VALLE OLVIDO

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Texto completo

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P R E S E N T A

QUE PARA OBTENER EL GRADO DE

T E S I S

ADRIÁN ORTEGA ITURRIAGA

MÉXICO, D.F. 2015

CENTRO DE CULTURA CASA LAMM

MAESTRO EN LITERATURA Y CREACIÓN LITERARIA

CON RECONOCIMIENTO DE VALIDEZ OFICIAL DE ESTUDIOS DE LA SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA, SEGÚN ACUERDO

No. 20110634 DE FECHA 6 DE JULIO DE 2011

VALLE OLVIDO

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Agradecimientos

Con especial cariño a Christel, por aceptar el puesto ante el timón de este barco de papel que ahora flota gracias a sus diestros comentarios.

A mis sinodales, Juan Antonio y Patricia, por darse el tiempo de leer este proyecto y evaluarlo con la experiencia de sus miradas.

A Casa Lamm y los profesores con los que, a pesar de la distancia, conviví, por la educación brindada, el buen trato y grandes enseñanzas. De todos ellos, Yamilet, por haber incubado las

primeras páginas de esta novela.

Por último, a todos aquellos que estuvieron, de una u otra forma, a un lado durante este proceso. Particularmente, a los impertinentes que no paraban de preguntar,

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Papá, por contagiarme el rock y la literatura. Mamá, por ser la causante de todo esto. Taniushka, por ser esa otra parte.

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Cornelia

1

Despierta con un gruñido. Últimamente no hace más que gruñir. Será la enfermedad que se le atora en la garganta. Una bola de pelos o de palabas o ve tú a saber. ¿De miedos? Escupe sonidos roncos que le hacen ver como un anciano. O un enano, de esos que respiran torpemente en las minas y utilizan unas hachas pesadísimas y portan las mejores barbas que se pueden imaginar. Mira el techo con ojos de topo. Ojos de quien espera un milagro que caiga del cielo. Pero no cae más que la luz artificial del foco. Busca los lentes con la mano. Es un gesto curioso y a la vez increíblemente triste. Siempre busca los lentes con la mano, porque sin ellos, los ojos los tiene sólo para moverlos de un lado a otro, inútiles. No. Para moverlos y ver allá una cosa nueva, acá otra y todo se llena de diferencias. O eso es lo que dice, que es como ver a través de un caleidoscopio. Lleva una semana en cama; los pelos parados, el cuerpo hinchado, la cabeza caliente, el abdomen adolorido. Empieza a oler mal, a guardado. Polvo de baúl. No quiere salir a ningún lado, así que permanece en piyama. Porque si no hay necesidad de salir, entonces no hay necesidad de agradar a nadie, sólo a uno mismo, dice. Y él está contento sin arreglarse, apestando. Los enfermos son los mayores egoístas.

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moverse tanto para cambiar la esencia, pero lo suficiente para concebir unos manchones dinámicos.

—¡Seguro los impresionistas necesitaban lentes! fue lo que dijo y empezó a reírse con la boca bien abierta; los ojos entrecerrados y chillones. Una carcajada bellísima.

—Basta de tonterías, viejo loco. Y vamos por ahí —dijo Carina metiéndole los lentes a la fuerza. Y ni creas que voy a sacarte sin que te des un baño, apestoso. Así que, ¡órale!

Viejo loco. Carina tiene un gran sentido del humor y es la hija preferida. Aunque él diga que no hay tal cosa, a los ojos del resto así se ve. No paró de reír hasta que salió del baño y los dedos le temblaban tanto que no pudo amarrarse la corbata. Entonces la boca se le curvó como una de esas máscaras de tragedia que venden en los teatros. Salió del cuarto sin corbata, lo cual es bastante inusual, porque las corbatas son su accesorio favorito, si por él fuera andaría por la vida encuerado, pero con corbata.

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Carina, como todos los días desde que Nicolás enfermó, entra y no me saluda, va directo a donde está su papi, su papito y lo llena de besos. Le habla como a un chiquillo. Trae un sombrero extravagante y lo modela haciéndose la graciosa. No soy más que un mueble. Si algún desconocido entrara pensaría que soy la enfermera. Y, hasta cierto punto, lo soy. El mueble enfermera.

—¿Quieres salir a pasear, papi? ¿Vamos a los helados? —dice.

La hija perfecta que llega a sacar a pasear a su padre, como si se tratara de un perro. La nueva mascota: el papá sabueso.

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Salgo al jardín y me dejo caer sobre el pasto, boca arriba. Está nublado. Huele a humedad. Esa humedad que desprenden las flores y el pasto y la tierra cuando las nubes se ponen a tronar, como si supieran que está a punto de llover y tienen que desprender ese aroma para terminar de crear una atmósfera melancólica. El tipo de ambiente que se usaría para representar una canción de Leonard Cohen. Obnubilada. Veo unas rosas que están con las bocas abiertas, esperando las primeras gotas, que suelen ser las más dulces.

“Busca a un jardinero en la sección amarilla”, dijo Nicolás cuando compramos la casa y el supuesto jardín era más bien una selva seca, abandonada, que se parecía a ese ecosistema donde viven las hienas en El rey león. Algo espeluznante.

Nicolás es uno de esos que creen que todas las respuestas están en la sección amarilla. Cree, sí. Es su biblia.

Busca a un plomero.

Busca a un electricista.

Lo convencí de hacerlo nosotros. Nuestras manos. Nuestra experiencia. Salir de la rutina. Jugar. Por supuesto, en ese momento no pensé en todas esas arañas obesas que se acumulan en los jardines abandonados. Y en la sensación que te queda después de ver miles de bichos, similar a que te acaricie una familia completa de fantasmas. Pero, en el fondo, fue realmente divertido. Sembramos los rosales junto con los árboles frutales y las bugambilias, todo bajo un sol que nos hacía sudar como locos. Era gracioso vernos, cubiertos de tierra, como un par de soldados tras una batalla. O como pordioseros, que fue lo que dijo Nicolás:

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Pero a mí me gustaba más la idea de la guerra, porque habíamos sobrevivido a las arañas y al sol y estábamos tan agitados que el pecho se nos hinchaba como nunca. Me había quitado el brasier a petición de Nicolás, que disfrutaba de ese tipo de juegos infantiles. Ver el escote. Mis senos ondular. La marca de humedad que transparentaba unos pezones verduzcos. Fui a la cocina con el pretexto de preparar limonada. Cajas amontonadas por todos lados, parecía que fuera a suceder el apocalipsis. No encontré limones. La verdad es que sólo me escondí para quitarme la ropa y emerger desnuda bajo la perfecta iluminación que da un sol ardiente. Los cabellos me caían sobre el pecho. “…extensiones de los rayos del sol”, susurró Nicolás a mi oído.

La primera gota me acaricia el cachete como no he sentido en meses. Las ventanas están sucias, raídas, descompuestas como sólo el tiempo sabe descomponer. Empieza a darme comezón el pasto, aun así me quedo ahí tumbada. Hay una tormenta lista para caer sobre mí.

Busca un refugio.

Estiro los brazos. A la izquierda, el hogar; a la derecha, el estudio que se ha tragado a Nicolás. Recuerdo a las niñas correr en el jardín, reír, perseguir a su papá, colgarse de sus piernas, derribarlo, untarle lodo en la cara. Todo lleno de risas. Desde la ventana, que alguna vez tuvo una pintura reluciente, veo tanta alegría echada en el pasto. Y suspiro. La nostalgia, pienso. La nostalgia es como una niña traviesa. Grito. Las nubes se quiebran y empieza a caer el agua.

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En el hospital dicen:

—¿Algún pariente del señor Nicolás Iniesta?

Me acerco al mostrador, donde está sentada una mujer de piel oscura y lisa, con unos ojos cansados, y digo:

—Su esposa. Y es Iriarte…

—Voy a darles su merecido a esos cretinos si vuelven a cambiarme el nombre dice Nicolás al despertar. El suero gotea. La televisión arroja a veintidós millonarios que, incansablemente, persiguen una pelota. Los sonidos golpean tan fuerte como en las iglesias—. Iniesta… Todo va a estar bien, señor Iniesta… Vamos a sacarlo de ésta, señor Iniesta… Malditos paramédicos. Ni colas y ni ésta es lo que se merecen.

Carina se levanta como un resorte del sillón. Papi, dice. Papito. Y le llena la cara de besos. La enfermera me mira esperando a ver si festejaré la vida de mi marido o me quedaré aplastada como un mueble. Así que me levanto y acaricio la sábana que cubre esos pies atrofiados porque no quiero pasar como la mala del cuento. La enfermera regresa a su tarea, gesto que indica que he pasado la prueba. Menos mal.

