Antología Logoterapia
2010
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PRESENTACION
La presente ANTOLOGÍA, contiene un recorrido por la fascinante vida y obra de Viktor Frankl, un judío-vienés, que vivió en 4 campos de concentración durante la 2ª Guerra Mundial y fue el creador de la
Logoterapia, un enfoque humanista que se centra en la búsqueda del Sentido.
Lo asombroso es que este médico-psiquiatra desarrolló su propuesta años antes de su internamiento y debió ponerla en práctica una vez que se encontró en los ―campos de exterminio‖; éstos se convirtieron, sin proponérselo en su laboratorio, ―experimentum crucis‖
La intención es que te impregnes de la filosofía frankliana, que manejes sus valiosas herramientas, que al ponerlas en práctica cotidianamente te posibiliten descubrir tu sentido de vida y ayudar a otros en esta tarea.
“Sí a la vida a pesar de todo”, es una de sus máximas, así pues la Logoterapia es:
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I N D I C E
TEMA PÁGINA
CAPÍTULO 1
VIKTOR FRANKL ……… 1.1 La madre: la bondad en persona ……… 1.2 El padre: la justicia en persona……… 1.3 Un momento de reflexión ………. 1.4 El trasfondo social ……….. 1.5 Infancia y juventud ………. 1.6 En la búsqueda espiritual de sentido ……… 1.7 El nacionalsocialismo y la deportación al campo de concentración …… 1.8 La <<vida después>> ………. 1.9 El éxito internacional ………. CAPÍTULO 2
INTRODUCCIÓN A LA LOGOTERAPIA ……… 2.1 El ser humano en la Logoterapia………. 2.2La libertad y la responsabilidad ………... 2.3 Los valores ……… 2.4 La intencionalidad………... 2.5 La transitoriedad de la vida ……….. 8 8 13 20 21 23 26 37 49 53 55 56 57 58 59 59 2.6 La voluntad de sentido ……….. CAPÍTULO 3 EL SUFRIMIENTO EN LA LOGOTERAPIA ………... 3.1 Sufrimiento con sentido y sin sentido ……….. 3.2 Sufrimiento necesario e innecesario ………. CAPÍTULO 4
ESCUELA VIENESA ……….. 4.1 Frankl y Sigmund Freud (1856-1939)……….. 4.2 Frankl y Alfred Adler (1870-1937) ……… 4.3 Síntesis ……….. CAPÍTULO 5
LOS MÉTODOS DE LA LOGOTERAPIA ………... 5.1 Los grupos de neurosis según Viktor E. Frankl ………. 5.2 El origen de las neurosis de ansiedad ……….. 5.3 La curación de las neurosis de ansiedad ………. 5.4 Jaque al carácter neurótico obsesivo ………... 5.5 Un poco de falta de amor: la histeria ………. 5.6 Salvación mediante renuncia ……….. 5.7 Un esbozo multidimensional contra las adicciones ………..
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TEMA PÁGINA
5.8 Trastornos de la conducta alimentaría: un complejo problemático con dos raíces ………. 5.9 Evitar las lesiones iatrógenas ………. 5.10 El acompañamiento de enfermos somatógenos/endógenos …………... 5.11 Incapacidades por trastornos somáticos graves ………. 5.12 Incapacidades por trastornos psicóticos ……….. 5.13 La depresión endógena ……….. 5.14 La esquizofrenia ……… 5.15 Dominar los golpes del destino ……… 5.16 Neurosis y depresiones noógenas ……….. 5.17 Salir del vacío existencial ………... 5.18 Cómo se generan los trastornos del sueño y las disfunciones sexuales ……… 5.19 Una receta contra el egocentrismo ……….. 5.20 Prevención y seguimiento ……….. 5.21 La pregunta sobre el sentido del sufrimiento ………... 5.22 El sistema de valores personal ……….
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CONCEPTOS BÁSICOS DE LOGOTERAPIA ……….. 6.1 Voluntad de sentido ……… 6.2 Frustración existencial ……….. 6.3 Neurosis noógena ………... 6.4 Noodinámica ………. 6.5 El vacío existencial ………. 6.6 El sentido de la vida ………... 6.7 La esencia de la existencia ……….. 6.8 El sentido del amor ………. 6.9 El sentido del sufrimiento ………. 6.10 Problemas metaclínicos ……….. 6.11 El suprasentido ………. 6.12 La transitoriedad de la vida ……… 6.13 La Logoterapia como técnica ……… 6.14 La neurosis colectiva ……….. 6.15 Crítica al Pandeterminismo ……… 6.16 El credo psiquiátrico ……… 6.17 La psiquiatría nuevamente humanizada ………. CAPITULO 7
GRUPOS COMPARTIDOS ……… 7.1 Lineamientos generales ……… 7.2 Responsabilidades de los miembros del grupo ……….
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7.3 Responsabilidades de los facilitadotes ………
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TEMA PÁGINA
7.5 El proceso del grupo ………..
7.6 Logodrama ………
7.7 Efecto de retroalimentación ………. 7. 8 El sentido a través de los libros ………. 7. 9 Grupos de derreflexion ………. 7.10 Grupos de meditación ………. 7. 11 Ejercicios finales ………. BIBLIOGRAFIA ……… 164 165 166 167 168 168 169 170
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ANTOLOGÍA DE LOGOTERAPIA Objetivo:
Adentrarse en las bases conceptuales en las que se fundamenta la Logoterapia, así como en las herramientas psicoterapéuticas que propone; para que mediante su conocimiento, estudio y manejo, se enriquezca tanto la parte personal como profesional de los alumnos y se posibilite a los alumnos al manejo y práctica de los mismos, tanto en la parte teórica como en la vivencia para fortalecer y potencializar su personalidad y decisiones trascendentes de vida.
Logoterapia, un enfoque muy práctico y efectivo que se ha desarrollado desde su inventor Viktor Frankl hasta nuestros días por lo cual mucha gente ha sido tratada mediante ésta.
Los temas y sus objetivos específicos Biografía de Viktor Frankl
Conocer y abundar en la vida del creador de la Logoterapia Viktor Frankl para percatarnos de todos los momentos noéticos de su existencia que pueden alumbrar y ser semejantes en cuanto a la vivencia, fuente de inspiración y ejemplo para nuestra existencia
Experimentum Crusis (Experiencia en el campo de concentración)
Descubrir la objetividad del relato de su experiencia en 4 campos de concentración donde nos muestra su actitud de no juzgar a sus captores y sin embargo ver los rasgos de humanidad y sentido que se tienen aún bajo esas circunstancias
Conceptos Básicos de la Logoterapia
Adentrarse en el estudio y comprensión de dichos conceptos que llevados a la práctica pueden planificar nuestra vida cotidiana.
Grandes Temas:
Libertad
Tomar conciencia de que somos libres de elegir, a pesar de nuestras circunstancias de que no estamos determinados, y que la última de nuestras libertades es el ―cómo vamos a vivir‖ lo que se nos presente en nuestra vida.
Responsabilidad
Asumir que la libertad va de la mano de la responsabilidad y que esta última no es necesariamente una obligatoriedad, es decir, que vamos a responder desde donde podemos y no desde donde debemos.
Conciencia
Descubrir que la conciencia o el ―darse cuenta‖ es el órgano del sentido, es decir es la brújula que guía nuestros pasos y decisiones.
1. Conceptos Básicos de la Logoterapia
Profundizar en los conceptos que dan soporte a este enfoque humanista para su comprensión y manejo. o Vacío existencial
o Homeostasis o Trascendencia o Análisis existencial
o Canción: ―Color esperanza‖ o Elaboración de relatoría.
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2. Libertad (primera parte)
Tomar conciencia de que somos libres de elegir a pesar de nuestras Circunstancias de que no estamos determinados y que la última de nuestras libertades es el ―cómo vamos a vivir‖ lo que se nos presente en nuestra vida
o Concepto de libertad. o Concepto de elegir o Concepto de decidir
o Ejercicio interpreta el cromo o Reflexión.
o Película: ―La sociedad de los poetas muertos‖ o Elaboración de relatoría.
