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Fraile, Luis - Cristo y Latinoamerica 1966

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E S T E L A

4 2

LUIS FRAILE DELGADO

CRISTO Y

LATINOAMÉRICA 1 9 6 6

EDICIONES SÍGUEME Apartado 332 S A L A M A N C A 1 9 6 6

(3)

Censor: JOSÉ GÓMEZ L O K E N Z O . - I m p r í m a s e : MAURO RUBIO, ohlupcp

d e S a l a m a n c a , 31 m a y o 1966

( Q Ediciones Sigúeme, 1966

E s p r o p i e d a d I m p r e s o e n E s p a ñ a

D e p ó s i t o L e g a l : S. 83-1966 N ú m . E d i c i ó n : E S . 250

Industrias Gráficas Visedo. - Hortaleza, 1. - Teléfono 7001. - Salamanca

ÍNDICE

Pórtico 11 1. Cristo y Latinoamérica 15

2. El anhelo del mundo moderno 17 3. Para los inquisidores de la Iglesia en

ca-mino 18 4. Estas insultantes desigualdades 21

5. Sao Paulo: opulencia y miseria en la

na-vidad 23 6. Estos cristianos anticristianos 27

7. Muchos que buscan la verdad 29 8. La familia latinoamericana sin amor o

La-tinoamérica sin familia 31 9. El evangelio limpiaría a América 33 10. Estos cristianos cruzados de brazos 35

11. Un cristianismo inmaduro 37 12. El camino de Latinoamérica pasa por el

evangelio 39 13. Presencia del tentador 42

14. La aceptación de Cristo 44 15. Este cristianismo mudo 46 16. Las turbas piden pan 48 17. Esta edad embustera 50 18. Cruz para la Iglesia 52 19. Tríptico para la semana mayor 54

20. Esta edad sin paz 58 21. Estos pueblos sin jefes 60 22. Alegría para los cristianos 62 23. Esta edad sin conciencia 64 24. Un mundo que no reza 66 25. Cristianismo de fachada 67 26. Para este hombre desesperado 69 27. Esta Iglesia en camino 72

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28. Festines para los hombres de hoy 73 29. Latinoamérica, tierra de misión 75 30. Este hombre moderno solo 77 31. Procesión para fariseos modernos 79 32. Las multitudes hambrientas 81 33. Propaganda de estafadores 83 34. Un cristianismo inoperante 85 35. Esta humanidad en la encrucijada 88

36. Iglesia para los "malos" 90 37. Insensibles a la palabra de Dios 92

38. Parábola del buen camionero 94

39. Leprosos de espíritu 96 40. Desfile para los ricos 98 41. Llamada a la resurrección 100 42. Esta ansia de placeres 102 43. Categorías del amor 104 44. Fe para esta juventud 206 45. Las excusas de los cristianos 108

46. Estos hijos enfermos 110 47. Para los que no perdonan 112 48. Para los "sin Dios" 114 49. El dolor de la niña-madre 116 50. Esta Iglesia que no triunfa 118

51. San José Martínez 121 52. Hoy triunfan los desaprensivos 122

53. ¿Una Iglesia ausente? 124 54. Los de las falsas promesas 126 55. Sólo hay una verdad 228 56. El escándalo de nuestro tiempo 130

57. Peregrinando a un santuario 132

58. Caminos de navidad 134 59. Desde las llanuras del sur en la navidad... 136

60. Hijos sin padres 140 61. Presencia de Dios en la alegría 142

62. ¿Tienen fe estos hombres? 144 63. Estos tiempos de tempestad 146 64. La responsabilidad de los cristianos 148

65. Urgencia del testimonio cristiano 150

66. Esos cristianos inútiles 152 67. Una nueva Iglesia 154 68. Para este mundo ciego 156 69. El culto a los "ídolos" 158 70. Cristianos con profundidad 160 71. Un cristianismo destructor 262 72. Una preocupación de Dios: el hambre 164

73. ¿Países cristianos? 166 74. Para los cristianos cobardes 267

75. Palabras desde la cruz 169

76. Un dólar 174 77. Cristo, un trabajador 176

78. Sentido peregrinante de la vida ijg

79. Este mundo inhumano iso 80. A Cristo le gusta él plural 1S2 81. Un testimonio para esta sociedad 184

82. Dios en nuestra vida 186 83. Llevando la palabra de Dios 287 84. La parábola que da miedo 189 85. Para los puritanos 191 86. Para los decepcionados 193 87. Cortesía del corazón 195 88. El pueblo tiene hambre 197 89. Si el cristianismo fuera palabras 299

90. La astucia de los cristianos 200 91. Por si nos olvidamos de orar 202

92. Derechas e izquierdas 204 93. Grito a la insensibilidad 206 94. Y, ¿quién es mi prójimo? 207 95. Fe para esta sociedad 209 96. Para los materialistas 211 97. Para los jóvenes 213 98. La Iglesia que avanza 215 99. P a r a los ateos 217 200. Ante la guerra 229 201. -Invitación al banquete de la paz 221

102. Para la generación madura 223 103. Cristo y la libertad 225 104. La presencia del cristiano en el mundo 227

105. P a r a las nuevas bachilleres 229 106. El espiritismo, m a l americano 232

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PÓRTICO

Estos artículos fueron escritos, a propósito del evangelio de cada domingo, durante dos años, desde el cono sur de América. Brotaron de la pluma y del corazón acuciado por los proble-mas gravísimos que tiene hoy planteados este continente.

Algunos pasaron inmediatamente a las co-lumnas de Comunidad, un semanario católico de Asunción del Paraguay. Otros durmieron hasta ahora.

Los recojo hoy, animado por algunos amigos, para publicarlos.

Veo que tienen la espontaneidad y los defec-tos de'haber sido escridefec-tos con el corazón en la mano, a veces apresuradamente porque esperaba el periódico. No es difícil detectar en ellos ideas y formas de publicistas cristianos de la litera-tura actual a los que me reconozco deudor y que no son citados dado el carácter de urgencia del periodismo. Los mismos problemas, los más pal-pitantes, afloran reiteradamente como un grito insistente a la conciencia de todoSj dirigido es-pecialmente a la sensibilidad de los mejores y a las posibilidades de ese cristianismo de van-guardia que abunda en países como éstos de

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Latinoamérica, donde es necesario darlo todo y hacer frente a un enemigo declarado.

Son fruto de aquellas situaciones que tuve ocasión de conocer directamente en cinco países de Latinoamérica: Paraguay, Argentina, Uru-guay, Chile y Brasil. En los dos primeros ejercí mi apostolado sacerdotal durante algún tiempo. Los tres últimos los conozco más de paso.

Latinoamérica es un mundo. Muchos países y unas características comunes. Y la gama infi-nita de situaciones muy diversas y contradicto-rias. Subdesarrollo y centros urbanos donde la técnica y el lujo deslumhran.

Y para el observador cristiano o el apóstol, un cristianismo afectado por ese pluralismo. Un cristianismo heredado, y hoy en crisis, como toda la realidad social latinoamericana, bambo-leada por la revolución que ya apunta, que quie-re ser hecha y no se hace o no se lleva a cabo, muchas veces, con principios cristianos.

Para la Iglesia, estos países jóvenes son una promesa en peligro. Pueden perderse si no acu-dimos a tiempo a dar solución a la difícil pro-blemática a que se refiere Pablo VI en su Ex-hortación apostólica del 24 de noviembre de 1965 ante el episcopado de veinte naciones de Ibero-américa, con motivo del décimo aniversario de la constitución del Consejo Episcopal Latino-americano: "En tal estado de inquietud entre inútiles esperas y esperanzas no correspondidas, se infiltran fácilmente fuerzas activas peligro-sas, que quieren resquebrajar la unidad religiosa y moral de la cohesión social, hasta ahora man-tenida con tanta fatiga. Entre estas fuerzas

pre-valece en el sector económico-social, como la más nociva y la más cargada de protesta el mar-xismo ateo, que con su "mesianismo" social hace del progreso humano un mito y sobre los bienes económicos y temporales funda toda su esperan-za; determina un ateísmo doctrinal y práctico; propugna y prepara la revolución violenta como único medio para la solución de los problemas; señala y exalta el ejemplo de los países donde ésta ha afirmado sus ideologías y sus sistemas. En el campo religioso está presente y activa una propaganda anticatólica de diversa proce-dencia, la cual amenaza la unidad espiritual del continente, produce incertidumbre y duda, crean-do desconfianza sobre la obra de la Iglesia ca-tólica, desorientando a los buenos, y no siempre crea algo religioso positivo y, si lo crea, es ajeno y nocivo a la cohesión de la unidad católica.

Estas páginas pueden ser para los latinoame-ricanos una invitación a la reflexión, una sen-cilla aportación para la toma de conciencia ante la urgencia de la acción evangelizadora de la Iglesia y la necesidad de testimonio cristiano de los laicos en sus ambientes, conforme a las di-rectrices del concilio.