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neuróticos. Vulnerados por esas batas traslúcidas en las que tienen que meterse. Y sin corbatas. Y el culo al aire. Y todas las miradas encima.

—Señor Iriarte, ¡mire nada más qué guapo está hoy! ¿Se siente mejor? ¿Qué le parece un paseo a las Tierras frías de los rayos X? Si quiere caminar, perfecto. Si no se siente con ánimos, entonces lo llevo en la silla. Soy una excelente conductora, eso se lo aseguro. Quiero decir que usted tiene la última palabra. Esto es sólo para asustarlo dice señalando la silla y guiñando un ojo. Por cierto, el costo del viaje es un autógrafo. No crea que iba a pasar inadvertido por aquí.

—Cornelia —dice Nicolás— discúlpame, pero tengo una travesía que emprender a una tierra desconocida. No te preocupes por mí, voy bien acompañado.

—Eso es lo que me preocupa contesto sonriendo para continuar el juego coqueto del que sé no tengo nada de qué preocuparme. Aunque los celos son un veneno que nunca te abandona, especialmente cuando tu pareja lleva en la sangre la coquetería, aprendes a controlarlos y a confiar. Porque en la libertad es donde va a esconderse realmente el compromiso. ¿Y al romper el compromiso? La jaula. El apego. La prisión sin barrotes a la que el cuerpo se acostumbra.

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cuerpo cálido que me consuele. Unas manos gruesas en las que pueda descansar la cara, los pensamientos. No sentir. Los brazos anchos de un hombre sano que me lleven cargando al cuarto. Unos labios dulces sin olores agrios, sin restos de medicamentos. Alguien que no dependa de mis cuidados. Alguien que no dependa de nadie. Alguien de quien yo pueda depender. Nicolás es una víctima. Sí. Una víctima, un mártir. Sí. La enfermedad se lo traga poco a poco. Sí. Así como hacen las serpientes cuando se comen un borrego. Sí. Descomponen hasta que no queda nada. Sí. No hay vuelta atrás. No. Cuando has sido devorado no hay nada qué hacer.

Nada.

Hay una gran cantidad de neblina, un velo que se extiende para recordarme que alguna vez me paré en un altar, que alguna vez amé, que alguna vez quise entregarme a un solo hombre. Y que hice promesas que no debía romper. Todo cambia. Un choque, un incendio, un arranque de celos, una oferta de trabajo al otro lado del mundo, una enfermedad. Promesas así no deberían hacerse. Aún entre la bruma distingo la gran silueta de Toribio esperándome con la puerta del coche abierta. Un caballero.

La puerta al país de las maravillas.

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responden adecuadamente. No hay olores. No hay sonidos. Sólo una masa de piedra en los intestinos. Una cosa es el deseo. Y otra muy distinta el amor. El deseo es fugaz, ardiente, muchas veces insoportable; luego quieres olvidarlo todo, te sientes asqueada. Porque nada ocurre como en la imaginación. Y el amor es una mera maquinación ilusionista. La egocéntrica necesidad de tener un compañero inexpugnable.

—Ya está estable dice Carina con cara de fantasma.

—Vete a descansar. Come algo digo con la voz que pondría un perro cuando se le regaña por cagarse en un lugar prohibido.

—No. Prefiero quedarme. ¿Qué pasa si despierta y no hay nadie porque la fila del periódico es interminable?

Esquivo la frase porque no quiero discutir. En realidad, no hay nada que discutir. Para los hijos eres bueno o malo, no hay puntos medios. Para Carina soy lo peor. La luz está apagada y me tardo un poco en acostumbrarme a la penumbra. Distingo el cuerpo de Nicolás recostado en la cama. La respiración es tan sutil que parece un cadáver. Me horrorizo de verlo así. Un cuerpo. Especialmente porque se trata de un hombre relativamente joven. Y a la juventud no se le asocia con la muerte.

Pero en los hospitales…

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ridículo que la vida sea así de circular, porque entonces tanta vida te lleva siempre a lo mismo, a lo básico, a no poder caminar, y a que se te caiga la comida de la boca, y a llorar por todo. Pero así es, qué se le va a hacer. Lo demás es un lujo. Lo de en medio, quiero decir, ahí sí que se puede experimentar. Y meterte en problemas, que son tan divertidos, como diría Nicolás. Y como hago yo.

Recuerdo el día en que nos conocimos. Es de esas burbujas de la memoria a las que puedo acceder con gran lucidez. Nicolás estaba con otra, claro. No pudo haber sido de otra forma. Es de esos que necesitan a las mujeres. Son su combustible. O sus vitaminas. Quizá una droga. Pero las necesita, nos necesita. A pesar de eso, la fidelidad no es uno de sus problemas. Nunca lo fue, a excepción de aquella ocasión. Llevaba un traje gris con una corbata muy elegante, a rayas rosas. Nariz intelectual. Ojos escrutadores. Cabello despeinado. Un buen despeinado, atractivo. Por supuesto no lo reconocí. Porque a los escritores nadie los reconoce. Quizá los obsesivos. Nunca había leído sus libros. No soy buena lectora. Supongo que eso fue algo que le gustó. Conmigo podía escapar de ese mundo que empezaba a aburrirle. Tampoco es que fuera muy famoso por aquel entonces. Los escritores no son famosos antes de los treinta. Su presencia era absurda, porque en la cafetería de un centro deportivo lo menos que esperas encontrarte es a un hombre así, de traje y todo eso. Devoraba un club sándwich y un whisky, lo cual también resultaba una mezcla extraña. La gente le lanzaba miradas curiosas, pero él se veía muy concentrado en las canchas de tenis.

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calentar motores. Sus ojos iban de mis ojos a mi boca y de mi boca a mi nariz y de mi nariz al escote y del escote al suelo.

—¿Quieres tomar algo?

—Un licuado, tal vez. Es lo que se toma en los lugares para hacer deporte, ¿sabes?

Vi que se lamentaba de que pidiera una bebida saludable. Llamó al mesero con un ademán como de ave en celo. Recapacité cuando se acercó el mesero y pedí que me trajeran lo mismo que a él.

—¿Juegas tenis? —me preguntó.

—Nado.

—¿Nadas? ¡No pareciera! No tienes el físico… —reflexionó. Me refiero a que las nadadoras normalmente tienen una espalda enorme, brazos de luchador. Ya sabes, cuerpo de hombre. En cambio, las tenistas, por ejemplo… —se detuvo un momento—. Normalmente tienen unas piernas increíbles, ¿no?

—¿Y tú has estado viéndome las piernas? —pregunté con picardía. Pero sonreí para tranquilizarlo. Nado desde que era una niña. Me gusta el silencio, ¿sabes? El silencio que hay bajo el agua. Gracias de todos modos por el cumplido lo vi sonrojarse—. Y, ¿tú? ¿Eres uno de esos pervertidos que van a ver piernas de tenistas a los gimnasios?

Soltó una carcajada ruidosa y vació el whisky de un trago. Respiré aliviada al ver que tenía buen sentido del humor. Después dijo:

—En realidad, huyo.

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Huía de la librería de enfrente, donde estaban presentando su nuevo libro. Me contó sobre su carrera como escritor, que empezaba a consolidarse, aunque eso, dijo, es una ilusión, porque un escritor nunca termina de estar bien cocinado. Y de cuánto odiaba a la gente del medio, farsantes con hiperego, les llamaba. Incluyó a su novia, que describió como una fotografía bonita que no transmite nada, ni siquiera belleza, porque se trata de una superficie falsa. Una piel disecada, vacía por dentro. Huía de vivir junto al vacío. Porque lo que cae al vacío, cae para siempre.

Resultó que yo tenía unas piernas muy bonitas, porque en secreto jugaba tenis.

El médico nos hace pasar a su oficina para hablar en privado. Malos presentimientos arrancan a toda velocidad, esas horribles cosquillas que te atacan cuando bajas como una furia en la montaña rusa. Privacidad es igual a malas noticias. Las oficinas de los hospitales son solemnes, frías. Los cuadros enmarcan logros, conocimiento. Y eso también es frío. Tanta seriedad oprime. Deseo que hubiera una pintura que me calentara la vista, pero sólo está esa voz gélida. Los segundos pasan y la noticia empieza a solidificarse en una figura de hierro que no desaparece con un simple cerrar de ojos.

Carina pierde la paciencia antes que yo.

—Vaya al grano dice Al grano.

