El turismo productivo: la prctica social del turismo

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1. Introducción: viaje y turismo

¿Quién si no la aristocracia viajó antes del siglo XIX pa‐

ra contemplar paisajes, monumentos o culturas por ra‐

zones no relacionadas con el trabajo o los negocios? Los viajes eran difíciles, largos y peligrosos; a menudo la única forma de desplazarse era viajar con un ejército, no sólo por la protección sino porque los soldados construían caminos. ¿Era entonces una cuestión de osa‐

día, propia de una estirpe social? Más bien no, se trata‐

ba de ociosidad, porque de hecho no sólo viajaban los poderosos. “En los comienzos se viajaba por necesi‐

dad, no por placer. Se viajaba para conquistar, obtener beneficios o salvar la vida cuando la gente se veía ame‐

nazada. Los viajeros por definición eran soldados, co‐

merciantes, mercaderes, diplomáticos, espías o bandi‐

dos.” (Goldstone, 2003: 18). Los aventureros se acerca‐

ron mucho a la idea del viaje por el viaje en sí mismo, pero fueran hombres o mujeres, ricos o pobres, solda‐

dos o marineros, casi todos eran ajenos a la idea de con‐

sumir experiencias sin un enfoque productivo hasta que los avances de la Revolución Industrial comenza‐

ron a crear el caldo de cultivo propicio para ese fenó‐

meno moderno llamado “tiempo de ocio”. No es nin‐

guna coincidencia que hasta mediados del siglo XVIII, cuando comenzó a desarrollarse el concepto de turis‐

mo que hoy conocemos, la edad de los descubrimien‐

tos estuviera casi agotada. Más que para conquistar, el resto de la gente comenzó a viajar para ver cosas.

Esa ampliación clasista del viaje supone el paso de la idea de desplazamiento y del romanticismo del via‐

jero a una concepción comercial y mercantil de los mismos, creando empresas cuyo fin ya no radica ex‐

clusivamente en el transporte sino también en la ocu‐

pación publicitada del tiempo de ocio. Sólo así se en‐

tiende que el desarrollo acelerado del turismo comen‐

zara a partir de la segunda mitad del siglo XIX, y para ello fue necesario que se constituyera una clientela al‐

go más extensa, capaz de disponer de ahorros y exce‐

dentes para dedicarse al ocio: la burguesía occidental. Por su parte, si en su tiempo libre el campesino había tenido tradicionalmente en la romería la única posibi‐

lidad de viaje, a fines del siglo XIX las alternativas de ocio de la clase trabajadora sólo existían los domingos y festivos bajo la forma de excursión. Situación que no cambiará hasta la década de 1930 en que la clase obre‐

ra occidental conquiste las vacaciones pagadas y, con ello, el tiempo ocioso. Mientras tanto la realización práctica de los viajes se verá potenciada por el desarro‐

llo del automóvil, aspecto que se añade a la interven‐

ción publicitario‐propagandística de una prensa selec‐

ta y especializada. Se comienzan a crear así las organi‐

zaciones de grupos de posibles clientes y trabajadores para facilitar los viajes de los socios enmarcados en la dinámica de la “conquista del ocio”, entendido este úl‐

timo como un elemento para restituir la personalidad (en el sentido que supone la recuperación física, men‐

tal o cultural) procurando un carácter político e ideo‐

lógico a esta fase de la historia del turismo. Por último, cabe recordar que el paso hacia el turismo de masas es algo más que el simple incremento de visitantes y sig‐

nifica el aumento espectacular del volumen de servi‐

cios y negocios de un mercado altamente capitalizado y un compromiso administrativo de gran alcance.

En la actualidad, los viajeros van protegidos por un entorno tan seguro y programado que a menudo los aísla de aquello que desean encontrar. Y no obstante

también constituyen un ejército, aunque de tipo distin‐ ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 23

ECOLOGISMO CAPITALISTA

EL VIAJE PRODUCTIVO:

LA PRÁCTICA SOCIAL DEL TURISMO

por Mario Domínguez Sánchez

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to. “Desde mediados del siglo XX los turistas reciben alabanzas por ser la infantería de la democracia, sólo porque pasan sus vacaciones en países que necesitan divisas fuertes” (íbid.: 19). Esto supone quizá la carac‐

terística central del turismo de masas en las socieda‐

des modernas, a saber, que gran parte de la población a lo largo de todo el año viajará a otro lugar para con‐

templarlo y permanecer allí por razones ajenas al tra‐

bajo o a enfoque productivo alguno. Ello indica que ahora el acto de viajar ocupa hasta el cuarenta por ciento del “tiempo libre” del que se dispone (Williams y Shaw, 1988). Además, si la gente no viaja pierde su estatus social: el viaje se convierte en el marcador, en‐

tre otros, de dicho estatus. Es pues un elemento crucial de la vida moderna sentir que los viajes y las vacacio‐

nes son actividades del todo necesarias. “Necesito unas vacaciones” supone el mejor reflejo de un discur‐

so muy actual basado en la idea de que la salud física y mental se restaurará por sí misma si quien la emite puede acceder a “salir” de vez en cuando.

Los turistas serían apenas viajantes si no existiera el conjunto de equipamientos y servicios turísticos. El turismo presupone la existencia de infraestructura tu‐

rística (hoteles, restaurantes, carreteras, aeropuertos) y de atractivos, que sin la intervención de los planifica‐

dores turísticos serían apenas recursos brutos. A su vez, los servicios turísticos no tienen mucha razón de ser sin un recurso apto para ser transformado en lo que técnicamente se llama “atracción turística” y sin turistas que lo visiten. Turistas, atracciones, recursos, servicios son interdependientes pero autónomos.

Los viajes se han convertido, pues, en un elemento de la vida social, económica o psicológica de la socie‐

dad generadora en que se inscriben, pero entran en juego nuevos elementos artificiales que convierten al turismo producto de ese acto de viajar en un objetivo en sí mismo, en un negocio englobado en una historia general del desarrollo económico occidental en la cual el ocio revierte en explotación industrial y adquiere una importancia económica y sociocultural considera‐

ble para la economía de los países tanto emisores co‐

mo receptores.

“Grupos enormes de gentes de todo tipo se despla‐

zan, convenientemente motivados y con una carga de expectativas más o menos homogénea, llegando a lugares donde hasta hace poco era insólito encon‐

trar a un extranjero, a un individuo sin vinculación alguna con los moradores habituales del área. No son violentos ni indisciplinados, pero conquistan con el poder de su moneda y son esperados con an‐

sia por gobiernos y administraciones sedientas de sanear sus economías” (Santana, 1997: 9‐10).

El turismo, más que el mero desplazamiento ocioso de un componente importante de la población trasciende las naciones que lo originan, a las que lo reciben y a su

propio proceso de desarrollo, implicando territorios, economías, identidades y culturas, afectando a proce‐

sos de sostenibilidad, conservación y generación del patrimonio y transformación de la totalidad del espa‐

cio geográfico, humano y de la totalidad de ecosiste‐

mas. Por todo ello constituye un magnífico ejemplo de las transformaciones que el capitalismo ha realizado en los últimos doscientos años, incluidas las me‐

dioambientales.

2. El turismo como actividad social y económica

El turismo, la gestión vacacional y los viajes constitu‐

yen un fenómeno social importante que no todos los analistas han considerado con detenimiento. La con‐

junción de tales vectores presupone un sistema de ac‐

tividades sociales y signos que obliga a localizar las prácticas turísticas no tanto en términos de ciertas ca‐

racterísticas intrínsecas, sino a través de los contrastes implícitos con las prácticas sociales no turísticas, espe‐

cialmente aquellas basadas en el hogar y el trabajo re‐

munerado. Aunque siempre es preciso insistir en las variaciones históricas y sociológicas, hay que subrayar una serie de características que configuran el mínimo común de las prácticas sociales que entendemos como turismo (Urry, 1990: 2 y ss.; Culler, 1981: 127 y ss.; Campbell, 1987).

1. El turismo es una actividad de ocio que presupone su opuesto, es decir, el carácter regulado y organi‐

zado del trabajo. Es una manifestación de cómo el trabajo y el ocio están organizados y regulados co‐

mo esferas separadas de la práctica social en las so‐

ciedades modernas. De hecho actuar en calidad de turista es una de las características que definen al sujeto “moderno” y además está ligado a grandes transformaciones en el trabajo remunerado, a su organización en lugares específicos y durante perí‐

odos de tiempo regularizado.