3. Libertad (segunda parte)
o Libertad ante… o Libertad para…
o Libertad en la primera dimensión o Libertad en la segunda dimensión o Libertad en la tercera dimensión o Ejercicio: elabora un garabato o Elaboración de una relatoría
4. Responsabilidad (primera parte)
Asumir que la libertad va de la mano de la responsabilidad y que esta última no es necesariamente una obligatoriedad, vamos a responder desde donde podemos y no desde donde debemos
o Definición de responsabilidad. o Responder desde los ―debeismos‖
o Responder a las consecuencias de las decisiones o Definición de co-responsabilidad
o Canción: ―A mi manera‖ o Elaboración de relataría
5. Responsabilidad (segunda parte)
Asumir que la libertad va de la mano de la responsabilidad y que esta última no es necesariamente una obligatoriedad, vamos a responder desde donde podemos y no desde donde debemos
o Definición de la triada neurótica masiva o Culpa-responsabilidad
o La responsabilidad dentro de la tensión espiritual o La responsabilidad vivida como un exceso y carencia o Película: ―Los puentes de Madison‖
o Elaboración de relatoría
6. Conciencia
Descubrir que la conciencia o el ―darse cuenta‖ es el órgano del sentido, es decir es la brújula que guía nuestros pasos y decisiones
o Definición de conciencia o Conciencia –me doy cuenta o Pérdida de instintos
o Pérdida de tradiciones o Película: ―Equilibrio‖ o Elaboración de relatoría
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7. La tridimensionalidad
Reconocer que nuestras respuestas ante la vida pueden darse desde los tres niveles del ser humano o Definición de tridimensionalidad
o Dimensión física o Dimensión psíquica o Dimensión espiritual
o Ubicación dentro de la noodinámica o Análisis y discusión de casos o Elaboración de la relatoría
8. Ideas centrales sobre el libro “El Hombre en busca de sentido” 1ª parte
o Leer y reflexionar sobre la obra cumbre de Frankl para su aplicación personal. o Consideraciones sobre la obra
o Exposición por equipos de la primera parte del libro o Reflexión: ¿Con que pasaje se identifica mi vida? o Elaboración de la relatoría
9. Análisis del libro 2ª parte
Finalizar y concluir sobre el libro así como comentar experiencias personales las cuales podrían ayudar a la vida diaria
CRITERIOS DE EVALUACIÓN
ASISTENCIA: 15% PARTICIPACIÓN EN CLASE: 35% TAREAS: 20% ENSAYO FINAL: 30%8
CAPÍTULO 1
VIKTOR FRANKL (1905-1997)
A Frankl le gustaba narrar su vida como una forma polifacéticamente
entretejida. Aplica de manera íntegra este procedimiento que le acredita como
filósofo existencial y fenomenólogo, preocupado por el ser de las cosas. Tanto si cuenta una anécdota como una broma, una reflexión o un período abrumador de su vida, por todas partes los elementos conmovedores debían resultar visibles. Es en la descripción del desarrollo de una vida donde mejor se revelan estos elementos, más que en una cartografía que detalla hechos históricos aislados.
Por cierto, el curso de una vida muestra mejor a la persona en relación con su realidad y su destino (el destino que ella debe conquistar), porque sus rasgos característicos se destacan como generales y la situación particular del modelo que perdura contrasta más claramente con el trasfondo cambiante de los acontecimientos. Por todo ello, Frankl prefería representar su vida como una narración. No se atiene necesariamente al transcurso de los acontecimientos. Pasa por alto grandes períodos de su vida y enlaza recuerdos de la niñez con sucesos de los años de madurez o experiencias de la vejez. Le interesa, principalmente, poner de manifiesto a la persona: cómo piensa, decide, sufre, siente y actúa; cómo fue, creció, maduró y adoptó una posición.
Nuestro procedimiento se mueve en el espíritu de Frankl, al no ordenar su vida por años ni reflejar su desarrollo cronológico. Queremos destacar lo que hay de relevante y característico en su biografía. Nos ocuparemos de los sucesos y veremos cómo repercutieron en su vida, su ambiente y su obra. No es necesario repetir lo que ya el mismo Frankl apuntó de manera tan viva y gráfica en su Autobiographischen
Skizze y en su último libro, Was nicht in meinen Büchern steht (1995). Nos servimos para la redacción de
este trabajo de algunos pasajes de la primera biografía sobre Frankl que Guillermo Pareja escribió en español y que contiene muchos relatos del mismo Frankl. Algunos datos biográficos provienen del libro
Ósterreicher, die der Weltgehüren. De especial ayuda fue el primer manuscrito de Was nicht in meinen Büchern steht que Frankl me entregó en octubre de 1985 para su uso póstumo y que contiene algún
material inédito y muchas reflexiones espontáneas no redactadas.
Estos textos nos han servido como auténtico material de datos, aunque no fueron sometidos a posteriores revisiones biográficas ni históricas. Se completan con informaciones, relatos y acontecimientos que me eran accesibles a través de otras fuentes, en especial sus libros y conferencias, o que conocí por boca del propio Frankl.
Para una mejor orientación sobre la vida de Frankl y para consulta, se ha confeccionado un repaso de sus datos biográficos y de los períodos más importantes.
1.1 La madre: la bondad en persona
Frankl comienza sus dos biografías dedicando unas palabras a su madre: «Mi madre proviene de una familia patricia establecida en Praga desde largo tiempo. El poeta alemán Oskar Wiener, nacido en Praga e inmortalizado por Meyrink en su novela El Golem, era su tío, quien murió, ciego desde hacía tiempo, ante mis propios ojos en el campo de concentración de Theresienstadt. Se podría añadir que mi madre descendía de Rashi*, que vivió en el siglo XII, pero además de ―Maharal‖, el famoso gran rabino Low de Praga, después del cual yo vendría a ser concretamente la duodécima generación. Todo ello se desprende del árbol genealógico que alguna vez tuve oportunidad de consultar.»
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Frankl caracterizó a su madre como «una persona de alma bondadosa y corazón piadoso». En el manuscrito de su biografía, la había descrito en un principio como una persona de «corazón bondadoso» y «alma piadosa», y luego invirtió los términos corrigiendo a mano la formulación. La descripción original de «corazón bondadoso y alma piadosa» era más personal e íntima. Se refiere a una bondad que brota del corazón y que puede percibirse en el contacto directo con la persona. Además, la describe como una mujer cuya fe emana de un alma piadosa. De esta manera, su fe se atribuiría al «alma», que por cierto es más espiritual que el corazón, y de éste, en cambio, que palpita en el cuerpo, provendrían su bondad y entrega. Puesto que se trata de la única caracterización de su madre, se plantea la pregunta de por qué Frankl habrá invertido los términos. ¿Habrá visto a su madre de un modo distinto a como lo apuntó espontáneamente al principio? Si ella era la bondad en persona, la bondad debiera corresponderse más con su carácter y sería expresión de su alma, tal como bien dice el modismo: «era un alma buena». ¿Acaso el corazón de su madre estimaba más la piedad que los vínculos humanos? ¿O es que su hijo solamente lo percibió así, a causa de su propio carácter y su personalidad? Como sea que lo haya experimentado el pequeño Viktor, lo cierto es que Frankl se sentía muy ligado a su madre. Incluso ya anciano sólo tenía palabras cálidas para ella. Su voz se volvía suave y su cabeza se inclinaba un poco cuando mostraba su retrato. Jamás le oí decir otra cosa a propósito de su madre que no fuera: <Era la bondad en persona>. De nuestras conversaciones me quedó la impresión de que debió de ser una mujer comprensiva y condescendiente, totalmente sometida a la autoridad de un marido mucho mayor que ella —lo cual era habitual por aquel entonces—, pero que en el interior de la familia representaba, sin embargo, el polo de calidez y tranquilidad.
