PROBLEMAS DE INTERCOMUNIÓN
Problèmes d'intercommunion, Études, (1970) 256-267
El diálogo ecuménico, reducido durante mucho tiempo a la iniciativa privada de pequeños grupos, ha experimentado una rápida evolución, reflejo del cambio verificado en la mentalidad religiosa y en los problemas teológicos. La eventualidad de celebraciones eucarísticas comunes supone un acercamiento entre doctrinas anteriormente irreconciliables. Queda, con todo, mucho camino por andar: teólogos y ecumenistas deben franquear todavía una serie de dificultades que, por el momento, hacen de la intercomunión una cuestión por resolver.
¿Un callejón sin salida?
La participación común en la eucaristía es signo de comunión eclesial: es decir, de una perfecta unidad de fe y de disciplina, de obediencia y de caridad. Y así como en la época primitiva -en la que los cristianos de origen judío se resistían a compartir la comida con sus hermanos incircuncisos- la eucaristía reconciliaba a los creyentes separados entre sí por barreras de raza o clase, sería también normal que católicos y protestantes -renunciando de corazón a antiguas divisiones- se reunieran en la eucaristía como signo de su búsqueda de la unidad y de lo que en ella se ha conseguido ya. Pero las diferencias entre unos y otros son todavía demasiado considerables como para posibilitar un mutuo acuerdo de "comunión recíproca". Y una decisión unilateral de
"comunión abierta" (una de las Iglesias "abre" su culto a los miembros de otra Iglesia) parece aún menos viable: en ella, en efecto, faltaría una auténtica comunión de fe y se requeriría -para no convertirse en gesto de desunión- la autorización de los responsables de la otra Iglesia.
De las dos dificultades que obstan a dicha reciprocidad, la primera -ponerse de acuerdo sobre una misma definición del sacramento eucarístico no parece insuperable ya que, aun cuando las discrepancias (sobre todo, conceptuales) sean notables, a la antigua intransigencia polémica ha seguido un esfuerzo intencionado de comprensión. Así, de los trabajos hechos por las Iglesias protestantes para establecer entre ellas un consensus eucarístico se desprenden sólidas posibilidades de entendimiento con la doctrina católica. En una palabra: aunque no se esté de acuerdo en la manera como se realiza la presencia eucarística de Cristo, se está de acuerdo sobre la verdad de su presencia en la asamblea y en los comulgantes, sobre el fundamento del sacramento como memorial de la pasión y sobre su finalidad, que es la unión de los creyentes con Cristo y la unidad de la Iglesia. Y este acuerdo de fe en el misterio, tomado como tal, bastaría para dar sentido a una celebración común.
En cambio, resulta mucho más difícil de resolver la segunda dificultad que impide una comunión recíproca a saber, el ponerse de acuerdo sobre la función y el poder sacramental del ministro de la eucaristía. Es cierto que entre los protestantes crece la conciencia de que, en virtud de su ordenación en un estatuto particular, los pastores de la Iglesia reciben un carisma del Espíritu que les habilita para el ministerio, quedando ordenados indisolublemente a la dispensación de la palabra de Dios y de los sacramentos en que dicha palabra opera. Sin embargo la Iglesia romana no parece mostrarse dispuesta a reconocer en el ministerio de los reformados un verdadero
carácter sacramental por faltar en ellos la sucesión apostólica que se transmite por los obispos. El decreto de ecumenismo del Vaticano II alude a ello (cfr UR 15 y 22). A este propósito, R. Schutz habló de "un callejón sin salida" teológico y J.-J. von Allmen, por su parte, hacía en 1967 un amargo comentario de dicho decreto.
El callejón sin salida se debe, aparentemente, a la intransigencia del magisterio católico.
Ahora bien, ¿cómo disociar la eucaristía del sacerdocio? La teología tradiciona l no lo permite, y los ortodoxos -en esta misma tradición- no son partidarios de concelebraciones que supusieran semejante discrepancia. Entre los mismos reformados se presiente también que una participación con los católicos en un culto eucarístico común podría llevarles más lejos de lo que algunos están, por ahora, dispuestos a andar.
Por ambas partes, pues, se comprende que la unión de las Iglesias no surgirá de componendas ni de concesiones negociadas, sino profundizando de común acuerdo en la verdad que cada parte cree retener.
Intentos de solución
Dado que el obstáculo en cuestión es teológico, es a los teólogos a quienes corresponde buscar una salida a este callejón que, brotando del dogma, peligra hacer fracasar el diálogo ecuménico. En este sentido, un obispo africano exhortaba recientemente a los teólogos a examinar si la validez del ministerio es algo realmente central en el problema de la intercomunión y si se puede justificar un concepto de sucesión apostólica más amplio, capaz de incluir otras formas además de la imposición de manos por obispos válidamente consagrados.
