LUZ Y SOMBRA

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Texto completo

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CON RECONOCIMIENTO DE VALIDEZ OFICIAL DE ESTUDIOS DE LA SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA, SEGÚN ACUERDO

No. 20130401 DE FECHA 9 DE JULIO DE 2013

Luz y sombra

P R E S E N T A

QUE PARA OBTENER EL GRADO DE

MAESTRA EN LITERATURA Y CREACIÓN LITERARIA

JESSICA BARBA ZÚÑIGA

CIUDAD DE MÉXICO 2016

DIRECTORA: DRA. CHRISTEL ROSEMARIE GUCZKA PACHECO

T E S I S

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Para mi madre,

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Introducción

Hace tres años me sucedió uno de esos eventos que cambian la vida. He estudiado

ballet desde que tengo memoria, mi madre fue bailarina profesional y yo inicié mis

estudios formales desde muy chica; inclusive empecé a dar clases de ballet cerca de

los trece años. Jamás he podido concebir mi existencia fuera del mundo de la danza.

Sin embargo, hace tres años, una noche, mi rodilla derecha se hinchó y me

dolía tanto que terminé en la sala de urgencias. Yo no me había caído o golpeado,

no había razón alguna para mi estado. El médico me recetó reposo y más reposo,

me hizo estudios, me inyectó… Nada parecía ayudar. Varios meses después me dijo

que tal vez lo mejor sería que buscara otra actividad física, otro hobbie, porque mi

rodilla no daba para seguir bailando.

Mi vida se derrumbó. No supe qué hacer, dónde meterme, qué decir. Justo

por esos días estaba por terminar mi licenciatura en comunicación, pensé: “Oh,

menos mal que tengo esto y puedo seguir adelante”. Con la mente optimista,

conseguí trabajo en un periódico pequeño, pero al cabo de unos meses me di

cuenta que no era completamente feliz.

El artista es artista sin importar las condiciones físicas que tenga y uno no

puede simplemente apagar ese fuego interno. Se vuelve una necesidad enorme el

estar creando; no hay nada que la sustituya o una manera de distraerse que

realmente perdure. Es como tal: una necesidad.

Meses después, entré a este posgrado a enamorarme perdidamente de las

letras, y prácticamente un año después empecé a mejorar de mi rodilla. Pero bueno,

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una enfermedad te aleje de tu pasión. Así empecé a escribir la historia de don Pablo,

un pintor que se queda ciego.

Cuando uno se enferma hay básicamente tres posibilidades: morir, curarse o

permanecer con la enfermedad. Si uno se cura o muere, entonces está del otro lado,

la enfermedad queda como un recuerdo desagradable solamente. El problema viene

cuando uno permanece con la enfermedad, o con secuelas de la misma. Entonces

nos encontramos frente a una nueva vida que no tenemos idea cómo vivir.

Rehacer la vida después de la enfermedad, reinventarse y adaptarse es lo

que don Pablo busca hacer a lo largo de la obra. Es una novela de formación, la

formación de un anciano que tiene una necesidad enorme de crear. Estas letras son

una narración interna sobre los sentimientos personales y el proceso en sí de la

búsqueda de un nuevo yo.

Luz y sombra nace de mi corazón pensando en aquellos que en algún punto

nos topamos con una enfermedad que nos cambió la vida. Es para todos los

guerreros que siguen adelante sin un brazo, sin una pierna, sin un pulmón, con

parálisis en alguna o varias partes de su cuerpo, sin la visa, sin la escucha, con

implantes, con pérdidas de memoria… Y que de alguna manera milagrosa regresan

a la vida con más ánimos y más energía que el resto de nosotros.

En ese proceso, en la búsqueda de solución y de esperanza, algunos se

internan en ellos mismos, otros encuentran la salida en alguna persona que aman y

sé que también hay quienes reciben ayuda de un ser especial, más grande y sabio

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Luz y sombra

I

—¿Quién eres? Ya escuché que estás ahí.

—Soy Pedro.

—¿Pedro qué?

—Con trabajos Pedro.

—Apestas, Pedro.

—No, no apesto…Huelo a corral.

—¿Pedro, el granjero?

—¿En serio no me ve? Ta´ bien que esté chiquito, pero no es pa´ tanto…

¡Soy un gallo!

—No, no te veo. Pensé que aquí sí iba a poder ver. Si eres un gallo, ¿por qué

hablas?

—Ay, pues porque está soñando.

—Acércate, no te creo.

—Ay no, no me vaya a hacer caldo. Mejor abra los ojitos. Ya ve lo que dicen,

hasta no ver no creer.

—No puedo abrirlos, pesan mucho… Ándale, no molestes. ¡Acércate! ¡Ah! ¡Si

hasta cresta tienes!

—Le estoy diciendo desde hace rato. Pero usté es terco, como todos los

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—Pero aquí me siento joven, por eso vuelvo todas las noches. En las

mañanas, después de que el gallo… bueno, tú, supongo… le canta al sol, los años

vuelven a subirse a mis rodillas.

—Nunca lo había visto aquí.

—No, ni yo te había escuchado. De hecho, a nadie. Siempre había estado

aquí solo. Tenía la esperanza de que cuando me encontrara a alguien lo podría

ver… Ya sabes, dado que es un sueño.

—Pues sí, tal vez si intenta abrir los ojos pueda ver.

—Pero estoy ciego, Pedro.

—¡Ja! Y yo soy un gallo que habla. ¿Qué más da? Es su sueño.

Silencio.

—Bueno, ya, no se me encreste… Cambiemos de tema. ¿Cuántas noches ha

venido?

—No sé, a veces me pierdo… Ya no cuento bien ni los días. Cuando recién

llegué al campo sí podía todavía ver la luz, sombras, figuras desenfocadas… Creo

que pasaron unos quince días antes de que todo se apagara. Fue entonces cuando

comencé a venir aquí por las noches. Bueno, lo que creo son las noches.

—Sí, ahorita es de noche. Oiga, ¿y por qué se le apagó todo?

—No sé. Sucedió. En un inicio me ardían los ojos, pensé que era por el smog

de la ciudad…

—Ah, y por eso se vino al campo…

—Sí, a la antigua casa. Ah, fue lindo verlo todo otra vez. Mi viejo estudio, el

atril con el último retrato que hice de Julia. Solíamos venir cada verano a pasar el

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—Sí, lo sé.

—¿Sabes qué?

—Que venía seguido con Julia. Usted claramente no se acuerda de mí, pero

yo sí lo recuerdo a usted muy bien.

—¿Sí?

—Del hospital, durante los últimos días de Julia.

—Pedro, recordaría un gallo en el hospital.

—No, no… Usted no entiende. No era un gallo en ese entonces. Lo veía

frente al espejo, dentro de la cabaña azul a la que iba entre sueño y sueño mientras

abrazaba a Julia de los pies. Yo era esa luz que veía embelesado.

—¿Cómo sabes eso?

—Ya está amaneciendo…

—No, no te vayas. ¡Contéstame! No me dejes…

—Pero ya está amaneciendo, tengo que cantar. No se preocupe, mañana nos

vemos. Aquí lo espero.

—Por favor, quédate unos segundos. No cantes todavía, describe el

amanecer, hace mucho que no lo veo.

—Bueno, rapidito… Estamos bajo un árbol y todavía está todo oscuro, sólo se

ve un rayo de luz saliendo detrás de la montaña. La luna se ve opaca, no brilla tanto

como hace rato y las estrellas ya no están tampoco. El cielo se está pintando de

morado, con rosa y mucho azul clarito. Ya hay más luz. Se ve todo claro y liso. No

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II

Amanece gracias a ese canto decidido, que anuncia la llegada del sol. Creo que

solamente así puedes distinguir si de verdad pasó un día nuevo o no. Pero, como no

puedes escribir, o más bien, leer lo que escribes, ya se te olvidó cuántas mañanas

llevas aquí. Supones que son muchas; el último número que recuerdas es el 587.

A tientas dejas la cama, enjuagas tu cara y tallas los ojos, esperando que esa

ceguera se descame entre los dedos. Levantas el rostro y encaras al espejo ahora

vacío— que solía regresarte las imágenes que plasmabas en un sinfín de

autorretratos.