En ocasiones, Frankl decía irónicamente que parecía increíble que él como persona también hubiera
heredado algo de su madre, puesto que a primera vista nadie se daría cuenta de su profunda
emocionalidad. Lo cierto es que en las relaciones personales —tal como yo las experimenté— sus sentimientos quedaban mucho más escondidos que en las conversaciones con sus pacientes. Cuando se veía enfrentado al dolor de otros se despertaban en él sentimientos de compasión. Esta tendencia estaba en consonancia con el espíritu tan admirado por él del filósofo Arthur Schopenhauer y con su Ética de la
compasión. Desde luego, también en el ámbito privado había determinadas oportunidades, situaciones o
encuentros en los que su emocionalidad desempeñaba un papel. Sin embargo, prefería mantener sus sentimientos en la intimidad. Por eso, los vivió especialmente en relación con su religiosidad, que se caracterizaba por la misma afectuosidad que conocía de su madre. Cuando hablaba de sus creencias personales, lo cual ocurría muy raras veces y siempre en pequeños círculos íntimos o más bien en el diálogo a solas, su voz adquiría la misma suavidad y el mismo timbre que tenía cuando hablaba de su madre, lo que mostraba su profunda emoción interior, que buscaba temerosa resguardarse en la intimidad. ¿Habría calificado Frankl este rasgo de sí mismo también como «alma piadosa y corazón bondadoso»? Esta primera descripción de la emocionalidad de Frankl nos muestra una velada afinidad de sentimientos
con su madre. Más adelante, analizaremos en un capítulo especial el significado de la emocionalidad en la
vida de Frankl, ya que ésta tiene una gran importancia en su biografía y aún más en su obra. A pesar de llevar el título «Los padres», en el fondo el primer capítulo de la autobiografía de Frankl no dice mucho de su madre. Habla más bien de sí mismo, del famoso árbol genealógico en que figura, de su nacimiento, que no se produjo «por poco, en el famoso Café Siller» —el mismo del que más tarde Alfredo Adler sería cliente habitual— y que coincidió con el aniversario de la muerte de Ludwig van Beethoven. Nos cuenta de sí mismo como niño y de su apego emocional a la casa paterna y a la madre. La descripción de la relación con su madre culmina con la dolorosa experiencia de la pérdida, largamente temida y presentida, en el campo de concentración. Después de la muerte de su padre, al que pudo acompañar en Theresienstadt hasta su última hora, en el trato con su madre siguió el principio de «besarla, dondequiera que nos encontráramos y cuando quiera que nos despidiéramos, para poder tener la garantía de haber quedado en buenos términos, si por algún motivo teníamos que separarnos». Estas pocas palabras reflejan un gran
apego a la madre, que se juntaba a un peculiar temor de quedar privado del amor de la madre por algo que
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¿Acaso Frankl no estaba seguro del amor de su madre? De acuerdo con sus propias afirmaciones, no cabe ninguna duda de que el amor de su madre era duradero, profundo, genuino y cálido. Frankl consideraba este amor como un valor de especial significado en su vida. ¿Por qué entonces ese temor? ¿Por qué un hombre de casi cuarenta años que estaba casado y convivía con su mujer necesitaba una seguridad aún mayor, en realidad una garantía, que buscaba en la constante repetición del beso de despedida? No lo sabemos. Desde luego, uno podría preguntarse si no habría sido suficiente el amor que recibió de su madre. ¿Sería por eso que no la describe como «corazón bondadoso» sino como «alma bondadosa»? ¿O tal vez no se trataría tanto de su madre como de la personalidad «testaruda>, más bien complicada, del pequeño Viktor, que le impedía vivir plenamente el amor de su madre? Dado su carácter tozudo, parece verosímil que el hijo se mantuviera a menudo «al margen» y creara «innecesarias» tensiones y confrontaciones que la madre no podía resolver y ante las cuales se sentía impotente a causa de su propio carácter. Viktor podría haber experimentado entonces una distancia con respecto a ella —creada por él mismo— que le impidió sentirse rodeado de su amor y calor. ¿Surgiría de ahí el temor de que algo pudiera interponerse entre ellos imperceptiblemente?
Aunque vivió encerrado en esta soledad, creada por él mismo debido a los rasgos defensivos e inaccesibles de su personalidad, experimentó el continuo y amoroso calor de su madre. Puedo imaginar que Frankl le estuviese eternamente agradecido por la perseverancia de su amor. Le hacía feliz saber que el sol de un amor materno incondicional seguía brillando pese a las dificultades, precisamente «pese a eso». Quizás así Frankl haya experimentado en años tempranos el valor del pese a eso, que tan fundamental sería para su obra futura como <<poder de obstinación del espíritu» y como sentido «pese a todo».
Para Frankl, el «pese a eso» no significaba en primer lugar la lucha, el conflicto o el rechazo, sino ante todo la protección, la conservación de la vida y el amor. El esquema de su «pese a eso» era «decir sí a la vida de manera totalmente incondicional y sin reservas pese a eso, pese a todo». Él mismo había experimentado este «pese a eso» en la actitud de su madre y lo había conservado en el recuerdo como una cálida continuidad de la relación, casi impotente pero insondablemente profunda. El «pese a todo» materno se juntaba a su propio «pese a eso» delimitador y obstinado, al cual tendía por predisposición y que sin el calor maternal hubiera podido resultar demasiado frío, incluso despiadado. Fue así que se convirtió en el «famoso pese a eso frankliano», como ya se lo llama hoy en día en algunas partes.
Hay que ver también una vertiente religiosa en la relación de Frankl con su madre. Cuando se despidió de ella con malos presentimientos y previsiblemente por última vez, le pidió su bendición y ella se la dio inmediatamente. Fue en el campo de concentración de Theresienstadt en el momento en que él iba a ser deportado a Auschwitz junto con su mujer, mientras que su madre tuvo que permanecer allí. (Nadie lo sabía en ese momento, pero una semana más tarde ella también sería deportada a Auschwitz, donde fue asesinada inmediatamente en la cámara de gas). En el campo de concentración, debió de pensar a menudo en su madre. No sabía que ya estaba muerta, pero siempre que pensaba en ella se le imponía «inevitablemente la idea de que lo único apropiado hubiera sido, como suele decirse, ponerse de rodillas y besar la orla de su vestido». Frankl manifiesta aquí la veneración por su madre de un modo conmovedor. El gesto de querer besar la orla de su vestido, como lo único apropiado para ella, eleva la relación también a un plano religioso-ritual. Es la expresión de la veneración de una santa.
Estas afirmaciones tienen un efecto peculiar en mí. Tanta veneración me conmueve profundamente y me remite a la relación con mi propia madre. « ¿Qué me pasaría a mí? ¿Podría hablar de la misma manera de mi madre? ¿No debería yo también poder hablar así de ella? ¿Sería así un hijo o una hija agradecido? ¿Acaso no sería éste el ideal?» Tales preguntas me asedian y me hacen sentir un poco culpable. Me doy cuenta de que no tengo esa relación de veneración con mi madre. Pero si me pregunto cómo es y cómo me gustaría que fuera mi propia relación con mi madre, descubro que desearía que fuera más próxima que la que describe Frankl. Yo no hubiera querido besar la orla de su vestido sino sus mejillas. Quisiera estrecharla en mis brazos y tal vez besarle las manos. Así tendría la sensación de que se trata de una
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forma de expresión apropiada para ella y para mí. Inclinarme ante mi madre y besar la orla de su vestido me resultaría demasiado idealista, demasiado alejado de la vida real.
De esta manera ella adquiriría para mí un carácter sagrado, se convertiría en una virgen, intocable, inalcanzable, intangible. La respetuosa distancia que se abriría entre nosotros me haría pensar que en el fondo soy indigno de ella y que su amor hacia mí sólo depende de su favor y de su gracia.
