HISTORIA
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HISTORIA
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ANTÎGVO
18. 19. 20. 21. 22. 23. 24. gnegtf.J. J. Sayas, Las ciudades de Jo- nia y el Peloponeso en el perío do arcaico.
R . López M elero, E l estado es partano hasta la época clásica. R . López M elero, L a fo rm a - ción de la democracia atenien se, I. E l estado aristocrático. R . L ópez M elero, La fo rm a ción de la democracia atenien se, II. D e Solón a Clístenes. D . Plácido, C ultura y religión en la Grecia arcaica.
M . Picazo, Griegos y persas en el Egeo.
D . Plácido, L a Pentecontecia.
Esta historia
,
obra de un equipo de cuarenta profesores de va rias universidades españolas,
pretende ofrecer el último estado de las investigaciones y, a la vez,
ser accesible a lectores de di versos niveles culturales. Una cuidada selección de textos de au tores antiguos,
mapas, ilustraciones,
cuadros cronológicos y orientaciones bibliográficas hacen que cada libro se presente con un doble valor,
de modo que puede funcionar como un capítulo del conjunto más amplio en el que está inserto o bien como una monografía. Cada texto ha sido redactado por. el especialista del tema, lo que asegura la calidad científica del proyecto.1. A . C aballos-J. M . S erran o , S um er y A kka d .
2. J . U rru e la , Egipto: Epoca Ti- nita e Im perio A ntiguo. 3. C . G . W ag n er, Babilonia. 4. J . U rru e la , Egipto durante el
Im perio Medio. 5. P. Sáez, Los hititas.
6. F. Presedo, Egipto durante el Im perio N uevo.
7. J. A lvar, Los Pueblos del M ar y otros m ovim ientos de pueblos a fin es del I I milenio. 8. C . G . W ag n er, Asiría y su
imperio.
9. C . G . W ag n er, Los fenicios. 10. J . M . B lázquez, Los hebreos. 11. F. Presedo, Egipto: Tercer Pe-
nodo Interm edio y Epoca Sal ta.
12. F. Presedo, J. M . S erran o , La religión egipcia.
13. J. A lv ar, Los persas.
14. J. C . Berm ejo, E l m undo del Egeo en el I I milenio. 15. A . L o zan o , L a E dad Oscura. 16. J. C . B erm ejo, E l m ito griego
y sus interpretaciones. 17. A . L o zan o , L a colonización
25. J. F ern á n d e z N ie to , L a guerra del Peloponeso.
26. J . F ern á n d e z N ie to , Grecia en la prim era m itad del s. IV.
27. D . P lácid o , L a civilización griega en la época clásica. 28. J. F ern á n d e z N ie to , V. A lo n
so, Las condiciones de las polis en el s. IV y su reflejo en los pensadores griegos.
29. J. F ern á n d e z N ie to , E l m u n do griego y F Hipa de Mace donia.
30. M . A . R a b a n a l, A lejandro M agno y sus sucesores. 31. A . L o zan o , Las monarquías
helenísticas. I: E l Egipto de los Lágidas.
32. A . L o zan o , Las monarquías helenísticas. I I: Los Seleúcidas. 33. A . L o zan o , Asia M enor he
lenística.
34. M . A. R a b an al, Las m onar quías helenísticas. III: Grecia y Macedonia.
35. A . P iñ ero , L a civilización he lenística. R O M A 36. J. M a rtín e z -P in n a , E l pueblo etrusco. 37. J . M a rtín e z -P in n a , L a Rom a prim itiva. 38. S. M o n te ro , J. M a rtín e z -P in na, E l dualismo patricio-ple beyo.
39. S. M o n te ro , J. M a rtín e z P in -n a , L a co-nquista de Italia y la igualdad de los órdenes. 40. G . F atás, E l período de las pri-
meras guerras púnicas. 41. F. M arco, L a expansión de
R om a por el M editerráneo. De fin es de la segunda guerra Pú nica a los Gracos.
42. J. F. R o d ríg u ez N eila, Los Gracos y el comienzo de las guerras civiles.
43. M .a L. S ánchez L eón, R evu el tas de esclavos en la crisis de la República.
44. C . G onzález R o m á n , L a R e pública Tardía: cesarianos y pompeyanos.
45. J. M. R o ld án , Instituciones po líticas de la República romana. 46. S. M o n te ro , L a religión rom a
na antigua. 47. J. M angas, Augusto. 48. J. M angas, F. J. L om as, Los
Julio-Claudios y la crisis del 68. 49. F. J. L om as, Los Flavios. 50. G . C hic, L a dinastía de los
Antoninos.
51. U . E spinosa, Los Severos. 52. J. F ern án d ez U b iñ a, E l Im p e
rio Rom ano bajo la anarquía militar.
53. J. M u ñ iz Coello, Las finanzas públicas del estado romano du rante el A lto Imperio. 54. J. M . B lázquez, Agricultura y
m inería rom anas durante el A lto Imperio.
55. J. M . B lázquez, Artesanado y comercio durante el A lto I m perio.
56. J. M an g as-R . C id, E l paganis mo durante el A lto Imperio. 57. J. M . S an tero , F. G aseó, E l
cristianismo prim itivo. 58. G . B ravo, Diocleciano y las re
form as administrativas del I m perio.
59. F. Bajo, Constantino y sus su cesores. La conversión del I m perio.
60. R . Sanz, E l paganismo tardío y Juliano el Apóstata. 61. R. Teja, La época de los Va-
lentinianos y de Teodosio. 62. D . Pérez Sánchez, Evolución
del Im perio Rom ano de O rien te hasta Justiniano.
63. G . B ravo, E l colonato bajoim- perial.
64. G . B ravo, Revueltas internas y penetradones bárbaras en el Im perio i
65. A. Jim én ez de G arn ica, La desintegración del Im perio R o mano de Occidente.
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Director de la obra:
Julio Mangas Manjarrés
(Catedrático de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid)
Diseño y maqueta: Pedro Arjona
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reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.»
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ISBN: 84-7600 274-2 (Obra completa) ISBN: 84-7600-530-X (Tomo XUI) Impreso en GREFOL, S.A. Pol. II - La Fuensanta Móstoies (Madrid) Printed in Spain
LOS GRACOS Y EL COMIENZO DE LAS
GUERRAS CIVILES
Indice
Págs.
!. La crisis republicana... 7
1. La ruptura de la unidad política ... 7
2. Los elem entos político-sociales de la crisis ... 11
3. La política exterior ... 12
Π. La época de los G racos... 15
1. La actitud política de Escipión Em iliano ... 15
2. La trayectoria política de Tiberio Sem pronio G raco ... 16
3. La reacción del clan senatorial ... 22
4. El tribunado de Cayo G raco y su actividad legislativa... 24
5. Política exterior ... 29
III. El ascenso político de Mario ... 31
1. La situación del Estado rom ano ... 31
2. La guerra de Yugurta ... 32
3. C am pañas contra cim brios y teutones ... 39
IV. El tribunado de L. Apuleyo Saturnino... 41
1. La alianza con M ario ... 41
2. Los proyectos legales ... 42
3. La reacción se n a to ria l... 46
V. La guerra de los aliados ... 47
1. La cuestión de los aliados ... 47
2. Las actividades de los « e q u ites» ... 50
3. Livio D r u s o ... 50
4. La sublevación de Italia ... 52
5. Oferta rom ana: las leyes de ciudadanía ... 54
VI. El enfrentamiento entre Mario y S ila ... 56
6 A kal Historia del M undo Antiguo
2. La audaz respuesta de S il a ... 58
3. El paréntesis de C inna ... 61
4. La guerra contra M itrídates ... 63
5. Sila al asalto del p o d e r ... 66
VIL La dictadura silan a... 67
1. La destrucción de los enemigos ... 67
2. La reform a de las instituciones ... 69
3. La retirada de Sila ... 72
Cronología... 73
Los G racos y el com ienzo de las G uerras Civiles
I. La crisis republicana
7
1. La ruptura de la unidad
política
La agitada etapa de la H istoria de R om a, que estuvo esencialm ente ca racterizada p o r los intentos reform is tas de los G racos, no fue más que el pórtico de un largo período de crisis, d u ra n te el cual la R epública vio tam b alearse sus fu ndam entos políticos e institucionales, y la sociedad experi m entó u n a p ro fu n d a y decisiva tra n s formación en todos sus aspectos. El re sultado de este com plicado proceso acabó siendo precisam ente la d esa p arición del viejo sistem a repub lica no y la in stau ració n del régim en im perial, con todo lo que ello supuso de cam bio en la «fisonom ía histórica» de Rom a. A tisbar las exactas causas de este com plejo p ro b le m a no es, ciertam ente, fácil, sobre todo desde el m om ento en que ya no cabe recurrir ú n ic a m e n te al im p acto del m u n d o exterior sobre el vetusto E stado de R óm ulo y R em o (expansionism o por Italia, guerras exteriores, etc.) com o fa c to r ex p lica tiv o p rin c ip a l de las m u tacio n es su frid a s p o r el cu erp o cívico-social o p o r las bases in stitu cionales. A hora es la propia sociedad ro m an a la que estalla en u n a fuerte d inám ica in tern a de revoluciones y c o n tra rre v o lu c io n e s , c o m o c o n s e
cuencia de u n a serie de fuerzas m otri ces que se h a b ía n ido gestando en la etapa anterior, y que en esta fase al c a n z a n sus m ás decisivas consecuen cias. El E stado rom ano, asentado d u ra n te siglos en u n o s fu n d a m e n to s institu cion ales arcaicos y lim itados, con un soporte social en esencia co n serv ad o r y sobrio, cu alitativ am en te diferenciado m ás en el aspecto políti co que en el económ ico o cultural, no pudo resistir el poderoso im pacto que en su seno fue m arcan d o u n a evolu ción histórica a la que no supo p a ra lelam ente acom odarse.