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2. Las interacciones turísticas surgen de un movimien‐

to de personas hacia, y en relación a, su estancia en diferentes destinos. Esto implica necesariamente un cierto movimiento a través del espacio, que es el viaje, y un período de estancia en un nuevo lugar o lugares.

3. El viaje y la estancia suponen sitios que están fuera de los lugares habituales de residencia y trabajo. Los períodos de residencia en otros lugares son de una naturaleza de corto plazo y temporales. Hay una clara intención de vuelta a “casa” en un plazo relativamente corto de tiempo.

4. En el caso de los turistas, los lugares turísticos son para fines que no están directamente relacionados con el trabajo remunerado y por lo común ofrecen variados contrastes con los lugares de trabajo. 5. Una parte importante de la población de las socieda‐

des modernas se dedica a las prácticas turísticas; se desarrollan nuevas formas de socialización de la oferta con el fin de hacer frente al carácter masivo de la presencia de turistas (en comparación con el carácter individual del “viaje”).

6. Que haya lugares elegidos para ser visitados supo‐

ne que existe una anticipación, especialmente a tra‐

vés del ensueño y la fantasía, de placeres intensos, ya sea en una escala diferente o que involucre sen‐

tidos diferentes de los habitualmente utilizados. Tal anticipación se ve construida y sostenida a tra‐

vés de una variedad de prácticas no turísticas, co‐

mo cine, televisión, literatura, revistas, videojue‐

gos, discos, y vídeos, que construyen y refuerzan esa comprensión.

7. La actividad del turista se dirige a las características del paisaje natural, rural y urbano que le separan de la experiencia cotidiana. Estos aspectos del pai‐

saje se perciben porque en cierto sentido se ven desplazadas a un territorio fuera de lo común. La percepción de lugares de interés turístico a menu‐

do implica establecer diferentes formas de los pa‐

trones sociales que se encuentran en la vida coti‐

diana, con una sensibilidad mucho mayor a los ele‐

mentos visuales del paisaje o del paisaje urbano. Las personas permanecen en esa actitud que luego se objetiva o captura a través de fotografías, posta‐

les, películas, objetos, etc., los cuales permiten evo‐

car la práctica y reproducir sin cesar esa percep‐

ción.

8. La percepción se construye a través de signos y el tu‐

rismo implica la recogida de los signos. Como Culler (1981) afirma, el turista se interesa por todo como un signo de sí mismo conformando un ejér‐

cito anónimo de semiólogos desplegado por todo el mundo.

9. Una serie de profesionales del desarrollo del turis‐

mo tratan de reproducir objetos siempre renova‐

dos a la actividad turística, objetos que se estructu‐

ran en una jerarquía compleja y cambiante. Esto de‐

pende de la interacción entre, por un lado, la com‐

petencia entre los intereses involucrados en la pres‐

tación de tales objetos y, por otro lado, el cambio de clase, género, diferencias generacionales, y del gus‐

to de la población potencial de los visitantes. 10. La internacionalización del turismo significa que no

se pueden explicar los patrones turísticos de cual‐

quier sociedad particular sin analizar los aconteci‐

mientos que tenían lugar en otros países. La inter‐

nacionalización del turismo, especialmente en Europa, significa que todos los sitios turísticos se pueden comparar con otros equivalentes situados en el extranjero; así que cuando la gente visita algún lugar de su propio país está implicando en efecto la elección de no visitar un sitio en el extranjero (Urry, 1990). O dicho de otra forma, la internacionaliza‐

ción del turismo significa que todos los objetos po‐

sibles que puede abarcar la actividad turística se pueden encontrar ordenados en una escala, y por tanto pueden ser comparados con los demás.

La relevancia de esto puede verse en la importancia económica del turismo entendido como industria del ocio. En la actualidad el turismo es el mayor negocio que existe. Algunas cifras indican que desde 1945 los gastos en viajes han aumentado a un ritmo el doble de rápido que el del PIB en los países ricos. Estos países con menos del 25% de la población mundial propor‐

cionan casi el 85% de los turistas que crecieron de 69 millones en 1960 a 537’4 en 1994, cifra que se duplica en la primera década del siglo XXI.

También cabe mencionar su componente geopolí‐

tico. En las campañas publicitarias que reemplazaron a las campañas militares tras el fin de la Guerra Fría, muchos de los grandes problemas que padecían los países en desarrollo fueron ingeniosamente reelabora‐

dos para vender productos como los “viajes de aven‐

tura” o el “turismo cultural” en una oferta dirigida al mercado emergente de la generación de 1950 y 1960.

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Teniendo en cuenta que muchos países adoptaban medidas proteccionistas ante las importaciones bara‐

tas procedentes de los países en desarrollo, y que el tu‐

rismo generaba divisas que a su vez podían utilizarse para pagar la deuda externa, el Banco Mundial se pro‐

puso fomentar su expansión entre otras cosas como medio para mejorar los desequilibrios de empleo e in‐

gresos entre las áreas rurales y las urbanas. A finales de la década de 1960 se forma un departamento del Banco Mundial especializado en préstamos para pro‐

yectos turísticos y preservación de monumentos, que comenzó a financiar determinadas áreas que luego se han convertido en enclaves fundamentales del turis‐

mo actual como Bali u otros lugares de Turquía y Amé rica Latina.

El núcleo del sistema turístico mundial se encuen‐

tra en los grandes países emisores de turistas. Su im‐

pacto es de lejos el área temática más intensamente in‐

vestigado dentro de la sociología del turismo. En efec‐

to, la mayor parte de los estudios tratan el impacto en la comunidad o la sociedad de acogida, pero el efecto sobre el país de origen de los turistas se descuida. Además el turismo a menudo se convierte en una fuente importante de ingresos gubernamentales, por lo que muchos gobiernos y administraciones locales están dispuestos a alentar a su rápido desarrollo. Sin embargo, los efectos económicos positivos del turismo con frecuencia caen significativamente por debajo de las expectativas o predicciones.

Además, el turismo genera o refuerza las tenden‐

cias inflacionistas y supone una presión sobre recursos cuya oferta es inelástica, especialmente algunos tipos de alimentos y del territorio sobre el que dicha indus‐

tria se asienta. Así, mientras que el turismo beneficia con frecuencia a las minorías locales que participan di‐

rectamente de dicha industria, puede causar dificulta‐

des para el resto de la población. Por otra parte, el des‐

arrollo de una industria turística a menudo implica la penetración de intereses financieros procedentes del exterior de la comunidad en que se asientan, ya sean

extranjeros o nacionales. Este proceso a menudo con‐

duce a una pérdida de control local sobre la propia in‐

dustria turística.

Más allá de estos puntos de acuerdo general, los re‐

sultados varían mucho. El turismo genera los efectos más graves de dislocación a cambio de la obtención de unos beneficios relativamente pequeños destinados a una minoría local, mientras que los beneficios son mu‐

cho mayores para los grandes inversores gracias a las economías de escala, la rápida introducción de insta‐

laciones de alto nivel. El resultado es entonces la de‐

pendencia en lugar del desarrollo. En tales condicio‐

nes, el crecimiento desproporcionado del sector turís‐

tico no genera vínculos con otros sectores locales des‐

plegados por el territorio, en particular con la agricul‐

tura, sino que provoca trastornos, institucionalizándo‐

se así un subdesarrollo estructural.

