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Núm. 37 (2018)

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Academic year: 2020

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Redes 37, Julio de 2018, ISSN en trámite www

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El amor en clave emocional: enamoramiento,

desconfirmación y terapia de pareja

Love in an Emotional Key: infatuation,

disconfirmation and couples therapy

Esteban Laso Ortiz

a

aUniversidad de Guadalajara, Centro Universitario de la Ciénega / Instituto Tzapopan.

[email protected]

Resumen

Abstract Historia editorial

Palabras clave

Keywords

En este texto, y con el fin de orientar el trabajo de los terapeutas en uno de los contextos más desafiantes, la pareja, propongo una teoría en clave emocional del amor y el enamoramiento. Para construir esta teoría parto de la concepción del amor más extendida entre los terapeutas sistémicos de habla hispana, la de Humberto Maturana, cuyas limitaciones evidencian los enigmas a resolver. A continuación, y tras adelantar una definición preliminar, puramente descriptiva, del amor, expongo la teoría de las necesidades relacionales básicas que subyacen a la búsqueda de confirmación ontológica que motiva el enamoramiento, la dinámica entre desprecio, vergüenza y culpa que lo suscita y el impasse colusivo a la que conduce a la mayoría de parejas contemporáneas. Finalmente, propongo una definición en clave emocional del amor que lo diferencia del enamoramiento y la ilustro con una viñeta clínica de una sesión de terapia de pareja.

In this text I advance a theory of love and infatuation in an emotional key useful for therapists who work with couples. I begin by reviewing Humberto Maturana’s notion of “love” and noting its limitations and the enigmas in need of an answer. After advancing a preliminary, purely descriptive definition of love, I expose the theory of the basic relational needs that underlie the search for ontological confirmation that motivates infatuation; the dynamics between contempt, shame and the guilt that provokes it, and how this leads the majority of contemporary couples to a collusive impasse. Finally, I propose a definition of love in an emotional key that differentiates if from falling in love, followed by a clinical vignette of a couple’s therapy session to illustrate it.

Recibido: 19-05-2018 Primera revisión: 23-05-2018 Aceptado: 28-05-2018

amor, enamoramiento, vergüenza, desconfirmación, terapia de pareja

love, infatuation, shame, disconfirmation,

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1. INTRODUCCIÓN

En textos anteriores he propuesto una perspectiva que integra el trabajo con, desde y hacia las emociones en el contexto de la terapia familiar sistémica y narrativa que he llamado la clave emocional (Laso, 2014; 2015a; 2015b; 2015c; 2015d). La metáfora musical (Cf. Langer, 1951, p. vii) responde a la expresa intención de proponer, no una nueva teoría de la terapia que se sume a las decenas ya existentes, sino una concepción que, al identificar los principios del cambio humano, se pueda aplicar a cualquier teoría de la terapia para aumentar su potencia y eficacia ejecutando sus técnicas y tejiendo sus relaciones en una clave más profunda, esto es, emocional. Tal como, al transponer una melodía a una clave distinta, ésta revela nuevas tonalidades sin perder su estructura de intervalos entre notas, al practicarse en clave emocional los modelos sistémico, narrativo, estra-tégico, centrado en soluciones o estructural (por mencionar unos pocos) profundizan su influencia porque logran tocar las fibras sensibles de las personas sin perder su coherencia teórica y técnica.

En este texto, y con el fin de orientar el trabajo de los terapeutas en uno de los contextos más desafiantes, la pareja, propongo una teoría en clave emocional del amor y el enamoramiento. Para construir esta teoría parto de la concepción del amor más extendida entre los terapeutas sistémicos de habla hispana, la de Humberto Maturana, cuyas limitaciones evidencian los enigmas a resolver. A continuación, y tras adelantar una definición preliminar, puramente descriptiva, del amor, expongo la teoría de las necesidades relacionales básicas que subyacen a la búsqueda de confirmación onto-lógica que motiva el enamoramiento, la dinámica entre desprecio, vergüenza y culpa que lo suscita y el impasse colusivo a la que conduce a la mayoría de parejas contemporáneas. Finalmente, propongo una definición en clave emocional del amor que lo diferencia del enamoramiento y la ilustro con una viñeta clínica de una sesión de terapia de pareja.

2. EL AMOR PARA MATURANA: ACEPTACIÓN… SIN EMOCIÓN

El punto de partida ineludible de una concepción en clave emocional de la pareja debería, por lógica, ser el amor, origen y pegamento de las relaciones de pareja contemporáneas, al menos en Occidente (cf. la “familia conyugal”, Millán, 1996). Como indica Perel:

“Te amo. Casémonos”. A lo largo de la mayor parte de la historia estas oraciones nunca se dijeron juntas. El romanticismo cambió este fenómeno. A finales del S. XVII y principios del XIX, entre los épicos cambios sociales de la Revolución Industrial, el matrimonio sufrió una redefinición. Gradualmente, evolucionó de una empresa económica a una de compañía –un compromiso libre y voluntario entre dos individuos, no basado en la obligación o el deber sino en el amor y el afecto (Perel, 2017, p. 29; la traducción es mía).

Sin embargo, y al igual que las emociones, el amor ha brillado por su ausencia en la tradición de la terapia familiar sistémica y narrativa1; de hecho, el Vocabulario de Terapia Familiar (Simon y

Stierlin, 1997) carece de las voces “amor” y “pareja”, y el más reciente manual de Dallos y Draper (2010) se refiere al amor como una de las “ideas que siguen golpeando a la puerta [de la terapia sistémica]”, la cual (como he señalado en otro texto, Laso, 2014) ha estado más interesada en la “de-finición de la relación”, es decir, el poder. Grosso modo, este vacío ha sido llenado de forma distinta en la esfera anglosajona y la hispano-latinoamericana: aquella ha apelado a la teoría del apego y ésta a la “biología del amor” de Maturana, tan extendida como influyente, gracias en parte a Juan Luis Linares, que ha erigido al amor (o “nutrición relacional”) en piedra angular de su psicopatología

1 Excepción hecha de ocasionales e ilustres antecesores: “Hay algo oscuro en el esquema teórico de Freud… y es, repito, el amor como fuerza positiva en las relaciones familiares, como una experiencia que da un enriquecimiento mutuo, que provee el estímulo para el aprendizaje social; lo que incita al aprendizaje es la unión de marido y mujer, de padre e hijo, en la realización del amor dentro de la realidad de la convivencia familiar” (Ackerman, 1982, p. 49). El amor en clave emocional: enamoramiento, desconfirmación y terapia de par

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relacional (Linares, 2012).

Puesto que la teoría del apego ha sido extensamente desarrollada por otros autores (Cyrulnik, 2005, 2007), al punto de ser integrada con la terapia narrativa (Dallos, 2006), y toda vez que es la de Maturana la concepción del amor más conocida por los terapeutas de habla hispana, usaré ésta como punto de partida para, tras una lectura crítica, proponer una concepción del amor en clave emocional.

La concepción de Maturana del amor se resume en la siguiente cita:

La emoción fundamental que hace posible la historia de hominización es el amor... El amor es la emoción que constituye el dominio de conductas donde se da la operacionalidad de la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia… En otras palabras digo que sólo son sociales las relaciones que se fundan en la acep-tación del otro como un legítimo otro en la convivencia, y que tal acepacep-tación es lo que constituye una conducta de respeto. (Maturana, 1990, p. 14).

El papel fundamental que Maturana asigna al amor coincide, en el ámbito individual, con los teóricos del apego (Wallin, 2007); y, en el social, con los primatólogos (de Waal, 2006). Sin embar-go, su concepción presenta dos problemas. El primero es que, pese a sus discrepancias, los teóricos de las emociones coinciden en que éstas son siempre episódicas, de corta duración y ligadas a un escenario y una tendencia de acción específicas (Lewis, Haviland-Jones y Feldman, 2008): por tan-to, y en la medida en que es perdurable y compatible con escenarios sumamente diversos, el amor

no es una emoción sino un sentimiento, esto es, un conjunto de emociones sostenidas en el diálogo

interno (Laso, 2014).