Dada la desigualdad entre las vivencias del autor y del lector, es necesario preguntarse cómo hay que entender el gesto y el sentimiento de Frankl. Sin duda se trata de una expresión de la mayor veneración. Este gesto de un hombre que creció «todavía bajo el imperio austro-húngaro» y que pudo haber sentido la subordinación como algo natural y por tanto apropiado, ¿le era desde pequeño usual y evidente? ¿Era Frankl, en su comportamiento social, un niño del siglo XIX atento a respetar la etiqueta? Indudablemente incidía en él la influencia de su propia época, que se mostraba también en otros detalles de su conducta, como el cumplir estrictamente las normas de cortesía o tratar a los amigos por su título durante discusiones en público. Pero al mismo tiempo, en su vida racional era un ilustrado, de espíritu progresista y joven, que se situaba políticamente en la izquierda. La relación con sus padres, sin embargo, (como él mismo lo admitió posteriormente) siguió siendo tradicional.
No es fácil dilucidar, a partir de estas pocas palabras de Frankl, en qué se basaba la relación con su madre. Tampoco puedo evaluar hasta qué punto ejerció un papel la proverbial «jiddische Mame» como «la mejor de todas las madres». Se la consideraba una matriarca a la que el hijo quedaba subordinado de por vida y de la que en verdad nunca podía despegarse del todo‖. La mayoría de los chistes que aluden a esta típica relación madre-hijo toman como blanco esta íntima unión, o bien las lamentaciones de la madre que se toma muy mal el intento de emancipación del hijo, ya que ella lo hace todo por él, por lo que él no necesita más independencia. En cualquier caso, en Frankl llama la atención esta especie de enaltecimiento de la
madre que le atribuye el carácter de santa.
¿Acaso se debe este enaltecimiento al aislamiento, al frío y la indescriptible miseria del campo de concentración, donde Frankl recuerda a su madre, añora su calor y llega a sondear sólo en aquel momento en toda su profundidad lo que ella le había dado y lo que había significado para el? ¿Se trata entonces de la expresión de un agradecimiento retrospectivo, rayano en el sentimiento de culpa y por eso desbordante, del que toma conciencia en aquel momento? No resulta difícil imaginar esta constelación de causas, sobre todo conociendo la circunstancia de la muerte.
¿O era una relación de veneración ya desde antes experimentada, en la que siempre dominó la distancia, en la que las necesidades infantiles de cercanía y ternura quedaron insatisfechas de modo que esta carencia de una cercanía se trató de compensar al nivel espiritual justamente por medio de la veneración, del «estar en buenos términos» y de la bendición materna? También hay algunos argumentos a favor de esta hipótesis: Frankl empieza a escribir sobre su madre más bien en forma de una genealogía de su origen y no expresa ninguna vivencia personal o corporal de cercanía, aparte de la conmovedora escena de despedida. Se describe a sí mismo como un niño «fastidioso», al que la madre solía cantar una canción de cuna que decía «Cálmate de una vez, desgraciado». En el manuscrito no revisado, Frankl escribe que la madre llegó a llamarle «asqueroso», según ella misma le contó más tarde. Es posible imaginar ciertas tensiones y agresiones maternas. También resulta llamativa la nostalgia que sentía como hombre adulto, ya médico especialista en neurología y psiquiatría. Si no recuerdo mal, Frankl me dijo que hasta su casamiento dormía en casa de sus padres, al principio una vez por semana, luego una vez al mes y por último una vez al año, el día de su cumpleaños.
Sea como fuere, la madre también tenía apego por Frankl. Según su relato, cuando se despidió de ella en Theresienstadt: «le pedí en el último momento: ―Por favor, dame tu bendición‖. Y jamás olvidaré cómo — casi con un grito que surgía de lo más profundo y que sólo puedo calificar de ardiente— dijo: ―Sí, sí, te bendigo‖ y me dio su bendición». La madre, visiblemente, conmovida y afectada, accedió al deseo del hijo.
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Fue un aullido, un profundo y «ardiente» aullido, con el que pudo vivir por última vez su maternidad frente a Viktor. Todos los detenidos en Theresienstadt sabían que la deportación a Auschwitz significaba la muerte, porque allí estaban las cámaras de gas, que no existían en Theresienstadt. Durante su internamiento en este campo Frankl lo sabía. Lo que describe aquí es una imagen que corresponde al tipo del stabat mater, ver al hijo partir hacia la muerte es probablemente la experiencia más terrible que pueda atravesar una madre. En el primer borrador del texto, Frankl apunta su impresión de ese grito de su madre con una precisión aún mayor: «He llamado ardiente a ese grito, pero quiero ir más lejos: fue animal, como de un animal en celo». Y añade que si la palabra no estuviese tan desgastada por cierto método psicoterapéutico, diría que se trató de un grito «primario».
Estos comentarios se omitieron en la edición publicada de su biografía. Era probable que se malinterpretaran y enturbiaran la imagen de su madre. Podrían haber dado lugar a reproches: ¿Cómo se puede comparar la última impresión de la madre en un momento casi sagrado con un dolor que ya no era humano sino de un animal en celo? Alguien podría pensar que Frankl estaba profanando la imagen y la persona de su madre y que se mostraba como un investigador de la naturaleza sin corazón, que no se detenía ni ante la gracia del último momento y el amor sagrado de una madre, sino que lo sacrificaba sin respeto alguno a la clasificación científica. Esta clase de crítica no haría justicia a su persona y no acertaría la verdad. Por eso fue justificado que ese pasaje no se publicara, dado que requería una contextualización o un comentario.
Una vez Frankl me contó personalmente esta escena de despedida con su madre casi con las mismas palabras. Su voz se volvió muy baja, opaca, quebrada, como si se avergonzara de lo que decía. Sin embargo, había en él una fuerte determinación, una voluntad de veracidad, una convicción de que no debía avergonzarse. Pues en lo que decía precisamente no había enjuiciamiento alguno ni clasificación ni distanciamiento científico e impersonal, sino una profundísima y dolorosa impresión. A pesar de la relación de veneración que sentía y de lo trágico de la situación de ser deportado hacia una muerte casi segura en Auschwitz, la emoción de su madre fue para él una percepción inesperada. Por eso, este aullido le llegó con todo el impacto de la amenaza que la madre sentía por su hijo en aquel momento. En este aullido percibió la indescriptible e insondable profundidad de la relación de una madre con su hijo, una profundidad que a través de lo espiritual y mental está como corporizada en ella y fundida con su carne. La p érdida de un hijo daña a una madre a un nivel aún más profundo que el inconsciente individual o el inconscien te colectivo arquetípico, precisamente por fundarse en la existencia corporal y física que tenemos en común con los animales. Frankl reconocía y respetaba personalmente el profundo anclaje del hombre en la naturaleza, aunque no lo desarrollara en su teoría (hay pocas observaciones suyas en este sentido). Por eso, en discusiones no tenía reparos en afirmar que al ser humano no le faltaba nada del animal, si bien al animal le faltaba todo lo que constituye al ser humano.
Como persona, Frankl se distingue precisamente por su espíritu despierto, abierto y alerta que le permitía hacer observaciones extremadamente agudas. A veces percibía y comprendía con una rapidez increíble, fenómenos cuyo significado permanecía cerrado para otros. Por supuesto que esta capacidad se mantenía dentro de límites humanos y nunca llegué a saber del todo, por ejemplo, hasta qué punto podía aplicarla a sí mismo. Sin embargo, en la conmovedora escena de la despedida con su madre, la persona de Frankl se nos muestra en toda su envergadura: el dolor de la despedida, la relación con su madre espiritualmente enaltecida, quizás idealizada, el intento de elevar a un plano religioso el amor y la relación para arrebatarle su carácter efímero y llevarse consigo su fuerza y efecto en forma de una bendición. Aun así, en sus percepciones conservaba una objetividad y sinceridad casi desapasionadas, a las que no sacrificaba jamás a sentimentalismos eufemistas.