¿Y por qué sigue este espejo aquí? ¿Para mortificarte, quizá? Tantos favores

que le has pedido a Irasema, con gusto se llevaría ese tortuoso artefacto. Sin

embargo, algo dentro de ti se resiste a dejarlo ir. Es ese rincón que todavía no pierde

la esperanza de que tu vista regrese, tan súbitamente como se fue, y que entonces

el reflejo se convierta en aliado para plasmar un último retrato.

Llegaste a tu casa de campo una noche lluviosa, con una pequeña maleta.

Venías a pasar una semana o dos en lo que tus ojos se deshinchaban. Naturalmente

no avisaste a nadie de tus pequeñas vacaciones, parte porque no tenías a quién

avisar y parte porque no creíste que fuera necesario que se supiera que no estabas

en casa. No supiste cómo, ni por qué, pero días más tarde las formas y las texturas

ya se habían convertido en colores; las manos, en ojos. Al principio imaginabas los

días, el sol saliente, las sombras de los altos árboles que el atardecer dejaba en el

césped. Pero poco a poco tu memoria parecía también empezar con padecimientos

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El primer día en el que no amanecieron completamente sanos tus ojos, te

caíste de las escaleras y se hizo un gran estruendo. Fue preocupante porque casi

nadie sabía que estabas dentro de la casa. En realidad pensaste que te harías trizas

y que si acaso te pegaban quedarías mal reconstruido, como cuadro cubista, por

haber estado roto mucho tiempo en el piso. Carajo, no tenías ni un perro que ladrara

por ti. Así que ahí te quedaste lo que pareció una eternidad. Irasema, la vecina, o

bueno, la prácticamente vecina, entró asustada a levantarte, no estabas roto como

temías, sólo lleno de moretones. Tú, el gran Don Pablo, estabas asustado,

temblando en el sofá. Tenías miedo de haberte fracturado, de no ver, de perderte, te

sentías inútil y vulnerable. Tardaste un rato en comprender lo que te había pasado y

otro más en que ella lo hiciera.

Irasema de niña era una chamaca flaquilla, mugrienta y juguetona. Creció

para ser una joven fuerte al igual que su madre, Doña Jovita. Julia y tú regresaron

de la ciudad para verla casarse. Bella, galardonada de blanco, tez morena, ojos

negros y profundos, decorados con pestañas largas que daban sombra a su cálida y

amable mirada. Su vestido era tan sencillo y elegante como ella, siempre servicial y

sonriente. Contrajo matrimonio con Raúl. Se veían felices; pobres, pero completos.

Julia siempre le tuvo mucho cariño. No la empleó en la casa (aunque les

hubiera ayudado mucho, porque Doña Jovita ya estaba cansada), la apoyaron hasta

que terminó la escuela de belleza. Es más, Julia, reunía a sus amigas para que

Irasema les arreglara el pelo y las uñas. Probablemente por culpa de Julia, las

mujeres del pueblo se empezaron a pintar el pelo de rubio.

Pobre chiquilla, perdió a su primer niño antes de los tres meses. Don Víctor, el

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empleaba para trabajar y que no se podría embarazar mientras siguiera oliendo los

tintes. Cuán amable fue que hasta le ofreció un puesto de dependienta en su

boticaria a cambio de cuidados prenatales. Ah, pero eso sí, no quiso ayudar en el

parto por ética, «¡Que no soy partera, che», decía cínicamente.

Luego tuvo a su bebé, Gerardo, y se quedó trabajando con don Víctor aunque

seguía viviendo en la pequeña casa dentro de tu propiedad. El terrero es muy

grande, cabe perfectamente bien la casa principal, la casita de la servidumbre donde

siempre vivió doña Jovita e Irasema con su niño después de la muerte de Raúl, una

alberca, un pequeño corral y muchos árboles de naranja, limón y nuez.

Irasema se quedó contigo un rato muy consternada; platicaron y te hizo de

comer. Así lo ha hecho todas las tardes desde ese día; te cocina platillos aromáticos,

dignos de bodegones españoles del siglo XVII. Después, a pesar de tu renuencia,

llamó a don Víctor para que viniera a revisarte los moretones y corroborara si no

tenías algún hueso roto. Le insistías a Irasema que, de haber estado roto, no te

hubieras podido mover. Pero las mujeres son convincentes y más cuando están

asustadas: hablan rápido, agitadas y lo abrazan a uno como temiendo que

desaparezca. Así que no te quedó más remedio que aceptar la visita.

Llegó don Víctor con su gato, al cual oías maullar y sentías deslizarse cerca

de tus piernas. Peludo, con cola larga como la de un lémur, gordo y apestoso.

Odioso el animal. Bueno, ¿cómo no?, le pertenecía al pelón.

Don Víctor seguro perdió el pelo probando pócimas inservibles que después

vendió a precio de oro. Su bigote gris, poblado de mentiras, contrastaba con la

cabeza calva y enmarcaba sus finos labios afeminados. Migró de Argentina hace

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dar respuestas mediante un chiste o algún cuento simpático. Quisiste matarlo

cuando sutilmente te culpó por el enfisema de Julia. Y sí, tal vez si no se hubieran

mudado a la ciudad ella jamás… ¡Ah!, ya qué sentido tiene siquiera pensarlo. Lo

decidieron juntos. Por ti, por tu arte, por ustedes.

—¿Cómo has estado, don Pablo? No te había visto, desde… uhm…bueno,

desde hace muchísimo. Decíme, ¿qué te trae por aquí?

—Vine a descansar el cuerpo unos días.

—¿Sí? ¡Qué mala suerte, che! Caerse de las escaleras, ¡un golpazo bárbaro!

—Ay, don Víctor, no haga bromas ahorita. ¿No está viendo la carita de

preocupado del don? Deje usté la caída, Diosito quiera que no se haya roto nada…

—Pará, pará, mujer, que ahorita mismo lo revisamos…

—Y aparte dice que no puede ver bien, que pos por eso se cayó.

Silencio.

—¡Buenísimo, che! No estás quebrado, solo atascado de moretones. Mirá,

vos ponéte esto y listo, ¡vas a quedar como nuevo!

—Le dije, Irasema. No, don Víctor, gracias, así con agua fría para los

moretones.

—¿Tons? Y sus ojos, don Víctor, ¿qué tienen?

—Ah… A ver, che, abrílos bien. Mmm… No se dilatan. ¿Duelen?

—No.

—¿Pican?

—No.

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—Ya no. Por eso vine, porque me ardían los ojos, quería descansarlos. En

cuanto llegué aquí se me quitó y los sentía menos hinchados.

—Y ahora, ¿ves todo borroso?

—Pues no, pero antes de caerme sí vi un poco borroso, luego vi tanta luz que

me hizo dejar de ver por unos segundos y después me quedé encandilado, así como

uno se queda cuando ve directamente al sol.

—¿Así cómo cuando te toman una fotografía?

—Sí, así justamente, pero era con mucha más luz que la de una lámpara. Lo

raro es que no había tanto sol a esa hora, apenas estaba amaneciendo. No entiendo

de dónde pudo haber venido el reflejo.

—¡Ha de haber sido un embrujo!

—N´ombre, Irasema, cuál embrujo...

—Che, no seas tan escéptico, sho hace muchos años vi un caso parecido. Un

pibe de ojos verdes perdió la vista por estar leshendo cuentos de horror. Que

decían había un hechizo en los libros, que hacía que los lectores se quedaran

ciegos.

—Ve, don, ¡sí pasa! A ver, haga memoria, ¿pos qué stuvo leyendo?

—No, Irasema, no estuve leyendo nada más que de las técnicas para el… de

pintura, pues, sólo leo de pintura y textos de mis alumnos.

—Híjole, a ver si no lo embrujó un huerco. Ya ve, segurito lo iba reprobando

y…

—Déjese de cosas, Irasema. Además, aun suponiendo que un alumno me

hubiera querido embrujar, hace tres semanas que no leo nada de ellos, están de

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—¿Sabés qué?, pensándolo bien, no creo que eso que tenés sea por un

hechizo. Mejor te voy a mandar una medicina con Irasema que tengo allá en la

farmacia.

—¿Medicina para qué?

—Pues para que recobrés la vista, che.

—Pero si no sabe qué tengo.

—Don Víctor es bastante atinado, don Pablo, créale. Todos en el pueblo

vamos con él.

—Porque cerraron el centro de salud y les da flojera ir hasta el otro, no porque

este hombre sea médico. Además, todavía me acuerdo que usted no quiso asistirla

en el parto de Gerardito que porque no era partera. ¿Qué? ¿Ya es oftalmólogo?

