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Lyotard Lo Inhumano-charlas Sobre El Tiempo

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Jean-Frangois Lyotard

Lo inhumano

Charlas sobre el tiempo

MANANTIAL

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Título original: L ’inhumain. Causeries sur le temps Édítions Galilée

© Éditions Galilée, 1988

Esta obra fue publicada con el apoyo del Ministerio de ¡1 Asuntos Extranjeros y del Servicio Cultural de la

, Embajada de Francia en la Argentina

Traducción: Horacio Pons

Diseño de tapa: Estudio R

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

: Impreso en la Argentina

© 1998, de ia edición en castellano, Ediciones Manantial SRL Avda. de Mayo 1365, 6o piso

(1085) Buenos Aires, Argentina Tel: (54-11) 4383-7350 /4383-6059

[email protected] www.emanantial.com.ar

ISBN: 987-500-018-3

Derechos reservados

Prohibida la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o ia transformación de este libro, en cualquier forma o por cual­ quier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, cii^iliili/.ación u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su mlY.uuón está pe­ nada por las leyes I 1.723 y 2S.AAG.

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Índice

Palabras preliminares: de lo hum ano... 9

Si se puede pensar sin cuerpo... 17

Reescribir la modernidad... 33

M ateria y tiem po... 45

Logos y tekné, o la telegrafía... 55

El tiempo, hoy... 65

El instante, N ew m an... 85

Lo sublime y la vanguardia... 95

Algo así como: “com unicación... sin comunicación” ... 111

Representación, presentación, impresentable... 123

La palabra, la instantánea... 133

Después de lo sublime, estado de la estética... 139

Conservación y color... 149

Dios y la marioneta... 157 \

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La obediencia... 169

S capelan d... 185

Domus y la m egalópolis... 193

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Palabras preliminares:

de lo humano

El humanismo “nos” (?) brinda lecciones. D e m il maneras, a m e­ nudo incom patibles entre sí. Bien fundadas (Apel) y no fundadas (Rorty), contrafácticas (Habermas, Rawls) y pragmáticas (Searle), psi­ cológicas o ético-políticas (los neohumanistas franceses). Pero siempre como si el hombre, al menos, fuera un valor seguro, que no necesita interrogarse. Que tiene incluso autoridad para suspender, prohibir la interrogación, La sospecha, el pensamiento que todo lo roe.

Qué es valor, qué es seguro, qué es hombre: estas preguntas se consi­ deran peligrosas, y se las clausura muy pronto. Se dice que allanan el camino al “todo está perm itido”, al “todo es posible”, al nada vale . M iren lo que les ocurre -s e añade- a quienes sobrepasan este límite: N ietzsche tomado como rehén por la m itología fascista, Heidegger nazi, y no sig o ...

Aun lo que puede haber de inquietante en K ant a este respecto, lo que no es antropológico sino propiamente trascendental y que, en la tensión crítica, llega a romper la unidad mas o menos presupuesta de un sujeto (humano), como ocurre en el caso, que me parece ejemplar, del análisis de lo sublime o de los escritos histórico políticos, aun eso se expurga. Con el pretexto del retorno a K ant, no se hace sino ampa­ rar el prejuicio humanista bajo su autoridad.

U n mismo movimiento de restauración acomete también la es­ critura y la lectura de textos, las artes visuales, la arquitectura. En nombre de una recepción pública bien normada, Jauss recusa el texto adomiano: la escritura de la Teoría estética, encogida, incierta, casi ex­ traviada, se juzga ilegible. Sea comunicable, se prescribe. La vanguar­

d ia está pasada de moda, hable humanamente de los humanos, diríja­ se ¡i ellos, «]UC les resulte pl;i( entero recibirlo y lo recibirán.

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1 0 LO IN HUM ANO

ting. No todos los que “nos” (?) reprenden son industriales de la cul­ tura. También se dicen filósofos. Pero tampoco debe examinarse qué es la filosofía, so pena de caer en cualquier cosa. No sueño: lo apunta­ do en las “vanguardias” (feo nombre, ya lo sé) es algo que éstas decla­ raron en varias ocasiones. En 1 9 1 3 , Apollinaire escribía ingenuamen­ te: “A nte todo, los artistas son hombres que quieren llegar a ser inhumanos”. Y en 1969 Adorno, otra vez, con más prudencia: “El arte se mantiene fiel a los hombres únicamente por su inhumanidad con respecto a ellos”.

Las “charlas” reunidas aquí —todas las cuales son exposiciones espe­ cialm ente elaboradas, destinadas en su mayor parte a un público no profesional, el resto a la confidencia- no tienen ni función ni valor de manifiesto o tratado. La sospecha que delatan (en las dos acepciones de esta palabra) es simple, aunque doble: ¿Y si, por una parte, los huma­ nos, en el sentido del hum anism o, estuvieran obligados a llegar a ser inhumanos? ¿Y si, por la otra, lo “propio” del hombre fuera estar ha­ bitado por lo inhumano?

Lo cual haría que lo inhumano fuera de dos clases. Es indispensable mantenerlas disociadas. La inhumanidad del sistema en curso de con­ solidación, con el nombre de desarrollo (entre otros), no debe confun­ dirse con la otra, infinitam ente secreta, cuyo rehén es el alma. Creer, como fue m i caso, que aquélla puede relevar a ésta, darle expresión, es engañarse. El sistema, antes bien, tiene como consecuencia hacer olvi­ dar lo que se le escapa. Pero la angustia, el estado de un espíritu ase­ diado por un huésped fam iliar y desconocido que lo agita, lo hace de­ lirar pero también pensar, se agrava si se pretende excluirlo, si no se le da salida. El malestar aumenta con esta civilización, la forclusión con la información.

Muchas de estas conferencias se refieren a la cuestión del tiempo. Es que ésta es decisiva para la separación de que se trata. El desarrollo impone ganar tiempo. Ir rápidamente es olvidar rápidamente, no rete­ ner luego más que la información ú til, como en la “lectura veloz”. Pe­ ro la escritura y la lectura son lentas y avanzan a reculones en direc­ ción a la cosa desconocida “en su interior”, Se pierde tiempo al buscar el tiempo perdido. La anamnesis es la antípoda - n i siquiera, no hay eje com ú n-, el otro de la aceleración y la abreviación.

Ilustrémoslo con una palabra sobre un “ejem plo” que, en efecto, es ejemplar y accesible a los humanistas, la educación. Si los seres huma­ nos nacieran humanos, t orno los jeitos na< en ^¡iios (< mi p<» n\ de

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PALABRAS PRELIM IN ARES

diferencia), no sería, ni siquiera digo deseable, lo cual es otra cuestión, sino únicamente posible educarlos. Que deba educarse a los niños es una circunstancia que no proviene más que del hecho de que no están del todo dirigidos por la naturaleza, ni programados. Las instituciones que constituyen la cultura reemplazan esta falta de nacimiento.

¿Qué se llamará humano en el hombre, la miseria inicial de su in­ fancia o su capacidad de adquirir una segunda naturaleza que, gra­ cias al lenguaje, lo hace apto para compartir la vida común, queda pa­ ra la conciencia y la razón adultas? Todo el mundo esta de acuerdo con que la segunda se basa en la primera y la supone. La cuestión consiste sólo en saber si esta dialéctica, cualquiera sea el títu lo con que se la adorne, no deja ningún resto.

Si fuera así, sería inexplicable, para el adulto mismo, no sólo que tenga que luchar sin cesar para asegurar su conformidad a las institu­ ciones e incluso para adecuarlas con vistas a una mejor vida en conjun­ to, sino que el poder de criticarlas, el dolor de soportarlas y la tentación de huir de ellas persistan en algunas de sus actividades. No me refiero únicamente a los síntomas y desviaciones singulares, sino a lo que, al menos en nuestra civilización, pasa también por institucional: la litera­ tura, las artes, la filosofía. También aquí se trata de huellas de una in­ determinación, de una infancia que persiste hasta la edad adulta.