Sin dejar de considerarlo dentro del circuito pro‐

ductivo, Campbell (1987) plantea una perspicaz refle‐

xión relacionada con el carácter del consumo como tal. Afirma que ciertas actividades propias del turismo, como el “soñar despierto” y la anticipación, constitu‐

yen los procesos fundamentales para el consumismo moderno. Los individuos no buscan la satisfacción de los productos, de su selección en sí, de su compra y uso. La satisfacción se deriva más bien de la anticipa‐

ción, de la búsqueda imaginaria del placer. La motiva‐

ción básica para el consumo no es por tanto simple‐

mente materialista; estriba en tratar de experimentar “en realidad” los dramas placenteros que ya han expe‐

rimentado en su imaginación. Sin embargo la “reali‐

dad” no puede proporcionar los perfectos placeres en‐

contrados en los sueños o en la imaginación, de modo que cada compra lleva aparejada la desilusión y la nostalgia de los productos siempre nuevos: existe un componente dialéctico entre la novedad y la insaciabi‐

lidad en el corazón del consumismo contemporáneo. Campbell considera el “hedonismo imaginativo” co‐

mo una característica relativamente autónoma de las sociedades modernas, separada de la planificación institucional como la publicidad o de determinados modos de distinción social. No obstante, es difícil ima‐

ginar la naturaleza del turismo contemporáneo sin ver cómo esta actividad se construye en nuestra imagina‐

ción a través de la publicidad y los medios de comu‐

nicación, o a través de la competencia consciente entre los diferentes grupos sociales. Si Campbell tiene razón al argumentar que el consumismo contemporáneo implica imaginar la búsqueda del placer, el turismo se‐

ría sin duda el caso paradigmático. Pero aunque en cierta medida el turismo necesariamente implica so‐

ñar despierto y anticipar nuevas experiencias ‐o al me‐

nos que sean diferentes de las que se encuentran en la vida cotidiana‐ cabe certificar que tales sueños no son autónomos, sino que están influidos por la publicidad y otros conjuntos de signos generados por los media,

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muchos de los cuales se refieren a complejos procesos de distinción social.

3. El análisis del fenómeno según las ciencias sociales

Tras la Segunda Guerra Mundial y en el marco del desarrollismo capitalista los estudios se orientaban a la defensa del turismo como un ejemplar polo de des‐

arrollo estructural. Se sucedieron múltiples investiga‐

ciones que demostraban ante todo los efectos benefi‐

ciosos del turismo en la sociedad, en especial los rela‐

cionados con el turismo de masas. Durante el auge de esta modalidad y debido a la generalización de la cre‐

encia de que el turismo podía transformar drástica‐

mente el escenario económico en los países más desfa‐

vorecidos, la tendencia fue la de explotar todos los re‐

cursos, sean naturales, culturales o históricos de la for‐

ma más lucrativa posible: suponen la denominada “plataforma de defensa”. Poco después se asiste a una nueva orientación, ya que los estudios sociológicos y antropológicos realizados alrededor de 1960 versaron en su mayoría sobre los efectos negativos del turismo. Constituyen la llamada “plataforma de advertencia” en la cual también se encuentran geógrafos y biólogos. En 1979 el sociólogo holandés Emanuel de Kadt inau‐

guró en tal sentido una polémica que sacudiría los ci‐

mientos de las convicciones del crecimiento económi‐

co a través del turismo, apuntando los problemas oca‐

sionados en las culturas receptoras.

Steil (2002: 69) advierte la diferencia entre los estu‐

dios sociológicos y los antropológicos, mostrando que los primeros se orientaban en su origen a definir las motivaciones de carácter funcional y estructural que dieron lugar a la actividad turística, mientras que los estudios antropológicos tienen como marca distintiva la preocupación de estudiar de qué modo las poblacio‐

nes locales se van a integrar con esta actividad. Para es‐

te autor, van a ser los estudios antropológicos los que van a llenar el vacío entre las plataformas de defensa y advertencia. Un autor como Picornell (1993) resume el estado de la cuestión de los estudios de los impactos de turismo en la década de 1980, mencionando, ade‐

más de sus investigaciones, las de Mathieson y Wall, McIntosh y Goeldner, Turner y Ash. Mathieson y Wall (1988) identifican impactos económicos, sociales y am‐

bientales, dejando claro que el nivel de estos impactos va a depender de varios factores, entre ellos el nivel de desarrollo del área de destino. Picornell afirma que el turismo afecta la forma de vida, los sistemas de valo‐

res, el comportamiento individual, las relaciones fami‐

liares, los estilos de vida colectivos, los niveles de segu‐

ridad, la conducta moral y política, las expresiones cre‐

ativas y la cultura tradicional, entre otras cosas y agre‐

ga que la mayoría de los estudios que analizan el im‐

pacto socio‐cultural lo hacen desde una óptica negati‐

va. McIntosh y Goeldner (1986, apud Picornell) por su parte atribuyen los siguientes efectos negativos al tu‐

rismo: efecto demostración, introducción de prostitu‐

ción, drogas, juego, inseguridad, xenofobia, racismo, desarrollo de actitudes serviles, trivialización de pro‐

ductos artesanales, transformación de la cultura local en entretenimiento para los turistas, marginación de la población autóctona. También lo que ha sido observa‐

do por los investigadores es que el turismo reduce las poblaciones y su cultura a objetos de consumo, lo que ocasiona desajustes en la sociedad receptora. Hay li‐

bros que pueden ser considerados clásicos del tema, como La Horda Dorada, de Turner y Ash (1991), donde los turistas son comparados con las hordas invasoras de antaño, que van destruyéndolo todo. Del lado de los beneficios, ventajas sólo para el turista.

En esta tónica, Erisman (1983) verifica que la de‐

pendencia económica del turismo reprodujo las rela‐

ciones existentes durante la época colonial, llevando a una dependencia política y cultural. Los habitantes lo‐

cales pasaron a hacer todo lo que se esperaba de ellos para que agradasen al tipo de turistas que querían ver reproducida la supuesta sociedad local cuando esta‐

ban de vacaciones. Crick (1992) a su vez, estudiando los efectos del turismo en varios países del Sur global verifica, entre otras cosas, que el turismo introduce la cultura del desperdicio en sociedades de escasez. De Vries (1992) comprueba en las Antillas los problemas derivados de la venta de tierras destinadas a plantar alimentos desencadenando una cultura migratoria en‐

tre los jóvenes del campo. La sensación general en to‐

dos estos estudios es la de una acusación: la industria del turismo sería una actividad de fuerte depredación territorial que además desarticula la estructura social, territorial y administrativa. Las formas tradicionales de producción, la pesca, la agricultura y la producción cultural artesanal relacionadas con ellas desaparecie‐

ron cuando el turismo pasó a considerarse un factor de progreso por la sociedad local y la tierra cambió de significado para ocupar el lugar del capital dentro de los factores de producción.

Algunos modelos de análisis

Aunque el enfoque de las investigaciones siga estando en la diversidad y la diferencia cultural, no basta con explicar el funcionamiento y la estructura; hace falta establecer modelos (Santana, 1997: 149 y ss.). El turis‐

mo es un fenómeno social que actualmente abarca el mundo entero desde el punto de vista geográfico y to‐

dos los estratos y grupos sociales. Abarca el mundo entero porque, a raíz del proceso de internacionaliza‐

ción de las economías y de la cultura, así como de la mejoría de los medios de comunicación y transporte, y del carácter expansivo de esta peculiar industria capi‐

talista, son muy pocos los lugares que no reciben turis‐ ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 27

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tas. Abarca todos los estratos y grupos sociales no por‐

que todos puedan ser algún día turistas, como dan a entender muchas publicaciones, sino porque el fenó‐

meno turístico alcanza, de alguna manera, también a los que no lo practican. Aquello que en economía se llama “efecto multiplicador del turismo”, que consiste en un modelo teórico de distribución de la renta turís‐

tica de un país entre los diferentes sectores de su eco‐

nomía (Barretto, 2007), tiene su equivalente en la socie‐

dad a modo de un “efecto cascada”, figura que reme‐

mora la imagen de cambio de niveles y de dispersión. Pero, a pesar de que algunos de los aspectos de la planificación turística pueden teorizarse con el mode‐

lo sistémico (input‐proceso‐output‐retroalimentación) el turismo como un todo puede ser mejor entendido si se lo piensa como una estructura rizomática, aplican‐

do la propuesta de Deleuze y Guattari (1972) quienes aplican a las ciencias sociales algunos principios del ri‐

zoma: conexión, heterogeneidad, multiplicidad y rup‐

tura no significativa. El rizoma está interconectado, pero no de forma homogénea siguiendo un modelo; las conexiones son múltiples e imprevisibles y cual‐

quier parte puede ser cortada sin que afecte al todo, y al mismo tiempo sin que esta conexión sea afectada significativamente, una vez que puede generar su pro‐

pia red. El rizoma no puede ser explicado a través de modelos preestablecidos, porque nunca se sabe cómo va a evolucionar, cómo se va a extender y reproducir. Por otra parte, no se reproduce como una copia fiel; nunca una parte generada a partir de una raíz será igual a la otra. Estas características y propiedades del rizoma parecerían ajustarse más al fenómeno turístico que los modelos estructurales, puesto que el turismo es un fenómeno que crece y se expande de forma bas‐

tante incontrolable e imprevisible a través del tiempo y del espacio. En cada momento y lugar en que se pro‐

duce dicho fenómeno se generan una serie de relacio‐

nes que siempre son de algún modo diferentes y nun‐

ca del todo previsibles: las situaciones no se reprodu‐

cen, ni siquiera en el turismo “de masa” caracterizado por su fidelidad a ciertos modelos estandarizados de comportamiento.