D esde luego, hay que h acer h in c a pié ad ecuad am ente en lo que signifi có para la ciu dad del T ib er el desa rrollo de u n a co m prom etida política exterior, ya no sólo en Italia, sino en diversos ám bitos del M editerráneo, d u ran te la segunda m itad del siglo III y la prim era m itad del siglo II a. C. Las conquistas territoriales, la conso lidación de las prim eras provincias, la recaudación de tributos de guerra, la apertu ra de nuevos m ercados, el auge de los intereses com erciales o los im pactos culturales externos, se llaron el destino de u n a sociedad res q u eb rajad a y co nm o cio n ad a en sus tradicionales fundam entos. Por p ri m era vez R om a conoció el decisivo im pacto de la riqueza, del lujo o rien tal sobre su propio seno, y las
diferen-8 A kal Historia del M undo Antiguo
cías so ciales no h ic ie ro n m ás que acentuarse h asta cotas imprevisibles.· Al m ism o tiem po se fue pon ien d o de m anifiesto la pro p ia incap acid ad del Estado p ara h acer frente a la com ple ja tarea de ad m in istrar un im perio en proceso de desarrollo, cuya gestión no podía abord arse con los lim itados recursos políticos que ofrecía la a n quilosada m a q u in aria republicana, y en función únicam en te de los intere ses de un reducido grupo social. Las tensiones que p ro n to se apoderaron de la inestable R epública acab aro n por rom per la arm o n ía y el equilibrio de com petencias al que se h abía tra tado de llegar entre el S enado y los com icios, instituciones que conoce rían ah ora u n período de continuos enfrentam ientos, en los que ju garía un trascen d en tal papel el creciente protagonism o ad q u irid o p or el trib u nado de la plebe. Concordia sería a p artir de aho ra un o de los vocablos preferidos, y m ás repetidos, lo que es m uy sintom ático, dentro de la term i nología política ro m an a de la postre ra etapa republicana.
Si algún sector de la sociedad ro m an a se h ab ía visto beneficiado de form a especial por el favorable resul tado de la guerra contra C artago y p or el expansionism o ultram arino, lo fue sin d u d a el clan senatorial, conso lidado en su papel director de la p o lí tica exterior ro m an a y en su prestigio y peso económ ico ante los dem ás sec tores de la ciu dadanía. Pero la cues tión fundam ental que conviene tener en cuenta, p o r lo que a esta p rep o ten te nobilitas se refiere, es precisam ente su propia falta de hom ogeneidad, su in n ato egoísmo, su in capacidad para tener u na línea co o rd in ad a de ac tu a ción, la am biciosa carrera em p ren d i da p or sus diversos com ponentes con vistas a a d q u irir los lugares de privi legio en la m aq u in aria del poder, su fácil predisposición, en sum a, p ara recurrir a cualq u ier tipo de alian zas o apoyos con el suprem o objetivo de obtener sus propósitos. N o h ab ía
fre-Templo de la Sibila en Tívoli
Los Gracos y el comienzo de las Guerras Civiles 9
nos teóricos a la am plia com petencia de intereses que los diferentes grupos de presión senatoriales p u d ieran em p ren d er dentro de la palestra institu cional del Estado. La ausencia de una carta constitucional definida, que ga ran tizara las diferentes esferas de ac tuación y perfilara ad ecuadam ente el papel de cada pieza política, podía
perm itir un juego libre y a m enudo falto de escrúpulos, y ésto ya se h ab ía visto claro desde el m om ento en que el desarrollo de un estam ento senato rial bien con solidad o en la cúspide del po d er no h ab ía dejado de efec tuarse sin m enoscabo de otras institu ciones m ás populares, com o los co micios, reducidas en m uchos
aspee-10 AkaI Historia del M undo Antiguo
tos a un papel pasivo y co n su e tu d in a rio, no sólo ante el Senado, sino ante los gestores de la política estatal, los m agistrados.
La época en la que vam os a cen trarnos es, no obstante, u n a época de cam bios, que tradicio n alm en te q u e dan sim bolizados p o r u na creciente preem inencia y tom a de conciencia de los sectores m ás populares frente a los núcleos m ás conservadores y he- gem ónicos de la escena política ro m ana. Es u n error p en sa r que en la R om a de m ediados del siglo II a. C. se h u b iera n llegado a d a r los p resu puestos necesarios p ara que germ in a ra u na au téntica revolución popular, o p ara que al m enos pudiera ser em prendida desde el m arco político exis tente u na p ro fu n d a revisión de las bases del Estado, tendente a conse guir un sup erior protagonism o y unas m ejores condiciones de vida para la m ayoría de la sociedad. En R om a la tradición h ab ía asentado com o p re supuesto inexcusable que toda políti ca tenía que ser hecha «desde arri ba», y la m ism a o rien ta ció n debía esperarse de cualq u ier tendencia que quisiera in tro d u cir m odificaciones en el ap arato estatal existente. H a b la r de política p o p u lar o de políticos p o p u lares puede con d u cir a u n a óptica e n gañosa de los acontecim ientos, si no queda claro que con tal term inología no cabe m ás que definir u n a nueva form a de o rien tar el tejem aneje p o lí tico en m anos de ciertos sectores del clan senatorial. Porque, precisam en te, es ésta u n a de las m ás decisivas consecuencias de esa ru ptura interna que acabó d án dose dentro del esta m ento dirigente del Estado, el surgi m iento de ciertas corrientes políticas dentro de la nobilitas que, con vistas a alca n zar sus objetivos, no re n u n cia ron a recurrir com o fuerza de apoyo a las asam bleas populares, y com o vía ejecutiva para conseguíκ sus p ro p ó si tos a un increm ento de las atribucio nes y capacidad de gestión de los tri b u n o s d e la p le b e . T o d o s e s to s
elem entos p asa ro n aho ra a ad o p tar un a acción clara y tajante frente a la m o nolítica aristocracia, dentro de un c a m p o de ac tu a ció n en el que las « fo rm a s c o n s titu c io n a le s » fu e ro n g radualm ente dejan d o paso a los dis turbios, la violencia e incluso el ase sinato.