—Ya, ya, che, oh, qué desconfianza. Ya sé que seguís sentido por eso. No te

preocupés, mirá, vos ponéte la crema en la mañana, cuando despertás, y en la

noche, mientras dormís. Y si no mejorás en una semana, te llevamos a la ciudad a

ver a un oftalmólogo. ¿Eh? ¿Qué te parece?

—Ándele, pues. ¿Cuánto va a ser de la cremita maravillosa?

—Ah, mi don, sha sabés que conmigo uno se arregla. Mañana, que Irasema

regrese de trabajar, te la mando con ella y le digo cuánto fue. Verás que es

baratísima.

—Está bien, gracias, don Víctor.

—No hay de qué, che, nos vemos pronto. Cualquier cosa que se te ofrezca,

aquí la señorita sabe dónde encontrarme. Con permiso.

—Yo también ya me voy, don Pablo, pero lo ayudo a subirse a su cama

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—No, Irasema, gracias, aquí me voy a quedar un rato.

—Bueno, pues, me grita juerte si ocupa algo, don. Aquí estoy cerquitas.

Irasema te bajó una cobija del cuarto y te tapó con ella. También te dejó una

taza de té de manzanilla caliente ahí en la mesa, junto al sofá. Así fue como pasó tu

primer día con ceguera parcial. Lloraste toda la noche con la esperanza de enjugarte

el mal, pero hasta la fecha sigues sin lograrlo.

III

Después de varios meses, perdiste completamente la vista. Primero los colores

verdes, luego los azules y al final sólo distinguías los rojos. En esa época le tomaste

un gusto especial a las fresas y las manzanas que las vecinitas te mandaban.

Pintaste unos últimos bodegones, todos rojos, como pintados con sangre. Hasta que

un día, unas semanas antes de Navidad, quedaste completamente ciego, inundado

de esa blancura hastiante.

Pasas las fiestas decembrinas en la cabaña. Te rehúsas rotundamente a

llamar a tu hija, la vergüenza es más grande que cualquier otro sentimiento que te

pudiese impulsar a informarle de tu desgracia. Martha estaría preocupada pero

probablemente, según tú, le estás haciendo un favor. ¿Quién quisiera heredar el

peso de un anciano inútil? Irasema te anima a llamarla pero, cada vez que se trata el

tema, te pones de mal humor. Así que ella también ha desistido. El tema se ha

vuelto tabú entre ustedes y en el pueblo. El pasado del refinado pintor de pronto ha

muerto, tú mismo has provocado tu muerte y nadie se atreve a tratar de revivirte.

Orgulloso, te niegas a recibir ayuda, salvo de Irasema; ella tiene una manera

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voz parecido: dulce pero rasposo, mandón y altanero. Ambas mujeres seguras, a

pesar de que Irasema no tendría jamás el dinero de Julia. Pero ese era parte del

encanto, ella se sabía querida por quién era.

En la cabaña invernal huele a pastel de frutas horneado, dices que es el

aroma de la Navidad. Pasaste muchos diciembres en Alemania, en casa de tus

abuelos maternos, donde de niño recibías los regalos de Santa Claus y comías ese

pastelillo con leche hasta enfermarte. El pastel tiene un aroma peculiar, matizado de

colores, como todo en esas épocas de año. Ahora puedes distinguir con el olfato

cada uno de los ingredientes. El picante aroma del clavo, el fuerte olor de la canela

que siempre se te pega en la parte de atrás de la garganta, el dulce sabor a cerezas

y arándanos, la acidez agridulce de la piña bañada en azúcar y el embriagante

jengibre combinado con ron.

Has descubierto el placer de degustar aún desde que la comida está en la

lumbre. Últimamente estás disfrutando mucho el placer por la cocina, quién sabe si

por gusto o por necesidad. Pasas por el proceso de descifrar los olores y tratar de

recordar cómo se ven los ingredientes. Los imaginas cociéndose en el sartén,

hirviendo entre salsas deliciosas. Además, Irasema nunca deja mal tu imaginación,

con su sazón campero y tradicional hace honor a las riquísimas pinturas que creas

en la mente.

—¿Irasema?

—Aquí stoy, en la cocina.

—Huele muy bien, ¿qué está haciendo ahora?

—Empanaditas rellenas de chile poblano. Le hice un agua de horchata, así

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—Ay, Irasema, usted ha sido tan buena conmigo… No tengo cómo pagarle.

—No, no se preocupe. Ya me hará un cuadro cuando le vuelva la vista, así

como el que le hizo a mi amá. Ahora ese stá en mi cuarto, re chulo, ahí sobre la

cabecera.

—Volver a pintar, qué diera yo… Cada día siento que mis ojos se pudren

más.

—Shhh, no diga eso. Ya verá que pronto le regresa la vista. ¿Se está

poniendo el ungüento que le mandó don Víctor?

—Don Víctor y sus pócimas…

—Pos a su niño le quitó los puntos rojos en el cuerpo…

—Ya le dije, Irasema, que eso era varicela y se quitó porque así es la

enfermedad. Los puntitos aparecen, se secan y caen.

—Quién sabe… Por si acaso, póngase el ungüento en sus ojos. Pos total, si

no funciona no le va a hacer daño.

—Anoche intenté, pero huele a agua estancada y es pastoso y frío… No sé ni

qué es.

—Póngaselo, don, y récele al santito que le dejé junto a su cama. Verá que

algo funciona.

—Lo que necesito es un médico.

—Ay, don, eso sí stá bien difícil. Ya ve que sigue cerrado nuestro centro de

salud y el de aquí cerquitas, al que vamos todos en el pueblo, parece que también

lo van a cerrar que porque el doctor renunció. Y pos las carreteras, ni pensarlo,

todo por aquí stá bastante feo.

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—Pos sí, pero ya ve que se puso bien peligroso todo. Desaparecieron unos

doctores y a muchos los han amenazado.

—Ah, qué caray. Esperaba que fuera puro chisme. Me dijeron algunos

muchachos que en la facultad de medicina traían problemas de plazas, pero no me

imaginé que fuera tan serio. ¿Y Gerardo?

—Ni me diga, llevo los meses que él lleva allá con el alma en un hilo.

—¿Le marca seguido?

—Pos no, ni tiene teléfono. Hay uno hasta la alcaldía y la última vez que

hablamos me dijo que ya no quería star saliendo noche y en el día tiene pacientes.

—¿Pero no lo amenazaron a él?

—No me dijo, pero en verano que vino me contó que a una amiga sí se la

llevaron saliendo del hospital. Así nomás, a plena luz del día, llegaron por ella.

—¿Y luego?

—Pos quién sabe, don. Ya no se ha sabido nada.

—¿Pidieron rescate?

—No, don… nada.

—¿Y el alcalde, qué dice?

—Nada… nadien dice nada.

A Irasema se le hace un nudo en la garganta y se queda en silencio

esperando a que las lágrimas se escondan de su voz. No quiere preocuparte más,

te estima tanto. Ella tiene que ser la fuerte, el apoyo, hoy le toca pagarle a doña

Julia todos sus cuidados. Desvía la atención con una pregunta evasiva.

—¿Usted nunca fue a la guerra?

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—Aquí sí los apreciamos, mi don. Ándele, ya stá su comida… que lo

necesitamos bien alimentadito.

Deslizas tu mano siguiendo las vetas de la madera hasta topar con el plato

caliente. Al sentir el calor, quitas rápido la mano antes de que puedas quemarte.

—Con confianza, no stá tan caliente. ¿Qué tanta agua quiere?

—Medio vaso, nomás.

Irasema se queda a acompañarte mientras empiezas a comer, ante tu

insistencia, también se come un par de empanadas. Hace frío en la cabaña y el

vapor que sale de en medio de las empanadas sube hasta hacerse difuso en el

resto de la atmósfera.

—Gracias por acompañarme... Comer solo es muy triste, casi tan triste como

no ver la belleza de las mujeres.

—Oiga, ¿le gustan los perros? responde Irasema buscando ocultar su cara

sonrojada ante tu cumplido velado.

—Pues, la verdad nunca he tenido uno. ¿Por qué?

—Staba pensando que usted pasa mucho tiempo aquí y que tal vez sería

lindo que tuviera un perrito.

—Mmmm… no sé, va a ensuciar toda la casa. Solamente serán más

problemas.