De estas observaciones triviales resulta que se puede invocar el tí­ tulo de humanidad por motivos exactamente inversos. Privado de ha­ bla, incapaz de mantenerse erguido, vacilante sobre los objetos de su interés, inepto para el cálculo de sus beneficios, insensible a la razón común, el niño es em inentem ente lo humano porque su desamparo anuncia y promete los posibles. Su retraso inicial con respecto a la hu­ manidad, que hace de él el rehén de la comunidad adulta, es también lo que manifiesta a esta últim a la falta de humanidad de que padece y lo que la llama a ser más humana.

Pero dotado de los medios de saber y hacer saber, actuar y hacer actuar, y tras haber interiorizado los intereses y valores de la civiliza­ ción, el adulto puede, a su vez, aspirar a la plena humanidad, a la rea­ lización efectiva del espíritu como conciencia, conocimiento y volun­ tad. Que siempre le quede por liberarse del oscuro salvajismo de su infancia con el cumplimiento de su promesa es precisamente la condi-t ion del hombre.

Así, pues, entre las dos versiones del humanismo no habría en ver- <|,i(l más «pie uim dileretu ¡;i de íu etilo. Una dial<?t‘tic.a o una

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herme-12 LO IN HUM ANO

neutica bien ordenadas se apresuran a armonizarlas. En suma, a nues­ tros contemporáneos les basta con recordar que lo propio del hombre es su ausencia de lo propio, su nada, o su trascendencia, para hacer alarde de “com pletos”.

Ese apresuramiento no me gusta. Lo que apremia, lo que aplasta, es lo que a posterior i compruebo haber intentado siempre reservar con nombres diversos, trabajo, figuración, heterogeneidad, disentimiento acontecim iento cosa; lo inconciliable. (Y no soy el único, por eso es­ cribo "nosotros”.) Que la diferencia insensata esté condenada a dar sen­ tido, en tanto oposición en un sistema, para hablar como estructura- lista, es una cosa; otra es que esté destinada a convertirse en sistema. Como si la razón no debiera dudar de que tiene vocación de abrevar en lo indeterminado para darle forma y que no puede dejar de tener éxito en ello. Sin embargo, la razón es razonante sólo al precio de esa duda.

Hay allí un motivo de principio, digamos, de mantener a distancia toda especulación reconciliadora. La apreciación de la situación con­ temporánea proporciona otro alimento a esta reserva. Hay que recordar, en prim er lugar, que si el título de humano puede y debe intercam­ biarse entre la indeterminación natal y la razón instituida o que se ins­ tituye, ocurre lo mismo con el de inhumano. Toda educación es inhu­ mana porque no funciona sin coacción y terror; me refiero a la menos controlada, la menos pedagógica, la que Freud denomina castración y que le hace decir, a propósito de la “manera adecuada” de criar a los niños, que de todos modos estará mal (con lo que está cerca de la me­ lancolía kantiana). Y a la inversa, todo lo que en lo instituido puede, llegado el caso, traspasar de desamparo e indeterminación, es tan ame­ nazante que el espíritu razonable no puede 'dejar de temer en ello, con justa razón, un poder inhumano de desenfreno.

Pero el acento así puesto sobre el conflicto de las inhumanidades se legitim a, hoy más que ayer, por el hecho de una transformación que creo profunda de la naturaleza del sistema.

Hay que tratar de comprender esta transformación, sin patet.sm o pero tam bién sin negligencia. Debe tenerse por inconsistente un pen­ samiento que no hace caso de ella y “arma” descripciones, aunque sean contrafácticas, es decir ideales o utópicas, y sobre todo éstas, como si hoy no se opusiera alguna otra cosa más que hace dos siglos a su ver­ dad o su realización. El término posmoderno sirvió, más mal que bien a juzgar por sus resultados, para designar algo de esta transformación.

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PALABRAS PRELIM INARES 13

En las páginas siguientes se verá cómo se puede tratar de descri­ birla de acuerdo con la hipótesis general, positivista, de un proceso de complejización, entropía negativa o, más simplemente, desarrollo. Es­ ta hipótesis no la sugiere únicamente la convergencia de las tenden­ cias que animan todos los subconjuntos de la actividad contemporá­ nea, sino que es el argumento mismo del discurso que los científicos, tecnólogos y sus filósofos autorizados emiten en relación con sus in ­ vestigaciones para legitim ar, científica y tecnológicamente, la posibi­ lidad de su desarrollo. Inevitablem ente, es un discurso de física gene­ ral, con su dinám ica, su económica, su cibernética. Todo discurso de física general es un discurso de metafísica, como se sabe desde A ristó­ teles y Leibniz.

Ese discurso es también aquel del que se vale el decisor político o socioeconómico para legitim ar sus elecciones; com petidvidad, m ejor distribución de las cargas, democracia en la sociedad, la empresa, la escuela y la familia. Hasta los derechos del hombre, surgidos sin em­ bargo de un horizonte completamente distinto, pueden invocarse para fortalecer la autoridad del sistema, aunque mientras tanto éste no puede hacer de estos derechos por construcción, más que un caso epi­ sódico.

No hago m ía esta hipótesis del desarrollo, porque es una manera, la manera, de que la metafísica, en lo sucesivo prohibida al pensa­ m iento, restablezca su derecho sobre éste. Que lo restablezca no en el pensamiento (si exceptúo el que aún se dice filosófico, es decir m etafí- sico), sino fu era del pensamiento. Al ser la metafísica imposible como tal, se hace realidad y adquiere así el derecho del hecho. Esta situación define de manera bastante conveniente lo que hasta no hace mucho se llamaba ideología, en el sentido de que ésta no es tan notable en cuanto sistema de ideas como cuanto potencia de realización. El “desarrollo” es la ideología del tiempo presente y realiza lo esencial de la metafísi­ ca, que fue un pensamiento de las fuerzas mucho más que del sujeto.

Si se extiende por poco que sea el argumento, como se hace aquí, se llega a la conclusión de que el sistema por el cual la indeterminación natal está coaccionada, “forzada”, aunque sea con las apariencias de la permisividad, no procede de la razón del humano, digamos de las Lu­ ces. Resulta de un proceso de desarrollo, donde no está en juego el hombre sino la diferenciación. Esta obedece a un principio simple: en- i iv dos elementos, cualesquiera sean, cuya relación está dada en primer hifliir, siempre es posible introducir un tercer término que asegure un

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LO INHUMANO

m ejor ajuste. Mejor significa más confiable, pero también de mayor ca­ pacidad. Asi mediatizada, la relación inicial aparece como un caso par­ ticular en una sene de ajustes posibles. La mediación no implica úni­ camente la alienación de los elementos en cuanto a su relación sino que permite modularla. Y cuanto más “rico" es el término mediato, es decir, el m ismo mediatizado, más numerosas son las modificaciones posibles, más flexible el ajuste, más fluctuante el índice de intercam ­ bios entre los elementos, más permisivo su modo de relación.

La descripción es abstracta. Se ilustraría fácilm ente en elementos en apariencia tan diversos como son los socios económicos o interlocu­ tores sociales, las células de un órgano o un organismo, los constitu­ yentes de la molécula o el núcleo, las divisas monetarias, unas poten­ cias militares rivales. Las nuevas tecnologías y los medios son aspectos de la misma diferenciación.

Lo que sorprende en esta metafísica del desarrollo es que no necesi­ ta ninguna finalidad. El desarrollo no es atraído por una Idea como la de la emancipación de la razón y la libertad humanas. Se r¡produce acelerándose y extendiéndose exclusivamente de acuerdo con su diná­ mica interna. A sim ila los riesgos, memoriza su valor informacional y lo utiliza como nueva mediación necesaria para su funcionamiento. En sí mismo no tiene otra necesidad que un azar cosmológico

De modo que no tiene fin, pero sí un lím ite, la esperanza de vida del sol. La explosión prevista de esta estrella es el único desafío objeti vamente opuesto al desarrollo. Así, la selección natural de los sistemas ya no es de orden biológico sino cósmico. Es para contestar a ese desa­ fio que se preparan ya todas las investigaciones, cualquiera sea su sec­ tor de aplicación, en curso en los llamados países desarrollados. En ellas, el ínteres de los seres humanos está subordinado al de la supervi­ vencia de la complejidad.