Para los españoles, una llamada al conoci-miento, a la abertura y a la generosidad para con estos países con quienes tenemos un deber especial, sobre el que los romanos pontífices han llamado la atención en estos últimos años.

Esto es lo que pretendo al prepararlas para su publicación.

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1 CRISTO Y LATINOAMÉRICA

"El cíelo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán" (Le 21, 33).

I |ATINOAMÉRICA en crisis. Como un volcán. A veces estalla por los flancos, donde la corteza es débil. Fuego interno que bulle en el seno de estos países todavía jóvenes. Dentro se fragua u n futuro. El fruto de estas entrañas puede ser u n monstruo o u n a bella América que nace en este siglo.

Latinoamérica, un continente cristiano que se está olvidando del evangelio, palabra eterna. Que no pasa nunca de moda.

Y Cristo hoy, con su buena nueva p a r a estos hombres del nuevo mundo, que quieren hacer un mundo nuevo. Para decirles que la revolución no es destruir con la guerra, sino construir en la paz. Sobre unos pilares que levanten la dig-nidad de los hombres a la altura de los hijos de Dios.

Construir sobre unos principios de unidad, que se fundamentan en la raíz misma de la sociedad que es la familia, señalando a la ju-ventud un camino que guíe sus pasos hacia la verdadera comunidad de todos los hombres.

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Construir sobre las bases de una verdadera democracia y de igualdad de razas y colores: aborígenes y blancos, emigrantes y nativos. Por-que todos los hombres somos hermanos.

Construir sobre una base de justicia que des-truya los privilegios políticos y económicos de los que acogotan entre sus manos al pueblo in-menso que se muere en la miseria. Porque éste es el mayor escándalo de este siglo de progreso. Construir con amor. Un amor que suprima injusticias y llegue a todos los desheredados, que viven en "villamiserias", en "callampas", en "favelas", en los tugurios inmundos al borde de las lujosas ciudades o en los exuberantes cam-pos de esta América ubérrima.

Cristo hoy y siempre, con el evangelio en la mano, enseñando a los hombres de América, a los de arriba y a los de abajo, que la necesaria e inminente revolución social no puede hacerse sino en nombre de unos principios que sobre-pasan toda lucha de clases y de razas, toda agre-sión, toda prepotencia económica o política, todo materialismo. Que no puede hacerse con odio, sino con amor. Con el cumplimiento del man-damiento nuevo y aquí casi sin estrenar: "Amaos los unos a los otros".

2 EL ANHELO DEL MUNDO MODERNO

"Dijo: Yo soy la voz del que clama en

el desierto: enderezad el camino del Se-ñor como dijo el profeta Isaías" (Jn 1, 23).

X—|L mundo de hoy, como un desierto. Abra-zado por los hielos de la indiferencia, por los vientos de tantas ideologías en lucha, o por el fuego desbordado de las pasiones de los hom-bres. Y la Iglesia de Cristo hoy ha de anunciar la nueva del Señor como Juan.

Hay un anhelo inmenso en los hombres del siglo xx, de entrar por los caminos del espíritu y encontrar la luz. ¡Cómo se espera con ilusión las fiestas de la navidad para reunirse en familia y gozar de la paz alrededor del "pesebre"! Así el mundo moderno espera a Dios.

Cegado de tinieblas, busca la luz; hastiado de materia, anhela saciarse con el auténtico ali-mento del espíritu; cansado del pecado, espera un día eterno de gracia.

Como el precursor, el cristiano de hoy, Iglesia viviente, ha de ser un grito clavado en el mundo. El testimonio del cristiano es una luz encendida en los caminos turbios del mundo en guerra. Una sonrisa que consuela todas las tristezas. Una invitación a la esperanza. La "transparencia" del cristiano deja ver a Cristo que viene, que ya está cerca. Deja traslucir una Iglesia que se

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encarna en los hombres de hoy p a r a salvar este mundo moderno.

La presencia del cristianismo en los ambien-tes es una invitación a enderezar las sendas. A dejar los caminos tortuosos de la injusticia y del egoísmo, para que se establezca la igual-dad entre los hombres, entre los pueblos, las clases y las razas.

Es una invitación a la paz; porque Cristo, príncipe de la paz, no puede e n t r a r con el fra-gor del odio y de la guerra.

Y cuando los caminos estén preparados por el cristianismo auténtico de una Iglesia viva y encarnada en el mundo, será Cristo el que en-t r a r á en-triunfador y los pueblos enconen-trarán la paz y la justicia.

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PARA LOS INQUISIDORES DE LA IGLESIA EN CAMINO

"Los enviados eran fariseos, y le

pre-guntaron..." (Jn 1, 24).

I ,os fariseos. Los eternos preguntones. Siguen preguntándole hoy a la Iglesia, a los testigos de

Cristo. La siguen juzgando. Ellos, los inquisido-res, los juridicistas, los "cristianos conservado-res", que quieren, sobre todo, conservar sus p0_

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siciones adquiridas, su bienestar, su confort. Y se escandalizan de que les digan las verdades que a ellos les dan en rostro, que atacan a su cristianismo vacío, de fórmulas pasadas, muerto. Ellos, los inquisidores, le p r e g u n t a n a la Iglesia de hoy por qué rechaza el capitalismo y lo tilda de sistema antihumano. Ellos, los "ca-tólicos capitalistas", que se tienen por dignos y honorables, y siempre han estado de parte de la Iglesia, mientras la Iglesia estaba de parte de ellos.

Le preguntan al sacerdote católico: Por qué sale de sus viejas sacristías y deja su antigua sotana y se echa a la calle, a la palestra de los periódicos, de la radio o de la televisión. P a r a decir la verdad a todos, en todos los ambientes y por todos los medios. En el mundo del trabajo y en el del turismo. Con la Biblia en la mano y con su guitarra y sus canciones y ritmos mo-dernos, si es necesario.

Le preguntan por qué abandona esos secto-res estancados d e la sociedad que antes culti-vaba, para dedicarse a los más abandonados, a los más pobres, a los más difíciles; a los más generosos y más prometedores, a los que trans-formarán la sociedad y harán u n mundo nuevo.

Le preguntan por qué se pone de p a r t e de los pobres, de los campesinos, de los "revolu-cionarios", hiriendo la susceptibilidad de los que heredaron con sus estancias o sus cuentas co-rrientes en los bancos, o sus acciones en las firmas, su tradición religiosa, que conservan en sus cofres, con orgullo de casta, como sus al-hajas.

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Le p r e g u n t a n por qué se mete en las con-ciencias de los hombres y predica insistente-m e n t e la justicia social. Por qué no se queda con sus ritos y su incienso y sus funerales pom-posos de primera clase. P o r qué está de acuerdo con las nuevas juventudes y las empuja a vivir un cristianismo dinámico que transforme los ambientes, colocándose en puntos claves con decisión, destruyendo lo caduco y abriendo paso a un mundo más humano. Con altura, con opti-mismo, con entrega.

Los cómodos fariseos, situados en sus posi-ciones heredadas siempre preguntando, porque les da miedo que les vengan pisando, que los empujen los que avanzan, que los despierten de su sopor pestífero y los dejen tendidos en la cuneta los que pasan delante.

Y la respuesta a los inquisidores es la de una Iglesia de testimonio: respuesta de vida, de he-chos, de una voz que clama en la presencia de los cristianos en el m u n d o moderno. Porque so-mos testigos de Cristo.

4 ESTAS INSULTANTES DESIGUALDADES

"Según está escrito en el libro de los

oráculos del profeta Isaías: Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señorj enderezad sus sendas" (Le 3, 4).

• .STA inmensa América, como u n gran desier-to. Donde a ú n no ha fructificado el evangelio. Tierra calcinada por la incultura, por el m a t e -rialismo. Llanura inmensa de selvas que esperan ser taladas p a r a un mundo nuevo. Árida vege-tación del Chaco y la Patagonia. La dureza de u n a tierra que hay que r o t u r a r para el evan-gelio.

Y se escucha esta voz: "Preparad los ca-minos".

Porque cierran el paso a Cristo los caminos tortuosos de la injusticia que siembra de miseria los campos vírgenes de América. Miseria que hace llorar a Pablo VI, el pontífice peregrino, que lleva al mundo el mensaje de la "Iglesia en camino". Una Iglesia que tropieza en su m a r -cha con la insultante desigualdad de los que poseen toda la tierra y los que la trabajan sin poseerla. Los que se han colocado en la cúspide de su soberbia y d e su avaricia. Y abajo, en las hondonadas de la sociedad, los miserables, el pueblo inmenso d e los países subdesarrollados, en los suburbios de las grandes ciudades y en los campos incultos. Si pasa la Iglesia por los

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suburbios, allí están hacinados junto a los cen-tros urbanos, rebosantes de lujo y de luz. Si por el campo, allí viven los sin cultura, abandonados a la intemperie de una economía que no res-cata a los hombres ni los libera, sino que los deja perdidos, luchando solos con la tierra.