Los esfuerzos de los investigadores sociales sobre este fenómeno pueden sintetizarse en dos líneas que comportan por un lado el esfuerzo de esbozar las di‐

mensiones económicas, sociales y culturales de la so‐

ciedad en estudio, dibujando una imagen holística de dicha sociedad antes de la transición; y por otro lado, la necesidad de relacionar la dinámica de la sociedad anfitriona con una tipología concreta del turismo que se desarrolla en ese contexto. Son este tipo de trabajos los que más analizan los tipos específicos de impacto a diferencia de otros, partiendo de que el turismo pue‐

de desarrollarse de muy diversas maneras y que pro‐

cesos parecidos pueden dar lugar a muy diferentes impactos cuando los contextos son diferentes. Así, a

diferencia del estudio de sectores como la agricultura o la industria donde se busca el establecimiento de modelos generales de desarrollo, para el turismo no se puede establecer un sólo tipo de modelo. Estas carac‐

terísticas evasivas y que no obstante lo identifican y ca‐

racterizan serían las siguientes (Pearce, 1986):

a) El turismo es una industria invisible de exportación altamente inestable, estacional y, como producto, no almacenable.

b) Es un producto fragmentado, integrado con y direc‐

tamente afectado por otros sectores de la econo‐

mía.

c) Implica directamente tiempo de ocio, hecho que crea grandes diferencias entre el sujeto de la activi‐

dad y el “anfitrión”, estando además marcadas sus relaciones por su carácter transitorio y desigual. d) La naturaleza estacional del turismo tiende a ser

más desorganizadora que la mayoría de las activi‐

dades constantes, creando fluctuaciones en el em‐

pleo y exacerbando la tensión que existe entre los grupos anfitrión‐anfitrión y anfitrión‐huésped. e) El turismo tiene unos beneficios y unos costos elás‐

ticos, pero siempre las señales externas de su des‐

arrollo serán más manifiestas que los debidos a otras fuentes de ingresos y gastos.

Las aproximaciones pesimistas al turismo parten de la premisa de que lleva aparejado un modelo cerra‐

do que lo equipara a las formas históricas del colonia‐

lismo y la dependencia económica, perpetuando las desigualdades existentes. El turismo de este modo pa‐

rece exacerbar la división existente en las comunida‐

des puesto que a tales diferencias se suman las produ‐

cidas por las estrategias de desarrollo de las diversas unidades productivas propias del lugar escogido co‐

mo destino turístico. Hay pues una gran variedad de costes físicos y sociales no cuantificados que pueden ser de suficiente magnitud para aportar argumentos en contra de esa expansión.

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4. Motivaciones, interacciones e impactos

El turismo internacional se convirtió en un importan‐

te fenómeno moderno de masas después de la Segunda Guerra Mundial una vez que abarca prácti‐

camente a todas las clases sociales en los países indus‐

trializados occidentales. Esta expansión fue posible gracias al aumento del nivel de vida y el acortamiento de los años de trabajo, que se vieron acompañados por las vacaciones pagadas de todos los asalariados y una rápida mejora en los medios de transporte. A estos fac‐

tores mayores hay que añadir la motivación para via‐

jar. MacCannell (1999) concibe el turismo como el equivalente moderno de la peregrinación religiosa: los dos son homólogos en que ambos suponen la búsque‐

da de experiencias auténticas. Así, la búsqueda mo‐

derna de autenticidad sería similar a la preocupación por lo sagrado en las sociedades primitivas, por cuan‐

to ambas tienen de búsqueda religiosa de la realidad última. Sin embargo, debido a la superficialidad y fal‐

ta de autenticidad de la vida actual y la alienación del ser humano, se tiende a creer que la realidad y la au‐

tenticidad tienen que estar en otra parte: en otras épo‐

cas y otras culturas, en el más puro y más simple esti‐

lo de vida. La búsqueda de la autenticidad, concluye MacCannell, es lo que induce a masas enteras de occi‐

dentales a convertirse en turistas modernos.

Esta idea seminal se combina con otra: hacer turis‐

mo sería un ritual destinado a establecer criterios de diferenciación dentro de la sociedad emisora. Dicha diferenciación se simboliza en la variedad de atraccio‐

nes que conforman el equivalente moderno de los sím‐

bolos totémicos indiferenciados de las sociedades más sencillas. A pesar de que las atracciones son expresio‐

nes posibles de autenticidad, no todas ellas son igual‐

mente auténticas. De hecho se requiere un esfuerzo suplementario para establecer su autenticidad con lo que se logra subvertir, de modo subrepticio a la vez que paradójico, el esfuerzo de los turistas: buscar lo auténtico se convierte en buscar lo autentificado.

Siguiendo esta línea, Sutton (1967) inició el análisis del carácter distintivo de la interacción turista‐anfitrión, caracterizándolo como una serie de encuentros entre los visitantes que se desplazan para disfrutar y los re‐

sidentes que son relativamente fijos y cuya función es atender a las necesidades y deseos de tales visitantes. Estos encuentros son en lo esencial transitorios, no re‐

petitivos y asimétricos; en ellos los participantes se orientan hacia el logro de la satisfacción inmediata en lugar de mantener una relación continua. Estos rasgos básicos del “encuentro” se han ampliado aún más en la investigación posterior (véase por ejemplo van den Berghe, 1980). Debido a la naturaleza transitoria y no repetitiva de la relación, los participantes no han de te‐

ner en cuenta los efectos que sus acciones presentes tendrán en la relación futura, por lo que no hay ni una necesidad sentida ni una oportunidad para crear con‐

fianza mutua. En consecuencia, como las relaciones es‐

tán especialmente abiertas al engaño, la explotación, la desconfianza y la asimetría de la relación así como la búsqueda de gratificación inmediata componen estas posibilidades. De este modo, turistas y anfitriones pueden escapar a las consecuencias de la hostilidad y la deshonestidad, por más paradójico que pueda pare‐

cer: sin confianza y en una manifiesta relación asimé‐

trica, el “contrato” de interacción queda claro para am‐

bas partes.

Los impactos socioculturales del turismo son nu‐

merosos y variados. La mayoría de ellos puede clasifi‐

carse en uno de los siguientes aspectos: la participa‐

ción comunitaria en marcos más amplios, la naturale‐

za de las relaciones interpersonales, las bases de la or‐

ganización social, el ritmo de la vida social, la migra‐

ción, la división del trabajo, la estratificación, la distri‐

bución del poder, la desviación, las costumbres y las artes. No podemos dar cuenta en un artículo de todos y cada uno de ellos. Baste saber que el impacto del tu‐

rismo sobre la base de la organización social, particu‐

larmente en las sociedades “simples” y “tradiciona‐

les”, consiste en una ampliación del ámbito de la eco‐

nomía: algunos aspectos de la vida que no se regían principalmente por criterios económicos se comercia‐

lizan o se mercantilizan. Por otra parte, las considera‐

ciones sociales en torno al beneficio económico alcan‐

zan un lugar más destacado en las actitudes locales y en las relaciones, no sólo en su trato con los turistas, si‐

no también entre la población local.

