MEDIDAS PARA MEJORAR LA DISCIPLINA Y EL CONTROL DEL GRUPO-CLASE
1. Características del Profesor o Profesora “Con Autoridad”
• EXIGENTE:
☺ Trabaja y hace trabajar: manda deberes, pregunta, exige atención…
☺ Quiere que aprendan.
☺ Aprovecha todo el tiempo.
☺ Es puntual.
☺ Lo que dice lo cumple: así un parte como una excursión.
☺ Procura dar el programa previsto.
☺ Mantiene el control de la clase.
• CÁLIDO:
Se interesa por los alumnos/as y sus problemas.
Tiene paciencia.
Espera cosas positivas de sus alumnos/as.
Está atento o atenta para ayudarles cuando lo necesitan.
Se esfuerza por comprender al alumnado.
Intenta hacerles la clase agradable.
Es simpático o simpática. Tiene buen humor.
No castiga en exceso.
2. Medidas para llamar la atención en clase
• Conoce sus nombres pronto. Es mejor llamar al alumno/alumna por su nombre que por un pronombre. Evita problemas y facilita el control.
• Evita poner en ridículo, insultar o amenazar a un adolescente. La respuesta puede ser desproporcionada y se empeora la situación.
• Rehuye el enfrentamiento público. Da mejores resultados sacarlo de clase y reprenderlo fuera; o pedirle con tranquilidad que salga del aula y vaya a la Jefatura de Estudios.
• Cuando un estudiante produce una disrupción leve en clase, indícale primero mediante gestos la inconveniencia de su acción. Si no hace caso llámalo por su nombre y le dices claramente y con firmeza lo que esperas de él. Es mejor tener paciencia y no poner un parte o expulsar del aula sin avisar. Si continúa se le pondrá un parte de sanción.
• No hagas preguntas retóricas del tipo “¿te vas a portar bien o no?”, déjale claro lo que te disgusta: “Por favor, Ana, mientras explico no quiero que hables con tu compañero”.
• Se aconseja emplear mensajes “yo”. Son mensajes en los que pones de manifiesto el sentimiento de disgusto que te produce su conducta: “José, cuando hablas me siento mal porque me desconcentro y no puedo realizar mi trabajo bien.
Por favor, cállate”.
• Ante un desafío grave, enfrentamiento, insultos o amenazas envía al alumno/a a la Jefatura de Estudios con el delegado/a del grupo o llama a un profesor/a de guardia para que te ayude. Pero ante todo, mucha calma. Hay chicos/as que no tienen límites y su respuesta puede ser una agresión directa.
3. Medidas para la modificación de conductas problemáticas
• Estrategias para controlar los comportamientos disruptivos: cambio de lugar al estudiante perturbador, situarlo en un lugar aislado cerca del profesorado o al final del aula...
• Estrategias de extinción de conductas disruptivas: Ignorar sus llamadas de atención, si se puede, y no son demasiado provocativas (por ejemplo, si habla a destiempo, no hacerle caso, atender al compañero/a que levanta la mano antes que a él o ella); si se excede en sus llamadas de atención, hay que nombrarlo y decirle con firmeza que se calle y pida la palabra.
• Refuerzo positivo: Atención que prestamos a una persona cuando realiza una conducta deseada. Es la principal estrategia para conseguir modificar una conducta.
Hay que valorar con nuestra atención, una palmadita, una palabra positiva, un reconocimiento los avances en la mejora del comportamiento del alumnado.
Ejemplo: Muy bien, Juan, has pedido la palabra de la forma correcta.
• Tiempo fuera: Cuando un estudiante impide el desarrollo de la clase o desobedece al profesorado se puede emplear esta estrategia de enviarlo fuera de clase durante un tiempo corto para que reflexione y si la situación se repite y agrava enviarlo al Aula de Expulsados. Para que esta técnica funcione, fuera no debe pasárselo mejor que en clase, porque en tal caso le estamos premiando su mal comportamiento y conseguimos el efecto contrario.
• Programas de economía de fichas: Consiste en acordar con el estudiante y, si es posible, con su familia dar puntos si consigue unas conductas tipificadas en el programa y quitar puntos en caso contrario. Se realiza una valoración de los puntos conseguidos que se pueden canjear o acumular para conseguir un premio o un privilegio. De este tipo son los “Seguimientos de clase” que usamos en el instituto, los Cuadros de conductas, Sistemas de puntos, etc.