Los teólogos han dirigido hasta ahora sus esfuerzos en dos direcciones. Así, o bien insisten en mostrar que el ministerio de los reformados no es extraño a la sucesión apostólica, por el hecho de que posee una gracia especial o carisma profético del Espíritu y una misión evangélica recibida de la Iglesia (Küng, Lebeau), o bien -desde otra perspectiva- aducen que la cena del Señor celebrada por los protestantes no carece de sacramentalidad. Para mostrar esto último se recurre a conceptos clásicos de la teología como "suplencia" de la Iglesia o "voto" eficaz del sacramento (Tillard), o bien se acude a la misma liturgia eucarística, destacando la función sacramental de la
"epíclesis" -o invocación al Espíritu- eucarística 1. También hay quienes sugieren introducir en la liturgia de intercomunión, además de una celebración penitencial de reconciliación, una "mutua imposición de manos" entre los concelebrantes como signo sacramental de la "reconciliación entre los ministerios" de las diversas Iglesias.
La dificultad del problema estriba en que no puede esperarse una solución mágica a partir de un punto concreto de doctrina, liturgia o disciplina que no hubiera sido, hasta el presente, explotado. La solución sólo podrá descubrirse a base de irla haciendo sobre la marcha, por una renovación conjunta - llevada a cabo por ambas partes- de concepciones teológicas y sacramentales, y en virtud de un método perspectivo adaptado a la nueva situación evolutiva de unas Iglesias en busca de unidad.
Renovación teológica
Conviene ante todo que los católicos nos abramos a una concepción menos puntual y más espiritual de los sacramentos. Es decir, la realidad sacramental no está ligada exclusivamente a un rito particular sino que es una totalidad compleja y englobante, cuya gracia no se reduce al momento del rito sino que se extiende en el tiempo; y esta gracia no es produc ida simplemente por la acción ritual sino, ante todo, por la actividad santificadora del Espíritu y en virtud de la fe de la Iglesia a cuya oración le está prometido infaliblemente el don del Espíritu. Asimismo el poder sacramental del sacerdote no es una energía espiritual de la que sea constante portador desde su ordenación sino que, aun habiendo sido incorporado establemente al presbiterio como
"representante de toda la Iglesia", es cada vez que responde a una misión concreta de la Iglesia y actúa en su nombre cuando es investido de la fuerza de su fe, siendo puesto por ella eficazmente a disposición del Espíritu. El poder y la gracia de su ministerio son, pues, renovados por la Iglesia en cada momento.
El sacramento de la eucaristía no está constituido solamente por el rito de la consagración sino también e igualmente por el acto del pueblo que se reúne, con sus ministros, para celebrar el memorial y la acción de gracias. La eucaristía tampoco consiste solamente en la presencia de Cristo bajo los signos de pan y vino sino también e igualmente en el misterio de la Iglesia, constituida en Cuerpo de Cristo: la eucaristía se realiza ya a partir del momento en que el Espíritu convoca a los fieles a la asamblea, se continúa en la celebración de la palabra -con la que el Espíritu alimenta a los creyentes-, llega a su plenitud cuando este mismo Espíritu hace presente a Jesús a su comunidad para que Éste le dé como alimento su propio Espíritu junto con su cuerpo, y se prolonga incluso hasta la vida misma del cristia no, cuando éste se hace a su vez alimento de la vida del mundo. Por su parte, el ministerio sacramental del sacerdote es coextensivo a la totalidad de este proceso, y si en cada momento del mismo es dotado de la fuerza del Espíritu lo es precisamente en virtud de la fe de la Iglesia. Y es también por participar de esta fe de la Iglesia por lo que los fieles participan asimismo activamente en la eucaristía, unidos de esta manera con el "presidente" de la asamblea.
A partir de esta renovada comprensión católica de lo sacramental dirijamos ahora nuestra atención al ministerio de los reformados. El carácter, las funciones y los poderes del pastor protestante en su comunidad son definidos y delimitados por la intención de la Iglesia que lo consagra a su servicio. Ahora bien, este servicio desborda los límites que puedan serle impuestos concretamente ya que el ministerio del evangelio es, de suyo, universal. De ahí que quien recibe la llamada del Espíritu a ese ministerio es destinado a obrar, más allá de cualquier límite, como "representante de toda la Iglesia".
Partiendo, pues, del supuesto de que las Iglesias no-católicas forman parte -si han conservado la sustancia de la fe- del único Cuerpo de Cristo, en cuya edificación el Espíritu obra por medio de sus concretas instituciones orgánicas, podemos decir que la capacidad del ministro protestante para actuar en virtud y en nombre de la Iglesia universal, más allá de limitaciones institucionales, se hace efectiva cuando su comunidad se encuentra en una misma eucaris tía con una comunidad católica, superando ambas sus divisiones e implorando de Dios el don de la unidad.