Pero, y es im po rtante resaltar esto, n u n ca llegó a consolidarse una direc ta y rei vindicati va o p o sición de las m asas p op ulares contra la oligarquía en el poder, n u n ca llegó a cu ajar una d in ám ica de lu cha política, dirigida fu n d a m e n talm e n te a d esalojar a la vieja nobilitas del lugar p reem inente que desde tiem po inm em orial h abía conseguido asegurarse dentro del Es tado. Los postulados incluidos en los « p ro g ram as p olítico s p o p u lare s» a m enudo aparecidos en aquellos agi tados años no fueron m ás que la p u n ta de lanza de u n as am biciones defi nidas, perso n alizad as en quienes, por encim a de las m ejoras que pu dieran beneficiar al pueblo, sólo eventual m en te co n tem p lad a s, a sp ira b a n en últim a instancia a co m b atir por este cam ino los privilegios de los grupos senatoriales m ás reaccionarios, m ovi lizan d o tales reform as no en función de íntim as convicciones, sino en vir tud de estratégicos intereses, que exi gían corresp o n d er ad ecuad am ente al apoyo político recibido de los secto res no senatoriales. C o ntem plado a fondo, sobre la base de análisis pro- sopográficos m uy m inuciosos, el ju e go político que se va con figu ran do entre los diferentes grupos de presión que en tran en liza p o r aquellos años resulta com plicado, cam biante, esen cialmente pragmático. Se podía llegar a com b atir las opciones adversarias ofreciendo a veces soluciones aún más radicales que aquellas contra las que se luchaba. Se podían obtener nuevas fuerzas ap elan d o a los com plejos vín culos de u n a sociedad, en la que las alian zas fam iliares, las adopciones o el préstam o de clientelas estaban a la orden del día. Pero el p ueblo nunca
Los Gracos y el comienzo de las Guerras Civiles 11
dejó de ser un sim ple instrum ento en m anos de quienes, incluso rebelán dose contra los fundam entos del sis tema, defendidos p o r la más reaccio n a ria a r is to c ra c ia , no d e ja b a n de c o m p a rtir su n a tu ra l y tra d ic io n a l condición «política», algo que nunca llegó a fraguar en los m edios estricta m ente populares.
2. Los elem entos político-
sociales de la crisis
Los factores políticos, sociales y eco nóm icos, que lenta pero inelud ible m ente h a b ía n ido m in an d o la estabi lidad in tern a del E stado rom ano, y que en esta etapa se m ostrarían con e sp e c ia l v iru le n c ia , e ra n v a rio s y com plicados. Ya hem os m encionado los prim eros, pero n u nca debe olvi darse su directa relación con la evolu ción socioeconóm ica. U na de las más decisivas consecuencias del proceso de expansión territorial u ltram arin a h abía sido un enorm e desarrollo eco nóm ico que, p or lo que respecta a la agricultura, h ab ía repercutido decisi vam ente en la crisis del pequeño y m edio ca m p esin ad o , con la fo rm a ción de extensos latifundios y la inte gración en ellos, a gran escala, de la m ano de obra servil (que perm itía ex p lo tar la tierra a b uen precio) y, p o r lo que hace al com ercio, h abía supuesto la m asiva p re sen cia de los co m er ciantes rom anos e itálicos en los m er cados del M editerráneo oriental. R a dicalm ente crítica p a ra el equilibrio de la sociedad ro m an a fue la gradual desaparición de la m ediana y peq u e ña propiedad, sobre las que tradicio nalm ente se h a b ía n asentado los ci m ientos de un Estado, en el que la condición ciu d ad an a, la de p ro p ieta rio de tierras y la de soldado hab ían ido indisolublem ente unidas.
P recisam ente este últim o aspecto debe ser convenientem ente resaltado, ya q ue las g ra n d e s c o n q u is ta s de R om a en los últim os decenios, y sus
resonantes victorias ante las p o ten cias rivales, h a b ía n sido conseguidas m ediante un ejército fuerte, discipli n a d o y b ie n p re p a ra d o , pero cuya com posición social no era la ap ro p ia da p ara el m an ten im iento de un im perio con u na co n tin u a presencia m i litar. Puesto que todo ciudadano debía servir com o soldado, ya no sólo en eventuales cam p añ as dentro de Italia, sino en prolongadas estancias en le janos teatros de operaciones, la mayor
d uración del servicio m ilitar obligó a m uchos de tales soldados, pequeños y m edianos cam pesinos, a a b a n d o n a r sus tierras y d esa te n d erlas d u ran te largo tiem po. Ya de p or sí el agro ita lian o se h a b ía visto m uy negativa m ente afectado p or las destrucciones causadas d u ra n te la Segunda G uerra P única, pero a este d esalentado r p a noram a vino a añ ad irse el forzado absentism o de m uchos cam pesinos- soldados quienes, m ás pronto o más tarde, se vieron forzados a vender sus im productivas posesiones, p ara tratar de en c o n trar m ejor acom odo en las c iu d a d e s. C o m o re su lta d o de este proceso vam os a asistir no sólo a un notable desarrollo de los latifundios, en m anos de aquellos ricos propieta rios que, por su fortuna, h ab ían p o di do rehacerse m ejor de la crisis e in crem en tar su p atrim on io com prando tierras ab u n d an tes y b aratas en esta coyuntura, y haciéndolas trab a jar por esclavos; tam bién se registra u na m a siva afluencia de población rural a las ciudades, con el grad ual desarro llo de unos núcleos urbano s, cn los que se iría gestando un inquieto y po bre proletariado. R om a fue un claro exponente de este proceso de creci m iento, al que el gobierno republica no no supo h acer frente crean do la in fra e s tru c tu ra n ec esaria p a ra que pudiera vivir dignam ente una m asa popular, tran sfo rm ad a aho ra p o r la evolución de los acontecim ientos en fuerza política potencial en m anos de líderes am biciosos.
12 Akal Historia del M undo Antiguo
m ilitar largo y arriesgado en lejanos territorios, con co n tin u o s e n fre n ta m ientos contra pueblos irreductibles dispuestos a u n a lucha indóm ita e in cesante, no ten ía que re su ltar m uy atractivo p a ra quienes p o d ían verse obligados a prestarlo. Las enorm es dificultades que el gobierno rom ano estaba en c o n tran d o p a r reducir, p or ejem plo, la resistencia de los pueblos hispanos, h a b ía n repercutido psico lógicamente de un m odo muy desfavo rable en la ciu d ad a n ía rom ana, so m etida a veces a m om entos de es pecial tensión. N o extrañan, por ta n to, las noticias que las fuentes nos tran sm iten sobre eventuales dificulta des en el reclutam iento de los sold a dos legionarios, base de un ejército que, al integrar sólo a quienes reu n ían u n a determ in ad a cualificación censitaria, tenía ya lim itadas posibili dades de in cre m en tar sus efectivos. E sta situ ació n se fue ag rav an d o al irse reduciendo progresivam ente, en función de las circunstancias an ted i chas, el núm ero de propietarios, lo que obligó a to m ar m edidas determ i nadas, entre ellas el reb ajar el censo exigido p ara p od er servir en los cuer pos legionarios, o bien prolo n g ar la p erm anencia del sold ado en la m ili cia, solución que resultaba im p o p u lar y solía provocar m otines, au n q u e m uchos generales recurrían a ella para te n e r tro p a s e x p e rim e n ta d a s a n te ca m p a ñ a s difíciles. Las co n se cu en cias a que esta situación podía llevar em pezaron a ser vislum bradas por al gunos políticos de este período. R e n u n ciar a la expansión exterior y al m an ten im ien to de u n as co n q u istas conseguidas a costa de enorm es es fuerzos, retom ando las tropas a Italia, no parecía una solución factible, por que precisamente esa apertura de Roma al m undo m editerráneo había im pulsa do unos sólidos inereses econócos, de los que se beneficiaban, de forma es pecial tanto el estam ento senatorial, cuyos m iem b ro s le h a b ía n sac ad o enorme partido a las tierras apropia
das por el Estado en concepto de ager
publicus, como la clase ecuestre, espe
cialmente comprometida en los circuitos financieros y mercantiles, pero dentro de la cual h a b ía tam b ién u n a alta ci fra de propietarios de tierras (Nicolet). Y am bos sectores no estaban dispues tos a renunciar a sus ganancias.