El amor, como fenómeno específicamente humano, es una sofisticación de las conductas de apego mamíferas más el lenguaje proposicional, que nos permite crear “objetos mentales” a los

cuales nos apegamos y que, al trascender el aquí-y-ahora, mantienen la coherencia entre nuestras emociones y conductas actuales y las futuras (la “rigidez de la conducta basada en reglas”, Hayes, Strosahl y Wilson, 1999, p. 29) y entre aquellas y las de las personas que nos rodean (la “intencio-nalidad colectiva”, Searle, 2014; Gärdenfors, 2006). Es por eso que “los seres humanos, a diferencia de los demás animales, ya no reaccionan a su entorno… sino que hacen referencia a objetos singu-lares… para afirmar algo de ellos con predicados” (Tugendhat, 2004, p. 23); es por eso que pueden convertirse en objeto de su discurso, y por ende de su pensamiento, y sujeto de sus decisiones, y por

ende responsables; lo que requiere contemplarse “desde fuera”, “objetivamente”, como una persona en un mundo de otras personas con iguales estatus ontológico, derechos y obligaciones. Mal que les pese a los defensores del ser humano como mono, “las sociedades humanas no son simples grupos de primates cooperativos sino comunidades de personas que emiten juicios unas sobre otras y or-ganizan su mundo en términos de conceptos morales inalcanzables para un chimpancé” (Scruton, 2017, p. 8). Finalmente, es por eso que, mientras que los animales únicamente sienten (emociones) y piensan (es decir, al menos algunas especies son capaces de resolver problemas inéditos sin apelar al mero ensayo y error; Gärdenfors, 2006), las personas podemos pensar acerca de lo que pensamos, sentir acerca de lo que pensamos, pensar acerca de lo que sentimos y hasta sentir acerca de lo que sentimos; es decir, somos capaces de albergar los pensamientos y emociones de segundo orden que subyacen a la autoconsciencia y generan el self como proceso (Laso, 2011; Guidano, 1991).

La implicación práctica de esto es que al no ser una emoción, el amor no emerge espontá-neamente ante un escenario dado para desvanecerse cuando éste cambia; antes bien, hay que sos-tenerlo activamente mediante conductas, pensamientos y emociones “positivas” (o, en términos de la clave emocional, recíprocas y congruentes, Laso, 2015a), de lo que se deriva la “proporción de positividad de Gottman” de cinco interacciones positivas por cada negativa (Gottman, 1999; Gott-man et al, 2002). El amor nace de una cadena de acciones intencionales sobre un sustrato de ternura y alegría, estas sí automáticas y espontáneas.

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de “amor” de Maturana es equívoca, como lo traiciona su giro final: “El amor es la emoción que constituye el dominio de conductas donde se da la operacionalidad de la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia… y tal aceptación es lo que constituye una conducta de respeto” (Maturana, 1990). En otras palabras, Maturana parece afirmar que el amor y el respeto son al final lo mismo, o bien, que el amor es la emoción que genera o subyace a la conducta de respeto; lo cual, incluso aceptando que el amor sea una emoción y que las emociones determinan el “dominio de la acción”, no concuerda con los hechos ni con el sentido común.

En la vida cotidiana distinguimos claramente lo que es amar de lo que es respetar; así lo recoge el Real Diccionario de la Lengua Española (Real Academia Española, 2001), que define “respeto” como “veneración, acatamiento, consideración, deferencia” y “amor” como “sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos com-pleta, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear; sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo”. Concomitantemente, las tendencias de acción del respeto y el amor son opuestas: el respeto nos impulsa a mantener o acrecentar la distancia (su extremo es el temor o rece-lo, cuarta acepción en el Diccionario), el amor a reducirla hasta fundirnos con el ser amado. Final-mente, podemos respetar a alguien (un jefe, un competidor, un político) sin amarlo en lo absoluto; y también amar a alguien sin respetarlo por entero, sin aceptar del todo su “ser un legítimo otro” (el hijo al que, por amor y en aras de su socialización, enseñamos a saludar y pedir disculpas contra su voluntad aún inmadura).

Este enmarañamiento entre amor y respeto conduce a un segundo problema. En su intento de conceptualizar el amor, Maturana le quita su esencia: la calidez, la cercanía –en suma, la afec -tividad propiamente dicha. En efecto, puedo “aceptar” perfectamente al Otro manteniéndome a distancia (sin abandonar la interacción); esta “tolerancia” no me compromete en lo más mínimo, no altera mis emociones, no me desafía a crecer, expandirme o cambiar. La concepción del amor como “aceptación del legítimo otro” es fría, distante; se queda corta frente a la realidad del amor humano –cercano, cálido, tierno; las pasiones que tanto nos atan al otro como nos hacen temerle, odiarle, despreciarlo o añorarlo. Irónicamente, el “amor” según Maturana carece de… emoción.

La consecuencia práctica de esto es que una terapia de pareja que se limite a restablecer el respeto entre los cónyuges no hará sino rozar la superficie de sus conflictos: este, el de acordar un cese a las hostilidades, es sólo el primer paso del proceso complejo y comprometido de “crear cone-xiones” entre ellos a nivel de sus emociones y no sólo de sus ideas (Johnson, 2004). Y si bien, como explica Canevaro en este mismo número, el profundizar las relaciones de pareja implica disolver las “identificaciones proyectivas” que cada cónyuge impone al otro, esto no se logra aceptándolo como distinto sino reconociendo las propias proyecciones como formas extraviadas de satisfacer necesi-dades humanas legítimas: esto es, aceptándose a fondo a uno mismo –de lo que nace la capacidad de aceptar al otro en cuanto tal al deslindarlo de las imágenes transgeneracionales distorsionadas que se le han sobrepuesto.

Afecto y respeto se entrelazan dialécticamente: el amor de pareja, que en nuestras sociedades se concibe cada vez más como igualitario (Millán, 1996), precisa de una base de respeto que, si des-aparece, lo erosiona sin excepción (Cf. Gottman et al, 2002, p. 151 y ss.). Por ende, al hablar de la aceptación del otro como tal, Maturana no está definiendo el amor sino una de sus precondiciones: sin respeto no hay amor, pero el amor trasciende el respeto porque anhela la cercanía.

3. AMOR Y NECESIDADES RELACIONALES: UNA DEFINICIÓN PRELIMINAR

Esta trascendencia brinda una descripción preliminar más apropiada, práctica y precisa: “La constelación de conductas, cogniciones y emociones asociadas con el deseo de iniciar o mantener una relación cercana con otra persona” (Aron y Aron, 1996, p. 47; la traducción es mía). En cuanto tendencia de acción, el amor nos mueve a aproximarnos y, en el extremo, fundirnos con el otro: El amor en clave emocional: enamoramiento, desconfirmación y terapia de par

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nuestros pensamientos giran en torno a él o ella, nuestras emociones oscilan al compás de sus men-sajes o actos, nuestra mirada lo busca... (como sabe cualquiera que haya estado enamorado). Por consiguiente, una teoría del amor debe dar cuenta de esta tendencia a “fundirse” con el otro, amén de despejar preguntas de evidente importancia para la terapia de pareja: ¿cuál es la razón de esta tendencia y por qué es tan perentoria? ¿Cuál es la relación entre el amor y el enamoramiento, y por qué este último parece desaparecer irremediablemente en la convivencia? Y ¿cómo intervenir en ese caso? etc. Para responder a estas preguntas se requiere una teoría motivacional del amor, es decir, una que explique las necesidades que la conducta, cogniciones y emociones del amor satisfacen; lo cual, a su vez, requiere de una teoría de las necesidades emocionales humanas.

La clave emocional asume que todos los seres humanos (y los mamíferos) tenemos dos necesi -dades relacionales básicas (es decir, asociadas con los vínculos con los otros y consigo mismo), que son precisamente las ya mencionadas: ser queridos y ser respetados. Retomando el modelo circum-plejo interpersonal (Gurtman, 2009), la clave emocional postula que estas necesidades obedecen a

dos orientaciones interrelacionadas pero paralelas: la agencia y la comunión (Bakan, 1996; Laso, 2017). La agencia se refiere “al esfuerzo por dominar el entorno, por reafirmar el sí-mismo, por experimentar… competencia, logro y poder”; la comunión al “deseo de una persona de relacionarse íntimamente con los otros, cooperar, unirse con ellos” (Laso, 2017 p. 216). Desde la perspectiva evolutiva, agencia y comunión son especializaciones de las dos estrategias de solución o líneas de conducta posibles ante un conflicto: o bien competir para someter o expulsar a los oponentes (suma cero) o bien colaborar con ellos para repartir o, mejor aún, acrecentar los recursos en juego (ga-nar-ganar; Laso, 2015b); y, desde la sociológica, subyacen a las diferencias de género características de las sociedades patriarcales, donde (como expongo más adelante) los varones son aculturados para especializarse en la agencia (la dominación, el poder, la esfera pública, la competencia…) y las mujeres en la comunión (el afecto, la influencia, la esfera privada, la relación…; Laso, 2017).