• Castigo: Cuando un estudiante manifiesta un mal comportamiento reiterado o realiza un acto grave ha de recibir un castigo para comprobar los límites de su conducta y la consistencia de nuestras normas. Hay castigos directos, como quedarse sin recreo, venir por la tarde; y otros que se van acumulando por medio de los partes de sanción. Para que los castigos sean eficaces han de ser inmediatos, proporcionados a la infracción cometida, bien explicados y se han de cumplir cuando se imponen (puede haber circunstancias atenuantes).
4. NORMAS SENCILLAS PARA LA GESTIÓN DE LA CLASE
* Puntualidad.
Es esencial, pues son en esos momentos
cuando se
producen la
mayoría de los incidentes que perturban la clase y el instituto.
* Planificación, no sólo la preparación de las tareas, sino de los materiales necesarios para cada clase. Si se tienen que ir a
buscar, se
interrumpe la clase, se pierde tiempo y da lugar a problemas.
* Ponerse
rápidamente en
la tarea,
empezar la clase con rapidez y energía. Si se llega vacilante, sin tener claro lo que se va a hacer, les da
tiempo para
planear cualquier interrupción.
* Insistir en la colaboración de toda la clase.
Reclamar su
atención cuando
se está
explicando o realizando una tarea conjunta, llamando por su
nombre al
alumnado
distraído, con una palmada, formulando
preguntas, como estrategia para mantenerlos atentos y activos.
* Utilización efectiva de la palabra: La voz debe ser clara, suficientemente alta, expresiva, agradable...
Evitar
tartamudear, emplear
muletillas muy
evidentes o
hablar
demasiado bajo o alto.
* Mantener una actitud de alerta ante posibles problemas. Que
los alumnos
conozcan bien lo que hay que hacer para pedir ayuda.
* Disponer de estrategias claras y bien comprendidas para momentos
críticos o
circunstancias inesperadas:
llamar la
atención, desobediencia, enfrentamiento directo.
* Distribuir justa y
equitativamente la atención entre
todo el
alumnado. Evitar que se sienta alguien
discriminado o desatendido por el profesorado.
* Evitar
comparaciones.
Entre
estudiantes, entre clases, con otros familiares...
* Mantener las notas al día:
correcciones, información, apercibimientos...
Dar a conocer los resultados de los exámenes con rapidez.
* Mantenimiento
de las
promesas.
Cumplir lo
prometido, tanto algo positivo
como una
sanción.
* Garantizar la realización de actividades prácticas
durante la clase.
Evitar excesivas y prolongadas exposiciones. El
tiempo de
atención límite está en un minuto o minuto y medio por año de edad. Planear una variedad de actividades que hagan la clase
más atractiva y participativa.
* Acompañar las explicaciones con esquemas o mapas
conceptuales en la pizarra, que ellos deberán ir escribiendo y completando en su libreta para
que estén
obligados a
permanecer
atentos y
receptivos.
* Hacer
participar al alumnado en la organización de la clase: Hacer partícipes a los estudiantes en
las tareas
rutinarias de la clase,
asignándoles responsabilidade s.
* Atención a los problemas de los alumnos.
Estar receptivos a sus cambios de
carácter o
comportamiento.
Ofrecerles
vuestra ayuda si la necesitan.
* Evitar perder los nervios,
gritar con
frecuencia,
dejarlos en
ridículo o insultar.
Lo verán como una flaqueza del
profesorado e intentarán
provocar su
repetición.
5. ESTRATEGIAS PARA AFRONTAR EL MIEDO, LA IRA O EL ESTRÉS
Cuando un profesor o profesora encuentra problemas para controlar una clase con frecuencia se enfrenta a situaciones que le producen algunos de estos tres tipos de reacciones:
miedo, ira o estrés. Con este escrito se pretende ayudar al profesorado para que analice sus propias reacciones frente a los problemas de control de la clase y reflexionar sobre la relación que estas situaciones tienen con la autoestima personal y profesional. Enfrentados a situaciones parecidas cada profesor o profesora tendrá una reacción distinta, determinada no sólo por su forma de interpretar la situación sino también por el conocimiento y valoración que tiene de sí mismo.
