Elsistema de los objetos

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1968

Jean Baudrillard,

Elsistema de los objetos

Primera obra teórica de Jean Baudrillard, El sistema de los objetos es publicada en 1968, cuando el autor tiene 39 años. Tarde, dirá él mismo tiempo después. En ese periodo Baudrillard, germanista de formación, era asistente de Henri Lefebvre, que lo había introducido en los estudios de sociología de la vida cotidiana. Además, se había acercado a la se-miología de Roland Barthes siguiendo sus lecciones en laÉcole Pratique des Hautes Études en Sciences Sociales en París.Y es precisamente Bar-thes la influencia más explícita en este exordio, cuyo título reenvía asu Sistema de la moda, publicado el año precedente, y que más en general retoma el proyecto barthesiano de crítica ideológica del signo iniciado con Mitologías.

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gestualllega a reducirse al tocar, a la presión de un interruptor; además,

desaparece la ambigüedad simbólica, sustituida por un sistema sígnico abstracto, no ya ligado a la experiencia e infinitamente reconfigurable. En la base de este cambio está el concepto defuncionalidad, entendida no como conformación con un fin, sino como facultad de adaptarse a un orden e integrarse en un sistema. Esto permite al objeto trascender su objetivo, su función en sentido estricto, para entrar en un juego de combinaciones, para convertirse en un elemento de un sistema

univer-sal de signos.

Ningún objeto puede escapar a esta lógica y todos son integrados en el sistema, que, por otra parte, ofrece al consumidor una inédita libertad de selección. No obstante, haciendo explícita referencia a las

ideas de David Riesman sobre el individuo heterodirigido, Baudrillard sostiene que tal libertad no es más que formal. El sistema de los objetos, organizados según los códigos de la moda y el imperativo de la funcio-nalidad, opera en función de una integración ideológica; la idea es que la formación del sujeto ocurre mediante un proceso de personalización cuyos términos son fijados anteriormente por el mismo sistema. De este modo, Baudrillard fija desde entonces los horizontes de esa crí -tica del consumo que continuará desarrollando en obras sucesivas, en particular en La sociedad del consumo (1970) y Crítica de la economía política del signo (1972).

Del sentido de las cosas.

El sistema de los objetos

de la Encyclopédie a la Ontopedia

de Nello Barile

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sobre la virtualización, había reivindicado su lugar en el recrudeci-miento de la dinámica histórica, en el exacto momento en que la ca-tástrofe inauguraba el inicio de la nueva época. Aunque Baudrillard no puede renegar in toto de la validez de sus caballos de batalla, está obligado por los acontecimientos a considerar el deslizamiento desde una cultura que habita bajo el techo del «fin de la historia» hacia un nuevo régimen en el que la historia parece haberse liberado de las cadenas que la embridaban, para activarse en modo aleatorio, hiper-trófico y traumático.

En el caso presente se creyó reconocer (quizás no sin algún alivio)un resurgimiento de lo real y de la violencia de lo real en un universo supuestamente virtual. «Se acabaron todos vuestros cuentos de los virtual, ¡esto sí esreall- Simultáneamente se creyó asistir a una re-surrección de la histora, más allá de su fin anunciado. ¿Pero es cierto que la realidad supera la fantasía? Si se da los aires de superarla es porque absorbió su energía, y ella misma se ha vuelto fantasía. Hasta podríamos decir que la realidad es celosa de la fantasía, que lo real es celoso de la imagen... Es una suerte de reto lo que hay entre ellas, a ver cuál será más inimaginable (Baudrillard 2002: 37).

La idea de un desafío entre realidad e imagen a quien sea más « ini-maginable» es, en efecto,el reconocimiento de que la liberación de la historia de la órbita referencial puede producir una hiperhistoria que compite con el imaginario en el lugar de ruptura de la catástrofe. No obstante, en esta recíproca contaminación, también el imaginario su-fre una drástica revisión de sus fines, retorciéndose sobre la realidad para comenzar a nutrirse de historia, de singularidad y de autentici-dad. En este sentido, Baudrillard percibe la tendencia general de la cultura del nuevo milenio más allá de los entusiasmos y de la embria-guez eufórica de la así llamada utopía de la comunicación. En cohe-rencia con tal re-descubrimiento, El sistema de los objetos se coloca en una posición simétrica respecto al núcleo fundamental de teorías y discursos que el autor ha desarrollado desde los años setenta hasta los noventa y recupera un aspecto central en su disertación, aunque recientemente sacrificado: el discurso sobre la cosa.

