La ética en la obra de Herbert Marcuse

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LA ÉTICA EN LA OBRA DE HERBERT MARCUSE

GONZÁLEZ MORENO JAIRO ANDRÉS

UNIVERSIDAD SANTO TOMAS FACULTAD DE HUMANIDADES

MAESTRÍA EN FILOSOFÍA LATINOAMERICANA BOGOTÁ D.C

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LA ÉTICA EN LA OBRA DE HERBERT MARCUSE

GONZÁLEZ MORENO JAIRO ANDRÉS

Asesor de trabajo DAMIÁN PACHÓN SOTO

Trabajo de grado para optar por el título de Magister en Filosofía Latinoamericana

UNIVERSIDAD SANTO TOMAS FACULTAD DE HUMANIDADES

MAESTRÍA EN FILOSOFÍA LATINOAMERICANA BOGOTÁ D.C

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AGRADECIMIENTOS

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DEDICATORIA

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ÍNDICE

INTRODUCCIÓN 1

CAPÍTULO I

GÉNESIS Y ACTUALIDAD DE LA SOCIEDAD INDUSTRIAL AVANZADA 6

I. Introducción 7

II. Occidente entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XX 9 a) El nacimiento del capitalismo y la historia como categoría filosófica 16 b) La gran Guerra, Periodo entre Guerras y la II guerra Mundial 19

III. La Segunda Mitad del Siglo XX 25

a) La Sociedad Industrial Avanzada 30

CAPÍTULO II

LA NEGATIVIDAD EN HERBERT MARCUSE 32

I. Introducción 33

II. La relación entre el Psicoanálisis y el Marxismo en Marcuse 36

a) Marx y el materialismo histórico 37

b) Freud: entre el Principio de Realidad y el Principio de Placer 44

CAPÍTULO III

LA ÉTICA EN HERBERT MARCUSE 53

I. Introducción 54

II. Hacia un Concepto de Ética 57

III. La ética en Herbert Marcuse 60

a) La ética Individual 63

b) La ética Social 66

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CAPÍTULO IV

LA ÉTICA DE HERBERT MARCUSE EN COLOMBIA 76

I. Introducción 77

II. La ética de Herbert Marcuse en Colombia 78

III. La Sociedad Industrial Avanzada en Colombia 80

IV. El Trabajo en la Sociedad Industrial Avanzada en Colombia 91

CONCLUSIÓN 94

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INTRODUCCIÓN

Una de las preguntas fundamentales de la filosofía gira en torno a la ética; hablar de ética no es cosa menor, razón por la cual cada sociedad ha intentado dar respuesta a ella desde su sentir histórico, es decir que la ética acuña respuestas prácticas exclusivamente desde la reflexión crítica de lo que está viviendo en su más estricta actualidad, por lo tanto, lo que acá nos proponemos es aproximarnos al análisis de lo que somos éticamente como sociedad, entendiendo que las sociedades actuales han sido permeadas por la industrialización el tipo de Sociedad a que haremos referencia puntualmente es a la Sociedad Industrial Avanzada, esto inmediatamente nos condiciona a un tiempo especifico que podemos enmarcar a la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días y necesariamente nos dirige a un pensador que logró caracterizar, de la mejor manera desde nuestro parecer, ésta tipología de sociedad como lo fue Herbert Marcuse.

Entonces la investigación que acá presentamos tiene como problema central La ética en la obra de Herbert Marcuse. Si bien las referencias puntuales que realizar Marcuse a la ética a lo largo de sus obras son escasas, todo su corpus filosófico es implícitamente una propuesta de libertad y dicha por parte de los individuos, son denuncias pertinentes y sugerencias viables al cambio dentro de las Sociedades Industriales Avanzadas, razón que justifica la primacía por la pregunta ética en el contexto actual.

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No es una estéril lectura que hace Marcuse de importantes pensadores, como si fuese un simple eco de ellos, lo que acá Marcuse nos deja como legado fundamental es el diálogo que realiza desde su pensamiento original permeado por dichos pensadores y la Sociedad Industrial avanzada, es importante recordar que su vida comienza en las postrimerías del siglo XIX en Alemania (1898), esto nos da una justificación más del por qué estudiarlo, pues su vida se va a determinar directamente por hechos históricos como la Primera Guerra Mundial, el ascenso de los totalitarismos, la Segunda Guerra Mundial y posteriormente su vida en los Estados Unidos de América, por la Sociedad Opulenta que el mismo se dedicó a estudiar y cuestionar hasta su último día de vida el 29 de julio de 1979, en la plenitud de la Guerra Fría.

Su vinculación a la denominada Escuela de Fráncfort dirigida por Max Horkheimer y el planteamiento de la teoría crítica que de ella nace permitieron colocar a Marcuse junto a fundamentales pensadores del siglo XX como Adorno, Walter Benjamín, Erich Fromm, Habermas, en distancias significativas de la especulación filosófica, para centrarse en la discusión crítica directa de la sociedad desde su más inmediata realidad.

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El primer capítulo es un acercamiento a la Génesis de la sociedad Industrial Avanzada, si bien Marcuse estructura gran parte de su obra a partir de este tipo de sociedad, mal haríamos en partir ciegamente de una Sociedad desconociendo su verdad originaria, en este orden de ideas, analizamos la Sociedad Industrial desde finales del siglo XVIII hasta la actualidad de dicha sociedad, para ello tuvimos que inmiscuirnos en la historia misma, analizando procesos políticos y económicos que caracterizan y constituyen al hombre contemporáneo; entre ellos podemos mencionar la primera parte de la Revolución Industrial que de la mano de la mano de la Revolución Francesa establecieron las bases de un nuevo hombre y una nueva sociedad, el desarrollo del liberalismo comandado por una naciente burguesía, el desarrollo del capitalismo, la primera guerra Mundial, la Gran depresión, el Ascenso de los Totalitarismos, la Segunda Guerra Mundial, el Mundo en la segunda mitad del siglo XX para a manera de conclusión caracterizar someramente la Sociedad Industrial Avanzada.

Una vez establecida conceptualmente la Sociedad Industrial Avanzada el ascenso que damos hacia la ética nos obliga a esclarecer la Negatividad en Herbert Marcuse, al ser el pensamiento de Marcuse notoriamente dialéctico y como esencia del devenir histórico esta la negatividad. La Sociedad Industrial Avanzada genera contradicciones fundamentales para el avance a nuevas formas sociales, inexorablemente para entender la Negatividad en Herbert Marcuse en nuestro segundo capítulo analizamos las tensiones que nacen producto de la represión excedente sobre el hombre por ello Marcuse logra conectar el Psicoanálisis y el marxismo como alternativas de liberación y superación de dichas tensiones pues como lo vio Zuleta por su parte de igual forma lo hizo Marcuse:

En cambio, quienes consagran la separación de individuo y sociedad, llegan a tratar la “sociedad” como un fetiche y convierten todos los conflictos personales en un problema de adaptación a las instituciones, normas y valores vigentes, sin ver que toda desintegración concentra y expresa a su manera la estructura de la sociedad en que se produce: cada hombre es una forma particular de vivir la totalidad y conocerlo es conocer la sociedad que él es a su manera. (Zuleta, 1985, pág. 207)

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Dichas tensiones las encontramos de manera más clara en las dos principales obras de Herbert Marcuse: Eros y Civilización y el Hombre unidimensional, sin embargo, nos hemos valido de ensayos secundarios que nos ayudaron a establecer dichas tensiones dialécticas que de la mano de Marx y Freud se nos hacen más claras.