Me sentí profundamente conmovido cuando Frankl me contó esta historia. Lo que me conmovió fue la situación descrita, me conmovió ese grito primario de una madre, me conmovió la valentía de Frankl al mostrarse franco en esa dimensión de la experiencia. Después del relato, Frankl, algo inseguro, me preguntó si podía creer lo del aullido de un animal en celo. Estaba inseguro y con un dejo de pudor, porque no sabía si algo así era realmente comunicable y entendible para quien no lo hubiera vivido. Tenía dudas
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de si este abismo entre la pasión animal y lo puramente espiritual pudiera salvarse con el lenguaje. Yo podía comprenderlo muy bien y sentirlo como él. Por eso, me atrevo a reproducirlo aquí, lo cual además está legitimado por la intención de Frankl de autorizar su publicación dentro de un marco adecuado.
1.2 El padre: la justicia en persona
Frankl creía con razón que salía más al padre que a la madre, cuyas personalidades eran opuestas. Mientras que ella era la bondad en persona; suave, compasiva, afectuosa, con un corazón piadoso; al padre le describe como espartano en su estilo de vida, ahorrativo —aunque no avaro—, con una estricta conciencia del deber y rígidos principios, «dogmático hasta la pedantería, pero sobre todo hasta la terquedad». Frankl admiraba en su padre el alto sentido de justicia, a pesar de que sus sentimientos abarcaban un amplio espectro y podían oscilar entre el estoicismo y el mal genio. Una vez quebró un bastón de paseo o de alpinismo aporreando a Viktor en un arrebato de cólera.
Los viernes por la noche el padre «obligaba» a sus dos hijos, Walter y Viktor, a leer en voz alta una oración en hebreo. Dado que ninguno de los dos había asistido nunca a una escuela de Torá ni había aprendido hebreo más que en casa con el padre, en raras ocasiones les era posible leer las oraciones sin errores, cosa que, sin embargo, el estricto padre consideraba muy importante. Sabiamente, no impartía castigos a sus hijos para motivarles al máximo rendimiento, sino que les privaba de la paga prometida. Sólo les daba los diez céntimos, relata Frankl, «si podíamos leer el texto con total y absoluta fluidez», lo cual no ocurría más que un par de veces al año.
Al igual que la madre el padre era muy religioso. Pero mientras que Frankl destacaba en ella la actitud de «corazón piadoso» de su religiosidad, en el padre describe el modo estricto en que se atenía a los preceptos rituales. Rehusaba, por ejemplo, toda comida que no fuera koscher* —hasta la primera guerra mundial—, observaba las fiestas judías con la mayor precisión y prefería arriesgarse a una sanción disciplinaria (a pesar de su férrea conciencia del deber) antes que obedecer a su jefe de sección en el Ministerio, que le ordenaba presentarse a servicio y trabajar el día de la mayor fiesta judía, Jom Kippur. La fe era lo mis importante para él, seguida de sus principios.
No obstante, la religiosidad del padre no puede ser calificada de ortodoxa o acrítica. Frankl le describe como un «judío reformista», crítico, liberal, que sabía defender abiertamente su independencia ideológica y mantenerse a prudente distancia de las influencias humanas en la religión.
Además de su lealtad de principios, de su apego por la tradición religiosa y de su desacuerdo intelectual con el judaísmo, el padre estaba imbuido de una profunda sumisión a Dios. Esta sumisión se pone de manifiesto de un modo conmovedor durante su marcha hacia Theresienstadt, cuando el anciano de ochenta años le dice sonriendo un par de veces a la gente que se hallaba al borde del pán ico: «Conservad la serenidad, Dios nos asistirá». También me parece que está presente la sumisión a Dios en la que era su máxima: (Me mantengo en calma, como Dios manda». Después de su muerte, un rabino que le había conocido bien le aseguró a la madre de Frankl que su marido había sido un hombre justo, un zaddik— refiriéndose seguramente a que había llevado una vida piadosa, vivida de acuerdo con la tradición judía. En el contexto de la religiosidad, el «dogmatismo» del padre adquiere otra faz. Frankl dijo posteriormente que debía limitar ese juicio y explicarlo como «lealtad de principios», pues más tarde el padre ya no se atenía a ellos de un modo tan rígido, sino que estaba abierto a la mentalidad liberal y a un judaísmo reformado. De igual modo, el estoicismo atribuido al padre fue sometido a corrección por parte de Frankl Si bien la tranquila serenidad del padre se vio limitada durante años por la cólera, en la vejez pudo ampliarse gracias a su inquebrantable sumisión a Dios. Los dos rasgos más destacados del carácter del padre, el rigor de sus principios y el estoicismo, cambiaron pues a mejor, en opinión de su hijo, a través de la religión. Gracias a su afecto religioso hacia Dios, el padre pudo alcanzar ese progreso más allá de su «destino psíquico» y descubrir un crecimiento personal que le permitió «madurar». En este «crecer más
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allá de sí mismo, llegó a madurar en sí mismo», para emplear una formulación de Frankl referida al «hombre doliente» que seguramente podría aplicarse a su padre en este punto. Me parece que este vuelco de la personalidad del padre fue para Frankl un modelo de lo que debía lograr una «psicoterapia desde lo espiritual»: la logoterapia, tal como él la entiende.
Lealtad de principios y estoicismo, además de perfeccionismo que podía llegar a la pedantería: así
describió Frankl su «herencia caracterológica». A ella corresponden tanto su sed de conocimientos en vastos órdenes, como el gusto por el detalle y también el sufrimiento por las privaciones y renuncias debidas a una gran exigencia consigo mismo. En esta predisposición de su personalidad, Frankl ve el
secreto de su éxito. Convirtió sus dotes en principios de actitud espiritual: hacer las cosas más pequeñas
con la misma meticulosidad que las más grandes (perfeccionismo); las más grandes, en cambio, con la misma calma que la más pequeñas, en el menor plazo posible (estoicismo); y cumplir, por principio, con lo desagradable antes que con lo agradable.
Estas características paternas de la personalidad de Viktor se vieron reforzadas por la educación. Los documentos escritos no permiten inferir hasta qué punto tomó como modelo a su padre o se distanció de él durante la pubertad, al menos dentro de lo que era posible para los años que siguieron a la primera guerra mundial. En todo caso, su autobiografía, en la primera versión particularmente, tiene un tono crítico. En ella es posible percibir por parte del hijo un espíritu de confrontación, aunque sin llegar a causar un efecto exagerado ni a tornarse acusador o condenador en ningún momento. Frankl traza el cuadro de un hombre estricto que no facilitaba las cosas a su hijo y que exigía mucho de él; pero que, a la vez, le trataba con equidad y corrección, y se alegraba secretamente de sus ambiciones profesionales (porque en el hijo podía ver cumplido su propio deseo de ser médico). Los contornos más destacados de la figura del padre se suavizaron y dulcificaron con la edad.
Casi no es posible hablar de una idealización del padre, tal como la que veíamos en el caso de la ma dre, con excepción tal vez de las afirmaciones del rabino que le califica de «hombre justo» durante la conversación de pésame con la madre. Sin embargo, Frankl anula pronto este pequeño principio de idealización, al poner junto a las grandes palabras del rabino su propia impresión infantil.
El padre era para el hijo una autoridad que podía servirse de él para cumplir su propia voluntad. Imponía pautas claras a sus hijos y a su mujer —mucho menor que él— en cuanto al modo de vida y la actitud religiosa. Dicha conducta paterna concuerda con la visión del mundo que tuvieron después el muchacho adolescente y el hombre joven (aunque es cierto que esa visión proviene también de un espíritu de la época caracterizado por el sometimiento a las autoridades, la disciplina, el dominio de sí mismo, la lealtad hasta la muerte a Dios y a la patria). Así se explica que Viktor, a pesar de la similitud de caracteres, haya sentido por su padre una veneración que le llevó a emularle más que a rebelarse contra él. Se supone, pues, que Frankl asumió estos «rasgos paternos de sí mismo», aprendió a vivir con ellos y logró volverlos fructíferos en su propio provecho. De este modo, ya no debió disputárselos al padre. Sin embargo, hasta la vejez habrá permanecido dolorosamente grabado en su memoria cierto rigor de la conducta paterna. De allí se deriva cierta actitud de confrontación hacia el padre que es posible percibir en su autobiografía.
