El llamado profético de Jeremías

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Recursos Escuela Sabática © Casa Publicadora Brasilera Comentarios de la Lección de Escuela Sabática

IV Trimestre de 2015 Jeremías

Lección 1

(26 de septiembre al 3 de octubre de 2015)

El llamado profético de Jeremías

Dr. Ozeas Caldas Moura1

Prólogo: Interpretación de las profecías

Es el deseo del autor que los comentarios a las lecciones de este trimestre contribu-yan para una mayor comprensión del libro del profeta Jeremías, cuya vida, ministerio y enseñanzas presentan muchos paralelismos con la vida y el ministerio de Jesús. Que la lectura de estos comentarios ayuden a cada integrante de la Escuela Sabáti-ca a dediSabáti-carse al servicio de Dios tal como lo hizo el profeta Jeremías.

Antes de ingresar en el estudio del libro del profeta Jeremías, debe prestarse aten-ción a algunas reglas de interpretaaten-ción de las profecías:

1. Examinar las profecías de manera integral. Debe saberse quién la pronunció, a quién fue dirigida originalmente, las circunstancias en las cuales fueron da-das, su ámbito histórico, cómo debió haber sido comprendida por los oyentes / lectores originales.

2. Debe examinarse si en la profecía hay elementos condicionales. Muchas pro-fecías son condicionales a la fidelidad al Señor de parte del pueblo. Si no se han cumplido es porque el pueblo de Dios dejó de atender los reclamos divi-nos.

3. Descubrir qué aplicación posterior hicieron los escritores inspirados de alguna profecía y, sobre esta base, determinar su posible significado para el pueblo de Dios de los días actuales. En rigor de verdad, la voz de Dios –por medio de los profetas– todavía habla de manera distinta para nosotros hoy.

1 Licenciado en Letras, con un posgrado en Lengua Portuguesa. Posee una Maestría en Teología

Bíblica, un Doctorado en Teología Bíblica, con especialización en Antiguo Testamento, y un posdocto-rado en Teología Sistemática. Trabajó como pastor distrital, redactor en la Casa Publicadora Brasileira, profesor de Teología, rector de la facultad de Teología de la UNASP. Actualmente es coordinador de la carrera de posgrado en la UNASP, y profesor de Antiguo Testamento en esa institución.

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Recursos Escuela Sabática © Los profetas

Hacia mediados del siglo VIII a. C., sucedió algo significativo en la profecía bíblica, coincidiendo con el surgimiento del imperio asirio, que luego dominaría toda la re-gión: los profetas comenzaron a escribir sus mensajes en libros. Con esto, se inició el período de los “Profetas Posteriores”, los cuales –en ocasiones– son denominados “Profetas escritores”, “Profetas clásicos”, o “Profetas canónicos”. Jeremías forma parte del grupo que dejó sus profecías por escrito.

Los profetas pusieron ante los líderes y el pueblo una realidad crucial: Dios había escogido al pueblo de Israel y hecho un pacto con él. Aunque el tema fuera la adora-ción, la justicia social, la práctica de la verdad en palabras y en actos, la idolatría, la corrupción, la cuestión central siempre giraba en torno a la confianza en Dios y el esfuerzo sincero de hacer su voluntad, expresada en el pacto hecho con Israel en el monte Sinaí.

Algunos pasajes del Antiguo Testamento (1 Samuel 3; Isaías 6; Jeremías 1:3-9; Ezequiel 2, 3; Amós 7:14, 15), muestran a profetas recibiendo un llamado especial de Dios. Los profetas tenían la certeza de que sus palabras no eran de ellos mismos, sino que eran reveladas por Dios (1 Samuel 3:19-21; 1 Reyes 22:19; Jeremías 1:9, 12; Amós 1:3; 3:7). Los profetas que llegaron después también afirmaron que el Espíritu de Dios estaba en ellos o los controlaba, dándoles poder (Ezequiel 2:2; 11:5; Miqueas 3:8). Profeta es alguien que le habla a otros en nombre de Dios.