El texto comienza con una doble exigencia teórica:

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b)investigar las modalidades de uso, es decir, la relación entre el sujeto y la red de objetos que lo circunda.

Como se verá sus dos distintas instancias no son en absoluto diver-gentes y a la imposibilidad de formular un principio general, unifica -dor y clasificatorio de la plétora de objetos cotidianos, se asocia la necesidad de descubrir un principio móvil,dinámico, heteróclito, a tra-vés del cual el objeto nos consienta definir su colocación en nuestro mundo. En este sentido el texto está en línea de continuidad con el famoso texto introductorio de Michel Foucault enLas palabras y las cosas (1966). La modernidad con su proliferación de discursos, luga-res, dispositivos, etc., quiebra la unidad taxonómica de la época clásica e impone un principio de clasificación caótico en el que el contenedor debe adaptarse, remodularse en la acuciante variedad del contenido:

[...[ la sospecha de que hayun desorden peor que el de lo incongruen-te y el acercamiento de lo que no se conviene; sería el desorden que hace centellear los fragmentos de un gran número de posibles órde-nes en la dimensión,sin ley ni geometría, de loheteróclito;y es nece-sario entender este término lo más cerca de su etimología: las cosas están ahí «acostadas»,«puestas», «dispuestas»en sitios a tal punto diferentes que es imposible encontrarles un lugar de acogimiento, de-finir más allá de unas y de otras unlugar común (Foucault 1966:11).

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hacia el objeto es mucho más semejante a la del semiólogo. Se trata de un objeto comunicante que se inscribe funcionalmente en un aparato técnico dirigido a la satisfacción de algunas necesidades a través de la invención de nuevas prácticas. Estas son al mismo tiempo el obs-táculo para la difusión de nuevos productos, pero también la fuente de inspiración para nuevas invenciones. No es casual que se defina el «tecnema» como la unidad mínima del sistema tecno-productivo que ocupa una posición semejante a la del fonema en el sistema de las len-guas. El tecnema es una unidad sui generis en cuanto que es al mismo tiempo objeto,dispositivo' yprincipio de clasificación del objeto al que se refiere. Ello indica el estadio de un régimen ontológico en el que están en vigor todavía el equilibrio, la simetría y la correspondencia entre las palabras ylas cosas. Tal equilibrio no es solo cuantitativo -en el sentido de cantidad de mercancías en relación a los nombres que las designan- sino también cualitativo en el sentido que el objeto en cuanto único es el fruto de una co-presencia relativamente equi-librada de materia y forma. Por esto, la investigación se concentra en un cierto tipo de objetos en el que es, en todo caso, reactivable un núcleo de gravedad material que los salva del destino de un mundo abandonado a lo artificial y a lo inmaterial. No es quizás casual que el análisis se inicie en el lugar más próximo al cuerpo, hacia el que desarrollamos una actitud práctica «inmediata»: la casa. El principio que regula la diversidad de los objetos dentro de un salón burgués, junto a sus reenvíos y a sus recíprocas implicaciones, es definido como

«moral» [13].La monumentalidad de los muebles en los salones y en las habitaciones tradicionales se edifica entorno a un núcleo de inti-midad que debe ser protegido y cultivado. En este sentido el espesor simbólico de los materiales de fabricación corresponde al espesor mo-ralo sentimental de una red permanente de relaciones que sanciona netamente: la «separación entre interior y exterior» como también la oposición «formal bajo el signo social de la propiedad y bajo el signo psicológico de la inmanencia familiar» [14].En el lado opuesto se co-loca el ambiente moderno -el de las jóvenes parejas o, también, de los solteros- que por motivos de movilidad yde espacio son obligados

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a circundarse de objetos esenciales, sin demasiados oropeles. Pedazos de decoración que, «vaciados» hasta su función esencial, se revelan libres o liberados en la conquista de su funcionalidad pura. No obs-tante, precisamente en tal movimiento de emancipación del objeto co-rrespondería un sujeto que no es ya «liberado»[16]porque se reconoce únicamente como usuario del objeto en cuestión.