—N´ombre, los perritos son listos. Fíjese que Gerardo recogió a dos y les

enseñó un resto de cosas ahora que stuvo aquí en el verano. ¡Hasta salen a hacer

pipí! ¿Por qué no me deja que le traiga uno? A ver si le gusta, si no, me lo regreso.

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—Bueno, gracias, la verdad es que sí me gustaría. Así tendría con quién

hablar. No va a contestarme nada pero, ¿cuántas personas tampoco lo han hecho

a lo largo de mis años?

—Ándele… voy por él de una vez en lo que termina de comer.

Irasema va por el perro a su pequeña casa, la cual está a unos metros de la

casa principal de dónde vives, y escoge para ti el perro más grande: macho y muy

peludo. Le pone un collar y una correa de metal.

No se les dificulta conocerse. Abres la palma de tu mano y dejas que el perro

tome una orilla de empanada mientras pasa su húmeda nariz por tus manos.

Cuando te agachas, se te trepa para olerte el cuello y juegan toscamente por unos

minutos, como dos cachorros ciegos que ansían el tacto. El perro te lame las

manos y tú le sacudes las largas orejas doradas.

—Pos parece que se van a llevar muy bien.

—Sí —dices presentando una sonrisa espontánea y agradecida.

—¡Mire! Pero qué linda sonrisa tiene. Debería de sacarla más seguido.

Te ríes apenado y te sonrojas un poco. Irasema levanta los platos de la mesa

y los lava, se despide y dice que ha dejado dos empanadas más en el refrigerador.

Se quedan solos, el perro y tú. Te percatas de que desprende un hedor que te

revuelve el estómago. Ahora que ha pasado la alegría del primer encuentro, te das

cuenta que el pelaje abundante se siente grueso, lleno de polvo y enredado.

Además, las garrillas del animal te han rasguñado las manos y los brazos. «¿Si me

baño yo, por qué no he de bañar al perro?», así que tomas al animal por la correa y

después de quedar empapado junto con él logras quitarle la peste. Luego le

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espera quieto y recibe los mimos y caricias. Al final ha quedado hermoso, dorado

resplandeciente, pelaje liso, orejas largas y muy erguido, como quien se

enorgullece de su compañía.

Por primera vez en muchas noches duermes acompañado. El animal,

cansado por el ajetreo, no tarda en subirse a la cama junto a ti. Sonríes y te

duermes acariciándolo.

IV

—¿Pedro? ¿Dónde estás?

—Por aquí, don, siga mi voz.

—A ver, habla.

—Hablo… Habla… Amigo… Oye… ¡Ja!, suena divertido.

—Hay mucho eco, no logro distinguirte. Ven por mí.

—No pues, tampoco lo encuentro, solamente veo estas paredes altas, y hasta

allá, arriba el cielo estrellado.

—Ah, vaya, vemos lo mismo.

—¡Ay, no, ya me contagió lo de sus ojos!

—No, Pedro, si la ceguera no es gripa… Parece que esta noche sí puedo ver.

Veo las estrellas allá arriba y estas paredes que parecen de aceite blanco.

—¡Ah… uf, qué susto! Bueno, estoy caminando pa´lante a ver si lo veo.

—Bien, yo caminaré para atrás.

—¡Mmm que la…! Ya no, se me acabó el camino para el frente. Ahora el

caminito me lleva a la derecha.

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—Y ahora yo me muevo a la izquierda. Pedro, ya me dio miedo esto. ¿Dónde

estamos?

—Parece un laberinto.

—¿Y luego? ¿Cómo salimos?

—No sé.

—¿Pero que no eres tú el que ve?

—Don, aquí usted también ve. Además, estamos en su sueño.

—Bien, me quedaré aquí hasta que despierte y las paredes se disuelvan

como polvo.

—Eso no va a pasar, usted lo sabe. Tiene que encontrar la salida, el laberinto

no se va a deshacer solo.

—Estoy tan cansado, Pedro.

—Ándele, échele ganitas.

Te sientas en una esquina del laberinto, minúsculo ante sus gigantescos

muros de hielo. En los sueños no existen las lágrimas, pero estoy seguro que lloras.

Yo estoy en la pared contigua, puedo oír tu respirar forzado y agitado. Cuando te

encuentro no te percatas de mi llegada.

De pronto de entre las paredes se desprende, cual holograma, una imagen de

Julia que sonríe vestida de blanco y avanza hacia a ti. Te toca suavemente de un

hombro con su familiar mano flaca y pecosa. Es una Julia más joven, de unos 35

años; es la Julia que recuerdas como madre de tu hija. Al verla, tu rostro se ilumina y

exhalas aliviado; abrazarla es más placentero que las jóvenes noches de amor

apasionado. Después se toman de la mano y se sientan, lo que parecen horas, en

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la abrazas por la espalda. Entonces aprendo que el silencio es curativo y que la

memoria encierra dentro una misteriosa magia muy especial.

En el cielo las estrellas pierden su brillo y los primeros rayos de luz se alistan

para salir. Sé que en minutos nos iremos y Julia, de algún modo, también lo sabe.

Te da una llave que tiene colgada de un listón dorado en el cuello y luego te besa.

Pareces saber para qué es la llave y el hecho de que Julia te la dé, le imprime una

obligación no hablada que traspasa los límites de la realidad y la vida. Nos vamos

segundos después. Espero no volver jamás a ese lugar y que tú encuentres la

puerta de salida a ese laberinto blanco, carente de dimensión.

V

Tres o cuatro familias del pueblo te llevan un árbol de Navidad. Lo colocan en la

planta baja de la cabaña justo junto a la puerta, frente a una de las ventanas

delanteras. Llegan con cajas llenas de diferentes artículos decorativos. No les

importa que no las veas, de cualquier modo, algunos son muy feos. Los niños son

los encargados de encontrar objetos curiosos: esferas con diamantina adherida,

estrellas con pequeñas bolas en las puntas, muñecos de nieve rellenos de café o

granos de arroz, Santa Claus con barbas hechas a partir de distintos materiales…

En fin, estos artículos que, según ellos, son dignos de ser tocados. Te sientes retado

por los objetos pues nunca sabrás exactamente qué son ciertas cosas. La ceguera

te libera paulatinamente de la escuela realista en la que creciste e instruiste a tantos

jóvenes, pues la inhabilidad de ver te provee un sentido abstracto de la vida y de tu

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Como todos los enfermos, tienes días buenos y días malos aunque desde

aquella noche en el laberinto parece que sonríes más seguido. Algunos días en los

que el frío mengua, ya sales al jardín con tu perro. Irasema llega todas las tardes

después del trabajo para hacerte de comer.

—¡Don! ¿On stá?

—Aquí afuera, Irasema, tomando el sol.

—Ándele, qué bueno que salga a que le dé el sol. Ya se ve más repuestito…

—Pues, ¿cómo no, Irasema? Ya sabe que no me resisto a las comidas

decembrinas.

Sonríes y volteas torpemente a tu derecha, desde donde escuchas a Irasema,

quien a su vez te toma de los hombros para dirigirte frente a ella y te ofrece un

silencio tierno, como el que una hija le daría a su padre enfermo.

—Le traigo un regalo, venga… —te dice Irasema emocionada mientras te

guía suavemente hacia adentro de la casa.

—¿Por qué está haciendo cosas, Irasema? Ya tiene usted suficiente trabajo

en casa.

—Ay, don… Acuérdese lo que le decía doña Julia cuando usted le

refunfuñaba por sus regalos. Además, todos apoyamos con un poquito y

aprovechamos que el don Víctor fue a la ciudad a traer más medicinas. De hecho,

déjeme le digo, que fue él quien se ofreció a traerlo para hacerle a usted la buena

obra.

—Ajá… Querrá congraciarse con usted, más bien.

—Don Víctor sí lo quiere un chorro, don.

(24)

—¿Cuenta de qué? —corta la conversación soltando unas risitas agudas y te

deja sentado en el sillón— Ya, ya, don...

Escuchas que Irasema arrastra un bulto grande por la casa. El regalo está

envuelto con un gran moño.

—Aquí mero. Toque el moño. La niña grande de doña Claudia lo arregló.

Pasas tu mano arrugada por el regalo, mide unos cuarenta centímetros y el

gran moño de terciopelo lo abraza todo.

—¡Ábralo!