Antecedentes familiares de Jeremías y contexto en el cual ejerció su ministerio profético

Jeremías era descendiente de sacerdotes y, por lo tanto, integrante de la tribu de Leví, de la familia de Aarón, natural de Anatot (Jeremías 1:1; 98:27), distante apro-ximadamente cuatro kilómetros de Jerusalén. Era de naturaleza sensible y conocido como el “profeta llorón” (8:18-22; 9:1). A pedido divino, no se casó (16:1-4). Fue llamado al ministerio profético (1:4-10) entre los años 627/626 a. C., en el 13º año del reinado de Josías (1:2), ministerio que continuó hasta después del año 586 a. C., que fue cuando Jerusalén fue sitiada y destruida por los babilonios). Su último men-saje está en el capítulo 44. Se cree que murió apedreado en Egipto, luego de más de cuatro décadas de ministerio, cuando fue llevado por la fuerza a ese país por los judíos que habían escapado del cautiverio babilónico.

Jeremías es un tipo de Cristo: lloró por su pueblo, no se casó, fue rechazado y muer-to por aquellos a quienes ministró, fue llevado a Egipmuer-to, etc. El libro que llega a noso-tros es una segunda edición, pues la primera fue quemada por el impío rey Joacim (36:1-4, 21-23, 27, 28, 32).

Jeremías fue profeta en el reino del Sur –Judá– especialmente en la ciudad de Jeru-salén (2:1, 2; 5:1; 7:1, 2, 29; 11:2, etc.).

Profetizó durante el período de tres grandes imperios: comenzó en tiempos de la declinación del imperio asirio (en el 626 a. C., año de su llamado, Nabopolasar había derrotado por primera vez a los asirios; en el 612, Nínive fue destruida por los medos y los babilonios). En el 605, Egipto fue derrotado por los babilonios en la batalla de

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Carquemis (Jeremías 46:2), así como el resto del ejército asirio, al cual Egipto procu-raba ayudar. En ese año, Babilonia asumió el control del mundo. Así, Jeremías vivió y profetizó en la declinación del imperio asirio, en el período de debilitamiento del imperio egipcio, y durante la hegemonía del imperio babilónico.

La situación en Judá, durante el período del ministerio profético de Jeremías era de declinación espiritual y política. Jeremías fue llamado en el período del reinado de Josías (640-609 a. C.), el último rey piadoso de Judá, quien murió en combate contra el faraón Necao (cf. 2 Reyes 23:29, 30). Después vinieron los impíos reyes Joacaz, Joacim, Joaquín (hijo de Joacim), y Sedequías.

Generalmente, el pueblo imitaba la conducta de sus reyes, Así, Jeremías vivió para ver el predominio de la apostasía entre el pueblo de Judá y el cautiverio resultante. El tema predominante del libro de Jeremías es un llamado al arrepentimiento y a la reforma espiritual (25:1-12). Pero los llamados de este profeta cayeron en oídos sordos (2 Crónicas 36:14-21), y el pueblo de Judá terminó siendo llevando cautivo a Babilonia.

El llamado profético de Jeremías

El llamado de Jeremías tuvo lugar en el 13º año del reinado de Josías (cf. Jeremías 1:2), el cual está fechado aproximadamente entre los años 627/626 a. C. No sabe-mos el año exacto en el que nació el profeta, ni su edad exacta al iniciar su ministe-rio. En su mente, no obstante, se consideraba un “niño” (en hebreo na’ar, “joven”, cf. Génesis 41:12; Éxodo 33:11). A juzgar por la duración de su ministerio, es probable que Jeremías tuviera en ese tiempo menos de veinticinco años, posiblemente entre 18 y 20 años. En otros pasajes se emplea la palabra na’ar para designar a adultos jóvenes (Génesis 41:12; 1 Reyes 3:7), alguien demasiado joven para la tarea que le había sido encomendada. 2

Según lo informado en su libro, el llamado profético de Jeremías tuvo lugar antes de su nacimiento (1:5). Dios lo separó para que fuera profeta desde el momento de su concepción. Las palabras “te aparté” (versículo 5), son traducidas del verbo hebreo

qadosh, que tiene los significados de “santificar”, “consagrar”. El término tiene

defini-tivamente una connotación sagrada y religiosa, ligada también al propio servicio del santuario. En verdad, la palabra para “santuario”, qodesh, proviene de la misma raíz. La idea que presenta es algo, o alguien, “separado para un propósito santo”. Eso es lo que Dios había planificado para Jeremías, aún antes de su nacimiento. Estos textos no enseñan la predestinación, tal como la entendía Calvino, sino la prescien-cia divina. Aun siendo escogido antes de nacer para ser profeta, Jeremías pudo haberse negado al llamado divino. Pero respondió afirmativamente, aun sabiendo cuán serio era el llamado.