MIEDO A NO CONTROLAR LA CLASE
Al enfrentarnos a una nueva clase por primera vez o a otra ya conocida, pero con experiencias negativas con anterioridad, la mayoría del profesorado sentimos, cosa lógica, cierto miedo. Esta situación nos pone nerviosos e inseguros y nos puede llevar a cometer equivocaciones que normalmente evitamos y que pueden ser aprovechadas por determinados alumnos para portarse mal. ¿Cómo luchar contra ese miedo? Para enfrentarnos a esta sensación es conveniente que tengamos en cuenta una serie de estrategias, que las recordemos y apliquemos sistemáticamente.
El miedo es una reacción natural. Cuánto más nos amedrenten, menos posibilidades tendremos de enfrentarnos a él con objetividad y acierto. Una reacción más constructiva sería verlo como normal y susceptible de combatirse por medios naturales. La sensación de miedo, si nos dejamos llevar, llega a convertirse en algo permanente. Un primer paso consiste en intentar observar esos síntomas con distanciamiento.
Cuando tengamos sensación de miedo, es aconsejable llevar un ritmo respiratorio pausado, inspirando más profundamente que de costumbre. En esta situación nuestro organismo experimenta una necesidad especial de oxígeno al hallarse sometido a tensión.
Por consiguiente, hemos de concentrarnos en el aire que entra y sale de las fosas nasales, y en el que asciende o desciende del pecho y del abdomen. Estos ejercicios pueden practicarse tranquilamente sentados en la sala de profesores antes de entrar en la clase.
Deberemos mantener la concentración en la respiración y no en las sensaciones nerviosas. Para respirar de forma adecuada, trataremos de hacerlo desde lo más abajo posible, relajando al mismo tiempo la tensión acumulada en los músculos abdominales. Al enviar la respiración al abdomen no la acumulamos en el pecho, consiguiendo que los hombros y el cuello se relajen también.
Una vez que ya estemos en clase, después de la relajación, hay que tratar de mantenerse en esta situación favorable. Para ello, vigilaremos nuestra propia conducta tratando de analizar los síntomas de la propia ansiedad. Con un poco de práctica podremos detectar éstos en una primera fase, cuando todavía es posible relajarnos de nuevo.
Cuando nos domina la ansiedad en clase, nos dejamos llevar por el deseo de acelerar el ritmo. El remedio consiste en un esfuerzo consciente y constante de reducción del ritmo. Sin que se note demasiado, el profesorado debe poseer la seguridad suficiente para adaptar los acontecimientos a su propia marcha. De vez en cuando una pausa en lo
que se está diciendo, siempre que no resulte muy prolongada, es un truco útil para volver a centrar la atención de los alumnos.
Si analizamos el desencadenante de la sensación de miedo nos daremos cuenta que de lo que en realidad nos asusta es la pérdida de nuestra propia autoestima y la valoración de nuestro alumnado. Si analizamos el miedo con mayor profundidad descubriremos que se trata de una sensación innecesaria. Por muy buen profesional que nos consideremos, siempre surgirán problemas de control en la clase que no podamos resolver como queremos. Lo que importa es analizar después qué es lo que salió mal y por qué, y ver las consecuencias positivas que se pueden sacar para el futuro. Además los alumnos son lo suficientemente realistas para darse cuenta de que la enseñanza no es tarea fácil, que es imposible que un profesor o profesora reaccione siempre adecuadamente ante un problema de orden en clase, y que, por tanto, no perderá el respeto sólo porque de cuando en cuando pase por dificultades en el aula.
La enseñanza es una profesión en la que los resultados los observamos a largo plazo. Necesitamos tener paciencia con el alumnado, pero también con nosotros mismos.
El profesorado debe ser consciente de esta situación y no desanimarse.
IRA Y PROBLEMAS DE CONTROL DEL AULA
La segunda reacción fundamental de un profesor o profesora frente a los problemas de control de la clase es la ira. El miedo y la ira son respuestas sinónimas a huida y lucha, respectivamente. La ira que nos embarga en ese enfrentamiento debe ser sofocada inevitablemente, pues si no se produciría una tempestad dentro de nosotros que nos dejaría furiosos e indefensos.