Al tener ya establecidas las tensiones que habitan en la Sociedad Industrial Avanzada, en nuestro tercer capítulo entramos de lleno en La Ética en Herbert Marcuse, para ello nos vimos obligados a establecer un concepto provisional de ética que nos sirviera de referente para determinar la ética en la obra de Marcuse, asimismo, instauramos tres vertientes necesarias de estudio a la misma ética y que producto de la lectura y re-lectura de Marcuse establecimos como la ética individual, la ética social y la ética ambiental. Tres categorías que se encuentran interconectadas en el marco de la Sociedad Industrial Avanzada. En este capítulo logramos mostrar la pertinencia de la pregunta ética en la obra de Marcuse como herramienta crítica de análisis de las realidades contemporáneas.

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Nuestro último apartado lo dedicamos a unas breves conclusiones que más que cerrar arbitrariamente lo que hacemos es generar un balance de los logros alcanzados y dejar sugestivamente el panorama abierto a profundizaciones y nuevos horizontes.

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CAPÍTULO I

GÉNESIS Y ACTUALIDAD DE LA SOCIEDAD

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I. Introducción

“…la filosofía de la historia no es otra cosa que la consideración presente de la Historia; y nosotros no podemos dejar de pensar en ningún momento. El hombre es un ser pensante; en esto se distingue del animal. En todo lo humano, sensación, saber, conocimiento, apetito, voluntad – por cuanto es humano y no animal – hay un pensamiento; por consiguiente, también lo hay en toda ocupación con la Historia” (Hegel, 1963, pág. 787)

Quisiera partir de la idea de Historia propuesta por Hegel en las Lecciones de la Filosofía de la Historia Universal; sólo podemos hablar de Historia desde la mirada retrospectiva del presente en cuanto que esencialmente desde allí podemos razonar lo acontecido, es decir, lo que compete a la Historia. Al ser la Historia condición humana, ya que en lo humano está el pensar, su movilidad perpetua requiere de la interpretación humana, que siempre busca la explicación para una auto-comprensión. Si bien no es competencia de la filosofía establecer predicciones, ella si puede pensar en torno a lo acontecido, en este sentido, la Historia se convierte en sustrato de la filosofía y más aun a partir de la universalidad que es la misma Historia para la humanidad y por tanto para la filosofía. La universalidad de la historia se comprende en cuanto la imposibilidad que tiene cada ser humano de vivir sin tiempo ni espacio, es decir: sin Historia.

En este orden de ideas nos direccionaremos a un tiempo y un espacio concreto para determinar lo que la Historia ha tejido hasta hoy, y esto se hará para vislumbrar el punto de partida de la sociedad y los hombres institucionalizados en el aquí y en el ahora.

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con el propósito de hacer compresible la constitución del hombre y la sociedad contemporánea dividiremos en dos momentos concretos este devenir histórico para mostrar. Una primera instancia más o menos homogénea la podemos ubicar entre lo que fueron las últimas décadas del siglo XVIII hasta la primera mitad del siglo XX y una segunda desde 1945, es decir, terminada la segunda guerra mundial, hasta nuestros días.

Si bien hay una continuidad de la revolución industrial y de la idea del liberalismo, no podríamos afirmar que la misma revolución industrial de finales del siglo XVIII y los mismos ideales románticos del liberalismo hijo de la Revolución Francesa son los mismos avances de la industria y el neoliberalismo actual; pues de ser así afirmaríamos un final de la historia a partir de la caída de la modernidad.

Ya hemos hecho referencia a un tiempo concreto dentro del cual nos vamos a limitar, ahora requerimos de un espacio, y este espacio será lo que denominamos occidente.Pese a que dentro de éste espacio una parte de él se niega a su occidentalización asumiremos como occidente lo que ha sido permeado por el origen de la sociedad contemporánea; el propósito no es desarrollar un debate, que de por sí es válido y necesario, entre occidentales y occidentalizados, el propósito es ir al análisis de lo que se ha estructurado genéricamente en torno a un proyecto social que surge en las postrimerías del siglo XVIII y es originariamente occidental: La edad contemporánea.

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II.Occidente entre finales del siglo XVIII hasta la primera mitad del siglo XX

El ocaso del siglo XVIII es el inicio del hombre contemporáneo, donde: “Todas las filosofías de la ilustración francesa y sus sucesoras revolucionarias entendieron la razón como fuerza histórica objetiva, la cual, una vez liberada de las cadenas del despotismo, hará de la tierra un lugar de progreso y felicidad” (Marcuse, 1994, pág. 13). Los ideales del liberalismo propondrían un nuevo hombre para un nuevo mundo, este quiebre histórico sentaría las bases en los ideales de la ilustración; el liberalismo dotaría a la burguesía de armas éticas para la consecución de la felicidad, ahora la felicidad tendría como aliada la razón libertaria y la mirada garante de un estado liberal. En el inicio del Estado liberal está el origen del hombre y la sociedad de hoy, al menos en términos político-ideológicos. “El hombre había pasado ya el largo periodo de inmadurez durante el cual fue víctima de abrumadoras fuerzas naturales y sociales, y se había convertido en el sujeto autónomo de su propio desarrollo” (Marcuse, 1994, pág. 10), en este sentido,emergía el momento coyuntural de superar la minoría de edad y virar estrictamente hacia la razón, pues en ella está el sustento de un nuevo hombre, la razón desataría un periodo revolucionario.

Este periodo revolucionario tenemos que centrarlo en dos revoluciones, por un lado la Revolución Industrial y por el otro la Revolución Francesa. “Si la economía del mundo del siglo XIX se formó principalmente bajo la influencia de la Revolución industrial inglesa, su política e ideología se formaron principal bajo la influencia de la Revolución Francesa” (Hobsbawm, 2012, pág. 58).

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Como ya habíamos aclarado no es la intención entrar en un historicismo, sino ir a las bases que sustentan el origen de la sociedad industrial avanzada, y en esta búsqueda originaria la Revolución Industrial es el pilar económico de éste origen, en palabras de Hobsbawm:

¿Qué significa la frase «estalló la Revolución industrial»? significa que un día entre 1780 y 1790, y por primera vez en la historia humana, se liberó de sus cadenas al poder productivo de las sociedades humanas, que desde entonces se hicieron capaces de una constante, rápida y hasta el presente ilimitada multiplicación de hombres, bienes y servicios (Hobsbawm, 2012, pág. 36).

Este cambio cuantitativo y cualitativo rompió las barreras impuestas por el absolutismo en el mercado, si bien Europa desde siglos anteriores había apetecido de la magna creatividad e innovación Asiática, en el crepúsculo del siglo XVIII y principios del siglo XIX la importación de mercancías por países europeos ya no se desarrollaba en bloques regionales, sino que su actividad recaía en la individualidad comercial de algunos hombres, que paulatinamente fueron acumulando grandes riquezas.

Y tanto Gran Bretaña como el mundo sabían que la revolución industrial, iniciada en aquellas islas por y a través de los comerciantes y empresarios cuya única ley era comprar en el mercado más barato y vender sin restricción en el más caro, estaba transformando el mundo. Nadie podía detenerla en este camino. Los dioses y los reyes del pasado estaban inermes ante los hombres de negocios y las maquinas del presente (Hobsbawm, 2012, pág. 57).

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No hace falta mucha probidad para que un gobierno monárquico o un gobierno despótico se mantengan o se sostengan. La naturaleza de las leyes en el uno, el brazo del príncipe siempre levantado, en el otro, regulan o contienen todo. Pero en un Estado popular hace falta otro resorte que es la virtud (Montesquieu, 1963, pág. 546).

Pues es más virtuoso el gobierno que es capaz de gobernar desde y para el pueblo, que la escaza virtud de un gobernante que se ubica sobre las leyes.

Porque es claro que en una monarquía, donde el que hace ejecutar las leyes se considera por encima de las leyes, se necesita menos virtud que en un gobierno popular, donde el que hace ejecutar las leyes, siente que se halla sometido a sí mismo, y que soporta el peso (Montesquieu, 1963, pág. 546).