Si pasa por las zonas donde se explota el petróleo y el cobre o el carbón, están allí los que gobiernan y dirigen llenando sus bolsillos hasta los topes. Y, en los bajos fondos, los que viven en chozas de madera y de latas, de tron-cos y paja. Los mismos que construyen la ruta panamericana, los que abren los caminos a la civilización, los que bajan a las minas y tienen las espaldas endurecidas por la carga y descar-ga. Son los que con sus manos roturan la selva y desarrollan los países subdesarrollados. Y al volver a su casa se encuentran sin hogar, sin higiene y sin cultura. Se acostumbran a vivir desprovistos de todo y viven también sin Dios. Son las masas descristianizadas o mejor las ma-sas sin evangelizar de América Latina. Y junto a ellas, la otra masa sin evangelizar: la de los capitalistas que, desde dentro o desde fuera del país, impide la humanización del pueblo inmenso para que pueda ser evangelizado.

Cristo pide paso a estos pueblos. Quiere en-trar en la vida de esos hombres sin Dios. Pero los caminos son tortuosos. Hay grandes abismos entre hombres y hombres. Luchas de clases. Se ha suscitado ya el odio de los que no tienen más que la injusticia pesando sobre sus hom-bros, hacia los que tienen en sus manos el poder político y la potencia económica.

Para que Cristo llegue con su evangelio a es-tos pueblos, hay que allanar muchos caminos, zanjar abismos de desigualdades insultantes.

Y así podrá entrar Cristo en la navidad anun-ciando el evangelio de paz que esperan los pue-blos de América.

5 SAO PAULO: OPULENCIA Y MISERIA EN LA NAVIDAD

Estas ciudades monstruos. Donde vi-ven millones de hombres. Estos hom-bres que vienen de todas las latitudes. Rostros de ojos rasgados. Hombres de color, cabello rizado y labios salientes. Sajones y latinos. Los que vienen de Asia y los europeos que inmigran a los países jóvenes.

En el aeropuerto de Sao Paulo, ciudad populosa del inmenso Brasil, un grupo de unos cincuenta japoneses oraban y cantaban con devoción, antes de partir, no sé si al interior del país o de nuevo hacia su patria. Los que quedaron, los despedían con un cariño indecible.

El amor entre los hombres lo predicó Cristo al mandarnos que nos amáramos como él nos amó. Elevó el amor huma-no a una altura divina.

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Jf-\_NOCHE, paseando por la ciudad tuve ocasión

de contemplar un espectáculo sintomático de la vida de estos pueblos nuevos. Países en evolución, en fiebre de industria y de progreso. F r e n -te a la vitrina de un gran negocio de lujo, había, tirados en el suelo, dos niños negros. El esca-parate, en los bajos de u n edificio de cuarenta o cincuenta pisos, presentaba maniquíes lucien-do lujosos vestilucien-dos de mujer y, en p r i m e r plano, los niños negros, semidesnudos y abandonados.

No sé cuál es el fondo y cuál el primer plano en una ciudad populosa y en crecimiento a ritmo vertiginoso como Sao Paulo.

No sé si la miseria o la opulencia. Lo que se adivina desde el avión, al llegar, en u n a monstruosa ciudad iluminada. Si e n t r a s en la ciudad, impresionan los edificios gigantes, las grandes avenidas atestadas de coches, los a n u n -cios luminosos de las grandes firmas que apro-vechan la navidad, el nacimiento de Cristo, para desplegar todo su aparato de propaganda. Todo ello entra por los ojos y deslumbra. Pero no tienes que hacer ningún esfuerzo para percibir la otra realidad, la otra cara de las ciudades la-tinoamericanas: la miseria. J u n t o a los grandes y lujosos edificios, las "favelas", las "villamise-rias", que por eufemismo se llaman "villas de emergencia". Tugurios de los negros, de los pro-letarios, en las colinas todavía no desmontadas en el centro de la ciudad, o en cualquier rincón donde caben unas latas o unos trozos de madera vieja.

Esta ciudad de Sao Paulo v crece como los

monstruos, a ritmo de organismo enfermo. Como en u n ser patológico, los miembros adquieren dimensiones descomunales mientras estallan las heridas purulentas, como abscesos. Es como una bonita niña que llegó a mujer y en el período de adolescencia se dio cuenta de que era leprosa. Pero las ciudades, sobre todo, son los hom-bres y sus conductas sociales. Si en este orden buscamos los dos rostros de esta ciudad, encon-traremos a los hombres dignos, como mi amigo y su familia con quien vivo estos días. Encon-traremos la moralidad, la delicadeza, la t e r n u r a y la religión. Pero lo que da en rostro, lo que salta a los ojos es la delincuencia, la inmorali-dad pública, la ley del más fuerte. Sin duda el p r i m e r plano de esta ciudad presenta el rostro de un delincuente juvenil. Un porcentaje m u y elevado de la población no rebasa los veinticin-co años. La honorabilidad quedó en el seno de las familias, de los centros culturales, de las iglesias. Pero en la calle está eclipsada por la avalancha de inmoralidad y desfachatez. Las "patotas" de adolescentes, los "play-boy" de la calle Augusta, ellas con el pelo corto y ellos con melena. Los autos cubiertos con letreros exóticos, vehículos de u n a adolescencia anormal que baja por la avenida "9 de J u l h o " en el vér-tigo de la carrera, síntoma de u n a inmadurez que seguramente les d u r a r á toda la vida, y fruto de u n a familia desquiciada y que por consiguien-te no puede formar hombres y mujeres, sino so-lamente echar a la calle delincuentes. Y las pla-zas convertidas poco menos que en prostíbulos

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públicos, junto a un templo de arquitectura mo-derna.

Pero sobre todo es alarmante que en estas ciudades latinoamericanas y especialmente en Sao Paulo, como exponente máximo de u n m u n -do nuevo que nace, los -dos rostros se confunden. Y ya no se puede distinguir a la prostituta de la chica decente, al carterista del estudiante uni-versitario.

Y ahora, en la navidad, en las ' T e s t a s do Natal", todo mezclado: los "pesebres" y "el papá Noel", la propaganda comercial y los villancicos; el rostro de Cristo con el de todos los dioses de los placeres.

Desde Sao Paulo, ciudad cosmopolita, expo-niente máximo de una América que se abre al futuro. Estas ciudades de luces y sombras, de promesas, de redención y de oscuros presagios, de materialismo, de angustia en el espíritu. So-lamente la luz de Cristo puede iluminar estas ciudades. La ley del amor cristiano puede ni-velar los desniveles y abrir un camino para la salvación. P a r a todos los latinoamericanos de buena voluntad este deseo cristiano: Que en ellas reine Cristo, en obras y en verdad.

6 ESTOS CRISTIANOS ANTICRISTIANOS

"Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: "Puesto está para calda y levan-tamiento de muchos en Israel y para blan-co de blan-contradicción" (Le 2, 34).

c

V _^ RISTO aquí presente hoy. Camina con nos-otros por las calles de estas ciudades nuevas.

No son solamente símbolos: las cruces que se encuentran a la vera de los caminos, que pre-siden las cúpulas de las iglesias antiguas o co-bijan las tumbas de los cementerios. No sólo los "pesebres" de la navidad que se han convertido en objetos de concurso, ni los lienzos de los grandes pintores antiguos y modernos que to-m a n el teto-ma de Cristo p a r a sus obras de arte.

Es Cristo mismo con su presencia viva en la Iglesia, con la verdad del evangelio en la mano. Su palabra y su vida frente a aquellos que sien-do Iglesia están contra la Iglesia, con sus obras de m u e r t e ; que siendo cristianos viven como paganos. Todos aquellos cristianos que hacen la señal de la cruz o la llevan sobre su pecho y no aceptan la cruz de su vida en el cumplimiento de su misión o en el vencimiento de sus pa-siones.

Todos estos cristianos que asisten al templo y viven en la injusticia. Que h a n leído el evan-gelio y viven en lujuriosa abundancia, mientras

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millones de seres humanos padecen h a m b r e , sa-biendo que él dijo: "Venid, benditos, porque tuve h a m b r e y me disteis de comer".

Todos esos hogares que fueron santificados por el sacramento del matrimonio cristiano y donde se conculcan los deberes de los seres hu-manos que aún no h a n nacido, o los principios del amor entre los esposos. Donde se traiciona a la familia.

Y, en medio de estos pueblos, cristianos por herencia y tradición, porque la voz del evangelio llegó en los albores de su nacimiento para la civilización, Cristo está presente como u n signo, como u n grito que se oye en medio de la cul-t u r a y la cul-técnica moderna, como una llamada a la autenticidad.