Muchos investigadores han observado el impacto que el turismo tiene en el ritmo de la vida social. El tu‐

rismo es una actividad altamente estacional que afec‐

ta drásticamente la forma tradicional de vida en las co‐

munidades agrícolas. También cambia el reparto dia‐

rio de tiempo entre el trabajo y el ocio para los emple‐

ados en la industria turística, lo que puede, a su vez, afectar la vida familiar. Uno de sus efectos más ubi‐

cuos es su impacto sobre la división del trabajo, en ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 29

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particular entre los géneros. Mediante la creación de nuevos tipos de empleo, el turismo se apoya de forma diferencial en ciertos segmentos de la fuerza laboral de la población tanto local como general, específicamen‐

te en las mujeres jóvenes que encuentran un tipo de empleo asalariado, ya sea en servicios turísticos direc‐

tos (como hoteles), en la producción de artesanías y otras mercancías; o de forma violentada en la prostitu‐

ción a través del prolífico turismo sexual. Este cambio, a su vez, no sólo afecta a la división del trabajo dentro del hogar, sino también a la situación de las mujeres respecto a sus familias y maridos, y al control de los padres sobre las hijas. En ocasiones da lugar a un au‐

mento del conflicto dentro de la familia y la comuni‐

dad.

El impacto del turismo sobre la estratificación ha sido señalado también por varios investigadores, pero las cuestiones en juego no siempre se han distinguido analíticamente. El turismo promueve un cierto cambio en los criterios de estratificación: al poner mayor énfa‐

sis en el ámbito económico, aumenta el valor del dine‐

ro como criterio de estratificación frente a los criterios tradicionales tales como el origen de una persona o el estatus heredado, y por ello lleva a cabo una transfor‐

mación del sistema estratificacional existente. No obs‐

tante, el impacto más general que tiene en la estratifi‐

cación estriba en que aumenta las desigualdades so‐

ciales y por tanto amplía la duración del sistema local de clases. Este cambio refleja tanto la mayor división del trabajo generado por el turismo así como la distri‐

bución desigual de los beneficios que generalmente lo acompañan. Por otra parte, aun cuando sus conse‐

cuencias son menos profundas, crea nuevos estratos sociales, en particular las eufemísticamente denomi‐

nadas clases medias, producto de la salarización y del contacto con divisas fuertes.

El turismo no es un mecanismo particularmente eficaz de la movilidad social: mientras que algunos in‐

dividuos se pueden beneficiar en gran medida de él, existen pocas posibilidades de ascenso debido a la pe‐

culiar estructura del empleo, el rango y cualificación de los y las empleados/as en dicha industria con una amplia base de trabajadores/as no calificados y semi‐

cualificados y niveles superiores exiguos. Por otra par‐

te, en las zonas poco desarrolladas estos niveles tien‐

den a ser ocupados por extranjeros, en detrimento de los empleados locales. Cabe sin embargo reconocer que el turismo puede fomentar nuevas actividades económicas en los servicios auxiliares y complementa‐

rios y por lo tanto de crear indirectamente nuevas oportunidades de movilidad económica entre los resi‐

dentes.

Hay pues complejas relaciones entre los turistas y las poblaciones locales de los lugares en que aquellos recalan. A fin de cuentas, la artificialidad que resulta de muchas atracciones turísticas es producto de las ca‐

racterísticas particulares de las relaciones sociales que vienen a establecerse entre “anfitriones” y “clientes” de tales lugares y que según Smith (1978) vendrían de‐

terminadas por los siguientes factores:

1. El número de turistas que visitan un lugar en rela‐

ción con el tamaño de la población de acogida y la escala de los objetos que se contemplan. Basta con comparar en este sentido el efecto sobre lugares restringidos y no obstante masificados (una ciudad como Venecia).

2. El objetivo predominante de la actividad turística, ya se trate de un paisaje, un paisaje urbano, un gru‐

po étnico, un estilo de vida, monumentos históri‐

cos, lugares de recreo, o el típico paquete “playa, sol y mar”. Las actividades turísticas que implican la interacción con objetos físicos o paisajes son cla‐

ramente menos intrusivas que las que implican la interacción con individuos y grupos. En este últi‐

mo caso, se puede producir incluso cierta tensión social, a no ser que ciertos aspectos de la práctica ya estén asumidos por ambas partes.

3. El carácter de la actividad de los participantes y el resultado espacial y temporal del “paquete” de vi‐

sitantes. Desde lo instantáneo de una visita para fo‐

tografiar algo, a la búsqueda de una experiencia que requiere una inmersión más larga y más “pro‐

funda”, y por ello mismo mucho más intrusiva. 4. La organización de la industria que se desarrolla al

servicio de la masa turística: si es privada o públi‐

ca y el modo como ha sido financiada; si es de pro‐

piedad local o implica importantes intereses en el extranjero, si el capital en cuestión es pequeño o a gran escala, y si hay conflictos entre la población local y la industria turística emergente. Estos con‐

flictos pueden ocurrir alrededor de muchos temas: la conservación frente al desarrollo comercial, los salarios que se pagan a los empleados locales, los efectos del desarrollo sobre las costumbres y la vi‐

da familiar, la homogeneización de los productos de la artesanía local, y la forma de compensar la es‐

tacionalidad del trabajo turístico.

5. Los efectos del turismo sobre las actividades pree‐

xistentes, agrícolas e industriales. Estos pueden ir desde la destrucción de esas actividades, su gra‐

dual erosión en tanto que desviación de la mano de obra y capital (algo habitual en el caso del Estado español), o incluso la preservación y resca‐

te de actividades preexistentes como objetos a ven‐

der en el recorrido turístico (propio no sólo del tu‐

rismo rural).

6. Las diferencias económicas y sociales entre los visi‐

tantes y la mayoría de los anfitriones. En los luga‐

res del Sur global nos encontraremos con enormes desigualdades entre los visitantes y la población indígena, la gran mayoría de la cual nunca podría

ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 30

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imaginar siquiera los ingresos o el tiempo libre del que disponen los propios turistas. Estas diferencias se ven reforzadas en muchos casos por la naturale‐

za del desarrollo turístico que parece ser excepcio‐

nalmente opulento y muy capitalizado.

7. El grado en que la masa de visitantes genera una de‐

manda especial sobre las normas de alojamiento y de servicio, buscando ser encerrada en una burbu‐

ja que le proporcione una protección respecto a muchas de las características de la sociedad de aco‐

gida, las cuales a su vez han generado esa activi‐

dad turística. Esta demanda se ve acentuada entre los visitantes de viajes organizados, los cuales no sólo esperan consumir según las normas occiden‐

tales de alojamiento y alimentación, sino que sean atendidos por personal bilingüe y bien entrenado. Esta demanda es menos pronunciada entre otras formas de turismo propias de “los viajeros‐explo‐

radores”, los turistas más pobres como los estu‐

diantes, y los visitantes en los que la improvisación es parte de lo que se espera una vez asumen el pa‐

pel de turistas.

8. El grado en que el Estado de un determinado país busca activamente promover el desarrollo turístico o los esfuerzos para prevenirlo1.

9. El grado en que los turistas pueden ser identificados y culpabilizados de la evolución económica y social supuestamente indeseables. Esto es más común cuando los visitantes son económica y/o cultural y/o étnicamente distintos de la población de acogi‐

da. También es más común cuando la población de acogida está experimentando rápidos cambios eco‐

nómicos y sociales, o cuando hay una clara super‐

población en la misma comunidad receptora.

La bibliografía producida hasta final del siglo XX sobre el tema “impactos” es prolífica en ejemplos de efectos negativos en el medio ambiente natural y en la cultura en lo que respecta a valores y costumbres, lo cual traería aparejada entre otras cuestiones el des‐

prestigio de actividades tradicionales (de pesca o agri‐

cultura, por ejemplo). Dogan (1989) realiza un extensi‐

vo estudio de las investigaciones sobre los efectos ne‐

gativos, encontrando que al turismo se le atribuye la pérdida de tradiciones, el incremento del materialis‐

mo, el aumento del índice de criminalidad y de los conflictos sociales, superpoblación, deterioro ambien‐

tal, dependencia de los países industrializados, pérdi‐

da de la identidad debido a que las poblaciones recep‐

toras creen que los turistas son portadores de una civi‐

lización superior, homogeneización de los alimentos, de las ceremonias, del folclore para atender los gustos de los turistas, así como el debilitamiento de los lazos cooperativos y solidarios tradicionales y su sustitución por relaciones comerciales. A ello se le unirían proble‐

mas de ruptura familiar y pérdida de valores cultura‐

les y sociales. La cultura de la solidaridad, del inter‐

cambio y de la hospitalidad dejó lugar a relaciones co‐

merciales, la religión dejó de tener tanta influencia so‐

bre el comportamiento de las mujeres, sobre todo en el vestido, y la alimentación se fue occidentalizando pau‐

latinamente. La diferencia con las investigaciones an‐

teriores es que los autores contemporáneos, al entre‐

vistar a la población local, encuentran que ésta ve los cambios como positivos y que el turismo es uno de en‐

tre varios agentes de influencia, junto con las migracio‐

nes, los medios de comunicación, los contactos comer‐

ciales, la urbanización, la industrialización y el propio sistema educativo. Los lugareños ven positivo el pro‐

ceso de autonomía creciente de las mujeres y en algu‐

nos casos afirman que el turismo ha impedido que los hijos se vayan a ciudades más grandes, por lo tanto, en lugar de ser un factor de ruptura lo ha sido de cohe‐

sión familiar.