Si la relación fue tal como yo me la figuro, dudo que el padre —dada su observancia de la lealtad de principios, de la conciencia del deber y de la perfección— haya reconocido la genialidad de su hijo adolescente y haya podido estar a su altura. Ya desde el instituto, una tendencia a la autonomía impelía al joven Viktor a estar fuera de casa. Tomaba clases en la Universidad popular y se empleó como funcionario al servicio de los estudiantes socialistas de bachillerato. Esta circunstancia llegó a ser determinante para su desarrollo intelectual, dado que por aquel entonces conoció a muchas personalidades interesantes, algunas de las cuales desempeñaron altos cargos políticos después de la segunda guerra mundial. Con ellos podía «discutir sobre Dios y sobre el mundo», según dijo más tarde. Encontró interlocutores para tratar cuestiones políticas, sociales, psicológicas, médicas, filosóficas y teológicas. El tema sobre el que más se discutía era el psicoanálisis que, al estar mirado con malos ojos por el mundo académico de ese momento,
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traía aparejado un cierto aire subversivo y, por eso mismo, particularmente interesante para la juventud. Como es lógico, esta forma de pensar «subversiva» halló mayor difusión y aceptación entre la intelectualidad de izquierda que entre la de derecha. Frankl no debe haber encontrado en su padre un oído abierto a estas ideas —si es que alguna vez le habló de ellas—. No sé si este hecho se relacionará con el trato distante que predominaba por aquel entonces entre padres e hijos (algunos niños hasta debían dirigirse de «usted» a sus padres). También es posible que el padre estuviera tan ocupado con sus deberes y obligaciones que permitiera al hijo continuar libremente su desarrollo intelectual sin preocuparse más al respecto. Por supuesto, podía darse por satisfecho con el progreso y el éxito escolares de su hijo: Frankl fue un alumno aventajado desde el primer curso de primaria. Ésta podría ser la razón de que nunca llegaran a la ruptura ni a las tensiones típicas entre dos temperamentos explosivos. A su vez, a Viktor tampoco le interesaba mucho lo que hacía su padre. Incluso cuando éste trabajaba bajo la dirección del ministro Josef Maria von Brnreither en asistencia a la juventud —donde Frankl participó activamente unos años más tarde, para el hijo no había «nada más aburrido que esta materia».
¿De dónde provenía entonces su estima por el padre? ¿Será que la dificultad de Frankl para poder construir y mantener una proximidad real hasta con los parientes cercanos halló luego su compensación en un plano más espiritual (estima, respeto, veneración)? ¿Será esta característica de la personalidad de Frankl la causa que le llevó, como contrapartida, a ambicionar veneración también para sí mismo? Aun cuando esto pueda ser cierto, difícilmente bastaría para que estas dos personalidades superaran su predisposición al conflicto. Menos aún puede explicarse de este modo el hecho de que Frankl dejara vencer su visado de salida en la época nazi a causa de sus padres o que acompañara a su padre con tanta solicitud hasta la muerte. La explicación psicológica que sugiere la compensación como único motivo de la respetuosa relación con el padre sería un reduccionismo, en el sentido del psicologismo contra el cual Frankl luchó toda su vida. Más allá de intentos de explicación puramente psicológicos, existen también profundos motivos para su actitud que tienen que ver con el padre real y que no son fantasías o proyecciones de un alma carenciada. Esta distinción entre causas psíquicas y valores espirituales tiene una importancia fundamental para el análisis existencial y para la logoterapia (de ella hablaremos por extenso en el capítulo III).
Existen otros motivos que permiten profundizar en la relación con el padre. En primer lugar, hay que tener presente que el padre le brindó —a él y a toda su familia— «siempre seguridad>. Fue el padre quien proporcionó al niño Viktor una experiencia primaria de seguridad que le sirvió de modelo para toda su vida. «Debía de tener yo cinco años (considero que este recuerdo infantil es paradigmático), cuando desperté una soleada mañana durante nuestro veraneo en Hainfeld. Mientras tenía los ojos aún cerrados, me embargó una indescriptible sensación que me llenaba de alegría y felicidad: me sentía seguro, vigilado, protegido. Cuando abrí los ojos, mi padre estaba inclinado sonriente junto a mí.»
Una experiencia arcaica de este tipo no se puede olvidar nunca. Había embargado al niño y aún seguía vívida en el recuerdo del anciano. Viktor quedó unido de por vida a su padre en agradecimiento. Con la lucidez fenomenológica que le caracterizaba, percibió que ese hombre estricto, justo y probablemente poco accesible le quería de corazón y se alegraba de su existencia. En ese momento fluyó hacia el niño algo que tal vez sólo pueda definirse como genuino amor paternal. El pequeño fue capaz de percibir y experimentar que lo que fluía hacia él era un amor lleno de vida y se mantuvo consciente en su lucidez. Viktor siempre podía volver a recurrir a este recuerdo para mantener viva la experiencia. La posibilidad de albergar en sí mismo y mantener vivo este polo de afecto habla de su dependencia directa de relaciones afectuosas. Sin embargo, es significativo el hecho de que Frankl tuviera reparos en hablar de «amor paternal», o bien en caracterizar de este modo su percepción. En mi opinión, este hecho tiene que ver con tres motivos. En primer lugar, con el respeto al padre, que le obligaba a mantener distancia y reserva, y que le impedía juzgar, nombrar o interpretar los sentimientos paternos. Tal vez las tradiciones judías también hayan desempeñado un papel en este aspecto, pero no lo sé. En segundo lugar, esta actitud se corresponde con
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sus propios rasgos de personalidad narcisista. A Frankl le gustaba hablar más que nada de sí mismo y este hecho se relaciona en cierto sentido con el primer punto. Como el trato distante del respeto no admite ninguna relación más cercana con los otros, uno se queda solo, rezagado en sí mismo. Finalmente, se encuentra la ya mencionada timidez de Frankl para hablar de sentimientos y abandonarse a la intimidad. Otro motivo que marcó la relación real con el padre fue el profundo amor y dependencia que sentía por él. Fue durante una conversación con el padre cuando decidió no dejarles solos a él y a su madre en la época nazi, y quedarse en Viena para protegerles.
Este amor hacia el padre —vivido, por cierto, de un modo objetivo, pero sustentado en una profunda unión— se pone de manifiesto con una nitidez aún mayor en la escena de despedida en que Frankl se separa de su padre moribundo en el campo de concentración de Theresienstadt. El padre, medio hambriento y con ochenta y un años, había sufrido dos neumonías y tenía un edema pulmonar terminal. Mientras luchaba con la muerte, Frankl le inyectó una ampolleta de morfina que había conseguido de contrabando en el campo de concentración, para aliviar y acortar sus dolores y su lucha. Después le preguntó: «¿Todavía sientes dolor? No. ¿Tienes algún otro deseo? No. ¿Quieres decirme algo más? No. Luego le besé y me fui. Sabía que no volvería a verle con vida. Pero tenía el sentimiento más maravilloso que pueda imaginarse: había hecho todo lo posible. Antes me había quedado en Viena por mis padres y ahora había acompañado a mi padre en su última hora y le había ahorrado las innecesarias angustias de la muerte.»