Sin pensarlo más, quitas el moño y rompes el papel que envuelve el

obsequio. Sientes dentro un pedazo ancho de madera rodeado por una tela gruesa

con diminutos grumos que la hacen ligeramente rasposa. Salen del paquete tres

lienzos blancos, estándar, aquellos que pedías para los niños en las clases

sabatinas. Tus labios tienen una vibración casi imperceptible al igual que tus manos;

Irasema no sabe si es producto de felicidad, emoción o una enorme furia que se

apodera de ti. Ella reprime sus preguntas imprudentes un par de veces. Abre la boca

y de golpe la cierra para replanteárselas en la mente. Sin decir una sola palabra, te

levantas del sillón y sales de regreso al jardín. Tu perro, a quien no le importa el

estado de ánimo que tengas, te sigue como usualmente lo hace, es tu guarura fiel.

¿Por qué a mí? Tantas veces ya me lo he preguntado que ha perdido su

importancia. Me tocó y punto. No sé ni qué tengo; veo todo blanco, lleno de luz. Ya

qué más da saber el dictamen médico. Me dirán, «está usted ciego, señor»; eso ya

(25)

avisara lo que me iba a pasar, pero con todo esto me fue imposible regresar a la

ciudad. Y menos sin ver.

Luz. Siempre me embelesó la luz, su pureza. «Sin luz no hay vida», repetí

cada semestre al inicio de cursos por 35 años. Quién diría que ahora es esa luz la

que me hastía, me marea y persigue. Trato de alejarme de ella, de esconderme,

pero no puedo. Siempre está aquí, constante, sin cansarse, frente a mis ojos. Anhelo

tanto una sombra refrescante. Quisiera apagar la luz, llenar mi mente de sombras y

dejar de recordar a ese ser que ya no soy yo.

Creo que mi problema fue no ser nunca nadie más que Pablo el pintor. A lo

largo de mi trayectoria me hicieron un sinnúmero de entrevistas y jamás respondí ser

algo diferente a «soy pintor». Fui esposo, padre, hijo, soñador, hombre… pero no lo

dije. Para el espejo y para el mundo yo sólo era un pintor. Ay, mi Julia, cómo odiaba

que me quedara pintando el fin de semana. «Estoy consagrado a mi trabajo», yo

decía y ella, fúrica, contestaba «con quien tienes que consagrarte es conmigo, ¿así

cómo vamos a tener hijos?». Azotaba la puerta del taller y tiraba ese mismo cuadro

chiquito de Kandinsky que le regalé en nuestro primer aniversario. Era tan

temperamental como una actriz. Me propuse, desde el conservatorio, no casarme

con ninguna artista. Pero tal parecía que, después de nuestro matrimonio, Julia se

chupó toda la música, el baile y todo el arte. Seguro tenía pintura en vez de sangre.

¡Ah! Si tan sólo pudiera regresar a Julia y verla realmente una última vez. Terminar

su retrato y guardarlo en mi mente por todos mis días. Quisiera haberla conservado

a ella como último recuerdo.

De chico, me decían que el primer paso para pintar es la imaginación, tener la

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¿Ahora ya para qué imagino las cosas? Vivo sumergido en esta agua blanca y

densa donde no hay dimensiones ni colores. Aunque he de confesar que, al menos,

me entretenía cuando pintaba en mi mente los atardeceres: azul hasta arriba, luego

morado y finalmente un rosa pastel que topara con el horizonte. Pájaros jugando en

el cielo y en la esquina, una pareja de ellos volando muy cerquita, como si se fueran

abrazando. Mis atardeceres mentales eran cálidos; a veces, bajo la sombra que

tanto añoro y otras, desde la parte alta del farol en el que vivía mi abuelo. De

cualquier modo, lo he dejado de hacer, me he dado por vencido y esta ceguera

invade mis recuerdos.

Admiro a la gente que hace su arte por amor. Ahora me doy cuenta que me

hubiera gustado eso: no tener tantos objetivos ni premios o compromisos. Virar del

amor es muy sencillo y atrayente; pero luego, dejar las metas se vuelve imposible.

Desde niño me gustó pintar, me encantaba la atención abrumadora que se situaba

en mis obras. Éstas llegaban al refrigerador aún antes que los dieces de mi hermano

y permanecían ahí por mucho tiempo. Mi madre les presumía a sus amigas las

pinturas que hacía para ella. Tiempo después, ya me pedían cuadros para apoyar en

las subastas de caridad que organizaban puntualmente en la Pascua y en Navidad.

No tenía ni doce años cuando el club de damas organizó mi primera galería. Cuánto

glamour y cuánto brillo. Fue en la galería junto al pequeño teatro, recuerdo que la

blancura y pulcritud del lugar me embelesó. ¡Quién diría que años después me

perseguiría hasta el cansancio!

En medio de las paredes blancas, mis obras se erguían orgullosas. Yo

posaba junto a ellas y recibía un sinnúmero de tarjetas de trabajadores de la

(27)

juego me enredó. Me cautivó la belleza de pintar de sol a sol en mi propio taller, bajo

mis reglas, libre de cadenas temporales, de las oficinas, de los jefes. Fue una época

de belleza irresponsable, pintaba lo que quería y lo vendía a uno de esos ojos de

signos de pesos andantes vestido con saco y un maletín lleno de billetes. Tampoco

me importaba mucho si me lo pagaban bien o no, mi madre apoyaba

cuantiosamente mi pasatiempo; creía que así me rescataba de la vagabundez en la

que vivía. Supongo que pensaba que era más sano que pasara el día pintando que

bebiendo o fumando. ¡Ja!, creía que pintaba mientras bebía agua de naranja y que

las modelos llegaban vírgenes al matrimonio.

Después conocí a Julia y todo cambió: me impulsó a pintar mis sentimientos.

Bajé la producción, pero cada uno de los cuadros era un pedazo de mí que era

plasmado eternamente. Amé cada obra como única, como propia. Hablaban por mí

a través de los colores y de las formas, tenían vida más allá de una galería o de un

precio.

Un día me armé de valor y le pedí a mi amigo Diego, el entonces director de

arte para varias novelas, que me convirtiera en anciana. Se sorprendió muchísimo,

naturalmente era una petición contraria a la de la mayoría de la gente. ¿Quién iba a

querer verse más viejo? Creo que hasta lo tomó como reto personal, le dedicó

muchas horas, supongo que estaba aburrido con la monotonía de su trabajo

embelleciendo aún más a las actrices y encargado de la ambientación del mismo

tipo de set. En fin, me hizo una máscara bastante real, con papada y cachetes

arrugados. Me consiguió unos lentes sin aumento porque mi vista era perfecta, con

un armazón grande y dorado. También me fabricó una panza colgada y aguada, una

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plateados. Tenía varios conjuntos de falda, zapatos, medias y blusas, usualmente de

holanes con flores, para lucir diferente en cada galería que asistía bajo el nombre de

Sra. Hoffetson.

Era hasta ese momento que sentía que me pagaban, cuando veía una

lágrima, una sonrisa, la cara de un niño asustado o la vergüenza de quien se

proyectaba en uno de esos cuadros de protesta. Entonces supe lo que era pintar. Ya

no era sinónimo de plasmar dibujos o formas con una precisión exagerada, ahora

era sentir, pensar y plasmarlo todo en un lienzo para crear un algo que fuera

realimentado con las actitudes de los espectadores. Creo que en esa época hasta

rejuvenecí, también en uno de esos días me casé con Julia.

Extraño el aroma de la pintura, sentirla fría por mis manos y resbalarme por el

lienzo, suave como una patinadora. Siento que este vacío, caliente pero seco, llena

mi estómago. Duele. Se escurre una lágrima y se convierte en caudal. No sé cómo

parar, me agacho, abrazo mis rodillas; tal vez así el aire en mi estómago encuentre

compañía. Vacío de colores, figuras, sombras…

¿Pintar de nuevo? ¿Así, ciego? ¡Imposible! ¿Cómo vería qué colores son?

Mis obras lucirían como las de los niños. ¡Qué vergüenza! ¿Pero será preferible no

crear jamás? Estoy aquí todo el día y me carcome el ansia. Estoy vivo pero muerto a

la vez. Sólo soy libre por medio de recuerdos, en mi mente pinto lo que quiero. Pero

estas cadenas blancas ya me comen hasta las ganas de vivir. Quiero perder la

guerra, ya me cansé de luchar. Crecí dando vida, creando. ¿Qué se supone que

haga ahora?