Esta es la explicación de las quejas típicas de ambos sexos en terapia: “ella no me entiende/ respeta” para los varones, centrados en el respeto, vs. “él no me quiere/presta atención” para las mujeres, enfocadas en el afecto; y es también el motivo por el que, cuando estas quejas son atendi-das, emergen sus contrapartes ignoradas o negaatendi-das, el temor a ser abandonado o rechazado en los varones y la ira por haber cedido su autonomía en aras de la relación en las mujeres, lo que cambia las tornas y los obliga a redefinir su relación de manera más satisfactoria e íntegra para ambos. Pues así como una relación es nutricia porque honra y satisface de manera equilibrada tanto la necesi-dad de respeto como la de afecto de los partners, en una relación problemática ninguna de las dos necesidades se encuentra atendida plenamente en ninguno de sus miembros, aunque éstos reparen habitualmente sólo en una e ignoren o menosprecien la otra (situación que expongo más adelante y que se llama “coluhsión”).

Estas necesidades explican también la activación de las emociones en cada interacción: una emoción se activa para orientarnos a satisfacer la necesidad básica que le subyace organizándonos a responder al escenario en curso según una estrategia evolutiva determinada (la “tendencia de ac-ción” de cada emoción primaria; Laso, 2015e). Así, la tristeza nos conduce a acercarnos buscando apoyo y protección, esto es, afecto; la ira, a rechazar las invasiones y abusos defendiendo nuestra autonomía, es decir, respeto; el miedo, a huir de las amenazas en pos de una “base segura” (afecto) y/o sobreponernos a ellas enfrentándolas (respeto); etc. Por tanto, cuando son ignoradas o recha-zadas, afecto y respeto desencadenan la activación de las emociones en la interacción momento a momento, lo que subyace, a su vez, a la “definición de la relación”, de la cual la teoría clásica de Palo Alto (Watzlawick, Beavin y Jackson, 1967) sólo reconoce el aspecto del poder (“simetría-com-plementariedad”) descuidando el del amor (cercanía-distancia; Laso, 2015b).

En resumen, las emociones que se suceden como respuesta directa al entorno o la conducta de

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momentáneamente bajo otra más perentoria o intensa: por ejemplo, el miedo-ansiedad que encubre la profunda tristeza de una pérdida no asumida o la alegría forzada del comprador compulsivo que se siente asfixiado en su matrimonio).

La consecuencia de esto para la terapia es que no trabajamos con las emociones para cam-biarlas directamente sino para acceder a las necesidades implícitas de forma que las personas puedan reconocerlas, honrarlas y tomar una postura ante ellas, modificando concomitantemente

sus relaciones (Laso, 2014). La ventaja de la Clave Emocional sobre otras teorías de la emoción en psicoterapia (cf. Greenberg y Paivio, 2000; Johnson, 2004; Power, 2010) es que, al disponer de una teoría de las necesidades más allá de las emociones, permite al terapeuta encaminar directamente sus intervenciones hacia éstas, facilitando rápida y gentilmente su articulación y la consiguiente toma de postura por parte de las personas, lo cual es el catalizador del cambio porque mueve a la mente a complejizarse “pensándose a sí misma” (Laso, 2011) y al sistema a alcanzar un equilibrio más equitativo, flexible y transparente. El terapeuta en clave emocional alterna entre evocar la experien-cia emocional de las personas (a menudo diseñando experimentos que las hagan aflorar en sesión), ayudándolas a articularla con la máxima claridad e intensidad posibles (de forma verbal, poetizando, o no verbal, plasmando; Laso, 2015e), e invitarlas a tomar, ante las necesidades así reveladas, una postura integral y compasiva.

En terapia de pareja, la evocación de las emociones se facilita porque se cuenta con la figura

que las desencadena, el cónyuge: basta con pedir a ambos que manifiesten sus quejas para despertar una letanía a menudo imparable de resentimiento, ira, desprecio, miedo y lástima. La tarea del tera-peuta no es enseñar a la pareja a controlar o “regular” estas emociones (aunque pueda apelar a ello ad interim cuando se exacerban) sino guiarlos a aprehender las necesidades que les subyacen para que puedan plantearlas legítima y abiertamente al otro.

Pues es este interjuego entre las mutuas necesidades de afecto y respeto, mediada por las emociones que éstas desencadenan, lo que suscita y explica la “danza de la pareja”, esa sucesión bien ensayada de reproches, lamentos, críticas e indiferencia estratégica que tanto agobia y desafía a los terapeutas –p ero también la secuencia de cumplidos, roces, muestras de afecto y miradas de complicidad que entretejen y renuevan el amor de las parejas felices y cantan los poetas:

Son galanterías tan pequeñas Una flor, un libro

Las que plantan semillas de sonrisas

Que en la oscuridad florecen. (Emily Dickinson)

Asimismo, es el estado de cada necesidad lo que, al despertar un conjunto de emociones con-cretas, moldea nuestro lenguaje no verbal (como amplío en Laso, 2015b) suscitando en los otros respuestas emocionales recíprocas que ora armonizan con las nuestras, ora las rechazan (según las necesidades en juego de cada participante se satisfagan o se exacerben, respectivamente), siguiendo lo que he llamado “teorema de emoción recíproca” (Laso, 2015a). Y son las necesidades del terapeu-ta, según oscilan momento a momento al interactuar con la pareja disarmónica, lo que lo conduce a decantarse ora por uno, ora por el otro; cosa que, si no registra y utiliza, puede moverlo a salir en defensa de uno de ellos y contra el otro en el afán bien intencionado pero dañino de satisfacer directamente las necesidades de aquel en la sesión, siguiendo el “teorema del triángulo emocional” (Laso, 2015a) que reza “para tomar parte hay que tomar partido” (Laso, 2015d, p. 1096). Es este el trasfondo emocional de las lealtades invisibles, las triangulaciones recalcitrantes, los embrollos y las mistificaciones tan conocidas por los terapeutas familiares, es decir, de la herencia transgeneracional de patrones y patologías bajo la premisa “he de cobrar a mis allegados y parejas la deuda que mis padres tienen conmigo” (Laso, 2015a).

En otras palabras, y como explico más adelante, son las necesidades que los padres no supie -ron legitimar (no sólo satisfacer) las que se proyectan sobre la pareja en el enamoramiento y las que El amor en clave emocional: enamoramiento, desconfirmación y terapia de par

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conducen inexorablemente a la crisis cuando éste comienza a desvanecerse. Esta es la trayectoria típica de las relaciones de pareja contemporáneas (Perel, 2017, p. 8), que suelen acudir a terapia en medio de esta crisis –o bien suponer, no siempre correctamente, que “se ha acabado el amor” y que, por ende, la única alternativa es la separación.

4. EL ENAMORAMIENTO: EN POS DE LA CONFIRMACIÓN ONTOLÓGICA

Por consiguiente, el amor engloba las conductas, emociones y pensamientos destinados a acer-carse y fundirse con el otro con el fin de honrar y satisfacer dos necesidades relacionales básicas, la de afecto y la de respeto. Sin embargo, toda interacción, por insignificante que sea, evoca estas necesidades, en mayor o menor medida según nuestras susceptibilidades en función de nuestro his-torial afectivo: el hijo crónicamente agraviado vivirá el mal gesto de un empleado del banco como una ofensa inaceptable; el que ha carecido de afecto, como un indicador de su esencial falta de valía. ¿Qué es lo que hace especiales a las relaciones amorosas?

Que en ellas más que en ninguna proyectamos nuestras necesidades insatisfechas más re-cónditas en la esperanza de colmarlas2; o lo que es lo mismo, que son el espacio de confirmación

o desconfirmación ontológica por antonomasia (Leitner, 1988) porque, siguiendo el mito del amor romántico imperante en las culturas occidentales, elegimos a la pareja según las heridas dejadas por nuestros padres o figuras de apego y/o nuestras relaciones íntimas previas (especialmente el “pri-mer amor”): ¿quién mejor para llenar un vacío que el que despierta las mismas sensaciones, anhelos y emociones que la persona que lo originó?