Para que toda ideología político – económica prospere en la praxis, es indiscutible que se debe valer de los aparatos del Estado para concretar sus objetivos, en este orden de ideas el fin del absolutismo significaría una reforma desde el mismo Estado, dando paso al Estado Liberal que se edificó a partir de la declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, sin embargo, como ya habíamos dicho es imposible disociar lo económico de lo político en este momento coyuntural, es más, si en aquel principio era difícil romper con estos nexos, a través de los años esta fusión se fue dando cada vez más dependiente al punto que hoy no se puede pensar lo uno sin lo otro, como no podemos pensar el origen de la sociedad contemporánea sin la Revolución Industrial ni la Revolución Francesa.

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sin recordar todas las dificultades que la acompañan, que al presente casi no se entiende uno cuando se pregunta si el hombre es libre” (Voltaire, 1963, pág. 529). Quizás el presente al cual hacer referencia Voltaire sea un presente que aun vivimos, hablamos de libertad inconscientemente, pero hasta qué punto la libertad cae del mundo ideal a un mundo histórico, es decir, en qué medida la libertad se puede convertir en una praxis constante y evidente, ya Locke como teórico del Estado liberal nos había conceptualizado la idea de la libertad, diciéndonos:

Para entender el poder político correctamente, y para deducirlo de lo que fue su origen, hemos de considerar cuál es el estado en que los hombres se hallan por naturaleza. Y es éste un estado de perfecta libertad para que cada uno ordene sus acciones y disponga de posesiones y personas como juzgue oportuno, dentro de los límites de la ley de la naturaleza, sin pedir permiso ni depender de la voluntad de ningún otro hombre (Locke, 2010, pág. 10)

Esta vía abierta a la libertad sería un gran triunfo de la humanidad y principalmente para el mundo occidental que desde la Revolución Francesa de 1789 sostendría la bandera de la libertad, la igualdad y la fraternidad en el asta de los derechos del hombre y del ciudadano; ya no se condicionarían los hombres a los designios de un monarca absoluto pues todo estaría ahora regulado por un contrato social dentro del cual se pactan los limites, entonces la meta planteada por Rousseau era:

«Hallar una forma de asociación que defienda y proteja de toda la fuerza común la persona y los bienes de cada asociado, y por la que cada uno, uniéndose a todos, no obedezca, sin embargo, más que a sí mismo, y permanezca tan libre como hasta entonces». Tal es el problema fundamental cuya solución da el Contrato social (Rousseau, 1963, pág. 565).

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proporcionales a la ética. “Si la ausencia de represión es el arquetipo de la libertad, la civilización es entonces la lucha contra esta libertad” (Marcuse, 1984, pág. 30).Siendo la civilización un cumulo de normas, leyes y principios axiológicos que favorecen los intereses político-económicos particularizados en muchos casos que desconocen los intereses éticos que cada individuo gestiona para la consecución de su felicidad.

El ideal de progreso que se sustentaba en el hombre libre occidental ubicaría a la burguesía en la cúspide del poder político y económico, si bien las leyes buscaban llegar a la generalidad de los hombres la realidad era otra, mientras se promulgaba la libertad a la propiedad privada y a la libre empresa, el campesino o el obrero asalariado sólo verían en éste derecho natural una concepción simbólico-idealista que en la práctica social no se vislumbraba la manera de hacerla realidad en tanto que las mismas dinámicas del nuevo Estado Liberal impedían el acceso equitativo al capital, en este sentido, el derecho a la propiedad sería un derecho ejercido por pocos.

En este orden de ideas son innegables los éxitos de la Revolución Industrial y la Revolución Francesa en la medida que rompieron las cadenas con que el príncipe controlaba al pueblo, y jurídicamente ante la ley seríamos iguales, empero, el devenir del Estado Liberal y el ascenso de un nuevo modelo económico basado en la acumulación de capital abrirían profundas brechas sociales. Paradójicamente la injustificada premisa del absolutismo “el fin justifica los medios” y ante la cual se desbordó el mundo ilustrado para que a través de un contrato social se regulara, retornaría sigilosamente en el Liberalismo, ahora el fin era la acumulación de riquezas representadas en capital y los medios eran todos, es decir, cualquier mecanismo que garantizara dicha acumulación pues en ella habitaba la nueva felicidad.

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gozaban del suficiente peso filosófico al estar apenas en desarrollo si contribuirían a llevar la mirada a un nuevo sentido, y dentro de estas voces nuevas encontramos la figura de Pierre Joseph Proudhon quien cuestionaría el orden social instaurado desde finales del siglo XVIII. Para Proudhon el problema radicaba en la propiedad:

Nos encontramos en este punto muy lejos del derecho de propiedad absoluto e inalienable. ¡Así están el pobre y el rico en constante situación de desconfianza y de guerra! Y ¿Por qué se hacen la guerra? Por la propiedad: ¡de suerte que la propiedad tiene por consecuencia necesaria la guerra a la propiedad! La libertad y la seguridad del rico no obstan a la libertad y a la seguridad del pobre; lejos de ello, puede fortalecerse recíprocamente: por el contrario, el derecho de propiedad del primero tiene que estar incesantemente definido contra el instinto de propiedad del segundo. ¡Qué contradicción! (Proudhon, 2001, pág. 57).

Si la libertad de tener propiedad era restringida, por pocos para muchos, era evidente el problema, y si además de ello la acumulación de capital se condicionaba a la sumisión del otro, las promesas de igualdad distaban mucho de lo esencialmente planteado en la declaración de los derechos del hombre, en este sentido la contradicción planteada por Proudhon en torno a la propiedad no nos resulta un problema ajeno ni siquiera a nuestros días. Dentro del problema de la propiedad era inevitable que allí mismo la tierra tuviese que ser vista desde otras perspectivas.

La gran capa helada de los tradicionales sistemas agrarios del mundo y las relaciones sociales rurales cubría el fértil suelo del progreso económico. A toda costa tenía que ser derretida para que aquel suelo pudiera ser arado por las fuerzas de la iniciativa privada buscadoras de mejor provecho” (Hobsbawm, 2012, pág. 146).

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En este contexto social la pregunta fundamental era cómo resolver las brechas sociales que se habían generado, como ya habíamos dicho el surgimiento del socialismo y del anarquismo darían posibles salidas, y una manera de hacerlo era apoderar al pobre, políticamente y reubicarlo históricamente, pues la misma historia se había encargado de excluirlo y degradarlo a un simple engranaje de todo un sistema, en este sentido, revelarse ante éste sistema no era más que una consecuencia de la presión ejercida sobre el pobre trabajador principalmente del trabajador industrial. “Nada más inevitable en la primera mitad del siglo XIX que la aparición de los movimientos obrero y socialista, así como el desasosiego revolucionario de las masas. La revolución de 1848 sería una consecuencia directa” (Hobsbawm, 2012, pág. 196).

En 1830 y 1848 Europa viviría dos nuevas revoluciones una primera impulsada netamente por la burguesía donde el pueblo en su labor obrera defendería los intereses de unos pocos, decepción ante la cual para 1848 la nueva revolución tendría como ingrediente fundamental las nuevas corrientes socialistas; por tal razón el pueblo trabajador tendría que organizarse y constituirse ideológicamente ante las nuevas dinámicas sociales que atentaban contra su libertad. Pero para el trabajador pobre era más que un instrumento de combate: era también una norma de la vida. “La burguesía liberal no le ofrecía nada; la historia le había sacado de la vida tradicional que los conservadores prometían inútilmente mantener o restaurar” (Hobsbawm, 2012, pág. 204).Si los derechos del hombre y del ciudadano de 1789 dieron las armas legales al individuo para que defendiera su libertad, la publicación del Manifiesto del Partido Comunista el 24 de Febrero de 1848, día de su primera publicación en Londres, daría las armas político-ideológicas al pueblo para asumir su historia. La virtud de la revolución de 1848 se justifica en su rápida expansión por el continente europeo, si bien se puede catalogar la revolución de 1848 de exitosa su impacto real no trascendería los posteriores años.