Al grano.

Al grano.

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Lo sigue repitiendo aun cuando el doctor ya ha dictado sentencia. Murmura con lágrimas en los ojos, moviendo la cabeza de un lado a otro. Niega. No, dice. Como si de esa forma pudiera cambiar algo. Pero no hay nada qué hacer. Absolutamente nada, dice el médico.

No, no, no, no, no, no, no, no, no, repite Carina.

El cáncer ha triunfado. Colonizado. Busca oncólogo en la sección amarilla. Todo el cuerpo invadido. ¿Lo sabrá ya Nicolás? Me quedo pensando en eso: si él sabrá de su derrota, si sentirá a la muerte cerca, la descomposición del cuerpo. Vuelve a invadirme la culpabilidad por la aventura de la tarde, por dejarlo morir solo. Colonizada. Me levanto y los dejo hablando. No necesito saber más. Tanta información puede saturar la mente. Y cuando uno se satura, se paraliza. Salgo del cuarto de méritos colgantes, salgo del tercer piso, salgo del hospital. Busco la papelería más cercana y compro un cuaderno de hojas blancas.

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una niña por el jardín y es lo único, lo poco que tiene algo de sentido. A esas alturas, no queda más que complacer los últimos deseos, dice el experto en medicina.

Lo que Nicolás quiere es que le ayude a escribir su última historia. El último deseo. Un respiro, quizá. Compré una campana por si encuentra alguna idea en ese limbo donde se zambullen los escritores. Es buena idea la campana, el sonido recuerda al de un descubrimiento. Tilín, tilín. ¿Y qué descubrimiento no es emocionante? Cada vez que suena, bramo: “Tierra a la vista”, para mis adentros. Si tuviera un catalejo lo sacaría por la ventana y observaría esa tierra firme que es un escritor cuando encuentra las palabras. Aunque a veces también me recuerda a la campana que anuncia la llegada del camión recolector de basura. Nicolás diría que eso es justamente lo que hago: recolectar su basura. Es un hombre soberbio que se oculta bajo frases humildes. Al principio las cosas no funcionaron como las habíamos previsto. En lo que llegaba al estudio —porque Nicolás había decidido mudarse a esa cueva para estar en completo aislamiento la idea se esfumaba, y por más esfuerzo no lograba recordarla. A veces apuntaba palabras claves, pero cuando empezaba a dictar, no formaban ningún cuerpo coherente. Tenía un gran desorden en la cabeza.

Así es hasta que una noche, a eso de las tres de la mañana, la campana empieza a sonar y a sonar. Un sonido nuevo. La forma en que se agita la campana ha cambiado. El sonido es desesperado, ansioso. De pronto hace unas pequeñas pausas que suenan como suspiros. Así que hay algo como de alegría o triunfo. Pienso que por fin tendrá una idea sólida y corro a toda prisa. Si tuviera un catalejo

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—¿Valle Olvido? —repito incrédula. Un poco desilusionada porque esperaba algo más contundente. Una frase al menos. Algo que dé pie al torrente de palabras.

—Es nuestro título. Valle Olvido… —dice mirando por la ventana, puesta en quién sabe dónde. Los ojos radiantes—. Es un título magnífico.

—¿El título…? ¿Qué no se supone que el título es lo último que se escribe? Me refiero a que, según sé, así funciona. Pero a lo mejor es algo que sólo pasa en las películas. Qué sé yo.

—¿En las películas? ¿Hay películas donde se habla de títulos? ¡Qué absurdo! — y suelta una carcajada. No lo he visto tan contento en días—. Tienes toda la razón, Cornelia. Y, al mismo tiempo, estás terriblemente equivocada. No hay reglas para la creatividad. No hay rutas. No hay instrucciones. Un título puede ser un volcán que da pie a una catástrofe que luego termina impresa. O un botón que zurces cuando tienes un pantalón terminado. No hagas caso de los rumores. Así que escribe, ¡escribe!

Escribir el título es una experiencia inolvidable. Dicho en voz alta, el binomio de palabras resulta pasajero, volátil. Pero, escrito, Nicolás tiene razón, sencillamente es magnífico. Se trata de una combinación creada para leerse, relajar la vista. Y, al mismo tiempo, es como una ciruela: te hace salivar. Comprendo, hasta entonces, la forma en que llegan las ideas a su cabeza: por arte de magia. No hay otra explicación. Estoy excitadísima. Corro a la cocina por una botella de champán y brindamos. ¿De qué se trata eso de Valle Olvido?

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—Háblame de Valle Olvido —digo sentándome a su lado, besándole una mejilla y oliendo el efluvio de su cuello. Trato de imaginar a ese hombre que alguna vez me nubló la vista. Ahí está. Lo tengo. Está junto a mí, y habla.

Escribo en la computadora:

VALLE OLVIDO

(Borrador)

Hará unos minutos que llegó el hombre a esa habitación que no era la suya,

pero que lo es ahora. En algún lugar dejó escrita alguna cosa. Lejos. Lo ha

olvidado porque así funciona en ese pueblo, se olvida. Puede leerse a la

entrada de la carretera. Hay un letrero grande, empolvado, oxidado por lluvias

hambrientas, carcomido por el tiempo y con letras de un verde muy serio:

BIENVENIDO A VALLE OLVIDO. Si se presta más atención, en letras diminutas,

legibles únicamente para los amantes de las zanahorias, puede leerse: LUGAR EN EL

QUE LOS RECUERDOS NO TIENEN LUGAR. Tiempo atrás, aquel letrero brillaba a los lejos y las letras

podían leerse a gran distancia. Sin embargo, hubo algunos, despistados en su

mayoría y, al parecer un ciego, seguramente despistado también —porque,

¿qué carajos tendría que estar haciendo un ciego ahí?—, que cruzaron el

pueblo inintencionadamente. Se decía que tenían como destino llegar a otro

lado y nunca más volvían a ser vistos. Pero no eran más que meras

conjeturas: la verdad les había sido arrancada en aquellas tierras extrañas y

no había nadie para comprobarlo. Nadie volvía. ¿Qué había al otro lado?

Misterio. En pueblos aledaños, como justificación a las desapariciones ante los

medios de comunicación, porque a esos seres que cargan con sus grabadoras

y sus cámaras por doquier no se les escapa ningún acontecimiento, se inventó

la historia de una pandemia de Alzheimer. “Alzheimer”, decían, con esa voz

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vez más grande en algún lugar que nadie atinaba encontrar, o recordar. Otros:

científicos, familiares y algunos curiosos que se aventuraron a buscar el origen

del problema, no volvieron a ser vistos. Y se clasificaron como emigrantes en

las listas del censo poblacional. Aquel letrero constituyó un enigma por años.

El creador de la frase había quedado sepultado por el tiempo y, junto con él, el

significado. Realmente fue por una cuestión empírica que la gente dejó de

atravesar esas tierras. El mito creció alrededor de aquella frontera. La gente

abandonó los caminos. El bosque se encargó de sepultar y esconder la

entrada a ese pueblo. Y aquellas letras una vez legibles, se tornaron de un

marrón sucio y encimado…

*

Nicolás se detiene de pronto. Apaga la luz, se quita los lentes y dice:

—Hasta mañana, Cornelia.

2

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vertical de palillo con unos ojos de amplia sonrisa, pero con hígado de toro. Afuera, el universo ha decidido bajar a darse un chapuzón, acompañado por unas sirenas plateadas que arrojan sus batas de algodón al suelo y mojan sus pechos galácticos y juegan a echarse agua a los ojos y a zambullirse y salir con las bocas pegadas, respirando los pulmones de la otra y qué ganas de mojarse los pies y que alguna se acerque a darle besos en las pantorrillas pero, sobre todo, entender por qué está ahí sin poder dormir, porque esa cama diminuta no recuerda haberla probado nunca, especialmente porque nunca se le habría cruzado por la mente forrar al descanso con algo tan agresivo como el rojo, ¿a quién se le ocurre importunar al sueño de esa forma? Pase, señor, recueste aquí sus temores en este lecho de sangre y furia. No. Nada reconoce de esa habitación.

