VII a.C., y durante su segunda mitad, se hallaba conectada con los intereses económicos de Gadir y no de Cartago, cuya huella no tendrá lugar hasta los comienzos del siglo VI a.C.

Un primer síntoma de la política cartaginesa en el Mediterráneo, contra los grie-gos, fue, según Tucídides, la derrota que los cartagineses sufrieron en su intento de obstaculizar a los foceos la fundación de Marsella, en torno al 600 a.C.

Otro hito importante acaeció en el 535 a.C. en la batalla de Alalia, frente a las costas de Córcega. La alianza etrusco-cartaginesa dio como resultado la derrota de los foceos, aunque las consecuencias económicas no debieron ser muy perjudiciales para los griegos. Sin embargo, supuso la delimitación de las esferas de influencias, corres-pondiendo Italia a los Etruscos, desde los Alpes a la Campania, y para los cartagineses quedaba una amplia zona del Mediterráneo occidental que incluía el sudeste peninsu-lar.

Hacia el 510 a.C. se debilitó esta alianza, a causa de los problemas internos de los etruscos, época en que Roma surgió como una república independiente. Esta vez es Roma la que, en el 509 a.C., concluyó un nuevo tratado con Cartago sobre la delimi-tación de las esferas de influencia.

En el 348 a.C., se concluyó un nuevo tratado entre Roma y Cartago, el cual be-neficiaba a Cartago ya que impedía a Roma el tránsito por el norte de África y sobra todo a la costa española comprendida desde Cartagena hasta Huelva, la zona que pod-ía ofrecer más incentivos comerciales. Cartagena, por la producción de sus minas, abastecía de plata a Cartago para el pago de sus tropas mercenarias, en la que los íberos constituían un porcentaje elevado.

Por esta época, Cartago dominaba prácticamente todo el norte de África, aunque siquiera fuese a niveles meramente comerciales, así como la costa meridional españo-la, sobre todo desde Almería al estrecho de Gibraltar, en donde Cartago mantenía una política comercial provechosa.

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Nuevos tratados, que en la práctica repetían las cláusulas de los anteriores, se firmaron entre Roma y Cartago en el 306 y 279 a.C. Y en lo que respecta a la Penínsu-la Ibérica, Cartago confirmaba su zona de influencia por el Sur, que constituía una fuen-te de ingresos necesaria para su economía y la paga de sus mercenarios. Pero en el 264 comenzó la Primera Guerra Púnica, entre Roma y Cartago, las dos grandes poten-cias por entonces del Mediterráneo, que acabó en el 241 con la pérdida para Cartago de Sicilia. Así la situación, su única posibilidad fue la afirmación política y económica en España, para equilibrar de este modo los territorios perdidos en otros puntos del Medi-terráneo. Esta fu en suma, la política de los Barca en España.

14.1. La Ibiza púnica

La descripción más antigua y extensa que se posee de Ibiza se debe a Diodoro de Sicilia. En el texto escrito por este autor afirma que Ibiza es una colonia de Cartago y que su fundación acaeció hacia el 654-653 a.C., unos 160 años después de la funda-ción de Cartago. Afirma que su posifunda-ción es optima por su cercanía a las columnas de Hércules, o Estrecho de Gibraltar, y de la costa norteafricana. Está provista de murallas que circundan un caserío numeroso, con una población de cuatro o cinco mil personas y que posee buenos puertos, necesarios para el desarrollo de sus actividades comer-ciales.

Sin embargo, y a pesar del texto de Diodoro, no está claro que la fundación de Ibiza se deba a iniciativas cartaginesas. El registro arqueológico denota que la funda-ción de Ibiza se debió a comerciantes del sur de la Península, probablemente de Gadir, como una avanzadilla en su expansión comercial por las costas levantinas hasta Cata-luña y sur de Francia, por la situación estratégica de la isla, que aseguraba un unto de apoyo para las embarcaciones. Su fundación también se justifica por la existencia de sus salinas y la cercanía a las poblaciones talayóticas de Baleares, con las que habría posibilidades comerciales. Si se añade a ella su situación, como puerto obligado para las embarcaciones que se dirigían a las costas peninsulares desde Oriente.

Las relaciones con Gadir se mantienen hasta comienzos del siglo VI a.C., cuan-do se advierten profuncuan-dos cambios en las factorías fenicias andaluzas, como conse-cuencia de la caída de Tiro. Esta situación produjo transformaciones en Ibiza y cambios de orientación económica, advirtiéndose relaciones con Cerdeña, Etruria y Ampurias. A mediados de este siglo, y a causa de la expansión de Cartago por el Mediterráneo cen-tral, Ibiza formó parte de la estrategia de esta ciudad, lo que se tradujo en un crecimien-to poblacional y urbano considerable y, desde luego, en la aceptación de fórmulas cul-turales, de las que se poseen numerosos datos arqueológicos.