P o r q u e el cristianismo no tiene otro enemigo mayor que los cristianos anticristianos. Nosotros mismos, si negamos con nuestra vida y con nues-tras obras lo que confesamos con nuestros la-bios, lo que aprendimos de la palabra de Dios. La lucha más terrible por la salvación de estos pueblos latinoamericanos ha de sostenerla el cristianismo contra estos cristianos que niegan a Cristo con sus obras. Porque entonces Cristo estará dividido y no le encontrarán los que buscan la verdad.

Pero él es el único signo de salvación, le-vantado sobre las naciones, p a r a aquellos que quieran seguir su mensaje. Y lo encontrarán cuando los cristianos seamos cristianos.

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MUCHOS QUE BUSCAN LA VERDAD

"Mira que tu padre y yo, apenados, an-dábamos buscándote" (Le 2, 48).

J ) U S C A a Cristo el hombre en este momento crítico. Los países nuevos de Latinoamérica, en inquietud y en angustia, buscan una verdad que los haga libres, que los salve. Alguien que los encamine en su evolución hacia un futuro es-table.

Hay muchos hombres que buscan a Cristo sin saberlo. Las juventudes modernas inquietas y revolucionarias, en el vértigo de su ritmo, lo buscan cuando han saboreado los placeres efí-meros de la existencia y no han encontrado la felicidad. Cuando han abierto sus ojos desme-surados a las pequeñas verdades que encontra-ron a su paso y se metieencontra-ron en un callejón sin salida, a oscuras, hiriéndose las manos nerviosas en la dureza de los muros. En oscuridad a l que-r e que-r buscaque-r la p u e que-r t a de su enigma.

Lo busca el que se debate insatisfecho en la duda y grita en sus palabras escritas, planteán-dose a sí mismo los problemas del mundo: la injusticia, el mal y el problema de la m u e r t e .

Lo busca aquel joven a quien n u n c a nadie habló de Dios y en sus ojos se reflejaba la in-quietud hasta el llanto, cuando u n amigo supo descubrirle, en su mismo lenguaje, el misterio del mundo y de Dios.

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Lo buscaba aquella mujer, decepcionada de su mayor amor, cuando planteaba sus problemas a un sacerdote católico.

Y aquel que siente en su carne la zozobra de la existencia de los demás hermanos, como de compañeros de viaje, y el sufrimiento ajeno como el propio. Y el que lucha, encuadrado en cualquier partido o en cualquier grupo, por la justicia, contra la explotación de los pobres, hasta sufrir la cárcel o el exilio.

Y el que colabora en la paz de los pueblos, una paz basada en la justicia y en la libertad, según los principios de la conciencia y de la fraternidad. Todos los hombres de buena volun-tad que surgen entre la m a r a ñ a de la política, de la economía, del pensamiento actual, deba-tiendo sobre los problemas del hombre y sobre los problemas de los pueblos. Todos los h u m a -nistas que colocan a los hombres e n el lugar que les corresponde en la sociedad y defienden los derechos de la mujer despreciada y rebajada en la sociedad latinoamericana.

Buscan a Cristo los que buscan la verdad y luchan por la justicia. Los que anhelan u n a sociedad mejor, sin desigualdades, sin humilla-ciones, sin esclavos de este siglo x x . U n a socie-dad sin guerras. Los que propugnan u n a eco-nomía humanista que tenga por centro, no la producción, sino los hombres.

Buscan a Cristo los que piden a la Iglesia que esté presente en los problemas del mundo mo-derno, en la implantación de la justicia.

Este mundo materialista inquieto y nervioso,

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que nos envuelve, busca a Cristo y su verdad. Porque sólo él lo salvará para el tiempo y para siempre.

8 LA FAMILIA LATINOAMERICANA SIN AMOR

O LATINOAMÉRICA SIN FAMILIA

"Fue iniritado también Jesús con sus discípulos a la boda" (Jn 2, 2).

E le invita muy poco a Cristo a las bodas en Latinoamérica. Por eso tenemos una sociedad desquiciada. P o r q u e n o h a y familia. Está en bancarrota. La presencia de Cristo no san tinca los hogares con el matrimonio cristiano.

No se invita a Cristo a todas esas bodas que se hacen sin amor. Cuyos motivos son la pasión y cuyo ñn es el divorcio.

No se invita a Cristo a las bodas de tantos que tomaron el matrimonio como juego de ni-ños; de niños que juegan al matrimonio, juego peligroso. Y no m a d u r a r o n el amor en los años de su juventud. Se lanzaron a ciegas cuando los pocos años no les permitieron tener conciencia de la g r a n responsabilidad de ser esposos y ser padres.

No se invita a Cristo a las bodas de tantos cuya unión ilegítima es u n escarnio al vínculo

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sagrado del matrimonio. Un insulto a la digni-dad de la mujer, abandonada y ultrajada. Y u n desprecio a los propios hijos. En algunos países, un cincuenta por ciento de hijos naturales, que sufren el t r a u m a de no tener padres, ni hogar. No se invita a Cristo a las bodas de todos aquellos matrimonios donde no es la conciencia cristiana la que rige la ley de la vida. Sino el materialismo, el ansia de placer quien regla-m e n t a la regla-m u e r t e o el rechazo de los hijos que nunca han de nacer

No se le invita a Cristo a tantos matrimonios que no están marcados con el sello de la fideli-dad m u t u a entre los esposos: matrimonios que llevan en su seno la hiél amarga del desamor.

No se le invita a tantos matrimonios donde no reina la comprensión y el amor m u t u o sino solamente el egoísmo. Cuyo resultado son los hijos sin calor de hogar, abandonados a sus fuer-zas en la lucha por la vida, o marcados para siempre con el escándalo de unos padres que no se aman.

Mucho menos se invita a Cristo a todos esos simulacros del "amor", donde no es el m a t r i -monio sino el vicio y el placer quien reglamenta la vil explotación de la mujer.

En estos momentos de crisis de la familia americana el invitado por derecho es Cristo, a quien, sin embargo, olvidaron los matrimonios en su larga lista de invitados.

De ahí la turbulencia total de esos países en ebullición. Porque la sociedad no tiene la base necesaria de la familia. Las juventudes son los hijos nacidos en hogares fríos, inutilizados para

la comprensión y el diálogo. Destrozados o dis-gregados porque no fue el amor cristiano quien los realizó.

Con María la m a d r e de Cristo una súplica para la familia latinoamericana: "No tienen vino". Dales, Cristo, el vino generoso de la com-prensión y el diálogo en el amor.

9 EL EVANGELIO LIMPIARÍA A AMERICA

"y acercándosele un leproso, se postró

ante él, diciendo: Señor, si quieres pue-des limpiarme" (Mt 8, 2).

i tuviera fe en el evangelio quedaría limpia. Esta América manchada por una herencia que lleva en su carne como una lepra: el indiferen-tismo. La lleva desde hace tiempo. Ahora van apareciendo las costras y estallan los abscesos. Y se cae a veces la carne a pedazos en Cuba o en la República Dominicana. Porque tiene un mal en la raíz misma de su vida. Y ahora que es todavía un continente prometedor, en su inte-rior el mal. Porque h a perdido la fe. P o r q u e perdió la sangre cristiana, y los hombres y los pueblos se han inyectado soporíferos que les h a n dejado insensibles ante la injusticia, ante la ur-gencia de solución a la miseria y a la desigual-dad social.

Está en el interior el mal y las manchas

año-s

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r a n sensiblemente. Está desvitalizado este orga-nismo y se va desgajando como árbol seco. No tiene fuerza para la transformación, para la re-volución social. Porque lleva mucho tiempo sin espíritu. Se lo quitaron los que le privaron del alimento de la doctrina del evangelio y lo de-jaron sin fe. Le dieron el veneno del laicismo, del materialismo, del comunismo. Y ahora apa-rece la lepra en la geografía de esta América joven.

Lepra de revoluciones sin sentido, de luchas internas en las naciones. Luchas no por la sal-vación común, sino con odio entre hermanos.

Lepra de un campesinado sin cultura, aban-donado, miserable, que afea el rostro de los paí-ses jóvenes.

Lepra de un proletariado ultrajado. Hombres a quienes no se les h a concedido la dignidad de ser clase trabajadora. Que toma conciencia aho-r a y amenaza explotaaho-r como la p u s poaho-r donde la piel es débil.

Lepra de u n a universidad sin orientación donde hormiguean las ideas como gusanos. Sin orden ni concierto, sin diálogo. Donde pueden pulular todos los "ismos" en combate intestino. Lepra de la inmoralidad que deambula por las calles y las plazas de las ciudades como en tierra sin dignidad y sin ley.

Esta lepra que hace que se d e r r u m b e la so-ciedad que se cae a pedazos y que está pidiendo a gritos la curación para que no se contamine todo el cuerpo social.