—¡Absurdo! grita despertando a unos grillos perezosos que retoman su concierto a seis patas. Las estrellas, asustadas, cubren su carne silvestre. Escucha un ruido como de fierros encontrándose, que giran bailando. Y al dar media vuelta, parece haber girado un torbellino de giros porque, mareado, reconoce una figura enmarcada por la puerta, una niña como de un pintor famoso, pero no recuerda ningún pintor, ¿pintor? Pin-Thor. La palabra pierde sentido porque no recuerda a ninguna niña tampoco. Hay un algo erguido como de piernas y brazos y una melena de bellotas que dice:

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—Yo soy María. María por un pez azul que se llamaba así. Creo haber escuchado que se trataba de un pez que hacía milagros. Yo no creo en los milagros. ¿Tú crees en ellos? Aun así es un nombre bonito, ¿no te parece? ¡Vaya invierno que tienes aquí adentro! ¿Te importa cerrar la ventana? Hace un frío insoportable —se acerca al marco por donde la noche asoma la nariz, cierra las puertas—. ¿Quieres que te prepare un té para dormir? Aquí preparamos un té, ¡mmm! Exquisito. Creo que te caerá bien. Un té de la casa. Sí, señor, claro que sí —María se pone en marcha, arrastrando unas pantuflas risueñas que de pronto levanta, un brinquito apenas y parece que va danzando un tango.

La habitación es azul. Marina. Podría pensarse en algunos pececillos juguetones, cientos que se mueven nadando bajo esos muros de madera, o en algunas mariposas que inflan los cachetes y se sumergen a buscar insectos patinadores. En el suelo se escurren unas manchas verdes: algas invasoras, vegetación riparia que se reproduce mecánicamente porque no encuentra nada mejor qué hacer. Y ante el ocio, coito. El mobiliario es limitado: una cama angosta de madera; una mesa cuadrada y castigada en una esquina; dos sillas torpemente acomodadas; cinco cuadros, entre ellos un retrato que podría pasar por un autorretrato, pero que no lo es; un espejo por donde dan ganas de meter la cabeza e inhalar un reflejo que huela a girasoles recién cortados; y un perchero apenas poblado por unas camisas guangas que parecen mantarrayas.

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pequeñitos y chillones, con el trasero al aire y la inocencia en el ombligo y no con pelo en todos lados y una memoria descompuesta en un juego como de lotería y por qué diablos sabe lo que sabe si no debería saber nada o es que ha llegado con retraso a ese camino de la sabiduría?

—No te preocupes, Nicolás —dice la niña abriendo una boca de catarinas jugosas —Así pasa siempre al principio, pero terminas por acostumbrarte. Con el tiempo te acostumbras a todo da un sorbo de colibrí y regresa junto a la puerta —Disculpa que te encierre con llave, pero es mejor así. La primera noche siempre es la más difícil y es mejor que te quedes aquí. Hasta mañana, Nicolás.

Queda esa habitación hecha para descansar, en donde más bien se acumula una angustia plastosa que abruma y boxea contra el sueño que en aquella esquina, en calzoncillos azules, ¡pelea!, un derechazo, el baile comienza, los pies zapatean, los puños sacuden el cuerpo como gelatina y poco a poco Tila el té, el rompe huesos, el emperador de las tinieblas, en calzones rojos va magullando el rostro de Torrente de palabras que se mantiene en pie con un ojo completamente cerrado por la hinchazón y cuando menos lo espera, saliendo de quién sabe dónde, el derechazo musculoso del capitán del cansancio:

K.O.

3

—¿Te gusta la música?

—¿La música?

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—¿Hago qué?

—Contestar en forma de pregunta. Siento que hablo con una máquina que repite todo en forma de pregunta.

—¿Una máquina? Lo siento. No pongas esa cara. Estoy… No entiendo… Mi cabeza está…

—Confundido. Estás confundido. Pero qué afán eso de preguntarlo todo. Es normal que estés confundido. Cosa de tiempo. ¿Sabes? Creo que voy a hacer una excepción contigo. Normalmente espero a que conozcan el pueblo y tengan una cerveza fría entre las manos, para que la noticia no caiga tan de sorpresa y todo eso. Espera, voy a poner el disco. Espero que te guste, es algo fascinante. Ojalá supiera tocar así de bien.

—¿Qué clase de música es esa?

—Se llama música Manzana.

—Nunca la había escuchado.

—No, supongo que no. ¿Te gusta?

—Sí.

—Me encantaría ser manzanista profesional. Ha de ser una vida magnífica. Tocar el manzanófono en un campo de trigo o de girasoles o en un barco en la noche mientras la gente baila y aplaude.

—¿Cómo se toca el… manzagráfono?

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se pongan de manera horizontal. Entonces el manzanista dispara manzanas a su antojo. El mejor manzanista lanza siete manzanas por segundo. Es algo increíble, de verdad. Quizá algún día logre ser así de rápida.

—¿Y qué pasa si el manzanista falla un tiro?

—Bueno, es parte de la música. El silencio, quiero decir. En el manzanófono las pausas son accidentadas. La verdad es que no se le llama fallar, como has dicho. Es necesario respirar de vez en cuando. Y es que mientras estás escuchando aquello, sencillamente es imposible respirar. Entonces viene una pequeña pausa y todos inflan los pulmones con fuerza. Si colocas el manzanófono contra una pared y el tiro no da contra alguno de los tambores, entonces la manzana estalla y las orejas se te llenan con un cosquilleo incontrolable y no puedes más que reír como un loco. Aun así todos aprovechan para meterse un poco de aire.

—Tienes razón, es algo exquisito. No me había sentido tan bien desde que… ummm, no sé desde cuándo.

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Tú llegaste corriendo. Algunos llegan sobre unos animales bellísimos. Una vez tuve oportunidad de ver uno. Pero esos animales no cruzan, se quedan ahí hasta que la persona se baja y luego se marchan. Cuando llegan las personas, miran para todos lados y empiezan a decir toda clase de tonterías, luego cierran los ojos y se dejan caer al suelo. Hay que dejarlos hacer todo eso para que no se espanten…

—Caballos.

—…entonces el que está… ¿Cómo dices?

—Los animales, se llaman caballos.

—Eso es absurdo. Estás diciendo tonterías.

—No. No son tonterías. Estoy seguro de que esos animales de los que hablas se llaman caballos.

—Basta, Nicolás. No es gracioso. Es imposible que sepas algo así. ¿Cómo podrías saberlo? A menos que… No. Claro que no puedes saber una cosa así.

—¡Son caballos, maldita sea!

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treintaicinco segundos, marcado por un hombre que, se dice, tenía las piernas más largas que cualquiera hubiera visto. Así que, para tratarse de una niña, atravesar el pueblo entero en cinco minutos significa algo asombroso, para que se te caiga la baba. Por eso, cuando Vinvogh la ve llegar con la boca cerrada y con cara de haber visto a un gigante, dice:

—Tráeme mi sombrero.

Lo cual podría pasar como algo de lo más común, a excepción de que Vinvogh únicamente se pone sombrero cuando abandona su cabaña junto al lago, que es sólo en ocasiones especiales. María va por el sombrero sin decir palabra. Y juntos caminan a encontrarse con algo que llevan esperando por años.

4

Últimamente Nicolás se ha encerrado mucho en sí mismo. Apenas habla para pedir una botella de whisky. Cuando escribe, vacía las botellas de una manera compulsiva. Pero qué se le dice a un enfermo terminal, ¿tanto alcohol va a hacerte daño? Me he fijado que a los enfermos se les concede todo, es una actitud inevitable, de protección o lástima, no sé. Quizá se trata de un respeto extraño hacia la muerte, que se les ve columpiándose en los ojos. Es imposible decirles que no a algo. Así que se vuelven caprichosos y mandones.

(28)

machacando las teclas, a solas. Y cuando una loca llora es algo parecido a esa historia tan rara de Alicia en el país de las maravillas, que es arrastrada por su propio llanto. Eso es: a las locas se las lleva el llanto. Creo que, sobre todo, me sentí excluida. Sí, esa palabra suena mejor. Cuando te sientes excluida de algo experimentas una sensación horrible, como de estar hundiéndote en medio de un océano árido.

En fin, nunca escribía nada. Ahora escribo esto, que no sé de qué rayos se trata. Nunca he llevado un diario porque me parecen de lo más aburridos, así que no quiero ensuciar esto con ese nombre. No. Esto es más como un escupitajo o un vómito. ¿Podría llamársele así a un tipo de escritura?

Género de vómito.

Supongo que no.

Aunque sería una literatura curiosa, libre de historia: sólo palabras del sentir. Bien apestosa. Claro que eso lo digo porque estoy molesta con Nicolás y su estúpida nueva historia de la que me ha excluido.

Excluida.

Lo que no sabe es que a escondidas leo los avances. Me escabullo mientras duerme y saco las hojas y el whisky y me doy una tragantona de aquellas. Siento una extraña necesidad de estar cerca de él. Supongo que por curiosidad. Así pasa cuando sientes que las cosas se te escurren por los dedos: intentas aferrarte a lo poco que resta y te invade una curiosidad terrible sobre lo que has perdido.