En otros términos, es en las relaciones amorosas donde nos atrevemos a mostrarnos como somos, a revelar esos aspectos del yo que nos avergüenzan, extrañan o inquietan, arriesgándonos a ser rechazados, incomprendidos o ignorados, porque asumimos ilusoriamente que el otro los puede compartir o comprender (o sea, respetar y querer) ya que parece asemejarse, en ciertas dimensiones identitarias cruciales, a nuestras figuras de apego (o a parejas previas que nos dejaron una impronta). Estas dimensiones cruciales son precisamente las que nuestra familia de origen y/o grupo de referen-cia identitaria no fueron capaces de aceptar, lo que nos dejó una íntima sensación de inadecuación que marca la cualidad emocional de nuestra relación con nosotros mismos (lo que llamo la “sen-sación de sí”, Laso, 2014) y que arrostramos ocultándola o negándola –mientras anhelamos secre-tamente encontrar a ese Otro capaz de entendernos y aceptarnos in toto de una vez por todas, a ese cuyo respeto y cariño nos confirmará, por fin, desde la médula de nuestro ser, dándonos el derecho a ser quienes somos. Este es el motivo por el que el amor, en la célebre expresión de Cyrulnik (2007), “nos cura” cuando lo hace; pero cuando no, nos desgarra: la desconfirmación ontológica resultante del rechazo a nuestro yo más íntimo es invariablemente devastadora.

La dinámica de estas dimensiones identitarias cruciales puede explicarse tanto en términos de narrativas identitarias (Linares, 1996) como de bipolaridades semánticas (Ugazio, 2001) o cons-tructos nucleares familiares (Dallos, 1996), esquema al que apelo en este texto (para una expo-sición pormenorizada, Botella y Feixas, 1998; Procter, 1996; Winter y Reed, 2016). Empezamos asumiendo (con la Teoría de Constructos Personales, Kelly, 1955) que las personas damos sentido a nuestra experiencia clasificándola en dimensiones bipolares (“bueno-malo”, “inteligente-tonto”, “fuerte-débil”, etc.); que estas dimensiones (o “constructos”) son construidas comparando y detec-tando semejanzas y diferencias entre las personas y situaciones (o “elementos”) con las que nos vamos encontrando a lo largo de la vida; que, por ende, las primeras relaciones (familia de origen, cuidadores) sientan las bases sobre las que se erigirán las demás distinciones identitarias (o “cons-tructos nucleares”); que los cons“cons-tructos nucleares resultantes de estos contrastes son grosso modo

2 Cf. “El que ama tiene necesidad de ver (distorsionar) al ser amado como objeto que se ajusta a su propia

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compartidos por todo el grupo familiar, ya que se reproducen generación tras generación en la medi-da en que definen el repertorio de posibles identidades disponibles para los miembros de la familia sobre las cuales cada recién llegado irá haciendo comparaciones y recreando aquellos constructos; y, finalmente, que estos constructos forman un sistema jerárquico donde algunos, que llamamos “superiores”, tienen más importancia que otros porque acarrean más cambios identitarios, por lo que se resisten al cambio y son, en palabras de Linares, “no negociables” (Linares, 1996). En términos de la teoría de Linares, los constructos son las narrativas y los constructos superiores las narrativas identitarias (Linares, 1996).

De esto se sigue que las dimensiones de significado más profundas con base en las cuales nos evaluamos y categorizamos (Dallos, 1996), de las que depende nuestra “sensación de sí”, es decir, la cualidad emocional de nuestra relación con nosotros mismos (Laso, 2014), son constructos

preverbales tomados del repertorio de nuestra familia de origen (Ugazio, 2001), puntos sobre los que nos fuimos “com-poniendo” identitariamente en la relación con nuestros otros significativos, tanteando el terreno desde el nacimiento, actuando de una u otra manera en función de sus reaccio-nes confirmadoras o desconfirmadoras. Y, como explico más adelante, las personas de quiereaccio-nes nos enamoramos tienden a compartir esas mismas dimensiones de fondo, proveyendo así de una fuente ideal de re- (o des-) confirmación a quien la busca desesperadamente.

Así, por ejemplo, Pedro Pérez viene de una familia de personas “trabajadoras” (como opuesto a “perezosas”), “sacrificadas” (contra “hedonistas”), “ahorrativas” (o sea no “dispendiosas”) y “aus-teras” (es decir, poco “sensibles”); constructos todos que lo predisponen a una patología depresiva (Linares y Campo, 2000), a un estilo relacional apagado y parsimonioso y una actitud consigo mis-mo exigente y poco compasiva, conducente a una industriosidad inclemente y pertinaz. Interrogado por estas características responderá que “los Pérez somos así”, “así era mi padre y nunca nos faltó de nada”; ante la pregunta de por qué no se concede descansos o vacaciones o cómo es que no dis-fruta de los placeres y alegrías, quizá recuerde a “mi tío Marcos, a él le gustaba ir de fiesta, disfru-taba mucho… Pero era un desocupado, nunca llegó a nada en la vida, y yo no quiero ser así” (esto es, el elemento que le sirvió de contraste a Pedro y sus hermanos cuando forjaron sus sistemas de constructos identitarios, reproduciendo la forma de ver el mundo propia de los Pérez bajo las admo-niciones de sus padres: “¡cuidado te vuelvas como el tío Marcos!”) Cuando el clínico, tan ingenuo como bienintencionado, le recomiende “darse un respiro y permitirse disfrutar”, Pedro accederá en apariencia (para evitar el conflicto) sabiendo, en el fondo, que no lo hará porque correría el riesgo de volverse perezoso, hedonista, dispendioso y sensible: es decir, se resistirá (aunque sea pasivamente)

al cambio en sus constructos identitarios superiores.

Sin embargo, detrás de la “honorable fachada” de empeño y abnegación, Pedro oculta una herida invisible a su consciencia pero que se hace sentir en sus momentos de desaliento: el temor a revelarse, a la postre, “perezoso”, “débil”, “incapaz”, “desobligado...”; en suma, a corroborar la

“identidad negativa” despreciable que construyó con base en las desconfirmaciones selectivas de sus padres a lo largo de su infancia –los cuales, como buenos padres de un depresivo, lo trataron con una combinación de hiperexigencia y frialdad afectiva que lo llevó a la premisa inconsciente de que el afecto “se gana” con esfuerzo y sacrificio porque no se merece de por sí y a la fantasía, también inconsciente, de que “cuando vean cómo me sacrifico por ellos, los demás tendrán que quererme por fin”.

La fantasía en el fondo de toda neurosis fue ya señalada por Adler (Flachier, 1998; Ansbacher y Ansbacher, 1964), que la llamó “ficción directriz” porque rige la forma en que la persona interpreta y afronta las situaciones; es equivalente a las “creencias centrales” de la terapia cognitiva (Beck, 1995), a los “debería” de la Gestalt (Brownell, 2010), a los “temas centrales conflictivos relaciona-les” de la terapia expresiva y de apoyo (Luborsky, 1984) y a varias otras formulaciones de distintos marcos teóricos. Atrapada en su ficción directriz, la persona vive con la esperanza de que “si sola-mente” se liberase de su síntoma o problema todo iría de maravilla (el síndrome del “if only”, Winter y Viney, 2005, p. 149). Al ser la “ficción directriz” de Pedro de corte depresivo, fantasea con que “si El amor en clave emocional: enamoramiento, desconfirmación y terapia de par

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logro ser tan exitoso como debo, las personas me van a querer”: aspiración que, dada su inexorable autoexigencia, jamás se cumple, condenándolo a una persecución tan inútil como la de Sísifo.

A esta explicación la clave emocional añade las necesidades relacionales subyacentes a la fantasía y cómo, al ser coartadas por los padres, se hacen presentes en la vida diaria de Pedro sin que éste las pueda reconocer ni honrar precisamente porque fueron no sólo frustradas sino

desconfirma-das, tratadas como inexistentes, impropias o inaceptables. En efecto, con su actitud hiperexigente y fría, los padres de Pedro destacaron un aspecto de su necesidad de respeto, la sensación de auto-eficacia (Bandura, 1995) o competencia (Laso, 2006), a costa de su necesidad de afecto, crónica-mente desatendida al punto que se escapó de su consciencia –o, más bien, jamás llegó a registrarse en ella como tal sino como indicio de una debilidad ontológica vergonzosa e inaceptable. Es decir, aprendió a sentir vergüenza y desprecio en vez de ternura ante su tristeza, síntoma de su necesidad de afecto no atendida.