De todos modos y siguiendo a Mathieson y Wall (1986) y Santana (1997), pocos estudios han sugerido las formas de valorar el impacto social del turismo. Una de las direcciones adoptadas por los teóricos ha sido insistir en los factores de presión que aquel ejerce para buscar el umbral entre aceptación y rechazo de la industria turística. Una aproximación que tiene mu‐

1 Buenos ejemplos de lo primero son el Estado español, Túnez y Hawai que desarrollan activamente una industria turística en toda regla y la presencia masiva de turistas se ha convertido en parte del “paisaje regional” (Smith, 1978: 12). En cambio muchos de los Estados petroleros por razones religiosas y morales han decidido restringir el turismo (Arabia Saudí), o en el caso de China duran‐ te la Revolución Cultural. En este último caso, cuando dicha política cambió, los visitantes occidentales eran tan inusuales que a

menudo se les aplaudía en público como si fueran personajes famosos. ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 31

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cho en común con la idea de capacidad de sustenta‐

ción tal y como se plantea en los estudios ecológicos, pero tiende a ser más abstracta en tanto que extrapola un concepto más o menos tangible de medidas bioló‐

gicas al campo de las presiones y actitudes humanas, de carácter no cuantificable. Dos son los sistemas que parecen ser capaces de valorar tales factores intangi‐

bles, aplicándolos a las investigaciones sobre el impac‐

to social del turismo, aún reconociendo que este cam‐

bia a través del tiempo en respuesta a las transforma‐

ciones estructurales de la industria y la intensidad de la relación turista/anfitrión: el modelo de Doxey y el de Butler.

Doxey (1975) propone un índice de irritación que se identifica con los efectos acumulativos del desarro‐

llo turístico sobre las interrelaciones sociales. La irrita‐

ción puede tener sus orígenes en el ascenso del núme‐

ro y/o frecuencia de turistas y la amenaza de que ellos actúen sobre la forma de vida local, pasando sucesiva‐

mente a través de estados de euforia, apatía, enojo y antagonismo; estado este último en el que, general‐

mente, la gente considera que ha perdido lo que apre‐

ciaban y el entorno está destruido.

Fase 1. Euforia: Fase inicial del desarrollo, visitantes e inversores son bienvenidos, hay pocos planes y abundan los mecanismos de control.

Fase 2. Apatía: Los visitantes se dan por sentado, los contactos entre residentes y visitantes adoptan una forma comercial, la planificación se dirige sobre to‐

do al marketing.

Fase 3. Enojo: El punto de saturación está próximo, los residentes recelan de la industria turística, la admi‐

nistración trata de solucionarlo creando infraes‐

tructuras más que limitando el crecimiento. Fase 4. Antagonismo: La irritación se expresa abierta‐

mente, se percibe a los visitantes como la causa de todos los problemas, la planificación trata de reme‐

diarlo pero la promoción decrece y se deteriora la reputación del destino.

Mientras que el modelo de Doxey sugiere una se‐

cuencia unidireccional donde las actitudes de los resi‐

dentes van cambiando en el tiempo en una secuencia predecible, el de Butler (1975) reconoce que las actitu‐

des emergentes en una comunidad dada ante el des‐

arrollo del turismo son comúnmente más complejas, al involucrar a los residentes, tanto individuos como grupos, en una industria creciente.

5. Los aspectos culturales del sistema turístico

Desde que Boorstin (1987) colocó al turismo dentro de las varias “pseudo imágenes” que se presentaban en la época para consumo del público estadounidense, se ha instalado una polémica que continúa hasta hoy, tanto dentro de la antropología como de la sociología, con resultados diversos en función del tipo de turistas observado. Boorstin sostenía que los turistas raramen‐

te querían un auténtico producto de la cultura visita‐

da, la cual, por otra parte les resultaba ininteligible; que se contentaban con los “pseudo‐ acontecimientos” preparados para ellos por los agentes turísticos. La ex‐

periencia turística del período de posguerra era homo‐

geneizada, artificial, sin riesgos. Esta afirmación se vio rebatida por MacCannell (1999) al sostener que ningu‐

na de sus investigaciones corroboran que los turistas quieren experiencias superficiales; al contrario, los tu‐

ristas demandan autenticidad. Así los turistas, si bien no todos, querían ver la vida “como era vivida” pero no conseguían hacerlo puesto que tan sólo accedían a la representación, o como mucho a la zona intermedia de la puesta en escena que no es sino una forma de re‐

presentación hiperreal2.El contacto con los aconteci‐

mientos reales, decía él, está reservado a una elite inte‐

lectual. Ambos estaban de acuerdo sobre lo que los tu‐

ristas masivos obtenían; solo discrepaban en lo que los turistas querían obtener.

Las discusiones sobre autenticidad llegaron al punto en que se veía necesario proponer una distin‐

ción entre autenticidad “fría y objetiva” y autenticidad subjetiva y existencial, siendo la primera una especie de autenticidad creada y la otra una autenticidad au‐

2 MacCannell (1999) utilizó los conceptos de la sociología dramatúrgica de Erving Goffman sobre la representación y sus áreas (más‐ cara, escenario, palco, bastidores...) para elaborar su teoría del escenario donde se procede a la puesta en escena de los hechos. Del mismo modo, en la actualidad se abren los ensayos de orquesta o las cocinas al público para generar ese efecto hiperreal.

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téntica. También fue propuesta una tipología de las re‐

alidades turísticas, en función de la mayor o menor au‐

tenticidad de la experiencia turística que comprende al verdadero turista, al turista de segundo orden, al turis‐

ta ansioso, al antropológico y al espiritual.

De acuerdo con la perspectiva posmoderna, la au‐

tenticidad no es un fenómeno sino una construcción social, sujeta a negociación que está contaminada con la cuestión de las identidades políticas y sociales. No hay como definir el punto de inflexión donde lo autén‐

tico se transforma en inauténtico, donde lo puro pasa a ser impuro por la contaminación con el otro y por in‐

tereses provenientes de las más diversas áreas del que‐

hacer humano. En el caso de los turistas, muchas veces lo auténtico es lo que los folletos turísticos les infor‐

man que es auténtico. Se han establecido algo así co‐

mo estándares de autenticidad que determinan qué es lo que debe ser considerado fiel a una supuesta reali‐

dad objetiva3.Si las identidades han sido forjadas con tradiciones inventadas y ficciones orientadoras sin res‐

paldo histórico y cultural, solo se puede tener como re‐

sultado propuestas desarticuladas con los supuestos portadores de una determinada identidad étnica.

En busca de la autenticidad se cae en lo que Lanfant (1995) calificó de una contradicción pues la administración pública y las empresas utilizan al turis‐

mo para llevar “progreso” socio‐económico a los sec‐

tores menos favorecidos de la sociedad, pero al mismo tiempo quiere que estas sociedades mantengan rasgos tradicionales para el consumo de los turistas. El pro‐

greso pretende modernizar las sociedades tradiciona‐

les y al mismo tiempo alentarlas a ser parte de un pro‐

ceso de “involución cultural” manteniendo sus tradi‐

ciones para defender su imagen en el mercado turísti‐

co internacional. Ni la tradición, ni la cultura, ni las personas, permanecen absolutamente idénticas para siempre. En este sentido es preciso concordar con aquellos que entienden que, en algunos casos, “man‐

tener” la identidad local, a través de las tradiciones in‐

alterables equivale a tratar de impedir el proceso nor‐

mal de evolución de las sociedades y las personas. La búsqueda de elementos característicos y diferenciales de cada cultura aparece así como una necesidad de mercado, y la cultura “auténtica” pasa a ser la materia prima para la creación de un producto turístico comer‐

cializable y competitivo a nivel internacional. El lega‐

do cultural, transformado en producto de consumo esto es mercancía, pierde su significado; no es impor‐

tante porque muestre las raíces de una cultura, sino porque trae divisas como atractivo turístico. Los estu‐

dios de Dogan (1989) antes mencionados también de‐

muestran la dualidad de los efectos del turismo. Este investigador recopila una serie de estudios de regio‐

nes que habían sido antes colocadas como ejemplo del daño hecho por el turismo, afirmando que además de dicho perjuicio, el turismo había traído mayor demo‐

cracia en el área política (lo que será después corrobo‐

rado por Brown en 1998), modernización y orgullo ét‐

nico entre otras cosas.