Necesitan estos pueblos una verdad que los oriente, una savia nueva que les injerte u n a

vida también nueva. La vitalidad de u n a Iglesia joven y militante. La vida eterna del evangelio. Necesitan un testimonio. H o m b r e s cristianos que, con fe en el evangelio, se comprometan con la sociedad en crisis, que tiene que ser transfor-mada. Hombres cristianos que rompan estructu-ras antiguas nacidas en moldes paganos y cons-t r u y a n una sociedad más humana, purificada de todo lo salvaje, de todo lo antihumano, de la injusticia, de la mentira, de la inmoralidad. La palabra de Dios devolverá la limpieza al cuerpo social de estos pueblos jóvenes.

10 ESTOS CRISTIANOS CRUZADOS

DE BRAZOS

"Encontró a otros que estaban allí y les dijo: "¿Cómo estáis aguí sin hacer labor en todo el día?" (Mt 20, 6).

^ ^ O M O S muchos los cristianos, aquí, en los paí-ses latinoamericanos. Las estadísticas dicen que 200 millones y que serán 300 millones en 1970, lo que ya no sé, si de cristianos. Si fuera Cristo p o r las calles y plazas de nuestras ciudades y p r e g u n t a r a a los hombres por su filiación reli-giosa muchos rellenarían su casilla con el nom-bre de cristiano.

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Todos esos cristianos de tradición que ni si-quiera se atreven a llamarse indiferentes. Hasta se educaron en colegios católicos. Pero perma-necen inertes, como abotargados en su indife-rencia. Sin vivencia cristiana, son un peso muer-to para la Iglesia que tiene que arrastrarlos, llevarlos a remolque.

Todos esos cristianos que se han encerrado en "su cristianismo" y se encogen de hombros ante los problemas planteados a la sociedad en que viven. No les importan los problemas que hay que solucionar para una sociedad nueva.

Todos esos cristianos de una sociedad estan-cada que se han sentado sobre la misma socie-dad en que viven y han hecho una Iglesia pe-sada, como m u e r t a ; una remora p a r a los avances de la economía, para los progresos sociales.

Todos esos cristianos que se hicieron una religión para dedicarse al culto en algunos mo-mentos de su vida, con actos religiosos y proce-siones. Pero no se han encarnado en la socie-dad, no han tomado sobre sus hombros el atraso cultural y social de un inmenso campesinado en abandono, sin que nadie lo promueva para un avance socioeconómico. No h a n tomado so-bre sus hombros el gravísimo problema agrario, las indignantes desigualdades: los grandes te-rratenientes y los monopolios por una parte, y las multitudes de emigrantes que llegan solos a las ciudades y quedan tirados, por millones, a la vera de los grandes centros urbanos, o se quedan en sus campos, viviendo en la miseria, sin medios de elevación humana, de elevación cultural. Contra el ritmo de una civilización que

se convierte en sarcasmo para ellos. Todos esos cristianos que permanecen insensibles ante el mundo, que no se han encarnado en él.

Todos los que han conocido la urgencia del momento, que han sentido la llamada a u n a vida militante cristiana, al apostolado, pero que les da miedo, no quieren complicarse. Su presencia es inútil. No dan un testimonio en la universi-dad, en las fábricas, donde es necesario un tes-timonio activo que se abrace con la defensa de la justicia.

Todos los cristianos que no dan un paso para que la Iglesia, que son ellos mismos, marche al ritmo de los tiempos, del mundo de hoy a quien hay que salvar.

A todos esos cristianos inútiles, de brazos cruzados, por millones, les dice hoy Cristo, les dice la Iglesia del concilio: "Id todos a mi viña a trabajar". Hay mucho que hacer para conse-guir u n m u n d o nuevo. Y los cristianos h a n de ser los primeros e n hacer una sociedad mejor.

11 UN CRISTIANISMO INMADURO

"Lo que cae entre espinas son los qu-e,

creyendo, van y se ahogan en los cuida-dos, la riqueza y los placeres de la tuda •y no llegan a la madurez" (Le 8, 14).

c

\ - ,1 AE la semilla de la palabra de Dios. P e r o estos campos y estas ciudades modernas son como bosques sin roturar. Crecen los edificios

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y proliferan las propagandas como lianas espino-sas que se clavan en las carnes de las construc-ciones de cemento. Y se m e t e n en los sentidos de los hombres, y los zarandean agarrotándolos e n t r e sus brazos. E n t r e sus brazos de luz y de palabras.

Crecen con exuberancia las palabras y las impresiones como en tierra virgen. Pletórica de vida, esta tierra puede producir todas las re-voluciones. Y en ella pueden prosperar todas las ideologías.

Falta sedimentación en estas tierras. Falta ¡a tranquilidad y la paz social. P a r a que pueda calar hondo la semilla de la verdad. Falta un humanismo sereno, como tierra abonada, con base en las verdades eternas e inmutables.

Por eso tenemos en Latinoamérica un cris-tianismo inmaduro.

Un cristianismo que al sembrarse quedó en las r a m a s y n o caló, n o h a podido t e n e r profun-didad. P o r los vaivenes de tantos vientos de revoluciones, de oposición, de luchas entre li-bertad y opresión, entre riqueza y miseria.

Un cristianismo de superficie que se ha que-dado muchas veces en la periferia de las "prác-ticas piadosas", y no ha encajado la evolución social de estos pueblos jóvenes que avanzan. Que se queda a flor de tierra en manifestaciones populares, en tradiciones alrededor de venera-dos santuarios e invocaciones tradicionales de cristianismo heredado.

Un cristianismo inmaduro que no ha sabido responder a los problemas de la economía, de la socialización, de la desorientación de los

emi-grantes cristianos. Ni a los problemas nuevos planteados por los inmigrantes no cristianos. Un cristianismo que se hunde, de vez en cuando, ante los embates del comunismo.

Un cristianismo inmaduro porque le resulta difícil solucionar los conflictos entre los propios cristianos que, desde distintas confesiones, lle-gan a estas tierras a predicar, en oposición unos con otros, el mismo evangelio de Cristo.

Un cristianismo inmaduro, sobre todo, por-que no son suficientes los grupos cristianos mi-litantes para hacer frente a los problemas plan-teados por u n a sociedad pluralista que amenaza convertirse en caos.

Este cristianismo, ante el que nos tenemos que p r e g u n t a r si llegará a la madurez a tiempo de solucionar la crisis, antes de que Latinoamé-rica marche por otros caminos.

12 EL CAMINO DE LATINOAMÉRICA

PASA POR EL EVANGELIO

"Cuando se le hubo acercado, le pre-guntó: ¿qué quieres que te haga.'? Dijo él: Señor, que vea" (Le 18, 40-41).

c

V ^ RISTO pasa hoy junto a un ciego. Es u n con-tinente. Suramérica. Un ciego que busca la luz, el camino p a r a la salvación. P a r a la solución de

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los enigmas de un futuro próximo que tienen que realizar estos países jóvenes. Porque no tienen luz estos pueblos que se debaten en la m a r a ñ a de tantas inquietudes sociales.

Les ciega la incultura de la propaganda, que pone una venda en los ojos de los hombres, en la sensibilidad de las masas, de los pueblos. Y no les deja más que un resquicio, para que vean solamente aquello que los explotadores del co-mercio y de las ideas quieren que vean.

Les ciega el egoísmo humano, la avaricia, el ansia de n a d a r en riquezas. El oro les cubre los ojos a los que tienen en sus manos el poder del capital. Se obcecan en sus sistemas los que viven en la abundancia, y no ven las multitudes de pueblos debatiéndose en la incultura, en la mi-seria y en la desesperanza.

Les ciega la tierra a los grandes terratenien-tes, que se aferran a sus miles de hectáreas con uñas y dientes, como fieras. E impiden una re-forma agraria que pide a gritos la concepción h u m a n a del hombre, y exige el evangelio. Quie-ren m a n t e n e r sus privilegios y no ven que la tierra se les viene encima. Que los aplastara si no saben comprender el momento crítico que les ha tocado vivir. Les ciega a los políticos su po-litiquería, debate de camarilla, de comité. Lucha a m u e r t e de privilegios contra privilegios, por encaramarse a las posiciones, para golpear desde arriba a los de abajo. P a r a llenarse las manos, los bolsillos, aprovechando el momento de las arcas abiertas y la posición en los puntos neu-rálgicos del correr del dinero.

Les ciega a los hombres de América la

ur-gencia de los problemas y la inminencia de las catástrofes sociales y no les deja serenidad ni ojos limpios para ver los rectos caminos de so-lución.

Les ciegan a los hombres de Iglesia los sis-temas establecidos y los privilegios adquiridos, las estructuras ya caducas que quieren apun-talar. Les impiden ver más allá de su comodidad o de su cobardía, y se quedan rezagados frente a los tiempos que avanzan.