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dialéctica y para que se pueda avanzar, la contradicción debe ser indiscutible, en palabras de Marcuse: “La práctica social del hombre encierra tanto la negatividad como su superación. La negatividad de la sociedad capitalista reside en la alienación del trabajo; la negación de esta negatividad podría obtenerse con la abolición del trabajo alienado” (Marcuse, 1994, pág. 277). Y la ruptura de esta alienación se pretendía concretar para 1848, empero, los mecanismos de la burguesía lograron controlar el ascenso del proletariado que veía en la revolución el punto de quiebre histórico.

Si bien habíamos afirmado que la revolución de 1848 había sido exitosa durante este año, su fracaso sería la manifestación de los años venideros, pese a ello la pretendida abolición de los movimientos obreros no lograría darse y el socialismo continuaría, casi que de manera clandestina, dotando ideológicamente al proletariado.

a) El nacimiento del Capitalismo y la historia como categoría filosófica

Dentro de la historia todo se encuentra en un devenir perpetuo exceptuando la misma certeza de la historia, es decir que no puede haber un universal más completo que la misma historia, en ella todo fluye pero nada es ajeno a ella. A lo largo de la historia de la filosofía la pregunta por la verdad y la realidad ha entrado en la dicotomía, en muchos niveles ambigua, entre un universal fuera de la percepción sensible y otro que parta de ésta. Con la filosofía moderna dicha discusión permanecería alejándonos de la noción de historia; por contrarias que parecieran las miradas filosóficas del racionalismo y el empirismo, y por más que en el idealismo alemán se pretendiera dar síntesis a estas dos corrientes, hay una verdad común que las va identificar como punto de partida que es el yo: yo pienso, yo siento, yo categorizo el fenómeno, etc., pero en ultimas un nosotros cohesionado desde la historia no hace presencia, ante lo cual Marx nos diría:

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Así será el desarrollo del ser humano en su nuevo mundo de despotismo racional, donde la tenencia de patrimonio conduce a la felicidad y la misma felicidad se pierde en el adiestramiento lógico.

Somos consecuencia de una historia vista desde afuera, desde el anhelo, el misticismo, desde el racionalismo e idealismo, y no desde quienes hacen la historia, es decir, el mismo hombre, pero no el hombre impuesto y estereotipado, sino aquel hombre que existe desde su sociedad y que generalmente tiende a padecer más su existencia que a disfrutarla, pues el mundo de los artefactos y de los vacuos placeres cerró sus puertas ante él.

En este orden de ideas, la segunda mitad del siglo XIX vería el nacimiento de la ardua contradicción entre el yo y el nosotros, es decir, entre el Capitalismo y el Socialismo. Si bien no hay sociedad sin utopía, pues ella alimenta los proyectos que ésta emprende trazando rutas que conducen a la felicidad, la fuerza centrípeta de la historia pondría como epicentro dos utopías de la felicidad, el hombre estaría entre la encrucijada de su extrema individualidad o virar a lo social, empero, la negatividad era evidente.

Las sistemáticas invasiones de la Europa industrializada en Asia y África reflejarían el colapso del mismo hombre contemporáneo, la sumisión de pueblos y culturas ante la economía capitalista de pocas naciones privilegiarían el poderío económico sobre la misma ética; el hombre se dirigía hacia una desmandada ambición justificada en el progreso que llega hasta nuestros días de manera desigual, dichas invasiones que perdurarían de manera directa hasta finalizar la Segunda Guerra Mundial; siempre que estuviese la necesidad industrial de adquirir a bajo costo materias primas sustentaban su esencialidad y más aún cuando eran consecuencia del saqueo y de la barbarie de los civilizados, es decir, la sinrazón de la razón se imponía impidiendo hasta después de la Segunda Guerra mundial la soberanía de muchos pueblos de África y del sur oriente asiático que sufrían de manera directa la presión del despotismo industrial de las naciones europeas.

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al hombre a su más alta enajenación a través del trabajo. Es allí donde hace mayor presión la estructura de las sociedades industriales, en la imposición de un trabajo ajeno a la naturalidad humana, en palabras de Marcuse:

Es claro que el trabajo debe preceder a la reducción del trabajo, y que la industrialización debe preceder al desarrollo de las necesidades y satisfacciones humanas. Pero así como toda libertad depende de la conquista de la necesidad ajena, también la realización de la libertad depende de las técnicas de esta conquista. La productividad más alta del trabajo puede utilizarse para la perpetuación del trabajo, la industrialización más efectiva puede servir para la restricción y manipulación de las necesidades (Marcuse, 1985, pág. 48)

Entonces el hombre entra en una constante lucha contra su misma humanidad donde el otro es enemigo mientras posea las apetencias que la sociedad industrial avanzada ha generado, es decir, la agresividad se convierte en un medio de subsistencia, el instinto no sublimado de la agresividad aflora en el imaginario de la sociedad opulenta, en este sentido, el organismo social dentro de su perversa normalidad funcional se vale del temor para el control consiente e inconsciente de los individuos, siendo el trabajo el cohesionador del imaginario que la sociedad opulenta impone, pues aquel individuo sin trabajo pierde sus posibilidades legitimas de ascender socialmente, en ultimas el trabajo es quien establece el status dentro de la jerarquización social; asimismo el temor a la pérdida del trabajo rompe con el anhelo de parecer lo que la sociedad ha deseado de manera explícita e implícita, por tanto la agresividad es constante. Asimismo actuó el imperialismo europeo de finales del siglo XIX; no sólo fue la construcción de una maquinaria económica sólidamente estructurada, sino de igual forma una maquinaria de control del inconsciente.

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La mercancía es primeramente un objeto del mundo exterior, una cosa que por sus propiedades sirve para satisfacer, de alguna manera, las necesidades humanas. Nada importa cuál sea la naturaleza de esas necesidades: es igual que sean del estómago o de la fantasía” (Marx, 1950-53, pág. 86).

Sin embargo, el papel de la mercancía en la era de la industrialización fomento la búsqueda de reducción de costos para un máximo de ganancia, allí se encontraban naciones enteras que por imposición se convirtieron en proveedores de materias primas para que imperios ampliaran sus arcas de capital, empero, la rivalidad entre las naciones europeas por la tenencia del capital detonaría La Gran Guerra.

b) La Gran Guerra, Periodo Entre Guerras y II Guerra Mundial

Con facilidad podríamos hacer un seguimiento netamente histórico de la Gran Guerra haciendo revisión sistemática de causas, desarrollo y consecuencias, y como resultado probablemente obtendríamos lo que otras revisiones sistemáticas han logrado. En este orden de ideas viraremos al mismo hombre, a su más profundo inconsciente y a su propio tiempo.

En materia económica existía una claridad metodológica y razonable para la consecución del capital que venía impulsada por la industrialización, la continua estructuración la individualización requería de la sumisión directa o indirecta de la consciencia occidental, la misma enajenación del trabajador en la maquina contribuiría al control real y simbólico de sus vidas,

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Una vez controlada la consciencia del hombre, las estructuras violentas que históricamente el hombre ha desarrollado impulsarían sus fines a la supremacía dentro del Capitalismo; a los proyectos individuales de control se anexarían las consciencias subordinadas, que desde el nacionalismo veían un sentido de lucha. La Inglaterra de la primera década del siglo XX era el rival a vencer, su poderío colonial y control del atlántico la ponía en la mira de naciones cuyas intensiones eran abarcar lo conseguido por la industria británica; en tiempos de navegación industrial como escenario fundamental de comercio quien controlara el Atlántico aseguraría la supremacía comercial dentro del mundo occidental.