En medio de la oposición lógica entre ambiente tradicional (gober-nado por un principio de naturaleza) y ambiente moderno (inspirado por un principio de pura abstracción), Baudrillard diferencia una ter-cera orientación indispensable para la comprensión del consumo con-temporáneo que es capaz de asignar el mismo valor moral de la decoración tradicional también a las superficies planas de «dominan-te espacial» del ambiente moderno. Tal orientación expresa de modo ejemplar la explosiva transformación antropológica del sujeto y de la relación con su ambiente primario. No es casual que las nuevas for-mas del habitar sean caracterizadas por un «informador activo del ambiente» que «dispone del espacio como de una estructura de distri-bución»y que «a través del control de este espacio, dispone de todas las posibilidades de relaciones recíprocas y, por lo tanto, de todos los papeles que pueden desempeñar los objetos» [26]. En pocas líneas se celebra un cambio paradigmático de la tesis inicial. El mundo de las cosas -que coloca al sujeto en su interior relegándolo al papel de «usuario fínal-" de sus funcionalidades distribuidas en los objetos-tiende hoya invertir drásticamente tal perspectiva. Al proyecto fun-cional de la técnica soportado por la publicidad (su sierva imaginativa) se asocian así nuevas sugerencias que pasan por una retórica hecha de expresiones emocionales. Simples soluciones lingüísticas como «a vuestro gusto», «según vuestras exigencias», «esta atmósfera será vuestra», «personalización», etc., adquieren la función de verdaderos ambientes cognitivos que enderezan hacia un nuevo modo de concebir la técnica. Se trata ciertamente de una concepción atávica, pero que puede ser entendida hoy como una tendencia emergente o

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gente"de las sociedades contemporáneas: me refiero a la idea de suje-to como«recipiente de interioridad" [27].

El objeto funcional se genera como ruptura o como traición de los requisitos que gobernaban el sistema tradicional: función primaria del objeto; pulsiones y necesidades primarias; relación simbólica recíproca [72].No obstante, no es posible concebir la famosa categoría mercan-cía-signo en el sentido de una total superación del estadio pretérito que genera un sistema abstracto de significan te s vacíos, intercambiables y totalmente manipulables. Si es verdad que los objetos formales conser-van la memoria histórica de sus colegas antiguos, artesanales, únicos -es decir,el«encanto de una vida anterior»- ellos continúan reivindi-cando la importancia estratégica de la naturaleza- o mejor de la natu-ralidad, de una naturaleza totalmente culturalizada- en un mundo sintético y artificial. El análisis del objeto marginal consiente inferir, de la singularidad del producto, un sistema emergente de orientaciones colectivas, casi una tendencia. Existe de hecho un nexo no arbitrario que une la cuestión de la naturalidad (que hoy explota de nuevo a esca-la global gracias algreen marketing y almegatrend de la ecosostenibi-lidad), la de la historialidad (ligada al «mito del origen»)y la de la autenticidad (de culturas exóticas o subculturas urbanas). En la unión de estas tres directrices fundamentales se divisa de hecho un único gran proceso de revisión de las dinámicas del consumo contemporáneo. No es casual que las más recientes orientaciones del marketing con-temporáneo, los llamados marketings postkotlerianos, asuman tales directrices en un giro antropológico que enfatiza el papel del pasado, de la tradición, de una experiencia de consumo reterritorializada, tanto que podemos hablar de un verdadero marketing de la autenticidad".

Desgraciadamente, Baudrillard no puede explicitar tales orienta-ciones dentro de una definición más completa de marca, respecto a

3.Aquí falta una cuestión esencial en la dinámica de las así llamadas hiper

-mercancías. Baudrillard es capaz de definir los efectos de la obsolescencia inducida en los productos por el sistema -que es cuestión típicamente moderna- pero en la época en que se escribe no puede tomar en conside-ración los ciclos de ingreso/salida de los productos del régimen de latencia (que es típico de las modas post-modernas).