Y como en definitiva el desarrollo es lo mismo que quita al análi­ sis y la práctica la esperanza de una alternativa decisiva al sistema, co­ mo la política que “nosotros” heredamos de los pensamientos y las ac­ ciones revolucionarias está en lo sucesivo sin uso (ya nos regocijemos por ello o lo deploremos), la cuestión que se plantea aquí es simple mente ésta: ¿qué otra cosa queda como “política” más que la resisten­ cia a esta inhumanidad? ¿Y qué otra cosa queda, para resistir, más que la deuda que toda alma contrajo con la indeterminación miserable y admirable de la que nació y no deja de nacer, es dec ir, con el n, r»

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in-PALABRAS PRELIM IN ARES 15

Esta deuda para con la infancia no se salda. Pero basta con no olvi­ darla para resistir y, tal vez, para no ser injusto. La tarea de la escritu­ ra, el pensamiento, la literatura, las artes es aventurarse a dar testim o­ nio de ello.

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Si se puede pensar sin cuerpo

*

Él

Vosotros, filósofos, planteáis preguntas sin respuesta y que deben permanecer así para merecer el nombre de filosóficas.** Según voso­ tros, una cuestión resuelta no es más que técnica. No era más que téc­ nica. Se la tomó por filosófica. Abordáis entonces otra, que verdadera­ m ente parece imposible de resolver y debería resistir toda conquista del entendim iento. O bien declaráis —lo que viene a ser lo mismo— que si la primera cuestión se resolvió, fue porque estaba mal plantea­ da. Y os atribuís el privilegio de mantener irresuelta, es decir, bien planteada, la cuestión que la técnica, cuando creyó resolverla, en rigor de verdad no hizo sino tratar inadecuadamente. Para vosotros, una so­ lución es una ilusión, una falta a la probidad debida al ser, qué sé yo. Larga vida a vuestra paciencia. Con la ayuda de esa incredulidad, po­ déis seguir sosteniéndoos. No os sorprendáis cuando, pese a todo, can­ séis al lector a fuerza de irresolución.

* T e x to escrito a p artir de la grabación de una clase del sem inario diccado en el

G rad u iercen k olleg de la U niversidad de Siegen (R ep ú b lica Federal de A lem ania) en noviem bre de 1 9 8 6 , a iniciativa de su director, H ans U lrich G u m brecht.

* * U nas palabras para aclarar ei uso del “vosotros” y las form as verbales corres­ pondientes, que pueden parecer un tanto inusuales en una traducción argentina y no vuelven a em plearse en ei resto del libro: com o la conferen cia está planteada como una interpelación a los filósofos, el uso de las form as verbales de la tercera persona del plural, generalizado entre nosotros, tiene el inconveniente de la am bigüedad, que sólo pu cd f resolverse con una apelación constante al “ustedes”, lo que redunda en la Ih'suiIív ilcl u-xtc). Por esa razón optam os por el "vosotros", que evita el problem a (n.

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18 LO IN HUM ANO

Pero la cuestión no es ésa. Mientras tanto, el sol envejece. Explota­ rá dentro de 4 .5 0 0 millones de años. Ha superado por poco la mitad de su vida. Es como un hombre de cuarenta y tantos años que tuviera una esperanza de vida de ochenta. Con su fin, habrán terminado tam­ bién vuestras cuestiones insolubles. Tal vez, impecablemente bien tra­ tadas, queden sin respuesta hasta últim o mom ento, pero ya no habrá razones para plantearlas ni lugar para hacerlo. Explicáis: no se puede pensar el fin de nada porque fin es lím ite, y para concebirlo hay que situarse a ambos lados de él. De manera que lo que se term ina debe poder perpetuarse como pensamiento para que sea posible decir que ha terminado. Ahora bien, esto es cierto de los lím ites que correspon­ den al pensamiento. Pero después de la muerte del sol no habrá pensa­ miento para saber qué era la muerte.

Tal es, en mi opinión, la única cuestión seria que se plantea hoy a los seres humanos. Frente a ella, todo me parece fútil. Guerras, conflic­ tos, tensiones políticas, movimientos de opinión, debates filosóficos, incluso las pasiones, todo ya está muerto, si esta reserva de infinidad de la que actualmente extraéis la energía para diferir las respuestas, si el pensamiento como búsqueda, en suma, debe morir con el sol “M uerte” tal vez no sea la palabra. Pero con esta explosión que vendrá, inevitable, parece como si lo que siempre se olvida en vuestros juegos de pensamiento viniera ya, a priori, a hacerlos postumos, fútiles. Hablo de la proscripta de vuestros escritos, la materia. La m ateria en cuanto ordenamiento de energía que se hace, se deshace y se rehace sin cesar. A escala corpuscular y/o cósmica, claro está. No hablo del buen mun­ do terrestre, de la buena inmanencia del pensamiento trascendente a sus objetos, análoga a la del ojo a lo visible o el habitus al situs. Dentro de 4 .5 0 0 m illones de años, defunción de vuestra fenomenología, de vuestras políticas utópicas, y nadie para doblar las campanas ni para escucharlas. Demasiado tarde para comprender que vuestro cuestiona- miento apasionado, interm inable, siempre se había sostenido en una vida del espíritu” que en resumidas cuentas no habrá sido, subrepti­ ciamente, más que una forma de vida terrena. Espiritual por ser huma­ na, humana por ser terrena, de la tierra de los más vivos de los seres vi­ vos. El pensamiento toma y debe a la experiencia corporal, sensible, sentimental y cognitiva de un ser viviente muy sofisticado pero terre­ nal su horizonte, la orientación de éste, el lím ite ilimitado y el fin sin fin cjue supone.

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SI SE PU ED E PENSAR SIN CUERPO 19

esa desaparición absolutamente impensada. Es el horizonte mismo el que se anonadará, y vuestra trascendencia en la inmanencia. Si la muerte como lím ite es por excelencia lo que se sustrae y difiere, y por eso aquello con lo que el pensamiento tiene que ver constitutivam en­ te, esa muerte no es aún más que la vida del espíritu. Pero la muerte del sol es la muerte del espíritu, porque es la muerte de la muerte co­ mo vida del espíritu. N o hay relevo ni diferir si nada sobrevive. Este anonadamiento es muy diferente de aquellos acerca de los cuales epi­ logáis en relación con “nuestra” muerte, la que forma parte de la suer­ te de los seres vivos que piensan. Anonadamiento es después de todo demasiado patético. Se tratará de un cambio en el estado de la m ate­ ria, es decir, en la forma de las energías. Ese cambio basta para afectar de nulidad toda anticipación de la posexplosión. Las novelas de p olíti­ ca ficción pintan el frío desierto de un mundo humano luego de una guerra atómica. La explosión solar no se deberá a una guerra humana. N o dejará tras de sí un mundo humano devastado, deshumanizado, pero en el que pese a todo habrá por lo menos un sobreviviente que se constituya en testigo de lo que queda, y lo escriba. Deshumanizado es todavía humano, humano m uerto, pero pensable por estar m uerto en sentido humano, señalable como pensamiento. Del resto que reste tras la explosión solar no habrá un solo ser humano, un ser vivo, terrenal, inteligente, sensible y sentimental que pueda testimoniar, porque ha­ brá ardido con su horizonte de tierra.