Dentro de esta lucha por la tenencia se desarrollan dos momentos históricos ideológicamente contrarios: la participación oportuna de Estados Unidos de Norte América en la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa que obligaría a este último país a dar un paso al costado de la Gran Guerra y centrarse en el conflicto interno.

El mundo contemporáneo estaría marcado por una seguidilla de sucesos cuya fuente fue la racionalidad que la modernidad impulso, pero que irónicamente nos condujo al extremo de la irracionalidad, sin embargo, dentro de esta lógica de un supuesto progreso hay dos momentos históricos que determinan la reivindicación del hombre y su ser social e histórico dentro del mundo, aunque la mirada superficial nos mostrará una realidad particularizada en Francia y Rusia son dos eventos históricos que al hombre actual constituyeron. Por un lado la Revolución Francesa de 1789 entregó al mundo occidental un sentido de la libertad individual en el marco de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que la ilustración impulsó, y por el otro, en 1917 la Revolución Rusa fomento para occidente los derechos sociales; la primera desde el liberalismo y la segunda desde el socialismo.

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evidencia de cercanía, pues la Revolución Rusa fundamentaría su intencionalidad desde la teoría marxista, haciendo la salvedad de los aportes que realiza Lenin en su brillante interpretación del contexto, puesto que las condiciones de la Rusia de los primeros años del siglo XX tendría un proletariado en germinación, una clase campesina excluida y soldados mal remunerados, estas condiciones llevaron a Lenin de la mano de Trosky y desde el exilio a crear lo que se conoció como los Bolcheviques. Sin embargo no se presentaría con facilidad la revolución, pues la burguesía rusa pretendía repetir lo logrado en la Revolución Francesa, es decir, posesionar a la burguesía en el poder, estos, los Mencheviques, verían como las clases más bajas tendrían voz en la figura de Lenin.

Por su parte Estados Unidos de Norte América haría su ingreso a la Primera Guerra Mundial el año de 1917 a consecuencia del hundimiento por parte de los alemanes de la embarcación Lusitania el 7 de mayo de 1915. El mundo estaba inmerso en una extraña paradoja que se convertiría en la constante del siglo XX, por un lado el éxito Norte Americano abanderando el capitalismo radical, y por el otro, la unión soviética cuyo frente de lucha ideológico era el socialismo. Al finalizar la Gran Guerra, como se le conoció popularmente, dejó a los Estados Unidos de América en la cima del capitalismo, su ingreso tardío a la guerra mundial permitió el desgaste de demás naciones combatientes mientras ellos entraban alivianados a la contienda. Pero por el otro lado, es decir, la unión soviética, se constituiría en un imperio territorial, ninguna nación se acercaba a la fortaleza territorial de la nueva Rusia (URSS).

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Una vez terminada la Primera Guerra Mundial en 1918, se firma el Tratado de Versalles entre las naciones vencedoras el 28 de Junio de 1919, condenando a la reparación a Alemania y sus aliados, situación que detonaría una nueva guerra.

El desconcierto existencial que había generado el desarraigo por la vida desde finales del siglo XIX ubicaría al hombre en una nueva era, en la era de los deseos, este mundo de padecer, constituido y representado, requería encajar en el inconsciente los deseos, y para ello el triunfante capitalismo fomentaría deseos no naturales a la naturaleza humana. Ahora en el inconsciente habitaba el consumo como característica del hombre del siglo XX, la disminución del Estado en cuanto lo económico evidenciaba un espejismo de progreso, la teoría ultra liberal de Adam Smith y David Ricardo parecía ser un manual garante del avance económico, sin embargo, la sociedad adormecida por el imaginario inconsciente del triunfo capitalista hacía prever la ilusión del final de la historia, donde el avance llegaría a perpetuarse. Que realidad más ingenua se enfrentaba la sociedad norte americana, pues la vida crediticia de industrias e individuos colapsará ante la falta de solvencia económica, el sobre endeudamiento imposibilitaría el consumo que con anhelo había construido la nueva soberana del capitalismo, al bajo consumo inevitablemente llegaría la quiebra bursátil, situación que haría replantear esa utopía de mercado estable, continuo, próspero y autónomo dentro del Estado, convirtiéndose la depresión de 1929 en la primera gran crisis del capitalismo que vería una luz al final del camino en políticas económicas estatales más proteccionistas ejecutando medidas de inversión en lo público y patrocinando industrias que ya se habían declarado en banca rota, siendo la principal novedad la reclusión de obreros ya desempleados a las industrias bélicas de Estados Unidos de Norteamérica.

La Segunda Guerra Mundial sería episodio inexorable que la historia no podría liberarse y menos cuando los intereses de revancha bélica estaban tan presentes; la formación de totalitarismos europeos (fascismo, franquismo y nazismo) fue impulsada por líderes que desde el nacionalismo pretendían reivindicar su posición en el mundo.

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economía política hasta la filosofía. En toda línea se inició el ataque contra la racionalización y tecnificación hipertrofiada de la vida, contra el “burgués” del siglo XIX con su pequeña felicidad y sus pequeños fines, contra el espíritu de almacenero y comerciante y contra la “anemia” corrosiva de la existencia. Frente a todo esto se oponía una nueva imagen del hombre, resultante de una mezcla de ingredientes tomados de la época vikinga, de la mística alemana, del Renacimiento y del militarismo prusiano: la imagen del hombre heroico, ligado a las fuerzas oscuras de las que emana su vida (Marcuse, 1967, pág. 16).

Como bien lo señala el mismo Marcuse hasta la filosofía daría su adhesión a los movimientos totalitarios europeos, tal es el caso del mismo Heidegger quien en el año de 1933 haría pública su cercanía con el Nazismo. El Dasein heideggeriano vería su máximo esplendor en la autenticidad de la raza aria, la agresividad física de sometimiento a pueblos enteros encontraría una justificación filosófica convirtiéndose el filósofo en persecutor de su maestro (Husserl), situación que llevaría al exilio a gran cantidad de prominentes pensadores.

El nacimiento de los totalitarismos pondría en gran fervor el nacionalismo inspirado en una superioridad auto-determinada que a partir de figuras casi mesiánicas como Mussolini, Franco y Hitler percibían la personificación de la revancha, superioridad e inclusive la figura del padre protector del que habían carecido.

Dentro de las dinámicas de la Segunda Guerra Mundial se evidenció la ausencia de combates que llegaran a una última instancia hombre a hombre, la ciencia y la razón se habían valido de sus más grandes esfuerzos para hacer de la carrera armamentista la garantía del poder, a tal punto que la muerte ya no llegaba a través de las manos del hombre sino de la misma máquina, liberando de toda carga ética a quien oprimía un botón para desatar la barbarie.

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para exterminar a su enemigo es héroe de la patria, así su actuar obedezca a intereses que justifican la sociedad enferma. “el asesino permanece limpio, tanto física como mentalmente” (Marcuse, 1981, pág. 122) y sumándole a la apreciación de Marcuse también se sentía despojado de toda responsabilidad moral.

Básicamente, al igual que la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial fue un pulso entre las naciones más poderosas del mundo, con la novedad que para esta contienda la técnica militar se había superado ampliamente respecto a su antecesora, momentos puntuales como la invasión de Polonia y la casi desaparición de Varsovia desde el 1 de septiembre de 1939 por parte de los Nazis al inicio de la guerra, las antinaturales alianzas desde lo político como se alcanzaba a percibir entre Estados Unidos y Rusia, los campos de concentración como Auschwitz, Treblinka, Dachau, Belżec, y Bergen-Belsen por citar unos pocos, el ataque de Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941 y el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki del 6 y 9 de agostos de 1945 respectivamente, harían de estas particularidades el nacimiento de la urgencia por pensarnos y repensarnos como parte del mundo, pues los alcances de la racionalidad individualista y excluyente del hombre contemporáneo nos estaba llevando al exterminio.