O tra solución estribaba en au m e n tar el núm ero de propietarios, a fin de d isp o n er de m ás individuos cualifica dos p ara servir en las legiones. Esto exigía, obviam ente, dispo ner de tie rras p a ra rep artir, y que el E stado asum iese esa tarea, bien red istrib u yendo la prop ied ad existente, o invir- tiendo en este program a extensiones del ager publicus. Es ev id en te q ue cualquiera de tales opciones no podía adoptarse sin que los intereses de la aristocracia senatorial se viesen seria m ente afectados. A hí radica la causa de que los sectores m ás reaccionarios de la nobleza, anclados en sus p rivi legios, n o c a lib r a ra n la v e rd a d e ra gravedad de la situación, o p o n ién d o se a todo in tento reform ista. Y ello ex plica tam bién que tales m edidas fue ran asum id as p o r aquellos políticos p o p u lare s que, in teresado s en q u e b ra r el poder de los clanes nobiliarios m ás poderosos, no d u d aro n en b u s car el apoyo del proletariad o u rb a n o o del cam p esinad o degradado ofre ciendo soluciones atractivas. D esde ese m om ento la reform a del ejército, p au latin am en te proletarizado, y la re form a socioeconóm ica (distribución de tierras, fundación de colonias, etc.), p a sa ría n a ser pilares básicos en la p ro fu n d a tran sfo rm ació n de las es tructuras del E stado rom ano, in cre m entándose p aralelam ente el activis m o p o lític o de los co m icio s y del trib u n ad o de la plebe con vistas a la consecución de tales objetivos.
3. La política exterior
A un que la evolución política in terna a d q u irió e n to n c e s esp e cial relieve dentro de la H istoria de R om a, la
ciu-Los Gracos y el comienzo de las Guerras Civiles 13
dad del T iber h a b ía quedado ya com prom etida p o r sus pasad as conquis tas en la gestión de u n a cada vez m ás com plicada política exterior. La c o n figuración de las nuevas provincias h ab ía supuesto la integración de un factor que resultaría decisivo cara a la futura evolución del Estado, pero este paso no se dio trata n d o p aralelam en te de crear los m ecanism os ad m in is trativos ap ro piados a esta nueva rea lidad. R om a determ inó el destino de estos territorios, m uchos de ellos leja nos, con resortes an q u ilo sad o s, sin adecuar las características y com pe tencias de sus instrum entos ejecuti vos, los m agistrados, a la necesidad de m an ten e r u n a sob eranía directa y sin in terrupció n sobre sus posesiones. Por prim era vez, ante la necesidad de gobernar circunscripciones m uy dis tantes de R om a, d onde a m enudo h a bía que to m ar decisiones rápidas, se planteó la exigencia de conceder a lo s . m agistrados, en este caso provincia les, u n a libertad de actuación, unas
posibilidades de iniciativa, que supo n ía n a su vez u n a relajación de los m edios de con trol que trad ic io n a l m ente h a b ía tenido el Senado sobre el ejecutivo. U n a de las m ás im po r tantes consecuencias fue la tendencia de m uchos de esos gobernadores a ap rovechar sus m an datos provincia les p ara enriquecerse ilícitam ente a costa de los súbditos de R om a, entre los cuales, especialm ente los m edios aristocráticos nativos, consiguieron a m enud o labrarse am plias clientelas. C on frecuencia llegaron quejas al Se nado, y a u n q u e se trató de d ar solu ción al prob lem a m ediante la crea c ió n d e t r i b u n a l e s p e r m a n e n t e s
(quaestiones perpetuae), q u e d e b ía n
castigar a quienes fuesen acusados de extorsionar a los provinciales, de he cho tales ju ra d o s a c a b a ro n siendo in eficaces p o rq u e , en ra z ó n de su com posición y esfera de com peten cias, se tran sfo rm aro n en cam po de batalla, prim ero entre diferentes gru pos senatoriales, luego entre la oligar
Decoración mural procedente de la Casa de los Griffi
(c. 80-60 a.C.), Antiquarium, Roma
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q u ía d irig e n te y u n e sta m e n to en auge, los c a b a lle ro s , q ue ta m b ié n ah o ra p la n te a ría só lid am en te alg u nas de sus m ás firmes reivindicacio nes. A dem ás, las enorm es p osibilida des de hacer fortuna duran te el ejer cicio de los m a n d o s p ro v in c ia le s convirtieron tales cargos en objetivos codiciados p o r m uchos nobiles, que lu ch aro n ard u a m e n te entre sí p ara conseguir lo que, en últim a instancia, les p o d ía p ro p o r c io n a r riq u ez as y prestigio, que a su vez p o d ían usarse com o una ventajosa inversión en la palestra política de Rom a.
E n otra cuestión se vería tam bién p ro n to cóm o el destino u lterio r de R om a no iba a d epender ya ú n ic a m ente de su pro pia trayectoria histó rica. Desde tiem po atrás el Estado re publican o h abía ido consolidando su in flu e n c ia d en tro de Italia, y gran parte de su capacid ad de actuación hab ía estado b asa d a en los vínculos de alianza que se h a b ía n ido consoli dan d o con diferentes socii quienes, a cam bio de m an ten e r su auto n o m ía interna, h a b ía n q uedado obligados a re n u n c ia r a c u a lq u ie r iniciativa de política exterior y a sum in istrar tro pas al ejército rom ano. Tal situación era en sí m ism a enorm em ente desi gual, cuand o no injusta, y si bien toda esta estructura m ostró, salvo ciertas fisuras, su estabilidad d u ran te los d i fíciles años de la guerra con los ca rta gineses, ahora, en el ecuador del siglo
II a. C., las d em an d as de los itálicos ib an a p asa r a un p rim er plano. Tam bién en las com unidad es aliadas las guerras h a b ía n llevado a u n a crítica situación al cam pesinado, p rovocan do la quiebra de la agricultura. U na de las consecuencias de esta difícil si tuación fue la m asiva em igración de m uchas gentes a los centros urbanos, entre los que obviam ente la ciudad del T iber ejercía la m ayor atracción. M uchos llegaron ante la posibilidad de o b te n e r la c iu d a d a n ía ro m an a , con las ventajas que ello significaba. P aralelam ente, la dem ografía llegó a
muy b ajas cotas en num erosas com u nidades itálicas que, sin em bargo, se guían estando acuciadas por la o b li gación de p ro p o rcio n ar contingentes m ilitares al ejército rom ano. A unque se to m aro n algunas m edidas p ara p a liar estos incontrolados m ovim ientos de població n, lo cierto es que a la la r ga las relaciones entre R om a y los aliados acab aro n enturbiándose. La masiva afluencia de foráneos a la Urbs era en sí un exponente de lo que la ciudad del T iber significaba p ara m u chos italianos, una m áxim a a sp ira ción, el derecho a com p artir el m ejor estatuto personal, la opción a p artici p a r de los beneficios del creciente im perio, la posibilidad, en sum a, de in tegrarse políticam ente en un cuerpo cívico-social con el que ya, p or el con tacto de largos años, se h ab ían ido es trechando vínculos culturales y senti m e n ta le s. Lo ló g ico h u b ie ra sid o asim ila r a m uchos de tales aliados dentro del cuerpo político rom ano, en una m ism a escala de derechos y res ponsabilidad es, h aciendo de una Ita lia un ida el eje del im perio m editerrá neo, y sup erándose así la desfasada supervivencia de una «ciudad-estado» obligada a ejercer su do m inio sobre presupuestos superados p o r la propia evolución de la H istoria. Pero la clase política rom ana, y la casi totalidad de la ciu d ad a n ía en sí, no parecían d is puestas a co m p artir su situación p ri vilegiada, e incluso arreciaron ciega m ente en sus m edidas de control e intervencionism o sobre las co m u n i dades itálicas. Precisam ente cuando varios siglos de coexistencia h ab ían co ntribuido a b o rra r las fronteras n a c io n a lis ta s , im p u ls a n d o u n s e n ti m iento de p atria italian a colectiva m ente com partida, esa m ism a c o n vicción en una n ación co m ú n acabó por rebrotar condicion ada, es verdad, por los propios avatares políticos in ternos de R om a, pero sím bolo inelu dible de un reajuste en el proceso h is tórico que ah ora tendría que acom e terse sin más dilaciones.