A resultas de esto, la necesidad de afecto de Pedro se volvió “rehén” de su necesidad de res-peto y competencia: sólo se autorizaría a sentirse querido cuando se volviera tan exitoso, abnegado y trabajador como (el ideal instaurado por) sus padres; mientras tanto, las muestras de cariño y aprecio de sus allegados no serían registradas como tales sino como ilusiones, engaños o signos de su “buena voluntad” hacia él, no de su legítima capacidad para ser querido, ya que sólo quien se esfuerza y sacrifica merece que lo quieran.

Esto explica la aparente paradoja del depresivo que cuantas más muestras de afecto y conside-ración recibe, más exige (Cf. Beck, 1975): dado que no se trata de la cantidad sino de la legitimidad, ninguna dosis de amor conseguirá colmar el hambre de Tántalo de quien siente (no sólo cree) que no lo merece; o, como los terapeutas en clave emocional apuntan a sus pacientes, nadie te puede dar

lo que tú te niegas a ti mismo. Esto corrige también las ideas del psicoanálisis tradicional (por ejem-plo, Winnicott, 1971) que consideraba la cantidad de satisfacción o frustración de las necesidades

como el factor etiológico de los trastornos: si bien la falta de afecto o respeto, la insatisfacción de una necesidad relacional básica, es dolorosa y dañina, el factor patógeno en la insuficiencia crónica de afecto o respeto por parte de los cuidadores en la infancia es que transmite el mensaje de que la necesidad en cuestión no existe, no importa o no merece ser satisfecha, lo que predispone a la persona a despreciarla sistemática y persistentemente, impidiendo así su satisfacción sin importar lo nutricio que devenga su entorno.

En términos sistémicos, los cuidadores de Pedro desconfirmaronselectivamente su necesidad de afecto dejando incólume la de respeto y sembrando en su interior un “núcleo desconfirmatorio”, un vacío de tristeza y autodesprecio siempre hambriento, que lo conduciría eventualmente a un ena-moramiento y una elección de pareja en la esperanza, con frecuencia ilusoria, de colmarlo:

El amante es atractivo porque parece similar a alguien, real o idealizado, en nuestro sistema [de constructos], o porque representa un contraste, un opuesto a alguien en nuestro sistema. Es un constructo nuclear lo que marca esta oposición. Por ejemplo: “mi prometida es de fiar… y no caótica (como lo era mi madre)”. (Procter, 1996, p. 164; la traducción es mía).

5. LA DINÁMICA INTRAPSÍQUICA DE LA (DES)CONFIRMACIÓN ONTOLÓGICA: DESPRECIO, VERGÜENZA Y CULPA

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Una primera consideración es que, en línea con las ideas de Vigotsky (Medina y Pereira, 2017, p. 200) y Jaynes (McVeigh, 2006, p. 203; Jaynes, 2009), la clave emocional sostiene que el self, o

más precisamente la relación de una persona consigo misma, es el resultado de la interiorización de las relaciones sociales emocionalmente significativas a lo largo de su vida. En esencia, la cualidad

emocional de la relación con uno mismo, su calidez o frialdad, su violencia o compasión, su debi-lidad o vigor, es producto de la cuadebi-lidad emocional de las relaciones con los cuidadores primarios,

y por tanto puede modificarse sólo en el contexto de relaciones interpersonales cercanas, como el enamoramiento, el amor o la psicoterapia bien conducida. De ahí que la relación terapéutica sea uno de los “factores comunes” de la terapia más importantes (Sprenkle, Davis y Lebow, 2009), no como

causa del cambio sino como su vehículo o catalizador: si una alianza empática, cercana y clara po-sibilita el cambio sin asegurarlo, su ausencia lo dificulta al punto de impedirlo. De aquí, también, el papel crucial de los “tutores” en la adquisición de la resiliencia (Cyrulnik, 2013).

Como he apuntado, esta internalización de los núcleos desconfirmatorios es canalizada por el

desprecio, emoción poco entendida (a tal punto que muchas personas la confunden con la ira, con la que forma una dualidad; Laso, 2015b). En pocas palabras, el desprecio es en el terreno relacional lo que el asco en el orgánico (y sus bases neuronales son parecidas, ya que las personas con más tendencia a experimentar asco son también las que más desprecio manifiestan; Haidt, 2012): una emoción destinada a identificar lo que es moralmente inaceptable, contrario a nuestros valores, real-zándolos por contraste y reasegurándonos cuando nuestra identidad se tambalea. A diferencia de la ira, cuya tendencia de acción es rechazar la invasión a nuestra autonomía o sobrepujar los obstáculos en nuestro camino, el desprecio expulsa activa pero metafóricamente algo o alguien que hemos deja-do o podríamos dejar entrar a nuestro self en sentido amplio (es decir, a “nuestro” territorio, círculo social, comunidad, etc.) –y que, por tanto, amenaza con “contaminar” nuestra identidad. Para ello, el desprecio devalúa al Otro “tóxico”, nos lo presenta como inferior, repugnante, indigno, incluso menos que humano, incitándonos a desterrarlo de nuestro círculo o, al menos, a transmitirle nuestro rechazo en la esperanza de que se marche por su cuenta.

El desprecio es, así, la emoción moral por antonomasia porque salvaguarda la alineación de nuestra identidad con (los valores morales compartidos por) nuestro grupo de pertenencia (evitando a ultranza un potencial destierro); y lo hace con más encono que las emociones secundarias par

excellence, la vergüenza y la culpa, ya que éstas requieren para sustentarse de un tejido cognitivo de “deberías” (Laso, 2014) tomados de la cultura y regurgitados en el diálogo interno mientras que aquel no porque es una emoción básica y primaria (la transposición del asco, que aparece hacia los tres meses de edad, al terreno interpersonal).

Elucidar la culpa y la vergüenza, acompañantes indefectibles de los núcleos desconfirmatorios que predisponen al enamoramiento, requiere de una metáfora que haga justicia a la complejidad po-lifacética de la emocionalidad humana; como ya he señalado, la clave emocional apela a la música:

...emociones que, igual que las notas en un acorde, se superponen con mayor o menor armonía y se suceden dando paso a una melodía que puede… analizarse en dos direcciones; diacrónica, atendiendo a un plano (o instrumento) específico para contemplar su transformación a lo largo del episodio, o sincrónica, “pelando” una a una las capas de la experiencia de la más llamativa, intensa e inmediata a la más sutil, profunda y abstracta. Emociones complejas como la melancolía o la vergüenza ajena equivalen a estas “armonías” que se erigen so-bre una nota-base o “clave” (la tristeza en la melancolía, el desprecio en la vergüenza, etc.), que las “aterriza” otorgándoles sentido global (el interés vital de la persona que está en juego en la situación y lo que anticipa que le ha de ocurrir). (Laso, 2015b, p. 149).

Así, la nota fundamental de la vergüenza y la culpa es el (auto)desprecio (Cf. Tomkins, 2008, p. 351). Para la clave emocional, aquellas son emociones secundarias (Greenberg y Paivio, 2000), es decir, sostenidas en un diálogo interno en el que el self se contempla y evalúa a sí mismo “desde fuera”: desde la atalaya de un código ético abstracto propio del grupo de referencia preferido en la El amor en clave emocional: enamoramiento, desconfirmación y terapia de par

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culpa, desde la mirada del Otro generalizado en la vergüenza. Este matiz explica la sutil pero im-portante diferencia entre sus respectivas tendencias de acción: esconderse y hacerse invisible para escapar de la omnipresente mirada internalizada del Otro en la vergüenza, someterse y humillarse para implorar no ser desterrado del grupo de referencia a cuyas normas se ha faltado en la culpa (Cf. Tomkins, 2008, p. 368; la dinámica del sometimiento en la culpa, Gilbert, 2005; 2009). Pero ambas son acordes sobre una misma nota responsable del atroz dolor que las caracteriza: el desprecio, ini-cialmente manifestado por los padres o cuidadores e internalizado progresivamente a medida que el niño acrecienta su capacidad cognitiva y desarrolla su autoconsciencia (Tomkins, 2008, p. 369 y ss.; Guidano y Liotti, 2006).