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anarquismo, se enfocaba a romper los grilletes que cohesionaban la libertad. En este sentido:

La transformación del estado liberal en el estado total – autoritario se realiza dentro del mismo orden social. Con respecto a esta unidad de bases económicas puede decirse que es el liberalismo mismo el que genera al estado total–autoritario como si éste fuera su realización final en un estadio avanzado del desarrollo (Marcuse, 1967, pág. 27).

III. La segunda mitad del siglo XX

Cuando miramos en retrospectiva al hombre y la sociedad que se ha formado en el marco de la sociedad industrial, debemos intentar comprender el origen que ha condicionado una realidad que determina la vida de un mundo que se padece; los intereses del hombre contemporáneo han cambiado radicalmente, a tal punto que las necesidades básicas que garanticen la vida son suplantadas por estereotipos vacuos que sólo obedecen a la satisfacción de un mercado; la justificación histórica del proyecto de hombre y sociedad que se ha construido por más de dos siglos empieza a flaquear, el derrumbe de sus promesas de progreso, la insostenibilidad ambiental, el exacerbado individualismo, la constante angustia ante un devenir incierto, pero poco alentador, son las características de las sociedades contemporáneas, en este sentido es oportuno cuestionarnos la vigencia de un proyecto efímero que ha erosionado la sociedad hasta su estado más antinatural.

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contradicción que negará dialécticamente este presente, pero que a su vez estará compuesta indisociablemente por él.

Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial el balance no era alentador, pues las aspiraciones de progreso continuo y generalizado eran evidentes en pocos sectores, la devastación de ciudades enteras producto de la Guerra pondrían un gran interrogante sobre la apología a la razón y al progreso que se había gestado desde la modernidad. Sí la sociedad industrial avanzada contaba con los recursos suficientes para romper las crisis históricas de segregación social la paradójica situación vislumbraba otra realidad.

Si bien como consecuencia directa del fin de la Segunda Guerra Mundial surgen estamentos supranacionales para el control, organización y castigo que propiciaran el fortalecimiento del statu quo, la ruptura entre los poseedores y desposeídos se potenciaría; si en la dialéctica hegeliana del amo y del esclavo, el esclavo ha preferido sacrificar su libertad a cambio de la vida, el esclavo de la sociedad industrial avanzada pretende materializar su libertad en el consumo, a tal punto que la apariencia resulta más útil que la libertad, como lo diría Ortega y Gasset haciendo referencia a la Masa:

Es todo aquel que no se valora a sí mismo – en bien o en mal – por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo», y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás (Ortega y Gasset, 1988, pág. 49)

En este orden de ideas, una sociedad con los recursos suficientes para terminar con los problemas que han aquejado al mundo contemporáneo es una sociedad en crisis, pues dentro del mundo del artefacto, del consumo, de la abundancia, etc., el hombre podría salir del mismo caos al que su progreso lo condujo, Marcuse define a esta sociedad como «sociedad enferma»:

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Asimismo, la normalidad del caos se presenta como lo natural y ajeno a los mismos hombres, el hombre se ubica como un ser extraño dentro del mundo cosificado, es decir, la afectación por el otro se dispersa en incomprensión de la realidad, pues la brecha entre la ficción y la realidad se ha acortado a tal instancia que no se logra diferenciar la una de la otra, en este sentido, la proliferación de los medios masivos de comunicación fomentaron una inhumana habituación al contexto, generándose una parsimonia cómplice ante el caos, por tanto:

La brutalización de lenguaje y de la imagen, la presentación del asesinato, el incendio, el envenenamiento y la tortura de quienes son víctimas de las matanzas neocoloniales, se realiza en un estilo natural, objetivo y a veces humorístico, que asocia esos horrores con las hazañas de la delincuencia juvenil, los campeonatos de futbol, los accidentes, los informes bursátiles y el hombre del tiempo (Marcuse, 1981, pág. 114)

La segunda mitad del siglo XX es producto de un cumulo de factores que hacen de la sociedad industrial avanzada un fenómeno determinante en la condición de humanidad a la cual nos vemos sujetos y conducidos; dentro de estos factores que proliferan y particularizan este periodo podemos identificar y puntualizar el surgimiento del mundo bipolar, el nacimiento de instituciones supranacionales, el desarrollo de la tecnología de los medios de comunicación y en consecuencia la consecución del hombre y la sociedad unidimensional.

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Unidos a optar por la doctrina Truman para evitar el dominio del bloque socialista sobre otras naciones y en paralelo a esta misma doctrina se desarrollaba el plan Marshall que oficialmente se conocía el EuropeanRecoveryProgram o ERP que consistía en el apoyo económico que intentaba la reconstrucción de naciones europeas víctimas de la Segunda Guerra Mundial y que de cierta forma se encontraban en un riesgo de ser sometidas por el poderío del bloque socialista.

En pleno desarrollo de la Guerra Fría surgen instituciones supranacionales con evidentes intereses parcializados, desde lo político y económico el Fondo Monetario Internacional FMI y el Banco Mundial tejerían paulatinamente las redes de la globalización donde más allá de sus originarios propósitos de contribuir a la reconstrucción de las naciones afectadas por la Segunda Guerra Mundial se encaminaron a generar la adhesión de naciones del tercer mundo al capitalismo globalizado, situación que al día de hoy posee un balance poco favorable a las naciones en vía de industrialización pues los compromisos adquiridos con estas naciones erosionó las economías de las naciones en desarrollo, de igual forma surge la OTAN, siendo la evidente alianza militar entre naciones norteamericanas y algunos países europeos.

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Como ya lo habíamos señalado el mundo se encontraba expectante ante un latente conflicto que en últimas no interesaba a gran parte de los hombres comunes, el hombre se encontraba perplejo ante un capitalismo que dividía a los hombres entre poseídos o desposeídos pero de igual forma ante un socialismo soviético que resultaba muy contrario a los postulados marxistas, es decir, que los principios morales que abanderaban no explicaban la realidad del hombre cotidiano, empero, al caer entre el 9 y 10 de noviembre de 1989 el muro de Berlín se derrumbaba una visión malograda del mismo socialismo, prácticamente el mundo se encontraba bajo los designios del capitalismo estadounidense, si bien la guerra simbólica o psicológica ya gozaba de naturalidad dentro de la guerra donde el cine, la música, la televisión, etc., internaban en el inconsciente un ganador y un “bueno” que derrotaría a un “malo” , es decir, que el enemigo de todo occidente, como abiertamente se dijo era el socialismo, una vez derrotada la Unión Soviética el aparato mediático del capitalismo continuo ejerciendo la presión en el individuo a niveles impredecibles, jamás en la historia se habría pensado en sustituir las necesidades por necesidades superfluas que sólo representasen un estatus dentro de la sociedad, pero de igual forma la historia no nos habría hecho pensar que la técnica nos permitiera generar tal inmediatez en la comunicación ahora los mass media dictaminan gran parte de la conducta humana sin permitirnos tomarnos el tiempo de decidir, los hombres estamos ahora pensados y hay cierto regocijo en algunos individuos ante esta situación.

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a) La Sociedad Industrial Avanzada

Como hemos visto la Sociedad Industrial va teniendo una metamorfosis en el tiempo que desde sus inicios finalizando el siglo XVIII hasta nuestros días ha condicionado la vida del hombre occidental, empero, cuando afirmamos que ha tenido una metamorfosis implícitamente hacemos referencia a que no es la misma la Sociedad Industrial de sus albores a la Sociedad Industrial Avanzada a la cual hace referencia Marcuse, es más, podríamos igualmente afirmar que la Sociedad industrial Avanzada descrita en la obra de Marcuse tiene características que el tiempo de nuestro pensador no permitieron predecir.