Los G racos y cl com ienzo d e las G uerras Civiles
II. La época de los Gracos
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1. La actitud política de
Escipión Emiliano
Es difícil establecer p ara el período que va a cu lm in ar con las reform as introducidas p or los G racos u na se cuencia lógica de los distintos aconte cim ientos que van m arcando la m a yor o m en o r in cid en cia de toda la p ro b le m á tic a a p u n ta d a d e n tro del E stado rom ano. Pero para la m ejor com prensión del período que vamos a a n a liz a r es preciso clarificar al m á xim o la iden tid ad de los diferentes grupos políticos que van a ir m ovili zándose, conociendo sus objetivos y las fuerzas que pusieron enju eg o para su consecución. Parece evidente que en esta fase inm ediatam ente anterior a la entrada en liza de los G racos la facción política encabezada por los influyentes Escipiones es la que más hace sentir su peso. Su líder, P. C o r nelio Escipión E m iliano, cónsul en 147 y 134, y censor en 142, aureolado por el prestigio conseguido a raíz de sus resonantes victorias ante C artago y N um ancia, es aho ra la princip al fi gura política rom an a, en torno a la cual gira u na poderosa factio, que in tegra a hom bres com o C alp u rn io P i són, Q. Fabio E m iliano, h erm an o de Escipión, o C. Lelio, o a adalides de la cultura rom ana, com o el filósofo Panecio, el literato Terencio o el his to riad o r Polibio. En este círculo de aristócratas el im pacto del H elenis
mo en m últiples facetas fue m uy no table. O tro grupo im p o rtan te en la palestra política es el de los influyen tes M etelos, p olarizad o en torno a Q. C ecilio M etelo M acedónico y Apio C la u d io P u lch er. A m b as facciones son un claro exponente de esa ru p tu ra de u n id ad de acción que caracteri za en esta fase a la aristocracia rom a na, de cuyo seno surgen ahora quienes en cabezan las m ás opuestas ten den cias políticas.
La lucha entre las facciones nob i liarias se desarrolla en todos los terre nos institucionales, y es ciertam ente una de las novedades m ás interesan tes que nos ap orta este período el acu sado protagonism o que va a ad q u irir el trib u n ad o de la plebe, m agistratura que, si bien h ab ía surgido original m ente p a ra a s u m ir la d efen sa del pueblo frente a la actividad de los m agistrados, h ab ía qu edado progre sivam ente m an iatad a p or el control senatorial, y prácticam ente incapaci tad a p a ra aco m eter iniciativas con p le n a in d e p e n d e n c ia . F u e p re c isa m ente la cuestión del reclutam iento lo que devolvió al tribu nad o, a ins tancias populares, su antigua capaci dad de actuación. Las dificultades de la guerra de H isp an i^ h ab ían provo cado a m enudo u n a fuerte oposición pública a las levas exigidas por el go bierno, buscándose el apoyo de los tribunos para im p edir que tales reclu tam ientos se llevaran a cabo. Esta si
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tuación pop ular, y el papel ejercido p o r el trib u n ad o en ella, no p o d ían d ejar de ser u tilizad as p o r algunas facciones n obiliarias en lucha, com o el clan de los Escipiones, que vieron en ello un capital político que podía canalizarse en función de sus intere ses. Así se vió claram ente con ocasión de la ap ro b ació n de las leges tabella
riae, prom ovidas en 139 y 137 p o r los
tribunos G a b in io y L. Cassio, que su p o n ían in tro d u cir el voto secreto en las elecciones de los m agistrados y en los juicios, con lo cual la aristocracia senatorial vio sensiblem ente m erm a das sus posibilidades de influir en los votantes, in cre m en tán d o se la in d e pendencia del pueblo ante las m a n i pulaciones de los poderosos. D etrás de todo este m ontaje estuvo, obvia mente, la m an o de Escipión o rien ta n do la fuerza p o p u lar en función de unos intereses, que no eran otros que lim itar al m áxim o el p o d er de la nobi
litas m ás conservadora. Esta co n si
guió fren ar en otras o p o rtu n id ad e s algunas iniciativas del clan escipióni- co fom entadas a través de la gestión tribunicia, pero a la larga no pudo evitar que el vencedor de C artago o b tuviera dos objetivos que se h ab ía fi jado: conseguir de nuevo el c o n su la do, lo que lograría p ara el año 137 p o r encim a del respeto a las leyes, y reci b ir el m and o de la guerra de H isp a nia, que h ab ía tom ado u n cariz m uy desfavorable p o r la resistencia de Nu~ m ancia. U na victoria m ilitar p odía reportar a Escipión un enorm e presti gio, que podía invertir positivam ente en la escena política rom ana, y en persecución de este decisivo logro no dudó en recurrir a la presión popular, sacando p or vez p rim era a colación u n tem a, la reform a agraria, que des de entonces sería in corporado a los program as m ás progresistas. Esta ac titud le valió la fuerte oposición de al gunas de las m ás prestigiosas fam i lias senatoriales. De m odo p articu lar cabe citar la enem istad surgida entre E scipión y Tiberio S em pronio G raco.
Este últim o, d u ra n te su cuestura en H isp an ia, h ab ía tenido u n papel im p o rtan te en la paz firm ada p o r M a n cino con los num antino s. La actitud de E scipión E m iliano, espoleada por los intereses de qu ien es e sp e rab a n g an an cias de la guerra, m arcó la p a u ta de u n en frentam iento político que, en el m arco de u n a situación com ple ja y crítica, se agravaría con ocasión de la elección en el 133 de Sem pronio G raco com o trib u n o de la plebe.
2. La trayectoria política
de Tiberio Sempronio Graco
A unque poca d ocu m entación directa nos h a llegado sobre la p erso nalidad y la trayectoria política de los G racos, cuyo perfil histórico debe ser trazado e se n cialm en te en fu n c ió n de otras fuentes co n tem p o rán eas o posterio res, eso sí, de notable validez, son tan controvertidas, y hasta apasion adas, las opinion es que sobre estos líderes políticos la A ntigüedad nos ha lega do, que incluso la historiografía ac tual ha elab orad o sus juicios sobre ellos m ediatizad a p o r la p arcialidad y las subjetivas interp retacio nes que sus figuras su scitaro n ya entonces. N o o bstante, cu a n d o se an a liz an a fondo los prolegóm enos de la in m e diata crisis, que en el corazón de la R epública va a provocar la aparición de los G racos en la palestra pública, y se interpretan los acontecim ientos de este período dentro de las co ord en a das ya definidas, podem os observar que, en últim a instancia, m ás allá de la ap aren te revolución p o p u la r que sus gestiones tribun icias parecen esti m ular, es de nuevo la luch a de faccio nes la que rebrota ah o ra con nuevos e s c e n a rio s y m á s c o m p ro m e tid o s protagonistas.