Digamos: el suelo, la Ur-Erde de Husserl, se disipa en calor y nu­ bes de materia. Considerada como m ateria, la tierra no es en absolu­ to originaria, porque está sometida a cambios de estado que provie­ nen de más lejos o de más cerca que ella, de la m ateria, la energía y las leyes de su transformación. La Erde es una disposición de materia- energía. Esta disposición es transitoria, algunos miles de millones de años; la cosa está en discusión. De años lunares. Muy poco para el cómputo cósmico. El sol, nuestra tierra y vuestro pensamiento no ha­ brán sido más que un estado espasmódico de energía, un instante de orden establecido, una sonrisa esbozada por la m ateria en un rincón del cosmos. Vosotros, los incrédulos, creéis mucho en ello, demasiado en esa sonrisa, en la connivencia de las cosas con el pensam iento, en la finalidad del todo. Como todo el mundo, habréis sido víctim as de las relíH iones de orden estabilizadas en ese rincón, seducidos por lo que lliimnh l.i n.iturale/a, una c on^ruem ia del espíritu y las cosas;

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2i) LO IN HUM ANO

zonte y el ojo, el baño en que se baña el espíritu. La explosión solar, el mero pensamiento de esa explosión, debería despertaros de esa eu­ foria. Vaya, tratáis de pensar el acontecim iento en su quod, en el ad­ venim iento del “sucede que” antes de toda quiddidad, ¿no es cierto? Pues bien, me concederéis que la explosión solar es el quod m ismo, y ninguna asignación ulterior es posible. Sólo de esta m uerte debería haber dicho Epicuro lo que dice de la muerte: que no tengo nada que ver con ella, porque cuando está allí yo no estoy, y cuando yo estoy ella no es^á. La muerte humana está incluida en la vida del espíritu humano. La muerte solar im plica una disyunción irreparablemente excluyente entre la muerte y el pensamiento: si hay m uerte, entonces no hay pensamiento. N egación sin resto. Nada de sí m ismo para dar­ le sentido. Acontecim iento puro, desastre. Todos los acontecimientos y desastres que conocemos y tratamos de pensar habrán sido pálidos simulacros de aquél.

Ahora bien, este acontecimiento es ineluctable. Y entonces no os ocupáis de él, permanecéis en la vida del espíritu y la fenomenalidad te­ rrena, Como Epicuro, decís: mientras ella no está allí, yo sí, y sigo filo­ sofando en el tibio regazo de la connivencia hombre-naturaleza. Pero, pese a todo, con esta triste segunda intención: después de m í, el dilu­ vio. El diluvio de materia. Convenid en que es una gran divergencia de nuestro pensamiento con respecto al pensamiento clásico y moderno de Occidente: la evidencia de que no hay ninguna naturaleza, sino única­ mente el monstruo material del Sueño de D'Alembert, la kora del Timeo. La naturaleza era nuestra ínterlocutora en las cosas. La materia no nos plantea ninguna pregunta ni espera ninguna respuesta. Nos ignora. Nos hizo como hace los cuerpos, por azar y según sus leyes.

O bien procuráis prever el desastre, precaveros de él, con los m e­ dios de su orden, que son los de las leyes de transformación de la ener­ gía. Decidís responder al desafío de la más que probable aniquilación del orden solar y vuestro pensamiento. Entonces, la tarea, la única, es muy clara y está vigente desde hace tiempo: simular las condiciones de la vida y el pensamiento de tal modo que, después del cambio de estado de la materia que es el desastre, siga siendo m aterialmente po­ sible un pensamiento. Tal es lo único que está en juego en las investi­ gaciones tecnocientíficas de hoy en todos los ám bitos, desde la dieté­ tica, la neurofisiología, la genética y el tejido de síntesis, luisia la física de los corpúsculos, la astrofísica, la electróim a, la inlurni.iin a y la energía mu k-ar. Y < ualesquicra parez< an ser los i ... sa

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SI SE PUEDE PENSAR SIN CUERPO 21

lud, guerra, producción, comunicación, en beneficio de los seres hu­ manos, dicen.

Sabéis que la técnica no es una invención de los hombres. Más bien a la inversa. Los antropólogos y biólogos admiten que aun el organis­ mo viviente simple, el infusorio, la pequeña alga sintetizada en las orillas de los charcos hace millones de años por la luz, es ya un dispo­ sitivo técnico. Lo es sea cual fuere el sistema material que filtre la in­ formación útil a su supervivencia, la memorice y la procese, y que, a partir de la instancia reguladora, induzca conductas, es decir, inter­ venciones sobre el medio ambiente, que aseguren al menos su perpe­ tuación. Por naturaleza, el ser humano no es diferente de ese objeto. Su equipamiento de captura de los datos no es excepcional en compa­ ración con el de otros seres vivos. Sólo es omnívoro en materia de in­ formaciones, por ser su sistema regulador (códigos y reglas de trata­ m iento) más diferenciado y su capacidad de almacenamiento más elevada. Y, sobre todo, está dotado de un sistema simbólico a la vez ar­ bitrario en su semántica y sintaxis, lo que lo hace más independiente del medio ambiente inmediato, y recursivo (Hofstadter), lo cual le perm ite tomar como referencia, además de las informaciones mismas, la manera que tiene de tratarlas, vale decir, él mismo. Por lo tanto, de tratar sus propias reglas, a su vez, como informaciones e inducir otras maneras de tratar las informaciones. Es en suma una organización vi­ viente no sólo compleja sino, por decirlo así, repleja.* Puede captarse a sí misma en concepto de medio, como en medicina, de órgano, como en una actividad finalista, de objeto, como en la reflexión (quiero de­ cir: estética lo mismo que especulativa). Incluso puede abstraerse de sí misma y no tomar en cuenta más que sus reglas de tratamiento como en lógica y matemática. El lím ite opuesto a esta recursividad sim bóli­ ca radica en la necesidad que tiene, sea cual fuere el nivel meta- de su funcionamiento, de mantener sim ultáneamente las regulaciones que aseguran su supervivencia en el medio en que se encuentra. ¿No es exactamente lo que funda vuestra trascendencia en la inmanencia? Ahora bien, hasta ahora ese medio es terrestre, La supervivencia de la organización pensante exige intercambios con ese medio, de tal mane­ ra que lo que llamamos cuerpo humano pueda perpetuarse en él. Lo

* l\iji/r\r n t el o rig in u ! N e o lo g ism o que puedo tener com o origen e tim o ló g ico el ililje l ivo liiíllin ir |i|r /ii'iln , c lin irvm ln (n. ilc l l ,),

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LO IN HUM ANO

c nal también es cierto del funcionamiento m eta- por excelencia que es el pensamiento filosófico. Para pensar, al menos hay que respirar, co­ mer, etcétera. Hay que seguir “ganándose la vida”.

El cuerpo puede considerarse como el hardw are del dispositivo téc­ nico com plejo que es el pensamiento. Sin su buen funcionamiento, vuestras muy complejas operaciones, las metarregulaciones de poten­ cia tres o cuatro, las desregulaciones controladas, a las cuales sois muy aficionados, son im posibles. Vuestra filosofía del fin sin fin, de la muerte yim ortal, de la interm inable diferencia, de lo indecidible, es una expresión, tal vez la expresión por excelencia, de la metarregula- ción misma. Como si ésta, a su turno, se tomara como referencia en cuanto meta-. Muy bien, pero no ignoréis que, por otra parte, esta fa­ cultad de cambiar de nivel referencial no proviene más que del poder simbólico y recursivo del lenguaje. Ahora bien, este últim o es sólo la forma más com pleja de las “memorias” (vivas y muertas) que regulan a todos los seres vivos y hacen de ellos objetos técnicos m ejor ajusta­ dos al medio am biente que los conjuntos mecánicos. Dicho de otra manera, vuestra filosofía es posible únicamente porque el conjunto material denominado “hombre” está dotado de un programa muy so­ fisticado. Pero ese software, el lenguaje humano, tam bién es depen­ diente del estado del hardware. Ahora bien, éste se consumirá en la ex­ plosión solar y en su com bustión arrastrará tanto al pensamiento filosófico como a los otros.

Así, pues, el problem a de las tecnociencias se enuncia de esta for­ ma: asegurar a este software un hardw are independiente de las condi­ ciones de la vida terrestre.

O sea, hacer posible un pensamiento sin cuerpo, que persista luego de la muerte del cuerpo humano. Ese es el precio que hay que pagar para que la explosión siga siendo pensable y la muerte del sol sea una muerte como las que conocemos. Pensar sin cuerpo es la condición pa­ ra pensar la muerte de los cuerpos, solares y terrestres, y de los pensa­ mientos inseparables de ios cuerpos.

Pero sin cuerpo en un sentido preciso: sin el organismo vivo terres­ tre y com plejo conocido con el nombre de cuerpo humano. No sin

hardw are, desde luego.