Nos hace falta ver. Reconocer que éste es un momento crucial p a r a Latinoamérica. Que se juegan su futuro estos pueblos llenos de pro-mesas, de posibilidades. Porque pueden ir al caos o a la destrucción, o pueden ser un foco de humanismo cristiano para el mundo, en la fraternidad de los pueblos y de los hombres, en el trabajo comunitario p a r a la defensa y el pro-greso de una cultura y civilización cristiana amenazada en estos momentos.

Si este continente ciego clamara a Cristo: "Señor, que vea", vería que el camino de su salvación pasa por el evangelio, por u n a Iglesia evangelizadora y presente en los problemas del mundo de hoy.

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13

PRESENCIA DEL TENTADOR

"De nuevo le llevó el diablo a un monte muy alto, y mostrándole todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, le dijo: Todo esto te daré si de hinojos me ado-rares" (Mt 4, 8-9).

I J L materialismo, por ser ateo, ha suprimido también al diablo. Pero la presencia del tenta-dor en el evangelio nos recuerda la verdad dog-mática de su existencia.

El diablo hoy se viste de particular. Se ha hecho "un hombre moderno". No le gustan ya los uniformes tétricos.

Viene de viaje. H a llegado hoy a n u e s t r a ciu-dad, como u n viajero cualquiera. Quizás, "un hombre de negocios". Impecable, elegante y per-fumado. Se rasura con afeitadora eléctrica y se hospeda en el mejor hotel.

Ha salido a d a r una vuelta por la ciudad. Allí están los hombres. Los cristianos. Se agitan por las calles. Se aglomeran en la ciudad mo-derna.

Vio cómo "los grandes" e n t r a b a n en los pa-lacios y los siguió. Asistió con sardónica sonrisa a los consejos de ministros, a las reuniones de alto nivel, a las conferencias e n la cumbre.

De nuevo volvió a v a g a r por la ciudad mo-derna. Entró en la oficina del director, del

ge-rente. Asistió al consejo de administración. Con-versó con los accionistas.

Salió y era ya de noche. Atravesó la ciudad en sombras. Una t r a s otra iban cayendo a la hora en punto "las artistas" del club, del ca-baret. Entró y pudo hablar con todos los que al anochecer saludan con un "buen día". Porque "trabajan" de noche.

Estaba cansado. Al día siguiente seguiría re-corriendo la ciudad moderna y como a "los grandes", a los magnates de la industria y el comercio, a los de los "clubs nocturnos", repe-tiría a todos, a los más vulgares pecadores, in-sinuaría siempre la misma cínica promesa: "todo te lo daré".

Al volver al hotel contemplaba sus dominios, donde él trabaja siempre con las mismas tretas. Echando leña al fuego, metiéndose en la vida de los hombres, escudriñando los últimos estra-tos del ser humano, donde se l i b r a la b a t a l l a d e l bien y el mal. Llega a los fondos de los hombres. Hasta allí penetra él con pulcritud única. De corbata o de frac para las grandes fiestas de sociedad. Halagando siempre lo más bajo, lo más sórdido, lo más inicuo, lo más cruel, lo más bur-do; todo lo peor que existe en el hombre.

Cristo también sufrió el aguijón del tentador y nos enseñó el evangelio eterno: la solución de ayer, de hoy y de siempre: "Al Señor t u Dios adorarás".

Cuando el hombre moderno sepa encontrar a Dios y lo adore, se librará del "espíritu del m a l " que lo zarandea.

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14

LA ACEPTACIÓN DE CRISTO

"Y salió de la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado en quien tengo mi complacencia; escuchadle" (Mt 17, 5).

_ L ^ L h o m b r e moderno no admite "un dios" que sea v e r d a d e r a m e n t e Dios. Es uno de los peligros que lleva consigo el humanismo. Aceptamos un Cristo humano, moralizador, con una doctrina social y un mensaje de fraternidad y de amor. Pero no queremos complicarnos con la divi-nidad.

Como los apóstoles del Tabor, nos asustamos al escuchar que Jesús es el Hijo de Dios.

Los cristianos de hoy quisiéramos tener u n cristo a nuestra medida. A lo más, u n héroe como los de las religiones paganas. Un filósofo, quizá, para considerarnos discípulos suyos, se-guidores de sus teorías. P a r a hacer demagogia con el evangelio y decir que tenemos solución para todos los problemas. Sin comprometer nues-tra vida. Como se podría ser discípulo de Marx o de Sartre.

Todavía somos racionalistas. Eliminamos el mundo sobrenatural. Porque nos da miedo. El descubrimiento de los misterios naturales nos ha dejado atónitos. La inquietud, la angustia del hombre de hoy se debe al vértigo. Al quedarse suspendido en los espacios se h a sentido inse-guro. Ha quedado solo frente al abismo.

Los dioses de la antigüedad eran "dioses te-rribles" porque e r a n "dioses lejanos". Dios quiso suprimir el temor acercándose a nosotros por medio de Cristo. Nosotros, por nuestra parte, aniquilamos a Dios para alejar el temor. Erra-mos el camino. Ahora nos queda la inseguridad. P o r q u e Dios es la "única seguridad". Y el hom-bre moderno ha renunciado a Dios. Le basta con "dioses": el proletariado, la clase, la raza, la solidaridad, la libertad, el progreso técnico, el confort.

Si Cristo no fuera Dios, de poco nos valdría su doctrina. La sublimidad del cristianismo no está en lo que podíamos llamar "su filosofía". Ni siquiera en la elevación de su doctrina moral, que tiene por centro el mandamiento del amor. Lo grandioso, lo inefable del evangelio es que nos da no u n a idea muerta, sino u n a persona viviente: el Hijo de Dios que redime a la hu-manidad.

Aceptar un cristo solamente h u m a n o sería una solución parcial. Quizá suprimir el hambre, la miseria, el racismo, el odio. Sería hacer u n paraíso tipo soviético. Pero no la redención.

Si la Iglesia no muestra el rostro divino de Cristo, podría solucionar quizá todos los pro-blemas sociales, pero se haría traición a sí misma.

El "gran problema" de la sociedad del si-glo x x es que quiera solucionar "sus problemas" en ausencia de Dios. L a humanidad de hoy no necesita filántropos. Espera ver el rostro divino de Cristo en su Iglesia transfigurada.

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ESTE CRISTIANISMO MUDO

"Estaba expulsando a un demonio mudo,

y así que salió el demonio, habló el mudo" (Le 11, 14).

I ¡A era moderna ha querido amordazar a Cris-to. Detesta escuchar otras palabras que no sean las del hombre, las de la razón.

Cristo es palabra de Dios. Palabra personal y viviente. Revelación del Padre. Pero los cris-tianos de hoy no queremos comprometernos con la palabra de Dios. Preferimos estatuas muer-tas, legado cultural de la edad media, de la época colonial, con unos cristos que no hablan.

Y por si fuera poco nos inventamos los "cris-tos en serie". De escayola, sin expresión. P a r a no vernos en la obligación de tener que inter-p r e t a r algo de su mensaje.

Más aún, los liberalismos, los racionalismos barrieron todos los cristos. P o r q u e su lema es la libertad. No respetaron ni a Dios. Borraron las palabras del evangelio p a r a que no pudieran insinuarse en los oídos de nadie.

Desde entonces el demonio m u d o vaga ta-citurno por la sociedad de los cristianos. Trabaja aviesamente en silencio. Fomentando el olvido de Dios. Como u n odio a muerte. El más refi-nado.

Si Cristo volviera de incógnito, pasando r e

-vista a los suyos, se encontraría con muchos discípulos mudos. De esos que no h a n puesto nunca en sus labios, y menos en su corazón, una palabra del evangelio. Recorrería las ins-tituciones de los cristianos y no se encontraría a sí mismo por ninguna parte. No escucharía su propia palabra.

En los santuarios de la ciencia se daría cuen-ta de que su palabra es u n atencuen-tado contra la "conciencia libre" de los ciudadanos.

Entraría en las casas y vería horribles cua-dros del Corazón de Jesús, de cara desvaída y mustia, como muerta, sin palabra. Lo cuelgan como u n paisaje en la pared y dejan que se p u d r a de generación en generación.

Si heredaron la Biblia de algún antepasado, la conservan como recuerdo de familia en la estantería de madera repujada. Es letra muerta. Ellos no tienen necesidad de aprender ninguna palabra. Se han quedado mudos del lenguaje evangélico, cuando van a la cátedra, al trabajo, al negocio, a la oficina, al club.

A veces esculpen alguna sentencia de Cristo en una placa de metal o la escriben con carac-teres góticos, bien antiguos, en u n pergamino con motivo de algún acontecimiento. P a r a co-honestar su silencio. Porque el hombre moderno ha preferido que grite el anticristo. Como si un gigantesco demonio mudo amordazara a los cris-tianos de hoy.