P ara a lc a n z a r el trib u n a d o de la plebe en el año 133 (en p lena fase económ ica depresiva, m arcada p o r el enrarecim iento de las em isiones m o netales y el freno del gasto público),
18 AkaI Historia del M undo Antiguo
Tiberio G raco fue apoyado p o r uno de los grupos senatoriales m ás fuer tes, tradicion alm ente opuesto al sec tor encabezado p o r Escipión E m ilia no. En él c o n tab a n com o principales adalides Apio C laudio Pulcher, có n sul en el 143, M. Porcio C atón, P api rio C arbón, y los h erm anos P. M ucio Escévola y P. Licinio C rasso M ucia no, éstos dos ú ltim o s esp ecialistas destacados en el cam po de la ju ris p ru d en cia, que p u d iero n in stru ir a Tiberio sobre la docum entación legal relativa al derecho de usufructuar d o m inios públicos, lo que sería uno de sus grandes caballos de batalla. Como era frecuente en el seno de la aristo cracia rom an a, los lazos fam iliares h ab ían venido a con solidar en ciertos casos las convergencias políticas, pues m ientras Tiberio G raco fue yerno de Apio C laudio, su herm an o Cayo casó con una hija de Licinio Crasso. C u rio s a m e n te , no f a lta b a n ta m p o c o ciertas vinculaciones fam iliares entre los G racos y Escipión Em iliano. En la educación de Tiberio, y sobre todo a la hora de buscar las m otivaciones de fondo que h ab ría n condicionado su personalidad enérgica, altanera y revolucionaria, se ha querido ver una decisiva influencia recibida tanto de su m adre (C ornelia, hija de Escipión el Africano), com o de un círculo de intelectuales afincados en Roma, como el filósofo Blosio de C um as o el retó rico D iófanes de M itilene, m uy v in culados a la doctrina estoica, quienes quizás le in form aron sobre las p reo cupaciones sociales existentes en el orbe griego, y le im buyeron ideas de concordia y justicia universales, y la noción de soberanía p o p u lar (ideolo gía helenística). P robablem ente hay m ucho de cierto en todo ello, com o se desprende de su cap acidad oratoria, que tan m agistralm ente supo utilizar, pero más allá de ese trasfondo idea lista, espoleado en cierto m odo por el n o tab le im pacto ca u sad o en cierto sector de la alta sociedad rom ana p o r el pensam iento helenístico, hay que
Discurso de Tiberio Graco
La filosofía que animaba la decisión de Graco perseguía no la prosperidad econó mica, sino el aumento de población, y arrebatado en sobremanera por la utilidad de la empresa, en la fe de que nada más eficaz o brillante podía ocurrirle a Italia, no consideró la dificultad que la rodeaba. Cuando llegó el momento de la votación expuso previamente otros muchos argu mentos persuasivos y de extenso conteni do. Y preguntó a aquellos si no era justo distribuir la propiedad común entre el co mún; si no era en todo momento más dig no de estima un ciudadano que un escla vo; si no era más útil un soldado que uno que no tomaba parte en la guerra y mejor dispuesto hacia los asuntos públicos el que participara de ellos. Pero, sin exten derse en demasía en la comparación, por reputarla indigna, pasó de nuevo a exponer sus esperanzas y temores sobre la patria diciendo que poseían la mayor parte del territorio por la violencia, gracias a la gue rra, y que tenían esperanzas de conquistar el resto del mundo conocido; sin embargo, en esta empresa arriesgaban todo, y o bien lograban hacerse con lo que les faltaba al poseer una población numerosa, o per dían incluso lo que ya poseían a manos de los enemigos por causa de su debilidad y envidia. Después de exagerar la gloria y la prosperidad de una de estas alternativas, y el riesgo y el temor de la otra, exhortó a los ricos a reflexionar sobr ello y a otorgar es pontáneamente, como una gracia volunta ria, si era necesario, esta tierra a la vista de las expectativas futuras a quienes iban a alimentar a sus hijos, y a no pasar por alto, mientras contendían por cuestiones de poca entidad, otras de más envergadura, pues recibían, además, com o com pen sación acorde con el trabajo realizado la posesión escogida, sin costo e irrevocable para siempre, de quinientas yugadas cada uno de ellos, y cada uno de sus hijos, aquellos que los tuviesen, la mitad de esta cantidad. Graco, tras exponer m uchos otros argumentos similares y excitar a los pobres y a cuantos otros se guiaban más por la razón que por el deseo de posesión, ordenó al escriba que diera lectura a la proposición de ley.
Los Gracos y el comienzo de las Guerras Civiles 19
ver tam bién la huella m arcada en T i berio, com o en cu alq u ier otro joven noble de su época, p o r los viejos p rin cipios republicanos, y las m otivacio nes inm ediatas que su actividad tri bunicia p u d iera ten er en el contexto de la pu gna en tab la d a entre las fac ciones senatoriales.
D esde esta perspectiva, la fam osa ley agraria p resentada p o r el m ayor de los G racos, sím bolo y exponente al m ism o tiem po de ese ím petu revolu cionario con el que h a quedado perfi lada ante la H istoria su gestión tribu nicia, no resulta ser tan to la lógica consecuencia de u n a iniciativa in d i vidual, casi m esiánicam ente defendi da, com o el arm a u sad a p or u n a de las más potentes facciones políticas en liza, que h a b ría buscado en los p ro y e c to s ta n a r d o ro s a m e n te e m prendidos por el trib u n o un medio para doblegar a sus adversarios. P re cisam ente fue en el m om ento en que el líder de esa o posición, Escipión E m iliano, se en co n trab a en H ispania ase d ia n d o N u m a n c ia , ac o m p a ñ ad o por otros destacados m iem bros de su facción, cu an d o se presentó en Rom a dicha lex agrario, que significaba en sím ism a reem prender, au n q u e desde otro ángulo, u na iniciativa tom ada años atrás sin éxito p o r el grupo de Em iliano. La citada ley p roponía que u na com isión de tres m iem bros (tres
viri agris dandis adsignandis) se en car
garía de rep artir entre los ciudadanos pobres tierras pertenecientes al ager
publicus, en lotes de 30 yugadas a títu
lo de posesión hereditaria, con lo cual se trataba de revitalizar u na antigua y d esusada disposición, que la tra d i ción ad ju d icab a en últim a instancia a las Leges Liciniae Sextiae del 367, la cual lim itaba a 500 iugera (unas 125 has.) la extensión m áxim a del ager
publicus que cualquiera podía explo
tar, señ alan d o el núm ero de cabezas de g a n a d o que allí p o d ía n p astar. U na cláusula de esta L ex Sempronia
Agraria am pliaba el m argen de o cu
pación a 250 iugera p or cada uno de
Cipo de la época de los Gracos
(de la Enciclopedia Italiana, I)
los dos prim eros hijos, de form a tal que en determ inad os casos se podía disponer de 1.000 iugera. U n a vez es tablecidos los lím ites que cada posee d o r p o d ía a lc a n z a r, las tierras so bran tes ten ían que ser devueltas al E stado por sus antiguos propietarios, p ara ser p arceladas y repartidas entre los ciu dad anos necesitados. Estos lo tes (de treinta yugadas) no p o d ían ser alineados, con lo cual se trataba de evitar que reto rn ara n por cualquier procedim iento a m anos de los lati fundistas, y a cam bio del derecho a explotar estas p rop ied ades públicas sus beneficiarios d eb ían a b o n a r una c an tid ad sim bólica (vectigal). Se p la n teó tam bién un sistem a de com p en sa ciones para quienes h u b iera n inverti do en tierras de las que ah o ra eran despojados, y la necesidad de d otar a la com isión del respaldo legal p erti nente. La ley, obviam ente, atentaba p o r u n lado a los intereses de quienes tradicionalm ente h ab ían sacado enor me provecho de la explotación ilim i tada de las tierras estatales, u tiliza n do en ellas a gran escala la m ano de
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obra servil, pero p o r otra parte podía ser u na solución tan to al problem a de la em igración in co n tro lad a del cam po a las ciudades, asfixiadas p o r el in crem ento de u n a plebe m enesterosa, com o al radical descenso de la cifra de ciudadan os-propietarios, que tan hond am en te h a b ía repercutido en el reclutam iento del ejército censitario.
Q uienes elab o raro n este proyecto de ley eran claram en te conscientes del im pacto que su presentación p o día cau sar entre los sectores m ás co n servadores, y sab ían de sobra que el recurso a las m asas era la m ejor vía para conseguir sus objetivos. Puesto que el e n fre n ta m ie n to se p erfila b a com o u n a abierta divergencia entre los más pobres, en su m ayoría plebe yos, y los m ás ricos, en su m ayoría se nadores, parecía evidente que cu al quier estudio previo a la lex agraria en el Senado, antes de som eterla a vota ción en los comicios, com o había sido siem pre costum bre, significaba co n d en a r el proyecto al m ás absoluto fra caso. Tiberio optó p o r presen tar la ley directam ente en la asam blea, pero el clan senatorial se aprestó a u n a dura resistencia recurriendo al peso de sus clientelas. El día de la votación acudie ron en m asa, p ara apoyar a la plebe urb an a, gran cantidad de cam pesinos e incluso aliados. C u an d o la situ a ción parecía que iba a inclinarse a fa vor de Tiberio, respaldado p or un alto núm ero de votantes, el S enado recu rrió a la intercessio esgrim ida p or O c tavio, otro tribuno de la plebe, a u n que v en d id o a los in te re se s de la aristocracia. Pese al m agnífico d is curso p ro n u n ciad o p o r T iberio en d e fensa del proyecto, cuyo co n ten id o nos ha llegado, el veto de Octavio p a ralizó la ac tiv id ad com icial, d is o l viéndose a renglón seguido la asam blea.