Los cambios en la visión del turismo en relación a la cultura también tienen que ver con la actual crisis de modos de vida que aqueja al siglo XXI. Las certezas, los valores familiares, las identidades sociales se están desintegrando en muchos ámbitos sociales, lo que lle‐

va a las personas a intentar buscar ejemplos de cultu‐

ras que supuestamente se mantienen como en épocas pretéritas en una suerte de imitación temporal (duran‐

te el tiempo que duran las vacaciones) de sus valores, sus tradiciones, sus identidades. Quizá ahí estribe la novedad respecto al turismo de una generación ante‐

rior: la necesidad actual de contemplar cómo vive ese “otro” en una suerte de búsqueda del paraíso perdido y de la autenticidad desaparecida en la sociedad pos‐

moderna. También cabe considerar esta novedad co‐

mo un mecanismo de diferenciación respecto del pa‐

trón cultural y del consumo de las masas. En cualquier caso esta innovación ha llevado a que muchas comu‐

nidades se organicen para ofrecer un producto turísti‐

3Un caso muy ilustrativo es el presentado por Shepherd (2002) respecto a la muralla china. Los turistas extranjeros que buscan la “auténtica muralla” se decepcionan al ir a un trozo de muralla a pocas horas al norte de Beijing, toda ella restaurada y dotada de infraestructura turística, incluso de un vehículo rodado para quienes no quieren o no pueden caminar. Lo curioso es que los mis‐ mos turistas chinos perciben que esta parte reconstruida de la muralla es auténtica y hasta la prefieren debido a las comodidades que ofrece. Los ejemplos de ficciones orientadoras son numerosos, comenzando por la industria editorial con que se divulgan los “verdaderos indios”, la “verdadera vida rural”, el festival “auténticamente tradicional”, etc., sin contar con aquellas piezas que

ofertan los muy diversos paraísos para los “viajeros” y que están vedados a los “turistas”. ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 33

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co que mantenga o reviva características autóctonas, lo que ha hecho que el turismo, que antes era visto como destructor de culturas, sea contemplado ahora como impulsor de la revitalización de las mismas o al menos de su simulacro, puesto que no se recrea de forma vi‐

va la cultura antigua, sino tan sólo una copia adultera‐

da y establecida para el consumo. A fin de cuentas, las corrientes turísticas parten, en su mayoría, de los doce países más ricos del mundo, con personas que quieren ver algo de su “paraíso perdido”, o sea algo de las for‐

mas de vida de una sociedad que no ha llegado a la posmodernidad y a veces ni siquiera a la modernidad. Así, parece necesario –para el bien de los negocios tu‐

rísticos– que determinadas comunidades de países subdesarrollados y consecuentemente menos ricos, mantengan características tradicionales o pretéritas bajo el rótulo de “autenticidad local”.

En uno de los estudios más exhaustivos sobre el te‐

ma, Haley, Snaith y Miller (2005: 656 y ss.) sistematiza‐

ron los efectos positivos y los negativos para el caso de la ciudad histórica de Bath en Inglaterra. Entre los posi‐

tivos indicaron los siguientes: el turismo mejora la apa‐

riencia de la ciudad, mayor cantidad de turistas me jora la economía, el turismo aumenta las posibilidades de recreación, mejora la calidad de vida, da la oportunidad de conseguir un buen trabajo. Entre los negativos: los negocios turísticos ejercen mucha influencia en la polí‐

tica, falta control del gobierno sobre el turismo, el turis‐

mo ocasiona daños ambientales, aumenta los impues‐

tos, trae más basura, complica el tránsito, aumenta los precios de los inmuebles, reduce la calidad de las activi‐

dades al aire libre, aumenta la criminalidad. Estas pre‐

misas están basadas en otros estudios y no todas obtu‐

vieron la concordancia de la población local4.

También está bastante claro para los investigadores que diferentes tipos de turistas ocasionan diferentes interferencias. En este cambio de perspectiva ha teni‐

do que ver la cuestión de la diversidad cultural, que ha contribuido para que se entienda que los turistas tam‐

poco son seres genéricos uniformes. Una de las inves‐

tigaciones más completas y científicas sobre el tema fue realizada por Stoeckle, Greiner y Mayocchi (2006) en el norte de Australia y confirma que los diversos ti‐

pos de visitantes tienen diferentes impactos económi‐

cos, ambientales y culturales, porque cada segmento se comporta de manera variable, contribuye de forma distinta y obtiene del lugar diferentes satisfacciones.

Gentrificación del patrimonio urbano

Dentro de las discusiones referentes a la comercializa‐

ción turística de la cultura, quizás la más polémica sea la de la gentrificacióndel patrimonio urbano. En varias ciudades del mundo, a partir de cambios en las activi‐

dades comerciales y otras dinámicas sociales, los cen‐

tros de las ciudades o las regiones portuarias se vieron progresivamente abandonados. A partir de la década de 1960 se empezó a producir en las ciudades un pro‐

ceso de descentralización que con un claro trasfondo político de alcanzar la dispersión de la clase trabajado‐

ra, llevó a la construcción de centros administrativos y empresariales en barrios alejados. Eso hizo que los centros sufrieran un deterioro progresivo, transfor‐

mándose en áreas degradadas, todo lo cual condujo a un proceso llamado de suburbanización, en que las clases medias buscaron vivir fuera del centro. Otro de los cambios drásticos que tuvieron lugar a partir de esa década se dio en el transporte de carga por vía acuática. Al generalizarse el uso de los containerspara el transporte de carga directo de los camiones a los na‐

víos, los galpones que antes almacenaban las mercan‐

cías en los puertos fueron abandonándose. Junto a ello, la descentralización productiva que llevó muchas industrias metropolitanas al Sur económico provocó la ociosidad de muchos espacios fabriles.

En la década de 1980 ciertos proyectos combinados del poder público con la empresa privada llevaron a la revitalización de los centros y barrios obreros, a la com‐

pra y restauración de inmuebles, a la reutilización de viejos edificios y depósitos, antiguas fábricas, antiguas minas o industrias que habían dejado de funcionar y a la recuperación de las características históricas del lu‐

gar. Los inmuebles pasaron a tener utilidad cultural o recreativa, las empresas volvieron a ocupar edificios

4 Es interesante ver que por un lado aparece que el turismo propicia más oportunidades de recreación y al mismo tiempo que el turis‐ mo estropea la calidad de la recreación, lo que refuerza la idea de que los efectos del turismo son extremadamente dependientes de otras circunstancias.

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históricos restaurados, mejorando con ello su imagen, algunos intelectuales y artistas pasaron a comprar ca‐

sas antiguas para recuperarlos en forma de vivienda y talleres, y los turistas pasaron a circular por las hasta ese momento peligrosas calles. Inglaterra tomó como modelo a Estados Unidos, y pronto lo superó en cuan‐

to a la proporción de esta tipología de recuperaciones. En la actualidad, y no sólo en Inglaterra, existe la con‐

vicción de que los proyectos turístico‐culturales y re‐

creativos son los que pueden equilibrar la economía de estas ciudades desindustrializadas, en función inclusi‐

ve del bajo precio de la mano de obra requerida para el sector, y han sido declarados prioritarios para las inver‐

siones públicas y privadas, tanto nacionales como tam‐

bién de fondos de la Unión Europea.