Cuando hablamos de Sociedad Industrial Avanzada nos referimos a la máxima expresión posible de una sociedad fundamentada en el progreso tecnológico donde el confort y la satisfacción de necesidades creadas dentro de esta misma sociedad se convierten en la panacea de la felicidad pese a que cada individuo debe hacer sacrificios antes insospechados, pues ahora el hombre ha puesto su libertad en niveles inferiores a la esencia misma de la vida, sin embargo, para llegar a este punto no se logró desde la consiente aceptación del mundo dado, sino desde la más fuerte represión que invadió el aparato síquico de los hombres, no es que la represión acá imperante sea exclusiva de estas sociedades, en toda sociedad habitan estructuras represivas, la gran diferencia es que para el correcto funcionamiento de la civilización actual la represión se ha extralimitado para establecer una sociedad unidimensional, es decir, que esta represión excedente ha homogenizado el control desde la esferas públicas y privadas a las cuales se dirige el individuo.

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CAPÍTULO II

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I. Introducción

Una vez analizada someramente la génesis y actualidad de la Sociedad Industrial Avanzada nos encontramos ante la sociedad y el hombre unidimensional, es decir, en aquel espacio social de la actualidad principalmente occidental, donde esta sociedad, forjada por el hombre unidimensional, “crea relaciones libidinosas con las mercancías, en ella el fetichismo por la mercancía obnubila la conciencia de la población.(Pachón Soto, 2008, pág. 19).

Pues si el hombre que mentamos dentro de una actualidad ha entrado en un estado de vacía comodidad que la coseidadle da, su pretensión no se direcciona a romper los grilletes que la sociedad industrial avanzada ha colocado en él, al contrario, la brecha entre opresores y oprimidos parece desvanecer a través del desarrollo de necesidades no vitales que se han impuesto y al satisfacerlas de manera parcial o total se cree acceder a un placer que en lo práctico carece de una reflexión desde el otro, desde sí mismo y desde su entorno, es decir, lo ético pasa a un plano inferior a lo propiamente útil, entendiendo lo útil como el producto tangible que la sociedad crea para la satisfacción de nuevas necesidades, y por ende dista mucho de la felicidad.

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permeado las estructuras socio-culturales de las regiones mundiales. “La evolución que ha conducido a esta situación está caracterizada por el hecho de que la propia razón se ha convertido de simple medio auxiliar del «tinglado» económico, en utensilio universal utilizado para el fortalecimiento de las demás herramientas” (Mansilla, 1970, pág. 56).

Naturalmente, lo innatural de la lógica del hombre contemporáneo entregó el devenir del mundo a manos de la razón, por más que ella manifestara su irracionalidad principalmente durante la primera mitad el siglo XX, el mundo se universalizaría bajo las mismas condiciones, es decir, dentro de la sociedad unidimensional, lo cual significaría la perdida de la negatividad evidente en la historia contemporánea, pues el hombre unidimensional no pretende entrar en una profunda contradicción sino al contrario se desvanece entre sus semejantes y para lograrlo se mimetiza como su opuesto: la brecha entre amos y esclavos, entre burgueses y proletariados, se ha difuminado en la niebla mediática, tal como nos diría Platón “el que hace una apariencia, el imitador, sólo conoce la apariencia, pero no entiende nada del ser” (Platón, 1966, pág. 352), sin embargo, la necesidad de pertenecía a un todo genera el espejismo de pretender ser dentro de todo un aparato sublimador que es la cultura, por lo tanto el hombre unidimensional existe dentro de la apariencia y la imitación, rompiendo la negatividad evidente entre las clases sociales del siglo XIX.

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La crítica – dialéctica que propone H. Marcuse se fundamenta en la negatividad existente dentro de la sociedad contemporánea; como ya habíamos señalado la dialéctica hegeliana y marxista es el sustrato de la dialéctica en H. Marcuse, pero no con ello podemos afirmar que existe una homologación metodológica. “Tanto en Marx como Hegel, la dialéctica observa el hecho de que la negación inherente a la realidad constituye «el principio creador y motor»” (Marcuse, 1994, pág. 276), sin embargo, H. Marcuse va más allá de este momento dialéctico; si lo que importa en H. Marcuse es la interpretación crítico- dialéctica de la sociedad, sería un error conceptual pensar en una dialéctica estática y dogmatizada, es decir, la misma dialéctica como método ha entrado inevitablemente en negación, para entrar en un movimiento que sólo en el aquí y el ahora pude manifestar su verdad, en este orden de ideas, la dialéctica hegeliana (burguesa-idealista) verá su negación en la dialéctica marxista (histórico - social).

El proceso de Hegel era, pues, un proceso ontológico universal, en el que la historia se modelaba según el proceso metafísico del ser. Por el contrario, Marx desliga la dialéctica de esta base ontológica. En su obra, la negatividad de la realidad se convierte en una condición histórica que no puede ser hipostasiada como situación metafísica. Dicho de otro modo, se convierte en una condición social, asociada a una forma histórica particular de sociedad (Marcuse, 1994, pág. 307)

Ahora la tarea es someter la crítica social a un nuevo movimiento dialéctico donde se armonice con el mismo movimiento social, pues hoy las dinámicas sociales son ajenas a los procesos que vieron Hegel y Marx, inclusive a los percibidos por el mismo Marcuse. En últimas la dialéctica es una constante actualización de sí misma cuyo devenir es el de la misma historia.

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superador simultáneamente «preserva»: recoge las posibilidades positivas realizadas en la fase histórica dada (síntesis); esta remitido en un sentido fundamental a lo dado, como la superación que preserva solo puede acontecer a partir de las posibilidades preexistentes en cada caso: a partir del saber sobre el ser devenido de tales posibilidades, su ruina y su futuro (Marcuse, 2011, pág. 131)

II. La relación entre el Psicoanálisis y el marxismo en Marcuse

En primera instancia entraríamos a aclarar la relación interna que habita en el pensamiento de Herbert Marcuse entre Freud y Marx. A simple vista resultaría opuesta la confrontación entre la liberación libidinal del individuo y materialismo histórico, pero es precisamente en esta aparente contradicción donde aparece el aporte novedoso del pensamiento de Marcuse. Sin embargo hay un punto de encuentro concreto que es el desarrollo dialéctico en cada uno de ellos, por una parte la contradicción entre burguesía y proletariado y por otro el principio de realidad frente al principio de placer.

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a) Marx y el materialismo histórico

Quisiéramos partir nuestra exposición de los alcances y deficiencias del marxismo que emanan de la lectura de la obra de Marcuse dentro del contexto de las sociedades actuales a partir de la sentencia categórica que derrumba el ingenuo imaginario de pensar en marxismo como un catecismo que actúa más por fe que por devenir histórico, de ser así no habría sentido en leer conscientemente a Marx, sino que nos bastaría con rezar y predicar sus postulados, ahora bien, como en la esencia marxista parte del idealismo dialéctico hegeliano para situarse dentro del Materialismo dialéctico hacemos inmersión en dos pilares fundamentales: por un lado entendemos que el movimiento dialéctico exige negación de su misma realidad por ende se derrumba la ingenua y errónea lectura de la filosofía marxista donde se asume como manual; y por otro lado nos dirigimos al materialismo dialéctico cuya esencia no es otra que la materialización de la historia. Una vez realizada esta somera aclaración entendemos que en Marcuse hay una revisión de la filosofía hegeliana y marxista para entenderla desde su propia actualidad. Entonces ¿qué significa pensar dialécticamente?:

En términos socio-históricos significa que, por lo general, las crisis y colapsos no son accidentes ni perturbaciones externas, sino que manifiestan la verdadera naturaleza de la cosa y, por ende, proporcionan la base para entender la esencia del sistema social existente. Significa además que las potencialidades intrínsecas del hombre y de las cosas sólo pueden desarrollarse en la sociedad mediante la muerte del orden social en el que antes se originaron. Hegel dice que cuando algo se convierte en su opuesto, cuando se contradice a sí mismo, expresa su esencia. Cuando, como dice Marx, la idea y la práctica corriente de la justicia y la igualdad conducen a la injusticia y la desigualdad, cuando el libre intercambio de equivalentes produce, por una parte, la explotación, y por otra, la acumulación de la riqueza, dichas contradicciones pertenecen también a la esencia de las relaciones sociales existentes. La contradicción es el motor del progreso (Marcuse, 1994, pág. 149)

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que se trata es de transformarlo” (Marx, 1968, pág. 668); y para llegar a esta transformación es necesario ir directamente a la sociedad, a su historia, es decir, a la realidad, siendo esta una de las dificultades del mismo idealismo alemán, al no haber sido capaces de pensarse en términos históricos, en este sentido y volviendo con Marx, el punto de partida no es vertical, sino horizontal, “al contrario de lo que ocurre en la filosofía alemana, que desciende del cielo sobre la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo” (Marx, 1968, pág. 26), por tanto hay que ir al proceso de la vida real del hombre, allí donde el individuo pierde su autonomía, donde es ser imaginado y representado, y donde la superestructura condiciona el desarrollo social.

Para Marx la historia, es un proceso dialéctico material, es decir, no ideal, como lo planteaba la filosofía idealista que lo antecedió.

Es decir, no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida (Marx, 1968, pág. 26)

Es innegable la influencia del pensamiento de Marx en Marcuse, sin embargo, dicha influencia no se condiciona a una apología ciega del marxismo, sino un referente para la comprensión de la sociedad contemporánea. En este sentido, en palabras de Marcuse:

El marxismo no es un «sistema ideológico cerrado». Su objetividad o su universalidad son las de la historia, en la que él es una fuerza activa y en la que se transforma, sin renunciar a su base conceptual. Su base es el análisis dialéctico del proceso histórico, del que se infiere la necesidad humana – no la «natural» - de transformar la sociedad (Marcuse, 1976, pág. 57)

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realidad, en este sentido Marcuse analiza cuales son los conceptos que de Marx tiene vigencia y cuales exigen su superación histórica.

Pese a la evolución notoria del capitalismo desde el liberalismo producto de la revolución francesa y la revolución industrial hasta nuestros días, entre los hombres el valor de cambio prevalece sobre el valor de uso de las mercancías; por otro lado, toda satisfacción de las necesidades humanas se condiciona al excedente de ganancia que genera el trabajo;

…en la evolución del capitalismo, se desarrolla una doble contradicción: a) entre la productividad creciente del trabajo y el permanente incremento de la riqueza social, por un lado y su uso represivo y destructivo, por el otro; y b) entre el carácter social de los medios de producción (que no son instrumentos de trabajo individuales sino colectivos) y su propiedad y control privados; El capitalismo puede resolver esta contradicción solo temporariamente por medio del aumento del derroche, los gastos superfluos y la destrucción de las fuerzas productivas. (Marcuse, 1969, pág. 38)

En Marcuse hay cinco puntos concretos que colocan al marxismo como una teoría social en vigencia,a saber: 1. Predomina el valor de cambio sobre el valor de uso en las mercancías; 2. La prioridad de las sociedades capitalistas no se centra en la satisfacción de las necesidades vitales, sino que ellas pasan a un segundo plano; 3. A medida que se enriquece la sociedad y lo consigue a través de todas las formas la productividad aumenta, sin embargo, el control se sigue sujetando en pocas manos y su impacto en lo social dista mucho de ser social;

4. El capitalismo puede resolver esta contradicción solo temporariamente por medio del aumento del derroche, los gastos superfluos y la destrucción de las fuerzas productivas. 5. Solamente se puede romper este ciclo si las clases trabajadoras, que soportan el embate de la explotación, se apoderan del aparato productivo y lo colocan bajo el control colectivo de los mismos productores. (Marcuse, 1969, pág. 39)

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En este orden de ideas, y una vez aclarado de manera somera los conceptos marxistas que prevalecen con utilidad a la lectura de la sociedad industrial avanzada, hay un punto que determina la urgencia por su actualización y que por ende pone de manifiesto las limitaciones actuales del marxismo si no se re-categoriza al contexto actual. En las sociedades de alto nivel industrial, y paulatinamente en las sociedades que se encuentran en vía acelerada de industrialización la tendencia es la pérdida de la negatividad que justificaba los procesos revolucionarios de finales del siglo XIX y principios del XX.

Hoy el sistema capitalista logró una aparente absorción del mismo modelo socialista, y en este punto hay que ser enfático en cuanto la evolución del capitalismo y el estanco del modelo socialista; por un lado el éxito del capitalismo hizo de la técnica su sustento permanente, lo cual exigió el avance de ésta misma, pero por el otro lado, a pesar de surgir como una teoría social y dialéctica, el socialismo eclosionó a sus raíces y se encerró en los paradigmas que fueron útiles para una sociedad revolucionaria, pero que se volvieron inútiles de cara a una sociedad industrial avanzada, permitiendo la acelerada integración del proletariado en el modelo burgués, en este sentido, el trabajador se convirtió en un pequeño burgués y sus ideales socialistas revolucionarios quedaron dominados por el mismo modelo capitalista.

Si bien la negatividad dentro del núcleo social, que es quien permite un proceso revolucionario dialéctico, es menos clara hoy que en cualquier otro momento de la historia, el control social continúa siendo monopolizado por pocos, así se genere el imaginario de acceso a los placeres que la sociedad industrial avanzada crea, y que satura a los individuos por todos los medios, la división entre dominantes y dominados es inexorable por las mismas condiciones que el capitalismo ha impuesto, con la diferencia que la imposición de hoy resulta hasta placentera e imperceptible para muchos respecto a la de décadas anteriores. Entonces:

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con esta riqueza en los países capitalistas; es más grave que nunca, y precisamente por esto todas las fuerzas son movilizadas para ocultar ese contraste. (Marcuse, 1969, pág. 52)

Asimismo, han brotado desde las diferentes esferas sociales movimientos que han reclamado su posición concreta dentro de la sociedad exigiendo su reivindicación de derechos fundamentales, y si bien “estamos ante una sociedad clasista pero en la cual la clase obrera ya no representa la negación de lo que existe” (Marcuse, 1969, pág. 53), hay movimientos sociales que enriquecen la posibilidad de una negación; en este sentido la proliferación de estas nuevas demandas contribuyen a repensar la sociedad actual sin desconocer que la luchas de clases son el meollo de la dificultad.

El desvanecimiento de la clase obrera como negación latente y base de una revolución socialista ha dado lugar a una sociedad controlada desde los diferentes ámbitos que desde ella misma construye al punto que hay cierta satisfacción con lo dado, y sin embargo, a pesar de existir el problema coyuntural de poseedores y desposeídos el deseo de libertad ha sido remplazado por la misma civilización hasta la instancia que las luchas contemporáneas por la justicia social se han atomizado en diferentes subgrupos sociales donde el proletariado, cuyo trabajo enajenado sostiene el sistema, tiene frías manifestaciones, es más, el control del proletariado en las sociedades industriales avanzadas es casi nulo, y las esporádicas contradicciones de clase surgen en los países en vía de industrialización. “Este tipo de sociedad, lo repito, con su riqueza y con la concentración del poder político, militar y cultural, ha llegado a conseguir que la misma negación sea afirmativa, y en ella la necesidad parece desprovista de medios” (Marcuse, 1969, pág. 54).

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