La respuesta de T iberio G raco ante esta actitud reaccionaria y m a n ip u la dora de la oligarquía no fue m enos radical y aventurada, y a p a rtir de este m om ento se desarrollaría en la esce
n a política u n a d u ra e im placable lu cha entre el trib un o, cada vez m ás ex trem ista e incluso aislado en la d e fensa de sus ideales, y u n a oposición senatorial infatigable, u n a co ntienda en la que las partes en litigio no d u d a ría n en forzar las reglas de un ju e go c o n stitu c io n a l tra d ic io n a lm e n te aceptado. P or lo pronto, Tiberio, em p lean d o sus poderes tribunicios, d e cretó el estado de iustitium, lo que su p o n ía la inm ed iata p aralizació n de las actividades públicas y los nego cios privados. A renglón seguido, con vocó a la asam blea (comitia tributa) p ara p lan tearle la con den a del trib u no O ctavio quien, p o r decisión u n á nim e, fue vio len tam en te d espo jad o de sus atribuciones. Esta iniciativa, in sp irad a en las teorías helénicas so bre el gobierno directo del pueblo y el carácter revocable de las m agistratu ras, sig n ificab a u n a e x tra o rd in a ria novedad en el p an o ram a institucio nal rom ano. La figura del tribuno, a m p arad a en su inviolabilidad, siem pre h ab ía sido respetada, p o r lo que la actitud de G raco venía a ser un h e cho sin precedentes, no sólo p o r lo que la deposición de Octavio podía s u p o n er com o recurso excepcional, objeto de escándalo y fuertes críticas desde m uchos sectores, sino p o r el papel activo y com bativo que desde ah o ra iba a arrogarse el trib u n ad o de la plebe al servicio de causas políticas definidas com o «populares».
El ataqu e con tra Octavio le en aje nó a Tiberio los apoyos que h ab ía te nido entre los sectores reform istas de la aristocracia, y le convirtió en u n lu ch a d o r casi solitario, am p arad o ú n i cam ente en el respaldo que la voluble m asa p o p u lar p u diera prestarle. Sin ningún veto en contra, la ley agraria p u d o salir en p rincipio adelante, pero p ronto quedó claro que la com isión encargada de p o n erla en práctica iba a en c o n trar m últiples dificultades es tim uladas desde el lado m ás conser vador. E stab lec er u n a clara d is tin ción entre tierras privadas y públicas,
Los Gracos y el comienzo de las Guerras Civiles
Retrato de un patricio (primera mitad del siglo I a. C.),
Roma, Museo Torlonia
o saber en cada caso qué extensiones h abía que confiscar p o r so brep asar sus poseedores los m árgenes estable cidos p or la ley, eran tareas com plica das y lentas, que no d ejarían de susci tar controversias ju rídicas. La com i sión consiguió ser dotada de los nece sarios poderes legales para actuar con efectividad, pero p ara in d em n izar a Irá desposeídos o p ro p o rcio n ar a los nuevos colonos los instrum entos n e cesarios p ara explotar sus nuevas tie rras se n ecesitaban recursos econó
micos, que debía sum inistrar un Estado cuyo aparato ejecutivo estaba en m a nos del estam ento senatorial. La co m isión recibió m edios m uy deficien tes y quedó prácticam ente paralizada. A nte esta situación Tiberio reaccionó p ro p o n ien d o a la asam blea po p u lar que la herencia dejada a la R epública p o r A talo III de Pérgam o fuese inver tida en p o te n c ia r ec o n ó m ic am en te las actividades de la com isión agra ria, u sándola com o capital de explo tación.
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3. La reacción del
clan senatorial
El m ayor de los G racos estaba en trando en un terreno peligroso, p ues to que desde su atalaya de tribuno em p ez ab a a arro g arse el d ictam en po p u lar sobre capítulos, com o la a d m inistración financiera o la política exterior, que desde siem pre h a b ía n sido com petencia senatorial. Su actitud h ab ía provocado incluso el acerca miento de facciones aristocráticas an teriorm ente opuestas, pero au n a d as ahora en una interesada defensa de su privilegiada situación dentro del Esta do, ante el acoso de lo que se estim aba ya como una auténtica y revoluciona ria sedición de los sectores sociales m ás d e p a u p e ra d o s (p leb e u rb a n a , cam pesinado arruinado). Atacar vio lentam ente a Tiberio mientras conser vaba su tribunado hubiera sido res ponderle con los mismos usos an ti constitucionales que tanto se le habían criticado. Q u edaba claro, pues, que cuando expirara su m andato sería el m om ento apropiado para, ya simple particular, exigirle responsabilidades. Esta latente y temida posibilidad hizo nacer en la m ente del tribuno la con vicción de que sólo siendo reelegido para el cargo podría m antener su segu ridad personal y am parar la ejecución de sus proyectos. Una vez que se hizo notorio que aspiraba a una prolonga ción de sus funciones, la oposición se natorial se hizo aún más fuerte y em pe z a ro n a su rg ir acu sacio n es de que pretendía la tiranía. Para garantizarse la continuidad del apoyo popular, so bre todo en el medio urbano, donde los poderosos tenían fuertes clientelas. Ti berio se lanzó a una activa propaganda y difundió la prom esa de nuevas refor m as institucionales. C uando los com i cios se reunieron para votar su reelec ción, algunos de sus colegas en el tribu nado intentaron entorpecer el proce so, d iso lv ié n d o se la a sa m b le a . T i berio, que ya temía por su propia inte gridad física, fue escoltado por la m u
chedum bre hasta su casa. Al día si guiente, m ientras la asam blea volvía a reunirse ju n to al tem plo de Júpiter C apitolino , el S enado h acía lo m ism o no m uy lejos a la espera de los ac o n tecim ientos, m ientras estallaban los prim eros disturbios, atizados p or los más extrem istas p artidarios del fogo so tribuno. C u an d o los senadores exi gieron al cónsul Escévola, que p erso n alm ente era p artid ario de la reform a agraria, u n a acción co n tund ente co n tra la facción de Tiberio, y aquél se negó, un grupo de ellos encabezado p o r el gran pontífice C ornelio Esci pión N asica tom ó las arm as y se en frentó con los seguidores gracanos. Estos, a b a n d o n ad o s p o r la indecisa m ultitud, se vieron im potentes ante el ataq u e y cayeron en m asa. El propio T ib e rio e n c o n tr ó la m u e rte en la refriega.
D esaparecido el líder popular, no siguieron in m ediatam ente el m ism o cam in o las iniciativas que su gestión tribu nicia h abía auspiciado. La com i sión agraria, en la que Licinio C rasso, suegro de Cayo Graco, reem plazó a Tiberio, con tin u ó existiendo, au n q u e actuó con sum a m oderación. P ronto el b a n d o gracano, un vez repuesto de la so rp rend ente acom etida senatorial, reavivó sus ideales y em prendió un du ro ataqu e co ntra aquel grupo de
patres que, en cab ezad o p o r N asica,
h ab ía actuado tan sangrientam ente. Pero la oligarquía senatorial, que h a bía conseguido el con sulad o del 132 p a ra dos de sus m ás reaccio n ario s m iem bros, Popilio Lenas y P. R u p i lio, respondió con u n a im placable ca dena de juicios de la que fueron vícti mas m uchos partidarios de los Gracos. Al año siguiente (131 a. C.) el p a n o ra ma pareció despejarse en favor de la facción gracana, que consiguió a u p a r al consulado a Licinio C rasso, el n u e vo m iem bro de la com isión triunviral agraria, y obtuvo el trib u n ad o de la plebe p ara uno de sus elem entos m ás activos y radicales, P apirio C arbón. Este asum ió la heren cia com bativa
Los Gracos y el comienzo de las Guerras Civiles 23
de Tiberio, b u scando legalizar a pos
teriori algunas de las iniciativas que a
aquél m ás se le h a b ía n criticado, tal es el caso de la interacción en el tribu nado, pero se encontró enfrente a un E scipión E m iliano que h abía retor nado triunfante de H ispania y que, pese a no d isfru tar del apoyo pop u lar de antaño, estaba dispuesto a p lan tar sólida resistencia frente a cualquier acción ejecutiva que tom ara la discu tida com isión agraria.