El concepto de gentrificaciónes un neologismo que viene del vocablo inglés, gentrification, que podría sig‐

nificar algo así como “ennoblecimiento” o “refinamien‐

to” o incluso “elitización”, ya que gentryquiere decir aristocracia o gente fina. También se utiliza como sinó‐

nimo “calificación” o “cualificación” en el sentido de dar calidad a los espacios5. Se atribuye el uso por pri‐

mera vez del término a la socióloga Ruth Glass, en 1964, que describía el proceso por el cual los barrios obreros de Londres iban siendo “invadidos” por cla‐

ses medias e incluso algunos grupos de clases altas6. La gentrificaciónse refiere pues a una reestructura‐

ción espacial profunda en varios sentidos y es un pro‐

ceso que carga contradicciones sociales. En primer lu‐

gar, se refiere a una expansión del área física del cen‐

tro; en segundo lugar, a la difusión del poder cultural del centro de la ciudad y, finalmente, a un proceso de transformación del centro de la ciudad de acuerdo a una cultura internacional de mercado. La gentrificación

no implica necesariamente el uso turístico del lugar, pero ha llevado a que los lugares pasen a ser atractivos para los turistas, en función de los equipamientos refi‐

nados que se instalan. Tampoco implica recuperación de la historia, pero lleva indirectamente a ello, con la reutilización de construcciones antiguas para nuevas finalidades. Esta resignificación de edificios históricos –declarados patrimonio o no– tiene otras consecuen‐

cias para la dinámica de ocupación de los espacios ur‐

banos, que ha merecido, de un lado, críticas demole‐

doras y, de otro, la aprobación por parte de diferentes segmentos de la comunidad académica.

La mayor crítica ha devenido de la expulsión de las clases menos favorecidas de estos espacios en función del aumento de precio de las propiedades. En la mayo‐

ría de los casos, antes de la gentrificación los lugares eran habitados por personas que tenían una historia en el mismo. Además, tenían empleos o sub‐empleos en los alrededores. La revalorización inmobiliaria llevó a la ex‐

pulsión de estas personas de sus casas, generalmente al‐

quiladas, obligándolas a mudarse a barrios alejados, lo que, aliado a la precariedad del transporte urbano, les ocasionó un gran perjuicio. Además de perder los lazos con su propia historia, perdieron sus fuentes de trabajo. Sin duda, aquella revalorización concedió más vi‐

sibilidad a las desigualdades sociales porque colocó is‐

las de renovación en mares de decadencia, utilizando la expresión de Zukin (1995: 188); mares donde mu‐

chas veces predominaban la prostitución, los peque‐

ños crímenes, el tráfico de drogas, que impedían que incluso los miembros de la clase trabajadora que allí vivían pudieran tener una vida tranquila. Esa parcela de la población fue sin duda injustamente despojada de sus derechos de residencia más elementales por un régimen político y económico perverso, pero cabe pre‐

guntarse si no haber recalificado los barrios habría me‐

jorado su situación de alguna forma. En el caso de los espacios públicos, por ejemplo, la gentrificaciónha con‐

seguido recuperar plazas y parques pero para el dis‐

frute de las clases medias que los mantienen con sus impuestos, haciendo que su historia sea la única que se inscriba en estos espacios.

5 Se puede encontrar también la palabra revitalización aplicada al fenómeno, pero es preciso notar que se trata de procesos diferen‐ tes. La revitalización no necesariamente trae aparejado el cambio de clase social. De hecho los primeros trabajos de revitalización urbana, los realizados en Bolonia (Italia) en la década de 1960 eran proyectos destinados a las clases trabajadoras.

6 “Cabañas y alojamientos pobres y modestos –dos cuartos arriba y dos abajo– han sido arrebatados [...] y se han transformado en residencias elegantes y caras... Una vez que este proceso de gentrificación empieza en un distrito, se extiende rápidamente hasta que la mayor parte de los ocupantes de la clase trabajadora se ven desplazados y todo el carácter social del distrito cambia”

(http://members.ly‐ cos.co.uk/gentrification/whatisgent.html). ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 35

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Una crítica muy común dentro del medio académico, sobre todo dentro de la antropología y de la sociología ha sido que, en estos casos, la preservación parte de una necesidad del mercado cultural y turístico inter‐

nacional, y no exactamente de la recuperación de la memoria colectiva, aunque sea para reproducir un si‐

mulacro de esta última ante los turistas.

6. Los límites sociales del turismo

El economista Mishan (1969) presentó ya hace cuaren‐

ta años una de las más claras explicaciones de que existen límites fundamentales en el crecimiento del tu‐

rismo contemporáneo: tales límites se derivan de los enormes costes de la contaminación y el hacinamien‐

to. El conflicto de intereses entre, por una parte, los tu‐

ristas, las agencias de viajes, las industrias de transpor‐

te y los servicios auxiliares incluidas las comunicacio‐

nes, por no hablar de los gobiernos deseosos de au‐

mentar sus reservas de moneda extranjera, y en gene‐

ral “todos aquellos que se preocupan por preservar la belleza natural en el otro” (1969: 140)7. Mishan tam‐

bién toma nota de que hay aquí un conflicto de intere‐

ses entre las generaciones presentes y futuras por los costes externos que se derivan de la industria del turis‐

mo: el precio que pagan los turistas no tiene en cuen‐

ta el coste marginal de la contaminación, la depreda‐

ción de recursos y la dependencia estratégica de las poblaciones sobre las que se asienta esta industria. También se pueden añadir costes inmateriales: el haci‐

namiento, la falta de paz y tranquilidad, y la destruc‐

ción de los paisajes. Incluso el turismo ambientalmen‐

te sensible, en realidad otra forma de distinción, sabe que no hay nada que ganar si se retrasa la visita al lu‐

gar en cuestión; más bien ocurre todo lo contrario, hay un fuerte incentivo para ir lo más pronto posible y dis‐

frutar de la vista maravillosa antes de que llegue la multitud.

Mishan ya advertía horrorizado por las consecuen‐

cias del turismo de masas y cómo dicha industria, en su lucha competitiva para descubrir todos los parajes bellos y tranquilos llenos de interés histórico, hacía fluir hacia tales lugares grandes cantidades de dinero que llevaba de manera irrevocable a su destrucción, siendo los jóvenes y los crédulos los más afectados por las fantasías soñadas por la industria turística. Su prin‐

cipal crítica es que la difusión del turismo de masas no produce una democratización de los viajes; más bien se trata de una ilusión que destruye los mismos luga‐

res visitados debido a que el espacio geográfico es un recurso muy limitado. Si se permite el desarrollo del mercado sin regulación, el efecto sería la destrucción de los mismos lugares que son objeto de la actividad turística.

Este tipo de argumento pesimista se ve criticado por Beckerman (1974) que parte de dos premisas. En primer lugar, la preocupación por los efectos del turis‐

mo de masas se debe ante todo a la ansiedad de cierto tipo de “clase media”, al igual que muchos otras pre‐

ocupaciones sobre el medio ambiente. Esto se debe a que los verdaderamente ricos se hallan en una posi‐

ción bastante segura respecto a las masas en centros turísticos muy caros o aislados. En segundo lugar, la mayoría de los grupos afectados por el turismo de ma‐

sas obtienen un beneficio real, incluidos algunos de los viajeros pioneros que ahora encuentran disponibles los servicios que antes eran imposibles de conseguir cuando el número de visitantes era más bien escaso.

Este desacuerdo sobre los efectos del turismo de masas se trata con mayor detenimiento teórico en las obras de Hirsch (1978) o Ellis y Kumar (1983) en torno a los límites sociales del crecimiento. El punto de pun‐

to de partida de Hirsch es similar al de Mishan: seña‐

la que la liberación individual mediante el ejercicio de elección del consumo no logra que tales elecciones li‐

beren a todos los consumidores a la vez, para lo que utiliza el concepto de “economía posicional”. Este tér‐

7 Mishan citó el ejemplo del lago Tahoe, cuyas plantas y vida animal habían sido destruidas por las aguas residuales generadas por los hoteles construidos a lo largo de sus orillas. Un ejemplo posterior sería la forma en que las barreras coralinas de las islas turís‐ ticas como Barbados están muriendo a causa de las aguas residuales arrojadas al mar por los hoteles repletos de turistas sedientos de contemplar la vida marina de estas formaciones acuáticas, y por el negocio de los souvenirs consistentes en la venta masiva de plantas, peces y el mismo coral a los turistas.

ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 36

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