En su principio, entonces, la solución es muy simple: fabricar un

hardw are capaz de “alim entar” un software al menos lan tom plejo -q u iero decir: replcjo \réf>lexc\ , < 0 1 1 1 0 lo es el terebro Inmuno ¡i< in.il,

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SI SE PUED E PENSAR SIN CUERPO 2 3

el “cuerpo” considerado un “alim ento” que no deba nada a los compo­ nentes bioquímicos sintetizados en la superficie de la tierra gracias a la energía solar, O si no, llegar a ser capaz de realizar esas síntesis en cualquier otro lado que no sea la tierra. Por lo tanto, en ambos casos, fabricar un hard capaz de sustentar nuestro soft o su equivalente, pero que por sí mismo no se nutra más que de las fuentes de energía dispo­ nibles en el cosmos.

Resulta claro, aun para un ignorante como yo, que la energía nu­ clear, la electrónica, la fotónica y la informática, conjugadas, allanan el camino a la construcción de objetos técnicos con capacidad no sólo fí­ sica sino cognitiva, y que “extraen” (es decir, seleccionan, tratan y con­ sumen) las energías que necesitan para funcionar en las formas más generalizadamente difundidas en el cosmos.

Esto para el hard. En cuanto al soft del que esas máquinas deben es­ tar provistas, constituye el objeto de las investigaciones sobre la inte­ ligencia artificial y las polémicas que las rodean. Vosotros, filósofos, escritores, artistas, no tardasteis en burlaros de los pobres desempeños a que dan lugar los programas de computación actuales. Es cierto que estas “máquinas de representar”, como dice Monique Linard, de pen­ sar, son unas inválidas en comparación con el cerebro humano común, aun el poco entrenado.

Siempre puede argumentarse que los programas “cargados” en esas computadoras son elementales, y que hay que aguardar los progresos en informática, en los lenguajes artificiales, en mensajería. Es verosí­

mil, pero la objeción fundamental se refiere al principio mismo de esas inteligencias. Fue resumida en algunas tesis por H ubert L. Drey- fus. La decepción suscitada por esos órganos de “pensamiento sin cuer­ po” proviene de que operan en lógica binaria, la que se impuso con la lógica matemática de Russell y W hitehead, la máquina de Turing, el modelo neuronal de M cCulloc y P itts, la cibernética de W iener y von Neumann, el álgebra de Boole, la informática de Shannon.

Ahora bien, objeta Dreyfus, el pensamiento humano no piensa de manera binaria. N o trabaja sobre unidades de información (los bits) sino sobre configuraciones intuitivas e hipotéticas. Acepta datos im - |»rt*c ¡sos, ambiguos, que no parecen seleccionados según un código o una capa< idad de lectura preestablecidos. No descuida los puntos ac- i esorios, los márgenes de una situación. No sólo está focalizado, sino que también es lateral. Puede discernir lo importante de lo que no lo es sin Ii.K ei 1111,1 i evi.sion exhausi iva de los datos ni someter a prueba

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2 4 LO INHUM ANO

su importancia con respecto al fin buscado mediante series de ensayos y errores. Como lo mostró HusserI, el pensamiento ausculta un “hori­ zonte”, apunta a un “noema”, un tipo de objeto, una especie de mono­ grama no conceptual, que le proporciona configuraciones intuitivas y abre “ante é l” un campo de orientación y expectativa que es más que un “fram e” (Minsky). Y en ese fuera de cuadro, que sería más bien al­ go así como un esquema, avanza hacia lo que busca “eligiendo”, esto es, descartando y agrupando los datos que necesita, pero sin disponer pese a elfo de criterios preestablecidos que determ inen de antemano qué es lo que le conviene elegir. No dejará de asociarse a este cuadro la descripción que hace K ant del procedimiento de pensamiento que jus­ tamente denominaba reflexionante: un modo de pensamiento que no está guiado por reglas de determinación de los datos, sino que se muestra eventualmente capaz de elaborarlas a posterior i, a partir de los resultados obtenidos “reflexivamente”.

Esta descripción del pensamiento reflexionante opuesto al pensa­ m iento determ inante no oculta, ni en HusserI ni en Dreyfus, lo que debe a la experiencia perceptiva. Hay un campo de pensamiento como hay un campo de visión (o de audición); el espíritu se orienta en él co­ mo el ojo en la extensión visible. Esta analogía gobernaba ya los traba­ jos de W allon en Francia, por ejemplo, lo mismo que los de Merleau- Ponty. Es “bien conocida”. Hay que subrayar, sin embargo, que no es extrínseca sino intrínseca. N o describe únicamente un pensamiento analógico, en sus procedimientos, con una experiencia perceptiva. Describe un pensamiento que procede analógicamente, a secas, y no lógicamente. En el que, por lo tanto, los procedimientos del tipo: “así c o m o ..., a s í ...”, o “como s i ..., entonces” y tam bién “como p es a q, entonces r es a s" se privilegian con respecto a los procedimientos di­ gitales, del tipo “s i... en to n ces...” y “p no es n o p ". Ahora bien, ésas son las operaciones paradójicas que constituyen la experiencia del cuerpo, del cuerpo llamado “propio”, fenomenológico, en su espacio- tiempo de sensibilidad y percepción. Y es por eso que convendría to­ marlo como modelo para la fabricación y la programación de las inte­ ligencias artificiales si se entiende que éstas no se lim itan a la facultad de razonar lógicamente.

A través de esta objeción se advierte que 1(5 que hace inseparables el pensamiento y el cuerpo 1 1 0 es simplemente* que ésu* sea el indis

pensable hardw are de aquel, su tnndi< ion miMeriai di* exisien< ia, sino que (¡ul;i uno de ellos es aiuilo^o ni 01 lo en su tI.h ion mu su ;i minen

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ce respectivo (sensible, sim bólico), relación que, en sí misma, es de t i­ po analógico en los dos casos. En esta descripción encontramos una poderosa razón para no sostener la hipótesis, propuesta no hace mucho por Putnam, de la “separabilidad” de principio de la inteligencia, por la cual pretendía legitim ar la empresa de la inteligencia artificial.

Ella

Nosotros, los filósofos, tendríamos allí con qué satisfacernos. Al menos, con qué apaciguar una parte de nuestras inquietudes. U n cam­ po perceptivo tiene lím ites, pero éstos siempre están fuera de alcance. U n objeto visual, si ofrece una cara a los ojos, siempre oculta otras. Una visión recta y focalizada siempre se rodea de una zona curva en que lo visible se reserva, sin estar pese a ello ausente. Disyunción in ­ cluyente. Y no hablo de la memoria que pone en juego la vista más simple. La visión actual conserva en sí la vista tomada un instante an­ tes desde otro ángulo. Anticipa la que tendrá lugar dentro de un m o­ mento. De estas síntesis resultan identificaciones de objetos, pero nunca consumadas, a las que una vista ulterior siempre podrá solicitar, deshacer. En esta experiencia, el ojo siempre está, por cierto, en busca del reconocimiento, como puede estarlo el espíritu de una descripción completa del objeto que procura pensar, sin que pese a ello el observa­ dor pueda decir nunca que lo reconoce perfectamente, dado que el campo de presentación es en cada ocasión absolutamente singular y una vista verdaderamente vidente no puede olvidar que, una vez “identificado” el objeto visto, siempre queda un resto por ver. El “re­ conocim iento” perceptivo no satisface nunca la exigencia lógica de descripción completa.

Si se habla con seriedad de lo analógico, lo que se connota es esta experiencia, esta vaguedad, esta incertidumbre y la fe en lo inagotable sensible, y no únicamente un modo de traslado del dato a una superfi­ cie de inscripción que no es originariam ente la suya. La escritura se luuule de manera similar en el campo de las frases, y avanza por esbo­ zos y a tientas hacia lo que “quiere decir”, sin ignorar jamás, cuando se del ¡ene, que no hace sino suspender un instante (que puede ser to-il,i miii vida) su exploración, y que, fuera del escrito interrumpido, i¡urda 1111 inlihiio de palabras, (rases y sentidos en latencia, tal vez en

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2 6 LO IN H UM AN O

analogía” requiere que la m isma máquina de pensar y representar es­ té en medio de sus “datos” como el ojo está en lo visual o la escritura en la lengua (en sentido amplio). N o basta con que esas máquinas simu­ len pasablemente los resultados de la visión o la escritura. Se trata de “dar cuerpo” [“donner du corps”] (el francés tiene esta bonita y justa ex­ presión) al pensamiento artificial de que son capaces. Y es ese cuerpo, a la vez natural y artificial, el que habrá que llevar lejos de la tierra antes de su destrucción, si se pretende que el pensamiento que sobre­ viva a la«explosión sea otra cosa que el miserable esqueleto binarizado de lo que era antes.