Hora de nadar.

(29)

Flotar y dejarme llevar.

Siempre es la misma sensación.

Yo flotando sola.

5

Nicolás está sentado en un café donde los viejos se reúnen a jugar carambola. Un sitio con una mesa para jugar en medio y otras tantas alrededor para sentarse. Algunos se ponen de forma que pueden ver la trayectoria de las bolas, girando sumisamente en esas líneas geométricas que deja el encierro. Otros mejor charlan sin prestar atención al juego y de vez en cuando miran el techo o las paredes. Y es que el techo y las paredes es algo que tiene que mirarse. Lo ocupan todo. Y si se dice todo es porque si alguno echa ahí la mirada, entonces siente que se pierde entre tanta llanura que parece robar el vino de los alientos y puede pasar horas tratando de volver. Pero es imposible volver de aquel laberinto liso a menos que, de pronto, se escuche una risa triunfal y luego esa tos llena de flemas que se va acumulando con la edad. Sólo así puede acabarse el hechizo. María se trepa a la mesa y pone los pies sobre una silla, así como hacen los niños para estar a la altura de los adultos, aunque eso es completamente innecesario. Nicolás permanece hipnotizado. Así que Vinvogh empieza a toser con fuerza.

—Espero que tengas un fósforo dentro de ese abrigo.

—¿Un fósforo?

(30)

Nicolás busca en sus bolsillos, seguro de que no encontrará nada. Porque, ¿qué diablos haría cargando un fósforo cuando…

Cuando…

La pregunta la siente atorada porque entre los dedos acaricia un desgraciado palillo con una desgraciada cabecita rasposa. Forma que, sin lugar a dudas, tiene que ser un condenado fósforo. Lo saca, se le queda mirando como si nunca hubiera visto algo así en toda su vida y, después de unos segundos en que no existe nada más que ese pequeño bastardo, tan delicado y tan poderoso, dice:

—Tiene una barba magnífica.

La barba de Vinvogh es algo de lo que todos los hombres hablan. Es como un pastizal en verano, dicen algunos. Dan ganas de pasar los dedos por ahí. A las mujeres, sin embargo, les parece algo repugnante y obsceno. Cosa que es una lástima, según las palabras exactas de Vinvogh, porque si algo va a destacarte del resto, más vale que sea algo que fascine a las mujeres, sin eso se corre el riesgo de pasarse la vida tratando de conquistar lo inconquistable. Porque la vida, ¿a dónde va a esconderse? Esa endemoniada sustancia que llamamos vida puede encontrarse sólo en el sexo opuesto. Sin eso, nadie vive. Por eso, desde que Vinvogh dijo todo aquel sermón, existe, por decirlo de alguna forma, lejos. Lejos de las mujeres. Lejos de todos. Lejos de la vida.

Vinvogh enciende el fósforo. El fósforo en el tabaco. El tabaco en la pipa. La pipa en la boca. El humo en todos lados. La mirada verde sin pestañear ningún indicio de sonrisa. Y María con la boca abierta.

(31)

Y María con la boca abierta. Por segunda vez las palabras se le atascan en algún lugar cerca de la panza. No se decide si en el baso o en el hígado, porque no sabe ni qué diablos se guarda ahí, pero alguna fuga debe haber en el interior de su cuerpo. ¿Y si todo de pronto se le escapa y no reconoce nada, ni a ella misma, porque, tal vez, toda la información de su cerebro se escurre hasta la vejiga y en una urgencia termina orinándola y queda como un árbol que come y todo eso, pero que no se mueve y alguien la encuentra sentada con los pantalones y los calzones abajo sin poder moverse y sin poder hablar y sin saber nada de nada? ¡Dios, nunca ha sentido tanto miedo en toda su vida! Así que eso es el miedo: el silencio y tanta cosa que puede imaginar algo tan pequeño como el cerebro, que puede sujetarse entre las manos. Diablos, diablos, sólo se le ocurre decir que, diablos no quiere decirlo, que

—No.

—Claro que no, querida, claro que no. Sería absolutamente ridículo que supieras lo que es un fósforo. Así que tranquila, no pasa nada.

—Pero.

—Dije que no pasa nada, ¿de acuerdo? Está todo bien.

—Pero…

—Calla, María, calla un segundo. Estamos ante un suceso extraordinario. Acabamos de presenciar la primera ocasión en que la prueba del fósforo arroja un resultado positivo.

(32)

—Sí, sí, la prueba del fósforo. Es algo arriesgada, eso sí. Funciona bajo el supuesto de que realmente haya un fósforo en alguno de los bolsillos. Sucede que, cuando se inventó la prueba, todos los que llegaban traían alguno por ahí. Ahora no todos llegan con fósforos. Pero vale la pena intentarlo. Es imposible saber si el otro va a tener un fósforo entre la ropa. De cualquier forma, la prueba no consiste en eso, en traer el fósforo, me refiero. Eso es un supuesto, como decía, nada más. La verdadera prueba se da al momento de buscar el fósforo. Si la persona no sabe lo que es un condenado fósforo, como te ha pasado a ti, María… venga, no pongas esa cara, déjame que siga contando lo que pasa, ¿sí?, entonces resulta imposible encontrarlo, de forma que sacarán las manos vacías y responderán que no o pondrán una cara de las mil confusiones. Pero, si por una extrañísima casualidad, no, no, nada de casualidades, si por algo incomprensible la mente registra la forma del fósforo, en alguna de las manos saldrá un pequeñín como éste, que da la casualidad de tener el honor de llamarse “Fósforo”. Y la prueba dará resultado positivo.

—Y de ahí que sepa el nombre de esos animales.

—Exactamente, querida. Exactamente…

—Caballos, se llaman caballos. No entiendo qué tiene de complicado saber que esos animales se llaman caballos. Es un nombre de lo más simple. CA-BA-LLOS.

—Bueno, Nicolás, lo que pasa es que aquí no hay caballos, ni fósforos, ni muchas otras cosas más. Y sería endemoniadamente estúpido y anormal nombrar algo que no existe…

(33)

cierra los ojos con fuerza, apretando mucho los párpados, así como hacen los bebés cuando acaban de nacer, y trata de concentrarse, concéntrate, hombre, hace un gran esfuerzo por acomodar las ideas en su cabeza, porque está seguro de lo que es un caballo, con sus orejas puntiagudas y la cola golpeándose el lomo, corriendo por una colina o cargando a un jinete, pero, por más que pega las pestañas, no puede formular el recuerdo de un caballo en específico. Parece como si todos los caballos estuvieran contenidos en esa idea suya, pero con la certeza de haber estado rodeado de algunos cuantos e, incluso, si es que no es muy descabellado aquello, de haber montado uno.

Nicolás abre los ojos y ve que el hombre de la barba tan maravillosa sigue masticando palabras. No sabe cuánto tiempo lleva navegando en sus cavilaciones. Los relojes marcan una hora. Pero el tiempo sin referencia es inútil. Empieza a llover con esa fuerza que tienen los cielos de los bosques, porque los cielos de los desiertos, según cree saber, apenas escupen unas gotas enclenques, pero los cielos de los bosques, esos sí que llueven con majestuosidad, a chorros. Y por un momento, mientras cae un trueno que lo sacude todo y los viejos gritan riéndose de una forma particularmente extraña, sólo por unos instantes, Nicolás siente que una especie de calma empieza a calentarle los dedos de los pies.

6

Ha sido un día terrible. Busqué la palabra en el diccionario y me encontré con una definición bastante estúpida, pero que viene a funcionar perfectamente en este caso:

(34)

A veces lo más estúpido o lo más obvio es lo que viene a funcionar mejor, en donde va a esconderse lo verdadero. No justifico a los idiotas que escriben el diccionario. Tantos años estudiando filología o lo que quieran que estudian los que se dedican a eso, para terminar con esas definiciones que podría escribir un niño de primaria. Sólo digo que aborrezco las cosas complicadas.