La ira es una reacción natural pero de poca ayuda para controlar la clase. Igual que con el miedo, tenemos que analizar la ira para dejar de identificarnos con esos sentimientos, para evitar que nos alteren. Para enfrentarnos a la ira es conveniente adoptar estas dos estrategias:
Cuando estamos tranquilos, hay que practicar para revivir e imaginar las situaciones que nos producen la ira. Cuando la ira empiece a invadirnos, es conveniente que interrumpamos el proceso de rememoración y que nos centremos en algo más apacible. Una vez que el enfado se haya aplacado, hay que volver a recordar hasta lograr contemplar estas situaciones con tranquilidad. Con práctica, la relajación mental que nos sirve para afrontar y resolver una situación imaginaria terminará trascendiendo a una situación real aumentando el control sobre nuestras emociones.
Hay que analizar por qué nos enfadamos en situaciones determinadas. La ira constituye fundamentalmente un mecanismo de defensa contra nuestros sentimientos de dignidad herida. Está claro que no podemos permitir que los estudiantes hablen de manera insolente al profesorado, pero no podemos enfrentarnos a esa insolencia si la consideramos como un insulto personal. Debemos contemplar esas faltas de educación, ese desafío, o lo que sea, en un marco impersonal, sólo como una estrategia del alumnado contra su superior que es necesario desmontar y hacerle ver que resulta ineficaz para conseguir los objetivos que persigue, cualesquiera que sean, a veces nada más que enfadar al profesor. Una vez más, recrear e imaginar situaciones en las que aparezca una insolencia para practicar una respuesta tranquila e impersonal es de gran ayuda.
ESTRÉS Y CONTROL DE LA CLASE
La enseñanza puede ser un trabajo tan agotador que llegue a producir estrés.
Además, los problemas de control de la clase, unidos al temperamento del profesor o profesora, pueden ampliar ese estrés. Conforme el curso avance, si no se controlan estas situaciones, se sentirá mayor cansancio y tensión. Lo más importante es conseguir un buen control de la clase para ganar confianza y sentirse mejor, no obstante hay otros factores que pueden ayudar también a disminuir el estrés.
Reducir la tensión emocional que produce el miedo y la ira por medio de los procedimientos que hemos mencionado con anterioridad.
No meditar demasiado sobre errores y fallos. Hay que considerarlos como oportunidades útiles para aprender. Analizar lo que salió mal, las causas y tomar medidas para que no se produzca lo mismo en el futuro. Amargarse con los errores sólo sirve para crearse más tensión.
Cultivar el sentido del humor. Hemos de aprender a reírnos de nuestros errores en el momento que ocurran y al recordarlos. La capacidad de reírse de uno mismo, si no en público al menos en privado, es una buena manera de liberar las tensiones emocionales.
Mantener una expectativas realistas, tanto para el alumnado como para uno mismo. Si esperamos demasiado de los estudiantes en materia de orden, trabajo, madurez, etc., estaremos sujetos a una tensión y frustración permanentes. Es normal que los alumnos y alumnas con frecuencia sean ruidosos y poco cuidadosos, que hablen con poca educación y que muchas veces intenten no hacer lo que se les manda. Es conveniente reconocer lo que es posible esperar o no de estos, así como aceptar que el profesorado tenemos nuestras limitaciones también.
Aprender y practicar técnicas de relajación. En la casa, en los recreos o durante las clases. Para ello, podemos utilizar la relajación abdominal, controlando la respiración, siendo conscientes de donde se nos acumula la tensión muscular para descargarla y sentirnos menos cansados físicamente. Otro factor que debemos cuidar mucho es la voz, a menudo se vuelve ronca, duele la garganta y por simpatía se tensa el resto del cuerpo.
Para una buena utilización de la voz conviene leer algún manual de terapia vocal o, mejor aún, ponerse en manos de un logopeda.
Compartir los problemas con los compañeros y compañeras. La enseñanza puede ser una profesión muy aislada y tiende a crear la sensación de que quién manifiesta los problemas que tiene en su clase puede ser valorado como peor profesional por los demás. Sin embargo, todos los enseñantes tienen en sus clases alumnado que le plantea problemas especiales. Por ello, es importante que seamos comprensivos y que colaboremos entre nosotros. Cuanto mayor aliento y estímulo nos prestemos recíprocamente, en mejores condiciones estaremos para hacer frente a las inquietudes profesionales y superarlas. Una conversación constructiva puede servir de gran ayuda para que consideremos nuestras dificultades de modo objetivo y para que elaboremos estrategias positivas de cara al futuro.