Pienso en mi pasado, he tenido tiempo (y de sobra) para hacer un recuento

(29)

para merecer esto. No fui un santo, lo admito, pero tampoco era para tanto… un

trago aquí, otro allá y ya. Fui honesto, trabajador, fiel (bueno, casi siempre) fiel a mi

esposa, cuidé de mi hija, la eduqué y ahora tiene una hermosa familia. A los

asesinos, violadores y demás les dan el feliz descanso de la pena de muerte y yo

aquí, atrapado en esta cárcel de luz, en esta guerra inconquistable. Tengo muchos

años de vida por delante; soy demasiado cobarde para matarme, ya lo intenté y ser

ciego dificulta aún eso. Tengo que resolver cómo vivir, si es que insisto en ello. Pero

no me es suficiente respirar, comer y dormir; sin eso que es para mí más que el

agua, sin sacar todo lo que me pudre por dentro. No puedo continuar.

Regresas a la casa, después de un rato, con la nariz roja y los cachetes marcados

con unas líneas delgadas que viene desde los ojos y revelan tu llanto ya controlado.

Irasema sigue cocinando. Callada, como las sirvientas de la alta sociedad. Notas su

enojo. Aún en medio del silencio y la ceguera se escuchan los gritos de reclamo que

emanan del corazón herido de una dama.

—Discúlpeme, Irasema, no sé qué se apoderó de mí. Agradezco el gesto de

su parte y de la de todos. Me entenderá que es un obsequio que no puedo recibir.

Sería una gran descortesía de mi parte, para tenerlo ahí arrumbado. Mejor dénselo a

los niños, seguro ellos se divertirán pintando. Para mí es inútil.

Irasema te voltea a ver y antes de responderte, pone el humeante platillo en la

mesa.

—Quédeselo, don, ahorita como stán las cosas fue todo un logro conseguirle

esto. Si don Víctor no fuera amigo del comandante, igual y hasta se lo hubieran

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Refrenas tu respuesta sarcástica ante el comentario referente a don Víctor,

para que se lo llevaran necesitaba un título universitario médico, requerimiento que

por supuesto no cumplía. Te muerdes tu lenguota para no agravar la situación. Mejor

guardas silencio en señal de disculpa y esperas pacientemente a que Irasema hable.

—Nosotros le tenemos harto cariño. No nos gusta verlo triste. Ándele, intente

hacerles algo a los cuadritos. Yo le ayudo. Le digo qué colores va agarrando.

Oyes que tocan la campana del portón.

—¿Espera a alguien, don?

—No —contestas secamente y hasta burlón, no has esperado a alguien en tu

casa desde hace varios años.

Irasema se asoma desde una de las ventanas grandes y alcanza a ver a don

Víctor con camisa floreada, jeans y unas botas estilo tejano parado afuera de la

casa.

—¿Quién es, Irasema?

—Ay, no… es don Víctor.

Se escucha que vuelve a tocar la campana de modo más insistente.

—¿Y no le va a abrir?

—Pos, como es su casa, pos pensé que…

—No, Irasema, no se preocupe, usted reciba a quien quiera.

—Ha de ser por algo del trabajo, creo que ya debería de haber vuelto a la

farmacia… Bueno, con su permiso, don, le voy a abrir.

Para tu sorpresa no pasan ni dos minutos cuando escuchas que entra

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—Don Pablo, es para usted. Vino a visitarlo don Víctor… —y antes de que

puedas responder, de modo descortés, Irasema añade— Aquí está.

Volteas hacia la puerta, donde supones que están parados y les haces señas

de que pasen. Sientes una vibración en el piso cuando arrastran las sillas del

comedor para sentarse cerca de ti.

—¿A qué debo su amable visita, don Víctor?

—Vino a ver cómo sigue, don Pablo, y a ver si le ha funcionado la cremita—

dice de modo conciliador Irasema.

—Así es, che, vengo a verte, a ver cómo seguís, porque, ¿sabés qué? Vos

me importás muchísimo.

—Igual de ciego.

—Ah, qué caray. ¿Vos estás seguro que aplicaste el ungüento, así como te

dije? Mirá que ha funcionado en otras ocasiones.

—Mire, don Víctor, para serle franco no me lo estoy poniendo porque huele

a… —pausas unos segundos y respiras hondo para calmarte un poco— No le puedo

decir exactamente a qué huele por respeto a la dama aquí presente. Pero no, no me

lo he puesto.

—Mmm… —dice don Víctor pensativo mientras voltea a ver su reloj Sha

pasan de las tres, Irasema, ¿no vas a regresar a trabajar?

—Sí, ya iba para allá, pero en eso pos, llegó usted y…

—Sho me quedo aquí con el don un rato, vos adelantáte y ahora voy.

—¿Sí? —pregunta Irasema más a ti que a él.

—Sí, Irasema, adelante, aquí nos hacemos compañía don Víctor y yo. Si no

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Ambos sueltan una carcajada cínica. Irasema toma sus cosas un poco

nerviosa, se despide y se adelanta a la botica.

—Muy bien, ya que estamos solos, don Víctor, ¿me dirá a qué se debe

realmente su visita?

—Ay, che, no es justo lo que decís, me hacés sentir mal… Vos desconfiás

mucho de mí.

Guardas silencio, estás cansado y ya no quieres discutir. Además siempre

has sido de las personas que prefieren la franqueza y el diálogo directo; eso de ser

“diplomático” nunca te ha salido muy bien.

—Pero bueno, además de venir a ver cómo seguías… —limpia su garganta

antes de continuar hablando— quería ofrecerte otro tratamiento en caso que no

hayas mejorado.

—¿Ve cómo tenía razón? Las canas que tengo no están de gratis, don Víctor.

¿Y qué tratamiento sería ese?

—Bueno, por eso necesitaba que la señorita se retirara, para poder charlar

con vos. Mirá que el tratamiento que vengo a ofrecerte es poco ortodoxo, che, e

Irasema es muy religiosa.

—No estoy seguro de entender.

—Allá donde sho crecí, había una colonia habitada principalmente por

descendientes de haitianos negros, que husheron de su país en busca de su

libertad. Decíme, ¿vos has oído hablar del vudú?

(33)

—Preparáte que esto es buenísimo. Mirá que hace varios años le hice un

pequeño favor a alguien. Que por cierto me pagó muy buena plata, che; bueno, más

bien, me la regaló. Porque ya sabés que favores no se cotizan.

—Sí, yo sé lo altruista que es usted.

—Bueno, bueno, escuchá… El caso es que este señor sufría de mal de

amores porque la que quería que fuera su señora no le hacía caso.

—¿Y no le funcionaba el santito de cabeza?

—No, nada, che.

—¿Pero cómo? Ni el santo ni sus ungüentos milagrosos, usted seguramente

estaba abatido.

—Don Pablo, —dice don Víctor en un tono más grave de lo usual, suave y

contenido— vengo con la más purita intención de ayudarte. No entiendo por qué me

reprochás y desconfiás de mí; ya dije que vos me ponés muy triste.

—Está bien, disculpe el atrevimiento, continúe, por favor.

—Bueno, pues el caso, sha, para abreviar esta plática, es que aprendí un

poco de vudú con la abuela de un viejo amigo de la adolescencia. Mirá, che, no

puedo contar los pormenores, pero al final del proceso, este señor ya tenía a su

esposa y, ¡hasta embarazada de dos pibes!

—¿Hechizaron a la mujer?

—Yo no le diría propiamente, así como tal, “un hechizo”. Pero digamos que al

final se logró que la dama en cuestión cambiara de parecer y se amarrara al hombre.

¿Ya entendés por dónde va mi propuesta?

—¿Y está usted seguro que el dinero del señor no influyó un poco en el

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—¿Insinuás que la ahora esposa de mi cliente y madre de sus hijos es una

señora interesada?

—De ninguna manera —dices entre risas— sólo señalo que el vudú pudo

haber recibido una ayudadita.

—Pensálo, che, si este hombre logró capturar la atención de la mujer y hasta

casarse con ella, a lo mejor vos hasta recuperás la vista.

—No, don Víctor, ya sabe que no creo en esas cosas.

—Pero no tenés que creer en nada, che, es lo maravilloso del vudú.

Solamente tenés que hacerte el tratamiento. Si funciona, ¡buenísimo!, volvés a ver.

Y si no, pos te quedás igual que ahora. Mirá, que no tenés nada que perder. Si de

cualquier modo vos no creés en esas cosas, entonces no corrés ningún peligro.

Porque, claro, el vudú tiene algunas complicaciones pero, si vos no creés en nada,

pues no tendrás problema en que lo intentemos. ¿O sí?