El caso es que vino Vicente de visita. Mira, triple “vi” y de manera inconsciente, por eso apestaría escribiendo, ni siquiera las aliteraciones me salen de una manera respetable. Aliteración. Es una palabra bonita. La escuché el otro día y me sentí como una ignorante porque no tenía ni la menor idea de lo que significaba. Supongo que después de todo agradezco la existencia de esos seres que dedican su vida a los diccionarios. Llegó Vicente con un cuadro gigantesco, apenas entró por la puerta. Al principio odiaba a Vicente. Supongo que a los artistas si no los amas, los detestas. Luego tuvimos aquella aventura y se volvió parte de la familia. Es difícil andar entre artistas, para ser fiel, quiero decir, todos te inventan ese cuento de que eres una musa y toda esa sarta de mentiras y, para ser honesta, es algo maravilloso de escuchar. Cuando has tenido intimidad con alguien, es imposible volver a verlo de la misma forma, así que al abrir la puerta no pude contener sonrojarme y sacar ese patético tono de voz que te sale cuando estás nerviosa. Nicolás nunca supo nada, o nunca dijo nada, quizá porque se trataba de su mejor amigo.

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sientes algo. Aun así no sé si sería correcto llamarlo artístico. O pornográfico. Eso ya es decisión de cada quien, al final son la misma cosa. Para mí creo que funciona más lo de pornográfico: me parece más honesto, con menos tabú. Hay erotismo entre dos personas y hay pornografía en quien mira, peor aún, quien captura la escena, que lleva el morbo voyerista y la perversión de hacerlo público, de lucrar. El día que Vicente me dijo: “tengo que pintarte”, con esas palabras exactas que enmarcan una necesidad absoluta, de alguien que no va a conciliar el sueño hasta lograr su cometido, decidí aprovechar y convertirme en su imposible. Todo hombre tiene una mujer imposible por la que está dispuesto a dar todo lo que esté a su alcance, y más. De forma recíproca, las mujeres anhelamos constantemente ser la imposible de alguien para exprimir cuanto queramos. En general, y es algo de lo más ridículo, funcionan como hélices para levantarnos el ego, quitarnos la tristeza, escuchar una historia aburridísima que nadie más en su sano juicio querría soplarse. Lógicamente, ellos también nos necesitan, porque, ¿de qué otra forma justificarían un deseo tan irracional? Necesitan un cuerpo que, con su belleza inteligencia, creatividad, despotismo, las hay para todos, enmarque tangiblemente ese deseo absurdo. “Si quieres pintarme, hazlo con la imaginación, no voy a permitir un retrato vulgar de mi persona. Lo mínimo que espero de un pintor es que se tome el tiempo de interpretar lo que ve”, dije, y con eso me quité de encima la petición. Además, me posicioné como alguien inteligente, rasgo que fortaleció el rol de imposible que acababa de conquistar. Por supuesto, a los pocos días ya había hecho un desnudo imaginario mío que, para ser honesta, no distaba mucho de la realidad. Eso, claro, nunca se lo he dicho.

(36)

perfumes de lo más penetrantes que se te quedan impregnados en la nariz, luego andas todo el santo día con el maldito aroma y hasta la comida te sabe a eso. Vicente no se quejó de nada. Se portó como un hermano, comprensible, bromista, servicial. Destapó su creación y vi que Nicolás sonreía y asentía contento. Perfecto, dijo, o alguna cosa parecida. La modelo era una mujer espantosa, de fleco hasta las cejas y cachetes tristes, cara de mustia. El cuerpo, sin embargo, tenía cierta perfección en el acomodo. Parecía una de aquellas mujeres del siglo XIX que no cuidaban tanto su figura, ni gorda ni flaca. Una mujer en el sentido amplio de la palabra, caderas anchas y pechos terriblemente hermosos. Terrible. Sí, causaba terror verlos: comprender que algo así existía realmente en el mundo. Nicolás alguna vez me explicó que la verdadera belleza de los pechos está en la caída. Con este cuadro entendí a qué se refería. La caída de esos pechos era algo que te cautivaba. Tenían un hechizo que hacía que no quisieras dejar de contemplarlos. Quizá no sea la expresión adecuada, pero de alguna forma te sentías feliz.

Ahí estábamos los tres embobados por esa maravillosa obra pornográfica, cuando, salido de la nada, Nicolás vomitó como nunca en su vida. El chorro salió directo al lienzo y la maravillosa ninfa quedó bañada bajo un asqueroso color amarillento. Vicente permaneció pasmado por unos segundos, luego soltó una carcajada y dijo algo sobre el arte y las casualidades y las ventajas de las corrientes modernas que promueven la venta de ideas apestosas por miles de billetes. Nada de qué preocuparse, colega, o alguna cosa así. Pero yo no podía contener la vergüenza y todo se me cocinaba por dentro. Los oídos se me taparon y la sangre me palpitaba en toda la cara.

(37)

pintura y lo condenadamente divertido que iba a ser ajustarle al valor artístico el fétido aroma que exhalaba un cuerpo desnudo, por fin iba a darle algo bueno a los críticos para analizar. Traslucía una honestidad asombrosa en su actitud, así que le di un beso húmedo en la mejilla como recompensa y una caricia suave en el pecho. Nada qué agradecer, decía y se reía más y más con las caras estúpidas que ponía. Fue Nicolás, la causa, quien se sumió en una gran depresión. El golpe fue doble. Me costó unos días descifrarlo. Primero, contra su masculinidad: porque los hombres ponen la mayor parte del valor en la carne, la figura física es su combustible y la meta. Así que vomitar dicha imagen es inconcebible, antinatural. Un atentado. Pero también, y quizá eso llevó la mayor parte del peso, la pérdida de dominio sobre uno mismo. El vómito salió incontrolable, traicionero. Comprendió que su mente y su cuerpo empezaban a separarse. Y no puedo imaginar algo más terrible que comprender una cosa así.

Terrible.

7

(38)

—¿A dónde van esos barcos?

—A ningún lado.

—Eso es ridículo. Si los barcos estuvieran hechos para no ir a ningún lado, entonces se quedarían quietos. Lo que se mueve tiene que ir a parar a algún lado.

Vinvogh reflexiona por un momento, fumando, porque así acostumbra reflexionar: metiendo un poco de humo y liberando las confusiones que se le amontonan en los pulmones.

—Vienen a parar aquí.

—Tanto viaje para terminar en el mismo sitio.

—Van vacíos y regresan con peces. Su destino no está en un lugar sino en lo que contienen.

—¿Los comen?

—¿Qué? No, dios, no. ¡Vaya idea más absurda!

—¿Qué hacen con ellos, entonces?

—¡Ah! Jugamos con ellos. Hay unos estanques. Los pescadores los echan ahí. El que quiere puede entrar y jugar ahí. Al ponerse el sol, entonces los regresan. Todos a sus casas.

—¿Lo hacen todos los días?

—Menos cuando llueve.

—Ah.

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—Claro.

—¿Terminaste de jugar con las piedras?

—¿Qué? Ah, sí, creo que sí.

—Ten cuidado de no resbalarte. Si mueves a las piedras de lugar pueden molestarse y ponerse resbalosas.

—Creo que voy a estar bien.

—¿Cómo dices?

—Digo que sólo moví unas cuantas.

Atisban a María caminando desde lo lejos, parece un bichito saltarín. Aún cuando va rodeada por unos árboles de diez veces su tamaño, es imposible no fijarse en ella.

—…montando un cayabo que se llamaba Fóssoro y punto final. Perdón por la tardanza, esa señora es un fastidio. No sabe más que ver de frente. Tuve que jalarle el vestido para que me escuchara. Siempre es lo mismo.

—Un fastidio, sí, tienes toda la razón. Esa mujer es lo más parecido a un fastidio. ¿Y bien, conseguiste las pinturas?

—Al parecer se están quedando sin enojos y sin pasiones. No alcanzaron a llenar ni un tubito de rojo. El resto no es ningún problema en esta época del año.

—Así que se ha terminado el rojo…

(40)

salvaje, como de pelícano al momento justo en que se despega del suelo, embarra una pesada plasta amarilla.

María sujeta la mano de Nicolás con una fuerza que no se espera de una niña. La piel suave. Los dedos pequeñitos y fríos, curiosos. Explica que Vinvogh tiene un don extraordinario: pinta a los recién llegados. No los pinta precisamente a ellos, porque eso sería absurdo, si nunca les ha visto la cara.

—Pinta un lugar dice.

El lugar que va a representar la vida de la persona. Puede tratarse de catorce girasoles en un jarrón, como sucedió con Carina, la florista, que alguna vez dijo que los girasoles son las criaturas más inteligentes porque saben perfectamente en dónde calentar las ansias. O el caso de Adelina, que consta de una noche estrellada, una de sus favoritas, por cierto, porque sientes como que puedes nadar por el cielo en círculos y que, en algún momento, sin darte cuenta, te encontrarás flotando en esa agua tan cálida que debe tener la luna. Y Adelina se la pasa todas las noches caminando por las calles, andando como un pez ocioso.