Profetas reacios

A pesar de la certeza que el Señor le había dado a Jeremías de haber sido divina-mente escogido para esa tarea, el joven Jeremías se atemorizó y no se consideró a

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la altura de ella. Tal vez por el hecho de conocer la mala condición espiritual de la época, o por saber lo que debía hacerse, el caso es que Jeremías no deseaba ese trabajo.

Este sentido de incapacidad ante la tarea propuesta por Dios fue algo común entre los profetas. Moisés fue bastante reacio antes de aceptar el desafío de liberar a Is-rael del cautiverio egipcio. Argumentó que el pueblo de IsIs-rael no iba a creerle (Éxodo 4:1); que no era elocuente (4:10); y pidió que el Señor escogiera a otro para esa tarea (4:13). Isaías fue inundado por un sentido de pecaminosidad e indignidad ante la santidad de Dios. Se sintió indigno de ser su vocero (Isaías 6:3-5).

Independientemente de las razones que hayan tenido, ninguno de estos hombres se sintió a la altura de la tarea. Tal vez ése sea un prerrequisito fundamental para la función del profeta: el sentido de la propia indignidad e incapacidad ante una tarea tan importante y crucial. ¿Vocero del Creador? No es de extrañar que ellos hayan sido reacios a la tarea, por lo menos al comienzo.

Nótese, igualmente, la primera respuesta de Jeremías al llamado divino. Inmediata-mente mencionó su incapacidad de hablar bien, tal como Moisés. Isaías también, en su respuesta, mencionó a su boca y sus labios. En todos los casos, sabían que, aunque su llamado involucrara otras cosas, incluía además la comunicación y el habla. Imagina que debían presentarse ante líderes hostiles, o personas rebeldes, y hablar de manera incisiva palabras de reprensión y advertencia.

Es comprensible esta actitud reacia de estos hombres que luego se convertirían en profetas. Sabía que la obra de un profeta podría resultar en actos hostiles de parte de los oyentes, el rechazo del mensaje, y hasta el riesgo de perder la vida.

Pero el Dios que llama, también capacita. A Moisés le fue concedida la posibilidad de realizar milagros, además de poder contar con la palabra de su hermano, Aarón, quien desempeñó el papel de vocero de Moisés (Éxodo 4:1-16). Isaías fue tocado en sus labios por un ángel, con una brasa extraída del altar, que lo purificó del pecado y lo capacitó para la tarea (Isaías 6:6, 7). Jeremías recibió un toque divino en su boca, y la promesa de que sería fortalecido por Dios para el cumplimiento de la misión asignada (Jeremías 1:8-10).

La vara de almendro

La primera visión recibida por Jeremías fue la vara de almendro florecida (Jeremías 1:11). Como se sabe, el almendro es el primer árbol en florecer en primavera en la región de Palestina. Por un tiempo, antes de la primavera, este árbol parece muerto. Pero cuando llega la primavera, se “despierta”, floreciendo. Esta es una ilustración impresionante de la obra divina. A veces podemos pensar que Dios está apático e inactivo respecto de los asuntos divinos. Pero es solo una impresión. En verdad, Dios obra a su modo y a su tiempo. Tan cierto como el almendro florece en primave-ra, así Dios actuaría para cumplir su Palabra (Jeremías 1:12), la cual involucraba promesas de bendiciones para los obedientes y maldiciones para los rebeldes y desobedientes.

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Las palabras de Dios no fueron sólo para el pueblo. El Señor le estaba hablando directamente al propio Jeremías, amonestándolo a prepararse para la oposición que enfrentaría. Sin importar lo que pudiera acontecer, Jeremías podía creer en estas palabras de Dios: “Yo estoy contigo” (Jeremías 1:18). El necesitaría de esa certeza. ¿Y acaso no la necesitamos todos?

Dr. Ozeas Caldas Moura

Coordinador de Posgrado Seminario Adventista Latinoamericano de Teología Univ. Adv. de San Pablo.

Traducción: Rolando Chuquimia

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