Lo que siempre me conmueve más de esta escena es que Frankl nos deje participar personalmente en la despedida con su padre. Así se percibe de un modo inmediato lo trágica que debió de resultar esa última convivencia en la miseria y en el frío e inhumano ambiente del campo de concentración donde era imposible una asistencia adecuada o siquiera una mínima atención médica. Me conmueve que Frankl se haya «procurado» una ampolleta de morfina para su padre (arriesgando quizá su propia vida). Me conmueve la feliz circunstancia de que fuera médico y pudiera administrársela él mismo. Pero, sobre todo, me emociona que Frankl reproduzca textualmente la última conversación con su padre. De esa manera, nos permite participar de uno de los momentos más íntimos que puedan tenerse con otro ser humano. Ser admitido tan cerca del suceso y poder sentir a Frankl de un modo tan personal es extraordinario.
Al mismo tiempo, esta escena me ha afectado personalmente. En efecto, Frankl la trae a colación como ilustración de algo completamente esencial en la vida: haber hecho todo lo posible, haber vivido la responsabilidad y el compromiso, haber permanecido fiel a la propia decisión y a la propia tarea en la vida; dedicarse plenamente a otra cosa, traspasarse a sí mismo «en el servicio a un asunto o en el amor a una persona», como quiere la autotrascendencia, un elemento principal de la logoterapia. Esta «misión» colmó a Frankl «del sentimiento más maravilloso que pueda uno imaginar», como dijo él mismo. Si semejante actitud es posible incluso en el campo de concentración y en la última despedida con el propio padre, entonces esta lección que ejemplifica Frankl debe tener mucho peso en la vida. Y con más razón puede esta tarea colmarnos de satisfacción en circunstancias normales. Tales pensamientos me invadían cada vez que escuchaba esta historia. Me conmovía lo trágico de la situación y la proximidad personal a la que me veía inducido. Me sentía como un tercer asistente al que le era permitido presenciar el último adiós de un padre hacia su hijo, el último socorro y la última despedida de un hijo hacia su padre. A continuación me ponía en el lugar de Frankl. Yo que él, ¿no habría estado indeciblemente triste?, me preguntaba. ¿No se me hubiera partido el corazón de ver a mi padre, a él que había llevado una vida tan valiente y decorosa, yacer en un estado tan lamentable y no poder hacer absolutamente nada al respecto, ni siquiera procurarle una buena cama o un vaso de agua? ¿Habría podido despegarme de su lado, dejarle morir solo? Sentía que hubiera deseado quedarme con él todo el tiempo posible.
Me daba cuenta de la intensidad con que espontáneamente acababa pensando en mi propia visión de la vida y en la relación con mi padre y con su muerte. Personalmente creo que ahí radica lo más valioso del relato de Frankl sobre la despedida con su padre.
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Sin embargo, el tema que nos debe ocupar aquí es la persona de Frankl. Por eso queremos volver a dirigir hacia él la mirada. ¿Qué se desprende de esta escena y de la relación con su padre en cuanto a su persona? ¿Qué motivó su proceder? ¿Que era lo que estaba en primer término para él? ¿Cómo era la relación con su padre?
En definitiva, Frankl escribe poco sobre su padre y mucho más sobre sí mismo, sobre su tarea, sobre el «cometido de sentido» de la situación. «La sensación de haber hecho todo lo posible» eclipsa el dolor de la pérdida. A pesar de que pueda verse una unión amorosa y personal como resonancia general de la relación con sus padres, el amor está marcado por el sentido del deber, tal vez también por la cortesía y la gratitud hacia sus progenitores. Los tres conceptos (deber —moral—, cortesía y, en menor medida, gratitud) eran corrientes en el vocabulario de Frankl y le gustaba emplearlos en conversaciones y discusiones. Creo que también en la relación con los padres desempeñan un papel considerable. Por el contrario, la proximidad, la emocionalidad y la vividez de la relación no están realmente expresadas, sino que más bien se infieren a partir de lo que permanece oculto.
Si uno se atiene estrictamente al relato, no fue sólo el amor personal y la unión con sus padres —o especialmente con el padre—, lo que retuvo a Frankl en Viena durante la época nazi. Fue precisa también una peculiar señal del cielo, como él mismo llamaba siempre al suceso que le hizo atender el deber religioso y humano del amor filial. Si la única causa hubiera sido el amor hacia los padres, quizá no había sido necesaria ninguna «señal del cielo». Es verdad que no cuesta mucho imaginar lo difícil que hubiera sido para un hombre joven semejante decisión: abandonar su hogar, irse a vivir a un país extraño —cuya lengua Frankl aún no dominaba—, dejar un puesto de médico jefe y volver a empezar de cero con su profesión, en un país donde no conocía a nadie. Hubiera tenido que abandonar su carrera científica por tiempo indeterminado (en efecto, ya había empezado a publicar sobre logoterapia), hubiera negado a su familia un resguardo de deportación — ¡con el afecto que él sentía por la casa paterna!—, y hubiera puesto en peligro su vida. Si examinamos atentamente el relato de Frankl, veremos que no debió de to mar la decisión por amor a sus padres, sino más bien por recordar una obligación filial religioso-moral. A eso habría que añadir que ya había puesto su mirada en la bonita Tilly Grosser, que trabajaba como enfermera del mismo hospital en el departamento de internos, y con la que se casó poco después de la extinción de la visa. Pero de eso no hablaremos todavía.
La escena de despedida proporciona un dato importante sobre la clase de relación con el padre. La inyección de la morfina recuerda el cumplimiento de un deber médico. La subsiguiente conversación subraya el carácter de socorro médico y se mantiene dentro de los límites de la típica conversación médico-paciente.
Ni una palabra sobre cogerse de la mano, lágrimas de despedida, deseos de quedarse, dolor o pesar, ni por su parte ni por parte de su padre. Ni una palabra de gratitud, amor, emoción. Ninguna queja por no poder velarle durante la noche, tal vez porque debía volver a tiempo para dormir en su habitación. Ninguna palabra de dolor cuando a la mañana siguiente fue a ver el lecho para constatar que su padre seguía allí, y lo halló vacío, aunque todavía caliente, según me contó (Frankl suponía que el padre tal vez no estaba del todo muerto o acababa de morir, cuando el comando del campo de concentración le hizo transportar). La relación con el padre tiene un carácter similar al que encontrábamos en el caso de la madre. Lo que le parecía más apropiado para con su madre era poder besar la orla de su vestido en el reencuentro. Aquí la relación emocional con el padre se calma prestándole un último servicio, de nuevo sin reclamar ni lo más mínimo para sí y para su propia vida afectiva. Frankl realiza así el ideal de la pura abnegación que se abstiene de las propias necesidades y se pone por entero «al servicio del asunto», de la tarea, de los demás. ¿Qué era lo que le importaba a Frankl en esta situación? ¿Qué podemos deducir de su informe? (Aquí surge la pregunta de si Frankl habrá contenido sus impulsos más íntimos y personales para enfatizar un tópico universal, antropológico, «en servicio del asunto», lo cual hubiera correspondido plenamente con
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su modo de ser. Pero, por otro lado, en nuestras conversaciones personales nunca se pronunció sobre este punto).
El relato muestra a un hombre que se ha hecho famoso en primer término por una conciencia pura, personal. Esto fue lo único que reclamó de la situación para sí (y que la situación exigía de si). Por eso mismo, no exigía nada de los otros. ¡Como si a él no le incumbiera que su padre muriera! ¿Tuvo Frankl un punto ciego emocional? ¿O se trata de la grandeza madura de un hombre consciente como pocos del sentido último de la existencia? En lugar del esperable dolor y del pesar de un hombre común, a él le colma el «sentimiento más maravilloso que se pueda imaginar»: había cumplido con su obligación, había hecho por su padre todo lo que podía hacer. No debió hacerse o «consentirse» ningún reproche, como se encargaba de decir; no necesitó ningún sentimiento de culpa; con respecto a su padre podía sentirse totalmente libre de toda preocupación o remordimiento.