En definitiva, cuando los cuidadores muestran desprecio al niño éste reacciona recíproca-mente sintiendo desprecio de sí mismo, internalizándolo poco a poco y, eventualrecíproca-mente, revistiéndolo de vergüenza o culpa según como interprete su falta, la situación misma y lo que debe hacer para recuperar su dignidad y desactivar el (auto)desprecio: manipular la imagen que proyecta a los otros o esconderse en aquella, someterse y autocastigarse en ésta. (Es posible que la predominancia de una u otra en la experiencia emocional de la persona se derive de si los padres tienden a ser ambiguos o ambivalentes, respectivamente, y que conduzca a una u otra “organización de significado” que codetermine su espectro psicopatológico; Cf. Guidano y Liotti, 2006).

Eso no significa que el desprecio sea una emoción “mala” o innecesaria; al contrario, nos per-mite purificarnos de algo o alguien que, habiendo entrado en nuestro self, se ha vuelto tóxico. Com-pletar el duelo por una relación amorosa que ha devenido destructiva o insatisfactoria, por ejemplo, exige transitar de la tristeza por la pérdida a la ira por el abandono o rechazo y al desprecio por ese otro que se reveló diferente de lo que aparentaba o de lo que nuestra fantasía nos hizo esperar, para devaluarlo (y revaluarnos simultáneamente por contraste) de forma que podamos “purgarlo” justi-ficadamente de nuestro ser trascendiendo la tristeza de la pérdida: el mecanismo de “las uvas están verdes” de la fábula de Esopo. De ahí que, como apunta Gottman (1999), una vez que los cónyuges se desprecian la relación es muy difícil de rescatar: han pasado de vivirse con afecto, ira o tristeza a sentir al otro como un intruso venenoso y sin valor del que quieren librarse cuanto antes.

Del mismo modo, cuando los padres expresan desprecio al niño están intentando exorcizar un aspecto de la naciente identidad de éste que se aleja de sus valores colocándose en el polo repudiado de sus constructos identitarios familiares. En otras palabras, tratan de purificarse a sí mismos y a su

familia de algo que viven como tóxico, inaceptable, inmoral, impropio o perverso. Y puesto que el niño aún se encuentra explorando potenciales identidades, moviéndose a lo largo y ancho del siste-ma de constructos familiares, es inevitable que en algún momento muestre una actitud o conducta inaceptable para los padres, que éstos le transmitan desprecio y que él se termine autodespreciando y avergonzando de esa parte de su self (fenómeno que puede también darse, con intensidad algo menor, ante el grupo de pares en la pubertad y adolescencia).

6. VERGÜENZA, CULPA E INTERVENCIÓN TERAPÉUTICA

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equivale a plasmar (Laso, 2015e); pero en todo caso apunta a acrecentar la diferenciación de (la experiencia en) la mente de las personas, porque “cuando podemos diferenciar entre sí los estados mentales vinculados a las interacciones con los otros podemos diferenciarnos de ellos y redefinir nuestras relaciones afectivas” (Laso, 2011, p. 18).

En este sentido, más que pensar en términos de “mecanismos de cambio” que tienen que ser “activados” por una psicoterapia concebida como la aplicación secuencial de técnicas según un ma-nual estandarizado (es decir, el “modelo médico”, Wampold, 2001), o de “habilidades” (skills) que el paciente aprende para “manejar” (coping with) sus problemas (es decir, la concepción cognitivista; Semerari, 2002), supuestos ambos usuales en el discurso contemporáneo impregnado de instrumen-talismo positivista (Barrett, 2001; Pérez, 2012; McGilchrist, 2009), la clave emocional entiende la psicoterapia como un proceso de “aceleración ontológica” (Kelly, 1969b) en el que el terapeuta organiza el diálogo y las actividades de forma que maximice las oportunidades de las personas de aprender sobre sí mismos y sus relaciones aprehendiendo su propia experiencia-en-la-interacción. La “toma de postura”, punto final del proceso que anuncia la transformación de la relación consigo mismo y con los demás, es el resultado de este aprendizaje: una modificación global de la persona, no sólo de un aspecto, conducta, “esquema” o “creencia” suyas (Laso, 2006). Así, la clave emo-cional se distancia de los supuestos más populares o comunes en la psicoterapia contemporánea para hacerse eco de Spinoza (“Un afecto que es una pasión deja de ser pasión tan pronto como nos formamos de él una idea clara y distinta... está tanto más bajo nuestra potestad, y el alma padece tanto menos por su causa, cuanto más conocido nos es”; Spinoza, 1983, p. 324) y Ortega (“vivir es constantemente decidir lo que vamos a ser”; Ortega y Gasset, 1966, p. 53), entre muchos otros.

Esta concepción del cambio terapéutico resuelve el enigma que han planteado, a su manera, tanto Greenberg (Greenberg, Rice y Elliott, 1996) como Boszormenyi-Nagi, quien indica que “a menos que la persona pueda luchar con sus sentimientos negativos y resolverlos mediante actos basados en actitudes positivas… no podrá liberarse realmente del problema” (2013, p. 43). No se trata de “cambiar una emoción con otra” o de “purificar” los sentimientos negativos con actitudes positivas, suposiciones que simplifican las emociones equiparándolas con sustancias que se neutra-lizarían mutuamente casi a la fuerza; se trata de favorecer un cambio integral consistente en honrar las propias necesidades asumiendo una postura ante la existencia. Allí donde la terapia contextual entiende la patología como producto de la injusticia, del desequilibrio entre el “debe” y el “haber” en el “libro de cuentas” de la familia, la clave emocional la ve como resultado de la desconfirmación de las necesidades relacionales básicas en un contexto determinado y las concomitantes estrategias de las personas para sobrevivir ignorando o paliando esta carencia; donde aquella pone el énfasis en “ajustar las cuentas” mediante actos concretos hacia antecesores o miembros de la familia, ésta bus-ca restaurar el equilibrio interno asistiendo a la persona a reconocer y honrar sus necesidades antes despreciadas ya que sólo entonces podrá cobrar o pagar sus “deudas” transgeneracionales genuina y sinceramente.

En otras palabras, el cambio no nace de recibir lo que no se obtuvo sino de reconocer íntima-mente que sí se merece y que su ausencia no se debió a una falta ontológica intrínseca. La razón por la que los miembros de la familia mantienen sus “lealtades” intentando “cobrar” sus deudas es un afán extraviado de sentirse autorizados, de reivindicar su derecho a ser respetados o queridos a través del otro. La diferencia radical estriba en que desde la clave emocional no es indispensable que

la persona obtenga lo que nunca recibió para “cuadrar” su libro de cuentas; al contrario, sólo logra hacerlo cuando renuncia a obtener lo que no le dieron, y para renunciar debe experimentar que lo merecía de todas maneras. No se trata de cobrar sino de pedir, porque lo que se obtiene “cobrando”, es decir, lo que se recibe no por el libre deseo del otro de darlo sino por alguna suerte de obligación, por muy moral que sea, no satisface ni honra, porque no confirma ontológicamente: no lo recibo por quien soy sino porque no pueden negármelo. Pedir, en cambio, admite que el otro pueda negarse e interpreta esta negativa no como indicador de la falta de derecho a recibir sino de la falta de voluntad o capacidad del otro de dar en ese momento. El amor en clave emocional: enamoramiento, desconfirmación y terapia de par

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Volviendo al proceso intrapsíquico de los núcleos desconfirmatorios, para orientar una inter-vención eficaz no basta con comprender su origen; como ya lo señalaran los clásicos de la terapia familiar (Haley, 1991), el saber de dónde viene un problema o síntoma no tiene por qué resolverlo. La pregunta crucial para facilitar la mejoría es cómo se las arregla la persona para mantener ese núcleo desconfirmatorio “vivo” en su experiencia cotidiana décadas después de concluidas las

interacciones que lo instauraron. La clave emocional apunta que, como la cualidad emocional de estas relaciones primarias es lo que determina la cualidad de la relación consigo mismo, la persona

continúa desconfirmándose a sí misma a lo largo de su vida sin darse cuenta despreciando esos as-pectos de su experiencia e identidad cada vez que amenazan con emerger –y anhelando, al tiempo, a ese Otro que pueda aceptarlos y entenderlos porque se encuentra herido del mismo modo, bajo el supuesto tácito de que sólo la aceptación incondicional de la parte despreciada por ese Otro la au-toriza a existir y, por ende, a ser respetada y querida. Así, cada vez que sentimos vergüenza o culpa repetimos internamente las interacciones en que nuestros otros significativos (padres, hermanos, parejas…) nos demostraron desprecio: nos dividimos por dentro en el crítico, inexorable y severo, que ataca al ofensor, débil y humillado, que se le somete tratando de apaciguarlo (Gilbert, 2015).