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LAS TURBAS PIDEN PAN

"Y Jesús, conociendo que iban a venir

para arrebatarle y hacerle rey, se retiró otra vez al monte, él solo" (Jn 6, 16).

^/1 Cristo diera de comer a la hambrienta h u -manidad de hoy, a las masas campesinas sin p a n y sin cultura, triunfaría. Con el mismo triunfo efímero de los que ganan las campañas electo-rales.

Viviente en la Iglesia de nuestro siglo, sigue metido en la vida de los hombres modernos. Y no son ajenas a Cristo el h a m b r e y la miseria. Sabe de las más vulgares necesidades de la so-ciedad y no puede pasar de lejos. Sigue teniendo compasión de las turbas.

Si llega al hospital, esa ciudad del dolor, se encuentra con heridas y cánceres, con pústulas y miembros rotos.

Si al suburbio, se le m e t e r á n por los ojos los cuerpos famélicos y los vientres hinchados de los niños que no han comido. Los ojos mustios de los obreros sin trabajo y mal alimentados.

Le seguirán como siempre las mujeres sin marido, con sus hijos a la espalda. Le pedirán pan para los suyos.

Todo el proletariado de los países subdes-arrollados se adheriría a su programa con tal de que prometiera saciarlos de pan.

Hasta los políticos, los economistas, los vo-ciferadores socializantes tendrían a bien que Cristo tapara la boca al pueblo llenándosela de pan. Así no gritaría la turba. Y "sus p r o g r a m a s " de reforma agraria se cumplirían con más tran-quilidad, sin prisa, sin que nadie se moleste.

Cristo, hoy como ayer, podría saciar todas las hambres terrenas. Pero sentiría de nuevo el do-lor de triunfar por tan pocas cosas. El día de la multiplicación de los panes quizá se arrepintió de haberlos saciado. Ellos, con el estómago lleno, gritaron eufóricos. Querían hacerle rey y le aclamaron hasta ahogar en sus voces y en el vaho de su digestión el mensaje del reino.

El pensó en que no desfallecieran en el ca-mino. P a r a que siguieran escuchando la buena nueva del reino de Dios. P a r a que fueran re-dimidos totalmente y no sólo en su estómago.

Hoy, como siempre, los hombres aceptan con alborozo el que la Iglesia, o uno cualquiera de sus obispos, reparta sus tierras a los proletarios. Creen en la Iglesia cuando les habla en una en-cíclica social de la supresión del hambre, de la justicia. Aceptan u n a redención terrena. Pero la humanidad de hoy no aceptaría con tanto al-borozo u n a encíclica sobre la eucaristía, el ali-mento del espíritu. E l hombre moderno no acep-ta una redención p a r a la eternidad.

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ESTA EDAD EMBUSTERA

"Entonces tomaron piedras para arro-járselas; pero Jesús se ocultó y salió del templo" (Jn 8, 59).

I |os tiempos modernos son tiempos civilizados. Los hombres cultos no soportan métodos vul-gares. Hoy existen medios elegantes de apedrear a Cristo.

Jesús de Nazaret entró e n la ciudad moderna pregonando la verdad a los cuatro vientoá. Su verdad eterna. Y fue diciendo a los embusteros: "Decís que es vuestro Dios y no le conocéis".

Se lo gritó a los aristócratas de las firmas y de las acciones, que se l l a m a n católicos y rio tienen otro dios que su dinero.

A los profesionales que se olvidaron de su conciencia y se crearon un dios mudo, que no les moleste, mientras trabajan en su clínica, en su bufete, en su oficina.

A los políticos que dicen que creen e n Dios y se hicieron " u n dios de andar por casa". Que no tiene que ver nada con su vida

pública-A la juventud que se dice de "buena familia", se educó en colegios religiosos y se comporta como los ateos en "sus horas libres".

A los profesores que son católicos en el tem-plo y ateos en la cátedra.

Se lo gritó a todos los "católicos practicantes"

que no practican la justicia ni la caridad con los hermanos.

A todos fue diciendo la verdad. La verdad seca como los nervios de u n látigo, que se clava en la conciencia.

El h o m b r e moderno es supercivilizado, hiper-sensible. No soporta la dura verdad de Cristo. P o r eso rechaza a la Iglesia. No tanto por las deficiencias que pueda encontrar en la conducta de los cristianos, como porque le da en rostro su verdad total.

Así ha sido que la edad moderna no soportó la verdad del evangelio. Prefirió hacerse sus propios dioses. Y cuando Cristo siguió prego-nando la verdad por su Iglesia, las sociedades civilizadas tomaron piedras para arrojárselas: drogas, estupefacientes o cárceles; campos de concentración, exilios en embajadas extranjeras, deportaciones y expulsiones. Intimaron a la Igle-sia a que se callara. Y tuvo que salir d e los templos y ocultarse, como al principio, en las catacumbas. Como Jesús de Nazaret el domingo de pasión. Mas la Iglesia seguirá diciendo la verdad y llamando embusteros a los hombres modernos que no quieren reconocer a Cristo.

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CRUZ PARA LA IGLESIA

"Después de haberse divertido con él,

le quitaron la clámide, le pusieron sus vestidos y le llevaron a crucificar" (Mt

27, 31).

I |A Iglesia es Cristo prolongado a lo largo y a lo ancho de la historia. Sus caminos son caminos de cruz. Sin la cruz no hay redención. La Igle-sia redime cuando lleva la cruz sobre sus hom-bros hasta el monte de la crucifixión.

Los domingos de ramos son efímeros. Pronto se apagaron los gritos de júbilo, los vítores. Y J e r u s a l é n quedó sumida en el silencio, fraguan-do el martirio del redentor.

El pecado de la Iglesia sería creer en su triunfo de tejas abajo. Sería su sed de dominio; la ambición del éxito. Olvidarse de su misión redentora por el sacrificio.

Detrás de todo domingo de ramos se oculta la cruz. Al fondo de la cúpula del Vaticano, en los días radiantes de sol, cuando la multitud clamorosa grita "viva el papa", se difumma siempre u n signo de muerte. Se dibujan los tra-zos escuetos del suplicio que recibió el cuerpo ajusticiado de Cristo. Bajo el esplendor de la liturgia de la semana santa, late la angustia de la comunidad cristiana que se adentra en la

noche del sufrimiento. En las armonías del canto gregoriano aletea u n grito de dolor de la humanidad que anhela ser liberada de las ata-duras de la carne, que suspira ser redimida.

La Iglesia siempre debe de llevar la cruz. La cruz de los propios pecados. Nuestros propios pecados. Carga con ellos para redimirlos.

Los dolores, las hambres, los sufrimientos de todos los hombres.

La cruz es la lucha a m u e r t e contra las fuer-zas del mal que se agazapan en los abismos in-sondables del espíritu humano. Patrimonio de todos los hijos de esta tierra, desde el romano pontífice hasta el más pequeño de los hombres. Es su propia guerra, cuyo campo de opera-ciones está en sí misma. Es como u n a lucha del hombre contra Dios. Debate e n t r e lo h u m a n o y lo divino de la Iglesia.

Es su presencia misma en la sociedad. Es ir abriendo los surcos mientras siente crujir l a tierra bajo sus pies. Para depositar la semilla. Abonando con sangre de hombres. Sangre de mártires que dejan su vida en la brega por el evangelio. Su cruz es ese peso de cuerpo h u -mano que tiene que ser elevado a las alturas. Como los soldados levantaron al crucificado, mientras rechinaban sus huesos y se desgarra-ban sus miembros, para que quedara suspendido entre el cielo y la tierra.

Así la Iglesia crucificada es el único signo de salvación p a r a la humanidad de todos los tiempos y promesa del único triunfo y resu-rrección.

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19

TRÍPTICO PARA LA SEMANA MAYOR

La semana santa se celebra siempre en estas ciudades. En Montevideo es la "semana criolla" o "semana del turis-mo". De Asunción, de Buenos Aires... se desplaza la gente al campo, a disfru-tar de las "vacaciones de semana san-ta", en el otoño. Queda poca gente en la ciudad, estos días grandes para los cristianos. Hay más paz para meditar. Para percibir cómo se realiza la pasión de Cristo en los hombres. En estos hom-bres de hoy que deambulan por las ca-lles y plazas. Estos hijos de Dios que andan por ahí perdidos, que van a la deriva por el camino de su cruz. Así es más fácil ver a Cristo en los hombres. Encontrarlos sufriendo en "los otros" que sufren. Y esperar que todos resu-citaremos con él.

M U E R T E

Le crucificaron en las afueras de la ciudad. Hoy como ayer, e n el suburbio.

Si vas a las afueras de todas las ciudades, t e lo encontrarás. Al hombre crucificado. Por todas partes.

Extiende t u vista, puedes verlo colgado de cualquier palo. De los innumerables postes del

tendido eléctrico que llevan a la ciudad la co-rriente que alimenta las congeladoras.