En todo esto veo un sentido del deber tradicional, el mismo que determinó a la generación de Frankl. Se exigía a los individuos limitarse y consagrarse al asunto o tarea en cuestión, lo cual frecuentemente iba asociado con un dificultoso trato consigo mismo. Hacia fines de siglo esto era lo usual y corriente, e incluso en las décadas de los veinte y treinta seguía siendo el tenor imperante tanto en el este como en el oeste, así en el comunismo como en el occidente burgués. ¿Acaso se hubiera podido difundir tanto la ideología nazi, si la obediencia y la conciencia del deber no hubieran estado tan profundamente arraigadas en la gente? Las comunidades religiosas también fomentaban y exigían esta actitud. Frankl f ue educado en esta disciplina espartano-ascética propia de la época de finales de «Cacania»* que, durante la hambruna de las décadas de los veinte y treinta, todavía siguió siendo el ideal de una empobrecida Austria. Aún en las décadas de los cincuenta y sesenta, la idea del cumplimiento del deber seguía siendo habitual. La mayor parte de la vida de Frankl transcurrió en esta época. Las influencias socioculturales marcan la mentalidad y el comportamiento y, a veces, afectan a las características de personalidad y a las predilecciones, reforzándolas. Sería interesante saber cómo había vivido Frankl su emocionalidad si hubiera sido un niño de nuestro tiempo y cómo se vería hoy en día su relación con los padres.
Recuerdo una pequeña historia sobre el amor y el apego que Frankl sentía por su padre. Hacia 1984 asaltaron el piso de Frankl en Mariannengasse . Hasta donde yo recuerdo, los ladrones no habían podido encontrar ni llevarse consigo casi nada valioso, pero habían hecho algunos estragos en el piso. El escritorio de Frankl estaba todo revuelto. No sé qué fue lo que robaron, pero sí hay una cosa de la que no me puedo olvidar. Unos días después, de pie detrás de su escritorio, Frankl me describió cómo había encontrado el piso. Se sintió desconcertado al ver su escritorio. Para su alivio, haciendo orden volvió a encontrar todos sus documentos. Sin embargo, cuando empezaba a tranquilizarse, notó que los ladrones habían sustraído un cofre de madera. Me señaló entonces un cajón en la mitad izquierda de su escritorio. Allí era donde había estado el cofre desde que llegó al piso. Él veneraba ese cofrecillo y por eso lo tenía muy cerca. Lo que más le dolía era que precisamente fuera eso lo que faltaba. No se trataba de ningún valor material, sólo de un cofrecillo de madera con algunos lápices de taquigrafía impecablemente afilados. Con ellos había escrito su padre en su época de taquígrafo en el Parlamento (siempre debía tener varios lápices listos, ya que no había tiempo para sacar punta). Con visible dolor por la pérdida y un deje de enfado por la crueldad de los ladrones, Frankl me dijo que esos lápices a lo sumo podían producir a los ladrones un par de chelines en el mercadillo de viejo, ya que no estaban barnizados —lo cual les confería un carácter de rareza en 1984—. Para él, no obstante, tenían un valor excesivamente alto. Le parecía un absurdo manifiesto que algo valioso fuera víctima de una pequeña codicia —y no había nadie en el mundo para quien los lápices tuvieran tanto valor como para él.
Frankl también veneraba a su padre por su profundidad religiosidad. En su autobiografía, al hablar de él manifiesta un gran respeto por la sinceridad y fidelidad a sí mismo con que el padre vivía su religión. Frankl cuenta que durante días se había alimentado sólo de pan, mantequilla y queso, porque no había comida
koscher en casa del señor ministro. Dice que el padre se había arriesgado a recibir —y había recibido— un
castigo disciplinario por respetar una fiesta judía. Ya hemos hecho mención de otros aspectos religiosos, como el modo en que el padre con un espíritu maduro animaba a los otros prisioneros en el camino hacia el
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campo de concentración. Respeto era lo que sentía el hijo por el hombre cuya fe era tan profunda que reconocía el cuarto mandamiento por un fragmento de letra. Tampoco vacilaba en citar al rabino que le había caracterizado de justo. Su padre era un gran creyente, que tenía una postura firme ante su Dios, pero que también estaba abierto a las reformas. Si consideramos el camino que siguió el propio Frankl a l respecto, podremos entender el respeto por la actitud religiosa del padre: desde la lectura en voz alta de oraciones hebreas, pasando por años nihilistas hasta llegar al sometimiento ante una señal del cielo, que le hizo obrar finalmente en el sentido de la religiosidad paterna. Admiraba el hecho de que alguien pudiera creer de un modo tan profundo e inquebrantable. Al final de su libro sobre el campo de concentración, Frankl escribe que después de esta prueba de fuego ya no le temió a nada «excepto a su Dios». Cuando uno sabe de esta profunda búsqueda y lucha por la propia religiosidad, puede entender en buena parte el respeto por su padre, así como por su madre, y el deber de raíces religiosas de honrar a los padres, «para que tus días se prolonguen sobre la tierra».
1.3 Un momento de reflexión
En lo que va de este primer capítulo ya se han expuesto importantes características de la personalidad de Frankl. Antes de seguir adelante, quiero detenerme un momento para reflexionar sobre mi forma de proceder.
No se trata aquí de emitir un juicio de valor acerca de su personalidad o de trazar un psicograma. Queremos reflejar y comprender todo aquello que pueda haber influido en sus decisiones o marcado su experiencia y su comportamiento, para iluminar un poco más la persona de Frankl en toda su profundidad, dimensión y riqueza de facetas, y poder así entenderla mejor. Él mismo se acercará a nosotros, se volverá tangible y perceptible (algo de lo que seguramente casi no habrá podido «disfrutar» en vida dada la cercanía que conlleva). Con este fin, reunimos las únicas contribuciones que Frankl nos ofrece de sí mismo y miramos el conjunto para ver qué fines perseguía y por qué actuó, pensó y sintió del modo que lo hizo. Además de una mejor comprensión de su persona y de su obra; espero —como ya dije inicialmente— que la lectura nos estimule también a la reflexión sobre el curso y desarrollo de nuestra propia vida. Sin embargo, en lo que se refiere a la descripción de la persona de Frankl, debemos ser conscientes en todo momento de que ningún análisis psicológico ni ninguna reflexión pueden sondear al hombre. Ciertamente pueden acercárnoslo, volverlo comprensible, crear medios para acceder a él, pero en todo caso se imponen la contención y el respeto por lo que el hombre tiene de más impenetrable. Siempre hablaremos de abismos personales a la hora de describir la vida de Frankl, pero podemos enfrentarnos a ellos humanamente, con cuidado, tomarlos simplemente por lo que son, verlos y entenderlos como válidos por sí mismos. También en los diversos modos de pensar y actuar, y en la reflexión crítica sobre las circunstancias de vida y las posibilidades de elección es ésta una condición para un procedimiento que quiera encontrar —y situar— a la persona. Llegado a este punto, quiero comentar brevemente un fenómeno que ya ha sido descrito y que tal vez a alguien le haya resultado molesto: las parcialidades, contrastes y contradicciones en la personalidad de Frankl. Seguramente, en parte son atribuibles a mi propia visión unilateral. Otro observador habría experimentado y antepuesto otros rasgos de Frankl. Sobre ciertas características hubiéramos estado de acuerdo y las hubiéramos percibido de modo similar. En cualquier caso, tanto mi subjetividad como lo incompleto del relato y mi conocimiento personal de Frankl deben ser tenidos en cuenta.
Al margen de todo esto, sigue habiendo ciertas parcialidades en la personalidad de Frankl que es necesario considerar. A este respecto, me gustaría expresar uno de los pensamientos fundamentales que me guiaron durante la escritura de este libro.
Corresponde a la «conditio humana», a las limitaciones humanas, el hecho de que estemos provistos de
parcialidades sujetas a la estructura de nuestra personalidad. Nos pertenecen y debemos vivir con ellas.
Puede tratarse tanto de talentos (por ejemplo, el intelecto o el humor) como de limitaciones (por ejemplo, el distanciamiento, la insensibilidad). Toda parcialidad impide acceder y comprender otras formas de vivir,