Los trabajos de reestructuración y delim itación de tierras efectuados p or los triunviros, testim oniados arqueo lógicam ente p or varios cipos term i nales conseivados, h a b ía n provocado num erosas quejas y pleitos, que a u m entaron considerablem ente cuando se exigió a m u c h a s c o m u n id a d e s aliadas la devolución de tierras que en otro tiem po h ab ían sido converti das en p ro piedad del Estado rom ano, pero que en la práctica h a b ía n sido co n serv ad as p o r sus antiguos u su fructuarios. Esta m edida suscitó, o b viamente, una enorm e inquietud entre los aliados, que fue canalizada en su favor por el partido de Escipión, con vertido ahora, por m or de una oportu nista estrategia política, en defensor de los italianos, entre m uchos de los cua les, durante los años de cam paña, h a bía estrechado alianzas y clientelas, con las cuales podía ahora contrapesar la fuerza que el grupo gracano recibía de la plebe urbana y rústica. Una pro puesta de Escipión Em iliano para des pojar a la comisión triunviral de sus c o n tro v e rtid a s p o te s ta d e s leg ales, transfiriéndolas al consulado, encontró favorable acogida (129 a.C.). Tal deci sión significaba reducir dicha com i sión a la impotencia. Se corrió el ru m or de que Escipión aspiraba a la dictadura. S orprendentem ente, al día siguiente de que tal hecho tuviese lu gar, el vencedor de N u m an cia ap a re ció m uerto en su lecho sin ninguna explicación lógica. Se especuló con el suicidio, y hasta con el asesinato, y au n q u e el caso no llegó a investigarse
oficialm ente, y nu n ca pudo dem os trarse que la m ano del bando gracano estuviera tras aquel evento, las acusa ciones en tu rb ia ro n aú n m ás la en ra recida atm ósfera política que R om a vivía en aquellos críticos m om entos.
E n el curso que pro nto tom aron los acontecim ientos la com isión surgida de la lex agraria volvió a tener un acu sado protagonism o. C onstituida ah o ra por Cayo Graco, nuevo líder popu lar, Fulvio Flaco, uno de los colabora dores de Tiberio, y el tribuno Papirio Carbón, y en una de tantas piruetas po líticas ta n frecuentes p o r entonces, pasó a h a c e r suya p recisam en te la cuestión itálica, dándole un nuevo ca riz. Si la resistencia de los aliados a de volver las tierras del ager publicus que se les reclam aba había originado ten siones, que h abían m aniatado a dicha comisión, la solución estribaba en con vertir a tales aliados en ciudadanos y, por tanto, beneficiarios de la ley agra ria. Ello exigía un vasto program a de revisión y división de lotes para aten der todas las dem andas. La propuesta llevaba im plícita una nueva concep ción del Estado rom ano, cuya gestión y potencialidad dependerían tanto de los aliados com o de la propia Roma.
Un nuevo proyecto de ley recogió la concesión de la ciu d ad a n ía ro m a na a aquellos itálicos que lo solicita ran, reservándose el ius provocationis para quienes desearan m antenerse en su cond ició n de aliados. Pero puesto que en las com unidades italianas eran las aristocracias locales las que de ten tab an el dom inio de la m ayor p a r te de las tierras, llevar adelante este proyecto sólo podía significar dos co sas: trasp lan ta r a tales com unidades la m ism a dialéctica ricos-pobres que sufría la sociedad rom ana, e in clin ar a las oligarquías nativas hacia la cau sa defendida p or la facción conserva dora senatorial. Esta se movilizó in m ediatam ente p ara evitar que Fulvio Flaco, m iem bro de la com isión, que aspiraba al consulado del 125, para p od er im p u lsar desde dich a m agis
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tratura tal proyecto, alcanzara su o b jetivo, cosa que no pudo evitar, a u n que logró q ue el n u e v o c ó n s u l, inmediatamente después de su elec ción, fuese enviado de cam p añ a a las Galias. No obstante, u n a c o n te c i miento imprevisto vino a agravar las tensiones que ya se hab ían suscitado en el seno de las ciudades italianas. Al ver que Fulvio Flaco no iba a p o der defender, como tenía previsto, el plan de concesión de la ciudad an ía romana a los aliados, la localidad la tina de Fregellae se rebeló, un presagio de la futura «Guerra de los Aliados». La respuesta del Senado fue fulm i nante, y la ciudad sublevada fue des truida para que su ejemplo sirviera de escarmiento.
4. El tribunado de Cayo Graco
y su actividad legislativa
Fue en este ambiente de pasiones e n contradas y esperanzas defraudadas cuando Cayo Graco se presentó como candidato al tribunado de la plebe para el año 123. H om bre elocuente y, tal como lo presenta la tradición, a p a sionado y con dotes de líder, hab ía participado desde años atrás en las actividades de la famosa com isión agraria, y había defendido con idénti co interés el proyecto de Fulvio Flaco. Ejerció como procuestor en C erdeña, puesto que abandonó sin au to riz a ción para acudir a Roma en busca del tribunado. Esta actitud le valió duras críticas por parte de la oligarquía se natorial, que deslizó igualm ente la acusación de que, tras los sucesos de
Fragellae, había estado la m ano de
Cayo. Tales m aniobras no pudieron impedir, sin embargo, que Cayo re sultara nombrado tribuno, cargo para el que sería reelegido al año siguiente. A partir de este m om ento se lan zaría a una gran actividad legislativa, que vendría de nuevo a poner a prueba los fundamentos institucionales del Estado romano.
La inform ación de que d isp o n e
mos sobre esta ingente obra acom eti da p o r el m en or de los G racos es muy parcial y contradictoria, pero parece evidente que sus iniciativas no fueron tom adas irreflexivam ente pues, com o se deduce de su discurso de legibus
promulgatis, p ro n u n ciad o en los p ri
m eros meses de su m agistratura, to dos los proyectos fueron m editados e integrados en un co ncienzu do p ro gram a político destinado a d ar urgen tes soluciones a los m ás acuciantes problem as que estaban m inan do p ro gresivam ente la sociedad rom ana. Al igual que ocurre con Tiberio G raco, no hay tam poco que ver en Cayo a un revolucionario popular, enfrentado en solitario a su propia clase, y em peñado en cam biar hasta sus raíces las estruc turas políticas, sociales y económicas del viejo Estado republicano. Cayo, por su formación y entorno familiares, procedía del estam ento senatorial, al igual que sus más directos colaborado res, pero sí era consciente de que el ex clusivismo dirigente de la egoísta oli g arq u ía a la que pertenecía estaba convirtiendo la m aquinaria del Estado en u n a p a ra to esclero tizad o , irre s po nsab le e in ad ap ta d o a las nuevas circun stancias históricas. Rom a ne cesitaba del equilibrio constitucional, de la integración en la gestión de go bierno de nuevos sectores sociales, de un control m ás efectivo de sus m agis trados, para resp on der al reto de ta n tos y tantos problem as que en los últi mos decenios h ab ían ido a c u m u lá n dose. Para C ayo resultab a evidente que el organism o m otor de toda esta p ro fu n d a reform a ten ía q ue ser la asam blea popular, cuya cap acid ad de iniciativa dependía en buena parte de las ilu sio n es que en ella p u d ie ra n suscitar los tribunos de la plebe com o elem ento ejecutor del cam bio, sobre la b a se de n u e v o s a v a n c e s re fo r mistas.
N o es posible, a tenor de la confusa d o c u m e n ta c ió n d isp o n ib le , e n c u a d ra r con exactitud cronológica las d i ferentes leyes im p ulsad as p o r Cayo