Es cierto que todo esto requeriría ulteriores precisiones que iluminasen aquellos puntos de nuestra exposición dejados en la sombra. Creemos, sin embargo, que lo anterior basta para aclarar el camino, de la intercomunión, mostrando que no es imposible
elaborar una justificación teológica de la misma o, en todo caso, que no es inútil buscarla. Cristo encargó a la Iglesia la utilización concreta de sus sacramentos, y la historia muestra que ha sido por la práctica y por la modificación de esta práctica como la Iglesia ha ido incesantemente conociendo mejor las riquezas sacramentales a su disposición y sus posibilidades aún no utilizadas.
Hacia una actitud prospectiva.
Si quisiéramos resumir, en último término, lo que es el problema auténtico de la intercomunión bastarían dos palabras: ¿signo o medio? Todos los teólogos, en efecto, están de acuerdo en reconocer que la eucaristía puede entenderse como signo o como medio de unidad. En el primer caso, es la Iglesia como institución la que "hace" la eucaristía, que es signo de su unidad; mientras que, en el segundo caso, es la eucaristía - tomada como medio de unificación orgánica- la que "hace" a la Iglesia. El problema surge, pues, cuando se insiste en considerar la eucaristía como signo de una unidad ya realizada, a cuya luz cierto tipo de intercomunión aparece como un poner signos mentirosos de unidad. En cambio, quienes ven principalmente en la eucaristía el medio para conseguir la unidad buscada afirman la legitimidad de tales celebraciones comunes.
El mismo Vaticano II aduce esta distinción entre signo y medio (cfr UR 8) para prevenir precipitaciones excesivas en lo ecuménico. Muchas veces, por lo demás, los protagonistas de la intercomunión no son veteranos del ecumenismo sino jóvenes
"contestatarios" de lo institucional y para quienes el ecumenismo es algo, en cierto modo, ya superado: no se trata ya de la búsqueda inquieta de una unidad a realizar sino de practicar una fraternidad ya existente. El peligro, pues, de que una intercomunión aceptada oficialmente provocara la ilusión de haber alcanzado ya la unidad -siendo así que ésta no será tal si no se da también como unidad en la verdad- hace comprensible en los responsables de las Iglesias una actitud de prudente y acaso desconfiada expectativa con respecto a tales celebraciones eucarísticas, cuya justificación no goza todavía de un consensus teológico.
Sin embargo, vivimos unos tiempos en los que las medidas de prudencia no son las más seguras. La evolución de mentalidades y de situaciones es hoy tan rápida que soluciones maduradas lentamente suelen llegar demasiado tarde. Las celebraciones de la eucaristía entre católicos y protestantes de hecho se van multiplicando aun sin autorización, al igual que aumenta el número de cristianos que asisten sin escrúpulos al culto de otra confesión. La insistencia oficial en rehusar la autorización de tales prácticas se atribuye a "sectarismo" y envejecimiento institucional de las Iglesias, mientras que el incremento de dichas prácticas no hará -si no se las reconoce oficialmente- más que poner en peligro el sentido mismo de la Iglesia. Paradójicamente, pues, tras haber prohibido tales celebraciones para no comprometer sus diferencias institucionales, las Iglesias se verán llevadas a tolerarlas como mal menor para salvaguardar su común carácter institucional.
Por lo demás, la fuerza del movimiento juvenil que se impacienta ante la lentitud de los estamentos oficiales eclesiales en la marcha de la unidad es vista por muchos como una moción y una llamada del Espíritu: en un mundo dividido como el nuestro la Iglesia se hace contra-testimonio si no se decide a dar un auténtico signo de unidad. Éste se realiza ya como participación común en la plegaria, y en la celebración de la palabra de Dios.
Ahora bien: la plegaria cristiana por excelencia es la eucaristía (el mismo padrenuestro
es una oración eucarística) y ésta es inseparable de la palabra de Dios. ¿Por qué, pues, este trazar una frontera en la intercomunión eucarística? Entre los mismos católicos que celebran en común la eucaristía no faltan disensiones contrarias a la caridad ni diferencias en lo doctrinal más serias que las existentes entre católicos y protestantes.
¿Diremos que tales eucaristías son signos mentirosos por el hecho de que nuestra unidad no sea sino parcial y siempre débil? ¿No es la voluntad de unidad lo que vale y hace de nuestras celebraciones, a la vez, signo y medio de nuestra unidad? Y así, dada la unidad de fe que ya existe, y más aún la caridad y la voluntad sincera de unidad entre las Iglesias ¿no puede ser la eucaristía un medio para llegar a una mayor unidad? En verdad, el solo hecho de tomar la eucaristía como medio divino de alcanzar lo que Dios nos pide es ya signo de que la unidad existe. Y, recíprocamente, el signo de la acción de gracias que ofrecemos a Dios por el don que nos ha otorgado es ya, en sí mismo, el medio por el que Dios nos concede lo que esperamos de Él.
Notas:
1 El autor hace referencia aquí al artículo de P. LEBEAU, cuya condensación ofrecemos en las páginas anteriores (N. del T.).
Tradujo y extractó: JOSÉ MANUEL UDINA