—¿Y cuál es mi pintura?

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que una recámara es algo tan… tan simple, pero esa recámara tiene todo menos simpleza. Pasé años esperando a que llegara el indicado…

—¿Años?

—Mira.

Vinvogh ha dejado de lanzar pincelazos violentos y, delicadamente, embarra unos trazos que parecen gusanos gordos. Hay que ver esos movimientos para creer que de esos manchones amorfos va a dilucidarse una escena. El cielo por un lado. El campo de trigo en todos lados. La pareja recostada sin zapatos. La carreta al fondo. Pero lo más sorprendente de todo es que Vinvogh tiene un llanto que se le escurre por las mejillas y cae por todos lados, riega esos pastos con una tristeza incontenible. Y en ningún momento deja de mirar, ni siquiera cuando tiene los ojos como peceras y la visión flotando en esa cueva inundada. No deja de aplastar la pintura contra el lienzo hasta que termina y se deja caer al suelo y se encoge como un animal herido y solloza de una manera que no se espera de alguien con una barba tan maravillosa.

(42)

—Cornelia… —dice María, para luego quedarse callada por tercera vez consecutiva.

8

Hoy no quiero escribir nada formal.

Hoy lo detesto.

Hoy sólo quiero vomitar un gran dolor.

Ven, dice.

Voy.

Voy.

Voy como una idiota.

¿En dónde escuché eso de que el mayor responsable de los malos momentos siempre es uno mismo? Es cierto. Por eso da más coraje, porque sabes que la culpa es tuya. Mía.

La cama.

El enfermo.

Voy a esa habitación que apesta. Apesta y ya no reconozco nada.

Un moribundo ahí echado.

(43)

contradicción es una de las características más fuertes del ser humano. Contradecir para sobrevivir.

Amo la historia. Odio al autor.

Enamorada de su obra.

Siempre.

La pregunta.

¿Te lo hace bien ese imbécil?

La pregunta que desencadena todo.

Toribio.

Qué afán de sufrir.

Contesta.

¡Contesta!

Sí.

Lo hace bien. Lo hace extraordinariamente bien.

Pide que me quite la ropa. Vaya forma de tortura. El cuerpo, tan sobrevalorado, y aún así tan comprensible. Lo conoce perfectamente. ¿Lo conoce? Nada.

Señalo cada uno de los lugares en que Toribio me ha besado.

Los labios de Toribio.

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¿Por qué no le basta con sufrir físicamente? Quiere terminar por desgajarse como un gran cerro y obstruirlo todo. Hay una necesidad furiosa en las preguntas que hace.

Desesperación.

Miedo, tal vez. A morir.

Envidia, seguramente. A los que seguiremos con nuestras vidas.

¿Odio?

La lengua pastosa en mi pezón.

El fétido aliento que se mete por la nariz hasta el cerebro y arruina todos los recuerdos.

La última imagen es la que se queda. Es cierto. He olvidado cómo era la lengua sana de mi esposo. Ahora sólo puedo pensar en ese asqueroso trozo moribundo que lame como un monstruo hambriento.

La lengua de Toribio.

Fresca.

Deliciosa.

Deliciosa.

¿Me amas?

Sí, lo amo.

El chantaje.

(45)

Puta, dice.

Puta.

Puta.

Puta.

No tengo ganas de seguir con esto. ¿Las putas escriben? Me quedo con esa pregunta. A ver si encuentro respuesta. Si la encuentro regreso a escribir. Si no… también. Que se jodan los que no quieran leer a las putas. Se siente bien esto. Escribir.

Busca puta en la sección amarilla.

9

(46)

De pronto, salida de una montaña de trigo recién cortado, aparece una mujer con el cabello revuelto. Pero revuelto en serio, como si la hubiera atacado un remolino infernal. El vestido hecho jirones. Una teta se asoma por uno de los agujeros. Un cuerpo oblongo que rebota. Majestuoso. La mujer no hace ningún ademán por cubrirse aquello. Camina como cegada por el sol. Lentamente. Nicolás, estupefacto por aquella aparición, pues, de todas las posibilidades, seguramente lo último que se podría haber imaginado tiene que ser, precisamente, una mujer de una belleza terrible y con un seno fuera bamboleando, tarda unos momentos en reaccionar y correr a encontrarse con su destino. Una forma oblonga y hermosa.

—Entró, entró, mierda, entró —repite la mujer.

—¿Quién?

—Nunca los había visto tan cerca, nunca los… mierda qué cerca estaba.

—¿Quién?

—Venía arriba de él… Y entraron… Nunca había pasado algo así… Nunca había entrado uno de esos animales… Me quedé… ¡Caray, cómo no iba a quedarme ahí paralizada!

—¡Quién!

—Tengo que… tengo que avisar…

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Lo único que se escucha son los aplausos que trae cargando el viento desde el espacio.

El cabello de Cornelia. Los poetas se pelean por sentir esos listones que desaparecen cuando se recuesta en un campo de trigo. En la taberna, borrachos cuentan que cabellos como esos tienen que crecer de lo más profundo de la Tierra. Y todos creen esa historia. Es sencillo: o lo tocas o lo tocas. O lo tocas. No hay escapatoria. De verdad. Es lo que se cuenta. Es algo que cualquiera debería sentir. Resulta imposible hacerles entender a los dedos que deben comportarse. Así que salen corriendo con esas patitas tan suyas que les hacen ver como bichitos regordetes y juegan a echarse clavados en esa alberca de finísimos cordones. Los dedos de Nicolás en el cabello de Cornelia. El cabello de Cornelia. Nicolás que no entiende nada. Y, sin embargo, esos cabellos parecen decir demasiado. Vinvogh en una silla, el cuello caído, parece un árbol torcido. María revuelve un menjunje que prepara mientras inventa la historia de una bruja vegetariana que está enamorada de un gigante.

—¿Vegetariana?

—Sí.

—¿Una bruja?

—Tiene un huerto. No sale de su cabaña porque le da vergüenza ser tan fea. Por eso es vegetariana, porque tiene que contentarse con comer lo que hay en su huerto, ¿entiendes?

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—Ésta es la bruja más fea en todo el universo.

—Bueno, sigue.

—Un buen día baja un gigante de la montaña. Huye de unos cazadores. Tendrías que ver a este gigante, porque es bellísimo. ¿Alguna vez has visto un gigante?

—¿Te refieres a esas criaturas que viven en cuevas y comen ovejas y son de lo más tontos?

—¿Por qué serían tontos? Esa sí que es una idea ridícula, ¿sabes? Por el amor de dios, ¡son gigantes! Hasta su imaginación y su inteligencia y sus dedos de los pies son gigantes.

—Nunca he visto un gigante de esos.

(53)

unas rodillas enormes frente a su larga nariz. Unas rodillas que son del tamaño del sillón donde teje por las noches. Olfatea; tierra, musgo, miedo. Lo invita a pasar, pero es una idea condenadamente estúpida, porque es imposible que el gigante quepa por ahí. Le pide que regrese otro día. Regresa y haré la puerta más grande que alguien haya visto, dice. El gigante continúa su carrera y sin querer aplasta toda la hortaliza. La bruja cae de rodillas viendo cómo se aleja el amor de su vida y el huerto al que ha dedicado su vida, completamente destrozado.

(54)

Carina

1

Cortarle las patas a un cerdo. Había que hacerlo. Es peor de lo que se imagina. Mucho peor de lo que suena. Patas de cerdo. Trituradas. No quedó más que improvisar. Patas en una licuadora. Congelar. Papito quería uno de esos asquerosos helados que tanto nutren el alma. Patas que caminaron en una granja. Se recostaron. Pisaron la mierda de sus vecinas. Tienes que usar un cuchillo de carnicero. Patas que soñaron bajo la lluvia. Clonk. Un tajo. Elige un sabor, dije. Patas que soportaron el cuerpo mantecoso de un hermoso bastardo. Endulzar. Clonk. El hueso se divide. Patas que mamaron la teta de un cerdo. Leche en polvo. Brrrrrrrrrrrrrr. Todo se revuelve. Nada como un helado de patitas de puerco, dice. Clonk.

Nunca había preparado helado. Es una experiencia inolvidable. Un experimento. Y más cuando se trata de licuar patas de cerdo. Qué olor. Grotesco. De lo más divertido si resulta que estás escuchando Sabor a mí. Aunque yo sería más bien una cerda chaparrita y enclenque. De las que por más porquerías que tragan no son buen negocio. Si tú no vas a los helados, los helados van a ti, dije. Y ahora tengo congelada una carnicería. Por andar de ocurrente.