La arqueología ofrece los mejores testimonios para apreciar los cambios acaeci-dos a mediaacaeci-dos del siglo VI a.C., como consecuencia de la presencia de Cartago en Ibiza. Síntomas de ello se advierten en los aspectos religiosos, como demuestran los santuarios de Isla Plana, Puig d’en Valls y Es Cuieram, donde se han hallado huevos de avestruz, cerámicas y terracotas muy simples, que representan a personajes de ambos sexos en actitud de oración. Las figurillas ofrecen formas acampanadas, de ca-bezas cilíndricas, y cónica la forma superior del cráneo, u ovoides con caca-bezas grotes-cas. La mayoría de estas estatuillas, que proceden del Mediterráneo, se han hallado en depósitos votivos de algún modo relacionados con un templo o santuario en las proxi-midades, y que testimonian claramente los vínculos religiosos de Ibiza con el mundo cartaginés en esa época.

Otro cambio tiene lugar a finales del siglo VI a.C., cuando, en los enterramientos, la inhumación sustituye prácticamente a la incineración, coincidiendo con la aparición

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de las necrópolis de hipogeos, como en Puig des Molins.

El proceso de ocupación, iniciado probablemente a finales del siglo VI a.C., cul-minó en el siglo IV a.C., y a partir de entonces se advierte un crecimiento económico constante, que supuso la participación de Ibiza en las corrientes comerciales del Medi-terráneo occidental. Estos núcleos de producción, que ocupaban escasas hectáreas, dedicaban sus actividades al cultivo de la vid y al olivo principalmente, así como a la ganadería con la cría de ovejas, que proporcionaban una lana de excelente calidad, que dio lugar a una florecientes industria textil. Todo ello se debió completar con indus-trias de sal. Los restos arqueológicos, y sobre todo de ánforas, insinúan una economía agrícola de cierta importancia, cuyos productos se exportaban a los centros púnicos peninsulares, como Villaricos, y a los mercados del Nordeste, como Ampurias y Ullas-tret, alcanzando hasta el sur de Francia.

14.2. Los cartagineses en la Península Ibérica

Si los testimonios arqueológicos denotan con claridad la existencia de una colo-nia cartaginesa en Ibiza, los yacimientos peninsulares son más parcos en noticias y los influjos norteafricanos resultan más complejos de vislumbrar, al punto que se ha insi-nuado que jamás dependieron de la órbita política de Cartago.

Los datos arqueológicos sugieren la presencia de cartagineses en las costas pe-ninsulares desde finales del siglo VI a.C., sobre todo por los testimonios funerarios.

Las excavaciones de Luis Siret, sobre todo centradas en las necrópolis de Villa-ricos, han puesto al descubierto mas de dos mil enterramientos, que hoy por hoy cons-tituyen la manifestación púnica más importante del sur peninsular. Apenas se conocen restos urbanos, pero los trabajos arqueológicos ponen de manifiesto la existencia de una acrópolis, de unos 30 metros de altura, ceñida por un foso, posiblemente defensi-vo, en cuyo interior se hallaron varios niveles de habitaciones y restos de los siglos IV-III a.C. los enterramientos y sus rituales son por el momento los aspectos mejor cono-cidos del yacimiento.

El grupo más numeroso lo componen unas 400 tumbas de inhumación, situadas en torno a la cima central y la zona superior de las pendientes. Son fosas rectangula-res, pero que en ocasiones adquieren una disposición antropomorfa.

La costa malagueña se hallaba también habitada por una numerosa población fenicia desde el siglo VIII a.C. Estrabón recalca la importancia de Malaka por su carác-ter de ciudad y puerto, su paso hacia el Estrecho, sus industrias de salazones y las re-laciones comerciales con el norte de África.

Las excavaciones realizadas en la década de los 80 han proporcionado una po-tente estratigrafía de relleno de los siglos VI a I a.C., y que han permitido discriminas la historia de esta ciudad en tres fases principales: fenicio púnica (siglo VI), púnica (co-mienzo del siglo V y finales del III) y púnico - romana (finales del III a mediados del si-glo I).

Málaga seria un enclave importante en el programa político del naciente imperio cartaginés, coincidiendo con el fin de la hegemonía fenicia en Oriente (caída de Tiro) y como reacción a la expansión focense, que se advierte desde los inicios del siglo VI a.C. En este nuevo planteamiento político occidental se atribuye a Málaga la vigilancia del cierre del Estrecho al comercio griego, la desaparición del comercio libre en Maina-ke y tal vez una relación en el tratado romano - cartaginés del 509 a.C.

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