En ese caso, tendríamos en efecto alguna razón para no desesperar de la tecnociencia. Si un “programa” semejante es realizable, no lo sé en absoluto. ¿Es siquiera consistente pretender programar una expe­ riencia que desafía, si no la program ación, sí al menos el programa, como es la visión del pintor o la escritura? A vosotros corresponde in­ tentarlo. Después de todo, es un problema urgente para vosotros m is­ mos: el de la comprensión del lenguaje corriente por vuestras m áqui­ nas. Problema con el que os topáis, principalmente, en la situación de interactividad entre una term inal y su usuario. En esta interacción consiste el contacto de vuestra inteligencia artificial con la inteligen­ cia ingenua que, sumergida en ellas, acarrean las lenguas llamadas “naturales”.

Pero hay otra cuestión que me inquieta. ¿Es otra? Hay una imbrica­ ción del pensar y del sufrir. Esas palabras, esas frases en instancia de es­ critura, esos matices y tim bres en latencia alrededor de la pintura y la música en proceso de elaboración, se prestan y se sustraen —lo habéis dicho— a la captación. Y aun inscriptos, sobre la hoja o la tela, “dicen" otra cosa que lo que se “quería decir”, porque son más viejos que la in­ tención actual y están sobrecargados de usos, esto es, conectados con otras palabras, frases, matices, timbres. Mediante lo cual hacen precisa­ mente un campo, un “mundo”, el mundo de “rostro” humano del que hablabais, pero que es más bien una opacidad de tras-horizontes a arrostrar. Cuando se cree describir el pensamiento en la forma de una selección de los datos y su articulación, se calla la verdad: los datos no son dados sino dables, y la selección no es una elección. Pensar como se escribe o se pinta no es casi otra cosa que dejar llegar lo dable. En la discusión que sostuvimos en Siegen el año pasado sobre estos temas, se hizo hincapié en la especie de vacío que deben obtenei r í e s u < uerpo y

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SI SE PUEDE PEN SAR SIN CUERPO 2 7

comediante cuando actúa, una especie de suspensión de las intenciones usuales del espíritu que se asocian a habitus, a disposiciones del cuerpo. Es a ese precio, decían Glenn y Andreas - y vosotros pensáis que yo abundaba en ello, con la ayuda de Dógen, Diderot y K le is t-, como el pincel volverá a encontrar las formas que “hacen falta”, y la voz y el gesto escénicos se verán dotados de los tonos y giros “justos”. Esta puesta en vacío, esta erradicación, todo lo contrario de una actividad identificatoria, selectiva, conquistadora, no carece de sufrimientos. Yo no diría que la gracia de que hablaba K leist, la gracia del trazo, del tim bre, del volumen, se merece; eso sería presuntuoso, pero se invoca. Hay que despejar el cuerpo y el espíritu para que pueda tocarlos. Esto no carece de sufrimiento. Se pierde el goce de lo adquirido.

También aquí, lo habréis observado, hay que pasar por la experien­ cia corporal, recurrir a casos ejemplares de ascesis corporal, para com­ prender y hacer comprender esta especie de puesta en blanco del espí­ ritu requerida para que piense. N aturalm ente, esto no tiene nada que ver con la “tabula rasa”, con lo que en Descartes se pretendía (en vano) un comienzo desde cero del pensamiento cognosciente y que, paradó­ jicam ente, no puede ser sino un recomienzo desde cero. En lo que lla­ mamos pensar no se “dirige” el espíritu, se lo suspende. N o se le dan reglas, se le enseña a recibir. N o se despeja el terreno para edificar con más claridad, se entreabre un claro en que pueda entrar y modificar su contorno la penumbra de lo casi dado. U n ejem plo de ese trabajo se encuentra, mutatis mutandis, en la Durcbarbeitung freudiana. Donde se ve bien, no insisto en ello, con qué dolor se paga el trabajo del pensa­ miento. Este pensamiento no tiene gran relación con la combinación regulada de símbolos. Pero la com binación, cuando procura y espera su regla, puede tener gran relación con el pensamiento.

El dolor de pensar no es un síntoma, que por otra parte viniera a inscribirse en el espíritu en vez de su lugar verdadero. Es el pensa­ m iento mismo en cuanto éste se resuelve a aceptar la irresolución, de­ cide ser paciente y quiere no querer, quiere, justam ente, no querer de­ cir en lugar de lo que debe significarse. Reverencia hecha a ese deber> que aún no se nombra. Ese deber no es tal vez una deuda, quizás es únicamente el modo según el cual lo que todavía no es, la palabra, la frase, el color, llegará. De modo que el sufrimiento de pensar es un su­ frimiento del tiempo, del acontecimiento. Resumo: vuestras máquinas de representar, de pensar, ¿sufrirán? ¿Cuál puede ser el futuro para ellns, que no son más que mentori;is? Me diréis que importa poco, con

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(«il de que puedan “realizar” la relación paradójica con los susodichos “datos” -q u e no son más que cuasi dados, d ab les- que acabo de des­ cribir. N o lo creo en absoluto.

Si este sufrim iento marca así el verdadero pensamiento, es porque se piensa en lo ya pensado, en lo inscripto, y es difícil mantenerlo aparte o retomarlo de otra manera, para que surja lo que aún no se piensa y se inscriba lo que debe serlo. No hablo únicamente de las pa­ labras que faltan en medio de ía superabundancia de palabras disponi­ bles, sino, de las maneras de juntarlas que habría que aceptar a pesar de las articulaciones que nos inspiran la lógica, la sintaxis de nuestras lenguas, los giros recibidos de nuestras lecturas. (A Sepp, que se asom­ braba de que, en m i opinión, todo pensamiento exija y entrañe in s­ cripción, le digo: pensamos desde el medio de ese mundo de inscrip­ ciones ya hechas, digamos: cultura, si usted quiere. Y si pensamos, es porque hay, sin embargo, una falta en esta plenitud, y es preciso ha­ cerle lugar mediante la puesta en blanco, que permite el advenimiento de algo distinto, que queda por pensar. Pero esto, a su turno, sólo pue­ de aparecer como inscripto.) Lo no pensado hace mal porque nos en­ contramos claramente en lo ya pensado. Y pensar, que es aceptar ese mal, también es, para decirlo sumariamente, tratar de terminar con él. La esperanza que brinda toda escritura (pintura, etcétera) es que, al fi­ nal, las cosas irán mejor. Como no hay fin, la esperanza es ilusoria. Pues bien, sería preciso que lo no pensado les hiciese mal a vuestras máquinas, le hiciese mal a su memoria, lo no inscripto que q.ueda por inscribir, ¿comprendéis? Si no, ¿por qué habrían de ponerse a pensar? Nos hacen falta máquinas que sufran la obstrucción de su memoria. (Pero el sufrimiento no tiene buena reputación en la megalópolis tec­ nológica. Sobre todo el de pensar. Ya ni siquiera hace reír, a nadie se le ocurre. El espíritu se consagra al “ludismo”, cuando no a la actuación.)