Este “circuito intrapersonal” de autodesprecio conduce a elecciones de pareja y allegados que lo mantienen mediante “circuitos interpersonales negativos” (Laso, 2009a; Dimaggio et al, 2007) por la obvia razón de que una persona con una herida emocional similar a la nuestra sentirá el mismo autodesprecio y tendrá, por ende, el mismo miedo a la desconfirmación, lo que le impedirá manifestarnos ese amor o respeto incondicionales que ambicionamos y que ella también necesita

porque, al igual que nosotros, siente terror de ser desconfirmada una vez más.

Así, podría parecer que Pedro, hambriento como está de cariño, se debería interesar en Julia, una compañera de trabajo maternal, cercana y amigable. Sin embargo, y ya que desprecia su propia necesidad de afecto, avergonzándose de ella como si fuera una marca de su intrínseca debilidad y falta de valor, eso es precisamente lo que no puede hacer porque no se siente merecedor de ese afecto; por ende, se ve atraído por María, hija intermedia de una familia deprivadora, tan hambrienta de afecto como él y además dulce y vulnerable, porque ella, a diferencia de Julia, le ofrece la posi-bilidad de “rescatarla”, demostrando su valía y fortaleza a través de su autosacrificio para hacerse merecedor, algún día, de ese cariño tan codiciado como esquivo. Es así que, sin saberlo, Pedro y María se internan en el cul-de-sac descrito por Linares y Campo (2000): aquel porque se esforzará en “ganarse” un amor que, al nunca merecer, nunca podrá aceptar, esta porque, anhelando afecto, terminará recibiendo abnegación y sacrificio.

En suma, cuantas más desconfirmaciones haya sufrido una persona a lo largo de su vida, más núcleos de autodesprecio guardará, menor será su capacidad de honrar sus necesidades de afecto y respeto y mayores las probabilidades de que flote a la deriva de una relación a otra ansiando una estabilidad tan necesaria como evanescente.

El (auto)desprecio es, pues, el trasfondo último de la dinámica desconfirmatoria que sustenta el enamoramiento; y, en tanto que emoción primaria que una persona siente ante sí misma, subyace a la vergüenza y la culpa, emociones secundarias que son el objetivo de la intervención de la terapia centrada en la compasión y los modelos cognitivos contextuales (Hayes, Follette y Linehan, 2004). A diferencia de estas teorías, y como he indicado, la clave emocional toma como objeto de la inter-vención no sólo las emociones secundarias sino la primaria que las sostiene y aviva; por ende, no se limita a “entrenar” a las personas en ser más autocompasivas o en “defusionarlas” de sus juicios negativos sino que busca reparar su relación consigo mismas de forma que puedan honrar sus nece-sidades relacionales básicas, ofreciéndose afecto y respeto en vez de desprecio.

La manera más potente de transformar la relación de una persona consigo misma es revir -tiendo su origen con la ayuda de los familiares significativos que la suscitaron, proceso llamado

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pasar al autodesprecio y finalmente a las necesidades que fueron desconfirmadas en las relaciones vinculares y que dieron paso a los núcleos dolorosos en los que enraiza el enamoramiento; en el caso de Pedro, por ejemplo, su necesidad de afecto que él vivencia como una muestra de una debilidad intrínseca e inaceptable. Es cuando estas necesidades se identifican y honran que la persona puede cambiar: es decir, cuando logra tomar una postura global ante ellas admitiéndolas como humanas, legítimas, vitales.

En resumen: las experiencias vitales previas con figuras de apego y otros significativos instalan núcleos desconfirmatorios latentes asociados con aspectos de la identidad despreciados y vergonzo-sos, contextos en los cuales somos incapaces de reconocer y honrar nuestras necesidades de afecto o respeto porque las vivimos como indignas, inaceptables, malas o incapacitantes. Es en estos eriales emotivos que pueden enraizar posibles enamoramientos a medida que las vicisitudes del ciclo vital los vayan desvelando al proponer desafíos antes inéditos o evidenciar la insuficiencia de las estra-tegias empleadas hasta entonces para obviar el dolor que acarrean. A su vez, estos enamoramientos propenden a una elusiva (re)confirmación ontológica definitiva: a encontrar a ese mítico Otro al que podamos revelarle nuestro ser mas íntimo y recibir ¡por fin! un eco de aceptación, respeto y amor.

Es sobre esta expectativa, casi indefectiblemente fantasiosa, que se teje el enamoramiento; y también que fracasa cuando la realidad termina por imponerse, como ocurre en la práctica totalidad de las parejas occidentales contemporáneas después de más o menos diez años de convivencia – cuando las dificultades de falta de deseo, infidelidad, conflictos recurrentes, etc., se hacen imposibles de ignorar. Como apunta Schnarch: “Los problemas del deseo sexual no son un problema del ma-trimonio: son parte del proceso normal y saludable del matrimonio” (Schnarch, 2009; la traducción es mía). Porque, en palabras de Perel, “nunca antes han sido tan altas nuestras expectativas sobre el matrimonio. Todavía esperamos lo que la familia tradicional nos daba… y además que nuestra pa-reja nos ame, nos desee, se interese en nosotros… Si imbuimos a nuestra papa-reja de atributos divinos esperando que nos eleve de lo mundano a lo sublime… no podemos sino desilusionarnos” (Perel, 2017; la traducción es mía).

Es en este trance que la mayoría de las parejas acuden a terapia, buscando por lo general “arre-glar el problema” si tienen más de 35 o 40 años o descubrir “si se acabó el amor y deben separarse” si menos, en línea con la “monogamia serial” propia de su generación. Pues al asociar el matrimonio con el amor y éste con el enamoramiento, la inevitable disolución del mismo conduce a una crisis de pareja, tanto más grave cuanto más desgarradores hayan sido sus núcleos desconfirmatorios e inflexibles sus “ficciones directrices”. La pregunta de estas parejas suele ser, en el fondo, simple: si pueden recuperar el amor. La respuesta es más compleja: dependiendo de lo que haya sucedido y se hayan hecho mutuamente, es posible, no “recuperar” el amor, sino construirlo sobre las cenizas del enamoramiento. Pues, como expongo más adelante, cuando el enamoramiento termina es que

el amor puede surgir.

7. RELACIÓN CON OTRAS TEORÍAS E IMPLICACIONES

Una de las implicaciones de esta teoría es que los núcleos desconfirmatorios son más o me-nos invisibles hasta que no aparece una figura que los evoque; o lo que es lo mismo, que todas las

personas guardamos vacíos afectivos que nos conducirán a experiencias de enamoramiento según se vayan haciendo presentes al afrontar los desafíos de distintos momentos del ciclo vital. Desde luego, las necesidades no honradas que sustentan cada uno de estos núcleos se hacen sentir a través de síntomas, malestares o inhibiciones; pero es sólo cuando se proyectan en la figura del Otro idea-lizado que abandonan el trasfondo de la experiencia para cristalizar en la consciencia de la persona, que puede entonces individualizarlas y echarlas en falta.