—Son tonterías dijo Adelina. Todo lo que haces. Son puras tonterías. Papá lo que necesita es hacer algo con su vida. Todavía tiene una vida.

(55)

agonía de sus padres. Que las tonterías son esas pequeñas cosas que normalmente pasas por alto, pero que cargan lo más esencial para la felicidad, porque están libres de prejuicios. Son como frutos silvestres, pueden ser ácidos o dulces. Pero siempre se antojan. Eso fue lo que dijo. No se les carga con el absurdo peso de una expectativa. Así que yo hice una tontería helada. Sólo por diversión.

2

—Echa el pie hacia atrás. No, el otro, el derecho.

—Eso es justamente lo que estoy haciendo.

—¿Quieres decir que tu pie derecho en realidad es tu pie izquierdo? Se supone que yo soy el enfermo. Junta los pies, Carina. Júntalos. Eso. Ahora echa el pie DERECHO atrás. No bajes la mano, mantenla firme en mi hombro.

—Pensé que sería más fácil.

—Junta los pies. Cada paso hay que juntarlos. Ahora echa el izquierdo atrás. Firme, no bajes la vista.

—…

(56)

—Vamos a movernos a la izquierda. Paso y juntas. Lo que importa no es dónde sino el porqué. Al frente, junta, eso es… Tu mamá quería aprender, y yo quería hacer todo lo que ella quisiera hacer. Firme y mírame a los ojos. Así que podría decir que fue ella la que me enseñó.

—Mamá ni siquiera baila bien.

—Supongo que en el fondo yo tenía más ganas de aprender, aunque en ese momento no lo sabía, o no quería saberlo. Ahora enrolla tu pierna en mi pantorrilla y vamos a girar. Con cuidado. No dejes de mirarme. Vamos a hacerlo lento. Tienes que confiar en tu pareja. Más o menos de eso se trata. En la vida, como si estuvieras en un baile. En el baile, como si fuera tu vida. Además, bailar no se trata de ser bueno. Me refiero a que, si no vas a ser un bailarín profesional, hacerlo bien es lo último que importa. Tener ritmo. Llevarlo en la sangre. Esas son insignificancias que usan los pretenciosos para maquillar su ineptitud. Lo que importa de verdad es disfrutarlo. Si lo disfrutas, ya estás del otro lado. Y si algo hay que reconocerle a tu madre, es que disfruta la vida como nadie. Paso diagonal, otro más, otro más. Y, giro.

(57)

—¿Qué tonterías escribes ahora?

—¿Te he dicho cuál es mi texto favorito? De mi autoría, me refiero. Los has leído todos, ¿no?

Entonces habló de una historia que nunca se publicó. ¿Por qué? No era precisamente una historia suya. La abuela se la contó cuando era un chiquillo. La abuela siempre anda inventándose historias. Hasta cuando va al súper está duro y dale con eso de inventar historias. Lo único que hizo fue darle un toque personal, algo así como lo que hicieron los hermanos Grimm. Cuando quiso publicarla, pidió permiso a la abuela. Es una historia hermosa, supuestamente, que trata de un niño que vive en un faro y asegura que él captura la luz de las estrellas y luego la envía a la ciudad para que los cafés y los cines y las casas puedan prender los focos que cuelgan del techo. No es un cuento infantil. Lo del niño es sólo una parte fundamental en la vida de un hombre que llega al faro para tirarse de un lugar altísimo y romperse la cabeza. El problema es que la abuela olvidó si la historia es invento suyo o si la escuchó o leyó en otro lado, es probable que la haya visto en la televisión. Cualquier cosa. Papá dice que la ha buscado como un loco pero sin suerte.

—Seguramente quedará archivada —dijo.

(58)

historias empiezan igual. En llanto. Y terminan desperdigadas por todos lados. Un poco en lágrimas también, que luego se evaporan para formar el llanto del cielo. Y así se recicla el agua que se precipita, de los ojos, de las nubes, da lo mismo. Archivo para reciclar. Archivo histórico. Archivo muerto. En el olvido.

—Déjame leer lo que acabas de escribir.

—Me largo a dormir —dijo.

Todos le conocían. Y aunque nadie le había visto la cara

porque, a veces, lo último que hay que verle a alguien

para conocerle de verdad es, precisamente, la cara,

ninguno podía decir, realmente, que no le conociera, que nunca había sentido su presencia, “¿de qué rayos estás

hablando?”, nada de eso, hasta los niños no nacidos eran

vulnerables al apetito de esa entelequia, y en los

vientres temblaban de miedo. Así era con esa cosa:

escuchabas que podía desinflar un cuerpo entero con un suspiro, toda una constelación de tetas, con tal de darse

un baño en leche materna (eso es lo que se decía). O

podías ver, paseándose en las calles, en los cafés, en las

escuelas; procesiones de personas sin cabello, sin un hilito que les protegiera del sol, rodillas parlantes que

chillaban “se me fue cayendo, se me fue cayendo. ¡A

mechones, maldita sea! Sin darme cuenta. Se cayó solito”.

Pero todos ahí sabían que el cabello no se cae de esa

forma, que de pronto se suelta uno, como un árbol viejo que se desploma, hasta la vista, y crece otro para ocupar

su lugar, ¿cuándo se ha caído un bosque entero así nada

más, sin motivo aparente? No, el cabello ni en Marte se

cae a mechones. “Se rindió mi cabellera”, decían esos

pelones locos para consolarse, “fue la huelga del

cabello”, andaban contando historias ridículas por

doquier. ¿A dónde iba a parar realmente todo aquel

estambre humano? Los chismes decían que era el monstruo

ese, que se escurría de noche y rasuraba a unos cuantos, porque le gustaba eso de tejer cobijas y cortinas y

calcetines y todo tipo de muñequitos alados que dejaba

(59)

orinarse sobre las cosechas y esparcir enfermedades. La verdad es que nadie entendía nada de nada. Porque llegaba

un momento en que los calvos dejaban de respirar, se

pelaban, decían a forma de broma, que es normalmente lo

que uno hace cuando no se tiene ni la menor idea de cómo actuar: se dice cualquier estupidez que saque una sonrisa.

De la misma forma, aquellas mujeres destetadas dejaban de

respirar, ¡mis senos, mis senos! Y, de pronto, Pum. Nada.

Silencio. Quietud. Y uno que otro bebé dejaba de respirar

todavía enchufado a su madre y nacía todo flácido, como de trapo. Caramba, decían los doctores y los filósofos;

maravilloso, los sacerdotes. En ocasiones, el engendro se

manifestaba en tormentas que hundían barcos enteros y lo

representaban con cientos de cabezas, filosos dientes,

tentáculos poderosísimos, hermosas mujeres semidesnudas de cantos divinos y cola de pescado. O sucedía que hacía

temblar la tierra, quizá porque se divertía saltando y no

controlaba su fuerza, o le agarraba un estornudo y

¡buuuum!, los edificios se partían a la mitad. En cualquier caso, las adversidades se le atribuyeron a esa

quimera eterna que sobrevivía de generación en generación,

en forma de mito, que es como perduran esos bichos

inmortales que son las ideas universales. Quién sabe a qué

insolente se le ocurrió nombrarle “Muerte”, pero de que

fue un nombre pegajoso y perduró por siglos, eso es

indiscutible. Aun así, se le apodó Hela, Tánatos, Morrigan, Azrael, Anubis, Barón Samedi, Kali,

Mictlantecuhtli, Yama, y muchos nombres más. Había una

curiosa urgencia por asignarle un cuerpo.

En ocasiones, esa Muerte buscaba un alma débil, solitaria

o desquiciada, agujerada por malas experiencias, y poseía

ese cuerpo, seguramente cansada de andar en estado

gaseoso. ¿Por qué decidió fijarse en aquel pueblo y en esa historia trágica y ordinaria? Quizá por aburrimiento. De

cualquier forma, se trataba de dos hombres con ideales

opuestos y una mujer de por medio, balanceándose entre los

extremos, indecisa. Las polaridades son siempre atractivas

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cuadro del que hablas es una verdadera obra de arte. Es algo hermoso.
Es algo hermoso . View in document p.72
cuadro, que debería de ser lo más inmóvil imaginable,
cuadro, que debería de ser lo más inmóvil imaginable, . View in document p.87
cuadro y, en su lugar, le saludara con una voz gangosa y
cuadro y, en su lugar, le saludara con una voz gangosa y . View in document p.88

Referencias

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