Por últim o, el cuerpo humano es sexuado. Es bien sabido que esta diferencia, la de los sexos, es el paradigma de la incompletitud no sólo de los cuerpos sino de ios espíritus. Es indudable que en la m ujer exis­ te lo masculino y en el hombre lo femenino. Si no, ¿cómo habría en un sexo siquiera la idea del otro y la emoción originada en lo que le falta? Le falta porque está allí, en la intimidad corporal y mental, pero lo es­ tá como un vigilador, en reserva, lateralmente, como visión curva, en el horizonte. Inasible. Una vez más la trascendencia en l.i inm;inenri¡i. La idea del sexo que reina en la sociedad conum|>ot.uie,i impone < egar esa falla y aplastar esa trascendeix ia, s.upenu el im pod< i Tumiuios

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SI SE PU ED E PEN SAR SIN CUERPO 2 9

asociados firman un contrato con vistas a un común “goce”, disposi­ ción-placer, de la misma diferencia sexual. El contrato establece que ni uno ni otro sufrirán con esta asociación, y que al primer signo de falta por incumplimiento o no, de desfocalización, descontrol y trascenden­ cia, se lo romperá; esto es decir demasiado: se lo abandonará. Y aunque la moda quiera, de tiempo en tiempo, que el “amor” vuelva a colocarse en un buen lugar en la tienda de objetos que deben hacerse circular, es en concepto de relación sexual “en escala alta”, reservada a las eminen­ cias del star system y difundida como una excepción envidiable. Veo en esta disposición el signo de que la tecnociencia acostumbra al pensa­ miento a ignorar el diferendo que lleva consigo.

N o sé si la diferencia sexual es una diferencia oncológica. ¿Cómo

podría saberse? Mi pequeña descripción, fenomenológica, es todavía de­ masiado suave. La diferencia sexual no está ligada únicamente al cuer­ po que experimenta su incom pletitud, sino al cuerpo inconsciente, o al inconscience como cuerpo. Vale decir, separado del pensamiento, aun del analógico. Esta diferencia está por hipótesis fuera de control. Tal vez sea ella, porque inscribe sus efectos, como lo mostró Freud al describir el a posteriori [ apres-coup] , sin que la inscripción se memorice en el sencido del recuerdo, tal vez sea ella la que, a la inversa, dispone inicialm ente el campo de percepción y el campo de pensamiento de acuerdo con la condición de espera, de sustracción que mencioné. Y ella, la que marca el sufrimiento en el percibir y el concebir —eso pare­ ce muy probable—, el sufrim iento suscitado por la imposibilidad de unificar y determinar completamente el objeto en vista.

A lo que sin la diferencia de los sexos sería una experiencia neutra del espacio-tiempo de las percepciones y los pensamientos, una expe­ riencia de la que esa sensación de incompletitud estaría ausente como desdicha y que daría lugar a una mera estética cognitiva pura, aquélla le agrega el sufrimiento de un abandono porque le aporta lo que nin­ gún campo de visión o de pensamiento entraña en sí, la demanda. La facultad de trascender lo dado de que habláis, alojada en su inmanen­ cia, encuentra seguramente sus medios en la recursividad del lenguaje humano, pero facultad no es sólo posibilidad, es fuerza, y esta fuerza es el deseo.

Así, pues, será preciso que la inteligencia que preparáis para sobre­ vivir íi la explosión solar lleve consigo, en su navegación interestelar, csi.t hierza. (,)nc vuestras máquinas de pensar no se alimenten tan sólo de i.uli.u iones, .sino del dileteiulo irremediable de los sexos.

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til LO IN HUM ANO

V i ■. >ii |in donde habría que retomar la cuestión de la complejidad. I -.tuv de .i< nenio con el pensamiento físico en que el desarrollo

tecno-i mi hiIko es el aspecto que asume en la actualidad en la superficie de

i.i i ierra un proceso de entropía negativa o complejización que está en mari ha desde que la tierra existe. Estoy de acuerdo en que el ser hu­ mano no es ni ha sido nunca su motor, sino el efecto y el portador, el continuador. Estoy de acuerdo en que la inteligencia sin cuerpo que todo se esfuerza aquí por crear permitirá responder al desafío opuesto al procesg de complejización por la marejada entrópica en que consis­ te, desde ese punto de vista, la explosión solar que vendrá. Y que, con el exilio cósmico de esta inteligencia, habrá escapado a lo más proba­ ble, a la suerte prometida a todo sistema aislado por el segundo prin­ cipio de Carnot, un lugar de alta complejidad, un foco de entropía ne­ gativa. Justam ente porque esa inteligencia no se habrá dejado aislar en su condición terrestre-solar. Al concordar con todo esto, admito que lo que mueve la tecnociencia no es el deseo humano de conocer y trans­ formar la realidad, sino una circunstancia cósmica. Pero tenemos esto: la complejidad de esa inteligencia excede la de los sistemas lógicos más sofisticados; es de otra naturaleza. El cuerpo humano, como con­ ju nto material, estorba su posibilidad de separarse, su exilio, y, por lo tanto, su supervivencia. Pero el cuerpo, fenomenológico, m ortal, per- cipiente, es al mismo tiempo el único analogon disponible para pensar una cierta complejidad del pensamiento.

El pensamiento emplea una profusión de analogías. También en el descubrimiento científico, desde luego, “antes” de establecer su opera- tividad sobre paradigmas. Por otra parte, este poder analogizador pue­ de volver a ejercerse sobre la analógica espontánea del cuerpo perci- piente para educar el ojo de Cézanne y el oído de Debussy a fin de que escuchen y vean datos dables, m atices, tim bres “inútiles” para la su­ pervivencia, siquiera cultural.

Pero, una vez más, esta facultad analogizadora de la que el cuerpo y el pensamiento disponen analógicamente uno en el otro e intercam­ bian en el arte de inventar, es poca cosa ante la trascendencia irrepara­ ble inscripta en el cuerpo por la diferencia de los sexos. El resto que deja esta diferencia, no sólo el cálculo sino hasta la analogía, no se rea­ liza. Aquélla hace pensar sin fin, no se deja pensar. El pensamiento no es separable del cuerpo fenomenológico. Pero el cuerpo sexuado está separado del pensamiento y lo da a conocer. Seni ¡rumio1. I.i iniia< ión de ver, en esta diferencia, una explosión primonluil, un di ‘.iilio opues

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co al pensamiento, comparable a la catástrofe solar. Pero no es ése el caso porque, reservada en el secreto de los cuerpos y los pensamientos, da qué pensar infinitam ente. N o aniquila sino al Uno. Esta com pleji­ dad, lo inevitable de esta separación: para ello debéis preparar el pen­ samiento post-solar. De lo contrario, y pese a todo, quien pilotee el

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Reescribir la modernidad*

Este título, reescribir la modernidad, me fue sugerido por Kachy Woodward y Caro! Teneson, del Center o f x x th Century Studies de Milwaukee. Se los agradezco. Me parece muy preferible a las rúbricas habituales, como posmodernidad”, “posmodernismo”, “posmoderno", bajo las cuales se coloca esta clase de reflexión. La ventaja obedece a dos desplazamientos, la transformación del prefijo “pos” en “re”, des­ de el punto de vista léxico, y la aplicación sintáctica del prefijo así modificado al verbo “escribir” y no al sustantivo “modernidad”.

Ese doble desplazamiento indica dos direcciones principales. En prim er lugar, pone de manifiesto la vanidad de toda periodización de la historia cultural en términos de “pre” y “pos”, antes y después, va­ na por el mero hecho de que deja incuestionada la posición del “aho­ ra , del presente a partir del cual se supone posible asumir una pers­ pectiva legítim a sobre una sucesión cronológica. Para un viejo filósofo “continental” como yo, este efecto no puede dejar de recordar el análi­ sis que Aristóteles hace del tiempo en el libro rv de la Física. Es impo­ sible -señ ala en su stancia- determinar la diferencia que hay entre lo que tuvo lugar (lo proteron, lo anterior) y lo que adviene (lo hysteron, lo ulterior) sin situar el flujo de los acontecim ientos en relación con un ahora , un now. Pero, al mismo tiempo, no es menos imposible apo­ derarse de ese “ahora” porque, arrastrado como se ve por lo que llama­ mos el fluir de la conciencia, el curso de la vida, de las cosas, de los acontecimientos, como se quiera, no deja de desvanecerse. De modo

* I ex (o inuliK ido (y m odificado) de una ponencia presentada en la Universidad dr W isco iisin , M ilwiiukee y M adison, en uhril <lr \ W > . Publicado en inglés en Suks-

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que siempre llega demasiado temprano y demasiado tarde, a la vez, para que pueda captar algo así como un ‘ ahora” de manera identifica- ble. El “demasiado tarde” señala un exceso en el “irse", el desaparecer; el “demasiado temprano”, un exceso en el advenir. ¿Exceso con respec­ to a qué? A la intención de identificar, al proyecto de captar y recono­ cer un “ente” que sea “aquí y ahora”, la cosa misma.