4. Me refiero a los distintos marketings de reciente concepción que se fundan en un diverso valor de autenticidad como esfera de acción del consumidor

(Cova, Dalli 2007), como «experience providing- (Schmitt 1999) o como

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la que el autor se limita a discutir dos funciones simples y, en cierto sentido, «típicas»: la señalética y la afectiva [217]. Aun reconociendo en el concepto de marca el papel fundamental en la regulación del «lenguaje del consumo», nuestro autor está demasiado vinculado a un análisis clásico, en términos de una sociología de los consumos que enfatiza la cuestión del estatus antes que profundizar los términos del consumo como lenguaje expresivo o auto-expresivo. No es casual que, precisamente cuando el análisis presta más atención a la relación entre personalidad del consumidor y personalización de la mercancía, aparece una cita de Riesman sobre el modo en que el fin definitivo del Sistema es poner a disposición una gama articulada de personalidades [173]. Esta ansia de autenticación pasa por una alienación extrema que es mejor definida como«personalización heterodirigida». Por un lado, ella es despreciable porque en su juego combinatorio reside una alarmante «matriz ideológica»,por otro, se debe admitir que «también las diferencias superficiales son reales, a partir del momento en que son estimadas como tales» [175].De este modo, además de dejar apar-te las perspectivas neo-críticas sobre el consumo, nuestro autor deja abierto un mínimo resquicio en el que es posible entrever -además del estrato nihilista de un sistema que se ceba de autenticidad- algu-na isla de supervivencia de los Valores y de la Realidad.

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también de seres vivos o de relaciones reificadas)". Solo a través de su colocación en el orden sin táctico de la serie, el objeto puede adquirir una pátina de unicidad que se refuerza en el reenvío recíproco entre los elementos que co-pertenecen a ese determinado conjunto. Lo que hace de la colección al mismo tiempo un principio de agregación y un instrumento de exhibición de un cierto capital cultural o emocional. Afán de posesión, fanatismo y una cierta dosis de fetichismo caracteri-zan el mundo del coleccionista que en este sentido es concebible como vanguardia de los consumos y de la relación del consumidor contem -poráneo con las mercancías.

En la misma trayectoria de alejamiento del objeto estándar, banal y cotidiano, Baudrillard consigue captar con mayor lucidez y confia n-za la naturalen-za del consumo contemporáneo. En el tríptico sobre los objetos meta y disfuncionales, dedicado al gadget, al aparato y alro -bot, se cumple la ardua exploración del imaginario del consumo que es generado por la relación de doble implicación entre «finalidades humanas» y «finalidades de la técnica». Lo que fascina del gadget es principalmente el imaginario «neotécnico- que este genera, una época neobarroca dominada por la tranquilidad del puro automatismo tanto que «para cualquier operación hay, tiene que haber, un objeto posible: si no existe, hay que inventado» [130l. Si el mundo de los gadgets está compuesto por una plétora de objetos con función minuciosa -tan hi-perespecificada como inútil- que capturan gracias a su naturaleza obsesiva, el aparato, por el contrario, trabaja en el principio inverso: una fuerza que anida en su indeterminación nominal, en su des-es-pecialización que se vincula con una «funcionalidad vaga»,múltiple e imprevisible. El término mismo demuestra la capitulación del lengua-je frente a la proliferación de los oblengua-jetos y el primado de la creatividad

industrial respecto a la que hace un tiempo residía en el lenguaje. Nos damos cuenta, por tanto, de que la proliferación de los detalles técnicos provoca un fracaso conceptual inmenso, que el lenguaje ha retrocedido respecto a la estructura y a la articulación funcional de los objetos de uso cotidiano, tanto que «en nuestra civilización hay cada vez más objetos y cada vez menos términos para designados» [132l.

5. Con este propósito, la última invención entorno al magnífico mundo de Paris Hilton -el programa televisivoMy best friend forever, en onda en MTV- transfiere la lógica de la colecciónyde la relación entre modeloy

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Bastan unas líneas para comprender que estas páginas afrontan cuestiones fundamentales ya sea para la economía del libro como para la teorización más extendida del autor. La marginalidad del aparato (que sustituye en términos de vaguedad y vacuidad que hace un tiem-po se expresaba tiem-por la palabra «máquina») es el lugar de condensación de un imaginario que ha atravesado tres estadios: animista, energéti -co, cibernético. Si en los primeros dos prevalece respectivamente el mito del organicismo absoluto y el de la funcionalidad absoluta, en el tercero triunfan un imaginario y una pragmática cotidiana que están regulados por el mito de la «interrelacionalidad absoluta» [136]. De este modo,El sistema de los objetos nos conduce más allá de las re-flexiones típicas de los años noventa sobre el neo-animismo tecnológi-co, sobre el fetichismo de las mercancías, sobre la tecnomagia", etc. A lo que el filósofo hace guiño sin nombrarlo es al papel exquisitamente pragmático a través del cual la actual tecnología modifica la relación entre imaginario y vida cotidiana.