Encontrarás al hombre del suburbio murien-do en la hediondez de su miseria.

Los del centro, desde sus casas, desde sus hotelitos confortables, verán pasar al hombre que, con su cruz, se dirige a las afueras de la ciudad. Y se mofarán de él. Porque es u n "pobre hombre".

"Lo que hacéis a uno de estos pequeños a m í m e lo hacéis", dice Cristo.

R E S U R R E C C I Ó N "Bienaventurados los pobres", dice Cristo. Los del suburbio. Los que no tienen aparatos electrodomésticos.

A u n q u e no lo comprendan ni los mismos po-bres.

Y a los ricos estas palabras les hagan soltar la carcajada.

P a r a q u e surjan las ciudades modernas con sus rascacielos, sus anuncios luminosos, su cara-vana infinita de coches por las avenidas, ha sido necesario que el hombre del suburbio haya sido crucificado. Clavado en su miseria. Sepultado en los caminos sin asfalto. E n su casucha cho-r cho-r e a n t e de mugcho-re.

P a r a construir la Jerusalén celestial se apro-vecharán los desechos de la humanidad. Las piedras que todos despreciaron. Los pobres. Por-que "los ricos no e n t r a r á n en el reino".

(28)

M U E R T E

Le h a n pintado de blanco la cruz. Míralo. Allí está el hombre. Crucificado en su dolor.

Las camas de los hospitales son blancas. Pero el dolor es oscuro. Negro como las horas de la agonía.

Clavado en el lecho con los garfios del sufri-miento, m u e r e el h o m b r e en el dolor.

Un dolor que satura todo el ser humano. Como ese olor insoportable a medicinas que se te agarra a la garganta al e n t r a r en la clínica. Hace que los hombres se h u n d a n en la des-esperación. Vomiten blasfemias.

"Si es posible, pase de mí este cáliz", dice Cristo.

R E S U R R E C C I Ó N

"Si el grano de trigo no muere, no puede dar fruto", dice Cristo.

Por eso se p u d r e n tantos hombres en los hos-pitales.

Cumplen en su propia carne lo que falta a la pasión de Cristo.

Del grano corrompido entre la basura brotan las rosas. El bisturí es el arado de esta tierra h u m a n a que tiene que florecer en resurrección. No hay resurrección más que a través del dolor. A u n q u e los "creyentes" no creamos en el dolor, el dolor hace santos y redime a la huma-nidad. Los huesos carcomidos y las carnes pu-trefactas son el abono de una cosecha eterna. De una floración definitiva.

56

Es necesario que m u e r a el "hombre viejo", hijo del pecado, para que el "hombre n u e v o " no sufra más la agonía. Resucite con Cristo.

* * *

M U E R T E Allí, abandonado de todos, está el hombre. J u n t o a él pasan los egoístas, los burlones, los indiferentes. Su cruz es el banco de una plaza pública, al anochecer, donde pasar la noche. Su sarcástico martirio, el cuerpo de u n a prostituta. Allí m u e r e el hombre abandonado. Sin es-posa. Sin nadie. E n la atosigante soledad de las ciudades modernas. Hechas de cemento y de hierro, sin corazón. Como cerebros electrónicos que piensan con cifras muertas.

Solo. Clavado en su abandono. No puede con-fiar en los hombres. Ya sólo h a y un S.O.S. p a r a Dios: "Padre, ¿por qué me has abandonado?".

R E S U R R E C C I Ó N "Bienaventurados los que lloran", dice Cristo. La esperanza nos aboca a la resurrección. Los que encontraron su paraíso aquí no an-helan ser redimidos. Pero los que aceptaron todo el dolor de la vida humana, ésos son cristianos. El existir cristiano es como la t a r d e de ti-nieblas de Jerusalén. "No puede ser el discípulo mayor que su maestro". El va delante con la

(29)

cruz. Y, pasado el día de la soledad, enarbolará el signo de la redención.

Hubo una mañana de triunfo. Radiante de sol. Día de la resurrección de todo hombre solo, en esta tierra de soledad.

Hay una mañana de resurrección. Consuelo para la humanidad. Que gime hasta que llegue el día.

"Si Cristo resucitó, también nosotros hemos de resucitar con él".

20

ESTA EDAD SIN PAZ

"Vino Jesús y, puesto en medio de ellos, les dijo: La paz sea con vosotros" (Jn 20,

19).

JL^os hombres de hoy se debaten en una gue-rra desesperada. Contra la guegue-rra. Se han or-ganizado en campos de batalla para defender la paz.

Buscan la paz por los caminos de la guerra. Son caminos de odio, de opresión; de poderío político, de potencia económica, de fuerza mi-litar. Construyen artefactos bélicos. Derrochan riquezas en la anti-ciencia de la guerra. Y des-pués se reúnen en salones confortables para que

en los periódicos pueda leerse la palabra "paz". Se arrojan sobre su presa como buitres. So-bre "los otros", soSo-bre los que viven en países miserables. A los que por eufemismo se les llama "países subdesarrollados". Aplastan a los herma-nos más pobres y los esclavizan con elegancia. Como se portaría una bestia civilizada de finos modales. Que esconde instintos sanguinarios.

El hombre contra el hombre. Y, después, la angustia, ese asco infinito de morder el polvo de la propia soberbia. Esa náusea. Ese miedo te-rrible de ser aniquilado por la propia maldad. Como si el horizonte estuviera cubierto de nu-barrones opacos, y el hombre, con la conciencia manchada, temiera el estallido de un trueno horrible.

Cristo, viajero eterno, llega a esta edad mo-derna. Trae el mismo mensaje. El de siempre. No ha publicado otro manifiesto. "Mi paz os dejo". El mensaje de la resurrección para la hu-manidad. Como lo había dicho al principio en el canto de los ángeles, cuando nació pobre: "a los hombres de buena voluntad".

Y así la paz de Cristo también es una guerra declarada: contra el odio, contra el egoísmo. Una paz que se basa en la destrucción: de lo más sórdido, de lo más rastrero que tiene el hombre.

Cuando se le hayan derrumbado todos los ídolos al hombre moderno, Cristo reinará en el fondo de las almas. Y la paz será con nosotros. No será la paz de las sonrisas que esconden sarcasmos; ni la de las manos que se cruzan en señal de amistad, y firman a la vez pactos

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cri-mínales. No es la paz de las palabras bonitas, ni del porte elegante. No la de las riquezas, ni de los placeres.

Es la paz de la justicia y del amor. Es la paz de Cristo, la que anhelan los hombres de hoy.

21

ESTOS PUEBLOS SIN JEFES

"El asalariado, el que no es pastor, due-ño de las ovejas, ve venir al lobo y deja a las ovejas, y huye, y el lobo arrebata . y dispersa a las ovejas" (Jn 10, 12).

ON muchos los que se erigen en pastores de los pueblos. Pocos los que dan la vida por su pueblo. Innumerables los que viven a costa del pueblo, los que chupan la sangre de la sociedad. Miradlos. Hacen su campaña política. Presen-tan su candidatura. El pueblo se reúne en masa: vocifera, habla de "fórmulas", de "elecciones", de "candidatos", de "presidente". Y todo porque el pueblo tiene hambre y confía en las promesas. Y ellos, los jefes, se apoyan sobre el pueblo. Aunque para subir al poder tengan que piso-tearle la cerviz.

Y cuando están arriba se engordan a sí mis-mos, y engordan a sus compinches. Adquieren

s

capitales para su vejez. Ponen su dinero en los bancos de Suiza. Y acciones en empresas ex-tranjeras.

No importa que el pueblo se muera de mi-seria. El rebaño para estos jefes mercenarios no tiene ya aquel sentido honorable de "pueblo de Israel", "pueblo de Dios". Ya no significa más que "la masa": ese pueblo inerme. Sin pensa-miento, porque no le permiten pensar; sin li-bertad, porque dicen que no sabe usar de ella. Sin pan. Con el único derecho de servir de pedestal a los que llaman jefes, de gritar, de trabajar.

Y así los pueblos se encuentran sin jefes. Buscan ávidamente quienes los dirijan. Si acaso encuentran una vez un jefe, se conocerá en que no huye con las manos llenas. Se dejará matar por la vida de su pueblo. Su vida es desangrarse, morir lentamente para que el mundo de hoy, agónico, tenga vida. Se parecerá al buen pastor, Cristo.

Una silueta se proyecta en el atardecer de esta edad. La figura del buen pastor, por todos los senderos y atajos retorcidos de una huma-nidad supercivilizada.

Entre los gritos de los pregoneros, vendedo-res de programas de reformas sociales, de ma-nifiestos de partidos, se escucha una voz. El único programa, el único manifiesto que tiene vigencia eterna. El que comienza con aquellas palabras: "Yo soy el buen pastor y doy la vida por mis ovejas".

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