Cuando este argumento se aplica a la modernidad, resulta de él que ni ésta ni la mencionada posmodernidad pueden identificarse y defi­ nirse como entidades históricas claramente circunscriptas, de las cua­ les la segunda supuestamente viene siempre “después” de la primera. Hay que decir, al contrario, que lo posmoderno ya está implicado en lo moderno debido a que la modernidad, la temporalidad moderna, entraña en sí un impulso a excederse en un estado distinto de sí m is­ ma. Y no sólo a excederse, sino a resolverse en él en una especie de es­ tabilidad últim a, aquella a la que apunta, por ejem plo, el proyecto utópico, pero también el simple proyecto político implicado en los grandes relatos emancipatorios. Por constitución, y sin tregua, la mo­ dernidad está preñada de su posmodernidad.

Más que lo posmoderno, lo que verdaderamente se opondría aquí a la modernidad sería la edad clásica. En efecto, ésta entraña un estado del tiem po, digamos: un status de la temporalidad, en que el “adve­ n ir” y el “irse”, el futuro y el pasado, se tratan como si, tomados en conjunto, englobaran la totalidad de la vida en una misma unidad de sentido. Tal sería, por ejem plo, la manera en que el m ito organiza y distribuye el tiempo: ritmando, hasta hacerlos rimar, el principio y el final de la historia que relata.

Desde ese mismo punto de vista, se observa que la periodización de la historia es muestra de una obsesión característica de la modernidad. La periodización es un modo de situar los acontecimientos en una dia- cronía, gobernada por el principio de revolución. De la misma mane­ ra que la modernidad contiene la promesa de su superación, se la in ti­ ma de modo semejante a marcar, fechar, el final de un período y el comienzo del siguiente. Puesto que apenas se inaugura una era a la que se supone enteramente nueva, conviene poner el reloj en la nueva hora, hacerlo recomenzar de cero. En el cristianismo, el cartesianismo o el jacobinismo, ese mismo gesto designa un Año Uno, el de la reve­ lación o la redención aquí, el del renacimiento o l . i i v i i o v i h ion allá, e incluso el de la revolución y la r e a p r o p i a c ion de lus liben.ules

Estas rres figuras del "re” anunc iun un .e.pet (o e-.em i.il de l.i < ue*.

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REE SC R IBIR LA M O D ERN ID A D 35

ción de la reescritura, y es ésta la segunda dirección indicada por el desplazamiento que señalaba al empezar. La ambigüedad del término “reescribir” es la misma que atorm enta la relación de la modernidad con el tiempo. Reescribir puede consistir en ese gesto, que acabo de mencionar, que hace que el reloj vuelva a empezar desde cero, que ha­ ce tabla rasa, el gesto que inaugura de una vez el inicio de la nueva era y la nueva periodización. Este uso del “re” tiene el sentido de un re­ torno al punto de partida, a un comienzo que se supone exento de to­ do prejuicio porque se imagina que los pre-juicios sólo resultan del al­ macenamiento y la tradición de juicios que precedentemente se tuvieron por verdaderos sin haberlos re-considerado. El juego que así se juega entre el “pre” y el “re” (tomado, entonces, en el sentido de re­ torno) apuesta a borrar el “pre” implicado en, al menos, algunos de esos antiguos juicios. Es así como hay que entender, por ejem plo, el nombre de “prehistoria” que Marx da a toda la historia humana que habrá precedido a la revolución socialista esperada y preparada por él.

Ahora puede clarificarse una segunda acepción de ese “re”, comple­ tamente distinta. Vinculado de manera esencial a la escritura, no sig­ nifica en modo alguno un retorno al comienzo sino más bien lo que Freud denominó una “per-laboración”, la Durcbarbeitung, es decir un trabajo consagrado a pensar lo que se nos oculta constitutivamente del acontecimiento y su sentido, no sólo por el prejuicio pasado, sino tam­ bién por las dimensiones del futuro que son el pro-yecto, el pro-gra­ ma, la pro-spectiva e incluso la pro-posición y el propósito de psicoa- nalizar.

En un texto breve pero, por decirlo así, memorable, que se refiere a la “técnica” psicoanalítica, Freud distingue repetición, rememoración y perlaboración. La repetición, que corresponde a la neurosis o la psi­ cosis, resulta de un “dispositivo” que permite el cumplimiento del de­ seo inconsciente y organiza toda la existencia del sujeto como un dra­ ma. Un sino, un destino, tal es la forma que asumiría la vida del paciente sometido a la ley del deseo así “dispuesto”. Freud extrajo su modelo de la historia de Edipo. En el destino, el comienzo y el final de la historia riman juntos, con lo cual ésta depende de la organiza­ ción que denominé "clásica” del tiem po, aquella en que los dioses, el dios, como escribe 1 lólderlin, no dejan de intervenir. El dispositivo de deseo íommlado por el orác ulo de Apolo establece por anticipado los Klaudes m ontei iimcni os i on que lídipo se topará en el transcurso de S|1 Immi I.I I..I Vldíl del ley qned.1 ionio csi .iiupi I Indii, su luiuro está

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3 6 LO IN HUM ANO

inscripto en el pasado ya dicho, el fatum que él ignora y que, por lo tanto, repite.

Las cosas, sin embargo, no son tan simples como yo las planteo. Tanto en la tragedia de Sófocles como en el análisis freudiano, Edipo o el paciente procuran tomar conciencia, descubrir la “razón” o la ‘ cau­ sa” del trastorno que sufren y que sufrieron toda su vida. Quieren re­ memorarse. Quieren reunir la temporalidad no dominada, desmem­ brada. El nombre que tiene ese tiempo perdido es infancia. Así, el rey Edipo emprende investigaciones sobre la causa del mal, un pecado que estaría en el origen de la peste padecida por la ciudad. Tendido en el diván, el paciente parece embarcado en una búsqueda muy similar. Se instruye la causa, se cita a los testigos, se recogen informaciones, como en una novela policial. Es así como se trama una intriga que yo llam a­ ría de segundo grado, que despliega su historia propia por encim a de aquella en que se cumple el destino y tiene por fin ponerle remedio.

Es frecuente que “reescribir la modernidad” se entienda en este sentido, el de la rememoración, como si se tratara de señalar e identifi­ car los crímenes, los pecados, las calamidades engendradas por el dis­ positivo moderno, y finalmente revelar el sino que un oráculo, al prin­ cipio de la modernidad, habría preparado y llevado a cabo en nuestra historia.

Es sabido hasta qué punto puede ser engañosa, a su turno, la rees­ critura así comprendida. El embuste reside en el hecho de que la inda­ gación m isma sobre los orígenes del destino forma parte de éste. Y en el de que la cuestión del comienzo de la intriga se plantea al final de ésta porque sólo constituye su fin. El héroe se convierte, entonces, en culpable a medida que el detective lo desenmascara. Por otra parte, ésa es la razón por la cual no hay “crimen perfecto”, crimen que pueda ser desconocido para siempre. Un secreto no sería un verdadero se­ creto si nadie supiera que lo es. Para que el crim en sea perfecto, es preciso que se sepa que lo es, y por eso mismo deja de serlo. Para de­ cirlo de otra manera, a la vez que se mantiene en el mismo orden de memoria, al modo de Joh n Cage, no hay silencio que no se deje oír co­ mo tal, y, por lo tanto, que no haga algún ruido. Entre silencio y soni­ do, entre crim inal y policía, entre inconsciente y conciencia, la misma intriga, en el fondo, trama una intimidad.

Si “reescribir la modernidad” se entiende de esia forma, < oino la búsqueda, designación y denominat ion de los lie< líos 01 ulio-. imagina­

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