Asimismo, esta teoría permite englobar las intuiciones de Jung sobre el enamoramiento como proyección en el amado del anima o animus, arquetipo de lo femenino en el hombre y de lo mas- El amor en clave emocional: enamoramiento, desconfirmación y terapia de par

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culino en la mujer, respectivamente: “Dondequiera que existe una relación pasional, casi mágica, entre los sexos, es invariablemente un asunto de una proyección de la imagen del alma” (Jung, 2014, p. 809 y ss.; la traducción es mía). En general (Macías y Laso, 2017), las personas son “generiza-das” (es decir, su identidad es alineada con las subjetividades de género hegemónicas) mediante la vergüenza (Kimmel, 2005, 2010): cuando el niño actúa de forma “poco masculina” o la niña es “marimacho”, sus padres y allegados le muestran desprecio y él o ella aprenden a despreciar las ne-cesidades presentes en esas facetas de su experiencia y a desterrarlas de su identidad según el meca-nismo ya descrito. En las sociedades patriarcales la construcción del género hegemónica mueve a los varones a especializarse en la necesidad de respeto (es decir, agencia) e ignorar o menospreciar la de afecto y a la inversa con las mujeres (Laso, 2017). Por consiguiente, y en virtud de la dinámica entre núcleos desconfirmatorios, necesidades básicas y enamoramiento, los varones tenderán a enamorar-se de las mujeres que encarnen su necesidad de afecto de manera no amenazante para su identidad

de género, y las mujeres la de respeto: en términos jungianos, a “proyectar” su anima o animus. Finalmente, esta teoría explica también el fenómeno identificado por Perel (2017) de que las infidelidades responden a menudo a una búsqueda del “camino no tomado”, de aspectos del self que la persona abandonó en algún momento de su biografía y que ha empezado a añorar sin ser conscien-te de ello: “cuando elegimos una pareja nos compromeconscien-temos con una historia. Pero nunca perdemos la curiosidad: ¿de qué otras historias podríamos haber sido parte?… El adulterio es con frecuencia la venganza de las posibilidades descartadas” (Perel, 2017). Así, la mujer que se ha dedicado en cuerpo y alma a su hogar y sus hijos se descubre, una vez se han independizado, inexplicablemente atraída por un hombre quince años más joven, opuesto en todo a su marido pero que le recuerda a su primer novio, el “rebelde” con el cual se sintió atractiva e interesante; el marido cuya esposa dejó, a instancias de él, una prometedora carrera para dedicarse a la familia se ve de repente envuelto en un

affaire con una compañera de trabajo exitosa y autosuficiente pero “egoísta”, como él mismo admite en sus momentos de sensatez. El análisis de Perel es correcto pero insuficiente: no se trata sólo del “retorno de lo descartado” sino de lo desconfirmado. No retornan todos los caminos que no tomamos sino sólo los que, vistos desde nuestra actual perspectiva, simbolizan (casi siempre ilusoriamente) la necesidad relacional básica que hemos desconfirmado: no añoramos volver a ser cajeros de un res-taurante de comida rápida ni nos enamoramos de uno de sus dependientes a menos que ese recuerdo o ese affaire nos prometan recuperar la libertad que ahora echamos a faltar; es decir, a menos que

estemos deshonrando nuestra necesidad de respeto y autonomía sin ser conscientes de ello.

8. CONFIRMACIÓN ONTOLÓGICA Y PAREJA: COLUSIÓN Y COEVOLUCIÓN

El objeto del enamoramiento es reconocer y honrar las dos necesidades relacionales básicas en el terreno de aspectos de la identidad rechazados o despreciados. A su vez, el objeto ulterior de las dos necesidades relacionales es la confirmación ontológica, la expectativa de constatar, no sólo cognitiva sino emocionalmente, que merecemos existir y ser quienes somos, que los demás nos pue-den querer y respetar no a pesar de quienes somos sino en virtud de ello. Así, cada vez que alguien o nosotros mismos reconocemos y satisfacemos nuestras necesidades, nos brindamos también, ipso facto, confirmación ontológica; y viceversa, cada vez que las rechazamos o, sobre todo, desprecia-mos, desconfirmamos al otro y a nosotros mismos sosteniendo el circuito que mantiene vivos los núcleos vergonzosos desconfirmatorios. Y así, quien se enamora está intentando cambiar una rela-ción interna, consigo mismo, por medio de una relarela-ción externa, con el objeto de su enamoramiento. Por ende, y pace ciertas interpretaciones simplistas del psicoanálisis, la motivación fundamental del enamoramiento no es narcisista; no buscamos una imagen en el espejo sino un espejo que acepte, valore y humanice nuestra imagen.

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Redes 37, Julio de 2018, ISSN en trámite www

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triz”, por encima de la realidad. Pues, además de que las cualidades que hacen atractivo al objeto del enamoramiento suelen desvanecerse porque le han sido investidas por el urgente deseo del amante, la lógica circular de la desconfirmación lo hace improbable: si para sentirme autorizado a satisfa-cer una necesidad básica en un contexto determinado me hace falta recibirla del otro, jamás podré acusar recibo por más que el otro me la brinde hasta que no me sienta autorizado, porque no me lo podré creer. La esencia del enamoramiento es una paradoja; y, como apunta Bateson (1985), ésta puede conducir tanto a la patología como a un cambio creativo o deuteroaprendizaje (es decir, a una toma de postura o anagnórisis; Laso, 2006).

Esta lógica circular explica el conocido y prima facie enigmático fenómeno descrito por Kopp de que es precisamente lo que primero nos enamora lo que luego nos desespera:

Cuando conoció a su marido se sintió atraída por su estabilidad, su autocontrol y su sensatez. Para ella era obvio y agradable que él no se alteraba con facilidad, que era “objetivo” y muy, muy práctico. Su considerado desapego la convenció de que podía contar con él para protegerla de su propia febril impulsividad y evitar que arruinara las cosas. ¡Qué desilusión! Ahora lo ve como frío, cicatero y pesado; alguien aburrido que ignora obs-tinadamente los sentimientos de ella… [A su vez] Su esposo se creyó muy inteligente y afortunado por haber descubierto a una mujer tan vivaz y emocionalmente libre, tan entusiasta, afectuosa y energética. Ahora se ha hartado. Ella ha resultado ser impráctica, demandante, imposible de satisfacer, irracionalmente crítica cuando no consigue lo que quiere (Kopp, 1973, p. 69; la traducción es mía).

Puesto que la insatisfacción de las necesidades no honradas por cada cónyuge es casi inesca-pable, cuando empiezan los conflictos cotidianos, inevitables sobre todo en parejas que cohabitan, se revelan las fracturas en la pátina del enamoramiento colocando a los cónyuges ante una disyuntiva: separarse porque “no son lo que esperaban” o ”se acabó el amor” o afrontarlos y resolverlos. Sin embargo, el mismo velo que les oculta sus necesidades no asumidas les lleva a la tercera y más fre-cuente opción, acusar al otro de negarles lo que necesitan y forzarlo empleando la misma estrategia que aprendieron en su familia de origen:

Él, desde luego, enfrenta esta hecatombe [de ella] tratando primero de ser “razonable” y después replegándose en silencios prolongados y pensativos. No puede entender por qué su desapego no logra calmarla, del mismo modo que ella no entiende por qué él no responde a la soledad que ella expresa gritando o llorando amargamen-te…. Cada uno quiere salirse con la suya sin sentirse vulnerable, no sea que parezca que está “cediendo” (Kopp, 1973, p. 70; la traducción es mía).

Cuando esto se combina con el tácito pacto de negar el conflicto y mantener las apariencias se genera el doloroso y tóxico equilibrio que se ha llamado en terapia familiar impasse de pareja (Sel-vini-Palazzoli et al, 1990); cuando no, conduce a una coevolución interrumpida (o colusión), que es la condición de la ingente mayoría de parejas problemáticas (Willi, 2002). Para que la relación de pareja perdure, ambos cónyuges aprenden a detectar y evadir los puntos de potencial conflicto grave, que se corresponden con sus respectivos núcleos desconfirmatorios; esto no es una excepción sino parte casi prototípica del decurso de las parejas occidentales contemporáneas, en las cuales, como he afirmado antes, la crisis no es contraria a su desarrollo sino una etapa del mismo.

El concepto de coevolución fue propuesto por Willi como una metáfora del cambio a largo plazo de cada miembro de la pareja a instancias del otro; es decir, como la “correspondencia de las disposiciones evolutivas de los miembros de la pareja” (Willi, 2002, p. 12). Cuando dos personas se juntan en pareja crean en torno a ambos una “frontera” (a menudo física y demarcada por la co-habitación; Campo y Linares, 2002) que incrementa la frecuencia e intensidad de las interacciones mutuas vis a vis las de cada uno con quienes se quedan por fuera. En este microsistema dual, como en todo ecosistema cerrado (siendo el ejemplo por antonomasia las célebres Islas Galápagos que inspiraran a Darwin), se suscita una coevolución, definida como “el cambio recíproco de especies El amor en clave emocional: enamoramiento, desconfirmación y terapia de par

eja; p. 1

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