La radical alteración del ambiente doméstico operada por la inteli-gencia artificial y por la cibernética, en las experimentaciones de la llamada domótica, representan la más vívida realización de la hipóte-sis de partida del libro. La idea de que existe un hipóte-sistema de reenvíos y de implicaciones funcionales entre el sujeto-usuario y el conjunto de accesorios de diferente naturaleza, grandeza y función que informan nuestro habitar es el presupuesto teórico de una revolución lenta pero tangible, que transformará nuestras vidas en las próximas décadas.

En una visita reciente al laboratorio deFusionopolis en Singapur, he tenido ocasión de usar personalmente los nuevos objetos «inteligen-tes»que poblarán nuestras casas durante el próximo futuro. Tecnolo-gías como el RFID, por ejemplo, consienten monitorizar virtualmente los movimientos y las condiciones de los productos de uso cotidiano. Las mismas ofrecen la posibilidad a las mercancías de mantener un diálogo constante con otros accesorios y de hacer tangible el retícu-lo de relaciones que se instauran entre los diferentes bienes (electro-domésticos, bienes de largo consumo, contenidos mediales, etc.) y el sujeto-usuario. Un frigorífico que analiza los flujos de mercancías y que pondera las órdenes en función de la dieta y de las obligaciones

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semanales. Un sistema de vigilancia interna que alerta al hospital si nota que el cuerpo del anciano inquilino está extendido en el suelo en una posición insólita. Un colchón que entiende por la distribución del peso del cuerpo si se debe bajar las cortinas y apagar las luces. Son pequeños ejemplos de cómo habitar un ambiente doméstico de modo biológico o proxémico es inmediatamente traducible en un flujo infor-mativo y en su relativo feedback. En este sentido el principio que uni-fica la radical heterogeneidad de los objetos se desplaza, por lo tanto, del plano funcional (o metafuncional por otras vías) hacia el informa-cional o, incluso, comunicainforma-cional. La capacidad del objeto de intercam-biar mensajes con otras mercancías, con usuarios o con aparatos que lo han producido no solo da vida a un ambiente de interacción total en el que todo comunica, pero, aún más, derriba la barrera que hasta los años noventa sellaba la distancia entre el plano de la Realidad y el de la Virtualidad. Más allá de los éxitos de la domótica, la integración dinámica entre estos dos planos representa la gran revolución que desborda la restricción del espacio doméstico y se vierte sobre la tota-lidad del espacio geográfico. Como ha notado Alberto Abruzzese, este desplazamiento tiene que ver con una transformación histórica del sentir y del habitar los lugares en la dimensión post-metropolitana, que modifica el espacio cerrado y segmentado de la vieja urbanística hacia un modelo hecho de «conexiones vivas-",

Es como decir que a la formidable revolución que nos espera, en el momento de máxima difusión del conocido como«internet de las cosas», seguirán también otras innovaciones tecnológicas y culturales. El re-lato de los objetos no estará ya separado de su referente material. Dis-tintas investigaciones cuentan hoy este «embedded storytelling» que transforma la identidad de los objetos en un proyecto dinámico yopen

source mientras nuestros smartphones se transforman en

instrumen-tos de barrido de palacios, monumeninstrumen-tos, localidades turísticas, etc., que informan directamente sobre sus servicios, o sobre qué piensan las

7. Escribe Abruzzese: «Deberíamos inventar correspondencias, analogías,

entre el territorio post-metropolitano donde vivimosy edificios, lugares

donde poder habitar, inventar, es decir, edificios que sean lugares, pero

lugares para la vida post-metropolitana, lugares que expresen yreflejen

su tiempo, su movimiento, que reproduzcan las antiguas segmentaciones

del espacio metropolitano, que sean, más bien, conexiones vivas»

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