Te quedas pensativo unos segundos. No tienes muchas opciones de solución.

—¿Y qué le hace pensar que funcionará su amarre?

—Bueno, pues que creo que vos serías un gran ejemplo del poder de Erzulie

en este pueblo que busca desesperadamente una solución en medio de tanto

problema.

—¿Y cuánto necesitaría Erzulie para realizar tal proeza?

—Nada, don, lo hacemos por amor.

—Todo tiene un precio, don Víctor.

—Si acaso tiene, le aseguro, le doy mi palabra, que no estoy enterado.

Guardan silencio nuevamente, deseas la taza de café que sabes que dejó

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quieres que se quede a tomar el café. Su presencia ya te tiene muy alterado y

deseas que se vaya lo antes posible. Aunque por otro lado, su propuesta es

tentadora.

—Déjeme pensarlo unas noches, don Víctor, ahora ya estoy muy cansado

para tomar decisiones.

—Claro, che, cuando gustes, vos me llamás y nos ponemos de acuerdo. Te

dejo mi teléfono.

—Da igual, no puedo ver su número… No se preocupe, si decido hablarle le

pido a Irasema que le avise, pero sin decirle de qué se trata, por supuesto, para que

no se alarme.

—¡Ándele, buenísimo! Me parece muy bien, ojalá sí se anime.

Don Víctor se va y finalmente te puedes servir esa taza de café que tanto

querías. Ya está un poco fría, así que la metes al microondas. Todavía no te

aprendes las posiciones de los números, de modo que picas dos números al azar y

cuentas en tu cabeza hasta cuarenta y cinco.

VI

Aparecemos en el interior de una iglesia antigua. Las luces interiores están

apagadas y, como es de día, alcanza a entrar luz por los grandes ventanales de

cristal opaco que se sitúan en las paredes laterales. El techo es altísimo y está

decorado por los arcos que salen de cada una de las ocho columnas a lo largo de la

iglesia. La puerta es igual de alta y ahora está cerrada. Es una puerta doble, de

madera café y muy gruesa, tallada a mano probablemente por muchos, muchos

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Nosotros estamos sentados en una banca, bueno, más bien tú estás sentado,

al filo del asiento, observando todo y yo estoy parado sobre el respaldo de la banca

de adelante con mis alas guardadas a mis costados y asegurándome que mis patas

no ensucien este lugar tan pulcro. Atesoras cada fragmento de imagen que entra a

tu mente; aunque sean imágenes de tu sueño, las disfrutas de igual modo que si

fueran reales. En tu imaginación suena el eco del órgano que tocaba tu abuelo en la

iglesia alemana a las que los llevaba cuando lo iban a visitar en Navidad.

—¿Y tú qué opinas, Pedro?

—Pues sí, efectivamente aquí está bien bonito todo; yo creo que así quietito

no ensucio nada, todo está re limpio. ¿Cómo venimos a dar aquí?

—Ay, quién sabe. Sueños… Quería regresar al laberinto a ver a Julia.

—Mmm… ¿y la llave que le dio?

—Aquí la traigo, me la colgué.

—No la vaya a perder, yo digo que es importante.

—Sí, yo creo... Pero, espera, no te preguntaba que qué opinabas del lugar; te

digo que qué opinas de lo de don Víctor.

—¿Qué de don Víctor?

—Pues de su vudú y la idea que tiene de experimentar conmigo el amarre

ese.

—Mmm… ¿A poco cree que sí le va a funcionar?

—No, la verdad no creo.

—¿Entonces para qué le piensa tanto? Dígale que no y ya.

—¿Y qué pierdo si lo intento?

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—¿Y eso a qué viene?

—Bueno, pues si no cree será fácil tomar la decisión, ¿no?

—Eso pensaba, pero, ya ves…

Silencio.

—¿Por qué Dios me dejó ciego, Pedro?

—Uy, quién lo entiende, ¿no que no creía en Dios?

Silencio.

La pared de atrás está decorada por tres vitrales alargados por los que salen

rayos de luz de distintos colores que iluminan suavemente ese rincón trasero por el

que rara vez llega a pasar alguien. Los tres pedazos forman a una paloma blanca

rodeada por un lazo amarillo con letras en latín que ninguno de los dos entiende.

—Se supone que aquí uno debería de sentir paz, ¿verdad, Pedro?

—Pues, sí, supongo.

—¿Y por qué no la siento?

—Pues porque está enojado, don.

—¡Cómo no! ¿Qué esperabas?

—¿Y qué gana?

—¿Qué gano con qué?

—Con estar siempre enojado, con las arrugas enjutadas y la cara roja como

tomate enchilado.

—¿Y a ti qué?

—¿Ve? Anda al tiente, don, cálmese. A ver respire hondo… y exhale. Mire, la

merita verdad es que me aflige, porque, aunque no lo crea, tengo mis

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que no tiene el control, culpando a quien se deje. Se le van a acabar sus días en

puros corajes y morirá de un fuertísimo dolor de panza.

—¿Y qué sugieres que haga? ¿Me pongo a chiflar de alegría porque ya no

puedo ver?

Silencio.

—En la vida suceden muchas cosas injustas, o al menos injustas a nuestro

parecer, y qué, ¿vamos a estar el resto de nuestros días enojados por eso que

sucedió? Así solo vamos a alargar el sufrimiento y la herida no podrá sanar.

—El viejo dicho: No tenemos la culpa de la cara con la que nacemos… pero sí

la que ponemos. Me acuerdo que Julia tenía esa frase enmarcada en el baño junto

con una foto de un orangután espantoso enseñando los dientes.

—¡Exacto! Míreme, feo como un gallo pero, como quiera, me peino la cresta y

sonrío en las mañanas.

—Ojalá fuera así de sencillo. Claro que lo intento…

En medio del silencio en la vieja iglesia, empiezas a sentir un poco de paz. Tu

cara chupada de coraje se va relajando poco a poco. Sueltas la mandíbula y

recargas tu espalda en la banca. Se entremezclan tus recuerdos con lo que ahora

vives. Crees de pronto escuchar los cantos navideños del coro que cantaba al frente

vestido con grandes túnicas y las campanadas que sonaban al inicio y fin de cada

reunión.

Tu abuelo siempre fue creyente, tu madre huyó de esa vida justo antes de

casarse y a ti no te quedó de otra opción, no te preguntaron. Pero realmente no lo

habías pensado hasta ahora. Sientes una frustración que crece. No sólo estás

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perseguirte y a forzarte a reflexionar sobre tu pasado, e inevitablemente sobre tu

futuro.

—Y total, ¿ya se decidió con lo de don Víctor?, porque ya casi amanece.

—No sé, Pedro, tal vez es mejor dejar las cosas como están. Así como dices,

dejar que todo se asiente y tome su curso correcto al paso del tiempo.

—No es lo que el antiguo don Pablo haría, ¿eh?

—Es cierto. Pero ya no soy el antiguo don Pablo. Ahora soy alguien nuevo y,

por qué no, tal vez podría ser alguien mejor.

VII

—¿Qué li dijo el don de su regalo, comadre?

—¡N´ombre, es más gruñón que no viera!

—¿De a tiro así? ¿Pos qué li dijo?

—Que mejor se lo demos a los huercos, porque él no lo va a usar.

—Ay, comadre, ¿li salió lo gallón?

—Viera que más que enojado, me pareció triste.

—Pos claro, ciego y aparte aquí varado, ¿cómo no?

—Sí cierto, pero a veces se pone bien difícil.

—Ay, no sé cómo lo aguanta. Siempre jue re grosero y usté ahora li paga con

güenos tratos.

—Es que me da bastante ternura, Claudia… Pobrecito, no tiene a nadien.

(40)

—Sí porque doña Julia no li dejaba de otra. Y si no tiene a nadien ahorita es

por bruto y orgulloso, como es su costumbre, desde cuándo li hubiera hablado a su

hija.

—¡Uy, no juera siendo! Le da harta vergüenza que la niña lo vea así y que lo

vayan a tratar como inválido.

—¿Pos cómo más lo van a tratar?

—Nomás está ciego, puede hacer muchas cosas. Y más orita con el perro

ese que le di, lo ayuda bastante. Viera que hasta parece que el perrito lo guiara.

Quién sabe cómo el don ya le enseñó que le pase cosas; el otro día vi que le

encontró las llaves.

Claudia le regresa una mirada incrédula a Irasema. Las dos mujeres guardan

silencio unos momentos mientras siguen picando verdura.

—Pos, ya al final le dije que yo le podía ayudar a decirle on stan los colores

que quiere pintar pa´ que él los coja. Al menos ya no se quejó y se quedó callado.

—Yo creo qui sí quiere, comadre, segurito si muere de ganas. Pero ya ve

cómo ha sido siempre.

—Sí, nomás dejaba entrar a la doña. Cuando mi amá trabajaba allá en su

casa, muy apenas podía entrar a barrer el taller y eso sólo cuando el don se salía.

La doña venía corre y corre decirle a mi mamá que entrara rapidito.

—Pos si tendrá qui acostumbrar a qui alguien vea por él.

—O encontrar algún modo diferente de ver.

Claudia quiere cambiar de tema y se asoma al cuarto de sus hijas para

asegurarse que estén solas en la casa. Ahí está su hija menor, Juana, viendo la

(41)

—Mi´ja, —le llama Claudia desde la puerta del cuarto— ándate por unas

Cocas aquí a la tiendita de doña María; ten treinta pesos. Y te traes a tu hermana

quitá allá con Carmen; li dices qui digo yo qui ya si venga.

—Ero si apenas son las cinco, amá.

—A-ehjm, pero no quiero qui si baje el sol antes qui regresen. Anda, apúrate.

—Ahí voy, nomás me pongo zapatos.

—Deje ahí, comadre, ya tá hirviendo el caldo, orita sale. Venga pa´ acá,

siéntese qui li tengo qui contar dice Claudia al regresar a la cocina justo después

de cerrar la puerta tras la salida de Juanita.

—¿Qué chisme me trae ahora?

—Pos qui me contó allá mi otra comadre, doña Angelina.

—¿La maestra?

—Ándele, esa mera. Pos me contó qui hoy en la mañana estaba en la

escuela, como siempre, con los niños terminando la clase de español pa´ irse al

recreo de las diez y qui si empiezan a oír unos balazos rete juertes y bien cerquitas.

—Ay, Dios mío.

—A-ehjm, ahí nomacito, dice que los oía casi casi adentro del salón.

—¿Y qué hizo?

—Pos si tiraron todos al suelo. Les gritó a los niños qui si quedaran calladitos.

Dice mi comadre que los niños taban re espantados y pa´ qui no lloraran empezaron

a cantar en voz bajita “¿Estrellita dónde tás?”.

—¡Jesús, María y José! —dice Irasema espantada, persignándose— ¿Y

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—Pos no duró mucho, apenas acabaron de susurrar la canción ya no si oía

nada. Qui si quedaron unos minutos más así y luego ya si pararon.

—¿No le pasó nada a nadien?

—Pos al menos en la escuela no, solamente el portón quedó todo agujereado.

Pero parece que sí si echaron a alguien ahí ajuerita.

—¡No me diga que la comadre vio al muerto!

—No, ya pa´ cuando los dejaron salir nomás había sangre. Y nadien vio

ningún cuerpo… Pero pa´ mí qui sí había algún muertito y si lo llevaron. Entre tanta

bala segurito alguien salió muerto.

—¿Qué les dijeron a los niños?

—Ay, comadre, ¿pues quí lis dicen?

—Híjole, es que si ni uno sabe bien qué está pasando…

—Les dijeron qui la policía estaba atrapando a unos ladrones. Nembre no,

pero ellos no son tontos, comadre, saben bien que hay algo más que nadien les

dice.

—Bendito Dios no les pasó nada.

—A-ehjm…

—Y yo que pensaba se iban a comportar cercas de la escuela. Ojalá manden

a los soldados a patrullar por ahí.

—Ay no, comadre, ni diga. Quién sabe qué tá pior.

Irasema, indignada, se para a apagar el caldo y Claudia a moler un chile para

la salsa.

—Oiga, pregunta preocupada Claudia a Irasema ¿y no ha sabido nada

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—Nada, nada. Me marcó hace como dos semanas, antes del huracán este

que acaba de pasar, pero no me ha vuelto a llamar. Estoy bien mortificada.

—Ay, comadre, no si preocupe tanto, seguro tá bien pero sin comunicación.

Ya ve qui si cayeron muchas líneas de electricidá y de teléfono… Hasta el alcalde si

quedó sin luz unos días.

—Pos sí; oí en las noticias que el “Alex” fue el huracán más intenso de todita

la historia de Nuevo León.

—Pero como quiera voy a pedir por Gerardito, comadre, ya va a ver qui

volverá sano y salvo.

—Gracias, Claudia.

Ambas mujeres hacen un silencio absoluto, tenso. Piensan en su pueblo

mágico y en cuánto ha cambiado. De pronto Claudia rompe el silencio con un

abrupto comentario.

—¿Y si li pide ayuda a don Víctor?

—¿Ayuda pa´ qué?

—Pos pa´ qui li localice a Gerardito.

—Ay no, no quiero que don Víctor ensucie a mi hijo, ni le quiero deber

favores. Ya sabe cómo es y sabrá Dios qué clase de amistades tenga. Eso de

conseguirle los cuadros a don Pablo con sus amigos no me dio buena espina.

—Pero bien qui si los aceptó.

—Pos sí, porque son para don Pablo.

—A mí si me hace qui li da vergüenza porque li gusta a usté el don Víctor.

—¡Claudia, dice Irasema apenada no diga esas cosas! ¿Cómo me va a

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—Uy, pos él li trae ganas, comadre. No me diga que no si ha dado cuenta

cómo la mira en la farmacia.

—Está viendo cosas de más. Nunca se me ha insinuado.

—¿No? ¿Y el otro día qui li quiso levantar la falda?

Las hijas regresan a la casa y la conversación se ve forzada a terminar.

Irasema suspira aliviada y lo sonrojado le empieza a desaparecer. Claudia se ríe en

silencio y le hace señas a Irasema emulando un beso con sus manos. Después de

unos segundos, Irasema termina por reírse también de los gestos de su comadre.

VIII

Finalmente te decides a volver intentar salir de la casa. Hace un par de meses que lo

hiciste fue un caos, terminaste perdido unas horas y forzado a pedir ayuda. Has

entrenado a tu perro desde entonces y han estado practicando en el enorme jardín

de tu casa. Ya logran ir y venir sin problema hasta la casa de Irasema y dar la vuelta

por el gran terreno. Tú no lo sabes, pero el perro te salvó de caer en la fosa vacía de

la alberca; ese animal es tu ángel de cuatro patas.

—Perro: llaves.

El perro corre moviendo la cola por toda la casa hasta que encuentra las

llaves y te las da, llenas de baba, en la mano. Junto a la puerta, le acaricias la

cabeza y el animal se deja poner la correa. Ya tienes un bastón y, aunque no es el

apropiado, sirve para que vayas sintiendo la calle y las rejas.

En una mano tienes a tu perro y en la otra el bastón, por ratos lo dejas bajo el

brazo y sientes con tus dedos las texturas de las casas. Muchas son de ladrillo o de

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brillantes, según recuerdas. En algunas casas les ladran perros con sonidos agudos,

así que supones que son pequeños. Ni tú o tu compañero se inmutan, siguen

caminando tan lentos y cautelosos como antes.

Te topas de pronto con una maceta que tiras por accidente. Te agachas

torpemente al piso para tratar de levantarla, sientes los pedazos de barro tirados en

la banqueta y la tierra regada ahí también. Escuchas los pasos de alguien, sabes

que se acerca a ustedes. Empiezas a preparar en tu mente la disculpa pero el estrés

te congela el cerebro y no haces nada, ni siquiera te levantas. Solamente buscas a

tu perro con la mano y te tranquiliza un poco sentirlo ahí sentado junto a ti.

—Don Pablo, ¿quí anda haciendo aquí?

—¿Quién eres? —contestas levantando la cabeza y moviéndola hacia donde

crees que está la dueña de la voz.

—Claudia.

Te levantas y te paras frente a ella aunque tus ojos no apuntan directamente

a los suyos, sientes que le hablas de modo natural.

—Discúlpeme por la maceta…

—No si preocupe, don Pablo, jue un accidente y, como quiera, ya taba muy

vieja.

—Se la voy a reponer.

—De veras, no si apure.

Oyes que se agacha, probablemente para levantar los pedazos de la maceta.

—Gracias —dices apenado y das un par de pasos hacia atrás, hasta ya no

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